San Alfonso María De Ligorio


LA VOCACIÓN RELIGIOSA

CAPÍTULO I
AVISOS SOBRE LA VOCACIÓN RELIGIOSA




I
CUÁNTO IMPORTA SEGUIR
LA VOCACIÓN AL ESTADO RELIGIOSO


Está fuera de duda que nuestra eterna salvación depende principalmente de la elección de estado. El Padre Granada dice que esta elección es "la rueda maestra de la vida". Y así como descompuesta la rueda maestra de un reloj queda todo el desconcertado, así también, respecto de nuestra salvación, si erramos en la elección de estado, "toda nuestra vida, dice san Gregorio nacianceno, andará desarreglada y descompuesta".
Por consiguiente, si queremos salvarnos, menester es que, al tratar de elegir estado, sigamos las inspiraciones de Dios, porque solamente en aquel estado a que nos llama, recibiremos los necesarios auxilios para alcanzar la salvación eterna. Ya lo dijo San Cipriano: "La virtud y gracia del Espíritu Santo se comunica a nuestras almas, no conforme a nuestro capricho, sino según las disposiciones de su adorable Providencia". Que por esto escribió San Pablo: cada uno tiene de Dios su propio don. Es decir, como explica Cornelio a Lapide: "Dios da a cada uno la vocación que le conviene y lo inclina a tomar el estado que mejor corresponde a su salvación". Esto esta muy conforme con el orden de la predestinación, que describe el mismo Apóstol cuando dice: Y a los que ha predestinado, también los ha llamado; y a quienes ha llamado, también los ha justificado; y a quienes ha justificado, también los ha glorificado.
Fuerza es confesar que en esto de la vocación el mundo bien poco o nada entiende, y por esto muchos apenas se cuidan de abrazar aquel género de vida a que los llama el Señor; prefieren vivir en el estado que se han escogido, llevando por guía sus propios antojos, y así viven como viven, esto es: perdidamente, y a la postre se condenan. Esto no obstante, de la elección de estado pende principalmente nuestra salvación eterna. A la vocación va unida lajustificación, y de la justificación depende la glorificación, es decir: la eterna gloria; el que trastorne este orden y rompa esta cadena de salvación, se perderá. Trabajara mucho y se fatigará, pero en medio de sus fatigas y trabajos estará siempre oyendo aquella voz de San Agustín: “Corres bien, pero fuera de camino", es decir: fuera de la senda que el Señor te había trazado para llegar al término final de tu carrera. Dios no acepta los sacrificios que le ofrecemos siguiendo nuestros gustos. De Caín y de las ofrendas suyas, dice la Escritura, no hizo caso el Señor. Además amenaza con tremendos castigos a los que menosprecian su voz por seguir los consejos de su amor propio. ¡Ay de vosotros, hijos rebeldes y desertores, dice por Isaías, que forjáis designios sin contar conmigo y emprendéis proyectos, y no según mi deseo! Es que el llamamiento de Dios a vida más perfecta es una de las gracias mayores y más señaladas que puede conceder a un alma, por eso, con sobrada razón, se indigna contra el que las menosprecia. ¿No se daría por ofendido el príncipe que al llamar a su palacio a un vasallo para hacerle su ministro y favorito, súbdito no obedeciese y menospreciase la oferta? Y Dios, al verse desairado, ¿no se dará también por ofendido? Harto lo siente y este su sentimiento lo dio a entender cuando dijo por Isaías:
¡Desdichado aquél que contraria los planes de su Hacedor!. La palabra Vae de la Escritura, que aquí traducimos por desdichado, envuelve una amenaza de eterna condenación. Comenzará el castigo para el
alma rebelde en este mundo, en el cual vivirá en perpetua turbación, porque como dice Job: ¿Quién jamás resistió a Dios que quedase en paz? Se verá, además, privado de los auxilios especiales y abundantes que necesita para llevar vida compuesta y arreglada. Esta es doctrina del teólogo HABERT, que dice así: "No sin gran trabajo alcanzará la salvación y vivirá en el seno de la Iglesia como miembro dislocado del cuerpo humano, que penosamente y con mucha imperfección podrá desempeñar su oficio". Por donde se puede concluir, con el mencionado teólogo, "que aunque absolutamente hablando se pueda salvar esta alma, con dificultad, sin embargo, entrará en la senda de la salvación y escogerá los medios que a, ella le conduzcan". Del mismo parecer son los Santos Bernardo y León. Y san Gregorio, escribiendo al Emperador Mauricio, el cual por general decreto había prohibido a los soldados entrar en religión, le dijo que su ley era injusta, por cerrar a muchos las puertas del paraíso, puesto que en la religión se salvarían muchos que, de permanecer en el siglo, a buen seguro se condenarían.
Célebre es el caso que refiere el P. Lancicio. Estudiaba en el Colegio Romano un joven de claro talento. Al hacer los Santos Ejercicios, preguntó al confesor si era pecado no corresponder a la vocación religiosa. Respondióle el confesor que de suyo no era pecado mortal, porque el entrar en religión es de consejo y no de precepto; pero que de no seguir la voz de Dios se ponía en grave riesgo de condenarse eternamente, como aconteció a tantos otros que por esta causa se perdieron. El joven, con esta respuesta, se creyó dispensado de responder a la voz de Dios; se trasladó a la ciudad de Macerata a proseguir los estudios; poco a poco abandonó la oración y la comunión, acabando por entregarse a las más vergonzosas pasiones. Al salir una noche de la casa de una mujer infame, cayó herido de muerte por un rival suyo; a la noticia del caso acudieron algunos sacerdotes al lugar del suceso; ya era tarde: acababa de expirar a las puertas del colegio, queriendo dar a entender con esto el Señor que lo castigaba con muerte tan afrentosa por haber menospreciado su llamamiento.
Admirable es también el caso que refiere el P. Pinamonti en su obrita La Vocación triunfante.
Meditaba un novicio los medios que debía emplear para abandonar la vocación, cuando se le apareció Jesucristo sentado en trono de majestad, el cual, con rostro airado y ademán severo, mandaba que borrasen del libro de la vida el nombre del novicio infiel. El joven, en presencia de Jesucristo, quedó aterrado y determinó perseverar en la religión.
¡Cuantos ejemplos parecidos a éstos se leen en los libros! ¡A cuántos desventurados jóvenes veremos condenados en el día del juicio por no haber obedecido al divino llamamiento!
Estos tales, como rebeldes a la luz divina, según dice el Espíritu Santo, no conocieron los caminos de Dios , y en justo castigo se verán privados de ella; y por no haber seguido el camino que les había trazado el Señor, andarán ciegos y desconcertados por los senderos que sus gustos les abrieron, hasta llegar a caer en el fondo del precipicio. Os comunicaré mi espíritu dice el Señor en el libro de los Proverbios, esto es, la vocación; mas ya que estuve Yo llamando y vosotros no respondisteis, añade el Señor, y menospreciasteis mis consejos, Yo también miraré con risa vuestra perdición y me mofaré de vosotros cuando os sobrevenga lo que temíais. Es decir, que Dios no escuchará los clamores de aquéllos que han despreciado su voz. "Los que menospreciaron la voluntad de Dios, que les invitaba a seguirle, dice San Agustín, sentirán el peso de sus venganzas"
Por tanto, cuando el Señor llama un alma a estado de mayor perfección, si no quiere arriesgar su eterna salvación, debe obedecer, y obedecer sin demora. De otra suerte, se expone a oír las quejas y reproches que Jesucristo dirigió a aquel joven que, invitado por Jesús a seguirle, le contestó: Yo te seguiré, Señor, pero déjame primero ir a despedirme de los de mi casa. A lo cual Jesús le replicó: Ninguno que después de haber puesto mano en el arado vuelve los ojos atrás, es apto para el reino de los cielos. Las luces que el Señor nos comunica son pasajeras y no permanentes; por esto nos aconseja santo Tomás que respondamos sin tardanza a los divinos llamamientos. Se pregunta en la Suma Teológica si es laudable entrar en religión sin pedir consejo a muchos y sin deliberar largamente, y responde afirmativamente, dando por razón que en los negocios de bondad dudosa es necesario el consejo y la madura deliberación; mas no en esto de la vocación, que es a todas luces bueno, puesto que el mismo Jesucristo lo aconseja en el Evangelio, pues de todos es sabido que la vida religiosa es la práctica de los consejos que nos dio el divino Maestro.
Es cosa sorprendente ver cómo las gentes del siglo, cuando una persona trata de entrar en religión y llevar vida más perfecta y libre de los peligros que se corren en el mundo, dicen que tales resoluciones hay que tomarlas muy despacio y con calma, y que no se deben llevar a la práctica hasta quedar plenamente convencido de que la vocación viene de Dios, y no del demonio. ¿Por que no piensan y hablan de la misma manera cuando se trata de aceptar una dignidad, un obispado, por ejemplo, donde hay tanto peligro de perderse? Entonces se callan y no dicen que se deben tomar las debidas precauciones para cerciorarse si la vocación viene o no de parte de Dios.
Los santos en este punto son de muy contrario parecer. santo Tomás dice que, aunque la vocación religiosa la inspirase el mismo demonio, aun en este caso habría que seguir su consejo, por ser excelente, no obstante venir de nuestro capital enemigo. Y san Juan Crisóstomo, citado por el mismo Santo Doctor, dice que cuando Dios nos favorece con semejantes inspiraciones exige de nosotros tan pronta obediencia, que ni por un instante siquiera vacilemos en seguirle. La razón es porque Dios, cuando ve a un alma rendida a su voluntad y mandamiento, se complace en derramar sobre ella a manos llenas sus gracias y bendiciones; y por el contrario, las dilaciones y tardanzas le desagradan tanto, que luego le encogen la mano y le obligan a alejarse con sus luces y gracias, dejando al alma casi abandonada y sin fuerzas para seguir los impulsos del llamamiento divino.
Por esto dice san Juan Crisóstomo que cuando el demonio es impotente para hacer abandonar a uno la resolución de consagrarse a Dios, se esfuerza por estorbarle que la lleve luego a la práctica, seguro de sacar no poco provecho cuando consigue que se prolongue la estancia en el mundo un solo día y hasta una sola hora16 ; porque confía que durante ese día y esa hora se le han de presentar nuevas ocasiones harto propicias para lograr mas largas dilaciones, y el alma, por su parte, cada vez más débil y menos asistida de la gracia divina, cede al fin a los impulsos del demonio y abandona la vocación. ¿Quién podrá decir las almas que han sido infieles a los divinos llamamientos por no haber respondido luego a la voz de Dios? Por esto san Jerónimo dirigiéndose a los que se sienten llamados a abandonar el mundo, les dice: "Apresuraos, os lo suplico, daos prisa; y mejor que desatar, romped las amarras que detienen en la ribera vuestra barquilla". Quiere decir el Santo: así como el hombre que está en una barca, amarrada a la orilla con peligro de zozobrar o chocar contra las rocas de la costa, procura más bien cortar la maroma que irle soltando todos los nudos, así también el alma que vive en el siglo debe procurar romper los lazos que a él le unen, para librarse cuanto antes de los peligros frecuentes en el mundo de perderse y naufragar.
Oigamos lo que dice San Francisco de Sales en sus obras acerca de la vocación religiosa; todo ello servirá para corroborar lo que vamos diciendo y lo que adelante diremos. "Señal de verdadera y buena vocación es sentirse alentado a seguirla en la parte superior del alma, aunque no se experimente algún gusto sensible. Por tanto, no debe creerse que no tiene verdadera vocación el alma que, aun antes de abandonar el mundo, ha dejado de sentir aquellos afectos sensibles que al principio experimentaba, y que en cambio siente tanto disgusto y frialdad, que le hacen vacilar, dándolo todo por perdido. Basta que la voluntad permanezca firme y dispuesta a seguir el divino llamamiento, y aun menos: basta que sienta alguna inclinación hacia la vida religiosa. Para saber si Dios llama a uno a la religión, no hay que esperar a que el mismo Dios le hable, o le envíe un ángel del cielo que le declare su voluntad. Tampoco es menester someter nuestra vocación a un examen de diez doctores para saber si debemos o no seguirla; lo que si importa mucho es corresponder y cultivar el primer movimiento de la inspiración divina, y luego, no turbarse ni desalentarse por los disgustos y frialdad que sobrevengan; obrando así, Dios se encargará de que redunde todo en su mayor gloria.
No hay por qué inquietarse, para llegar a entender de qué parte viene la inspiración; el Señor llama a sus siervos por mil diversos caminos; a veces se vale de un sermón, otras veces de la lectura de buenos libros; a unos llama después de haber oído algunas palabras del Evangelio, como San Antonio
y San Francisco; llama a otros enviándoles trabajos y aflicciones, que les dan ocasión de abandonar el mundo. Aunque estos últimos se vuelvan a Dios por haber sido menospreciados del mundo, sin embargo, se entregan a Él con determinada y resuelta voluntad, y a veces sucede que éstos llegan a alcanzar más subida perfección, que los que entran al servicio de Dios con más clara y manifiesta vocación".
Refiere el P. Piatti que un gallardo y apuesto joven de noble familia cabalgaba cierto día en brioso caballo, haciendo gala y demostración de buen jinete para agradar a la dama a quien visitaba. En el momento en que con más gallardía se paseaba, lo despidió el caballo de la silla, dejándolo caer en un fangal, de donde se levantó cubierto de lodo. Quedo el mancebo tan corrido y avergonzado, que en aquel mismo instante determinó hacerse religioso. “¡Oh mundo traidor! -exclamó- te has burlado de mi, y yo me burlaré de ti; me has jugado una mala pasada, yo te pagaré con otra: ya haré las paces contigo; ahora mismo te abandono, y me hago religioso". En efecto, entró en religión, viviendo en ella con mucho fervor y santidad.


II DE LOS MEDIOS PARA CONSERVAR LA VOCACIÓN EN EL MUNDO



El que desea obedecer fielmente a la voz de Dios debe determinarse, no solo seguirla, sino a seguirla sin demora y cuanto antes, si no quiere exponerse a grave riesgo de perder la vocación. Y si por circunstancias especiales se viere forzado a esperar, se esmerará por conservarla como la joya más preciosa que le hubieran confiado.
Tres son los medios más principales Para custodiar la vocación: secreto, oración y recogimiento.



1 Del Secreto

Ordinariamente hablando, debemos guardar secreto sobre nuestra vocación de suerte que nadie se entere de ella, excepción hecha del director espiritual; porque de ordinario las gentes del siglo no tienen escrúpulos ni reparo de insinuar a los jóvenes llamados al estado religioso que en todas partes, aún en medio del mundo, se puede servir a Dios. ¡Lástima que semejantes proposiciones salgan a veces de labios de sacerdotes y de religiosos, pero de religiosos que entraron en la Orden sin vocación, o que ignoran lo que esta palabra significa!
Es cierto que podemos servir a Dios en todas partes; pero esto se ha de entender de los que no son llamados a la religión, y no de aquellos que se sienten con vocación de Dios y se quedan en el mundo para satisfacer sus caprichos. Éstos con gran trabajo, como queda dicho, llevarán vida arreglada y servirán a Dios.
De modo especial se debe ocultar la vocación a los parientes.
Falsamente opinó Lutero cuando afirmó, según el testimonio de Belarmino, que pecaban los hijos entrando en religión sin el consentimiento de sus padres, y por toda razón añadía que los hijos están obligados a obedecerlos en todo. Esta opinión ha sido combatida unánimemente por los Concilios y los Padres de la Iglesia. El X concilio de Toledo dice expresamente que es lícito a los hijos entrar en religión sin licencia de sus padres, siempre que hayan pasado los años de la pubertad. Dice así: "Los padres podrán negar su permiso a los hijos que desean hacerse religiosos hasta los catorce años; pasados los catorce años, podrán los hijos abrazar lícitamente el estado religioso, ora lo consientan los padres, ora sea por libre voluntad y elección de los hijos". Lo mismo dice el Canon 24 del Concilio Tiburtino, y lo enseñan los Santos Doctores Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Bernardo, Tomás y otros, que dicen con San Juan Crisóstomo "Cuando los padres son estorbo para el adelantamiento espiritual de los hijos, no se deben atender sus razones".
Son de parecer algunos autores que, cuando un hijo llamado por Dios al estado religioso puede fácilmente y sin ningún obstáculo obtener el consentimiento de sus padres, contendría que les pidiese su bendición y consentimiento. Este parecer, especulativamente hablando, se podría sostener; pero en la práctica está ordinariamente cercado de mil peligros. Conviene aclarar aquí este punto para acabar con ciertos escándalos farisaicos.
Es cierto que en la elección de estado no tenemos obligación de obedecer a los padres. Esta es sentencia común entre los Doctores, y concuerdan con Santo Tomás, que dice así "Cuando se trata de contraer matrimonio, o de guardar castidad o de cosa semejante, ni los criados están obligados a obedecer a sus señores ni los hijos a sus padres".
Sin embargo, cuando el hijo quiere contraer matrimonio, el P. Pinamonti, en su obra de la Vocación religiosa, sigue la opinión de Sánchez, Koning y otros teólogo-os, que aseguran, y con razón, que el hijo está obligado a pedir consejo a sus padres, porque en estos negocios tienen más experiencia que el hijo, y en semejantes circunstancias fácilmente los padres tienen en cuenta sus obligaciones.
Pero tratando de la vocación religiosa no están obligados los hijos, como atinadamente observa el P. Pinamonti, a pedir consejo a sus padres, ya porque en este asunto carecen de experiencia, ya porque sus miras e intereses los convierten en enemigos de los hijos. Hablando Santo Tomás de la vocación religiosa dice: "No pocas veces los amigos de carne y sangre se oponen a nuestro adelantamiento espiritual". Y antes prefieren que los hijos se condenen viviendo en su compañía, que se salven si tienen que abandonarlos. Por esto exclama San Bernardo: "¡Oh padre cruel! ¡oh madre sin entrañas! que sólo hallan consuelo en la condenación de su hijo, y prefieren que perezca en su compañía antes que reine lejos de ellos”.
Cuando Dios llama a uno a la vida religiosa, dice un grave autor, le exige que se olvide de sus padres, recordándole estas palabras del Salmista: Escucha, hija, y considera y presta atento oído, y olvida tu pueblo y la casa de tu padre. Con estas palabras nos advierte el Señor que, cuando nos convida a seguirle, no se debe pedir consejo a los padres. He aquí las palabras del citado autor: "Si es voluntad de Dios que el alma llamada a la religión se olvide de su padre y de su casa, también lo es que para llevar a la práctica, el consejo del Señor no debe pedir consejo a sus padres y hermanos".
Explicando san Cirilo las palabras que Jesucristo dijo al joven del Evangelio: Ninguno que después de haber puesto mano en el arado vuelve los ojos atrás es apto para el Reino de los Cielos, dice que el que pide tiempo para consultar la vocación con los parientes ése es cabalmente quien mira atrás y el declarado por el Señor como imposibilitado de entrar en el Reino de los Cielos. Por esto santo Tomás aconseja con mucho encarecimiento a los que son llamados a vida más perfecta que no pidan parecer sobre la vocación a sus parientes. "Que en este negocio, dice, no se consulte a los amigos y allegados; porque aunque está escrito: 'confía al amigo tus secretos y negocios', en este de la vocación los parientes no son amigos, sino enemigos, como nos lo enseña nuestro Salvador: Y Los enemigos del hombre, las personas de su misma casa".
Por lo tanto, si es grave yerro pedir consejo a los padres para entrar en religión, mayor imprudencia sería pedir su consentimiento y esperar su licencia, porque esta demanda no se puede hacer, de ordinario, sin evidente peligro de perder la vocación, mayormente cuando hay fundadas sospechas de que los padres pongan trabas a tan noble determinación. Cuando los santos se sintieron inclinados a abandonar el mundo, salieron de sus casas sin que sus familias lo advirtieran. Así obraron Santo Tomás de Aquino, San Francisco Javier, San Felipe Neri y San Luís Beltrán. Y cuenta, que Dios ha comprobado hasta con milagros lo agradable que le son estas fugas gloriosas.

San Pedro de Alcántara, para hacerse religioso, huyó de la casa de su madre a cuya obediencia estuvo sujeto después de la muerte de su padre. Aconteció que en el camino se atravesó un río, que no podía vadear; encomendóse a Dios, y de repente se vio trasladado a la opuesta ribera.
También San Estanislao de Kostka huyó de la casa paterna sin licencia de su padre: su hermano tomó una diligencia y corrió presuroso a darle alcance; cuando ya estaba por alcanzarlo, los caballos, por más que los hostigaba, no daban un paso adelante; sólo cuando tomaron la vuelta de la ciudad comenzaron a correr a toda brida.
Célebre es el caso que sucedió a la beata Oringa de Valdarno en la Toscana. Su padre había prometido darla a un joven por esposa: al saberlo ella, huyó de la casa paterna para consagrarse a Dios. En el camino se le atravesó el río Arno, que le impidió proseguir viaje. Hizo oración; partióse el río en dos, formándose a entrambos lados como una muralla de cristal, y por en medio pasó la joven a pie enjuto.
Por consiguiente, hermano mío amadísimo, si Dios te manda abandonar el mundo, se más cauto y no cometas la imprudencia de declarar semejante determinación a tus padres. Para Dios su santa bendición, obedece cuanto antes al divino llamamiento, sin que ellos lo entiendan, si no quieres exponerte al peligro de perder tu vocación; porque, ordinariamente hablando, los parientes, como queda dicho sobre todo los padres, ponen mil trabas a ejecución de semejantes designios. Y hay padres y madres que, no obstante ser muy temerosos de Dios, alucinados por la pasión y sus propios intereses, se fatigan e inventan mil medios para estorbar, sin escrúpulo alguno y bajo especiosos pretextos, la vocación de sus hijos.
En la vida del P. Pablo Séñeri, el Joven, se lee que su madre, a pesar de llevar vida de mucha oración y recogimiento, no dejó piedra por mover para impedir que su hijo entrase en religión, a la cual Dios lo llamaba. Se lee asimismo en la Vida del Sr. Caballero, Obispo de Troya, que su padre, no obstante su virtud y piedad, tentó, aunque sin fortuna, mil medios para estorbarlo que entrase en la Congregación de Píos Operarios, y llegó hasta entablar proceso formal delante del Tribunal Eclesiástico. ¡Cuántos padres y cuantas madres, a pesar de ser personas devotas y de mucha oración, se han olvidado en semejantes casos de su oración y de su piedad, y han obrado como si estuvieran poseídas del demonio! Es que el infierno pone en pie de guerra todas sus fuerzas y se arma con todo su poder para impedir que los que son llamados por Dios a la vida religiosa lleven a la práctica sus designios. Por esto conviene ocultar semejante determinación a los amigos, los cuales no tendrán escrúpulo ni reparo, si no de aconsejaros lo contrario, a lo menos de publicar vuestro secreto; viniendo por aquí vuestros padres en conocimiento de los designios que meditáis.



2 De la oración




En segundo lugar hay que tener muy presente que la vocación religiosa sólo se conserva con la oración; el que abandona la oración, ciertamente la perderá. Hay que rezar y rezar mucho. El alma que se siente llamada por Dios, haga por la mañana al levantarse una hora, o por lo menos media hora de meditación en su propia casa; y si en su casa no lo puede hacer con sosiego, que la haga en la iglesia. Por la noche debe hacer otra media hora de oración mental.
Para alcanzar la gracia de la perseverancia en la vocación, no deje ningún día la visita al Santísimo Sacramento y a María Santísima, y de comulgar tres veces, o al menos dos, cada semana.
El asunto ordinario de la, meditación sean las verdades que se relacionan con la vocación, considerando cuán grande es el favor divino que el Señor le ha dispensado, cuan bien asegura su salvación eterna si corresponde a él, y, por el contrario, si es infiel, cuanto se expone a condenarse eternamente. Traerá con frecuencia a la memoria el recuerdo y memento de la muerte, y considerará el gozo y contento que entonces experimentará si ha obedecido a la voz de Dios, y los remordimientos y torturas de conciencia que entonces sentirá si acaba su vida en el siglo.
A este fin ponemos más adelante algunas consideraciones que pueden servir para la oración mental de que aquí vamos hablando.
También es necesario que todas las plegarias que se dirijan a Jesús y a María, especialmente en la visita y después de la Comunión, vayan dirigidas para alcanzar la perseverancia; y en todas las oraciones y comuniones renueve siempre la total entrega que de sí hizo a Dios, diciendo:
"Aquí me tenéis, Señor, ya no soy mío, sino totalmente vuestro. Yo me he dado a Vos enteramente, ahora vuelvo a renovar mi donación y entrega. Aceptadla, Señor, y dadme la fuerza necesaria para seros fiel y entrar cuanto antes en vuestra santa casa".



3 Del recogimiento


En tercer lugar es necesario guardar recogimiento, el cual no se podrá conseguir sin evitar el trato y la conversación con el mundo. Una nonada basta para perder la vocación, viviendo en el siglo. Bastará un día de diversión o recreo, la burla de un amigo, una pasión poco domada, una aficioncilla desordenada, un temor vano, una tentación de desaliento, todo esto será harto suficiente para dar al través con todas las resoluciones de consagrarse a Dios y retirarse a una casa religiosa.
Por todo esto se comprenderá cuánto importa guardar recogimiento, desprendiéndose de todas las cosas que saben a mundo. En este tiempo lo único que se debe hacer es orar, frecuentar los Sacramentos, permanecer encerrados en casa o ir a la iglesia. El que no obre de este modo, y se disipe entre pasatiempos y distracciones, tenga por cierto y bien seguro que acabara por perder la vocación. Lo atormentara., el remordimiento de no haberla seguido pero ciertamente que no corresponderá a ella. ¡Ah! ¡Cuántos hay que por no cultivar este recogimiento perdieron la vocación y final mente el alma!




III DE LAS DISPOSICIONES NECESARIAS PARA ENTRAR EN RELIGIÓN



El que se siente llamado por Dios a una, religión observante (y digo observante, porque mejor sería permanecer en el mundo que entrar en una Orden relajada) no debe olvidar que el fin e instituto de toda religión observante es seguir de cerca, y en cuanto lo consienta nuestra flaqueza, las huellas y ejemplos de la vida sacrosanta de Jesucristo, el cual llevó en el mundo vida de mortificación y desprendimiento, cargada de trabajos desprecios. Por consiguiente, el que se decide a entrar en una religión observante es menester que también se determine a padecer y negarse a sí mismo en todas las cosas, como lo declara el mismo Jesucristo a los que quieren entrar a su servicio: Si alguno quiere venir en pos de mí, dice, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga. El que desee entrar en religión debe estar persuadido de que ha de padecer y sufrir mucho, porque de lo contrario se expone, una vez en religión, a dejarse vencer de la tentación cuando sienta caer sobre sus hombros todo el peso de la vida pobre y mortificada que se lleva en el claustro.
Muchos hay que, entrar en una religión observante, no se acuerdan de buscar en ella la paz de la conciencia y la santidad de vida, y solo se detienen pensando en las ventajas de la vida común, como la soledad, el descanso, el alejamiento y desembarazo de los parientes, el verse libre de los pleitos y otros cuidados, y, finalmente, de no tener que preocuparse de la casa, del alimento y de los vestidos.
Sin duda, que el religioso debe estar muy agradecido a su instituto, porque se libra de mil cuidados y le proporciona tantos medios de servir a Dios con mucha paz y perfección, suministrándole innumerables medios de adelantar cada día en la virtud, como son los buenos ejemplos que recibe de sus hermanos de religión, los avisos de los Superiores, que se desvelan por su espiritual aprovechamiento, y los ejercicios espirituales, tan a propósito para alcanzar la salvación.
Todo es muy cierto; pero, esto no obstante, si se quiere no perder tantos provechos y ventajas, hay que abrazarse generosamente con todos los trabajos y padecimientos inherentes a la vida religiosa; y el que no los acepta con amor y generosidad, se verá privado de aquella paz y pleno contento que Dios tiene reservados para los que por complacerlo se vencen y mortifican. Al que venciere, dice, le daré a gustar el maná escondido. Porque la paz que Dios da a gustar a sus leales servidores está oculta a las miradas de las gentes del mundo, y por eso, al ver la vida mortificada que llevan, lejos de envidiar su suerte les tienen lástima y los llaman desventurados, por no encontrar placer en la vida. "Estos tales, dice San Bernardo, ven la cruz, pero no ven el óleo que suaviza su peso; ven que los siervos de Dios se mortifican, pero no aciertan a comprender los gustos y contentos con que el Señor los regala".
No hay duda de que padecen las almas que se dedican a la piedad; pero también es cierto que, como dice Santa Teresa, "cuando uno se determina a padecer, está acabado el trabajo". Abrazándose con ellas, las mismas penas se convierten en francas alegrías. Cierto día dijo el Señor a Santa Brígida: "Has de saber, hija mía, que mis caudales y tesoros están cercados de espinas; basta determinarse a soportar las primeras punzadas, para que todo se trueque en dulzuras". Y ¿quién acertará a comprender, sino el que las prueba, las inefables delicias que Dios da a gozar a sus escogidos en la oración, en la comunión, en la soledad? ¿Quién podrá, rastrear las luces interiores, los grandes incendios de amor, los tiernos abrazos, la paz de la conciencia y los gustos anticipados del cielo que da el Señor a las almas, sus amantes?
"Vale más, dice Santa Teresa, una gota de celestial consuelo que un mar de alegrías y placeres mundanos". Nuestro Dios, que por naturaleza es agradecido, aun en este valle de lágrimas sabe dar a gustar por anticipado algo de las dulzuras de la gloria a los que padecen por complacerlo, que de esta suerte se cumplen aquellas palabras de David: Qui finis laborem in precepto. Al darnos a la vida interior nos exige el Señor que estemos dispuestos a soportar toda suerte de angustias, de trabajos y hasta la misma muerte, y al parecer solo nos convida con fatigas y sinsabores, y en realidad no es así, porque basta entregarse del todo a Dios para, que la vida espiritual traiga consigo al alma aquella paz que, como dice San Pablo, sobrepuja a todo encarecimiento 3, y que vence a la que el mundo puede brindar a los mundanos. Y la experiencia atestigua que los religiosos viven más felices en sus pobres celdas que los monarcas en sus regias moradas. Gustad y ved, dice el Salmista, cuán suave es el Señor 4. El que no lo experimente no lo acertará a comprender.
Con todo, hay que convencerse de que no gozará jamás de paz verdadera el que al entrar en religión no se determina a, padecer y a vencerse en todo lo quo contraría a la naturaleza. Al que venciere, dice el Señor, le daré a gustar el maná escondido. El que desee entrar en una religión observante no gozará de paz verdadera si no está determinado a vencerse en todo, a purificar su corazón de todas sus malas inclinaciones y a desear lo que Dios quiere y como Dios lo quiere.
Por consiguiente, debe desprenderse de todo, y señaladamente de cuatro cosas: 1º de las comodidades; 2º de los parientes; 3º de su propia estima; y 4º, de su propia voluntad.


1 De las comodidades de la vida



Terminado el año de noviciado, además del voto de castidad y de obediencia, se hace en la religión el voto de pobreza, por el cual se obliga al religioso a no tener nada propio, ni rentas, ni dinero, ni otra cosa alguna, ni siquiera un alfiler; la religión se encargará, de proveerle de todo lo necesario.
Pero no basta hacer el voto de pobreza para seguir de cerca los pasos de Jesucristo; menester es abrazarse generosamente con las incomodidades que trae consigo la pobreza; "porque no es reputada la pobreza por virtud, dice San Bernardo, sino el amor a la pobreza".Es decir, para alcanzar la santidad no basta ser pobre, si no se aman a la ves las privaciones que suelen acompañar a la pobreza.
¡Oh! ¡Cuántos hay que suspiran por ser pobres, a semejanza de Jesucristo; pero sin que les falte nada! Ya lo dijo Tomás de Kempis: "Quieren ser pobres, pero sin que nada les falte". Ambicionan, en una palabra, el premio y los honores de la pobreza, pero no las incomodidades de ella.
Nadie pretenderá hallar en la religión cosas superfluas, ni vestidos de seda, ni manjares delicados, ni muebles preciosos y otras cosas semejantes; pero deseará, tener las cosas necesarias, que tal vez le falten. En estos casos es cuando se contrasta la virtud del religioso y cuando se ve si ama la pobreza con verdadero amor, cuando, viéndose privado aun de las cosas necesarias, como hábitos, vestidos, alimen- tos, vive contento y no se turba. ¿Qué género de pobreza seria aquella que no supiera privarse de nada de lo necesario? "Entonces verá si ama la pobreza, dice el P. Baltasar Alvarez, si juntamente ama los compañeros de ella, que son: hambre, sed, frío, desprecio".
En la religión cada uno debe, no solo contentarse con lo que se le da, sin reclamar coca alguna que le falte, por descuido de los oficiales de la casa, lo cual no dejaría de ser grave defecto, sino que debe estar aparejado a verse privado de las pocas cosas que concede la Regla. Y si a veces llegase a acontecer que faltaran hábitos, ropa blanca, y hasta la comida y cosas semejantes, cada uno debe estar alegre y gozoso con lo que ha recibido, sin lamentarse ni turbarse al verse privado de las cosas necesarias para la vida. El que no tenga estas disposiciones, que no se determine a entrar en religión porque sería claro indicio de que Dios no lo llama a estado de tanta perfección, o bien que no quiere abrazarse con semejante instituto y género de vida. “El que entra al servicio de Dios en una casa religiosa, convénzase, dice Santa Teresa, que no entra allí para que Dios lo trate bien, sino a sufrir por su amor”.

2 Desprendimiento de los parientes


El que pretende entrar en religión debe, en segundo lugar, desprenderse y olvidarse de sus parientes, porque en todo Instituto donde florece la observancia regular se guarda escrupulosamente este total desprendimiento, para seguir en todo las enseñanzas de Cristo, que dice: No he venido a traer la paz, sino la guerra, pues he venido a separar al hijo de su padre y a la hija de su madre. Y luego añade: Y los enemigos del hombre sea-n las personas de su misma casa. Ya he advertido en otro lugar que cuando se trata de abandonar el mundo para seguir la vocación religiosa, los más temibles adversarios son, por lo común, los parien- tes, los cuales no tienen reparo alguno, ya se dejen guiar por sus pasiones, ya por sus intereses particulares, de declararse enemigos de Dios, oponiéndose a la vocación de sus hijos, en vez de consentir en ella. ¡A cuantos parientes veremos condenados en el valle de Josafat por haberse opuesto a la vocación de sus hijos o de sus allegados! Y ¡a cuántos hijos veremos mezclados con los réprobos, por haber condescendido con sus padres, perdiendo la vocación y luego el alma, por no haber tenido el valor de romper los lazos de su cariño! Por eso Jesucristo alza la voz y exclama: Si alguno quiere venir en pos de Mí y no aborreciere a su padre y a su madre, no puede ser mi discípulo38 . Por tanto, el que desea entrar en una Orden donde florece el fervor y la observancia y hacerse verdadero discípulo de Cristo, debe olvidarse por completo de sus parientes.
Y advierta que cuando haya ingresado en el Instituto deberá seguir ejercitándose en este mismo género de desprendimiento. Añádase a esto que no podrá volver a la casa paterna sino en caso de enfermedad grave del padre o de la madre, o por otro motivo urgente y necesario, siempre, empero, con la licencia de los superiores. Obrar de otra suerte sería incurrir en una falta grave y dar escándalo a la comunidad. Más todavía: se tendría por cosa de mucha imperfección pedir semejante licencia, o manifestar deseos de ver o hablar a los parientes.
Decía San Carlos Borromeo que cada vez que volvía de la casa de sus parientes venía siempre con el alma entibiada y fría. Y a la verdad, el religioso que va a casa de sus padres, no por voluntad expresa del Superior, sino por su propio antojo, advierta que tornará al monasterio, o tentado, o resfriado en el amor de Dios.
San Vicente de Paúl solo una vez, y ésta por necesidad, fue a visitar su pueblo y sus parientes. Decía que el amor al pueblo natal y a la casa paterna son dos muy grandes obstáculos que se oponen a la santidad, y refería de muchos que por haber ido a su país habían quedado presos con el amor y afición a sus parientes, así como las moscas, que una vez que han caído en la tela de la araña no pueden valerse ni desenredarse. "Yo mismo, añadía, aquella única vez que fui a casa de mis padres aunque por poco tiempo y procurando desvanecer las esperanzas que habrían podido fundar sobre mí, al despedirme de ellos tuve tan gran sentimiento, que sólo se acabó el llanto cuando se acabó el camino, y por espacio de tres meses me acosó el pensamiento de ayudarlos, hasta que, por fin, la misericordia de Dios se digno librarme de semejante tentación".
Debe saber también que nadie puede escribir a sus parientes y amigos sin licencia del superior y sin que por sus manos pase la correspondencia. Obrar de otro modo es hacerse reo de una culpa grave, que en la religión, lejos de tolerarse, se castiga con mucho rigor, porque de otra suerte vendría, por este medio a desconcertarse y arruinarse la religión. Y aquí es de advertir que en el año de noviciado se ejerce esto con más rigor, porque difícilmente se permite al novicio durante el año de prueba hablar o escribir a sus parientes.
Finalmente, en caso de caer enfermo el religioso, seria defecto muy notable pedir permiso o manifestar deseos de volver a su familia, con el pretexto de que sería en ella mejor asistido y curaría más pronto respirando los aires natales. El aire que se respira en la casa paterna es siempre o casi siempre perjudicial para el espíritu del religioso. Y alegar por pretexto el deseo de velar por la quebrantada salud en casa de los padres, para no ser gravosos a la religión, a causa de los dispendios que causan las medicinas, es vano pretexto, porque la religión tiene particular esmero en cuidar a sus enfermos; y por lo que se refiere a mudar de aires, los superiores cuidarán de enviarlo a otra casa cuando le es perjudicial el de la casa en que viven. En cuanto a los remedios, llegará el superior hasta vender los libros de la Biblioteca para que nada falte al paciente. En todo caso, no vacile jamás ni dude de que le falte la divina Providencia. Y si el Señor fuere servido de no devolver la salud al enfermo, fuerza es que se conforme con su santísima voluntad, sin atreverse a pronunciar para nada el nombre de la casa paterna. Lo que más debe ambicionar, el que entra en religión, es morir cuando Dios quiera en su santa casa, asistido de los religiosos sus hermanos, y no en el siglo rodeado de sus parientes.


3 Desprendimiento de la propia estima



Es menester, además, no buscar la propia estima. Muchos hay que abandonan la patria, menosprecian las comodidades, se alejan de sus parientes y luego llevan consigo al monasterio el apego a la propia honra y gloria, que es harto más perjudicial al religioso que todo lo demás. El mayor sacrificio que podemos hacer a Dios, no es renunciar a las riquezas, los placeres y a la familia, sino renunciarse a sí mismo. Éste es aquel negarse a sí que con tanto encarecimiento recomienda Jesucristo a los que pretenden seguirlo. Y para negarse a sí mismo, debe comenzar el religioso por hollar su propia estima y honra, debe desear abrazarse con todo género de desprecios que puede, recibir en la religión, como, por ejemplo, verse pospuesto a otros religiosos que tal vez tengan metros méritos que él, o ser tratado como inhábil para los ministerios de la religión, o utilizar sus servicios en empleos bajos, humildes y trabajosos. Hay que convencerse de que en la casa de Dios los oficios más altos y de mayor honra son los que impone la obediencia. Líbrenos el Señor de pretender o ma- nifestar deseos de mandar o de ambicionar puestos honoríficos; esto en religión seria gran escándalo, y el que tal cosa pretendiera sería tenido por soberbio y ambicioso, y recibiría muy severa penitencia y finalmente seria, en este punto de especial manera mortificado. Más valiera suprimir y acabar con el Instituto, que dejar entrar por sus puertas este aire corrompido de la ambición, que mata a las más florecientes comunidades y destruye las obras más gloriosas del Señor.
Por el contrario, al ver que los demás se mofan de él, y lo menosprecian, debe experimentar gran satisfacción interior. Digo satisfacción interior, porque la, carne se rebelará, pero no hay por qué inquietarse por esta rebelión, hasta que el espíritu se abrace con la humillación y se goce en la parte superior.
Cuando uno se vea de continuo reprendido y mortificado, no sólo de los superiores, sino también de los iguales y aun de los inferiores, debe dar muy sinceras gracias con ánimo tranquilo al que así lo reprende y caritativamente lo amonesta, manifestándole que en adelante andará muy sobre aviso para que no lo sorprendan en igual defecto.
Uno de los más grandes deseos que han alimentado los Santos mientras vivían en la tierra, era verse despreciados por amor de Jesucristo. Esto fue lo que le pidió San Juan de la Cruz al Señor en cierta ocasión en que, apareciéndosele con la Cruz a cuestas le dijo: "Juan, pídeme lo que quieras”. Y el Santo respondió: "Padecer, Señor, y ser por Vos despreciado". Enseñan los doctores, con San Francisco de Sales, que el grado más perfecto de humildad es complacerse en los menosprecios y humillaciones, y esta es cabalmente una de las principales fuentes de meritos que de Dios desciende a nuestras almas. Vale más delante de Dios un menosprecio sufrido pacientemente por su amor, que mil ayunos y mil disciplinas.
Hay que convencerse, además, que el tener que soportar desprecios y humillaciones es cosa inevitable, aun en las comunidades más perfectas, unas veces de parte de los superiores, otras de
parte de los iguales. Basta leer las vidas de los santos para saber las afrentas que recibieron San Francisco de Regis, San Francisco de Jerónimo, el P. Torres y muchos otros. El Señor permite a veces que aun entre los santos se despierten, aunque sin culpa de parte de ellos, ciertas antipatías, o bien cierta diversidad de miras y de carácter entre sujetos de mucha virtud que engendran después no pocos roces y contrariedades; habrá ocasiones en que pasen por verdaderas, cosas que no lo son, y lo permitirá el Señor, para que unos y otros se ejerciten en la paciencia y en la humildad.
En una palabra, el que lleva con paciencia los desprecios y contrariedades, lejos de aprovechar, perderá mucho en la religión. Por eso, el que se hace religioso con el fin de entregarse a Dios por entero, debe avergonzase de no saber padecer una humillación, teniendo siempre delante de los ojos a Jesucristo, que por nuestro amor fue saturado de oprobios. En esto hay que parar mucho la atención, y al entrar en religión hay que estar muy determinado a complacerse en las humillaciones y disponerse a soportarlo toda suerte de trabajos que lo han de acometer; de lo contrario, las contrariedades y menosprecios mal soportados lo llegaran a turbar de tal modo que acaben por perder la vocación y por obligarlo a abandonar la religión, ¡Cuantos hay que por no haber tenido paciencia en las humillaciones han perdido la vocación de que provecho puede servir a Dios y al Instituto el religioso que no sabe soportar un desprecio por su amor? ¿Cómo puede decir que ha muerto a sí mismo, como lo ha prometido a Jesucristo al entrar en religión, cuando siente con tanta, viveza todavía las humillaciones hasta el punto de perder la paz y la calma? Vayan lejos, muy lejos, de los institutos religiosos los que tan pagados están de su propia persona, y váyanse cuanto antes, para que con el virus de su orgullo no corrompan y envenenen a los demás. En la religión todos deben estar muertos, sobre todo a la estima propia; de lo contrario, mejor es que no entren; y de haber entrado,
más vale que salgan cuanto antes.





4 Desprendimiento de la voluntad propia


El que entra en religión debe renunciar totalmente a la propia voluntad, poniéndola en manos de la obediencia. Entre todos los sacrificios éste es el más necesario. ¿De qué sirve abandonar las comodidades, los parientes, los honores, si se lleva a la religión la voluntad propia? En esto cabalmente consiste el negarse a sí mismo, el morir espiritualmente, el entregarse totalmente a Jesucristo. La entrega del corazón, es decir, de la voluntad, es la que más agrada al Señor y la que exige de todos los religiosos. Todas las otras mortificaciones y oraciones y privaciones serán de muy poco provecho, si uno no se renuncia y se desprende de su propia voluntad.
Ya se echa de ver por aquí que éste es el medio de atesorar muchos méritos delante de Dios; éste es el camino único y seguro de agradarle en todo, de modo que podamos decir con Jesucristo: Yo hago siempre lo que es de su agrado.El religioso que ya no tiene nada de voluntad propia puede ciertamente creer y esperar que agrada a Dios en todo: en la oración, en el estudio, en oír confesiones, en el comer, en recrearse, en descansar, puesto que en la religión no se puede dar un paso, ni siquiera respirar, sin tener que obedecer a la regla o a los superiores.
No conocen las gentes del mundo, ni aun las almas dadas a la piedad, cuán meritoria es la vida de obediencia que se lleva en la religión. Verdad es que hay muchos que no viven en comunidad y trabajan mucho, y tal vez más que los que viven sometidos a obediencia: predican, hacen penitencia, rezan, ayunan; pero en todo, o en parte, obran por voluntad propia. Ojala que en el día del juicio no tengan que lamentarse como se lamentaban aquellos de que habla Isaías: ¿Cómo es que hemos ayunado y tú no has hecho caso? ¿Hemos humillado nuestras almas y te haces el desentendido? —Es que en el día de vuestro ayuno, responde el Señor, hacéis cuantose os antoja41 . Glosando estas palabras, dice San Bernardo: "Grandes estragos causa la propia voluntad, puesto que es causa de que las obras buenas en sí mismas no lo sean para ti"42 Esto se verifica cuando en nuestras acciones no buscarnos a Dios, sino que nos buscarnos a nosotros mismos. Por el contrario, el que obra por obediencia está seguro de que en todo agrada a Dios.
La Venerable Madre María de Jesús decía que par dos cosas estimaba la vocación reli- giosa: la una era porque en el monasterio gozaba continuamente de la presencia y compañía de Jesús Sacramentado, y la otra porque vivía enteramente consagrada a Dios, sacrificándole su propia voluntad por medio de la obediencia.
Refiere el Padre Rodríguez que al morir Dositeo, discípulo de San Doroteo, reveló Dios al Abad que por aquellos cinco años que vivió debajo de la obediencia, a pesar de no haberse ejercitado en las austeridades de los demás monjes por su flaca complexión, sin embargo había, alcanzado por su obediencia el premio de San Pablo Ermitaño y de San Antonio Abad.
Por tanto, el que quiere, entrar en religión debe resolverse a despojarse totalmente de su propia voluntad, de suerte que solo quiera lo que le pida la obediencia. Guarde Dios al religioso de pronunciar estas palabras: "yo quiero, yo no quiero", sino que en todas sus acciones, aun cuando el superior le pida su parecer, debe responder invariablemente: "sólo quiero lo que la obediencia me ordenare". Y mientras no haya manifiesto pecado en lo que se le mandare, debe obedecer siempre ciegamente y sin detenerse a examinar lo que le manden, ya que no es oficio suyo, sino del superior, el examinar los negocios y el resolver las dudas. No obrando así, y si al obedecer no somete su propio juicio al parecer del superior, su obediencia será imperfecta. Decía San Ignacio Loyola "que cuando se trata de obedecer no toca a los súbditos velar por la prudencia, sino a los superiores; y si alguna prudencia, hay que buscar en el obedecer, es obedecer sin prudencia". "La obediencia, dice San Bernardo, es indiscreta". Y en otro lugar añade: "Es imposible que persevere en la Congregación un novicio prudente, porque el juzgar es oficio del superior y obedecer el del súbdito”
Mas para adelantar en la virtud de la obediencia, fundamento de toda virtud, hay que estar siempre dispuesto a abrazarse con lo que más le cueste y le repugne, y a soporta con paz y alegría el verse privado de lo que más desea y ambiciona. Acontecerá que cuando suspire por la soledad para darse a la oración y al estudio, entonces lo ocuparán más que nunca, en los ministerios con los prójimos. Porque si bien es cierto que en la religión se vive vida retirada y solitaria en cuanto sea posible, y a este fin, cuando se está en casa, hay señaladas muchas horas de silencio y durante el año se hacen diez días de ejercicios espirituales, además del día de retiro mensual, sin hacer cuenta de los quince días de ejercicios que se hacen antes de la toma de hábito y otros quince antes de la profesión religiosa, esto no obstante, si la religión se compone de sacerdotes misioneros consagrados a la salvación de las almas, cuando la obediencia tiene ocupados a los súbditos en estos ministerios debe contentarse con los ejercicios y oración que se hacen en comunidad, y a veces debe estar aparejado a omitiros sin quejarse, ni lamentarse, cuando así la obediencia lo demande, teniendo bien entendido lo que entendía Santa María Magdalena de Pazzis, cuando decía: "Todo lo que se hace por obediencia es oración".





IV DE LAS PRUEBAS INHERENTES A LA VIDA RELIGIOSA


Cuando un sujeto, para obedecer la voz de Dios que lo llama a religión ha dominado todas las pasiones y menospreciado todos los bienes del mundo, no se figure que en adelante se verá libre de pruebas y tentaciones, como angustias, obscuridad espiritual y otras aprensiones varias que Dios le enviará, para irlo fortificando cada vez más en su vocación. Hasta los Santos que más han amado la suya han padecido de vez en cuando grandes obscuridades, pareciéndoles que vivían engañados y que no se salvarían en el género de vida que habían abrazado. Esto acaeció a Santa Teresa de Jesús, a San Juan de la Cruz, a Santa Juana de Chantal; pero bastó que se encomendasen a Dios para que se disipasen las tinieblas que los envolvían y recobrasen la paz. Así acostumbra probar el Señor a sus almas predilectas, como le fue declarado a Tobías: Y por lo mismo que eras acepto a Dios, fue menester que la tentación te probase. El Señor Dios vuestro os prueba, dice Moisés, para que se haga patente si lo amáis o no.
Por eso es menester que el religioso se prepare a padecer trabajos y aflicciones. A veces le parecerá cosa imposible observar por más tiempo la regla del Instituto; otras se figurará que ha perdido la paz para no hallarla de nuevo; otras, finalmente, que no logrará salvarse. Pues bien, hay que estar muy sobre aviso, mayormente cuando la tentación se presenta envuelta en escrúpulos o acosa al novicio, so pretexto de un bien espiritual mayor, para obligarlo a abandonar la vocación.

Para vencer estas tentaciones hay dos medios principales, y son:


1 Acudir a Dios


El primero es la oración: Acercaos vosotros a Dios, dice David, y os iluminará. Es que implora el auxilia de Dios es imposible que sea vencido par la tentación, así como tampoco es posible que salga vencedora ella el alma que no acude a Dios. Y advierte que, a veces, no bastará que acudas al Señor una vez o varios días, para alcanzar victoria porque tal vez será voluntad del Señor que prosigas luchando contra la tentación semanas enteras, y hasta meses y años; pero tampoco olvidemos que si el alma no se cansa de acudir a Dios acabará ciertamente por salir vencedora, quedando después mejor fundada en su vocación y gozando de más suave y tranquila paz.
Mientras no haya pasado esta tempestad de la cual nadie se ve libre, no sé de el alma por segura. En este tiempo de obscuridad y tinieblas, ni el fervor ni las muchas razones serán poderosas a devolvernos la paz perdida, porque en medio de tanta obscuridad todo es revuelta confusión. Entonces hay que clamar a Dios, diciendo: "Señor, ayudadme; venid, Dios mío, en mi socorro". También se debe acudir a la Virgen Santísima, que es la Madre de la perseverancia, y pedir apoyado en la promesa de Jesucristo, que dijo: Pedid recibiréis. Y es cosa probada que, el alma que sale triunfante en este género de prueba, hallará después en su vocación perpetua paz y descanso.






2 Descubrir la conciencia a los superiores



El Segundo remedio, tan necesario y principal como el anterior, para vencer en esta lucha, es descubrir al superior o al padre espiritual las tentaciones que lo asalten; y esto hay que hacerlo en seguida, antes de que la tentación cobre más bríos y fuerzas. Decía San Felipe Neri que la tentación descubierta estaba casi vencida. Y, por el contrario, el mayor peligro en estos casos es ocultarla al superior, porque entonces Dios, de su parte, retira su gracia y favor por no querer humi- llarse el sujeto a manifestarla, y la tentación, por la suya, va cobrando fuerzas, hasta que revienta la mina. Téngase por seguro que acabará por perder la vocación el que no descubre las tentaciones que la combaten.
Hay que convencerse de que las tentaciones más terribles que puede padecer un religioso son las contrarias a la vocación, porque si el infierno logra triunfar en este punto, en un solo combate gana muchas victorias, pues es cosa averiguada que cuando uno pierde la vocación y abandone su Instituto, no puede hacer progreso alguno en los caminos del Señor. Verdad es que el demonio se esforzará por hacerle comprender que fuera de la religión gozara de mas paz y hará más bien; pero, esto no obstante, téngase por cierto que una vez en el mundo sentirá su corazón despedazado por los remordimientos y no hallará la paz que ambicionaba, y quiera Dios que tales remordimientos no lo atormenten por toda la eternidad en el infierno, donde fácilmente puede caer el que por culpa suya abandona la vocación, como queda dicho más arriba. Caerá también en tan gran tibieza y desaliento, que no tendrá ánimo para obrar bien ni para alzar los ojos al cielo. No es de extrañar que abandone la oración, puesto que cada vez que se acoja a ella sentirá en su corazón un infierno de remordimientos y estará oyendo los reproches de la conciencia, que le dice: "¿Qué has hecho? Abandonaste a Dios, perdiste la vocación, y ¿por qué? Por satisfacer tus pasiones, para dar gusto a tus parientes". Estos reproches los ha de estar oyendo toda su vida, y se le acrecentarán en la hora de la muerte, cuando está para entrar en la eternidad, puesto que en lugar de morir en la casa de Dios, rodeado de sus hermanos en religión, vera acabar la vida fuera de su Instituto, en la casa paterna, en medio de sus parientes, a quienes pretendió complacer y agradar, desagradando a Dios.
El religioso debe pedir a Dios de continuo la gracia de morir antes que sufrir tamaña desgracia, que solo abarcará en toda su magnitud a la hora de la muerte; lo que le servirá de no poco tormento, porque en aquel trance ya no se puede remediar el yerro. Por lo cual, el que padece tentaciones contra la vocación, la mejor meditación que puede hacer mientras le dure el combate es pensar en las tor- turas y remordimientos que experimentará, si por su culpa y mero capricho pierde la vocación y muere fuera del claustro.
Advierta, en fin, el que desea entrar en religión, que debe resolverse a santificarse y a padecer toda suerte trabajos interiores y exteriores para ser fiel a Dios y no abandonar la vocación. Y si a esto no
se determina, le ruego que no engañe a los superiores ni se engañe a sí mismo, y consiguiente que no entre en la religión, porque es manifiesta señal de que Dios no lo llama o, lo que todavía es peor, que no quiere responder, como es justo, al divino llamamiento. Mientras alimenta tan malas disposiciones mejor es que permanezca en el mundo, hasta que se determine a darse a Dios totalmente y padecer por Él toda suerte de trabajos; porque si no, se perjudicará a sí mismo y a la religión, de la cual saldrá con cualquier pretexto, y además de quedar desacreditado delante del mundo, se hará a los ojos de Dios reo de mayor pecado, por haber sido infiel a su llamamiento; perderá en Él su confianza y no dará, un paso en el camino de la virtud, y sólo Dios puede saber los desastres y caídas que seguirán a esta primera caída.
¡Qué agradable es a los ojos de Dios una comunidad cuyos miembros se esfuerzan por agradarle y complacerle, que viven en el mundo, pero sin vivir en él, pues todos sus pensamientos los tienen puestos en Dios!
El religioso sólo debe suspirar por alcanzar la vida eterna. ¡Dichosos nosotros si estos cuatro días que tenemos de vida los gastamos en servir a Dios! En esto deben poner mayor empeño los que han perdido en el mundo buena parte de su villa. Meditemos con frecuencia en la eternidad, y entonces padeceremos con gusto y alegría cualquier trabajo.
Demos gracias a Dios que tan pródigo se muestra con nosotros, dándonos tantas luces y tantos medios para amarlo con toda perfección, y sobre todo por haberse dignado escogernos con tanta bondad y amor entre tantos hombres, para que lo sirvamos en la vida religiosa. Esforcémonos por adelantar en virtud para agradarle, puesto que, como Santa Teresa decía a sus religiosas, ya hemos hecho lo más con la gracia de Dios para hacernos santos, renunciando al mundo y a todos sus bienes; hagamos, pues, lo menos que nos falta y lleguemos a escalar el monte santo de la perfección. Tengo por cierto, que Jesucristo ha preparado en el cielo un glorioso trono pare todos los que mueren en la religión. En este mundo seremos pobres y despreciados, y tratados de locos y de imprudentes, pero en la otra vida se trocarán las suertes.
Encomendémonos siempre a nuestro amantísimo Redentor, oculto en el Sagrario, y a la Santísima Virgen María, puesto que todos los Religiosos deben profesar amor entrañable a Jesús Sacramentado y a la Inmaculada Concepción de María. No perdamos jamás la esperanza: Jesucristo nos ha escogido
para ser sus cortesanos, y tenemos pruebas patentes de la protección que dispensa a todas las Ór- denes religiosas y a cada religioso en particular. El Señor es mi luz y mi salvación, dice David, ¿a quién he de temer?.
Acabad, Señor, vuestra obra, haced que vivamos consagrados a vuestra honra y gloria, a fin de que todos los miembros de vuestras religiones tengan la dicha de agradaros en todo, hasta el día del juicio, y ganen para vuestra gloria a innumerables almas. Amén, así sea.





CAPÍTULO II






I RESPUESTA A UN JOVEN
QUE PIDE CONSEJO ACERCA DEL ESTADO DE VIDA QUE DEBE ELEGIR




Su carta de usted me da a entender que desde hace algún tiempo se siente inspirado por Dios a abrazar la vida religiosa. A la vez me dice que se han despertado algunas dudas en su espíritu, y especialmente aquella de que si podrá santificarse en el siglo sin hacerse religioso.
Le responderé brevemente; porque si usted desea más larga respuesta, puede leer con provecho el libro que con el título: Avisos sobre la vocación religiosa he publicado.
Aquí solamente le diré en pocas palabras que el negocio de la elección de estado es de capital importancia, por depender de el la salvación eterna. El que abraza el estado a que Dios lo llama, fácilmente se salvará; pero el que desoye la voz del Señor, será difícil, mejor diré, será moralmente imposible que se salve. La mayor parte de los réprobos están en el infierno por no haber correspondido al llamamiento de Dios.
Por tanto, si usted quiere elegir aquel género de vida en el cual asegure mejor su salvación, que es lo único que nos debe importar, considere que su alma es inmortal, y que Dios lo ha puesto en el mundo, no a buen seguro para atesorar riquezas, ni conquistar honores, ni llevar vida cómoda y regalada, sino únicamente para alcanzar la vida eterna, por media de la práctica de la virtud. Tenéis por fin, dice San Pablo a los romanos, la vida eterna. En el día del juicio de nada le servirá el haber puesto en buen pie su casa y haberse aventajado sobre los demás en el mundo; lo único que entonces le aprovechara será el haber servido y amado a Jesucristo, que lo ha de juzgar.
Cree usted que permaneciendo en el siglo podrá también santificarse. Sin duda que lo podrá, señor mío, pero con no poca dificultad. Pero si Dios lo llama a usted a la vida religiosa y quiere permanecer en el mundo, su santificación, como he dicho, será moralmente imposible; porque en el sigla se verá privado de las luces y auxilios que Dios le dispensará en la religión y sin unos y otros no lograra usted salvarse.
Para alcanzar la santidad hay que emplear los medios que a ella nos conducen, coma son la huida de las ocasiones peligrosas, el desprendimiento de los bienes de la tierra, la unión con Dios y la vida de recogimiento. Además, para no cansarse en el camino emprendido, debe frecuentar los sacramentos, hacer todos los días oración mental, leer algún libro piadoso y ejercitarse en otras prácticas devotas, sin las cuales no es fácil conservar el fervor. Ahora bien, ejercitarse en todas estas obras de piedad en medio del bullicio y tráfago del mundo es harto difícil, por no decir imposible. Los cuidados de la familia, las necesidades de la casa, los lamentos y quejas de los parientes, los pleitos, las persecuciones de que esta Reino el mundo, tendrán su ánimo tan preocupado y tan cargado de temores, que apenas le será, posible encomendarse a Dios por la noche, y esto en medio de mil distracciones. Bien quisiera usted hacer oración, y leer un libro espiritual, y comulgar con frecuencia y visitar todos los días el Santísimo Sacramento, pero tan buenos propósitos se los estorbarán los negocios del mundo, y lo poco que haga será, con mucha imperfección, por tenerlo que hacer entre sinnúmero de ocupaciones y con el espíritu disipado. De suerte que su vida será muy desasosegada, y su muerte también muy turbada e inquieta.
Los amigos del mundo, por su parte, no tendrán reparo en inspirarle temor a la vida religiosa, pintándosela como insoportable y llena de sinsabores. Por otra parte, el mundo le brindara con sus riquezas, placeres y diversiones: piénselo bien y no se deje engañar, porque el mundo es un traidor, que sabe prometer, pero no sabe cumplir. Le ofrece bienes de la tierra; y aunque le diese todo lo que ofrece, ¿serían poderosos todos ellos para calmar las ansias de su alma? No, porque sólo Dios puede darle la paz verdadera. El alma ha sido creada únicamente para Dios, para amarlo en esta vida y después gozarlo en la eterna, y por esto sólo Él puede satisfacer los deseos de su corazón. Todos los placeres y riquezas del mundo no son poderosos para darnos la verdadera paz; al contrario, el que mayor caudal de estos bienes posee en el mundo, anda más turbado y afligido, como confiesa Salomón, quien después de haber gozado tanto, exclama: Todo es vanidad y aflicción de espíritu.
Si el mundo con todos sus tesoros pudiera llenar los senos del corazón humano, los ricos, los grandes, los reyes, que nadan en la abundancia, que gozan de placeres, que son por todos honrados, serían plenamente felices; pero la experiencia nos enseña lo contrario; nos enseña que mientras más encumbrados y enaltecidos están, tanto mayores son las angustias, los pesares y las aflicciones que experimentan. Un pobre lego capuchino, vestido con burdo sayal y ceñido con ceñidor de cuerda, que come pobremente y duerme sobre la paja en celda estrecha, vive más feliz y contento que un príncipe que viste telas recamadas de oro y posee tesoros sin cuento. Se sentará todos los días a opípara mesa, dormirá en mullido lecho bajo ricos pabellones, pero los cuidados y las angustias de espíritu ahuyentarán el sueño de sus parpados. “¡Cuán poco es, exclama San Felipe Neri, el que por amar al mundo no ama a Dios!”
Pero si los mundanos llevan una vida de sobresaltos y congojas, mayores los experimentarán en la hora de la muerte, cuando el Sacerdote que los asista les intime la orden de partir de esta vida, diciéndoles: "Alma cristiana, sal de este mundo", abrázate con el crucifijo, porque el mundo ya se acabó para ti. El mal está en que los mundanos apenas si piensan en Dios ni en la otra vida, donde han de vivir por Toda la eternidad. Casi todos sus pensamientos van a parar en las cosas de la tierra, y por eso llevan vida desgraciada y mueren con muertes desastrosas.
Por tanto, si usted quiere acertar en la elección de estado, procure que no se le caiga de la consideración la hora de la muerte, y, puesto en aquel duro trance, mire bien el género de vida que hubiera querido llevar. Entonces ya no podrá corregir el yerro, si tiene ahora la mala fortuna de equivocarse, menospreciando el divino llamamiento por seguir su libertad y sus caprichos. Considere que todo lo de este mundo pasa y desaparece, como dice San Pablo por estas palabras: La escena de este mundo pasa en un momento. Todo se acaba, y la muerte nos sale al encuentro, de suerte que a cada paso que damos nos acercamos a ella y nos aproximamos a la eternidad, para la cual hemos nacido. Porque escrito esta: Irá el hombre a la casa de su eternidad. Cuando estemos más descuidados nos sorprenderá la muerte, y en aquel duro lance todos los bienes del mundo nos parecerán vana ilusión, mentira, engaño, vanidad. ¿De que le aprovechara entonces al hombre —pregunta Jesucristo— haber ganado todo el mundo anuncio, si pierde el alma?. Sólo servirá para acabar con muerte desgraciada una vida infeliz.
Por el contrario, un joven que ha abandonado el mundo para seguir las huellas de Cristo, vivirá feliz y contento, pasando sus días en una celda solitaria, lejos del bullicio del mundo y de los frecuentes peligros que se corren en el de perder a Dios. Verdad es que en el monasterio no tendrá ni conciertos, ni bailes, ni comedias, ni otras mundanas diversiones, pero tendrá a Dios, que lo recreará con mil regalos y le dará a gustar aquella paz que se puede gozar en este valle de lágrimas, lugar de trabajos y padecimientos, donde hemos sido puestos para conquistar, a fuerza de paciencia, aquella otra verdadera y cumplida paz que Dios nos tiene deparada en la gloria. Cuando se vive alejado de las diversiones del mundo, una amorosa mirada dirigida de cuando en cuando al crucifijo, un Dios mío y todas las cosas, pronunciado con fervor, un Dios mío, que se escapa del corazón, proporciona al alma más consuelo que todos los pasatiempos y banquetes del mundo, que después de gustados traen en pos de sí no pocos dejos de amargura.
Y si por haber abrazado el estado religioso vivirá contento durante la vida, mayor contento
experimentara en la hora de la muerte. ¡Qué consuelos no experimentará entonces al recordar que ha gastado su vida en la oración, la lectura espiritual, la mortificación y otros ejercicios devotos, y especialmente si en la religión ha empleado sus mejores años, salvando almas por medio del ministerio de la predicación y confesión! Todo esto aumentará a la hora de la muerte la confianza que tiene puesta en Jesucristo, el cual, como muy agradecido, sabe premiar con largueza a los que han trabajado por aumentar su gloria.
Pero vengamos ya a tratar más de propósito la elección que debe usted hacer. Ya, que el Señor lo mueve a dejar el mundo para darse todo a Él en la religión, tiene sobrados motivos para alegrarse y temblar a la vez. Alégrese, pues, y dé gracias a Dios, porque el ser llamado a una vida más perfecta, es un gracia especialísima que el Señor no dispensa a todos. No ha hecho otro tanto −dice el salmista− con las demás naciones.Pero a la vez tiemble, porque si no obedece a la vocación divina, pone en gran peligro su eterna salvación. No puedo detenerme a referirle aquí los muchos ejemplos de jóvenes, que por no haber hecho caso de la vocación divina, han llevado vida desgraciada, acabándola con muerte desastrosa. Tenga por cierto que si, a pesar de la inspiración que usted siente de abraza la vida religiosa, permanece en el mundo, llevará una vida sin paz ni sosiego, preludio de la muerte inquieta que lo aguarda, pues en aquel trance se sentirá despedazado por los remordimientos, a causa de haber desoído la voz de Dios, que lo llamaba al claustro.
Al fin de su carta me pregunta usted si en el caso de no tener bastante ánimo para entrar en religión, sería mejor casarse, como quieren sus padres, o hacerse sacerdote secular.
A lo primero le diré que no puedo aconsejarle que abrace el estado del matrimonio, porque San Pablo tampoco lo aconseja a nadie, a no ser en el caso de remediar una habitual incontinencia, y cierto estoy que usted no se halla en semejante caso.
En cuanto a hacerse sacerdote secular, advierta que el sacerdote en el siglo tiene todas las cargas del sacerdocio, y además las distracciones y peligros de los seglares, puesto que, viviendo en medio del mundo, no puede evitar los tropiezos y dificultades que le causan los negocios de su casa o de sus parientes, ni puede verse libre de los peligros que rodean su alma. Lo cercarán las tentaciones en su propia casa, puesto que no podrá impedir que entren en ella mujeres, ya sean de la familia, ya sean criadas, ya otras mujeres extrañas. Debería usted vivir en una habitación retirada, para no pensar más que en las cosas del divino servicio; mas este género de vida es muy difícil en la práctica, y por lo mismo son muy contados los sacerdotes que, viviendo en su propia casa, aspiran a la perfección.
Por el contrario, si usted entra en un Instituto religioso donde reina la observancia regular, se verá libre de los cuidados que ocasiona el pensar en la comida y en el vestido, porque de todo le proveerá la religión; allí vivirá lejos de los parientes, que de continuo molestarían con los negocios y asuntos de la casa; allí no encontrará mujeres que puedan turbar su espíritu; allí, alejado del ruido del mundo, nada le impedirá vivir recogido y dedicado a la oración.
Le hablo de una religión donde “reine la observancia regular”; porque si usted quisiera entrar en un Instituto del cual ha desaparecido el fervor, mejor serían que permaneciera en su casa, cuidando como mejor pudiera de la salvación de su alma; puesto que dando su nombre aun Instituto que a caído en la relajación, se expone al peligro de condenarse; pues dado caso que entrase resuelto a dedicarse a la oración y a no pensar más que en Dios, arrastrado, sin embargo, por los malos ejemplos de los compañeros, y ridiculizado por ellos y tal vez hasta perseguido, por no querer llevar su manera de vida, acabaría por abandonar todas sus devociones y seguir los derroteros que le señalaren los demás, como lo prueba la experiencia.

En fin, si Dios se digna concederle la gracia de la vocación, esfuércese por conservarla, encomendándose sin descanso a Jesús y a María en sus oraciones, y no olvide que, si se determina a entregarse totalmente a Dios, el demonio se esforzará cada día más por hacerlo caer en pecado, y sobre todo para hacerle perder la vocación.
Termino ofreciéndole todos mis respetos y pidiendo al Señor lo haga todo suyo.


II AVISOS A UNA JOVEN QUE VACILA ACERCA DEL ESTADO QUE HA DE ELEGIR





Hermana mía en Jesucristo: Me dice usted que está deliberando acerca del género de vida que debe abrazar. Advierto que usted vacila, porque por una parte el mundo la convida a escoger el estado del matrimonio, y por otra la invita Jesucristo a tomar el velo de religiosa en un monasterio observante.
Piénselo bien, porque de la elección que haga depende su eterna salvación. Por esto, le recomiendo muy encarecidamente que pida a Dios todos los días su santa gracia, y comience ya a hacerlo hoy mismo en que comienza a leer estas páginas, a fin de que el Señor le de la luz y la fortaleza que necesita para elegir aquel estado en que mejor asegure su salvación, y no tenga que arrepentirse de la elección hecha, durante toda su vida y por toda la eternidad, cuando le falte el tempo de enmendar su yerro.
Piense bien cual sea para usted el partido más ventajoso y el que le haga más feliz y dichosa, si el tener por esposo a un hombre del mundo, o a Jesucristo, Hijo de Dios y Rey del Cielo; vea cuál de los dos le parece mejor, y elija entre ambos. Trece años tenía la virgen Santa Inés cuando, por su extremada belleza, se vio pretendida de muchos jóvenes, entre los cuales se encontraba el hijo del Prefecto de Roma; mas ella, dirigiendo una mirada a Jesucristo, que la quería para sí, contestó: "He hablado a un esposo mejor que tú y que todos los reyes de la tierra; justo es que no lo cambie por otro". Y en efecto, antes que consentir en cambia tan desigual, prefirió gustosa perder la vida, en tan temprana edad, muriendo mártir por amor de Jesucristo. La misma respuesta dio la virgen Santa Domitila al Conde Aurelio, gran señor de Roma, y antes que abandonar a Jesucristo prefirió ser martirizada y quemada viva. ¡Cuán alegres y gozosas estarán ahora en el Cielo y lo estarán por toda la eternidad estas santas vírgenes por haber hecho tan buena elección! Suerte tan feliz y dichosa tiene el Señor deparada a todas las doncellas que por entregarse a Jesucristo han abandonado el mundo.
Examine, pues, las consecuencias que se han de seguir de la elección que usted haga entre el mundo y Jesucristo. El mundo le ofrece los bienes de la tierra: honores, riquezas, placeres, pasatiempos. Jesucristo, por el contrario, le presenta azotes, espinas, oprobios, cruz; que éstos fueron los bienes que disfrutó mientras vivió en el mundo. Pero en cambio, Jesucristo le ofrece dos inapreciables bienes que no puede darle el mundo, a saber: la paz del corazón en esta vida y el paraíso en la otra.
Además, antes de resolverse a abrazar el uno o el otro estado, debe tener muy en cuenta que su alma es eterna; es decir, que después de esta vida, que tan presto se acaba, vendrá la muerte, que le abrirá las puertas de la eternidad, y al entrar en ella le dará el Señor el premio o el castigo que haya merecido por las obras llevadas a cabo durante su vida. De suerte que la morada que le toque habitar en el punto de la muerte, ya sea feliz, ya desgraciada, en ella permanecerá por toda la eternidad: si tiene la dicha de salvarse, gozara para siempre de todos los encantos y alegrías del paraíso; si por desgracia se condena, padecerá los eternos tormentos del infierno. No pierda, pues, de vista que todas las cosas de este mundo pronto se acaban. ¡Dichoso el que se salva, desventurado el que se condena! No se le caiga jamás de la memoria aquella admirable sentencia de nuestro Salvador: ¿De qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si al cabo pierde su alma? Esta máxima ha determinado a tantos jóvenes a encerrarse en los claustros y a sepultarse en desiertas cuevas, y a tantas doncellas a abandonar el mundo para consagrarse a Dios y acabar sus vidas con santa muerte.
Considere, por otra parte, la mísera suerte que ha cabido a tantas nobilísimas damas, a tantas princesas y reinas que en el mundo ha habido; no les han faltado ni honores, ni alabanzas, ni servidores, ni aduladores viles; pero si han tenido la desgracia de condenarse, ¿qué les aprovecharan ahora en el infierno tantas riquezas atesoradas, tantos placeres gozados, tantos honores disfrutados? Les servirán de tormento y angustias de conciencia que despedazarán su corazón eternamente, mientras Dios sea Dios, sin poder hallar remedio alguno a su eterna ruina.
Examinemos ahora muy despacio los bienes que el mundo promete en esta vida a sus seguidores, y los bienes que da el Señor a los que lo aman y por su amor todo lo abandonan.
El mundo promete mucho a sus amadores; pero ¿quién ignora que es un traidor, que promete y no sabe cumplir? Demos que cumpla sus promesas; ¿qué bienes podernos de él esperar? Bienes de la tierra; pero no puede dar la paz, ni el contento que promete, porque todos sus bienes halagan a la carne y a los sentidos, pero no pueden calmar las aspiraciones del alma y del corazón. Nuestra alma ha sido creada por Dios, únicamente para amarlo en esta vida y después gozarlo en la otra; por lo cual todos los bienes del mundo, todos sus placeres y grandezas giran en torno de nuestro corazón, pero no entran en él, que sólo Dios puede colmar. Por eso Salomón llamaba a los bienes del mundo vanidad y mentira, más aptos para afligir que para contentar nuestra alma. Vanidad de vanidades, los llama, y aflicción de espíritu. En efecto, la experiencia demuestra que mientras más riquezas poseen los ricos mas angustiados viven y afligidos.
Si el mundo colmase las ansias del corazón con los bienes que da, las princesas y las reinas, a quienes no faltan diversiones, comedias, fiestas, banquetes, soberbios palacios, lujosas carrozas, ricos vestidos, joyas de inestimable valor, pajes y lacayos que las sirven y les hacen la corte, vivirían en perpetua paz y contento. Pero ¡ah! ¡cómo se engañan los que así piensan! Preguntadles si gozan de paz verdadera; decidles si viven contentas. ¡Qué paz y qué contento! —os responderán todas—, mi vida es la vida de una desgraciada; no sé lo que es paz, ignoro lo que sea tener contento. El mal proceder de sus maridos, los disgustos que a cada paso les dan los hijos, los celos, los temores, las necesidades de la casa les dan a beber de continuo tragos de sinsabores y amarguras.
De la mujer casada puede decirse que es mártir de paciencia, si es que la tiene; que de no atesorar esta virtud en su corazón, padecerá un martirio en este mundo y en la eternidad otro más espantoso. Aun cuando no padeciese otros trabajos, bastarán los remordimientos de conciencia para atormen- tarla de continuo; porque apegada como esta a los bienes de la tierra, no le deja tiempo para pensar en su alma, no frecuenta los Sacramentos, apenas si se acuerda de encomendarse a Dios, y privada de estos medios, que tanto ayudan para bien vivir, caerá con frecuencia en el pecado y de continuo será despedazada por los remordimientos de conciencia. De donde resulta que todas las alegrías que le prometía el mundo se convierten en amarguras y serios temores de caer en la eterna condenación.
¡Desventurada de mí! —exclamará—, ¿-cuál será mi suerte al entrar en la eternidad, viviendo coma vivo alejada de Dios, sumergida en el pecado, caminando siempre de mal en peor? Quisiera recogerme a hacer oración, pero los cuidados de la familia y las gentes de la casa, que siempre están en movimiento, me lo prohíben; quisiera asistir a los sermones, confesar y comulgar con frecuencia; quisiera ir a menudo a la iglesia, pero me lo estorba mi marido; a veces no puedo ir acompañada como fuera menester; añádase a esto los cuidados que me agobian, la crianza de los hijos, las continuas visitas y otros mil obstáculos que me tienen atada en casa; apenas si los días festivos a las altas horas de la mañana puede ir a Misa. ¡Desventurada de mí! ¿por qué habré cometido la locura de casarme? (¿no me hubiera sido mejor entrar en un monasterio para trabajar en mi santificación?
Pero de ¿qué sirven todas estas quejas y amargos lamentos, sino para aumento de sus angustias, al ver que ya no puede remediar su mala elección, estando como esta presa, con mil lazos al mundo? Y si acaba la vida agobiada por el peso de tantas amarguras, su muerte será, también triste y angustiosa.
Rodearan su lecho de muerte, sus criados, su esposo y sus hijos, que derramaran amargas lágrimas, que lejos de servirle de consuelo le causaran mayor aflicción, y así afligida, pobre de merecimientos y sobrecogida por el temor de su eterna salvación, tendrá que comparecer ante el Tribunal de Jesucristo, que la ha de juzgar.
Muy otra será la suerte de la religiosa que ha abandonado el mundo para consagrarse a Jesucristo. Sera feliz en compañía de tantas esposas del Señor, en una celda solitaria, lejos del bullicio del mundo y de los continuos y próximos peligros que corren de perder a Dios las personas que viven en el siglo. En la hora de la muerte la consolara, el recuerdo de haber pasado sus mejores años dedicados a la oración, mortificación y otros ejercicios santos, como visitar al Santísimo Sacramento, confesarse,, y comulgar con frecuencia, hacer actos de humildad, esperanza y amor a Jesucristo; y si bien el demonio no cesará, de atormentarla con el recuerdo de los pecados cometidos durante su juventud, su divino Esposo, por cuyo amor abandonó el mundo, sabrá consolarla, y llena de confianza morirá abrazada a Jesús crucificado, que la llevara consigo al paraíso para vivir en su compañía por toda la eternidad.
Ya que, hermana mía, va usted a elegir estado, escoja aquel que hubiera deseado elegir en la hora de la muerte. En aquella hora tremenda, al ver qua todo se acaba, todos exclaman: ¡Ojalá hubiera trabajado por santificarme! ¡0jalá hubiera abandonado el mundo para, consagrarme a Dios! Pero entonces, lo hecho hecho está; no tienen más remedio que rendir el alma y presentarse ante el Tribunal de Cristo, que les dirá: Venid, benditos de mi Padre, venid a gozar conmigo para siempre.0 bien oirán estas otras palabras: Apartaos de mí e id para siempre al infierno.
Ahora esta, usted a tiempo de elegir entre el mundo y Jesucristo; si toma el partido del mundo, no se olvide que tarde o temprano se ha de arrepentir; por eso, piénselo bien. De entre las mujeres que viven en el mundo, muchas se condenan; en los monasterios rara es la que se pierde eternamente. Encomiéndese a Jesús crucificado y a María Santísima, a fin de que le den la luz y la gracia necesarias de elegir el camino que mejor la lleve a su salvación eterna.
Si quiere hacerse religiosa, ha de estar resuelta a santificarse, porque si piensa llevar en el monasterio, a ejemplo de algunas religiosas, vida tibia e imperfecta, de nada le serviría entrar en religión; porque después de vivir vida infeliz, la acabaría con muerte desgraciada.
En fin, de sentir usted repugnancia invencible por la vida del claustro, no puedo aconsejarle que abrace el estado del matrimonio, puesto que San Pablo a nadie lo aconseja, fuera del caso de pura necesidad, en el cual por fortuna no se halla usted; entonces permanezca al menos en su casa, trabajando en su santificación. Le ruego que durante nueve días rece la siguiente oración.
¡Oh Señor mío Jesucristo, que habéis muerto para salvarme!, os suplico, por los meritos de vuestra preciosísima sangre, que me deis la luz y la fuerza necesaria de elegir el estado que más convenga a mi salvación. Y Vos, oh María, Madre mía, alcanzadme esta gracia con vuestra poderosa intercesión.

CAPITULO III

CONSIDERACIONES UTILES A LAS PERSONAS QUE SON LLAMADAS AL ESTADO RELIGIOSO




Consideración I CUÁN BIEN SE ASEGURA EN EL ESTADO RELIGIOSO LA SALVACiÓN ETERNA DEL ALMA



Para llegar a entender la importancia de nuestra salvación eterna, basta tener fe y considerar que tenemos una sola alma; que si la perdemos, lo hemos perdido todo. ¿De qué aprovecha al hombre — dice Jesucristo- ganar todo el mundo, si al cabo pierde su alma? Esta gran máxima del Evangelio ha arrastrado a tantos jóvenes a retirarse a los claustros, y a vivir en los desiertos y a dar su vida por Jesucristo en medio de exquisitos tormentos… ¿De que nos sirve, exclamaban, poseer todo el mundo y todos los bienes que el mundo puede ofrecer en esta miserable vida, que tan pronto ha de acabar, para concluir por condenarse y padecer eternos tormentos en aquella otra vida que jamás tiene fin? ¿Que les queda a tantos ricos, a tantos príncipes, a tantos emperadores, que ahora están en el infierno, que les queda, repito, de todo el fausto y grandeza que gozaran en el mundo, sino mayor tormento y más espantosa desesperación? Lloran ahora los miserables y exclaman: Todas aquellas cosas pasaron coma la sombra54 . Pasó como pasa la sombra, como se desvanece un sueño; solo les queda el suplicio que vienen padeciendo desde hace tantos años y padecerán por toda la eternidad.
La escena de este mundo −dice San Pablo− pasa en un momento y dura poco; dichoso el que en esta comedia del mundo sabe desempeñar el papel que Dios le ha confiado; feliz presagio de la suerte que le espera en la otra vida que no tendrá fin. Poco le importara entonces el haber sido en este mundo pobre, despreciado y atribulado, porque en la gloria estará contento y será; honrado como rey del paraíso, mientras Dios sea Dios. Si el Señor nos ha puesto en la tierra y en ella nos conserva, ha sido con el fin de alcanzar, no los bienes transitorios del mundo, sino los bienes eternos del paraíso. Vuestro fin —dice San Pablo—, es la vida eterna.
Este es el fin a que deberían aspirar todos los hombres que viven en el mundo; el mal esta en que los mundanos piensan poco o nada en el negocio de su eterna salvación. En medio de las tinieblas de este Egipto del mundo, la mayor parte de los hombres solo suenan en granjearse honores y placeres, y por esta razón muchos se condenan. Está horrorosamente desolada toda la tierra —exclama Jeremias— porque no hay nadie que reflexione en su corazón. ¡Cuán pocos son, en efecto, los que se detienen a considerar el trance fatal de la muerte qua ha de acabar con la comedia de este mundo! ¡cuán pocos los que acuerdan de la eternidad que los espera cuán pocas los que meditan en lo que Dios ha hecho para manifestarnos su amor! De aquí resulta que andan a tientas, ciegos y alejados de Dios, a manera de bestias, con los ojos puestos en los bienes de la tierra, alzarlos para mirar a Dios, sin desear conseguir su amor y sin pensar en la eternidad. caminando de esta suerte, acaban su vida con una muerte desgraciada, principio de una muerte y desventura eternas, donde al cabo abrirá los ojos, pero solo para deplorar su ceguera y llorar para siempre su locura.

Pues bien, uno de los grandes medios de salvación que se halla en todos las religiones es la
meditación continua de las verdades eternas. Acuérdate de tus postrimerías —dice el Sabio— nunca jamás pecarás. En todas las casas bien ordenadas se hace cada día meditación y varias veces al día. Por lo cual es moralmente imposible que, estando de continuo rodeado de los esplendores que despiden las cocas celestiales, se viva, a la menos por mucho tiempo, alejado de Dios y sin tener ajustadas las cuentas para la eternidad.

ORACIÓN
¡Oh Dios mío! indigno soy de la gran misericordia que conmigo habéis usado, pues habéis dignado llamarme a gozar del singular honor de vivir en vuestra casa como familiar vuestro, habiendo dejado en el siglo a tantos otros, no obstante haberos yo ofendido más que todos ellos y héchome acreedor a que me privaseis de vuestras luces. Dadme a conocer, Señor, este señaladísimo favor que me habéis hecho, a fin de que pueda por ello daros siempre gracias, como me propongo y espero hacerlo en el tiempo y en la eternidad. No permitáis que responda con ingratitud a tanta bondad. Ya que me habéis tratado con tanta predilección y me habéis amado mas que a los otros, justo es que yo os sirva y os ame con más fidelidad que los demás.
¡Oh Jesús mío! puesto que así lo queréis, os hago de mi total entrega. Aceptadme, y de hoy en adelante conservadme como cosa vuestra, pues ya no me pertenezco. Acabad, Señor, en mí la obra que habéis comenzado. Me habéis llamado a esta casa porque es vuestra voluntad que me santifique; haced de mi lo quo os agrede. Hacedlo Vos, Eterno Padre, por el amor de Jesucristo, en quien tengo puestas todas mis esperanzas. Os amo, Dios de majestad infinita; os amo, bondad sin medida, solo a Vos amo y quiero amar para siempre.
¡Oh María, esperanza mía! socorredme y alcanzadme la gracia de ser siempre fiel y agradecido a mi Señor Jesucristo.



Consideración II MUERTE FELIZ DEL RELIGIOSO



Bienaventurados los muertos quo mueren en el Señor, dice San Juan. ¿Y quiénes son estos muertos dichosos que mueren en el Señor, sino los religiosos, que al llegar al cabo de la vida estan ya muertos al mundo, puesto que se han desprendido de él y de todos sus bienes por medio de los santos votos?
Considera, hermano, cuán dichoso y feliz serás, si obedeciendo a la voz de Dios, que te llama a la religión, tienes la fortuna de morir en la casa del Señor. El demonio te querrá persuadir de que si entras en un convento tendrás que arrepentirte de haber abandonado tu casa y tu patria y de haber defraudado las esperanzas qua tu familia tenía puestas en ti. En semejantes casos pregúntate a ti mismo: En el punto y hora de la muerte me arrepentiré o me alegrare de haber llevado a la práctica mi resolución? Por eso te ruego que te pongas ahora en el caso de que vas a morir y comparecer ante el Tribunal de Jesucristo; puesto en trance tan apurado ¿qué es lo que entonces hubieras querido hacer? ¿Dar gusto a tus parientes? ¿Mirar por los intereses de tu familia y de tu patria? ¿Morir rodeado de hermanos, de sobrinos y de toda suerte de parientes? ¿Vivir en tu propia casa, sin más ley que tu voluntad, honrado con el título de Párroco, con la dignidad de Canónigo u Obispo, o investido con el poder de rninistro del reino? No quisieras mejor acabar tus dias en la casa de Dios, asistido de tus hermanos de religión, que te alienten a franquear los umbrales de la eternidad, des- puess de haber vivido por espacio de muchos años en tu convento, hurnillado, mortificaclo, despojado de todos los bienes, lejos de tus parientes, privado de tu propia voluntad, por haberla puesto en manos de la obediencia, desprendido, finalmente, de todas las cosas de la tierra? Todo esto torna soberanamente agradable la muerte. El que acostumbra a privarse de los placeres del mundo, dice San Bernardo, no sentirá dificultad


alguna en abandonarlo2. El Papa Honorio II deseaba en la hora de la muerte, antes que ser Papa, haberse quedado en su convento lavando la vajilla. El Rey Felipe II, en su hora postrera deseaba, antes que Rey, haber sido lego de cualquier Religión para servir a Dios. FelipeIII, Rey también de España, al morir exclamó:”Ojalá que en vez de ser Rey me hubiera sepultado en un desierto, para servir a Dios, porque ahora me presentaría con más confianza delante de su Tribunal”.
Por tanto, cuando el infierno te tiente contra la vocación, procura luego traer a la memoria el instante de la muerte, del cual depende la eternidad. De esta suerte vencerás todas las tentaciones, serás fiel a Dios y buen seguro que no tendrás que arrepentirte en aquel trance supremo; darás siempre gracias a Dios, vivirás y morirás contento.
Gerardo, hermano de San Bernardo, murió cantando, al pensar que moría en la casa de Dios.
El Padre Suárez, de la Compañía de Jesús, experimentó tan grande consuelo y tanta dulzura por morir en la Religión, que llegó a decir: "No podía yo imaginar que la muerte fuera cosa tan suave".
Otro santo religioso de la misma Compañía de Jesús comenzó a reir en la hare de la muerte, y como le preguntasen por que reía, respondió: "¿Y por qué no he de reir?; ¿no ha prometido el paraíso el mismo Jesucristo al que lo ha abandonado todo por su amor? No ha dicho tambien aue el que dejase la casa, el padre o la madre, recibirá el ciento par uno y despuês la vida eterna? Yo lo he abandonado todo por Dios; y como Dios es fiel, no puede faltar a sus promesas; por consiguiente —añadía—, no hay sobradas razones para alegrarme y sonreir, con tantas prendas como tengo de alcanzar el paraíso?"
Como le preguntasen a cierto hermano lego en la hora de la muerte cuál era su mayor deseo, contestó: "Sólo deseo morir y unirme con Dios".
El Padre Jenaro Sarnelli, de nuestra Con gregación, poco antes de morir, en un coloquio que sostenía con Dios, dijo estas palabras: "Bien sabéis, Señor, quo todo cuanto he hecho y pensado, todo ha sido para vuestra mayor gloria; ahora suspiro por el momento de ir a veros cara a cara en el Cielo, si tal es vuestro beneplácito". Y luego añadió: "Ahora quiero entrar en dulce agonía". Desde aquel momento se puso a conversar amigablemente con Dios; poco despues expiró plácidamente, quedando en sus labios dibujada una sonrisa. Su cuerpo despedía un olor suavísimo que embalsamó, según me dijeron, toda la estancia del difunto.
Razón, pues, tenía San Bernardo para exclamar, hablando del tránsito feliz de los religiosos: "Dichosa vida, en la, cual se espera sin terror la muerte; aún más, se espera con ansia y se recibe con devoción!"

ORACIÓN
¡Oh Señor mío Jesucristo, que para alcanzarme una muerte feliz habéis padecido muerte tan amarga! ya que me habéis amado hasta el extremo de escogerrne para seguir de cerca vuestros pasos, y unirme más estrechamente con vuestro enamorado Corazón, ligadme, os ruego, con las dulces cadenas de vuestro amor, a fin de que jamás me aparte de vuestro lado. Arnado Redentor mío, quiero manifestaros mi agradecimiento y corresponder a tantos favores vuestros, pero temo que mi debilidad me haga traición; no lo permitáis, Jesús mío; enviadme la muerte antes que os abandone y me olvide del especial afecto que me habéis manifestado.
Os amo, amadísimo Salvador mío, Vos sois y seréis siempre el único dueño de mi corazón y de mi alma. La abandono todo, para elegiros a Vos solo, como mi único tesoro. ¡Oh purísimo Cordero de Dios y ardentísimo amante de mi corazón! Mi amado es cándido y rubicundo, os diré con la Esposa de los Cantares, elegido entre mil. Lejos de mí, vanas criaturas del mundo; mi único bien es mi Dios,
Él es mi amor y mi todo. Os amo, Jesus mío, y en amaros quiero emplear toda mi vida, sea corto o largo el tiempo, que me resta de vivir. Os abrazo y os estrecho contra mi corazón, y así abrazado con Vos, quiero exhalar mi postrer suspiro.Ésta es la gracia que os pido; esto es lo único que deseo: vivir siempre abrasado y consumido por vuestro amor. Y cuando llegue el fin de mi carrera, haced que mi último suspiro sea un ardentísimo acto de amor hacia Vos.
Inmaculada Virgen María, alcanzadme esta gracia; de Vos la espero.



Consideración III ESTRECHA CUENTA QUE DEBERÁ DAR A JESUCRISTO EN EL DÍA DEL JUICIO EL QUE NO HAYA OBEDECIDO A SU VOCACIÓN


La gracia de la vocación al estado religioso no es una gracia ordinaria; es, por el contrario, muy rara y Dios la concede a pocas almas. No ha hecho otro tanto con las demás naciones, dice el Salmista. Preferible es ser llamado por Dios a la vida religiosa y vivir en la casa, del Sefior, como amigo y familiar suyo, que ser elegido rey de una de las naciones más poderosas de la tierra, pues no hay cornparación entre un reino temporal y el reino eterno de la gloria.
Cuanto mayor es la gracia del Señor, tanto más se indignara contra los que la menosprecian, y tanto más severo se manifestará, en el día terrible del juicio al exigir cuentas a los que no correspondan a ella. Si un rey se dignase recibir en su real palacio a un pastorcito, para, que lo sirviera entre los grandes de su corte, ¿cuál no sería su indignación, si rehusara tan señalado favor por no abandonar su pobre cabaña y su reducido rebaño? Dios, que tiene cabal conocirniento de su gracia, castiga con severidad al que lo menosprecia. Él es dueño y Señor, y cuando llama quiere que se responda a su voz y que se lo obedezca pronto. Por lo cual, cuando con sus inspiraciones llama a un alma a vida más perfecta, si no corresponde a su llamainiento, le retira sus luces y la hace caminar entre tinieblas. ¡Oh, a cuantas almas sin ventura veremos condenadas en el día del juicio precisarnente por esto, por no haber querido responder a la voz de Dios!
Da, pues, gracias al Señor, que te invita a seguirlo; pero teme, si no respondes a su invitación.
Mientras Dios te llama a seguirlo más de cerca, es señal de que te quiere salvar, pero querrá ponerte en salvo siguiendo el camino que te ha escogido y señalado de antemano; si para salvarte te empeñas en tomar la senda que se te antoje, corres gran riesgo de no lograr el fin que pretendes; porque queriendo permanecer en el siglo, cuando Dios te quiere en la religión, te negará en el siglo los auxilios eficaces, que te había preparado viviendo en su santa casa, y privado de ellos no te salvarás.
Mis ovejas —dice Jesucristo— oyen mi voz; y el que no quiere obedecer a la voz de Dios, es señal manifiesta de que no es, ni tampoco será del número de sus ovejas, sino que sera envuelto en la maldición, que en el valle de Josafat caerá sabre los cabritos, que representan a los réprobos.


ORACIÓN
¡Oh Señor! grande ha sido vuestra bondad al escogerrne a mi para que os sirva en vuestra casa en compañia de tantos siervos vuestros. Comprendo que la gracia es grande y que yo soy indigno de ella; pero aquí me teneís; dispuesto estoy a obedeceros, dispuesto a corresponder a tan grande amor. Ya que os habéis manifestado conmigo tan generoso y liberal, llamándome cuando, arrastrado por mi in- gratitud, yo no os buscaba, no permitáis ahora que par seguir en pos del mundo, mi enemigo, que tantas veces me hizo perder vuestra, gracia y mi eterna salvación, responda con nueva ingratitud y os abandone a Vos, que por mi amor habéis dada la sangre y la vida. Ya que me habéis llamado, dadme al mismo tempo la gracia de responder a vuestra voz; y aunque yo he prometido obedeceros, renuevo otra vez mi promesa; pero sin la gracia de la perseverancia no puedo seros fiel; esta es la gracia qua ahora as pido, y que espero alcanzar por los meritos de vuestra sangre. Dadme el valor necesario para vencer las pasiones de la came, con las cuales pretende el demonio atarme al mundo.
Os amo, Jesús mío, y a Vos me consagropor entero; ya soy vuestro y quiero serlo siempre. ¡Oh María, Madre y esperanza mía! Vos sois la Madre de la perseverancia, esta gracia solo se otorga para vuestra mediación; obtenédmela pues, que en Vos confío.

Consideración IV TORMENTOS QUE PADECERÁ EN EL INFIERNO EL QUE SE CONDENE POR HABER PERDIDO LA VOCACIÓN

Aun en el mundo, el que por su culpa ha perdido un gran bien, o voluntariamente se ha causado algún grave daño, experimenta tan gran pesadumbre, que se le hace la vida insoportable. Ahora bien; ¿qué tormentos no padecerá en el infierno aquel joven que, por favor señaladísimo de Dios, fue llamado a la vida religiosa, y que por no haber seguido la vocación se condenó? En el infierno cono- cerá que, si hubiera obedecido a la voz de Dios, alcanzara un trono de gloria, y entonces se verá sepultado en aquella carcel de tormentos, sin esperanza de poner remedio a su eterna ruina.
Éste será aquel gusano que nunca muere y que, viviendo siempre, atormentará su corazón con no interrumpidos remordirnientos. ¡Loco de mí! —exclamará—, ¡desventurado de mí! ¡podía haber sido un gran santo; ya to hubiera logrado, de obedecer a la voz de Dios, y ahora estoy condenado sin remedio!
Para colrno de desventura sabrá entonces el muy desgraciado, y en el día del juicio universal lo entenderá mejor, que muchos estarán sentados a la diestra de Jesucristo, con la frente adornada con la aureola de la santidad, por haber sido fieles a la voz de Dios y haber abandonado el mundo para retirarse al claustro adonde el Señor los había llamado. Entonces se verá, también separado de la compañía, de los bienaventurados y envuelto en una turba innumerable de míseros condenados por haber desobedecido a las inspiraciones de Dios. ¡Tan cierto es que el recuerdo de la gracia de la vocación le doblará los suplicios del infierno!
Ya hemos visto más arriba cuán expuestos están a caer en tan lamentable estado los que, por seguir sus antojos, desoyen la voz de Dios. Por eso, hermano mío, tú, que has sido llamado por el Señor a su santa casa para santificarte, no olvides que te expones a gran peligro de condenarte, si voluntariamente pierdes la vocación. Esta gracia que Dios te ha dado, llevado de su infinita bondad, y que, separándote de entre la generalidad de los cristianos, te coloca en el escogido número de los príncipes de la gloria, si eres infiel a Dios se trocaría por tu culpa en un infierno para ti más es- pantoso. Ahora pone el Señor la elección en tu mano; escoge, pues, lo que más te agrade: o ser un gran rey en el paraíso, o un condonado del infierno más atormentado que los otros réprobos.


ORACIÓN

¡Oh Dios mío! no permitáis que os desobedezca y os sea infiel, Veo las finezas de vuestra bondad y las agradezco; pues advierto que en lugar de arrojarme de vuestra presencia y lanzarme al infierno, que tantas veces he merecido, me llamaís a hacerme santo y a ocupar un excelso trono en el paraíso. Comprendo que merecería doblados castigos si no correspondiese a esta gracia, que no a todos concedeís. Quiero obedeceros; vuestro soy y vuestro quiero siempre ser. Abrazo con alegria todas las incomodidades y trabajos que trae consigo la vida religiosa, a la cúal me llamaís. Y ¿qué son estas penas y trabajos en comparación de los tormentos eternos que tengo bien merecidos? Mis pecados me habían ya, condenado a ellos; ahora me entrego enteramente a Vos, disponed de mí como os agrade. Señor, aceptad por siervo vuestro, para que os ame en esta y en la otra vida, a un condenado del infierno como lo soy yo. ¡Oh Dios infinitamente amable! quiero ahora amaros tanto cuanto he merecido ser odiado de Vos en el infierno.
¡Oh Jesús mío! Vos habéis quebrado las cadenas que me ligaban al mundo, y me habéis librado de la esclavitud de mis enemigos; en agradecimiento quiero amaros mucho, amadísimo Salvador mío, y por el amor que os tengo quiero serviros siempre y hacer vuestra santísima voluntad.
Gracias sean también dadas a Vos, oh María, mi abogada, a quien soy deudor de tan gran favor: ayudadme y no permitáis que responda con ingratitud al Señor que tanto me ha amado. Enviadme la muerte antes de ser infiel a tan singular merced. Así lo espero.


Consideración V DE LA GLORIA INMENSA DE QUE GOZAN LOS RELIGIOSOS EN EL CIELO


Considera, en primer lugar, lo que dice San Bernardo: que dificilmente se condena el reli- gioso que muere en su vocación. "De la celda al Cielo —dice el Santo— es camino trillado; apenas habra uno que de la celda baje al infierno". Y dando la razón, añade: "Porque apenas hay uno que persevere en la vocación hasta la muerte, si no es del número de los predestinados". Por eso San Lorenzo Justiniano llamaba a la, religión puerta de la ciudad celestial, y añadia que el religioso tiene prendas seguras de predestinación.
Considera, además, que el Cielo, como dice el Apóstol, es corona de justicia; de donde se sigue que, si bien el Señor premia nuestras obras más de lo que en sí merecen, sin embargo, da a cada uno el premio que ha merecido, según aquellas palabras de San Mateo: Dar-á el pago a cada cual según sus obras. Rastread por aquí cuán grande sea la recompensa que dará el Señor en el Cielo a los buenos religiosos en atención al inmenso cúmulo de méritos que cada día atesoran.
El religioso ofrece a Dios todos los bienes de la tierra, y se complace en vivir pobre, sin facultad de poder disponer de cosa alguna. El religioso se desprende de sus parientes, de sus amigos y de su patria, para unirse más estrechamente con Dios. El religioso se priva continuamente de muchas cosas que pudiera disfrutar en el siglo. El religioso, finalmente, se entrega a Dios par entero, sacrificándole su propia voluntad por el voto de obediencia.
Lo que más amamos es la voluntad propia, y la que el Señor de continuo nos pide es el corazón, o sea la volunted. Dame, hijo mío, nos dice, dame to corazón. Los que sirven a Dios en el rnundo, le dan las cosas que tienen, pero no le entregan su persona; le dan parte, pero se reservan el todo; le dan sus riquezas en forma de limosnas; le sacrifican su alimento por el ayuno; le ofrecen su sangre por medio de disciplinas; pero conservan siempre intacta la voluntad propia, ayunando cuando les agrada, orando cuando quieren. En cambio el religioso, entregando a Dios su propia voluntad, se da a sí mismo y se da enteramente, pues le da, no sólo los frutos del árbol, sino el mismo árbol. Después de esto puede decir con toda verdad: Señor, desde que os he dado mi voluntad, no tengo más que daros.
De suerte que, obrando el religioso por obediencia, está seguro de hacer en todo la voluntad de Dios y de merecer par todas sus obras, no solo cuando hace oración, y predica, y oye confesiones, y ayuna y se ejercita en otras mortificaciones, sino también cuando va a comer, cuando barre su celda, cuando se retira a descansar, cuando arregla su cama y cuando se recrea, porque obrando siempre a impulsos de la obediencia, hace en todo la voluntad de Dios. Santa María Magdalena de Prazzis decía que es oración todo lo que se hace por obediencia. Y San Anselmo, hablando de los religiosos que viven debajo de obediencia y la aman, asegura que son meritorias todas sus obras. San Luis Gonzaga comparaba la religión a un buque de vela, en el cual, aun sin remar, se va siempre adelante.
A buen seguro que el religioso, observando su regla, ganará más en un mes, que el seglar en un año con todas sus oraciones y penitencias. San Dositeo, discípulo de San Doroteo, en cinco años que vivió bajo obediencia recibió en el Cielo, según una revelación, tanta gloria coma San Pablo ermitaño y San Antonio, no obstante haber vivido tantos años en el desierto. Verdad es que el religioso tiene que sufrir durante la vida las incomodidades que trae consigo la observancia regular. Cuando iban, dice el Salmista, esparcían llorando sus semillas; más cuando sean llamados a la gloria, vendrán con gran regocijo trayendo las gavillas y las manos cargadas de meritos. Entonces cantarán con David: En delicioso sitio me cupo la suerte; hermosa es, en verdad, la herencia que me ha tocado . Los lazos que me han ligado con mi Señor son para mi de inestimable valor, y harto inmensa la gloria que me ha tocado en suerte.

ORACIÓN

Pero ¿es posible, Dios mío y verdadero amante de mi alma, que Vos tanto deseéis mi bien y mi amor, y yo en cambia sea tan miserable que tan poco me esfuerce por amaros y agradaros? ¿Por qué me habéis prodigado tantos favores y tantas gracias, por que me habéis sacado del mundo para unirme a Vos? Ya os comprendo, Jesús mío, es que Vos me amáis mucho y queréis que yo también os ame con todo mi corazón y sea todo vuestro en esta y en la otra vida. Queréis que las criaturas no me arrebaten mi amor, sino que todo os to ofrezca a Vos, único bien mío y el objeto único digno de infinito amor.
¡Ah Señor mío, mi tesoro, mi amor y mi todo! mi ambición, mi gran deseo es amaros a Vos con todo mi corazón. Gracias os doy por este gran deseo que me dais; conservádmelo y dignaos acrecentarlo, y haced que os agrade y os ame en la tierra cuanto Vos queráis, a fin de que pueda un día veros cara a cara en el Cielo y amaros con todas mis fuerzas. Dios mío, lo único que os pido es amaros, y amaros con todo mi corazón; y para conseguir vuestro amor estoy dispuesto a padecer toda suerte de trabajos. Quiero hacerme santo, no para tener más gozo en el paraíso, sino para agradaros a Vos, amadísimo Salvador mío, y para amaros mucho por toda la eternidad. Padre Eterno, oíd mis súplicas por amor de Jesucristo.
¡Oh María, Madre mía! ayudadme por amor de vuestro Hijo; Vos sois mi esperanza, de Vos espero toda suerte de bienes.



Consideración VI DE LA PAZ EITEIIIOR OU DIOS DA A GOZAR
A LOSE LIENOS RELIGIOSOS


Las promesas del Señor no pueden fallar, y el Señor ha dicho: Todo el que abandonare su casa y a sus hermanos y a sus hermanas, o a su padre y a su madre, o sus posesiones por mi nombre, recibirá el ciento por uno y poseerá la vida eterna69 ; es decir, el céntuplo en esta vida y la gloria eterna en la otra.
La paz del alma es un bien que vale más que todos los reinos de la tierra. Y ¿de qué aprovecha tener dominio sobre todo el mundo sin la paz de la conciencia? Preferible es vivir en pobreza como el último labriego, pero vivir contento, que ser señor de todo el mundo, viviendo en perpetua turbación. Pero esta paz del alma ¿quién la puede dar? El mundo ciertamente que no; la paz es un bien tan grande, que sólo Dios la otorga. "¡Oh Señor!, exclama la Iglesia, da a tus siervos aquella paz que el mundo no puede darles". Por esto San Pablo llama al Señor Dios de toda consolación. Pues bien, si Dios es el único dispensador de la paz, ¿a quiénes se complacerá en otorgarla, sino a los que todo lo abandonan y se desprenden de las creaturas para dar su corazón al Creador de ellas? Y la experiencia testifica que un religioso encerrado en su celda, aunque pobre, mortificado y despreciado, goza de más tranquila paz que todos los grandes del mundo, con todas sus riquezas, con todas sus honras y placeres que disfrutan.
Decía Santa Escólastica que si llegaran a entender los hombres la paz de que gozan los buenos religiosos, el mundo se trocaría en un vasto monasterio. Y Santa María Magdalena de Pazzis añadía que si esto lo comprendieran bien, tomarían por asalto los conventos. El corazón humano, creado para poseer un bien infinito, no puede colmar sus aspiraciones con creaturas finitas y perecederas; solo Dios, que es infinito, puede darle pleno contento. Cifra tus delicias en el Señor, dice el Salmista, y te otorgará cuanto desea tu corazón. El buen religioso, que viva unido con Dios, no tiene por que envidiar a los grandes del mundo, que poseen reinos, riquezas y honores. "Que los ricos guarden para sí sus riquezas, y los reyes sus reinos, exclamara con San Paulino, que mi reino y mi corona es Cristo". Vera que los mundanos locarnente se glorian en sus fastuosas vanidades; mas el, anhelando, desprenderse cada día más de las cosas de la tierra, para unirse más es- trechamente con Dios, vivirá contento, diciendo con David: Unos confian en sus carros armados, otros en sus caballos, mas nosotros invocaremos el nombre del Señor nuestro Dios.
Dacía Santa Teresa que una centellica de espirituales consuelos vale más que todas las alegrías del mundo. El Padre Carlos de Lorena, hijo de los príncipes del mismo nombre, decía que, por un momento de celestiales dulzuras que el Señor le había hecho gozar en la Religión, daba por bien pagado todos cuantos sacrificios había hecho para hacerse religioso; a veces andaba tan contento, que estando solo en su celda se ponía a bailar de pura alegría. El beato Serafín de Ascoli, hermano logo Capuchino, decía que no daría palmo de su cordón por todos los reinos del mundo.
¡Oh qué dicha, después de haberlo dejadotodo por Dios, poder exclamar con San Francisco: "mi Dios y mi todo!", y con esto verse libre de la esclavitud del mundo, de los lazos del siglo y del apego a las cosas de la tierra! Ésta es libertad propia de los hijos de Dios, como lo son todos los buenos religiosos. Verdad es que, al principio, es privación de los pasatiempos y conversaciones de que gozaba en el mundo, la regla y el orden de la comunidad le parecerán camino sembrado de espinas; pero estas espinas, como dijo el Señor a Santa Brígida, se trocarán en flores y celestiales delicias una vez que se padezcan con amor y resolución las primeras punzadas, y entonces comenzará, a gustar aquella paz que, según San Pablo, sobrepuja a todo encarecimiento, todas las satisfacciones de los sentidos, a todas los placeres que pueden proporcionar los banquetes, las fiestas y diversiones del mundo. ¿Habrá mayor placer en el mundo que saber dar gusto a Dios?

ORACIÓN

¡Oh Dios mío, mi Señor, mi amor y mi todo! bien sé que sólo Vos podéis satisfacer las ansias de mi corazón en esta y en la otra vida. Pero yo no quiero amaros por satisfacer mis gustos: todo mi deseo es amaros a Vos solo, y, arnándoos, cornplacer a vuestro divino Corazón. Mi afán es que toda mi paz y todo mi contento estribe en someter mi voluntad a vuestra santísima voluntad, aunque para consegirlo fuera menester sufrir toda suerte de trabajos; pues al fin Vos sois mi Dios, y yo indigna creatura vuestra. Y ¿qué gloria mayor puedo ambicionar que esmerarme en complacer a mi Señor y a mi Dios, que tan generoso se ha mostrado conmigo en el amor? Vos, Jesús mío, habéis bajado del Cielo a la tierra para llevar vida pobre y mortificada por mi amor; yo, de mi parte, renuncio a todo, para vivir consagrado al amor vuestro; mi mayor placer será., el daros gusto. Os amo, Redentor mío amabilísimo, os amo con tadas mis fuerzas. Con tal que no me neguéis vuestro amor, tratadme después como os agrade; estoy resuelto a pasar por todo, con tal de lograr complaceros.
¡Oh María, Madre de Dios! Protegedme y hacedme semejante a Vos, no en la gloria, que no merezco, corno Vos la merecéis, sino en dar gusto a Dios y en cumplir su divina voluntad como Vos la habéis hecho.







Consideración VII  DEL DAÑO QUE LA TIBIEZA CAUSA A LOS RELIGIOSOS


Considera el estado miserable a que se ve reducido el religioso que, después de haber abandonado a su patria, a su familia y al mundo con todos sus placeres, y después de haberse entregado a Jesucristo, consagrándole su libertad, su voluntad y todo cuanto tenía, se expone al peligro de condenarse, por haber caído en una vida tibia y negligente. Porque no está lejos de perderse el religioso tibio que había sido llamado a la casa de Dios para hacerse santo. El Señor amenaza a estas almas, si no se enrniendan, con vomitarlas de su boca y abandonarlas. Y porque eres tibio —dice— comenzaré a vomitarte de mi boca.
Viendo San Ignacio de Loyola a un hermano lego de la Compañía que andaba tibio en el servicio divino, lo llamó cierto día y le dijo: "Digame, mi hermano: ¿a qué ha venido a la Religión?
—A servir a Dios —repuso el interpelado. — ¿Qué es lo que dice, hermano mío? —replicó el Santo—, si me hubiera dicho que había venido a servir a un Cardenal o aun príncipe de la tierra, sería buena la excusa; pero me dice que ha venido a servir a Dios, ¿y de este modo le sirve?
Dice el Padre Nieremberg que Dios ha decretado que algunos se salven, pero como santos; de suerte que si no se esfuerzan en vivir como santos, queriendo salvarse como imperfectos, no alcanzarán su eterna salvación. Estos tales —dice san Ambrosio—, suelen quedar abandonados de Dios. Y, ¿como los abandona? Permitiendo que de las faltas ligeras, que cometen con tanta facilidad y sin hacer caso de ellas, caigan en culpas graves y pierdan la divina gracia, y con la gracia la vocación. Santa teresa de Jesús vio el lugar que le estaba preparado en el infierno, de no haberse desprendido de un afecto terreno, aunque no gravemente culpable. Porque, como dice el Espiritu Santo: El que desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá.
Muchos hay que quieren seguir a Jesucristo, pero de lejos, como hizo San Pedro, según refiere San Mateo hablando de la prisión de Jesús en el Huerto. Pero obrando así, facilmente les acaecerá lo que aconteció a San Pedro, el cual, puesto en la ocasión, renegó de Cristo. El tibio se dará por contento con lo poco que hace por Dios; pero Él, que lo ha llamado a vida más perfecta, no se dara por satisfecho, y en castigo de su ingratitud, no sólo privara de sus más regalados favores, sino que permitirá su completa ruina. Cuando dijiste: basta —escribe San Agustín— comenzó tu perdición. La higuera del Evangelio solo por no llevar fruto fue condenada al fuego.
Decía el Padre Luis de la Puente: Yo he caído en muchas imperfecciones, pero jamás he hecho las paces con ellas. ¡Desventurado el religioso que, llamado a la perfección, hace treguas con sus defectos! Mientras el alma detesta sus imperfecciones, tiene esperanza de llegar a la santidad; pero cuando comete faltas y no hace caso de ellas, entonces puede darse por perdida toda esperanza de alcanzar la santidad. Quien escasamente siembra, dice SAN PABLO, escasamente recoge78 . Para llegar a la santidad no bastan las gracias ordinarias, se necesitan gracias extraordinarias; y ¿cómo Dios se mostrará pródigo en conceder sus favores a aquella alma que le escatima los afectos y las demostraciones de su amor?
Además, para hacerse santo es menester esforzarse y hacerse violencia para dominar todas las repugnancias de la, naturaleza, y nadie crea llegar a la perfección si no aventaja a los demás en la práctica de la virtud. Ya lo dijo San Bernardo: "Lo perfecto es siempre raro".
Dime, hermano mío: ¿por qué has abandonado el mundo y todas las cosas? ¿no fue por ventura para hacerte santo? Pues bien; esta vida tan tibia y tan cargada de defectos, ¿es camino cierto para llegar a la santidad? SANTA TERESA alentaba a sus hijas y les decía: "Hermanas mías, habéis hecho lo más; ahora os queda hacer lo menos para llegar a la santidad". Lo mismo te digo a ti: has dado el paso más difícil, abandonando tu patria, tu casa paterna, a tus parientes, todos tus bienes y todas tus diversiones; ahora te queda por hacer lo menos, que es hacerte Santo; pues a la obra.

ORACIÓN

¡Oh Dios mío! no me arrojéis de vuestra presencia como lo tengo merecido, porque estoy dispuesto a enmendarme. Comprendo que la vida tan imperfecta que llevo no puede agradaros; comprendo también que con mi tibieza cierro la puerta a las gracias especialísimas que deseáis otorgarme. Señor, no me abandonéis todavía; seguid usando conmigo de vuestra misericordia, que estoy dispuesto a levantarme del miserable estado en que vivo sumergido; quiero esforzarme para vencer mis pasiones, para seguir vuestras inspiraciones y para cumplir, lejos de aflojar en ellas, con más diligencia mis obligaciones; en una palabra, estoy dispuesto a hacer cuanto pueda para complaceros, sin omitir nada que yo entienda ser de vuestro agrado.
Vos, Jesús mío, me habéis colmado de gracias, y habéis llegado hasta dar por mi vuestra sangre y vuestra vida; no es razón, pues, que yo os sirva con tan poco fervor. Vos sois digno de ser honrado y amado por mí, y merecéis que por complaceros soporte con alegría toda suerte de trabajos y de fatigas. Redentor mío, harto conocéis mi flaqueza; ayudadme con vuestra poderosa mano; en Vos confío.
¡Oh María, Virgen Inmaculada! ya que me habéis ayudado a abandonar el mundo, ayudadrne ahora a vencerme a mí mismo y hacerme santo.


Consideración VIII CUÁN AGRADABLE ES A LOS OJOS DE DIOS
EL ALMA QUE SE LE ENTREGA TOTALMENTE

Una sola es la paloma mía —dice el Señor—, la perfecta mía. Y añade en los Proverbios: Yo amo a los que me aman. Almas hay que se dan a Dios, pero conservan todavía en el corazón algún apego a las creaturas, que les impiden entregarse al Señor por completo. Y ¿cómo puede Dios darse completamente al alma que divide su amor entre y las creaturas? Justo es que el Señor no se muestre pródigo de su amor con el alma que lo ama con tasa y con medida. Por el contrario, se entrega sin reserva a las almas que, desterrando de su corazón todo lo que no es Dios y es contrario a su amor, dicen con toda verdad: Dios mío y mi todo.
Mientras que Santa Teresa amaba con amor no impuro, aunque sí desordenado, a una persona, no pudo oír de labios del Señor lo que oyó después de haber roto con todas las aficiones del mundo y se entregó de veras al amor de Cristo. “Ya que eres toda mía —le dijo Jesucristo—, ahora, yo soy todo tuyo".
Considera atentarnente que el Hijo de Dios no paró hasta darse enteramente a nosotros. Ha nacido un parvulito para nosotros —dice Isaías— y se nos ha dado un hijo. Y se ha entregado a la muerte por el amor que nos tenía. Nos amó —dice San Pablo— y se entrego a sí mismo por nosotros. Pues si todo un Dios —dice San Juan Crisóstomo— se te ha dado enteramente, sin tasa y sin medida, justo es que te entregues a Él totalmente y que, inflamado en santo amor, no te canses de repetir: "Tuyo siempre seré, a ti me entrego enteramente, ya que todo entero te has entregado a mí".
Apareciéndose Santa Teresa después de su muerte a una de sus religiosas, le dijo que el Señor ama mucho más a un alma esposa suya que se ha puesto en sus manos sin reserva, que a mil otras almas tibias e irnperfectas. De estas, almas generosas y enteramente de Dios está formado el coro de los serafines. Tan enamorado está el Señor de las almas que aspiran a la perfección que, al parecer, para ellas solas es todo su amor. Una sola la paloma mía —dice— una es la perfecta mía. De donde concluía el Bieaventurado Gil: Una uni, una sola para uno solo. Es decir, tenernos una sola, alma y debemos ofrecerla, no partida, sino entera, a Aquél que merece todo nuestro amor y del qué depende todo nuestro bien, y que finalmente nos ama más que nadie. "Dejalo todo —dice Tomás de Kempis— y lo hallarás todo". Si lo abandonas todo por Dios, en El hallarás todo. Y San Bernardo concluye diciendo: "Alma cristiana, eres una; guárdate para uno solo". No dividas tu amor entre Dios y las creaturas; conservalo entero, a fin de que lo entregues a Aquél que merece infinito amor y a quien únicamente debes amar.

ORACIÓN

Mi amado es para mi y yo soy para el. Si Vos, Dios mío, os habéis dado todo a mí, ¿seré yo tan ingrato que no me entregue totalmente a Vos? Queréis que sea todo vuestro; aquí me tenéis, Señor, a Vos me entrego totalmente. Sed misericordioso comnigo y no desdeñéis recibirme entre vuestros siervos. Haced que este mi corazón, que en otro tiempo amó a las creaturas, se preocupe únicamente de amar a vuestra infinita bondad. "Muera ya este yo, os diré con Santa Teresa, y viva en mi otro que es más que yo, y para mi mejor que yo, para que yo le pueda servir; Él viva y me dé vida; Él reine y sea yo cautiva; que no quiere mi alma otra libertad".
¡Ah Señor mió amabilísimo! mi corazón es harto pequeño para amaros a Vos, que merecéis amor infinito; insigne locura y gran injusticia sería la mía si lo quisiera dividir entre vuestro amor y el amor a las creaturas. Os amo, Dios mío, os amo sobre todas las cosas; únicamente a Vos quiero amar, y renuncio a todas las creaturas, para entregarme a Vos, Jesús mío, Salvador mío, mi amor y mi todo.
Digo ahora y repetiré siempre con vuestro Profeta: ¿Qué cosa puedo apetecer yo del Cielo, ni qué he de desear sobre la tierra… Dios de mi corazón, Dios, que eres la herencia mía por toda la eternidad? No, en esta ni en la otra vida ambiciono más que el tesoro de vuestro amor, no quiero que las creaturas tengan parte en mi amor; Vos solo habéis de ser el dueño de mi corazón; a Vos solo ha de pertenecer en adelante; Vos solo habéis de ser mi bien, mi esposo, mi deseo y todo mi amor. Dadme vuestro amor junto con vuestra gracia, os dire con San Ignacio, y seré bastante rico. Esto es lo que os pido y de Vos espero.
¡Oh Santísinia Virgen María! haced que sea fiel a Dios y que jamás revoque la donación y total entrega que de mí mismo he hecho al Señor.

Consideración IX PARA HACERSE SANTO HAY QUE TENER UN GRAN DESEO DE LLEGAR A SERLO

Nadie se ha santificado sin tener grandes deseos de llegar a la santidad. Así como las aves necesitan alas para volar, así también las almas tienen necesidad de las alas del buen deseo para subir al rnonte santo de la perfección. Para alcanzar la santidad es menester desprenderse de las creaturas, dominar las pasiones, vencerse a sí mismo, amar la Cruz; y para lograr todo esto hay que violentarse y padecer no poco. Ahora bien, ¿qué es lo que hacen los santos deseos? "Dannos fuerzas, responde San Lorenzo Justiniano, y hácennos la carga más liviana". Y añade el Santo "que casi vencido ya el que tiene deseos de vencer". El que desea escalar la cima de una montaña, jamás lo logrará si no tiene gran afán de conseguirlo; este su gran deseo lo alentará y le suministrara las fuerzas necesarias para vencer las fatigas de la empresa; de otra suerte, rendido y desmayado, quedará, en la falda del monte.
San Bernardo asegura que el alma alcanza un grado de perfección proporcionado a los deseos que alimenta en su corazón. Y Santa Teresa añade que Dios es amigo de almas animosas que tienen grandes deseos. Y decía: "En todo es menester tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios que, si nos esforzamos, poco a poco, aunque no sea en seguida, podemos llegar a lo que muchos santos con su favor". Por este camino llegaron en poco tiempo los santos a muy alto grado de perfección y a hacer grandes cosas por Dios. Con lo poco que vivió —dice el Sabio— llenó la carrera de una larga vida. San Luis Gonzaga; que solo vivió veintitrés años, alcanzó en tan corto espacio de tiempo tal grado de santidad, que cuando Santa María Magdalena de Pazzis lo vio en espíritu gozando de Dios en la gloria, dijo que, a su entender, no había santo en el paraíso que gozase más de Dios que el joven Luis Gonzaga. Y al mismo tiempo se le dio a entender a la Santa que había alcanzado tan subido grado de gloria por los grandes deseos que había tenido de unirse con Dios y de amarlo cuanto merecía ser amado; y al entender el santo joven que no podia llegar con las obras adonde, llegaba el deseo, padecía en la tierra un martirio de amor.
San Bernardo, cuando estaba en la Religión, para excitarse al fervor solía apostrofarse a sí mismo y decirse: "Bernardo, Bernardo, ¿a qué has venido?". Lo mismo te digo yo: ¿qué has venido a hacer, hijo mío, en la casa de Dios? ¿por qué has abandonado el mundo? ¿Para santificarte? Y ahora, ¿que haces? ¿en qué pierdes el tiempo? Dime: ¿quieres hacerte santo? Si no alimentas en tu corazón este deseo, jamás llegaras a la santidad. Por consiguiente, si no lo tienes, pídeselo a Jesús y a María. Y si lo tienes, ánimo y adelante, porque, como dice San Bernardo, muchos no se santifican por ser apocados y faltos de valor. Cobremos, pues, ánimo y valor. ¿Por que temer? ¿por qué desconfiar? El Señor, que nos ha dado la fortaleza necesaria para abandonar el mundo, nos dará también alientos para alcanzar la santidad. Todo acaba en el mundo; la vida que ahora llevamos, ora se deslice entre venturas, ora se arrastre entre abrojos, se acabará pronto, la eternidad no terminará, jamás, y lo poco que hayamos hecho por Dios será lo único que nos sirva de consuelo en la hora de la muerte y por toda la eternidad. Los trabajos y fatigas durarán poco; la corona, que ya divisan nuestros ojos, será eterna. ¡Qué gozo más cumplido gozan ahora los santos, por lo poco que en la tierra padecieron por Dios! Si en el paraíso pudiera tener asiento la pena y la aflicción, los bienaventurados únicamente se afligirían de no haber hecho por Dios lo que podian mientras vivieron y ahora no pueden hacer. Ánimo, pues, y manos a la obra, que no hay tiempo que perder, que bien puede suceder que mañana no podamos hacer lo que hoy podemos llevar a cabo. Decía San Bernardino de Siena que un momento de tiempo vale tanto como Dios, puesto que a cada momento podemos ganar a Dios o su divina gracia o mayores grados de gloria.

ORACIÓN

Aquí me teneís, Señor mío, preparado esta mí corazón, Dios mío, os diré con David, prepar-ado está mi corazón. Heme aquí pronto a seguir vuestra voluntad. Señor, ¿qué queréis que haga? Decidme, Dios mío, lo que pedís de mí., que estoy dispuesto a obedeceros en todo. Deploro el tiempo que he perdido, durante el cual podía haberos dado gusto y no lo he hecho; pero os doy gracias, porque todavía me otorgáis tiempo para remediar el yerro cometido; no quiero dejar perder la ocación de agradaros y complaceros.
Quiero y deseo santificarme, no para tener más gloria y mayor gozo en el cielo, sino para agradaros y arnaros más en esta y en la otra vida. Haced, Señor, que os ame y os sirva cuanto Vos de mí. Esto, y nada más que esto, os pido, Dios mío; mi afán es amaros; mi única deseo, complaceros, y para conseguirlo me ofrezco a padecer toda suerte trabajos y menosprecios. Aumentad en mí cada vez más este deseo, y dadme, Dios mío, la gracia de cumplirlo. Apoyado en mis fuerzas nada puedo, pero lo puedo todo ayudado de vuestra gracia. Eterno Padre, por amor de Jesucristo, vuestro Hijo, ayudadme; Jesús mío, por los méritos de vuestra Pasión, socorredme; oh María, esperanza mía, por amor de Jesús, amparadme y protegedme.



Consideración X DEL AMOR QUE DEBEMOS A JESUCRISTO PARA CORRESPONDER AL QUE NOS HA MANIFESTADO

Para llegar a entender el amor que nos ha manifestado el Hijo de Dios, bastará considerar las palabras que de Jesucristo dice San Pablo: Se anonadó a sí mismo tomando forma de siervo… Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Maravillados quedaron los ángeles, y lo esta- rán por toda la eternidad, al ver que todo un Dios por el amor del hombre se hizo hombre, sujeto a todas las flaquezas y trabajos del hombre. Y el Verbo se hizo carne. ¿Quién no se maravillaría al ver a un rey hacerse gusano por amor a los gusanos? Pues infinitamente más admirados debemos quedar al contemplar a un Dios hecho hombre, y humillarse a padecer muerte afrentosa e ignominiosa de cruz, donde acabó su sacrosanta vida. Hablando de la muerte de Cristo sobre el monte Tabor los Profetas Moisés y Elías, dice el Evangelio que la llamaban exceso. Con razón fue llamada exceso la muerte de Cristo, dice San Buenaventura, porque fue un exceso de dolor y exceso de amor, que nadie acertaría a comprender si la historia no lo atestiguara. Exceso de arnor, añade San Agustín, y para dar a conocer al hombre cuánto lo amaba, quiso el Hijo de Dios bajar a la tierra y llevar vida penosísima, acabándola con muerte.
Reveló el Señor a su amada sierva Armela Nicolás que la causa de todos sus trabajos y de su afrentosa muerte había sido el amor que a los hombres abrigaba en su pecho. Si Jesucristo no hubiera sido Dios, sino un simple mortal como nosotros, ¿cómo hubiera podido manifestarnos mejor su amor y su amistad que muriendo por nosotros? Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por svs amigos. Que por esto los Santos, al considerar el amor que Jesucristo nos ha manifestado, han creído hacer bien poco sacrificando por un Dios tan amante sus vidas y todas sus haciendas.
¡Cuántos jóvenes, cuántos nobles personajes han abandonado su casa y su patria, sus riquezas, sus parientes y todo cuanto tenían, para encerrarse en un claustro y vivir únicamente consagrados al amor
de Dios! ¡Cuántas doncellas han renunciado a la mano de los reyes y de otros grandes personajes del mundo, y alegres corrieron a la muerte, para corresponder de algún modo al amor que profesaban a Jesucristo, muerto por su arnor y ajusticiado en un patíbulo infame! Esto parecía una locura a Santa María Magdalena de Pazzis, y por eso decía a Jesucristo: "Sí, Jesús mío, soís loco de amor". También los gentiles, cuando oían predicar la, muerte del Redentor, la tenían por locura que no acertaban a comprender, corno lo atestigua San Pablo: Predicamos —dice— a Jesucristo crucificado, objeto de escándalo para los judíos y de locura para los gentiles. ¿Cómo es posible —decían— que un Dios tan feliz y dichoso que de nadie necesita, haya podido morir por arnor de los hombres, sus esclavos? Esto es obligarnos a creer, que un Dios se ha vuelto loco por amor a los hombres. Y sin embargo, es de fe que Jesucristo, verdadero Hijo de Dios, se entregó a la muerte por nuestro arnor. Nos amó —dice San Pablo—y se entregó a sí mismo por nosotros. Razón, pues, tenía Santa María Magalena para exclamar, llorando la ingratitud de los hombres para con un Dios tan amante, cuando decía: "¡Oh amor no conocido! ¡oh amor no amado!" A la verdad, si los hombres no aman a Jesucristo, es porque viven olvidados del amor que les ha profesado.
Es imposible, en efecto, que viva sin amar a Jesucristo el alma que considera que ha muerto por su amor.

La caridad de Cristo, dice San Pablo, nos urge. Considerando el amor de Cristo, el alma se sentirá inflamada y como forzada a amar a un Dios, que tanto la ha amado. Bien podía Jesucristo, dice el Padre Nieremberg, redimirnos, derramando una sola gota de su sangre; pero quiso derramarla toda y dar su sangre divina, a fin de que, en presencia de tantos dolores y de muerte tan cruel, nos moviésemos a amar, no con menguado amor, sino con todas nuestras fuerzas, a un Dios tan enamoraclo de los hombres. Para que los que viven, como dice San Pablo, no vivan ya par sí, sino para el que murió por ellos. 


ORACIÓN

¡Oh Jesús, Señor y Redentor mío! harto habéis hecho para obligarme a amaros: demasiado os ha costado mi amor. Muy ingrato sería si me contentase con amar tibiamente a un Dios que me ha dado la sangre, la vida y todo cuanto tenía. Si Vos habéis muerto por mí, pobre esclavo vuestro, razón es que yo muera por Vos, mi Dios y mi todo. Sí, Jesús mío, todo lo dejo, para entregarme a Vos; renuncio al amor y al afecto de todas las creaturas para consagrarme única y enteramente a vuestro santo amor. Mi amado escogido es entre millares; entre todos los bienes de la tierra, a Vos os elijo por mi bien, por mi tesoro y por mi único amor. Os amo, amor mío, os amo; y vuelvo a repetirlo y sin cansarme de hacerlo os diré: os amo, amor mío, os amo; bien se que no os contentáis con que os ame con tibieza, ni queréis que ame otra cosa fuera de Vos. Pues bien, quiero complaceros en todo: quiero amaros con todo mi corazón; sólo a Vos quiero amar, sólo a Vos; Dios mío, Dios mío, haced que en esto se cumplan plenamente mis deseos.
¡Oh Reina mía, María! ayudadrne Vos también a amar con todo mi corazón a nuestro Dios. Amén, así lo espero, así sea.

Consideración XI

DE LA GRAN DICHA QUE TIENEN LOS RELIGIOSOS DE HABITAR CON JESÚS SACRAMENTADO

La Venerable Madre María de Jesús, fundadora de una congregación en Tolosa, decía que por dos razones estimaba en su justo valor la vida religiosa: la primera por que los religiosos por el voto de obediencia se consagran a Dios por entero, y la segunda porque tienen siempre la dicha de vivir en compañia de Jesús Sacramentado.
En efecto, si las gentes del mundo se tienen por felices y dichosas, cuando el Rey las llama a habitar en su palacio, ¿cuánto más felices son los religiosos al ser admitidos a morar de continuo en compañía del Rey del Cielo en propia casa? Jesucristo permanece, en las iglesias de los religiosos, con el fin de que a todas horas pueden hallarlo. Los seglares apenas pueden visitarlo entre fin, y en algunas parte; sólo pueden lograrlo por la mañana; en cambio el religioso lo encuentra en el Tabernáculo siempre que quiere, por la mañana, y por la noche lo mismo que durante el día. Allí puede conversar de continuo con su amado Señor, y Jesucristo se complace en tratar familiarmente con sus siervos, que ha sacado del Egipto del mundo para hacerlos gozar ya en esta vida de su amorosa presencia, aunque oculto bajo los velos eucarísticos, hasta que llegue el momento de trasladarlos al paraíso y pueda ser visto por ellos cara a cara y sin velos.
A todas las casas religiosas se puede aplicar lo qua un santo decía de la soledad: "¡Oh dichosa soledad, donde el Señor habla y conversa familiarmente con los suyos!". Las almas que aman de veras a Jesucristo hallan un gozo anticipado del paraíso en presencia del Santísimo Sacramento, que permanece en nuestros sagrarios por el amor que tiene al que lo busca y lo visita.
Su conversación, dice el Sabio, no tiene rastro de amargura, ni tedio alguno su tanto. Los que no aman a Jesucristo, sienten pesadumbre en tratar con Él; mas el alma que ha cifrado en Jesús todos sus amores, encuentra en el Sagrario su descanso, su paraíso y todo su tesoro; y por eso, llevada en alas de su amor, vuela siempre que puede a visitar y hacer compañía a su Dios Sacramentado, derramando al pie de los altares todos los afectos de su corazón, todas sus aflicciones, los deseos que tiene de amarlo, de verlo cara a cara y sin celajes, y entre tanto, el afán que tiene de complacerlo en todo.



ORACIÓN

¡Oh Jesús mío Sacramentado! Aquí me tenéis en vuestra presencia. Me habéis amado tanto, que vuestro amor os llevó un día a sacrificaros por mí en la cruz, y os ha obligado despúes a permanecer encerrado en esta cárcel de amor. Almas hay que os han ofendido menos que yo y más que yo os han amado, pero entre todas ellas me habéis colocado, después de arrancarme de los lazos del mundo , para que viva de continuo unido con Vos y vaya después al reino de la gloria a amaros y alabar vuestras misericordias. Os doy por ello las más rendidas gracias, mayormente por haberme hecho indigno de tan gran ventura. He escogido ser el portero de la casa de Dios, os diré con el Salmista, más bien que habitar en la morada de los impíos.
Sí, Jesús mío, mi corazón rebosa de contento por haber abandonado el mundo; y me tengo por más feliz y dichoso ejercitándome en vuestra casa en los oficios bajos y humildes, que habitar en los regios palacios de los grandes de la tierra. Recibidme entre vuestros siervos y consentid, Señor mío, que viva siempre en su compañía. No me desamparéis como lo tengo merecido, ni llevéis a mal que entre tantos siervos vuestros y hermanos míos, que os sirven en esta casa, viva también yo, miserable pecador. Muchos años viví lejos de Vos, mas ahora que me habéis iluminado y dado a conocer la vanidad del mundo y mi gran locura, nom quiero, Jesús mío, separarme más de vuestro lado. Vuestra presencia me alentará a combatir cuando fuere tentado, y me recordará la obligación que tengo de amaros y de recurrir siempre a Vos en mis luchas contra el infierno. Por eso quiero vivir cerca de Vos, para unirme y estracharme más y más con vuestro Corazón.
Os amo, Dios mío, escondido bajo los velos eucarísticos; por amor mío estáis de continuo en este altar, y yo, por amor vuestro, quiero cuanto pueda en vuestra divina presencia.
Vos, aquí encerrado, me estáis siempre amando; pues yo también, encerrado aquí con Vos, quiero amaros con todo mi corazón. ¡Oh Jesús mío, mi amor y mi todo! De esta suerte viviremos siempre unidos, mientras viva en esta casa, y después en el paraíso por toda la eternidad. Así lo espero, así sea.
¡Oh Santísima Virgen María! Dadme un grande amor al Santísimo Sacramento.




Consideración XII

LA VIDA DEL RELIGIOSO ES LA MÁS CONFORME A LA DE JESUCRISTO

El Apóstol San Pablo dice que el Padre Eterno, a los que eligió pare el reino de los Cielos también los predestinó para que se hiciesen conformes a la imagen de su Hijo Jesucristo. Por esto los religiosos deben vivir contentos y estar seguros de alcanzar el paraíso, cuando Dios los ha llamado a un género de vida entre todos el más conforme a la vida de Jesucristo.
Nuestro divino Salvador quiso, mientras vivió en la tierra, llevar vida pobre, como la lleva un vulgar aprendiz en casa de un pobre artesano, pobremente alojado, pobremente vestido y alimentado como los pobres. Por vosotros se hizo pobre −dice San Pablo− a fin de que vosotros fueseis ricos por su pobreza. Además escogió una vida del todo mortificada, privada de todo género de placeres y acompañada desde la cuna hasta el sepulcro de indecibles tristezas y amarguras. Por esto, el Profeta Isaías lo llamó Varón de dolores. Con esto quiso dar a entender a sus seguidores cual es la vida, que deben llevar. Si alguno quiere venir en pos de mí —dice Jesucristo—, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sigame. Para responder a estas palabras de Cristo y seguir sus ejemplos, los Santos se han determinacio a despojarse de todos los bienes de la tierra y a cargar con la cruz del sufrimiento, para seguir más de cerca a su amado Señor. Así lo hizo San Benito, el cual, no obstante ser hijo de un gran señor de Nursia y pariente del Emperador Justiniano, abandonó a la temprana edad de catorce años los regalos y placeres en que se había criado, y se retiró a vivir en una cueva del monte Subiaco, donde por todo alimento no tenía más que el pedazo de pan que todos los días le llevaba un monje llamado Román.
Así obró también San Francisco de Asís, el cual, dejando en manos de su padre todo cuanto tenía, hasta sus propios vestidos, se consagró a Jesucristo para vivir en mortificación y pobreza. San Francisco de Borja y San Luis Gonzaga, a pesar de ser el uno Duque de Gandía y señor el otro de Castiglione, ambos a dos abandonaron riquezas, estados, vasallos, patria, casa y parientes pare ir a vivir como pobres en la religón.
De igual suerte han obrado otros grandes señores, entre los cuales se cuentan reyes y príncipes. La Beata Zaedmerra, hija del Rey de Etiopía, renunció al trono para hacerse religiosa de Santo Domingo. La Beata Juana de Portugal, por entrar en religión renunció a los reinos de Francia e Inglaterra. La sola Religión benedictina cuenta en su seno veinticinco emperadores y setenta y cinco reyes y reinas, que abandonaron el mundo para vivir pobres, mortificados y olvidados de los hombres en el retiro del claustro.
¡Ah! éstos son, y no los grandes señores del mundo, los que merecen el nombre de afartunados.
Las gentes del siglo los tienen ahora por locos e insensatos; pero en el valle de Josafat se convencerán, aunque tarde, que los verdaderos locos fueron ellos, y mirando entonces a los
escogiclos sentados sobre sus tronos y coronados por la mano del mismo Dios, exclarnarán, lanzando gemidos de indecible desesperación: Estos son los que en otro tiempo fueron el blanco de nuestros escarniosa… ¡Insensatos de nosotros!; su tenor de vida nos parecía una necedad… Mirad cómo son cantados entre los amigos de Dios y cómo su suerte es estar con los Santos.



ORACIÓN

¡Oh Jesús, Maestro y Redentor mío! yo tengo la gran ventura de contarme en el número de los que habéis llamado para ir en vuestro seguimiento. Gracias os doy por ello, Jesús mío, y por seguiros lo abandono todo. Quisiera tener más que abandonar para ir en pos de mi Rey y Señor, que por amor mío y para alentarme con su ejemplo ha querido llevar vida tan pobre y despreciada. Caminad delante de mí, Señor mío, que yo me esforzaré por seguiros. Dadme la cruz que os agrade, que con vuestra ayuda y favor estoy dispuesto a llevarla siempre con constancia y con amor. Duélome, Señor, de haberos en otro tiempo abandonado, para seguir mis gustos e ir en pos de las vanidades del mundo; pero ahora estoy dispuesto a no abandonaros jamás. Atadrne a vuest.ra Cruz, y si mi flaqueza opone a veces resistencia, atraedme con las dulces cadenas de vuestro amor, para que no tenga la desgracia de volveros a abandonar.
Sí, Jesús mío, renuncio a todas las alegrías del mundo; mi contento y única dicha será, amaros y sufrir cuanto fuere de vuestro agrado. Espero un día llegar a vuestro reino, donde estaré unido a Vos con tan estrecho lazo de amor, que ya no tenga jamás la desgracia de verme separado de Vos. Os amo, mi Dios y mi todo, y siempre es amaré.
Así lo espero, ¡oh Madre de Dios, María Santísima! Vos, que por haber sido en la tierra la más semejante a Jesucristo, sois ahora la más poderosa para impetrar de Dios todas las gracias, amparadme y protegedme.

Consideración XIII

DEL CELO QUE DEBEN TENER LOS RELIGIOSOS POR LA SALVACION DE LAS ALMAS


El que es llamado a la Congregación del Santísimo Redentor no se hará santo jamás, ni tampoco será verdadero discípulo de Jesucristo, ni tendrá el verdadero espíritu del Instituto, si no se esfuerza en cumplir con el fin de su vocación, que consiste en salvar las almas más privadas de espirituales auxilios, como son las pobres gentes del campo.
Con este intento vino el Redentor al mundo, como lo declaró por estas palabras: El espíritu del Señor me ha ungido con su unción divina y me ha enviado a evangelizar a los pobres, a curar a los que tienen el corazón contrito.Y cuando quiso tener claras pruebas del amor que San Pedro le profesaba, no le pidió más argumentos que éste de la salvación de sus ovejas, diciéndole: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Apacienta mis ovejas. "No le dijo Cristo, escribe a este propósito San Juan Crisóstomo, abandona las riquezas, castiga tu cuerpo con ayunos, macéralo a fuerza de trabajos y privaciones, solo le dijo: Apacienta mis ovejas". Y nuestro bondadoso Redentor llegó hasta declarar que miraba como hecho a sí mismo cualquier favor o beneficio que hiciéramos al último de nuestros hermanos: En verdad os digo, lo que hicisteis con alguno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis.
Por esto todos los religiosos deben alimentar en su corazón este deseo y afán de salvar almas. A este fin deben enderezar todos sus estudios, y cuando los superiores los pongan en algunos oficios o ministerios, a este mismo fin deben converger todos sus pensamientos y desvelos. No merecería llevar el nombre de miembro de la Congregación del Santísirno Redentor el que por desear vivir vida retirada y solitaria, atendiendo solo a los cuidados de su alma, no aceptase de grado el trabajar en los ministerios apostólicos que le confiara la obediencia. ¿Qué mayor gloria puede ambicionar un hombre que ser cooperador, como dice San Pablo, en esta grande obra de la salvación de las almas? El que ama al Señor con todo su corazón, no se contenta con amarle él solo, quisiera también inflamar a todo el mundo en santos ardores de caridad, diciendo con David: Engrandeced conmigo al Señor todos a una ensalcemos su nombre. Por esto, dirigiéndose San Agustín a todos los amadores de Dios, les dice: "Si amáis a Dios, inflamad a todos en su santo amor".
Además, el que con verdadero solo trabaja en la salvación de las almas, tiene muy fundadas esperanzas de salvar la suya, según aquello de San Agustín: "Si has salvado un alma, has asegurado la predestinación de la tuya". Y el Espíritu Santo por Isaías nos dice: Cuando abrieres las entrañas para socorrer al hambriento (es decir, cuando te hubieres fatigado por el bien del pobre) y consolares al alma angustiada (colmándola por medio de tu ministerio de los efluvios de la divina gracia) el Señor te dará un perpetuo reposo, y llenará tu alma de resplandores de gracia, y te colmara de paz y luz divina. San Pablo cifraba la esperanza de su eterna salvación en los trabajos que había padecido por salvar a los demás. He aquí lo que decía escribiendo a sus discípulos de Tesalónica: ¿Cuál es nuestra esperanza, nuestro gozo y la corona que formará nuestra gloria? ¿No sois vosotros delante de nuestro Señor Jesucristo para el día de su advenimiento?

ORACIÓN

¡Oh Señor mío Jesucristo! ¿cuándo podré yo daros gracias nor el singular favor que me concedisteis al llamarme a ejercer el mismo ministerio que Vos habéis ejercido en la tierra, ayudándoos con mis escasas fuerzas a salvar las almas? ¿Cuándo merecí tan grande honra y gloria?
¿Cuando os ofendí con tantos pecados?, ¿cuando arrastré a otros a que os ofendieran?
¡Oh Salvador mío! ya que me habéis llamado para que os ayudara en esta grande obra de la redención, quiero gastar en ella todas mis fuerzas, y para obedeceros estoy dispuesto hasta a dar mi sangre y mi vida, si no bastan mis sudores y fatigas. No pretendo con esto seguir los impulsos de mi natural, o granjearme el aplauso o estimación de los hombres; mi único deseo es que todos los hombres os amen como Vos merecéis ser amado.
Aprecio en su justo valor la gracia que me ha cabido en suerte, y téngome por dichoso al considerar que me habeis escogido para esta grande obra; y al consagrarme a ella, renuncio y deposito a vuestros pies todas las alabanzas de los hombres y toda personal complacencia, para no buscar más que vuestra santa gloria. Sea para Vos toda la honra, y para mí únicamente las incomodidades, las humillaciones y toda suerte de trabajos. Aceptad, Señor, la ofrenda que os hace un pecador miserable, que desea amaros y ver que los demás también os amen; dadme fuerzas para cumplir este deseo.
¡Oh María, abogada mía poderosísima! Vos, que tanto amáis a las almas, asistidme y ayudadme.






Consideración XIV

CUÁN NECESARIAS SON AL RELIGIOSO LAS VIRTUDES DEHUMILDAD Y MANSEDUMBRE

Jesucristo, amantísimo Redentor nuestro, ser llamado Cordero, cabalmente para darnos a entender cuánto le agrada la mansedumbre y la humildad. Estas dos virtudes fueron las que de modo especial quiso enseñar a sus discípulos, diciéndoles: Aprended de que soy manso y humilde de corazón. Y dicho está que estas dos virtudes exige particularmente de los religiosos que hacen profesión de imitar su vida sacrosanta.
Los que viven en la soledad de los desiertos no tienen tanta necesidad de estas virtudes; pero los que viven en comunidad, es imposible que no tengan que o Bien reprensiones de los superiores, o bien molestias de sus hermanos; por donde vendrá a acontecer que el religioso que no ama la mansedumbre cometerá cada día mil defectos y llevará vida inquieta y turbada. Es menester que se muestre dulce y afable con todos; con los extraños, con los compañeros y aun con los súbditos, caso de ser Superior. El religioso debe estar persua.dido de que vale alas socortar con humildad y mansedumbre las afrentas y menosprecios, clue mil ayunos y
Decía San Francisco que muchos ponen la esencia de la perfección en la mortificación exterior y luego no pueden soportar una palabra ofensiva, por no entender cuan grande provecho se saca de llevar con paciencia las injurias120 . Personas hay, dice San Bernardo, que son toda afabilidad y dulzura mientras no se toca a su genio ni con hechos ni con palabras; mas apenas se les contraría algún tanto, luego dan muestras de tener bien poca mansedumbre. Y advierta el Superior que mas provecho sacan los súbditos de una reprensión envuelta en dulzura que de ciento amargadas con el veneno de la severidad.
"El manso de corazón, dice San Juan Crisóstomo, es útil para sí y para los demas". Y añade: conservar igualdad de ánimo en las contrariedades es clara señal de una virtud sólida. Dios tiene puestas sus complacencias en el corazón manso y humilde. Lo que le agrada —dice el Eclesiástico— es la fe y la mansedumbre. Bueno es que el religioso en la, meditación traiga a la memoria las ocasiones en que puede perder la paz, para armarse a tiempo contra ellas; y cuando se presente la ocasión debe hacerse violencia para no turbarse y prorrumpir en impaciencias. Por esto mismo, cuando tenga el ánimo turbado, procure guardar silencio hasta que haya logrado entrar en calma.
Mas para soportar en paz las injurias es muy necesario estar bien fundado en humildad. El verdadero humilde no sólo no se turba al verse menospreciado, sino que también goza en el
menosprecio; y, a despecho de las repugnancias de la carne, se complace interiormente al verse tratado como él cree merecer, pareciéndose en esto a Jesucristo, el cual, no obstante ser digno de todo honor y alabanza, quiso por amor nuestro ser saciado de oprobios y de injurias. Cuando Fray Junípero, discípulo de San Francisco, recibía alguna injuria, extendía su túnica, como en ademán de recoger las perlas que caían del cielo. Los santos buscaban con más avidez los desprecios y las injurias que los mundanos los aplausos y los honores. ¿Para qué sirve un religioso que no sabe soportar un desprecio por amor de Dios? Será siempre un soberbio, o, a lo más, humilde con humildad fingida, sobre el cual podrá, descender la gracia divina, porque, como dice el Espíritu Santo: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.

ORACIÓN


¡Oh humildísimo Jesús mío! que por el amor que me tenéis, os habéis humillado y hecho obediente hasta la muerte de cruz, ¿cómo tengo valor para comparecer ante vuestra presencia y llamarme vuestro discípulo, viéndome tan pecador y tan soberbio que no tengo ánimo para soportar un desprecio sin sentirme agraviado? Y ¿córno puedo ser soberbio cuando por mis pecados he merecido mil veces estar sepultado en el infierno por toda la eternidad, bajo los pies de los demo- nios? ¡Oh Jesús mío despreciado!, ayudadme y hacedme semejante a Vos; quiero cambiar de conducta. Vos, por amor mío, habéis soportado tantos oprobios; pues yo, por vuestro amor, quiero aceptar toda suerte de injurias. ¡Oh Redentor mío!, abrazando durante la vida con tanto amor las deshonras y los desprecios, los habéis tornado honrosos y apetecibles. Pues bien; os diré con vuestro Apóstol: A mí líbreme Dios de gloriarme sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo¡Oh María, humildísima Señora y Madre de Dios! Vos, que en todo, y señaladamente el padecer los desprecios fuisteis, la más semejante a vuestro Hijo, alcanzadme la gracia de llevar con paciencia todos los ultrajes que de hoy en adelante reciba. Amén.

Considaración XV DE LA CONFIANZA QUE DEBEN TENER LOS RELIGIOSOS EN EL PATROCINIO DE MARÍA

Si es cierto, como lo es y lo afirma San Pedro Damián, que la Madre de Dios, María Santísima, ama a todos los hombres con tan entrañable afecto, que no hay, si exceptuamos a Dios, quien la supere ni la iguale en el amor, ¿quién acertará, a comprender cuánto ama esta Augusta Reina a los religiosos que han consagrado a Jesucristo su libertad, su vida y todo su amor? No se le oculta que se esfuerzan en ajustar su conducta a los ejemplos que Ella y su Hijo Jesucristo nos han dado; los ve con frecuencia ocupados en cantar sus alabanzas, y continuamente atentos a honrarla con novenas, visitas, rosarios, ayunos y otros obsequios; los contempla a menudo postrados a sus pies para invocarla y pedirle gracias, todas ellas muy conformes a los deseos de su Corazón, como son la perse- verancia en el servicio de Dios, la fortaleza para luchar contra las tentaciones, el desprendirniento de las creaturas y el amor de Dios. Siendo esto así, ¿cómo dejará de interponer todo su valimiento y todo su poder en favor de los religiosos? Los miembros de la Congregación del Santísimo Redentor tenemos títulos especiales a su benevolencia, pues es notorio que hacemos especial profesión de honrar a la Virgen Madre con visitas, con el ayuno y otras practicas de penitencia en las novenas que preceden a sus fiestas, etc., y con sermones y novenas celebredas para promover por todas partes su devoción y sus glorias.
Esta gran Señora es muy agradecida, pues ya sabemos que dice: Yo amo a los que me aman. Es en extremo generosa, hasta el punto, corno asegura San Andrés Cretense, "de recompensar con grandes favorer los pequeños obsequios que se le hacen". Es tan cortés y amorosa, que se compromete a librar del pecado y llevar al paraíso a los que la honran y trabajan para que los demás la glorifiquen. Aquéllos que se guían por mí, dice, no pecarán; los que me dan a conocer a los demás alcanzarán la vida eterna.
Por todo la cual debemos dar continuas acciones de gracias a Dios por habernos llamado a esta Congregación, en la cual, por la costumbre de la Comunidad y por los buenos ejemplos de sus miembros nos sentimos movidos y como forzados a recurrir a María, a honrar de continuo a esta nuestra amantísima Madre, que con justo título se llama la alegría, la esperanza, la vida y la salvación del que la honra e invoca.

ORACIÓN

¡Oh amabilísima y amantísima Reina mía!, no me cansare de dar gracias a mi Señor y a Vos, porque, además de haberme sacado del mundo, me habéis llamado a vivir en esta Congregación, donde reina especialísima devoción hacia Vos. Admitidme, pues, oh Madre mía, en vuestro servicio, y no Ilevéis a mal que, entre tantos hijos vuestros fidelísimos, os sirva también yo, miserable pecador. Después de Dios, Vos seréis siempre mi esperanza y todo mi amor; Vos seréis mi socorro en todas mis tentaciones y tribulaciones; Vos seréis también mí refugio y mi consuelo. Dios y Vos únicamente seréis mi sostén y mi fortaleza en las amarguras de la vida. Por serviros a Vos renuncio a todos los reinos del mundo; reinar será serviros, bendeciros y amaros en este mundo, oh dulcísima Señora mía, a quien servir, como dice San Anselmo, es reinar. Ya que sois la Madre de la perseverancia, alcanzadme la gracia de seros fiel hasta la muerte. Obrando así espero, y mi esperanza no quedará frustrada, ir un día al Cielo, adonde Vos reináis, para alabaros y bendeciros por sola la eternidad, sin que nadie pueda separarme de vuestros sagrados pies: “Jesús y María, os diré con vuestro amantísimo siervo Alonso Rodríguez, objeto de mis dulcísimos amores, por vosotros padeceré y mariré; haced que sea todo vuestro y nada mío".

ORACIÓN SACADA DE LAS OBRAS DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

Dadme, Dios mío, la gracia de conocer vuestra voluntad y de cumplirla perfectamente para vuestra mayor gloria.
Dadme la fuerza necesaria para que ni me ensoberbezca en la prosperidad, ni en la adversidad me abata; haced que sólo me alegre lo que me une con Vos y me aflija lo que me aparta de Vos, que sólo a Vos desee agradar y únicamente tema lo que a Vos os desagrada. Todos los bienes de la tierra sean para mí viles y despreciables, y séanme únicamente amables vuestros dones por amor vuestro; haced que yo os ame sobre todas las cosas. Séame insípida toda alegría que no venga de Vos, de suerte que yo nada quiera fuera de Vos. Haced que todos mis afectos y todos mis pensamientos vayan a Vos dirigidos. Hacedme, Señor, obediente sin replicar, pobre sin deseos, casto sin mancha, paciente sin rnurmuración, humilde sin fingimiento, alegre sin disipacion, temeroso sin desconfianza, diligente sin preocupación, prudente sin artificio. Dadme el obrar bien sin presunción, el corregir sin soberbia, el edificar al prójimo con mi conducta sin disimulo. Dadme, un corazón vigilante, que no lo aparten de Vos pensamientos vanos; un corazón generoso, que no abrigue jamás indignos afectos; un corazón recto, que no se deje torcer por malas intenciones; un corazón fuerte en la tribulación y libre de afectos terrenos. Dadme luz para conoceros, diligencia para buscaros, habilidad para hallaros, perseverancia en complaceros y fidelidad en agradecer vuestros beneficios. Dadme, finalmente, valor para abrazar los trabajos de la villa en expiación de mis pecados, y después la gracia de veros, poseeros y amaros por toda la eternidad en el Cielo. Amén.
¡Oh María, Reina, esperanza y Madre mía! Os amo y en Vos confio. Os suplico por amor de Jesucristo y por el inmenso gozo que experimentasteis al ser hecha Madre suya, y por los dolores que sufristeis en su afrentosa muerte, que me impetréis del Señor un gran dolor de mis pecados junto con el perdon de ellos, la perseverancia en el bien, un puro amor de Dios y la conformidad perfecta con su santísima voluntad. Ya que sois el refugio de los pecadores, sedlo también mío. A Vos encomiendo mi alma y mi eterna salvación, Recibidme en el número de vuestros siervos y coma tal protegedme siempre, sobre todo en la hora de mi muerte. Con vuestra poderosa intercesión me habéis de salvar. Así lo espero, así sea.




CAPITULO IV

I CONFERENCIA FAMILIAR PREDICADA EN LA TOMA DE HÁBITO DE UNA JOVEN



Jamás se debe caer de tu memoria, piadosa joven, el recuerdo de este día, en que has tenido la dicha de desposarte con Jesucristo; ni te canses de darle gracias por tan señalado beneficio. No creas que Jesucristo te ha de quedar agradecido porque abandonaste el mundo por su amor, antes por el contrario, tú le debes eterno agradecimiento por la singular merced que te ha hecho de sacarte del mundo para traerte al paraíso de la religión.
Acabas de romper los lazos que te unían al mundo, ¿piensas haber hecho un gran sacrificio? Pero al cabo ¿qué es el mundo, sino tierra abonada donde brotan espinas, lagrimas, dolores? Muchas cosas promete el mundo a sus seguidores: diversiones, alegrías y pasatiempos; pero todo esto termina en desengaños, amargura y vanidad. Las mismas riquezas, los honores y los placeres mundanos, acaban por extremos de pena y de dolor. Y plegue a Dios que, para tantos ciegos que corren en pos de las vanidades del siglo, este dolor no se convierta en llanto eterno; porque en medio del mundo hay muchos, grandes y a veces inevitables peligros de perder el alma, el paraíso y a Dios.
¡Cuán dignas de compasón son aquellas jóvenes que, engañadas por las falsas promesas del mundo, abandonan a Jesucristo para volver al siglo! esperan hallar en él placeres y contentos; pero ¡ay! sus esperanzas han quadado frustradas; en vez, de lo que buscaban han encontrado hiel y punzantes espinas. La sujeción al marido, el cuidado de los hijos y de los criados, los respetos humanos, las necesidades de la familia y otras mil cosas a las cuales están sujetas las mujeres que viven en el mundo, le,vantan tan grande tempestad de angustias, de temores y de disgustos, que convierten la vida en un como prolongado martirio.
Preguntad, preguntad a las mujeres casadas si hay alguna contenta con su suerte; a cuantas yo he preguntado, me han respondido con mil quejas y lástimas. Dirigid, por el contrario, la misma pregunta a las religiosas que han abandonado el mundo para darse al Señor sin reserva, y todas os responderán a una voz que no se cansarán de dar gracias Dios por haberlas sacado del mundo. Que siempre será verdad lo que cantó el Cardenal Petrucci, cuando dijo que los placeres de los amadores del mundo parecen puras alegrías, y en realidad son tormentos, y, por el contrario, los trabajos de los que aman a Dios parecen penas y son, en verdad, grandes consuelos.
Esto por lo que se refiere a la vida presente; porque ¿cuál sera la suerte que aguerda en la eternidad a las jóvenes que han abandonado el siglo y a las que han permanecido en el mundo?
"Pues qué, dicen las que no salen del mundo, ¿por ventura no podemos hacernos santas en el siglo?" ¿Hacerse santas? Escucha, hija mía, a fin de que el demonio no te inquiete en lo por venir. Para santificarse no basta decirlo, basta desearlo, menester es emplear los medios necesarios. Hay que hacer oración mental todos los días, por que con dificultad ama a Dios el que no piensa a menudo en Él. Hay que frecuentar los Sacramentos, por medio de los cuales Dios se comunica al alma. Hay que desprenderse de todos los afectos y vanidades de la tierra. Ahora bien; ¿cuánto tiempo puede dedicar a la oración mental una madrc de familia, agobiada bajo el peso del cuidado de los hijos, de los criados y de todas las necesidades de la casa? Apenas si tendrá tiempo suficiente para rezar el rosario
¿Cómo podrá frecuentar los Sacramentos, si con trabajo halla espacio de tiempo para ir a Misa los
días festivos? ¿Cómo podrá, vivir desprendida de los afectos de la tierra, si vive engolfada en las cosas del mundo?
Luego, acabará diciendo alguno, las mujeres casadas ¿no pueden llegar a la santidad? y, sin embargo, la historia nos conserva los nombres de mujeres casadas que alcanzaron heroica virtud. No hay duda de que una mujer casada puede santificarse en el mundo, con tal que se esfuerce en practicar los ejercicios de piedad arriba enumerados; pero ante todo, debe adquirir gran caudal de paciencia, puesto que no se santificará sin grandes trabajos y fatigas digo más: que todas las mujeres casadas, sean grandes señoras, sean princesas, y aunque sean reinas, han de ser mártires de paciencia.
Por el contrario, la religiosa que abandona el mundo para entregarse a Dios, halla en el monasterio mil medios y facilidades de llevar una vida ordenada y santa. Aunque no hiciera más que lo que manda la Regla y practica toda la Comunidad: meditar diariamento, comulgar varias veces a la semana, oír Misa todos los días, escuchar con frecuencia la palabra de Dios, además de los Ejercicios espirituales que debe hacer todos los años por espacio de ocho días, y otro sin cuento de devociones que se practican en el convento, esto solo bastaría para santificarse. Mira, hija mía, cuando el demonio venga a tentarte con dejar la vida religiosa que hoy comienzas a llevar, acuérdate de lo que ahora te voy a decir: son pocas las personas que se salvan en el siglo; en cambio, en los conventos son raras, rarísimas las religiosas que se condenan.
En fin, si te hubieras quedado en el mundo, ¿qué esposo habría cautivado tu corazón? ¿un gran caballero, un noble con cien blasones, un monarca con dos reinos? Pues ahora te ha tocado por esposo el Rey del Cielo y el Emperador de todos los reinos de la tierra. ¡Cuántas santas virgenes han renunciado a la mano de muy grandes señores del rnundo para esposas de Jesucristo! La beata Inés de Praga rehusó dosposarse con el Emperador Fernando II para meterse en un convento. Otras piadosas doncellas, por no dejar de ser esposas de Cristo, prefirieron perder la vida en la demanda. Santa Inés la pretendían muchos señores romanos; pero antes que renegar de su Esposo Jesucristo, ofreció su cuello a la espada del verdugo. Santa Domitila renunció a la mano del Conde Aurelio, gran señor de Roma, y por esta causa fue quemada viva. A Santa Susana le ofrecieron ser esposa del Emperador Maximino; pero ella, para guardar a Jesucristo la fidelidad prometida, prefirió morir mártir, perdiendo su vida a manos del verdugo.
Deja, hija mía, deja para esas jóvenes que aman el mundo sus diversiones, sus vanos placeres, sus ricos vestidos, sus teatros, banquetes y festines, que a ti te basta poseer a Jesucristo, pues, encerrada en tu celda, te dará a gustar más tranquila paz y contento del que gozan las reinas en su palacios nadando en riquezas y placeres mundanos; allí, en el retiro de tu celda, mansión de paz, tendrás un paraíso anticipado. Si amas a Jesucristo, amarás también la soledad de la celda; en ella tu Esposo crucificado te hablará familiarmente al corazón, y desde lo alto de la cruz te enviará rayos de luz que iluminen tu entendimiento, y dardos de fuego a tu corazón que te inflamen en su santo amor. Y tú, hija mía, a solas con Él en el retiro de tu convento, le abriras tu pecho, para que lea en él el amor que le tienes; le ofreceras de continuo todo cuanto eres y todo cuanto te pertenece; le pedirás las gracias que necesitas; le cornunicaras las angustias y pesares que te agobian, los temores que te afligen, y Él te consolará.
No lo dudes; tu divino Esposo te consolará siempre durante la vida, y especialmente en la hora de
la muerte. Entonces no vendrá a juzgarte en casa de seglares, rodeada de hijos, de parientes, de amigos y de criados, de cuyos labios no saldrá una palabra que sirva para dar aliento a tu alma en aquel solemne trance, sino que vendrá a buscarte en su santa casa, rodeada de tus Hermanas de religión, las cuales, con piadosas consideraciones, te alentarán y animarán a comparecer con entera confianza ante la presencia de tu Esposo amado, que saldrá a tu encuentro con la diadema en la mano, para coronarte reina de su reino bienaventurado, en recompensa del amor que le has profesado.
He dicho que las religiosas que se han entregado enteramente a Dios gozan de continua paz, de
aquella paz, se entiende, que se puede disfrutar en este mundo, llamado valle de lágrimas. Sólo en el Cielo tendremos paz cabal y perfecta, exenta de toda suerte de trabajos. Esta tierra es para nosotros lugar de merecer, y, por consiguiente, lugar de padecimientos, donde, padeciend, conquistaremos las alegrías del paraíso.
Mayormente, hija mía, que el Esposo que has escogido esta mañana, no obstante ser el más noble, el más rico y el más esclarecido que te podía caber en suerte, se llama y es Esposo de Sangre. Esposo de sangre, en efecto, porque derramó toda la suya al ser azotado, coronado de espinas y crucificado  para salvar tu alma y la de todos los hombres. Este amable Jesús camina delante de ti, y como esposa suya te invita a que sigas sus huellas. No va coronado de flores, sino de espinas; no lleva vestidos recamados de oro y de pedrería, sino que va cubierto de llagas; mira el trono real en que esta reclinado y verás que es una dura cruz, donde agoniza y muere, sumergido por tu amor en un piélago de dolores y de ignominias.
Escucha su voz, que te convida a seguirlo; oye lo que te dice, si te dispones a seguir sus pasos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.
Lo primero que te pide es que renuncies a ti misma. Quiere ante todo que te desprendas de todas las creaturas. Jesús, tu Esposo, jamás se dará por satisfecho si no eres totalmente suya, y para lograrlo debes despojarte de todos los afectos terrenos, de las vanidades, de las riquezas, de los parientes, de la estimación propia y de la propia voluntad. Sobre todo es menester que guardes la puerta de tu corazón, para que no entre en el afecto a persona alguna. Cuanto las creaturas pretendan robarte el amor que debes a Jesucristo y que Él quiere todo para sí, respóndele con Santa Inés: “¡Largo de aquí, pasto de la muerte; Jesús, mi Dios y mi Esposo, ha sido mi primer amante y se ha conquistado todo mi corazón; lejos de mí, porque en mi corazón no hay lugar para ti!”
Para grabar en la memoria, hija mía, el recuerdo de lo que voy diciendo, no te olvides de las palabras que has de pronunciar al tomar el sagrado velo, el cual simboliza el cuidado que debes poner en ocultarte a los ojos del mundo, a fin de que no des lugar en tu corazón a otro amor ni a otro amante fuera de Jesucristo. “Ha puesto una señal sobre mi frente, dirás entonces, a fin de que, fuera de Él, no admita otro amante”. Por esta misma razón vas a cambiar de hábito y de nombre; mudarás de hábito, despojándote de los atavíos del siglo, para ceñir el burdo sayal de la religión, con el fin de que te despojes de todos los afectos del mundo, vivas de tal suerte separada de él, que ya nadie se acuerde de que vives en la tierra.
La segunda cosa que Jesucristo pide de ti es que lleves con resignación la cruz que ha colocado sobre sus hombros. Tu cruz será la observancia regular y la obendiencia a la Superiora del monasterio: la religiosa que no observa perfectamente las reglas de la Comunidad y no se somete a los preceptos de la Superiora, es imposible que sea buena religiosa. Otra cruz que tendrás que cargar sobre tus hombros será llevar con paz y alegría todas las contrariedades que te sobrevengan, y todas las mortificaciones y humillaciones que caigan sobre ti. El que no se abraza con la humillación da claras pruebas de que no es humilde, y que el que no se humilla no se hará santo y corre gran peligro de condenarse. Además no se llega al Cielo sino por el camino de la cruz y de la paciencia en soportarla; y Dios, para las almas que desea levantar a muy alta santidad, planta cruces en todas partes, que se aflijan y las hagan sus verdaderas esposas.
Cuando hayas tomado el santo hábito, te recomiendo que renueves todos los días la promesa qua has hecho de ser fiel a Jesucristo: que amor y fidelidad son las dos principales cualidades de una esposa. A este fin se te dará, el anillo en señal de la fidelidad con que debes guardar el amor que a Jesucristo has prometido; mas para ser fiel no te fíes de tu promesa; menester es que sin cesar pidas a Jesucristo y a su Santísima Madre que te alcancen la santa perseverancia. Procura alimentar en tu corazón ilimitada confianza en la intercesión de María, que se llama y es la Madre de la perseverancia.
Y cuando adviertas que el amor divino se resfría en tu pecho y las creaturas pretendan cautivarte con su mentido amor, trae a la memoria esto que te voy a decir: Para que no caigas en tibieza y no pongas tu afecto en las cosas de la tierra, exhórtate a ti misma diciendo: ¿Para, qué he ahandonado el mundo, y mi casa, y mis parientes? ¿acaso para condenarme? Estos mismos pensamientos daban nuevos bríos a San Bernardo para caminar con más ahínco por la senda de la perfección. Cuando sentiase resfriado en el amor divino, exclamaba: "Bernardo, ¿por qué has abandonado el mundo y has entrado en el monasterio? —Para santificarte. —Y ahora ¿en qué piensas si en esto no piensas? "De esta suerte logró vivir y morir como santo. Si así lo hicieres, hija mía, espero que llegarás a la santidad, y entre tantas vírgenes como reinan en el Cielo te veré a ti en su compañía, hecha reina de aquel reino bienaventurado.
Pero hora es ya de terminar este mi discurso, y así parece que me lo manda tu santo Esposo, que arde en deseos de que pises los umbrales de su casa. Míralo aquí, dispuesto a recibirte con gran júbilo
y alegría; escucha su voz, y advertirás con que afecto te llama, a fin de que entres pronto en su real palacio, que en regia morada se ha de trocar para ti este monasterio. Adelante, pues, y entra con entera confianza, puesto que la acogida que te prepara esta mañana tu Esposo recibiéndote en tu casa es como el trasunto de la que te prepara en la hora de la muerte cuando te reciba en el reino eterno de la gloria.

II CONFERENCIA PREDICADA EN LA TOMA DE HÁBITO DE DOS JÓVENES

Qualis est dilectus tuus ex dilecto, quia sic adjurasti nos? (Cant. 5,9).

Cuando se intenta contraer enlace con una persona, la más elemental prudencia exige examinar ante todo y conocer la persona a la cual se ha de unir con lazo indisoluble; la esposa debe conocer las dotes y cualidades que adornan al esposo, y éste las que dan realce a la esposa. Tomar por norte y guía en negocio de tanta importancia la pasión que ofusca y extravía, y tomar sin reflexionar una determinación semejante, siempre fue considerado como fuente y origen de mil fatales con- secuencias.
Mirad a estas dos virgenes que han formado el propósito de entregarse a Jesucristo por esposas: vistiendo hoy el hábito religioso, están determinadas a celebrar sus bodas con el Cordero de Dios al fin de su noviciado, el cual no es otra cosa que un año de preparación para confirmarse más y más en la resolución ya tomada, y disponerse mejor a cumplir a su debido tiempo los santos desposorios; es decir, la unión que debe consumarse después de la muerte, al entrar triunfante en el Cielo. Entonces Esposo y esposa vendrán en espfíritu a ser una misma cosa.
¿Hay algo más importante y necesario en este momento para vosotras, amadas hijas, que conocer la condición y cualidades del Esposo con el cual vais a contraer tan inefables desposorios? ¡Con qué afán y con que santa curiosidad esperáis saber si Aquél a quien amáis, si el Esposo que habéis elegido tiene todos los títulos que vosotras apetecéis, para determinaros a permanecer constantes y fieles en vuestros propósitos!
Él fue quien os eligió a vosotras y os eligió, como dice San Pablo, antes de la creación del mundo. Desde toda la eternidad se detuvo a miraros, y sin atender a vuestras imperfecciones, y a pesar de veros desfiguradas y privadas de su gracia por el pecado de Adán, tuvo compasión de vosotras, y se os declará por amante pidiéndoos vuestro amor. En el día de tu nacimiento, dice el Señor por Ezequiel, me compadecí de ti, te vi y te dije: Éste es tu tiempo, tiempo de amantes. Se ha dignado llamaros para colocaros en el número de sus amadas esposas, no apoyado en vuestros méritos, sino guiado por el entrañable amor que os tiene.
Os resta, pues, saber qué títulos tiene para que lo escojáis por Esposo. Entre otras hay tres cualidades que en todo esposo se buscan: si es agraciado y amable, si posee riquezas, y si su conducta presente da testimonio de que en lo por venir guardará fidelidad a su esposa. Voy, pues, a deciros a entrambas, para vuestro consuelo, que Aquél a quien amáis es hermoso, es rico, es fiel. 



 

1 De la hermosura de Jesucristo



Nadie mejor que la Esposa de los Cantares, tan familiar al divino Esposo y tan íntimamente unida con Él, podrá decirnos cuán amable, bello y gracioso es. Cuando las hijas de Jerusalén, ansiosas de conocerlo, preguntaron a la Santa Esposa, quien y cómo era su Amado, respendió con presteza y amor: Mi Amado es escogido entre mil; es de una belleza que sobrepuja a toda belleza; blondos son sus cabellos y brillantes como el oro purísimo sus guedejas; su rostro es blanco y sonrosado como el lirio... Y así prosigue, empleando las imagenes más seductoras y los más encantadores emblemas para pintar la dignidad y belleza del cuerpo del divino Esposo, en su conjunto y en todas sus partes, hasta que no sabiendo ya qué decir, termina con estas palabras: Todo Él es envidiable, tal es mi Amado. Es el más gentil en hermosura entre los hijos de los hombres, y se distingue de todos ellos por su belleza; es tan perfecto, que no le falta ningún género de perfección; y a la vez es tan hermoso, que en hermosura no hay quien le iguale; al mirar brilla en sus ojos un destello de su oculta divinidad, de suerte que una sola de sus miradas basta para ganar los corazones e inflamarlos en amor. Al hablar, leche y rniel destilan sus labios, y su voz esta cargada de tan dulces melodías, que una sola de sus palabras basta para colmar todos los corazones de celestiales consuelos. Con un gesto de su mano atrae hacia sí a innumerables pueblos, y basta que dé un paso para ablandar los más duros corazones. En cualquier estado que se lo considere, dice San Agustín, sea como Verbo eterno en el seno del Padre, sea como Hombre en los brazos de su augusta Madre, ora en su vida oculta, ora en su vida pública, siempre se presenta amable y envidiable.
Sí; este Dios, que se ha hecho vuestro Esposo, es hermoso con todo género de hermosura, por todas las causas que han concurrido a revestirlo de la humana naturaleza.
Es hermoso en virtud de la causa eficiente, que es el Espíritu Santo, formándolo en las entrañas de María. Siendo este divino agente de un poder infinito, sus obras tienen que ser perfectas y acabadas cuando salen inmediatamente de sus manos, como salió la sacratísima humanidad que el Verbo había de tomar. ¿Quién podrá declarar las perfecciones con que lo enriqueció su Autor? El Señor formó con sus propias manos el cuerpo de Adán, y lo formó más hermoso y perfecto que todos los demás, porque estaba destinado a ser el templo de un alma creada a imagen de Dios. ¿Qué decir, pues, de la humanidad de este segundo Adán, que debía unirse indisolublemente e hipostáticamente a la divinidad del Verbo? ¿no debió el Espíritu Santo encerrar como en síntesis todas las perfecciones de todas las creaturas, uniendo en Cristo en supremo grado todo lo que, hay en ellas de más hermoso y perfecto?
Es hermoso en virtud de la causa material, que es la sangre de la Virgen María, en la cual no pudo hacer nada que se opusiera a la formación de su cuerpo sin mancha.
Es hermoso en virtud de la causa formal, que fue su alma, la cual debía unirse al Verbo y animar su admirable cuerpo; esta alma, según nos enseña San Jerónimo, debía hacer brillar en el semblante y en toda la fisonomía del Redentor el encanto de todas las virtudes y de la divinidad oculta a las miradas de los hombres. ¿Quién, por consiguiente, podrá dibujar la belleza y expresión de su divina rostro? Que por esto la sagrada Esposa, arrebatada de admiración, exclama: Tú, sí, Amado mío, que eres el hermoso y el agraciado. Le llama dos veces hermoso: por ser hermoso coma hombre y hermoso como Dios.
Es hermoso en virtud de la causa ideal, porque al formarlo tenía presente el Espíritu Santo el dechado de toda perfección, que es el mismo Verbo del Padre, para trasladar a Cristo una hermosura que sobrepujase a todas las hermosuras creadas y a todas las que Dios había., derramado en las creaturas: en el sol, en las estrellas, en los cielos, en todos los elementos, en las aves y en las flores, con el fin de darnos alguna idea de las invisibles bellezas de su divinidad por medio de las cosas visibles. Dios depositó en cada una de las creatures que salió de sus manos una centella de su infinita belleza, y el Espíritu Santo debía reunir y como concentrar en la humanidad del Verbo todas las bellezas de las creaturas; de suerte que vuestro Esposo celestial, amadas hijas, nos da a conocer mejor la hermosura del Creador que todas las creaturas juntas.
Es extremadamente hermoso en virtud de la causa final. Venía, en efecto, al mundo para ser el fin de todas las creaturas, y, por consiguiente, para comunicarles a todas su infinita perfección; ¡cuál, pues, no debía ser su incomparable belleza! Venía para cautivar a su amor los corazones de sus creaturas, para eclipsar todo lo que nos agrada y seduce en este mundo, para ser el objeto de todos nuestros afectos, para conquistar nuestras almas y ganarlas a la causa de la virtud, para alentarnos al trabajo y sufrir los padecimientos de la vida; en una palabra, para ser el galardón de los que lo siguen. Para conseguir todo esto, ¡qué hermosura no manifestó!, ¡qué dignidad, qué gracia, qué amabilidad, qué dulzura en sus palabras!, ¡qué afabilidad en sus conversaciones!, ¡qué encanto en todos sus modales!
¡Oh, qué hermoso es! y advertid que no perdió su belleza ni cuando sus enemigos le vendaron los ojos, envidiosos de su hermosura, ni cuando quedó desfigurado en su Pasión, ni cuando lo clavaron en la cruz, apareciendo a las miradas de todos como varón de dolores y de aspecto repugnante. A través de sus llagas nos descubre los encantos de su amor, su belleza y la amabilidad que lo movió a padacer por nosotros; de suerte que, como dice San Agustín en los transportes de su amor, Jesús era también hermoso clavado en la cruz, aun cuando estaba obscurecida y velada su hermosura por la sangre y las llagas.
Rastread por aquí admirable es la belleza de vuestro divino Esposo; y siendo tan hermoso y tan amable, ¿no os debéis tener por felices y dichosas al considerar que os ha escogido para esposas suyas? ¿Con qué determinación no debéis apartar vuestras miradas de todas las creaturas para ponerlas solamente en Él? ¿con qué resolución no debéis arrancar de vuestros corazones los afectos a las cosas terrenas, por amables que sean, para ofrecérlos a Él primero? Yo veo que, el Apóstol San Pablo, después de haber contemplado la hermosura de Jesucristo cuando se le apareció en el camino de Damasco, ya no tuvo corazón para amar ni ojos para ver las creaturas. Todos los encantos, todas las magnificiencias de la Creación que hasta entonces podían cautivar sus miradas y ganar los afectos de su corazón, le parecían, no sólo indignos de llamar su atención, sino dignos de aborrecimiento, como lo es el estiércol. La vista de Jesucristo, que le ganó sus afectos, colmó su corazón de un soberano desprecio a todas las creaturas. Y San Francisco de Asís, en sus éxtasis admirables, contemplando la belleza de su Amado, solía exclamar: “El amor de Jesuscristo me quita el gusto para todo; las creaturas no tienen atractivo alguno para mí; ni los ángeles ni los arcángeles pueden colmar las ansias de mi corazón; los rayos del sol, cuando contemplo el resplandeciente rostro de mi Amado, me parecen densas tinieblas”. Siendo Jesucristo tan bello y habiéndolo escogido ya por Esposo, ¿podréis aún, hijas mías, abrir vuestro corazón al amor de las creaturas? ¿podréis todavía juzgarlas dignas de vuestro aprecio y estima?
Cuando Santa teresa de Jesús tuvo la dicha de ver la mano de este Esposo divino, aunque atada a la columna e hinchada por el apretar de las sogas quedó transportada y fuera sí al contemplar tan gran belleza, y le pareció imposible amar en adelante las creaturas y no tener a las cosas del mundo por lo que son: basura pura nada. Y aun cuando todas las bellezas creadas estuviesen reunidas junto con otras hermosuras posibles, para formar con todas ellas una solo hermosura y belleza, no se hubiera dignado detenerse a mirar tan estupenda maravilla: tan grande admiración y pasmo le había causado la mano del Salvador.
¡Oh amadas esposas del Hijo de Dios! procurad también vosotras alimentar en vuestros corazones
los mismos sentimientos para con vuestro celestial Esposo; debéis renunciar, no sólo al amor, sino
también a mirar cualquier belleza que sea inferior a la de vuestro amado Esposo. De los discípulos de Pitágoras se refiere que después de haber contemplado la luz del sol, que ellos miraban como a su dios, acababan por arrancarse los ojos, para no profanarlos con la vista de otros objetos. La incomparable belleza de vuestro Esposo ¿no acabará con vosotras para obligaros a cerrar los ojos, de suerte que no volváis a abrirlos para mirar, aunque no sea más que de paso, los frágiles y miserables encantos de las criaturas?

2 De la riqueza de Jesucristo



Consideremos ahora si vuestro Esposo, a la dignidad y hermosura de su persona, une la ventaja de las riquezas, y si, por este concepto, se hace acreedor a vuestra elección.
Así como en su dolorosa Pasión, desfigurado y coma leproso, se presenta sin dejar de ser hermoso, así también, bajo el manto de la pobreza oculta una gran riqueza. Es legítirno heredero del Padre Eterno, dandole por herencia todas las cosas, como dice San Pablo. Es heredero de todo lo que su Padre posee, de todos sus haberes, de todas sus riquezas, de todos los tesoros que pueden sacarse de la mina inagotable de la omnipotencia y de la ciencia infinita de Dios. En Él, dice San Pablo, están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Su Padre celestial ha puesto en sus manos todos los tesoros, todas las riquezas, nada se ha reservado, se lo ha dado todo, poniendo este inmenso cúmulo de bienes a su disposición, como dice San Juan: El Padre le ha puesto todas las cosas en sus manos. Todo es suyo, por consiguiente; pero advertid que no sólo es rico y tiene todo a su disposición, sino que Él mismo es el tesoro, la mina, la fuente de tados los bienes que encierra la divinidad; de suerte que Él proceden todas las riquezas, hasta el punto de quedarnos pobres y miserables si no acudimos a Él. Éste es el rico Señor que habéis escogido por Esposo.
Pero bien será entender que estas riquezas, aunque las distribuya con larga mano, no disminuyen ni se acaban, como se acaban y disminuyen los tesoros de la tierra; ni tampoco las tiene ocultas y sepultadas como tienen ocultos sus tesoros los mundanos, los cuales, más bien que señores, son esclavos de sus riquezas. Los esposos del mundo guardan la llave de sus tesoros, y a veces dejan padecer hambre y necesidad a la casa y a la esposa; y ¡desventurada, la que se atreve a pedir o a tomar secretamente una parte pare atender a sus necesidades!
El divino Esposo, por el contrario, es dueño verdadero de sus bienes; pero a la vez, es generoso y liberal, se complace en que su esposa sea dueña de todo, y por esto le abre las puertas de sus tesoros; y mientras más desea, más dispuesto está a concederle; y a medida que ella quiere tomar, le abre más la mano; y cuando ve que la esposa ambiciona más dones y riquezas, más le prodiga sus favores, gozoso de tener ocasión para darle sin tasa ni medida.
Mirad cómo la esposa de los Cantares, que sabe por experiencia cuán amplio y generoso es para otorgar mercedes, nos describe las manos de su Esposo: Sus manos de oro, y como hechas a torno, llenas de jacintos, cargadas de piedras preciosas y de ricos tesoros. La mano, para que sea perfecta, no debe ser redonda, sino larga: "Sean largos los dedos, dice el poeta, sea también la mano larga". Si el divino Esposo es perfecto en todos sus miembros, ¿como es posible que sus manos sean redondas y no largas? y si son redondas o esféricas, ¿cómo pueden ester llenas de gracias? ¿cómo pueden guardar los tesoros que encierran?
Pues en esto cabalmente consiste la perfección de su forma: son redondas y a la vez perfectas; perfectas, porque este Esposo admirable carece de toda irnperfección; son redondas, para declararnos que siempre estan abiertas y cerradas; y como quiera que son redondas, tienen que estar siempre abiertas para derramar sus tesoros. La forma que más se presta al movimiento es la forma redonda; un cuerpo esférico colocado en un plano perfecto está siempre en movimiento; que por esto el divino Esposo tiene las manos esféricas, dispuestas siempre a dar, y siempre redondas, sin poderlas cerrar a quien desea recibir beneficios y favores.
Tal es el Esposo que habéis elegido; todos sus riquezas son vuestras; todos sus tesoros están a vuestra disposición. Él no sabrá rehusaros nada. Todas sus cosas, dice el Apóstol, son vuestras, y vosotras sois de Cristo. Ya que es habeis resuelto a ser de Cristo y a uniros a El con el estrecho vínculo de esposas, vuestro es todo to que posee el celestial Esposo, vuestras todas sus riquezas, vuestros todos sus tesoros.
Pero si es tan rico, ¿por qué se presentó tan pobre en el mundo? Pobre y desnudo nació en un establo; pobre y desnudo murió en la cruz; quiso que sus esposas fueran también pobres; ¿por qué? Se hizo pobre para enriquecer a sus esposas, pero desea a la vez que ellas sean también pobres, para que puedan poseer todas sus riquezas. Bien sabéis, dice San Pablo, cuál haya sido la liberalidad de nvestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, a fin de que vosotros fueseis ricos por medio de su pobreza. Es necesario que lleguéis a comprender esta verdad, sin dejaros engañar por los falaces pareceres de las gentes del mundo; en este momento debéis comprender cuán grande es la merced que os ha hecho Jesucristo, el cual, gozando de todo género de riquezas en el seno de su Padre, apareció en el mundo vestido con el manto de pobre, para distribuir entre vosotras sus riquezas; y si manifiesta deseos de que, como esposas suyas, os asemejéis a Él en el estado de pobreza, que tomáis por vuestra elección, es para enriqueceros con todos sus tesoros, de los cuales se ha privado por vuestro bien.
Si queréis formaros cabal concepto de la grandeza de este favor, considerar el cúmulo de beneficios que as ha dispensado desde el momento mismo en que, abandonando el mundo, vestis ese humilde hábito. ¡Oh, que ricas y ataviadas debeis parecer con él a los ojos del Padre Eterno y de sus santos angeles! Os habéis despojado de los lujosos vestidos del siglo y habéis renunciado a cuanto poseéis y podéis posser, y vuestro divino Esposo, al vestir vosotras el hábito religioso, ha revestido, no vuestro cuerpo, sino vuestra alma, con las vestiduras preciosas de la gracia.
Yo te vestí, dice el Señor por Ezequiel, con ropas de varios colores. Ha revestido vuestra alma con el traje nupcial tejido por sus manos, es decir, con su divina gracia. Yo te di ceñidor de lino fino. Habéis recibido ceñidor de tosca tela, pero Él os ha dada el cíngulo de la pureza, que es el adorno entre los ángeles el más estimado. Te di calzado de color de jacinto. Habéis calzado vuestros pies con pobres zapatillas, y Él os ha dado calzado fuerte y de lujo, para caminar alegres y regocijadas por la senda de la virtud, levantando vuestros pensamientos sabre todo lo creado. Yo puse un collar alrededor de tu cuello. Ahora cubrís el cuello con sencilla toca, mientras que Él os ha adornado con collar de magníficas perlas, que son los meritos que habéis de atesorar par la santa obediencia. Y adorné con joyas tu frente. Mientras que cubrís la cabeza con pobre velo, os ha escogido para esposas del Rey de la gloria, depositando sobre vuestra frente corona de perlas preciosas, que son los dones del Espíritu Santo. Y extendí sobre ti la punta de mi manto. Cubrís vuestro cuerpo con manto de lana, y Él ha extendido sobre vosotras el manto real de su amor, poniendose a vuestra disposición. Decidme: los esposos del mundo, ¿dan con tanta largueza? ¿prodigan así sus tesoros y riquezas para vestir y adornar a sus esposas?
Tal es el divino Esposo; es rico y da sin tasa y prodiga con amor; y ¿todavía habrá que moveros con exhortaciones, consejos y mil generos de argumentos a que lo escojáis por Esposo? Y ¡no lo abandonaréis todo con gusto y hasta con alegría para disfrutar de sus riquezas, para gozar de sus tesoros? Y ¿no daréis mil acciones de gracias al Señor por haberos llamado a tomar este estado, en el cuál, renunciando a los bienes de este mundo, bienes siempre miserables, aunque fueran reinos e imperios, os disponéis a uniros con un Esposo tan rico y tan pródigo de sus tesoros?



3 FIDELIDAD DE JESUCRISTO

Pero, me diréis, ¿cómo podré yo estar contenta por haber escogido a un Esposo tan amable por sus cualidades y tan codiciado por sus riquezas, si no ha de serme fiel, si ha de abandonarme, si ha de alejarse de mí, tornandome la espalda, como veo y me dicen que lo hace a cada paso con sus esposas más amadas, dejándolas abandonadas a las más dolorosas pruebas interiores? Esto es lo que se ve, en efecto, y se advierte a través de las quejas que exhala la esposa amante del Cantar de los Cantares: Daré, dice, vueltas por la ciudad, y buscaré por calles y plazas al Amado de mi alma. ¡Ay! le busqué y no le hallé. La esposa lo busca con extremada solicitud, con ansiedad y con amor, y sin embargo, el divino Esposo parece insensible a sus angustias y dolores.
Verdad es que a veces obra de esta suerte, pero es para probar la fidelidad de la esposa; se oculta, aparenta huir, para conocer hasta qué punto puede contar con su fidelidad. Parece que la deja abandonada al azar, en poder de los enemigos que la atormentan; pero entonces, más que nunca, la ama y se muestra leal, no consintiendo que sea tentada sobre sus fuerzas, como dice San Pablo, sino que de la misma tentación les hará sacar provecho. Mientras más libertad aparenta dar a sus enemigos para atormentarla, más se une a ella y la defiende, haciéndole acumular más méritos y dándole ocasión de ganar más palmas, al conseguir otras tantas victorias.
Además, Jesucristo promete fidelidad y no puede faltar a su palabra. A todas las almas que se consagran a Él les dice: Ya que te elegí por esposa miá, y tú has consentido en entregarrne tú corazón, te hice un juramento e hice contigo un contrato y te desposaré conmigo para siempre, y mi fidelidad será a toda prueba.
A veces la esposa es infiel y abandona a su Esposo divino; pero jamás acontecerá que Él sea el primero en abandonar a su esposa y faltar a su fidelidad. "Él no abandona, dice el Concilio de Trento, si no es antes abandonado". Pero lo que puede suceder y alguna vez acaece es que, cuando este fidelísimo Esposo es abandonado, menespreciado por una esposa infiel, va en su seguimiento excitándola e invitándola a volver a Él con nuevas promesas y halagos. Cuando los esposos del mundo se ven abandonados de sus mujeres, lejos de ir a buscarlas para reconciliarse con ellas, las destestan para siempre y las repudian. El divino Esposo obra de otro modo; llevado en alas de un extremado amor, se esfuerza por conquistar el corazón de la que lo ha abandonado, la llama, la exhorta, la invita, le promete, le suplica, a fin de que se digne al menos responder a su cariño nunca desmentido.
Esta, verdad puede confirmarse con el ejemplo de la Sinagoga, que de esposa amada del Señor cayó en adulterio, abadonando a Dios para darse a la idolatría, prostituyéndose de este modo no sólo a un demonio, sino a todos ellos. Escuchad las palabras del Señor sobre este particular: "Tu infidelidad ha sido sin medida; me has abandonado y hecho traición, para entregarte a sinnúmero de infames amantes; me has ultrajado con tantos y tan abominables adulterios cuantos son los demonios delante de los cuales te has postrado. Alza tus ojos y mira si hay lugar donde no te hayas arrojado a los pies de tan indignos señores; en todo collado alto y debajo de todo árbol frondoso, te has prostituido cual mujer disoluta. Si en el mundo un marido repudia a su mujer, y ella separada de él toma otro marido, ¿acaso volverá jamás a recibirla, aunque él haya sido el primero en abandonarla? Pues bien, aunque tú me hayas abandonado, hecho traición y vergonzosamente menospreciado, te invito, te exhorto y te ruego a que vuelvas a Mí y yo te recibiré"
¡Cómo, Señor! Vos que sois tan celoso de vuestra honra, ¿recibiréis a esta esposa infiel manchada con tantos adulterios? Yo, responde el Señor, la amaré como antes y la trataré con mi bondad acostumbrada, quiero qua me llame su Padre, y que me trate como a su Esposo y custodio de su virginidad; como si me hubiera guardado fidelidad tan acabada y perfecta como yo le he guardado. Venga sin temor que la abrazará y la estrecharé contra mi corazón, como a niña que no ha perdido la inocencia, coma a virgen que jamás ha atentado contra su pudor.
Así habla el Señor, vuestro divino Esposo, a la ingrata, a la perfidia, a la adúltera Sinagoga; y así habla también al alma que ha tenido la desgracia de serle infiel. ¿Puede darse mayor bondad? ¿puede hallerse caridad más acendrada? Aunque lo dejen, y lo abandonen y lo menosprecien, corre en pos de las esposas que tan villanamente lo trataron, y les ruega que tornen a Él. ¡Ah! cierto es que un Esposo tan amable se ve a veces menospreciado; tiene esposas que ha elegido entre mil con tanta bondad colmandolas de favores tan señalados, y luego, por el afecto que han cobrado a una miserable creatura, lo burlan y lo abandonan. Sí, en el mundo hay esposas de Jesucristo que tienen puesta su afición en vanos objetos, siendo así que deberían, como le fue dicho a Santa Teresa, sentir angustias de muerte al ver que Jesús no es amado de todos los hombres y que es menospreciado por tantos desgraciados, por no juzgarlo digno de su amor.
Tal es la fidelidad del divino Esposo; en cambio, ¿se hallará en este santuario de piedad alguna de sus esposas que, después de haber cifrado en Él todos sus amores, ponga su corazón, sus miradas y sus deseos en algún objeto creado?
Este Esposo, infinitamente hermoso, magnífico y amable, ¿no hallará un rinconcito en vuestro corazón? ¿tan lleno estará de afectos terrenos? Y al contrario, todas las cosas creadas del mundo, ¿no deberían aparecer a vuestros ojos más despreciables que al vil estiércol comparado con su amor?
Es rico, es la misma riqueza, la riqueza, la riqueza eterna, y para, enriqueceros se ha hecho pobre.
¿Habrá alguna esposa suya que no se tenga por feliz al considerar que por su amor lo ha dejado todo, pudiendo decir con verdad: mi esposo es todo mí tesoro, que encierra en sí toda suerte de riquezas?
Es fiel, y le desagrada que vosotras, sus esposas amadas, lleguéis a poner vuestras miradas y vuestros pensamientos en un objeto menos digno de estima que Él.
Éste es el Esposo, amadas hijas, que os habéis escogido. Durante el año de noviciado, en el cual debéis prepararos para concertar con Él vuestras bodas, yo os exhorto a no perder de vista las cualidades de este celestial Esposo, con el que os han de unir lazos indisolubles, y pensando en su majestad y grandeza no os canséis de daros el parabién por la resolución que habéis tomado de menospreciar todas las demás cosas, como indignas de vuestro amor, comparadas con tan supremo bien; esforzaos también por adquirir el tesoro de virtudes, que son el ornato que tales desposorios exigen, sobre todo amor ferviente, desinteresado e inalterable a un Esposo tan bello, tan rico y tan fiel; y no os canséis de decir con Santa Inés: "Sólo a Él quiero amar; a Él me entrego por entera, prometiéndole eterna fidelidad y amor eterno".

CAPITULO V

AVISOS A LOS NOVICIOS PARA ALENTARLOS A PERSEVERAR EN SU VOCACIÓN



La gracia de la vocación y la de la perseverancia en ella son dos gracias muy distintas. Muchos, después de haber recibido de Dios el insigne beneficio de la vocación, se han hecho indignos por su culpa de perseverar en ella. No será coronado, dice San Pablo, sino el que varonilmente peleare. No alcanzará la perseverancia, ni recibirá la corona que Dios tiene deparada a los que perseveran, si no pone de su parte lo que debe para combatir y vencer a sus enemigos. Mantén lo que tienes de bueno en tu alma, dice San Juan, no sea que otro se lleve la corona. Amado joven, ya que por un favor tan señalado del cielo has sido llamado para seguir las huellas del Señor, escucha cómo te exhorta y anima a segirlo: "Procura, hijo mío, conservar la gracia que de mis manos recibiste y si la pierdes, ten por cierto que otro recibirá la corona que para ti tenía preparada".

I TENTACIONES MÁS COMUNES DE LOS NOVICIOS

El que entra en el noviciado, entra al servicio del Rey del Cielo, el cual acostumbra probar la fidelidad de los suyos por medio de tribulaciones y tentaciones, con las cuales permite al infierno que los combata. Y porque eras acepto a Dios, dijo el Ángel a Tobías, fue menester que la tentación te probase. Y el Espíritu Santo, dirigiéndose a los que abandonan el mundo para darse a Dios, les dice: Hijo, en entrando al servicio de Dios, prepara tu alma para la tentación. Por consiguiente, el novicio, al ingresar en el noviciado, debe prepararse, no a recibir consuelos, sino a batallar contra las tentaciones que suscita el infierno contra todos los que se dan por entero a Dios. Y advierta que el demonio tienta con más denodado empeño a un novicio, para que abandone su vocación, que a mil seglares, especialmente si el novicio entra en una Congregación de Misioneros. En esto pone Satanás todo su empeño, porque si el novicio es fiel a Dios, le arrancará de sus manos a millares de pecadores que se salvarán por su ministerio. Y por esto nuestro común enemigo se esforzará por ganarlo de mil diversas maneras, y para mejor engañarlo, pondrá en juego todo género de astucias.
Las tentaciones más comunes de que se vale el infierno para tentar a los novicios y obligarles a abandonar su vocación, son las siguientes:

1 El amor a los parientes

La primera de todas es el amor y cariño a los parientes. Para resistir a esta tentación, bien será recordar las palabras de Cristo, que declara indignos de Sí a los que aman a sus padres más que a Él. El que ama a su padre o a su madre, más que a mí —dice—, no es digno de Mí. Y aseguró el mismo Salvador que había bajado a la tierra, no para poner la paz, sino la división entre los parientes. No vine a traer la paz, dice, sino la espada; vine, pues, a separar al varón de su padre a la hija de su madre. Y aseguro ¿por qué tanta prisa en separar a los que viven unidos entre sí por los vínculos de la sangre? Porque no se le ocultaba a nuestro divino Redentor el gran daño espiritual que unos parientes a otros se causan, y que cuando se trata de la salvación eterna, y especialmente de la vocación religiosa, no hay más crueles enemigos que los parientes, como lo atestigua el mismo Jesucristo, cuando acaba diciendo: Y los enemigos del hombre son sus allegados. ¡Cuántos desventurados jóvenes, por el afán de complacer a sus parientes, han perdido la vocación primero, y después el alma, que es lo que ordinariamente suele acontecer! Llena está la historia de estos desgraciados sucesos. Me contentaré con trasladar aquí algunos.
Refiere el Padre Jerónimo Piatti que cierto día recibió un novicio la visita de un pariente suyo, el cual le habló, de esta manera: "Mira, te hablo así, porque te arno. Atiende y considera que tu delicada complexión no podrá resistir los estudios y trabajos de la religión; por otra parte, puedes dar más gusto a Dios en el siglo, especialmente distribuyendo entre los pobres parte de las riquezas con que el Señor te ha favorecido. Si te obstinas en seguir tu resolución, tendrás que arrepentirte, y a la postre, con gran vergüenza tuya, te veras obligado a salir de la religión, cuando por tu poco talento y quebrantada salud te veas metido a portero o a cocinero. Por tanto, más vale que salgas hoy del monasterio que mañana". Pervertido el joven con estos engaños, abandonó la religión; a los pocos días el infeliz novicio se entregó a todo género de vicios; cayó cierto día en manos de un rival suyo, y en la contienda salieron heridos el pariente y el mal aconsejado muchacho, y los dos murieron de allí a poco en un mismo día, y lo peor del caso fue que el desventurado novicio murio sin confesión, cuando más necesitado estaba de ella.
El Padre Casalichio refiere también que, estando una noche cierto caballero para entrar en casa de una mujer de mal vivir, acertó a oír las campanas Capuchinos, los Padres Capuchinos, que tocaban a Maitines. "¡Cómo! ¿me atreveré yo a pecar, exclamó el caballero, y a ofender a Dios, al mismo tiempo que van a alabarlo éstos sus siervos?". Y oyendo la voz de Dios entró en la religión capuchina; pero la madre movió cielo y tierra para obligarlo a salir de ella. Lo llevó a su casa, y sucedió que a los pocos meses cayó el joven en manos de sus enemigos, lo mataron, y bañado en su propia sangre se lo presentaron a su madre, llevado en una camilla.
Dionisio Cartujano habla tambien de dos novicdos de su Orden que, pervertidos por sus padres, abandonaron la religión; a los pocos días sobrevínoles una peste y todos, padres e hijos, murieron de ella; y, lo que es peor, como advierte dicho autor, murieron con muertes degraciadas.
De otro noble joven refiere el Padre Mancinelli que, a despecho de las caricias y de los halagos de su madre, y venciendo todos los obstáculo, entró en religión con gran fortaleza de ánimo, pero después la madre, a puros ruegos e instancias, acabó por sacarlo del monasterio. Una vez que hubo logrado su loco intento, la madre, para dar al hijo gusto en todo, le hizo tomar lecciones de esgrima. Sucedió que un día, estando ejercitándose con un amigo, éste lo hirió en un ojo, y el infeliz cayó en la arena muerto, sin tener tiempo para confesarse.
El mismo Padre Casalichio refiere que, dando misiones en un lugar vecino a Cosenza, llamado Li Caroli, supo que un joven había entrado en el noviciado de los Padres Capuchinos. El padre del joven se acercó al monasterio con gran estrépito, para que le devolvieran a su hijo. Después envió a un hermano con otros amigos, todos armados, y lo sacaron a viva fuerza; en esta singular hazaña se distinguió un cuñado del joven novicio. A vuelta de un mes murió el padre miserablemante ahogado en el mar, en una furiosa tempestad que se levantó mientras navegaba. A los sesenta días murió el cuñado fuera de su casa, y el desventurado novicio, que no supo guardar con fidelidad su vocación, quedó al poco tiempo cubierto de, una llaga tan asquerosa y repugnante, que por todo su cuerpo manaba la podredumbre; así murió, presa de horribles dolores, y Dios; sabe con qué disposición de alma.
Dos ejemplos se refieren sobre este particular en la vida de San Camilo de Lelis. Un joven entró en el noviciado que en Nápoles tenía la religión fundada por dicho Santo. Su padre lo acosó por todas partes, pero sin exito; el joven permaneció firme en su propósito. Se trasladó a Roma, y el padre se fue trasél y el novicio cedió al fin a le tentación. Al despedirse de él, el Santo le profetizó que ocabaría con muerte ignominiosa, muriendo a manos del verdugo. Así sucedió; casóce el joven, y, arrebatado por los celos, mató a su mujer y a dos criados. Todas las riquezas y tesoros del padre no fueron bastantes para salvarle la vida y arrancarlo de manos de la justicia; y a los nueve años de haber salido de la religión era cortada su cabeza en el mercado de Nápoles.
A otro novicio, que deseaba tornar al siglo, lo amenazó San Camilo de Lelis con los castigos del cielo, y, en efecto, al volver a Mesina al cabo de seis meses murió de repente, sin lograr recibir los Sacramentos.
Está, pues, sobre aviso hermano mío, para que el demonio no te haga perder la vocación por este camino. El Señor, que te ha concedido el señalado favor de abandonar el siglo para consagrarte a su amor, exige de ti, no sólo que abandones, sino también que te olvides de tu patria y de tus parientes. Escucha, hija, y considera, dice por el Salmista, y presta atento oído, y olvida tu pueblo y la casa de tu padre. Escucha, pues, y atiende a las palabras que te dice el Señor, y advierte que, si lo dejas a Él por el amor de tus parientes, experimentarás grandes angustias y remordimientos en la hora de la muerte, al acordarte de que has abandonado la casa de Dios; y al verte rodeado de tus hermanos y parientes, los cuales, lejos de proporcionarte los espirituales auxilios, de que te hallarás tan necesitado, estarán llorando en torno tuyo o importunándote a la vez para que les dejes bien asentada su herencia, sin que ninguno de ellos abra los labios para hablarte de Dios; y con el fin de no aumentar las angustias y congojas que al morir experimentarás, se esforzarán por engañarte y darte vanas esperanzas, muriendo sin haberte preparado para tan supremo trance.
Considera, por el contrario, cuán grande será el contento que experimentarás sí, habiendo sido fiel a Dios, tienes la dicha de acabar la vida en medio de tus hermanos de religión, que te ayudarán a bien morir con sus oraciones y consejos, te animarán a esperar el Cielo, y, lejos de darte vanas esperanzas, te alentarán a morir con alegría.
Considera, además, que si tus padres te aman con sin igual cariño desde hace muchos años, mucho tiempo antes y con más inefable ternura te ha amado el Señor. Tus padres te vienen amando desde hace veinte o treinta años, y Yo, dice el Señor, te he amado con perpetuo amor. Verdad es que tus padres han hecho algunos gastos y padecido no pocas incomodidades por tu causa, y, en cambio, Jesucristo ha dado por tu amor su sangre y su vida. Por consiguiente, cuando se ablande tu corazón al pensar en los abrazos de tus padres, y la gratitud que les debes te mueva a no contristarlos, acuérdate que mayor agradecimiento debes al Sefñor, que te ha colmado de gracias y favores. Y para anirnarte, puedes decirte a ti mismo: "Padres míos amadísimos, si os abandono, es por seguir la voz de Dios, que merece ser más amado que vosotros y más que vosotros me ha, amado a mí". Obrando así vencerás en esta terrible tentación de cariño ciego a los padres, tentación que ha sido para muchos causa de perdición en esta y en la otra vida.

2 El temor de perder la salud

Otra tentición con que suele el demonio molestar al novicio es la preocupación de la salud: ¿No vez, le dice, le dice, que con este género de vida perderás la salud y acabarás por ser del todo inútil para Dios y para el mundo?
De esta tentación debe desentenderse el novicio, poniendo su confianza en Dios, el cual, si le ha dado la vocación, le dará también la salud necesaria para conservarla. Y si, como es de suponer, ha venido a la casa del Señor con el único fin de agradarle, debe discurrir consigo de esta manera: "Ni he ocultado ni oculto a los Superiores el estado de mi salud; ellos me han recibido, y si ahora no me despiden, es manifiesta voluntad de Dios que me quede aquí; y si por dar gusto al Señor tengo que padecer y morir, ¿qué importa? ¡Cuántos anacoretas se retiraron a padecer en los bosques, encerrados en lóbregas cuevas! ¡Cuántos mártires no han dado la vida por Jesucristo! Si es del agrado de Dios que yo pierda por su amor la salud y la vida, estoy contento; no deseo ni puedo desear cosa mejor. Así debe hablar el novicio fervoroso, que abriga en su corazón verdaderos deseos de hacerse santo; si alguno no es fervoroso durante el noviciado, tenga por cierto que no lo será jamás en toda su vida.

3 Las incomodidades de la vida común

Otra tentación es no poder soportar las incomodidades de la vida común: comida pobre y mal condimentada; acostarse en duro lecho; dormir poco; no poder salir de casa; guardar silencio y sobre todo, no poder hacer lo que a cada cual se le antoje.
Cuando el novicio se ve asaltado por esta tentación, debera decir lo que San Bernardo se decía a sí mismo: "Bernardo, Bernardo, ¿a qu´w has venido a la religión?". Deberá entonces recordar que no ha entrado en el claustro para llegar vida cómoda y regalada, sino para hacerse santo. Ahora bien, ¿cómo podrá llegar a la santidad viviendo entre comodidades y placeres? No, sino padeciendo y contrariando todos los apetitos de los sentidos. "Creer que Dios admite a su amistad estrecha, dice Santa Teresa, a gente regalada y sin trabajos, es disparate". Y en otro lugar añade: "Almas que de veras aman a Dios no pueden pedir descanso". Por consiguiente, jamás se hará santo el que no esta resuelto a padecer por Dios toda suerte de trabajos.
Y no sólo no alcanzará la santidad, sino que tampoco conseguirá la paz del alma. ¿Quién halló jamás la paz gozando de los bienes del mundo y dando rienda a los sentidos? ¿Acaso los grandes de la tierra que nadan en la abundancia y se bañan en placeres? Éstos, a buen seguro, son los más desgraciados, abrevados de continuo con hiel y veneno. Vanidad de vanidades y aflicción de espíritu llamó Salomón a los bienes del mundo, después de haber gozado de ellos hasta la hartura. Cuando el hombre pone su corazón en estos bienes, mientras más tiene, más ambiciona y nunca se sacia; y al contrario, cuando pone en Dios su felicidad, luego halla en Él paz y descanso. Cifra tus delicias en el Señor, dice David, y te otorgará cuanto desee tu corazón.El Padre Carlos de Lorena, hermano del Duque del mismo nombre, gozaba de tanta paz y contento encerrado en la celda de su convento, que a veces se ponía a bailar de alegría. El beato Serafín de Ascoli, religioso capuchino, decía que no cambiaría un palmo de su cordón por todas las riquezas y honores del mundo. Y Santa Teresa, para alentarnos, dijo: "Cuando un alma se determina a padecer, está acabado el trabajo".

4 Desolación de espíritu

A este prepósito conviene hablar de otro engaño con que el infierno tienta al novicio cuando lo ve sumergido en alguna espiritual desolación: ¿No ves, le dice, que aquí no encuentras la paz? Has perdido la devoción; todo te causa tedio y hastío la oración, la lectura espiritual, la comunión y hasta las recreaciones, señal manifiesta de que el Señor no te ha llamado a la Religión.
Este género de tentación es terrible y espantoso para los novicios recien entrados en el convento y poco acostumbrados a la lucha. Para vencer esta tentación bien será considerar en que consiste la verdadera paz de un alma en este, mundo, que es lugar de mérito y, por consiguiente, lugar de prueba.
La paz del alma no está cifrada, como hemos visto en todos los bienes del mundo, ni tampoco consiste en sentir espirituales consuelos; por que éstos, ni aumentan el caudal de nuestros meritos, ni nos hacen más agradables a Dios. La verdadera paz del alma está únicamente fundada en conformar nuetra voluntad con la de Dios; de aquí resulta qué, la mejor paz y el mayor descanso que podemos apetecer, es conformar nuestro querer con el de Dios; aun cuando se sirva tenernos en obscuridad y desolación espiritual. ¡Cuán agradable es a Dios el alma fiel que comulga, ora y se dedica sin ningún consuelo a toda, suerte de ejercicis espirituales, para sólo por complacer al Señor! ¡De cuán subido precio son las buenas obras hechas sin recompensa alguna en este mundo! El Venerable Padre Antonio TORRES escribió de esta manera a un alma desolada: "Llevar la cruz de Jesucristo sin consuelo, no sólo hace correr al alma, sino también volar por el camino de la perfección".
Cuando el novicio halle su corazón árido y seco, debe decir: "Señor, ya que es vuestra voluntad que viva desolado y privado de todo consuelo, así lo quiero yo también por todo el tiempo que fuere de vuestro agrado; no quiero abandonaros, y dispuesto estoy a padecer estas angustias y trabajos durante mi vida y por toda la eternidad, si así to dispone vuestra voluntad; bástame saber que Vos así lo habéis dispuesto".
De este modo debe hablar el novicio que de veras quiere amar a Dios; pero advierta que no siempre vivirá bajo el peso de la prueba. El demonio, para desalentarlo, le hará ver que no tendrán fin sus trabajos, y que vendra un día a caer en desesperación por faltarle ánimo para la lucha. Éstas son las horribles tempestades que levanta Satanás en el alma desolada y sumergida en tinieblas. Pero no hay que perder la calma, por que ya lo dice el Señor: Al que venciere le daré a gustar maná escondido. Los que han soportado con paciencia el combate de la sequedad espiritual, y han vencido las tentaciones que les ha suscitado el infierno para obligarlos a volver atrás, serán del Señor consolados, dándoles a gustar un desconocido manjar, es decir: la paz interior, que, como dice San Pablo; sobrepuja todo encarecimiento. El poder decir: Yo hago ahora la voluntad de Dios, doy gusto a Dios, es un género de contento que vence a todos los que puede dar el mundo, con todas sus diversiones, festines, teatros, banquetes, honores y grandezas. No pueden faltar las promesas que el Señor ha hecho a los que lo abandonaron todo por su amor y el Señor ha dicho: Cualquiera que habrá dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, a esposa, hilos o heredades par causa de mi nombre, recibirá cien veces más, y poseerá después la vida eterna. Promete, pues, el Señor el cielo en la otra vida, y el céntuplo en la presente; pero ¿en qué consiste este céntuplo? Consiste cabalmente en el testimonio de la buena conciencia, que aventaja y con creces supera a todos los placeres del mundo.

5 Dudas sabre la vocación

Pero no hemos terminado todavía; réstanos hablar aún de las tentaciones mas peligrosas; de las que hasta ahora hemos tratado están fundadas en carne y sangre, y luego se echa de ver que son tentaciones del demonio, y por eso con el socorro de la gracia divina facilmente pueden conocerse y vencerse. Las tentaciones más temibles son las que se presentan con capa de piedad y mayor bien; porque así ocultas y solapadas, más fácilmente seducen y engañan a los incautos.
La primera tentación de este género suele engendrar dudas sobre la vocación. El demonio turba la mente del novicio con estas o parecidas razones: ¿Quién sabe si tu vocación es verdadera, o si es mero capricho tuyo? Ahora bien; si Dios no te ha llamado a la Religión, te faltarán las gracias necesarias para perseverar en ella; y bien pudiera suceder que después de hechos los votos te arrepientas y acabes por apostatar, y entonces ni en el mundo alcanzarás la salvación, y en este caso tu perdición está segura.
Para combatir esta tentación bastará saber cómo y cuándo puede uno estar seguro de su vocación. Una vocación bien fundada debe tener tres condiciones: primera, proponerse un buen fin, es decir, alejarse de los peligros del mundo, asegurar mejor la salvación del alma, unirse a Dios con más apretado lazo de amor; segunda, que no haya algún estorbo positivo que impida seguir la vocación, como sería la falta de salud, de talento, la pobreza de los padres; una vez que el sujeto haya expuesto a los Superiores con sencillez y llaneza estas cosas, debe permanecer tranquilo; la tercera, que lo acepten los Superiores. Ahora bien; concurriendo estas tres cosas, el novicio debe tener por cierto que su vocación es verdadera.

6 Que en el siglo era más piadoso

Otra tentación puede tener el joven: que en el siglo ha llevado vida piadosa y recogida. "Cuando vivías en el mundo, le insinuará el espíritu maligno, te dabas más a la oración, te mortificabas más, guardabas más estrecho retiro y silancio, dabas más limosna, etcétera. Ahora estás atado para ejercitarte en tan santas obras, y cuando sa acabe el noviciado lo estarás más todavía, porque entonces tendrás que consagrarte al estudio; los Superiores te confiarán los oficios de la Comunidad y la obediencia te pondrá en otros ministerios, todos ellos origen de no pocas distracciones".
¡Engaño manifiesto de Satanás! El que da oídos a esta tentación es señal de que todavia no ha llegado a comprender cuán grande sea el merito de la obediencia. Decía Santa María Magdalena de Pazzis que todo lo que se hace, en una casa religiosa es oración. Por otra parte, el que ofrece a Dios limosnas ayunos y penitencias, le da parte de lo que tiene, no se lo da todo; mejor diré: le da sus cosas, pero no se da a sí mismo; mas, por el contrario, el que renuncia a su voluntad por el voto de obediencia, se ofrece a Dios por entero, de tal suerte, que le puede decir: "Después de haberos, Señor, consagrado mi voluntad, ya no tengo más que ofreceros". La privación mayor para el hombre es privarse de su propia voluntad, y por esto cabalmente es el don más precioso que podemos ofrecer a Dios y que el Señor nos pide con más instancia diciéndonos: Hijo mío, dame tu corazón, es decir, tu voluntad. Por esto dice también el Señor que en más estima la obediencia que todos los sacrificios que podamos ofrecerle. De suerte que el que se entrega a Dios por la obediencia alcanza, no una, sino todas las victorias a la vez sobre los sentidos, los honores, riquezas, placeres mundanos y sobre todo lo demás. Ya lo dijo el Sabio: El varón obediente cantará victorias.
El que vive en el mundo gana méritos, sin duda, ayunando, mortificándose, orando, etc.; pero como quiera que todo esto lo hace por propia elección y voluntad, gana mucho menos que el religioso, que obra siempre impulsado por la obediencia. Así que el religioso atesora meritos para el cielo, no solo cuando reza y ayuna y se da la disciplina, sino también cuando estudia, cuando sale de paseo, cuando va a la mesa o está en recreación o se retira a descansar. Decía San Luis Gonzaga que en la nave de la religión hacen también el viaje los que no bogan ni dan al remo. Por eso vemos con frecuencia a muchas personas, dadas a la piedad y a la perfección, que han querido ponerse debajo de la obediencia, entrando en alguna Comunidad religiosa, convencidas de que el mérito de las acciones hechas por voluntad y elección propia es inferior al de las mismas obras que se hacen por obediencia.

6 En el mundo podría haber ganado más almas para Dios

Una tentación semejante a la anterior, aun más fuerte que ella, puede presentar el demonio al espíritu poco avisado del novicio, haciéndole creer que fuera de la religión podía hacer mayor bien al prójimo. "Has entrado en este Instituto, le dice, donde hay ya tantos sujetos que trabajan por salvar a la almas; mayor provecho podías sacar estando fuera, ayudando a las almas de tu pueblo, que viven tan privadas y destituidas de espirituales auxilios".
El que padece este género de tentación deba advertir que el mayor bien que podemos hacer es aquel que Dios quiere de nosotros. El Señor no necesita de nadie y si quiere socorrer a las almas de nuestro país, mil medios tiene en su mano para consegirlo. Por consiguiente, hermano mío, habiéndote el Señor llamado a la religión, el único bien que de ti espera es que obedezcas a la Regla y a tus Superiores; y si la obediencia te manda estar metido en un rincón como trasto inútil o barrer la casa y lavar la vajilla, éste y no otro es el mayor bien que puedes hacer.
Además, ¿qué bien puede uno hacer en su propio país? Cuando a nuestro amantísimo Salvador lo convidaron a predicar y hacer bien a sus paisanos, respandió: Ningún profeta es bien recibido en su patria. Por lo que mira a las confesiones, suele con verdad decirse que los confesores del país lo son únicamente de pecados veniales, porque las gentes sienten natural repugnancia en declarar sus pecados graves a un sacerdote pariente o conocido suyo, con quien tratan y conversan familiarmente, y por eso prefieren confesarse con sacerdotes extraños. En cuanto a la predicación, ya se sabe que los predicadores del país son de poco a de ningún provecho, sea porque el predicador es paisano, sea porque los oyentes se acostumbran a oír la misma voz. Aunque el predicador fuera tan elocuente como San Pablo, y agradase al principio hasta más no poder, a vuelta de seis meses, o a lo más un año, acabará por desagradar y hacer poco provecho en las alrnas.
Esta es la razón y el porqué los Misioneros sacan gran fruto en los pueblos donde van, porque son forasteros y voces desconocidas. Es cierto que un sacerdote perteneciente a una Comunidad consagrada al ministerio apostólico, y mayormente al ministerio de las misiones, salvará más almas en un mees, o en una sola misión, que si estuviera trabajando en su patria por espacio de diez años. Ademaá, morando siempre en un mismo lugar, solo a las almas que allí viven puede extenderse su celo; mientras que predicando misiones, puede salvar a las de de ciento y mil poblaciones distintas. Añádase a esto que, viviendo en el siglo, anda uno dudoso e incierto, por ignorar si Dios quiere de el que se dedique a estas o aquellas obras; al paso que, viviendo en la religión, mientras obedezca a los Superiores esta seguro de que en todas sus acciones da gusto al Señor. Sólo los religiosos son tan felices, que con toda verdad pueden decir con Baruc: Dichosos somos nosotros, ¡oh Israel!, porque sabemos las cosas qua son del agrado de Dios.

8 No estoy llamado a la vida activa


Finalmente, el demonio pretende con un nuevo género de tentación ganar a las almas qua han sido favorecidas por Dios con espirituales y sensibles consuelos, con el don de lágrimas y otras gracias extraordinarias. ¿No ves, le dice, que no estás llamado a la vida activa, sino a gozar de la contemplación, de la soledad y de la unión con Dios? Es menester, por consiguiente, que te dediques a la vida contemplativa, o que a lo menos te retires a un lugar solitario: esta y no otra es tu vocación.
Si a mi me tentase el demonio con esta tentación, le respondería: "Puesto que me hablas de vocación, yo debo seguir la que Dios me ha dado y no tus sugestiones y mis caprichos. Habiéndome el Señor llamado a esta Congregación de misioneros, ¿quién me asegura que el abandonarla es inspiración de Dios y no tentación manifiesta?".
Lo mismo te digo a ti, hermano mio; no hay duda que el Señor llama a unos a la vida contemplativa y a otros a la vida activa; pero habindote llamado a una religión consagrada al ministerio apostólico, debes tener por cierto que la vocación a otro género de vida no viene de Dios, sino del demonio, que pretende por este medio hacerte perder tu verdadera vocación. Decía San Felipe Neri que no se debía abandonar un estado bueno por otro mejor sin estar seguros de que tal es la voluntad de Dios; para no equivocarte, deberías estar más que moralmente cierto de que es voluntad del Señor que tomes otro estado; pero ¿quién te dará esta certidumbre, sobre todo cuando tu Superior y tu Director espiritual están de acuerdo para decir que padeces engaño y tentación?
Además, no debes olvidar, como enseña Santo Tomás, que si bien la vida contemplativa, en si misma considerada, es más perfecta que la activa, esto no obstante, siempre será verdad que la vida mixta, o sea la oración y la acción, es la más perfecta, por ser la que llevó Jesucristo. Ahora bien: las comunidades de Misioneros bien reguladas viven esta vida mixta, dedicando muchas horas cada día a la oración y al silencio. Por lo cual estos Religiosos pueden decir con toda verdad que mientras están fuera de casa son misioneros, y viviendo dentro de ella viven como solitarios.
Así, pues, hermano mío, no te dejes engañar con estos especiosos pretextos de Satanás; y ten por cierto que si abandonas tu Instituto, te arrepentirás, como a tantos otros aconteció, y sólo conocerás tu yerro cuando ya no puedas remediarlo; porque el que sale una vez de la religión, a duras penas será
otra vez recibido en ella.

II MEDIOS PARA CONSERVAR LA VOCACIÓN

El primer medio es evitar las faltas deliberadas. Téngase muy en cuenta que el demonio se esfuerza mucho en hacer pecar al novicio, no tanto por el mal que entraña la culpa, cuanto para hacerle perder la vocación; porque ya es sabido que cometiendo faltas deliberadas, pronto se comienza a perder el fervor en la oración, en la comunión y en todos los demás ejercicios de piedad. El Señor, por su parte, con sobrada razón no será tan generoso en otorgarle sus gracias y favores, según aquella ley general de su Providencia de que nos habla San Pablo, cuando dice: Quien escasamente siembra, cogerá escasamente. Esto acaecerá especialmente a los orgullosos; porque al paso que Dios resiste a los soberbios, el demonio va ganando sobre ellos mayor ascendiente. Y así vendrá a suceder que, aumentando por una parte la tibieza del novicio, y viéndose por otra privado de la luz divina, no será difícil al infierno conseguir su intento; el de hacerle perder la vocación.
El segundo medio es hacer explotar la mina, o sea: descubrir la tentación a los Superiores. Dice San Felipe Neri que "la tentación descubierta está medio vencida". Así como en una llaga cerrada facilmente se forma la gangrega, así también la tentación oculta causa grandes estragos, como lo atestigua la experiencia. En efecto, los que en la tentación no saben qué partido tomar y comienzan a deliberar si han de inclinarse a la derecha o a la izquierda, sin dar cuenta de ello al Superior, casi todos ellos han perdido la vocación. En estos casos hay que hacerse violencia y abrir su corazón a los Superiores; y Dios se complace tanto en este acto de humildad del novicio y en aquella violencia que se ha tenido que hacer, que de repente disipará con un rayo de su luz todas las tinieblas y dudas de su espíritu.
El tercer medio es la oración; recurrir a Dios pidiéndole la santa perseverancia, la cual, como dice San Agustín, se alcanza a puros ruegos. Pero advierta el novicio que se ha sentido llamado por Dios y luego está tentado a abandonarle, advierta, repito, que no debe dirigirse al Señor, diciéndole: "Iluminadme, Señor, para que entienda lo que debo hacer", porque esta luz que pide ya se la otorgó Dios llamándolo; y acontecerá que, pidiéndosela, fácilmente se transformaría el demonio en ángel de luz, logrando fascinarlo y hacerle creer que es luz del cielo el pensamiento infernal de salir de la religión. La oración del novicio debe ser ésta: "Señor, ya que me habéis dado la gracia de la vocación, dadme también la fuerza necesaria para perseverar en ella".
Cierto joven fue llamado por Dios al estado religioso, y tras largas pruebas, el Director aprobó su vocación y el joven entró en un convento; pero los padres lo molestaron tanto, que llegaron a obligarlo a que se retirase a otra parte, para examinar más despacio su vocación. Pero aconteció que, en vez de tornar al convento de donde salió, se volvió a su casa, con gran contento de sus padres y no menos desagrado del Señor. Y cuando le pregunté por qué había caído en error tan lamentable, me contestó que había pedido al Señor que lo iluminase, diciendo: Habla, Señor, que tu siervo escucha, y que al terminar su oración había determinado volver a la casa de sus padres. Yo entonces le contesté: "Te has equivocado, hijo mío; tu vocación era cierta, apoyada en mil evidentes razones; no debías haber dicho: Hablad, Señor, porque Dios ya te había hablado, sino más bien: 'Dadme, Señor, la fuerza, necesaria para seguir vuestra voluntad, ya que os habéis dignado dármela a conocer'. Porque no oraste así al Señor, perdiste la vocación". Que sirva la desgracia de este joven para escarmiento de muchos.
Advierta además el novicio que en el momento de la tentación, momento de confusión y tinieblas, no debe buscar razones para calmar sus inquietudes; ofrézcase de nuevo a Dios y pídale de esta manera: "¡Oh Dios mío! ya que me he entregado del todo a Vos, no quiero abandonaros; ayudadme, no permitáis que os sea infiel". Y repitiendo con más insistencia esta oración mientras más apriete la tentación, y descubriéndola luego, como queda dicho, a los Superiores, suya será la victoria. Encomiéndese entonces de modo especial a la Virgen Santísima, que es la Madre de la perseverancia.
Un joven novicio, vencido por la tentación, estaba ya para salir del monasterio; pero antes se arrodilló en presencia de una imagen de la Virgen, para rezarle un Ave María; al punto se sintió como clavado en el suelo sin poderse mover; agradecido a la Madre de Dios por tan singular favor, hizo voto de perseverar en la religión; después de lo cual se levantó sin gran trabajo, fuese a pedir perdón al Maestro de novicios y perseveró en su vocación. 
Acabo, hermano mío, rogándote muy encarecidamente que, cuando seas tentado contra la vocación, te detengas a considerar estas dos cosas:

Primera, que la gracia de la vocación, con que el Señor te ha favorecido, no se ha dado a muchos compañeros tuyos, tal vez menos indignos que tú de ella; no se lo pagues con ingratitud haciéndole traición, y advierte que, siéndole infiel, te pones en gran peligro de condenarte; y puedes tener por seguro que en esta vida no gozarás de un momento de paz, pues los remordimientos de conciencia despedazarán tu corazón hasta la muerte.

Segunda, cuando la tentación te acometa con más furia y te quiera persuadir el enemigo, que de no abandonar la religión llevarás vida de condenado, que te arrepentirás tarde o temprano, que tendrás que dar cuenta a Dios de tu rebeldía, y otras cosas semejantes, ya indicadas más arriba, trae entonces a la memoria el punto y hora de la muerte y reflexiona que, si ahora te hallases en aquel duro trance, no te arrepentirías de haber seguido tu vocación; antes al contrario, gozarías de suma paz e indecible contento, al paso que experimentarías amargas angustias y grandes pesares de haber sido infiel a la voz de Dios. Si este pensamiento no se te cae de la memoria, no te perderás; durante la vida disfrutarás de tranquila paz, y en la hora de la muerte recibirás la corona de la gloria que Dios tiene preparada para sus fieles servidores.

Ofrecimiento y oración que con frecuencia debe hacer el novicio para alcanzar la perseverancia en su vocación

¡Oh Dios mío! ¿quién podrá jámas daros las debidas gracias por haberme llamado con tan grande amor a formar parte de vuestra familia? ¿Merecía yo, Señor, tan grande beneficio, después de haberos tantas veces ofendido? Mientras que muchos de mis compañeros permanecen en el mundo, rodeados de tantas ocasiones y peligros de condenarse, yo he sido llamado a vivir en vuestra casa, en compañia de tantos siervos vuestros, donde hallo mil medios y ayudas para hacerme santo. Espero, Señor mío, agradeceros tan gran merced en el Cielo, durante toda la eternidad, donde cantaré sin cesar las misericordias que conmigo habéis usado. Entre tanto, vuestro soy y siempre lo quiero ser; y aunque ya os entregué cuanto soy y tengo, vuelvo a renovar esta mi ofrenda. Resuelto estoy a seros fiel y a no abandonaros jamás, aunque tuviera, que perder mil vidas. Aquí me tenéis, dispuesto a seguir sin reserva vuestra santísima voluntad. Haced de mí lo que os agrade; y si queréis que viva desolado, enfermo y menospreciado, gustoso lo aceptaré todo; tratadme como queráis; a mi me bastes saber que os obedezco y os doy gusto. Sólo os pido que me concedáis la gracia de amaros con todo mi corazón y de seros fiel hasta la muerte.
¡Oh María, amadísima Madre mía! Vos me habéis alcanzado de Dios cuantas gracias he recibido de su piadosa mano: el perdón de mis pecados, la vocación a la vida religiosa y la fuerza para obedecer a ella; acabad, pues, vuestra obra, alcanzándome la perseverancia hasta la muerte. Así lo espero, así sea.

Memorial del novicio para conservar el fervor

Cuando seas reprendido o acusado, no te defiendas y procura amar con particular afecto ante Dios al que te acusa o te reprende.
Ama la humildad en todo: en los oficios, en el vestido, en la celda, en el alimento, etcétera. Sin ser preguntado no te adelantes a dar tu parecer.
Mortifícate en todo, siguiendo los dictamenes de la prudencia y de la obediencia: en el comer, dormir, mirar, oír, etc etc.
Guarda gran recato y modestia contigo y con los demás; no toques con la nano a los otros ni fijes en ellos tus miradas; guarda gran modestia de los ojos, sobre todo en la iglesia, en la mesa, en las recreaciones y en los paseos.

No hables, a no ser que la gloria de Dios, la utilidad propia o ajena te obliguen a ello; y cuando tengas que hablar, sobre todo en la recreación, no alces demasiado la voz; evita las disputas y las conversaciones sabre el lustre de la familia, sobre el talento y las riquezas, y todos los vanos discursos relacionados con la comida, caza, juegos, guerras, honores y bienes adquiridos y otras cien cosas que tienen sabor seglar y mundano. Procura, al contrario, mezclar en la conversación devotas pláticas, hablando de la vanidad del mundo, del amor que debemos a Jesús y a María, de la gran dicha de los Santos y del modo de adelantar en la virtud.
Si caes en alguna, falta, humíllate luego y arrepiéntete, y recobra luego la calma.
No desees nada contrario a la voluntad de Dios; no le pidas consuelos espirituales, y en las sequedades humillate y resígnate, diciendo: "No merezco, Señor, gozar de vuestros consuelos; estoy contento viviendo así toda mi vida".
Levanta con frecuencia el corazón a Dios, haciendo fervorosas jaculatorias; las siguientes pueden a ello ayudarte:
¡Dios mío, sólo a Vos quiero amar!
Dadme a entender lo que de mí queréis, que dispuesto estoy a cumplirlo.
Haced de mí lo que os agrade. Quiero todo to que Vos queréis.
Dadme vuestro amor y luego disponed de mí como fuereis servido. Jesús mío, os amo, os amo, os amo.
Daos a conocer, haceos amar de todos los hombres. Renuncio a todo; Tú solo me bastas.
¡Mi Dios y mi todo!
¡Viva Jesés, nuestro amor, y María, nuestra esperanza!
¡Oh buen Jesús, seas por siempre bendito y alabado! Mi vida fue causa de tu muerte, tu muerte me dio la vida.

CAPÍTULO VI

CARTA DE SAN ALFONSO A LOS NOVICIOS DE SU CONGREGACIÓN, EN LA CUAL LES HABLA DEL APRECIO QUE DEBEN HACER DE SU VOCACIÓN Y DE LOS MEDIOS QUE DEBEN EMPLEAR PARA CONSERVARLA




¡VIVAN JESÚS, MARÍA, JOSÉ Y TERESA!
Nocera de Pagani, 28 de Enero de 1762.

Amadísimos hermanos míos: Sólo Dios sabe lo mucho que envidio vuestra suerte. ¡Ojalá que hubiera yo tenido la dicha de retirarme desde mi juventud a la casa de Dios, para vivir en compañia de tan buenos hermanos, que unos a otros se estimulan a amar a Dios con todo su corazón, y alejados del mundo maldito, donde tantos se pierden!
Os envidio, pues, y os exhorto a dar a Dios muy rendidas gracias por la merced que os ha dispensado de abandonar el mundo por su amor.
Éstas son mercedes que no a todos se conceden. ¡Cuántos amigos y compañeros vuestros viven ahora en vuestro pueblo, distraídos, inquietos, cercados de mil peligros y acaso muy alejados de Dios!; porque habéis de advertir que es harto difícil que la juventud, en medio del mundo, no acabe por caer en la esclavitud del demonio.
Pero, velad y estad alerta, porque el enemigo no se cansa de inventar medios para haceros perder la vocación. Si en este negocio logra su intento, todo lo da por bien empleado.
Todos debéis estar convencidos de que seréis probados y tentados con toda suerte de tentaciones. Entonces no os detengáis a discutir con la tentación; no os queda más remedio que acudir a Dios diciendo: "Señor, que me he entregado a Vos, no quiero jamás abandonaros; aunque todos os abandonasen, yo nunca os dejaré".
Acudid de modo especial a María Santísima, que se llama la Madre de la perseverancia. El que en todas sus luchas acude a la Virgen, no es posible que pierda jamás la vocación.
Tened por cierto que el que muere en la Congregación, no sólo se salvará, sino que también se salvará como santo y ocupará en el Cielo un gran trono de gloria.
Uníos, pues, más y más cada día a Jesucristo con los dulces lazos del amor; el amor es aquella cadena de oro que estrecha las almas con Dios, uniéndolas con tan apretado lazo, que ya no pueden separarse de Él. Por esto os recomiendo que hagáis siempre actos de amor en la meditación, en la comunión, en la visita al Santísimo Sacramento, en la lectura espiritual, en la celda, en el refectorio, en el paseo; en una palabra, en todos los lugares y en todos los tiempos.
El que ama de veras a Jesucristo no teme perderlo, y por su amor se abraza generoso con todo género de trabajos, desprecios y privaciones. El que por esta senda no camina, fácilmente perderá la vocación, que es la mayor desgracia, amados hermanos míos, que os puede acontecer. Por esta causa pido a Dios que os envíe la muerte antes que perdáis vuestra vocación, pues tamañaa desventura sería fuente y origen de muchas otras desgracias.
Sabed que, perdida la vocación y vueltos otra vez al mundo, haciéndoos sordos a la voz de Dios, os faltará el valor de hacer oración, porque en ella la conciencia os recordará de continuo vuestra infidelidad; de suerte que, abandonando la oración, cosa harto fácil, y metidos de nuevo en el mundo, rodeados de malos amigos, cercados de ocasiones y privados de las especiales gracias del Señor, que de ellas acostumbra privar a los que son infieles a su llamamiento, ¿qué será de vosotros durante la vida y por toda la eternidad?
Y aunque lograseis salvaros, que lo veo muy dificultoso, perderéis al menos aquella hermosa corona que el Señor os tenía preparada de haber sido fieles a la vocación. Y tened por cierto que en este mundo llevaréis siempre vida desgraciada, llena de inquietudes y acibarada de continuo por el remordimiento de haber abandonado a Dios por seguir vuestros antojos. Por esto os repito que pido a su divina Majestad que os envíe la muerte antes que permitir tan gran desgracia.
¡Adelante, pues! os bendigo de parte de la Santísima Trinidad, y especialmente en nombre de Jesucristo, que con su muerte os ha conquistado la suma e inapreciable gracia de la vocación.
Os bendigo también en nombre de María Santísima, a fin de que os alcance la santa perseverancia. Os suplico que améis con entrañable amor a la Madre de Dios y que la llaméis siempre en vuestro socorro, si es que deseáis haceros santos.
¡Ánimo y alegría! haceos santos y amad mucho a Jesucristo, que por amor de cada uno de vosotros ha dado su sangre y su vida.
Haceos santos y rogad a Dios por mí, pobre viejo, que al acercarme a la muerte me hallo sin haber hecho nada por Dios; procurad vosotros al menos amarlo por mí.
Espero, antes de morir, veros y abrazaros a todos, después que os hayáis unido a Jesucristo con el vínculo de los santos votos.
Todos los días, y muchas veces al día, os encomiendo al Señor; hacedlo también vosotros por mí. Os abrazo en el Corazón de Jesús y otra vez os bendigo.
¡Vivan Jesús, María, José y Teresa!
Si alguno se siente molestado por alguna tentación contra la vocación —hablo de tentaciones permanentes, no pasajeras— le ruego que me escriba en seguida y no tome resolución alguna antes de recibir mi respuesta; después haga lo que bien le pareciere.