LA SANTIDAD ES PARA TODOS

P.Eliseo García Rubio

Hay una idea bastante extendida, de que la santidad, ser santos, no es para todos, tan solo para unos pocos. Quizás sea por falta de interés sobre el tema, o por falta de conocimiento sobre ello, o peor aun, por falta de fe y de esperanza para creer esto y esperarlo para todos. Creo que lo mas grave de la historia de la Iglesia hoy y siempre, no son las persecuciones, ni los escándalos que se hayan podido dar dentro de ella, ni la falta de vocaciones consagradas, ni el que asistan pocos a Misa, sino el que no se acaba de creer de verdad que estamos llamados todos a ser santos, que podemos, y debemos intentarlo.

Pocas verdades han sido proclamadas por la Iglesia de manera tan solemne y repetitiva como el llamamiento universal de los fieles a la santidad. Si un cristiano no esta convencido de esto va por un camino equivocado que no le lleva a ninguna parte, y no tendría sentido la vocación cristiana.

Dice el Concilio Vaticano II en la (L.G. 39). «Toda la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad según aquello del Apóstol: “Por que es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (1Tes 4,3. Ef 1,4)».

Uno de los hechos más tristes que suelen ocurrir en algunos sectores de la Iglesia, se debe a que se suele ocultar el lenguaje del Evangelio, y este es un lenguaje esencial, necesario. O bien en homilías, o en catequesis, o retiros, no se suelen decir palabras como; santidad cristiana, vocación universal a la santidad, gracia, tentaciones y pecado, cielo e infierno, posibilidad de salvación y posibilidad de condenación, etc. Como si hubiera vergüenza o temor a llamar a las cosas por su nombre, y se usan otras palabras que no son del Evangelio, y que además no dicen nada a quienes lo escuchan, es más, les confunden. Es necesario hoy más que nunca, yo diría urgente, llamar a las cosas por su nombre, y afrontar estos temas que son necesarios y esenciales para un cristiano, porque corremos el riesgo de hablar de cosas de menos importancia, secundarias, y no adelantar nada, y perder el tiempo que Dios nos conceda para que seamos santos. “Ya es hora de despertar del sueño. La noche va muy avanzada y se acerca el día. Dejemos a un lado las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz”. (Rom 13,11,12).

La santidad pertenece a la vida de la Iglesia, y cualquier miembro bautizado puede ser santo, sea cual sea su función dentro de ella. Todo cristiano debe de ser santo porque debe vivir la vida divina, a la que nació por el bautismo, cada día con mayor perfección, siguiendo a Cristo y guiados por el Espíritu Santo. En los primeros escritos de los apóstoles reciben el nombre de santos todos los cristianos por ser hombres elegidos, consagrados y llamados por Dios a la santidad. En la teoría, todos admitimos que cualquier cristiano puede llegar a ser santo, pero en la práctica actuamos convencidos de que podemos conformarnos con ser buenas personas, y poco más. Y un cristiano que no se pone cada mañana en camino para ser santo, será un cristiano triste, fracasado, expuesto a miles de tropiezos y caídas, que le harán marchar por el camino de la vida con el paso cambiado, y tan solo, por no responder a la tarea tan gozosa y hermosa que Dios no ha encomendado. “Sed santos, porque yo, Yahvé, soy santo”. (Lev 19,2).

Dice D. Francisco María López Melús, en su libro de ejercicios espirituales. «Hay que tener en cuenta que estamos en una situación tal que decir que uno aspira a la santidad parece sinónimo de engreimiento y al que proclama que hay que ser santos, se le tacha de poseer una espiritualidad trasnochada y conservadora. Sin embargo, otra bien distinta es mi experiencia cuando está la Basílica del Pilar abarrotada de gente y les digo que hemos de ser santos y que seremos santos; aunque de momento hay alguien que se puede asustar, me voy dando cuenta de que acaban asintiendo y se ven rostros radiantes esperando serlo». (Desierto: una experiencia de gracia, Ed. Sígueme, p. 461).

Catecismo Nº 2013: Todos los fieles cristianos, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Todos son llamados a la santidad. “Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto”. (Mt 5,48).

San Francisco de Sales, anticipándose varios siglos al Concilio Vaticano II, afirma el llamamiento universal a la santidad con estas palabras: «Es un error, mejor dicho, una herejía querer suprimir la vida devota (santidad) de los cuarteles de los soldados, del taller del artesano, de la corte de los príncipes o de la sociedad conyugal. Cierto que la devoción puramente contemplativa, monástica y religiosa no puede desarrollarse en los habientes citados, pero, además de estas tres clases de devoción, existen otras muchas, aptas para procurar la perfección a los que viven en el estado secular. Abrahán, Isaac y Jacob; Tobías, David y Job; Sara, Rebeca y Judit nos dan testimonio de ello en el Antiguo Testamento, y en el Nuevo, San José, Lidia y San Crispín fueron perfectamente devotos en sus talleres; Santa Ana, Marta, Mónica, Aquila y Priscila en sus hogares; Cornelio y los santos Sebastián y Mauricio, bajo las armas; Constantino, Elena y San Eduardo, en el trono. Y es cosa muy cierta que muchos perdieron la perfección en la soledad, siendo ésta tan indicada para adquirirla, y otros la conservaron en medio de la multitud, circunstancia tan poco favorable para ello. Dondequiera que nos encontremos podemos y debemos aspirar a la vida perfecta». (Introducción a la vida devota. Parte I cap 2)

Las amas de casa se santifican en sus obligaciones caseras, los obreros se santifican en las fabricas, el soldado en el ejercito, el enfermo en el hospital, el anciano con sus achaques propios de la vejez, el estudiante en clase, el campesino en el campo, el sacerdote en su actividad pastoral, el funcionario en su despacho, etc. Cada paso hacia la santidad, es un paso más en el sacrificio de cumplir con el propio deber de cada día.

Catecismo. Nº 1724: El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los cielos. Por ello avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios.