INVOCACIÓN A SAN JOSÉ

San José, guardián de Jesús y casto esposo de María, tu empleaste toda tu vida en el perfecto cumplimiento de tu deber, tu mantuviste a la Sagrada Familia de Nazaret con el trabajo de tus manos.
Protege bondadosamente a los que recurren confiadamente a ti.
Tu conoces sus aspiraciones y sus esperanzas.
Se dirigen a ti porque saben que tu los comprendes y proteges.
Tu también conociste pruebas, cansancio y trabajos.
Pero, aun dentro de las preocupaciones materiales de la vida, tu alma estaba llena de profunda paz y cantó llena de verdadera alegría por el íntimo trato que goza con el Hijo de Dios, el cual te fue confiado a ti a la vez que a María, su tierna Madre. Amén.

 

ORACIÓN A SAN JOSÉ PARA PEDIR UNA SANTA MUERTE

Poderoso patrón del linaje humano, amparo de Pecadores, seguro regio de las almas, eficaz auxilio de los afligidos, agradable consuelo de los Desamparados, glorioso San José, el último instante de Mi vida ha de llegar sin remedio; mi alma quizás agonizará terriblemente acongojada con la

Representación de mi mala vida y de mis muchas Culpas; el paso a la eternidad será sumamente Duro; el demonio, mi enemigo, intentará combatirme terriblemente en todo el poder del infierno, a fin de que pierda a Dios eternamente;  mis Fuerzas en lo natural han de ser nulas: yo no tendré en lo humano quien me ayude; desde ahora, para entonces, te invoco, padre mío; a tu patrocinio Me acojo; asísteme en aquel trance para que No falte en la fe, en la esperanza y en la caridad.
Cuando tú moriste, tu hijo y mi Dios, tu Esposa y Mi Señora, ahuyentaron a los demonios para que no se atraviesen a combatir tu espíritu. Por estos Favores y por los que en vida te hicieron, te pido ahuyentes a estos enemigos, para que yo acabe la vida en paz, amado a Jesús, a María y a ti, San José. Amen.

Jesús, José y María, les doy el corazón y el alma mía.
Jesús, José María, asístanme en mi última agonía.
Jesús, José y María, reciban, cuando muera, el alma mía.

ORACIONES DE INDULGENCIA A SAN JOSÉ

Concédenos, sagrado San José que siempre bajo tu protección, podamos pasar nuestras vidas sin pecado.

San José, padre adoptivo de Señor Jesús y verdadero esposo de María siempre Virgen, ruega por nosotros.

San José, modelo y patrono de aquellos que aman al Sagrado Corazón de Jesús, ruega por nosotros.

ORACIÓN A SAN JOSÉ ANTES DE LA EUCARISTÍA

Oh José Bendito, a quién se le concedió no sólo ver y escuchar a Dios a quien muchos reyes anhelaron ver y no vieron, anhelaron escuchar y escucharon;
y además llevarle en tus brazos, abrazarlo, vestirlo, guardarlo y defenderlo.

V.: Ruega por nosotros, Oh José Bendito.
R.: Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Oh Dios, Tú que nos has dado un sacerdocio real, te pedimos que así como el Bendito José fue encontrado digno tocar con sus manos y llevar en sus brazos a Tu Hijo, nacido de la Virgen María, seamos también dignos, por la limpieza de nuestro corazón y la inocencia de nuestra vida, con devoción reverente compartir en este día el Cuerpo y Sangre de tu Hijo, y ser contados en este mundo entre quienes consideran dignos de recibir la recompensa eterna.
Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.

ORACIÓN A SAN JOSÉ POR TODA LA IGLESIA

Oh glorioso San José, tú fuiste escogido para ser el padre adoptivo del Señor Jesús, el esposo de María nuestra Madre, siempre Virgen, y la cabeza de la Santa Familia.

Tú has sido también escogido por el Vicario de Cristo como el Patrono celestial y protector de la Santa Iglesia fundada por Cristo.

Protege al Supremo Pontífice y a todos los obispos y sacerdotes en comunión con él.

Sé tú el protector de todos los que trabajan por los fieles
en medio de las pruebas y tribulaciones de este mundo; y concede a todos los hombres ser dóciles a la Iglesia fuera de la cual no hay salvación.

Querido San José, acepta esta ofrenda que te hago.

Sé mi padre, protector y guía en el camino de la salvación.

Obtenme la pureza de corazón y el amor para fortalecer mi vida espiritual.

Que siguiendo tu ejemplo, todas mis acciones sean ofrecidas para mayor gloria de Dios, en unión con el Divino Corazón de Jesús y de María.

Finalmente, ruega para que pueda yo compartir la paz y el gozo de tu santa muerte. Amén.

SANTIDAD Y PUREZA

Oh José bendito, guardián fiel y protector de las vírgenes, a quienes Dios confió a Jesús y María, te imploro por el amor que les tienes, me guardes de la infidelidad de alma, cuerpo y espíritu, y siempre les sirva en santidad y pureza de amor. Amén.

BENDITO SEAS SAN JOSÉ

¡Bendito seas San José, que fuiste testigo de la Gloria de Dios en la tierra.

Bendito sea el Padre Eterno que te escogió.

Bendito sea el Hijo que te amó y el Espíritu Santo que te santificó.

Bendita sea María que te amó!

Visitas al Patriarca San José (San Alfonso María de Ligorio)

Qué Ángel o que Santo, dice San Basilio, ha merecido ser llamado Padre del Hijo de Dios? Sólo San José tiene derecho a este título incomparable. Con este sólo nombre de Padre, fue José fonrado por Dios más que los Patriarcas, Profetas, los apóstoles y los Pontífices, ya que todos estos tienen el nombre de siervos; mas San José lleva merecidamente el nombre de Padre.

¡Oh glorioso Patriarca! Yo venero en Vos al elegido de eterno Padre para que compartiese con Él la altísima e incomparable autoridad que goza sobre su Unigénito Hijo. Hacedme experimentar vuestra gran privanza con Dios, y vuestra tierna caridad para conmigo, alcanzándome todas las gracias que necesito para conseguir la eterna salvación.

Jaculatoria.— San José, Padre adoptivo del Hijo de Dios, rogad por nosotros.

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Habiendo Dios destinado a San José para ejercer el noble cargo de padre sobre la augusta persona del Verbo encarnado, debe tenerse por cierto que le confirió todas las dotes de sabiduría y santidad que le eran menester para ello.

¡Oh, bienaventurado Patriarca! Vos que ahora estáis en el Cielo, cerca de vuestro amado Jesús, tened compasión de mí, que vivo todavía en este valle de miseria, rodeado de tantos enemigos y siempre expuesto al peligro de perder la gracia de Dios. Socorredme, pues, amorosamente; cubridme con las alas de vuestro poderoso patrocinio, y no dejéis de protegerme hasta que me halle en posesión de la patria bienaventurada.

Jaculatoria.— Alcanzadme, glorioso San José, las gracias que necesito para mi salvación.

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Según San Juan Damasceno, el Señor dio a San José, con el fin de falicitarle su cargo cerca de Jesús, las tres principales cualidades de un excelente padre, esto es: el amor, la vigilancia y la autoridad. Diole la autoridad de padre para que el Hijo de Dios le obedeciese en todas las cosas; la solicitud y vigilancia de padre, a fin de que le asistiese y custodiase con todo cuidado tan precioso tesoro; y, finalmente, le dio el afecto de un tiernísimo padre.

¡Oh, Santo Patriarca! Vos, que tanto deseáis ver amado a Jesús, alcanzadme un ardiente amor para con este Redentor divino.

Jaculatoria.— Protegednos, bendito Patriarca, con paternal amor.

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El ejemplo de Jesucristo, que quiso en la tierra honrar a San José, hasta el extremo de sujetarse en todo a su autoridad, debería excitar en nosotros mucha devoción a este gran Santo; pues merece ser muy honrado de los hombres quien por el Rey de reyes fue tan honrado y enaltecido.

Vos sois también nuestro padre, oh glorioso San José, y nosotros vuestros hijos, que ya somos hermanos de Jesús. Por este título tenemos derecho a la ternura de vuestro corazón paternal, y aguardamos confiados vuestra protección en esta vida, y especialmente en la hora de nuestra muerte.

Jaculatoria.— Concedednos la gracia de implorar vuestro patrocinio con filial confianza.

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Pasmados quedaron los hebreos cuando Josué mandó al sol que se detuviese y vieron que el sol le obedeció. Mas, ¿qué comparación puede caber entre Josué, que se ve obedecido del sol, criatura inanimada, y José, que se ve obedecido de Jesucristo, que es el mismo Hijo de Dios?

Humildísimo San José: ¡cuáles serían los sentimientos de vuestro corazón, cuando veíais a Dios sometido a vuestras órdenes!

Oh, poderoso abogado de nuestras almas: rogad por mí a este divino Redentor, decidle que me perdone mis pecados; decidle también que me desprenda de las criaturas y de mí mismo; decidle, en fin, que me encienda en su santo amor, y después disponga de mí como le agrade.

Jaculatoria.— Alcanzadme que obedezca siempre la voluntad de Dios.

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Tal era la sumisión que el Niño Jesús profesaba a San José, que no daba un paso, no comenzaba una oración, no gustaba bocado, ni descansaba sino conformándose con las órdenes del Santo. Esto lo reveló Dios mismo a Santa Brígida, diciéndole: “Mi Hijo era de tal modo obediente, que cuando José le ordenaba que hiciese algo, al punto ponía manos a la obra.”

¡Oh, Santa Patriarca!, yo también quiero dedicarme a vuestro servicio. Mandadme lo que queráis, pues espero obedeceros en todo, buscando solamente la gloria de Dios y mi propia santificación.

Jaculatoria.— Haced, San José gloriosísimo, que siempre sirva yo fielmente a Jesús, a María y a Vos.

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SI bien San José no tuvo en la tierra la formal autoridad de un verdadero padre sobre la Humanidad sacrosanta de Jesucristo, la tuvo al menos en algún modo como legítimo Esposo de María, Madre natural del Salvador. Principalmente quiso el Señor que la Virgen se desposase con el Santo Patriarca, para que éste protegiera su honor y alimentase a su divino Hijo.

Yo venero en vos, admirable San José, la persona escogida por el Espíritu Santo, que quiso confiaros a su Esposa inmaculada, dándoosla por compañera. ¡Oh, castísimo Esposo de María y Padre adoptivo de Jesús!, recomendad a entrambos eficazmente mi alma, y alcanzadme la gracia que más necesito.

Jaculatoria.— San José, amparadme ahora y en la hora de mi muerte

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No sé –decía Santa Teresa- cómo se puede pensar en la Reina de los Ángeles, en los años que pasó con el Niño Jesús, sin dar gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos.” Sí, porque el Santo Patriarca estuvo siempre al lado de María para asistirla y ayudarla en todas sus necesidades, así en Nazaret, como en todas partes.

¡Oh, bienaventurado San José!: por aquel mutuo amor que siempre reinó entre Vos y vuestra santísima Esposa María, alcanzadme la gracia de servirla fielmente; de honrarla y amarla con todas mis fuerzas; amadla Vos, bendecidla y glorificadla por mí, a fin de que por vuestro medio se le tribute el culto que se le debe y yo no puedo dignamente darle.

Jaculatoria.— Concededme, San José celosísimo, que honre y sirva a Jesús y a María como Vos los servisteis y honrasteis.

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Toma al Niño.” Estas palabras del Ángel dirigidas a San José, parecen ser la aplicación del verso 14 del salmo 10: A tu cuidado se ha dejado el pobre. “José –dice Dios-, yo he enviado a mi Hijo a la tierra y le he enviado en traje pobre y humilde, sin ningún esplendor aparente de riqueza ni de nobleza; por esto será despreciado en el mundo, y será llamado hijo de artesano. A tu cuidado he dejado el pobre: cuídale y séme fiel.”

¡Oh, afortunado Patriarca, alcanzadme que prefiera despreciar todos los honores y anteponga la pobreza a toda riqueza terrena!

Jaculatoria.— Aprended de mí, que soy manso y humilde corazón.

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Dios constituyó a San José jefe y cabeza de la Sagrada Familia de Nazaret, reducida en número, pero grande por la altísima dignidad de los personajes que la componían. En aquella casa José manda, y el divino Hijo obedece. Esta sujeción de Jesucristo, a la vez nos demuestra su incomparable humildad y la gran dignidad de José, superior a la de todos los demás Santos, si se exceptúa a la divina Madre.

Recibidme, ¡oh, excelso Patriarca!, en el número de vuestros siervos, y mandadme según os plazca, que yo procuraré obedeceros prontamente.

Jaculatoria.— San José, tutor y custodio de la Sagrada Familia, orad por mí.

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Escribe San Bernardo que José fue aquel siervo fiel y prudente, escogido para ser no sólo el apoyo de la Madre de Dios y del mismo Jesucristo, sino también el fidelísimo cooperador del gran consejo. La salvación de los hombres, la redención del mundo, fue, en efecto, la obra del gran consejo de las tres Personas de la Santísima Trinidad; y José fue elegido para cooperar en cierto modo a esta obra divina.

Protector mío San José, os ruego humildemente que me hagáis, como Vos, diligente y fiel en el cumplimiento de los deberes de mi estado.

Jaculatoria.— San José bendito, guiadme al Cielo.

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San José es llamado en el Evangelio hombre justo, hombre perfecto, que posee todas las virtudes. Poseía, por consiguiente, José, fe viva, esperanza firme, caridad ardiente para con Dios y el prójimo, humildad profundísima, y todas las demás virtudes.

¡Oh, gran Santo, modelo perfectísimo de jsuticia y santidad!, dignaos alcanzarme las virtudes que poseísteis Vos en tan alto grado, y sobre todo un amor ardientísimo a Jesucristo y a su santísima Madre.

Jaculatoria.— Guiadme, santo Esposo de María, por la senda de la perfección.

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Si la voz de María bastó para santificar al Bautista y llenar del Espíritu Santo a Isabel, ¿a qué santidad tan elevada no subiría la bellísima alma de José, conversando por espacio de tantos años con la Madre Dios? Y si María es la dispensadora de todas las gracias que Dios concede a los hombres, ¿con cuánta profusión no enriquecería de ellas a su castísimo Esposo?

Amado San José, Vos que fuisteis tan distinguido y privilegiado en la participación de las grandezas de María, alcanzadme que también yo conozca sus virtudes para imitarlas y sus esclarecidos privilegios para honrarla y amarla con todas mis fuerzas.

Jaculatoria.— Alcanzadme la gracia de amar, servir e imitar a María Santísima.


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Pasó José –dice San Lucas (2, 4)- desde Nazaret a la ciudad de David, llamada Belén; y María dio a luz a su Hijo unigénito, y le envolvió en pañales, y le acostó en un pesebre.” Considera aquí la pena de José aquella noche en que nació el Verbo encarnado, viéndose, con María, echados de Belén, y obligados a guarecerse en un establo.

¡Oh, Santo Patriarca!, por la aflicción que experimentasteis viendo al recién nacido Niño tan pobre, sin fuego y sin abrigo, os ruego que me alcancéis un verdadero dolor de mis pecados, con los cuales fui, or mi desgracia, causa de las lágrimas y de los padecimientos de Jesús.

Jaculatoria.— Haced, Santo mío, que imite la pobreza del Niño Jesús.

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Considera cuál fue el amor y la ternura de José al mirar con sus propios ojos al Hijo de Dios hecho Niño, oyendo al mismo tiempo a los ángeles, que cantaban alrededor de su recién nacido Señor.

Afortunado Patriarca, por aquel consuelo que experimentasteis al ver por vez primera a Jesús Niño tan bello y graciosos, alcanzadme la dicha de que yo también le ame con vivo amor en la tierra, para ir después un día a gozar con Él en el Paraíso.

Jaculatoria.— Concededme, bendito José, constante amor a Jesús y a María.

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Mandó a Herodes que fuesen degollados todos los ninños del término de Belén. Mas Dios quiso librar por entonces a su Hijo de la muerte, y envió un Ángel para avisar a José que tomase al Niño y asu Madre y huyesen a Egipto. Y al punto José emprende aquel viaje largo y penoso.

Santo protector mío, por vuestra pronta y continua obediencia a la voluntad de Dios, alcanzadme la gracia de obedecer puntualmente los preceptos divinos, y que en el viaje de esta vida no pierda jamás la compañía de Jesús y María.

Jaculatoria.— ¡Dichosos los que a Dios obedecen: nunca se extraviarán!

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Considera cuál debió de ser la pena de San José en la huida a Egipto, viendo cuánto sufrían su santa Esposa, no acostumbrada a caminar mucho, con aquel amable Niño, que llevaban, ora el uno, ora el otro, en sus brazos; yendo fugitivos y temerosos de encontrar a cada paso los soldados de Herodes; y todo esto en lo más crudo del invierno.

¡Oh, Padre adoptivo de Jesús!, por aquellos padecimientos que sufristeis en el viaje a Egipto, alcanzadme fuerzas para sobrellevar con perfecta paciencia y resignación todas las incomodidades e infortunios que me sobrevengan en este valle de lágrimas.

Jaculatoria.— ¡Oh, bendito José!, dadme paciencia perfecta en todas las adversidades.

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El Señor ha prometido recompensar a quien en su nombre dé a un pobre un jarro de agua. ¡Cuán grande, pues, habrá sido la recompensa recibida por José, ya que Él puede decir a Jesús: “¡No sólo te he proporcionado con el sudor de mi frente cuanto necesitabas, sino que hasta te salvé la vida, librándote de las manos de Herodes!”

¡Oh, santo Patriarca!, por las fatigas y penas que sobrellevasteis por amor de Jesús, os suplico me alcancéis todas las gracias que necesito, para conformarme enteramente con los designios de la adorable Providencia, y para conseguir la eterna gloria.

Jaculatoria.— ¡Oh, San José misericordioso!, alcanzadme verdadera caridad.

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Considera la pena que experimentó José cuando perdió a Jesús en la visita al templo. ¡Cuál sería su amargura al verse privado de su amado Salvador por espacio de tres días, sin saber si volvería a hallarle, y sin conocer la causa de tal pérdida!

¡Oh, glorioso Patriarca!, por la pena que sentisteis al perder a Jesús, alcanzadme lágrimas para llorar las injurias hechas a mi Señor, de las cuales me pesa de todo corazón.

Jaculatoria.— Ayudadme, San José mío, para que nunca pierda a nuestro buen Jesús.

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María y José sabían cuanto los profetas habían predicho de Jesús; y es de creer que hablarían muy a menudo de su dolorosa Pasión y Muerte, meditándola con ternura.

¡Oh, padre compasivo!, por aquellas lágrimas que derramasteis pensando en la Pasión de Jesús, alcanzadme continua y tierna memoria de los dolores de mi Redentor; y por aquella santa llama de amor, que ardía en vuestro corazón, haced que prenda siquiera una centella de él en mi alma, que con sus pecados tanto contribuyó a los padecimientos de Jesús.

Jaculatoria.— San José, protector mío, haced que el recuerdo de la pasión de Jesucristo me conforte y anime.

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Si los dos discípulos que iban a la villa de Emaús se sintieron inflamados de amor divino en los pocos momentos que acompañaron al Salvador y oyeron sus palabras, ¿qué deberemos pensar de las llamas de santa caridad que se encenderían en el corazón de José conversando por espacio de cerca de treinta años con Jesucristo, acariciándole y recibiendo las caricias de aquel amado Niño?

¡Oh, afotunadísimo San José, que por tantos años tuvisteis la envidiable suerte de beber en la fuente de la divina caridad! Alcanzadme amor fervoroso y perseverante hacia Jesús, que me haga despreciar todo otro amor y me separe totalmente de las criaturas, para unirme estrechamente al Sumo Bien.

Jaculatoria.— Glorioso San José, haced que yo ame a mi Señor Jesús.

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La vida de José en presencia de Jesús y de María, era una continua oración, rica en actos de fe, de confianza, de amor, de completa resignación a la voluntad divina, y de consagración entera de sí mismo a la gloria de Dios. Por eso el glorioso Patriarca, que después de María excedió en mérito y santidad a los demás Santos, también los supera a todos en la gloria del Cielo.

Santo Patriarca mío, alcanzadme que viva siempre unido con Dios, resistiendo los asaltos del infierno, y que muera amando a Jesús y a María.

Jaculatoria.— Jesús, José y María, con Vos descanse en paz el alma mía.

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San José, después de haber prestado fieles servicios a Jesús y a María, llegó al fin de su vida en la casa de Nazaret. Allí, asistido de Jesucristo, y de María, su Esposa, con una paz propia ya del Paraíso, salió de esta miserable vida, con muerte tan inefablemente dulce y preciosa que, como decía San Francisco de Sales, murió San José por la fuerza del amor, como murió la Virgen, su Esposa.

Protector mío San José: mis pecados me han merecido, sin duda, una mala muerte; pero si Vos me defendéis, no me perderé. Alcanzadme en la última hora particular asistencia de Jesús y de María.

Jaculatoria.— Jesús, José y María, amparadme en mi última agonía.

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San Bernardo, ponderando el poder de San José en dispensar gracias a sus devotos, se expresa así: “A algunos Santos ha sido dado socorrer solamente en ciertos casos; mas no así a San José, que puede prestar su socorro en cualquier necesidad, y defender a todos los que recurren devotamente a ÉL”. Y Santa Teresa confirma exactamente lo mismo.

¡Oh, mi poderosísimo Abogado!, ya que Vos alcanzáis de Jesucristo todo lo que queréis en favor de vuestros devotos, alcanzadme la gracia de la oración, tan eficaz, que me haga orar siempre como es debido.

Jaculatoria.— Socorredme, San José poderoso, en todas mis necesidades.

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Es indudable –escribe San Bernardino de Siena- que Jesucristo no ha olvidado en el Cielo la familiaridad y el respeto que profesó en la tierra a San José; al contrario, es de, creer que estos sentimientos de un verdadero hijo para con su padre son al presente más vivos y profundos.”

Ayudadme, glorioso Patriarca, a alcanzar por vuestras súplicas el perdón de mis pecados, y la gracia de borrarlos con digna penitencia. Ayudadme a amar mucho a Jesús y a María y alcanzadme especialmente la perseverancia final.

Jaculatoria.— Haced, San José bendito, que viva y muera en gracia de Dios.

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Escribía Santa Teresa: “Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios, por medio de San José, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma... No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud... Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere.”

¡Oh, bienaventurado José!, alcanzadme la gracia de imitaros en la vida espiritual; que aprenda a conversar con Dios y glorificarle eternamente.

Jaculatoria.— Ilustrad mi espíritu con el don de oración, glorioso San José.

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Por la gracia del Señor, no hay al presente cristiano alguno que no sea devoto de San José; pero entre todos ciertamente reciben mayores gracias aquellos que más a menudo y con mayor confianza se encomiendan a él. Pidámosle, pues, gracias, que todas nos las alcanzará, siempre que sean útiles para nuestra alma.

Amado San José, yo os elijo, después de María, como principal abogado y protector mío; por el amor que tenéis a Jesús y a María, admitidme por vuestro siervo perpetuo.

Jaculatoria.— Protector mío san José, atended siempre mis súplicas.

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Cuando Jesús vivía en la humilde casa de Nazaret, si un pobre pecador hubiese deseado obtener del Señor el perdón de sus pecados, ¿hubiera por ventura, podido hallar intercesor más poderoso que José? Si queremos, pues, reconciliarnos con Dios, recurramos a este Santo Patriarca.

¡Oh, glorioso San José!, ayudadme a alcanzar de la divina bondad no sólo el perdón de mis pecados, sino también la gracia de no ofender jamás, ni aun ligeramente, a mi amado Señor.

Jaculatoria.— Por Vos, protector mío, espero alcanzar el perdón y la perseverancia.

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La gracia más preciosa que San José obtiene para los devotos que le sirven fielmente, es un tierno amor hacia el Verbo encarnado, nuestro amabilísimo Redentor. Alcanzadme, Santo Patriarca, la mayor de las gracias, esto es: un tierno y constante amor a Jesucristo.

Jaculatoria.— En el amor a Jesús, sed siempre mi guía, san José amantísimo.

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Todos los cristianos saben que San José es el abogado de los moribundos y el protector de la buena muerte, ya que Él tuvo la envidiable suerte de morir en los brazos de Jesús y e María. Sus devotos deben, pues, esperar que en aquel supremo trance, vendrá acompañado de Jesús y de María para asistirnos.

Amabilísimo San José, yo, miserable, imploro desde hoy vuestro patrocinio para aquel último instante de mi vida. Alcanzadme la gracia de morir con la muerte de los justos, en los brazos de Jesús y de María.

Jaculatoria.— Rogad por mí, bendito San José, ahora y en la hora de mi muerte.