LAS OBRAS DE LOS SANTOS

P. Eliseo García Rubio

Los santos, afirma Gheorghiu, son los únicos personajes de utilidad pública. Sin su presencia la humanidad habría sido destruida, como Sodoma y Gomorra. Dios dijo a Abrahán que salvaría estas ciudades si le mostraba algún santo en ellas. Pero no encontró ninguno, y por eso fueron destruidas. Mientras existan santos, nuestras ciudades no serán destruidas.

Los santos son los ministros extraordinarios de la acción de Dios en la Iglesia. Han practicado la virtud en grado heroico, y han obedecido a la inspiración del Espíritu Santo, y se han se han llenado de su fuerza y eficacia, viniendo de este modo, a ser los instrumentos dóciles y poderosos de la gracia de Jesucristo para la gloria de Dios y la salvación de las almas. “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me confirió no resultó vana, antes me he afanado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”. (1Cort 10,10). Los santos son los mejores sarmientos de la vid que es Cristo. ¿Qué es lo que no puede la fe? ¿Qué es lo que no puede la oración animada por la fe? Jesucristo prometió. “En verdad os digo que el que cree en mí, ése hará también las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas, porque yo voy al Padre”. (Jn 14,12).

Así, los santos tienen todas las condiciones necesarias para hacer grandes cosas; porque son instrumentos dóciles y perseverantes, unidos a Jesucristo que quiere emplearlos y efectivamente los emplea.

La historia lo demuestra. Todo lo que la Iglesia ha hecho de grande, es obra de los santos. En todas las obras de Dios encontramos algún santo. “La gracia ha sido dada a cada uno según la medida del don de Jesucristo. El mismo ha dado, pues, a su Iglesia, a unos para que sean apóstoles, a otros para que sean profetas, a otros para que sean evangelistas, a otros para que sean doctores y pastores”. (Ef 4,7-11). “Otros han recibido el don de milagros, la gracia de curar las enfermedades, el don de asistir a sus hermanos y gobernarles, el don de lenguas, el don de interpretación”. (1Cort 12,28).

Unos han sido, por su santidad, la gloria de la jerarquía, y de lo alto de su trono, han reformado el mundo y la Iglesia, como un San Gregorio Magno.

Otros han predicado la fe, han recorrido el mundo entero para anunciar el Evangelio, como San Francisco Javier.

Otros han organizado la Teología y la han convertido en un maravilloso sistema de doctrina, como Santo Tomas de Aquino.

Otros han creado para sus obras de caridad y de misericordia institutos inmortales, como San Vicente de Paúl.

Otros han fundado u reformado las ordenes contemplativas, como San Bruno.

Otros las ordenes activas y apostólicas, como Santo Domingo, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, San Benito, San Bernardo.

Mujeres, que gracias a la santidad, han ocupado en la Iglesia, un puesto de honor y han ejercido una acción muy eficaz, como Santa Catalina de Sena, Santa Teresa de Jesús, etc.

No hay ningún santo que, en la época y en el medio donde vivió, no fuese el instrumento de Dios para realizar sus designios. Las más bellas páginas de la historia de la Iglesia son las historias de los santos, sus obras.

La santidad es el único remedio contra todos los males de la tierra. El santo es el único personaje que beneficia a todos. La presencia de un solo santo a bordo de un barco, lo salva del naufragio. “Si estos no se quedan en la nave, no podréis salvaros vosotros”. (Hech 27,31). Si les impedimos que se conviertan en santos, ponemos en peligro a la sociedad. Por este motivo, lo suficientemente importante, no hay que molestar a los santos. Por el contrario, debemos animarnos mas a ser santos, que es de primera necesidad para que todo se arregle, porque el día que haya muchos santos, no habrá mas hambre, ni injusticias, ni guerras.

Los santos son los testigos de que Jesucristo continúa viviendo y obrando en la Iglesia; ellos son los testigos vivientes de la verdad de su doctrina y de la posibilidad de hacerla vida en nosotros, en todas las cosas y en todas las circunstancias; ellos son los testigos de la eficacia de su gracia, y del efecto de sus sacramentos, de los méritos que nos adquirió con su ejemplo, de su bondad infinita y de su inagotable generosidad para con sus fieles servidores.
San Bernardo dice: «Los santos, no necesitan nuestros honores ni les añade nada nuestra devoción. La veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta confieso que al pensar en ellos se enciende en mí un fuerte deseo».

Todos estos son motivos para desear y procurar la santidad, ser santos. No puede haber carrera más noble, más gloriosa, en la cual la recompensa sea más excelente. Dice el Siervo de Dios, Don José María García Lahiguera. «He aquí la cumbre de la santidad: perfectísimo cumplimiento del plan de cada día, del deber de cada momento, de la obligación de cada instante. Porque todo eso es manifestación de la voluntad divina, y el cumplirla es la santidad verdadera, auténtica y única. Bien merece la pena de vivir como santo, para morir santamente y alcanzar el premio eterno. No dejéis nunca la santidad para mañana».

Oración para pedir la santidad: «Oh Dios, fuente de toda santidad, por intercesión de tus santos, que tuvieron en la tierra diversidad de carismas y un mismo premio en el cielo, haz que caminemos dignamente en la vocación particular con que nos has llamado a cada uno de nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo».