MEDIOS QUE HAN USADO LOS SANTOS PARA LLEGAR A LA SANTIDAD.

P. Eliseo García Rubio

«Hanse de procurar los medios humanos, como si no hubiese divinos: Y los divinos como si no hubiese humanos». (Baltasar Gracian).

Dios necesita muy poco para hacernos santos, porque para venir al mundo, haciéndose hombre, le bastó una jovencita de 15 o 16 años, María de Nazaret. Para curar a un ciego de nacimiento, le basto un poco de barro y un poco de saliva. Para quedarse en la Eucaristía, le basto un poco de pan, y un poco de vino. Y para hacer santos, con menos aun, a San Pablo tirándolo del caballo, a San Pedro con una mirada de cariño, a María Magdalena con una palabra de perdón. Necesita muy poco, menos de lo que nosotros nos podamos imaginar, pero lo que si que necesita es nuestra colaboración. Sobre ello dice S. Agustín: «Dios que te creo sin ti, necesita de ti para salvarse».

Por el bautismo, Jesucristo nos incorpora a su cuerpo místico, nos comunica su vida divina, y la gracia santificante, que con ella nos infunde la caridad, y nos hace santos. “Linaje escogido, nación santa”. (1Pe 2,9). Este don de Dios hacia nosotros nos impone una obligaciones. Tenemos que conservar y acrecentar en nosotros la gracia santificante y perfeccionaras en la caridad, el amor, que es lo que Dios quiere de nosotros.

¿Cómo podemos llevar a cabo esta obligación? Lo dice el Concilio Vaticano II: «A fin de que la caridad crezca en el alma, como una buena semilla y fructifique, debe cada uno de los fieles oír de buena gana la Palabra de Dios y cumplir las obras de su voluntad con la ayuda de su gracia, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía y en otros actos de culto; aplicarse de una manera constante a la oración, a la mortificación de sí mismo, a un fraterno y solicito servicio de todas las virtudes».

1. Tener deseos de ser santo: San Pablo confiesa que esta lejos de la perfección, pero se esfuerza incesantemente por llegar a ella. “No pretendo decir que haya alcanzado la meta o conseguido la perfección, pero me esfuerzo a ver si la conquisto, por cuanto yo mismo he sido conquistado por Cristo Jesús”. (Fil 3,12). Los santos no fueron santos solo porque Dios lo quiso, sino que también y en gran medida, tuvieron que querer ellos, con todas sus fuerzas, porque en la vida de los hombres están juntas dos voluntades, La de Dios, divina, y la nuestra, humana, y no se puede hacer nada si las dos no van juntas, y se puede lograr todo, si las dos quieren lo mismo.

Anécdota: Se dice que una hermana del gran teólogo Santo Tomas de Aquino (+ 1274), dirigió una cariñosa carta a su sabio y santo hermano para que le escribiera un tratado sobre la santidad. Para ello le decía:
“Querido hermano: Te ruego me digas que debo hacer para ser santa”. Ella esperaba un grueso volumen cuando a los pocos días le llego una carta. La abrió toda nerviosa, y tan solo encontró escrita en medio del folio en blanco una sola palabra: querer.

Alguien contó esta historia hasta en poesía:

Para llegar a ser santo,
Tres cosas son menester.
Santo Tomas dio en el blanco:
Querer, querer y querer.

Dice el Siervo de Dios, Don José María García Lahiguera: «Hay muchos medios de perfección y santidad. Pero el básico y fundamentales tener deseos de perfección: nadie llega a ser perfecto, santo, si no lo desea, si no lo quiere. La santidad, en cierto modo, podemos decir que es un deseo del alma. Porque Dios, fuente de toda santidad, no hace santo a quien no quiera serlo: hace santo a quien quiere serlo, siempre, claro está, que ese querer sea quiero y no querría. Decir: quiero, sintiéndolo vivamente, es, pues, el primer gran paso para la perfección, para la santidad».

Este es el primer paso que tenemos que dar si de verdad queremos hacer algo, en el campo que sea, y en especial en el camino para ser santos, querer, porque así nos dará Dios la fuerza para vencer las tentaciones de no querer intentarlo.

Santa Teresa dice: «Conviene mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios que, si nos esforzamos, poco a poco, aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con su favor; que si ellos nunca se determinaran a desearlo y poco a poco a ponerlo por obra, no subieran a tan alto estado.... Espánteme lo mucho que hace en este camino animarse a grandes cosas» (Vida cap. XIII).

Es difícil emprender un camino con problemas continuos, si no nos mueve el deseo de llegar al final. “Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren”. (Mt 7,8). Si no tenemos este verdadero deseo de ser santos, se lo tenemos que pedir al Señor que nos lo quiere dar. Es un medio importante para crecer en este verdadero deseo, hacer con piedad estos ejercicios espirituales, dejándonos mover por la gracia de Dios en estos días, que seguro que nos mueve a ello y a que nos habituemos a el examen de conciencia diario, porque sino podemos pasarnos la vida entretenidos en buscarnos a nosotros mismos, y a darnos satisfacciones tontas, pero que nos apartan del verdadero deseo de ser santos, en el que tenemos que crecer.

San Bernardo dice, que no hay mejor señal de la presencia de Dios en un alma que el sentir en sí deseos santos: «No hay mejor señal, ni mas cierto testimonio de la presencia de Dios en un alma que tener un deseo grande de más virtud y más gracia y perfección».

2. Aceptar siempre la voluntad de Dios en nuestra vida diaria: “Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciara”. (Mt 5,6). No basta que conozcamos los caminos de Dios para santificarnos, es necesario andar por ellos. No basta que conozcamos lo que Dios quiere, su voluntad, sino que tenemos que cumplirla.

La voluntad de Dios se nos muestra através de los mandatos, prohibiciones y de los acontecimientos que nos suceden, y que son queridos o permitidos por Dios para nuestra santificación. (Dios saca bien incluso de los males). El hombre de fe que quiere ser santo, también de todos los acontecimientos saca fruto, viendo la mano providente y poderosa de Dios en todo lo que le sucede, “Todo contribuye al bien de los que aman a Dios”. (Rom 8,28). “Si me amáis guardareis mis mandamientos”. (Jn 14,15). “Si alguno dice: yo amo a Dios y no cumple sus mandamientos, es un mentiroso”. (1Jn 4,20).

Dice un aforismo japonés: «Si cada uno barre delante de su puerta pronto estará limpio todo el pueblo». Y podríamos decir, si cada uno se santifica cumpliendo su deber, que sociedad tan perfecta tendríamos.

San Francisco de Sales dice en su tratado del amor de Dios. «La doctrina cristiana nos propone claramente las verdades que Dios quiere que creamos, los bienes que quiere que esperemos, las penas que quiere que temamos, lo que quiere que amemos, los mandamientos que quiere que cumplamos, y los consejos que desea que sigamos. Y todo esto se llama voluntad significada de Dios, porque nos ha significado y manifestado que quiere y desea que todo ello sea credo, esperado, temido, amado y practicado».

Podemos estar cumpliendo toda nuestra vida la voluntad de Dios, pero a medias o por motivos que no sean suficientes para ser santos. O bien con resignación, aceptando todo en nuestra vida, porque no queda mas remedio, si es alegre pues mejor, si es triste pues quejándonos, aunque sea interiormente. O bien aceptando todo conformes, Dios quiere lo mejor para sus hijos, no siempre lo entendemos, pero si viene de Dios bien venido sea, lo acepto y me santifico. O bien abandonándonos a la voluntad de Dios, siguiendo el ejemplo de Jesús. “Padre, si quieres aleja de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. (Lc 22,42). El Cardenal Sarto, al ser elegido Papa, se le pregunto. Acepta, y respondió. Lo acepto como una cruz que Dios me envía. Llegando a ser San Pío X.

Beato Carlos de Foucauld: lo expreso en esta bella oración del abandono, de la entrega a Dios.

Padre me pongo en tus manos, haz de mi lo que quieras, sea lo que sea, te doy gracias.
Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mi, y en todas tus criaturas, no deseo nada mas Padre.
Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo.
Y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque tu eres mi Padre.

Dice Santa Teresa: «Toda la pretensión de quien comienza oración - y no se nos olvide esto, que importa mucho, ha de ser trabajar y determinarse y disponerse, con cuantas diligencias pueda, a hacer su voluntad conforme con la de Dios y en esto consiste toda mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. Quien más perfectamente tuviese esto, mas recibirá del Señor, y mas adelante esta en este camino». (Morada segunda, 8).

Anécdota: Un veraneante veía día tras día en los montes de Tirol a una viejecita que llevaba un pesado fardo de leña sobre el hombro y bajaba del monte al valle, y subía del valle al monte. Nunca la vio perezosa, ni mal humorada, siempre estaba tranquila y alegre.
Un día el turista entablo conversación con ella y le pregunto como podía conservar su alegría con aquellas pesadas caminatas. La buena viejecita contesto: Tengo una breve oracioncita y ella me ayuda a pasar todos los caminos”. ¿Cual es? Pienso en nuestro Señor adorable cuando llevaba la cruz en el calvario, y después me digo a mi misma: Como Dios quiera, si viene enfermedad o duro trabajo. Como Dios quiera. Si es bueno el tiempo o es malo. Como Dios quiera. ¿Ve usted mi buen señor?. Esto me da sosiego; pruébelo usted también esto le ayudara. El turista quiso saber de donde procedía esa formula, y le dijo de el Sr. Párroco que lo dijo en el Sermón. Y la viejecita cargo el fardo, prosiguió el camino cuesta arriba.

Lo más bello en este mundo es cumplir la voluntad de Dios, la cual se nos manifiesta en sus mandamientos. Se ve con claridad, que en definitiva, la santidad consiste en hacer lo que Dios quiere, y en querer lo que Dios hace, aunque a veces cueste muchísimo llevarlo a cabo en nosotros, pero no es imposible, porque los santos a quienes también les costaba, lo pusieron en practica, y se santificaron.

3. La oración confiada de una manera muy constante. “Conviene orar siempre y no desfallecer”. (Lc 18,1). San Juan Damasceno: <<dice que la oración, es la petición de cosas convenientes hecha a Dios. Y que nadie es sincero cuando reza si no es para pedirle a Dios que le ayude a ser mejor, (a ser santo). El camino de la santidad esta lleno de obstáculos y de problemas, así lo experimentamos todos, por eso hay que pedir ayuda a Dios para que nos de la fuerza para superarlos, y no desanimarnos, porque los problemas que nos surgen no son mas que los medios para santificarnos, hace falta pedirle a Dios la ayuda necesaria a través de la oración, que es el medio que nos ha impuesto, “Pedir y se os dará”. (Mt 7,7). >>.

San Agustín en el tratado sobre el Evangelio de San Juan dice: «La oración humilde, confiada, perseverante hecha en nombre de nuestro Salvador Jesucristo y pidiendo para nosotros mismos gracia de santificación y salvación es, pues, siempre e infaliblemente escuchada, en virtud de las promesas del Señor: “Pedir y recibiréis, buscad y hallareis, llamar y se os abrirá”. (Mt 7,7). “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre os lo concederá”. (Jn 16,23). Si ocurre que no obtenemos en seguida lo que pedimos con estas condiciones, se trata de un retraso, pero no de una negativa. Dios por razones conocidas por Él, espera el momento oportuno para escucharnos, pero nos escuchará sin duda alguna».

No debemos abandonar la oración confiada constantemente, para que Dios nos ayude a santificarnos en medio de las dificultades.

Anécdota: Carlos de Foucauld, tras la conversión, apartándose de la vida desordenada que llevaba, pasó toda la vida en pleno desierto de Sahara, en oración y adoración al Santísimo y caridad con la tribu de los tuaregs que vivían en torno suyo. Es autor de muchos libros de gran profundidad espiritual. Todos los días rezaba para que viniese algún compañero a compartir su ideal. Aparentemente sin resultados, pues a su muerte ni una sola alma había venido a unirse a él en la soledad.
Pero luego su cuerpo, sepultado cual semilla estéril en la arena del desierto, germino con asombrosa fecundidad. En vez de un compañero, que él había pedido aparentemente en vano, surgieron por todas parte miles de hermanitos y hermanitas en todo el mundo para unirse a él en la practica de la caridad y en el culto a la Eucaristía. (Había tenido efecto su oración confiada)

4. Ser conscientes de la presencia de Dios en nuestra vida: “Anda en mi presencia y se perfecto”. (Gn 17,1).

Anécdota: Cuando Santo Tomas de Aquino estaba en su lecho próximo a morir, uno de sus hermanos en religión le pidió un consejo para lograr al salvación eterna. Anda en la presencia de Dios, le dijo el santo, y estarás siempre preparado para darle cuentas de tus acciones. El que vive bajo la mirada de Dios, nunca o casi nunca pecara.

El Concilio Vaticano II. Nos ha recordado algunas de sus presencias de las que veremos algunas. “Mis delicias son estar con los hijos de los hombres” (Pr 8,31).

La presencia de los que queremos y amamos, es siempre motivo de alegría. Y así debe de ser el caso para con Dios, porque le queremos.
De muchas maneras esta Dios presente entre nosotros, porque es “Emmanuel, que quiere decir, Dios con nosotros”. (Mt 1,23). Jesucristo es “La manifestación de la bondad de Dios nuestro salvador y de su amor a los hombres”. (Tt 3,4).

Está a nuestro alcance el poderlo experimentar en nuestra vida. Si separamos a Dios de nuestra vida diaria, nos quedamos sin Dios, y por el contrario, si le descubrimos en nuestra vida y le amamos, hablamos con Él, y si le sentimos cerca seremos creyentes. “Mientras el hombre no ve a Dios en el mundo esta ciego, mientras no escucha su voz en la creación esta sordo”. (Sal 18).

San Ignacio de Loyola dice: «uno es maduro espiritualmente, cuando le resulta fácil encontrar a Dios siempre y a cualquier hora».

Santa Teresa de Jesús, les dice a sus monjas, «cuando la obediencia os lleve empleadas en cosas externas, si es en la cocina, también entre los pucheros anda Dios». (Fundaciones 5,8). La fe es la que nos hace ver las huellas de Dios en el mundo, el que podamos darnos cuenta de estar en su presencia.

5. Abnegación, y mortificación de las pasiones que nos dominan: “Si alguno quiere venir en pos de Mi, que se niegue a si mismo”. (Lc 9,23). Hay que decir que no a muchas ocasiones y cosas que se nos ofrecen a cada momento, en contra de la vida cristiana como camino de santidad. Llevamos con nosotros la tendencia al pecado, fruto del pecado original, y la inclinación a todos los pecados capitales, soberbia, avaricia, lujuria, etc.

El corazón del hombre es como un campo sembrado de buena cosecha, en el que salen muchos cardos y malas hiervas, hay que escardar, porque de no arrancar las malas hiervas y cardos, se apoderaran y no habrá buena cosecha. “Mejor que el valiente es el que aguanta, y el que sabe dominarse, vale mas que el que conquista una ciudad”. (Prov 16,32). “Los que son de Cristo Jesús han crucificado sus apetitos desordenados junto con sus pasiones y apetencias”. (Gal 5,24).

Catecismo Nº 2015: El camino de la perfección (santidad) pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas. “El que asciende no termina nunca de subir, y va paso a paso; no se alcanza nunca el final de lo que es siempre susceptible de perfección. El deseo de quien asciende no se detiene nunca en lo que ya le es conocido”.

Se nos ofrece a lo largo del día infinidad de ocasiones y de detalles en los que nos podemos y debemos mortificar. El Santo cura de Ars: dice en uno de sus sermones sobre la mortificación y penitencia: «Un buen cristiano que quiera ser santo, no come nunca sin mortificarse en algo». Es un detalle, en el comer, pero en la convivencia con los demás, cuantas ocasiones, en el trabajo bien realizado, sin precipitarnos, en las conversaciones en las que no solemos privarnos de hablar de quien sea y de lo que sea. ”Si uno piensa que se comporta como un hombre religioso y no solo no refrena su lengua, sino que conserva pervertido su corazón, su religiosidad es falsa”. (Sant 1,26).

Los Papas han llamado a Tersa de Lisieux la Santa más grande de los tiempos modernos. Teresa tenía un espíritu recio y fuerte para mortificarse. Su estilo lírico y su cara de niña bonita ha despistado a muchos indocumentados, que no supieron entenderla. Vivió a fondo la infancia espiritual, tan evangélica y que no tiene nada de infantil. El futuro Juan Pablo I quedo sorprendido al conocerla: dijo, es una barra de acero, por su valentía, y fuerza de voluntad.

Unos detalles de su vida de mortificación y abnegación: En el lavadero una hermana la salpicaba con agua sucia. Teresa nunca se quejo. Otra hermana tintineaba con las medallas del rosario. Tersa aguanto hasta encontrarlo agradable. Una hermana mayor inaguantable, se impresionaba con las sonrisas que le dirigía Teresa. Cuando ella descubrió la enfermedad mortal que tenia, quedo en paz y serena. En verano les ponían una jarra de sidra para dos. La otra se la bebía toda. Teresa no pedía agua, para no mostrarle que ella también tenía sed. Detalles de los muchos que hay en su corta vida.

Que no nos quede la falsa idea de que ser santos es pasarlo siempre mal. Porque el Señor le dijo en una conversación a Santa Gertrudis: «Cuando haces en mi honor, alguna cosa que es superior a tus fuerzas te lo agradezco como si aquel acto fuera necesario para mi gloria. Si por el contrario, te guardas el cuerpo del frío, también te lo agradezco como si dieras a mis propios miembros un alivio necesario». Tenemos que comprender bien estas palabras del Señor, porque la enseñanza es bien clara, amar a Dios intensamente, tanto en la adversidad como en el gozo. Tanto en el sufrir un frío intenso como en el gozo de poder calentarse.

6. Poner en práctica las virtudes teologales y cardinales: Que se note que las tenemos, si no se nota en nada, es que no las tenemos, y hay que intentarlo para ser santos de verdad. “La virtud engrandece a los pueblos, mientras que el pecado los hace miserables”. (Prov 14,34). Cuando se beatifica a una persona, se requiere que haya practicado todas las virtudes en grado heroico, ellos lo consiguieron, luego nosotros también podemos conseguirlo. “La caridad es vinculo de perfección“. (Col 3,14). Recapitula todas las virtudes; unas las presupone como la fe y la esperanza; otras las manda, las exige. Por eso la caridad perfecta a la que debe aspirar todo cristiano para ser santo, supone el ejercicio de todas las virtudes. “La caridad es la plenitud de la ley”. (Rom 13,10).

Es el cumplimiento de la ley entera, que resumió Jesús en dos preceptos. “Amaras a Dios y al prójimo como a ti mismo”. (Mc 12,30-31). De esta virtud meditamos después en (la caridad cristiana).

Una virtud fundamental, clave para la vida, es la humildad. Aun humanamente hablando, porque es ser sincero consigo mismo, y por lo tanto ante Dios y ante los hombres. Por eso es tan básica.

Santa Teresa nos recuerda cuales deben de ser los motivos para ser humildes.

Primero: «Porque Dios es suma verdad y la humildad es andar en verdad. Por eso es el cimiento del edificio espiritual».
Segundo: «Pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien, y allí aprenderemos la verdadera humildad. Es el pan con que todos los manjares se han de comer».

En definitiva, la verdadera humildad es la de la Virgen María, en el canto del Magnificat: ella no niega, sino que reconoce que el Señor ha hecho en ella grandes cosas, pero porque quiso mirar e inclinarse sobre la pequeñez de su esclava.

En definitiva es la humildad de las bienaventuranzas, de la infancia espiritual evangélica, sin la cual es imposible acceder al reino de la verdad y del amor. Por lo que es necesario, en primer lugar pedirla, porque no la tenemos ni en el grado de la Virgen, ni en el de los santos, Santa Teresita con su camino de la infancia espiritual, etc.

San Francisco de Sales, en sus escritos y sermones insistía mucho en el ejercicio de «las pequeñas virtudes. No por que sean menos importantes, sino por que tratan sobre objetos y detalles de cada día, con menos brillo y lucimiento exterior que las virtudes más sobresalientes. Unas nacen al pie de la cruz de nuestro Señor; otras resplandecen en lo más alto de ella: por ejemplo, la humildad, la fortaleza, la magnanimidad, la mortificación exterior, la constancia, el martirio, etc. Las otras son, la paciencia, la dulzura, la tolerancia del prójimo, la justa condescendencia, la bondad del corazón, la cortesía, la amistad cordial, la compasión, el perdón de las injurias, la sencillez, la modestia, y otras semejantes».

Frutos del ejercicio de estas pequeñas virtudes: La dulce tolerancia de los defectos e imperfecciones del prójimo; el sufrir sin alterarnos su mal humor, su mal semblante de carácter, el recibir sin muestras de desagrado una sinrazón que nos dan, una mofa con que pretenden mortificarnos, una ingratitud, un desaire, una ligera ofensa que cometen con nosotros; el responder con mansedumbre a quien nos reprende ásperamente sin motivo; el llevar con paciencia y en silencio un dolor de cabeza, una pequeña indisposición, las molestias del calor y del frío u otras incomodidades semejantes que ocurren a diario; el tomar sin dar señal de disgusto una comida mal condimentada, desabrida; el mantener nuestro espíritu en una tranquila resignación e indiferencia al perder un objeto que estimábamos de valor; el desempeñar con alegría los oficios y ocupaciones humildes; Todo esto y muchas mas ocasiones, derivan de ejercer las pequeñas virtudes; es decir, las que hacen santos a los cristianos que las ponen en practica.

Se les suele dar poca importancia, porque casi no son visibles. Es un grave error, porque en la presencia de Dios lo que más mérito tiene no suele ser lo que mas brilla, y lo que valoran los hombres, sino lo que se hace con mas amor y con más deseo de agradarle. “El que es bueno y fiel en lo poco, lo es también en lo mucho”. (Lc 16,10).
Si esto lo llevamos a la práctica florecerá en nosotros la santidad.

Catecismo. Nº 1803: “Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta”. (Fil 4,8). La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos , sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas.
«El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios».

7. La lectura espiritual, (vidas de santos). Los santos son los verdaderos discípulos del Señor; San Pablo exhortaba a los Corintios. “Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo”. (11,1). Esta misma recomendación hace a los Filipenses y a los Tesalonicenses. Es que la imitación de los santos, es camino seguro para llegar a Jesucristo. La vida de los santos es el Evangelio puesto en práctica, y por esto son los modelos que tenemos que conocer e imitar para ser nosotros santos también. Los que hoy son santos, eran hombres como nosotros, tenían problemas y dificultades en sus familias, con sus hijos, con sus vecinos, etc. como nosotros. También ellos tenían tentaciones, pecados, e incluso algunos de ellos fueron grandes pecadores.

Luego, si de verdad queremos hacernos santos, tenemos que leer vidas de santos y meditar sus ejemplos. En ellos encontramos todas las armas que ellos han usado para vencer al enemigo y conseguir la salvación.

8. Otros medios; el examen de conciencia, la confesión frecuente, y la devoción tierna y sencilla a la Virgen María, etc.

Si ponemos en práctica los medios que la Iglesia nos ofrece y que han usado los santos, con mucha facilidad llegaremos a la santidad a la que estamos obligados como cristianos.
Unos medios quitan los obstáculos, que impiden el desarrollo de la caridad.
Otros despiertan y nos avivan en ejercerla.
Otros consiguen de Dios las ayudas necesarias para las obras de caridad.
Todos ellos promueven y acrecientan la gracia santificante que nos hace participar de la santidad de Dios.

El Señor nos llama a la santidad, en su Iglesia. Y no puede pedir imposibles, luego pone en nuestras manos los medios necesarios para que lo consigamos.

Si nos preguntamos sobre los medios que utilizó Santa Teresita para santificarse, veremos que no es imposible, sino que lo principal es dejarse colmar de la gracia de Dios. Dice: «No, no soy una santa, nunca he realizado las acciones de los santos. Soy un alma pequeña a quien Dios ha colmado de gracias, eso es lo que soy». Los medios que utilizo no fueron nada complicados. No se entretenía en hacer exámenes muy minuciosos ni demasiado frecuentes sobre sí misma. Daba con humildad una mirada sobre sus defectos para quemarlos en un acto de amor a Dios. Así ella simplificaba su conducta. Procuraba no caer, pero si en algo caía, miraba de compensarlo con un pequeño sacrificio o una mortificación. Vemos que sencillo lo hace Santa Teresita, pero debemos hacer uso de los medios que nos ofrece la Iglesia, a través de su doctrina y de lo que nos enseñan los demás santos. Ojalá que lo entendiésemos como Santa Teresita.