Historia de un Alma - Santa Teresa de Lisieux.

MANUSCRITO DEDICADO A LA REVERENDA MADRE INÉS DE JESÚS

Manuscrito «A»

CAPÍTULO I

ALENÇON (1873 - 1877) [2rº]
J.M.J.T.
Jesús
Enero de 1895

Historia primaveral de una Florecita blanca, escrita por ella misma y dedicada a la Reverenda Madre Inés de Jesús.

El cántico de las Misericordias del Señor

A ti, Madre querida, a ti que eres doblemente mi madre, quiero confiar la historia de mi alma... El día que me pediste que lo hiciera, pensé que eso disiparía mi corazón al ocuparlo de sí mismo; pero después Jesús me hizo comprender que, obedeciendo con total sencillez, le agradaría. Además, sólo pretendo una cosa: comenzar a cantar lo que un día repetiré por toda la eternidad: «¡¡¡Las misericordias del Señor !!!»... Antes de coger la pluma, me he arrodillado ante la imagen de María (la que tantas pruebas nos ha dado de las predilecciones maternales de la Reina del cielo por nuestra familia), y le he pedido que guíe ella mi mano para que no escriba ni una línea que no sea de su agrado. Luego, abriendo
el Evangelio, mis ojos se encontraron con estas palabras: «Subió Jesús a
una montaña y fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él» (San
Marcos, cap. II, v. 13). He ahí el misterio de mi vocación, de mi vida entera,
y, sobre todo, el misterio de los privilegios que Jesús ha querido dispensar
a mi alma... El no llama a los que son dignos, sino a los que él quiere, o,
como dice san Pablo: «Tendré misericordia de quien quiera y me apiadaré
Durante mucho tiempo me he preguntado por qué tenía Dios preferencias,
por qué no recibían todas las almas las gracias en igual medida. Me
extrañaba verle prodigar favores extraordinarios a los santos que le habían
[2vº] ofendido, como san Pablo o san Agustín, a los que forzaba, por así
decirlo, a recibir sus gracias; y cuando leía la vida de aquellos santos a los
que el Señor quiso acariciar desde la cuna hasta el sepulcro, retirando de
su camino todos los obstáculos que pudieran impedirles elevarse hacia él y
previniendo a esas almas con tales favores que no pudiesen empañar el
brillo inmaculado de su vestidura bautismal, me preguntaba por qué los
pobres salvajes, por ejemplo, morían en tan gran número sin haber oído ni
tan siquiera pronunciar el nombre de Dios...
Jesús ha querido darme luz acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el
libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores que él ha creado
son hermosas, y que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le
quitan a la humilde violeta su perfume ni a la margarita su encantadora
sencillez... Comprendí que si todas las flores quisieran ser rosas, la
naturaleza perdería su gala primaveral y los campos ya no se verían
esmaltados de florecillas...
Eso mismo sucede en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. El
ha querido crear grandes santos, que pueden compararse a los lirios y a
las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de
conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de
Dios cuando mira a sus pies. La perfección consiste en hacer su voluntad,
en ser lo que él quiere que seamos...
Comprendí también que el amor de Nuestro Señor se revela lo mismo en
el alma más sencilla que no opone resistencia alguna a su gracia, que en
el alma más sublime. Y es que, siendo propio del amor el abajarse, si
todas las almas se parecieran a las de los santos doctores que han
iluminado a la Iglesia [3rº] con la luz de su doctrina, parecería que Dios no
tendría que abajarse demasiado al venir a sus corazones. Pero él ha
creado al niño, que no sabe nada y que sólo deja oír débiles gemidos; y ha
creado al pobre salvaje, que sólo tiene para guiarse la ley natural. ¡Y
también a sus corazones quiere él descender!Estas son sus flores de los
campos, cuya sencillez le fascina...
Abajándose de tal modo, Dios muestra su infinita grandeza. Así como el
sol ilumina a la vez a los cedros y a cada florecilla, como si sólo ella
existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa también Nuestro Señor de
cada alma personalmente, como si no hubiera más que ella. Y así como en
la naturaleza todas las estaciones están ordenadas de tal modo que en el
momento preciso se abra hasta la más humilde margarita, de la misma
manera todo está ordenado al bien de cada alma.
Seguramente, Madre querida, te estés preguntando extrañada adónde
quiero ir a parar, pues hasta ahora nada he dicho todavía que se parezca a
la historia de mi vida. Pero me has pedido que escribiera lo que me viniera
al pensamiento, sin trabas de ninguna clase. Así que lo que voy a escribir
no es mi vida propiamente dicha, sino mis pensamientos acerca de las
gracias que Dios se ha dignado concederme.
Me encuentro en un momento de mi existencia en el que puedo echar una
mirada hacia el pasado; mi alma ha madurado en el crisol de las pruebas
exteriores e interiores. Ahora, como la flor fortalecida por la tormenta,
levanto la cabeza y veo que en mí se hacen realidad las palabras del
salmo XXII: «El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me
hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas...
Aunque camine por cañadas [3vº] oscuras, ningún mal temeré, ¡porque tú,
Señor, vas conmigo!» Conmigo el Señor ha sido siempre compasivo y
misericordioso..., lento a la ira y rico en clemencia... (Salmo CII, v. 8). Por
eso, Madre, vengo feliz a cantar a tu lado las misericordias del Señor...
Para ti sola voy a escribir la historia de la florecita cortada por Jesús. Por
eso, te hablaré con confianza total, sin preocuparme ni del estilo ni de las
numerosas digresiones que pueda hacer. Un corazón de madre
comprende siempre a su hijo, aun cuando no sepa más que balbucir. Por
eso, estoy segura de que voy a ser comprendida y hasta adivinada por ti,
que modelaste mi corazón y que se lo ofreciste a Jesús...
Me parece que si una florecilla pudiera hablar, diría simplemente lo que
Dios ha hecho por ella, sin tratar de ocultar los regalos que él le ha hecho.
No diría, so pretexto de falsa humildad, que es fea y sin perfume, que el
sol le ha robado su esplendor y que las tormentas han tronchado su tallo,
cuando está íntimamente convencida de todo lo contrario.
La flor que va a contar su historia se alegra de poder pregonar las
delicadezas totalmente gratuitas de Jesús. Reconoce que en ella no había
nada capaz de atraer sus miradas divinas, y que sólo su misericordia ha
obrado todo lo bueno que hay en ella...
El la hizo nacer en una tierra santa e impregnada toda ella como de un
perfume virginal. El hizo que la precedieran ocho lirios deslumbrantes de
blancura. El, en su amor, quiso preservar a su florecita del aliento
envenenado del mundo; y apenas empezaba a entreabrirse su corola, este
divino Salvador la trasplantó a la montaña del Carmelo, donde los dos lirios
que la habían rodeado de cariño y acunado dulcemente en la primavera de
su vida expandían ya [4rº] su suave perfume...
Siete años han pasado desde que la florecilla echó raíces en el jardín del
Esposo de las vírgenes, y ahora tres lirios -contándola a ella- cimbrean allí
sus corolas perfumadas; un poco más lejos, otro lirio se está abriendo bajo
la mirada de Jesús. Y los dos tallos benditos de los que brotaron estas
flores están ya reunidos para siempre en la patria celestial... Allí se han
encontrado con los otros cuatro lirios que no llegaron a abrir sus corolas en
la tierra... ¡Ojalá Jesús tenga a bien no dejar por mucho tiempo en tierra
extraña a las flores que aún quedan el destierro!¡Ojalá que pronto el ramo
de lirios se vea completo en el cielo!

Rodeada de amor

Acabo, Madre, de resumir en pocas palabras lo que Dios ha hecho por mí.
Ahora voy a entrar en los detalles de mi vida de niña. Sé muy bien que
donde cualquier otro no vería más que un relato aburrido, tu corazón de
madre encontrará verdaderas delicias... Además, los recuerdos que voy a
evocar son también tuyos, pues a tu lado fue transcurriendo mi niñez y
tengo la dicha de haber tenido unos padres incomparables que nos
rodearon de los mismos cuidados y del mismo cariño. ¡Que ellos bendigan
a la más pequeña de sus hijas y le ayuden a cantar las misericordias del
Señor...!
En la historia de mi alma, hasta mi entrada en el Carmelo, distingo tres
períodos bien definidos. El primero, a pesar de su corta duración, no es el
menos fecundo en recuerdos. Se extiende desde el despertar de mi razón
hasta la partida de nuestra madre querida para la patria del cielo.
[4vº] Dios me concedió la gracia de despertar mi inteligencia en muy
temprana edad y de que los recuerdos de mi infancia se grabasen tan
profundamente en mi memoria, que me parece que las cosas que voy a
contar ocurrieron ayer. Seguramente que Jesús, en su amor, quería
hacerme conocer a la madre incomparable que me había dado y que su
mano divina tenía prisa por coronar en el cielo...
Durante toda mi vida, Dios ha querido rodearme de amor. Mis primeros
recuerdos están impregnados de las más tiernas sonrisas y caricias... Pero
si él puso mucho amor a mi lado, también lo puso en mi corazón,
creándolo cariñoso y sensible. Y así, quería mucho a papá y a mamá, y les
demostraba de mil maneras mi cariño, pues era muy efusiva.. Sólo que los
medios que empleaba, a veces eran raros, como lo demuestra este pasaje
de una carta de mamá:
«La niña es un verdadero diablillo, que viene a acariciarme deseándome la
muerte: "¡Cómo me gustaría que te murieras, mamaíta...!" La riñen, y me
dice: "¡Pero si es para que vayas al cielo!¿No dices que tenemos que
morirnos para ir allá?" Y cuando está con estos arrebatos de amor, desea
también la muerte a su padre». [5rº]
Y mira lo que el 25 de junio de 1874, cuando yo tenía apenas 18 meses,
decía mamá de mí:
«Tu padre acaba de instalar un columpio. Celina está loca de contenta,
¡pero hay que ver columpiarse a la pequeña!Es de risa; se sostiene como
una jovencita, no hay peligro de que suelte la cuerda, y cuando va
demasiado despacio se pone a gritar. La sujetamos por delante con otra
cuerda, pero a pesar de todo yo no me siento tranquila cuando la veo
colgada allá arriba.
«Ultimamente me ocurrió una curiosa aventura con la pequeña. Tengo
costumbre de ir a la Misa de cinco y media. Los primeros días, no me
atrevía a dejarla sola; pero al ver que nunca se despertaba, me decidí a
hacerlo. La acuesto en mi cama y arrimo la cuna de manera que sea
imposible que se caiga. Pero un día me olvidé de acercar la cuna. Llego, y
la pequeña ya no estaba en la cama. En ese mismo momento escuché un
grito; miro y la veo sentada en una silla que había frente a la cabecera de
mi cama, con la cabecita apoyada en el respaldo y durmiendo un mal
sueño, pues estaba enfadada. No puedo explicarme cómo pudo caer
sentada en aquella silla, pues estaba acostada. Di gracias a Dios de que
no le hubiera pasado nada; fue realmente providencial, pues debería haber
caído rodando al suelo. El ángel de la guarda ha velado por ella, y las
almas del purgatorio, a las que todos los días rezo una oración por la
pequeña, la protegieron. Así me explico yo lo sucedido..., tú explícatelo
como quieras...».
Al final de la carta mamá añadía:
«Ahora la niña ha venido a pasarme la manita por la cara y a darme un
beso. Esta criatura no quiere dejarme ni un instante y no se aparta de mi
lado. Le gusta mucho salir al jardín, [5vº], pero si yo no estoy allí no quiere
quedarse y se echa a llorar y no para de hacerlo hasta que me la traen...»
(Y éste es un pasaje de otra carta):
«Teresita me preguntaba el otro día si iría al cielo. Yo le dije que sí, si se
portaba bien, y me contestó: "Ya, y si no soy buena, iré al infierno... Pero
sé muy bien lo que haré en ese caso: me echaré a volar contigo, que
estarás en el cielo, ¿y cómo se las arreglará Dios para cogerme...? Tú me
apretarás muy fuertemente entre tus brazos." Y leí en sus ojos que estaba
firmemente convencida de que Dios no podría hacerle nada mientras
estuviese en brazos de su madre...
«María quiere mucho a su hermanita, y dice que es muy buena. No es
extraño, pues esta criatura tiene miedo a darle el menor disgusto. Ayer
quise darle una rosa, pues sé que le gustan mucho, pero se puso a
suplicarme que no la cortase, porque María se lo había prohibido. Estaba
excitadísima. No obstante, le di dos y no se atrevía a aparecer por casa.
En vano le decía que las rosas eran mías: "Que no, decía ella, que son de
María..."
«Es un niña que se emociona con gran facilidad. Cuando hace algún
pequeño desaguisado, todo el mundo tiene que saberlo. Ayer rasgó sin
querer una esquinita del empapelado y se puso que daba lástima, había
que decírselo enseguida a su padre. Cuando éste llegó, cuatro horas más
tarde, ya nadie pensaba en lo sucedido, pero ella fue corriendo a decirle a
María: "Dile enseguida a papá que he rasgado el papel". Y estaba allí
como un criminal que espera su condena; pero tiene su teoría de que, si se
acusa, la perdonarán más fácilmente».
[4vº sigue] Quería mucho a mi madrina.
Parecía que no, pero me fijaba mucho en todo lo que se hacía y se decía a
mi alrededor, y me parece que juzgaba ya las cosas como ahora.
Escuchaba muy atentamente lo que María enseñaba a Celina, para actuar
yo como ella. [6rº] Después que salió de la Visitación, para obtener el favor
de ser admitida en su cuarto durante las clases que le daba a Celina, me
portaba muy bien y hacía todo lo que me mandaba. Por eso, me colmaban
de regalos, que, pese a su escaso valor, me hacían mucha ilusión.
Estaba muy orgullosa de mis dos hermanas mayores, pero mi ideal de niña
era Paulina... Cuando estaba empezando a hablar y mamá me preguntaba
«¿En qué piensas?», la respuesta era invariable: «¡En Paulina...!» Otras
veces pasaba mi dedito por el cristal de la ventana y decía: «Estoy
escribiendo: ¡Paulina...!»
Oía decir con frecuencia que seguramente Paulina sería religiosa, y yo
entonces, sin saber lo que era eso, pensaba: Yo también seré religiosa. Es
éste uno de mis primeros recuerdos, y desde entonces ya nunca cambié
de intención... Fuiste tú, Madre querida, la persona que Jesús escogió para
desposarme con él; tú no estabas entonces a mi lado, pero ya se había
creado un lazo entre nuestras almas... Tú eras mi ideal, yo quería
parecerme a ti, y tu ejemplo fue lo que me arrastró, desde los dos años de
edad, hacia el Esposo de la vírgenes. ¡Cuántos hermosos pensamientos
quisiera confiarte!Pero tengo que continuar con la historia de la florecilla,
con su historia completa y general, pues si quisiera hablar detalladamente
de sus relaciones con «Paulina», ¡tendría que dejar de lado todo lo
demás...!
Mi querida Leonia ocupaba también un lugar importante en mi corazón. Me
quería mucho. Por las tardes, cuando toda la familia salía a dar un paseo,
era ella quien me cuidaba... Aún me parece estar escuchando las lindas
tonadas que me cantaba para dormirme... Buscaba la forma de
contentarme en todo; por eso, me habría dolido mucho darle algún
disgusto. [6vº] Me acuerdo muy bien de su primera comunión, sobre todo
del momento en que me cogió en brazos para hacerme entrar con ella en
la casa rectoral. ¡Me parecía tan bonito ser llevada en brazos por una
hermana mayor toda vestida de blanco como yo...!Por la noche, me
acostaron temprano, pues yo era muy pequeña para quedarme al solemne
banquete; pero aún estoy viendo a papá trayéndole, a los postres, a su
reinecita unos trozos de tarta...
Al día siguiente, o pocos días después, fuimos con mamá a casa de la
compañerita de Leonia. Creo que fue ese día cuando nuestra mamaíta nos
llevó detrás de una pared para hacernos beber un poco de vino después
de la comida (que nos había servido la pobre señora de Dagorau), pues no
quería dejar en mal lugar a la buena mujer pero tampoco quería que nos
faltase nada... ¡Qué tierno es el corazón de una madre!¡Y cómo expresa
su ternura en mil detalles previsores en los que nadie pensaría...!
Ahora me falta hablar de mi querida Celina, la compañerita de mi infancia,
pero son tantos los recuerdos, que no sé cuáles elegir. Voy a extraer
algunos pasajes de las cartas que mamá te escribía a la Visitación, pero
no voy a copiarlo todo, pues sería demasiado largo...
El 10 de julio de 1873 (año de mi nacimiento), te decía:
«La nodriza trajo el jueves a Teresita. Se pasó todo el tiempo riendo. La
que más le gustó fue la pequeña Celina. Se reía con ella a carcajadas. Se
diría que ya tiene ganas de jugar, no tardará en hacerlo. Se sostiene sobre
las piernecitas, más tiesa que una estaca. Creo que pronto empezará a
andar y que tendrá buen carácter. Parece muy inteligente y tiene pinta de
predestinada...»
[7rº] Pero cuando mostré mi cariño a mi querida Celinita, fue sobre todo
después de dejar a mi nodriza. Nos entendíamos muy bien; sólo que yo
era mucho más vivaracha y mucho menos ingenua que ella. Aunque tenía
tres años y medio menos, me parecía que fuésemos de la misma edad.
Este pasaje de una carta de mamá te hará ver lo buena que era Celina y lo
mala que era yo:
«Mi Celinita está decididamente inclinada a la virtud. Es ésta una
inclinación profunda de su ser. Tiene un alma candorosa y siente horror al
pecado. En cuanto al huroncillo, no sabemos lo que saldrá de él. ¡Es tan
pequeño y tan atolondrado!Tiene una inteligencia superior a la de Celina,
pero es mucho menos dulce, y, sobre todo, de una terquedad casi
indomable. Cuando dice "no", no hay nada que la haga ceder; aunque la
metiésemos un día entero en el cuarto de los trastos, dormiría allí antes
que decir "sí"...
«Sin embargo, tiene un corazón de oro, es muy cariñosa y sincera. Es
curioso verla correr tras de mí para acusarse: -Mamá, he empujado a
Celina, pero sólo una vez, la he pegado una vez, pero no lo volveré a
hacer. (Y así, en todo lo que hace). El jueves por la tarde, fuimos a dar un
paseo hacia la estación, y se empeñó en entrar en la sala de espera para ir
a buscar a Paulina. Corría delante con una alegría que daba gloria verla.
Pero cuando vio que teníamos que volvernos sin subir al tren para ir a
buscar a Paulina, se pasó todo el camino llorando».
Esta última parte de la carta me recuerda la dicha que sentía al verte
volver de la Visitación. Tú, Madre querida, me cogías en brazos y María
cogía en los suyos a Celina. Entonces yo te hacía mil caricias y me echaba
[7vº] hacia atrás para admirar tu larga trenza... Luego me dabas una
tableta de chocolate que habías guardado durante tres meses. ¡Imagínate
qué reliquia era eso para mí...!

Viaje a Le Mans

Me acuerdo también del viaje que hice a Le Mans . Era la primera vez que
iba en tren. ¡Qué alegría verme viajar sola con mamá...!Sin embargo, ya
no recuerdo por qué, me eché a llorar, y nuestra pobre mamaíta sólo pudo
presentar a nuestra tía de Le Mans a un feo bichito todo enrojecido por las
lágrimas que había derramado en el camino... No guardo ningún recuerdo
de la visita al locutorio, a no ser del momento en que mi tía me pasó un
ratoncito blanco y una cestita de cartulina llena de bombones, sobre los
que campeaban dos preciosos anillos de azúcar, justamente del tamaño
de mi dedo. Inmediatamente exclamé: «¡Qué bien!¡Ya tengo un anillo para
Celina!» Pero, ¡ay dolor!, cojo la cesta por el asa, doy la otra mano a
mamá y nos vamos. A los pocos pasos, miro la cesta y veo casi todos los
bombones desparramados por la calle, como si fueran los guijarros de
Pulgarcito... Miro más atentamente y veo que uno de los preciosos anillos
había corrido la suerte fatal de los bombones... ¡Ya no tenía nada que
llevar a Celina...!Entonces estalla mi dolor, pido volver sobre mis pasos,
pero mamá no parece hacerme caso. ¡Aquello era demasiado!A mis
lágrimas siguieron mis gritos... No podía comprender que mamá no
compartiese mi dolor, y eso acrecentaba todavía más mi sufrimiento...

Mi carácter

Vuelvo ahora a las cartas en las que mamá te habla de Celina y de mí. Es
el mejor medio que puedo emplear para darte a conocer mi carácter. He
aquí un pasaje en el que mis defectos brillan en todo su esplendor:
[8rº] «Celina está entretenida con la pequeña jugando a los dados, y riñen
de vez en cuando. Celina cede para añadir una perla a su corona. Yo me
veo obligada a reprender a esta pobre niña, que coge unas rabietas
terribles cuando las cosas no salen a su gusto y se revuelca por el suelo
como una desesperada pensando que todo está perdido. Hay momentos
en que es más fuerte que ella, y se le corta la respiración. Es una niña muy
nerviosa. De todas maneras, es un encanto, y muy inteligente, y se
acuerda de todo».
¡Ya ves, Madre mía, qué lejos estaba yo de ser una niña sin defectos!Ni
siquiera se podía decir de mí «que fuese buena cuando estaba dormida»,
pues de noche era todavía más revoltosa que de día. Mandaba a paseo
todas las mantas, y (dormida y todo) me daba golpes contra los largueros
de mi camita; el dolor me despertaba, y entonces decía: «¡Mamá, me he
golpeado...!Nuestra pobre mamaíta se veía obligada a levantarse y
comprobaba que, en efecto, tenía chichones en la frente y me había
golpeado. Me tapaba bien y volvía a acostarse; pero al cabo de un
momento yo volvía a golpearme. De suerte que se vieron obligados a
atarme en la cama. Todas las noches, la pequeña Celina venía a anudar
las incontables cuerdas destinadas a evitar que el diablillo se golpease y
despertara a su mamá. Esta medida dio buen resultado, y desde entonces
ya fui buena mientras dormía...
Tenía también otro defecto (estando despierta), del que mamá no habla en
sus cartas, que era un gran amor propio. No voy a darte más que dos
ejemplos para no alargar demasiado mi narración. Un día, me dijo mamá:
«Teresita, si besas el suelo, te doy cinco céntimos». Cinco céntimos eran
para mí toda una fortuna, y para ganarlos no tenía que bajar demasiado de
mi altura, pues mi exigua estatura no me separaba muchos palmos de
suelo. Sin embargo, mi orgullo se rebeló a [8vº] la sola idea de besar el
suelo, y poniéndome muy tiesa le dije a mamá: -¡No, mamaíta, prefiero
quedarme sin los cinco céntimos...!
En otra ocasión teníamos que ir a Grogny, a visitar a la señora de Monnier.
Mamá le dijo a María que me pusiese mi precioso vestido azul celeste,
adornado de encajes, pero que no me dejara los brazos al aire, para que el
sol no me los tostase. Yo me dejé, con la indiferencia propia de las niñas
de mi edad; pero interiormente pensaba que habría estado mucho más
bonita con los bracitos al aire.
Con una forma de ser como la mía, si hubiera sido educada por unos
padres sin virtud, o incluso si hubiese sido mimada por Luisa como Celina,
habría salido muy mala, y tal vez hasta me habría perdido... Pero Jesús
velaba por su pequeña prometida y quiso que todo redundase en su bien;
incluso sus defectos, que, corregidos a tiempo, le sirvieron para crecer en
la perfección...
Como tenía amor propio y también amor al bien, en cuanto empecé a
pensar seriamente (y lo hice desde muy pequeña), bastaba que me dijeran
que algo no estaba bien para que se me quitasen las ganas de hacérmelo
repetir dos veces... Veo con agrado que en las cartas de mamá, a medida
que iba creciendo, le daba mayores alegrías. Como no tenía más que
buenos ejemplos a mi alrededor, quería seguirlos como la cosa más
natural del mundo. Esto es lo que escribía en 1876:
«Hasta Teresa quiere ponerse a veces a hacer prácticas... Es una niña
encantadora, más lista que el hambre, muy vivaracha, pero de corazón
sensible. Celina y ella se quieren mucho. Se bastan solas para
entretenerse. Todos los días, en cuanto acaban de comer, Celina va a
buscar su gallo y atrapa al primer golpe la gallina de Teresa. Yo no consigo
hacerlo, pero ella es tan hábil que la coge a la primera. Después se van las
dos con sus animalitos a sentarse al amor de la [9rº] lumbre, y así se
entretienen un buen rato. (La gallina y el gallo me los había regalado
Rosita, y yo le di el gallo a Celina).
«El otro día Celina durmió conmigo y Teresa se acostó en el segundo piso
en la cama de Celina. Había pedido a Luisa que la bajase abajo para
vestirla, y cuando Luisa subió a buscarla encontró la cama vacía. Teresa
había oído a Celina y había bajado con ella. Luisa le dijo: -¿O sea, que no
quieres bajar a vestirte? -No, Luisa, no, nosotras somos como las dos
gallinitas, que no pueden separarse. Y al decir esto, se abrazaban y se
estrechaban la una contra la otra...
«Luego, por la tarde, Luisa, Celina y Leonia se fueron al Círculo Católico y
dejaron en casa a la pobre Teresa, que entendía perfectamente que ella
era demasiado pequeña para ir, y decía: -¡Si por lo menos quisieran
acostarme en la cama de Celina...!Pero no, no quisieron... Ella no dijo
nada y se quedó sola con su lamparita. Al cuarto de hora estaba ya
profundamente dormida...»
Otro día, mamá escribía también:
«Celina y Teresa son inseparables, no es fácil ver a dos niñas que se
quieran tanto. Cuando María viene a buscar a Celina para la clase, la
pobre Teresa se queda hecha un mar de lágrimas. ¡Ay, qué va a ser de
ella si se va su amiguita...!María se compadece y se la lleva también, y la
pobre criatura se pasa dos o tres horas sentada en una silla. Le dan unas
cuentas para que las ensarte o algún trapo para que cosa; no se atreve a
rebullir y lanza con frecuencia profundos suspiros. Cuando se le
desenhebra la aguja, intenta volver a enhebrarla, y es curioso verla cuando
no lo consigue y sin atreverse a molestar a María. Pronto se ven dos
gruesas lágrimas correr por sus mejillas... María [9vº] la consuela
inmediatamente y le vuelve a enhebrar la aguja, y el pobre angelito sonríe
a través de sus lágrimas...»
Recuerdo, en efecto, que no podía vivir sin Celina, y que prefería
levantarme de la mesa sin terminar el postre a no irme tras ella. En cuanto
se levantaba, me volvía en mi silla alta, pidiendo que me bajasen, y nos
íbamos las dos juntas a jugar.
A veces nos íbamos con la hija de gobernador, lo cual me gustaba mucho
a causa del parque y de los preciosos juguetes que nos enseñaba; pero
más que nada iba allí por complacer a Celina, ya que prefería quedarme
en nuestro jardincito raspando las tapias, pues quitábamos todas las
brillantes lentejuelas que había en ellas y luego íbamos a vendérsela a
papá que nos las compraba muy serio.
Los domingos, como yo era muy pequeña para ir a las funciones
religiosas, mamá se quedaba a cuidarme. Yo me portaba muy bien y
andaba de puntillas mientras duraba la misa. Pero en cuanto veía abrirse
la puerta, se producía una explosión de alegría sin igual: me precipitaba al
encuentro de mi preciosa hermanita, que llegaba adornada como una
capilla..., y le decía: «¡Celina, dame enseguida pan bendito!» A veces no lo
traía, porque había llegado demasiado tarde... ¡Qué hacer entonces? Yo
no podía pasarme sin él, era «mi misa»... Pronto encontré la solución:
«¿No tienes pan bendito? ¡Pues hazlo!» Dicho y hecho: Celina cogía una
silla, abría la alacena, cogía el pan, cortaba una rebanada, y rezaba muy
seria un Ave María sobre él. Luego me lo ofrecía, y yo, después de hacer
con él la señal de la cruz, lo comía con gran devoción, encontrándole
exactamente el mismo gusto [10rº] que el del pan bendito...
Con frecuencia hacíamos juntas conferencias espirituales. He aquí un
ejemplo que entresaco de las cartas de mamá:
«Nuestras dos queridas pequeñas, Celina y Teresa, son ángeles de
bendición, tienen una naturaleza verdaderamente angelical. Teresa
constituye la alegría y la felicidad de María, y su gloria. Es increíble lo
orgullosa que está de ella. La verdad es que tiene salidas de lo más
sorprendentes para su edad y le da cien vueltas a Celina, que tiene el
doble de años. El otro día decía Celina: "¿Cómo puede estar Dios en una
hostia tan pequeña?" Y la pequeña contesto: "Pues no es tan extraño,
porque Dios es todopoderoso". "¿Y qué quiere decir todopoderoso?"
"¡Pues que hace todo lo que quiere"...»

Yo lo escojo todo

Un día, Leonia, creyéndose ya demasiado mayor para jugar a las
muñecas, vino a nuestro encuentro con una cesta llena de vestiditos y de
preciosos retazos para hacer más. Encima de todo venía acostada su
muñeca. «Tomad, hermanitas -nos dijo-, escoged, os lo doy todo para
vosotras». Celina alargó la mano y cogió un mazo de orlas de colores que
le gustaba. Tras un momento de reflexión, yo alargué a mi vez la mano,
diciendo: «¡Yo lo escojo todo!», y cogí la cesta sin más ceremonias. A los
testigos de la escena la cosa les pereció muy justa, y ni a la misma Celina
se le ocurrió quejarse (aunque la verdad es que juguetes no le faltaban,
pues su padrino la colmaba de regalos, y Luisa encontraba la forma de
agenciarle todo lo que deseaba).
Este insignificante episodio de mi infancia es el resumen de toda mi vida.
Más tarde, cuando se ofreció ante mis ojos el horizonte de la perfección,
comprendí que para ser santa había que sufrir mucho, buscar siempre lo
más perfecto y olvidarse de sí misma. Comprendí que en la perfección
había muchos grados, y que cada alma [10vº] era libre de responder a las
invitaciones del Señor y de hacer poco o mucho por él, en una palabra, de
escoger entre los sacrificios que él nos pide. Entonces, como en los días
de mi niñez, exclamé: «Dios mío, yo lo escojo todo. No quiero ser santa a
medias, no me asusta sufrir por ti, sólo me asusta una cosa: conservar mi
voluntad. Tómala, ¡pues "yo escojo todo" lo que tú quieres...!
Pero tengo que cortar. No debo adelantarme todavía a hablarte de mi
juventud, sino de aquel diablillo de cuatro años.
Recuerdo un sueño que debí tener por esta edad, y que se me grabó
profundamente en la imaginación. Una noche soñé que salía a dar un
paseo, yo sola, por el jardín. Al llegar al pie de la escalera que tenía que
subir para llegar él, me paré, sobrecogida de espanto. Delante de mí,
cerca del emparrado, había un bidón de cal y sobre el bidón estaban
bailando dos horribles diablillos con una agilidad asombrosa a pesar de las
planchas que llevaban en los pies. De repente, fijaron en mí sus ojos
encendidos y luego, en ese mismo momento, como si estuvieran todavía
más asustados que yo, saltaron del bidón al suelo y fueron a esconderse
en la ropería, que estaba allí enfrente. Al ver que eran tan poco valientes,
quise saber lo que iban a hacer y me acerqué a la ventana. Allí estaban los
pobres diablillos, corriendo por encima de las mesas y sin saber qué hacer
para huir de mi mirada; a veces se acercaban a la ventana mirando
nerviosos si yo seguía allí, y, al verme, volvían a echar a correr como
desesperados.
Seguramente este sueño no tiene nada de extraordinario. Sin embargo,
creo que Dios ha querido que lo recuerde siempre para hacerme ver que
un alma en estado de gracia no tiene nada que temer de los demonios,
que son unos cobardes, capaces de huir ante la mirada de un niño...
[11rº] Voy a copiar aquí otro pasaje que encuentro en las cartas de mamá.
Nuestra pobre mamaíta presentía ya el final de su destierro:
«Las dos pequeñas no me preocupan. Están muy bien las dos, son
naturalezas privilegiadas; sin duda alguna, serán buenas. María y tú
podréis educarlas perfectamente. Celina no comete nunca la menor falta
voluntaria. También la pequeña será buena; no diría una mentira ni por
todo el oro del mundo. Tiene una agudeza como no la he visto en ninguna
de vosotras».
«El otro día estaba en la tienda con Celina y con Luisa. Hablaba de sus
prácticas y discutía animadamente con Celina. La señora le preguntó a
Luisa: ¿Qué es lo que quiere decir? Cuando juega en el jardín, no se oye
hablar más que de prácticas? La señora de Gaucherin se asoma a la
ventana para tratar de entender qué significa esa discusión sobre las
prácticas...
«Esta criatura constituye nuestra felicidad. Será buena, se le ve ya el
germen: no sabe hablar más que de Dios, y por nada del mundo dejaría de
rezar sus oraciones. Me gustaría que la vieras contar cuentos, no he visto
nunca cosa más graciosa. Encuentra ella solita la expresión y el tono
apropiados, sobre todo cuando dice: "Niño de rubios cabellos, ¿dónde
crees que está Dios?" Y cuando llega a aquello de "Allá arriba, en lo alto
del cielo azul", dirige la mirada hacia lo alto con una expresión angelical.
No nos cansamos de hacérselo repetir, ¡resulta tan hermoso!Hay algo tan
celestial en su mirada, que uno se queda extasiado...»
Madre mía querida, ¡qué feliz era yo a esa edad!Empezaba ya a gozar de
la vida, se me hacía atractiva la virtud y creo que me hallaba en las
mismas disposiciones que hoy, con un gran [11vº] dominio ya sobre mis
actos.
¡Ay, qué rápidos pasaron los años soleados de mi niñez!Pero también
¡qué huella tan dulce dejaron en mi alma!Recuerdo ilusionada los días en
que papá nos llevaba al Pabellón. Hasta los más pequeños detalles se me
grabaron en el corazón...
Recuerdo, sobre todo, los paseos del domingo, en los que siempre nos
acompañaba mamá... Aún siento en mi interior las profundas y poéticas
impresiones que nacían en mi alma a la vista de los campos de trigo
esmaltados de acianos y de flores silvestres. Me gustaban ya los amplios
horizontes... El espacio y los gigantescos abetos, cuyas ramas tocaban el
suelo, dejaban en mi alma una impresión parecida a la que siento hoy
todavía a la vista de la naturaleza...
Con frecuencia, durante esos largos paseos, nos encontrábamos con
algún pobre, y Teresita era siempre la encargada de llevarles la limosna,
cosa que le encantaba. Pero a menudo también, pareciéndole a papá que
el camino era demasiado largo para su reinecita, la llevaba a casa antes
que a las demás (muy a su pesar); y entonces, para consolarla, Celina
llenaba de margaritas su linda cestita y, a la vuelta, se las daba. Pero, ¡ay!,
la pobre abuelita pensaba que su nieta tenía demasiadas y cogía una
buena parte de ellas para su Virgen... Esto no le gustaba a Teresita, pero
se guardaba muy bien de decir nada, pues había adquirido la buena
costumbre de no quejarse nunca. Incluso cuando le quitaban lo que era
suyo o cuando la acusaban injustamente, prefería callarse y no excusarse,
lo cual no era mérito suyo sino virtud natural... ¡Qué lastima que esta
buena disposición se haya desvanecido...!
[12rº] Sí, verdaderamente todo me sonreía en la tierra. Encontraba flores a
cada paso que daba, y mi carácter alegre contribuía también a hacerme
agradable la vida.
Pero un nuevo período se iba a abrir para mi alma. Tenía que pasar por el
crisol de la prueba y sufrir desde mi infancia, para poder ofrecerme mucho
antes a Jesús. Igual que las flores de la primavera comienzan a germinar
bajo la nieve y se abren a los primeros rayos del sol, así también la
florecita cuyos recuerdos estoy escribiendo tuvo que pasar también por el
invierno de la tribulación...

CAPÍTULO II
EN LOS BUISSONNETS (1877-1881)
Muerte de mamá

Todos los detalles de la enfermedad de nuestra querida madre siguen
todavía vivos en mi corazón. Me acuerdo, sobre todo, de las últimas
semanas que pasó en la tierra.
Celina y yo vivíamos como dos pobres desterradas. Todas las mañanas,
venía a buscarnos la señora de Leriche y pasábamos el día en su casa. Un
día, no habíamos tenido tiempo de rezar nuestras oraciones antes de salir,
y por el camino Celina me dijo muy bajito: -«¿Tenemos que decirle que no
hemos rezado...» -«Sí», le contesté, y entonces ella se lo dijo muy
tímidamente a la señora de Leriche, que nos respondió: -«Bien, hijitas,
ahora las haréis». Y dejándonos solas en una habitación muy grande, se
fue... Entonces Celina me miró y dijimos: «¡Ay, no es como con mamá...!
Ella nos hacía rezar todos los días...»
Cuando jugábamos con las niñas, nos perseguía de continuo el recuerdo
de nuestra madre querida. Una vez que a Celina le dieron un albaricoque,
se inclinó hacia mí y me dijo muy bajito: «No lo comeremos, se lo daré a
mamá». Pero, ¡ay!, nuestra pobre mamaíta estaba ya demasiado enferma
para comer las frutas de la tierra. Ya sólo en el cielo podría saciarse con la
gloria de Dios y beber con Jesús el vino misterioso del que él habló en la
última cena cuando dijo que lo compartiría con nosotros en el reino de su
Padre.
También la impresionante ceremonia de la unción de los enfermos se
quedó grabada en mi alma. Aún veo el lugar donde yo estaba, al lado de
Celina. Estábamos las cinco colocadas por [12vº] orden de edad, y nuestro
pobre papaíto estaba también allí sollozando...
El día de la muerte de mamá, o al día siguiente, me cogió en brazos,
diciéndome: «Ve a besar por última vez a tu pobre mamaíta». Y yo, sin
decir nada, acerqué mis labios a la frente de mi madre querida...
No recuerdo haber llorado mucho. No le hablaba a nadie de los profundos
sentimientos que me embargaban... Miraba y escuchaba en silencio...
Nadie tenía tiempo para ocuparse de mí, así que vi muchas cosas que
hubieran querido ocultarme. En un determinado momento, me encontré
frente a la tapa del ataúd... Estuve un largo rato contemplándolo. Nunca
había visto ninguno. Sin embargo, comprendía... Era yo tan pequeña, que,
a pesar de la baja estatura de mamá, tuve que levantar la cabeza para
verlo entero, y me pareció muy grande... y muy triste...
Quince años más tarde, me encontré delante de otro ataúd, el de la madre
Genoveva . Era del mismo tamaño que el de mamá, ¡y me pareció estar
volviendo a los días de mi infancia...!Todos los recuerdos se agolparon en
mi mente. Era la misma Teresita la que miraba; pero ahora había crecido y
el ataúd le parecía pequeño: ya no necesitaba levantar la cabeza para
verlo, tan sólo la levantaba para contemplar el cielo, que le parecía muy
alegre, porque todas sus pruebas se habían terminado y el invierno de su
alma había pasado para siempre...
El día en que la Iglesia bendijo los restos mortales de nuestra mamaíta del
cielo, Dios quiso darme otra madre en la tierra, y quiso que yo misma la
eligiese libremente. Estábamos juntas las cinco, mirándonos entristecidas.
También Luisa estaba allí, y al vernos a Celina y a mí, dijo: «¡Pobrecitas,
ya no tenéis madre!» Entonces Celina se echó en brazos de María,
diciendo: «¡Bueno, tú serás mi mamá!» Yo estaba acostumbrada a [13rº]
imitarla en todo; sin embargo, me volví hacia ti, Madre mía, y como si el
futuro hubiera rasgado ya su velo, me eché en tus brazos, exclamando:
«¡Pues mi mamá será Paulina!»
Como ya dije antes, a partir de esta época de mi vida entré en el segundo
período de mi existencia, el más doloroso de los tres, sobre todo tras la
entrada en el Carmelo de la que yo había escogido para que fuese mi
segunda «mamá». Este período se extiende desde la edad de cuatro años
y medio hasta la de catorce, época en la que recuperé mi carácter de la
niñez, a la vez que entraba en lo serio de la vida.

Tengo que decirte, Madre, que a partir de la muerte de mamá, mi
temperamento feliz cambió por completo. Yo, tan vivaracha y efusiva, me
hice tímida y callada y extremadamente sensible. Bastaba un mirada para
que prorrumpiese en lágrimas, sólo estaba contenta cuando nadie se
ocupaba de mí, no podía soportar la compañía de personas extrañas y
sólo en la intimidad del hogar volvía a encontrar mi alegría. Sin embargo,
seguía rodeada de la mas delicada ternura.. El corazón tan tierno de papá
había añadido al amor que ya tenía un amor verdaderamente maternal... Y
tú, Madre, y María ¿no erais para mí las más tiernas y desinteresadas de
las madres...? No, si Dios no hubiese prodigado a su florecilla esos sus
rayos bienhechores, nunca ella hubiera podido aclimatarse a la tierra, pues
era todavía demasiado débil para soportar las lluvias y las tormentas, y
necesitaba calor, el suave rocío y las brisas de primavera. Nunca le
faltaron [13vº] todas esas ayudas, Jesús hizo que las encontrase incluso
bajo la nieve del sufrimiento.

Lisieux

No sentí la menor pena al dejar Alençon; a los niños les gustan los
cambios, y vine contenta a Lisieux. Me acuerdo del viaje y de la llegada al
anochecer a la casa de mi tía. Aún me parece estar viendo a Juana y a
María esperándonos a la puerta... Me sentía muy feliz de tener unas
primitas tan buenas. Las quería mucho, lo mismo que a mi tía y, sobre
todo, a mi tío; sólo que él me daba miedo y no me hallaba tan a gusto en
su casa como en los Buissonnets, donde mi vida sí que fue
verdaderamente feliz...
Por la mañana, tú te acercabas a mí, preguntándome si había ofrecido ya
mi corazón a Dios; luego me vestías, hablándome de él, y a continuación
rezaba mis oraciones a tu lado.
Después venía la clase de lectura. La primera palabra que logré leer sola
fue ésta: «cielos». Mi querida madrina se encargaba de las clases de
escritura, y tú, Madre, de todas las demás. No tenía gran facilidad para
aprender, pero sí buena memoria. El catecismo, y sobre todo la Historia
Sagrada, eran mis asignaturas preferidas, las estudiaba con verdadero
placer; en cambio la gramática me hizo derramar muchas lágrimas... ¿Te
acuerdas del masculino y el femenino?
En cuanto terminaba la clase, subía al mirador para llevarle a papá mi
condecoración y mis notas. ¡Qué feliz me sentía cuando podía decirle:
para mí como obtener un punto menos. También me dabas vales, y
cuando había reunido un cierto número de ellos conseguía un recompensa
y un día de asueto. Recuerdo que esos días [14rº] se me hacían mucho
más largos que los otros, cosa que a ti te agradaba pues era señal de que
no me gustaba estar sin hacer nada.

Delicadezas de papá

Todas la tardes me iba a dar un paseíto con papá. Hacíamos juntos una
visita al Santísimo Sacramento, visitando cada día una nueva iglesia. Fue
así como entré por vez primera en la capilla del Carmelo. Papá me enseñó
la reja del coro, diciéndome que al otro lado había religiosas. ¡Qué lejos
estaba yo de imaginarme que nueve años más tarde iba a encontrarme yo
entre ellas...!
Terminado el paseo (durante el cual papá me compraba siempre un
regalito de cinco o diez céntimos), volvía a casa. Hacía entonces los
deberes, y después me pasaba todo el resto del tiempo brincando en el
jardín en torno a papá, pues no sabía jugar a las muñecas. Una cosa que
me encantaba era preparar tisanas con semillas y cortezas de árbol que
encontraba por el suelo; luego se las llevaba a papá en una linda tacita;
nuestro pobre papaíto suspendía su trabajo y, sonriendo, hacía como que
bebía, y antes de devolverme la taza me preguntaba (como a hurtadillas) si
había que tirar el contenido; algunas veces yo le decía que sí, pero la
mayoría de ellas volvía a llevarme mi preciosa tisana para que me sirviese
para más veces...
Me gustaba cultivar mis florecitas en el jardín que papá me había regalado.
Me entretenía levantando altarcitos en un hueco que había en medio de la
tapia; cuando terminaba, corría a buscar a papá y arrastrándole detrás de
mí le decía que cerrase bien los ojos y que no los abriera hasta que yo se
lo mandase. El hacía todo lo que yo quería y se dejaba conducir ante mi
jardincito. Entonces yo gritaba: «¡Papá, abre los ojos!» El los abría [14vº] y,
por complacerme, se quedaba extasiado, admirando lo que a mí me
parecía toda una obra de arte...
Si quisiera contar otras mil anécdotas de esta índole que se agolpan en mi
memoria, nunca terminaría... ¿Cómo relatar todas las caricias que «papá»
prodigaba a su reinecita? Hay cosas que siente el corazón y que ni la
palabra ni siquiera el pensamiento pueden expresar...
¡Qué hermosos eran para mí los días en que mi rey querido me llevaba
con él a pescar!¡Me gustaban tanto el campo, las flores y los pájaros!A
veces intentaba pescar con mi cañita. Pero prefería ir a sentarme sola en
la hierba florida. Entonces mis pensamientos se hacían muy profundos, y
sin saber lo que era meditar, mi alma se abismaba en una verdadera
oración... Escuchaba los ruidos lejanos... El murmullo del viento y hasta la
música difusa de los soldados, cuyo sonido llegaba hasta mí, me llenaban
de dulce melancolía el corazón... La tierra me parecía un lugar de destierro
y soñaba con el cielo...
La tarde pasaba rápidamente, y pronto había que volver a los Buissonnets.
Pero antes de partir, tomaba la merienda que había llevado en mi cestita.
La hermosa rebanada de pan con mermelada que tú me habías preparado
había cambiado de aspecto: en lugar de su vivo color, ya no veía más que
un pálido color rosado, todo rancio y revenido... Entonces la tierra me
parecía aún más triste, y comprendía que sólo en el cielo la alegría sería
sin nubes...
Hablando de nubes, me acuerdo que un día el hermoso cielo azul de la
campaña se encapotó y que pronto se puso a rugir la tormenta. Los
relámpagos hacían surcos en las nubes oscuras y vi caer un rayo a corta
distancia. Lejos de asustarme, estaba encantada: ¡me parecía que Dios
[15rº] estaba muy cerca de mí...!Papá no estaba en absoluto tan contento
como su reinecita; no porque tuviese miedo a la tormenta, sino porque la
hierba y las grandes margaritas (que levantaban más que yo) centelleaban
de piedras preciosas y teníamos que atravesar varios prados antes de
encontrar un camino; así que mi querido papaíto, para que los diamantes
no mojasen a su hijita, se la echó a hombros a pesar de su equipo de
pesca.
Durante los paseos que daba con papá, le gustaba mandarme a llevar la
limosna a los pobres con que nos encontrábamos. Un día, vimos a uno
que se arrastraba penosamente sobre sus muletas. Me acerqué a él para
darle una moneda; pero no sintiéndose tan pobre como para recibir una
limosna, me miró sonriendo tristemente y rehusó tomar lo que le ofrecía.
No puedo decir lo que sentí en mi corazón. Yo quería consolarle, aliviarle,
y en vez de eso, pensé, le había hecho sufrir. El pobre enfermo, sin duda,
adivinó mi pensamiento, pues lo vi volverse y sonreírme. Papá acababa de
comprarme un pastel y me entraron muchas ganas de dárselo, pero no me
atreví. Sin embargo, quería darle algo que no me pudiera rechazar, pues
sentía por él un afecto muy grande. Entonces recordé haber oído decir que
el día de la primera comunión se alcanzaba todo lo que se pedía. Aquel
pensamiento me consoló, y aunque todavía no tenía más que seis años,
me dije para mí: «El día de mi primera comunión rezaré por mi pobre».
Cinco años más tarde cumplí mi promesa, y espero que Dios habrá
escuchado la oración que él mismo me había inspirado que le dirigiera por
uno de sus miembros dolientes...
[15vº] Amaba mucho a Dios y le ofrecía con frecuencia mi corazón,
sirviéndome de la breve fórmula que mamá me había enseñado. Sin
embargo, un día, o mejor una tarde del mes de mayo, cometí una falta que
vale la pena contar aquí. Esta falta me ofreció una buena ocasión para
humillarme y creo que he tenido de ella perfecta contrición.
Como era demasiado pequeña para ir al mes de María, me quedaba en
casa con Victoria y hacía con ella mis devociones ante mi altarcito de
María, que yo arreglaba a mi manera. Era todo tan pequeño, candeleros y
floreros, que dos cerillas, que hacían de velas, bastaban para alumbrarlo.
En alguna que otra ocasión, Victoria me daba la sorpresa de regalarme
dos cabitos de vela, pero raras veces. Una tarde, estaba todo preparado
para ponernos a rezar, y le dije: «Victoria, ¿quieres comenzar el
Acordaos? Voy a encender». Ella hizo ademán de empezar, pero no dijo
nada y me miró riéndose. Yo, que veía que mis preciosas cerillas se
consumían rápidamente, le supliqué que dijese la oración. Ella continuó
callada. Entonces, levantándome, le dije a gritos que era mala y, saliendo
de mi dulzura habitual, empecé a patalear con todas mis fuerzas.... A la
pobre Victoria se le quitaron las ganas de reír, me miró asombrada y me
enseñó los cabos de vela que había traído...Y yo, después de haber
derramado lágrimas de rabia, lloré lágrimas de sincero arrepentimiento,
con el firme propósito de no volver a hacerlo nunca...
En otra ocasión me ocurrió una nueva aventura con Victoria, pero de ésta
no tuve que arrepentirme, pues conservé perfectamente la calma. Yo
quería un tintero, que estaba sobre la chimenea de la cocina. Como era
muy pequeña para cogerlo, le pedí muy amablemente a Victoria que [16rº]
me lo diese, pero ella se negó, diciéndome que me subiese a una silla.
Cogí una silla sin replicar, pero pensando que ella no había sido nada
amable que digamos. Y queriendo hacérselo saber, busqué en mi cabecita
el insulto que más me ofendía. Ella, cuando estaba enfadada conmigo,
solía llamarme «mocosa», lo cual me humillaba mucho. Así que, antes de
bajarme de la silla, me volví hacia ella con gran dignidad y le dije:
«¡Victoria, eres una mocosa!» Y me escapé corriendo, dejándola que
meditase las profundas palabras que acababa de dirigirle... El resultado no
se hizo esperar, pues pronto la oí gritar: «¡Señorita María..., Teresa acaba
de llamarme mocosa!» Vino María y me hizo pedirle perdón, pero lo hice
sin contrición, pues me parecía que si Victoria no había querido estirar su
largo brazo para hacerme un pequeño favor, merecía bien el título de
mocosa...
Sin embargo, Victoria me quería mucho, y yo también a ella. Un día me
sacó de un gran aprieto, en el que yo había caído por mi culpa. Victoria
estaba planchando y tenía a su lado un cubo de agua. Yo estaba
mirándola, balanceándome (como de costumbre) en una silla. De repente,
me falló la silla y caí, pero no al suelo, sino ¡¡¡dentro del cubo...!!!Estaba
tocando la cabeza con los pies, y llenaba el cubo como un pollito llena el
huevo... La pobre Victoria me miraba enormemente sorprendida, pues
nunca había visto cosa igual. Yo no veía la hora de salir del cubo, pero
imposible, la prisión era tan justa que no podía hacer el menor movimiento.
Con cierta dificultad, Victoria me salvó del gran aprieto; lo que no pudo
salvar fue mi vestido y todo lo demás, y se vio obligada a cambiarme, pues
estaba hecha una sopa.
Otra vez me caí en la chimenea. Por suerte el fuego no estaba [16vº]
encendido, y Victoria no tuvo más trabajo que el de levantarme y
sacudirme la ceniza que me cubría de pies a cabeza. Todas estas
aventuras me sucedían los miércoles, mientras tú y María estabais en el
canto.

Primera confesión

Fue también un miércoles cuando vino a visitarnos el Sr. Ducellier. Cuando
Victoria le dijo que no había nadie en casa, más que Teresita, entró a la
cocina para verme, y estuvo mirando mis deberes. Me sentí muy orgullosa
de recibir a mi confesor, pues había hecho poco antes mi primera
confesión.
¡Qué dulce recuerdo aquel...!¡Con cuánto esmero me preparaste, Madre
querida, diciéndome que no era a un hombre a quien iba a decir mis
pecados, sino a Dios!Estaba profundamente convencida de ello, por lo
que me confesé con gran espíritu de fe, y hasta te pregunté si no tendría
que decirle al Sr. Ducellier que lo amaba con todo el corazón, ya que era a
Dios a quien le iba a hablar en su persona...
Bien instruida acerca de todo lo que tenía que decir y hacer, entré al
confesonario y me puse de rodillas; pero al abrir la ventanilla, el Sr.
Ducellier no vio a nadie: yo era tan pequeña, que mi cabeza quedaba por
debajo de la tabla de apoyar las manos. Entonces me mandó ponerme de
pie. Obedecí en seguida, me levanté y, poniéndome exactamente frente a
él para verle bien, me confesé como una persona mayor, y recibí su
bendición con gran fervor, pues tú me habías dicho que en esos momentos
las lágrimas del Niño Jesús purificarían mi alma. Recuerdo que en la
primera exhortación que me hizo me invitó, sobre todo, a que tener
devoción a la Santísima Virgen, y yo prometí redoblar mi ternura hacia ella.
Al salir del confesonario, me sentía tan contenta y ligera, que nunca había
sentido tanta alegría en mi [17rº] alma. Después volví a confesarme en
todas las fiestas importantes, y cada vez que lo hacía era para mí una
verdadera fiesta.

Fiestas y domingos en familia

¡Las fiestas...!¡Cuántos recuerdos me trae esta palabra...!¡Cómo me
gustaban las fiestas...!Tú, Madre querida, sabías explicarme tan bien
todos los misterios que en cada una de ellas se encerraban, que eran para
mí auténticos días de cielo. Me gustaban, sobre todo, las procesiones del
Santísimo. ¡Qué alegría arrojar flores al paso del Señor...!Pero en vez de
dejarlas caer, yo las lanzaba lo más alto que podía, y cuando veía que mis
hojas deshojadas tocaban la sagrada custodia, mi felicidad llegaba al
colmo...
¡Las fiestas!Si bien las grandes eran raras, cada semana traía una muy
entrañable para mí.: «el domingo». ¡Qué día el domingo...!Era la fiesta de
Dios, la fiesta del descanso. Empezaba por quedarme en la cama más
tiempo que los otros días; además, mamá Paulina mimaba a su hijita
llevándole el chocolate a la cama, y después la vestía como a una
reinecita...
La madrina venía a peinar los rizos de su ahijada, que no siempre era
buena cuando le alisaban el pelo, pero luego se iba muy contenta a coger
la mano de su rey, que ese día la besaba con mayor ternura aún que de
ordinario.
Después toda la familia iba a misa. Durante todo el camino, y también en
la iglesia, la reinecita de papá le daba la mano. Su sitio estaba junto al de
él, y cuando teníamos que sentarnos para el sermón, había que encontrar
también dos sillas, una junto a otra. Esto no resultaba muy difícil, pues
todo el mundo parecía encontrar tan entrañable el ver a un anciano tan
venerable con una hija tan pequeña, que la gente se apresuraba a
cedernos el asiento. Mi tío, que ocupaba los bancos de los mayordomos,
gozaba al vernos llegar y decía que yo era su [17vº] rayito de sol...
No me preocupaba lo más mínimo que me mirasen. Escuchaba con mucha
atención los sermones, aunque no entendía casi nada. El primero que
entendí, y que me impresionó profundamente, fue uno sobre la pasión,
predicado por el Sr. Ducellier, y después entendí ya todos los demás.
Cuando el predicador hablaba de santa Teresa, papá se inclinaba y me
decía muy bajito: «Escucha bien, reinecita, que está hablando de tu santa
patrona». Y yo escuchaba bien, pero miraba más a papa que al
predicador. ¡Me decía tantas cosas su hermoso rostro...!A veces sus ojos
se llenaban de lágrimas que trataba en vano de contener. Tanto le gustaba
a su alma abismarse en las verdades eternas, que parecía no pertenecer
ya a esta tierra... Sin embargo, su carrera estaba aún muy lejos de
terminar: tenían que pasar todavía largos años antes de que el hermoso
cielo se abriera ante sus ojos extasiados y de que el Señor enjugara las
lágrimas de su servidor fiel y cumplidor...
Pero vuelvo a mi jornada del domingo. Aquella alegre jornada, que pasaba
con tanta rapidez, tenía también su fuerte tinte de melancolía. Recuerdo
que mi felicidad era total hasta Completas. Durante esta Hora del Oficio,
me ponía a pensar que el día de descanso se iba a terminar, que al día
siguiente había que volver a empezar la vida normal, a trabajar, a estudiar
las lecciones, y mi corazón sentía el peso del destierro de la tierra... y
suspiraba por el descanso eterno del cielo, por el domingo sin ocaso de la
patria...
Hasta los paseos que dábamos antes de volver a los Buissonnets dejaban
en mi alma un sentimiento de tristeza. En ellos la familia ya no estaba
completa, pues papá, por dar gusto a mi tío, le dejaba a María o a Paulina
la tarde de los domingos. [18rº] Sólo me sentía realmente contenta cuando
me quedaba yo también. Prefería eso a que me invitasen a mí sola, pues
así se fijaban menos en mí.
Mi mayor placer era oír hablar a mi tío, pero no me gustaba que me hiciese
preguntas, y sentía mucho miedo cuando me ponía sobre una de sus
rodillas y cantaba con voz de trueno la canción de Barba Azul...
Cuando papá venía a buscarnos, me ponía muy contenta. Al volver a casa,
iba mirando las estrellas, que titilaban dulcemente, y esa visión me
fascinaba... Había, sobre todo, un grupo de perlas de oro en las que me
fijaba muy gozosa, pues me parecía que tenían forma de T (poco más o
menos esta forma ). Se lo enseñaba a papá, diciéndole que mi nombre
estaba escrito en el cielo, y luego, no queriendo ver ya cosa alguna de esta
tierra miserable, le pedía que me guiase él. Y entonces, sin mirar dónde
ponía los pies, levantaba bien alta la cabeza y caminaba sin dejar de
contemplar el cielo estrellado...
¿Y qué decir de las veladas de invierno, sobre todo de las de los
domingos? ¡Cómo me gustaba sentarme con Celina, después de la partida
de damas, en el regazo de papá...!Con su hermosa voz, cantaba tonadas
que llenaban el alma de pensamientos profundos..., o bien, meciéndonos
dulcemente, recitaba poesías impregnadas de verdades eternas.
Luego subíamos para rezar las oraciones en común, y la reinecita se ponía
solita junto a su rey, y no tenía más que mirarlo para saber cómo rezan los
santos...
Finalmente, íbamos todas, por orden de edad, a dar las buenas noches a
papá y a recibir un beso. La reina iba, naturalmente, la última, y el rey,
para besarla, la [18vº] cogía por los codos, y ella exclamaba bien alto:
«Buenas noches, papá, hasta mañana, que duermas bien». Y todas las
noches se repetía la escena...
Después mi mamaíta me cogía en brazos y me llevaba hasta la cama de
Celina, y yo entonces le decía: «Paulina, ¿he sido hoy bien buenecita...?
¿Vendrán los angelitos a volar a mi alrededor ?» La respuesta era siempre
sí, pues de otro modo me hubiera pasado toda la noche llorando...
Después de besarme, al igual que mi querida madrina, Paulina volvía a
bajar y la pobre Teresita se quedaba completamente sola en la oscuridad.
Y por más que intentaba imaginarse a los angelitos volando a su
alrededor, no tardaba en apoderarse de ella el terror; las tinieblas le daban
miedo, pues desde su cama no alcanzaba a ver las estrellas que titilaban
dulcemente...
Considero una auténtica gracia el que tú, Madre querida, me hayas
acostumbrado a superar mis miedos. A veces me mandabas sola, por la
noche, a buscar un objeto cualquiera en alguna habitación alejada. De no
haber sido tan bien dirigida, me habría vuelto muy miedosa, mientras que
ahora es difícil que me asuste por nada...
A veces me pregunto cómo pudiste educarme con tanto amor y
delicadeza, y sin mimarme, pues la verdad es que no me dejabas pasar ni
una sola imperfección. Nunca me reprendías sin motivo, pero tampoco te
volvías nunca atrás de una decisión que hubieras tomado. Tan convencida
estaba yo de esto, que no hubiera podido ni querido dar un paso si tú me
lo habías prohibido. Hasta papá se veía obligado a someterse a tu
voluntad. Sin el consentimiento de Paulina, yo no salía de paseo; y si
cuando papá me pedía que fuese, yo respondía: «Paulina no quiere»,
[19rº] entonces él iba a implorar gracia para mí. A veces Paulina, por
complacerlo, decía que sí, pero Teresita leía en su cara que no lo decía de
corazón y entonces se echaba a llorar y no había forma de consolarla
hasta que Paulina decía que sí y la besaba de corazón.
Cuando Teresita caía enferma, como le sucedía todos los inviernos, es
imposible decir con qué ternura maternal era cuidada. Paulina la acostaba
en su propia cama (merced incomparable) y le daba todo lo que le
apetecía. Un día, Paulina sacó de debajo de la almohada una preciosa
navajita suya y se la regaló a su hijita, dejándola sumida en un
arrobamiento imposible de describir. -«¡Paulina!, exclamó, ¿así que me
quieres tanto, que te privas por mí de tu preciosa navajita que tiene una
estrella de nácar...? Y si me quieres tanto, ¿sacrificarías también tu reloj
para que no me muriera...» -«No sólo sacrificaría mi reloj para que no te
murieras, sino que lo sacrificaría ahora mismo por verte pronto curada». Al
oír esas palabras de Paulina, mi asombro y mi gratitud llegaron al colmo...
En verano, a veces tenía mareos, y Paulina me cuidaba con la misma
ternura. Para distraerme -y éste era el mejor de los remedios-, me paseaba
en carretilla alrededor del jardín; y luego, bajándome a mí, ponía en mi
lugar una matita de margaritas y la paseaba con mucho cuidado hasta mi
jardín, donde la colocaba con gran solemnidad...
Paulina era quien recibía todas mis confidencias íntimas y aclaraba todas
mis dudas... En cierta ocasión, le manifesté mi extrañeza de que Dios no
[19vº] diera la misma gloria en el cielo a todos los elegidos y mi temor de
que no todos fueran felices. Entonces Paulina me dijo que fuera a buscar
el vaso grande de papá y que lo pusiera al lado de mi dedalito, y luego que
los llenara los dos de agua. Entonces me preguntó cuál de los dos estaba
más lleno. Yo le dije que estaba tan lleno el uno como el otro y que era
imposible echar en ellos más agua de la que podían contener. Entonces mi
Madre querida me hizo comprender que en el cielo Dios daría a sus
elegidos tanta gloria como pudieran contener, y que de esa manera el
último no tendría nada qué envidiar al primero. Así, Madre querida,
poniendo a mi alcance los más sublimes secretos, sabías tú dar a mi alma
el alimento que necesitaba...
¡Con qué alegría veía yo llegar cada año la entrega de premios...!
Entonces como siempre, se hacía justicia, y yo no recibía más
recompensas que las que había merecido. Sola y de pie en medio de la
noble asamblea, escuchaba la sentencia, que era leída por el rey de
Francia y Navarra. El corazón me latía muy fuerte al recibir los premios y la
corona..., ¡era para mí como una imagen del juicio...!Inmediatamente
después de la entrega, la reinecita se quitaba su vestido blanco, y se
apresuraban a disfrazarla para que tomara parte en la gran
representación...!

Visión profética

¡Qué alegres eran aquellas fiestas familiares...!¡Y qué lejos estaba yo
entonces, viendo a mi rey querido tan radiante, de presagiar las
tribulaciones que iban a visitarlo...!
Un día, sin embargo, Dios me mostró, en una visión verdaderamente
extraordinaria, la imagen viva de la prueba que él quería prepararnos de
antemano, pues su cáliz se estaba ya llenando.
Papá se encontraba de viaje desde hacía varios días, y aún faltaban dos
[20rº] para su regreso. Serían las dos o las tres de la tarde, el sol brillaba
con vivo resplandor y toda la naturaleza parecía estar de fiesta.
Yo estaba sola, asomada a la ventana de una buhardilla que daba a la
huerta grande. Miraba al frente, con el alma ocupada en pensamientos
risueños, cuando vi delante del lavadero, que se encontraba justamente
allí enfrente, a un hombre vestido exactamente igual que papá, de la
misma estatura y con la misma forma de andar; sólo que estaba mucho
más encorvado... Tenía la cabeza cubierta con una especie de delantal de
color indefinido, de suerte que no le puede ver la cara. Llevaba un
sombrero parecido a los de papá. Lo vi avanzar con paso regular,
bordeando mi jardincito... De pronto un sentimiento de pavor sobrenatural
invadió mi alma; pero inmediatamente pensé que seguramente papá había
regresado y que se ocultaba para darme una sorpresa. Entonces le llamé a
gritos, con voz trémula de emoción: «¡Papá, papá...!» Pero el misterioso
personaje no pareció oírme y prosiguió su marcha regular sin siquiera
volverse. Siguiéndole con la mirada, le vi dirigirse hacia el bosquecillo que
cortaba en dos la avenida principal. Esperaba verlo reaparecer al otro lado
de los grandes árboles, ¡pero la visión profética se había desvanecido...!
Todo esto no duró más que un instante, pero se grabó tan profundamente
en mi corazón, que aún hoy, quince años después..., conservo tan vivo su
recuerdo como si la visión estuviese todavía delante de mis ojos...
María estaba contigo, Madre mía, en una habitación que tenía
comunicación con aquella en la que yo me encontraba. Y al oírme llamar a
papá, tuvo una sensación de pavor y pensó, según me dijo después, que
debía estar ocurriendo algo extraordinario. Disimulando su emoción corrió
junto a mí, preguntándome qué me pasaba para estar llamando a papá
que estaba en Alençon. [20vº] Entonces le conté lo que acababa de ver.
Para tranquilizarme, María me dijo que seguramente habría sido Victoria,
que, para meterme miedo, se había cubierto la cabeza con el delantal.
Pero al preguntarle, Victoria aseguró que ella no había salido de la cocina.
Además, yo estaba bien segura de haber visto a un hombre y de que ese
hombre tenía todas las trazas de papá. Entonces fuimos las tres al otro
lado del macizo de árboles, y al no encontrar la menor huella de que
alguien hubiese pasado por allí, tú me dijiste que no pensara más en ello...
Pero no pensar más en ello era algo que no estaba en mi poder. Mi
imaginación me representaba una y otra vez la escena misteriosa que
había visto... Muchas veces también intenté levantar el velo que me
ocultaba su significado, pues en el fondo del corazón abrigaba la íntima
convicción de que esta visión tenía un sentido que algún día se me iba a
revelar...
Ese día se hizo esperar largo tiempo, pero catorce años más tarde Dios
mismo rasgó ese velo misterioso. Estábamos en licencia sor María del
Sagrado Corazón y yo, y hablábamos como siempre de cosas de la otra
vida y de nuestros recuerdos de la infancia. Yo le recordé la visión que
había tenido a la edad de seis a siete años, y de pronto, al contar los
detalles de aquella extraña escena, comprendimos las dos a la vez lo que
significaba... Era a papá a quien yo había visto, caminando encorvado por
la edad... Era él, llevando en su rostro venerable y en su cabeza
encanecida el signo de su prueba gloriosa... Así como la Faz adorable de
Jesús estuvo velada durante su Pasión, así tenía que estar también velada
la faz de su fiel servidor en los días de sus sufrimientos, para que en la
patria celestial pudiera resplandecer junto a su Señor, el Verbo eterno... Y
desde el seno de esa gloria inefable, nuestro querido padre, que reina ya
en el cielo, nos ha alcanzado la gracia de comprender la visión [21rº] que
su reinecita había tenido a una edad en la que no era de temer que
sufriera una ilusión. Desde el seno de la gloria, nos ha alcanzado el dulce
consuelo de comprender que, diez años antes de nuestra gran tribulación,
Dios quiso mostrárnosla ya, como un padre hace vislumbrar a sus hijos el
porvenir glorioso que les tiene preparado y se complace en considerar por
adelantado las riquezas incalculables que constituirán su herencia...
¿Pero por qué Dios me concedió precisamente a mí esta revelación? ¿Por
qué mostró a una niña tan pequeña algo que ella no podía comprender,
algo que, de haberlo comprendido, la hubiera hecho morir de dolor? ¿Por
qué...? Es éste, sin duda, uno de esos misterios que comprenderemos en
el cielo ¡y que será para nosotras causa de eterna admiración...!
¡Qué bueno es el Señor...!El acompasa siempre sus pruebas a las fuerzas
que nos da. Como acabo de decir, yo nunca hubiera podido soportar ni tan
siquiera la idea de los amargos sufrimientos que me reservaba el
porvenir... Era incapaz hasta de pensar, sin estremecerme, que papá
pudiese morir...
Una vez, estaba subido a lo alto de una escalera, y como yo quedaba
justamente debajo de él, me gritó: «Apártate, chiquitita, que si caigo te voy
a aplastar». Al oír eso, me sublevé interiormente, y, en vez de apartarme,
me pegué más a la escalera, pensando: «Por lo menos, si papá se cae, no
tendré el dolor de verle morir, pues yo moriré con él».
Me es imposible decir lo mucho que quería a papa. Todo en él me causaba
admiración. Cuando me explicaba sus ideas (como si yo fuese ya una
jovencita), yo le decía ingenuamente que seguro que si decía [21vº] todas
esas cosas a los hombres importantes del gobierno, vendrían a buscarlo
para hacerlo rey, y entonces Francia sería feliz como no lo había sido
nunca... Pero en el fondo me alegraba (y me lo reprochaba a mí misma
como si fuese un pensamiento egoísta) de que no hubiese nadie más que
yo que conociese bien a papá, pues sabía que si llegara a ser rey de
Francia, sería desdichado, porque ésta es la suerte de todos los monarcas;
y, sobre todo, ya no sería mi rey, ¡un rey sólo para mí...!

Trouville

Tenía yo seis o siete años cuando papá nos llevó a Trouville. Nunca
olvidaré la impresión que me causó el mar. No me cansaba de mirarlo. Su
majestuosidad, el rugido de las olas, todo le hablaba a mi alma de la
grandeza y del poder de Dios.
Recuerdo que, durante el paseo que dimos por la playa, un señor y una
señora me miraban correr feliz junto a papá y, acercándose, le preguntaron
si era suya, y dijeron que era una niña muy guapa. Papá les respondió que
sí, pero me di cuenta de que les hizo señas de que no me dirigiesen
elogios...
Era la primera vez que yo oía decir que era guapa, y me gustó, pues no
creía serlo. Tú ponías gran cuidado, Madre querida, en alejar de mí todo lo
que pudiese empañar mi inocencia, y sobre todo en no dejarme escuchar
ninguna palabra por la pudiese deslizarse la vanidad en mi corazón. Y
como yo sólo hacía caso a tus palabras y a las de María, y vosotras nunca
me habíais dirigido un solo piropo, no di mayor importancia a las palabras
y a las miradas de admiración de aquella señora.
Al atardecer, a esa hora en la que el sol parece querer bañarse en la
inmensidad de las olas, dejando tras de sí un surco luminoso, iba a
sentarme, a solas con Paulina, en una roca... Y allí recordé el cuento
conmovedor de «El surco de oro»...
Estuve contemplando durante mucho tiempo aquel surco luminoso, imagen
de la gracia que ilumina el camino que debe recorrer la barquilla de airosa
vela blanca... Allí, al lado de Paulina, hice el propósito de no alejar nunca
mi alma de la mirada de Jesús, para que pueda navegar en paz hacia la
patria del cielo...
Mi vida discurría serena y feliz. El cariño de que vivía rodeada en los
Buissonnets me hacía, por decirlo así, crecer. Pero ya era, sin duda, lo
suficientemente grande para empezar a luchar, para empezar a conocer el
mundo y las miserias de que está lleno...

CAPÍTULO III
AÑOS DOLOROSOS (1881 - 1883)
Alumna en la Abadía

Tenía yo ocho años y medio cuando Leonia salió del internado y yo ocupé
su lugar en la Abadía.
He oído decir muchas veces que el tiempo pasado en el internado es el
mejor y el más feliz de la vida. Para mí no lo fue. Los cinco años que pasé
en él fueron los más tristes de toda mi vida. Si no hubiera tenido a mi lado
a mi querida Celina, no habría aguantado allí ni un mes sin caer enferma...
La pobre florecita había sido acostumbrada a hundir sus frágiles raíces en
una tierra selecta, hecha expresamente para ella. Por eso se le hizo muy
duro verse en medio de flores de toda especie, que tenían a menudo
raíces muy poco delicadas, y obligada a encontrar en una tierra ordinaria la
savia que necesitaba para vivir...
Tú me habías educado tan bien, Madre querida, que cuando llegué al
internado era la más adelantada de las niñas de mi edad. Me pusieron en
[22vº] una clase en la que todas las alumnas eran mayores que yo.
Una de ellas, de 13 a 14 años de edad, era poco inteligente, pero sabía
imponerse a las alumnas, e incluso a las profesoras. Al verme tan joven,
casi siempre la primera de la clase y querida por todas las religiosas, se ve
que sintió envidia -muy comprensible en una pensionista- y me hizo pagar
de mil maneras mis pequeños éxitos...
Dado mi natural tímido y delicado, no sabía defenderme, y me contentaba
con sufrir en silencio, sin quejarme ni siquiera a ti de lo que sufría. Pero no
tenía la suficiente virtud para sobreponerme a esas miserias de la vida y mi
pobre corazoncito sufría mucho...
Gracias a Dios, todas las tardes volvía al hogar paterno, y allí se
expansionaba mi corazón. Saltaba al regazo de mi rey, diciéndole las
notas que me habían dado, y sus besos me hacían olvidar todas las
penas...
¡Con qué alegría anuncié el resultado de mi primera composición (una
composición sobre la Historia Sagrada)!Sólo me faltó un punto para llegar
al máximo, por no haber sabido el nombre del padre de Moisés. Era, por lo
tanto, la primera de la clase y traía un hermosa condecoración de plata.
Como premio, papá me regaló una preciosa monedita de veinte céntimos
que eché en un bote destinado a recibir casi todos los jueves una nueva
moneda, siempre del mismo valor... (De este bote sacaba yo dinero en
determinadas fiestas solemnes, cuando quería dar de mi bolsillo una
limosna para la colecta de la Propagación de la Fe u otras obras
parecidas.) Paulina, encantada con el triunfo de su pequeña alumna, le
regaló un [23rº] aro muy bonito, para animarla a seguir siendo tan
estudiosa.
Buena necesidad tenía la pobre niña de estas alegrías de la familia. Sin
ellas, la vida del internado habría sido demasiado dura para ella.

Días de vacación

Los jueves por la tarde nos daban asueto. Pero no era como los asuetos
de Paulina, y no los pasaba con papa en el mirador... Tenía que jugar, no
con mi Celina, cosa que me gustaba mucho cuando estábamos las dos
solas, sino con mis primitas y con las pequeñas Maudelonde. Era para mí
un verdadero martirio, y como no sabía jugar como las demás niñas, no
era una compañera agradable. Sin embargo, hacía todo lo posible por
imitar a las otras, sin conseguirlo, y me aburría enormemente, sobre todo
cuando había que pasarse toda la tarde bailando cuadrillas. Lo único que
me gustaba era ir al jardín de la estrella. Allí era la primera en todo: como
cogía flores en cantidad y sabía encontrar las más bonitas, despertaba la
envidia de mis compañeras...
Otra cosa que también me gustaba era quedarme sola con María, lo cual
sólo ocurría por casualidad: como entonces no tenía a Celina Maudelonde
que la arrastrase a juegos corrientes, me dejaba elegir a mí, y yo elegía
alguno totalmente nuevo. María y Teresa se convertían en ermitañas, que
no tenían más que una pobre cabaña, un pequeño campo de trigo y unas
pocas legumbres que cultivar. Su vida transcurría en continua
contemplación; o sea, una de las ermitañas reemplazaba a la otra en la
oración cuando había que ocuparse de la vida activa. Todo se hacía con
tal armonía, con tal silencio y con un estilo tan religioso, que resultaba
perfecto. Cuando nuestra tía venía a buscarnos para ir a dar un paseo,
continuábamos el juego también en la calle. Las dos ermitañas rezaban
[23vº] juntas el rosario, sirviéndose de los dedos para no exhibir su
devoción ante un público indiscreto. Pero un día, la más joven de las
ermitañas se olvidó: le habían dado un pastel para la merienda, y ella,
antes de comerlo, hizo una gran señal de la cruz, lo que hizo reír a todos
los profanos del siglo...
María y yo nos entendíamos a la perfección. Hasta tal punto teníamos los
mismos gustos, que una vez nuestra unión de voluntades se pasó de la
raya. Volviendo una tarde de la Abadía, yo le dije a María: «Guíame, voy a
cerrar los ojos». «Yo también quiero cerrarlos», me respondió. Dicho y
hecho. Cada una hizo su propia voluntad sin discutir... Ibamos por la acera,
por lo que no teníamos por qué temer a los coches. Tras un delicioso
paseo de varios minutos, y de saborear el placer de caminar a ciegas, las
dos pequeñas atolondradas cayeron sobre unas cajas colocadas a la
puerta de una tienda, o, mejor dicho, las tiraron al suelo. El tendero salió,
todo furioso, a recoger su mercancía. Las dos ciegas voluntarias se
levantaron ellas solas y escaparon a todo correr, con los ojos bien abiertos
y perseguidas por los justos reproches de Juana, que estaba tan enfadada
como el tendero...
En consecuencia, como castigo, decidió separarnos, y desde aquel día
María y Celina fueron juntas, mientras que yo iba con Juana. Eso puso fin
a nuestra excesiva unión de voluntades y no les vino mal a las mayores,
que nunca estaban de acuerdo y se pasaban todo el camino discutiendo.
De esa manera, la paz fue completa.

Primera comunión de Celina

Aún no he dicho nada de mi íntima relación con Celina. [24rº] Si fuera a
contarlo todo, nunca acabaría...
En Lisieux se cambiaron los papeles: Celina se convirtió en un travieso
diablillo y Teresa ya no era más que una niñita muy buena, pero
excesivamente llorona... Eso no era obstáculo para que Celina y Teresa se
quisiesen cada día más. A veces había entre ellas pequeñas discusiones,
pero no era nada serio, y en el fondo estaban siempre de acuerdo.
Puedo decir que nunca mi querida hermanita me dio el menor disgusto,
sino que fue para mí como un rayo de sol, una fuente continua de alegría y
de consuelo... ¿Quién podrá decir con qué intrepidez me defendía en la
Abadía cuando alguien me acusaba...? Se preocupaba tanto por mi salud,
que a veces me cansaba. De lo que no me cansaba era de verla jugar.
Ponía en fila a toda la tropa de nuestras muñecas y les daba clase como
una maestra consumada; sólo que tenía mucho cuidado de que las suyas
se portasen siempre bien, mientras que a las mías las echaba a menudo
de clase por su mala conducta...
Me contaba todas las cosas nuevas que aprendía en clase, lo cual me
divertía mucho, y la tenía por un pozo de ciencia.
Me había dado el título de «hijita de Celina», y así, cuando se enfadaba
conmigo, su mejor muestra de que estaba enojada era decirme: «¡Ya no
eres mi hijita, se acabó, me acordaré por toda la vida...!» Entonces yo no
tenía más remedio que echarme a llorar como una Magdalena,
suplicándole que me volviese a admitir como su hijita. Inmediatamente me
besaba y me prometía que ya no se volvería a acordar de nada... Y para
consolarme, cogía una de sus muñecas y le [24vº] decía: «Cariño, besa a
tu tía». Una vez, la muñeca tenía tanta prisa por besarme tiernamente, que
me metió sus dos bracitos por la nariz... Celina, que no lo había hecho
adrede, me miraba estupefacta, viendo a la muñeca colgándome de la
nariz. La tía no tardó mucho en rechazar las efusiones demasiado tiernas
de su sobrina, y se echó a reír con todas las ganas ante tan singular
aventura.
Lo más divertido era vernos comprar las dos a la vez, en la tienda, los
aguinaldos. Nos escondíamos cuidadosamente la una de la otra. Con sólo
50 céntimos teníamos que comprar, por lo menos, cinco o seis objetos
diferentes, y la cuestión era quién compraría las cosas más bonitas.
Encantadas con nuestras compras, esperábamos con impaciencia el
primer día del año para poder ofrecernos una a otra nuestros magníficos
regalos. La primera que se despertaba se apresuraba a felicitarle a la otra
el año nuevo. Luego nos entregábamos los aguinaldos y las dos nos
quedábamos extasiadas ante los tesoros que la otra había conseguido con
50 céntimos...
Esos regalitos nos causaban casi tanto placer como los ricos aguinaldos
de mi tío.
Por lo demás, eso no era más que el principio de nuestras alegrías. Aquel
día nos vestíamos a toda prisa y estábamos al acecho para saltar al cuello
de papá. En cuanto salía de su habitación, toda la casa se llenaba de
gritos de alegría y nuestro papaíto se mostraba feliz de vernos tan
contentas...
Los aguinaldos que María y Paulina daban a sus hijitas no eran de gran
valor, pero les causaban también una gran alegría... Y es que en esa edad
aún no estábamos embotadas; nuestra alma, en toda su lozanía, se abría
como una flor, feliz de recibir el rocío de la mañana... Un mismo soplo
mecía nuestras corolas, y lo que hacía gozar o sufrir a [25rº] una hacía
gozar o sufrir a la vez a la otra.
Sí, nuestras alegrías eran comunes. Lo comprobé muy bien el día de la
primera comunión de mi querida Celina. Yo no iba aún a la Abadía, pues
sólo tenía siete años; pero conservo en mi corazón el dulcísimo recuerdo
de la preparación que tú, Madre querida, le hiciste hacer a Celina. Todas
las tardes la sentabas en tu regazo y le hablabas del acto tan importante
que iba a realizar. Yo escuchaba, ávida de prepararme también, pero muy
frecuentemente me decías que me fuera porque era todavía demasiado
pequeña. Entonces me ponía muy triste y pensaba que cuatro años no
eran demasiados para prepararse a recibir a Dios...
Una tarde, te oí decir que a partir de la primera comunión había que
empezar una nueva vida. En ese mismo momento decidí no esperar a ese
día, sino comenzarla al mismo tiempo que Celina...
Nunca supe cuánto la quería como durante su retiro de tres días. Era la
primera vez en mi vida que estaba lejos de ella y que no me acostaba en
su cama... El primer día me olvidé de que no iba a volver, y guardé un
manojito de cerezas, que papá me había comprado, para comerlo con ella;
cuando vi que no llegaba, sentí mucha pena. Papá me consoló diciéndome
que al día siguiente me llevaría a la Abadía para ver a mi Celina y que
podría darle otro manojo de cerezas...
El día de la primera comunión de Celina me dejó una impresión parecida a
la de la mía. Al despertarme por la mañana, yo sola en aquella cama tan
grande, me sentí inundada de alegría. «¡Es hoy...!Ha llegado el gran
día...» No me cansaba de [25vº] repetir estas palabras. Me parecía que era
yo la que iba a hacer la primera comunión. Creo que ese día recibí
grandes gracias, y lo considero como uno de los más hermosos de mi
vida...

Paulina en el Carmelo

He vuelto un poco atrás para evocar este delicioso y dulce recuerdo. Ahora
quiero hablarte de la dolorosa prueba que vino a destrozar el corazón de
Teresita cuando Jesús le arrebató a su querida mamá, a su Paulina ¡a la
que tan tiernamente quería...!
Un día, yo había dicho a Paulina que me gustaría ser solitaria, irme con
ella a un desierto lejano. Ella me contestó que ése era también su deseo y
que esperaría a que yo fuese mayor para marcharnos. La verdad es que
aquello no lo dijo en serio, pero Teresita sí lo había tomado en serio. Por
eso, ¿cuál no sería su dolor al oír un día hablar a su querida Paulina con
María de su próxima entrada en el Carmelo...?
Yo no sabía lo que era el Carmelo, pero comprendí que Paulina iba a
dejarme para entrar en un convento, comprendí que no me esperaría y que
iba a perder a mi segunda madre... ¿Cómo podré expresar la angustia de
mi corazón...? En un instante comprendí lo que era la vida. Hasta entonces
no me había parecido tan triste, pero entonces se me apareció en todo su
realismo, y vi que no era más que un puro sufrimiento y una continua
separación. Lloré lágrimas muy amargas, pues aún no comprendía la
alegría del sacrificio. Era débil, tan débil, que considero una gracia muy
grande el haber podido soportar una prueba como aquella, que parecía
muy superior a mis fuerzas... Si me hubiese ido enterando poco a poco de
la partida de mi Paulina querida, tal vez no hubiera sufrido tanto; pero
[26rº] al saberlo de repente, fue como si me hubieran clavado una espada
en el corazón.
Siempre recordaré, Madre querida, con qué ternura me consolaste...
Luego me explicaste la vida del Carmelo, que me pareció muy hermosa.
Evocando en mi interior todo lo que me habías dicho, comprendí que el
Carmelo era el desierto adonde Dios quería que yo fuese también a
esconderme... Lo comprendí con tanta evidencia, que no quedó la menor
duda en mi corazón. No era un sueño de niña que se deja entusiasmar
fácilmente, sino la certeza de una llamada de Dios: quería ir al Carmelo, no
por Paulina, sino sólo por Jesús... Pensé muchas cosas que las palabras
no pueden traducir, pero que dejaron una gran paz en mi alma.
Al día siguiente, confié mi secreto a Paulina, quien, viendo en mis deseos
la voluntad del cielo, me dijo que pronto iría con ella a ver a la madre priora
del Carmelo y que tendríamos que decirle lo que Dios me hacía sentir...
Se escogió un domingo para esta solemne visita, y mi apuro fue grande
cuando supe que María G. debería acompañarme, por ser yo aún
demasiado pequeña para ver a las carmelitas. Sin embargo, yo tenía que
encontrar la forma de quedarme a solas con la priora, y he aquí lo que se
me ocurrió. Le dije a María que, ya que teníamos el privilegio de ver a la
madre priora, debíamos ser muy amables y educadas con ella, y que por
eso debíamos confiarle nuestros secretos; así que cada una tendría que
salir un momento, y dejar a la otra a solas con la Madre. María creyó lo
que le decía, y, a pesar de su repugnancia a confiar secretos que no tenía,
nos quedamos a solas, una después de otra, con la madre María de
Gonzaga.
[26vº] Después de escuchar mis importantes confidencias, la Madre creyó
en mi vocación, pero me dijo que no recibían postulantes de nueve años, y
que tendría que esperar hasta los dieciséis... Yo me resigné, a pesar de
mis vivos deseos de entrar cuanto antes y de hacer la primera comunión el
día de la toma de hábito de Paulina...
Ese día me echaron piropos por segunda vez. Sor Teresa de San Agustín,
que había bajado a verme, no se cansaba de llamarme guapa. Yo no
pensaba venir al Carmelo para recibir alabanzas; así que, después de la
visita, no cesaba de repetirle a Dios que yo quería ser carmelita sólo por él.
Durante las pocas semanas que mi querida Paulina permaneció todavía en
el mundo, procuré aprovecharme bien de ella. Todo los días, Celina y yo le
comprábamos un pastel y bombones, pensando que ya pronto no volvería
a comerlos. Estábamos continuamente a su lado, sin dejarle ni un minuto
de descanso.
Por fin, llegó el 2 de octubre, día de lágrimas y de bendiciones, en que
Jesús cortó la primera de su flores, destinada a ser la madre de las que
pocos años después irían a reunirse con ella.
Aún me parece estar viendo el lugar donde recibí el último beso de
Paulina. Luego, mi tía nos llevó a todas a Misa, mientras papá subía a la
montaña del Carmelo para ofrecer su primer sacrificio...
Toda la familia lloraba, de modo que, al vernos entrar en la iglesia, la gente
nos miraba extrañada. A mí me daba igual, y no por eso dejé de llorar.
Creo que, si el mundo entero se hubiera derrumbado a mi alrededor, no
me habría dado cuenta. Miraba al hermoso cielo azul, y me maravillaba de
que el sol pudiese seguir brillando con [27rº] tanto resplandor mientras mi
alma estaba inundada de tristeza...
Tal vez, Madre querida, te parezca que exagero la pena que sentí...
Comprendo muy bien que no debiera haber sido tan grande, pues tenía la
esperanza de volver a encontrarte en el Carmelo, pero mi alma estaba
LEJOS de estar madura y tenía que pasar por muchos crisoles antes de
alcanzar la meta que tanto deseaba...
El 2 de octubre era el día fijado para volver a la Abadía, y no tuve más
remedio que ir, a pesar de mi tristeza...
Por la tarde, nuestra tía vino a buscarnos para ir al Carmelo, y vi a mi
Paulina querida detrás de las rejas... ¡Ay, cuánto he sufrido en ese
locutorio del Carmelo...!
Como estoy escribiendo la historia de mi alma, debo decírselo todo a mi
Madre querida, y confieso que los sufrimientos que precedieron a su
entrada no fueron nada en comparación con los que vinieron después...
Todos los jueves, íbamos en familia al Carmelo. Y yo, que estaba
acostumbrada a hablar con Paulina de corazón a corazón, apenas si
conseguía dos o tres minutos al final de la visita, que, por supuesto, me
pasaba llorando, y luego me iba con el corazón desgarrado... No
comprendía que si tú dirigías preferentemente la palabra a Juana y María,
en vez de hablar con tus hijitas, era por delicadeza hacia nuestra tía... No
lo comprendía, y pensaba en lo más hondo del corazón: «¡¡¡He perdido a
Paulina!!!»

Extraña enfermedad

Es asombroso ver cómo se desarrolló mi espíritu en medio del sufrimiento.
Se desarrolló de tal manera, que no tardé en caer enferma.
La enfermedad que me aquejó provenía, ciertamente, del demonio.
Furioso por tu entrada en el Carmelo, quiso vengarse en mí del daño que
nuestra familia iba a causarle en el futuro. Pero lo que él no sabía era que
la [27vº] amorosa Reina del cielo velaba por su frágil florecilla, que ella le
sonreía desde lo alto de su trono y que se aprestaba a calmar la
tempestad en el mismo momento en que su flor iba a quebrarse sin
Hacia finales de año, me sobrevino un continuo dolor de cabeza, pero que
se podía aguantar bien. Podía seguir estudiando, y nadie se preocupó por
mí. Esto duró hasta el día de Pascua de 1883.
Papá había ido a París con María y Leonia, y nuestra tía nos llevó a su
casa a Celina y a mí. Una tarde, nuestro tío me llevó con él y empezó a
hablarme de mamá y de recuerdos pasados con tal bondad, que me
emocionó profundamente y me hizo llorar. Entonces me dijo que era
demasiado sensible y que necesitaba mucho distraerme, y que mi tía y él
habían decidido tratar de hacérnoslo pasar bien durante las vacaciones de
Pascua. Esa tarde teníamos que ir al Círculo Católico; pero viendo que
estaba demasiado cansada, mi tía me hizo acostar. Al desnudarme, me
entró un extraño temblor. Creyendo que tenía frío, mi tía me envolvió entre
mantas y me puso botellas calientes, pero nada pudo reducir mi agitación,
que duró casi toda la noche. Al volver mi tío del Círculo Católico con mis
primas y Celina, se quedo muy sorprendido al encontrarme en aquel
estado, que juzgó muy grave, pero no quiso decirlo por no asustar a mi tía.
Al día siguiente, fue a buscar al doctor Notta, el cual coincidió con mi tío en
que tenía una enfermedad muy grave, que nunca había padecido una niña
tan joven como yo.
Todos estaban consternados. Mi tía tuvo que dejarme en su casa y me
cuidó con una solicitud verdaderamente maternal.
Cuando papá volvió de París con mis hermanas mayores, Amada los
recibió con una cara tan triste, que María [28rº] creyó que me había
muerto... Pero esta enfermedad no era de muerte, sino, como la de
Lázaro, para que Dios fuera glorificado...
Y así lo fue, en efecto, por la admirable resignación de mi pobre papaíto,
que creyó que «su hijita se iba a volver loca o que se iba a morir».
¡Lo fue también por la de María...!¡Cuánto sufrió por causa mía...!¡Y qué
agradecida le estoy por los cuidados que tan desinteresadamente me
prodigó...!Su corazón le dictaba lo que yo necesitaba, y, verdaderamente,
un corazón de madre es mucho más sabio que el de un médico y sabe
adivinar lo que conviene para la enfermedad de su hijo...
La pobre María tuvo que venir a instalarse en casa de mi tío, pues era
imposible trasladarme por entonces a los Buissonnets.
Entretanto, se acercaba la toma de hábito de Paulina. Delante de mí
evitaban hablar de ello, pues sabían la pena que sentía por no poder ir;
pero yo hablaba de ello con frecuencia, diciendo que para entonces ya
estaría lo bastante bien para ir a ver a mi Paulina querida.
Y en efecto, Dios no quiso negarme ese consuelo, o, mejor, quiso consolar
a su querida prometida, que tanto había sufrido con la enfermedad de su
hijita... He observado que Jesús no quiere probar a su hijas en el día de
sus esponsales, esta fiesta debe ser una fiesta sin nubes, un anticipo de
las alegrías del paraíso. ¿No lo ha demostrado ya cinco veces...?
Pude, pues, abrazar a mi Madre querida, sentarme en su regazo y
colmarla de caricias... Pude contemplarla radiante con su blanco vestido
de desposada... ¡Sí, fue un hermoso día, en medio de mi oscura prueba!
Pero aquel día pasó veloz... Pronto hube de subir al coche que me llevó
muy lejos de Paulina..., muy lejos de mi Carmelo querido.
Al llegar a los Buissonnets, me hicieron acostar a mi pesar, pues
aseguraba [28vº] que estaba totalmente curada y que ya no necesitaba
más cuidados. ¡Pero, ay, sólo estaba todavía en los comienzos de mi
prueba...!Al día siguiente, volví a estar igual que antes, y la enfermedad se
agravó tanto, que, según los cálculos humanos, no tenía remedio...
No sé cómo describir una enfermedad tan extraña. Hoy estoy convencida
de que fue obra del demonio, pero durante mucho tiempo después de mi
curación creí que había fingido estar enferma, y eso fue para mi alma un
verdadero martirio.
Se lo dije así a María, que me tranquilizó lo mejor que pudo con su bondad
habitual. Lo dije en la confesión, y también mi confesor intentó
tranquilizarme, diciéndome que no era posible que hubiese simulado estar
enferma hasta el punto que yo lo había estado. Dios, que, sin duda, quería
purificarme, y sobre todo humillarme, me dejó en este martirio íntimo hasta
mi entrada en el Carmelo, donde el Padre de nuestras almas barrió como
con la mano todas mis dudas, y desde entonces quedé totalmente
tranquila.
No es extraño que temiese haber fingido estar enferma sin estarlo de
verdad, pues decía y hacía cosas que no pensaba. Parecía estar en un
continuo delirio, diciendo palabras que no tenían sentido, y sin embargo
estoy segura de que no perdí ni un solo instante el uso de la razón... Con
frecuencia me quedaba como desmayada, sin hacer el menor movimiento;
en esos momentos, me habría dejado hacer todo lo que hubieran querido,
incluso matarme; sin embargo, oía todo lo que se decía a mi alrededor, y
todavía me acuerdo de todo. En una ocasión me aconteció estar mucho
tiempo sin poder abrir los ojos, y abrirlos un instante al encontrarme sola...
Pienso que el demonio había recibido un poder exterior sobre mí, pero
[29rº] que no podía acercarse a mi alma ni a mi espíritu, a no ser para
inspirarme grandísimos terrores a ciertas cosas, por ejemplo a las
medicinas sencillísimas que intentaban en vano hacerme tomar..
Pero si Dios permitía al demonio acercarse a mí, me enviaba también
ángeles visibles...
María no se separaba de mi cama, cuidándome y consolándome con la
ternura de una madre. Nunca me demostró el más ligero enfado, y eso que
yo le daba mucho trabajo, pues no soportaba que se alejase de mi lado.
Sin embargo, tenía necesariamente que ir a comer con papá, pero yo no
cesaba de llamarla durante todo el tiempo que no estaba. Victoria, que se
quedaba a mi cuidado, a veces no tenía más remedio que ir a buscar a mi
querida «mamá», como yo la llamaba... Si María quería salir, tenía que ser
para ir a Misa o para ver a Paulina; sólo entonces yo no decía nada...
Nuestros tíos eran también muy buenos conmigo. Mi querida tiíta venía
todos los días a verme y me traía mil golosinas.
También fueron a visitarme otras personas amigas de la familia; pero yo
pedí a María que les dijese que no quería recibir visitas. No me gustaba
«ver a la gente sentada alrededor de mi cama como ristras de cebollas y
mirándome como a un bicho raro». La única visita que me gustaba era la
de nuestros tíos.
Me sería imposible decir cuánto creció mi cariño hacia ellos a partir de esta
enfermedad. Comprendí como nunca que ellos no eran para nosotros unos
parientes cualquiera. ¡Qué razón tenía nuestro papaíto cuando nos repetía
tantas veces estas palabras que acabo de escribir!Más tarde él mismo
supo por experiencia que no se había equivocado, y seguro que ahora
protege y bendice a quienes le prodigaron tan generosos cuidados... Yo
todavía estoy en el destierro, y no sabiendo cómo demostrarles mi gratitud,
sólo tengo una manera de aligerar mi corazón: ¡rezar por estos familiares
tan queridos que fueron y que siguen siendo tan buenos conmigo!
También Leonia era muy buena conmigo, y hacía todo lo posible por
distraerme. Yo, a veces, la hacía sufrir, pues se daba perfectamente
cuenta de que María era insustituible a mi lado...
¿Y mi Celina querida? ¿Qué no hizo por su Teresa...? Los domingos, en
vez de salir de paseo, venía a encerrarse horas enteras con una pobre
niña que parecía idiota. Verdaderamente, [29vº] se necesitaba mucho
amor para no huir de mí... ¡Hermanitas queridas, cuánto os hice sufrir...!
Nadie os hizo sufrir tanto como yo, y nadie recibió nunca tanto amor como
el que vosotras me prodigasteis... Gracias a Dios, tendré el cielo para
resarcirme. Mi Esposo es enormemente rico, y yo meteré la mano en sus
tesoros de amor para poder devolveros centuplicado todo lo que sufristeis
por causa mía...
Mi mayor consuelo mientras estuve enferma era recibir carta de Paulina.
La leía y la releía hasta sabérmela de memoria... Un día, Madre querida,
me mandaste un reloj de arena y una de mis muñecas vestida de
carmelita. Es imposible decir la alegría que sentí... A mi tío no le gustó.
Decía que, en vez de hacerme pensar en el Carmelo, habría que alejarlo
de mi mente. Yo, por el contrario, pensaba que la esperanza de ser un día
carmelita era lo único que me hacía vivir...
Me encantaba trabajar para Paulina. Le hacía pequeños trabajos en
cartulina, y mi ocupación preferida era hacer coronas de margaritas y de
miosotis para la Santísima Virgen. Estábamos en el mes de mayo. Toda la
naturaleza se vestía de flores y respiraba alegría. Sólo la «florecita»
languidecía y parecía marchita para siempre...

La sonrisa de la Virgen

Sin embargo, tenía un sol cerca de ella. Ese sol era la estatua milagrosa
de la Santísima Virgen, que le había hablado por dos veces a mamá, y la
florecita volvía muchas, muchas veces su corola hacia aquel astro
bendito...
Un día vi que papá entraba en la habitación de María, donde yo estaba
acostada, y, dándole varias monedas de oro con expresión muy triste, le
dijo que escribiera a París y encargase unas misas a Nuestra Señora de
las Victorias para que le curase a su pobre hijita. ¡Cómo me emocionó ver
la fe y el amor de mi querido rey![30rº] Hubiera deseado poder decirle que
estaba curada, ¡pero le había dado ya tantas alegrías falsas!No eran mis
deseos los que podían hacer ese milagro, pues la verdad es que para
curarme se necesitaba un milagro...
Se necesitaba un milagro, y fue Nuestra Señora de las Victorias quien lo
hizo.
Un domingo (durante el novenario de misas), María salió al jardín,
dejándome con Leonia, que estaba leyendo al lado de la ventana.
Al cabo de unos minutos, me puse a llamar muy bajito: «Mamá... mamá».
Leonia, acostumbrada a oírme llamar siempre así, no hizo caso. Aquello
duró un largo rato. Entonces llamé más fuerte, y, por fin, volvió María. La vi
perfectamente entrar, pero no podía decir que la reconociera, y seguí
llamando, cada vez más fuerte: «Mamá...» Sufría mucho con aquella lucha
violenta e inexplicable, y María sufría quizás todavía más que yo. Tras
intentar inútilmente hacerme ver que estaba allí a mi lado, se puso de
rodillas junto a mi cama con Leonia y Celina. Luego, volviéndose hacia la
Santísima Virgen e invocándola con el fervor de una madre que pide la
vida de su hija, María alcanzó lo que deseaba...
También la pobre Teresita, al no encontrar ninguna ayuda en la tierra, se
había vuelto hacia su Madre del cielo, suplicándole con toda su alma que
tuviese por fin piedad de ella...
De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que yo
nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una bondad y una
ternura inefables. Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la
«encantadora sonrisa de la Santísima Virgen».
En aquel momento, todas mis penas se disiparon. Dos gruesas lágrimas
brotaron de mis párpados y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas,
pero eran lágrimas de pura alegría... ¡La Santísima Virgen, pensé, me ha
sonreído!¡Qué feliz soy...!Sí, [30vº] pero no se lo diré nunca a nadie,
porque entonces desaparecería mi felicidad.
Bajé los ojos sin esfuerzo y vi a María que me miraba con amor. Se la veía
emocionada, y parecía sospechar la merced que la Santísima Virgen me
había concedido... Precisamente a ella y a sus súplicas fervientes debía yo
la gracia de las sonrisa de la Reina de los cielos. Al ver mi mirada fija en la
Santísima Virgen, pensó: «¡Teresa está curada!» Sí, la florecita iba a
renacer a la vida. El rayo luminoso que la había reanimado no iba ya a
interrumpir sus favores. No actuó de golpe, sino que lentamente,
suavemente fue levantando a su flor y la fortaleció de tal suerte, que cinco
años más tarde abría sus pétalos en la montaña del Carmelo.
Como he dicho, María había adivinado que la Santísima Virgen me había
concedido alguna gracia secreta. Así que, cuando me quedé a solas con
ella, me preguntó qué había visto. No pude resistirme a sus tiernas e
insistentes preguntas; y sorprendida de ver que mi secreto había sido
descubierto sin que yo lo revelara, se lo confié enteramente a mi querida
María...
Pero, ¡ay!, como lo había imaginado, mi dicha iba a desaparecer y a
convertirse en amargura... El recuerdo de aquella gracia inefable que
había recibido fue para mí, durante cuatro años, un verdadero sufrimiento
del alma. Sólo volvería en encontrar mi dicha a los pies de Nuestra Señora
de las Victorias, y entonces la recibí en toda su plenitud... Más adelante
volveré a hablar de esta segunda gracia de la Santísima Virgen. Ahora
quiero contarte, Madre mía, cómo mi dicha se convirtió en tristeza.
María, después de escuchar el ingenuo y sincero relato de «mi gracia», me
pidió permiso para contarlo en el Carmelo, y no podía decirle que no....
En mi primera visita a ese Carmelo querido me sentí inundada de gozo al
ver a mi Paulina vestida con el hábito de la Virgen. [31rº] Fue un momento
muy dulce para las dos... Teníamos tantas cosas que decirnos, que a mí
no me salía nada, me ahogaba de emoción...
La madre María de Gonzaga también estaba allí y me daba mil muestras
de cariño. Vi también a otras hermanas, y delante de ellas me preguntaron
por la gracia que había recibido, y [María] me preguntó si la Santísima
Virgen llevaba al Niño Jesús, y si había mucha luz, etc.
Todas estas preguntas me turbaron y me hicieron sufrir. Yo no podía decir
más que una cosa: «La Santísima Virgen me había parecido muy
hermosa..., y la había visto sonreírme. Lo único que me había
impresionado era su rostro.
Por eso, al ver que las carmelitas se imaginaban otra cosa muy distinta
(mis sufrimientos del alma respecto a mi enfermedad ya había
comenzado), me imaginé que había mentido...
Seguramente, si hubiera guardado mi secreto, habría conservado también
mi felicidad. Pero la Santísima Virgen permitió este tormento para bien de
mi alma. Sin él, tal vez hubiera tenido algún pensamiento de vanidad,
mientras que, tocándome en suerte la humillación, no podía mirarme a mí
misma sin un sentimiento de profundo horror...
¡Sólo en el cielo podré decir cuánto sufrí...!

CAPÍTULO IV
PRIMERA COMUNION - EN EL COLEGIO (1883-1886)

Al hablar de las visitas a las carmelitas, me viene a la memoria la primera,
que tuvo lugar poco después de la entrada de Paulina. Me olvidé de hablar
de ella más arriba, pero hay un detalle que no quiero omitir.
La mañana del día en que debía ir al locutorio, reflexionando sola en la
cama (pues era allí donde hacía yo mis meditaciones más profundas y
donde, a diferencia de la esposa del Cantar de los Cantares, encontraba
yo siempre a mi Amado), me preguntaba cómo me llamaría en el Carmelo.
Sabía que había ya en él una sor Teresa de Jesús; sin embargo, no
podían quitarme mi bonito nombre de Teresa. De pronto, pensé [31vº] en
el Niño Jesús, a quien tanto quería, y me dije: «¡Cómo me gustaría
llamarme Teresa del Niño Jesús!»
En el locutorio no dije nada del sueño que había tenido completamente
despierta. Pero al preguntar la madre María de Gonzaga a las hermanas
qué nombre me pondrían, se le ocurrió darme el nombre que yo había
soñado... Me alegré enormemente, y aquella feliz coincidencia de
pensamientos me pareció una delicadeza de mi Amado, el Niño Jesús.

Estampas y lecturas

Me he olvidado también de algunos pequeños detalles de ni niñez de antes
de tu entrada en el Carmelo. No te he hablado de mi amor a las estampas
y a la lectura... Y, sin embargo, a las preciosas estampas que tú me dabas
como premio debo una de las más dulces alegrías y de las más fuertes
impresiones que me han incitado a la práctica de la virtud... Me pasaba las
horas muertas mirándolas. Por ejemplo, la «florecita del divino Prisionero»
era tan sugestiva, que me quedaba ensimismada mirándola. Al ver que el
nombre de Paulina estaba escrito al pie de la florecita, me hubiera gustado
que el de Teresa estuviera también allí, y me ofrecía a Jesús para ser su
florecita...
No sabía jugar, pero me gustaba mucho la lectura, y me hubiera pasado la
vida leyendo. Afortunadamente tenía unos ángeles de la tierra que me
elegían unos libros que, a la vez que me distraían, alimentaban mi espíritu
y mi corazón. Además, no podía dedicar a la lectura más que un
determinado tiempo, lo cual era para mí motivo de grandes sacrificios,
pues muchas veces tenía que interrumpirla en lo más interesante de un
pasaje...
Esta afición a la lectura duró hasta mi entrada en el Carmelo. Me sería
imposible decir el número de libros que pasaron por mis manos; pero
nunca permitió Dios que leyera ni uno sólo que pudiera hacerme daño. Es
cierto que, al leer ciertos relatos caballerescos, no siempre percibía en un
primer momento la realidad de la vida; pero pronto Dios me daba a [32rº]
entender que la verdadera gloria es la que ha de durar para siempre y que
para alcanzarla no es necesario hacer obras deslumbrantes, sino
esconderse y practicar la virtud de manera que la mano izquierda no sepa
lo que hace la derecha...
Así, al leer los relatos de las hazañas patrióticas de las heroínas francesas,
y en especial las de la venerable JUANA DE ARCO, me venían grandes
deseos de imitarlas. Me parecía sentir en mi interior el mismo ardor que las
había animado a ellas y la misma inspiración celestial.
Por entonces recibí una gracia que siempre he considerado como una de
las más grandes de mi vida, ya que en esa edad no recibía las luces de
que ahora me veo inundada. Pensé que había nacido para la gloria, y,
buscando la forma de alcanzarla, Dios me inspiró los sentimientos que
acabo de escribir. Me hizo también comprender que mi gloria no brillaría
ante los ojos de los mortales, sino que consistiría en ¡¡¡llegar a ser una
gran santa...!!!
Este deseo podría parecer temerario, si se tiene en cuenta lo débil e
imperfecta que yo era, y que aún soy después de siete años vividos en
religión. No obstante, sigo teniendo la misma confianza audaz de llegar a
ser una gran santa, pues no me apoyo en mis méritos -que no tengo
ninguno-, sino en Aquel que es la Virtud y la Santidad mismas. Sólo él,
contentándose con mis débiles esfuerzos, me elevará hasta él y,
cubriéndome con sus méritos infinitos, me hará santa.
Yo no pensaba entonces que para llegar a la santidad había que sufrir
mucho. Dios no tardó en mostrármelo, enviándome las pruebas que he
contado antes...
Ahora he de reanudar mi relato en el punto en que lo había dejado.
Tres meses después de mi curación, papá nos llevó de viaje a Alençon.
Era la primera vez que volvía allí, y fue muy grande mi alegría al volver a
ver los parajes en los que había transcurrido ni niñez, [32vº] y sobre todo al
poder rezar sobre la tumba de mamá y pedirle que me protegiera
Dios me concedió la gracia de no conocer el mundo, a no ser justo para
despreciarlo y alejarme de él. Podría decir que durante mi estancia en
Alençon fue cuando hice mi presentación en sociedad. Todo era alegría y
felicidad en torno a mí. Me veía festejada, mimada, admirada. En una
palabra, durante quince días mi vida sólo se vio sembrada de flores... Y
confieso que aquella vida tenía sus encantos para mí. La Sabiduría tiene
mucha razón cuando dice: «El hechizo de las bagatelas del mundo seduce
hasta a las mentes sin malicia». A los diez años, el corazón se deja
fácilmente deslumbrar. Por eso considero como una gracia muy grande el
no haberme quedado en Alençon. Los amigos que teníamos allí eran
demasiado mundanos y compaginaban demasiado las alegrías de la tierra
con el servicio de Dios. No pensaban lo bastante en la muerte, y sin
embargo la muerte ha venido a visitar a un gran número de personas a las
que yo conocí, ¡¡¡jóvenes, ricas y felices!!!Me gusta volver con el
pensamiento a los lugares encantadores donde vivieron, preguntarme
dónde están, qué les queda hoy de los castillos y los parques donde las vi
disfrutar de las comodidades de la vida... Y veo que todo es vanidad y
aflicción de espíritu bajo el sol..., y que el único bien que vale la pena es
amar a Dios con todo el corazón y ser pobres de espíritu aquí en la tierra...
Tal vez Jesús quiso mostrarme el mundo antes de hacerme la primera
visita, para que eligiera más libremente el camino que iba a prometerle
seguir.

Primera comunión

La época de mi primera comunión ha quedado grabada en mi corazón
como un recuerdo sin nubes. Creo que no podía estar mejor preparada de
lo que lo estuve, y mis sufrimientos del alma desaparecieron durante casi
un año. Jesús quería darme a gustar la alegría más plena posible en este
valle de lágrimas...
[33rº] ¿Recuerdas, Madre querida, el precioso librito que me preparaste
tres meses antes de mi primera comunión...? Aquel librito me ayudó a
preparar metódica y rápidamente mi corazón; pues si bien es cierto que ya
lo venía preparando desde hacía mucho tiempo, era necesario darle un
nuevo impulso, llenarlo de flores nuevas para que Jesús pudiese
descansar a gusto en él...
Todos los días hacía un gran número de prácticas, que eran otras tantas
flores. Decía también un número todavía mayor de jaculatorias, que tú me
habías escrito para cada día en el librito, y esos actos de amor eran los
capullos de las flores...
Todas las semanas tú me escribías una linda cartita, que me llenaba el
alma de pensamientos profundos y me ayudaba a practicar la virtud.
Aquella carta era un consuelo para tu pobre hijita, que hacía un sacrificio
tan grande al aceptar que no fueras tú quien la preparara cada tarde en tu
regazo, como lo habías hecho con Celina....
María reemplazó a Paulina. Me sentaba en su regazo y allí escuchaba con
avidez lo que me decía. Creo que todo su corazón, tan grande y tan
generoso, se volcaba en el mío. Como los grandes guerreros enseñan a
sus hijos el oficio de las armas, así me hablaba ella de las luchas de la
vida y de la palma que se entregará a los vencedores... María me hablaba
también de las riquezas inmortales que podemos atesorar fácilmente cada
día, y de la desgracia que sería pasar junto a ellas sin querer tomarse la
molestia de extender la mano para cogerlas. Luego me enseñaba la forma
de ser santa por la fidelidad en las cosas más pequeñas. Me dio la hojita
«El renunciamiento», que yo meditaba con auténtico placer...
¡Y qué elocuente que era mi querida madrina!Me hubiera gustado no ser
yo la única que escuchase sus profundas enseñanzas. Me llegaban tan a
lo hondo, que, en mi ingenuidad, pensaba que hasta los más grandes
pecadores se habrían conmovido como yo, y que, abandonando sus
riquezas perecederas, sólo querrían ganar ya [33vº] las del cielo...
Hasta entonces, nadie me había enseñado todavía la forma de hacer
oración, a pesar de que tenía muchas ganas. Pero María pensaba que era
ya bastante piadosa, y no me dejaba hacer más que mis oraciones.
Un día, una de las profesoras de la Abadía me preguntó qué hacía los días
libres cuando estaba sola. Yo le contesté que me metía en un espacio
vacío que había detrás de mi cama y que podía cerrar fácilmente con la
cortina, y que allí «pensaba». -¿Y en qué piensas?, me dijo. -Pienso, en
Dios, en la vida..., en la ETERNIDAD, bueno, pienso... La religiosa se rió
mucho de mí. Más tarde, le gustaba recordarme aquel tiempo en que yo
pensaba, y me preguntaba si todavía seguía pensando... Ahora
comprendo que, sin saberlo, hacía oración y que ya Dios me instruía en lo
secreto.
Los tres meses de preparación pasaron rápidamente, y pronto tuve que
entrar en ejercicios, y para ello hacerme pensionista interna y dormir en la
Abadía.
Me resulta imposible expresar el dulce recuerdo que me dejaron estos
ejercicios. Verdaderamente, si había sufrido mucho en el internado, la
dicha inefable de aquellos pocos días pasados a la espera de Jesús me
compensó abundantemente... No creo que se puedan saborear estas
alegrías en otra parte que en las comunidades religiosas.
Como éramos pocas niñas, era fácil ocuparse de cada una en particular, y
nuestras profesoras nos prodigaron en esos días unos cuidados
verdaderamente maternales. De mí se ocupaban aún más que de las
otras. Todas las noches, la primera profesora venía con su linternita a
darme un beso en la cama y me demostraba un gran cariño. Una noche,
ganada por su bondad, le dije que iba a confiarle un secreto; y sacando
misteriosamente mi precioso librito de debajo de la almohada, se lo enseñé
con los ojos resplandecientes de alegría...
Por la mañana, me resultaba muy divertido ver a todas las alumnas
levantarse apenas nos despertaban [34rº], y hacer lo que todas. Pero yo
no estaba acostumbrada a arreglarme sola, y María no estaba allí para
rizarme el pelo. Así que tenía ir tímidamente a presentar mi peine a la
profesora encargada del cuarto de tocador, la cual se reía al ver a una
jovencita de once años que no sabía arreglarse por sí sola; pero me
peinaba, aunque no con la delicadeza de María; sin embargo, no me
atrevía a chillar, como hacía todos los días bajo la delicada mano de mi
madrina...
Durante estos ejercicios pude comprobar que era una niña mimada y
rodeada de cariño como pocas en el mundo, sobre todo entre las niñas
huérfanas de madre... Todos los días, María y Leonia venían a verme con
papá, que me colmaba de caricias. Así que no sufrí por estar lejos de la
familia y no hubo nada que oscureciese el hermoso cielo de mis ejercicios.
Escuchaba con mucha atención las pláticas que nos daba el Sr. abate
Domin, y hasta escribía un resumen de las mismas. En cuanto a mis
propios pensamientos, no quise escribir ninguno, segura de que me
acordaría bien de ellos, como así fue...
Me gustaba mucho ir con las religiosas a todos los oficios. Llamaba la
atención entre mis compañeras por un gran crucifijo que me había
regalado Leonia y que llevaba puesto en el cinturón como los misioneros.
Aquel crucifijo despertaba la envidia de las religiosas, que pensaban que,
al llevarlo, yo quería imitar a mi hermana la carmelita...
¡Y sí, hacia ella volaban mis pensamientos!Yo sabía que mi Paulina
estaba de ejercicios como yo, no para que Jesús se entregase a ella, sino
para entregarse ella a Jesús, y aquella soledad, pasada en la espera, me
resultaba por eso doblemente grata...

Recuerdo que una mañana me habían llevado a la enfermería porque tosía
mucho (desde mi enfermedad, las profesoras se preocupaban mucho por
mi salud: por un ligero dolor de cabeza, o si me veían más pálida que de
[34vº] costumbre, me mandaban ya a tomar el aire o a descansar en la
enfermería). Vi entrar a mi Celina querida; había conseguido permiso para
verme, a pesar de estar en ejercicios, para regalarme una estampa que me
gustó mucho; era «La florecita del Divino Prisionero». ¡Cómo me gustó
recibir este recuerdo de manos de Celina...!¡Cuántos sentimientos de
amor no me ha inspirado...!
La víspera del gran día recibí por segunda vez la absolución. La confesión
general me dejó una gran paz en el alma, y Dios no permitió que viniera a
turbarla ni la más ligera nube.
Por la tarde pedí perdón a toda la familia, que fue a verme, pero sólo pude
hablar el lenguaje de las lágrimas, pues estaba demasiado emocionada...
Paulina no estaba allí, pero sabía que estaba muy cerca de mí con el
corazón. Me había mandado con María un preciosa estampa, que no me
cansaba de admirar y de hacer admirar a todo el mundo...
Había escrito al P. Pichon para encomendarme a sus oraciones, y
diciéndole también que pronto sería carmelita y que entonces él sería mi
director espiritual. (Y así ocurrió efectivamente cuatro años más tarde,
pues en el Carmelo pude abrirle mi alma...). María me entregó una carta
suya. ¡Realmente, era feliz...!Todas las alegrías me llegaban juntas. Lo
que más me gustó de su carta fue esta frase: «¡Mañana celebraré el santo
sacrifico por ti y por Paulina!» El 8 de mayo Paulina y Teresa quedaron
más unidas que nunca, pues Jesús parecía fundirlas en una, inundándolas
de sus gracias...
Finamente llegó el más hermoso de los días. ¡Qué inefables recuerdos han
dejado en mi alma hasta los más pequeños detalles de esta jornada de
cielo...!El gozoso despertar de la aurora, los besos respetuosos y tiernos
de las profesoras y de las [35rº] compañeras mayores... La gran sala
repleta de copos de nieve, con los que nos iban vistiendo a las niñas una
tras otra. Y sobre todo, la entrada en la capilla y el precioso canto matinal
«¡Oh altar sagrado, que rodean los ángeles!»
Pero no quiero entrar en detalles. Hay cosas que si se exponen al aire
pierden su perfume, y hay sentimientos del alma que no pueden traducirse
al lenguaje de la tierra sin que pierdan su sentido íntimo y celestial. Son
como aquella «piedra blanca que se dará al vencedor, en la que hay
escrito un nombre nuevo que sólo conoce el que la recibe».
¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma...!Fue un beso de amor.
Me sentía amada, y decía a mi vez: «Te amo y me entrego a ti para
siempre».
No hubo preguntas, ni luchas, ni sacrificios. Desde hacía mucho tiempo,
Jesús y la pobre Teresita se habían mirado y se habían comprendido...
Aquel día no fue ya una mirada, sino una fusión. Ya no eran dos: Teresa
había desaparecido como la gota de agua que se pierde en medio del
océano. Sólo quedaba Jesús, él era el dueño, el rey. ¿No le había pedido
Teresa que le quitara su libertad, pues su libertad le daba miedo? ¡Se
sentía tan débil, tan frágil, que quería unirse para siempre a la Fuerza
divina...!
Su alegría era demasiado grande y demasiado profunda para poder
contenerla. Pronto la inundaron lágrimas deliciosas, con gran asombro de
sus compañeras, que más tarde comentaban entre ellas: «-¿Por qué
lloraba? ¿Habría algo que la atormentaba? -No, sería porque no tenía a su
madre a su lado, o a su hermana la carmelita a la que tanto quiere». No
comprendían que cuando toda la alegría del cielo baja a un corazón, este
corazón desterrado no puede soportarlo sin deshacerse en lágrimas...
No, el día de mi primera comunión, no me entristecía la ausencia de
mamá: ¿no estaba el cielo [35vº] dentro de mi alma, y no ocupaba en él un
lugar mi mamá desde hacía mucho tiempo? Entonces, al recibir la visita de
Jesús, recibía también la de mi madre querida, que me bendecía y se
alegraba de mi felicidad...
Y no lloraba tampoco la ausencia de Paulina. Qué duda cabe que me
habría encantado verla a mi lado, pero hacía mucho tiempo que había
aceptado ese sacrificio. Aquel día, sólo la alegría llenaba mi corazón; y yo
me unía a mi Paulina, que se estaba entregando de manera irrevocable a
Quien tan amorosamente se entregaba a mí...
Por la tarde, fui yo la encargada de pronunciar el acto de consagración a la
Santísima Virgen. Era justo que yo, que había sido privada tan joven de la
madre de la tierra, hablase en nombre de mis compañeras a mi Madre del
cielo. Puse toda mi alma al hablarle y al consagrarme a ella, como una
niña que se arroja en los brazos de su Madre y le pide que vele por ella. Y
creo que la Santísima Virgen debió de mirar a su florecita y sonreírle. ¿No
la había curado ella con su sonrisa visible...? ¿No había ella depositado en
el cáliz de su florecita a su Jesús, la Flor de los campos y el Lirio de los
valles...?
Al atardecer de aquel hermoso día, volví a encontrarme con mi familia de
la tierra. Ya por la mañana, después de Misa, había abrazado a papá y a todos mis queridos parientes. Pero ahora fue la verdadera reunión. Papá,
tomando de la mano a su reinecita, se dirigió al Carmelo... Allí vi a mi
Paulina, convertida en esposa de Cristo. La vi con su velo, blanco como el
mío, y con su corona de rosas... ¡Fue una alegría sin amarguras!
¡Esperaba reunirme pronto con ella, y esperar juntas el cielo!
No fui insensible a la fiesta de familia que tuvo lugar en aquel atardecer de
mi primera comunión. El precioso reloj que me regaló mi rey me gustó
muchísimo. Pero mi alegría era serena, y nada vino a turbar mi paz
interior.
María me acostó con ella la noche que siguió a aquel hermoso día, pues a
los días más radiantes les sigue la oscuridad, y sólo el día de la primera,
de la única, [36rº] de la eterna comunión del cielo será un día sin ocaso...
El día siguiente a mi primera comunión fue también un día hermoso, pero
estuvo teñido de melancolía. Ni el precioso vestido que María me había
comprado, ni todos los regalos que había recibido me llenaban el corazón.
Sólo Jesús podía saciarme. Ansiaba el momento de poder recibirle por
segunda vez.
Aproximadamente un mes después de mi primera comunión, fui a
confesarme para la fiesta de la Ascensión, y me atreví a pedir permiso
para comulgar. Contra toda esperanza, el Sr. abate me lo concedió, y tuve
la dicha de arrodillarme a la Sagrada Mesa entre papá y María. ¡Qué dulce
recuerdo he conservado de esta segunda visita de Jesús!De nuevo
corrieron las lágrimas con inefable dulzura. Me repetía a mí misma sin
cesar estas palabras de san Pablo: «Ya no vivo yo, ¡es Jesús quien vive
en mí...!»
A partir de esta comunión, se fue haciendo cada vez mayor mi deseo de
recibir al Señor. Obtuve permiso para comulgar en todas las fiestas
importantes. La víspera de estos días dichosos, María me ponía al
atardecer en su regazo y me preparaba como lo había hecho para mi
primera comunión. Recuerdo que una vez me habló del sufrimiento,
diciéndome que probablemente yo no transitaría por ese camino, sino que
Dios me llevaría siempre como a una niña...
Al día siguiente, después de comulgar, me volvieron a la memoria las
palabras de María. Y sentí nacer en mi corazón un gran deseo de sufrir, y,
al mismo tiempo, la íntima convicción que Jesús me tenía reservado ungran número de cruces. Y me sentí inundada de tan grandes consuelos,
que los considero como una de las mayores gracias de mi vida.
El sufrimiento se convirtió en mi sueño dorado. Tenía un hechizo que me
fascinaba, aun sin acabar de conocerlo. Hasta entonces, había sufrido sin
amar el sufrimiento; a partir de ese día, sentí por él [36vº] un verdadero
amor.
Sentía también el deseo de no amar más que a Dios y de no hallar alegría
fuera de él. Con frecuencia, durante las comuniones, le repetía estas
palabras de la Imitación: «¡Oh, Jesús, dulzura infinita, cámbiame en
amargura todos los consuelos de la tierra...!» Esta oración brotaba de mis
labios sin esfuerzo y sin dificultad alguna. Me parecía repetirla, no por
propia voluntad, sino como una niña que repite las palabras que le inspira
un amigo...
Más adelante te diré, Madre querida, cómo tuvo a bien Jesús hacer
realidad mi deseo y cómo sólo él fue siempre mi dulzura inefable. Si te
hablase de ello ahora, tendría que anticipar el relato de mis años de
juventud, y aún me quedan por contar muchos detalles de mi vida de niña.

Confirmación

Poco después de mi primera comunión entré de nuevo en ejercicios
espirituales para la confirmación. Me preparé con gran esmero para recibir
la visita del Espíritu Santo. No entendía cómo no se cuidaba mucho la
recepción de este sacramento de amor. Normalmente, para la
confirmación sólo se hacía un día de retiro. Pero como Monseñor no pudo
venir para el día fijado, tuve el consuelo de pasar dos días de soledad.
Para distraernos, la profesora nos llevó al Monte Casino, donde cogí a
manos llenas margaritas gigantes para la fiesta del Corpus.
¡Qué gozo sentía en el alma!Al igual que los apóstoles, esperaba jubilosa
la visita del Espíritu Santo... Me alegraba al pensar que pronto sería una
cristiana perfecta, y, sobre todo, que iba a llevar eternamente marcada en
la frente la cruz misteriosa que traza el obispo al administrar este
sacramento...
Por fin, llego el momento feliz. No sentí ningún viento impetuoso al
descender el Espíritu Santo, sino más bien aquella brisa tenue cuyo
susurro escuchó Elías en el monte Horeb...
Aquel día recibí la fortaleza para sufrir, ya que pronto iba a comenzar el
martirio de mi alma...
[37rº] Mi Leonia querida fue la madrina, y estaba tan emocionada, que no
dejó de llorar durante toda la ceremonia. Recibió conmigo la sagrada
comunión, pues aquel día feliz tuve la dicha de volver a unirme a Jesús.
Pasadas estas fiestas deliciosas e inolvidables, mi vida volvió a la
normalidad; es decir, tuve que reanudar la vida de pensionista, que tan
penosa me resultaba.
Aquellos días que rodearon mi primera comunión, me gustaba convivir con
las niñas de mi edad, todas ellas llenas de buena voluntad y decididas,
como yo, a tomar en serio la práctica de la virtud. Pero ahora tenía que
volver a ponerme en contacto con alumnas muy diferentes, disipadas, que
no querían guardar el reglamento, y eso me hacía muy desgraciada.
Yo era de carácter alegre, pero no sabía jugar a los juegos de las niñas de
mi edad. Muchas veces, en el recreo, me apoyaba en un árbol y desde allí
contemplaba el espectáculo sumida en profundas reflexiones.
Había inventado un juego que me gustaba mucho. Consistía en enterrar a
los pobres pajaritos que encontrábamos muertos bajo los árboles. Muchas
alumnas se animaron a ayudarme, de forma que nuestro cementerio
quedó muy bonito, todo plantado de árboles y flores proporcionados al
tamaño de nuestros pajaritos.
También me gustaba contar historietas que yo misma inventaba a medida
que me iban viniendo a la imaginación. Entonces mis compañeras me
rodeaban presurosas, y a veces algunas de las mayores se unían al grupo
de las oyentes. Una misma historia solía durar varios días, pues me
gustaba hacerla cada vez más interesante a medida que iba viendo en los
rostros de mis compañeras la impresión que producía. Pero la profesora
no tardó en prohibirme ese oficio de orador, pues quería vernos jugar y
correr, en lugar de discurrir...
Retenía con facilidad el sentido de lo que estudiaba, pero me costaba
trabajo aprender de memoria. Por eso, el año que precedió a mi primera
comunión, pedía [37vº] permiso casi todos los días para estudiar el
catecismo durante el recreo. Mi esfuerzos se vieron coronados por el éxito,
y fui siempre la primera. Si, por casualidad, perdía ese puesto por una sola
palabra que hubiera olvidado, mi dolor se exteriorizaba en lágrimas
amargas que el Sr. abate Domin no sabía cómo calmar... Estaba muy
contento de mí (excepto cuando lloraba) y me llamaba su doctorcito,
debido a mi nombre de Teresa.
Una vez, la alumna que me seguía no supo hacer a su compañera la
pregunta del catecismo. El Sr. abate preguntó en vano a toda la fila de
alumnas, hasta llegar a mí, y entonces dijo que quería ver si merecía el
primer puesto. Yo, en mi profunda humildad, no deseaba otra cosa, y,
levantándome, muy segura de mí misma, contesté a lo que se me
preguntaba sin cometer ni un solo error, con gran asombro de toda la
clase...
Mi interés por el catecismo continuó, después de mi primera comunión,
hasta que salí del internado.
Me iba muy bien en los estudios y era casi siempre la primera. En lo que
más descollaba era en historia y en redacción. Todas mis profesoras me
tenían por una alumna muy inteligente. Pero no sucedía lo mismo en casa
de mi tío, donde pasaba por ser una pequeña ignorante, buena y dulce, sí,
pero poco capaz y torpe...
No me extraña esa opinión que mis tíos tenían de mí, y que sin duda aún
siguen teniendo, pues apenas hablaba y era muy tímida, y cuando
escribía, mi letra de gato y mi ortografía, que no es más que normalita, no
eran para entusiasmar a nadie...
Verdad es que las pequeñas labores de costura, de bordado y otras por el
estilo se me daban bien y a gusto de mis profesoras. Pero la manera torpe
y desmañada de sujetar la labor justificaba la opinión poco favorable que
tenían de mí.
Todo esto lo considero como una gracia, pues Dios, que quería mi corazón
[38rº] sólo para él, escuchaba ya mi súplica, «cambiándome en amargura
todos los consuelos de la tierra». Y, por cierto, que tenía una gran
necesidad de ello, pues no era precisamente insensible a los elogios. Con
bastante frecuencia alababan delante de mí la inteligencia de las demás,
pero nunca la mía, por lo que llegué a la conclusión de que no era
inteligente, y me resigné a no serlo...
Mi corazón sensible y cariñoso se hubiera entregado fácilmente si hubiera
encontrado un corazón capaz de comprenderlo.
Intenté trabar amistad con algunas niñas de mi edad, sobre todo con dos
de ellas. Yo las quería, y también ellas me querían a mí en la medida en
que podían. Pero, ¡¡¡ay, qué raquítico y voluble es el corazón de las
criaturas...!!!Pronto comprobé que mi amor no era correspondido. Una de
mis amigas tuvo que irse a su casa, y regresó pocos meses después.
Durante su ausencia, yo la había recordado y había guardado
cuidadosamente un pequeña sortija que me había regalado. Al ver de
nuevo a mi compañera, me alegré mucho, pero, ¡ay!, sólo logré de ella una
mirada indiferente... Mi amor no era comprendido. Lo sentí mucho, y no
quise mendigar un cariño que me negaban. Pero Dios me ha dado un
corazón tan fiel, que cuando ama a alguien limpiamente, lo ama para
siempre; por eso, seguí rezando por mi compañera y aún la sigo
queriendo...
Al ver que Celina se había encariñado de una de nuestras profesoras, yo
quise imitarla; pero como no sabía ganarme la simpatía de las criaturas, no
pude conseguirlo.
¡Feliz ignorancia, que me ha librado de tantos males...!¡Cómo le
agradezco a Jesús que no me haya hecho encontrar más que «amargura
en las amistades de la tierra»!Con un corazón como el mío, me habría
dejado atrapar y cortar las alas, y entonces ¿cómo hubiera podido «volar y
hallar reposo»? ¿Cómo va a poder unirse íntimamente a Dios un corazón
entregado al afecto de las criaturas?... Pienso que es imposible. Aunque
no he llegado a beber de la copa emponzoñada [38vº] del amor demasiado
ardiente de las criaturas, sé que no me equivoco. ¡He visto a tantas almas
volar como pobres mariposas y quemarse las alas, seducidas por esta luz
engañosa, y luego volver a la verdadera, a la dulce luz del amor, que les
daba nuevas alas, más brillantes y más ligeras, para poder volar hacia
Jesús, ese Fuego divino «que arde sin consumirse»!
¡Sí, lo sé!Jesús me veía demasiado débil para exponerme a la tentación.
Tal vez me hubiera dejado quemar toda entera por esa luz engañosa, si la
hubiera visto brillar ante mis ojos... Pero no fue así. Yo sólo he encontrado
amargura donde otras almas más fuertes encuentran alegría y se desasen
de ella por fidelidad.
No tengo, pues, ningún mérito por no haberme entregado al amor de las
criaturas, ya que sólo la misericordia de Dios me preservó de hacerlo...
Reconozco que, sin El, habría podido caer tan bajo como santa María
Magdalena, y las profundas palabras de Nuestro Señor a Simón resuenan
con gran dulzura en mi alma... Lo sé muy bien: «Al que poco se le
perdona, poco ama». Pero sé también que a mí Jesús me ha perdonado
mucho más que a santa María Magdalena, pues me ha perdonado por
adelantado, impidiéndome caer.
¡Cómo me gustaría saber explicar lo que pienso...!Voy a poner un
ejemplo.
Supongamos que el hijo de un doctor muy competente encuentra en su
camino una piedra que le hace caer, y que en la caída se rompe un
miembro. Su padre acude enseguida, lo levanta con amor y cura sus
heridas, valiéndose para ello de todos los recursos de su ciencia; y pronto
su hijo, completamente curado, le demuestra su gratitud. ¡Qué duda cabe
de que a ese hijo le sobran motivos para amar a su padre!
Pero voy a hacer otra suposición. El padre, sabiendo que en el camino de
su hijo hay una piedra, se apresura a ir antes que él y la retira (sin que
nadie lo vea). Ciertamente que el hijo, [39rº] objeto de la ternura previsora
de su padre, si DESCONOCE la desgracia de que su padre lo ha librado,
no le manifestará su gratitud y le amará menos que si lo hubiese curado...
Pero si llega a saber el peligro del que acaba de librarse, ¿no lo amará
todavía mucho más?
Pues bien, yo soy esa hija, objeto del amor previsor de un Padre que no ha
enviado a su Verbo a rescatar a los justos sino a los pecadores. El quiere
que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha
esperado a que yo le ame mucho, como santa María Magdalena, sino que
ha querido que YO SEPA hasta qué punto él me ha amado a mí, con un
amor de admirable prevención, para que ahora yo le ame a él ¡con
locura...!
He oído decir que no se ha encontrado todavía un alma pura que haya
amado más que un alma arrepentida. ¡Cómo me gustaría desmentir esas
palabras...!

Enfermedad de los escrúpulos

Veo que me he alejado mucho del tema, así que me apresuro a volver a él.
El año que siguió a mi primera comunión transcurrió, casi todo él, sin
pruebas interiores para mi alma. Pero durante el retiro para la segunda
comunión me vi asaltada por la terrible enfermedad de los escrúpulos...
Hay que pasar por ese martirio para saber lo que es. ¡Imposible decir lo
que sufrí durante un año y medio...!Todos mis pensamientos y mis
acciones, aun los más sencillos, se me convertían en motivo de turbación.
La única forma de recobrar la paz era contárselo a María, lo cual me
costaba mucho, pues me creía obligada a decirle hasta los pensamientos
extravagantes que tenía acerca de ella misma. En cuanto soltaba mi carga,
disfrutaba por un momento de paz; pero esa paz pasaba como un
relámpago, y enseguida volvía a comenzar mi martirio.
¡Cuánta paciencia tuvo que tener mi querida María para escucharme
[39vo] sin dar nunca muestras de cansancio...!
Apenas volvía de la Abadía, ya se ponía a rizarme el pelo para el día
siguiente (pues, para dar gusto a papá, la reinecita llevaba todos los días
el pelo rizado, con gran admiración de sus compañeras, y especialmente
de las profesoras, que no veían a niñas tan bien atendidas por sus
padres). Durante la sesión, yo no dejaba de llorar, contando todos mis
escrúpulos.
Al terminar el año, Celina terminó sus estudios y regresó a casa. Y la
pobre Teresa, que tuvo que volver sola al colegio, no tardó en caer
enferma. El único atractivo que la retenía en el internado era vivir con su
inseparable Celina; sin ella, «su hijita» ya no podía seguir allí...

Señora de Papinau

Salí, pues, de la Abadía a la edad de 13 años, y continué mi educación
recibiendo varias clases a la semana en casa de la «Sra. de Papinau». Era
una persona muy buena, y muy culta, pero con ciertos aires de solterona.
Vivía con su madre, y era una maravilla ver las buenas migas que hacían
las tres (pues la gata era también de la familia, y yo tenía que soportar que
ronronease sobre mis cuadernos, e incluso admirar su linda figura).
Tenía la ventaja de vivir en la intimidad de la familia. Como los Buissonnets
quedaban demasiado lejos para las piernas ya un poco viejas de mi
profesora, había pedido que fuera yo a su casa para las clases.
Cuando llegaba, normalmente no encontraba más que a la anciana señora
de Cochain, que me miraba «con sus grandes ojos claros» y luego llamaba
con voz serena y juiciosa: «¡Señora de Papinau..., la se...ñorita Te...resa
está aquí...!» Su hija le contestaba inmediatamente, con voz infantil: «Ya
voy, mamá». Y luego empezaba la clase.
Estas clases tenían también la ventaja (además de la instrucción que en
ellas recibía) de hacerme conocer el mundo... ¡Quién lo hubiera creído...!
En aquella sala, amueblada a la antigua, yo asistía con frecuencia,
rodeada de libros y de cuadernos, [40rº] a visitas de toda índole:
sacerdotes, señoras, señoritas, etc. La señora de Cochain llevaba la batuta
de la conversación todo lo que podía, para que su hija pudiera darme la
clase; pero esos días no aprendía apenas nada: con la nariz encima del
libro, escuchaba todo lo que decían, e incluso lo que más me valiera no
haber escuchado, pues la vanidad se desliza muy fácilmente en el
corazón... Una señora decía que yo tenía un pelo precioso; otra, al
despedirse, creyendo que yo no la oía, preguntaba quién era aquella
muchacha tan bonita. Y esas palabras, tanto más halagadoras cuanto que
no se decían delante de mí, dejaban en mi alma una sensación de placer
que me demostraba a las claras lo llena de amor propio que yo estaba.
¡Qué lástima me dan las almas que se pierden...!Es tan fácil extraviarse
por los senderos floridos del mundo... Ciertamente, para un alma un tanto
elevada, la dulzura que él ofrece va mezclada de amargura, y el vacío
inmenso de los deseos nunca podrá llenarse con las alabanzas de un
instante... Pero si mi corazón no se hubiese elevado hacia Dios desde su
primer despertar, si el mundo me hubiese sonreído desde mi entrada en la
vida, ¿qué habría sido de mí...?
¡Madre querida, con cuánta gratitud canto las misericordias del Señor...!
¿No me retiró él del mundo, según las palabras de la Sabiduría, «antes
que la malicia pervirtiera mi conciencia y que la perfidia sedujera mi
alma...»?
También la Santísima Virgen velaba por su florecita, y no queriendo que se
marchitase al contacto con las cosas de la tierra, se la llevó a su montaña
antes de que se abriese su corola... Mientras esperaba la llegada de ese
momento feliz, Teresita iba creciendo en el amor a su Madre del cielo, y
para demostrarle ese amor hizo algo que le costó mucho y que voy a
contar en pocas palabras a pesar de su extensión.

Hija de María

[40vº] Casi inmediatamente después de mi entrada en la Abadía, ingresé
en la Congregación de los Santos Angeles. Me gustaban mucho los
ejercicios de devoción que en ella se prescribían, pues sentía una especial
inclinación a invocar a los bienaventurados espíritus celestiales, y en
particular al que Dios me dio para que fuera el compañero de mi destierro .
Poco tiempo después de mi primera comunión, la banda de aspirante a las
Hijas de María sustituyó a la de los Santos Angeles, pero abandoné la
Abadía sin haber sido recibida en esa congregación de la Santísima
Virgen. Como salí antes de terminar los estudios, no se me permitía entrar
en ella como antigua alumna. Confieso que ese privilegio no me atraía
demasiado; pero pensando que todas mis hermanas habían sido «hijas de
María», no quería ser menos hija que ellas de mi Madre del cielo, y fui muy
humildemente (a pesar de lo mucho que costaba) a pedir permiso para
ingresar en la congregación de la Santísima Virgen, en la Abadía. La
primera profesora no quiso negármelo, pero me puso como condición que
tenía que venir al colegio dos días a la semana , por la tarde, para
demostrar que era digna de ser admitida.
Este permiso, lejos de agradarme, me costó enormemente. Yo no tenía,
como las demás alumnas, una profesora amiga con quien poder ir a pasar
el tiempo. Así es que me conformaba con ir a saludar a la profesora, y
luego trabajaba en silencio hasta que terminaba la clase de labores. Nadie
se fijaba en mí. Así que subía a la tribuna de la capilla y me estaba allí
delante del Santísimo hasta que papá venía a buscarme.
Este era mi único consuelo. ¿No era, acaso, Jesús mi único amigo...? No
sabía hablar con nadie más que con él. Las conversaciones con las
criaturas, incluso las conversaciones piadosas, me cansaban el alma...
Sentía que vale más hablar con Dios que [41rº] hablar de Dios, ¡pues se
suele mezclar tanto amor propio en las conversaciones espirituales...!
¡Sólo por la Santísima Virgen iba a la Abadía...!
A veces me sentía sola, muy sola. Como en los días de mi vida de
internado, cuando me paseaba triste y enferma por el enorme patio, yo
repetía siempre estas palabras, que hacían renacer siempre la paz y la
fuerza en mi corazón: «La vida es tu navío, no tu morada». Cuando era
pequeñita, estas palabras me levantaban la moral. Y todavía hoy, a pesar
de los años, que hacen que desaparezcan tantos sentimientos de piedad
infantil, la imagen del navío sigue cautivando mi alma y la ayuda a soportar
el destierro... ¿No dice la Sabiduría que la vida es «como nave que surca
las aguas agitadas sin dejar rastro alguno de su travesía...?»
Cuando pienso en estas cosas, mi alma se abisma en el infinito y me
parece estar tocando ya las riberas eternas... Me parece estar ya
recibiendo el abrazo de Jesús... Creo ver a mi Madre del cielo salirme al
encuentro con papá..., con mamá... y con los cuatro angelitos... Creo estar
gozando, por fin, para siempre de la verdadera, de la única vida de
familia...

Nuevas separaciones

Pero antes de ver a la familia reunida en el hogar paterno del cielo, tenía
que sufrir aún muchas separaciones.
El mismo año en que fui recibida como hija de la Santísima Virgen, ésta
me arrebató a mi querida María, el único sostén de mi alma... María era
quien me guiaba, quien me consolaba, quien me ayudaba a practicar la
virtud, ella era mi único oráculo. Es cierto que Paulina ocupaba un lugar
privilegiado en mi corazón, pero Paulina estaba lejos, muy lejos de mí...
Me había costado un verdadero martirio acostumbrarme a vivir sin ella, a
ver interpuestos entre ella y yo unos muros infran-[41vº]queables, pero al
fin había acabado por aceptar la triste realidad: había perdido a Paulina,
casi como si se hubiera muerto. Ella me seguía queriendo, sí, y rezaba por
mí; pero a mis ojos, mi Paulina querida se había convertido en una santa
que ya no sabía de las cosas de la tierra, y las miserias de su pobre
Teresa, si las conociera, le extrañarían y la llevarían a no quererla tanto...
Además, aunque hubiera querido confiarle mis secretos, como en los
Buissonnets, no hubiera podido hacerlo, pues las visitas en el locutorio
eran sólo para María. Celina y yo no teníamos permiso para entrar más
que al final, y justo el tiempo para que se nos oprimiese el corazón...
Por eso, no tenía en realidad más que a María, que me era, por así decirlo,
indispensable. Sólo a ella le contaba mis escrúpulos; y la obedecía tan
ciegamente, que mi confesor nunca llegó a conocer mi vergonzosa
enfermedad: yo sólo le decía el número de pecados que María me permitía
confesar, ni uno mas. Así que podría haber pasado por el alma menos
escrupulosa del mundo, a pesar de serlo en sumo grado.
María sabía, pues, todo lo que pasaba en mi alma y conocía también mis
deseos del Carmelo; y yo la quería tanto, que no podía vivir sin ella. Todos
los años, nuestra tía nos invitaba a ir, turnándonos, a su casa de Trouville.
A mí me gustaba mucho ir, pero con María; cuando no la tenía a mi lado,
me aburría mucho.
Una vez, sin embargo, me lo pasé bien en Trouville. Fue el año en que
papá realizó el viaje a Constantinopla. Para distraernos un poco (pues
estábamos muy tristes porque papá estaba tan lejos), María nos mandó a
Celina y a mí a pasar quince días en la playa. Yo me divertí mucho, porque
tenía conmigo a Celina. Nuestra tía nos daba todos los gustos posibles:
paseos en burro, pesca de agujas, etc.
Yo era todavía muy niña [42rº], a pesar de mis doce años y medio. Me
acuerdo de la alegría que sentí cuando me puse las preciosas cintas
azules que mi tía me regaló para el pelo; y también me acuerdo que me
confesé en Trouville de esa complacencia infantil, que me parecía
pecado...
Una noche, tuve una experiencia que me abrió mucho los ojos. María
(Guérin), que casi siempre estaba enferma, lloriqueaba con frecuencia, y
entonces mi tía la mimaba y le prodigaba los nombres más tiernos, sin que
por eso mi querida primita dejase de lloriquear y de quejarse de que le
dolía la cabeza. Yo, que tenía también casi todos los días dolor de cabeza,
y no me quejaba, quise una noche imitar a María y me puse a lloriquear
echada en un sillón, en un rincón de la sala. Enseguida Juana y mi tía
vinieron solícitas a mi lado, preguntándome qué tenía. Yo les contesté,
como María: «Me duele la cabeza». Pero al parecer eso de quejarme no
se me daba bien, pues no puede convencerlas de que fuese el dolor de
cabeza lo que me hacía llorar. En lugar de mimarme, me hablaron como a
una persona mayor y Juana me reprochó el que no tuviera confianza con
mi tía, pues pensaba que lo que yo tenía era un problema de conciencia...
En fin, salí sin más daño que el haber trabajado en balde y muy decidida a
no volver a imitar nunca a los demás, y comprendí la fábula de «El asno y
el perrito». Yo era como el asno, que, viendo las caricias que le hacían al
perrito, fue a poner su pesada pata sobre la mesa para recibir también él
su ración de besos. Pero, ¡ay!, si no recibí palos, como el pobre animal,
recibí realmente el pago que me merecía, y la lección me curó para toda la
vida del deseo de atraer sobre mí la atención de los demás. ¡El único
intento que hice para ello me costó demasiado caro...!
Al año siguiente, que fue el de la partida de mi querida madrina, nuestra tía
me volvió a invitar, pero en esta ocasión a mí sola, y me encontré tan
perdida y tan fuera de lugar, que al [42vº] cabo de dos o tres días caí
enferma y tuvieron que llevarme de vuelta a Lisieux. La enfermedad, que
temían que fuese grave, no era más que nostalgia de los Buissonnets, y
apenas puse los pies en ellos me curé ...
Bien, pues a esa niña iba Dios a arrebatarle el único apoyo que la ataba a
la vida...
En cuanto supe la decisión de María, tomé la resolución de no volver a
apegar mi corazón a nada en la tierra...
Después de salir del internado, me había instalado en el cuarto de pintura
de Paulina y lo había arreglado a mi gusto. Era una verdadera leonera, una
mezcla de objetos de piedad y curiosidades, un jardín y una pajarera...
Así, por ejemplo, en el fondo destacaba sobre la pared una gran cruz de
madera negra, sin Cristo, y unos dibujos que me gustaban. En otra pared,
una cesta adornada con muselina y con cintas de color rosa con hierbas
finas y flores. Finalmente, en la otra pared, campeaba el retrato de Paulina
a los diez años. Y bajo este retrato tenía una mesa sobre la que estaba
colocada una gran jaula en la que había encerrados un gran número de
pájaros cuyo gorjeo melodioso aturdía a los visitantes, pero no a su amita,
que los quería mucho...
Tenía también el «mueblecito blanco», repleto de mis libros de texto,
cuadernos, etc.; y sobre este mueble tenía colocada una estatua de la
Santísima Virgen con floreros siempre llenos de flores naturales y con
candeleros; y, todo alrededor, una gran cantidad de imagencitas de santos
y santas, cestitas de conchas, cajas de cartulina, etc. Por último, delante
de la ventana, mi jardín colgante, en el que cuidaba macetas (con las
flores más raras que lograba encontrar). Tenía también, en el interior de
«mi museo», una jardinera, en la que ponía mi planta favorita...
Frente a la [43rº] ventana, estaba colocada la mesa, cubierta con un tapete
verde, y sobre el tapete, en el medio, tenía puesto un reloj de arena, una
imagencita de san José, un portarrelojes, cestas de flores, un tintero, etc...
Algunas sillas rotas y la preciosa cuna de muñecas de Paulina
completaban mi ajuar.
Realmente, esta pobre buhardilla era un mundo para mí, y, como el Sr. de
Maistre, también yo podría componer un libro titulado «Paseo alrededor de
mi cuarto». En esta habitación me gustaba pasarme horas enteras,
estudiando y meditando ante el hermoso panorama que se abría ante mis
ojos...
Al conocer la partida de María, mi cuarto perdió para mí todo su encanto.
No quería separarme ni un solo instante de la hermana querida que pronto
iba a levantar el vuelo... ¡Cuántos actos de paciencia le hice practicar!
Cada vez que pasaba ante la puerta de su habitación, llamaba hasta que
me abría y la besaba con toda el alma; quería hacer provisión de besos
para todo el tiempo que iba a verme privada de ellos.
Un mes antes de su entrada en el Carmelo, papá nos llevó a Alençon, pero
este viaje estuvo muy lejos de parecerse al primero: todo fue para mí
tristeza y amargura. Imposible decir cuántas lágrimas lloré sobre la tumba
de mamá porque me había olvidado de llevar un ramillete de acianos que
había cogido para ella.
Verdaderamente, en todo encontraba motivos para sufrir. Todo lo contrario
que ahora, pues Dios me concede la gracia de no abatirme por nada
pasajero. Cuando me acuerdo del pasado, mi alma desborda de gratitud al
ver los favores que he recibido del cielo. Se ha operado en mí tal cambio,
que estoy desconocida... Verdad es que deseaba alcanzar la gracia «de
tener un dominio absoluto sobre mis acciones, de ser su dueña y no su
esclava». [43vº] Estas palabras de la Imitación me llegaban muy a lo
hondo, pero, por así decirlo, tenía que comprar con mis deseos esta gracia
inestimable. No era todavía más que una niña que no parecía tener otra
voluntad que la de los demás, lo cual hacía decir a la gente de Alençon
que era débil de carácter...
Fue durante este viaje cuando Leonia entró a prueba en las clarisas. A mí
me dolió su extraña entrada, pues la quería mucho y no pude darle un
abrazo antes de que se fuera.
Nunca olvidaré la bondad y la confusión de nuestro pobre papaíto cuando
vino a comunicarnos que Leonia vestía ya el hábito de clarisa... A él, igual
que a nosotras, le parecía una cosa muy rara, pero no quería decir nada al
ver lo disgustada que estaba María. Nos llevó al convento y allí sentí una
congoja como nunca la había sentido a la vista de un monasterio. Me
produjo el efecto contrario al del Carmelo, donde todo me dilataba el
alma... Tampoco me entusiasmó más la vista de las religiosas, y no sentí
la menor tentación de quedarme con ellas.
No obstante, nuestra pobre Leonia estaba muy guapa con su nuevo traje.
Nos dijo que la miráramos bien a los ojos, pues ya no volveríamos a verlos
(las clarisas no se dejan ver más que con los ojos bajos). Pero Dios se
conformó con dos meses de sacrificio, y Leonia volvió a enseñarnos sus
ojos azules, muy a menudo bañados en lágrimas...
Al dejar Alençon, yo pensé que Leonia se quedaría con las clarisas, por lo
que me alejé de la triste calle de la Media Luna con el corazón muy
apenado. Ya no quedábamos más que tres, y pronto nuestra querida María
nos iba también a dejar...
¡El 15 de octubre fue el día de la separación!De la alegre y numerosa
familia de los Buissonnets ya sólo quedaban las dos últimas hijas... Las
palomas habían huido del nido paterno, y las que aún quedaban hubiesen
querido volar tras ellas, pero sus alas [44rº] eran aún demasiado débiles
para que pudieran levantar el vuelo...
Dios, que quería llamar hacia sí a la más pequeña y más débil de todas, se
apresuró a hacerle crecer las alas. El, que se complace en mostrar su
bondad y su poder sirviéndose de los instrumentos menos dignos, quiso
llamarme a mí antes que a Celina, que sin duda merecía más que yo este
favor. Pero Jesús conocía muy bien mi debilidad, y por eso me escondió a
mí primero en las cavernas de la roca.
Cuando María entró en el Carmelo, yo era todavía muy escrupulosa. Como
ya no podía confiarme a ella, me volví hacia el cielo. Me dirigí a los cuatro
angelitos que me habían precedido allá arriba, pues pensé que aquellas
almas inocentes, que nunca habían conocido ni las turbaciones ni los
miedos, deberían tener compasión de su pobre hermanita que estaba
sufriendo en la tierra.
Les hablé con la sencillez de un niño, haciéndoles notar que, al ser la
última de la familia, siempre había sido la más querida y la más colmada
de ternuras por mis hermanas, y que si ellos hubieran permanecido en la
tierra me habrían dado también sin duda alguna pruebas de cariño... Su
partida para el cielo no me parecía una razón suficiente para que me
olvidasen; al contrario, ya que se hallaban en situación de disponer de los
tesoros divinos, debían tomar de ellos la paz para mí y mostrarme así que
también en el cielo se sabe amar...
La respuesta no se hizo esperar. Pronto la paz vino a inundar mi alma con
sus olas deliciosas, y comprendí que si era amada en la tierra, también lo
era en el cielo...
A partir de aquel momento, fue creciendo mi devoción hacia mis
hermanitos y hermanitas, y me gusta conversar a menudo con ellos y
hablarles de las tristezas del destierro... y de mi deseo de ir pronto a
reunirme con ellos en la patria...

CAPÍTULO V
DESPUÉS DE LA GRACIA DE NAVIDAD
(1886-1887)

Si el cielo me colmaba de gracias, no era porque yo lo mereciese, pues era
aún muy imperfecta. Es cierto que tenía un gran deseo de practicar [44vº]
la virtud, pero lo hacía de una manera muy peregrina. He aquí un ejemplo.
Como era la más pequeña, no estaba acostumbrada a arreglármelas yo
sola. Celina arreglaba la habitación donde dormíamos las dos juntas, y yo
no hacía ni la menor labor de la casa. Después de la entrada de María en
el Carmelo, a veces, por agradar a Dios, intentaba hacer la cama, o bien,
cuando Celina no estaba, le metía por la noche sus macetas de flores.
Como he dicho, hacía esas cosas únicamente por Dios, y por tanto no
tenía por qué esperar el agradecimiento de las criaturas. Pero sucedía
todo lo contrario: si Celina tenía la desgracia de no parecer feliz y
sorprendida por mis pequeños servicios, yo no estaba contenta y se lo
hacía saber con mis lágrimas...
Debido a mi extremada sensibilidad, era verdaderamente insoportable. Si,
por ejemplo, sucedía que hacía sufrir involuntariamente un poquito a un
ser querido, en vez de sobreponerme y no llorar, lloraba como una
Magdalena, lo cual aumentaba mi falta en lugar de atenuarla, y cuando
comenzaba a consolarme de lo sucedido, lloraba por haber llorado. Todos
los razonamientos eran inútiles, y no lograba corregirme de tan feo
defecto.
No sé cómo podía ilusionarme con la idea de entrar en el Carmelo estando
todavía, como estaba, en los pañales de la infancia...
Era necesario que Dios hiciera un pequeño milagro para hacerme crecer
en un momento, y ese milagro lo hizo el día inolvidable de Navidad. En esa
noche luminosa que esclarece las delicias de la Santísima Trinidad, Jesús,
el dulce niñito recién nacido, cambió la noche de mi alma en torrentes de
luz... En esta noche, en la que él se hizo débil y doliente por mi amor, me
hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de sus armas, y desde aquella
noche bendita ya no conocí la derrota en ningún combate, sino que, al
contrario, fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, «una carrera
de gigante ».
[45rº] Se secó la fuente de mis lágrimas, y en adelante ya no volvió a
abrirse sino muy raras veces y con gran dificultad, lo cual justificó estas
palabras que un día me habían dicho: «Lloras tanto en la niñez, que más
tarde no tendrás ya lágrimas que derramar...»
Fue el 25 de diciembre de 1886 cuando recibí la gracia de salir de la niñez;
en una palabra, la gracia de mi total conversión.
Volvíamos de la Misa de Gallo, en la que yo había tenido la dicha de recibir
al Dios fuerte y poderoso.
Cuando llegábamos a los Buissonnets, me encantaba ir a la chimenea a
buscar mis zapatos. Esta antigua costumbre nos había proporcionado
tantas alegrías durante la infancia, que Celina quería seguir tratándome
como a una niña, por ser yo la pequeña de la familia... Papá gozaba al ver
mi alborozo y al escuchar mis gritos de júbilo a medida que iba sacando
las sorpresas de mis zapatos encantados, y la alegría de mi querido rey
aumentaba mucho más mi propia felicidad.
Pero Jesús, que quería hacerme ver que ya era hora de que me liberase
de los defectos de la niñez, me quitó también sus inocentes alegrías:
permitió que papá, que venía cansado de la Misa del Gallo, sintiese
fastidio a la vista de mis zapatos en la chimenea y dijese estas palabras
que me traspasaron el corazón: «¡Bueno, menos mal que éste es el último
año...!»
Yo estaba subiendo las escaleras, para ir a quitarme el sombrero. Celina,
que conocía mi sensibilidad y veía brillar las lágrimas en mis ojos, sintió
también ganas de llorar, pues me quería mucho y se hacía cargo de mi
pena. «¡No bajes, Teresa!-me dijo-, sufrirías demasiado al mirar así de
golpe dentro de los zapatos».
Pero Teresa ya no era la misma, ¡Jesús había cambiado su corazón!
Reprimiendo las lágrimas, bajé rápidamente la escalera, y conteniendo los
latidos del corazón, cogí los zapatos y, poniéndolos delante de papá, fui
sacando alegremente todos los regalos, con el aire feliz de una reina. Papá
reía, recobrado ya su buen humor, y Celina creía estar soñando ...
Felizmente, era un hermosa realidad: ¡Teresita había vuelto a encontrar la
fortaleza de ánimo que había perdido a los cuatro años y medio, y la
conservaría ya para siempre...!
[45vº] Aquella noche de luz comenzó el tercer período de mi vida, el más
hermoso de todos, el más lleno de gracias del cielo...
La obra que yo no había podido realizar en diez años Jesús la consumó en
un instante, conformándose con mi buena voluntad, que nunca me había
faltado.
Yo podía decirle, igual que los apóstoles: «Señor, me he pasado la noche
bregando, y no he cogido nada». Y más misericordioso todavía conmigo
que con los apóstoles, Jesús mismo cogió la red, la echó y la sacó repleta
de peces... Hizo de mí un pescador de almas, y sentí un gran deseo de
trabajar por la conversión de los pecadores, deseo que no había sentido
antes con tanta intensidad... Sentí, en una palabra, que entraba en mi
corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar
gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz...!

La sangre de Jesús

Un domingo, mirando una estampa de Nuestro Señor en la cruz, me sentí
profundamente impresionada por la sangre que caía de sus divinas manos.
Sentí un gran dolor al pensar que aquella sangre caía al suelo sin que
nadie se apresurase a recogerla. Tomé la resolución de estar siempre con
el espíritu al pie de la cruz para recibir el rocío divino que goteaba de ella,
y comprendí que luego tendría que derramarlo sobre las almas...
También resonaba continuamente en mi corazón el grito de Jesús en la
cruz: «¡Tengo sed!». Estas palabras encendían en mí un ardor
desconocido y muy vivo... Quería dar de beber a mi Amado, y yo misma
me sentía devorada por la sed de almas... No eran todavía las almas de
los sacerdotes las que me atraían, sino las de los grandes pecadores;
ardía en deseos de arrancarles del fuego eterno... Y para avivar mi celo,
Dios me mostró que mis deseos eran de su agrado.

Pranzini, mi primer hijo

Oí hablar de un gran criminal que acababa de ser condenado a muerte por
unos crímenes horribles. Todo hacía pensar que moriría impenitente. Yo
quise evitar a toda costa que cayese en el infierno, y para conseguirlo
empleé todos los medios imaginables.
Sabiendo que por mí misma no podía nada, ofrecí [46rº] a Dios todos los
méritos infinitos de Nuestro Señor y los tesoros de la santa Iglesia; y por
último, le pedí a Celina que encargase una Misa por mis intenciones, no
atreviéndome a encargarla yo misma por miedo a verme obligada a
confesar que era por Pranzini, el gran criminal.
Tampoco quería decírselo a Celina, pero me hizo tan tiernas y tan
apremiantes preguntas, que acabé por confiarle mi secreto. Lejos de
burlarse de mí, me pidió que la dejara ayudarme a convertir a mi pecador.
Yo acepté, agradecida, pues hubiese querido que todas las criaturas se
unieran a mí para implorar gracia para el culpable.
En el fondo de mi corazón yo tenía la plena seguridad de que nuestros
deseos serían escuchados. Pero para animarme a seguir rezando por los
pecadores, le dije a Dios que estaba completamente segura de que
perdonaría al pobre infeliz de Pranzini, y que lo creería aunque no se
confesase ni diese muestra alguna de arrepentimiento, tanta confianza
tenía en la misericordia infinita de Jesús; pero que, simplemente para mi
consuelo, le pedía tan sólo «una señal» de arrepentimiento...
Mi oración fue escuchada al pie de la letra. A pesar de que papá nos había
prohibido leer periódicos, no creí desobedecerle leyendo los pasajes que
hablaban de Pranzini. Al día siguiente de su ejecución, cayó en mis manos
el periódico «La Croix». Lo abrí apresuradamente, ¿y qué fue lo que vi...?
Las lágrimas traicionaron mi emoción y tuve que esconderme... Pranzini no
se había confesado, había subido al cadalso, y se disponía a meter la
cabeza en el lúgubre agujero, cuando de repente, tocado por una súbita
inspiración, se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote ¡y
besó por tres veces sus llagas sagradas...!Después su alma voló a recibir
la sentencia misericordiosa de Aquel que dijo que habrá más alegría en el
cielo por un solo pecador que se convierta que por los noventa y nueve
justos que no necesitan convertirse...
Había obtenido «la señal» pedida, y esta señal era la fiel reproducción de
las [46vº] gracias que Jesús me había concedido para inclinarme a rezar
por los pecadores. ¿No se había despertado en mi corazón la sed de
almas precisamente ante las llagas de Jesús, al ver gotear su sangre
divina? Yo quería darles a beber esa sangre inmaculada que los purificaría
de sus manchas, ¡¡¡y los labios de «mi primer hijo» fueron a posarse
precisamente sobre esas llagas sagradas...!!!¡Qué respuesta de inefable
dulzura...!
A partir de esta gracia sin igual, mi deseo de salvar almas fue creciendo de
día en día. Me parecía oír a Jesús decirme como a la Samaritana: «¡Dame
de beber!»
Era un verdadero intercambio de amor: yo daba a las almas la sangre de
Jesús, y a Jesús le ofrecía esas mismas almas refrescadas por su rocío
divino. Así me parecía que aplacaba su sed. Y cuanto más le deba de
beber, más crecía la sed de mi pobre alma, y esta sed ardiente que él me
daba era la bebida más deliciosa de su amor...
En poco tiempo Dios supo sacarme del estrecho círculo en el que yo daba
vueltas y vueltas sin acertar a salir. Al contemplar ahora el camino que él
me hizo recorrer, es grande mi gratitud.
Pero he de reconocer que, si el paso más importante estaba dado, todavía
eran muchas las cosas que tenía que dejar.
Mi espíritu, liberado ya de los escrúpulos y de su excesiva sensibilidad,
comenzó a desarrollarse. Yo siempre había amado lo grande, lo bello, pero
en esta época me entraron unos deseos enormes de saber. No me
conformaba con las clases y con los deberes que me ponía mi profesora, y
me dediqué a hacer por mi cuenta estudios extras de historia y de ciencias.
Las otras materias me eran indiferentes, pero estos dos campos del saber
despertaban todo mi interés. Y así, en pocos meses adquirí más
conocimientos que durante todos mis años de estudio.
¡Pero eso no era más que vanidad y aflicción de espíritu...!Me venía con
frecuencia a la memoria el capítulo de la Imitación en que se habla de las
ciencias. Pero, no obstante, yo encontraba la forma de seguir, diciéndome
a mí misma que, estando en edad de estudiar, ningún mal había [47rº] en
hacerlo.
No creo haber ofendido a Dios (aunque reconozco que perdí inútilmente el
tiempo), pues sólo le dedicaba un número limitado de horas, que no quería
rebasar, a fin de mortificar mi deseo exacerbado de saber...
Estaba en la edad más peligrosa para las chicas. Pero Dios hizo conmigo
lo que cuenta Ezequiel en sus profecías: «Al pasar junto a mí, Jesús vio
que yo estaba ya en la edad del amor. Hizo alianza conmigo, y fui suya...
Extendió su manto sobre mí, me lavó con perfumes preciosos, me vistió de
bordados y me adornó con collares y con joyas sin precio... Me alimentó
con flor de harina, miel y aceite en abundancia... Me hice cada vez más
hermosa a sus ojos y llegué a ser como una reina...»
Sí, Jesús hizo todo eso conmigo. Podría repetir esas palabras que acabo
de escribir y demostrar que todas ellas, una por una, se han realzado en
mí; pero las gracias que he referido más arriba son ya prueba suficiente de
ello. Sólo voy a hablar del alimento que me dio «en abundancia».

La Imitación y Arminjon

Desde hacía mucho tiempo yo me venía alimentando con «la flor de
harina» contenida en la Imitación. Este era el único libro que me ayudaba,
pues no había descubierto todavía los tesoros escondidos en el Evangelio.
Me sabía de memoria casi todos los capítulos de mi querida Imitación, y
ese librito no me abandonaba nunca; en verano lo llevaba en el bolsillo, y
en invierno en el manguito, era ya una costumbre. En casa de mi tía se
divertían mucho a costa de eso, y abriéndolo al azar, me hacían recitar el
capítulo que tenían ante los ojos.
A mis 14 años, con mis deseos de saber, Dios pensó que era necesario
añadir a «la flor de harina miel y aceite en abundancia». Esa miel y ese
aceite me los hizo encontrar en las charlas del Sr. abate Arminjon sobre el
fin del mundo presente y los misterios de la vida futura. Este libro se lo
habían prestado a papá mis queridas carmelitas; por eso, contra mi [47vº]
costumbre (pues yo no leía los libros de papá), le pedí permiso para leerlo.
Esa lectura fue también una de las mayores gracias de mi vida. La hice
asomada a la ventana de mi cuarto de estudio, y la impresión que me
produjo es demasiado íntima y demasiado dulce para poder contarla...
Todas las grandes verdades de la religión y los misterios de la eternidad
sumergían mi alma en una felicidad que no era de esta tierra...
Vislumbraba ya lo que Dios tiene reservado para los que le aman (pero no
con los ojos del cuerpo, sino con los del corazón). Y viendo que las
recompensas eternas no guardaban la menor proporción con los
insignificantes sacrificios de la vida, quería amar, amar apasionadamente a
Jesús y darle mil muestras de amor mientras pudiese...
Copié varios pasajes sobre el amor perfecto y sobre la acogida que Dios
dispensará a sus elegidos cuando él mismo sea su grande y eterna
recompensa. Y repetía sin cesar las palabras de amor que habían
abrasado mi corazón...
Celina se había convertido en la confidente íntima de mis pensamientos.
Desde la noche de Navidad ya podíamos comprendernos: la diferencia ya
no existía, pues yo había crecido en estatura, y sobre todo en gracia.
Anteriormente a esta época, yo me quejaba con frecuencia de no conocer
los secretos de Celina; ella me contestaba que yo era demasiado pequeña,
y que tendría que crecer la altura de un taburete para que pudiese tener
confianza en mí... A mí me gustaba subirme a aquel precioso taburete
cuando estaba junto a ella, y le decía que me hablase íntimamente; pero la
treta no me daba resultado, la distancia nos seguía separando...
Jesús, que quería hacernos progresar juntas, formó en nuestros corazones
unos lazos más fuertes que los de la sangre. Nos hizo hermanas del alma.
Se hicieron realidad en nosotras las palabras del Cántico Espiritual de san
Juan de la Cruz (cuando la esposa exclama, hablando al Esposo):
«A zaga de tu huella,
las jóvenes discurren al camino,
al toque de [48rº] centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino».
Sí, seguíamos muy ligeras las huellas de Jesús. Las centellas de amor que
él sembraba a manos llenas en nuestras almas y el vino fuerte y delicioso
que nos daba a beber hacían desaparecer de nuestra vista las cosas
pasajeras, y de nuestros labios brotaban emisiones de amor inspiradas por
él.
¡Qué dulces eran las conversaciones que todas las noches teníamos en el
mirador!Con la mirada hundida en la lejanía, contemplábamos la blanca
luna que se elevaba lentamente por detrás de los altos árboles... y los
reflejos plateados que derramaba sobre la naturaleza dormida, las
brillantes estrellas que titilaban en el azul profundo..., el soplo ligero de la
brisa nocturna que hacía flotar las nubes de nieve. Y todo elevaba
nuestras almas hacia el cielo, del que no contemplábamos todavía más
que «el límpido reverso»...
No sé si me equivoco, pero creo que la expansión de nuestras almas se
parecía a la de santa Mónica y su hijo, cuando en el puerto de Ostia caían
los dos sumidos en éxtasis a la vista de las maravillas del creador...
Me parece que recibíamos gracias de un orden tan elevado como las
concedidas a los grandes santos. Como dice la Imitación, a veces Dios se
comunica en medio de un fuerte resplandor, a veces «tenuemente velado,
bajo sombras y figuras». De esta manera se dignaba manifestarse a
nuestras alma, ¡pero qué fino y transparente era el velo que ocultaba a
Jesús de nuestras miradas...!No había lugar para la duda, ya no eran
necesarias la fe ni la esperanza: el amor nos hacía encontrar en la tierra al
que buscábamos. «Al encontrarlo solo en la calle, nos besó, para que en
adelante nadie pudiera despreciarnos».
Gracias tan grandes no podían quedar sin frutos, y éstos fueron
abundantes. La práctica de la virtud se nos hizo dulce y natural. Al
principio, mi rostro delataba muchas veces el combate, pero poco a poco
esa impresión fue desapareciendo y la renuncia se me hizo fácil, incluso
desde el primer momento. Ya lo dijo Jesús: «Al [48vº] que tiene se le dará,
y tendrá de sobra». Por una gracia acogida con fidelidad, me otorgaba
cantidad de gracias nuevas...
Se entregaba a mí en la sagrada comunión con mucha más frecuencia de
la que yo me hubiera atrevido a esperar. Yo tenía como norma de
conducta comulgar todas las veces que el confesor me lo permitiera, sin
fallar una sola vez, pero dejando que fuese él quien decidiese cuántas, sin
pedírselo nunca yo. En esa época no tenía la audacia que ahora tengo; de
haberla tenido, hubiera actuado de distinta manera, pues estoy convencida
de que un alma debe decir a su confesor el deseo que siente de recibir a
su Dios. El no baja del cielo un día y otro día para quedarse en un copón
dorado, sino para encontrar otro cielo que le es infinitamente más querido
que el primero: el cielo de nuestra alma, creada a su imagen y templo vivo
de la adorable Trinidad...
Jesús, que veía mis deseos y la rectitud de mi corazón, permitió que mi
confesor me dijese que durante el mes de mayo comulgase cuatro veces
por semana; y cuando pasó ese hermoso mes, todavía añadió una quinta
más cada vez que cayese alguna fiesta. Al salir del confesonario, brotaron
de mi ojos lágrimas muy dulces. Me parecía como si Jesús mismo quisiera
entregarse a mí, pues echaba muy poco tiempo para confesarme y nunca
dije ni una palabra acerca de mis sentimientos interiores.
El camino por el que iba eran tan recto y luminoso, que no necesitaba más
guía que a Jesús... Comparaba a los directores a espejos fieles que
reflejaban a Jesús en las almas, y decía que en mi caso Dios no se servía
de intermediarios, sino que actuaba directamente él...

Deseos de entrar en el Carmelo

Cuando un jardinero rodea de cuidados a una fruta que quiere que madure
antes de tiempo, no es para dejarla colgada en el árbol, sino para
presentarla en una mesa ricamente servida. Con parecida intención [49rº]
prodigaba Jesús sus gracias a su florecita... El, que en los días de su vida
mortal exclamó en un transporte de alegría: «Te doy gracias, Padre,
porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las
has revelado a la gente sencilla», quería hacer resplandecer en mí su
misericordia. Porque yo era débil y pequeña, se abajaba hasta mí y me
instruía en secreto en las cosas de su amor. Si los sabios que se pasan la
vida estudiando hubiesen venido a preguntarme, se hubieran quedado
asombrados al ver a una niña de catorce años comprender los secretos de
la perfección, unos secretos que toda su ciencia no puede descubrirles a
ellos porque para poseerlos es necesario ser pobres de espíritu...
Como dice san Juan de la Cruz en su Cántico:

«Sin otra luz ni guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía».

Ese lugar era el Carmelo. Pero antes de «sentarme a la sombra de Aquel a
quien deseaba», tenía que pasar por muchas pruebas. Pero la llamada
divina era tan apremiante, que si hubiera tenido que pasar entre llamas, lo
habría hecho por ser fiel a Jesús...
Sólo encontré un alma que me animase en mi vocación: la de mi Madre
querida... Mi corazón encontró en el suyo un eco fiel; y sin ella, yo no
habría llegado en modo alguno a la ribera bendita que la había acogido a
ella cinco años antes en su suelo impregnado del rocío celestial...
Sí, hacía cinco años que yo estaba separada de ti, Madre querida, y creía
que te había perdido. Pero en el momento de la prueba fue tu mano la que
me indicó el camino que debía seguir... Necesitaba ese consuelo, pues las
visitas al locutorio del Carmelo me resultaban cada vez más penosas; no
podía hablar de mis deseos de entrar, sin verme rechazada. María
pensaba que era demasiado joven y hacía todo lo posible por impedirme
entrar; y tú misma, Madre, a fin de probarme, tratabas a veces de moderar
mi entusiasmo [49vº]. En fin, que si no hubiese tenido verdadera vocación,
me hubiera vuelto atrás desde el primer momento, pues en cuanto empecé
a responder a la llamada de Jesús me encontré con obstáculos.
No quise hablarle a Celina de mis deseos de entrar tan joven en el
Carmelo, y eso aumentó mi sufrimiento, pues me resultaba muy difícil
ocultarle nada... Pero este sufrimiento no duró mucho, pues pronto mi
hermanita querida se enteró de mi determinación, y, lejos de intentar
disuadirme, aceptó con un valor admirable el sacrificio que Dios le pedía;
para entender cuán grande era ese sacrificio, habría que saber hasta qué
punto estábamos unidas...
Una misma alma, por así decirlo, nos hacía vivir. Desde hacía algunos
meses, disfrutábamos juntas de la vida más dulce que unas jóvenes
puedan soñar. Todo alrededor de nosotras respondía a nuestros gustos.
Teníamos una gran libertad. En una palabra, yo solía decir que nuestra
vida era en la tierra el ideal de la felicidad...
Pero apenas habíamos comenzado a saborear este ideal de la felicidad,
tuvimos que renunciar libremente a él, y mi querida Celina no se rebeló ni
por un instante.
Sin embargo, podría haberse quejado, ya que Jesús no la llamaba a ella la
primera... Tenía la misma vocación que yo, por lo cual le tocaba a ella
partir antes... Pero así como, en tiempos de los mártires, los que quedaban
en la cárcel daban gozosos el beso de paz a sus hermanos que partían
primero para combatir en la arena, y se consolaban pensando que tal vez
a ellos se les reservaba para combates todavía mayores, igualmente
Celina dejó alejarse a su Teresa y se quedó sola para el glorioso y
sangriento combate al que Jesús la tenía destinada como privilegiada de
su amor...
Celina, pues, se convirtió en confidente de mis luchas y de mis
sufrimientos, y tomó en ellos tanta parte como si se hubiera tratado de su
propia vocación. De parte de ella no temía yo ninguna oposición.

Confidencia a mi padre

Lo que no sabía era qué medio emplear para decírselo a papá... ¿Cómo
hablarle de separarse de su reina, a él que acababa de sacrificar a sus tres
hijas mayores...? ¡Cuántas luchas interiores no tuve que sufrir antes [50rº]
de sentirme con ánimos para hablar...!Sin embargo, tenía que decidirme.
Yo iba cumplir catorce años y medio, y sólo seis meses nos separaban de
la hermosa noche de Navidad, en que había decidido ingresar a la misma
hora en que el año anterior había recibido «mi gracia».
Escogí el día de Pentecostés para hacerle a papá mi gran confidencia.
Todo el día estuve suplicando a los santos apóstoles que intercedieran por
mí y que me inspiraran ellos las palabras que habría de decir... ¿No eran
ellos, en efecto, quienes tenían que ayudar a aquella niña tímida que Dios
tenía destinada a ser apóstol de apóstoles por medio de la oración y el
sacrificio...?
Hasta por la tarde, al volver de Vísperas, no encontré la ocasión de hablar
a mi papaíto querido. Había ido a sentarse al borde del aljibe, y desde allí,
con las manos juntas, contemplaba las maravillas de la naturaleza. El sol,
cuyos rayos habían perdido ya su ardor, doraba las copas de los altos
árboles, en los que los pajarillos cantaban alegres su oración de la tarde.
El hermoso rostro de papá tenía una expresión celestial. Comprendí que la
paz inundaba su corazón. Sin decir una sola palabra, fui a sentarme a su
lado, con los ojos bañados ya en lágrimas. Me miró con ternura, y
cogiendo mi cabeza la apoyó en su pecho, diciéndome: »¿Qué te pasa,
reinecita... Cuéntamelo...» Luego, levantándose, como para disimular su
propia emoción, echó a andar lentamente, manteniendo mi cabeza
apoyada en su pecho.
A través de las lágrimas, le confié mi deseo de entrar en el Carmelo, y
entonces sus lágrimas se mezclaron con las mías; pero no dijo ni una
palabra para hacerme desistir de mi vocación. Simplemente se contentó
con hacerme notar que yo era todavía muy joven para tomar una decisión
tan grave.
Pero yo defendí tan bien mi causa, que papá, con su modo de ser sencillo
y recto, quedó pronto convencido de que mi deseo era el de Dios; y con su
fe profunda, me dijo que Dios le hacía un gran honor al pedirle así a sus
hijas.
Seguimos paseando un largo rato. Mi corazón, confortado por la bondad
con que aquel padre incomparable había acogido mis confidencias, [50vº]
se volcó dulcemente en el suyo. Papá parecía gozar de esa alegría serena
que da el sacrificio consumado. Me habló como un santo, y me gustaría
acordarme de sus palabras para transcribirlas aquí, pero sólo conservo de
ellas un recuerdo demasiado perfumado para poderlo expresar.
De lo que sí me acuerdo perfectamente es de la acción simbólica que mi
querido rey realizó sin saberlo. Acercándose a un muro poco elevado, me
mostró unas florecillas blancas, parecidas a lirios en miniatura ; y tomando
una de aquellas flores, me la dio, explicándome con cuánto esmero Dios la
había hecho nacer y la había conservado hasta aquel día. Al oírle hablar,
me parecía estar escuchando mi propia historia, tanta semejanza había
entre lo que Jesús había hecho con aquella florecilla y con Teresita ...
Recibí aquella flor como una reliquia, y observé que, al querer cogerla,
papá había arrancado todas sus raíces sin troncharlas, como si estuviera
destinada a seguir viviendo en otra tierra más fértil que el blando musgo en
el que habían transcurrido sus primeras alboradas... Era exactamente lo
mismo que papá acababa de hacer conmigo poco antes al permitirme subir
a la montaña del Carmelo y abandonar el dulce valle testigo de mis
primeros pasos por la vida.
Puse mi florecita blanca en mi libro de la Imitación, en el capítulo titulado:
«Del amor a Jesús sobre todas las cosas», y todavía sigue allí. Sólo el tallo
se ha roto muy cerca de la raíz, y Dios parece decirme con eso que pronto
romperá los lazos de su florecita y que no la dejará marchitarse en la tierra.

Una vez obtenido el consentimiento de papá, pensé que podría volar ya sin
temor alguno hacia el Carmelo. Pero muchos y muy dolorosos
contratiempos debían aún someter a prueba mi vocación.

Mi tío cambia de opinión

Cuando fui a comunicarle a mi tío la decisión que había tomado, lo hice
temblando. Me prodigó las mayores muestras de ternura, pero no me dio
permiso para irme; al contrario, me prohibió [51rº] hablarle de mi vocación
antes de cumplir los 17 años. Era un atentado a la prudencia humana,
decía, dejar entrar en el Carmelo a una niña de 15 años. Siendo la vida de
las carmelitas a los ojos del mundo una vida propia de filósofos, sería
hacer un grave daño a la religión permitir que la abrazase una niña sin
experiencia... Todo el mundo hablaría, etc... etc... Hasta llegó a decir que
para decidirle a dejarme partir haría falta un milagro.
Vi claro que todos mis razonamientos serían inútiles, así que me fui con el
corazón sumido en la más profunda amargura.
Mi único consuelo era la oración. Suplicaba a Jesús que hiciese el milagro
que exigía mi tío, ya que sólo a ese precio podría yo responder a su
llamada.
Pasó bastante tiempo hasta que me atreví a volver a hablarle a mi tío; me
costaba horrores ir a su casa. El, por su parte, no parecía pensar ya en mi
vocación; pero supe más tarde que mi enorme tristeza lo predispuso
mucho a mi favor.
Antes de hacer brillar en mi alma un rayo de esperanza, Dios quiso
enviarme un martirio sumamente doloroso, que duró tres días. Nunca
como en aquella prueba comprendí de bien el dolor de la Santísima Virgen
y de san José mientras buscaban al divino Niño Jesús... Me encontraba en
un triste desierto, o, mejor, mi alma parecía un frágil esquife, abandonado
sin piloto a merced de las olas tempestuosas...
Lo sé, Jesús estaba allí, dormido en mi barquilla; pero la noche era tan
negra, que me era imposible verle. Ni una luz. Ni siquiera un relámpago
que viniese a surcar las sombrías nubes... Es cierto que es muy triste el
resplandor de los relámpagos; pero, al menos, si la tormenta hubiese
estallado abiertamente, habría podido ver por un momento a Jesús... Pero
era la noche, la noche profunda del alma... Y como Jesús en el huerto de
la agonía, me sentía sola, sin encontrar consuelo alguno ni en la tierra ni
en el cielo. ¡¡¡Como si el mismo Dios me hubiese abandonado...!!!
La naturaleza parecía participar también de mi amarga tristeza: durante
esos tres días, el sol no hizo brillar ni uno de [51vº]sus rayos y la lluvia
cayó a torrentes. (He observado que en todas las ocasiones importantes
de mi vida la naturaleza ha sido como una imagen de mi alma. En los días
de lágrimas el cielo lloraba conmigo; en los días de alegría el cielo enviaba
con profusión sus alegres rayos y ni una sola nube oscurecía el cielo
azul...)
Por fin, al cuarto día, que era sábado, día dedicado a la dulce Reina del
cielo, fui a ver a mi tío. ¡Y cuál no sería mi sorpresa al ver que me miraba y
que me hacía entrar en su despacho sin que yo le hubiese manifestado
deseo alguno de hacerlo...!Empezó dirigiéndome tiernos reproches por
portarme con él como si le tuviera miedo, y luego me dijo que no hacía
falta pedir un milagro: que él sólo había pedido a Dios que le diera «una
simple inclinación del corazón», y que había sido escuchado...
Ya no sentí la tentación de pedir un milagro, pues para mí el milagro ya
estaba concedido: mi tío no era el mismo.
Sin hacer la menor alusión a la «prudencia humana», me dijo que yo era
una florecita que Dios quería cortar, y que él no seguiría oponiéndose a
ello...
Esta respuesta definitiva era realmente digna de él. Por tercera vez, este
cristiano de otros tiempos permitía que una de las hijas adoptivas de su
corazón fuera a sepultarse lejos del mundo.
También mi tía fue admirable por su ternura y su prudencia. No recuerdo
que, durante el tiempo de mi prueba, me haya dicho una sola palabra que
pudiera aumentarla. Yo veía que le daba mucha pena su pobre Teresita.
Por eso, cuando obtuve el consentimiento de mi tío, también ella me dio el
suyo, aunque no sin hacerme ver de mil maneras que mi partida le iba a
costar mucho... ¡Ay, qué lejos estaban nuestros queridos parientes de
sospechar [52rº] entonces que tendrían que renovar otras dos veces ese
mismo sacrificio...!Pero Dios, al tender la mano para seguir pidiendo, no la
presentó vacía: sus amigos más queridos pudieron beber en ella, y con
abundancia, la fuerza y el valor que tanto necesitaban...
Pero mi corazón me ha llevado muy lejos del tema; vuelvo a él casi a
disgusto.
Después de la respuesta de mi tío, ya comprenderás, Madre mía, [51vº
sigue] con qué alegría emprendí el camino de regreso a los Buissonnets
bajo «un hermoso cielo en el que las nubes se habían disipado por
completo»...
También en mi alma había cesado la noche. Jesús, despertándose, me
había devuelto la alegría, el ruido de la olas se había calmado. En lugar del
viento de la prueba, henchía mi vela una brisa ligera, y yo creía que pronto
llegaría a la ribera bendita que ya divisaba muy cerca de mí. Y esa ribera
estaba, en efecto, muy cerca de mi barquilla; pero aún debía levantarse
más de una tormenta, que ocultaría a su vista el faro luminoso, haciéndole
temer que se había alejado para siempre de la playa tan ardientemente
deseada...

Oposición del superior

Pocos días después de haber conseguido el consentimiento de mi tío, fui a
verte, Madre querida, y te hablé de mi alegría por que todas mis pruebas
hubiesen ya pasado. Pero ¡cuáles no fueron mi sorpresa y mi aflicción al
oírte decir que [52rº] el Superior no permitía que entrara antes de los 21
años...!
Nadie había pensado en esta oposición, la más invencible de todas. Sin
embargo, sin desanimarme, yo misma fui con papá y con Celina a ver a
nuestro Padre, para intentar conmoverle haciéndole ver que tenía
verdadera vocación de carmelita.
Nos recibió con gran frialdad. Y por más que mi incomparable papaíto unió
sus instancias a las mías, nada pudo hacerle cambiar de parecer. Me dijo
que no había ningún peligro en esperar, que yo podía llevar vida de
carmelita en mi casa, que no estaría todo perdido porque no me diera
disciplina, etc... etc... Por último, añadió que él no era más que el delegado
de Monseñor, y que si éste quería permitirme entrar en el Carmelo, él no
tendría nada que decir...
Salí de la rectoral hecha un mar de lágrimas; gracias a Dios, estaba
escondida bajo el paraguas, pues la lluvia caía torrencialmente.
Papá no sabía cómo consolarme... Me prometió llevarme a Bayeux en
cuanto se lo pedí, pues estaba decidida a conseguir mi propósito. Llegué
incluso a decir que iría hasta el Santo Padre, si Monseñor no quería
permitirme entrar en el Carmelo a los 15 años...
Muchas cosas pasaron antes del viaje a Bayeux. Exteriormente, mi vida
parecía la misma. Seguía estudiando, Celina me daba clases de dibujo, y
mi experta profesora encontraba en mí muchas cualidades para su arte.
Sobre todo, crecía en el amor de Dios. Sentía en mi corazón unos ímpetus
que hasta entonces no conocía. A veces tenía verdaderos transportes de
amor. Una noche, no sabiendo cómo decirle a Jesús que le amaba y cómo
deseaba que fuese amado y glorificado en todas partes, pensé con dolor
que él nunca podría recibir en el infierno un solo acto de amor; y entonces
le dije a Dios que, por agradarle, aceptaría gustosa verme sumergida allí, a
fin de que fuese amado eternamente en ese lugar de blasfemias... Yo
sabía bien que eso no podía glorificarle, porque él sólo desea nuestra
felicidad. Pero cuando se [52vº] ama, una siente necesidad de decir mil
locuras.
Si hablaba de esa manera, no era porque el cielo no atrajera mis deseos,
sino porque en aquel entonces mi único cielo era el amor, y sentía, como
san Pablo, que nada podría apartarme del objeto divino que me había
hechizado...
Antes de abandonar el mundo, Dios me concedió el consuelo de
contemplar de cerca las almas de los niños . Al ser la más pequeña de la
familia, nunca había tenido esta suerte. He aquí las tristes circunstancias
que me la depararon.
Una buena mujer, pariente de nuestra sirvienta, murió en la flor de la edad,
dejando tres niños muy pequeños. Durante su enfermedad, trajimos a
nuestra casa a las dos niñas pequeñas, la mayor de la cuales no tenía
todavía seis años. Yo me encargaba de cuidarlas durante todo el día, y era
para mí un auténtico placer ver con qué candor creían todo lo que les
decía. Tiene que dejar el santo bautismo en las almas un germen muy
profundo de las virtudes teologales, ya que aparecen ya desde la infancia,
y basta la esperanza de los bienes futuros para hacerles aceptar los
sacrificios.
Cuando quería ver a mis dos niñas haciendo buenas migas entre ellas, en
vez de prometer juguetes o bombones a la que cediese primero, les
hablaba de las recompensas eternas que el Niño Jesús daría en el cielo a
los niñitos buenos. La mayor, cuya razón empezaba ya a despertarse, me
miraba con ojos resplandecientes de alegría, me hacía mil preguntas
encantadoras sobre el Niño Jesús y su hermoso cielo, y me prometía
entusiasmada ceder siempre ante su hermana. Y me decía que jamás en
la vida olvidaría lo que la «gran señorita», como ella me llamaba, le había
enseñado...
Viendo de cerca a estas almas inocentes, comprendí la desgracia que
supone el no formarlas bien desde su mismo despertar, cuando se
asemejan a la cera blanda sobre la que se puede dejar grabada la huella
de las virtudes, pero también la huella del mal... Comprendí lo que dice
Jesús en el Evangelio: «Mejor sería ser arrojado al mar que escandalizar a
uno solo de estos pequeños».
[53rº] ¡Cuántas almas llegarían a la santidad si fuesen bien dirigidas...!
Sé muy bien que Dios no tiene necesidad de nadie para realizar su obra.
Pero así como permite a un hábil jardinero cultivar plantas delicadas y le
da para ello los conocimientos necesarios, reservándose para sí la misión
de fecundarlas, de la misma manera quiere Jesús ser ayudado en su
divino cultivo de las almas.
¿Qué ocurriría si un jardinero desmañado no injertase bien los árboles?
¿Si no conociese bien la naturaleza de cada uno de ellos y se empeñase
en hacer brotar rosas de un melocotonero...? Haría morir al árbol, que, sin
embargo, era bueno y capaz de producir frutos.
De la misma manera hay que saber reconocer desde la infancia lo que
Dios pide a las almas y secundar la acción de su gracia, sin acelerarla ni
frenarla nunca.
Como los pajaritos aprender a cantar escuchando a sus padres, así los
niños aprenden la ciencia de las virtudes, el canto sublime del amor de
Dios, de las almas encargadas de formarles para la vida.
Recuerdo que entre mis pájaros tenía un canario que cantaba de maravilla.
Tenía también un pardillo al que le prodigaba cuidados verdaderamente
maternales porque lo había adoptado antes que pudiese gozar la dicha de
la libertad. Este pobre prisionerito no tenía padres que le enseñasen a
cantar, pero como oía de la mañana a la noche a su compañero el canario
lanzar sus alegres trinos, quiso imitarlo... Empresa difícil para un pardillo,
por lo que a su dulce voz le costó mucho acordarse a la voz vibrante de su
profesor de música. Era asombroso ver los esfuerzos que hacía el
pobrecito, pero al fin se vieron coronados por el éxito, pues su canto,
aunque un poco más apagado, era absolutamente idéntico al del canario.
[53vº] ¡Madre mía querida!Tu fuiste quien me enseñó a mí a cantar... Tu
voz me cautivó desde la infancia, y ahora ¡¡¡me encanta oír decir que me
parezco a ti!!!Sé cuánto me falta para ello, pero, a pesar de mi debilidad,
espero cantar eternamente el mismo cántico que tú...
Antes de mi entrada en el Carmelo, tuve también otras muchas
experiencias sobre la vida y las miserias del mundo. Pero esos detalles me
llevarían demasiado lejos. Voy a reanudar el relato de mi vocación.

Viaje a Bayeux

El 31 de octubre fue el día fijado para mi viaje a Bayeux. Partí sola con
papá, con el corazón henchido de esperanza, pero también muy
emocionada al pensar que iba a presentarme al obispo. Por primera vez en
mi vida iba a hacer un visita sin que me acompañaran mis hermanas, ¡y
esta visita era nada menos que a un obispo!Yo, que nunca hablaba, a no
ser para contestar a las preguntas que me hacían, tenía que explicar por
mí misma el motivo de mi visita y exponer las razones que me movían a
solicitar la entrada en el Carmelo. En una palabra, iba a tener que
demostrar la solidez de mi vocación.
¡Cuánto me costó hacer ese viaje!Tuvo que concederme Dios una gracia
muy especial para que pudiera vencer mi gran timidez... Aunque también
es verdad que «para el amor nada hay imposible, porque todo lo cree
posible y permitido». Y realmente sólo el amor de Jesús podía hacerme
vencer aquellas dificultades y las que vendrían más tarde, pues quiso
hacerme comprar mi vocación a costa de pruebas muy grandes...
Hoy, que gozo de la soledad del Carmelo (descansando a la sombra de
Aquel a quien tan ardientemente deseé), creo que he comprado mi dicha a
muy bajo precio y estaría dispuesta a soportar sufrimientos mucho
mayores para alcanzarla si aún no la tuviese.
Cuando llegamos a Bayeux, llovía a cántaros. Papá, que no quería ver a
su reinecita entrar en el obispado con su hermoso vestido hecho una sopa,
la hizo subir a un ómnibus que nos llevó a la catedral. Allí comenzaron mis
desgracias.
Monseñor, con todo su presbiterio, estaba asistiendo a un solemne funeral.
La iglesia estaba llena de señoras vestidas de luto, y todo el mundo me
miraba a mí con mi [54rº] vestido claro y mi sombrero blanco. Hubiera
querido salir de la iglesia, pero no había ni que pensarlo a causa de la
lluvia. Y para humillarme más todavía, Dios permitió que papá, con su
sencillez patriarcal, me hiciese pasar hasta el fondo de la catedral; yo, por
no disgustarlo, obedecí de buen grado y ofrecí aquella distracción a los
habitantes de Bayeux, a los que deseaba no haber conocido en mi vida...
Por fin pude respirar tranquila en una capilla que había detrás del altar
mayor, y allí me quedé un largo rato rezando con fervor, en espera de que
la lluvia cesase y nos dejase salir.
Al salir, papá me hizo admirar la belleza del edificio, que al estar vacío
parecía mucho mayor. Pero a mí sólo una idea me ocupaba el
pensamiento, y no podía encontrarle gusto a nada.
Fuimos directamente a ver al Sr. Révérony, que estaba informado de
nuestra llegada y que había fijado él mismo la fecha del viaje; pero estaba
ausente. Así que tuvimos que andar errando por las calles, que me
parecieron muy tristes.
Por fin, volvimos cerca del obispado, y papá me llevó a un hotel en el que
no hice honor al buen cocinero.
Mi pobre papaíto me demostraba una ternura casi increíble. Me decía que
no me preocupase, que seguro que Monseñor me concedería lo que iba a
pedirle.
Después de descansar un poco, volvimos en busca del Sr. Révérony.
Llegó al mismo tiempo que nosotros un señor, pero el Vicario general le
pidió cortésmente que esperara y nos hizo entrar a nosotros primero en su
despacho (el pobre señor tuvo tiempo de aburrirse, pues nuestra visita fue
larga).
El Sr. Révérony se mostró muy amable, pero creo que le sorprendió
mucho el motivo de nuestro viaje. Después de mirarme sonriente y de
hacerme algunas preguntas, nos dijo: «Voy a presentarles a Monseñor,
tengan la bondad de acompañarme». Y al ver brillar lágrimas en mis ojos,
añadió: «¡Pero bueno!, estoy viendo diamantes... ¡No podemos
enseñárselos a Monseñor...!»
Nos hizo atravesar varios aposentos muy amplios, adornados [54vº] con
retratos de obispos. Viéndome en aquellos enormes salones, me sentía
como una pobre hormiguita y me preguntaba qué me atrevería a decirle a
Monseñor.
El estaba paseando por una galería con dos sacerdotes. Vi que el Sr.
Révérony le decía unas palabras y volvía con él. Nosotros lo esperábamos
en su despacho, donde había tres enormes sillones colocados delante de
la chimenea en la que chisporroteaba un buen fuego.
Al ver entrar a Su Excelencia, papá se arrodilló a mi lado para recibir su
bendición. Luego Monseñor hizo tomar asiento a papá en uno de los
sillones, se sentó frente a él, y el Sr. Révérony quiso que yo ocupara el del
medio. Rehusé cortésmente, pero él insistió, diciéndome que tenía que
demostrar si era capaz de obedecer. Me senté enseguida, sin pensarlo dos
veces, y tuve que pasar por la vergüenza de verle a él tomar una silla
mientras yo me veía arrellanada en un sillón donde habrían cabido
cómodamente cuatro como yo (y más cómodas que yo, ¡pues me hallaba
muy lejos de estarlo...!)
Yo esperaba que hablaría papá, pero me dijo que explicara yo misma a
Monseñor el motivo de nuestra visita. Lo hice lo más elocuentemente que
pude. Pero Su Excelencia, acostumbrado a la elocuencia, no pareció
conmoverse mayormente por mis razones. Una sola palabra del Superior
me hubiera valido mucho más que todas ellas, pero lamentablemente no la
tenía y su oposición no abogaba precisamente en mi favor...
Monseñor me preguntó si hacía mucho tiempo que deseaba entrar en el
Carmelo. -«Sí, Monseñor, muchísimo tiempo...» -«¡Vamos!, replicó riendo
el Sr. Révérony, ¿no dirás que hace quince años que lo estás deseando?»
-«Desde luego, respondí yo riendo también. Pero no hay que quitar
muchos años, porque deseo ser religiosa desde que tengo uso de razón, y
deseé el Carmelo desde que lo conocí, porque me parecía que en esta
Orden se verían satisfechas todas las aspiraciones de mi alma».
[55rº] No sé, Madre querida, si fueron éstas exactamente mis palabras,
creo que lo dije todavía peor; pero, bueno, ese fue el sentido.
[54vº sigue] Monseñor, creyendo agradar a papá, intentó hacer que me
quedara con él algunos años más. Por eso, no fue poca su sorpresa y su
edificación al verlo ponerse de mi parte e interceder para que me
concediera permiso para volar a los quince años.
Sin embargo, todo fue inútil. Dijo que antes de tomar una decisión, era
indispensable tener una entrevista con el Superior del Carmelo.
Nada podía yo escuchar que me causase una pena mayor, pues conocía
la abierta oposición de nuestro Padre. Así que, sin tener en cuenta ya la
recomendación del Sr. Révérony, hice algo más que enseñar diamantes a
Monseñor: ¡se los regalé...!
Vi muy bien que estaba emocionado. Poniendo su mano en mi cuello,
apoyó mi cabeza sobre su hombro y me acarició como creo que nunca
[55rº] había acariciado a nadie. Me dijo que no todo estaba perdido, que
estaba muy contento de que hiciese el viaje a Roma para afianzar mi
vocación, y que, en vez de llorar, debería alegrarme. Añadió que, a la
semana siguiente, tenía que ir a Lisieux y que le hablaría de mí al párroco
de Santiago, y que no dudase que en Italia recibiría su respuesta.
Comprendí que era inútil seguir insistiendo. Además, ya no tenía nada más
que decir, pues había agotado todos los recursos de mi elocuencia.
Monseñor nos acompañó hasta el jardín. Papá le hizo reír mucho
contándole que, para aparentar más edad, me había hecho recoger el
pelo. (Este detalle no lo echó Monseñor en saco roto, pues cuando habla
de su «hijita» nunca deja de contar las historia de su pelo...)
El Sr. Révérony quiso acompañarnos hasta la puerta del jardín del
obispado, y dijo a papá que nunca se había visto una cosa así: «¡Un padre
tan deseoso de entregar a Dios su hija como ésta de ofrecerse a él!»
Papá le pidió algunas explicaciones sobre la peregrinación, entre otras
cómo había que ir vestidos para presentarse ante el Santo Padre. Aún lo
estoy viendo darse vuelta ante el Sr. Révérony, diciéndole: «¿Estaré bien
así...?»
El le había dicho también a Monseñor que si él no me daba permiso para
entrar en el Carmelo, yo pediría esta gracia al Sumo Pontífice.
Era muy sencillo en sus palabras y en sus modales mi querido rey, pero
era tan guapo... Tenía una distinción tan natural, que debió de agradarle
mucho a Monseñor, acostumbrado a verse rodeado de personajes que
conocían todas las reglas de la etiqueta, pero no al Rey de Francia y de
Navarra en persona con su reinecita ...
Cuando llegué a la calle, volvieron a correr las lágrimas, pero no tanto a
causa de mi disgusto cuanto por ver que mi papaíto querido acababa de
hacer un viaje inútil... El, que saboreaba ya por adelantado la alegría de
enviar un telegrama al Carmelo anunciando la feliz respuesta de
Monseñor, se veía obligado a [55vº] volver sin respuesta de ninguna
clase...
¡Qué disgusto tan grande tenía yo...!Me parecía que mi futuro estaba roto
para siempre. Cuanto más me acercaba a la meta, más veía embrollarse
mis asuntos.
Mi alma estaba hundida en la amargura, pero también en la paz, pues lo
único que buscaba era la voluntad de Dios.
En cuanto llegamos a Lisieux, fui a buscar consuelo en el Carmelo, y lo
encontré a tu lado, Madre querida. ¡No!, nunca olvidaré todo lo que tú
sufriste por mi causa. Si no temiera profanarlas sirviéndome de ellas,
podría repetir las palabras que Jesús dirigió a los apóstoles la noche de su
Pasión: «Tú has permanecido siempre conmigo en mis pruebas...»
También mis queridísimas hermanas me ofrecieron muy dulces
consuelos...

CAPÍTULO VI
EL VIAJE A ROMA (1887)

Tres días después del viaje a Bayeux, tenía que emprender otro mucho
más largo: el viaje a la ciudad eterna...
¡Qué viaje aquél...!Sólo en él aprendí más que en largos años de estudios,
y me hizo ver la vanidad de todo lo pasajero y que todo es aflicción de
espíritu bajo el sol...
Sin embargo, vi cosas muy hermosas; contemplé todas las maravillas del
arte y de la religión; y, sobre todo, pisé la misma tierra que los santos
apóstoles y la tierra regada con la sangre de los mártires, y mi alma se
ensanchó al contacto con las cosas santas...
Me alegro mucho de haber estado en Roma; pero comprendo a quienes,
en el mundo, pensaron que papá me había hecho hacer este largo viaje
para hacerme cambiar de idea sobre la vida religiosa. Y la verdad es que
hubo cosas en él capaces de hacer vacilar una vocación poco firme.
Celina y yo, que nunca habíamos vivido entre gentes del gran mundo, nos
encontramos metidas en medio de la nobleza, de la cual se componía casi
exclusivamente la peregrinación. Pero todos aquellos títulos y aquellos
«de», lejos de deslumbrarnos, no nos parecían más que humo...Vistos de
lejos, me habían ofuscado un poco alguna vez, pero de cerca, vi que «no
todo lo que brilla es oro» y comprendí estas palabras [56rº] de la Imitación:
«No vayas tras esa sombra que se llama el gran nombre, ni desees tener
muchas e importantes relaciones, ni la amistad especial de ningún
hombre».
Comprendí que la verdadera grandeza está en el alma, y no en el nombre,
pues como dice Isaías: «El Señor dará otro nombre a sus elegidos», y san
Juan dice también: «Al vencedor le daré una piedra blanca, en la que hay
escrito un nombre nuevo que sólo conoce quien lo recibe». Sólo en el cielo
conoceremos, pues, nuestros títulos de nobleza. Entonces cada cual
recibirá de Dios la alabanza que merece. Y el que en la tierra haya querido
ser el más pobre y el más olvidado, por amor a Jesús, ¡ése será el primero
y el más noble y el más rico...!
La segunda experiencia que viví se refiere a los sacerdotes. Como nunca
había vivido en su intimidad, no podía comprender el fin principal de la
reforma del Carmelo. Orar por los pecadores me encantaba; ¡pero orar por
las almas de los sacerdotes, que yo creía más puras que el cristal, me
parecía muy extraño...!
En Italia comprendí mi vocación. Y no era ir a buscar demasiado lejos un
conocimiento tan importante...
Durante un mes conviví con muchos sacerdotes santos, y pude ver que si
su sublime dignidad los eleva por encima de los ángeles, no por eso dejan
de ser hombres débiles y frágiles... Si los sacerdotes santos, a los que
Jesús llama en el Evangelio «sal de la tierra», muestran en su conducta
que tienen una enorme necesidad de que se rece por ellos, ¿qué habrá
que decir de los que son tibios? ¿No ha dicho también Jesús: «Si la sal se
vuelve sosa, ¿con qué la salarán?»
¡Qué hermosa es, Madre querida, la vocación que tiene como objeto
conservar la sal destinada a las almas!Y ésta es la vocación del Carmelo,
pues el único fin de nuestras oraciones y de nuestros sacrificios es ser
apóstoles de apóstoles, rezando por ellos mientras ellos evangelizan a las
almas con su palabra, y sobre todo con su ejemplo...
[56vº] He de detenerme, pues si continuase hablando de este tema, ¡no
acabaría nunca...!
Voy a contarte mi viaje, Madre querida, con algún detalle; perdóname si te
doy demasiados, pues no pienso lo que voy a escribir, y lo hago en tantos
ratos perdidos, debido al poco tiempo libre que tengo, que mi narración
quizás te resulte aburrida... Me consuela pensar que en el cielo volveré a
hablarte de las gracias que he recibido y que entonces podré hacerlo con
palabras amenas y arrobadoras... Allí nada vendrá ya a interrumpir
nuestros desahogos íntimos y con una sola mirada lo comprenderás todo...
Mas como ahora necesito todavía emplear el lenguaje de esta triste tierra,
trataré de hacerlo con la sencillez de un niño que conoce el amor de su
madre...

París: Nuestra Señora de las Victorias

La peregrinación salía de París el 7 de noviembre, pero papá nos llevó allí
unos días antes para que la visitáramos.
Una mañana, a las tres de la madrugada, atravesaba la ciudad de Lisieux,
que aún dormía. Muchas emociones pasaron en esos momentos por mi
alma. Sabía que iba hacia lo desconocido y que allá lejos me esperaban
grandes cosas... Papá iba feliz. Cuando el tren arrancó, él se puso a cantar
aquella vieja canción: «Rueda, rueda, diligencia, que ya estamos en
camino».
Llegamos a París por la mañana, y comenzamos enseguida a visitar la
ciudad. Nuestro pobre papaíto se desvivió por complacernos, así que en
poco tiempo teníamos vistas todas las maravillas de la capital.
Yo sólo encontré una que verdaderamente me encantara, y esa maravilla
fue: «Nuestra Señora de las Victorias». ¡Imposible decir lo que sentí a sus
pies...!Las gracias que me concedió me emocionaron tan profundamente,
que sólo mis lágrimas traducían mi felicidad, como en el día de mi primera
comunión... La Santísima Virgen me hizo sentir que había sido realmente
ella quien me había sonreído y curado. Comprendí que velaba por mí y
que yo era su hija; y que, entonces, yo no podía darle ya [57rº] otro
nombre que el de «mamá», que me parecía mucho más tierno que el de
Madre...
¡Con qué fervor le pedí que me amparara siempre y que convirtiera pronto
mi sueño en realidad, escondiéndome a la sombra de su manto virginal...!
Ese había sido uno de mis primeros deseos de niña... Luego, al crecer,
había comprendido que sólo en el Carmelo podría encontrar de verdad el
manto de la Santísima Virgen, y hacia esa fértil montaña volaban todos mis
deseos...
Supliqué también a Nuestra Señora de las Victorias que alejase de mí todo
lo que pudiese empañar mi pureza. No ignoraba que en un viaje como éste
a Italia, se encontrarían muchas cosas capaces de turbarme, sobre todo
porque, al no conocer el mal, temía descubrirlo, por no haber
experimentado todavía que para el puro todo es puro y que las almas
sencillas y rectas no ven mal en ninguna parte, pues el mal sólo existe en
los corazones impuros y no en los objetos inanimados...
Rogué también a san José que velase por mí. Desde mi niñez le tenía una
devoción que se confundía con mi amor a la Santísima Virgen. Todos los
días le rezaba la oración: «San José, padre y protector de las vírgenes».
Con esto, emprendí sin miedo el largo viaje. Iba tan bien protegida, que me
parecía imposible tener miedo.
Después de consagrarnos al Sagrado Corazón en la basílica de
Montmartre, salimos de París el lunes 7 muy de madrugada. No tardamos
en ir conociendo a las demás personas de la peregrinación. Yo, que era
tan tímida que no solía atreverme casi a hablar, me hallé completamente
libre de tan molesto defecto. Con gran sorpresa mía, hablaba libremente
con todas las grandes damas, con los sacerdotes, e incluso con el obispo
de Coutances. Como si hubiese vivido siempre en ese mundo.
Creo que [57vº] todo el mundo nos quería, y a papá se le veía orgulloso de
sus hijas. Pero si él estaba orgulloso de nosotras, nosotras no lo
estábamos menos de él, pues en toda la peregrinación no había un
caballero más apuesto ni distinguido que mi querido rey. Le gustaba verse
acompañado de Celina y de mí, y muchas veces, cuando no íbamos en
coche y yo me alejaba de su lado, me llamaba para que le diese el brazo
como en Lisieux...
El Sr. abate Révérony se fijaba muy atentamente en todo lo que hacíamos.
Con frecuencia le sorprendía mirándonos de lejos. En la mesa, cuando yo
no estaba enfrente de él, encontraba la manera de inclinarse para verme y
para escuchar lo que decía. Quería, sin duda, conocerme para saber si yo
era realmente capaz de ser carmelita. Y creo que debió quedar satisfecho
del examen, pues al final del viaje pareció estar bien dispuesto en mi favor.
Pero en Roma estuvo muy lejos de serme favorable, como luego diré.

Suiza

Antes de llegar a la ciudad eterna, meta de nuestra peregrinación, tuvimos
ocasión de contemplar muchas maravillas. Primero fue Suiza, con sus
montañas cuyas cimas se pierden entre las nubes, y sus impetuosas
cascadas despeñándose de mil diferentes maneras, y sus profundos valles
plagados de helechos gigantes y de brezos rosados.
¡Cuánto bien, Madre querida, hicieron a mi alma todas aquellas maravillas
de la naturaleza derramadas con tanta profusión!¡Cómo la hicieron
elevarse hacia Quien quiso sembrar de tanta obra maestra esta tierra
nuestra de destierro que no ha de durar más que un día...!No tenía ojos
bastantes para mirar. De pie, pegada a la ventanilla, casi se me cortaba la
respiración. Hubiera querido estar a los dos lados del vagón, pues, al
volverme, contemplaba paisajes de auténtica fantasía y totalmente
diferentes de los que se extendían ante mí.
Unas veces nos hallábamos en la cima de una montaña. A nuestros pies,
[58rº] precipicios cuya profundidad no podía sondear nuestra mirada
parecían dispuestos a engullirnos...
Otras veces era un pueblecito encantador, con sus esbeltas casitas de
montaña y su campanario sobre el que se cernían blandamente algunas
nubes resplandecientes de blancura...
Allá más lejos, un ancho lago, dorado por los últimos rayos del sol. Sus
ondas, serenas y claras, teñidas del color azul del cielo mezclado con las
luces rojizas del atardecer, ofrecían a nuestros ojos maravillados el
espectáculo más poético y encantador que se pueda imaginar...
En lontananza, sobre el vasto horizonte, se divisaban las montañas cuyos
contornos imprecisos hubieran escapado a nuestra vista si sus cumbres
nevadas, que el sol volvía deslumbrantes, no hubiesen añadido un encanto
más al hermoso lago que nos fascinaba...
La contemplación de toda esa hermosura hacía nacer en mi alma
pensamientos muy profundos. Me parecía comprender ya en el tierra la
grandeza de Dios y las maravillas del cielo...
La vida religiosa se me aparecía tal cual es, con sus sujeciones y sus
pequeños sacrificios realizados en la sombra. Comprendía lo fácil que es
replegarse sobre uno mismo y olvidar el fin sublime de la propia vocación,
y pensaba: Más tarde, en la hora de la prueba, cuando, prisionera en el
Carmelo, no pueda contemplar más que una esquinita del cielo estrellado,
me acordaré de lo que estoy viendo hoy; y ese pensamiento me dará valor;
y al ver la grandeza y el poder de Dios -el único a quien quiero amar-,
olvidaré fácilmente mis pobres y mezquinos intereses. Ahora que «mi
corazón ha vislumbrado lo que Jesús tiene preparado para los que lo
aman», no tendré la desgracia de apegarme a unas pajas...

Milán, Venecia, Bolonia, Loreto

Después de haber admirado el poder de Dios, pude también admirar el
que él ha concedido sus criaturas.
La primera ciudad de Italia que visitamos fue Milán. La catedral, toda de
mármol blanco, y con sus estatuas suficientemente numerosas como para
formar un pueblo innumerable, [58vº] la visitamos hasta en sus mas
pequeños detalles.
Celina y yo éramos intrépidas. Siempre íbamos las primeras y seguíamos
muy de cerca a Monseñor para ver todo lo referente a las reliquias de los
santos y escuchar bien las explicaciones. Por ejemplo, mientras él
celebraba el santo sacrificio sobre la tumba de san Carlos, nosotras
estábamos con papá detrás del altar, con la cabeza apoyada en la urna
que guarda el cuerpo del santo revestido de sus ornamentos pontificales. Y
así hacíamos en todas partes... Excepto cuando se trataba de subir
adonde la dignidad de un obispo no lo permitía, pues en tales casos
sabíamos muy bien separarnos de Su Excelencia...
Dejando a las tímidas señoras tapándose la cara con las manos después
de subir a los primeros campaniles que coronaban la catedral, nosotras
seguimos a los peregrinos más audaces y llegamos hasta lo alto del último
campanario de mármol, y tuvimos el placer de contemplar a nuestros pies
la ciudad de Milán, cuyos numerosos habitantes parecían un pequeño
hormiguero...
Bajamos de nuestro pedestal, y comenzamos nuestros paseos en coche,
que iban a durar un mes ¡y que iban a saciarme para siempre de mis
ganas de rodar sin nunca cansarme!
El camposanto nos gustó todavía más que la catedral. Todas aquellas
estatuas de mármol blanco, a las que el cincel del genio parece haber
insuflado vida, están colocadas por el enorme campo de los muertos con
una especie de estudiado descuido que, para mi gusto, aumenta aún más
su encanto... Uno casi se siente tentado de acercarse a consolar a
aquellos personajes idealizados que te rodean. Su expresión es tan real, y
su dolor tan sereno y resignado, que uno no puede por menos de
reconocer los pensamientos de inmortalidad que debían llenar el corazón
de los artistas que realizaron esas obras de arte
Hay una niña arrojando flores sobre la tumba de sus padres. Parece como
si el mármol hubiera perdido su pesadez y los delicados pétalos se
deslizaran entre los dedos de la niña; el viento parece dispersarlos, y
parece [59rº] también hacer flotar el velo ligero de las viudas y las cintas
con que las jóvenes adornan sus cabellos.
Papá estaba tan encantado como nosotras. En Suiza se había sentido
cansado; pero aquí recobró su jovialidad y disfrutó del hermoso
espectáculo que contemplábamos. Su alma de artista se reflejaba en las
expresiones de fe y de admiración que aparecían en su hermoso rostro.
Un señor ya mayor (francés), que no tenía, sin duda, un alma tan poética,
nos miraba con el rabillo del ojo y decía malhumorado, como con aire de
lamentar el no poder compartir nuestra admiración: «¡Pero qué entusiastas
son los franceses»!Creo que aquel pobre señor hubiera hecho mejor
quedándose en su casa, pues no me pareció que estuviera satisfecho del
viaje; con frecuencia se ponía a nuestro lado, y de su boca no salían mas
que quejas: estaba descontento de los coches, de los hoteles, de las
personas, de las ciudades, en suma, de todo... Papá, con su habitual
grandeza de alma, trataba de animarlo, le cedía su sitio, etc.; en definitiva,
se encontraba siempre a gusto en todas partes y era de un temperamento
diametralmente opuesto al de su desagradable vecino... ¡Cuántos y cuán
diferentes personajes encontramos!¡Y qué interesante el estudio del
mundo cuando uno está a punto de abandonarlo...!
En Venecia la escena cambió por completo. Allí, en lugar de los ruidos de
las grandes ciudades, sólo se oyen, en medio del silencio, los gritos de los
gondoleros y el murmullo del agua agitada por los remos.
Venecia no carece de encantos, pero a mí me pareció una ciudad triste. El
palacio de los Duces es espléndido; pero resulta también triste, con sus
enormes salones en los que se hace una verdadera ostentación de oro, de
maderas, de los mármoles más preciosos y de los cuadros de los más
célebres maestros. Hace ya muchos años que sus bóvedas sonoras han
dejado de escuchar la voz de los gobernadores pronunciando sentencias
de vida o de muerte en aquellas salas que atravesábamos... Han dejado
de sufrir los desdichados prisioneros encerrados por los duces en los
calabozos y en las [59vº] mazmorras subterráneas...
Al visitar aquellas espantosas prisiones, me parecía estar viviendo en los
tiempos de los mártires, ¡y me habría gustado poder quedarme allí para
imitarlos...!Pero tuvimos que salir prontamente y pasar el puente de los
suspiros, así llamado a causa de los suspiros de alivio que daban los
condenados al verse libres del horror de los sótanos, a los que preferían la
muerte...
Desde Venecia nos dirigimos a Padua, donde veneramos la lengua de san
Antonio. Y de allí a Bolonia, donde vimos el cuerpo de santa Catalina, que
conserva la huella del beso del Niño Jesús.
Muchos son los detalles interesantes que podría dar sobre cada ciudad y
sobre las mil peripecias de nuestro viaje, pero sería para nunca acabar,
por lo que sólo voy a escribir los detalles más importantes.
Respiré al salir de Bolonia. Esa ciudad se me había hecho insoportable a
causa de los estudiantes que la llenaban y que formaban un auténtico
cerco a nuestro alrededor cuando teníamos la desgracia de salir a pie, y
sobre todo a causa de la pequeña aventura que me sucedió con uno de
ellos. Me alegré de emprender el camino hacia Loreto.
No me extraña que la Santísima Virgen haya elegido este lugar para
transportar a él su bendita casa. Allí la paz, la alegría y la pobreza reinan
como soberanas. Todo es sencillo y primitivo. Las mujeres han conservado
su vistoso traje italiano y no han adoptado, como en otras ciudades, la
moda de París. En una palabra, ¡Loreto me encantó!
¿Y qué puedo decir de la santa casa...? Me emocionó profundamente
encontrarme bajo el mismo techo que la Sagrada Familia, contemplar las
paredes en las que Jesús posó sus ojos divinos, pisar la tierra que José
regó con su sudor y donde María llevó en brazos a Jesús después de
haberlo llevado en su seno virginal... Visité la salita donde el ángel se
apareció a la Santísima Virgen... Metí mi rosario en la pequeña escudilla
del Niño Jesús... ¡Qué recuerdos tan maravillosos...!
[60rº] Pero nuestra mayor alegría fue recibir al mismo Jesús en su casa y
convertirnos en su templo vivo en el mismo lugar que él honró con su
presencia.
Es costumbre en Italia conservar el Santísimo, en las iglesias, sólo en un
altar, y solamente allí se puede recibir la sagrada comunión. Este altar se
encuentra en la misma basílica donde está la Santa Casa, encerrada como
un diamante precioso en un estuche de mármol blanco. Esto no nos gustó,
pues queríamos recibir la comunión, no en el estuche, sino en el mismo
diamante.
Papá, con su finura habitual, hizo como todo el mundo. Pero Celina y yo
fuimos a buscar a un sacerdote que nos acompañaba por todas partes, y
que en aquel preciso momento se disponía a celebrar la santa misa, por un
privilegio especial, en la Santa Casa. Pidió dos hostias pequeñas, que
puso en la patena con la hostia grande. Ya comprenderás, Madre querida,
cuál sería nuestra ilusión al recibir las dos juntas la sagrada comunión en
aquella casa bendita... Fue una alegría totalmente celestial que no se
puede expresar en palabras. ¿Qué será entonces cuando recibamos la
comunión en la morada celestial del rey de los cielos...? Allí ya no veremos
que se nos acaba la alegría, ni existirá ya la tristeza de la partida, y para
llevarnos un recuerdo no tendremos que rascar furtivamente las paredes
santificadas por la presencia divina, pues su casa será la nuestra por toda
la eternidad....
Dios no quiere darnos su casa de la tierra; se conforma con enseñárnosla
para hacernos amar la pobreza y la vida escondida. La que nos reserva es
su propio palacio de la gloria, donde ya no le veremos escondido bajo las
apariencia de un niño o de una blanca hostia, ¡¡¡sino tal cual es en el
esplendor de su gloria infinita...!!!

El coliseo y las catacumbas

Ahora sólo me falta ya hablar de Roma. ¡De Roma, meta de [60vº] nuestro
viaje, donde yo esperaba encontrar el consuelo, pero donde encontré la
cruz...!
Llegamos a Roma de noche y dormidos. Nos despertaron los empleados
de la estación, que gritaban: «Roma, Roma». No era un sueño, ¡estaba en
Roma...!
El primer día lo pasamos extramuros, y fue quizás el más delicioso de
todos, pues todos los monumentos han conservado su sello de
antigüedad, mientras que en el centro de Roma, ante el fausto de los
hoteles y de las tiendas, uno tiene la impresión de estar en París.
Aquel paseo por la campiña romana me ha dejado un gratísimo recuerdo.
No hablaré de los lugares que visitamos, pues hay bastantes libros que los
describen por extenso, sino solamente de las principales emociones que
viví.
Una de las más dulces fue la que me hizo estremecerme a la vista del
Coliseo. Por fin, podía ver aquella arena en la que tantos mártires habían
derramado su sangre por Jesús, y ya me disponía a besar la tierra que
ellos habían santificado. ¡Pero qué decepción la mía!El centro no era más
que un montón de escombros que los peregrinos tenían que conformarse
con mirar, pues una valla les impedía entrar. Por otra parte, nadie sintió la
tentación de intentar meterse por en medio de aquellas ruinas...
¿Pero valía la pena haber venido a Roma y quedarse sin bajar al
Coliseo...? Aquello me parecía imposible. Ya no escuchaba las
explicaciones del guía, sólo un pensamiento me rondaba por la cabeza:
bajar a la arena...
Al ver pasar a un obrero con una escalera, estuve a punto de pedírsela.
Afortunadamente no puse en práctica mi idea, pues me habría tomado por
loca...
Se dice en el Evangelio que la Magdalena, perseverando junto al sepulcro
y agachándose insistentemente para mirar dentro, acabó por ver dos
ángeles. Yo, igual que ella, aun reconociendo la imposibilidad de ver
cumplidos mis deseos, [61rº] seguía agachándome hacia las ruinas,
adonde quería bajar.
Por fin, no vi ángeles, pero sí lo que buscaba. Lancé un grito de alegría y
le dije a Celina: «¡Ven corriendo, vamos a poder pasar...!»
Inmediatamente sorteamos la valla, hasta la que en aquel sitio llegaban los
escombros, y comenzamos a escalar las ruinas, que se hundían bajo
nuestros pies.
Papá nos miraba, completamente asombrado de nuestra audacia, y no
tardó en indicarnos que volviéramos. Pero las dos fugitivas ya no oían
nada. Lo mismo que los guerreros sienten aumentar su valor en medio del
peligro, así nuestra alegría iba en aumento en proporción al trabajo que
nos costaba alcanzar el objeto de nuestros deseos.
Celina, más previsora que yo, había escuchado al guía, y acordándose de
que éste acababa de señalar un pequeño adoquín marcado con una cruz
como el lugar en el que combatían los mártires, se puso a buscarlo. No
tardó en encontrarlo, y, arrodillándonos sobre aquella tierra sagrada,
nuestras almas se fundieron en una misma oración...
Al posar mis labios sobre el polvo purpurado por la sangre de los primeros
cristianos, me latía fuertemente el corazón. Pedí la gracia de morir también
mártir por Jesús, y sentí en el fondo del corazón que mi oración había sido
escuchada...
Todo esto sucedió en muy poco tiempo, y después de coger algunas
piedras, volvimos hacia los muros en ruinas para volver a comenzar
nuestra arriesgada empresa. Papá, al vernos tan contentas, no tuvo valor
para reñirnos, y me di cuenta de que estaba orgulloso de nuestra
valentía...
Dios nos protegió visiblemente, pues los peregrinos no se dieron cuenta de
nuestra empresa por estar algo más lejos que nosotros, ocupados sin duda
en contemplar las magníficas arcadas, de las que el guía estaba
resaltando «las pequeñas cornisas y los cupidos colocados sobre ellas». Y
así, ni él ni los «señores abates» se enteraron de la alegría que
embargaba nuestros corazones...
También las catacumbas me dejaron una gratísima impresión. Son [61vº]
tal como me las había imaginado leyendo su descripción en la vida de los
mártires. La atmósfera que allí se respira está tan llena de fragancia, que,
después de pasar en ellas buena parte de la tarde, me daba la impresión
de haber estado tan sólo unos instantes...
Teníamos que llevarnos algún recuerdo de las catacumbas. Así que,
dejando que se alejase un poco la procesión, Celina y Teresa se
deslizaron las dos juntas hasta el fondo del antiguo sepulcro de santa
Cecilia y cogieron un poco de la tierra santificada por su presencia.
Antes del viaje a Roma, yo no tenía especial devoción a esta santa. Pero
al visitar su casa, convertida en iglesia, y el lugar de su martirio, al saber
que había sido proclamada reina de la armonía, no por su hermosa voz ni
por su talento musical, sino en memoria del canto virginal que hizo oír a su
Esposo celestial escondido en el fondo de su corazón, sentí por ella algo
más que devoción: una auténtica ternura de amiga... Se convirtió en mi
santa predilecta, en mi confidente íntima... Todo en ella me fascina, sobre
todo su abandono y su confianza sin límites, que la hicieron capaz de
virginizar a unas almas que nunca habían deseado más alegrías que las
de la vida presente...
Santa Cecilia se parece a la esposa del Cantar de los Cantares. Veo en
ella «un coro en medio de un campo de batalla...» Su vida no fue más que
un canto melodioso, aun en medio de las mayores pruebas, y no me
extraña, pues «el santo Evangelio reposaba sobre su corazón» y en su
corazón reposaba el Esposo de las vírgenes...
También la visita a la iglesia de Santa Inés fue para mí muy dulce. Allí iba
a visitar en su casa a una amiga de la infancia. Le hablé largamente de la
que tan dignamente lleva su nombre, e hice todo lo posible por conseguir
una reliquia de la angelical patrona de mi Madre querida para traérsela.
[62rº] Pero no pudimos conseguir más que una piedrecita roja que se
desprendió de un rico mosaico cuyo origen se remonta a los tiempos de
santa Inés y que ella debió de mirar muchas veces. ¿No resulta
encantadora la amabilidad de la santa, al regalarnos ella misma lo que
buscábamos y que nos estaba prohibido tomar...? Siempre me ha parecido
aquello una delicadeza y una prueba del amor con que la dulce santa Inés
mira y protege a mi Madre querida...

Audiencia con León XIII

Seis días pasamos visitando las principales maravillas de Roma, y el
séptimo vi la mayor de todas: «León XIII...»
Deseaba que llegase aquel día, y al mismo tiempo lo temía. De él
dependía mi vocación, pues la respuesta que debía recibir de Monseñor no
había llegado y había sabido, Madre querida, por una carta tuya, que ya no
estaba muy bien dispuesto en mi favor. Así que mi única tabla de salvación
era el permiso del Santo Padre...
Pero para obtenerlo, había que pedirlo. Tenía que atreverme a hablar «al
Papa» delante de todo el mundo. Y simplemente el pensarlo me hacía
temblar. Sólo Dios sabe, y mi querida Celina, lo que sufrí antes de la
audiencia. Nunca olvidaré cómo me acompañó ella en todas mis pruebas;
parecía como si mi vocación fuese la suya.
(Los sacerdotes de la peregrinación se dieron cuenta de cómo nos
queríamos. Una noche estábamos en una reunión tan numerosa, que
faltaban sillas; entonces Celina me sentó sobre sus rodillas y nos miramos
con tanto cariño, que un sacerdote exclamó: «¡Cómo se quieren!¡Esas
dos hermanas serán siempre inseparables!» Sí, nos queríamos; pero
nuestro cariño era tan puro y tan fuerte, que el pensamiento de la
separación no nos inquietaba, pues sabíamos que nada en el mundo, ni
siquiera el océano, podría alejarnos una de otra... Celina veía tranquila
cómo mi [62vº] barquilla se iba acercando a la ribera del Carmelo y se
resignaba a quedarse en el mar tempestuoso del mundo todo el tiempo
que Dios quisiera, segura de que un día también ella llegaría a la ribera
objeto de nuestros deseos...)
El domingo 20 de noviembre, vestidas según la etiqueta del Vaticano (es
decir, de negro, y con mantilla de encaje por tocado) y adornadas con una
gran medalla de León XIII que colgaba de una cinta azul y blanca, hicimos
nuestra entrada en el Vaticano, en la capilla del Sumo Pontífice.
A las 8, nuestra emoción fue muy profunda al verle entrar para celebrar la
santa Misa... Tras bendecir a los numerosos peregrinos congregados a su
alrededor, subió las gradas del altar y nos demostró con su piedad, digna
del Vicario de Jesús, que era verdaderamente «el Santo Padre». Cuando
Jesús bajó a las manos de su Pontífice, mi corazón latió con fuerza y mi
oración se hizo ardiente. Sin embargo, la confianza llenaba mi corazón. El
Evangelio de ese día contenía estas palabras: «No temas, pequeño
rebaño, porque mi Padre ha tenido a bien daros su reino».
No, no temía. Esperaba que muy pronto sería mío el reino del Carmelo. No
pensaba entonces en aquellas otras palabras de Jesús: «Yo os transmito
el reino como me lo transmitió mi Padre a mí». Es decir, te reservo cruces
y tribulaciones; así te harás digna de poseer ese reino por el que suspiras.
Si fue necesario que Cristo sufriera, para entrar así en su gloria, si tú
quieres tener un sitio a su lado, ¡tendrás que beber el cáliz que él mismo
bebió...!Ese cáliz me lo presentó el Santo Padre, y mis lágrimas fueron a
mezclarse con la amarga bebida que se me ofrecía.
Después de la misa de acción de gracias que siguió a la de Su Santidad,
comenzó la audiencia.
León XIII estaba sentado en un gran sillón. Vestía simplemente [63rº] una
sotana blanca y una muceta del mismo color, y en la cabeza no llevaba
más que un pequeño solideo. A su lado estaban, de pie, varios cardenales,
arzobispos y obispos, pero yo sólo los vi globalmente, pues mi atención
estaba centrada en el Santo Padre.
Ibamos desfilando procesionalmente ante él. Cada peregrino, cuando le
llegaba su turno, se arrodillaba, besaba el pie y la mano de León XIII,
recibía su bendición y dos guardias nobles le tocaban, por ceremonia,
indicándole así que debía levantarse (al peregrino, pues me explico tan
mal, que podría entenderse que era al Papa).
Antes de entrar en el salón pontificio, yo estaba completamente decidida a
hablar; pero sentí que mi valor flaqueaba cuando vi a la derecha del Santo
Padre ¡al «Señor Révérony...!Casi en aquel mismo instante nos dijeron de
su parte que prohibía hablar a León XIII, pues la audiencia se estaba
prolongando demasiado...
Yo me volví hacia mi Celina querida para conocer su opinión. «¡Habla!»,
me dijo. Un momento después estaba yo a los pies del Santo Padre.
Después de besarle la sandalia, me presentó la mano; pero en lugar de
besársela, junté las mías y elevando hacia su rostro mis ojos bañados en
lágrimas, exclamé:
«¡Santísimo Padre, tengo que pediros una gracia muy grande...!»
Entonces el Sumo Pontífice inclinó hacia mí su cabeza, de manera que mi
rostro casi tocaba el suyo, y vi sus ojos negros y profundos que se fijaban
en mí y parecían querer penetrarme hasta el fondo del alma.
«¡Santísimo Padre, en honor de vuestras bodas de oro, permitidme entrar
en el Carmelo a los 15 años...!»
Sin duda, la emoción hacía temblar mi voz. Por lo que el Santo Padre,
volviéndose hacia el Sr. Révérony, que me miraba asombrado y
disgustado, le dijo:
«No comprendo bien».
Si Dios lo hubiera permitido, le habría sido fácil al Sr. Révérony
alcanzarme lo que deseaba, pero Dios quería darme cruz, y no consuelo.
«Santísimo Padre (respondió el Vicario General), se trata de una niña que
desea entrar en el Carmelo a los 15 años; pero los superiores están en
estos momentos estudiando la cuestión».
«Bueno, hija mía, respondió el Santo Padre mirándome bondadosamente,
haz lo que te digan los superiores»:
Entonces, apoyando mis manos [63vº] en sus rodillas, hice un último
intento y le dije con voz suplicante:
«¡Sí, Santísimo Padre!Pero si usted dijese que sí, todo el mundo estaría
de acuerdo».
Me miró fijamente y pronunció estas palabras, recalcando cada sílaba:
«Vamos... vamos... Entrarás si Dios lo quiere...» (Y su acento tenía un no
sé qué de tan penetrante y convincente, que aún me parece estar
oyéndole).
Animada por la bondad del Santo Padre, quise seguir hablando, pero los
dos guardias nobles me tocaron cortésmente, para que me levantase; y
viendo que con eso no bastaba, me cogieron por los brazos y el Sr.
Révérony les ayudó a levantarme, pues seguía con las manos juntas
apoyadas en las rodillas del Santo Padre, y tuvieron que arrancarme de
sus pies a viva fuerza...
Mientras me quitaban de en medio de esa manera, el Santo Padre acercó
su mano a mis labios y después la levantó para bendecirme. Entonces los
ojos se me llenaron de lágrimas, y el Sr. Révérony pudo contemplar al
menos tantos diamantes como había visto en Bayeux...
Los dos guardias nobles me llevaron en volandas, por así decirlo, hasta la
puerta, donde un tercero me dio un medalla de León XIII.
Celina, que iba detrás de mí, acababa de ser testigo de la escena que
acababa de ocurrir. Casi tan emocionada como yo, tuvo no obstante valor
para pedir al Santo Padre una bendición para el Carmelo. El Sr. Révérony,
con voz, malhumorada, respondió:
«El Carmelo ya está bendecido».
Y el Santo Padre contestó con ternura:
«Sí, sí, ¡ya está bendecido!»
Papá se había acercado a los pies de León XIII antes que nosotras (con
los caballeros). El Sr. Révérony había estado con él encantador,
presentándolo como el padre de dos carmelitas. El Santo Padre, como
muestra de especial benevolencia, posó su mano sobre la cabeza
venerable de mi querido rey, como marcándole con un sello misterioso en
nombre de Aquel de quien era verdadero representante...
Ahora que este padre de cuatro carmelitas está en el cielo, ya no es la
mano del Pontífice la que reposa sobre su frente, [64rº] profetizándole el
martirio... Es la mano del Esposo de las Vírgenes, la del Rey de la gloria, la
que hace resplandecer la cabeza de su fiel servidor. ¡Y ya nunca esa mano
adorada dejará de apoyarse en la frente que ella misma ha glorificado...!
Mi papá querido se llevó un disgusto muy grande cuando, al salir de la
audiencia, me encontró deshecha en lágrimas, e hizo todo lo posible por
consolarme; pero en vano...
En el fondo del corazón yo sentía una gran paz, puesto que había hecho
absolutamente todo lo que estaba en mis manos para responder a lo que
Dios pedía de mí. Pero esa paz estaba en el fondo, mientras la amargura
inundaba mi alma, pues Jesús callaba. Parecía estar ausente, nada me
revelaba su presencia... Tampoco aquel día el sol se atrevió a brillar, y el
hermoso cielo de Italia, cargado de oscuros nubarrones, no cesó de llorar
conmigo...
Todo había terminado. El viaje no tenía ya el menor atractivo para mí, pues
su objetivo había fracasado
Sin embargo, las últimas palabras del Santo Padre deberían haberme
consolado: ¿no eran, en realidad, una verdadera profecía? A pesar de
todos los obstáculos, se realizó lo que Dios quiso. No permitió a las
criaturas hacer lo que ellas querían, sino lo que quería él...
Desde hacía algún tiempo, me había ofrecido al Niño Jesús para ser su
juguetito. Le había dicho que no me tratase como a uno de esos juguetes
caros que los niños se contentan con mirar sin atreverse a tocarlos, sino
como a una pelotita sin valor que pudiera tirar al suelo, o golpear con el
pie, o agujerear, o dejarla en un rincón, o bien, si le apetecía, estrecharla
contra su corazón. En una palabra, quería divertir al Niño Jesús, agradarle,
entregarme a sus caprichos infantiles... Y él había escuchado mi oración...
En Roma Jesús agujereó su juguetito. Quería ver lo que había dentro. Y
luego, una vez que lo vio, satisfecho de su descubrimiento, dejó caer su
[64vº] pelotita y se quedó dormido...
¿Y qué hizo mientras dormía dulcemente, y qué fue de la pelotita
abandonada...? Jesús soñó que seguía divirtiéndose con su juguete,
tirándolo y cogiéndolo una y otra vez; y luego, que, después de haberlo
echado a rodar muy lejos, lo estrechaba contra su corazón sin dejarlo
alejarse ya nunca más de su manita...
Imagínate, Madre querida, lo triste que se sentiría la pelotita al verse tirada
por el suelo... Sin embargo, no dejé de esperar contra toda esperanza.
Unos días después de la audiencia con el Santo Padre, papá fue a visitar
al hermano Simeón, y encontró allí al Sr. Révérony, que se mostró muy
amable. Papá le reprochó jovialmente que no me hubiese ayudado en mi
difícil empresa, y luego le contó la historia de su reina al hermano Simeón.
El venerable anciano escuchó su relato con gran interés, tomó incluso
algunas notas y dijo emocionado: «¡Estas cosas no se ven en Italia!»
Creo que aquella entrevista causó muy buena impresión al Sr. Révérony,
que a partir de entonces no dejó de darme muestras de que por fin estaba
convencido de mi vocación.

Nápoles, Asís, regreso a Francia

Al día siguiente de la memorable jornada, tuvimos que salir de madrugada
para Nápoles y Pompeya. El Vesubio, en nuestro honor, no dejó de meter
ruido en todo el día, dejando escapar entre sus cañonazos una espesa
columna de humo. Las huellas que ha dejado en las ruinas de Pompeya
son horribles y muestran el poder de Dios, que «mira a la tierra y la hace
temblar, toca los montes y humean...»
Me hubiera gustado pasearme sola por entre las ruinas y meditar en la
fragilidad de las realidades humanas, pero la cantidad de viajeros quitaba
a la ciudad destruida buena parte de su melancólico encanto...
En Nápoles fue todo lo contrario. La gran cantidad de coches de dos
caballos hizo que resultara espléndido nuestro paseo al monasterio de San
Martín, situado en la cima de [65rº] una alta colina que dominaba toda la
ciudad. Lamentablemente, los caballos que nos conducían se desbocaban
a cada paso, y más de una vez creí llagada mi última hora. Por más que el
cochero repetía continuamente la palabra mágica de los conductores
italianos: «Appipó, appipó...», los pobres caballos estaban empeñados en
volcar el coche. Por fin, gracias a la protección de nuestros ángeles de la
guarda, llegamos a nuestro magnífico hotel.
A lo largo de todo nuestro viaje nos alojamos en hoteles principescos.
Nunca antes me había visto rodeada de tanto lujo. Y aquí sí que cabe decir
que la riqueza no hace la felicidad, pues yo me habría sentido mucho más
feliz bajo un techo de paja con la esperanza del Carmelo, que entre
artesonados de oro, escaleras de mármol blanco y tapices de seda, con
amargura en el corazón...
Comprendí bien que la alegría no se halla en las cosas que nos rodean,
sino en lo más íntimo de nuestra alma; se la puede poseer lo mismo en
una prisión que en un palacio. La prueba está en que yo soy más feliz en
el Carmelo, aun en medio de mis sufrimientos interiores y exteriores, que
entonces en el mundo, rodeada de las comodidades de la vida y sobre
todo de la ternura del hogar paterno...
Llevaba el alma sumida en la tristeza. Sin embargo, exteriormente era la
misma, pues creía que nadie conocía la petición que había hecho al Santo
Padre. Pronto me convencí de lo contrario. Habiéndome quedado sola con
Celina en el vagón (los demás peregrinos habían bajado a la cantina de la
estación, aprovechando unos pocos minutos de parada), vi que el Sr.
Legoux, Vicario General de Coutances, abría la puerta y mirándome me
decía sonriendo: «¿Cómo está nuestra pequeña carmelita...?» Entonces
comprendí que toda la peregrinación conocía mi secreto. Gracias a Dios,
nadie me habló sobre ello, pero, por la simpatía con que me miraban, me
di cuenta de que mi petición no les había producido mala [65vº] impresión,
sino todo lo contrario...
En la pequeña ciudad de Asís tuve ocasión de subir al coche del Sr.
Révérony, un honor que no le fue concedido a ninguna dama durante todo
el viaje. Te cuento cómo conseguí ese privilegio.
Después de visitar los lugares impregnados por el aroma de las virtudes de
san Francisco y santa Clara, terminamos en el monasterio de Santa Inés,
hermana de santa Clara.
Yo había estado contemplando a mis anchas la cabeza de la santa y
cuando me retiraba, una de las últimas, me di cuenta de que había perdido
el cinturón. Lo busqué en medio de la muchedumbre. Un sacerdote se
compadeció de mí y me ayudó; pero después de habérmelo encontrado, le
vi alejarse, y yo me quedé sola buscando, pues aunque tenía el cinturón
no me lo podía poner, pues faltaba la hebilla... Por fin, la vi brillar en un
rincón. Cogerla y ajustarla al cinturón no me llevó mucho tiempo, pero todo
el trabajo anterior sí que me lo había llevado. Así que me quedé de una
pieza al ver que estaba sola al salir de la iglesia. Todos los coches, y eran
muchos, habían desaparecido, excepto el del Sr. Révérony. ¿Qué decisión
tomar? ¿Echarme a correr detrás de los coches, que ya no se veían,
exponiéndome a perder el tren, con la consiguiente preocupación de mi
querido papá, o bien pedir un sitio en la calesa del Sr. Révérony...?
Me decidí por esta última solución. Con la mayor amabilidad y lo menos
apurada que pude, a pesar de mi apuro, le expuse mi crítica situación y lo
puse a él mismo en un apuro, pues su coche iba lleno de los más
distinguidos caballeros de la peregrinación. Imposible encontrar una plaza
libre. Pero un caballero muy galante se apresuró a bajar, me hizo ocupar
su asiento, y se puso él modestamente al lado del cochero. Parecía una
ardilla atrapada en un cepo, y estaba muy lejos de encontrarme a gusto,
rodeada de todos aquellos personajes ilustres, y sobre todo del más
temible de todos ellos, frente al cual iba sentada... Sin embargo, estuvo
muy [66rº] amable conmigo, interrumpiendo de vez en cuando su
conversación con los caballeros para hablarme del Carmelo.
Antes de llegar a la estación, todos aquellos grandes personajes sacaron
sus grandes monederos para dar una propina al cochero (que ya estaba
pagado). Yo hice lo mismo, y saqué mi diminuto monedero, pero el Sr.
Révérony no me permitió sacar mis preciosas moneditas y prefirió dar él
una grande de las suyas por los dos.
En otra ocasión volví a encontrarme a su lado en el ómnibus. Estuvo más
amable todavía, y me prometió hacer todo lo que pudiera para que entrase
en el Carmelo...
Aunque estos breves encuentros pusieron un poco de bálsamo en mis
llagas, no pudieron evitar que el regreso fuese mucho menos placentero
que la ida, pues ya no tenía la esperanza «del Santo Padre». No
encontraba ayuda alguna en la tierra, que me parecía un desierto agostado
y sin agua. Sólo en Dios tenía puesta toda mi esperanza... Acababa de
conocer por experiencia que vale más recurrir a él que a sus santos...
La tristeza de mi alma no fue obstáculo para que pusiese un gran interés
en los santos lugares que visitábamos.
En Florencia tuve la dicha de contemplar a santa María Magdalena de
Pazzis, colocada en medio del coro de las carmelitas, que nos abrieron la
reja. Como no sabíamos que íbamos a disfrutar de tal privilegio, y muchas
personas deseaban hacer tocar sus rosarios en el sepulcro de la santa, no
había nadie más que yo que pudiese pasar la mano por entre la reja que
nos separaba de él. Por eso, todos me traían sus rosarios, y yo me sentía
muy orgullosa de mi oficio...
Siempre tenía que encontrar la forma de tocarlo todo. Así, en la iglesia de
la Santa Cruz de Jerusalén (en Roma) pudimos venerar varios fragmentos
de la verdadera Cruz, dos espinas y uno de los sagrados clavos,
encerrado en un magnífico relicario de oro labrado, pero sin cristal, por lo
que, al venerar la sagrada reliquia, encontré la forma de pasar mi dedito
por una [66vº] de las aberturas del relicario y pude tocar el clavo que bañó
la sangre de Jesús...
La verdad es que era demasiado atrevida... Por suerte, Dios, que conoce
el fondo de los corazones, sabe que mi intención era pura y que por nada
del mundo hubiera querido desagradarle. Me portaba con él como un niño
que piensa que todo le está permitido y mira como suyos los tesoros de su
padre.
Todavía hoy sigo sin comprender por qué en Italia se excomulga tan
fácilmente a las mujeres. A cada paso nos decían: «¡No entréis aquí... No
entréis allá, que quedaréis excomulgadas...!» ¡Pobres mujeres!¡Qué
despreciadas son...!Sin embargo, ellas aman a Dios en número mucho
mayor que los hombres, y durante la pasión de Nuestro Señor las mujeres
tuvieron más valor que los apóstoles, pues desafiaron los insultos de los
soldados y se atrevieron en enjugar la Faz adorable de Jesús...
Seguramente por eso él permite que el desprecio sea su lote en la tierra,
ya que lo escogió también para sí mismo... En el cielo demostrará
claramente que sus pensamientos no son los de los hombres, pues
entonces los últimos serán los primeros...
Más de una vez, durante el viaje, no tuve la paciencia de esperar al cielo
para ser la primera... Un día en que visitábamos un convento de Padres
carmelitas, no me conformé con seguir a los peregrinos por las galerías
exteriores y me metí por los claustro interiores... De pronto vi a un anciano
carmelita que desde lejos me hacía señas de que me alejase; pero yo, en
vez de marcharme, me acerqué a él y, señalándole los cuadros del
claustro, le di a entender por señas que eran bonitos. El se dio cuenta, por
mis cabellos que caían sobre la espalda y por mi aspecto juvenil, que era
una niña, me sonrió con bondad y se alejó, al ver que no tenía delante de
él a una enemiga. Si hubiese podido hablarle en italiano, le habría dicho
que era un futura carmelita; pero por culpa de los constructores de la torre
de Babel, no pude hacerlo.
Después de visitar también Pisa y Génova, volvimos a Francia.
En el trayecto, [67rº] el panorama era magnífico. A veces bordeábamos el
mar, y la vía del tren pasaba tan cerca de él, que me parecía que las olas
iban a llegar hasta nosotros (aquel espectáculo fue debido a una
tempestad, y era de noche, lo que hacía que la escena fuese aún más
impresionante). Otras veces atravesábamos llanuras cubiertas de naranjos
con su fruta ya madura, o de verdes olivos de escaso follaje, o de esbeltas
palmeras... A la caída de la tarde, veíamos los numerosos puertecitos de
mar iluminarse con multitud de luces, mientras en el cielo empezaban a
brillar las primeras estrellas...
Y a la vista de todas aquellas cosas, que yo miraba por primera y por
última vez en mi vida, ¡mi alma se llenaba de poesía...!
Pero las veía desvanecerse sin la menor pena. Mi corazón aspiraba a
otras maravillas. Había contemplado ya bastante las bellezas de la tierra, y
sólo las del cielo eran ya el objeto de sus deseos. Y para ofrecérselas a las
almas, ¡quería convertirme en prisionera ...!

Tres meses de espera

Mas antes de ver abrirse ante mí las puertas de la bendita prisión por la
que suspiraba, tenía aún que luchar y que sufrir. Lo presentía al volver a
Francia. Sin embargo, mi confianza era tan grande, que no perdí la
esperanza de que me permitieran entrar en el Carmelo el 25 de
diciembre...
Apenas llegamos a Lisieux, nuestra primera visita fue para el Carmelo.
¡Qué encuentro aquél...!¡Teníamos tantas cosas que decirnos después de
un mes de separación, mes que me pareció larguísimo y en el que aprendí
más que en muchos años...!
¡Qué dulce fue para mí, Madre querida, volverte a ver y abrirte mi pobre
alma herida!¡A ti, que sabías comprenderme tan bien; a ti, a quien bastaba
una palabra o una mirada para adivinarlo todo!
Me abandoné con entera confianza. Había hecho todo lo que dependía de
mí, todo, hasta hablarle al Santo Padre; por lo que ya no sabía qué más
tenía que hacer. Tú me dijiste que escribiese a Monseñor, recordándole su
promesa. Lo hice enseguida lo mejor que supe, pero en unos términos que
a nuestro tío le parecieron demasiado [67vº] ingenuos. El rehizo la carta.
Cuando yo iba a echarla al correo, recibí una tuya, diciéndome que no
escribiese, que esperase unos días más. Obedecí enseguida, pues estaba
segura de que ésa era la mejor forma de no equivocarme.
Por fin, diez días antes de Navidad, ¡salió mi carta!Plenamente
convencida de que la respuesta no se haría esperar, todas las mañanas
iba a correos con papá después de misa, pensando encontrar allí el
permiso para echarme a volar; pero cada mañana me traía una nueva
decepción, que sin embargo no hacía vacilar mi fe...
Pedía a Jesús que rompiese mis ataduras. Y las rompió, pero de una
forma totalmente diferente a como yo esperaba... Llegó la fiesta de
Navidad, y Jesús no despertó... Dejó en el suelo a su pelotita, sin echarle
siquiera una mirada...
Al ir a la Misa de Gallo llevaba roto el corazón. ¡Tenía tantas esperanzas
de asistir a ella tras las rejas del Carmelo...!
Esta prueba fue muy dura para mi fe. Pero Aquel cuyo corazón vela
mientras él duerme me hizo comprender que él obra auténticos milagros y
cambia la montañas de lugar en favor de quienes tienen una fe como un
grano de mostaza, pero que con sus íntimos, con su Madre, él no hace
milagros hasta haber probado su fe. ¿No dejó morir a Lázaro, a pesar de
que Marta y María le habían hecho saber que estaba enfermo...? Y en las
bodas de Caná, cuando la Virgen le pidió que ayudara a los anfitriones,
¿no le contestó que todavía no había llegado su hora...? Pero después de
la prueba, ¡qué recompensa!¡El agua se convierte en vino...!¡Lázaro
resucita...!
Así actuó Jesús con su Teresita: después de haberla probado durante
mucho tiempo, colmó todos los deseos de su corazón...
Por la tarde de aquel radiante día de fiesta, que yo pasé llorando, fui a
visitar a las carmelitas. Me llevé una gran sorpresa cuando, al abrir la [68rº]
reja, vi un precioso Niño Jesús que tenía en la mano una pelota en la que
estaba escrito mi nombre. Las carmelitas, en lugar de Jesús, que era
demasiado pequeño todavía para hablar, me cantaron una canción
compuesta por mi Madre querida. Cada una de sus palabras derramaba en
mi alma un dulce consuelo. Jamás olvidaré aquella delicadeza del corazón
maternal que siempre me colmó de los más exquisitos detalles de
ternura...
Después de dar las gracias derramando dulces lágrimas, les conté la
sorpresa que me había dado mi querida Celina al volver de la Misa de
Gallo. En mi habitación, en medio de una preciosa jofaina, había
encontrado un barquito que llevaba al Niño Jesús dormido con una pelotita
a su lado. En la blanca vela Celina había escrito estas palabras: «Duermo,
pero mi corazón vela», y en el barco esta sola palabra: «¡Abandono!»
¡Ay!, si Jesús no hablaba todavía a su pequeña prometida, si sus ojos
divinos seguían cerrados, por lo menos se revelaba a ella por medio de
otras almas que comprendían todas las delicadezas y todo el amor de su
corazón...
El primer día del año 1888, Jesús me hizo una vez más el regalo de su
cruz. Pero esta vez la llevé yo sola, pues fue tanto más dolorosa cuanto
menos la comprendía... Una carta de Paulina me comunicaba que la
respuesta de Monseñor había llegado el 28, fiesta de los Santos Inocentes,
pero que no me lo había hecho saber porque se había decidido que mi
entrada no tuviera lugar hasta después de la cuaresma. Al pensar en una
espera tan larga, no pude contener las lágrimas.
Esta prueba tuvo para mí un carácter muy particular. Veía mis ataduras
rotas por parte del mundo, pero ahora era el arca santa la que negaba la
entrada a la pobre palomita...
Convengo en que debí parecer poco razonable al no aceptar gozosa esos
tres meses de destierro. Pero creo también que esta prueba, aunque no lo
pareciese, fue muy grande y me ayudó a crecer mucho en el abandono y
en las demás virtudes.
[68vº] ¿Cómo transcurrieron estos tres meses tan ricos en gracias para mi
alma...?
Al principio me vino a la cabeza la idea de no molestarme en llevar una
vida tan ordenada como solía. Pero pronto comprendí el valor de aquel
tiempo que se me concedía, y decidí entregarme con más intensidad que
nunca a una vida seria y mortificada.
Cuando digo mortificada, no es para hacer creer que hiciera penitencias,
pues nunca las he hecho. Lejos de parecerme a esas almas grandes que
desde la niñez practicaron toda serie de mortificaciones, yo no sentía por
ellas el menor atractivo. Esto se debía, sin duda, a mi flojedad, pues
hubiera podido encontrar, como Celina, mis pequeños recursos para
mortificarme. En vez de eso, siempre me dejé mecer entre algodones y
cebar como un pajarito que no necesita hacer penitencia...
Mis mortificaciones consistían en doblegar mi voluntad, siempre dispuesta
a salirse con la suya; en callar cualquier palabra de réplica; en prestar
pequeños servicio sin hacerlos valer; en no apoyar la espalda cuando
estaba sentada, etc., etc...
Con la práctica de estas naderías me fui preparando para ser la prometida
de Jesús, y no sabría decir cuan dulces recuerdos me ha dejado esta
espera...
Tres meses se pasan muy pronto, y por fin llegó el momento tan
ardientemente deseado.

CAPÍTULO VII
PRIMEROS AÑOS EN EL CARMELO (1888-1890)

El lunes 9 de abril, día en que el Carmelo celebraba la fiesta de la
Anunciación, trasladada a causa de la cuaresma, fue el día elegido para mi
entrada.
La víspera, toda la familia se reunió en torno a la mesa, a la que yo iba a
sentarme por última vez. ¡Ay, qué desgarradoras son estas reuniones
íntimas...!Cuando una quisiera pasar inadvertida, te prodigan las caricias y
las palabras más tiernas, y te hacen más duro el sacrificio de la
separación...
Mi rey querido apenas hablaba, pero su mirada se posaba en mí con
amor... Mi tía lloraba de vez en cuando, y mi tío me dispensaba mil
atenciones de cariño. También Juana y María me colmaban de
delicadezas, sobre todo María, que, [69rº] llevándome aparte, me pidió
perdón por todo lo que creía haberme hecho sufrir. Y finalm
querida Leonia, que había vuelto de la Visitación hacía algunos meses, me
colmaba como nadie de besos y caricias.
Sólo de Celina no he dicho nada. Pero ya puedes imaginarte, Madre
querida, cómo transcurrió la última noche en que dormimos juntas...
En la mañana del gran día, tras echar una última mirada a los Buissonnets,
nido cálido de mi niñez que ya no volvería a ver, partí del brazo de mi
querido rey para subir a la montaña del Carmelo...
Al igual que la víspera, toda la familia se reunió para escuchar la santa
Misa y recibir la comunión. En cuanto Jesús bajó al corazón de mis
parientes queridos, ya no escuché a mi alrededor más que sollozos. Yo fui
la única que no lloró, pero sentí latir mi corazón con tanta fuerza, que,
cuando vinieron a decirnos que nos acercáramos a la puerta claustral, me
parecía imposible dar un solo paso. Me acerqué, sin embargo, pero
preguntándome si no iría a morirme, a causa de los fuertes latidos de mi
corazón... ¡Ah, qué momento aquél!Hay que pasar por él para
entenderlo...
Mi emoción no se tradujo al exterior. Después de abrazar a todos los
miembros de mi familia querida, me puse de rodillas ante mi incomparable
padre, pidiéndole su bendición. Para dármela, también él se puso de
rodillas, y me bendijo llorando...
¡El espectáculo de aquel anciano ofreciendo su hija al Señor, cuando aún
estaba en la primavera de la vida, tuvo que hacer sonreír a los ángeles...!
Pocos instantes después, se cerraron tras de mí las puertas del arca santa
y recibí los abrazos de las hermanas queridas que me habían hecho de
madres y a las que en adelante tomaría por modelo de mis actos...
Por fin, mis deseos se veían cumplidos. Mi alma sentía una PAZ tan dulce
y tan profunda, que no acierto a [69vº] describirla. Y desde hace siete años
y medio esta paz íntima me ha acompañado siempre, y no me ha
abandonado ni siquiera en medio de las mayores tribulaciones.
Como a todas las postulantes, inmediatamente después de mi entrada, me
llevaron al coro. Estaba en penumbra, porque estaba expuesto el
Santísimo, y lo primero que atrajo mi mirada fueron los ojos de nuestra
santa Madre Genoveva, que se clavaron en mí. Estuve un momento
arrodillada a sus pies, dando gracias a Dios por el don que me concedía
de conocer a una santa, y luego seguí a nuestra Madre María de Gonzaga
a los diferentes lugares de la comunidad. Todo me parecía maravilloso. Me
creía transportada a un desierto. Nuestra celdita, sobre todo, me
encantaba.
Pero la alegría que sentía era una alegría serena. Ni el más ligero céfiro
hacía ondular las tranquilas aguas sobre las que navegaba mi barquilla, ni
una sola nube oscurecía mi cielo azul... Sí, me sentía plenamente
compensada de todas mis pruebas... ¡Con qué alegría tan honda repetía
estas palabras: «Estoy aquí, para siempre, para siempre...»!
Aquella dicha no era efímera, no se desvanecería con las ilusiones de los
primeros días. ¡Las ilusiones!Dios me concedió la gracia de no llevar
NINGUNA al entrar en el Carmelo. Encontré la vida religiosa tal como me
la había imaginado. Ningún sacrificio me extrañó. Y sin embargo, tú sabes
bien, Madre querida, que mis primeros pasos encontraron más espinas
que rosas...
Sí, el sufrimiento me tendió los brazos, y yo me arrojé en ellos con amor...
A los pies de Jesús-Hostia, en el interrogatorio que precedió a mi
profesión, declaré lo que venía a hacer en el Carmelo: «He venido para
salvar almas, y, sobre todo, para orar por los sacerdotes».
Cuando se quiere alcanzar una meta, hay que poner los medios para ello.
Jesús me hizo comprender que las almas quería dármelas por medio de la
cruz; y mi anhelo de sufrir creció a medida que aumentaba el sufrimiento.
Durante cinco años, éste fue mi camino. Pero, [70rº] al exterior, nada
revelaba mi sufrimiento, tanto más doloroso cuanto que sólo yo lo conocía.
¡Qué sorpresas nos llevaremos al fin del mundo cuando leamos la historia
de las almas...!¡Y cuántas personas se quedarán asombradas al conocer
el camino por el que fue conducida la mía...!

Confesión con el P. Pichon

Esto es tan verdad, que dos meses después de mi entrada, cuando vino el
P. Pichon para la profesión de sor María del Sagrado Corazón, se quedó
sorprendido al ver lo que Dios estaba obrando en mi alma, y me dijo que,
la víspera, al verme hacer oración en el coro, mi fervor le pareció
totalmente infantil y muy dulce mi camino.
Mi entrevista con el Padre fue para mí un consuelo muy grande, aunque
velado por las lágrimas a causa de la dificultad que encontré para abrirle mi alma.

Hice, no obstante, una confesión general, como nunca la había hecho. Al
terminar, el Padre me dijo estas palabras, las más consoladoras que jamás
hayan resonado en los oídos de mi alma: «En presencia de Dios, de la
Santísima Virgen y de todos los santos, declaro que nunca has cometido ni
un solo pecado mortal». Y luego añadió: Da gracias a Dios por todo lo que
hace por ti, pues, si te abandonase, en vez de ser un pequeño ángel,
serías un pequeño demonio.
¡No, no me costó nada creerlo!Sabía lo débil e imperfecta que era. Pero la
gratitud embargaba mi alma. Tenía tanto miedo de haber empañado la
vestidura de mi bautismo, que una garantía como aquélla, salida de la
boca de un director espiritual como los quería nuestra Madre santa Teresa
-es decir, que uniesen la ciencia y la virtud-, me parecía como salida de la
misma boca de Jesús...
El Padre me dijo también estas palabras que se me grabaron dulcemente
en el corazón: «Hija mía, que Nuestro Señor sea siempre tu superior y tu
maestra de novicias».

Teresa y sus superioras

De hecho, lo fue. Y también «mi director espiritual». No quiero decir con
esto que mi alma estuviese cerrada a cal y canto para mis superioras. No,
más bien siempre he procurado que fuese para ellas un libro [70vº] abierto.
Pero nuestra Madre estaba enferma con frecuencia y tenía poco tiempo
para ocuparse de mí. Sé que me quería mucho y que hablaba muy bien de
mí. Sin embargo, Dios permitió que, sin darse cuenta, fuese MUY DURA.
No podía cruzarme con ella sin tener que besar el suelo. Y lo mismo
ocurría en las escasas conferencias espirituales que tenía con ella...
¡Qué gracia inestimable...!¡Cómo actuaba Dios visiblemente a través de la
que estaba en su lugar...!¿Qué habría sido de mí si, como pensaba la
gente del mundo, hubiese sido «el juguete» de la comunidad...? Quizás, en
lugar de ver a Nuestro Señor en mis superioras, no me hubiera fijado más
que en las personas; y entonces mi corazón, que había estado tan
protegido en el mundo, se habría atado humanamente en el claustro...
Gracias a Dios, no caí en esa trampa. Cierto, que yo quería mucho a
nuestra Madre, pero con un afecto puro que me elevaba hacia el Esposo
de mi alma...
Nuestra maestra de novicias era una verdadera santa, el tipo acabado de
las primitivas carmelitas. Yo pasaba todo el día a su lado, pues era la que
me enseñaba a trabajar.
Su bondad para conmigo no tenía límites, y, sin embargo, mi alma no
lograba expansionarse con ella... Me suponía un gran esfuerzo hacer con
ella la conferencia espiritual. Como no estaba acostumbrada a hablar de
mi alma, no sabía cómo expresar lo que sucedía en mi interior. Una Madre
ya mayor intuyó un día lo que me pasaba y me dijo, sonriendo, en la
recreación: -«Hijita, me parece que tú no debes de tener gran cosa que
decir a las superioras».-«¿Por qué dice eso, Madre...?» -«Porque tu alma
es extremadamente sencilla ; y cuando seas perfecta, serás más sencilla
todavía, pues cuanto uno más se acerca a Dios, más se simplifica».
Aquella anciana Madre tenía razón. No obstante, la dificultad que yo tenía
para abrir mi alma, aun cuando proviniese de mi sencillez, era un auténtico
problema para mí. Lo reconozco hoy que, sin dejar de ser sencilla, [71rº]
expreso con gran facilidad lo que pienso.
He dicho que Jesús había sido «mi director espiritual». Cuando entré en el
Carmelo, conocí al que podía haberlo sido. Pero apenas me había
admitido entre el número de sus hijas, tuvo que partir para el exilio... Así
que sólo lo conocí para perderle enseguida... Reducida a no recibir de él
más que una carta al año, por doce que yo le escribía, pronto mi corazón
se volvió hacia el Director de los directores, y él fue quien me instruyó en
esa ciencia escondida a los sabios y a los prudentes, que él quiere revelar
a los más pequeños...

La Santa Faz

La florecita trasplantada a la montaña del Carmelo tenía que abrirse a la
sombra de la cruz; las lágrimas y la sangre de Jesús fueron su rocío, y su
Faz adorable velada por el llanto fue su sol...
Hasta entonces todavía no había yo sondeado la profundidad de los
tesoros escondidos en la Santa Faz. Fuiste tú, Madre querida, quien me
enseñó a conocerlos. Lo mismo que, hacía años, nos habías precedido a
las demás en el Carmelo, así también fuiste tú la primera en penetrar los
misterios de amor ocultos en el rostro de nuestro Esposo. Entonces tú me
llamaste, y comprendí...
Comprendí en qué consistía la verdadera gloria. Aquel cuyo reino no es de
este mundo me hizo ver que la verdadera sabiduría consiste en «querer
ser ignorada y tenida en nada», en «cifrar la propia alegría en el desprecio
de sí mismo».
Sí, yo quería que «mi rostro», como el de Jesús, «estuviera
verdaderamente escondido, y que nadie en la tierra me reconociese».
Tenía sed de sufrir y de ser olvidada...
¡Qué misericordioso es el camino por donde me ha llevado siempre Dios!
Nunca me ha hecho desear algo que luego no me haya concedido. Por
eso, su cáliz amargo siempre me ha parecido delicioso...
Pasadas las fiestas radiantes del mes de mayo -las fiestas de la profesión
y de la toma de velo [71vº] de nuestra querida María, la mayor de la
familia, a quien la más pequeña tuvo la dicha de coronar el día de sus
bodas-, tenía que visitarnos la tribulación...
Ya el año anterior, en el mes de mayo, papá había sufrido un ataque de
parálisis en las piernas, y la cosa nos preocupó mucho. Pero la fuerte
constitución de mi querido rey hizo que se recuperara pronto, y nuestros
temores desaparecieron. Sin embargo, durante el viaje a Roma, notamos
más de una vez que se cansaba fácilmente y que no estaba tan alegre
como de costumbre...
Lo que yo observé, sobre todo, fueron los progresos que papá hacía en la
perfección. A ejemplo de san Francisco de Sales, había llegado a dominar
su impulsividad natural hasta tal punto, que parecía tener el temperamento
más dulce del mundo... Las cosas de la tierra apenas parecían rozarle, y
se sobreponía fácilmente a las contrariedades de la vida.
En una palabra, Dios lo inundaba de consuelos. Durante sus visitas diarias
al Santísimo, se le llenaban con frecuencia los ojos de lágrimas y su rostro
reflejaba una dicha celestial...
Cuando Leonia salió de la Visitación, no se disgustó ni se quejó a Dios
porque no hubiera escuchado las oraciones que le había dirigido para
obtener la vocación de su querida hija. Hasta fue a buscarla con cierta
alegría...
Y he aquí con qué fe aceptó papá la separación de su reinecita. Se la
anunció en estos términos a sus amigos de Alençon: «Queridísimos
amigos: ¡Teresa, mi reinecita, entró ayer en el Carmelo...!Sólo Dios puede
exigir tal sacrificio... No me tengáis lástima, pues mi corazón rebosa de
alegría.»
Había llegado la hora de que un servidor tan fiel recibiera el premio de sus
trabajos. Y era justo que su salario fuera parecido al que Dios dio al Rey
del cielo, a su Hijo único... Papá acababa de hacer a Dios ofrenda de un
altar, y él fue la víctima escogida para ser inmolada en él con el Cordero
sin mancha.
[72rº] Tú ya conoces, Madre querida, nuestras amarguras del mes de junio
-y, sobre todo, las del día 24- del año 1888. Esos recuerdos han quedado
demasiado grabados en el fondo de nuestros corazones para que haga
falta escribirlos... ¡Cuánto sufrimos, Madre querida...!¡Y aquello no era
más que el principio de nuestra tribulación...!

Toma de hábito

Entretanto, había llegado la fecha de mi toma de hábito. Fui aprobada por
el capítulo conventual. Pero ¿cómo pensar en una ceremonia solemne? Ya
se hablaba de darme el santo hábito sin hacerme salir de la clausura,
cuando se optó por esperar.
Contra toda esperanza, nuestro padre querido se repuso de su segundo
ataque, y Monseñor fijó la ceremonia para el día 10 de enero.
La espera había sido larga, pero, también, ¡qué hermosa fue la fiesta...!No
faltó nada, nada, ni siquiera la nieve...
No sé si te he hablado ya de mi amor a la nieve... Cuando aún era muy
pequeña, me fascinaba su blancura. Uno de mis mayores deleites era
pasearme bajo los copos de nieve. ¿De dónde me venía esta afición a la
nieve...? Tal vez de que, siendo yo una florecita invernal, el primer ropaje
con que mis ojos de niña vieron adornada a la naturaleza debió ser su
manto blanco...
Lo cierto es que siempre había deseado que, el día de mi toma de hábito,
la naturaleza estuviese vestida de blanco como yo. La víspera de ese
hermoso día, yo miraba tristemente el cielo plomizo, del que de vez en
cuando se desprendía una lluvia fina; pero la temperatura era tan suave,
que ya no esperaba que nevase.
A la mañana siguiente, el cielo no había cambiado. Sin embargo, la fiesta
resultó maravillosa, y la flor más bella, la más preciosa de todas, fue mi rey
querido. Nunca había estado tan guapo y tan digno... Fue la admiración de
todo el mundo. Aquel día fue su triunfo, su última fiesta aquí en la tierra.
Había entregado todas sus hijas a Dios, pues cuando Celina le confió su
vocación, él había llorado de alegría, y había ido a dar gracias a Quien «le
hacía el honor de tomar para sí a todas sus hijas».
[72vº] Al final de la ceremonia, Monseñor entonó el Te Deum. Un
sacerdote trató de advertirle que aquel cántico sólo se cantaba en las
profesiones, pero ya estaba entonado, y el himno de acción de gracias se
cantó hasta el final.
¿No debía ser completa aquella fiesta, si en ella se resumían todas las
demás...? Después de abrazar por última vez a mi rey querido, volví a
entrar en la clausura. Lo primero que vi en el claustro fue a «mi Niño Jesús
color rosa» sonriéndome en medio de flores y de luces. Inmediatamente
después mi mirada se posó sobre los copos de nieve... ¡El patio estaba
blanco, como yo!
¡Qué delicadeza la de Jesús!En atención a los deseos de su prometida, le
regalaba nieve... ¡Nieve!¿Qué mortal, por poderoso que sea, puede hacer
caer nieve del cielo para hechizar a su amada...? Tal vez la gente del
mundo se hizo esta pregunta; lo cierto es que la nieve de mi toma de
hábito les pareció un pequeño milagro y que toda la ciudad se extrañó. Les
pareció rara mi afición por la nieve... ¡Tanto mejor!Eso hizo resaltar aún
más la incomprensible condescendencia del Esposo de las vírgenes..., de
ese Dios que siente un cariño especial por los lirios blancos como la
NIEVE...
Monseñor entró en clausura después de la ceremonia, y estuvo conmigo
muy paternal. Creo que estaba orgulloso de que lo hubiera conseguido, y
decía a todo el mundo que yo era «su hijita». Siempre que Su Excelencia
volvió a visitarnos después de aquella hermosa fiesta, se mostró muy
bueno conmigo. Me acuerdo muy especialmente de su visita con ocasión
del centenario de N. P. san Juan de la Cruz. Me tomó la cabeza entre sus
manos y me acarició de mil maneras. ¡Nunca me había visto tan honrada!
En aquel momento Dios me hizo pensar en las caricias [73rº] que un día él
me prodigará delante de los ángeles y los santos, de las que me daba ya
en este mundo una tenue imagen. Por eso, fue muy grande el consuelo
que sentí...

Enfermedad de papá

Como acabo de decir, la jornada del 10 de enero fue el triunfo de mi rey.
Yo la comparo a la entrada de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos.
Su gloria de un día, como la de nuestro divino Maestro, fue seguida de una
pasión dolorosa, y esa pasión no fue sólo para él. Así como los dolores de
Jesús atravesaron como una espada el corazón de su divina Madre, así
también se desgarraron nuestros corazones ante los sufrimientos de aquel
a quien más tiernamente amábamos en la tierra...
Recuerdo que en el mes de junio de 1888, cuando empezaron nuestras
primeras angustias, yo decía: «Sufro mucho, pero creo que puedo soportar
todavía mayores sufrimientos». No sospechaba entonces los que Dios me
tenía reservados... No sabía que el 12 de febrero, un mes después de mi
toma de hábito, nuestro padre querido bebería el más amargo, el más
humillante de todos los cálices...
¡¡¡No, ese día ya no dije que podía sufrir todavía más...!!!Las palabras no
pueden expresar nuestras angustias; por eso, no intentaré describirlas.
Algún día, en el cielo, nos gustará hablar de nuestras gloriosas
tribulaciones, ¿no nos alegramos ya ahora de haberlas sufrido...? Sí, los
tres años del martirio de papá me parecen los más preciosos, los más
fructíferos de toda nuestra vida. No los cambiaría por todos los éxtasis y
revelaciones de los santos. Mi corazón rebosa de gratitud al pensar en ese
tesoro que debe de despertar una santa envidia en los ángeles de la corte
celestial...
Mi deseo de sufrir se vio colmado. No obstante, mi amor al sufrimiento no
decreció, por lo que pronto mi alma participó también en los sufrimientos
de mi [73vº] corazón. La sequedad se hizo mi pan de cada día. Mas
aunque estaba privada de todo consuelo, era la más feliz de las criaturas,
pues veía cumplidos todos mis deseos...
¡Madre mía querida, qué hermosa ha sido nuestra gran tribulación, ya que
de todos nuestros corazones no brotaron más que suspiros de amor y de
gratitud...!No era ya caminar por los senderos de la perfección:
¡volábamos las cinco!Las dos pobres desterraditas de Caen, aunque
estaban en el mundo, no eran ya del mundo... ¡Y qué maravillas operó el
dolor en el alma de mi Celina querida...!Todas las cartas que escribió en
esas fechas están impregnadas de resignación y de amor... ¿Y quién será
capaz de describir las conversaciones que teníamos juntas en el
locutorio...? Las rejas del Carmelo, lejos de separarnos, unían todavía más
estrechamente nuestras almas. Teníamos las dos los mismos
pensamientos, los mismos deseos, el mismo amor a Jesús y a las almas...
Cuando hablaban Celina y Teresa, ni una sola palabra de las cosas de la
tierra se mezclaba nunca en sus conversaciones, que eran ya totalmente
del cielo. Como tiempo atrás en el mirador, soñaban con las realidades
eternas. Y para poder gozar cuanto antes de esa dicha sin fin, elegían aquí
en la tierra por único lote «el sufrimiento y el desprecio».
Así transcurrió el tiempo de mis esponsales..., ¡que se le hizo muy largo a
la pobre Teresita!
Al terminar mi año de noviciado, nuestra Madre me dijo que ni soñara en
pedir la profesión, pues con toda seguridad el superior rechazaría mi
petición. Tuve que esperar ocho meses más...
En un primer momento se me hizo muy difícil aceptar ese gran sacrificio;
pero pronto se hizo la luz en mi alma. Estaba meditando, aquellos días, los
«Fundamentos de la vida espiritual» del P. Surin. Un día, durante la
oración, comprendí que mi deseo tan intenso de hacer la profesión iba
mezclado con un gran amor propio. Si me había entregado a Jesús para
agradarle y consolarle, [74rº] no debía obligarle a hacer mi voluntad en
lugar de la suya.
Comprendí también que una prometida debería estar engalanada para el
día de sus bodas, y que yo no había hecho nada para ello... Y entonces le
dije a Jesús: «Dios mío, no te pido pronunciar los santos votos, esperaré
todo el tiempo que quieras. Lo único que deseo es que mi unión contigo no
se vea diferida por mi culpa. Por eso, voy a poner todo mi empeño en
prepararme un hermoso vestido recamado de piedras preciosas. Cuando
tú creas que ya está lo suficientemente rico y adornado, estoy segura de
que ni todas las criaturas juntas podrán impedirte bajar hasta mí para
unirme a ti para siempre, Amado mío...»

Pequeñas virtudes

A partir de la toma de hábito, yo había recibido ya abundantes luces sobre
la perfección religiosa, especialmente respecto al voto de pobreza. Durante
el postulantado, me gustaba tener cosas bonitas para mi uso y encontrar a
mano todo lo que necesitaba. «Mi Director» soportaba aquello con
paciencia, pues no es amigo de enseñárselo todo a las almas de una vez.
Normalmente va dando sus luces poco a poco.
(Al principio de mi vida espiritual, hacia los 13 ó los 14 años, me
preguntaba qué progresos tendría que hacer más adelante, pues creía que
no podría comprender ya mejor la perfección. Pero no tardé en
convencerme de que cuanto más adelanta uno en este camino, más lejos
se ve del final. Por eso, ahora me resigno a verme siempre imperfecta, y
encuentro en ello mi alegría...)
Vuelvo a las enseñanzas de «mi Director». Una noche, después de
Completas, busqué en vano nuestra lamparita en los estantes destinados a
ese fin. Era tiempo de silencio riguroso, por lo que no podía reclamarla...
Supuse que alguna hermana, creyendo coger su lámpara, había cogido la
nuestra, que, por cierto, yo necesitaba mucho. En vez de disgustarme por
verme privada de ella, me alegré mucho, pensando que la pobreza
consiste en verse una privada, no sólo de las cosas superfluas, sino
también [74vº] de las indispensables. Y de esa manera, en medio de las
tinieblas exteriores, fui iluminada interiormente...
En esa época me entró un verdadero amor a los objetos más feos e
incómodos. Y así, sentí una gran alegría cuando me quitaron de la celda el
precioso cantarillo que tenía y me dieron en su lugar un cántaro tosco y
todo desportillado...
Hacía también grandes esfuerzos por no disculparme, lo cual me resultaba
muy difícil, sobre todo con nuestra maestra de novicias, a la que no quería
ocultarle nada.
He aquí mi primera victoria, que no fue grande, pero que me costó mucho.
Se encontró roto un vasito colocado detrás de una ventana. Nuestra
maestra, creyendo que había sido yo quien lo había tirado, me lo enseñó,
diciendo que otra vez tuviera más cuidado. Sin decir nada, besé el suelo y
prometí ser más cuidadosa en adelante.
Debido a mi poca virtud, estos actos de vencimiento me costaban mucho,
y tenía que pensar que en el juicio final todo saldrá a la luz. Me hacía
también esta reflexión: cuando uno cumple con su deber, sin excusarse
nunca, nadie lo sabe; las imperfecciones, por el contrario, se dejan ver
enseguida...
Me aplicaba, sobre todo, a la práctica de las virtudes pequeñas, al no tener
facilidad para practicar las grandes. Así, por ejemplo, me gustaba plegar
las capas que dejaban olvidadas las hermanas y prestarles todos los
pequeños servicios que podía.
También se me concedió el amor a la mortificación, que era tanto mayor
cuanto que no me permitían hacer nada para satisfacerlo... La única
mortificación que yo hacía en el mundo, que consistía en no apoyar la
espalda cuando me sentaba, me la prohibieron, debido a la propensión
que tenía a encorvarme. Claro, que si me hubiesen dado permiso para
hacer muchas penitencias, seguramente ese entusiasmo no me habría
durado mucho... Las únicas que podía hacer sin pedir permiso consistían
en mortificar mi amor propio, lo cual me aprovechaba mucho más que las
penitencias corporales...
[75rº] El refectorio, que fue mi oficio nada más tomar el hábito, me ofreció
más de una ocasión para poner mi amor propio en su lugar, es decir,
debajo de los pies... Es cierto que para mí era una gran alegría, Madre
querida, estar en el mismo oficio que tú y poder ver de cerca tus virtudes.
Pero esa misma cercanía era para mí motivo de sufrimiento. No me sentía
libre, como antaño, para decírtelo todo. Teníamos que observar la regla, y
no podía abrirte mi alma. En una palabra, ¡yo estaba ya en el Carmelo, y
no en los Buissonnets bajo el techo paterno...!
Entretanto, la Santísima Virgen me ayudaba a preparar el vestido de mi
alma; y en cuanto ese vestido estuvo terminado, los obstáculos
desaparecieron solos. Monseñor me envió el permiso que había solicitado,
la comunidad me aprobó, y se fijó la profesión para el 8 de septiembre...
Todo lo que acabo de escribir en pocas palabras requeriría muchas
páginas de pormenores y detalles, pero esas páginas no se leerán nunca
en la tierra. Pronto, Madre querida, te hablaré de todo ello en nuestra casa
paterna, ¡en ese hermoso cielo hacia el que se elevan los suspiros de
nuestros corazones...!
Mi traje de bodas estaba listo. Se hallaba recamado con las antiguas joyas
que mi Prometido me había regalado; pero aún no era suficiente para su
generosidad. Quería regalarme un nuevo diamante de innumerables
destellos.
Las antiguas joyas eran la tribulación de papá, con todas sus dolorosas
circunstancias; el nuevo diamante fue una prueba, muy pequeña en
apariencia, pero que me hizo sufrir mucho.
Desde hacía algún tiempo, a nuestro pobre papaíto, que estaba un poco
mejor, lo sacaban a pasear en coche. Incluso se pensó en hacerle tomar el
tren para venir a vernos.
Y, naturalmente, Celina pensó enseguida que había que escoger para ese
viaje el día de mi toma de velo. Para que no se canse, decía, no le haré
[75vº] asistir a toda la ceremonia; sólo al final iré a buscarle y le llevaré
muy despacito hasta la reja para que Teresa reciba su bendición.
¡Qué bien retratado estaba ahí el corazón de mi Celina...!¡Qué gran
verdad es que «al amor nada le parece imposible, porque para él todo es
posible y permitido...!» La prudencia humana, por el contrario, tiembla a
cada paso y no se atreve, por así decirlo, a posar el pie en el suelo.
Así, Dios, que quería probarme, se sirvió de ella como de un instrumento
dócil en sus manos, y el día de mis bodas estuve realmente huérfana de
padre en la tierra, pero pudiendo mirar con confianza al cielo y decir con
toda verdad: «Padre nuestro, que estás en el cielo».

CAPÍTULO VIII
DESDE LA PROFESIÓN HASTA LA OFRENDA AL AMOR
(1890-1895)

Antes de hablarte de esta prueba, Madre querida, debería haberte hablado
de los ejercicios espirituales que precedieron a mi profesión. Esos
ejercicios, no sólo no me proporcionaron ningún consuelo, sino que en
ellos la aridez más absoluta y casi casi el abandono fueron mis
compañeros. Jesús dormía, como siempre, en mi navecilla.
¡Qué pena!, tengo la impresión de que las almas pocas veces le dejan
dormir tranquilamente dentro de ellas. Jesús está ya tan cansado de ser él
quien corra con los gastos y de pagar por adelantado, que se apresura a
aprovecharse del descanso que yo le ofrezco. No se despertará,
seguramente, hasta mi gran retiro de la eternidad; pero esto, en lugar de
afligirme, me produce una enorme alegría...
Verdaderamente, estoy lejos de ser santa, y nada lo prueba mejor que lo
que acabo de decir. En vez de alegrarme de mi sequedad, debería
atribuirla a mi falta de fervor y de fidelidad. Debería entristecerme por
dormirme (¡después de siete años!) en la oración y durante la acción de
gracias. Pues bien, no me entristezco... Pienso que los niños agradan
tanto a sus padres mientras duermen como cuando están despiertos;
pienso que los médicos, para hacer las operaciones, [76rº] duermen a los
enfermos. En una palabra, pienso que «el Señor conoce nuestra masa, se
acuerda de que no somos más que polvo».
Mis ejercicios para la profesión fueron, pues, como todos los que vinieron
después, unos ejercicios de gran aridez. Sin embargo, Dios me mostró
claramente, sin que yo me diera cuenta, la forma de agradarle y de
practicar las más sublimes virtudes.
He observado muchas veces que Jesús no quiere que haga provisiones.
Me alimenta momento a momento con un alimento totalmente nuevo, que
encuentro en mí sin saber de dónde viene... Creo simplemente que Jesús
mismo, escondido en el fondo de mi pobre corazón, es quien me concede
la gracia de actuar en mí y quien me hace descubrir lo que él quiere que
haga en cada momento.
Unos días antes de mi profesión tuve la dicha de recibir la bendición del
Sumo Pontífice. La había solicitado, a través del hermano Simeón, para
papá y para mí, y fue para mí una inmensa alegría el poder devolverle a mi
querido papaíto la gracia que él me había proporcionado llevándome a
Roma.
Por fin, llegó el hermoso día de mis bodas. Fue un día sin nubes. Pero la
víspera, se levantó en mi alma la mayor tormenta que había conocido en
toda mi vida...
Nunca hasta entonces me había venido al pensamiento una sola duda
acerca de mi vocación. Pero tenía que pasar por esa prueba. Por la noche,
al hacer el Viacrucis después de Maitines, se me metió en la cabeza que
mi vocación era un sueño, una quimera... La vida del Carmelo me parecía
muy hermosa, pero el demonio me insuflaba la convicción de que no
estaba hecha para mí, de que engañaba a los superiores empeñándome
en seguir un camino al que no estaba llamada...
Mis tinieblas eran tan oscuras, que no veía ni en-[76vº] tendía más que
una cosa: ¡que no tenía vocación...!
¿Cómo describir la angustia de mi alma...? Me parecía (pensamiento
absurdo, que demuestra a las claras que esa tentación venía del demonio)
que si comunicaba mis temores a la maestra de novicias, ésta no me
dejaría pronunciar los votos. Sin embargo, prefería cumplir la voluntad de
Dios, volviendo al mundo, a quedarme en el Carmelo haciendo la mía.
Hice, pues, salir del coro a la maestra de novicias, y, llena de confusión, le
expuse el estado de mi alma...
Gracias a Dios, ella vio más claro que yo y me tranquilizó por completo.
Por lo demás, el acto de humildad que había hecho acababa de poner en
fuga al demonio, que quizás pensaba que no me iba a atrever a confesar
aquella tentación. En cuanto acabé de hablar, desaparecieron todas las
dudas.
Sin embargo, para completar mi acto de humildad, quise confiarle también
mi extraña tentación a nuestra Madre, que se contentó con echarse a reír.
En la mañana del 8 de septiembre, me sentí inundada por un río de paz. Y
en medio de esa paz, «que supera todo sentimiento», emití los santos
votos...
Mi unión con Jesús no se consumó entre rayos y relámpagos -es decir,
entre gracias extraordinarias-, sino al soplo de un ligero céfiro parecido al
que oyó en la montaña nuestro Padre san Elías...
¡Cuántas gracias pedí aquel día...!Me sentía verdaderamente reina, así
que me aproveché de mi título para liberar a los cautivos y alcanzar
favores del Rey para sus súbditos ingratos. En una palabra, quería liberar
a todas las almas del purgatorio y convertir a los pecadores...
Pedí mucho por mi Madre, por mis hermanas queridas..., por toda la
familia, pero sobre todo por mi papaíto, tan probado y tan santo...
Me ofrecí a Jesús para que se hiciese en mí con toda perfección su
voluntad, sin que las criaturas fuesen nunca obstáculo para ello...
[77rº] Pasó por fin ese hermoso día, como pasan los más tristes, pues
hasta los días más radiantes tienen un mañana. Y deposité sin tristeza mi
corona a los pies de la Santísima Virgen. Estaba segura de que el tiempo
no me quitaría mi felicidad...
¡Qué fiesta tan hermosa la de la Natividad de María para convertirme en
esposa de Jesús!Era la Virgencita recién nacida quien presentaba su
florecita al Niño Jesús... Todo fue pequeño, excepto las gracias y la paz
que recibí y excepto la alegría serena que sentí por la noche al ver titilar
las estrellas en el firmamento mientras pensaba que pronto el cielo se
abriría ante mis ojos extasiados y podría unirme a mi Esposo en una
alegría eterna...

Toma de velo

El 24 tuvo lugar la ceremonia de mi toma de velo. Fue un día totalmente
velado por las lágrimas... Papá no estaba allí para bendecir a su reina... El
Padre estaba en Canadá... Monseñor, que iba a ir a comer en casa de mi
tío, estaba enfermo, y tampoco vino. Todo fue tristeza y amargura... Sin
embargo, en el fondo del cáliz había paz, siempre la paz ...
Aquel día Jesús permitió que no pudiese contener las lágrimas, y mis
lágrimas no fueron comprendidas... De hecho, ya había soportado pruebas
mucho mayores sin llorar, pero entonces me ayudaba una gracia muy
poderosa; en cambio, el día 24 Jesús me abandonó a mis propias fuerzas,
y demostré lo escasas que éstas eran.
Ocho días después de mi toma de velo tuvo lugar la boda de Juana. Me
sería imposible decirte, Madre querida, cuánto me enseñó su ejemplo
acerca de las delicadezas que una esposa debe prodigar a su esposo.
Escuchaba ávidamente todo lo que podría aprender al respecto, pues no
quería hacer yo por mi amado Jesús menos de lo que Juana hacía por
Francis, una criatura ciertamente muy perfecta, ¡pero a fin de cuentas una
criatura...!
[77vº] Hasta me divertí componiendo una tarjeta de invitación para
compararla con la suya. Estaba concebida en los siguientes términos:

TARJETA DE INVITACIÓN A LAS BODAS DE SOR TERESA DEL NIÑO JESÚS DE LA SANTA FAZ
No habiendo podido invitaros a la bendición nupcial que les fue otorgada
en la montaña del Carmelo, el 8 de septiembre de 1890 (a la que sólo fue
admitida la Corte Celestial), se os suplica que asistáis a la Tornaboda, que
tendrá lugar Mañana, Día de la Eternidad, día en que Jesús, el Hijo de
Dios, vendrá sobre las Nubes del Cielo en el esplendor de su Majestad,
para juzgar a vivos y muertos.
Dado que la hora es incierta, os invitamos a estar preparados y velar.

Madre Genoveva de Santa Teresa

[78rº] Ahora, Madre querida, ¿qué me queda por decirte?
Creía haber terminado, pero aún no te he dicho nada sobre la suerte que
tuve de haber conocido a nuestra santa madre Genoveva... Ha sido una
gracia inestimable. Pues Dios, que ya me había dado tantas, quiso que
viviese con una santa, no de ésas inimitables, sino una santa que se
santificó por medio de virtudes ocultas y ordinarias...
Más de una vez he recibido de ellas grandes consuelos, especialmente un
domingo. Ese día fui, como de costumbre, a hacerle una breve visita, y
encontré a otras dos hermanas con la madre Genoveva. La miré
sonriendo, y me disponía a salir, pues no nos está permitido estar tres con
una enferma, pero ella, mirándome con aire inspirado, me dijo: «Espera,
hija mía, sólo quiero decirte unas palabritas. Siempre que vienes a verme,
me pides que te dé un ramillete espiritual. Bueno, pues hoy voy a darte
éste: Sirve a Dios con paz y con alegría. Recuerda, hija mía, que nuestro
Dios es el Dios de la paz».
Le di las gracias con sencillez y salí emocionada hasta las lágrimas y
convencida de que Dios le había revelado el estado de mi alma: aquel día
me encontraba duramente probada, casi triste, en una noche tal, que no
sabía ya si Dios me amaba. ¡Puedes, pues, adivinar, Madre querida, la
alegría y el consuelo que sentí...!
Al domingo siguiente, quise saber qué revelación había tenido la madre
Genoveva. Me aseguró que no había tenido ninguna, y entonces mi
admiración subió de punto al comprobar en qué grado eminente Jesús
vivía en ella y la hacía hablar y actuar.
Sí, esa santidad me parece la más auténtica, la más santa, y es la que yo
deseo para mí, pues en ella no cabe ilusión...
[78vº] El día de mi profesión recibí otra gran alegría al saber de labios de la
madre Genoveva que también ella había pasado por la misma prueba que
yo antes de pronunciar sus votos...
¿Te acuerdas, Madre querida, del consuelo que encontramos a su lado en
los momentos de nuestros grandes sufrimientos?
En una palabra, el recuerdo que la madre Genoveva dejó en mi corazón es
un recuerdo impregnado de fragancia...
El día de su partida para el cielo viví una emoción muy especial. Era la
primera vez que asistía a una muerte, y el espectáculo fue realmente
encantador... Yo estaba colocada justamente a los pies de la cama de la
santa moribunda y veía perfectamente sus más ligeros movimientos.
Durante las dos horas que pasé allí, me parecía que mi alma debería estar
llena de fervor; por el contrario, se apoderó de mí una especie de
insensibilidad. Pero en el momento mismo en que nuestra santa madre
Genoveva nacía para el cielo, mis disposiciones interiores dieron un
vuelco: en un abrir y cerrar de ojos me sentí henchida de una alegría y de
un fervor inexplicables. Era como si la madre Genoveva me hubiese dado
una parte de la felicidad de que ella ya gozaba, pues estoy plenamente
convencida de que fue derecha al cielo...
Cuando aún vivía, le dije una vez:
-«Usted, Madre, no irá al purgatorio».
-«Así lo espero», me contestó con dulzura.
Y seguro que Dios no defraudó una esperanza tan llena de humildad.
Prueba de ello son todos los favores que de ella hemos recibido...
Todas las hermanas se apresuraron a pedir alguna reliquia, y tú ya sabes,
Madre querida, la que yo tengo la dicha de poseer... Durante la agonía de
la madre Genoveva, vi que una lágrima brillaba en uno de sus párpados
como un diamante. Esa lágrima, la última de todas las que derramó, no
llegó a desprenderse, y vi que seguía brillando en el coro sin que nadie
pensara en recogerla. Entonces, tomando un pañito fino, me acerqué por
la noche, sin que nadie me viera, y recogí como reliquia la última lágrima
de una santa... Desde entonces la he llevado siempre en la [79rº] bolsita
donde guardo encerrados mis votos.
No doy importancia a mis sueños. Por otra parte, rara vez tengo sueños
simbólicos, e incluso me pregunto cómo es posible que, pensando como
pienso todo el día en Dios, no ocupe él un mayor lugar en mis sueños...
Normalmente sueño con bosques, con flores, con arroyos, con el mar; casi
siempre veo preciosos niñitos, o cazo mariposas y pájaros que nunca he
visto. Ya ves, Madre, que si mis sueños tienen un aspecto poético, están
muy lejos de ser místicos...
Una noche, después de la muerte de la madre Genoveva, tuve uno más
entrañable. Soñé que la Madre estaba haciendo testamento, y que a cada
una de las hermanas le dejaba algo de lo que le había pertenecido.
Cuando me llegó el turno a mí, pensé que no iba a recibir nada, pues ya no
le quedaba nada. Pero, incorporándose, me dijo por tres veces con acento
penetrante: «A ti te dejo mi corazón».

Epidemia de la gripe

Un mes después de la partida de nuestra santa Madre, se declaró la gripe
en la comunidad. Sólo otras dos hermanas y yo quedamos en pie. Nunca
podré expresar todo lo que vi, y lo que me pareció la vida y todo lo que es
pasajero...
El día en que cumplí 19 años, lo festejamos con una muerte, a la que
pronto siguieron otras dos.
En esa época, yo estaba sola en la sacristía, por estar muy gravemente
enferma mi primera de oficio. Yo tenía que preparar los entierros, abrir las
rejas del coro para la misa, etc. Dios me dio muchas gracias de fortaleza
en aquellos momentos. Ahora me pregunto cómo pude hacer todo lo que
hice sin sentir miedo. La muerte reinaba por doquier. Las más enfermas
eran cuidadas por las que apenas se tenían en pie. En cuanto una
hermana exhalaba su último suspiro, había que dejarla sola.
Una mañana, al levantarme, tuve el presentimiento de que sor Magdalena
se había muerto. El claustro estaba a oscuras y nadie salía de su celda.
Por fin, me decidí [79vº] a entrar en la celda de la hermana Magdalena,
que tenía la puerta abierta. Y la vi, vestida y acostada en su jergón. No
sentí el menor miedo. Al ver que no tenía cirio, se lo fui a buscar, y también
una corona de rosas.
La noche en que murió la madre subpriora, yo estaba sola con la
enfermera. Es imposible imaginar el triste estado de la comunidad en
aquellos días. Sólo las que quedaban de pie pueden hacerse una idea.
Pero en medio de aquel abandono, yo sentía que Dios velaba por
nosotras. Las moribundas pasaban sin esfuerzo a mejor vida, y enseguida
de morir se extendía sobre sus rostros una expresión de alegría y de paz,
como si estuviesen durmiendo un dulce sueño. Y así era en realidad, pues,
cuando haya pasado la apariencia de este mundo, se despertarán para
gozar eternamente de las delicias reservadas a los elegidos...
Durante todo el tiempo que duró esta prueba de la comunidad, yo tuve el
inefable consuelo de recibir todos los días la sagrada comunión... ¡Qué
felicidad...!Jesús me mimó mucho tiempo, mucho más tiempo que a sus
fieles esposas, pues permitió que a mí me lo dieran, cuando las demás no
tenían la dicha de recibirle.
También me sentía feliz de poder tocar los vasos sagrados y de preparar
los corporales destinados a recibir a Jesús. Sabía que tenía que ser muy
fervorosa y recordaba con frecuencia estas palabras dirigidas a un santo
diácono: «Sé santo, tú que tocas los vasos del Señor».
No puedo decir que haya recibido frecuentes consuelos durante las
acciones de gracias; tal vez sean los momentos en que menos los he
tenido... Y me parece muy natural, pues me he ofrecido a Jesús, no como
quien desea recibir su visita para propio consuelo, sino, al contrario, para
complacer al que se entrega a mí.
Me imagino a mi alma como un terreno libre, y pido a la Santísima Virgen
que quite los escombros que pudieran impedirle [80rº] esa libertad. Luego
le suplico que monte ella una gran tienda digna del cielo y que la adorne
con sus propias galas. Después invito a todos los ángeles y santos a que
vengan a dar un magnífico concierto. Y cuando Jesús baja a mi corazón,
me parece que está contento de verse tan bien recibido, y yo estoy
contenta también...
Pero todo esto no impide que las distracciones y el sueño vengan a
visitarme. Pero al terminar la acción de gracias y ver que la he hecho tan
mal, tomo la resolución de vivir todo el día en una continua acción de
gracias...
Ya ves, Madre querida, que Dios está muy lejos de llevarme por el camino
del temor. Sé encontrar siempre la forma de ser feliz y de aprovecharme
de mis miserias... Y estoy segura de que eso no le disgusta a Jesús, pues
él mismo parece animarme a seguir por ese camino...
Un día, contra mi costumbre, estaba un poco turbada al ir a comulgar; me
parecía que Dios no estaba contento de mí y pensaba en mi interior: «Si
hoy sólo recibo la mitad de una hostia, me llevaré un disgusto, pues creeré
que Jesús viene como de mala gana a mi corazón». Me acerco... y, ¡oh,
felicidad!, por primera vez en mi vida veo que el sacerdote ¡toma dos
hostias bien separadas y me las da...!Comprenderás mi alegría y las
dulces lágrimas que derramé ante tan gran misericordia...

Retiro del P. Alejo

Al año siguiente de mi profesión, es decir, dos meses antes de la muerte
de la madre Genoveva, recibí grandes gracias durante los ejercicios
espirituales.
Normalmente, los ejercicios predicados me resultan más penosos todavía
que los que hago sola. Pero ese año no fue así.
Había hecho con gran fervor una novena de preparación, a pesar del
presentimiento íntimo que tenía, pues me parecía que el predicador no iba
a poder comprenderme, ya que se dedicaba sobre todo a ayudar a los
grandes pecadores y no [80vº] a las almas religiosas. Pero Dios, que
quería demostrarme que sólo él era el director de mi alma, se sirvió
precisamente de este Padre, al que yo fui la única que apreció en la
comunidad...
Yo sufría por aquel entonces grandes pruebas interiores de todo tipo
(hasta llegar a preguntarme a veces si existía un cielo ). Estaba decidida a
no decirle nada acerca de mi estado interior, por no saber explicarme. Pero
apenas entré en el confesonario, sentí que se dilataba mi alma. Apenas
pronuncié unas pocas palabras, me sentí maravillosamente comprendida,
incluso adivinada... Mi alma era como un libro abierto, en el que el Padre
leía mejor incluso que yo misma... Me lanzó a velas desplegadas por los
mares de la confianza y del amor, que tan fuertemente me atraían, pero
por los que no me atrevía a navegar... Me dijo que mis faltas no
desagradaban a Dios, y que, como representante suyo, me decía de su
parte que Dios estaba muy contento de mí...
¡Qué feliz me sentí al escuchar esas consoladoras palabras...!Nunca
había oído decir que hubiese faltas que no desagradaban a Dios. Esas
palabras me llenaron de alegría y me ayudaron a soportar con paciencia el
destierro de la vida... En el fondo del corazón yo sentía que eso era así,
pues Dios es más tierno que una madre. ¿No estás tú siempre dispuesta,
Madre querida, a perdonarme las pequeñas indelicadezas de que te hago
objeto sin querer...? ¡Cuántas veces lo he visto por experiencia...!Ningún
reproche me afectaba tanto como una sola de tus caricias. Soy de tal
condición, que el miedo me hace retroceder, mientras que el amor no sólo
me hace correr sino volar...

Priorato de la madre Inés

Y desde el día bendito de tu elección, Madre querida, sí, desde ese día
volé por los caminos del amor... Ese día, ¡Paulina pasó a ser mi Jesús
viviente... y se convirtió por segunda vez en mi «mamá»...!
[81rº] De tres años a esta parte, vengo teniendo la dicha de contemplar las
maravillas que obra Jesús por medio de mi Madre querida... Veo que sólo
el sufrimiento es capaz de engendrar almas, y estas sublimes palabras de
Jesús se revelan como nunca en toda su profundidad: «Os aseguro que si
el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere,
da mucho fruto».
¡Y qué cosecha tan abundante has recogido...!Has sembrado entre
lágrimas, pero pronto verás el fruto de tus trabajos y volverás llena de
alegría trayendo en tus manos las gavillas...
Entre esas gavillas floridas, Madre mía, va oculta ahora la florecilla blanca;
pero en el cielo tendrá voz para cantar tu dulzura y las virtudes que te ve
practicar día tras día a la sombra y en el silencio de esta vida de
destierro...
Sí, en estos últimos tres años he comprendido muchos misterios que hasta
entonces estaban escondidos para mí. Dios me ha mostrado la misma
misericordia que mostró al rey Salomón. No ha querido que yo tuviese un
sólo deseo que no viese realizado. Y no sólo mis deseos de perfección,
sino también aquellos cuya vanidad comprendía sin haberla
experimentado.
Como siempre te he mirado, Madre querida, como mi ideal, deseaba
parecerme a ti en todo. Al verte pintar primorosamente y componer
poesías tan encantadoras, pensaba: «¡Cómo me gustaría poder pintar y
saber expresar en versos mi pensamiento, y hacer así el bien a las
almas...!»
No quería pedir estos dones naturales, y mis deseos permanecían ocultos
en el fondo de mi corazón. Pero Jesús, oculto también él en mi pobre
corazón, tuvo a bien demostrarle que todo es vanidad y aflicción de
espíritu bajo el sol... Con gran extrañeza de las hermanas, me pusieron a
pintar, y Dios permitió que supiese sacar jugo a las lecciones que mi
Madre querida me dio... Y quiso también [81vº] que, a ejemplo suyo,
pudiese hacer poesías y componer piezas teatrales que a las hermanas
les parecieron bonitas...
Al igual que Salomón, después de examinar todas las obras de sus manos
y la fatiga que le costó realizarlas, vio que todo era vanidad y caza de
viento, así también yo conocí por EXPERIENCIA que la felicidad sólo se
halla en esconderse y en vivir en la ignorancia de las cosas creadas.
Comprendí que, sin el amor, todas las obras son nada, incluso las más
brillantes, como resucitar a los muertos o convertir a los pueblos...
Los dones que Dios me ha prodigado (sin yo pedírselos), en lugar de
perjudicarme y de producirme vanidad, me llevan hacia él. Veo que sólo él
es inmutable y que sólo él puede llenar mis inmensos deseos...
Hay también deseos de otra índole que Jesús ha querido convertirme en
realidad, deseos infantiles como el de la nieve para mi toma de hábito. Tú
sabes bien, Madre querida, cómo me gustan las flores. Al hacerme
prisionera a los 15 años, renuncié para siempre a la dicha de correr por los
campos esmaltados con los tesoros de la primavera. Pues bien, nunca he
tenido tantas flores como desde que entré en el Carmelo...
Es costumbre que los novios regalen con frecuencia ramos de flores a sus
novias. Jesús no lo echó en olvido y me mandó, a montones, gavillas de
acianos, margaritas gigantes, amapolas, etc., todas las flores que más me
gustan. Hay incluso una florecita, llamada la neguilla de los trigos, que yo
no había vuelto a encontrar desde cuando vivíamos en Lisieux; tenía
muchas ganas de volver a ver esa flor de mi niñez que yo cogía en los
campos de Alençon. Pues también ella vino a sonreírme en el Carmelo y a
mostrarme que, tanto en las cosas más pequeñas como en las grandes,
Dios da el ciento por uno ya en esta vida a las almas que lo han dejado
todo por su amor.

Entrada de Celina

Pero mi deseo más entrañable, el mayor de todos, el que nunca pensé
[82rº] que vería hecho realidad, era la entrada de mi Celina querida en el
mismo Carmelo que nosotras... Vivir bajo el mismo techo, compartir las
alegrías y las penas de la compañera de mi infancia me parecía un sueño
inverosímil. Por eso, había hecho por completo el sacrificio. Había puesto
en manos de Jesús el porvenir de mi hermana querida y estaba dispuesta
a verla partir, si era necesario, para el último rincón del mundo.
Lo único que no podía aceptar era que no fuese esposa de Jesús, pues, al
quererla tanto como a mí misma, se me hacía imposible verla entregar su
corazón a un mortal.
Ya había sufrido mucho sabiendo que en el mundo estaba expuesta a
peligros que yo no había conocido. Puedo decir que mi cariño a Celina,
desde mi entrada en el Carmelo, era un amor de madre tanto como de
hermana...
Un día en que tenía que ir a una fiesta nocturna, tenía yo un disgusto tan
grande que supliqué a Dios que no la dejase bailar, y hasta derramé
(contra mi costumbre) un torrente de lágrimas. Jesús se dignó escucharme
y no permitió que su joven prometida pudiese bailar aquella noche (aunque
sabía hacerlo muy bien cuando era necesario). La sacaron a bailar y no
podía negarse, pero el caballero fue absolutamente incapaz de hacerle dar
un solo paso de baile, y, con gran confusión de su parte, se vio condenado
a caminar sencillamente a su lado para acompañarla a su sitio; luego se
esfumó y no volvió a aparecer por la velada.
Aquella aventura, única en su género, me hizo crecer en confianza y en
amor hacia Aquel que, al depositar su señal en mi frente, la estampó al
mismo tiempo sobre la de mi Celina querida...
El 29 de julio del año pasado, cuando Dios rompió la ataduras de su
incomparable servidor, llamándole a las recompensas eternas, rompió a la
vez las que retenían en el mundo a su querida prometida. Ella había
cumplido ya su primera misión: encargada de representarnos a todas
nosotras al lado de nuestro padre, al que amábamos con tanta ternura, la
cumplió como un ángel... Y los ángeles no se quedan [82vº] en la tierra:
una vez que han cumplido la voluntad de Dios, vuelven enseguida hacia él,
que para eso tienen alas...
También nuestro ángel batió sus blancas alas. Estaba dispuesto a volar
muy lejos para encontrarse con Jesús, pero Jesús le hizo volar muy
cerca... Se conformó con aceptar el gran sacrificio, que fue
extremadamente doloroso para Teresita... Durante dos años su Celina le
había ocultado un secreto. ¡Y cuánto había sufrido también ella...!
Por fin, desde lo alto del cielo, mi rey querido, al que en la tierra no le
gustaban las demoras, se dio prisa en arreglar los embrollados asuntos de
su Celina, ¡y el 14 de septiembre se reunía con nosotras...!
Un día en que las dificultades parecían insuperables, le dije a Jesús
durante mi acción de gracias: «Tú sabes, Dios mío, cuánto deseo saber si
papá ha ido derecho al cielo. No te pido que me hables, sólo dame una
señal. Si sor A. de J. consiente en la entrada de Celina, o al menos no
pone obstáculos para ello, será la respuesta de que papá ha ido derecho a
estar contigo».
Como tú sabes, Madre querida, esta hermana pensaba que tres éramos ya
demasiadas, y por consiguiente no quería admitir otra más. Pero Dios, que
tiene en sus manos el corazón de las criaturas y lo inclina hacia donde él
quiere, cambió los pensamientos de esa hermana: la primera persona que
encontré después de la acción de gracias fue precisamente a ella, que me
llamó con un semblante muy amable, me dijo que subiera a tu celda y me
habló de Celina con lágrimas en los ojos...
¡Cuántas cosas tengo que agradecer a Jesús, que ha sabido colmar todos
mis deseos...!
Ahora no tengo ya ningún deseo, a no ser el de amar a Jesús con locura...
Mis deseos infantiles han desaparecido. Ciertamente que aún me gusta
adornar con flores al altar del Niño Jesús. Pero desde que él me dio la flor
que yo anhelaba, mi querida Celina, ya no deseo ninguna más: ella es
[83r] el ramillete más precioso que le ofrezco...
Tampoco deseo ya ni el sufrimiento ni la muerte, aunque sigo amándolos a
los dos. Pero es el amor lo único que me atrae... Durante mucho tiempo
los deseé; poseí el sufrimiento y creí estar tocando las riberas del cielo,
creí que la florecilla iba a ser cortada en la primavera de su vida... Ahora
sólo me guía el abandono, ¡no tengo ya otra brújula...!
Ya no puedo pedir nada con pasión, excepto que se cumpla perfectamente
en mi alma la voluntad de Dios sin que las criaturas puedan ser un
obstáculo para ello. Puedo repetir aquellas palabras del Cántico Espiritual
de nuestro Padre san Juan de la Cruz:

«En la interior bodega
de mi Amado bebí, y cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía;
y el ganado perdí que antes seguía.
Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio».
O bien estas otras:
«Hace tal obra el AMOR,
después que le conocí,
que, si hay bien o mal en mí,
todo lo hace de un sabor,
y al alma transforma en sí».

¡Qué dulce es, Madre querida, el camino del amor!Es cierto que se puede
caer, que se pueden cometer infidelidades; pero el amor, haciéndolo todo
de un sabor, consume con asombrosa rapidez todo lo que puede
desagradar a Jesús, no dejando más que una paz humilde y profunda en
el fondo del corazón...
¡Cuántas luces he sacado de las obras de nuestro Padre san Juan de la
Cruz...!A la edad de 17 y 18 años, no tenía otro alimento espiritual. Pero
más tarde, todos los libros me dejaban en la aridez, y aún sigo en este
estado. Si abro un libro escrito por un autor espiritual (aunque sea el más
hermoso y el más conmovedor), siento que se me encoge el corazón y leo,
por así decirlo, sin entender; o si entiendo, mi espíritu se detiene, incapaz
de meditar...
En medio de esta mi impotencia, la Sagrada Escritura y la Imi-[83vº]tación
de Cristo vienen en mi ayuda. En ellas encuentro un alimento sólido y
completamente puro. Pero lo que me sustenta durante la oración, por
encima de todo, es el Evangelio. En él encuentro todo lo que necesita mi
pobre alma. En él descubro de continuo nuevas luces y sentidos ocultos y
misteriosos...
Comprendo y sé muy bien por experiencia que «el reino de los cielos está
dentro de nosotros». Jesús no tiene necesidad de libros ni de doctores
para instruir a las almas. El, el Doctor de los doctores, enseña sin ruido de
palabras... Yo nunca le he oído hablar, pero siento que está dentro de mí,
y que me guía momento a momento y me inspira lo que debo decir o
hacer. Justo en el momento en que las necesito, descubro luces en las que
hasta entonces no me había fijado. Y las más de las veces no es
precisamente en la oración donde esas luces más abundan, sino más bien
en medio de las ocupaciones del día...
Madre querida, después de tantas gracias, ¿no podré cantar yo con el
salmista: «El Señor es bueno, su misericordia es eterna»?
Me parece que si todas las criaturas gozasen de las mismas gracias que
yo, nadie le tendría miedo a Dios sino que todos le amarían con locura; y
que ni una sola alma consentiría nunca en ofenderle, pero no por miedo
sino por amor...
Comprendo, sin embargo, que no todas las almas se parezcan; tiene que
haberlas de diferente alcurnias, para honrar de manera especial cada una
de las perfecciones divinas.
A mí me ha dado su misericordia infinita, ¡y a través de ella contemplo y
adoro las demás perfecciones divinas...!Entonces todas se me presentan
radiantes de amor; incluso la justicia (y quizás más aún que todas las
demás) me parece revestida de amor...
¡Qué dulce alegría pensar que Dios es justo!; es decir, que tiene en cuenta
nuestras debilidades, que conoce perfectamente la debilidad de nuestra
naturaleza. Siendo así, ¿de qué voy a tener miedo? El Dios infinitamente
justo, que se dignó [84rº] perdonar con tanta bondad todas las culpas del
hijo pródigo, ¿no va a ser justo también conmigo, que «estoy siempre con
él»...?

Fin del Manuscrito A

Este año, el 9 de junio, fiesta de la Santísima Trinidad, recibí la gracia de
entender mejor que nunca cuánto desea Jesús ser amado.
Pensaba en las almas que se ofrecen como víctimas a la justicia de Dios
para desviar y atraer sobre sí mismas los castigos reservados a los
culpables. Esta ofrenda me parecía grande y generosa, pero yo estaba
lejos de sentirme inclinada a hacerla.
«Dios mío, exclamé desde el fondo de mi corazón, ¿sólo tu justicia
aceptará almas que se inmolen como víctimas...? ¿No tendrá también
necesidad de ellas tu amor misericordioso...? En todas partes es
desconocido y rechazado. Los corazones a los que tú deseas prodigárselo
se vuelven hacia las criaturas, mendigándoles a ellas con su miserable
afecto la felicidad, en vez de arrojarse en tus brazos y aceptar tu amor
infinito...
«¡Oh, Dios mío!, tu amor despreciado ¿tendrá que quedarse encerrado en
tu corazón? Creo que si encontraras almas que se ofreciesen como
víctimas de holocausto a tu amor, las consumirías rápidamente. Creo que
te sentirías feliz si no tuvieses que reprimir las oleadas de infinita ternura
que hay en ti...
«Si a tu justicia, que sólo se extiende a la tierra, le gusta descargarse,
¡cuánto más deseará abrasar a las almas tu amor misericordioso, pues u
misericordia se eleva hasta el cielo...!
«¡Jesús mío!, que sea yo esa víctima dichosa. ¡Consume tu holocausto
con el fuego de tu divino amor...!»
Madre mía querida, tú que me permitiste ofrecerme a Dios de esa manera,
tú conoces los ríos, o, mejor los océanos de gracias que han venido a
inundar mi alma... Desde aquel día feliz, me parece que el amor me
penetra y me cerca, me parece que ese amor misericordioso me renueva a
cada instante, purifica mi alma y no deja en ella el menor rastro de pecado.
Por eso, [84vº] no puedo temer el purgatorio...
Sé que por mí misma ni siquiera merecería entrar en ese lugar de
expiación, al que sólo pueden tener acceso las almas santas. Pero sé
también que el fuego del amor tiene mayor fuerza santificadora que el del
purgatorio. Sé que Jesús no puede desear para nosotros sufrimientos
inútiles, y que no me inspiraría estos deseos que siento si no quisiera
hacerlos realidad...
¡Qué dulce es el camino del amor...!¡Cómo deseo dedicarme con la mayor
entrega a hacer siempre la voluntad de Dios...!
Esto es, Madre querida, todo lo que puedo decirte de la vida de tu Teresita.
Tú conoces mucho mejor por ti misma cómo es y todo lo que Jesús ha
hecho por ella. Por eso, me perdonarás que haya resumido mucho la
historia de su vida religiosa...
¿Cómo acabará esta «historia de una florecita blanca»...? ¿Será tal vez
cortada en plena lozanía, o quizás trasplantada a otras riberas...? No lo sé.
Pero de lo que sí estoy segura es de que la misericordia de Dios la
acompañará siempre, y de que nunca la florecita dejará de bendecir a la
madre querida que la entregó a Jesús. Eternamente se alegrará de ser una
de las flores de su corona... Y eternamente cantará con esa madre querida
el cántico siempre nuevo del amor...
ESCUDO DE ARMAS Y SU EXPLICACIÓN [85Vº]
El blasón JHS es el que Jesús se dignó entregar como dote a su pobre
esposa. La huérfana de la Bérésina se ha convertido en Teresa del NIÑO
JESÚS de la SANTA FAZ. Estos son sus títulos de nobleza, su riqueza y
su esperanza.
La vid que divide en dos el blasón es también figura de Aquel que se dignó
decirnos: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos, quiero que deis mucho
fruto»
Las dos ramas que rodean, una a la Santa Faz y la otra al Niño Jesús, son
la imagen de Teresa, que no tiene otro deseo aquí en la tierra que el de
ofrecerse como un racimito de uvas para refrescar a Jesús niño, para
divertirlo, para dejarse estrujar por él a capricho y poder así apagar la sed
ardiente que sintió durante su pasión.
El arpa representa también a Teresa, que quiere cantarle incesantemente
a Jesús melodías de amor.
El blasón FMT es el de María Francisca Teresa, la florecita de la Santísima
Virgen. Por eso, esa florecita aparece representada recibiendo los rayos
bienhechores de la dulce Estrella de la mañana.
La tierra verde representa a la familia bendita en cuyo seno creció la
florecita.
Más a lo lejos se ve una montaña, que representa al Carmelo. Este es el
lugar bendito que Teresa ha escogido para representar en su escudo de
armas el dardo inflamado del amor que ha de merecerle la palma del
martirio, en espera de que un día pueda dar verdaderamente su sangre
por su Amado. Pues para responder a todo el amor de Jesús, ella quisiera
hacer por él lo que él hizo por ella...
Pero Teresa no olvida que ella no es más que una débil caña, y por eso la
ha colocado en su blasón.
El triángulo luminoso representa a la adorable Trinidad, que no cesa de
derramar sus dones inestimables sobre el alma de la pobre Teresita, que,
agradecida, no olvidará jamás esta divisa: «El amor sólo con amor se
paga».

CARTA A SOR MARÍA DEL SAGRADO CORAZÓN
Manuscrito «B»
CAPÍTULO IX
MI VOCACION: EL AMOR (1896) [1rº]
J.M.J.T. +Jesús

Querida hermana, me pides que te deje un recuerdo de mis ejercicios
espirituales, ejercicios que quizás sean los últimos...
Puesto que nuestra Madre lo permite, me alegro mucho de ponerme a
conversar contigo que eres dos veces mi hermana; contigo, que me
prestaste tu voz cuando yo no podía hablar, prometiendo en mi nombre
que no quería servir más que a Jesús...
Querida madrinita, aquella niña que tú ofreciste a Jesús es la que te habla
esta noche, la que te ama como sólo una hija sabe amar a su madre...
Sólo en el cielo conocerás toda la gratitud de que rebosa mi corazón...

Los secretos de Jesús

Hermana querida, tú querrías escuchar los secretos que Jesús confía a tu
hijita. Yo sé que esos secretos te los confía también a ti, pues fuiste tú
quien me enseñó a acoger las enseñanzas divinas. Sin embargo, trataré
de balbucir algunas palabras, aunque siento que a la palabra humana le
resulta imposible expresar ciertas cosas que el corazón del hombre
apenas si puede vislumbrar...
No creas que estoy nadando entre consuelos. No, mi consuelo es no
tenerlo en la tierra. Sin mostrarse, sin hacerme oír su voz, Jesús me
instruye en secreto; no lo hace sirviéndose de libros, pues no entiendo lo
que leo. Pero a veces viene a consolarme una frase como la que he
encontrado al final de la oración (después de haber aguantado en el
silencio y en la sequedad): «Este es el maestro que te doy, él te enseñará
todo lo que debes hacer. Quiero hacerte leer en el libro de la vida, donde
está contenida la ciencia del amor».
¡La ciencia del amor!¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los
oídos de mi alma!No deseo otra ciencia. Después de haber dado por ella
todas mis riquezas, me parece, como a la esposa del Cantar de los
Cantares, que no he dado nada todavía... Comprendo tan bien que, fuera
del amor, no hay nada que pueda hacernos gratos a Dios, que ese amor
es el único bien que ambiciono.
Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa
hoguera divina . Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin
miedo en brazos de su padre... «El que sea pequeñito, que venga a mí»,
dijo el Espíritu Santo por boca de Salomón. Y ese mismo Espíritu de amor
dijo también que «a los pequeños se les compadece y perdona». Y, en su
nombre, el profeta Isaías nos revela que en el último día «el Señor
apacentará como un pastor a su rebaño, reunirá a los corderitos y los
estrechará contra su pecho». Y como si todas esas promesas no bastaran,
el mismo profeta, cuya mirada inspirada se hundía ya en las profundidades
de la eternidad, exclama en nombre del Señor: «Como una madre acaricia
a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré en brazos y sobre las rodillas os
acariciaré».
Sí, madrina querida, ante un lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar
de agradecimiento [1vº] y de amor... Si todas las almas débiles e
imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas, el
alma de tu Teresita, ni una sola perdería la esperanza de llegar a la cima
de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes hazañas, sino
únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo XLIX: «No
aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños, pues las
fieras de la selva son mías y hay miles de bestias en mis montes; conozco
todos los pájaros del cielo... Si tuviera hambre, no te lo diría, pues el orbe y
cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de
cabritos?... Ofrece a Dios sacrificios de alabanza y de acción de gracias».
He aquí, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de
nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que
declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en
mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir:
«Dame de beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el
amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...
Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los
discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus
propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él
sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!
Hermana querida, ¡dichosas nosotras que comprendemos los íntimos
secretos de nuestro Esposo!Si tú quisieras escribir todo lo que sabes
acerca de ellos, ¡qué hermosas páginas podríamos leer!Pero ya lo sé,
prefieres guardar «los secretos del Rey» en el fondo de tu corazón,
mientras que a mí me dices que «es bueno publicar las obras del
altísimo». Creo que tienes razón en guardar silencio, y sólo por
complacerte escribo yo estas líneas, pues siento mi impotencia para
expresar con palabras de la tierra los secretos del cielo; y además, aunque
escribiera páginas y más páginas, tendría la impresión de no haber
empezado todavía... Hay tanta variedad de horizontes, matices tan
infinitamente variados, que sólo la paleta del Pintor celestial podrá
proporcionarme, después de la noche de esta vida, los colores apropiados
para pintar las maravillas que él descubre a los ojos de mi alma.
Hermana querida, me pedías que te escribiera mi sueño y «mi doctrinita»,
como tú la llamas... Lo he hecho en las páginas que siguen; pero tan mal,
que me parece imposible que consigas entender nada. Tal vez mis
expresiones te parezcan exageradas... Perdóname, eso se debe a mi
estilo demasiado confuso. Te aseguro que en mi pobre alma no hay
exageración alguna: en ella todo es sereno y reposado...
(Al escribir, me dirijo a Jesús; así me resulta más fácil expresar mis
pensamientos... Lo cual, ¡ay!, no impide que vayan horriblemente
expresados) [2rº].

J.M.J.T.
8 de septiembre de 1896
(A mi querida sor María del Sagrado Corazón.)

¡Jesús, Amado mío!, ¿quién podrá decir con qué ternura y con qué
suavidad diriges tú mi pequeña alma, y cómo te gusta hacer brillar el rayo
de tu gracia aun en medio de la más oscura tormenta...?
Jesús, la tormenta rugía muy fuerte en mi alma desde la hermosa fiesta de
tu triunfo -la fiesta radiante de Pascua-, cuando un sábado del mes de
mayo, pensando en los sueños misteriosos que a veces concedes a
ciertas almas, me decía a mí misma que debía de ser un consuelo muy
dulce tener uno de esos sueños; pero no lo pedía.
Por la noche, mi alma, observando las nubes que encapotaban su cielo, se
repitió a sí misma que aquellos hermosos sueños no estaban hechos para
ella, y se durmió bajo el vendaval...

La Venerable Ana de Jesús

El día siguiente era el 10 de mayo, segundo domingo del mes de María,
quizás aniversario de aquel día en que la Santísima Virgen se dignó
sonreírle a su florecita...
A las primeras luces del alba, me encontraba (en sueños) en una especie
de galería. Había en ella varias personas más, pero alejadas. Sólo nuestra
Madre estaba a mi lado.
De pronto, sin saber cómo habían entrado, vi a tres carmelitas, vestidas
con capas blancas y con los grandes velos echados. Me pareció que
venían por nuestra Madre, pero lo que entendí claramente fue que venían
del cielo.
Yo exclamé en lo hondo del corazón: ¡Cómo me gustaría ver el rostro de
una de esas carmelitas!Y entonces la más alta de las santas, como si
hubiese oído mi oración, avanzó hacia mí. Al instante caí de rodillas.
Y, ¡oh, felicidad!, la carmelita se quitó el velo, o, mejor dicho, lo alzó y me
cubrió con él. Sin la menor vacilación, reconocí a la Venerable Ana de
Jesús, la fundadora del Carmelo en Francia.
Su rostro era hermoso, de una hermosura inmaterial. No desprendía
ningún resplandor; y sin embargo, a pesar del velo que nos cubría a las
dos, yo veía aquel rostro celestial iluminado con una luz inefablemente
suave, luz que el rostro no recibía sino que él mismo producía...
Me sería imposible decir la alegría de mi alma; estas cosas se sienten,
pero no se pueden expresar... Varios meses han pasado desde este dulce
sueño; pero el recuerdo que dejó en mi alma no ha perdido nada de su
frescor ni de su encanto celestial... Aún me parece estar viendo la mirada y
la sonrisa llenas de amor de la Venerable Madre. Aún creo sentir las
caricias de que me colmó ...
... Al verme tan tiernamente amada, me atreví a pronunciar estas palabras:
«Madre, te lo ruego, dime si Dios me dejará todavía mucho tiempo en la
tierra... ¿Vendrá pronto a buscarme...?» Sonriendo con ternura, la santa
murmuró: «Sí, pronto, pronto... Te lo prometo». «Madre, añadí, dime
también si Dios no me pide tal vez algo [2vº] más que mis pobres acciones
y mis deseos. ¿Está contento de mí?» El rostro de la santa asumió una
expresión incomparablemente más tierna que la primera vez que me
habló. Su mirada y sus caricias eran ya la más dulce de las respuestas.
Sin embargo, me dijo: «Dios no te pide ninguna otra cosa. Está contento,
¡muy contento...!»
Y después de volver a acariciarme con mucho más amor con que jamás
acarició a su hijo la más tierna de las madres, la vi alejarse... Mi corazón
rebosaba de alegría, pero me acordé de mis hermanas y quise pedir
algunas gracias para ellas. Pero, ¡ay!..., me desperté...
¡Jesús!, ya no rugía la tormenta, el cielo estaba en calma y sereno... Yo
creía, sabía que hay un cielo, y que ese cielo está poblado de almas que
me quieren y que me miran como a hija suya...
Esta impresión ha quedado grabada en mi corazón. Lo cual es tanto más
curioso, cuanto que la Venerable Ana de Jesús me había sido hasta
entonces del todo indiferente, nunca la había invocado, y su pensamiento
sólo me venía a la mente cuando oía hablar de ella, lo que ocurría raras
veces.
Por eso, cuando comprendí hasta qué punto me quería ella a mí, y qué
lejos estaba yo de serle indiferente, mi corazón se deshizo en amor y
gratitud, y no sólo hacia la santa que me había visitado, sino hacia todos
los bienaventurados moradores del cielo...
¡Amado mío!, esta gracia no era más que el preludio de otras gracias
mayores con que tú querías colmarme. Déjame, mi único amor, que te las
recuerde hoy..., hoy, sí, sexto aniversario de nuestra unión... Y perdóname,
Jesús mío, si digo desatinos al querer expresarte mis deseos, mis
esperanzas que rayan el infinito, ¡¡¡perdóname y cura mi alma dándole lo
que espera...!!!

Todas las vocaciones

Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de
almas, debería bastarme... Pero no es así... Ciertamente, estos tres
privilegios son la esencia de mi vocación: carmelita, esposa y madre.
Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones : siento la vocación de
guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra,
siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas
hazañas... Siento en mi alma el valor de un cruzado, de un zuavo
pontificio. Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de
batalla...
Siento en mí la vocación de sacerdote . ¡Con qué amor, Jesús, te llevaría
en mis manos cuando, al conjuro de mi voz, bajaras del cielo...!¡Con qué
amor te entregaría a las almas...!Pero, ¡ay!, aun deseando ser sacerdote,
admiro y envidio la humildad de san Francisco de Asís y siento en mí la
vocación de imitarle renunciado a la sublime dignidad del sacerdocio.
¡Oh, Jesús, amor mío, mi vida...!, ¿cómo hermanar estos contrastes? [3rº]
¿Cómo convertir en realidad los deseos de mi pobrecita alma?
Sí, a pesar de mi pequeñez, quisiera iluminar a las almas como los
profetas y como los doctores.
Tengo vocación de apóstol... Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre
y plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel. Pero Amado mío, una sola misión
no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo
tiempo en las cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas...
Quisiera se misionero no sólo durante algunos años, sino haberlo sido
desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de
los siglos...
Pero, sobre todo y por encima de todo, amado Salvador mío, quisiera
derramar por ti hasta la última gota de mi sangre...
¡El martirio!¡El sueño de mi juventud!Un sueño que ha ido creciendo
conmigo en los claustros del Carmelo... Pero siento que también este
sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola clase
de martirio... Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos...
Como tú, adorado Esposo mío, quisiera ser flagelada y crucificada...
Quisiera morir desollada, como san Bartolomé... Quisiera ser sumergida,
como san Juan, en aceite hirviendo... Quisiera sufrir todos los suplicios
infligidos a los mártires... Con santa Inés y santa Cecilia, quisiera presentar
mi cuello a la espada, y como Juana de Arco, mi hermana querida, quisiera
susurrar tu nombre en la hoguera, Jesús... Al pensar en los tormentos que
serán el lote de los cristianos en tiempos del anticristo, siento que mi
corazón se estremece de alegría y quisiera que esos tormentos estuviesen
reservados para mí... Jesús, Jesús, si quisiera poner por escrito todos mis
deseos, necesitaría que me prestaras tu libro de la vida, donde están
consignadas las hazañas de todos los santos, y todas esas hazañas
quisiera realizarlas yo por ti...
Jesús mío, ¿y tú qué responderás a todas mis locuras...? ¿Existe acaso un
alma pequeña y más impotente que la mía...? Sin embargo, Señor,
precisamente a causa de mi debilidad, tú has querido colmar mis
pequeños deseos infantiles, y hoy quieres colmar otros deseos míos más
grandes que el universo...
Como estos mis deseos me hacían sufrir durante la oración un verdadero
martirio, abrí las cartas de san Pablo con el fin de buscar una respuesta. Y
mis ojos se encontraron con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los
Corintios...
Leí en el primero que no todos pueden ser apóstoles, o profetas, o
doctores, etc...; que la Iglesia está compuesta de diferentes miembros, y
que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano.
... La respuesta estaba clara, pero no colmaba mis deseos ni me daba la
paz...
Al igual que Magdalena, inclinándose sin cesar sobre la tumba vacía,
acabó por encontrar [3vº] lo que buscaba, así también yo, abajándome
hasta las profundidades de mi nada, subí tan alto que logré alcanzar mi
intento...
Seguí leyendo, sin desanimarme, y esta frase me reconfortó: «Ambicionad
los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino inigualable». Y el
apóstol va explicando cómo los mejores carismas nada son sin el amor... Y
que la caridad es ese camino inigualable que conduce a Dios con total
seguridad.
Podía, por fin, descansar... Al mirar el cuerpo místico de la Iglesia, yo no
me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo;
o, mejor dicho, quería reconocerme en todos ellos...
La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia
tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el
más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía
un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor.
Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la
Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían
el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre...
Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor
lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares... En una
palabra, ¡que el amor es eterno...!
Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al
fin he encontrado mi vocación!¡Mi vocación es el amor...!
Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú
quien me lo ha dado... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el
amor... Así lo seré todo... ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad...!!!
¿Por qué hablar de alegría delirante? No, no es ésta la expresión justa. Es,
más bien, la paz tranquila y serena del navegante al divisar el faro que ha
de conducirle al puerto... ¡Oh, faro luminoso del amor, yo sé cómo llegar
hasta ti!He encontrado el secreto para apropiarme tu llama.
No soy más que una niña, impotente y débil. Sin embargo, es
precisamente mi debilidad lo que me da la audacia para ofrecerme como
víctima a tu amor, ¡oh Jesús!Antiguamente, sólo las hostias puras y sin
mancha eran aceptadas por el Dios fuerte y poderoso. Para satisfacer a la
justicia divina, se necesitaban víctimas perfectas. Pero a la ley del temor le
ha sucedido la ley del amor, y el amor me ha escogido a mí, débil e
imperfecta criatura, como holocausto... ¿No es ésta una elección digna del
amor...? Sí, para que el amor quede plenamente satisfecho, es preciso que
se abaje hasta la nada y que transforme en fuego esa nada...
[4rº] Lo sé, Jesús, el amor sólo con amor se paga. Por eso he buscado y
hallado la forma de aliviar mi corazón devolviéndote amor por amor.
«Ganaos amigos con el dinero injusto, para que os reciban en las moradas
eternas». Este es, Señor, el consejo que diste a tus discípulos después de
decirles que «los hijos de las tinieblas son más astutos en sus negocios
que los hijos de la luz».
Y yo, como hija de la luz, comprendí que mis deseos de serlo todo, de
abarcar todas las vocaciones, eran riquezas que podían muy bien hacerme
injusta; por eso me he servido de ellas para ganarme amigos...
Acordándome de la oración de Eliseo a su Padre Elías, cuando se atrevió
a pedirle su doble espíritu, me presenté ante los ángeles y los santos y les
dije: «Yo soy la más pequeña de las criaturas. Conozco mi miseria y mi
debilidad. Pero sé también cuánto les gusta a los corazones nobles y
generosos hacer el bien. Os suplico, pues, bienaventurados moradores del
cielo, os suplico que me adoptéis por hija. Sólo vuestra será la gloria que
me hagáis adquirir, pero dignaos escuchar mi súplica. Ya sé que es
temeraria, sin embargo me atrevo a pediros que me alcancéis: vuestro
doble amor ».
Jesús, no puedo ir más allá en mi petición, temería verme aplastada bajo
el peso de mis audaces deseos...
La excusa que tengo es que soy una niña, y los niños no piensan en el
alcance de sus palabras. Sin embargo sus padres, cuando ocupan un
trono y poseen inmensos tesoros, no dudan en satisfacer los deseos de
esos pequeñajos a los que aman tanto como a sí mismos; por
complacerles, hacen locuras y hasta se vuelven débiles...
Pues bien, yo soy la HIJA de la Iglesia, y la Iglesia es Reina, pues es tu
Esposa, oh, divino Rey de reyes...

Arrojar flores

No son riquezas ni gloria (ni siquiera la gloria del cielo) lo que pide el
corazón del niñito... El entiende muy bien que la gloria pertenece a sus
hermanos, los ángeles y los santos... La suya será un reflejo de la que
irradia de la frente de su madre.
Lo que él pide es el amor... No sabe más que una cosa: amarte, Jesús...
Las obras deslumbrantes le están vedadas: no puede predicar el
Evangelio, ni derramar su sangre... Pero ¿qué importa?, sus hermanos
trabajan en su lugar, y él, como un niño pequeño, se queda muy cerquita
del trono del Rey y de la Reina y ama por sus hermanos que luchan...
¿Pero cómo podrá demostrar él su amor, si es que el amor se demuestra
con obras? Pues bien, el niñito arrojará flores, aromará con sus perfumes
el trono real, cantará con su voz argentina el cántico del amor...
Sí, Amado mío, así es como se consumirá mi vida... No tengo otra forma
de demostrarte mi amor que arrojando flores, es decir, no dejando escapar
ningún pequeño sacrificio, ni una sola mirada, [4vº] ni una sola palabra,
aprovechando hasta las más pequeñas cosas y haciéndolas por amor...
Quiero sufrir por amor, y hasta gozar por amor. Así arrojaré flores delante
de tu trono. No encontraré ni una sola en mi camino que no deshoje para
ti. Y además, al arrojar mis flores, cantaré (¿puede alguien llorar mientras
realiza una acción tan alegre?), cantaré aun cuando tenga que coger las
flores entre las espinas, y tanto más melodioso será mi canto, cuanto más
largas y punzantes sean las espinas.
¿Y de qué te servirán, Jesús, mis flores y mis cantos...? Sí, lo sé muy bien:
esa lluvia perfumada, esos pétalos frágiles y sin valor alguno, esos
cánticos de amor del más pequeño de los corazones te fascinarán.
Sí, esas naderías te gustarán y harán sonreír a la Iglesia triunfante, que
recogerá mis flores deshojadas por amor y las pasará por tus divinas
manos, Jesús. Y luego esa Iglesia del cielo, queriendo jugar con su hijito,
arrojará también ella esas flores -que habrán adquirido a tu toque divino un
valor infinito- arrojará esas flores sobre la Iglesia sufriente para apagar sus
llamas, y las arrojará también sobre la Iglesia militante para hacerla
alcanzar la victoria...
¡Jesús mío, te amo!Amo a la Iglesia, mi Madre. Recuerdo que «el más
pequeño movimiento depuro amor es más útil a la Iglesia que todas las
demás obras juntas».
¿Pero hay de verdad puro amor en mi corazón...? Mis inmensos deseos
¿no serán un sueño, una locura...? ¡Ay!, si así fuera, dame luz tú, Jesús.
Tú sabes que busco la verdad... Si mis deseos son temerarios, hazlos tú
desaparecer, pues estos deseos son para mí el mayor de los martirios...
Sin embargo, Jesús, siento en mi interior que, si después de haber ansiado
con toda el alma llegar a las más elevadas regiones del amor, no llegase
un día a alcanzarlas, habré saboreado una mayor dulzura en medio de mi
martirio, en medio de mi locura, que la que gozaría en el seno de los gozos
de la patria; a no ser que, por un milagro, me dejes conservar allí el
recuerdo de las esperanzas que he tenido en la tierra.
Así pues, déjame gozar durante mi destierro las delicias del amor. Déjame
saborear las dulces amarguras de mi martirio...
Jesús, Jesús, si tan delicioso es el deseo de amarte, ¿qué será poseer al
Amor, gozar del Amor...?
¿Cómo puede aspirar un alma tan imperfecta como la mía a poseer la
plenitud del Amor...?

El pajarillo

¡Oh, Jesús, mi primer y único amigo, el UNICO a quien yo amo!, dime qué
misterio es éste. ¿Por qué no reservas estas aspiraciones tan inmensas
para las almas grandes, para las águilas que se ciernen en las alturas...?
Yo me considero un débil pajarito cubierto únicamente por un ligero
plumón. Yo no soy un águila, sólo tengo de águila los ojos y el corazón,
pues, a pesar de mi extrema pequeñez, me atrevo a mirar fijamente al Sol
divino, al Sol del Amor, y mi corazón siente en sí todas las [5rº]
aspiraciones del águila...
El pajarillo quisiera volar hacia ese Sol brillante que encandila sus ojos;
quisiera imitar a sus hermanas las águilas, a las que ve elevarse hacia el
foco divino de la Santísima Trinidad... Pero, ¡ay,!lo más que puede hacer
es alzar sus alitas, ¡pero eso de volar no está en su modesto poder!
¿Qué será de él? ¿Morirá de pena al verse tan impotente...? No, no, el
pajarillo ni siquiera se desconsolará. Con audaz abandono, quiere seguir
con la mirada fija en su divino Sol. Nada podrá asustarlo, ni el viento ni la
lluvia. Y si oscuras nubes llegaran a ocultarle el Astro del amor, el pajarito
no cambiará de lugar: sabe que más allá de las nubes su Sol sigue
brillando y que su resplandor no puede eclipsarse ni un instante.
Es cierto que, a veces, el corazón del pajarito se ve embestido por la
tormenta, y no le parece que pueda existir otra cosa que las nubes que lo
rodean. Esa es la hora de la alegría perfecta para ese pobre y débil ser.
¡Qué dicha para él seguir allí, a pesar de todo, mirando fijamente a la luz
invisible que se oculta a su fe...!
Jesús, hasta aquí puedo entender tu amor al pajarito, ya que éste no se
aleja de ti... Pero yo sé, y tú también lo sabes, que muchas veces la
imperfecta criaturita, aun siguiendo en su lugar (es decir, bajo los rayos del
Sol), acaba distrayéndose un poco de su único quehacer: coge un granito
acá y allá, corre tras un gusanito...; luego, encontrando un charquito de
agua, moja en él sus plumas apenas formadas; ve una flor que le gusta, y
su espíritu débil se entretiene con la flor... En una palabra, el pobre
pajarito, al no poder cernerse como las águilas, se sigue entreteniendo con
las bagatelas de la tierra.
Sin embargo, después de todas sus travesuras, el pajarillo, en vez de ir a
esconderse en un rincón para llorar su miseria y morirse de
arrepentimiento, se vuelve hacia su amado Sol, expone a sus rayos
bienhechores sus alitas mojadas, gime como la golondrina; y, en su dulce
canto, confía y cuenta detalladam
temerario abandono, adquirir así un mayor dominio, atraer con mayor
plenitud el amor de Aquel que no vino a buscar a los justos sino a los
pecadores...
Y si el Astro adorado sigue sordo a los gorjeos lastimeros de su criaturita,
si sigue oculto..., pues bien, entonces la criaturita seguirá allí mojada,
aceptará estar aterida de frío, y seguirá alegrándose de ese sufrimiento
que en realidad ha merecido...
¡Qué feliz, Jesús, es tu pajarito de ser débil y pequeño!Pues ¿qué sería de
él si fuera grande...? Jamás tendría la audacia de comparecer en tu
presencia, de dormitar delante de ti...
Sí, ésta es también otra debilidad del pajarito cuando quiere mirar
fijamente al Sol divino y las nubes no le dejan ver ni un solo rayo: a pesar
suyo, sus ojitos se cierran, su cabecita se esconde bajo el ala, y el
pobrecito se duerme creyendo seguir mirando fijamente a su Astro querido.
Pero al despertar, no se desconsuela, su corazoncito sigue en paz. Y
vuelve a comenzar su oficio de amor. Invoca a los ángeles y a los santos,
que se elevan como águilas hacia el Foco devorador, objeto de sus
anhelos, [5vº] y las águilas, compadeciéndose de su hermanito, le
protegen y defienden y ponen en fuga a los buitres que quisieran
devorarlo.
El pajarito no teme a los buitres, imágenes de los demonios, pues no está
destinado a ser su presa, sino la del Aguila que él contempla en el centro
del Sol del amor.

El águila divina

¡Oh, Verbo divino!, tú eres el Aguila adorada que yo amo, la que atrae .
Eres tú quien, precipitándote sobre la tierra del exilio, quisiste sufrir y morir
a fin de atraer a las almas hasta el centro del Foco eterno de la Trinidad
bienventurada. Eres tú quien, remontándote hacia la Luz inaccesible que
será ya para siempre tu morada, sigues viviendo en este valle de lágrimas,
escondido bajo las apariencias de una blanca hostia...
Aguila eterna, tú quieres alimentarme con tu sustancia divina, a mí, pobre
e insignificante ser que volvería a la nada si tu mirada divina no me diese
la vida a cada instante.
Jesús, déjame que te diga, en el exceso de mi gratitud, déjame, sí, que te
diga que tu amor llega hasta la locura... ¿Cómo quieres que, ante esa
locura, mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo va a conocer límites mi
confianza...?
Sí, ya sé que también los santos hicieron locuras por ti, que hicieron obras
grandes porque ellos eran águilas...
Jesús, yo soy demasiado pequeña para hacer obras grandes..., y mi locura
consiste en esperar que tu amor me acepte como víctima... Mi locura
consiste en suplicar a las águilas mis hermanas que me obtengan la gracia
de volar hacia el Sol del amor con las propias alas del Aguila divina...
Durante todo el tiempo que tú quieras, Amado mío, tu pajarito seguirá sin
fuerzas y sin alas, seguirá con los ojos fijos en ti. Quiere ser fascinado por
tu mirada divina, quiere ser presa de tu amor...
Un día, así lo espero, Aguila adorada, vendrás a buscar a tu pajarillo; y,
remontándote con él hasta el Foco del amor, lo sumergirás por toda la
eternidad en el ardiente Abismo de ese amor al que él se ofreció como
víctima

Fin del Manuscrito B

¡Que no pueda yo, Jesús, revelar a todas las almas pequeñas cuán
inefable es tu condescendencia...!
Estoy convencida de que, si por un imposible, encontrases un alma más
débil y más pequeña que la mía, te complacerías en colmarla de gracias
todavía mayores, con tal de que ella se abandonase con entera confianza
a tu misericordia infinita.
¿Pero por qué estos deseos, Jesús, de comunicar los secretos de tu
amor? ¿No fuiste tú, y nadie más que tú, el que me los enseñó a mí? ¿Y
no puedes, entonces, revelárselos también a otros...?
Sí, lo sé muy bien, y te conjuro a que lo hagas. Te suplico que hagas
descender tu mirada divina sobre un gran número de almas pequeñas...
¡Te suplico que escojas una legión de pequeñas víctimas dignas de tu
AMOR...!
La insignificante sor Teresa del Niño Jesús de la Sta. Faz, rel. carm. ind.

MANUSCRITO DIRIGIDO A LA MADRE MARIA DE GONZAGA
Manuscrito «C»
CAPÍTULO X
LA PRUEBA DE LA FE
(1896-1897) [1rº]
J.M.J.T.

Madre mía querida, me ha manifestado el deseo de que termine de cantar
con usted las misericordias del Señor.
Este dulce canto había empezado a cantarlo con su hija querida, Inés de
Jesús, que fue la madre a quien Dios encomendó la misión de guiarme en
los años de mi niñez. Con ella, pues, tenía que cantar las gracias
otorgadas a la florecita de la Santísima Virgen en la primavera de su vida.
Pero ahora que los tímidos rayos de la aurora han dado paso a los
ardientes rayos del mediodía, es con usted con quien debo cantar la
felicidad de esa florecilla.

Teresa y su priora

Sí, Madre querida, con usted. Y para responder a su deseo, intentaré
expresar los sentimientos de mi alma, mi gratitud a Dios y también a usted
que lo representa visiblemente a mis ojos. ¿No me entregué toda a El
precisamente entre sus manos maternales?
¿Se acuerda, Madre, de aquel día...? Sí, yo sé que su corazón no lo
olvida... En cuanto a mí, tendré que esperar a estar en el cielo, pues aquí
abajo en la tierra no encuentro palabras para traducir lo que aquel día
bendito pasó en mi corazón.
Madre querida, hay otro día en que mi alma se unió aún más, si es posible,
a la suya. Fue el día en que Jesús volvió a poner sobre sus hombros la
carga del priorato1. Aquel día, Madre querida, usted sembró entre
lágrimas, pero en el cielo rebosará de alegría [1vº] al ver sus manos
cargadas de preciosas gavillas.
Perdóneme, Madre, mi sencillez infantil. Yo sé que me va a permitir
hablarle sin andar rebuscando lo que a una joven religiosa le está
permitido decirle a su priora. Tal vez no siempre me mantenga dentro de
los límites prescritos a los súbditos; pero, Madre, me atrevo a decir que la
culpa será suya, pues yo la trato como una hija2, ya que usted no me trata
como priora sino como madre...
Sé muy bien, Madre querida, que a través de usted me habla Dios.
Muchas hermanas piensan que usted me ha mimado, que desde mi
entrada en el arca santa no he recibido de usted más que halagos y
caricias. Sin embargo, no es así.
En el cuaderno que contiene mis recuerdos de la infancia, podrá ver lo que
pienso sobre la educación recia y maternal que usted me dio. Desde lo
más hondo de mi corazón le agradezco que no me haya tratado con
miramientos. Jesús sabía muy bien que su florecita necesitaba el agua
vivificante de la humillación, que era demasiado débil para echar raíces sin
esa ayuda, y quiso prestársela, Madre, por medio de usted.
De un año y medio a esta parte, Jesús ha querido cambiar la forma de
hacer crecer a su florecita; sin duda pensó que estaba ya suficientemente
regada, pues ahora es el sol quien la hace crecer. Jesús no quiere ya para
ella más que su sonrisa divina, y esa sonrisa se la da también por medio
de usted, Madre querida. Y ese dulce sol, lejos de ajar a la florecita, la [2rº]
hace crecer de una manera maravillosa. En el fondo de su cáliz conserva
las preciosas gotas de roció que recibió, y esas gotas le recuerdan
incesantemente que es pequeña y débil...
Ya pueden todas las criaturas inclinarse hacia ella, admirarla, colmarla de
alabanzas. No sé por qué, pero nada de eso lograría añadir ni una gota de
falsa alegría a la verdadera alegría que saborea en su corazón al ver lo
que es en realidad a los ojos de Dios: una pobre nada, y sólo eso.
Digo que no sé por qué, ¿pero no será porque hasta tanto que su pequeño
cáliz no estuvo lo suficientemente lleno del rocío de la humillación, se vio
privada del agua de las alabanzas? Ahora ya no existe ese peligro; al
contrario, a la florecita le parece tan delicioso el rocío que la llena, que no
lo cambiaría por el agua insípida de los halagos.
No quiero hablar, Madre querida, de las muestras de amor y de confianza
que usted me ha dado3. Pero no piense que el corazón de su hija sea
insensible a ellas. Lo que pasa es que sé muy bien que ahora no tengo
nada que temer; al contrario, puedo gozarme de ellas, atribuyendo a Dios
todo lo bueno que él ha querido poner en mí. Si a él le gusta hacerme
parecer mejor de lo que soy, no es cosa mía, es muy libre de hacer lo que
quiera...
¡Por qué caminos tan diferentes, Madre, lleva el Señor a las almas!En la
vida de los santos, vemos que hay muchos que no han querido dejar nada
de sí mismos [2vº] después de su muerte: ni el menor recuerdo, ni el
menor escrito; hay otros, en cambio, como nuestra Madre santa Teresa,
que han enriquecido a la Iglesia con sus sublimes revelaciones, sin temor
alguno a revelar los secretos del Rey, a fin de que sea más conocido y
más amado de las almas.
¿Cuál de estos dos tipos de santo agrada más a Dios? Me parece, Madre,
que ambos le agradan por igual, pues todos ellos han seguido las
mociones del Espíritu Santo, y el Señor dijo: Decid al justo que todo está
bien. Sí, cuando sólo se busca la voluntad de Jesús, todo está bien. Por
eso, yo, pobre florecita, obedezco a Jesús tratando de complacer a mi
Madre querida.
Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!,
cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo
existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde
en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en
vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar
deseos irrealizables4; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar
a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual
soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al
cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente
nuevo.

El ascensor divino

Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo
de subir los peldaños de una [3rº] escalera: en las casas de los ricos, un
ascensor la suple ventajosamente.
Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús,
pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección.
Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto
de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de Sabiduría eterna: El
que sea pequeñito, que venga a mí.
Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y
queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que
responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré:
Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis
brazos y sobre mis rodillas os meceré.
Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El
ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús!Y para
eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña,
tengo que empequeñecerme más y más.
Tú, Dios mío, has rebasado mi esperanza, y yo quiero cantar tus
misericordias: «Me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus
maravillas, y las seguiré publicando hasta mi edad más avanzada». Sal.
LXX.
¿Cuál será para mí esta edad avanzada? Me parece que podría ser ya
ahora, pues dos mil años no son más a los ojos de Dios que veinte años...,
que un solo día...
No piense, Madre querida, que su hija quiera dejarla... No crea que estime
como una [3vº] gracia mayor morir en la aurora de la vida que al atardecer.
Lo que ella estima, lo único que desea es agradar a Jesús... Ahora que él
parece acercarse a ella para llevarla a la morada de su gloria, su hija se
alegra. Hace ya mucho que ha comprendido que Dios no tiene necesidad
de nadie (y mucho menos de ella que de los demás) para hacer el bien en
la tierra.
Perdóneme, Madre, si la estoy poniendo triste..., me gustaría tanto
alegrarla... Pero si sus oraciones no son escuchadas en la tierra, si Jesús
separa durante algunos días a la Madre de la hija, ¿cree que esas
oraciones no serán escuchadas en el cielo...?
Yo sé que su deseo es que yo realice junto a usted una misión muy5 dulce
y muy fácil. ¿Pero no podría concluirla desde el cielo...? Como un día
Jesús dijo a san Pedro, también usted le dijo a su hija: «Apacienta mis
corderos». Y yo me quedé atónita, y le dije que «era demasiado
pequeña...», y le pedí que apacentase usted misma a sus corderitos, y que
me cuidase también a mí y me concediera la gracia de pastar con ellos. Y
usted, Madre querida, respondiendo en parte a mi justo deseo, cuidó de
los corderitos a la vez que de las ovejas6, encargándome a mí de llevarlos
a ellos con frecuencia a pacer a la sombra, de enseñarles las hierbas
mejores y las más nutritivas, y también de mostrarles las flores de
brillantes colores que nunca deben tocar a no ser para aplastarlas con sus
pies...
Usted no ha temido, Madre querida, que yo extraviase a sus corderitos. Ni
mi inexperiencia ni mi [4rº] juventud la han asustado. Tal vez se acordó de
que el Señor se suele complacer en conceder la sabiduría a los pequeños,
y de que un día, exultante de gozo, bendijo a su Padre por haber
escondido sus secretos a los sabios y entendidos y habérselas revelado a
los más pequeños.
Usted, Madre, sabe bien que son muy pocas las almas que no miden el
poder divino por la medida de sus cortos pensamientos y que quieren que
haya excepciones a todo en la tierra. ¡Sólo Dios no tiene derecho alguno a
hacerlas!Sé que hace mucho tiempo que entre los humanos se practica
esta forma de medir la experiencia por los años, pues ya el santo rey David
en su adolescencia cantaba al Señor: «Soy joven y despreciado». Sin
embargo, no teme decir en ese mismo salmo 118: «Soy más sagaz que los
ancianos, porque busco tu voluntad... Tu palabra es lámpara para mis
pasos... Estoy dispuesto para cumplir tus mandatos, y nada me turba...»
Madre querida, usted no tuvo reparo en decirme un día que Dios iluminaba
mi alma, que hasta me daba la experiencia de los años... Madre, yo soy
demasiado pequeña para sentir vanidad, soy demasiado pequeña también
para hacer frases bonitas con el fin de hacerle creer que tengo una gran
humildad. Prefiero reconocer con toda sencillez que el Todopoderoso ha
hecho obras grandes en el alma de la hija de su divina Madre, y que la
más grande de todas es haberle hecho ver su pequeñez, su impotencia.
[4vº] Madre querida, usted sabe cómo Dios ha querido que mi alma pasara
por muchas clases de pruebas. He sufrido mucho desde que estoy en la
tierra. Pero si en mi niñez sufría con tristeza, ahora ya no sufro así: lo hago
con alegría y con paz, soy realmente feliz de sufrir.
Madre, muy bien tiene que conocer usted todos los secretos de mi alma
para no sonreír al leer estas líneas. Pues, a juzgar por las apariencias,
¿existe acaso un alma menos probada que la mía? Pero ¡qué extrañada
se quedaría mucha gente si la prueba que desde hace un año vengo
sufriendo apareciese ante sus ojos...!
Usted, Madre querida, conoce ya esta prueba. Sin embargo, quiero volver
a hablarle de ella, pues la considero como una gracia muy grande que he
recibido durante su bendito priorato.

Primeras hemoptisis

El año pasado, Dios me concedió el consuelo de observar los ayunos de
cuaresma en todo su rigor. Nunca me había sentido tan fuerte, y estas
fuerzas se mantuvieron hasta Pascua.
Sin embargo, el día de Viernes Santo7 Jesús quiso darme la esperanza de
ir pronto a verle en el cielo... ¡Qué dulce es el recuerdo que tengo de ello...!
Después de haberme quedado hasta media noche ante el monumento,
volví a nuestra celda. Pero apenas había apoyado la cabeza en la
almohada, cuando sentí como un flujo que subía, que me subía
borboteando hasta los labios.
Yo no sabía lo que era, pero pensé que a lo mejor me iba a morir, y mi
alma se sintió inundada [5rº] de gozo... Sin embargo, como nuestra
lámpara estaba apagada, me dije a mí misma que tendría que esperar
hasta la mañana para cerciorarme de mi felicidad, pues me parecía que lo
que había vomitado era sangre.
La mañana no se hizo esperar mucho, y lo primero que pensé al
despertarme fue que iba a descubrir algo muy hermoso. Acercándome a la
ventana, pude comprobar que no me había equivocado..., ¡y mi alma se
llenó de una enorme alegría!Estaba íntimamente convencida de que
Jesús, en el aniversario de su muerte, quería hacerme oír una primera
llamada. Era como un tenue y lejano murmullo que me anunciaba la
llegada del Esposo...
Asistí con gran fervor a Prima y al capítulo de los perdones8. Estaba
impaciente porque me llegara el turno, para, al pedirle perdón, Madre
querida, poder confiarle mi esperanza y mi felicidad. Pero añadí que no
sufría lo más mínimo (lo cual era muy cierto), y le pedí, Madre, que no me
diese nada especial. Y, en efecto, tuve la alegría de pasar el Viernes Santo
como deseaba. Nunca me parecieron tan deliciosas las austeridades del
Carmelo. La esperanza de ir al cielo me volvía loca de alegría.
Cuando llegó la noche de aquel venturoso día, nos fuimos a descansar.
Pero, como la noche anterior, Jesús me dio la misma señal de que mi
entrada en la vida eterna no estaba lejos...

La mesa de los pecadores

Yo gozaba por entonces de una fe tan viva y tan clara, que el pensamiento
del cielo constituía toda mi felicidad. No me cabía en la cabeza [5vº] que
hubiese incrédulos que no tuviesen fe. Me parecía que hablaban por
hablar cuando negaban la existencia del cielo, de ese hermoso cielo donde
el mismo Dios quería ser su eterna recompensa.
Durante los días tan gozosos del tiempo pascual, Jesús me hizo conocer
por experiencia que realmente hay almas que no tienen fe, y otras que, por
abusar de la gracia, pierden ese precioso tesoro, fuente de las única
alegrías puras y verdaderas.
Permitió que mi alma se viese invadida por las más densas tinieblas, y que
el pensamiento del cielo, tan dulce para mí, sólo fuese en adelante motivo
de lucha y de tormento...
Esta prueba no debía durar sólo unos días, o unas semanas: no se
extinguirá hasta la hora marcada por Dios..., y esa hora no ha sonado
todavía...
Quisiera poder expresar lo que siento, pero, ¡ay!, creo que es imposible.
Es preciso haber peregrinado por este negro túnel para comprender su
oscuridad. Trataré, sin embargo, de explicarlo con una comparación.
Me imagino que he nacido en un país cubierto de espesa niebla, y que
nunca he contemplado el rostro risueño de la naturaleza inundada de luz y
transfigurada por el sol radiante. Es cierto que desde la niñez estoy oyendo
hablar de esas maravillas. Sé que el país en el que vivo no es mi patria y
que hay otro al que debo aspirar sin cesar. Esto no es una historia
inventada por un habitante del triste país donde me encuentro, sino que es
una verdadera realidad, porque el Rey de aquella patria del sol radiante ha
venido a vivir 33 años [6rº] en el país de la tinieblas.
Las tinieblas, ¡ay!, no supieron comprender que este Rey divino era la luz
del mundo... Pero tu hija, Señor, ha comprendido tu divina luz y te pide
perdón para sus hermanos. Acepta comer el pan del dolor todo el tiempo
que tú quieras, y no quiere levantarse de esta mesa repleta de amargura,
donde comen los pobres pecadores, hasta que llegue el día que tú tienes
señalado... ¿Y no podrá también decir en nombre de ellos, en nombre de
sus hermanos: Ten compasión de nosotros, Señor, porque somos
pecadores...? ¡Haz, Señor, que volvamos justificados...!Que todos los que
no viven iluminados por la antorcha luminosa de la fe la vean, por fin,
brillar...
¡Oh, Jesús!, si es necesario que un alma que te ama purifique la mesa que
ellos han manchado, yo acepto comer sola en ella el pan de la tribulación
hasta que tengas a bien introducirme en tu reino luminoso... La única
gracia que te pido es la de no ofenderte jamás...
Madre querida, esto que le estoy escribiendo no tiene la menor ilación. Mi
pequeña historia, que se parecía a un cuento de hadas, se ha cambiado
de pronto en oración.
Yo no sé qué interés pueda usted encontrar en leer todos estos
pensamientos confusos y mal expresados. De todas maneras, Madre, no
escribo para hacer una obra literaria, sino por obediencia. Si la aburro,
verá al menos que su hija ha dado pruebas de su buena voluntad. Voy,
pues, [6vº] a continuar con mi comparación, sin desanimarme, desde el
punto en que la dejé.
Decía que desde niña crecí con la convicción de que un día me iría lejos
de aquel país triste y tenebroso. No sólo creía por lo que oía decir a
personas más sabias que yo, sino porque en el fondo de mi corazón yo
misma sentía profundas aspiraciones hacia una región más bella. Lo
mismo que a Cristóbal Colón su genio le hizo intuir que existía un nuevo
mundo, cuando nadie había soñado aún con él, así yo sentía que un día
otra tierra me habría de servir de morada permanente.
Pero de pronto, las nieblas que me rodean se hacen más densas, penetran
en mi alma y la envuelven de tal suerte, que me es imposible descubrir en
ella la imagen tan dulce de mi patria. ¡Todo ha desaparecido...!Cuando
quiero que mi corazón, cansado por las tinieblas que lo rodean, descanse
con el recuerdo del país luminoso por el que suspira, se redoblan mis
tormentos. Me parece que las tinieblas, adoptando la voz de los
pecadores, me dicen burlándose de mí: «Sueñas con la luz, con una patria
aromada con los más suaves perfumes; sueñas con la posesión eterna del
Creador de todas esas maravillas; crees que un día saldrás de las nieblas
que te rodean. ¡Adelante, adelante!Alégrate de la muerte, que te dará, no
lo que tú esperas, sino una noche más profunda todavía, la noche de la
nada».
[7rº] Madre querida, la imagen que he querido darle de las tinieblas que
oscurecen mi alma es tan imperfecta como un boceto comparado con el
modelo. Sin embargo, no quiero escribir más, por temor a blasfemar...
Hasta tengo miedo de haber dicho demasiado...
Que Jesús me perdone si le he disgustado. Pero él sabe muy bien que,
aunque yo no goce de la alegría de la fe, al menos trato de realizar sus
obras. Creo que he hecho más actos de fe de un año a esta parte que
durante toda mi vida. Cada vez que se presenta el combate, cuando los
enemigos vienen a provocarme, me porto valientemente: sabiendo que
batirse en duelo es una cobardía, vuelvo la espalda a mis adversarios sin
dignarme siquiera mirarlos a la cara, corro hacia mi Jesús y le digo que
estoy dispuesta a derramar hasta la última gota de mi sangre por confesar
que existe un cielo; le digo que me alegro de no gozar de ese hermoso
cielo aquí en la tierra para que él lo abra a los pobres incrédulos por toda
la eternidad.
Así, a pesar de esta prueba que me roba todo goce, aún puedo exclamar:
«Tus acciones, Señor, son mi alegría» (Sal XCI). Porque ¿existe alegría
mayor que la de sufrir por tu amor...? Cuanto más íntimo es el sufrimiento,
tanto menos aparece a los ojos de las criaturas y más te alegra a ti, Dios
mío. Pero si, por un imposible, ni tú mismo llegases a conocer mi
sufrimiento, yo aún me sentiría feliz de padecerlo si con él pudiese impedir
o reparar un solo pecado contra la fe...
[7vº] Madre querida, quizás le parezca que estoy exagerando mi prueba.
En efecto, si usted juzga por los sentimientos que expreso en las humildes
poesías que he compuesto durante este año, debo de parecerle un alma
llena de consuelos, para quien casi se ha rasgado ya el velo de la fe. Y sin
embargo, no es ya un velo para mí, es un muro que se alza hasta los
cielos y que cubre el firmamento estrellado...
Cuando canto la felicidad del cielo y la eterna posesión de Dios, no
experimento la menor alegría, pues canto simplemente lo que quiero creer.
Es cierto que, a veces, un rayo pequeñito de sol viene a iluminar mis
tinieblas, y entonces la prueba cesa un instante. Pero luego, el recuerdo de
ese rayo, en vez de causarme alegría, hace todavía más densas mis
tinieblas.
Nunca, Madre, he experimentado tan bien como ahora cuán compasivo y
misericordioso es el Señor: él no me ha enviado esta prueba hasta el
momento en que tenía fuerzas para soportarla; antes, creo que me
hubiese hundido en el desánimo... Ahora hace que desaparezca todo lo
que pudiera haber de satisfacción natural en el deseo que yo tenía del
cielo... Madre querida, ahora me parece que nada me impide ya volar,
pues no tengo ya grandes deseos, a no ser el de amar hasta morir de
amor... (9 de junio)9.
[8rº] Madre querida, estoy completamente asombrada de lo que le escribí
ayer. ¡Qué garabatos...!Me temblaba tanto la mano, que no pude
continuar, y ahora lamento hasta haber intentado seguir escribiendo.
Espero poder hacerlo hoy de manera más legible, pues ya no estoy en la
cama, sino en un precioso silloncito todo blanco.
Veo, Madre, que todo esto que le digo no tiene la menor ilación; pero antes
de hablarle del pasado, siento la necesidad de hablarle de mis
sentimientos actuales, pues más tarde quizás los haya olvidado
Quiero, ante todo, decirle cómo me conmueven todas sus delicadezas
maternales. Créame, Madre querida, el corazón de su hija desborda de
gratitud y nunca olvidará lo mucho que le debe...
Madre, lo que más me ha emocionado de todo es la novena que está
haciendo a nuestra Señora de las Victorias, son las Misas que ha
encargado decir para obtener mi curación. Siento que todos esos tesoros
espirituales hacen un gran bien a mi alma.
Al empezar la novena, yo le decía, Madre, que la Santísima Virgen tenía
que curarme o bien llevarme al cielo, pues me parecía muy triste para
usted y para la comunidad tener que cargar con una joven religiosa
enferma. Ahora acepto estar toda la vida enferma, si eso le agrada a Dios,
y me resigno incluso a que mi vida sea muy larga. La única gracia [8vº]
que deseo es que mi vida acabe rota por el amor.
No, no temo una vida larga, no rehuso el combate, pues el Señor es la
roca sobre la que me alzo, que adiestra mis manos para el combate, mis
dedos para la pelea, él es mi escudo, yo confío en él (Sal CXLIII). Por eso,
nunca he pedido a Dios morir joven10, aunque es cierto que siempre he
esperado que fuera ésa su voluntad.
Muchas veces el Señor se conforma con nuestros deseos de trabajar por
su gloria, y usted sabe, Madre mía, que mis deseos son muy grandes.
También sabe que Jesús me ha presentado más de un cáliz amargo y que
lo ha alejado de mis labios antes de que lo bebiera, pero no sin antes
darme a probar su amargura.
Madre querida, tenía razón el santo rey David cuando cantaba: Ved qué
dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos. Es verdad, y yo lo he
experimentado muchas veces, pero esa unión tiene que realizarse en la
tierra a base de sacrificios. Yo no vine al Carmelo para vivir con mis
hermanas, sino sólo por responder a la llamada de Jesús. Intuía
claramente que vivir con las propias hermanas, cuando una no quiere
hacer la menor concesión a la naturaleza, iba a ser un motivo de continuo
sacrificio,
¿Cómo se puede decir que es más perfecto alejarse de los suyos...? ¿Se
les ha reprochado alguna vez a los hermanos que combatan en el mismo
campo de batalla? ¿Se les ha reprochado el volar juntos a recoger la
palma del martirio...? Al contrario, se ha pensado, [9rº] y con razón, que se
animaban mutuamente, pero también que el martirio de cada uno de ellos
se convertía en el martirio de todos los demás.
Lo mismo ocurre en la vida religiosa, a la que los teólogos llaman martirio.
El corazón, al entregarse a Dios, no pierde su cariño natural; al contrario,
ese cariño crece al hacerse más puro y más divino.
Madre querida, con este cariño la amo yo a usted y amo a mis hermanas.
Soy feliz de combatir en familia11 por la gloria del Rey de los cielos. Pero
estoy dispuesta también a volar a otro campo de batalla, si el divino
General me expresa su deseo de que lo haga. No haría falta una orden,
bastaría una mirada, una simple señal.

La vocación misionera

Desde mi entrada en el arca bendita, siempre he pensado que si Jesús no
me llevaba muy pronto al cielo, mi suerte sería la misma que la de la
palomita de Noé: que un día el Señor abriría la ventana del arca y me
mandaría volar muy lejos, muy lejos, hacia las riberas infieles, llevando
conmigo la ramita de olivo.
Este pensamiento, Madre, ha hecho que mi alma creciera, y me ha hecho
cernerme por encima de todo lo creado. Comprendí que incluso en el
Carmelo podía haber separaciones y que sólo en el cielo la unión será
completa y eterna. Y entonces quise que mi alma habitase en el cielo y
que sólo de lejos mirase las cosas de la tierra. Acepté no sólo desterrarme
yo a un pueblo desconocido, sino que también -lo cual me resultaba
mucho más amargo- acepté el destierro [9vº] de mis hermanas.
Nunca olvidaré el 2 de agosto de 1896. Aquel día, que coincidió
precisamente con el de la partida de los misioneros12, se trató muy en
serio de la partida de la madre Inés de Jesús. Yo no hubiera movido un
solo dedo para impedirle partir; sin embargo, sentía una gran tristeza en mi
corazón. Me parecía que su alma, tan sensible y delicada, no estaba
hecha para vivir entre unas almas que no sabrían comprenderla. Otros mil
pensamientos se agolpaban en mi mente. Y Jesús callaba, no increpaba a
la tempestad... Y yo le decía: Dios mío, por tu amor lo acepto todo. Si así
lo quieres, acepto sufrir hasta morir de pena.
Jesús se contentó con la aceptación. Pero algunos meses después se
habló de la partida de sor Genoveva y de sor María de la Trinidad. Aquélla
fue otra clase de sufrimiento, muy íntimo, muy profundo. Me imaginaba
todos los trabajos y todas las decepciones que iban a tener que sufrir. En
una palabra, mi cielo estaba cargado de nubarrones... Sólo el fondo de mi
corazón seguía en calma y en la paz.
Su prudencia, Madre querida, supo descubrir la voluntad de Dios, y en su
nombre prohibió a las novicias pensar por el momento en abandonar la
cuna de su infancia religiosa.
No obstante, usted comprendía sus aspiraciones, pues usted misma,
Madre, había pedido en su juventud ir a Saigón. Ocurre con frecuencia que
los deseos de las madres hallan eco en el alma [10rº] de sus hijas. Y usted
sabe, Madre querida, que su deseo apostólico halla en mi alma un eco fiel.
Permítame confiarle por qué he deseado, y aún sigo deseándolo, si la
Santísima Virgen me cura, cambiar por una tierra extranjera el oasis donde
vivo tan feliz bajo su mirada maternal.
Para vivir en los Carmelos extranjeros -usted, Madre, me lo dijo- hay que
tener una vocación muy especial. Muchas almas se creen llamadas a ello
sin estarlo en realidad. Usted también me dijo que yo tenía esa vocación, y
que el único obstáculo para ello era mi salud. Sé que, si Dios me llamara a
tierras lejanas, ese obstáculo desaparecería. Por eso, vivo sin la menor
inquietud.
Si un día tuviese que dejar mi querido Carmelo, no lo haría, no, sin dolor.
Jesús no me ha dado un corazón insensible; y justamente porque mi
corazón es capaz de sufrir, deseo que le dé a Jesús todo lo que puede
darle. Aquí, Madre querida, vivo sin la menor preocupación por las cosas
de esta tierra miserable; mi único quehacer es cumplir la dulce y fácil
misión que usted me ha encomendado.
Aquí me veo colmada de sus atenciones maternales; no sé lo que es la
pobreza, pues nunca me ha faltado nada.
Pero, sobre todo, aquí me siento amada, por usted y por todas las
hermanas, y este afecto es muy dulce para mí.
Por eso sueño con un monasterio donde nadie me conociese, donde
tuviese que sufrir la pobreza, la falta de cariño, en una palabra, el destierro
del corazón.
No, la razón para abandonar todo esto que tanto amo no sería la de
prestar una serie de servicios al Carmelo que [10vº] quisiera recibirme.
Ciertamente, haría todo lo que dependiese de mí; pero conozco mi
incapacidad13 y sé que, aun haciendo todo lo posible, no lograría hacer
nada de provecho, pues, como decía hace un momento, no tengo el menor
conocimiento de las cosas de la tierra. Mi único objetivo sería, pues, hacer
la voluntad de Dios y sacrificarme por él de la manera que a él más le
agradase.
Estoy segura de que no sufriría la menor decepción, pues cuando se
espera un sufrimiento puro y sin mezcla de ninguna clase, la menor alegría
resulta una sorpresa inesperada. Y además, usted sabe, Madre, que el
mismo sufrimiento, cuando se lo busca como el más preciado tesoro, se
convierte en la mayor de las alegrías.
No, tampoco quiero partir con la intención de gozar del fruto de mis
trabajos. Si eso fuera lo que busco, no sentiría esta dulce paz que me
inunda, e incluso sufriría por no poder hacer realidad mi vocación en las
lejanas misiones.
Hace ya mucho tiempo que no me pertenezco a mí misma, vivo totalmente
entregada a Jesús. Por lo tanto, él es libre de hacer de mí lo que le plazca.
El me dio la vocación del destierro total, y me hizo comprender todos los
sufrimientos que en el iba a encontrar, preguntándome si quería beber ese
cáliz hasta las heces. Yo quise coger sin tardanza esa copa que Jesús me
ofrecía; pero él, retirando la mano, me dio a entender que se conformaba
con mi aceptación.
[11rº] ¡De cuántas inquietudes nos libramos, Madre mía, al hacer el voto
de obediencia!¡Qué dichosas son las simples religiosas!Al ser su única
brújula la voluntad de los superiores, tienen siempre la seguridad de estar
en el buen camino. No tienen por qué temer equivocarse, aun cuando les
parezca seguro que los superiores se equivocan.
Pero cuando dejamos de mirar a esa brújula infalible, cuando nos
separamos del camino que ella nos señala, bajo pretexto de cumplir la
voluntad de Dios, que no ilumina bien a los que sin embargo están en su
lugar, entonces el alma se extravía por áridos caminos en los que pronto le
faltará el agua de la gracia.
Madre queridísima, usted es la brújula que Jesús me ha dado para
guiarme con seguridad a las riberas eternas. ¡Qué bueno es para mí fijar
en usted la mirada y luego cumplir la voluntad del Señor!Desde que él
permitió que sufriese tentaciones contra la fe, ha hecho crecer
enormemente en mi corazón el espíritu de fe, que me hace ver en usted,
no sólo a una madre que me ama y a quien amo, sino que, sobre todo, me
hace ver a Jesús que vive en su alma y que me comunica por medio de
usted su voluntad.
Sé muy bien, Madre, que usted me trata como a un alma débil, como a una
niña mimada; por eso, no me resulta pesado cargar con el yugo de la
obediencia. Pero, a juzgar por lo que siento en el fondo del corazón, creo
que no cambiaría de conducta y que el amor que le tengo no sufriría
merma alguna aunque [11vº] me tratase con severidad, pues seguiría
pensando que era voluntad de Jesús que usted actuase así para el mayor
bien de mi alma.

La caridad

Este año, Madre querida, Dios me ha concedido la gracia de comprender
lo que es la caridad. Es cierto que también antes la comprendía, pero de
manera imperfecta. No había profundizado en estas palabras de Jesús:
«El segundo mandamiento es semejante al primero: Amarás a tu prójimo
como a ti mismo».
Yo me dedicaba sobre todo a amar a Dios. Y amándolo, comprendí que mi
amor no podía expresarse tan sólo en palabras, porque: «No todo el que
me dice Señor, Señor entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple
la voluntad de Dios». Y esta voluntad, Jesús la dio a conocer muchas
veces, debería decir que casi en cada página de su Evangelio. Pero en la
última cena, cuando sabía que el corazón de sus discípulos ardía con un
amor más vivo hacia él, que acababa de entregarse a ellos en el inefable
misterio de la Eucaristía, aquel dulce Salvador quiso darles un
mandamientos nuevo. Y les dijo, con inefable ternura: os doy un
mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, que os améis unos a
otros igual que yo os he amado. La señal por la que conocerán todos que
sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros.
[12rº] ¿Y cómo amó Jesús a sus discípulos, y por qué los amó? No, no
eran sus cualidades naturales las que podían atraerle. Entre ellos y él la
distancia era infinita. El era la Ciencia, la Sabiduría eterna; ellos eran unos
pobres pescadores, ignorantes y llenos de pensamientos terrenos. Sin
embargo, Jesús los llama sus amigos, sus hermanos. Quiere verles reinar
con él en el reino de su Padre, y, para abrirles las puertas de ese reino,
quiere morir en una cruz, pues dijo: Nadie tiene amor más grande que el
que da la vida por sus amigos.
Madre querida, meditando estas palabras de Jesús, comprendí lo
imperfecto que era mi amor a mis hermanas y vi que no las amaba como
las ama Dios. Sí, ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en
soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades,
en edificarse de los más pequeños actos de virtud que les veamos
practicar. Pero, sobre todo, comprendí que la caridad no debe quedarse
encerrada en el fondo del corazón: Nadie, dijo Jesús, enciende una
lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el
candelero y que alumbre a todos los de la casa.
Yo pienso que esa lámpara representa a la caridad, que debe alumbrar y
alegrar, no sólo a los que me son más queridos, sino a todos los que están
en la casa, sin exceptuar a nadie.
Cuando el Señor mandó a su pueblo amar al prójimo [12vº] como a sí
mismo, todavía no había venido a la tierra. Por eso, sabiendo bien hasta
qué grado se ama uno a sí mismo, no podía pedir a sus criaturas un amor
mayor al prójimo. Pero cuando Jesús dio a sus apóstoles un mandamiento
nuevo -su mandamiento, como lo llama más adelante-, ya no habla de
amar al prójimo como a uno mismo, sino de amarle como él, Jesús, le amó
y como le amará hasta la consumación de los siglos...
Yo sé, Señor, que tú no mandas nada imposible. Tú conoces mejor que yo
mi debilidad, mi imperfección. Tú sabes bien que yo nunca podría amar a
mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras
también en mí. Y porque querías concederme esta gracia, por eso diste un
mandamiento nuevo...
¡Y cómo amo este mandamiento, pues me da la certeza de que tu voluntad
es amar tú en mí a todos los que me mandas amar...!
Sí, lo se: cuando soy caritativa, es únicamente Jesús quien actúa en mí.
Cuanto más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas. Cuando
quiero hacer que crezca en mí ese amor, y sobre todo cuando el demonio
intenta poner ante los ojos de mi alma los defectos de tal o cual hermana
que me cae menos simpática, me apresuro a buscar sus virtudes y sus
buenos deseos, pienso que si la he visto caer una vez, puede haber
conseguido un gran [13rº] número de victorias que oculta por humildad, y
que incluso lo que a mí me parece una falta puede muy bien ser, debido a
la recta intención, un acto de virtud. Y no me cuesta convencerme de ello,
pues yo misma viví un día una experiencia que me demostró que no
debemos juzgar a los demás..
Fue durante la recreación. La portera tocó dos campanadas, había que
abrir la puerta de clausura a unos obreros para que metieran unos árboles
destinados al belén. La recreación no estaba animada, pues faltaba usted,
Madre querida. Así que pensé que me gustaría mucho que me mandasen
como tercera; y justo la madre subpriora me dijo que fuese yo a prestar
ese servicio, o bien la hermana que estaba a mi lado. Inmediatamente
comencé a desatarme el delantal, pero muy despacio para que mi
compañera pudiese quitarse el suyo antes que yo, pues pensaba darle un
gusto dejándola hacer de tercera. La hermana que suplía a la procuradora
nos miraba riendo, y, al ver que yo me había levantado la última, me dijo:
Ya sabía yo que no eras tú quien iba a ganarse una perla para tu corona,
ibas demasiado despacio...
Toda la comunidad, a no dudarlo, pensó que yo había actuado siguiendo
mi impulso natural. Pero es increíble el bien que una cosa tan insignificante
hizo a mi alma y lo comprensiva que me volvió ante las debilidades de las
demás.
Eso mismo me impide también tener vanidad cuando me juzgan
favorablemente, pues razono así: Si mis pequeños actos de virtud los
toman por imperfecciones, lo mismo pueden [13vº] engañarse tomando por
virtud lo que sólo es imperfección. Entonces digo con san Pablo: Para mí,
lo de menos es que me pida cuentas un tribunal humano; ni siquiera yo me
pido cuentas. Mi juez es el Señor. Por eso, para que el juicio del Señor me
sea favorable, o, mejor, simplemente para no ser juzgada, quiero tener
siempre pensamientos caritativos, pues Jesús nos dijo: No juzguéis, y no
os juzgarán.
Madre, al leer lo que acabo de escribir, usted podría pensar que la práctica
de la caridad no me resulta difícil. Es cierto que, desde hace algunos
meses, ya no tengo que luchar para practicar esta hermosa virtud. No
quiero decir con esto que no cometa algunas faltas. No, soy demasiado
imperfecta para eso. Pero cuando caigo, no me cuesta mucho levantarme,
porque en un cierto combate conseguí la victoria, y desde entonces la
milicia celestial viene en mi ayuda, pues no puede sufrir verme vencida
después de haber salido victoriosa en la gloriosa batalla que voy a tratar
de describir.
Hay en la comunidad una hermana que tiene el don de desagradarme en
todo. Sus modales, sus palabras, su carácter me resultan sumamente
desagradables. Sin embargo, es una santa religiosa, que debe de ser
sumamente agradable a Dios.
Entonces, para no ceder a la antipatía natural que experimentaba, me dije
a mí misma que la caridad no debía consistir en simples sentimientos, sino
en obras, y [14rº] me dediqué a portarme con esa hermana como lo
hubiera hecho con la persona a quien más quiero. Cada vez que la
encontraba, pedía a Dios por ella, ofreciéndole todas sus virtudes y sus
méritos.
Sabía muy bien que esto le gustaba a Jesús, pues no hay artista a quien
no le guste recibir alabanzas por sus obras. Y a Jesús, el Artista de las
almas, tiene que gustarle enormemente que no nos detengamos en lo
exterior, sino que penetremos en el santuario íntimo que él se ha escogido
por morada y admiremos su belleza.
No me conformaba con rezar mucho por esa hermana que era para mí
motivo de tanta lucha. Trataba de prestarle todos los servicios que podía; y
cuando sentía la tentación de contestarle de manera desagradable, me
limitaba a dirigirle la más encantadora de mis sonrisas y procuraba
cambiar de conversación, pues, como dice la Imitación: Mejor es dejar a
cada uno con su idea que pararse a contestar.
Con frecuencia también, fuera de la recreación (quiero decir durante las
horas de trabajo), como tenía que mantener relaciones con esta hermana
a causa del oficio14, cuando mis combates interiores eran demasiado
fuertes, huía como un desertor.
Como ella ignoraba por completo lo que yo sentía hacia su persona, nunca
sospechó los motivos de mi conducta, y vive convencida de que su
carácter me resultaba agradable.
Un día, en la recreación, me dijo con aire muy satisfecho más o menos
estas palabras: «¿Querría decirme, hermana Teresa del Niño Jesús, qué
es lo que la atrae tanto en mí? Siempre que me mira, la veo sonreír». ¡Ay!,
lo que me atraía era Jesús, escondido en el fondo de su alma... Jesús, que
hace dulce hasta lo más amargo... Le respondí que sonreía porque me
alegraba verla (por supuesto que no añadí que era bajo un punto de vista
espiritual).
[14vº] Madre querida, como le he dicho, mi último recurso para no ser
vencida en los combates es la deserción. Este recurso lo empleaba ya
durante el noviciado, y siempre me dio muy buenos resultados. Quiero,
Madre, citarle un ejemplo que la va a hacer sonreír.
Durante una de sus bronquitis, fui una mañana muy despacito a dejar en
su celda las llaves de la reja de la comunión, pues era sacristana. En el
fondo, no me disgustaba aquella ocasión que tenía de verla a usted,
incluso me agradaba mucho, aunque trataba de disimularlo. Una hermana,
animada de un santo celo, pero que sin embargo me quería mucho, al
verme entrar en su celda, pensó, Madre, que iba a despertarla, y quiso
cogerme las llaves; pero yo era demasiado lista para dárselas y ceder de
mis derechos. Le dije, lo más educadamente que pude, que yo tenía tanto
interés como ella en no despertarla, y que me tocaba a mí entregar las
llaves...
Ahora comprendo que habría sido mucho más perfecto ceder ante aquella
hermana, joven, es cierto, pero al fin más antigua que yo15. Pero entonces
no lo comprendí; y por eso, queriendo a toda costa entrar a su pesar
detrás de ella, que empujaba la puerta para no dejarme pasar, pronto
ocurrió la desgracia que las dos nos temíamos: el ruido que hacíamos le
hizo a usted abrir los ojos...
Entonces, Madre, toda la culpa recayó sobre mí. La pobre hermana a la
que yo había opuesto resistencia se puso a echar un discurso, cuyo fondo
sonaba así: Ha sido sor Teresa del Niño Jesús la que ha hecho ruido...
¡Dios mío, qué hermana tan antipática...!, etc. [15rº] Yo, que pensaba todo
lo contrario, sentía unas ganas enormes de defenderme. Afortunadamente,
me vino una idea luminosa: pensé en mi interior que, si empezaba a
justificarme, no iba a poder conservar la paz en mi alma; sabía también
que no tenía la suficiente virtud como para dejarme acusar sin decir nada.
Así que mi única tabla de salvación era la huida. Pensado y hecho: me fui
sin decir ni mus, dejando que la hermana continuase su discurso, que se
parecía a las imprecaciones de Camila contra Roma.
Me latía tan fuerte el corazón, que no pude ir muy lejos, y me senté en la
escalera para disfrutar en paz los frutos de mi victoria. Aquello no era
valentía, ¿verdad, Madre querida? Pero creo que, cuando la derrota es
segura, vale más no exponerse al combate.
¡Ay!, cuando vuelvo con el pensamiento al tiempo de mi noviciado, me doy
cuenta de lo imperfecta que era... Me angustiaba por tan poca cosa, que
ahora me río de ello. ¡Qué bueno es el Señor, que hizo crecer a mi alma y
le dio alas...!Ahora ya ni todas las redes juntas de los cazadores me dan
miedo, «pues de nada sirve tender redes a la vista de las aves» (Prov.).
Seguramente que más adelante el tiempo en que ahora vivo me parecerá
también lleno de imperfecciones, pero ahora no me sorprendo ya de nada
ni me aflijo al ver que soy la debilidad misma; al contrario, me glorío de ello
y espero descubrir cada día en mí nuevas imperfecciones. Acordándome
de que la caridad cubre la multitud de los [15vº] pecados, exploto esta
mina fecunda que Jesús ha abierto ante mí.
El Señor explica en el Evangelio en qué consiste su mandamiento nuevo.
Dice en san Mateo: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo
aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros
enemigos, y rezad por los que os persiguen».
La verdad es que en el Carmelo una no encuentra enemigos, pero sí que
hay simpatías. Se siente atracción por una hermana, mientras que ante
otra darías un gran rodeo para evitar encontrarte con ella, y así, sin darse
cuenta, se convierte en motivo de persecución. Pues bien, Jesús me dice
que a esa hermana hay que amarla, que hay que rezar por ella, aun
cuando su conducta me indujese a pensar que ella no me ama: «Pues si
amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores
aman a los que los aman». San Lucas, VI.
Y no basta con amar, hay que demostrarlo. Es natural que nos guste hacer
un regalo a un amigo, y sobre todo que nos guste dar sorpresas. Pero eso
no es caridad, pues también los pecadores lo hacen. Y Jesús nos dice
también: «A todo el que te pide, dale, y al que se lleve lo tuyo no se lo
reclames».
Dar a todas las que pidan gusta menos que ofrecer algo una misma por
propia iniciativa. Más aún, cuando se nos pide algo amablemente, no nos
cuesta dar. Pero si, por desgracia, no se emplean palabras bastante
delicadas, enseguida el alma se rebela si no está firmemente afianzada en
la caridad. Encuentra mil razones para negar [16rº] lo que le piden y sólo
después de haber convencido de su falta de delicadeza a la que pide
acaba dándole como un favor lo que reclama, o le presta un ligero
servicio16 que le habría exigido veinte veces menos tiempo del que le llevó
hacer valer sus derechos imaginarios.
Si es difícil dar a todo el que nos pide, lo es todavía mucho más dejar que
nos cojan lo que nos pertenece, sin reclamarlo. Digo, Madre, que es difícil,
pero debería más bien decir que parece difícil, pues el yugo del Señor es
suave y ligero. Cuando lo aceptamos, sentimos enseguida su suavidad y
exclamamos con el salmista: «Corrí por el camino de tus mandatos cuando
me ensanchaste el corazón».
Sólo la caridad puede ensanchar mi corazón. Y desde que esta dulce
llama lo consume, Jesús, corro alegre por el camino de tu mandato
nuevo... Y quiero correr por él hasta que llegue el día venturoso en que,
uniéndome al cortejo de las vírgenes, pueda seguirte por los espacios
infinitos cantando tu cántico nuevo, que será el cántico del amor.
Decía que Jesús no quiere que reclame lo que me pertenece. Y debería
parecerme fácil y natural, pues no tengo nada mío. Por el voto de pobreza
he renunciado a los bienes de la tierra. No tengo, pues, derecho a
quejarme si me quitan algo que no me pertenece; al contrario, debería
alegrarme cuando se me ofrece la ocasión de vivir la pobreza.
Tiempo atrás creía no estar apegada a nada. Pero desde que comprendí
las palabras de Jesús, veo que, cuando llega la ocasión, [16vº] soy aún
muy imperfecta.
Por ejemplo, en el oficio de pintura nada es mío, lo sé muy bien. Pero si, al
ponerme a trabajar, encuentro los pinceles y las pinturas en completo
desorden, si ha desaparecido una regla o un cortaplumas, ya me pongo en
un tris de perder la paciencia y tengo que armarme de todo mi valor para
no reclamar con aspereza los objetos que me faltan.
A veces, ¿cómo no?, hay que pedir las cosas indispensables; pero si se
hace con humildad, no se falta al mandamiento de Jesús, al contrario, se
obra como los pobres, que tienden la mano para recibir lo que necesitan, y,
si son rechazados, no se extrañan, pues nadie les debe nada.
¡Y qué paz inunda el alma cuando se eleva por encima de los sentimientos
de la naturaleza...!No, no existe alegría comparable a la que saborea el
verdadero pobre de espíritu. Si pide con desprendimiento algo que
necesita, y no sólo se lo niegan sino que hasta intentan quitarle lo que
tiene, está siguiendo el consejo de Jesús: «Al que quiera ponerte pleito
para quitarte la túnica, dale también la capa...» Darle también la capa es,
creo yo, renunciar una a sus últimos derechos, considerarse como la
sierva y la esclava de las demás.
Cuando se ha entregado la capa, es más fácil caminar, correr. Por eso
Jesús añade: «Y al que te exija caminar con él mil pasos, acompáñale dos
mil».
Así que [17rº] no basta con dar a quien me pida; debo adelantarme a su
deseos, mostrarme muy agradecida y muy honrada de poder prestarle un
servicio; y si me cogen una cosa que tengo a mi uso, no he de hacer ver
que lo siento, sino, por el contrario, mostrarme contenta de que me hayan
quitado de en medio ese estorbo.
Madre querida, estoy muy lejos de practicar lo que entiendo tan bien, pero
el simple deseo que tengo de hacerlo me da paz.
Me doy cuenta, más aún que los días anteriores, que me he explicado
rematadamente mal. He hecho una especie de discurso sobre la caridad,
cuya lectura ha tenido que cansarla.
Perdóneme, Madre querida, y piense que en este momento las
enfermeras17 están practicando conmigo lo que acabo de escribir: no les
importa caminar dos mil pasos cuando veinte bastarían. ¡He podido, pues,
contemplar la caridad en acción18!Sin duda que mi alma debe sentirse
perfumada por ello. Pero mi mente confieso que se ha paralizado un poco
ante semejante abnegación, y mi pluma ha perdido agilidad.
Para poder trasladar al papel mis pensamientos, tendría que estar como el
pájaro solitario19, y pocas veces tengo esa suerte. En cuanto cojo la
pluma, aparece una hermana que pasa junto a mí con la horca al hombro y
que cree que me distraerá dándome un poco de palique: el heno, los
patos, las gallinas, la visita del médico, todo sale a relucir.
A decir verdad, la escena no dura mucho; pero hay más de una hermana
caritativa, y de pronto otra heneadora me deja unas flores sobre las
rodillas, pensando quizás inspirarme pensamientos poéticos. Y yo, que en
ese momento no los busco, [17vº] preferiría que las flores siguieran
meciéndose en sus tallos.
Por fin, cansada de abrir y cerrar este famoso cuaderno, abro un libro (que
no quiere quedarse abierto), y digo muy decidida que estoy copiando
algunos pensamientos de los salmos y del Evangelio para el santo de
nuestra Madre. Y es muy cierto, pues no economizo precisamente las
citas...
Madre querida, creo que la divertiría mucho si le contase todas mis
aventuras en los bosquecillos del Carmelo. No sé si habré podido escribir
diez líneas sin verme interrumpida. Esto no debería hacerme reír, ni
divertirme; pero, por amor a Dios y a mis hermanas (tan caritativas
conmigo), trato de parecer contenta, y sobre todo de estarlo...
Ahora mismo acaba de irse una heneadora después de decirme con tono
compasivo: -«Pobre hermanita, ¡cómo tiene que cansarte estar escribiendo
así todo el día!-«No te preocupes, le contesté, parece que escribo mucho,
pero en realidad no escribo casi nada». -«Me alegro, me dijo ya más
tranquila; de todas formas, me alegro de que estemos con la siega, pues
eso no dejará de distraerte un poco».
Y, en efecto, es una distracción tan grande la que tengo (sin contar las
visitas de las enfermeras), que no miento cuando digo que no escribo casi
Por suerte, no me desanimo fácilmente. Para demostrárselo, Madre, voy a
terminar de explicarle lo que Jesús me ha hecho comprender acerca de la
caridad.
Hasta aquí sólo le he hablado de lo exterior. Ahora quisiera decirle cómo
entiendo yo la [18rº] caridad puramente espiritual.
Estoy segura, Madre, de que no tardaré en mezclar una con otra. Pero
como es a usted a quien le hablo, sé que no le será difícil captar mi
pensamiento y desenredar la madeja de su hija.
No siempre es posible en el Carmelo practicar al pie de la letra las
enseñanzas del Evangelio. A veces una se ve obligada, en razón de su
oficio, a negarse a hacer un favor. Pero cuando la caridad ha echado
hondas raíces en el alma, se manifiesta al exterior. Hay una forma tan
elegante de negar lo que no se puede dar, que la negativa agrada tanto
como el mismo don. Es cierto que cuesta menos pedir un favor a una
hermana que está siempre dispuesta a complacernos. Pero Jesús dijo: «Al
que te pide prestado, no lo rehuyas». Así pues, no debemos huir de las
hermanas que tienen la costumbre de estar siempre pidiendo favores, con
el pretexto de que tendremos que negárselos. Ni debemos tampoco ser
serviciales por parecerlo, o con la esperanza de que en otra ocasión la
hermana a la que ahora ayudamos nos devolverá el favor, pues Nuestro
Señor nos dice también: «Y si prestáis a aquellos de los esperáis recibir,
¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestar a otros pecadores con
intención de cobrárselo. No, vosotros prestad sin esperar nada, y tendréis
un gran premio».
Sí, el premio es grande, incluso en esta tierra... En este camino, sólo
cuesta dar el primer paso. Prestar sin esperar nada a cambio parece duro
a la naturaleza; preferiríamos dar, pues lo que damos [18vº] ya no nos
pertenece.
Cuando alguien viene a decirnos con aire muy sincero: «Hermana,
necesito tu ayuda durante unas horas; pero no te preocupes, que ya tengo
permiso de nuestra Madre, y en otra ocasión te devolveré el tiempo que
me dediques, pues sé lo ocupada que estás», como realmente sabemos
muy bien que ese tiempo que prestamos nunca se nos devolverá,
preferiríamos decir: Te lo regalo
Esto satisfaría nuestro amor propio, pues dar es un acto más generoso
que prestar, y además así hacemos saber a la hermana que no contamos
¡Qué contrarias a los sentimientos de la naturaleza son las enseñanzas de
Jesús!Sin la ayuda de su gracia, no sólo no podríamos ponerlas por obra,
sino ni siquiera comprenderlas.

CAPÍTULO XI
LOS QUE USTED ME DIO
(1896-1897)

Madre, Jesús ha concedido a su hija la gracia de penetrar en las
profundidades misteriosas de la caridad. Si ella pudiese expresar todo lo
que se la ha dado a entender, usted escucharía una melodía de cielo.
Pero, ¡ay!, lo único que puedo hacerle oír son simples balbuceos
infantiles... Si no vinieran en mi ayuda las propias palabras de Jesús, me
sentiría tentada de pedirle disculpas y de dejar la pluma... Pero no, he de
terminar por obediencia lo que comencé por obediencia.

Novicias y hermanos espirituales

Madre querida, yo escribía ayer que, al no ser míos los bienes de aquí
abajo, no debería resultarme difícil no reclamarlos nunca si alguien me los
quita.
Tampoco los bienes del cielo me pertenecen. Me han sido prestados por
Dios, que puede [19rº] quitármelos sin que yo tenga ningún derecho a
quejarme.
Sin embargo, los bienes que vienen directamente de Dios, las intuiciones
de la inteligencia y del corazón, los pensamientos profundos, todo eso
constituye una riqueza a la que solemos apegarnos como a un bien propio
que nadie tiene derecho a tocar...
Por ejemplo, si durante la licencia comunicamos a una hermana alguna luz
recibida en la oración, y poco después esa hermana, hablando con otra, le
dice lo que le habíamos confiado como si lo hubiese pensado ella misma,
parece que se apropia de algo que no era suyo.
O bien, cuando en la recreación decimos por lo bajo a nuestra compañera
una frase ingeniosa o que viene como anillo al dedo, si ella la repite en voz
alta sin decir la fuente de donde procede, parece también un robo a la
propietaria, que no reclama nada pero que tiene muchas ganas de hacerlo
y que aprovechará la primera ocasión para hacer saber sutilmente que se
han apropiado de sus pensamientos.

Instrumentos de Dios

Madre, yo no sabría explicarle tan bien estos tristes sentimientos de la
naturaleza si yo misma no los hubiese experimentado en mi propio
corazón. Y me gustaría mecerme en la dulce ilusión de que sólo han
visitado el mío, si usted no me hubiese mandado escuchar las tentaciones
de sus queridas novicias.
En el cumplimiento de la misión que usted me confió he aprendido mucho.
Sobre todo, me he visto obligada a practicar yo misma lo que enseñaba a
las demás. Y así, ahora puedo decir que Jesús me ha concedido la gracia
de no estar más apegada a los bienes del espíritu y del corazón que a los
de la tierra.
Si alguna vez me ocurre pensar y decir algo [19vº] que les gusta a mis
hermanas, me parece completamente natural que se apropien de ello
como de un bien suyo propio. Ese pensamiento pertenece al Espíritu
Santo y no a mí, pues san Pablo dice que, sin ese Espíritu de amor, no
podemos llamar «Padre» a nuestro Padre que está en el cielo. El es, pues,
muy libre de servirse de mí para comunicar a un alma un buen
pensamiento. Si yo creyera que ese pensamiento me pertenece, me
parecería al «asno que llevaba las reliquias», que pensaba que los
homenajes tributados a los santos iban dirigidos a él.
No desprecio los pensamientos profundos que alimentan el alma y la unen
a Dios. Pero hace mucho tiempo ya que he comprendido que el alma no
debe apoyarse en ellos, ni hacer consistir la perfección en recibir muchas
iluminaciones. Los pensamientos más hermosos no son nada sin las
obras.
Es cierto que los demás pueden sacar mucho provecho de las luces que a
ella se le conceden, si se humillan y saben dar gracias a Dios por
permitirles tomar parte en el festín de un alma a la que él se digna
enriquecer con sus gracias. Pero si esta alma se complace en sus grandes
pensamientos y hace la oración del fariseo, entonces viene a ser como una
persona que se muere de hambre ante una mesa bien surtida mientras
todos sus invitados disfrutan en ella de comida abundante y hasta dirigen
de vez en cuando una mirada de envidia al personaje poseedor de tantos
¡Qué gran verdad es que sólo Dios conoce el fondo de los corazones...!¡Y
qué cortos son los pensamientos de las criaturas...!Cuando ven un alma
con más luces que las otras, enseguida [20rº] sacan la conclusión de que
Jesús las ama a ellas menos que a esa alma y de que no las llama a la
misma perfección.
¿Desde cuándo no tiene ya derecho el Señor a servirse de una de sus
criaturas para conceder a las almas que ama el alimento que necesitan?
En tiempos del faraón el Señor aún tenía ese derecho, pues en la Sagrada
Escritura le dice a este monarca: «Te he constituido rey para mostrar en ti
mi poder y para hacer famoso mi nombre en toda la tierra». Desde que el
Todopoderoso pronunció estas palabras han pasado siglos y siglos, y su
forma de actuar sigue siendo la misma: siempre se ha servido de sus
criaturas como de instrumentos para realizar su obra en las almas.

El pincelito

Si el lienzo que pinta un artista pudiera pensar y hablar, seguramente no
se quejaría de que el pincel lo toque y lo retoque sin cesar; ni tampoco
envidiaría la suerte de ese instrumento, pues sabría que la belleza que lo
adorna no se la debe al pincel sino al artista que lo maneja.
El pincel, por su parte, no puede gloriarse de haber hecho él la obra de
arte. Sabe que los artistas no se atan a un instrumento, que se ríen de las
dificultades, que a veces les gusta escoger instrumentos débiles y
defectuosos...
Madre querida, yo soy un pincelito que Jesús ha escogido para pintar su
imagen en las almas que usted me ha confiado. Un artista no utiliza
solamente un pincel, necesita al menos dos. El primero es el más útil, con
él da los colores comunes, [20vº] y cubre totalmente el lienzo en muy poco
tiempo; del otro, del más pequeño, se sirve para los detalles.
Madre querida, usted representa el precioso pincel que la mano de Jesús
toma con amor cuando quiere hacer un gran trabajo en el alma de sus
hijas; y yo soy el pequeñito del que luego quiere servirse para los detalles
menores.
La primera vez que Jesús se sirvió de su pincelito fue hacia el 8 de
diciembre de 1892. Siempre recordaré aquella época como un tiem
Cuando, a los 15 años, tuve la dicha de entrar en el Carmelo, me encontré
con una compañera de noviciado que había ingresado unos meses antes.
Tenía ocho años más que yo; pero su temperamento infantil borraba la
diferencia de los años, así que pronto usted, Madre, tuvo la alegría de ver
que sus dos postulantes se entendían a las mil maravillas y se hacían
inseparables.
En orden a propiciar aquel afecto naciente, que le parecía que había de
dar buenos frutos, nos permitió que tuviéramos juntas, de vez en cuando,
algunas charlas espirituales.
Mi querida compañera me encantaba por su inocencia y por su carácter
abierto. Pero, por otro lado, me extrañaba ver cuán distinto era el afecto
que ella le tenía a usted del que le tenía yo. Había también, en su
comportamiento con las hermanas, muchas otras cosas que yo hubiera
deseado que cambiase...
Ya en aquella época Dios me hizo [21rº] comprender que hay almas a las
que su misericordia no se cansa de esperar, a las que no concede su luz
sino paso a paso. Por eso, yo me cuidaba muy bien de adelantar su hora y
esperaba pacientemente a que Jesús tuviese a bien hacerla llegar.
Reflexionando un día sobre el permiso que usted nos había dado para
hablar y así inflamarnos más en el amor de nuestro Esposo, como dicen
nuestras santas Constituciones, me di cuenta con tristeza de que nuestras
conversaciones no alcanzaban el fin deseado. Entonces Dios me dio a
entender que había llegado el momento y que ya no tenía por qué tener
miedo a hablar, o que, de lo contrario, debería poner fin a unas
conversaciones que tanto se parecían a las de dos amigas del mundo
Aquel día era sábado. Al día siguiente, durante la acción de gracias, le
pedí a Dios que pusiera en mi boca palabras tiernas y convincentes, o,
más bien, que hablase él mismo por mi boca. Jesús escuchó mi oración y
permitió que el resultado colmase ampliamente mi esperanza, pues los
que vuelvan su mirada hacia él quedarán radiantes (Sal XXXIII) y la luz
brillará en las tinieblas para los rectos de corazón. Las primeras palabras
se aplican a mí y las segundas a mi compañera, que realmente tenía un
corazón recto...
Cuando llegó la hora en que habíamos quedado para encontrarnos, al
poner los ojos en mí la pobre hermanita se dio cuenta enseguida de que yo
no era la misma. Se sentó a mi lado, sonrojada, y yo, apoyando su cabeza
en mi corazón, le dije, con llanto en [21vº] la voz, todo lo que pensaba de
ella, pero con palabras tan tiernas y manifestándole tanto cariño, que
pronto sus lágrimas se mezclaron con las mías.
Reconoció con gran humildad que todo lo que le decía era verdad, me
prometió comenzar una nueva vida y me pidió, como un favor, que le
advirtiese siempre sus faltas. Al final, en el momento de separarnos,
nuestro afecto se había vuelto totalmente espiritual, no había ya en él nada
de humano. Se hacía realidad en nosotras aquel pasaje de la Sagrada
Escritura: «Hermano ayudado por su hermano es como una plaza fuerte».
Lo que Jesús hizo con su pincelito se hubiera borrado pronto si él, Madre,
no hubiese echado mano de usted para consumar su obra en aquella alma
que él quería toda para sí.
A mi pobre compañera la prueba le pareció muy amarga, pero la firmeza
que usted usó con ella acabó por triunfar. Y entonces fue cuando yo,
tratando de consolarla, pude explicarle a quien usted me había dado por
hermana entre todas las demás en qué consiste el verdadero amor. Le
hice ver que era a sí misma a quien amaba, y no a usted. Le conté cómo la
amaba a usted yo, y los sacrificios que me había visto obligada a hacer en
los comienzos de mi vida religiosa para no encariñarme con usted de
manera puramente material, como el perro se encariña con su dueño. El
amor se alimenta de sacrificios; y de cuantas más satisfacciones naturales
se priva el alma, más fuerte y desinteresado se hace su cariño.
Recuerdo que, siendo postulante, me venían a veces tan fuertes [22rº]
tentaciones de entrar en su celda por mi satisfacción personal, por
encontrar algunas gotas de alegría, que me veía obligada a pasar a toda
prisa por delante de la procura y a agarrarme fuertemente al pasamanos
de la escalera; me venían a la cabeza un montón de permisos que pedir.
En una palabra, encontraba mil razones para dar gusto a mi naturaleza...

Poder de la oración y el sacrificio

¡Cuanto me alegro ahora de todas las renuncias que me impuse desde el
comienzo de mi vida religiosa!Ahora gozo ya del premio prometido a los
que luchan valientemente. Siento que ya no necesito negarme todos los
consuelos del corazón, pues mi alma está afianzada en el Unico a quien
quería amar. Veo feliz que, amándolo a él, el corazón se ensancha y que
puede dar un cariño incomparablemente mayor a los que ama que si se
encerrase en un amor egoísta e infructuoso.
Madre querida, le he recordado el primer trabajo que usted y Jesús
quisieron llevar a cabo sirviéndose de mí. No era más que el preludio de
los que iban a serme confiados.
Cuando me fue dado penetrar en el santuario de las almas, vi enseguida
que la tarea era superior a mis fuerzas. Entonces me eché en los brazos
de Dios como un niñito, y, escondiendo mi rostro entre sus cabellos, le dije:
Señor, yo soy demasiado pequeña para dar de comer a tus hijas. Si tú
quieres darle a cada una, por medio de mí, lo que necesita, llena tú mi
mano; y entonces, sin separarme de tus brazos y sin volver siquiera la
cabeza, [22vº] yo entregaré tus tesoros al alma que venga a pedirme su
alimento. Si lo encuentra de su gusto, sabré que no me lo debe a mí, sino
a ti; si, por el contrario, se queja y encuentra amargo lo que le ofrezco, no
perderé la paz, intentaré convencerla de que ese alimento viene de ti y me
guardaré muy bien de buscarle otro.
Madre, desde que comprendí que no podía hacer nada por mí misma, la
tarea que usted me encomendó dejó de parecerme difícil. Vi que la única
cosa necesaria era unirme cada día más a Jesús y que todo lo demás se
me daría por añadidura. Y mi esperanza nunca ha sido defraudada. Dios
ha tenido a bien llenar mi manita cuantas veces ha sido necesario para
que yo pudiese alimentar el alma de mis hermanas.
Le confieso, Madre querida, que si me hubiese apoyado lo más mínimo en
mis propias fuerzas, pronto le hubiera entregado las armas...
De lejos, parece de color de rosa eso de hacer bien a las almas, hacerlas
amar más a Dios, en una palabra modelarlas según los propios puntos de
vista y los criterios personales. De cerca ocurre todo lo contrario: el color
rosa desaparece..., y una ve por experiencia que hacer el bien es algo tan
imposible sin la ayuda de Dios como hacer brillar el sol en plena noche...
Se comprueba que hay que olvidarse por completo de los propios gustos y
de las ideas personales, y guiar a las almas por los caminos que Jesús ha
trazado para ellas, sin pretender hacerlas ir [23rº] por el nuestro.
Pero esto no es todavía lo más difícil. Lo que más me cuesta de todo es
tener que estar pendiente de las faltas y de las más ligeras imperfecciones
y declararles una guerra a muerte. Iba a decir: por desgracia para mí; pero
no, eso sería cobardía. Así que digo: por suerte para mis hermanas.
Desde que me puse en brazos de Jesús, soy como el vigía que observa al
enemigo desde la torre más alta de una fortaleza. Nada escapa a mis ojos.
Muchas veces yo misma me sorprendo de ver tan claro, y me parece muy
digno de excusas el profeta Jonás por haber huido en vez de ir a anunciar
la ruina de Nínive. Preferiría mil veces ser reprendida que reprender yo a
las demás. Pero entiendo que es muy necesario que eso me resulte
doloroso, pues cuando obramos por impulso natural, es imposible que el
alma a quien queremos hacer ver sus faltas entienda sus errores, ya que
no ve más que una cosa: la hermana encargada de guiarme está
enfadada, y pago los platos rotos yo, que estoy llena de la mejor voluntad.
Sé muy bien que a tus corderitos les parezco severa. Si leyeran estas
líneas, dirían que no parece costarme lo más mínimo correr detrás de
ellos, hablarles en tono severo mostrándoles su hermoso vellón
manchado, o bien traerles algún ligero mechón de lana que han dejado
prendido en los espinos del camino.
Los corderitos pueden decir lo que quieran. En el fondo, saben que les
amo con verdadero amor y que yo nunca imitaré al mercenario, que, al ver
venir al lobo, abandona el rebaño y [23vº] huye. Yo estoy dispuesta a dar
mi vida por ellos. Pero mi afecto es tan puro, que no deseo que lo sepan.
Nunca, por la gracia de Jesús, he tratado de granjearme sus corazones.
Siempre he tenido muy claro que mi misión consistía en llevarlos a Dios y
en hacerles comprender que, aquí en la tierra, usted, Madre, era el Jesús
visible a quien deben amar y respetar.
Le he dicho, Madre querida, que yo misma había aprendido mucho
instruyendo a las demás. Lo primero que descubrí es que todas las almas
sufren más o menos las mismas luchas, pero que, por otra parte, son tan
diferentes las unas de las otras, que no me resulta difícil comprender lo
que decía el P. Pichon: «Hay mucha más diferencia entre las almas que
entre los rostros».
Por tanto, no se las puede tratar a todas de la misma manera. Con ciertas
almas, veo que tengo que hacerme pequeña, no tener reparo en
humillarme confesando mis luchas y mis derrotas. Al ver que yo tengo las
mismas debilidades que ellas, mis hermanitas me confiesan a su vez las
faltas que se reprochan a sí mismas y se alegran de que las comprenda
por experiencia. Con otras, por el contrario, he comprobado que, para
ayudarlas, hay que tener una gran firmeza y no dar nunca marcha atrás de
lo que se ha dicho. Abajarse no sería humildad, sino debilidad.
Dios me ha concedido la gracia de no temer el combate. Tengo que
cumplir con mi deber al precio que sea. Más de una vez he oído decir esto:
«Si quieres conseguir algo de mí, tendrás que ganarme por el camino de la
dulzura; por [24rº] el de la fuerza no conseguirás nada». Sé que nadie es
buen juez en propia causa, y que un niño al que el médico somete a una
operación dolorosa no dejará de chillar y de decir que es peor el remedio
que la enfermedad; sin embargo, cuando a los pocos días se encuentre
curado, se sentirá feliz de poder jugar y correr.
Lo mismo ocurre con las almas. No tardan en reconocer que, en
ocasiones, un poco de acíbar es preferible al azúcar, y no tienen reparo en
confesarlo.
A veces no puedo dejar de sonreír en mi interior al ver qué cambio se
opera de un día para otro. ¡Parece cosa de magia...!Vienen a decirme:
«Tuviste razón ayer al ser tan severa. En un primer momento me sublevó
lo que me dijiste, pero luego fui recordándolo todo y vi que tenías razón...
Ya ves, cuando me fui de tu lado, pensé que todo había terminado, y me
decía: Iré a ver a nuestra Madre y le diré que ya no volveré más con sor
Teresa del Niño Jesús. Pero me di cuenta de que era el demonio quien me
inspiraba esas cosas. Además, me pareció que tú estabas rezando por mí.
Entonces recobré la paz y la luz empezó a brillar. Pero ahora necesito que
me acabes de iluminar, y por eso he venido».
Y enseguida entablamos conversación. Y me siento feliz de seguir los
dictados de mi corazón no teniendo ya que servir ningún plato amargo.
Sí, pero... no tardo en darme cuenta de que no debo precipitarme, de que
una sola palabra podría derribar todo el edificio construido entre lágrimas.
Si tengo la mala suerte de decir una palabra que pueda atenuar lo que dije
la víspera, veo que mi hermanita [24vº] intenta agarrarse a ella como a un
clavo ardiendo; entonces rezo interiormente una oracioncita, y la verdad
acaba triunfando.
Sí, toda mi fuerza se encuentra en la oración y en el sacrificio; son las
armas invencibles que Jesús me ha dado, y logran mover los corazones
mucho más que las palabras. Muchas veces lo he comprobado por
experiencia. Pero hay una, entre todas ellas, que me ha dejado una grata y
profunda impresión.
Fue durante la cuaresma. Yo me encargaba por entonces de la única
novicia que había en el convento, pues era su ángel. Un mañana vino a
verme toda radiante: «Si supieras, me dijo, lo que soñé anoche... Estaba
con mi hermana e intentaba desasirla de todas las vanidades a que está
tan apegada. Para lograrlo, me puse a explicarle esta estrofa del Vivir de
amor: «¡Jesús, amarte es pérdida fecunda!/ Tuyos son mis perfumes para
siempre». Yo veía que mis palabras penetraban en su alma, y estaba loca
de alegría. Esta mañana, al despertarme, pensé que quizás Dios quería
que le ofreciera esta alma. ¿Y si le escribiera después de la cuaresma
contándole mi sueño y diciéndole que Jesús la quiere toda para sí?»
Yo, sin pensarlo demasiado, le dije que podía muy bien intentarlo, pero
que antes tenía que pedir permiso a nuestra madre.
Como la cuaresma estaba todavía lejos de tocar a su fin, usted, Madre
querida, se quedó muy sorprendida de semejante petición, que le parecía
demasiado prematura. Y, ciertamente inspirada por Dios, le contestó que
las carmelitas no [25rº] tienen que salvar las almas con cartas, sino con la
oración.
Al conocer su decisión, vi enseguida que era la de Jesús, y le dije a sor
María de la Trinidad: «Pongamos manos a la obra, recemos mucho. ¡Qué
alegría si al final de la cuaresma hubiésemos sido escuchadas...!»
Y ¡oh, misericordia infinita del Señor, que se digna escuchar la oración de
sus hijos...!, al final de la cuaresma, una nueva alma se consagraba a
Jesús. Fue un verdadero milagro de la gracia, ¡un milagro alcanzado por el
fervor de una humilde novicia!
¡Qué grande es, pues el poder de la oración!Se diría que es como una
reina que en todo momento tiene acceso libre al rey y que puede alcanzar
todo lo que pide.
Para ser escuchadas, no hace falta leer en un libro una hermosa fórmula
compuesta para esa ocasión. Si fuese así..., ¡qué digna de lástima sería
yo...!Fuera del Oficio divino, que tan indigna soy de recitar, no me siento
con fuerzas para sujetarme a buscar en los libros hermosas oraciones; me
produce dolor de cabeza, ¡hay tantas..., y cada cual más hermosa...!No
podría rezarlas todas, y, al no saber cuál escoger, hago como los niños
que no saben leer: le digo a Dios simplemente lo que quiero decirle, sin
componer frases hermosas, y él siempre me entiende...
Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada lanzada
hacia el cielo, un grito de gratitud y de amor, tanto en medio del sufrimiento
como en medio de la alegría. En una palabra, es algo [25vº] grande, algo
sobrenatural que me dilata el alma y me une a Jesús.
No quisiera, sin embargo, Madre querida, que pensara que rezo sin
devoción las oraciones comunitarias en el coro o en las ermitas. Al
contrario, soy muy amiga de las oraciones comunitarias, pues Jesús nos
prometió estar en medio de los que se reúnen en su nombre; siento
entonces que el fervor de mis hermanas suple al mío.
Pero rezar yo sola el rosario (me da vergüenza decirlo) me cuesta más que
ponerme un instrumento de penitencia... ¡Sé que lo rezo tan mal!Por más
que me esfuerzo por meditar los misterios del rosario, no consigo fijar la
atención... Durante mucho tiempo viví desconsolada por esta falta de
atención, que me extrañaba, pues amo tanto a la Santísima Virgen, que
debería resultarme fácil rezar en su honor unas oraciones que tanto le
agradan. Ahora me entristezco ya menos, pues pienso que, como la Reina
de los cielos es mi Madre, ve mi buena voluntad y se conforma con ella.
A veces, cuando mi espíritu está tan seco que me es imposible sacar un
solo pensamiento para unirme a Dios, rezo muy despacio un
«Padrenuestro», y luego la salutación angélica. Entonces, esas oraciones
me encantan y alimentan mi alma mucho más que si las rezase
precipitadamente un centenar de veces...
La Santísima Virgen me demuestra que no está disgustada [26rº] conmigo.
Nunca deja de protegerme en cuanto la invoco. Si me sobreviene una
inquietud o me encuentro en un aprieto, me vuelvo rápidamente hacia ella,
y siempre se hace cargo de mis intereses como la más tierna de las
madres. ¡Cuántas veces, hablando a las novicias, me ha ocurrido invocarla
y sentir los beneficios de su protección maternal...
Con frecuencia me dicen las novicias: «Tú tienes respuesta para todo.
Creía que esta vez iba a ponerte en un apuro... ¿De dónde sacas lo que
nos dices?» Hay incluso algunas tan cándidas, que creen que leo en sus
almas porque me ha sucedido anticiparme a decirles lo que pensaban.
Una noche, una de mis compañeras había decidido ocultarme una pena
que la hacía sufrir mucho. La encuentro por la mañana, me habla con cara
sonriente, y yo, sin contestar a lo que me decía, le digo muy segura: Tú
tienes una pena. Creo que si hubiese hecho caer la luna a sus pies, no me
habría mirado con mayor asombro. Su estupor era tan grande, que se me
contagió también a mí: por un instante, se apoderó de mí una especie de
pavor sobrenatural. Estaba segura de no poseer el don de leer en las
almas, y por eso me sorprendía más haber dado tan en el clavo. Sentí que
Dios estaba allí muy cerca y que, sin darme cuenta, había dicho, como un
niño, palabras que no provenían de mí sino de él.
Madre querida, usted sabe muy bien que a las novicias todo les está
permitido. [26vº] Tienen que poder decir lo que piensan con total libertad,
lo bueno y lo malo. Conmigo esto les resulta más fácil, pues a mí no me
deben el respeto que se tiene a una maestra de novicias.
No puedo decir que Jesús me lleve externamente por el camino de las
humillaciones. Se conforma con humillarme en lo hondo del alma. A los
ojos de las criaturas todo me sale bien, sigo el camino de los honores, en
cuanto es posible en la vida religiosa. Comprendo que si tengo que
marchar por este camino que parece tan peligroso, no es por mí, sino por
las demás. En efecto, si pasase por ser una religiosa llena de defectos,
inepta, poco inteligente y alocada, usted, Madre, no podría dejarse ayudar
por mí. Por eso Dios ha echado un velo sobre todos mis defectos,
exteriores e interiores.
A veces ese velo me vale algunos cumplidos por parte de las novicias. Yo
sé que no me los hacen por adularme, sino que son una expresión de sus
sentimientos inocentes. Y la verdad es que no me producen la menor
vanidad, pues traigo siempre presente en la memoria el recuerdo de lo que
soy.
No obstante, a veces siento un gran deseo de escuchar algo que no sean
alabanzas. Usted, Madre querida, sabe que prefiero la vinagreta al azúcar.
También mi alma se cansa de los alimentos demasiado azucarados, y
entonces Jesús permite que le sirvan una buena ensaladita, [27rº] con
mucha vinagre y muchas especias, y en la que nada falta excepto el
aceite, lo cual le da un nuevo sabor...
Esta buena ensaladita me la sirven las novicias cuando menos lo espero.
Dios levanta el velo que oculta mis imperfecciones, y entonces mis
queridas hermanitas, al verme tal cual soy, ya no me encuentran
totalmente de su agrado. Con una sencillez que me encanta, me cuentan
todas las luchas que les produzco y lo que no les gusta de mí. En una
palabra, no se muerden más la lengua que si se tratara de cualquier otra y
no de mí, sabiendo que me producen un gran placer actuando así.
Y verdaderamente es más que un placer, es un festín delicioso que me
llena el alma de alegría. No puedo explicarme cómo algo que desagrada
tanto a la naturaleza puede producir tanta felicidad; si no lo hubiese
experimentado, no podría creerlo...
Un día en que deseaba particularmente ser humillada, una novicia se
encargó de colmar tan bien mis deseos, que me acordé de Semeí
maldiciendo a David, y pensé: Sí, es el Señor quien le ordena decirme todo
eso... Y mi alma saboreaba con verdadero deleite la amarga comida que le
servían en tanta abundancia.
Así es como Dios cuida de mí. No siempre puede darme el pan
reconfortante de la humillación exterior; pero de vez en cuando me permite
alimentarme de las migajas que caen de la mesa de los hijos. ¡Qué grande
es su misericordia!Sólo podré [27vº] cantarla en el cielo.

Madre querida, ya que trato de empezar a cantar con usted aquí en la
tierra esa misericordia infinita, debo contarle otra gran ganancia que saqué de la misión que usted me confió.

Antes, cuando una hermana hacía algo que no me gustaba y que me
parecía contrario a la ley, pensaba: ¡qué tranquila me quedaría si pudiese
decirle lo que pienso, hacerle ver que está actuando mal!Desde que
vengo ejercitando un poco ese oficio, le aseguro, Madre, que he cambiado
por completo de parecer. Cuando me acontece ver que una hermana hace
algo que me parece imperfecto, lanzo un suspiro de alivio y me digo a mí
misma: ¡Qué suerte!, no es una novicia, no estoy obligada a reprenderla. Y
luego, trato enseguida de disculpar a la hermana y de atribuirle unas
buenas intenciones, que seguramente tiene.
Madre querida, desde que estoy enferma, los cuidados que usted me
prodiga me han enseñado también mucho sobre la caridad. Ningún
remedio le parece demasiado caro; y si no da resultado, prueba con otro
sin cansarse.
Cuando yo iba todavía a la recreación, ¡cómo se preocupaba porque
estuviera en un buen lugar, al abrigo de las corrientes de aire!En una
palabra, si quisiera contarlo todo, no acabaría nunca.
Pensando en todo esto, me dije a mí misma que yo debía ser tan
compasiva con las enfermedades espirituales de mis hermanas como
usted, Madre querida, lo es cuidándome con tanto amor.
He observado (y es muy natural) que las hermanas más santas son
también las [28rº] más queridas. Se busca su conversación, se les hacen
favores sin que los pidan. En una palabra, estas almas, tan capaces de
soportar faltas de consideración o de delicadeza, se ven rodeadas del
afecto de todas. A ellas puede aplicarse esta frase de nuestro Padre san
Juan de la Cruz: «Cuando con propio amor no lo quise, dióseme todo sin ir
tras ello».
Por el contrario, a las almas imperfectas no se las busca; se las trata,
ciertamente, conforme a las reglas de la educación religiosa; pero, por
miedo a decirles alguna palabra menos delicada, se evita su compañía.
Al decir almas imperfectas, no me refiero solamente a las imperfecciones
espirituales, pues ni las más santas serán perfectas hasta que lleguen al
cielo. Quiero decir faltas de discreción, de educación, la susceptibilidad de
ciertos caracteres, cosas todas que no hacen la vida muy agradable.
Sé muy bien que estas enfermedades morales son crónicas y que no hay
esperanza de curación; pero sé también que mi Madre no dejaría de
cuidarme y de tratar de aliviarme aunque siguiera enferma toda la vida.
Y ésta es la conclusión que yo saco: en la recreación y en la licencia, debo
buscar la compañía de las hermanas que peor me caen y desempeñar con
esas almas heridas el oficio de buen samaritano. Una palabra, una sonrisa
amable bastan muchas veces para alegrar a un alma triste.
Pero no quiero en modo alguno practicar la caridad con este fin, pues sé
muy bien que pronto cedería al desaliento: una palabra dicha con la mejor
intención puede ser interpretada completamente al revés. Por eso, para no
perder el tiempo, quiero ser amable con todas [28vº] (y especialmente con
las hermanas menos amables) por agradar a Jesús y seguir el consejo que
él da en el Evangelio, poco más o menos en estos términos: «Cuando des
un banquete, no invites a tus parientes ni a tus amigos, porque
corresponderán invitándote y así quedarás pagado. Invita a pobres, cojos,
paralíticos; dichoso tú, porque no pueden pagarte: tu Padre, que ve en lo
escondido, te lo pagará».
¿Y qué banquete puede ofrecer una carmelita a sus hermanas sino un
banquete espiritual compuesto de caridad atenta y gozosa? Yo no conozco
ningún otro, y quiero imitar a san Pablo, que se alegraba con los que
estaban alegres. Es cierto que también lloraba con los tristes, y que las
lágrimas han de aparecer también algunas veces en el banquete que yo
quiero servir; pero siempre intentaré que al final esas lágrimas se
conviertan en alegría, pues el Señor ama a los que dan con alegría.

Sor San Pedro

Recuerdo un acto de caridad que el Señor me inspiró hacer siendo todavía
novicia. No fue nada importante, pero nuestro Padre, que ve en lo
escondido y que mira más a la intención que a la importancia de la obra,
ya me lo ha pagado sin esperar a la otra vida.
Era en la época en que sor San Pedro iba todavía al coro y al refectorio.
En la oración de la tarde se ponía delante de mí. Diez minutos antes de las
seis, una hermana tenía que encargarse de llevarla al refectorio, pues las
enfermeras tenían en aquel entonces demasiadas enfermas para venir a
[29rº] buscarla a ella.
Me costaba mucho ofrecerme para prestar ese pequeño servicio, pues
sabía que no era fácil contentar a la pobre sor San Pedro, que sufría tanto
que no le gustaba andar cambiando de conductora. Sin embargo, no
quería perder una ocasión tan hermosa de practicar la caridad, recordando
que Jesús había dicho: Lo que hagáis al más pequeño de los míos, a mí
me lo hacéis. Me ofrecí, pues, con mucha humildad a conducirla, ¡y no me
costó poco trabajo conseguir que aceptara mis servicios!Al fin puse manos
a la obra, y fue tanta mi buena voluntad, que el éxito fue completo.
Todas las tardes, cuando veía que sor San Pedro comenzaba a agitar su
reloj de arena, sabía que eso quería decir: Vamos. Es increíble lo que me
costaba hacer aquel esfuerzo, sobre todo al principio. Sin embargo, acudía
inmediatamente, y a continuación comenzaba toda una ceremonia.
Había que mover y llevar la banqueta de una determinada manera, y,
sobre todo, no ir de prisa. Luego venía el paseo. Había que ir detrás de la
pobre enferma, sosteniéndola por la cintura. Yo lo hacía con toda la
suavidad posible; pero si, por desgracia, ella daba un paso en falso, ya le
parecía que la sostenía mal y que se iba a caer. «¡Dios mío, vas
demasiado deprisa, voy a romperme la crisma!» Si trataba de ir más
despacio: «¡Pero sígueme, no siento tu mano, me has soltado, me voy a
caer!Ya decía yo que tú eras demasiado joven para acompañarme»
Por fin, llegábamos sin contratiempos al refectorio. Allí surgían nuevas
dificultades. Había que sentar a sor San Pedro y actuar hábilmente para
[29vº] no lastimarla; luego, había que recogerle las mangas (también de
una manera determinada); y entonces ya quedaba libre para marcharme.
Con sus pobres manos deformadas, echaba el pan en la escudilla como
mejor podía. No tardé en darme cuenta de ello, y ya ninguna tarde me iba
sin haberle prestado ese pequeño servicio. Como ella no me lo había
pedido, esa atención la conmovió mucho, y gracias a esa atención, que yo
no había buscado intencionadamente, me gané por completo sus
simpatías, y sobre todo (lo supe más tarde) porque, después de cortarle el
pan, le dirigía antes de marcharme mi más hermosa sonrisa.
Madre querida, quizás le extrañe que le haya escrito este pequeño acto de
caridad que tuvo lugar hace tanto tiempo. Si lo he hecho, es porque,
gracias a él, tengo que cantar las misericordias del Señor. Dios ha querido
que conserve este recuerdo como un perfume que me mueve a practicar la
caridad. A veces recuerdo ciertos detalles que son para mi alma como una
brisa de primavera. He aquí uno que me viene a la memoria.
Una tarde de invierno estaba yo, como de costumbre, cumpliendo con mi
tarea. Hacía frío y era de noche... De pronto, oí a lo lejos el sonido
armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy
iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; unas jóvenes
elegantemente vestidas se hacían unas a otras toda suerte de cumplidos y
de cortesías mundanas. Luego mi mirada se posó sobre la pobre enferma
a la que estaba sosteniendo: en vez de una melodía, escuchaba de tanto
en tanto sus gemidos lastimeros; en vez de ricos dorados, [30rº] veía los
ladrillos de nuestro austero claustro apenas alumbrado por una lucecita.
No puedo expresar lo que pasó en mi alma. Lo que sí sé es que el Señor
la iluminó con los rayos de la verdad, que excedían de tal forma el brillo
tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad...
No, no cambiaría los diez minutos que me llevó realizar mi humilde servicio
de caridad por gozar mil años de fiestas mundanas...
Si ya en el sufrimiento y en medio de la lucha es posible gozar un instante
de una dicha que excede a todas las alegrías de la tierra sólo con pensar
que Dios nos ha sacado del mundo, ¡qué será en el cielo cuando,
abismadas en un júbilo y en un descanso eternos, veamos la gracia
incomparable que el Señor nos ha concedido al elegirnos para habitar en
su casa, verdadero pórtico del cielo...!
No siempre he practicado la caridad entre estos transportes de júbilo. Pero
en los comienzos de mi vida religiosa Jesús quiso hacerme sentir qué
dulce es verle a él en el alma de sus esposas. Así, cuando llevaba a la
hermana sor San Pedro, lo hacía con tanto amor, que no hubiera podido
hacerlo mejor si hubiese tenido que llevar al mismo Jesús.
No, la práctica de la caridad no me ha sido siempre tan dulce, como acabo,
Madre, de decirle. Para demostrárselo, voy a contarle algunos pequeños
combates que seguramente la harán sonreír.
Durante mucho tiempo, en la oración de la tarde, yo me colocaba delante
de una hermana que tenía una curiosa manía, y pienso que también...
muchas luces interiores, pues rara vez se servía de algún libro. Verá cómo
[30vº] me di cuenta.
En cuanto llegaba esa hermana, se ponía a hacer un extraño ruido,
parecido al que se haría frotando dos conchas una contra otra. Sólo yo lo
notaba, pues tengo un oído extremadamente fino (demasiado a veces).
Imposible decirle, Madre, cómo me molestaba aquel ruidito. Sentía unas
ganas enormes de volver la cabeza y mirar a la culpable, que seguramente
no se daba cuenta de su manía. Era la única forma de hacérselo ver. Pero
en el fondo del corazón sentía que era mejor sufrir aquello por amor de
Dios y no hacer sufrir a la hermana. Así que seguía quieta y trataba de
unirme a Dios y de olvidar el ruidito...
Todo inútil. Me sentía bañada de sudor, y me veía forzada a hacer
sencillamente una oración de sufrimiento.
Pero a la vez que sufría, buscaba la manera de hacerlo sin irritarme, sino
con alegría y paz, al menos allá en lo íntimo del alma. Trataba de amar
aquel ruidito tan desagradable: en vez de procurar no oírlo (lo cual era
imposible), centraba toda mi atención en escucharlo bien, como si se
tratara de un concierto maravilloso, y pasaba toda la oración (que no era
precisamente de quietud) ofreciendo aquel concierto a Jesús.
En otra ocasión, en la lavandería, tenía enfrente de mí a una hermana que,
cada vez que golpeaba los pañuelos en la tabla de lavar, me salpicaba la
cara de agua sucia. Mi primer impulso fue echarme hacia atrás y [31rº]
secarme la cara, con el fin de hacer ver a la hermana que me estaba
asperjando que me haría un gran favor si ponía más cuidado. Pero
enseguida pensé que sería bien tonta si rechazaba unos tesoros que me
ofrecían con tanta generosidad, y me guardé bien de manifestar mi lucha
interior. Me esforcé todo lo que pude por desear recibir mucha agua sucia,
de manera que acabé por sacarle verdadero gusto a aquel nuevo tipo de
aspersión e hice el propósito de volver otra vez a aquel venturoso sitio en
el que tantos tesoros se recibían.
Madre querida, ya ve que yo soy una alma muy pequeña que no puede
ofrecer a Dios más que cosas muy pequeñas. Con todo, muchas veces me
ocurre que dejo escapar algunos de esos pequeños sacrificios que dan al
alma tanta paz. Pero no me desanimo por eso: me resigno a tener un poco
menos de paz, y procuro poner más cuidado la próxima vez.
El Señor es tan bueno conmigo, que no puedo tenerle miedo. Siempre me
ha dado lo que deseaba, o, mejor dicho, me ha hecho desear lo que quería
darme.
Así, poco tiempo antes de que comenzase mi prueba contra la fe, yo
pensaba en mi interior: Realmente, no tengo grandes pruebas exteriores, y
para tenerlas interiores Dios tendría que cambiar mi camino. No creo que
lo haga. De todas formas, no puedo vivir siempre así, en el sosiego...
¿Cómo se las arreglará, pues, Jesús para probarme?
La respuesta no se hizo esperar, y me hizo ver que mi Amado no es pobre
en recursos. Sin cambiar mi camino, me envió una prueba que iba a
mezclar una saludable amargura en todas mis alegrías.

Los misioneros

Pero Jesús no se limita [31vº] a hacérmelo presentir y desear cuando
quiere probarme.
Desde hacía mucho tiempo, yo venía deseando algo que me parecía
totalmente irrealizable: el de tener un hermano sacerdote. Pensaba con
frecuencia que, si mis hermanitos no hubiesen volado al cielo, yo tendría la
dicha de verles subir al altar. Pero como Dios los escogió para convertirlos
en angelitos, ya no podía esperar ver mi sueño hecho realidad.
Y he aquí que Jesús no sólo me ha concedido la gracia que deseaba, sino
que me ha unido con los lazos del alma a dos de sus apóstoles, que se
han convertido en hermanos míos...
Quiero contarle detalladamente, Madre querida, cómo Jesús colmó mi
deseo, e incluso lo superó, pues yo sólo deseaba un hermano sacerdote
que se acordase de mí a diario en el altar santo.
Fue nuestra Madre santa Teresa quien, en 1895, me envió como ramillete
de fiesta a mi primer hermanito. Estaba yo en el lavadero, muy ocupada en
mi faena, cuando la madre Inés de Jesús me llamó aparte y me leyó una
carta que acababa de recibir. Se trataba de un joven seminarista que,
inspirado por santa Teresa -decía él-, pedía una hermana que se dedicase
especialmente a la salvación de su alma y que, cuando fuese misionero, le
ayudase con sus oraciones y sacrificios a salvar muchas almas. Por su
parte, él prometía tener siempre un recuerdo por la que fuese su hermana
cuando pudiera ofrecer el santo sacrificio. Y la madre Inés de Jesús me
dijo que quería que fuese yo la hermana de ese futuro misionero.
[32rº] Imposible, Madre, decirle la dicha que sentí. El ver mi deseo
colmado de manera inesperada hizo nacer en mi corazón una alegría que
yo llamaría infantil, pues tengo que remontarme a los días de mi niñez para
encontrarme con el recuerdo de unas alegrías tan intensas que el alma es
demasiado pequeña para contenerlas.
Hacía muchos años que no saboreaba esta clase de felicidad. Sentía que,
en ese aspecto, mi alma estaba sin estrenar. Era como si alguien hubiese
pulsado por primera vez en ella unas cuerdas musicales hasta entonces
olvidadas.
Sabía las obligaciones que asumía, así que puse manos a la obra,
tratando de redoblar mi fervor. Tengo que confesar que al principio no
conté con ningún consuelo que estimulara mi celo. Mi hermanito, tras
escribir una carta preciosa, muy emotiva y llena de nobles sentimientos,
para darle las gracias a la madre Inés de Jesús, no dio más señales de
vida hasta el mes de julio siguiente, excepto una tarjeta que envió en el
mes de noviembre para decirnos que se incorporaba al servicio militar.
Dios le reservaba a usted, Madre querida, la consumación de la obra
comenzada. Es muy cierto que a los misioneros podemos ayudarlos por
medio de la oración y el sacrificio. Pero a veces, cuando Jesús quiere unir
dos almas para su gloria, permite que de tanto en tanto puedan
comunicarse sus pensamientos y animarse así mutuamente a amar más a
Dios.
Pero para ello se requiere la voluntad expresa de la autoridad, pues me
parece que de lo contrario esa correspondencia haría más mal que bien, si
no al misionero, sí al menos a la carmelita, llamada de continuo por su
género de vida [32vº] a vivir replegada sobre sí misma. Y entonces esa
correspondencia (incluso esporádica) pedida por ella, en vez de unirla a
Dios, ocuparía su espíritu; imaginándose el oro y el moro, no haría otra
cosa que buscarse, bajo color de celo, una distracción inútil.
A mi modo de ver, ocurre con esto como con todo lo demás. Creo que,
para que mis cartas hagan provecho, he de escribirlas por obediencia y
experimentar, al escribirlas, más repugnancia que placer.
De la misma manera, cuando hablo con una novicia, procuro hacerlo
mortificándome y evito hacerle preguntas que puedan satisfacer mi
curiosidad. Si ella empieza a hablar de una cosa interesante y luego, sin
terminar la primera, pasa a otra que me aburre, me guardo muy bien de
recordarle el tema que ha dejado a un lado, pues creo que no se puede
hacer bien alguno cuando uno se busca a sí mismo.
Madre querida, veo que nunca me corregiré. Una vez más, con mis
disertaciones, me he ido muy lejos del tema que estaba tratando. Le ruego
que me perdone, y disculpe si a la primera ocasión vuelvo a caer otra vez,
pues no lo puedo remediar....
Usted hace como Dios, que nunca se cansa de escucharme cuando le
cuento con sencillez mis penas y mis alegrías como si él no las conociera
ya... Usted, Madre, también conoce desde hace mucho tiempo lo que
pienso y todos los acontecimientos un poco señalados de mi vida, por lo
que no puede contarle nada nuevo.
Cuando pienso que le estoy escribiendo pormenorizadamente tantas cosas
que usted conoce tan bien como yo, no puedo evitar la risa. [33rº] En fin,
Madre querida, no hago más que obedecerla. Y si ahora no le encuentra el
menor interés a leer estas páginas, quizás le sirvan de distracción en los
días de su vejez y la ayuden también a avivar el fuego del amor, y así no
habré perdido el tiempo... Pero me divierto hablando como un niño. No
crea, Madre, que me pregunto por la utilidad que pueda tener mi humilde
trabajo. Lo hago por obediencia, y eso me basta. Y si usted lo quemase
ante mis ojos antes de leerlo, no lo sentiría lo más mínimo.
Es hora ya de que reanude la historia de mis hermanos, que ocupan ahora
un lugar tan importante en mi vida.
Recuerdo que el año pasado, un día de finales del mes de mayo, usted me
mandó llamar antes de ir al refectorio. Cuando entré en su celda, Madre
querida, me latía muy fuerte el corazón; me preguntaba a mí misma qué
sería lo que tenía que decirme, pues era la primera vez que me mandaba
llamar de esa manera. Después de decirme que me sentara, me hizo esta
propuesta: «¿Quieres encargarte de los intereses espirituales de un
misionero que se va a ordenar de sacerdote y que partirá dentro de
poco»? Y a continuación, me leyó la carta de ese joven Padre para que
supiera exactamente lo que pedía.
Mi primer sentimiento fue un sentimiento de alegría, que inmediatamente
dio paso al de miedo. Yo le expliqué, Madre querida, que, al haber ofrecido
ya mis pobres méritos por un futuro apóstol, no creía poder ofrecerlos
también por las intenciones de otro, y que, además, había muchas
hermanas mejores que yo, que podrían responder a sus deseos.
Todas mis objeciones fueron inútiles. Usted [33vº] me contestó que se
podían tener varios hermanos. Entonces yo le pregunté si la obediencia no
podría duplicar mis méritos. Usted me respondió que sí, añadiendo varias
razones que me hicieron ver que debía aceptar sin ningún escrúpulo
En el fondo, Madre, yo pensaba igual que usted. Es más: ya que «el celo
de una carmelita debe abarcar el mundo entero», espero, con la gracia de
Dios, ser útil a más de dos misioneros y nunca me olvidaré de rezar por
todos, sin dejar de lado a los simples sacerdotes, cuya misión es a veces
tan difícil de cumplir como la de los apóstoles que predican a los infieles.
En una palabra, quiero ser hija de la Iglesia, como nuestra Madre santa
Teresa, y rogar por las intenciones de nuestro Santo Padre el papa,
sabiendo que sus intenciones abarcan todo el universo.
Esta es la meta global de mi vida. Pero esto no me habría impedido rezar y
unirme de una manera muy especial a la actividad de mis angelitos
queridos si ellos hubiesen sido sacerdotes.
Pues bien, así es como me he unido espiritualmente a los apóstoles que
Jesús me ha dado por hermanos: todo lo mío es de cada uno de ellos. Sé
muy bien que Dios es demasiado bueno para andarse con repartos. Es tan
rico, que me da sin medida todo lo que le pido... Pero no vaya a creer,
Madre, que me pierdo en largas enumeraciones.

Atráeme, y correremos

Si desde que tengo a estos dos hermanos y a mis hermanitas, las novicias,
quisiera pedir para cada alma lo que cada una necesita y detallarlo todo
bien, los días se me harían demasiado cortos y temería olvidarme de
alguna cosa importante.
Las almas sencillas no necesitan usar medios complicados. Y como yo soy
una de ellas, una mañana, durante la acción de gracias, Jesús me inspiró
un medio muy sencillo de cumplir mi misión. Me hizo [34rº] comprender
estas palabras del Cantar de los Cantares: «Atráeme, y correremos tras el
olor de tus perfumes».
¡Oh, Jesús!, ni siquiera es, pues, necesario decir: Al atraerme a mí, atrae
también a las almas que amo. Esta simple palabra, «Atráeme», basta.
Lo entiendo, Señor. Cuando un alma se ha dejado fascinar por el perfume
embriagador de tus perfumes, ya no puede correr sola, todas las almas
que ama se ven arrastradas tras de ella. Y eso se hace sin tensiones, sin
esfuerzos, como una consecuencia natural de su propia atracción hacia ti.
Como un torrente que se lanza impetuosamente hacia el océano
arrastrando tras de sí todo lo que encuentra a su paso, así, Jesús mío, el
alma que se hunde en el océano sin riberas de tu amor atrae tras de sí
todos los tesoros que posee...
Señor, tu sabes que yo no tengo más tesoros que las almas que tú has
querido unir a la mía. Estos tesoros tú me los has confiado. Por eso, me
atrevo a hacer mías las palabras que tú dirigiste al Padre celestial la última
noche que te vio, peregrino y mortal, en nuestra tierra. Jesús, Amado mío,
yo no sé cuándo acabará mi destierro... Más de una noche me verá
todavía cantar en el destierro tus misericordias. Pero, finalmente, también
para mí llegará la última noche, y entonces quisiera poder decirte, Dios
mío: «Yo te he glorificado en la tierra, he coronado la obra que me
encomendaste. He dado a conocer tu nombre a los que me diste. Tuyos
eran y tú me los diste. Ahora han conocido que todo lo que me diste
procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y
ellos las han recibido y han creído que tú me has enviado. Te ruego por
éstos que tú me diste y que son tuyos.
[34vº] Yo no voy a estar ya en el mundo, pero ellos están en el mundo
mientras yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me
has dado. Ahora voy a ti, y digo esto mientras estoy en el mundo para que
ellos puedan participar plenamente de mi alegría. No te ruego que los
saques del mundo, sino que los preserves del mal. No son del mundo,
como tampoco yo soy del mundo. Pero no sólo por ellos ruego, sino
también por los que creerán en ti gracias a su palabra.
Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo y que el
mundo sepa que tú los has amado como me has amado a mí».
Sí, Señor, esto es lo que yo quisiera repetir contigo antes de volar a tus
brazos. ¿Es tal vez una temeridad? No, no. Hace ya mucho tiempo que tú
me has permitido ser audaz contigo. Como el padre del hijo pródigo
cuando hablaba con su hijo mayor, tú me dijiste: «Todo lo mío es tuyo».
Por tanto, tus palabras son mías, y yo puedo servirme de ellas para atraer
sobre las almas que están unidas a mí las gracias del Padre celestial.
Pero, Señor, cuando digo que deseo que los que tú me diste están
también donde yo esté, no pretendo que ellos no puedan llegar a una
gloria mucho más alta de la que quieras darme a mí. Quiero simplemente
pedir que un día nos veamos todos reunidos en tu hermoso cielo.
Tú sabes, Dios mío, que yo nunca he deseado otra cosa que amarte. No
ambiciono otra gloria. [35rº] Tu amor me ha acompañado desde la infancia,
ha ido creciendo conmigo, y ahora es un abismo cuyas profundidades no
puedo sondear.
El amor llama al amor. Por eso, Jesús mío, mi amor se lanza hacia ti y
quisiera colmar el abismo que lo atrae. Pero, ¡ay!, no es ni siquiera una
gota de rocío perdida en el océano... Para amarme como tú me amas,
necesito pedirte prestado tu propio amor. Sólo entonces encontraré
reposo.
Jesús mío, tal vez sea una ilusión, pero creo que no podrás colmar a un
alma de más amor del que has colmado la mía. Por eso me atrevo a
pedirte que ames a los que me has dado como me has amado a mí. Si un
día en el cielo descubro que los amas más que a mí, me alegraré, pues
desde ahora mismo reconozco que esas almas merecen mucho más amor
que la mía. Pero aquí abajo no puedo concebir una mayor inmensidad de
amor del que te has dignado prodigarme a mí gratuitamente y sin mérito
alguno de mi parte.
Madre querida, vuelvo a estar con usted. Estoy asombrada de lo que
acabo de escribir, pues no tenía intención de hacerlo. Ya que está escrito,
habrá que dejarlo.
Pero antes de volver a la historia de mis hermanos, quiero decirle, Madre,
que las primeras palabras que he tomado del Evangelio -«Yo les he
comunicado las palabras que tú me diste», etc.- no se las aplico a ellos,
sino a mis hermanitas, pues no me creo capaz de enseñar nada a un
misionero. ¡Gracias a Dios, todavía no soy tan orgullosa como para eso!Ni
hubiera sido tampoco capaz [35vº] de dar ningún consejo a mis hermanas
si usted, madre, que representa a Dios, no me hubiese confiado esa
misión.
Pero sí que pensaba en sus queridos hijos, que son ya mis hermanos,
cuando escribía estas palabras de Jesús y las que va a continuación de
ellas: «No te ruego que los saques del mundo... Te ruego también por los
que creerán en ti gracias a su palabra». En efecto, ¿cómo podría yo dejar
de rezar por las almas que ellos salvarán en sus misiones lejanas
mediante el sufrimiento y la predicación?
Madre, creo necesario darle alguna explicación más sobre aquel pasaje
del Cantar de los Cantares: «Atráeme y correremos», pues me parece que
no quedó muy claro lo que quería decir.
«Nadie puede venir a mí, dice Jesús, si no lo trae mi Padre que me ha
enviado». Y a continuación, con parábolas sublimes -y muchas veces
incluso sin servirse de este medio, tan familiar para el pueblo-, nos enseña
que basta llamar para que nos abran, buscar para encontrar, y tender
humildemente la mano para recibir lo que pedimos...Dice también que todo
lo que pidamos al Padre en su nombre nos lo concederá. Sin duda, por
eso el Espíritu Santo, antes del nacimiento de Jesús, dictó esta oración
profética: Atráeme y correremos.
¿Qué quiere decir, entonces, pedir ser atraídos, sino unirnos de una
manera íntima al objeto que nos cautiva el corazón? Si el fuego y el hierro
tuvieran inteligencia, y éste último dijera al otro «Atráeme», ¿no estaría
demostrando que quiere identificarse con el fuego de tal manera que éste
lo penetre [36rº] y lo empape de su ardiente sustancia hasta parecer una
sola cosa con él?

Fin del Manuscrito C

Madre querida, ésa es mi oración. Yo pido a Jesús que me atraiga a las
llamas de su amor, que me una tan íntimamente a él que sea él quien viva
y quien actúe en mí. Siento que cuanto más abrase mi corazón el fuego
del amor, con mayor fuerza diré «Atráeme»; y que cuanto más se
acerquen las almas a mí (pobre trocito de hierro, si me alejase de la
hoguera divina), más ligeras correrán tras los perfumes de su Amado.
Porque un alma abrasada de amor no puede estarse inactiva. Es cierto
que, como santa María Magdalena, permanece a los pies de Jesús,
escuchando sus palabras dulces e inflamadas. Parece que no da nada,
pero da mucho más que Marta, que anda inquieta y nerviosa con muchas
cosas y quisiera que su hermana la imitase.
Lo que Jesús censura no son los trabajos de Marta. A trabajos como ésos
se sometió humildemente su divina Madre durante toda su vida, pues tenía
que preparar la comida de la Sagrada Familia. Lo único que Jesús quisiera
corregir es la inquietud de su ardiente anfitriona.
Así lo entendieron todos los santos, y más especialmente los que han
llenado el universo con la luz de la doctrina evangélica. ¿No fue en la
oración donde san Pablo, san Agustín, san Juan de la Cruz, santo Tomás
de Aquino, san Francisco, santo Domingo y tantos otros amigos ilustres de
Dios bebieron aquella ciencia divina que cautivaba a los más grandes
genios?
Un sabio decía: «Dadme una palanca, un punto de apoyo, y levantaré el
Lo que Arquímedes no pudo lograr, porque su petición no se dirigía a Dios
y porque la hacía desde un punto de vista material, los santos lo lograron
[36vº] en toda su plenitud. El Todopoderoso les dio un punto de apoyo: El
mismo, El solo. Y una palanca: la oración, que abrasa con fuego de amor.
Y así levantaron el mundo. Y así lo siguen levantando los santos que aún
militan en la tierra. Y así lo seguirán levantando hasta el fin del mundo los
santos que vendrán.
Madre querida, quisiera decirle ahora lo que yo entiendo por el olor de los
perfumes del Amado.
Dado que Jesús ascendió al cielo, yo sólo puedo seguirle siguiendo las
huellas que él dejó. ¡Pero qué luminosas y perfumadas son esas huellas!
Sólo tengo que poner los ojos en el santo Evangelio para respirar los
perfumes de la vida de Jesús y saber hacia dónde correr... No me
abalanzo al primer puesto, sino al último; en vez de adelantarme con el
fariseo, repito llena de confianza la humilde oración del publicano. Pero,
sobre todo, imito la conducta de la Magdalena. Su asombrosa, o, mejor
dicho, su amorosa audacia, que cautiva el corazón de Jesús, seduce al
mío.
Sí, estoy segura de que, aunque tuviera sobre la conciencia todos los
pecados que pueden cometerse, iría, con el corazón roto de
arrepentimiento, a echarme en brazos de Jesús, pues sé cómo ama al hijo
pródigo que vuelve a él.
Es cierto que Dios, en su misericordia preveniente, ha preservado mi alma
del pecado mortal. Pero no es ésa la razón de que yo me eleve a él [37rº]
por la confianza y el amor.

FIN.