CÓMO ORABA EL HERMANO RAFAEL. (II)

La forma interna de su oración

1. EL ACTO ÚNICO DE AMOR

En la conferencia anterior examinamos un poco la forma externa de la oración del hermano Rafael. En esta vamos a ver algo de su forma interna. Para ello vamos a partir de una frase suya que citábamos al final de la conferencia de esta tarde, al hablar de la rumia de textos:

“Tú lo eres todo Señor, ya no sé hacer nada, ni pensar, ni discurrir, «que ya sólo en amar es mi ejercicio...».

Aquí menciona Rafael el amor como el contenido y la esencia de su oración: “mi ejercicio”, dice con un verso de san Juan de la Cruz. Este ejercicio se expresa a veces con palabras y meditaciones, y a veces, cuando la palabra no da más de sí, en forma de silencio. Por eso dice: “no sé hacer nada, ni pensar, ni discurrir. Ya sólo amar...”. He ahí la forma básica de la oración de nuestro hermano: un ejercicio de amor, de deseo de Dios, en los diversos modos en que se éste puede expresar:

“Amando -le escribe a su tía- ya tienes oración aunque no lo creas... Tú no necesitas revolverte el cerebro para orar, ¿verdad? ¿En qué consiste tu oración? Pues en actos seguidos de amor, hasta que un día estos actos se conviertan en uno solo” .

La aspiración a un amor continuo, siempre en acto, sin “distracción”, como aquí aconseja a su tía, es una de las constantes de su vida. Cuando los “actos seguidos de amor” se van multiplicando y haciéndose más repetidos, se acercan al acto único, que abarcará no sólo los momentos oficiales de oración, sino todos los momentos del día. Por eso, aspirar a un acto único de amor equivale a aspirar a una oración continua. Para Rafael, orar continuamente es sinónimo de amar continuamente, y orar sin distracción es sinónimo de amar sin distracción:

“¡Qué oculto tengo a Jesús...!, con qué ansias le pido que me “descubra su presencia”, aunque no lo pueda resistir y me “mate su hermosura...”. Qué amor a Dios tan grande para un alma tan chica, como dices tú... ¡Qué ansias de silencio y recogimiento tengo, para así, calladamente, amar a Dios siempre..., siempre, sin distracciones, sin ruido...!” .

Las distracciones, o el ruido, no es que entorpezcan la oración: lo que entorpecen es el amor. Y al revés, el silencio, el recogimiento, lo que favorecen es el amor indistraído. Y en este sentido es como sigue exhortando a tu tía: “Alma de Dios que quieres entregarte a él... inúndate en ese amor, sube y vuela hacia él... no hay palabras, hermanilla, no hay palabras; sólo una, que es amor, y cuando ese amor se refiere a Dios, lo mejor es el silencio” .

2. LA ORACIÓN DE RECOGIMIENTO

El silencio para amar, o también cada vez más, para escuchar el amor, son maneras de adentrarse en la oración de recogimiento, sin meditación ni palabras, cuya doctrina Rafael conoce perfectamente por su lectura de los clásicos españoles y de otros maestros de la oración. Hablamos aquí de recogimiento como un estado interior de conciencia amoroso y callado, generalmente acompañado de una suavidad interior, que él llama con frecuencia “consuelos” o “flores” de la oración: esas diversas y delicadas emociones internas, en las que el hermano tanto abundó y a tantos niveles:

“Me hablas de tu oración -le vuelve a escribir a su tía-, del estar en silencio delante de Dios... te entiendo, no quieras, no pidas más... qué bien se está ahí, ¿verdad? Dios inunda al alma con una suavidad....” .

El recogimiento solía ser la desembocadura habitual de otras formas de orar más externas. Cuando va a la Iglesia, a tratar con Jesús de sus cosas, con frecuencia termina así, en un estado de recogimiento. Veamos tres ejemplos de sus escritos, pertenecientes a la misma época. El primero parte de un diálogo espontáneo con Jesús en una iglesia, sobre una carta que le ha escrito su tía María. Comienza comentando vocalmente la carta con Jesús, e incluso en un momento determinado no puede evitar echarse a reír:

“En este momento... llego del convento de las esclavas... Mira, a Jesús fui a contárselo todo como siempre que recibo carta tuya... Primero hice un acto de agradecimiento... Después, considerando delante de Él unas cosas que me dices, en las que me pides que no me enfade... yo se lo dije al Señor y nos reímos los dos un poco... Verdaderamente que eres una «pobre de solemnidad», querida hermanilla; qué gracia me haces... Dios sabe todo y yo todo se lo cuento luego a Él. Cuando así lo hacía esta tarde, me entró de repente una alegría tan grande de ver que el Señor me escuchaba y que se sonreía conmigo..., que si no llega a ser porque me di cuenta de la gente que estaba a mi alrededor, que si no, rompo a reír... Después me recogí mucho y esa alegría un poco intempestiva se trocó en una paz tan grande... Me olvidé de todo, de mí, de ti...”.

Sólo la tos aparatosa de una ancianita le sacará de su absorción y le hará ver que aún estaba en la iglesia, en la que permaneció “hasta que me echaron”. Aquí se ve bien el paso de lo exterior a lo interior: primero habla espontáneamente con Jesús, comenta con él carta, incluso se ríe con él, y luego viene lo interior: “me recogí mucho”, “me olvidé de todo, de mí, de ti”.

El segundo ejemplo muestra el uso frecuente que Rafael hacía de la imaginación en sus oraciones. Seguramente él conocía bien la técnica de la oración metódica, que recurre a la imaginación para crear un escenario interno en el que interviene no sólo la razón, sino también los sentidos y la imaginación. A esto se llamaba “composición de lugar”. San Ignacio lo recomiendo en sus ejercicios espirituales, que Rafael practicó abundantemente. Por ejemplo, si medito en las Bienaventuranzas, me imagino al pie del monte, entre la gente que la escucha, y así me introduzco lo más vivamente posible en la escena para suscitar un diálogo y una oración también lo más real posible. Algo así expresa el siguiente ejemplo, en que al ir a comulgar se imagina que está en la puerta del Cenáculo recibiendo de Jesús mismo la comunión:

“Acabo de recibir al Señor; fui a Misa de ocho con mi padre... Mira, a la puerta del cenáculo se está muy bien, y viéndole repartir el Pan a sus discípulos... siempre quedan unas migajitas para ti... Él te las da, y llenan de tal manera... Te manda, con una tierna mirada, acercarte, contarle tus cosas, consolarte... Ves su inmenso amor hacia ti... Todo desaparece: los discípulos e incluso tú mismo... Él lo llena todo...Entonces no hay penas ni alegrías, no sabemos qué decir..., no podemos; quedamos abismados en su regazo, y Él entonces habla al alma con una dulzura tan grande” .

“Abismados”, dice con una expresión que él utiliza con cierta frecuencia para referirse al recogimiento. Pero además abismados en su “regazo”. El regazo de Cristo, o su “dulzura”, son símbolos maternos que expresan la dimensión afectiva del estado de recogimiento, a partir de consideraciones externas. Por aquí le vinieron a Rafael la mayoría de sus consuelos y experiencias internas de Dios. El “abismamiento” es la forma interna que tiene su oración de regimiento, para llegar al cual, el uso de la imaginación juega un buen papel. El texto citado nos muestra cómo ha elaborado toda una escenificación: la puerta del Cenáculo, Jesús repartiendo el Pan a sus discípulos, las migajas que sobran, Jesús que se las da, la mirada “tierna” que arroja sobre él desde la distancia. Todo este cuadro sirve para que en su rica afectividad se encienda enseguida el amor sensible, la “dulzura”. Lo clave aquí es esa “ternura” que él pone en la mirada de Jesús hacia él. Rafael proyectó siempre una ternura suya sobre Jesús y una ternura de Jesús sobre él, y en ese intercambio sobreviene el abismamiento en el “regazo” de Cristo.

Otro ejemplo más, en la misma carta:

“Mañana, cuando te acerques a comulgar, le dices al Señor lo que te pasa... Le pides que Él sea tu confesor, tu padre espiritual, tu amigo entrañable, y que como te ves muy sola, que le necesitas a Él para todo. Se lo dices con humildad, con sencillez, tal como eres; le cuentas al detalle sus sufrimientos, no para que te los quite, no; sino para desahogarte con Él. Tus penas son las suyas; tú quieres ser suya, pues empieza por eso, por dárselo y contárselo todo... Le dices que yo te lo he dicho, te apoyas en sus rodillas y sobre la humilde túnica de Jesús, depositas tus lágrimas... Saldrás transformada y muy contenta”.

Y luego le dice: “Ya verás, querida hermana, ya verás qué bien te va así. Si no te da resultado me lo dices... ¿Harás así la comunión mañana? No necesitas ni preparación, ni oraciones, ni nada de eso”.

3. DIOS DEBE REINAR HASTA EL EN AIRE QUE RESPIRAMOS

Si el recogimiento es el término habitual de las rumias y meditaciones de Rafael, no deja de ser uno de los aspectos de su oración, el más profundo, si se quiere, pero no el único. La búsqueda del acto único de amor tiende a impregnar todos los momentos y actividades, y no sólo cuando uno va a rezar. Rafael buscó claramente una conciencia continua de Dios en medio de la vida y de cualquier actividad; búsqueda que puede sintetizarse en esta frase que Rafael escribe en una meditación que lleva por título: “Sólo Tú”: “Dios debe reinar hasta en el aire que respiramos, en la luz que nos ilumina” . En eso consiste el recuerdo de Dios sin “distracción”.
“Buscar a Dios en todo”, “amarle en todo”, “referirlo todo a él”, son expresiones suyas que muestran el modo como intenta alcanzar ese “reinado”. Un texto de su Apología del trapense, de sus primeros tiempos, nos enseña cómo realizaba él, en la práctica, esa aspiración:

“Mis impresiones de lo que mis ojos ven por el mundo en donde estoy, están vistas a través del prisma de Dios... No lo puedo ver de otra manera, ni quiero tampoco... Si me impresiona un paisaje es porque en él veo a Dios, y los colores, los vientos y el sol, son obras suyas... En las criaturas, o sea, lo mismo en los hombres que en los seres irracionales, también veo a Dios; en la grandeza de las almas para alabarle, y en la miseria de los cuerpos para implorarle... En los actos de la vida también veo a Dios, y todo con Él lo relaciono... Un hecho en sí no tiene valor si no se encamina a un fin; el hecho será bueno si el fin es bueno, y malo si el fin es malo. Y es bueno cuando el fin es Dios, y malo cuando todo lo contrario. Y como para mí lo único que me interesa es Dios, al analizar un hecho, una impresión de mis sentidos o un acontecimiento que me impresione, lo primero que busco es a Dios, analizo mis ideas para, en ellas, tropezarme con Él, y encamino mis actos para que por medio de ellos me conduzcan a Él... ¡Y esto es tan fácil!... Incluso el comer, el reír, el hablar..., todos, todos los actos que hacemos en la vida corriente, lo podemos encaminar a ese fin..., y así resulta que haciéndolo todo por Dios, todo es bueno, y con las más insignificantes cuestiones de la vida, podemos elevar el corazón a Él y a Él encomendárselo todo.”

Aquí se ve cómo la búsqueda de la conciencia permanente de Dios requiere una actitud vigilante que eleve el corazón a Él hasta en las cosas más nimias. Todo lo que vivimos en nuestra jornada puede ser un medio para ello: los paisajes, los colores, las plantas, los animales, la hermosura de un alma, la pobreza de un cuerpo, el trabajo cotidiano, las ideas que pensamos, en todo podemos “tropezarnos”, como él dice, con Dios, que está con nosotros en todo momento:

“En todo está Él... En el coro, en el campo, en el trabajo, lo mismo cuando comemos que cuando dormimos... Todo es lo mismo, pues todo nos recuerda a qué hemos venido al monasterio, que es a buscarle en la austeridad, en el silencio, en la iglesia, en la huerta, y lo mismo dentro, que fuera de nosotros mismos.
Debemos ver al Creador en todo lo que nos rodea, sea hermoso y agradable, o feo y repulsivo... Todo es obra suya; nada hay inútil debajo del sol; y tan necesarios son esos días en que el alma está inundada de la luz de Dios, y parece que todo sonríe, como cuando las tinieblas de la desolación se apoderan de ella, y todo el cielo encapotado de nubes, pesa y parece que nos va a aplastar. La cuestión es ver a Dios en todo... No perder ni un minuto de nuestra vida.” .

Como es lógico, esto no es algo que se realice sin esfuerzo ni lucha. A pesar de haber dicho que “¡eso es tan fácil!”, las distracciones y despistes son inevitables, y él mismo confiesa que muchas veces no puede mantener su propósito. ¡Cuántos momentos del día nos abandonamos al “olvido” y ni nos acordamos siquiera de que Dios existe y que en él nos movemos, existimos y somos! ¡Cuántas veces nuestro ideal se queda sólo en el deseo!

“Pero Señor..., Vos sabéis que, aunque este es mi deseo, cuántas y cuántas veces me olvido de que existes, y me porto como si Tú no me vieras... Cuántas veces al cabo del día he hablado sin tenerte presente y me he ocupado en mil quehaceres que, aunque no son malos, como no te los he ofrecido, pierden su valor...Señor, si Tú lo eres todo, ¿cómo es posible que yo, aunque sea por un momento, te olvide?
Señor, miradme bien y veréis que, aunque no merezco que me atendáis, podréis ver que aunque estoy ocupado en mil cosas y menesteres, mi espíritu lo tengo en Vos, y si alguna vez me distraigo, y las criaturas me apartan un solo momento de Ti, tened en cuenta que soy débil, que mi corazón es humano, y que soy un hombre lleno de imperfecciones. Mi deseo es veros en todo lo que me rodea, no pensar más que en tu Amor infinito hacia mí, y tenerte siempre presente, lo mismo en el sueño que en la vigilia, cuando río y cuando lloro, que todo lo encamine a tu fin y que me falte todo menos Tú, pues teniéndote a Ti lo tengo todo.”

El amor tiende al acto único y continuo, más para ello tiene que luchar contra el olvido y todo lo que éste genera, hasta que Dios reine realmente en cada respiración y en cada parpadeo de los ojos, en el sueño y en la vigilia, en la risa y en el llanto: “¡Cuántas veces me olvido de que existes!”. El olvido, la desmemoria, es el principal obstáculo del acto de amor, que es fundamentalmente recuerdo o memoria del amado.

4. LA VÍA ADMIRATIVA

El amor, visto desde el punto de vista de la oración, reviste muchos matices en el hermano Rafael. A veces tiene la forma de un consuelo sensible, otras la forma de la Cruz o de la compunción regada por las lágrimas. Con frecuencia se expresa en deseos vehementes de Dios, y de muchas otras formas. Una de ellas es la admiración: el amor admirativo, que es lo que vamos a ver ahora, porque ocupa un lugar importante en su experiencia de oración. El sentido que él siempre tuvo de la grandeza de Dios y del amor desproporcionado de Dios hacia él fue adquiriendo un progresivo carácter admirativo, que desembocó en ocasiones en el asombro y en el pasmo.

La admiración impregna fuertemente la vida de oración de nuestro hermano, en todos los ámbitos en que ésta generalmente se expresa. Admiración orante y contemplativa, que Rafael sintetiza con cierta frecuencia en la expresión: “¡Qué grande es Dios!” . Precisamente así reza también el título de la primera de sus Meditaciones de un trapense, escrita al poco tiempo de su segundo ingreso en el monasterio. En ella aparecen tres ámbitos distintos donde se manifiesta el amor admirativo: el mundo, el secreto del corazón y en todos los actos de la vida:

“¡Qué grande es Dios! Ésa es la primera exclamación que sale de un corazón de veras enamorado de Él, cuando a la vista del mundo exterior que rodea al monje, contempla las maravillas de la creación.
¡Qué grande es Dios! Vuelve a exclamar cuando, cerrando los ojos a todo lo que es criatura, a todo lo que es externo, reconcentra la vista en su propia alma, le busca en su corazón y se retira al silencio. ¡Qué grande es Dios! He aquí la única..., la continua meditación de ese trapense, que sigue su Regla en silencio, bien o mal.”

Ante todo y en primer lugar, la admiración aparece como fruto del amor: “la primera exclamación que sale de un corazón de veras enamorado”. Por eso, la admiración está allí donde está el amor: en lo exterior o en lo interior, en las maravillas de la naturaleza o en el recogimiento del espíritu, más allá de la “niebla” de los sentidos corporales. Pero además, como el amor tiende a ser “indistraído”, la admiración tiende también a abarcar la vida y a convertirse en una consideración continua del alma: “ha aquí la única..., la continua meditación de ese trapense”.

Y es que Dios es grande en todos los ámbitos de la existencia. No sólo en la creación o en el silencio interior del alma. Su grandeza se manifiesta igualmente en las fatigas y sudores del trabajo cotidiano, en el silencio de los claustros o en la última oración de la jornada cuando, postrado a los pies de María, Refael, el monjecillo, deposita ante la Señora las obras de la jornada que acaba de terminar. Todo deja en él un sentimiento indecible de la inmensidad divina, del Absoluto que todo lo llena y ante el cual su pequeñez humana enmudece, queda absorta y siente deseos de desaparecer:

“En la vida espiritual, en la vida interior, no hay principio ni fin..., no hay más que Dios, y se mire de una manera o de otra, siempre, después de cualquier reflexión, se ve uno tan pequeño, tan menudo e insignificante..., tan nada delante de Él, que solamente queda en el alma esa impresión tan difícil de explicar... Esa impresión de la inmensidad y grandeza de Dios... Ese sentimiento ante el cual la palabra enmudece, quisiera el alma no verse, desaparecer, no ser ni existir, y solamente la grandeza de Dios... En fin, me pierdo” .

Se pierde, dice. Cuántas veces utiliza expresiones semejantes para significar el límite de un razonamiento. En sus escritos de primera épica, la dimensión admirativa destaca sobre todo el primer aspectos de los tres arriba mencionados: el de la contemplación de la grandeza de Dios en la creación. En la belleza natural, él descubrió siempre la presencia inmanente del Dios que todo lo llena, y que acaba absorbiendo la mirada contemplativa: “entonces no vemos nada -escribe- le vemos a Él en todo, todo lo es Él”. Es el “abismamiento” de que antes hemos hablado.

QUÉ GRANDE ES DIOS

Es evidente que Rafael practicó ampliamente la contemplación de la Naturaleza, con la que siempre vibró su sensibilidad. En las grandezas naturales veía el mejor reflejo de la grandeza divina. Ante un paisaje grandioso, ante la extensión ilimitada del mar, experimentaba su propia pequeñez, pero asimismo la pequeñez de aquellas mismas grandezas naturales comparadas con la de Dios:

“Cuando vemos la grandeza de Dios en la creación ¡somos tan pequeñitos! Pero cuando vemos el amor, y nada más que el amor..., entonces nos parece chico... Todo desaparece, y el alma se ensancha..., vuela a Dios, no hay sitio para ella... Qué pequeño es todo. La obra de Dios es grande y maravillosa, pero es infinitamente más grande y maravilloso el mismo Dios”

Rafael vibra intensamente con las bellezas naturales, pero éstas no son, en último término, sino un reflejo que nos debe remitir a su Modelo:

“Al contemplar los serenos cielos de Castilla, ese trapense ve en ellos la grandeza de Dios; su alma se abisma en la bondad del Criador, y elevando el corazón sobre las cosas de la tierra, prescindiendo de sus sentidos, y viendo la vanidad de todo, exclama: Señor, admirable eres en tus criaturas; por medio de ellas te manifiestas a mi alma, pero no permitas que en ellas me quede. Hermoso es el cielo, la tierra y sus moradores, pero no eres Tú, y a Ti quiero llegar a través de todo y de todos.”

Sería bueno releer en este contexto su meditación titulada: “Lo que veo desde mi ventana” para ver el valor, al mismo tiempo que la desproporción, entre la grandiosidad del mundo comparada con la de Dios. Claro está que esta espiritualidad del trascendimiento no anula el valor de la naturaleza como verdadero reflejo de Dios. El “abismamiento” no elimina la creación, la cual es asumida en la admiración amorosa del alma y es motivo de alabanza a la gloria divina:

“El alma se dilata al abismarse en la grandeza de Dios, manifestada en los cielos bajo los cuales ese monje trabaja... La creación entera está sujeta a la mano del hombre..., todo canta las glorias de Dios..., los trigos, las flores, los montes y el cielo... Todo es un concierto sublime de armonía; nada falta y nada sobra. Todo lo que hace Dios está bien hecho.”

Los términos utilizados al escribir de estos temas: dilatación, abismamiento, inmensidad, éxtasis, independientemente del alcance que tengan en su espíritu, revelan la experiencia frecuente del llamado sentimiento oceánico, de la ilimitación y la infinitud. Lo cual no tiene nada de extraño en alguien que pasaba horas admirando las obras de Dios y a Dios en sus obras con san Juan de la Cruz bajo el brazo. Motivos tenía para ello: tenía los acantilados del Cantábrico abiertos al mar, las montañas de Asturias con “los mares de niebla” encajonados en sus valles, la noches estrelladas de Castilla y tantas otras cosas, que fueron fuente abundante de experiencias espirituales, sobre todo en los tiempos en que su enfermedad no le obligó a vivir entre cuatro paredes.

Más adelante, cuando en razón de su aislamiento se vea alejado del contacto con la naturaleza, todo esto quedará en segundo plano, pero no desaparecerá. De hecho, fue una de las cosas a las que más le costó renunciar. La prueba de la importancia de este tema en su vida de oración, es aquella estampa dibujada poco antes de su muerte, que ha servido de modelo para la vidriera de su capilla en el monasterio de san Isidro. La estampa representa a un monje con los brazos extendidos entre montañas y árboles, que adora a Dios en la belleza proyectando tras de sí una sombra en forma de Cruz. Al pie puede leerse: omnis terra adoret te.

Sin embargo, la admiración no aparece sólo en presencia de lo exterior. Ya hemos dicho que también aparece en el recogimiento interior, cuando ese “trapense” de que antes nos hablaba -o sea él mismo- “reconcentra la vista en su propia alma, busca a Dios en su corazón y se retira al silencio”. Aquí, buscando a Dios en su interior, la admiración presenta al menos dos rasgos: uno es el asombro cada vez mayor por el amor desproporcionado de Dios, en primer lugar hacia él, a pesar de su pobreza, pero también en general; otro -complementario del primero- es la admiración por la Misericordia divina, que ejerce ese amor desproporcionado descendiendo hasta donde se halla el pecador, ocultándose en la humildad de un Sagrario y llegando, en la comunión eucarística, hasta el corazón mismo de la criatura.

Una meditación de su primera época expresa de forma muy bella este aspecto. En ella se ve cómo el asombro se convierte en oración, en una rumia de la Misericordia de Dios, frecuente en Rafael, en la medida en que se vio favorecida por su experiencia creciente de la pobreza y del sufrimiento:

“¡Qué grande es la misericordia de Dios. El alma de ese hombre, que hoy se ha acercado en la comunión a Dios, no sabe expresarla. ¡Qué grande es la misericordia de Dios! El corazón de ese pobre trapense que hoy, sin él comprenderlo, atónito de admiración, ha tenido dentro de sí a Dios..., no sabe decir nada.
¡Qué grande es la misericordia de Dios! Esta exclamación la va repitiendo lentamente, sin llegar a comprenderla... Su alma se abisma en la grandeza del Criador, que se digna descender hasta la criatura...
¡Qué grande es la misericordia de Dios!, va lentamente repitiendo por los claustros del monasterio, mientras las primeras luces del alba penetran poco a poco a través de los amplios ventanales, anunciando la aparición del sol... Y el nuevo día amanece como contestando con los trinos de los pájaros, y la alegría de la luz, a la exclamación de ese trapense, que allá adentro en su corazón, no se cansa de cantar las misericordias y las grandezas del dueño absoluto de la creación entera.”

El amor del hermano Rafael fue siempre admirativo. Lo fue incluso cuando se convirtió en un amor crucificado, y por tanto en una oración crucificada.

5. LA VÍA DE LA CRUZ

Como es sabido, la experiencia de Rafael está marcada por un sufrimiento elaborado espiritualmente en clave de identificación con la Cruz de Cristo. La experiencia de la Cruz fue un crisol y una escuela donde su amor espontáneo a Dios fue tomando la forma de la Cruz hasta convertirse en “amor eucarístico”, como él mismo le llamará. Ahí aprendió, no teóricamente sino en su propia carne, esa ciencia espiritual a la que dio diversos nombres: ciencia del amor, ciencia de la caridad o ciencia de la vida de Cristo , donde su espiritualidad adquirió su mayor hondura.

Él mismo dirá que aprendió esa ciencia a base de golpes y caídas. Pero sobre todo a base de leer esos golpes y caídas a la luz de Dios. Es decir, a base de mucho meditar, de mucho considerar, de mucho orar a los pies de la Cruz de Jesús. Por eso el sufrimiento, la Cruz: la suya en la de Cristo y la de Cristo en la suya, fue cada vez más el lugar preferencial donde se explayó la oración de Rafael y su amor “indistraído”. Así lo dirá él mismo al final de su vida:

“Déjame, Señor, vivir al pie de tu Cruz..., de día, de noche, en el trabajo, en el descanso, en la oración, en el estudio, en el comer, en el dormir..., siempre..., siempre. Es en la Cruz donde siempre he hallado consuelo. Es en la Cruz donde he aprendido lo poco que sé... Es en la Cruz donde he hecho siempre mi oración y mis meditaciones... En realidad no sé otro sitio mejor, ni acierto a encontrarlo..., pues quieto.”

Pues quieto, dice. Ahí quieto oró, meditó, clamó, lloró y recibió de la gracia sus más hondos consuelos. Porque la oración al pie de la Cruz es un poco todo eso: unas veces es escucha y meditación, otras clamor y quejido, otras ardiente súplica, otras llanto, otras quietud, consuelo y recogimiento del espíritu. De todo ello, lo primero es la escucha. La escucha de la Cruz, del Amor infinito clavado en un madero, y la consideración de todo lo que ahí nos enseña Cristo. En ella podemos aprender “el perfecto conocimiento de Dios y de sí mismo”. Conocimiento al que se llega escuchando, meditando,

“poniéndose ante esa Cruz en la que murió todo un Dios. A sus pies, y sin ruido de palabras, se llega a ver -a contemplar- el Amor infinito clavado en un madero. A sus pies se aprende a amar a Cristo, a “despreciar” el mundo y a conocerse a uno mismo” .

Sin ruido de palabras, dice. Porque la Cruz ha de ser ante todo escuchada, para ser aprendida. Por eso escribirá al final de su vida que “Jesús necesita almas que en silencio le escuchen”. Porque a la hora de la verdad nadie escucha la Cruz. Todos estamos embebidos en nuestra palabrería interior y exterior, en nuestro ruido, en nuestro “olvido” y nuestra “distracción”. Rafael dirá incluso que en nuestra locura, con la cual nos tenemos cuerdos:

“El mundo loco no escucha... Loco e insensato vuela embriagado en su propio ruido... no oye a Jesús que sufre y ama desde la Cruz” .

Ahí, en esa escucha, se aprende la ciencia de la Cruz, y se olvida todo lo del ego: “allí todo se olvida... Al ver tus llagas, Señor, un solo pensamiento domina al alma... Amor... sí, amor para enjugar tu dolor, amor para endulzar tus heridas, amor para aliviar tanto y tan inmenso dolor” . He ahí la Cruz escuchada.

Si embargo, al pie de la Cruz la oración no es siempre escucha. A veces, cuando el sufrimiento es demasiado, también es grito y quejido:

“Señor, ayúdame..., atiéndeme en la tentación; no me dejes, Señor, pues yo solo ¿qué podré hacer?... ¿A dónde iré con mi dolor? ¿Quién atenderá mis quejidos? Sufro, Señor, Tú lo sabes... ¿Hasta cuándo prolongarás esta vida mía, inútil para Ti, y para todos, pues aunque en momentos de generosidad deseo sufrir por el mundo entero, y me ofrezco a Ti, para lo que Tú quieras..., son tan pocos los momentos en que pienso así..., es tanta la sensualidad de mi carne, y la flaqueza de mi espíritu, que ya ves, Señor... cuántas veces desfallezco. Nada soy, y nada valgo... ¿Qué se puede esperar del lodo, del barro miserable..., débil y enfermo? Señor..., Señor, no tardes... Ayúdame; mira que mis pies vacilan si me veo solo... Mira que no sé hasta dónde llegaré y quisiera, Señor, llegar al fin, pero al ver mis pies ensangrentados, y con tanto dolor... ¿resistiré?... No me dejes, buen Jesús... Ampárame, Virgen María” .

Y junto al quejido, la súplica ardiente y el llanto:

“Agarrado a ella (a la Cruz) con todas mis fuerzas, juntando mis lágrimas a tu sangre y gritando con gemidos y aullidos..., queriendo volverme loco..., loco por tu santísima Cruz..., óyeme, ¡oh Señor!, atiéndeme y no desprecies mis súplicas... Limpia con el agua de tu costado mis pecados enormes, mis faltas, mis ingratitudes; llena mi corazón con tu sangre divina, y sosiega mi alma que no cesa de clamar: «Déjame, Señor, vivir junto a tu Cruz, y no permitas que de ella me aparte» .

Desde diversas perspectivas, el llanto ocupa un lugar muy importante en la vida espiritual de Rafael. Visto desde la oración, fue quizá su mejor vía hacia el recogimiento, ya que es sabido el poder que en este sentido tienen las lágrimas espirituales, consideradas desde antiguo como fuente de alegría, de pureza en la mirada, de pacificación interna y antesala de la contemplación. Rafael sintió por ellas mucho aprecio y las colmó de piropos. Las llama perlas que adornan el sagrario, obsequio que hace cantar a los ángeles, bálsamo, dulces quejidos del alma, canto dulcísimo que fortalece la fe, la esperanza y la caridad. Pero sobre todo las ve desde la perspectiva de la bienaventuranza de Jesús de los pobres, como el único consuelo de aquellos que nada tienen más que llorar delante del Señor:

“¡Qué intimidad tan grande la de Jesús con los que lloran! ¡Benditas lágrimas, penas y enfermedades, que son nuestro tesoro, lo único que poseemos, que nos hace acercarnos a Jesús, ya que el poco amor que poseemos hacia Él, es tan flojo y débil que solo no basta...!”.

La oración con lágrimas siempre es consolada. Por ellas, la Cruz, la experiencia de lo peor, se convierte en la experiencia de lo mejor, es decir de los consuelos divinos: esas “dulzuras inefables que se rumian en silencio, y que apenas el hombre se atreve a explicar” . Por eso, si por la Cruz le vinieron a Rafael sus mayores sufrimientos, también le vinieron sus mayores experiencias de oración, a las cuales podemos asomarnos a través del rocío de sus lágrimas. Estas experiencias, al menos hacia el final de su vida, alcanzan estratos muy profundos de su espíritu, como cuando escribe: “sentí su amor muy adentro”. En la Cruz escuchada, meditada, gritada, llorada y consolada vivió también Rafael su experiencia interna de la oración, acompañando a María.

6. BREVE CONCLUSIÓN

El secreto de la oración, en Rafael como en todos los grandes orantes, es el hambre de Dios y de verle, un hambre que mueve todas las fibras del ser hacia este objetivo. En el caso de Rafael, este hambre tiene la forma de un “ansia”, como él le llama tantas veces: de un ardiente e inextinguible deseo. En este sentido, a mí personalmente me gusta mucho la expresión “dictados del corazón” que aparece una única vez en sus escritos, cuando explica su vocación al Abad del monasterio en la carta en que solicita por primera vez su ingreso, y antes, por tanto, de cualquier relación con la enfermedad y la Cruz. Con ella expresa su vocación más natural y espontánea:

“Cuando hago mi examen y me veo un poco por dentro, veo claramente que no hago más que seguir los dictados de mi corazón, mis ansias de llenarme de Dios y nada más.”

El ansia expresa una pulsión amorosa que no tiene nada que ver con la emotividad sensible, sino que nace de aquel lugar interno del alma donde el Espíritu gime con gemidos inefables. En esa pulsión está el secreto de la oración de nuestro hermano, el motor que le impulsa a orar, porque ya hemos visto que su oración consiste básicamente en un “ejercicio de amor”, el cual, en la medida que es real, se afana y lucha por ser continuo e “indistraído”, ya que “el amor a Dios no podemos dejarlo quieto. Siempre más, siempre más” .

Esta tendencia al “siempre más” de un amor que no es posible dejar quieto porque entonces se muere, es la historia misma de la oración. Por ella sus diarias visitas a la Iglesia y al Sagrario, por ella su rumia de la Escritura y de los escritos de los santos, o su búsqueda de Dios en la belleza de la creación. Por ella sus risas y sus lágrimas, su riqueza y su pobreza y toda su vivencia del misterio de la Cruz. Por ella, y sólo por ella, estamos hoy aquí reunidos hablando de la oración en el hermano Rafael.


Antonio María Martín Fdz-Gallardo
Monasterio de Alloz