CÓMO ORABA EL HNO. RAFAEL (I)

El tema de la oración en el hermano Rafael es muy amplio y con muchas ramificaciones. En estas dos conferencias nos preguntaremos sobre todo por sus hábitos de oración: dónde y cuándo rezaba, qué formas o métodos empleaba, si es que empleaba alguno, y luego cuál era la forma interior de su oración. Tres aspectos que, por sí solos, darían para un amplio estudio.

Desde su infancia y adolescencia, Rafael practicó todas las formas de oración que aprendió en su familia y en los colegios de jesuitas en que estudió. Como es lógico, rezaba diariamente el rosario, practicaba el via crucis y otras devociones populares, de las cuales nos ha dejado testimonios esporádicos en sus escritos. Por éstos conocemos asimismo ciertos hábitos suyos, que pueden ayudarnos a entender por qué medios Rafael llegó pronto a tener una vida interior tan encendida, y que le llevó a dar las respuestas que dio.

1. ORANDO EN LA IGLESIA

LA COMUNIÓN

Rafael rezaba mucho en la iglesia, lo mismo cuando vivía en su casa que cuando estaba en el monasterio. Este hábito de rezar en la iglesia está en relación directa con la eucaristía. Nos ha dejado testimonios abundantes de lo intensamente que vivía la misa, tal como se celebraba en su tiempo; pero sobre todo el momento de la comunión era par él un momento fuerte, debido a la reverencia que siempre sintió por Jesús sacramentado. Por eso, después de comulgar tenía la costumbre de hacer un largo rato de oración, que iba más allá del breve silencio ritual que nosotros hacemos, y que él prolongaba después de la misa.

Los abundantes testimonios que nos ha dejado revelan la importancia de esta costumbre suya, ya que muchas de las experiencias más intensas que le ocurrieron fue precisamente durante este tiempo, que él aprovechaba para hablar con Jesús y explayarse con él: ahí hablaba, rogaba por sí mismo y por otras intenciones, se recogía, lloraba, reía, soñaba y compatía sus cosas con el Señor: hacía lo que él llamaba una “verdadera comunión”.

“Acabo de recibir al Señor -le escribe a su tía-... A la puerta del cenáculo se está muy bien, y viéndole repartir el Pan a sus discípulos... siempre quedan unas migajitas para ti... Él te las da... Te manda, con una tierna mirada, acercarte, contarle tus cosas, consolarte... y Él, entonces, habla al alma con una dulzura tan grande... te aseguro que con una verdadera comunión tendríamos bastante para toda la vida, si supiéramos hacerla”.

Su experiencia interna evolucionó con el paso del tiempo, pero este momento fuerte de oración permaneció siempre incambiado, lo mismo fuera que dentro del monasterio. Hasta el final de su vida, el momento de la comunión seguirá siendo un lugar privilegiado de oración, de consuelo, de súplica, de recogimiento, de profunda experiencia religiosa:

“Por la mañana de este día tuve gran consuelo y mucha paz en la santa comunión. Estuve un gran rato muy recogido” , escribe en su última serie de meditaciones. Y por el mismo tiempo: “Hoy en la santa comunión he sentido el consuelo de verme cerca de Ti, cuando todo parece que me abandona. He querido, Señor, clavar en tu Corazón esas palabras que digo todos los días: «No permitas, Señor, que me aparte de Ti» (OC, 203, 1045). Días más tarde tendrá en ese momento la experiencia de sentirse dueño de Dios: “Hoy en la santa comunión, cuando tenía a Jesús en mi pecho, mi alma nadaba en la enorme e inmensa alegría de poseer la Verdad... Me veía dueño de Dios, y Dios dueño de mí... Nada deseaba más que amar profundísimamente a este Señor que en su inmensa bondad consolaba mi corazón sediento de algo que yo no sabía lo que era y que en la criatura buscaba en vano.” (OC, 223, 1165).

No toca ahora explicar el significado y la circunstancia de estas oraciones, pues estamos mostrando simplemente sus hábitos de oración, entre los cuales ocupa un lugar de primera importancia el instante de la comunión y el tiempo que seguía después.

2. LAS VISITAS A LA IGLESIA

Junto a esta oración ligada a la eucaristía, Rafael tenía la costumbre de hacer cada día al menos una “visita” a la iglesia para orar ante el Sagrario. Costumbre que igualmente mantuvo hasta el final de su vida. Hoy día se hace difícil practicar una oración así, porque las iglesias están cerradas y no te invitan a entrar. Pero entonces era otra cosa. Además estaba en plena expansión la devoción al “Sagrario abandonado”, difundida por el que fue obispo de Palencia, D. Manuel González, fundador de las misioneras eucarísticas, que fomentaba mucho estas visitas. Este obispo murió en 1940, y por tanto fue plenamente contemporáneo de Rafael.

De lo que se trataba era de hacer compañía a Jesús, no dejarle abandonado en la iglesia. Este “abandono” no equivale exactamente a lo que hoy entendemos por abandono de las iglesias. En aquel tiempo las iglesias estaban llenas y todo el mundo iba a misa, al menos los domingos, aunque luego se rezara poco. Hoy las iglesias están vacías en un sentido más radical. La gente se ha ido de la iglesia en sentido total, porque ha dejado de creer o practicar.

Por esto, más que con el ateísmo, el abandono del Sagrario, tiene que ver en Rafael con el “olvido” de Dios por parte de los mismos cristianos: con la dejadez y el desinterés religioso, el hecho de que Dios no sea en nuestra mente un dato primero de conciencia, sino algo de segundo orden: “¿Verdad -le escribe a su tío- que a nadie oyes hablar de Dios? ¿Verdad que todo lo que con él se relaciona es cosa como de segundo orden? ¿Verdad que en el mundo tiene más importancia una buena cosecha que una buena comunión?” (OC, 185, 946). He ahí el olvido y la causa del “abandono”. Luego este tema se mezcla, me parece a mí, con la espiritualidad del Sagrado Corazón, que en la época de Rafael subrayaba mucho el aspecto del dolor y desgarro que el Corazón de Jesús sufre por los agravios y el olvido de sus criaturas.

Jesús sacramentado está sólo, porque la gente da primacía a otras cosas. Y la visita diaria a la iglesia es una de las formas posibles para combatir ese olvido de Dios y mantener vivo el recuerdo y el afecto. Valdría leer un poco las reflexiones que en su mente produce la visión de un barco de lujo en el puerto de Gijón, poco antes de entrar a rezar en una iglesia medio vacía:

“Yo no sé si a esa hora estaban mis hermanos trapenses rezando la Salve a la Virgen... pero la cuestión es que aquella música que venía del barco... me daba mucha tristeza, y luego, cuando entré en la iglesia y vi el Sagrario tan solo, cuatro beatas y yo... Qué pena, Dios mío, qué pena..., y el Sagrario tan solo” .

La honda devoción que Rafael tiene a Jesús sacramentado le hace escribir intensos y a veces profundos párrafos acerca del Sagrario, como lugar en el que todos los hombres podemos estar cerca y encontrarnos, aunque estemos lejos y distantes . Ante el Sagrario, Rafael hace lo mismo que cuando está con Jesús después de comulgar. Comparte con él su vida: habla, calla, ríe, llora, reflexiona, asimila sus muchas crisis, personales o familiares, e incluso escribe cartas, para hacerlo mejor a la luz de Dios. A su tía María le dice que lee todas sus cartas ante el Sagrario:

“Con tus cartas, lo primero que hago, después de leerlas una vez, es ir corriendo al Sagrario. Allí le cuento al Señor todo lo que me dices... Le pido fuerzas para todo, y en todo tengo que estar colgado de Él” .

Y más adelante, él mismo nos traza una síntesis de lo que hace cuando va a la iglesia:

“A veces dejo la pluma que no dice lo que quiero porque no sabe, y no puede, y me postro ante el Sagrario y allí escribo, canto, rezo o lloro..., lo que Dios me da a entender... y lo que nadie leerá jamás.” .

Está bien eso de “lo que Dios me da a entender”, ¿verdad? ¡Todo un método sistemático de oración! En el tiempo que precede a su segundo ingreso en el monasterio, tenía fijada la duración de su visita diaria más o menos en una hora, como él mismo atestigua: “el viernes haré la visita (si puedo) de tres a cuatro, en un Sagrario retirado, y por la noche, de dos a tres, en casa, ¿lo harás tú así?” . No sabemos si su tía lo haría o no, pero él sí lo hacía. Lo que no es seguro es que esa hora estuviera fijada siempre en el mismo momento del día. Parece que no. Hay que tener en cuenta, por lo demás, que durante este tiempo anterior a su segundo ingreso en el monasterio, están pasando muchas cosas en su vida, personales y familiares, que mantienen su espíritu muy sensible y despierto. Lleva una vida de oración muy intensa, dentro y fuera de la iglesia, y además de estas visitas, que llamaríamos “oficiales”, amontona otras muchas, por cualquier circunstancia.

“Los ratos que tengo libres, entre el viacrucis, el santo rosario a María, un poco de lectura espiritual y todos los ratos que puedo, junto al Sagrario, pues se me pasan los días que no me doy cuenta” .

Cuando su hermana está enferma, “yo, como un loco me marchaba al Sagrario y ofrecía a la Virgen la oración de mi hermana; la mía no valía nada” . Cuando va a pedir al abad de san Isidro ingreso en el monasterio por segunda vez, “muchas oraciones he dirigido a la Santísima Virgen antes de comenzar esta carta, y muchos ratos junto al Sagrario consultando a Jesús” . Y así otras muchas ocasiones, como esta tan graciosa:

“Me estuve en la iglesia hasta que me echaron... Salía tan contento de haber estado con Jesús, que me dieron ganas de abrazar al sacristán” .

Dentro del monasterio seguirá con la misma costumbre, adaptada al ritmo comunitario. De hecho, muchas de las experiencias que nos cuenta, sobre todo hacia el final de su vida, ocurrieren ante del Sagrario, adonde Rafael acudía siempre para compartir con Jesús sus confidencias. Porque “Jesús está en el Sagrario -escribe-; allí recibe a sus amigos, allí los consuela, los cura y los perdona...” . Al menos él ahí lo vivió todo.

¿Sus lágrimas? Ante el Sagrario:

“quizás me comprendas, cuando te pongas a los pies del Sagrario, mires a Jesús, contemples sus llagas, llores a sus pies y veas que ante la inmensa caridad de Cristo, tú desapareces, tus lágrimas desaparecen, tu alma entera se anonada, se hace como un polvillo de arena en la inmensidad del mar...” .

¿Su hambre de enfermo? Ante el Sagrario:

“Cuando después de comer me levante de la mesa y como hombre carnal, miserable y material, vaya a llorar los sufrimientos de mi enfermedad a los pies del Sagrario..., ¡ah!, si fuera ángel no lloraría, pero soy hombre...” .

Y tantas y tantas cosas a los pies de Jesús en el Sagrario de la iglesia.

3. FUERA DE LA IGLESIA: EL SAGRARIO INTERIORIZADO

Cuando se hallaba fuera de la iglesia, Rafael tenía también sus hábitos de oración, además de los dos mencionados. En el texto antes citado, habla de una oración hecha durante la noche, de dos a tres de la madrugada. Pero rezaba en muchos otros sitios. Su oración fuera de la iglesia revestía las más variadas formas, muchas de las cuales coincidían con lo que hacía cuando oraba en la comunión o en sus visitas al Sagrario. Al fin y al cabo, Jesús es el mismo dentro y fuera de la iglesia, y al salir a la calle uno siempre puede seguir con él. Cuando uno ha estado de verdad con Dios en la iglesia, al salir fuera de ella no puede cerrar tras de sí la puerta como si nada hubiera vivido, y dedicarse a ser otra persona. Esto ocurre cuando nuestra oración está hueca, cuando en ella no vivimos nada, o es un bla, bla, bla que muere en el instante en que deja de ser recitado: así ocurre con montones de Padrenuestros y avemarías, con montones de eucaristías, con montones de tantas formas devocionales que mueren en el momento en que han terminado de recitarse automáticamente.

Con la verdadera oración no ocurre así, no muere cuando termina, sino que prosigue de otra manera; porque no nace de un bla, bla, bla, sino de una conciencia interior y un estado de alma. Y los estados de alma tienden a perpetuarse. Por eso aconseja en más de una ocasión Rafael a su tía que, cuando salga de la iglesia, después de haber estado haciendo oración, salga de ella con Jesús. La oración en la iglesia, pues, tiende a desbordarse y convertirse en oración en la calle, como también la oración en la calle tiende a convertirse en oración en la iglesia:

“¿Te acuerdas que estando yo en Ávila te decía que cuando salieras de comulgar... o de la visita [al Señor], siempre que tuvieras que salir del templo, no había necesidad de dejar el corazón junto al Sagrario, sino que era mejor pedir al Señor, que se viniera contigo?... ¿Te acuerdas? A mí muchas veces me cuesta dejar la oración de gracias después de comulgar..., pero como no me puedo estar horas y horas con el Señor en la iglesia, lo que hago es, ya te digo..., pedirle al Señor se venga conmigo y sí viene, hermanilla..., no te quepa duda” .

Aquí vemos la unidad entre la oración en la iglesia, o mejor el Jesús de la iglesia y el Jesús de la calle. No hay división entre ambos. En medio de la calle, el Sagrario ha de ser nuestro propio corazón, donde podemos seguir haciendo compañía a Jesús en todo momento, sin dejarlo abandonado. El ser humano es templo de Dios, y por tanto también Sagrario suyo en sentido real. Por eso le escribe nuevamente a su tía, haciendo gala de su fecunda imaginación:

“Ánimo, hermanilla, puedes volar, ya lo creo; no te importe el mundo; haz un sagrario dentro de tu corazón; pon en él al Señor..., y tú ¿qué mas te da? Eres el templo de ese sagrario... Eres el templo donde está Dios escondido; abre tus puertas y no lo ocultes... Sé como esas capillitas humildes, que parece que las inclemencias del tiempo van a derruir; no te importe que alguna vez haya que ponerles tejas o arreglar el campanario... Todo lo que es barro y materia tiene desgaste y a veces se cae, pero no importa, todo se arregla” .

4. ALGUNAS COSTUMBRES SUYAS

Antes hemos visto cómo, en el tiempo intermedio entre su primera y su segunda estancia en el monasterio, Rafael oraba en su casa durante la noche, posiblemente con la intención de hacerlo al mismo tiempo que los monjes rezaban Vigilias en el monasterio. De hecho, ha hablado de las dos y las tres de la mañana, que era justo la hora en que, en su tiempo, se rezaban las Vigilias en la Trapa. Por eso, esta costumbre muestra bien cómo a lo lardo del año y medio de convalecencia que pasa en su casa, no se quita de la cabeza el monasterio y sus costumbres, sobre todo por lo que al oficio divino se refiere. Claro que en su casa él no podía practicar las oraciones litúrgicas como en el monasterio, pero hacía lo que podía al respecto y se unía a la comunidad. Por lo demás sabemos que desde siempre rezaba el Oficio Parvo de la Virgen. Pero sobre este tema del Oficio divino diremos una palabrita más adelante.


5. ORANDO EN EL CAMPO

Ahora vamos a mencionar una costumbre suya, que ocupa un lugar importante en su experiencia religiosa: su gusto de orar en medio de la naturaleza, en la que veía especialmente reflejada la Belleza de Dios. Sabemos que la renuncia a la naturaleza fue una de las cosas que más trabajo le costó asimilar, sobre todo cuando, debido a su enfermedad, quedó confinado en la enfermería del monasterio, y hubo de cambiar cielos “tachonados de estrellas”, los montes asturianos y los horizontes de Castilla por el estrecho paisaje que veía desde la ventana de su celda, que al parecer daba al Sagrario de la iglesia:

“Cuando era libre, y mi cuerpo gozaba del aire, del sol, de la salud, y mis piernas libres de la «glucosuria» me llevaban a los riscos de las cabras y rebecos, en las nevadas montañas de Asturias... ¡Cuánto gozaba mi alma viendo la inmensidad de Dios reflejada en lo profundo de los valles y en las escarpadas cimas de las sierras y los montes!... ¡Cuántos ratos me tengo pasados viendo los mares de nieblas, y escuchando el silencio solemne de una naturaleza, donde pocas veces llega el hombre!” .

“¡Cuántos ratos me tengo pasados!”, dice. Cuando vivía en Oviedo, siempre que podía agarraba el coche y se iba a un lugar solitario de la montaña, para estar un rato en oración, acompañado casi siempre en este tiempo por las obras de san Juan de la Cruz, particularmente el Cántico espiritual:

“Los días que hace bueno y puedo hacerlo, me voy en el coche yo solo, a unos cuantos kilómetros de Oviedo. Me paro en un alto de la carretera, desde donde se domina un panorama espléndido, y unas veces con san Juan de la Cruz y otras, rumiando lo que ya he leído..., pensando en Dios, me paso un gran rato hasta las doce y media en que me voy a hacer la visita al Señor” .

Aquí se ve cómo la oración en la calle empalma con la oración en la iglesia. Lo que dice del coche tiene también su gracia, pues aunque no lo parezca, el vehículo era otro lugar de oración, como confiesa a su tía: “Yo, ¿sabes cuándo lo hago? Cuando voy conduciendo el automóvil y voy solo... Por caridad, no te rías, pero me tengo echadas las grandes parrafadas con la Señora...” . O sea, que hablaba en voz alta con la Virgen, o indistintamente con Jesús. Y eso no sólo en el coche. Las calles de la ciudad también son lugar de oración, como nos muestra otro testimonio de esta misma época, en la que, el por entonces ya aspirante a Oblato, afirma que tiene continuamente la presencia de Dios:

“En este momento llego de hacer la visita al Señor en las esclavas... Fui a decirle todo lo que te he dicho en esta carta... Se me pasó el tiempo volando. Antes de salir de casa te escribí la estampa que te mando, y después, cuando iba por la calle, pensaba lo que en ella te había escrito..., no me enteré de nada. Amor, amor, repetía. Iba a la iglesia a ver a Dios... Amor... amor..., me impulsaba; tenía ganas de llegar al Sagrario..., y llegué” .

“Amor, amor” le impulsaba. Y cuando “amor, amor” impulsa, cualquier lugar y tiempo se convierte en lugar y tiempo de oración.

6. EL OFICIO DIVINO

El oficio divino no es propiamente un hábito de oración, ya que es una oración “oficial” de la Iglesia que forma parte de la estructura de vida de un monasterio. Sin embargo, hay que incluirlo también aquí, ya que sabemos cuánto le gustaba a Rafael la Liturgia de las Horas, con el canto de los salmos, que luego utilizaba como materia para sus “rumias” interiores. Toda su persona estaba hecha para vibrar participando en él: a nivel estético por la belleza, a nivel espiritual por el contenido. Le encantaban las Vigilias, aunque luego se muriera de sueño, así como las Vísperas y las Completas con aquel canto de la Salve, que tanto le hiciera vibrar el día de su primera visita al monasterio: “yo no sabía rezar”. Este gusto por el oficio lo mantendrá toda la vida, acomodándose a su evolución personal. Ello puede ayudarnos a valorar lo que debió costarle dejar de participar en el coro de la iglesia, cuando su enfermedad se lo impidió:

“Enfermo, separación. Largas horas sentado en un sillón oyendo campanas, y siguiendo con la intención todos los actos de la comunidad.” .

Sí, no era fácil seguir con la intención una de las cosas que estuvieron en el origen de su vocación y habían sido uno de los “cebos” de que Dios se había valido para atraerlo al monasterio. Al contemplar por primera vez la liturgia de la iglesia en calidad de huésped, los monjes le habían parecido ángeles que en la tierra unías sus voces a las de los coros angélicos, y él soñó enseguida formar parte de ese coro:

“El monasterio va a ser para mí... un rincón del mundo donde sin trabas pueda alabar a Dios noche y día... Allí, durante siete veces al día, como hacía el rey David, entonaré cánticos en su honor; acuérdate, pues, de que a cualquier momento que eleves los ojos a Dios, tu hijo Rafael está en un coro de hombres en la tierra que a imitación de los ángeles en el cielo, canta con alegría el «Hosanna al Dios en las alturas», y no se acostará ninguna noche sin haberle pedido a la Santísima Virgen en una fervorosa Salve, por su padre, su madre y sus hermanos” .

Evidentemente, cuando más participó con la comunidad en esta oración, fue durante sus dos primeras estancias. La primera antes de la enfermedad, donde todo respira optimismo y novedad, como escribe a sus padres: “cuando estás en el coro y con el salterio delante, ya pueden pasar horas y horas que no te das cuenta” . La segunda, más sosegada, se refleja en sus Meditaciones de un trapense, en las que describe diversas escenas de la vida diaria del monasterio, y donde nos ha dejado una hermosa meditación sobre la hora de Vísperas y de Vigilias , a las cuales podía aún asistir durante este tiempo:

“Ahora, como estoy mucho mejor, el reverendo Padre me ha dado permiso para bajar a Maitines por la noche, pues antes me levantaba a las tres y media y dentro de poco me pasarán, si sigo así, al dormitorio común del noviciado, y lo único que haré, fuera de comunidad, serán las comidas.”

Cuando más tarde le llegue la hora de la soledad, seguirá rezando el oficio en privado, como hiciera también con el oficio parvo de la Virgen, siguiendo con la intención el rezo de la comunidad, y alimentándose de él para su vida espiritual. No cantará con los hermanos, pero sí lo hará en su corazón, tal vez ayudado por los ángeles: “quizás los ángeles del cielo ayuden a cantar a ese pobre hombre lleno de miserias, que rumia en su corazón las alabanzas divinas, en medio de la soledad de una noche de la tierra.” . Y al término de su vida, focalizado ya enteramente en el misterio de la Cruz, escribe: “El Oficio divino lo rezaré teniendo presente a mi Jesús de mi alma clavado en el madero de la Cruz.”

Por tanto, el oficio divino no era para él sólo una estructura de la vida comunitaria. Sobre todo era una fuente que nutría su oración y su meditación personal, proporcionándole temas y fórmulas, que él luego rumiaba interiormente, a veces a modo de jaculatoria: “el monje se nutre de salmos -escribirá poco antes de su muerte-... Solamente la sagrada Escritura acierta a decir en breves palabras lo que muchos discursos de los hombres no sabrían.” . Y mucho antes ya había escrito: “Si el monje se retira al claustro es para alabar a Dios con más facilidad y sin distracciones. La salmodia, el silencio le ayudan a ello” . Este uso de los salmos del oficio divino para su oración personal enlaza directamente con lo que hoy llamamos lectio divina: el uso que Rafael hacía de la Escritura.

7. LA ESCRITURA

Es evidente que la lectura orante de la Escritura formaba parte también de los hábitos de Rafael, lo cual es significativo en una época en que la Biblia era muy poco leída, dado que la lectio divina, que durante siglos había sido la columna vertebral de la vida espiritual cristiana, y por supuesto también de la vida monástica, había sido prácticamente abandonada desde la época de la contrarreforma, donde los creyentes perdieron el contacto con la Escritura, hasta que el Vaticano II recuperó y promovió esta práctica tradicional. Rafael es muy anterior al concilio y no conoce para nada la expresión lectio divina. Sin embargo, es evidente que él la practicó mucho antes de que los estudiosos la desempolvasen y la expresión se pusiera incluso de moda. Ya le acabamos de oír: “Solamente la sagrada Escritura acierta a decir en breves palabras lo que muchos discursos de los hombres no sabrían”. Aunque las alusiones en sus escritos sean escasas, son también más que suficientes. Veamos dos, uno de sus primeros tiempos y otro de su época de madurez.

Entre los consejos espirituales que da desde Oviedo a un hombre con el que mantuvo cierta relación epistolar, tenemos el de leer asiduamente la Biblia:

“Perdóneme que acuda a citar textos sagrados, pero es que yo solo y de por mí, nada sé, pero en las sagradas Escrituras es donde hallamos siempre el bálsamo a nuestras heridas... Yo las manejo mucho, y al leer en ellas la palabra divina, parece que todo se calma, y que tenemos más paz en nuestro espíritu... No deje, no deje de leerlas muy a menudo. Si tuviésemos verdadera fe, ése sería el único libro que tendríamos siempre a mano.”

“Yo las manejo mucho”, dice. “No deje de leerlas muy a menudo”. Y de su última estancia fuera del monasterio, cuando vivía en Villasandino, tenemos el segundo testimonio: “Yo me paso la mañana completamente solo y dedicado a las Santas Escrituras en las que cada vez hallo la mina inagotable de la palabra de Dios.” . La mina inagotable de la Palabra, de la cual extrae luz, consuelo, valores para la vida, y materia para orar y meditar. En ocasiones la cita para dar algún consejo, como éste tan fervoroso que da a su abuela:

“O se ama a Dios o no se le ama, pues «quien no está conmigo, está contra Mí», dice Jesús; y, por otra parte añade que «arrojará a los tibios de su boca», que como ves no hablo por hablar, pues las palabras de las sagradas Escrituras son claras y terminantes.”

Y varias de sus meditaciones tienen como tema directo algún misterio, alguna escena o alguna expresión de la Escritura, que él interioriza y con frecuencia pone por escrito, ya que la mayoría de sus escritos no son otra cosa que meditaciones orantes. Y así tenemos meditaciones sobre “el ciervo desea las fuentes”, “el secreto del rey que se mancha y pierde brillo al publicarse”, meditaciones de tema navideño: “levantad vuestras cabezas, se acerca vuestra liberación”; y otros muchos: “el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó”, “Tú, Señor, eres mi esperanza”, “Yo soy la Resurrección y la Vida”. Todos ellos son expresiones escriturísticas que están en la base de muchas de sus meditaciones.


8. MEDITANDO Y RUMIANDO


Rafael no era sólo una persona muy afectiva, como él mismo reconoce ; además era muy reflexivo, como bien lo prueban sus meditaciones escritas. La rumia de textos de la Escritura o del oficio divino, junto con la meditación escrita, forman parte de sus hábitos de oración, que al mismo tiempo son ya también parte integrante de su método o manera de orar. Él mismo lo afirma cuando escribe:

“Yo tengo dos caminos..., la oración ante Jesús, y mi cuaderno. A veces dejo la pluma que no dice lo que quiero porque no sabe, y no puede, y me postro ante el Sagrario y allí escribo, canto, rezo o lloro..., lo que Dios me da a entender... y lo que nadie leerá jamás. Otras veces, me siento delante de estas páginas blancas, y las voy llenando..., no sé de qué, pero a veces también me sirven de oración, pues el escribir de Dios es también un método de oración.” .

Un método, dice. ¿Por qué? Primero “porque creo que el escribir y tratar las cosas de Dios, reporta un gran provecho a mi alma, es un esparcimiento de mi espíritu, que goza al hablar de Dios... un medio de dialogar, mejor dicho, de monologar... expansionarme, hablarle a Dios como si a él fuera a quien estoy escribiendo” . Segundo porque “el mucho callar y la reflexión continua, engendran un estado de ánimo, apto para dos cosas: la primera es la oración... Lo segundo... un deseo de dar voces y pregonar al mundo entero que aquello que tú sientes es Dios... Que aquello porque sufres es Dios... Que aquello en que piensas es Dios... Que aquello porque vives es Dios...” .

Por tanto, la reflexión continua es a la vez un hábito y un método de orar. Y asimismo le proporciona materia para seguir orando después, porque muchas veces, después de haber escrito un pensamiento, lo retoma y lo sigue rumiando por dentro convirtiéndolo en oración expresa:

“¡Cuántas veces me he levantado de mi pupitre, y le he dicho a Dios de palabra, lo que le he dejado escrito!” .

Tenemos, pues, los elementos integrantes de la lectio divina: la lectura, la meditación, la rumia interna y la oración expresa. La rumia de pensamientos o de ciertos textos ocupó un papel muy importante en su vida de oración, de eso no hay duda. Rumia realizada muchas veces con la boca, incluso en voz alta, pero siempre hecha con el corazón, con toda la fuerza de su afecto, según el estado en que en ese momento se encontrara. Además de sus propias reflexiones, utilizaba frases de la Escritura, de la liturgia, sobre todo de los salmos, y de algunos santos, particularmente de san Juan de la Cruz, como jaculatorias que se repetía a sí mismo o se las dirigía a Dios.

Rafael hizo un gran uso en este sentido de las poesías de san Juan de la Cruz, que se sabía de memoria y se las recitaba a Dios, haciéndolas suyas como si fueran salidas de su alma. Sobre todo rumiaba versos del Cántico espiritual:

“Me paso el día cantándole al Señor los versos de san Juan de la Cruz... Si vieras qué consuelo tengo con el santo; todo lo que te diga es poco. Lo llevo siempre en un cajoncito en el coche... Cuando camino no hago más que preguntar a los valles, y a los montes, a todas las criaturas que encuentro al paso, a los hombres y animales, al cielo y a la tierra: «Si han visto a mi Amado...»... «Al que más quiero». Ese pensamiento me da alas; estoy siempre emocionado por dentro.” .

Un ejemplo concreto:

“Esta noche -le escribe a su tía- voy a meditar en la oración las palabras de san Juan de la Cruz: «Mi alma se ha empleado»... Te aseguro que solamente con eso tengo para muchos días, pues muchos días llevo con ello. Y cuando me pongo delante del Señor, siento un consuelo muy grande en rumiar ese verso, y aún no he llegado a comprenderlo bien..., pero no me importa, «pues tan sólo el amar es mi ejercicio».”

Sabemos perfectamente el provecho que él sacó del verso: “ni cogeré las flores, ni temeré las fieras”, que fue su alimento en los meses que precedieron su segundo ingreso en el monasterio, con relación al desapego. Pero también usaba otros:

“A las doce -escribe a su tía- me voy a hacer la visita al Señor para que allí, en su presencia y sin saber qué decirle, recurra a san Juan de la Cruz, y le diga: Señor, «ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio...»... Tú lo eres todo Señor, ya no sé hacer nada, ni pensar, ni discurrir «que ya sólo en amar es mi ejercicio...» .

En santa Teresa está inspirada una de sus más conocidas expresiones: “Sólo Dios”, que fue una de sus jaculatorias más constantes, y que llegó a repetirla diariamente, tanto al acostarse como al levantarse , hasta el punto de convertirse un poco en el lema de su vida: “Sólo Dios... sólo Dios... sólo Dios. Ese es mi tema... ése es mi único pensamiento” . “El único diario de mi vida” . Y cuando en su alma se agudice el sentido de la caducidad de todo y el ansia de Dios le urja cada vez más a desear romper el velo de esta vida, usará como cantinela interior los versos teresianos: “vivo sin vivir en mí”, y otros.

Parece seguro que elegía sus frases de los santos, de la liturgia o de la Escritura en relación con lo que estaba viviendo en el momento. En la última etapa de su vida repetía mucho el verso del Salmo 118 “incola ego sum in terra”, soy un forastero en la tierra:

“¡Qué cansado estoy, Señor y Dios mío! ¿Hasta cuándo me tendrás en olvido?... Cómo se recrea mi alma en esos salmos de David en los que llora su hastío de vivir aún en la tierra y suspira por Ti... «Incola ego sum in terra», me repito muchas veces, suspirando por el cielo y viéndome extraño y peregrino en la tierra.” .

Lo mismo se diga del final de esa oración que el sacerdote recita antes de la comunión: “no permitas que me aparte de ti”, a la que Rafael dedica una de sus últimas meditaciones, titulada “Vivir junto a tu Cruz”:

“Hoy en la santa comunión he sentido el consuelo de verme cerca de Ti, cuando todo parece que me abandona. He querido, Señor, clavar en tu Corazón esas palabras que digo todos los días: «No permitas, Señor, que me aparte de Ti»” .

Como vemos, la práctica de la oración vocal y de la jaculatoria ocupa un amplio espacio en la vida de oración de Rafael. Esta oración se nutre de cuatro fuentes principales: de la Biblia, especialmente los Salmos, de la liturgia, de textos de los santos de su devoción y de sus propias meditaciones. No es que sea una práctica sistemática, pero sí es muy habitual y constante, y desde luego forma parte de su espontáneo y cada vez más continuo hablar con Dios: Rafael hablaba mucho con Dios en voz alta o a media voz -recordemos cómo rezaba en el coche cuando estaba solo-, rumiaba internamente textos espirituales o de la Escritura, y con ellos alimentaba su diálogo con Dios, no sólo en la iglesia, sino fuera de ella, en cualquier circunstancia: en la calle, en el trabajo, en el movimiento mismo de la vida: “no permitas, Señor, que me aparte de ti”.


9. EXTRAYENDO CONCLUSIONES


Rafael fue un gran orante, de eso no cabe duda. Por eso nos hemos preguntado qué hábitos tendría de orar para alimentar una relación tan intensa con Dios, como la que tuvo desde muy joven, casi diríamos desde niño. Y lo primero que descubrimos es que sus hábitos son bien sencillos, nada sobresalientes, todos acordes con la religiosidad de su tiempo. Su oración en la iglesia, basada en su devoción a Jesús en el sacramento eucarístico o en el Sagrario, era práctica habitual de cualquier persona religiosa, y él la bebió en la familia y en la escuela. Lo mismo se diga de su universo devocional: via crucis, rosarios y otras cosas. Simplemente utilizó los medios que tenía y les sacó pleno provecho. Con ellos se aficionó desde niño a compartir todo lo suyo con Jesús, y ahí se fue encendiendo su afecto espiritual.

Más originales son sus prácticas fuera de la iglesia, su práctica de la lectio divina y de la meditación mental o escrita, sus frecuentes rumias y jaculatorias con las que llenaba el día de pensamientos y aspiraciones a Dios. Aquí podemos ver, sin duda, una de las cosas que dieron profundidad a su vida interior e hicieron de él un gran orante, es decir, un orante ininterrumpido, atento y sin distracción.

Por lo demás, la orientación contemplativa de su alma se manifiesta claramente en su gusto por rezar a Dios en medio de la naturaleza. Otro rasgo muy personal suyo, que ocupó un lugar muy importante en su experiencia religiosa, primero como transparencia de Dios y luego como trampolín hacia Dios. La naturaleza es imagen y reflejo de Dios, pero también es niebla que lo oculta. Y ahí, admirando y trascendiendo, hará Rafael todo un camino. Admirando sobre todo en los tiempos que pasa fuera del monasterio. Trascendiendo, sobre todo cuando, debido a su enfermedad, se vea recluido entre las cuatro paredes de su habitación en la enfermería del monasterio, y escriba que “mi cielo es mi celda”.

Todo esto muestra bien que no es preciso ser un superdotado para ser una persona de oración, y que los medios más simples pueden ser el mejor cauce, siempre que uno los utilice de verdad, y realmente ore con ellos. Lo importante es que aquellos métodos que usemos, los usemos de verdad, con esa intensidad y frecuencia que la relación con Dios requiere. Pues si la oración es la forma de nuestra relación con Dios, dado que esta relación tenderá a ser continua y no esporádica en la medida en que sea real, cualquier cauce puede ser bueno. Es cierto que hoy muchas formas de piedad han cambiado, y seguramente el propio Rafael no practicaría hoy ciertas cosas como lo hizo entonces. Pero en cualquier caso, en él tenemos un ejemplo vivo de cómo lo más sencillo puede llegar a ser lo mejor. El hecho de que lo sea o no, ya depende de nosotros, de que usemos el cauce para una relación verdadera con Dios, que es lo que a fin de cuentas importa.

En esta conferencia hemos examinado ciertos hábitos o costumbres, la forma exterior de la oración del hermano Rafael. Ahora, dando un paso más, diremos algo acerca de la forma interior de su oración.

Antonio María Martín Fdz-Gallardo
Monasterio de Alloz