HECHOS DE LOS APOSTOLES
Cap. I

[1] Escribí el primer libro, querido Teófilo, acerca de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio [2] hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por el Espíritu Santo a los Apóstoles que había elegido, fue elevado al cielo. [3] A ellos también, después de su pasión, se presentó vivo con muchas pruebas, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles de lo referente al Reino de Dios. [4] Mientras estaba a la mesa con ellos les mandó no ausentarse de Jerusalén, sino esperar la promesa del Padre: La que oísteis de mis labios: [5] que Juan bautizó con agua; vosotros, en cambio, seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.
[6] Los allí reunidos le hicieron esta pregunta: ¿Es ahora, Señor, cuando vas a restaurar el Reino de Israel? [7] El les contestó: No es cosa vuestra conocer los tiempos o momentos que el Padre ha fijado con su poder, [8] sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.
[9] Y después de decir esto, mientras ellos miraban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos. [10] Cuando estaban mirando atentamente al cielo mientras él se iba, se presentaron junto a ellos dos hombres con vestiduras blancas [11] que dijeron: Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que de entre vosotros ha sido elevado al cielo, vendrá de igual manera que le habéis visto subir al cielo.

PRIMERA PARTE: LA IGLESIA EN JERUSALEN


[12] Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén, a la distancia de un camino permitido en sábado. [13] Y cuando llegaron subieron al cenáculo donde vivían Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes, y Judas el de Santiago. [14] Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María la Madre de Jesús y sus hermanos.
[15] En aquellos días Pedro, puesto de pie en medio de los hermanos `el número de personas reunidas era de unas ciento veinte`, dijo: [16] Hermanos, era preciso que se cumpliera la Escritura que el Espíritu Santo predijo por boca de David acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús, [17] pues se contaba entre nosotros y había recibido la suerte de participar de este ministerio. [18] Adquirió un campo con el precio de su pecado, cayó de cabeza, reventó por medio y se desparramaron todas sus entrañas. [19] Y el hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, de modo que aquel campo se llamó en su lengua Hacéldama, es decir, campo de sangre. [20] Pues está escrito en el libro de los Salmos: Que su morada quede desierta y no haya quien habite en ella. Que su cargo lo ocupe otro.
[21] Es necesario, por tanto, que de los hombres que nos han acompañado todo el tiempo en que el Señor Jesús vivió con nosotros, [22] empezando desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue elevado de entre nosotros, uno de ellos sea constituido con nosotros testigo de su resurrección.
[23] Presentaron a dos: a José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías. [24] Y oraron así: Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muestra a cuál de estos dos has elegido [25] para ocupar el puesto en este ministerio y apostolado, del que desertó Judas para ir a su destino. [26] Echaron suertes y la suerte recayó sobre Matías, que fue agregado al número de los Once apóstoles.


Cap. II
PENTECOSTÉS


[1] Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. [2] Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. [3] Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaron sobre cada uno de ellos. [4] Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse.
[5] Habitaban en Jerusalén judíos, hombres piadosos venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. [6] Al producirse aquel ruido se reunió la multitud y quedó perpleja, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. [7] Estaban asombrados y se admiraban diciendo: ¿Acaso no son galileos todos éstos que están hablando? [8] ¿Cómo es, pues, que nosotros les oímos cada uno en nuestra propia lengua materna? [9] Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, [10] de Frigia y Panfilia, de Egipto y la parte de Libia próxima a Cirene, forasteros romanos, [11] así como judíos y prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios. [12] Estaban todos asombrados y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué puede ser esto? [13] Otros, en cambio, decían burlándose: Están llenos de mosto.
[14] Entonces Pedro, puesto en pie con los Once, alzó la voz y les habló así: Judíos y habitantes todos de Jerusalén, entended bien esto y escuchad atentamente mis palabras. [15] Estos no están borrachos, como suponéis vosotros, pues es la hora tercia del día, [16] sino que está ocurriendo lo dicho por el profeta Joel: [17] Sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, y vuestros jóvenes tendrán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños. [18] Y sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días, y profetizarán. [19] Realizaré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra, sangre, fuego y nubes de humo. [20] El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes de que llegue el día grande y manifiesto del Señor. [21] Y sucederá que todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.
[22] Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y señales, que Dios realizó entre vosotros por medio de él, como bien sabéis, [23] a éste, que fue entregado según el designio establecido y la presciencia de Dios, lo matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos. [24] Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, ya que no era posible que ésta lo retuviera en su dominio. [25] En efecto, David dice acerca de él: Tenía siempre presente al Señor ante mis ojos, porque está a mi derecha, para que yo no vacile. [26] Por eso se alegró mi corazón y exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará en la esperanza; [27] porque no abandonarás mi alma en los infiernos, ni dejarás que tu Santo vea la corrupción. [28] Me diste a conocer los caminos de la vida, y me llenarás de alegría con tu presencia.
[29] Hermanos, permitidme que os diga con claridad que el patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. [30] Pero, como era profeta y sabía que Dios le había jurado solemnemente que sobre su trono se sentaría un fruto de sus entrañas, [31] lo vio con anticipación y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en los infiernos ni su carne vio la corrupción.
[32] A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. [33] Exaltado, pues, a la diestra de Dios, y recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. [34] Porque David no subió a los cielos, y sin embargo exclama: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, [35] hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies. [36] Por tanto, sepa con seguridad toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros crucificasteis.
[37] Al oír esto se dolieron de corazón y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué hemos de hacer, hermanos? [38] Pedro les dijo: Convertíos, y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. [39] Porque la promesa es para vosotros, para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para todos los que quiera llamar el Señor Dios nuestro. [40] Con otras muchas palabras dio testimonio y les exhortaba diciendo: Salvaos de esta generación perversa. [41] Ellos acogieron su palabra y fueron bautizados; y aquel día se les unieron unas tres mil almas.
[42] Perseveraban asiduamente en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [43] El temor sobrecogía a todos, y se realizaban muchos prodigios y señales por medio de los Apóstoles. [44] Todos los creyentes estaban unidos y tenían todas las cosas en común. [45] Vendían las posesiones y los bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. [46] Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, [47] alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. El Señor incorporaba cada día a los que habían de salvarse.


Cap. III
ACTIVIDAD APOSTOLICA EN JERUSALÉN


[1] Pedro y Juan subían al Templo para la oración de la hora nona. [2] Había un hombre, cojo de nacimiento, al que solían traer y colocar todos los días a la puerta del Templo llamada Hermosa, para pedir limosna a los que entraban en el Templo. [3] Viendo éste a Pedro y a Juan que iban a entrar en el Templo, les pidió que le dieran una limosna. [4] Pedro fijó en él su mirada, junto con Juan, y le dijo: Míranos. [5] El les observaba, esperando recibir algo de ellos. [6] Entonces Pedro le dijo: No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, eso te doy: ¡En el nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda! [7] Y tomándole de la mano derecha lo levantó, y al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos. [8] De un brinco se puso en pie y comenzó a andar, y entró con ellos en el Templo andando, saltando y alabando a Dios. [9] Todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios, [10] y reconocían que era el mismo que se sentaba a la puerta Hermosa del Templo para pedir limosna. Se llenaron de estupor y asombro por lo sucedido.
[11] Como él sujetara a Pedro y a Juan, todo el pueblo lleno de sorpresa corrió hacia ellos al pórtico llamado de Salomón. [12] Al ver aquello, Pedro dijo al pueblo: Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto, o por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a este hombre por nuestro poder o piedad? [13] El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis en presencia de Pilato, cuando éste había decidido soltarle. [14] Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que os fuera indultado un homicida; [15] matasteis al autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. [16] Y por la fe en su nombre, a éste que veis y conocéis, su nombre lo restableció, y la fe que viene de él dio a éste la completa curación ante todos vosotros.
[17] Ahora bien, hermanos, sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes. [18] Pero Dios cumplió así lo que había anunciado de antemano por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería. [19] Arrepentíos, por tanto, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados, [20] de modo que vengan del Señor los tiempos de la consolación, y envíe al Cristo que ha sido predestinado para vosotros, a Jesús, [21] a quien es preciso que el cielo lo retenga hasta el tiempo de la restauración de todas las cosas, de las que Dios habló por boca de sus santos profetas desde antiguo. [22] Moisés, en efecto, dijo: El Señor Dios vuestro os suscitará de entre vuestros hermanos un profeta como yo; le escucharéis en todo lo que os diga. [23] Y sucederá que todo el que no escuche a aquel profeta será exterminado del pueblo. [24] Todos los profetas desde Samuel y los que vinieron después, cuantos hablaron, anunciaron estos días.
[25] Vosotros sois los hijos de los profetas y de la alianza que Dios estableció con vuestros padres cuando dijo a Abrahán: En tu descendencia serán bendecidas todas las tribus de la tierra. [26] Al resucitar a su Hijo, Dios lo ha enviado en primer lugar a vosotros, para que os bendiga, al convertirse cada uno de vuestras maldades.


Cap. IV

[1] Mientras hablaban ellos al pueblo se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del Templo y los saduceos, [2] molestos porque enseñaban al pueblo y anunciaban en Jesús la resurrección de los muertos. [3] Los prendieron y metieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque ya había anochecido. [4] Muchos de los que habían oído la palabra creyeron, y el número de los hombres llegó a ser de unos cinco mil.
[5] Al día siguiente se reunieron en Jerusalén los jefes de los judíos, los ancianos y los escribas, [6] así como Anás el Sumo Sacerdote, Caifás, Juan, Alejandro y todos los que eran de la familia de los príncipes de los sacerdotes. [7] Les hicieron comparecer en medio y les preguntaron: ¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho esto vosotros? [8] Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Jefes del pueblo y ancianos, [9] si a nosotros se nos interroga hoy sobre el bien realizado a un hombre enfermo, y por quién ha sido sanado, [10] quede claro a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel que ha sido por el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por él se presenta éste sano ante vosotros. [11] El es la piedra que, rechazada por vosotros los constructores, ha llegado a ser piedra angular.
[12] Y en ningún otro está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el que hayamos de ser salvados.
[13] Al ver la libertad con que hablaban Pedro y Juan, como sabían que eran hombres sin letras y sin cultura, estaban admirados, pues los reconocían como los que habían estado con Jesús; [14] y viendo de pie con ellos al hombre que había sido curado, nada podían oponer. [15] Les mandaron salir fuera del Sanedrín, y deliberaban entre sí [16] diciendo: ¿Qué vamos a hacer con estos hombres? Porque es público entre todos los habitantes de Jerusalén que por medio de ellos se ha realizado un signo evidente, y no podemos negarlo. [17] Pero a fin de que no se divulgue más entre el pueblo, vamos a amenazarles para que no hablen más a nadie en este nombre. [18] Y llamándoles les ordenaron que de ningún modo hablaran ni enseñaran en el nombre de Jesús. [19] Pedro y Juan, sin embargo, les respondieron: Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios; [20] pues nosotros no podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído. [21] Ellos, después de amenazarles de nuevo, los soltaron, no encontrando cómo castigarlos a causa del pueblo, porque todos glorificaban a Dios por lo ocurrido; [22] pues el hombre en quien se había realizado este milagro de curación tenía más de cuarenta años.
[23] Puestos en libertad, fueron a los suyos y les contaron lo que los príncipes de los sacerdotes y los ancianos les habían dicho. [24] Ellos, al oírlo, elevaron unánimes la voz a Dios y dijeron: Señor, Tú eres el que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, [25] el que por el Espíritu Santo, por boca de nuestro padre David tu siervo, dijiste: ¿Por qué se han amotinado las naciones, y los pueblos han tramado empresas vanas? [26] Se han alzado los reyes de la tierra, y los príncipes se han aliado contra el Señor y contra su Cristo.
[27] Pues bien, en esta ciudad se han aliado contra tu santo Hijo Jesús, al que ungiste, Herodes y Poncio Pilato con las naciones y con los pueblos de Israel, [28] para llevar a cabo cuanto tu mano y tu designio habían previsto que ocurriera. [29] Y ahora, Señor, mira sus amenazas y concede a tus servidores que puedan proclamar tu palabra con libertad; [30] y extiende tu mano para que se realicen curaciones, milagros y prodigios por el nombre de tu santo Hijo Jesús. [31] Cuando terminaron su oración, tembló el lugar en el que estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios con libertad.
[32] La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que tenían todas sus cosas en común. [33] Con gran poder los Apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús; y en todos ellos había abundancia de gracia. [34] No había entre ellos ningún necesitado, porque los que eran dueños de campos o casas los vendían, llevaban el precio de la venta [35] y lo ponían a los pies de los Apóstoles; luego se repartía a cada uno según su necesidad. [36] Así, José, a quien los Apóstoles dieron el sobrenombre de Bernabé que significa hijo de la consolación`, levita y chipriota de nacimiento, [37] tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los Apóstoles.


Cap. V

[1] Un hombre llamado Ananías, junto con su mujer Safira, vendió un campo. [2] De acuerdo con ella, retuvo parte del precio y trayendo el resto lo puso a los pies de los Apóstoles. [3] Entonces dijo Pedro: Ananías, ¿por qué Satanás llenó tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo y retuvieras parte del precio del campo? [4] ¿Acaso no era tuyo mientras lo tenías y, una vez vendido, no permanecía el precio en tu poder? ¿Por qué has admitido esta acción en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. [5] Al oír Ananías estas palabras cayó en tierra y expiró. Un gran temor sobrecogió a todos los que lo oyeron. [6] Se levantaron algunos jóvenes, lo amortajaron y lo llevaron a enterrar.
[7] Transcurrió un intervalo como de tres horas y entró su mujer, que no sabía lo ocurrido. [8] Pedro se dirigió a ella: Dime, ¿habéis vendido el campo en esta cantidad? Ella dijo: Sí, en esa cantidad. [9] Pedro le replicó: ¿Cómo es que os pusisteis de acuerdo para tentar al Espíritu del Señor? Mira, los pies de los que han enterrado a tu marido están a la puerta, y te llevarán a ti. [10] Al instante cayó a sus pies y expiró. Al entrar los jóvenes la encontraron muerta y la llevaron a enterrar junto a su marido. [11] Un gran temor llenó a toda la Iglesia y a todos los que oyeron estas cosas.
[12] Por mano de los Apóstoles se obraban muchos milagros y prodigios entre el pueblo. Se reunían todos con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón; [13] pero ninguno de los demás se atrevía a unirse a ellos, aunque el pueblo los alababa. [14] Se adherían cada vez más creyentes en el Señor, multitud de hombres y de mujeres, [15] hasta el punto de que sacaban los enfermos a las plazas y los ponían en lechos y camillas para que, al pasar Pedro, al menos su sombra alcanzase a alguno de ellos. [16] Acudía también mucha gente de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos y poseídos por espíritus inmundos, y todos ellos eran curados.
[17] El Sumo Sacerdote y todos los que le acompañaban, que eran de la secta de los saduceos, se levantaron llenos de envidia. [18] Prendieron a los Apóstoles y los metieron en la prisión pública. [19] Pero un ángel del Señor abrió durante la noche las puertas de la cárcel, los sacó y les dijo: [20] Id, presentaos en el Templo y predicad al pueblo toda la doctrina concerniente a esta Vida. [21] Después de haberlo escuchado, entraron de madrugada en el Templo y comenzaron a enseñar. Llegado el Sumo Sacerdote y los que se hallaban con él, convocaron el Sanedrín y todo el consejo de ancianos de los hijos de Israel y enviaron a por ellos a la prisión. [22] Pero al llegar los alguaciles no los encontraron en la cárcel, y volviéndose dieron la noticia [23] diciendo: Hemos encontrado la cárcel cerrada, bien custodiada, y los centinelas firmes ante las puertas; pero al abrir no hemos hallado a nadie dentro. [24] Cuando oyeron estas palabras el oficial del Templo y los príncipes de los sacerdotes, quedaron perplejos por lo que habría sido de ellos. [25] Llegó uno y les comunicó: Los hombres que metisteis en la cárcel están en el Templo y siguen enseñando al pueblo.
[26] Entonces fue el oficial con los alguaciles y los trajo, no por la fuerza, porque tenían miedo de ser apedreados por el pueblo. [27] Los condujeron y presentaron al Sanedrín. El Sumo Sacerdote les interrogó: [28] ¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre?; pero vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre. [29] Pedro y los Apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. [30] El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que vosotros matasteis colgándolo de un madero. [31] A éste lo exaltó Dios a su derecha, como Príncipe y Salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. [32] Y somos testigos de estas cosas nosotros y el Espíritu Santo, que Dios ha dado a todos los que le obedecen. [33] Al oír esto se enfurecieron y querían matarlos.
[34] Pero se levantó en el Sanedrín un fariseo llamado Gamaliel, maestro de la Ley, estimado por todo el pueblo, y mandó hacer salir un momento a aquellos hombres. [35] Y les dijo: Israelitas, tened cuidado de lo que vais a hacer con estos hombres. [36] Porque hace poco se levantó Teudas, que decía ser alguien, y se le unieron unos cuatrocientos hombres; lo mataron y todos sus seguidores se disgregaron y quedaron en nada. [37] Después de él se levantó Judas el Galileo en los días del empadronamiento, y arrastró al pueblo tras de sí; murió también y todos sus seguidores se dispersaron. [38] Así pues, os digo ahora: apartaos de estos hombres y dejadlos, porque si este designio o esta obra procede de hombres se disolverá; [39] pero si procede de Dios no podréis acabar con ellos; no sea que os vayáis a encontrar combatiendo contra Dios. Se mostraron de acuerdo con él.
[40] Entonces llamaron a los Apóstoles, los azotaron, les ordenaron no hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. [41] Ellos salían gozosos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre. [42] Todos los días, en el Templo y en las casas, no cesaban de enseñar y anunciar el Evangelio de Cristo Jesús.


Cap. VI

[1] En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, se levantó una queja de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia diaria. [2] Los Doce convocaron a la multitud de los discípulos y dijeron: No es conveniente que nosotros abandonemos la palabra de Dios por servir las mesas. [3] Escoged, hermanos, de entre vosotros a siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, a los que constituyamos para este servicio, [4] mientras que nosotros nos dedicaremos asiduamente a la oración y al ministerio de la palabra. [5] La propuesta agradó a toda la asamblea y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía; [6] los presentaron ante los Apóstoles, y orando les impusieron las manos.
[7] La palabra de Dios se propagaba, y aumentaba considerablemente el número de discípulos en Jerusalén, y gran cantidad de sacerdotes obedecían a la fe.

SAN ESTEBAN


[8] Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo. [9] Se levantaron a discutir con Esteban algunos de la sinagoga llamada de los libertos, de los cirenenses y alejandrinos, con otros de Cilicia y Asia; [10] pero no podían resistir la sabiduría y el Espíritu con que hablaba. [11] Sobornaron entonces a unos hombres que dijeron: Nosotros le hemos oído proferir palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios. [12] Amotinaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y presentándose de improviso le prendieron y llevaron al Sanedrín. [13] Presentaron testigos falsos que decían: Este hombre no cesa de proferir palabras contra este lugar santo y contra la Ley; [14] le hemos oído decir, en efecto, que ese Jesús, el Nazareno, destruirá este lugar y cambiará las costumbres que nos ha transmitido Moisés.
[15] Y al fijarse en él todos los que estaban sentados en el Sanedrín vieron su rostro como la faz de un ángel.


Cap. VII

[1] Preguntó entonces el Sumo Sacerdote: ¿Es esto así? [2] El respondió: Hermanos y padres, escuchad: el Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abrahán cuando estaba en Mesopotamia, antes de que habitase en Jarán, [3] y le dijo: Sal de tu tierra y de tu familia y ve a la tierra que te mostraré. [4] Entonces salió de la tierra de los caldeos y habitó en Jarán. De allí, después de morir su padre, Dios lo trasladó a esta tierra en la que vosotros habitáis ahora. [5] No le dio en ella heredad, ni siquiera el espacio de un pie, sino que prometió dársela en posesión a él y, aunque no tenía hijos, a su descendencia después de él. [6] Dios le habló así: Tus descendientes morarán en tierra extranjera, y los esclavizarán y maltratarán durante cuatrocientos años. [7] También dijo Dios: Yo juzgaré a las gentes de las que han sido esclavos, y después saldrán y me darán culto en este lugar. [8] Entonces le dio la alianza de la circuncisión; y así, cuando engendró a Isaac le circuncidó al octavo día, e Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas. [9] Los patriarcas, envidiosos de José, lo vendieron con destino a Egipto; pero Dios estaba con él, [10] y le libró de todas sus tribulaciones, y le dio gracia y sabiduría ante el Faraón rey de Egipto, que lo constituyó gobernador de Egipto y de toda su casa. [11] Vino luego hambre y gran tribulación sobre todo Egipto y Canaán, y nuestros padres no encontraban alimento. [12] Oyó Jacob que había trigo en Egipto y envió a nuestros padres por primera vez; [13] en la segunda, José se dio a conocer a sus hermanos, y así llegó a conocimiento del Faraón el linaje de José. [14] Este envió a buscar a su padre Jacob y a toda su familia, que eran setenta y cinco personas. [15] Jacob bajó a Egipto, donde murió él y también nuestros padres. [16] Y fueron trasladados a Siquén y colocados en el sepulcro que compró Abrahán a precio de plata a los hijos de Hemmor, en Siquén.
[17] Conforme se acercaba el tiempo de la promesa que Dios había jurado a Abrahán, el pueblo creció y se multiplicó en Egipto, [18] hasta que se alzó sobre Egipto otro rey que no conocía a José. [19] Usando de malas artes contra nuestra raza, este rey maltrató a nuestros padres para que abandonaran a sus hijos, de modo que no sobreviviesen. [20] En este tiempo nació Moisés, que era grato a Dios; fue criado durante tres meses en la casa de su padre; [21] y al ser abandonado lo recogió la hija del Faraón y lo crió como hijo suyo. [22] Moisés fue educado según toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabras y obras. [23] Cuando llegó a la edad de cuarenta años sintió deseos de visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. [24] Al ver que uno de ellos era maltratado, salió en su defensa y vengó al oprimido matando al egipcio. [25] Pensaba él que sus hermanos entenderían que Dios les iba a salvar por medio de él; pero ellos no lo comprendieron. [26] Al día siguiente, se les presentó mientras reñían, e intentaba ponerlos en paz diciendo: ¡Hombres, sois hermanos! ¿Por qué os maltratáis el uno al otro? [27] Pero el que maltrataba a su compañero le rechazó diciendo: ¿Quién te ha constituido jefe y juez sobre nosotros? [28] ¿Acaso quieres matarme, del mismo modo que mataste ayer al egipcio? [29] A causa de estas palabras Moisés huyó y fue emigrante en tierras de Madián, donde tuvo dos hijos.
[30] Después de cuarenta años se le apareció un ángel en el desierto del monte Sinaí, en la llama de una zarza que ardía. [31] Moisés, al verlo, se admiró de la visión, y cuando se acercaba para mirar se oyó la voz del Señor: [32] Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Moisés, asustado, no se atrevía a mirar. [33] Entonces le dijo el Señor: Quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa. [34] He visto bien la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, he escuchado su lamento y he bajado a liberarlo. Ahora ven, que voy a enviarte a Egipto.
[35] A este Moisés, a quien rechazaron diciendo: ¿Quién te ha constituido jefe y juez?, Dios lo envío como jefe y libertador por medio del ángel que se le apareció en la zarza. [36] El los sacó haciendo prodigios y señales en la tierra de Egipto, en el mar Rojo y en el desierto durante cuarenta años. [37] Este es Moisés, el que dijo a los hijos de Israel: Dios os suscitará de entre vuestros hermanos un profeta como yo. [38] El es el que estuvo en la asamblea del desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí y con nuestros padres; el que recibió palabras de vida para entregárnoslas; [39] a quien no quisieron obedecer nuestros padres, sino que le rechazaron y en sus corazones se volvieron hacia Egipto, [40] diciendo a Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a ese Moisés que nos sacó de la tierra de Egipto no sabemos qué le ha ocurrido. [41] E hicieron un becerro en aquellos días, sacrificaron una víctima al ídolo y se regocijaban en las obras de sus manos. [42] Dios se apartó de ellos y los abandonó a dar culto al ejército del cielo, como está escrito en el libro de los Profetas: Casa de Israel, ¿acaso me ofrecisteis víctimas y sacrificios en el desierto durante cuarenta años? [43] Entonces transportasteis el tabernáculo de Moloc y la estrella de vuestro dios Refán, las imágenes que fabricasteis para adorarlas; pero yo os desterré más allá de Babilonia.
[44] El Tabernáculo del Testimonio estuvo con nuestros padres en el desierto, tal como el que habló a Moisés ordenó que lo hiciera, según el modelo que había visto. [45] Y habiéndolo recibido nuestros padres, lo condujeron bajo Josué en la ocupación de la tierra de los gentiles, que Dios expulsó ante la presencia de nuestros padres hasta los días de David. [46] Este halló gracia delante de Dios y pidió encontrar un Tabernáculo para el Dios de Jacob. [47] Pero fue Salomón quien le edificó una casa. [48] Sin embargo, el Altísimo no habita en casas construidas por manos de hombre, como dice el profeta: [49] Mi trono es el cielo, y la tierra es escabel de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis a Mí?, dice el Señor, ¿o cuál será el sitio de mi descanso? [50] ¿No ha hecho mi mano todas estas cosas?
[51] Duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo: como vuestros padres así también vosotros. [52] ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Asesinaron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, del que ahora vosotros habéis sido traidores y asesinos, [53] los que recibisteis la Ley por ministerio de ángeles y no la guardasteis.
[54] Al oír esto ardían de ira en sus corazones y rechinaban los dientes contra él. [55] Pero él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo, y vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios, [56] y dijo: Mirad, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios. [57] Entonces clamaron a voz en grito, taparon sus oídos y se lanzaron a una contra él, [58] y sacándole fuera de la ciudad le lapidaron. Los testigos dejaron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo, [59] y lapidaban a Esteban, mientras oraba diciendo: Señor Jesús, recibe mi espíritu. [60] Puesto de rodillas clamó con fuerte voz: Señor, no les tengas en cuenta este pecado. Y diciendo esto murió.


Cap. VIII
SEGUNDA PARTE: EXPANSION DE LA IGLESIA FUERA DE JERUSALEN


[1] Saulo aprobaba su muerte. Se originó aquel día una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén y todos, excepto los Apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría. [2] Varones piadosos enterraron a Esteban e hicieron un gran duelo por él. [3] Por su parte, Saulo hacía estragos en la Iglesia, iba de casa en casa, apresaba a hombres y mujeres y los metía en la cárcel.
[4] Los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio.
[5] Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. [6] La muchedumbre atendía unánime a lo que decía Felipe, al oír y ver los signos milagrosos que realizaba, [7] pues de muchos que tenían espíritus inmundos salían éstos con grandes voces, y muchos paralíticos y cojos eran curados. [8] Hubo gran alegría en aquella ciudad.
[9] Un hombre llamado Simón había ejercido la magia en la ciudad y embaucado a la gente de Samaría, diciéndoles que era alguien grande. [10] Todos, del menor al mayor, le prestaban atención y decían: Este es la Potencia de Dios, llamada la Grande. [11] Le escuchaban porque desde hacía tiempo los había seducido con sus magias. [12] Pero cuando empezaron a creer a Felipe, que les anunciaba el Evangelio del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo, hombres y mujeres comenzaron a bautizarse. [13] Entonces creyó también el mismo Simón y, habiendo sido bautizado, seguía asiduamente a Felipe. Al ver los signos milagrosos y los grandes prodigios que se realizaban, estaba lleno de admiración.
[14] Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaría había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. [15] Estos al llegar rezaron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo, [16] pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que sólo estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. [17] Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.
[18] Al ver Simón que por la imposición de manos de los Apóstoles se confería el Espíritu Santo, les ofreció dinero diciendo: [19] Dadme también a mí ese poder, para que cualquiera a quien yo imponga las manos reciba el Espíritu Santo. [20] Pero Pedro le respondió: Que tus monedas vayan contigo a la perdición, pues has pensado que con dinero se puede conseguir el don de Dios. [21] No tienes parte ni herencia alguna en esta empresa, porque tu corazón no es recto ante Dios. [22] Por tanto, arrepiéntete de esta iniquidad tuya y suplica al Señor para ver si se te perdona este pensamiento de tu corazón; [23] pues veo que estás lleno de maldad y atado por cadenas de iniquidad. [24] Respondió Simón: Rogad vosotros por mí al Señor, para que no me sobrevenga nada de lo que habéis dicho. [25] Una vez que dieron testimonio y predicaron la palabra del Señor, de regreso a Jerusalén evangelizaban muchos lugares de samaritanos.
[26] Un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo: Levántate y marcha hacia el Sur, a la ruta que baja de Jerusalén a Gaza y que está desierta. [27] Se levantó y se puso en camino. Sucedió que un hombre de Etiopía, eunuco, dignatario de Candace, reina de los etíopes, y superintendente de su tesoro, había venido a Jerusalén para adorar a Dios. [28] Volvía sentado en su carro e iba leyendo al profeta Isaías. [29] Dijo entonces el Espíritu a Felipe: Acércate y ponte al lado de ese carruaje. [30] Apresurándose Felipe, oyó que leía al profeta Isaías y le dijo: ¿Entiendes acaso lo que lees? [31] El respondió: ¿Cómo podré entenderlo si no me lo explica alguien? Rogó entonces a Felipe que subiera y se sentase junto a él. [32] El pasaje de la Escritura que iba leyendo era el siguiente: Como oveja fue llevado al matadero, y como mudo cordero ante el esquilador, así no abrió su boca. [33] En su humillación se le negó la justicia. ¿Quién hablará de su posteridad?, ya que su vida es arrebatada de la tierra.
[34] El eunuco dijo a Felipe: Te ruego me digas de quién dice esto el profeta: ¿de sí mismo o de algún otro? [35] Entonces Felipe tomó la palabra y, comenzando por este pasaje, le anunció el Evangelio de Jesús. [36] Mientras iban por el camino llegaron a un lugar donde había agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado? [38] Mandó parar el carruaje y bajaron ambos, Felipe y el eunuco, hasta el agua, y le bautizó. [39] Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe y no le vio más el eunuco, que siguió su camino con alegría. [40] Felipe se encontró en Azoto y anunciaba el Evangelio a todas las ciudades por donde pasaba, hasta que llegó a Cesarea.


Cap. IX
CONVERSION DE SAN PABLO



[1] Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó ante el Sumo Sacerdote [2] y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de llevar detenidos a Jerusalén a quienes encontrara, hombres y mujeres, seguidores del Camino. [3] Pero mientras iba de camino le sucedió, al acercarse a Damasco, que de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. [4] Y cayendo en tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? [5] Respondió: ¿Quién eres tú, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. [6] Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que has de hacer. [7] Los hombres que le acompañaban se detuvieron estupefactos, pues oían la voz, pero no veían a nadie. [8] Se levantó Saulo del suelo y, aunque tenía abiertos los ojos, no veía nada. Entonces, llevándolo de la mano, lo condujeron a Damasco, [9] y permaneció tres días sin vista y sin comer ni beber.
[10] Había en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor habló en una visión: ¡Ananías! El respondió: Aquí estoy, Señor. [11] El Señor le dijo: Levántate y ve a la calle llamada Recta, y busca en casa de Judas a uno de Tarso llamado Saulo, que está orando [12] `y vio Saulo en una visión que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos, para que recobrase la vista`. [13] Ananías respondió: Señor, he oído a muchos cuánto mal ha causado este hombre a tus santos en Jerusalén, [14] y que tiene aquí poderes de los Sumos Sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre. [15] El Señor le dijo: Ve, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. [16] Yo le mostraré lo que habrá de sufrir a causa de mi nombre. [17] Marchó Ananías, entró en la casa e imponiéndole las manos dijo: Saulo, hermano, me ha enviado el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo. [18] Al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista; se levantó y fue bautizado, [19] y tomando algo de comer recuperó sus fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos que había en Damasco, [20] y enseguida empezó a predicar a Jesús en las sinagogas diciendo: Este es el Hijo de Dios. [21] Todos los que le oían se asombraban y decían: ¿No es éste el que atacaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y que vino aquí para llevarlos detenidos a los Sumos Sacerdotes? [22] Saulo cobraba cada vez más fuerza y desconcertaba a los judíos que habitaban en Damasco, demostrando que Jesús es el Mesías.
[23] Muchos días después, los judíos tomaron la decisión de matarlo; [24] pero sus insidias llegaron a conocimiento de Saulo. Vigilaban día y noche las puertas de la ciudad para acabar con él, [25] pero sus discípulos lo tomaron una noche y lo descolgaron por la muralla en una espuerta.
[26] Cuando llegó a Jerusalén intentaba unirse a los discípulos; pero todos le temían, no creyendo que fuera discípulo. [27] Sin embargo, Bernabé lo tomó, lo llevó a los Apóstoles y les contó cómo en el camino había visto al Señor, y que le había hablado, y cómo en Damasco había predicado abiertamente en el nombre de Jesús. [28] Entonces entraba y salía con ellos en Jerusalén, hablando claramente en el nombre del Señor. [29] Conversaba también y disputaba con los helenistas; y éstos intentaban matarle. [30] Cuando los hermanos lo supieron, lo llevaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso.
[31] La Iglesia gozaba de paz por toda Judea, Galilea y Samaría. Se consolidaba y caminaba en el temor del Señor, y crecía con el consuelo del Espíritu Santo.

ACTIVIDAD DE SAN PEDRO



[32] Ocurrió que, mientras recorría Pedro todos los lugares, vino junto a los santos que vivían en Lida. [33] Encontró allí un hombre paralítico, llamado Eneas, que estaba postrado en cama desde hacía ocho años. [34] Pedro le dijo: ¡Eneas!, Cristo Jesús te cura. Levántate y arregla tu lecho. Inmediatamente se levantó. [35] Lo vieron todos los que vivían en Lida y Sarón y se convirtieron al Señor.
[36] Había en Joppe una discípula llamada Tabita, que significa Dorcas, que hacía muchísimas buenas obras y limosnas. [37] Aconteció por aquellos días que cayó enferma y murió. Después de lavarla, la colocaron en la estancia superior. [38] Como Lida está cerca de Joppe, al oír los discípulos que Pedro se encontraba allí, enviaron a dos hombres para rogarle: No tardes en venir a nosotros. [39] Pedro se levantó y fue con ellos. Una vez llegado, le condujeron a la estancia superior y le rodearon todas las viudas, que lloraban y mostraban las túnicas y los mantos que Dorcas les había confeccionado cuando vivía con ellas. [40] Pedro hizo salir a todos, se puso de rodillas y oró. Después, vuelto hacia el cadáver, dijo: Tabita, levántate. Ella abrió los ojos y al ver a Pedro se incorporó. [41] Dándole la mano la levantó, llamó a los santos y a las viudas, y se la presentó viva.
[42] El hecho se supo en toda Joppe y muchos creyeron en el Señor. [43] Pedro se detuvo en Joppe bastantes días, en casa de un tal Simón, que era curtidor.


Cap. X

[1] Un hombre de Cesarea llamado Cornelio, centurión de la cohorte denominada Itálica, [2] piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, que daba muchas limosnas al pueblo y oraba a Dios sin cesar, [3] vio claramente en una visión, hacia la hora nona del día, al ángel de Dios que llegaba hasta él y le decía: ¡Cornelio! [4] El le miró fijamente y, sobrecogido de temor, dijo: ¿Qué ocurre, señor? Y le respondió: Tus oraciones y limosnas han subido como memorial ante la presencia del Señor. [5] Envía ahora, pues, unos hombres a Joppe y haz venir a un tal Simón, de sobrenombre Pedro, [6] que se hospeda en casa de otro Simón, curtidor, que vive junto al mar. [7] En cuanto se retiró el ángel que le hablaba, llamó a dos criados y a un soldado piadoso de los que estaban a sus órdenes, [8] les refirió todo y los envió a Joppe.
[9] Al día siguiente, mientras ellos iban de camino y se acercaban a la ciudad, subió Pedro a la azotea, hacia la hora de sexta, para orar. [10] Sintió hambre y quiso tomar algo. Mientras se lo preparaban le sobrevino un éxtasis, [11] y vio el cielo abierto y cierto objeto como un gran mantel con cuatro puntas, que descendía y se posaba sobre la tierra. [12] En él estaban todos los cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo. [13] Y le llegó una voz: ¡Levántate, Pedro, mata y come! [14] Pero Pedro replicó: De ningún modo, Señor, porque jamás comí nada profano o impuro. [15] Y la misma voz por segunda vez: Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano. [16] Esto ocurrió tres veces y enseguida el objeto fue elevado al cielo. [17] Mientras Pedro cavilaba qué podría significar la visión que había tenido, los hombres enviados por Cornelio, tras haber buscado la casa de Simón, se presentaron en el porche. [18] Después de llamar preguntaron si allí se hospedaba Simón, por sobrenombre Pedro. [19] Mientras Pedro seguía pensando en la visión, le dijo el Espíritu: Mira, tres hombres te buscan. [20] Levántate, baja y vete con ellos sin ningún reparo, porque yo los he enviado. [21] Bajó Pedro al encuentro de los hombres y dijo: Yo soy el que buscáis. ¿Cuál es el motivo por el que estáis aquí? [22] Ellos respondieron: El centurión Cornelio, hombre justo y temeroso de Dios, acreditado por toda la población judía, recibió aviso de un santo ángel para hacerte venir a su casa y escuchar tus palabras. [23] Entonces les invitó y les dio hospedaje. Al día siguiente se levantó y partió con ellos, acompañándole algunos hermanos de Joppe. [24] Entró en Cesarea al otro día. Cornelio les esperaba, habiendo reunido a sus parientes y amigos más íntimos. [25] En el momento en que entraba Pedro, salió Cornelio a su encuentro y, postrándose, le adoró. [26] Pero Pedro le incorporó diciendo: Levántate, que también yo soy un simple hombre. [27] Y conversando con él pasó adentro y encontró a muchas personas reunidas. [28] Y les dijo: Vosotros sabéis qué prohibido está para un judío juntarse o acercarse a un extranjero; pero Dios me ha enseñado a no llamar profano o impuro a ningún hombre. [29] Por eso he venido sin vacilación al ser llamado. Ahora os pregunto por qué motivo me habéis mandado llamar. [30] Cornelio dijo: Hoy hace cuatro días estaba yo orando en mi casa a la hora de nona, y se presentó ante mí un varón de brillante vestidura, [31] y me dijo: ¡Cornelio!, tu oración ha sido oída y tus limosnas han sido recordadas en la presencia de Dios. [32] Manda emisarios a Joppe y haz llamar a Simón, de sobrenombre Pedro, que se hospeda en casa de Simón el curtidor, junto al mar. [33] Enseguida te envié emisarios, y tú has hecho bien en venir. Ahora todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios para escuchar las cosas que te han sido ordenadas por el Señor.
[34] Tomando Pedro la palabra contestó: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, [35] sino que en cualquier pueblo le es agradable todo el que le teme y obra la justicia. [36] Ha enviado su palabra a los hijos de Israel, anunciando el Evangelio de la paz por medio de Jesucristo, que es Señor de todos. [37] Vosotros sabéis lo ocurrido por toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan: [38] cómo a Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y poder, y cómo pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él. [39] Y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; de cómo le dieron muerte colgándolo de un madero. [40] Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió manifestarse, [41] no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios, a nosotros, que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos; [42] y nos mandó predicar al pueblo y atestiguar que éste es quien ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos. [43] Acerca de él testimonian todos los profetas que todo el que cree en él recibe por su nombre el perdón de los pecados.
[44] Todavía estaba diciendo Pedro estas cosas cuando descendió el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra. [45] Y quedaron atónitos los fieles provenientes de la circuncisión que habían acompañado a Pedro, porque también sobre los gentiles se derramaba el don del Espíritu Santo; [46] pues les oían hablar lenguas y glorificar a Dios. Entonces habló Pedro: [47] ¿Podrá alguien negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? [48] Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Entonces le rogaron que se quedase algunos días.


Cap. XI

[1] Los Apóstoles y los hermanos que estaban en Judea oyeron que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. [2] Y cuando Pedro subió a Jerusalén discutían con él los de la circuncisión, [3] diciéndole: ¡Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos!
[4] Pedro comenzó a explicarles ordenadamente lo sucedido y dijo: [5] Estaba yo orando en la ciudad de Joppe cuando tuve en éxtasis una visión: cierto objeto como un gran mantel bajaba del cielo sujeto por sus cuatro puntas y llegó hasta mí. [6] Lo miré con atención y vi en él cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y aves del cielo. [7] Oí entonces una voz que me decía: ¡Levántate, Pedro, mata y come! [8] Yo respondí: De ningún modo, Señor, porque jamás ha entrado en mi boca nada profano o impuro. [9] Pero la voz venida del cielo me dijo por segunda vez: Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano. [10] Esto ocurrió tres veces; y al fin todo fue arrebatado al cielo. [11] Inmediatamente después se presentaron tres hombres en la casa donde estábamos, enviados a mí desde Cesarea. [12] Y me dijo el Espíritu que fuese con ellos sin ningún reparo. Vinieron también conmigo estos seis hermanos y entramos en la casa de aquel hombre. [13] El nos contó cómo había visto en su casa un ángel que, de pie, le decía: Manda aviso a Joppe y haz venir a Simón, llamado Pedro, [14] quien te dirá palabras por las que serás salvado tú y toda tu casa. [15] Y cuando comencé a hablar, descendió sobre ellos el Espíritu Santo, igual que al principio lo hizo sobre nosotros. [16] Entonces recordé la palabra del Señor cuando decía: Juan bautizó en agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo. [17] Si Dios les concedió el mismo don que a nosotros, que creímos en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para estorbar a Dios?
[18] Al oír esto se tranquilizaron y glorificaron a Dios diciendo: Luego también a los gentiles ha concedido Dios la conversión para la vida.
[19] Los que se habían dispersado por la tribulación surgida por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando la palabra sólo a los judíos. [20] Entre ellos había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús. [21] La mano del Señor estaba con ellos, y un gran número creyó y se convirtió al Señor.
[22] Llegó esta noticia a oídos de la iglesia que había en Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía. [23] Cuando llegó y vio la gracia de Dios se alegró, y exhortaba a todos a permanecer en el Señor con un corazón firme, [24] porque era un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran muchedumbre se adhirió al Señor. [25] Marchó Bernabé a Tarso para buscar a Saulo, [26] lo encontró y lo condujo a Antioquía. Estuvieron juntos en aquella iglesia durante un año entero y adoctrinaron a una gran muchedumbre. Fue en Antioquía donde los discípulos recibieron por primera vez el nombre de cristianos.
[27] En aquellos días descendieron unos profetas de Jerusalén a Antioquía. [28] Levantándose uno de ellos, llamado Agabo, predijo por impulso del Espíritu que vendría una gran hambre sobre toda la tierra. Fue la que ocurrió en tiempo de Claudio. [29] Los discípulos determinaron que cada uno, según sus posibilidades, mandara una ayuda a los hermanos que moraban en Judea. [30] Lo hicieron, enviándola a los presbíteros a través de Bernabé y Saulo.


Cap. XII

[1] En aquel tiempo prendió el rey Herodes a algunos de la Iglesia para maltratarlos. [2] Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan. [3] Y al ver que era grato a los judíos, decidió prender también a Pedro. Eran los días de los Azimos. [4] Cuando lo apresó, lo metió en la cárcel y lo entregó a cuatro escuadras de cuatro soldados para que lo custodiaran, con el propósito de presentarlo al pueblo después de la Pascua. [5] Así pues, Pedro estaba encerrado en la cárcel, mientras la Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios. [6] Cuando Herodes iba ya a presentarlo, aquella misma noche dormía Pedro entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, guardando la prisión unos centinelas delante de la puerta. [7] De pronto se presentó un ángel del Señor y un resplandor iluminó la celda. Tocó a Pedro en el costado, le despertó y dijo: ¡Levántate de prisa!; y se cayeron las cadenas de sus manos. [8] El ángel le dijo: ¡Cíñete y ponte tus sandalias! Y así lo hizo. Y añadió: ¡Ponte el manto y sígueme! [9] Saliendo le seguía, pero ignoraba que fuera realidad lo que hacía el ángel y pensaba que era una visión.
[10] Atravesaron la primera guardia y la segunda y llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad, la cual se les abrió por sí sola. Salieron y avanzaron por una calle y de repente el ángel le dejó. [11] Entonces Pedro, vuelto en sí, dijo: Ahora comprendo realmente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío. [12] Consciente de su situación, se dirigió a casa de María, madre de Juan, de sobrenombre Marcos, donde estaban muchos reunidos en oración. [13] Llamó a la puerta del vestíbulo y, al oírlo, acudió una sirvienta llamada Rode. [14] Al reconocer la voz de Pedro no abrió la puerta, por la misma alegría, sino que corrió hacia dentro y anunció que Pedro estaba a la puerta. [15] Ellos le dijeron: ¡Estás loca! Ella, sin embargo, insistía en que era así. Entonces dijeron: Será su ángel. [16] Pedro continuaba llamando. Al abrir le vieron y se llenaron de asombro. [17] Entonces les hizo señas con la mano para que callaran, y les relató cómo el Señor le había sacado de la cárcel, y añadió: Anunciadlo a Santiago y a los hermanos. Salió y partió hacia otro lugar.
[18] Cuando se hizo de día se produjo una gran conmoción entre los soldados por lo que habría ocurrido con Pedro. [19] Herodes le buscó y, al no encontrarlo, procesó a los guardias y los mandó ejecutar. Descendió luego de Judea a Cesarea y se quedó allí.
[20] Estaba Herodes airado contra los tirios y sidonios. De común acuerdo vinieron éstos a él y, después de haberse ganado a Blasto, mayordomo del rey, le pedían la paz, dado que sus tierras se abastecían de las del rey. [21] El día designado se sentó Herodes en la tribuna, revestido con las insignias reales, y les arengaba. [22] El pueblo le aclamaba: Es la voz de un dios y no la de un hombre. [23] Al instante le hirió un ángel del Señor, porque no había dado gloria a Dios; y expiró comido de gusanos.
[24] La palabra de Dios crecía y se multiplicaba. [25] Bernabé y Saulo volvieron a Jerusalén una vez cumplido su ministerio, tomando consigo a Juan, llamado Marcos.


Cap. XIII
TERCERA PARTE: DIFUSION DE LA IGLESIA ENTRE LOS GENTILES. VIAJES MISIONEROS DE SAN PABLO PRIMER VIAJE APOSTOLICO DE SAN PABLO


[1] En la iglesia de Antioquía había profetas y doctores: Bernabé y Simón, llamado el Negro, Lucio el de Cirene y Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo. [2] Mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo: Separadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que les he destinado. [3] Y después de ayunar, orar e imponerles las manos, los despidieron.
[4] Ellos, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia, y de allí navegaron hacia Chipre. [5] Al llegar a Salamina predicaban la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos, y tenían a Juan como colaborador. [6] Atravesaron toda la isla hasta Pafos, y encontraron a un mago, falso profeta judío, llamado Barjesús, [7] que estaba con el procónsul Sergio Pablo, hombre prudente. Este hizo llamar a Bernabé y a Saulo, y buscaba oír la palabra de Dios; [8] pero el mago Elimas `que así se traduce su nombre` se les oponía, intentando apartar de la fe al procónsul. [9] Entonces Saulo, también llamado Pablo, lleno del Espíritu Santo, mirándolo fijamente [10] dijo: ¡Tú, lleno de todo engaño y de toda malicia, hijo del Diablo, enemigo de toda justicia!, ¿no dejarás de torcer los rectos caminos del Señor? [11] La mano del Señor va a caer sobre ti, y quedarás ciego sin ver el sol hasta el tiempo señalado. Al momento la niebla y la oscuridad le rodearon, y daba vueltas buscando alguien que le guiara de la mano. [12] Al ver lo sucedido creyó el procónsul, admirado de la doctrina del Señor.
[13] Pablo y sus compañeros navegaron desde Pafos hasta llegar a Perge de Panfilia; pero Juan se separó de ellos y volvió a Jerusalén. [14] Ellos, siguiendo desde Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia; y, habiendo entrado el sábado en la sinagoga, se sentaron.
[15] Después de la lectura de la Ley y los Profetas, los jefes de la sinagoga se dirigieron a ellos diciendo: Hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, decidla.
[16] Pablo se levantó, e indicando silencio con la mano dijo: Varones israelitas y los temerosos de Dios, escuchad: [17] el Dios de este pueblo de Israel eligió a nuestros padres, enalteció al pueblo durante su permanencia en el país de Egipto, y con brazo fuerte los sacó de allí. [18] Durante unos cuarenta años los cuidó en el desierto; [19] destruyó siete naciones en el país de Canaán y distribuyó su tierra entre ellos [20] a lo largo de unos cuatrocientos cincuenta años. Después de esto, les dio jueces hasta el profeta Samuel. [21] Pidieron entonces un rey y Dios les dio durante cuarenta años a Saúl, hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín. [22] Cuando depuso a éste, les suscitó como rey a David, a quien acreditó diciendo: Encontré a David, hijo de Jesé, hombre según mi corazón, que hará en todo mi voluntad. [23] De su descendencia Dios, según la promesa, hizo surgir para Israel un Salvador, Jesús. [24] Juan había predicado, ante la proximidad de su venida, un bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel. [25] Cuando estaba Juan para terminar su carrera decía: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo, sino mirad que detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar el calzado de los pies.
[26] Hermanos, hijos de Abrahán y los que entre vosotros sois temerosos de Dios: a nosotros se nos ha enviado esta palabra de Salvación. [27] Los habitantes de Jerusalén y sus jefes le ignoraron y, al condenarle, cumplieron las palabras de los profetas que se leen cada sábado. [28] Y sin haber encontrado causa alguna de muerte, pidieron a Pilato que le hiciera morir. [29] Cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, le bajaron del madero y lo pusieron en el sepulcro. [30] Pero Dios le resucitó de entre los muertos: [31] él fue visto durante muchos días por los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, los mismos que ahora son sus testigos ante el pueblo.
[32] También nosotros os anunciamos la buena nueva de que la promesa hecha a nuestros padres [33] la ha cumplido Dios en nosotros, sus hijos, al resucitar a Jesús, como estaba escrito en el Salmo segundo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. [34] Y que lo resucitó de entre los muertos para jamás volver a la corrupción lo dijo así: Os daré las santas y firmes promesas hechas a David. [35] Por lo cual dice también en otro lugar: No dejarás a tu Santo experimentar la corrupción.
[36] Porque David, después de haber cumplido durante su vida la voluntad de Dios, murió, fue sepultado con sus padres y experimentó la corrupción; [37] pero aquel a quien Dios resucitó no experimentó la corrupción. [38] Sabed, pues, hermanos, que por éste se os anuncia el perdón de los pecados; de todo lo que no pudisteis ser justificados por la Ley de Moisés, [39] queda justificado todo el que cree en él. [40] Por tanto, cuidad que no suceda lo dicho en los Profetas: [41] Mirad, los despreciadores, asombraos y ocultaos, porque voy a realizar una obra en vuestros días, una obra que no creeríais si alguien os la contara.
[42] Al salir les rogaban que el sábado siguiente les hablaran de estas cosas. [43] Terminada la reunión, muchos judíos y prosélitos que adoraban a Dios siguieron a Pablo y a Bernabé, que les exhortaban y persuadían a permanecer en la gracia de Dios.
[44] El sábado siguiente se congregó casi toda la ciudad para oír la palabra del Señor. [45] Cuando los judíos vieron la muchedumbre se llenaron de envidia, y contradecían con injurias las afirmaciones de Pablo. [46] Entonces Pablo y Bernabé dijeron con valentía: Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la palabra de Dios, pero ya que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles. [47] Pues así nos lo mandó el Señor: Te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra.
[48] Al oír esto los gentiles se alegraban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna. [49] Y la palabra del Señor se propagaba por toda la región. [50] Pero los judíos incitaron a mujeres piadosas y distinguidas y a los principales de la ciudad, promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de su territorio. [51] Estos, sacudiendo el polvo de sus pies contra ellos, marcharon a Iconio. [52] Los discípulos quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.


Cap. XIV

[1] En Iconio entraron, como de costumbre, en la sinagoga de los judíos y hablaron de tal manera que creyó una gran muchedumbre de judíos y griegos. [2] Pero los judíos incrédulos excitaron y malearon los ánimos de los gentiles contra los hermanos. [3] Permanecieron bastante tiempo actuando con valentía en el Señor, que les concedía obrar por sus manos milagros y prodigios, acreditando así la predicación de su gracia. [4] La muchedumbre de la ciudad se dividió, unos a favor de los judíos, otros a favor de los apóstoles. [5] Como se produjo un violento movimiento de gentiles y de judíos junto con sus jefes, para injuriarles y apedrearles, [6] al enterarse de ello, huyeron a Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y a la región circundante. [7] Y allí anunciaban el Evangelio.
[8] En Listra se hallaba sentado un hombre inválido de los pies, cojo desde el seno materno, que jamás había caminado. [9] Este escuchó a Pablo mientras hablaba. Pablo le miró fijamente y, viendo que tenía fe para ser salvado, [10] dijo con fuerte voz: ¡Ponte de pie! ¡Derecho! El dio un salto y empezó a caminar. [11] La muchedumbre, al ver lo que Pablo había hecho, levantó la voz diciendo en licaónico: Los dioses han bajado hasta nosotros en forma humana. [12] Y llamaban a Bernabé Zeus y Hermes a Pablo, porque éste era quien principalmente hablaba.
[13] Entonces el sacerdote del templo de Zeus que había a la entrada de la ciudad trajo toros y guirnaldas ante las puertas, y quería ofrecerles un sacrificio acompañado de la gente. [14] Cuando los apóstoles Bernabé y Pablo lo oyeron, rasgando sus vestidos, corrieron hacia la multitud [15] diciendo a voces: Hombres, ¿qué es lo que hacéis? También nosotros somos hombres mortales como vosotros, y os predicamos que os convirtáis de estas cosas falsas al Dios vivo, el que hizo el cielo y la tierra y el mar y cuanto hay en ellos; [16] que en las generaciones pasadas permitió que cada nación siguiera su propio camino; [17] aunque El no ha dejado de dar testimonio de Sí mismo, derramando bienes al enviaros desde el cielo lluvias y estaciones fructíferas, llenando de alimento y de alegría vuestros corazones. [18] Con estas palabras disuadieron con dificultad a la multitud de ofrecerles sacrificios.
[19] Vinieron entonces de Antioquía y de Iconio unos judíos que sedujeron a la muchedumbre, de modo que apedrearon a Pablo y le arrastraron fuera de la ciudad creyéndole muerto. [20] Pero rodeado de los discípulos se levantó y entró en la ciudad. Y al día siguiente marchó con Bernabé a Derbe.
[21] Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y hacer numerosos discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía, [22] confortando los ánimos de los discípulos y exhortándoles a perseverar en la fe, diciéndoles que es preciso que entremos en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones. [23] Tras ordenar presbíteros en cada iglesia, haciendo oración y ayunando, les encomendaron al Señor, en quien habían creído. [24] Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia; [25] y después de predicar la palabra en Perge bajaron hasta Atalía. [26] Desde allí navegaron hasta Antioquía, de donde habían salido encomendados a la gracia de Dios, para la obra que habían llevado a cabo.
[27] Al llegar, reunieron a la iglesia, contaron todo lo que el Señor había hecho por medio de ellos, y que había abierto a los gentiles la puerta de la fe. [28] Se quedaron no poco tiempo con los discípulos.


Cap. XV
CONCILIO DE JERUSALÉN



[1] Algunos que bajaron de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis según la costumbre mosaica no podéis salvaros.
[2] Se produjo entonces una conmoción y controversia no pequeña entre Pablo y Bernabé, de un lado, y ellos. Decidieron que Pablo y Bernabé, con algunos otros, acudieran a los Apóstoles y presbíteros en Jerusalén, para tratar de esta cuestión.
[3] Así pues, enviados por la Iglesia, atravesaron Fenicia y Samaría, narrando con detalle la conversión de los gentiles y causando gran alegría a todos los hermanos. [4] Cuando llegaron a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia, por los Apóstoles y los presbíteros, y contaron lo que Dios había realizado por medio de ellos. [5] Pero se levantaron algunos de la secta de los fariseos que habían creído y dijeron: Es necesario circuncidarles y ordenar que cumplan la Ley de Moisés.
[6] Los Apóstoles y los presbíteros se reunieron para examinar esta cuestión. [7] Después de una larga deliberación, se levantó Pedro y les dijo: Hermanos, vosotros sabéis que desde los primeros días Dios me eligió entre vosotros, para que por mi boca oyesen los gentiles la palabra del Evangelio y creyeran. [8] Y Dios, que conoce los corazones, dio testimonio a favor de ellos, dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros; [9] y no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, purificando sus corazones con la fe. [10] ¿Por qué tentáis ahora a Dios imponiendo sobre los hombros de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos llevar? [11] Creemos por el contrario que somos salvados por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que ellos.
[12] Toda la multitud calló, y escucharon a Bernabé y a Pablo contar los milagros y prodigios que había obrado Dios por medio de ellos entre los gentiles. [13] Cuando terminaron de hablar, tomó Santiago la palabra y dijo: Hermanos, oídme: [14] Simón ha contado cómo desde el principio Dios se dignó elegir entre los gentiles un pueblo para su Nombre. [15] Con esto concuerdan las palabras de los profetas, según está escrito: [16] Después de esto volveré y reedificaré la tienda caída de David, reconstruiré sus ruinas y la levantaré de nuevo, [17] para que busquen al Señor los demás hombres y todas las naciones sobre las que ha sido invocado mi Nombre. Así dice el Señor, que hace estas cosas [18] conocidas desde la eternidad.
[19] Por lo cual estimo que no se debe inquietar más a los gentiles que se convierten a Dios, [20] sino que se les escriba para que se abstengan de lo contaminado por los ídolos, de la fornicación, de los animales estrangulados y de la sangre; [21] porque Moisés tiene desde generaciones antiguas en cada ciudad quienes le predican y leen en las sinagogas todos los sábados.
[22] Entonces pareció bien a los Apóstoles y a los presbíteros, junto con toda la Iglesia, enviar a Antioquía con Pablo y Bernabé a algunos varones elegidos de entre ellos: a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, destacados entre los hermanos. [23] Por medio de ellos les enviaron este escrito: Los Apóstoles y presbíteros hermanos, a los hermanos de la gentilidad que viven en Antioquía, Siria y Cilicia, salud. [24] Puesto que hemos oído que algunos salidos de entre nosotros, pero que nosotros no hemos enviado, os han turbado con sus palabras e inquietado vuestro ánimo, [25] nos ha parecido oportuno de común acuerdo, elegir unos hombres y enviarlos a vosotros en compañía de nuestros queridísimos Bernabé y Pablo, [26] hombres que han entregado su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. [27] Enviamos por lo tanto a Judas y Silas, que os comunicarán de palabra estas mismas cosas; [28] porque hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las necesarias: [29] abstenerse de lo ofrecido a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la fornicación. Obraréis bien al guardaros de estas cosas. Que tengáis salud.
[30] Ellos, después de despedirse, bajaron a Antioquía, reunieron a la muchedumbre y entregaron la carta; [31] y al leerla se llenaron de alegría por estas palabras de consuelo. [32] Judas y Silas, que también eran profetas, alentaron y confortaron a los hermanos con un largo discurso. [33] Pasado algún tiempo, fueron despedidos en paz por los hermanos, para volver a quienes les habían enviado. [35] Pablo y Bernabé se quedaron en Antioquía, enseñando y anunciando, junto con otros muchos, la palabra del Señor.

SEGUNDO VIAJE APOSTOLICO DE SAN PABLO

[36] Algunos días después dijo Pablo a Bernabé: Volvamos y visitemos a los hermanos en todas las ciudades donde hemos predicado la palabra del Señor, para ver cómo se encuentran. [37] Bernabé quería llevar consigo también a Juan, llamado Marcos. [38] Pablo, en cambio, consideraba que no debía llevar consigo al que se había apartado de ellos en Panfilia y no les había acompañado en la tarea. [39] Se produjo una discrepancia, de tal modo que se separaron uno del otro. Bernabé tomó consigo a Marcos y se embarcó para Chipre, [40] mientras que Pablo eligió a Silas y partió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor. [41] Recorrió Siria y Cilicia consolidando las Iglesias.


Cap. XVI

[1] Llegó a Derbe y Listra, donde había un discípulo llamado Timoteo, hijo de mujer judía creyente y de padre griego, [2] que contaba con el testimonio de los hermanos de Listra e Iconio. [3] Pablo quiso que marchara con él, lo tomó y lo circuncidó a causa de los judíos de aquellos lugares, porque todos sabían que su padre era griego.
[4] Conforme atravesaban las ciudades, les entregaban, para que las observasen, las decisiones dictadas por los Apóstoles y los presbíteros en Jerusalén. [5] Las iglesias se robustecían en la fe y aumentaban en número de día en día.
[6] Atravesaron Frigia y la región de Galacia, porque el Espíritu Santo les había impedido predicar la palabra en Asia. [7] Llegados cerca de Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió. [8] Entonces atravesaron Misia y bajaron hasta Tróade. [9] Durante la noche Pablo tuvo una visión: un macedonio estaba de pie y le suplicaba diciendo: Ven a Macedonia y ayúdanos. [10] En cuanto tuvo la visión, intentamos inmediatamente pasar a Macedonia, convencidos de que Dios nos había llamado para anunciarles el Evangelio.
[11] Haciéndonos a la mar, fuimos desde Tróade derechos a Samotracia; al día siguiente a Neápolis, [12] y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la región de Macedonia y colonia romana. En esta ciudad permanecimos algunos días.
[13] El sábado salimos fuera de la puerta de la ciudad, junto al río, donde pensábamos que se tendría la oración. Nos sentamos y hablamos a las mujeres que se habían reunido. [14] Una de ellas llamada Lidia, vendedora de púrpura de la ciudad de Tiatira y temerosa de Dios, nos escuchaba. El Señor abrió su corazón para que comprendiese lo que Pablo decía. [15] Después de haber sido bautizada ella y su casa, nos insistía diciendo: Si juzgáis que soy fiel al Señor, venid y permaneced en mi casa. Y nos obligó.
[16] Mientras íbamos a la oración, nos salió al encuentro una joven esclava que tenía un espíritu pitónico y proporcionaba como adivina abundantes ganancias a sus amos. [17] Siguiendo a Pablo y a nosotros gritaba: Estos hombres son siervos del Dios Altísimo y os anuncian el camino de la salvación. [18] Hacía lo mismo durante muchos días. Hasta que, contrariado, Pablo se volvió y dijo al espíritu: En nombre de Jesucristo te mando que salgas de ella. Y en el mismo instante salió. [19] Al ver sus amos que había desaparecido la esperanza de su ganancia, se apoderaron de Pablo y de Silas y los arrastraron al foro ante los magistrados. [20] Los presentaron a los pretores y dijeron: Estos hombres perturban nuestra ciudad. Son judíos [21] y predican costumbres que a nosotros romanos no nos es lícito aceptar ni practicar. [22] La multitud se alborotó contra ellos, y los pretores les hicieron quitar sus vestidos y mandaron azotarles. [23] Después de haberles dado numerosos azotes, los arrojaron en la cárcel y ordenaron al carcelero custodiarlos con todo cuidado. [24] Este, recibida la orden, los metió en el calabozo interior y aseguró sus pies en el cepo.
[25] Hacia la medianoche Pablo y Silas oraban y cantaban alabanzas a Dios, y los presos les escuchaban. [26] De repente se produjo un terremoto tan fuerte que se conmovieron los cimientos de la cárcel, e inmediatamente se abrieron todas las puertas y se soltaron las cadenas de todos. [27] Despertado el jefe de la prisión, al ver abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y quería matarse pensando que los presos se habían fugado. [28] Pero Pablo le gritó con fuerte voz: No te hagas ningún daño, que todos estamos aquí. [29] El jefe de la prisión pidió una luz, entró precipitadamente y se arrojó tembloroso ante Pablo y Silas. [30] Los sacó fuera y les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para salvarme? [31] Ellos le contestaron: Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa. [32] Le predicaron entonces la palabra del Señor a él y a todos los de su casa. [33] En aquella hora de la noche los tomó consigo, les lavó las heridas y acto seguido se bautizó él y todos los suyos. [34] Les hizo subir a su casa, les preparó la mesa y se regocijó con toda su familia por haber creído en Dios.
[35] Al hacerse de día los pretores enviaron a los lictores para decirle: Pon en libertad a esos hombres. [36] El guardián de la cárcel lo comunicó a Pablo: Los pretores han enviado a decir que se os ponga en libertad. Salid, pues, ahora y marchad en paz. [37] Pero Pablo les replicó: Después de azotarnos públicamente sin previa condena siendo ciudadanos romanos, nos han metido en la cárcel; ¿y nos sueltan ahora a escondidas? No será así. Que vengan ellos mismos a sacarnos. [38] Los lictores comunicaron estas palabras a los pretores. Estos temieron al oír que eran ciudadanos romanos. [39] Vinieron entonces y les pidieron disculpas, los sacaron fuera y les rogaron que salieran de la ciudad. [40] Al salir de la cárcel, fueron a casa de Lidia y, después de haber visto a los hermanos, les exhortaron y se marcharon.


Cap. XVII

[1] Después de atravesar Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos. [2] Según su costumbre, Pablo se dirigió a ellos y durante tres sábados les habló acerca de las Escrituras, [3] explicando y probando que el Mesías debía padecer y resucitar de entre los muertos, y que: Jesús, a quien yo os anuncio, ése es el Mesías. [4] Algunos de ellos se convencieron y se adhirieron a Pablo y a Silas, así como un gran número de griegos que adoraban a Dios y no pocas mujeres de la nobleza. [5] Pero los judíos, envidiosos, reunieron algunos maleantes de entre la plebe y, creado un tumulto, soliviantaron la ciudad y se presentaron en casa de Jasón con la intención de llevarlos ante el pueblo. [6] Al no encontrarlos, condujeron a Jasón y a algunos hermanos ante los magistrados de la ciudad gritando: Esos que han agitado a todo el mundo han venido también aquí, [7] y Jasón los ha hospedado. Todos ellos actúan contra los decretos del César y dicen que hay otro rey, Jesús. [8] Alborotaron a la multitud y a los magistrados que oían estas cosas. [9] Pero, recibida una fianza de parte de Jasón y de los demás, los dejaron marchar.
[10] Enseguida los hermanos enviaron por la noche a Pablo y a Silas hacia Berea; al llegar se dirigieron a la sinagoga de los judíos. [11] Eran éstos más nobles que los de Tesalónica, y recibieron la palabra con todo interés y examinaban diariamente las Escrituras para ver si las cosas eran así. [12] Creyeron muchos de ellos, así como mujeres griegas distinguidas y no pocos hombres. [13] Cuando los judíos de Tesalónica se enteraron de que también en Berea había anunciado Pablo la palabra de Dios, vinieron hasta allí agitando y alborotando a la gente. [14] Entonces los hermanos enviaron con rapidez a Pablo hasta el mar. Silas y Timoteo permanecieron allí. [15] Los que conducían a Pablo le llevaron hasta Atenas, y se volvieron con la indicación, para Silas y Timoteo, de que se uniesen con él cuanto antes.
[16] Mientras Pablo los esperaba en Atenas, se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos. [17] Dialogaba en la sinagoga con los judíos y los prosélitos, y todos los días en el Agora con los que allí acudían. [18] También algunos filósofos epicúreos y estoicos conversaban con él. Unos decían: ¿Qué querrá decir este charlatán? Y otros: Parece un predicador de divinidades extrañas, porque les anunciaba a Jesús y la Resurrección. [19] Lo tomaron y, llevándolo al Areópago, le dijeron: ¿Podemos saber cuál es esa doctrina nueva de la que hablas? [20] Porque haces llegar a nuestros oídos cosas extrañas y queremos saber lo que significan. [21] Todos los atenienses y forasteros que residían allí no se ocupaban en otra cosa que en decir o escuchar algo nuevo.
[22] Entonces Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo: Atenienses, en todo veo que sois más religiosos que nadie, [23] pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados he encontrado también un altar en el que estaba escrito: Al Dios desconocido. Pues bien, yo vengo a anunciaros lo que veneráis sin conocer. [24] El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos fabricados por hombres, [25] ni es servido por manos humanas, como si necesitara de algo el que da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. [26] El hizo, de un solo hombre, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra. Y fijó las edades de su historia y los límites de los lugares en que los hombres habían de vivir, [27] para que buscasen a Dios, a ver si al menos a tientas lo encontraban, aunque no está lejos de cada uno de nosotros, [28] ya que en El vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vuestros poetas: Porque somos también de su linaje.
[29] Si somos linaje de Dios no debemos pensar por tanto que la divinidad es semejante al oro, a la plata o a la piedra, escultura del arte y del ingenio humanos. [30] Dios ha permitido los tiempos de la ignorancia y anuncia ahora a los hombres que todos en todas partes se conviertan, [31] puesto que ha fijado el día en que va a juzgar la tierra con justicia, por medio del hombre que ha designado, presentando a todos un argumento digno de fe al resucitarlo de entre los muertos.
[32] Cuando oyeron «resurrección de los muertos», unos se reían y otros decían: Te escucharemos sobre esto en otra ocasión. [33] De este modo salió Pablo de en medio de ellos. [34] Pero algunos hombres se unieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio el Areopagita y una mujer llamada Dámaris, y algunos otros.


Cap. XVIII

[1] Después de esto se fue de Atenas y llegó a Corinto. [2] Encontró a un judío llamado Aquila, oriundo del Ponto, que recientemente había llegado de Italia, junto con su mujer Priscila, por haber decretado Claudio que salieran de Roma todos los judíos. Se les acercó [3] y, como tenía el mismo oficio, vivía y trabajaba con ellos, pues eran de profesión fabricantes de tiendas. [4] Todos los sábados discutía en la sinagoga e intentaba persuadir a judíos y griegos.
[5] Cuando Silas y Timoteo llegaron de Macedonia, Pablo se entregó por entero a la predicación de la palabra, dando testimonio a los judíos de que Jesús es el Cristo. [6] Como se le oponían y blasfemaban, sacudió sus vestidos y les dijo: ¡Caiga vuestra sangre sobre vuestra cabeza! Yo soy inocente. Desde ahora me dirigiré a los gentiles. [7] Salió de allí y entró donde vivía un prosélito llamado Tito Justo, cuya casa estaba contigua a la sinagoga. [8] Crispo, jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa. Y muchos corintios creían al oír a Pablo y recibían el bautismo.
[9] El Señor dijo por la noche a Pablo en una visión: No temas, sigue hablando y no calles, [10] que yo estoy contigo y nadie se te acercará para dañarte; porque tengo en esta ciudad un pueblo numeroso. [11] Permaneció allí un año y seis meses enseñando entre ellos la palabra de Dios.
[12] Era Galión procónsul de Acaya cuando los judíos se amotinaron de común acuerdo contra Pablo y lo condujeron al tribunal, [13] diciendo: Este induce a los hombres a dar culto a Dios al margen de la Ley. [14] Cuando Pablo se disponía a hablar, dijo Galión a los judíos: Si se tratara de un delito o de un grave crimen, ¡oh judíos!, sería razonable que os atendiera, [15] pero si son cuestiones de palabras y de nombres y de vuestra Ley, resolvedlo vosotros; yo no quiero ser juez de tales asuntos. [16] Y los expulsó del tribunal. [17] Entonces todos ellos agarraron a Sóstenes, el jefe de la sinagoga, y comenzaron a golpearle delante del tribunal, pero nada de esto le importaba a Galión.
[18] Después de permanecer allí bastante tiempo, Pablo se despidió de los hermanos y embarcó hacia Siria. Iban con él Priscila y Aquila. Se había rapado la cabeza en Cencreas, porque había hecho un voto. [19] Llegaron a Efeso y los dejó allí. El entró en la sinagoga y empezó a dialogar con los judíos. [20] Le rogaban que se quedara más tiempo pero no accedió, [21] sino que se despidió y dijo: Volveré de nuevo a vosotros si Dios quiere. Y zarpó de Efeso. [22] Desembarcó en Cesarea y, después de subir y saludar a la iglesia, bajó a Antioquía.

TERCER VIAJE APOSTOLICO DE SAN PABLO



[23] Pasó allí algún tiempo y marchó recorriendo una tras otra las regiones de Galacia y Frigia, y confortaba a todos los discípulos.
[24] Un judío llamado Apolo, de origen alejandrino, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras, llegó a Efeso. [25] Había sido instruido en el camino del Señor. Hablaba con fervor de espíritu y enseñaba con esmero lo referente a Jesús, aunque sólo conocía el bautismo de Juan. [26] Comenzó a hablar con libertad en la sinagoga. Al oírle Priscila y Aquila le tomaron consigo y le expusieron con más exactitud el camino de Dios. [27] Como deseaba pasar a Acaya, los hermanos le animaron y escribieron a los discípulos para que le recibieran. Cuando llegó fue de gran provecho, con la gracia divina, para los que habían creído, [28] pues refutaba vigorosamente en público a los judíos demostrando por las Escrituras que Jesús es el Cristo.


Cap. XIX


[1] Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo, una vez recorridas las regiones altas, llegó a Efeso, encontró a algunos discípulos [2] y les preguntó: ¿Habéis recibido el Espíritu Santo al abrazar la fe? Ellos le respondieron: Ni siquiera hemos oído que haya Espíritu Santo. [3] El les replicó: ¿Entonces con qué bautismo habéis sido bautizados? Con el bautismo de Juan, respondieron. [4] Pablo contestó: Juan bautizó con un bautismo de penitencia, diciendo al pueblo que creyeran en el que había de venir detrás de él, esto es, en Jesús. [5] Cuando oyeron esto se bautizaron en el nombre del Señor Jesús. [6] Al imponerles Pablo las manos, vino el Espíritu Santo sobre ellos, de modo que hablaban en lenguas y profetizaban. [7] Eran entre todos unos doce hombres.
[8] Entró en la sinagoga y habló abiertamente durante tres meses, exponiendo lo referente al Reino de Dios y tratando de convencerles. [9] Pero como algunos se endurecieron y no creyeron, maldiciendo el camino del Señor ante la multitud, se apartó de ellos y se separó con los discípulos, enseñando diariamente en la escuela de Tirano. [10] Esto duró dos años, de forma que todos los habitantes de Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor. [11] Dios obraba por manos de Pablo milagros nada corrientes, [12] de manera que hasta los pañuelos y las ropas que habían tocado su cuerpo, aplicados a los enfermos, hacían desaparecer las dolencias y expulsaban los espíritus malignos.
[13] Algunos exorcistas judíos ambulantes intentaron invocar el nombre del Señor Jesús sobre quienes tenían espíritus malos, diciendo: Os conjuro por ese Jesús que Pablo predica. [14] Hacían esto siete hijos de un tal Esceva, de la aristocracia sacerdotal judía. [15] Pero el espíritu maligno les replicó: Conozco a Jesús y sé quién es Pablo; pero vosotros ¿quiénes sois? [16] Y el hombre en quien estaba el mal espíritu, abalanzándose sobre ellos, dominó a unos y otros y pudo con todos, de tal forma que huyeron de aquella casa desnudos y heridos.
[17] Todos los judíos y griegos que vivían en Efeso se enteraron de esto; el temor se apoderó de todos, y fue ensalzado el nombre del Señor Jesús. [18] Muchos de los que habían creído venían para confesar y manifestar sus prácticas supersticiosas. [19] Bastantes de los que cultivaban la magia trajeron sus libros y los quemaron delante de todos. Calcularon su valor y resultó ser de cincuenta mil monedas de plata. [20] Y así la palabra del Señor se propagaba con fuerza y se robustecía.
[21] Después de esto tuvo Pablo la inspiración de ir a Jerusalén a través de Macedonia y Acaya, y decía: Después de ir allí debo ver también Roma. [22] Envió a Macedonia a dos de sus colaboradores, Timoteo y Erasto, y él permaneció algún tiempo en Asia.
[23] Se produjo en aquella ocasión un alboroto no pequeño contra el Camino, [24] pues cierto platero llamado Demetrio, que fabricaba reproducciones en plata del templo de Diana, proporcionaba a los orfebres abundantes ganancias; [25] habiendo reunido a éstos y a los que eran del mismo oficio, dijo: Amigos, sabéis que nuestro bienestar viene de este trabajo, [26] y estáis viendo y oyendo que no sólo en Efeso, sino en casi todo el Asia, este Pablo aparta con persuasión a mucha gente diciendo que no son dioses los que se fabrican con las manos. [27] Con esto no sólo hay peligro de que caiga en descrédito nuestra profesión, sino también de que el templo de la gran diosa Diana sea tenido en nada, y vaya a ser despojado de su majestad aquella a quien toda el Asia y la tierra entera veneran.
[28] Al oír esto comenzaron a gritar llenos de furia: ¡Grande es la Diana de los efesios! [29] La ciudad se llenó de confusión y todos a una se precipitaron hacia el teatro, arrastrando a los macedonios Gayo y Aristarco, compañeros de viaje de Pablo. [30] Este quiso presentarse al pueblo, pero no se lo permitieron los discípulos; [31] e incluso algunos Asiarcas que eran amigos enviaron a rogarle que no se arriesgase a ir al teatro. [32] Unos gritaban una cosa y otros otra. Estaba la asamblea confusa y la mayoría no sabía por qué se habían reunido.
[33] Hicieron salir entonces a Alejandro de entre la multitud, empujado por los judíos. Alejandro pidió silencio con la mano, para dar explicaciones a la gente; [34] pero cuando supieron que era judío, todos a una voz gritaron durante unas dos horas: ¡Grande es la Diana de los efesios! [35] Cuando el magistrado calmó a la turba dijo: Efesios, ¿qué hombre hay que no sepa que la ciudad de Efeso es la guardiana del templo de la gran Diana y de su estatua bajada del cielo? [36] Como esto es indiscutible, conviene que estéis tranquilos y no hagáis nada precipitadamente, [37] pues habéis traído a estos hombres que no son sacrílegos ni blasfemos contra nuestra diosa. [38] Si Demetrio y los orfebres que están con él tienen queja contra alguno, audiencias y procónsules hay: que presenten sus acusaciones unos y otros. [39] Y si pretendéis algo más, debe resolverse en asamblea legal, [40] porque corremos el peligro de ser acusados de sedición por lo de hoy, al no haber ninguna causa por la que podamos justificar este tumulto. Dicho esto, despidió a la asamblea.


Cap. XX

[1] Cuando cesó el alboroto, haciendo llamar Pablo a los discípulos y animándolos se despidió de ellos y partió camino de Macedonia. [2] Después de atravesar aquellas regiones y exhortar a todos con frecuentes conversaciones, llegó a Grecia. [3] Allí se detuvo tres meses y, al preparar los judíos un atentado contra él cuando se disponía a navegar hacia Siria, tomó la decisión de volver por Macedonia. [4] Le acompañaban Sópatros, hijo de Pirro, de Berea; Aristarco y Segundo, de Tesalónica; Gayo de Derbe; y Timoteo, así como Tíquico y Trófimo, que eran de Asia. [5] Estos se adelantaron y nos esperaron en Tróade. [6] Nosotros iniciamos la navegación en Filipos, después de los Azimos, y a los cinco días nos reunimos con ellos en Tróade, donde nos detuvimos durante siete días.
[7] El primer día de la semana, cuando estábamos reunidos para la fracción del pan, Pablo, que debía partir al día siguiente, hablaba a los discípulos, y su discurso se prolongó hasta la media noche. [8] Había abundantes lámparas en la habitación superior donde nos encontrábamos. [9] Un joven llamado Eutico estaba sentado en la ventana y se sumió en un profundo sueño al alargarse las palabras de Pablo, de modo que, vencido por el sueño, cayó abajo desde el tercer piso y lo levantaron ya muerto. [10] Bajó Pablo, se echó sobre él y abrazándole dijo: No os preocupéis, que su alma está en él. [11] Subió luego, partió el pan, lo comió y siguió hablando largo tiempo hasta el amanecer; entonces se marchó. [12] Trajeron vivo al joven y se consolaron grandemente.
[13] Nosotros nos adelantamos a tomar la nave y zarpamos rumbo a Asso, donde habíamos de recoger a Pablo, porque él había decidido hacer hasta allí el viaje por tierra. [14] Cuando se nos unió en Asso, lo recibimos a bordo y llegamos a Mitilene. [15] Allí nos hicimos a la mar y llegamos al día siguiente a la altura de Quíos; al otro día atracamos en Samos y al siguiente arribamos a Mileto. [16] Pablo había decidido no detenerse en Efeso, para no perder tiempo en Asia; se daba prisa porque, si era posible, deseaba estar en Jerusalén el día de Pentecostés.
[17] Desde Mileto envió un mensaje a Efeso y convocó a los presbíteros de la iglesia. [18] Cuando llegaron les dijo: Vosotros sabéis cómo me he comportado en vuestra compañía desde el primer día que entré en Asia, [19] sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas y con las dificultades que me han venido por las insidias de los judíos; [20] cómo no dejé de hacer nada de cuanto podía aprovecharos, y os he predicado y enseñado públicamente y en vuestras casas, [21] anunciando a judíos y griegos la conversión a Dios y la fe en nuestro Señor Jesús. [22] Ahora, encadenado por el Espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin conocer lo que allí me sucederá, [23] excepto que por todas las ciudades el Espíritu Santo testimonia en mi interior para decirme que me esperan cadenas y tribulacciones. [24] Pero en nada estimo mi vida, con tal de consumar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios.
[25] Sé ahora que ninguno de vosotros, entre quienes pasé predicando el Reino, volverá a ver mi rostro. [26] Os testifico por ello en este día que estoy limpio de la sangre de todos, [27] pues no dejé de anunciaros todos los designios de Dios. [28] Cuidad de vosotros y de toda la grey, en la que el Espíritu Santo os puso como obispos para apacentar la Iglesia de Dios, que El adquirió con su sangre. [29] Sé que después de mi marcha se introducirán entre vosotros lobos feroces que no perdonarán el rebaño, [30] y que de entre vosotros mismos surgirán hombres que enseñarán doctrinas perversas, con el fin de arrastrar a los discípulos tras ellos. [31] Debéis, por lo tanto, vigilar y recordar que durante tres años no cesé noche y día de exhortar con lágrimas a cada uno de vosotros.
[32] Ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que es poderosa para edificar y conceder la herencia a todos los santificados. [33] No he codiciado de nadie plata, oro o vestidos. [34] Sabéis bien que las cosas necesarias para mí y los que están conmigo las proveyeron estas manos. [35] Os he enseñado en todo que trabajando así es como debemos socorrer a los necesitados, y que hay que recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir.
[36] Dichas estas cosas se puso de rodillas y oró con todos ellos. [37] Se produjo entonces un gran llanto de todos, y abrazándose al cuello de Pablo le besaban, [38] afligidos sobre todo por lo que había dicho de que no volverían a ver su rostro. Y le acompañaron hasta la nave.


Cap. XXI
CUARTA PARTE: SAN PABLO, PRISIONERO Y TESTIGO DE CRISTO


[1] Separándonos de ellos nos hicimos a la mar y fuimos derechos a Cos, al día siguiente a Rodas y luego a Pátara. [2] Encontramos una nave que zarpaba para Fenicia, nos embarcamos en ella y partimos. [3] Avistamos la isla de Chipre y, dejándola a nuestra izquierda, continuamos navegando hacia Siria. Llegamos a Tiro, donde la nave debía dejar su carga. [4] Habiendo encontrado a los discípulos, permanecimos allí siete días. Movidos por el Espíritu, decían a Pablo que no subiese a Jerusalén. [5] Concluidos aquellos días salimos para continuar el viaje. Nos acompañaron todos con sus mujeres e hijos hasta fuera de la ciudad. Puestos de rodillas en la playa, oramos, [6] nos despedimos unos de otros y subimos a la nave. Ellos se volvieron a sus casas. [7] Nosotros, terminado el viaje por mar, desde Tiro arribamos a Tolemaida, saludamos a los hermanos y permanecimos un día con ellos.
[8] Al siguiente partimos y llegamos a Cesarea, donde fuimos a casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, y nos quedamos con él. [9] Tenía éste cuatro hijas vírgenes que profetizaban.
[10] Llevábamos allí varios días cuando llegó desde Judea un profeta llamado Agabo. [11] Vino a nosotros, tomó el cinturón de Pablo, y atándose manos y pies dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al hombre a quien pertenece este cinturón, y le entregarán en manos de los gentiles. [12] Cuando lo oímos, tanto nosotros como los del lugar le rogamos que no subiera a Jerusalén. [13] Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y afligiendo mi corazón? Yo estoy dispuesto no solamente a ser atado, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús. [14] Como no podíamos convencerle, dejamos de insistirle y dijimos: Hágase la voluntad del Señor.
[15] Después de estos días, y hechos los preparativos necesarios, subimos a Jerusalén. [16] Venían con nosotros algunos discípulos de Cesarea, que nos llevaron a casa de un tal Mnasón, chipriota y antiguo discípulo, en donde nos hospedamos.
[17] Llegados a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con alegría. [18] Al día siguiente fue Pablo con nosotros a casa de Santiago, y allí se reunieron también todos los presbíteros. [19] Después de saludarlos, les narró una por una las cosas que había obrado Dios en los gentiles por su ministerio. [20] Ellos, al oírle, glorificaban a Dios, y le dijeron: Ya ves, hermano, cuántos miles de judíos han recibido la fe, y todos son celosos seguidores de la Ley. [21] Han oído decir de ti que enseñas a todos los judíos que habitan entre los gentiles que se aparten de Moisés, hablándoles de no circuncidar a sus hijos y no vivir las tradiciones. [22] ¿Qué podemos hacer? En cualquier caso se enterarán de que has llegado. [23] Haz, pues, lo que vamos a decirte: hay entre nosotros cuatro hombres que deben cumplir un voto. [24] Tómalos contigo, purifícate con ellos y paga sus gastos para que rapen su cabeza, y vean todos que no hay nada de lo que han oído decir contra ti, sino que también tú caminas en la observancia de la Ley. [25] En cuanto a los gentiles que han creído, les hemos escrito ya nuestra decisión de que se abstengan de la carne sacrificada a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la fornicación.
[26] Tomó entonces Pablo a aquellos hombres y, al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el Templo y anunció el plazo de los días de la purificación, para saber el día en que pudiese presentar la ofrenda por cada uno de ellos.
[27] Cuando estaban a punto de cumplirse los siete días, unos judíos venidos de Asia le vieron en el Templo, alborotaron a la muchedumbre y le echaron mano [28] gritando: ¡Auxilio, hombres de Israel! Este es el hombre que enseña a todos por todas partes contra el pueblo, la Ley y este lugar, y que ha introducido incluso a unos griegos en el Templo y profanado este lugar santo. [29] Era que habían visto con él en la ciudad al efesio Trófimo, y creían que Pablo le había introducido en el Templo. [30] Se agitó toda la ciudad y se produjo gran afluencia de gente. Agarrando a Pablo, lo arrastraron fuera del Templo y cerraron inmediatamente las puertas. [31] Intentaban matarlo, cuando fue anunciado al tribuno de la cohorte que toda Jerusalén se encontraba alborotada. [32] Este tomó enseguida soldados y centuriones y corrió hacia ellos; éstos, al ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. [33] Acercóse el tribuno, lo prendió y ordenó que fuera atado con dos cadenas, y le preguntó quién era y qué había hecho. [34] Como en la muchedumbre unos gritaban una cosa y otros otra, y no podía averiguar nada con claridad a causa del tumulto, mandó conducirlo al cuartel. [35] Cuando llegó a las escaleras hubo de ser llevado por los soldados a causa de la violencia de la gente, [36] pues la multitud seguía detrás gritando: ¡Mátalo!
[37] Cuando iban a entrar en el cuartel, dijo Pablo al tribuno: ¿Me permites decirte una cosa? El le contestó: ¿Hablas griego? [38] ¿No eres tú el egipcio que hace pocos días promovió una rebelión y llevó al desierto a cuatro mil sicarios? [39] Pablo respondió: Yo soy judío, de Tarso de Cilicia, ciudadano de esta ciudad no desconocida. Te ruego me permitas hablar al pueblo. [40] Se lo permitió, y Pablo, de pie en lo alto de las gradas, hizo una señal a la gente con la mano. Se produjo entonces un gran silencio y comenzó a hablarles en lengua hebrea.


Cap. XXII


[1] Hermanos y padres, escuchad la defensa que hago ahora ante vosotros. [2] Al oír que les hablaba en lengua hebrea guardaron mayor silencio. Y dijo: [3] Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta ciudad e instruido a los pies de Gamaliel según la observancia de la Ley patria, lleno de celo de Dios como vosotros en el día de hoy. [4] Yo perseguí a muerte este Camino, encadenando y encarcelando a hombres y mujeres, [5] como me lo puede atestiguar el Sumo Sacerdote y todo el Sanedrín. De ellos recibí cartas para los hermanos y me encaminé a Damasco, para traer aherrojados a Jerusalén a quienes allí hubiera, con el fin de castigarlos.
[6] Pero cuando iba de camino, cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo, [7] caí al suelo y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? [8] Yo respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me contestó: Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues. [9] Los que estaban conmigo vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. [10] Yo dije: ¿Qué he de hacer, Señor? Y el Señor me respondió: Levántate y entra en Damasco: allí se te dirá todo lo que debes hacer. [11] Como yo no veía a causa del resplandor de aquella luz, tuve que entrar en Damasco conducido de la mano de mis acompañantes.
[12] Ananías, un varón piadoso según la Ley y acreditado por todos los judíos que allí vivían, [13] vino a mí y presentándose me dijo: Saulo, hermano, recobra tu vista. Y en el mismo instante le pude ver. [14] El me dijo: El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo y oyeras la voz de su boca, [15] porque serás su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. [16] Ahora, ¿qué esperas? Levántate y recibe el bautismo y lava tus pecados, invocando su nombre.
[17] Vuelto a Jerusalén, me encontraba orando en el Templo cuando tuve un éxtasis [18] y le vi a él que me decía: Apresúrate y sal enseguida de Jerusalén, porque no recibirán tu testimonio sobre mí. [19] Yo contesté: Señor, ellos saben que yo iba por las sinagogas encarcelando y azotando a los que creían en ti; [20] y cuando se vertió la sangre de tu testigo Esteban, yo estaba presente, lo consentía y guardaba los vestidos de los que lo mataban. [21] Y me dijo: Marcha, que yo te enviaré lejos a los gentiles.
[22] Le escucharon hasta estas palabras, pero entonces alzaron la voz y dijeron: ¡Quita a ése de la tierra! ¡No merece vivir! [23] Como continuaban vociferando, agitando sus vestidos y lanzando polvo al aire, [24] mandó el tribuno conducirlo dentro del cuartel y dispuso que le interrogaran por medio de azotes, para saber por qué motivo gritaban así contra él.
[25] Cuando le tenían estirado con las correas, Pablo dijo al centurión que allí estaba: ¿Os es lícito azotar a un romano sin haberle juzgado? [26] Al oír esto, el centurión fue al tribuno y le dijo: ¿Qué vas a hacer? Este hombre es ciudadano romano. [27] Vino el tribuno y le preguntó: Dime, ¿eres de verdad romano? Y el contestó: Sí. [28] Replicó el tribuno: Yo conseguí esta ciudadanía mediante una fuerte suma. Pues yo, contestó Pablo, la tengo por nacimiento. [29] Enseguida se retiraron los que iban a torturarle, y el tribuno temió al conocer que era romano, y que le había hecho encadenar para azotarlo.
[30] Al día siguiente, deseando saber con exactitud de qué le acusaban los judíos, le quitó las cadenas, mandó reunir a los príncipes de los sacerdotes y a todo el Sanedrín, llevó a Pablo y le puso ante ellos.


Cap. XXIII


[1] Fijos los ojos en el Sanedrín, exclamó Pablo: Hermanos, yo me he comportado con entera buena conciencia ante Dios hasta este día. [2] El Sumo Sacerdote Ananías ordenó a los que estaban junto a él que le golpeasen en la boca. [3] Entonces Pablo le dijo: ¡Dios te golpeará a ti, muro blanqueado! ¿Tú te sientas para juzgarme con arreglo a la Ley y contra la Ley mandas golpearme? [4] Los presentes dijeron: ¿Ultrajas al Sumo Sacerdote de Dios? [5] Respondió Pablo: No sabía, hermanos, que era el Sumo Sacerdote; está escrito: No maldecirás al príncipe de tu pueblo.
[6] Sabiendo Pablo que unos eran saduceos y otros fariseos, gritó en medio del Sanedrín: Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos, y se me juzga por la esperanza en la resurrección de los muertos. [7] Al decir esto se produjo un enfrentamiento entre fariseos y saduceos, y se dividió la multitud. [8] Porque los saduceos dicen que no hay resurrección ni ángel ni espíritu; los fariseos en cambio confiesan una y otra cosa. [9] Se produjo un enorme griterío, y puestos en pie algunos escribas del grupo de los fariseos discutían diciendo: Nada malo hallamos en este hombre; ¿y si le ha hablado algún espíritu o ángel? [10] Como se hiciera muy grande el alboroto, temeroso el tribuno de que despedazaran a Pablo, ordenó a los soldados bajar, arrancarles a Pablo y conducirlo al cuartel. [11] En esa noche se le apareció el Señor y le dijo: Mantén el ánimo, pues igual que has dado testimonio de mí en Jerusalén, así debes darlo también en Roma.
[12] Cuando amaneció, los judíos se reunieron y se comprometieron bajo juramento a no comer ni beber hasta haber dado muerte a Pablo. [13] Los conjurados eran más de cuarenta. [14] Se presentaron a los Sumos Sacerdotes y a los ancianos y dijeron: Bajo juramento nos hemos comprometido a no comer nada hasta que no hayamos dado muerte a Pablo. [15] Ahora vosotros, de acuerdo con el Sanedrín, pedid al tribuno que os lo lleve, como si desearais examinar con más detalle su caso. Nosotros, por nuestra parte, estamos preparados para matarle antes de que llegue.
[16] El hijo de la hermana de Pablo se enteró de la conjuración, fue al cuartel, entró y lo comunicó a Pablo. [17] Llamó éste a uno de los centuriones y le dijo: Conduce a este joven hasta el tribuno, porque tiene algo que anunciarle. [18] Le tomó y llevó al tribuno diciendo: Pablo, el preso, me llamó para rogarme que te trajera a este joven, que tiene algo que decirte. [19] El tribuno le cogió de la mano, se retiró con él aparte y le preguntó: ¿Qué tienes que decirme? [20] El respondió: Los judíos se han puesto de acuerdo para pedirte que mañana lleves a Pablo ante el Sanedrín, con el pretexto de averiguar más exactamente alguna cosa sobre él. [21] Pero tú no les creas, porque le preparan un atentado más de cuarenta de ellos, que se han comprometido bajo juramento a no comer ni beber hasta haberle dado muerte, y ahora están preparados en espera de tu conformidad.
[22] El tribuno despidió al muchacho con esta advertencia: No digas a nadie que me has comunicado estas cosas. [23] Llamó luego a dos centuriones y les dijo: Preparad doscientos infantes, setenta jinetes y doscientos lanceros, para ir a Cesarea, a la tercera vigilia de la noche, [24] y tened dispuestas cabalgaduras para montar a Pablo y llevarlo incólume al gobernador Félix. [25] Y escribió una carta en estos términos: [26] Claudio Lisias al excelentísimo Prefecto Félix: Salud. [27] De este hombre se habían apoderado los judíos e iban a matarlo cuando, al enterarme de que era romano, acudí con la tropa y le libré de ellos. [28] Con el deseo de saber el delito de que le acusaban le bajé a su Sanedrín, [29] y descubrí que le acusaban de asuntos relativos a su Ley, pero que no tenía ningún cargo que mereciera muerte o prisión. [30] Al llegarme noticias de que preparaban un atentado contra este hombre, te lo he mandado enseguida y he indicado a sus acusadores que presenten ante ti su querella contra él.
[31] Los soldados tomaron a Pablo, según se les había ordenado, y lo condujeron de noche a Antípatris. [32] Al día siguiente, siguieron con él los de caballería y se volvieron los demás al cuartel. [33] Cuando llegaron a Cesarea entregaron la carta al gobernador y le presentaron también a Pablo. [34] Después de leerla le interrogó acerca de su provincia de origen y, al enterarse de que era de Cilicia, le dijo: [35] Te juzgaré cuando lleguen tus acusadores. Y mandó custodiarlo en el pretorio de Herodes.


Cap. XXIV

[1] Cinco días después bajó el Sumo Sacerdote Ananías con algunos ancianos y un tal Tértulo, que era abogado, y presentaron ante el gobernador acusación contra Pablo. [2] Citado éste, comenzó Tértulo la acusación diciendo: La gran paz que por ti gozamos y las mejoras realizadas en favor de esta nación por tu solicitud, [3] las hemos recibido, excelentísimo Félix, siempre y en todo lugar con todo agradecimiento. [4] Y para no cansarte por más tiempo, te ruego nos escuches brevemente con tu acostumbrada clemencia. [5] Hemos encontrado a esta peste de hombre que provoca alborotos entre los judíos de la tierra entera y que es jefe principal de la secta de los nazarenos. [6] Ha intentado también profanar el Templo, pero le apresamos. [8] Al interrogarle podrás conocer por ti mismo todas estas cosas de que le acusamos. [9] Se adhirieron también los judíos diciendo que era realmente así.
[10] Habiéndole concedido la palabra el gobernador, respondió Pablo: Sé que desde hace muchos años eres juez de esta nación. Por eso voy a hablar en mi defensa con toda confianza. [11] Puedes comprobar que no hace más de doce días que subí a Jerusalén para adorar a Dios, [12] y ni en el Templo me han encontrado discutiendo con nadie, ni alborotando a la gente en las sinagogas o por la ciudad. [13] Tampoco pueden probarte las cosas de que ahora me acusan. [14] Confieso, en cambio, ante ti que sirvo al Dios de mis padres según el Camino que ellos llaman secta, creyendo todo lo que dice la Ley y está escrito en los Profetas, [15] y tengo en Dios la esperanza, que ellos mismos tienen, de que habrá una resurrección tanto de justos como de pecadores. [16] Me esfuerzo por eso yo también en conservar siempre una conciencia limpia ante Dios y ante los hombres. [17] Después de muchos años he venido para traer limosnas a los de mi nación y a presentar ofrendas. [18] En estas circunstancias me encontraron purificado en el Templo, y no con muchedumbre ni alboroto. [19] Ciertos judíos de Asia son los que deberían presentarse ante ti y acusarme si tienen algo contra mí, [20] o si no, que digan éstos qué delito encontraron en mí cuando comparecí ante el Sanedrín, [21] como no fuera sólo la afirmación que pronuncié cuando estaba en medio de ellos: que soy juzgado hoy por vosotros a causa de la resurrección de los muertos.
[22] Félix, buen conocedor de lo referente al Camino, les dio largas diciendo: Cuando baje el tribuno Lisias me ocuparé de vuestro asunto. [23] Y ordenó al centurión que custodiase a Pablo, que le permitiera alguna libertad y no impidiera a ninguno de sus amigos que le asistiera. [24] Después de unos días llegó Félix con su esposa Drusila, que era judía. Hizo llamar a Pablo y le escuchó acerca de la fe en Cristo Jesús. [25] Al hablar Pablo de la justicia, la continencia y el juicio futuro, Félix le respondió aterrorizado: Por ahora puedes retirarte. Te haré llamar cuando surja una ocasión propicia. [26] Esperaba al mismo tiempo que Pablo le diera dinero, y por eso le buscaba con frecuencia y hablaba con él.
[27] Transcurrido un bienio, Félix recibió a Porcio Festo como sucesor y, queriendo hacer un favor a los judíos, dejó Félix a Pablo en prisión.


Cap. XXV

 
[1] Tres días después de llegar a la provincia, subió Festo de Cesarea a Jerusalén, [2] y los príncipes de los sacerdotes y los jefes de los judíos le presentaron acusación contra Pablo, e insistían [3] en pedirle la gracia de que ordenara conducirlo a Jerusalén, mientras preparaban una emboscada para matarlo en el camino. [4] Pero Festo les respondió que Pablo estaba custodiado en Cesarea y que él mismo se disponía a partir hacia allí enseguida. [5] Que bajen conmigo, dijo, los principales de entre vosotros y acusen a este hombre, si ha cometido algún crimen. [6] Habiendo permanecido con ellos no más de ocho o diez días, bajó a Cesarea, y al día siguiente se sentó en el tribunal y mandó traer a Pablo. [7] Cuando fue traído le rodearon los judíos bajados de Jerusalén, alegando contra él muchas y graves acusaciones, que no podían probar. [8] Pablo se defendía diciendo: Yo no he cometido ningún delito contra la Ley de los judíos, ni contra el Templo ni contra el César. [9] Pero Festo, que deseaba mostrar favor a los judíos, dijo a Pablo: ¿Quieres ir a Jerusalén y ser juzgado allí de estas cosas en mi presencia? [10] Pablo respondió: Estoy ante el tribunal del César, que es donde debo ser juzgado. A los judíos no les he hecho ningún mal, como tú bien sabes. [11] Si soy reo de crimen y he hecho algo que merezca la muerte, no rehúso morir; pero si nada hay de lo que éstos me acusan, nadie puede entregarme a ellos: ¡apelo al César! [12] Entonces Festo deliberó con su consejo y respondió: Has apelado al César y al César irás.
[13] Pasados algunos días llegaron a Cesarea el rey Agripa y Berenice, y fueron a saludar a Festo. [14] Como se detuvieron allí unos días, Festo mencionó al rey el asunto de Pablo, diciendo: Hay aquí un hombre que Félix dejó en prisión, [15] contra quien presentaron acusación los Sumos Sacerdotes y los ancianos de los judíos, cuando estuve en Jerusalén, pidiendo sentencia condenatoria. [16] Yo les contesté que entre romanos, no es costumbre entregar a un hombre antes de que el acusado tenga delante de él a sus acusadores y la oportunidad de defenderse de la acusación. [17] Cuando llegaron aquí, me senté al día siguiente en el tribunal, sin ninguna dilación, y ordené que trajeran a aquel hombre. [18] Los acusadores se presentaron ante él, pero no alegaban ninguna acusación de los delitos que yo sospechaba. [19] Tenían contra él ciertas cuestiones de su religión y de un tal Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que vive. [20] Perplejo por estas cuestiones, le propuse si deseaba ir a Jerusalén para ser juzgado allí de estas cosas. [21] Pero como Pablo apeló para que su causa sea reservada a la decisión del César, mandé custodiarlo hasta que lo pueda enviar al Cesar. [22] Agripa dijo a Festo: Quisiera yo también oír a ese hombre. Mañana, respondió, le oirás.
[23] Al día siguiente llegaron Agripa y Berenice con gran pompa y entraron en la sala de la audiencia, junto con los tribunos y los hombres más importantes de la ciudad. A una orden de Festo trajeron a Pablo. [24] Dijo Festo: Rey Agripa y todos los presentes entre nosotros, veis aquí a este hombre. Toda la multitud de los judíos me ha interpelado contra él, tanto en Jerusalén como en este lugar, gritando que no merece vivir más tiempo. [25] Comprendí, sin embargo, que no había cometido nada digno de muerte. Pero como ha apelado al César he decidido enviarle. [26] Dado que no tengo nada preciso que escribir al Emperador sobre él, lo he traído ante vosotros, y especialmente ante ti, rey Agripa, para, una vez hecho el interrogatorio, tener algo que escribir; [27] pues me parece improcedente enviar un preso sin acompañar las acusaciones contra él.


Cap. XXVI


[1] Agripa dijo a Pablo: Se te permite hablar en tu defensa. Entonces Pablo extendió la mano y comenzó su alegato: [2] Me considero dichoso, rey Agripa, de poder defenderme hoy ante ti de todas las acusaciones de los judíos, [3] sobre todo, porque tú conoces todas sus cuestiones y costumbres. Te ruego por tanto que me escuches pacientemente. [4] Todos los judíos saben de mi vida desde la juventud, que transcurrió desde el principio en medio de mi pueblo en Jerusalén. [5] Me conocen hace mucho tiempo y si quieren pueden atestiguar que he vivido como fariseo, según la secta más estricta de nuestra religión. [6] Y ahora estoy sometido a juicio por la esperanza en la promesa hecha por Dios a nuestros padres, [7] la cual esperan alcanzar nuestras doce tribus sirviendo a Dios con perseverancia día y noche. ¡A causa de esta esperanza, oh rey, soy acusado por los judíos! [8] ¿Por qué os parece increíble que Dios resucite a los muertos?
[9] Yo me creí en el deber de actuar enérgicamente contra el nombre de Jesús Nazareno. [10] Lo hice en Jerusalén y encarcelé a muchos santos con poder recibido de los Sumos Sacerdotes, y cuando se les mataba yo aportaba mi voto. [11] Les castigaba frecuentemente por todas las sinagogas, para obligarles a blasfemar y, enfurecido contra ellos, llegaba hasta perseguirles en ciudades extranjeras.
[12] Con este fin iba a Damasco, con poder y autorización de los Sumos Sacerdotes, [13] y al mediodía vi en el camino, oh rey, una luz del cielo, más brillante que el sol, que me envolvió a mí y a los que me acompañaban. [14] Caímos todos a tierra y escuché una voz que me decía en hebreo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa es para ti dar coces contra el aguijón. [15] Yo contesté: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor me dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. [16] Pero levántate y ponte en pie, porque me he dejado ver por ti para hacerte ministro y testigo de lo que has visto y de lo que todavía te mostraré. [17] Yo te libraré de tu pueblo y de los gentiles a los que te envío, [18] a fin de que abras sus ojos para que se conviertan de las tinieblas a la luz y del poder a Satanás a Dios, y reciban el perdón de los pecados y la herencia entre los santificados por la fe en mí.
[19] Así pues, rey Agripa, no fui desobediente a la visión celestial, [20] sino que primero a los de Damasco y Jerusalén, y luego por toda la región de Judea y a los gentiles, comencé a predicar que hicieran penitencia y se convirtieran a Dios con obras dignas de penitencia. [21] Por este motivo intentaron matarme los judíos cuando me prendieron en el Templo. [22] Con la ayuda de Dios he permanecido hasta este día predicando a pequeños y grandes, sin enseñar otras cosas que las que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder: [23] que el Mesías debía padecer y, después de resucitar el primero de entre los muertos, había de anunciar la luz al pueblo y a los gentiles.
[24] Mientras se defendía de este modo, dijo Festo en alta voz: Estás loco, Pablo; las muchas letras te han hecho perder el juicio. [25] Pablo contestó: No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de sensatez. [26] Bien sabe estas cosas el rey a quien hablo sinceramente, porque no creo que ninguna le sea desconocida, pues no son cosas que hayan ocurrido en un rincón. [27] ¿Crees, rey Agripa, en los profetas? Yo sé que crees. [28] Agripa contestó a Pablo: Un poco más y me convences de que me haga cristiano. [29] Pablo respondió: Quisiera Dios que, con poco o con mucho, no sólo tú sino todos los que me escuchan hoy se hicieran como yo, pero sin estas cadenas.
[30] Se levantó el rey, el procurador, Berenice y todos los que se sentaban con ellos; [31] y al retirarse se comentaban unos a otros: Este hombre no ha hecho nada que merezca muerte o prisión. [32] Agripa dijo a Festo: Podía ser puesto en libertad si no hubiera apelado al César.


Cap. XXVII


[1] Cuando se decidió que emprendiésemos la navegación rumbo a Italia, Pablo y algunos otros presos fueron confiados a un centurión de la cohorte Augusta, llamado Julio. [2] Embarcamos en una nave de Adramicio que iba a zarpar hacia puertos de Asia y nos hicimos a la mar, llevando con nosotros a Aristarco, macedonio de Tesalónica. [3] Al día siguiente llegamos a Sidón, y Julio, tratando a Pablo con humanidad, le permitió visitar a sus amigos y proveerse de lo necesario. [4] Partimos de allí y, a causa de vientos contrarios, navegamos a lo largo de Chipre, [5] y a través de los mares de Cilicia y Panfilia, arribamos a Mira de Licia. [6] Allí encontró el centurión una nave alejandrina que se dirigía a Italia y nos trasladó a ella. [7] Durante varios días navegamos con lentitud y llegamos con dificultad frente a Gnido. Dado que el viento nos era contrario, navegamos al abrigo de Creta cerca de Salmone. [8] Costeando la isla con dificultades llegamos a un lugar llamado Puertos Buenos, junto al cual está la ciudad de Lasea.
[9] Transcurrido bastante tiempo, como la navegación se hacía peligrosa, pues había pasado ya el Ayuno, Pablo les advirtió [10] diciendo: Veo, amigos, que la navegación comienza a ser con peligro y serio daño no sólo de la carga y de la nave sino también de nuestras vidas. [11] Pero el centurión hizo más caso al piloto y al patrón que a las palabras de Pablo. [12] Como el puerto no era apropiado para pasar el invierno, decidió la mayoría hacerse a la mar desde allí, por si lograban llegar a Fénica, puerto de Creta que mira al suroeste y al noroeste, para invernar.
[13] Comenzó a soplar el viento del sur y pensaron que podían realizar su propósito, de modo que levaron anclas y fueron costeando de cerca la isla de Creta. [14] Pero no mucho después se desató contra ella un viento huracanado, llamado euroaquilón.[15] Arrastrada la nave e incapaz de resistir el viento, quedó a merced de las olas e íbamos a la deriva. [16] Navegamos a sotavento de una pequeña isla llamada Cauda, y a duras penas conseguimos hacernos con el esquife. [17] Una vez izado, usaron los cables de refuerzo, para ceñir el casco de la nave por debajo. Y por miedo a chocar contra la Sirte plegaron las velas y se dejaron ir a la deriva. [18] Como el temporal nos sacudía violentamente, al día siguiente aligeraron la nave, [19] y al tercer día arrojaron al mar con sus propias manos los aparejos. [20] Durante varios días no aparecieron el sol ni las estrellas, y dado que nos venía encima una tempestad no pequeña, habíamos perdido ya toda esperanza de salvación.
[21] Llevábamos largo tiempo sin comer, y entonces Pablo se alzó en medio de ellos y dijo: Mejor hubiera sido, amigos, escucharme y no habernos hecho a la mar desde Creta, pues habríamos evitado este daño y esta pérdida. [22] Pero ahora os invito a tener buen ánimo, porque ninguno de vosotros perecerá; sólo se perderá la nave. [23] Esta noche se me ha aparecido un ángel del Dios a quien pertenezco y a quien sirvo, [24] y me ha dicho: No temas, Pablo; has de comparecer ante el César y Dios te ha concedido la vida de todos los que navegan contigo. [25] Por lo tanto, amigos, cobrad ánimo. Confío en Dios que ocurrirá tal como se me ha dicho. [26] Hemos de dar con alguna isla.
[27] Llegada la décimocuarta noche en que íbamos a la deriva por el Adriático, barruntaban los marineros, hacia la mitad de la noche, hallarse cercanos a alguna tierra. [28] Echaron la sonda y encontraron veinte brazas, y después de avanzar un poco sondearon de nuevo y hallaron quince brazas. [29] Temerosos de que chocásemos contra algunos escollos, echaron cuatro anclas desde popa y esperaron la llegada del día. [30] Los marineros intentaban abandonar la nave, y habían arriado ya el esquife al mar con el pretexto de echar las anclas de proa, [31] cuando Pablo dijo al centurión y a los soldados: Si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podréis salvaros. [32] Entonces los soldados cortaron las amarras del esquife y lo dejaron caer.
[33] Mientras amanecía, Pablo invitó a todos a tomar alimento, diciendo: Lleváis hoy catorce días llenos de tensión y en ayunas, sin haber comido nada; [34] os aconsejo por tanto que toméis alimento, pues es necesario para que se conserve vuestra salud; porque ninguno de vosotros perderá ni un solo cabello de su cabeza. [35] Dicho esto, tomó pan, dio gracias a Dios delante de todos, lo partió y empezó a comer. [36] Todos los demás se animaron y tomaron también alimento. [37] Estábamos en la nave un total de doscientas setenta y seis personas. [38] Después de haber comido hasta quedar satisfechos, aligeraron la nave arrojando el trigo al mar.
[39] Cuando se hizo de día no reconocían la tierra; sólo divisaban una ensenada con su playa, hacia la que pensaban empujar la nave, si fuera posible. [40] Soltaron las anclas para dejarlas caer al mar y aflojaron simultáneamente las amarras de los timones. Izaron después la vela de artimón y empujados por la brisa se dirigieron hacia la playa. [41] Pero al tropezar contra un banco de arena, bañado a ambos lados por el mar, encalló la nave, de modo que la proa, clavada, quedó inmóvil, mientras que la popa se deshacía por la violencia de las olas. [42] Los soldados decidieron entonces matar a los presos, por si alguno escapaba a nado; [43] pero el centurión, que deseaba salvar a Pablo, les prohibió tal resolución, y mandó que los que sabían nadar se echasen al agua los primeros y ganasen la orilla, [44] y que los demás lo hicieran unos sobre tablas y otros con restos de la nave. De este modo llegaron todos salvos a tierra.


Cap. XXVIII


[1] Una vez a salvo, supimos que la isla se llamaba Malta. [2] Los nativos tuvieron con nosotros una humanidad poco común. Hicieron una hoguera, a causa de la lluvia que caía y del frío, y nos recibieron a todos. [3] Pablo había reunido un montón de ramas secas y al colocarlas en la hoguera, una víbora que huía del calor hizo presa en su mano. [4] Cuando los nativos vieron al animal suspendido de su mano, se dijeron unos a otros: Este hombre debe ser un asesino que, aunque ha escapado del mar, la Justicia, sin embargo, no le permite vivir. [5] El sacudió el animal sobre el fuego y no sufrió daño alguno. [6] Esperaban ellos que se hinchara o cayera muerto de repente. Pero después de esperar un tiempo y ver que nada malo le ocurría, cambiaron de parecer y decían que era un dios.
[7] Por aquellos lugares tenía unas propiedades el hombre principal de la isla, llamado Publio, que nos acogió y hospedó amablemente tres días. [8] Coincidió que el padre de Publio se hallaba en cama, aquejado de fiebres y disentería. Pablo entró a verle, oró, le impuso las manos y le curó. [9] Ocurrido esto se presentaron también otros enfermos de la isla y fueron curados. [10] Nos trataron con todo tipo de consideraciones y cuando nos embarcamos nos facilitaron todo lo necesario.
[11] Pasados tres meses, nos hicimos a la mar en una nave alejandrina que había invernado en la isla y llevaba los Dioscuros como enseña. [12] Llegamos a Siracusa y permanecimos tres días. [13] Desde allí, costeando, arribamos a Regio. Al día siguiente se levantó viento del sur y a los dos días llegamos a Pozzuoli. [14] Encontramos allí algunos hermanos, que nos rogaron que permaneciéramos con ellos siete días. Y así nos dirigimos a Roma. [15] Los hermanos, al enterarse de nuestra llegada, vinieron desde allí a nuestro encuentro hasta el Foro Apio y Tres Tabernas. Al verlos Pablo dio gracias a Dios y cobró ánimos.
[16] Cuando llegamos a Roma, le fue permitido a Pablo vivir en casa particular con un soldado que le custodiara.
[17] Tres días después convocó a los principales judíos, y una vez reunidos les dijo: Hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones de los padres, fui apresado en Jerusalén y entregado en manos de los romanos, [18] que después de interrogarme querían ponerme en libertad por no haber en mí ninguna causa de muerte. [19] Pero ante la oposición de los judíos, me vi obligado a apelar al César, no para acusar de nada a los de mi nación. [20] Por esta razón os he pedido veros y hablaros, pues llevo estas cadenas por la esperanza de Israel. [21] Ellos le respondieron: Nosotros no hemos recibido de Judea ninguna carta que nos hable de ti, ni ningún hermano llegado nos ha comunicado o hablado nada malo de ti. [22] Deseamos, sin embargo, escuchar de ti mismo lo que piensas, pues de esa secta sabemos que en todas partes se la contradice.
[23] Concertaron con él un día y acudieron muchos adonde se alojaba. El les anunciaba el Reino de Dios, dando testimonio, para persuadirles acerca de Jesús mediante la Ley de Moisés y los Profetas, desde la mañana a la tarde. [24] Unos aceptaron con fe lo que decía, pero otros no creyeron. [25] Cuando se marchaban divididos entre sí mismos, Pablo dijo sólo estas palabras: Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías: [26] Ve a este pueblo y dile: Con el oído oiréis, pero no entenderéis, con la vista miraréis, pero no veréis. [27] Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane.
[28] Sabed, por tanto, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles. Ellos sí la oirán.
[30] Pablo permaneció dos años completos en el lugar que había alquilado, y recibía a todos los que acudían a él. [31] Predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo relativo al Señor Jesucristo con toda libertad y sin ningún estorbo.