Vita Cristhi

Un breve sumario de los principales misterios de la vida de Cristo. Preámbulo para antes de la Vida de Cristo

Fray Luis de Granada

Al cristiano lector

El tratado precedente1, cristiano lector, sirve para el uso de la oración vocal, la cual con palabras humildes y devotas habla y negocia con Dios. Esta manera de orar, entre otros muchos provechos que tiene, uno y muy principal es, ser un grande estímulo y incentivo de devoción, cuando más derramado y frío está nuestro corazón. Porque como él sea tan malo de recoger en este tiempo, por el distraimiento de los pensamientos, no tenemos entonces otro más fácil remedio que apegarlo a las palabras de Dios, que son como unas brasas y saetas encendidas, para que con ellas se encienda y despierte a devoción.

Mas el tratado presente servirá al uso de la oración mental, que se hace con lo íntimo del corazón, en la cual entreviene la consideración de las cosas celestiales, que es la principal causa de la devoción, como dice el santo Doctor 2. De manera que así como los niños unas veces andan en pies ajenos, y otras, cuando ya son mayores, en los suyos proprios, así el siervo de Dios debe tratar en la oración con Él, unas veces con palabras ajenas, pronunciándolas con toda devoción, y otras con las suyas propias, que es con las que su devoción o su necesidad le enseñare. En esta cuenta entra el ejercicio de la consideración de las cosas divinas, que es el proprio pasto y mantenimiento de nuestra ánima.

Y entre otras muchas cosas que hay que considerar, una de las más principales es la vida y pasión de Cristo, que es universalmente provechosa para todo género de personas, así principiantes como perfectas. Porque éste es el árbol de vida que está en medio del paraíso de la Iglesia, donde hay ramas altas y bajas, las altas para los grandes, que por aquí suben a la contemplación de la bondad, caridad, sabiduría, justicia y misericordia de Dios, y las bajas para los pequeños, que por aquí contemplan la grandeza de los dolores de Cristo y la fealdad de sus pecados, para moverse a dolor y compasión.

Este es uno de los más propios ejercicios del verdadero cristiano, andar siempre en pos de Cristo, y seguir al Cordero por doquiera que va. Y esto es lo que Isaías nos enseñó cuando, según la translación caldea, dijo que los justos y los fieles serían la cinta de las renes de Cristo, y que andarían siempre al derredor de él3. Lo cual espiritualmente se hace cuando el verdadero siervo de Cristo nunca se aparta de Él, ni le pierde jamás de vista, acompañándole en todos sus caminos, meditando en todos los pasos y misterios de su vida santísima. Porque verdaderamente no es otra cosa Cristo, para quien tiene sentido espiritual, sino como dice la Esposa, un suavísimo bálsamo derramado4: el cual, en cualquier paso que le miréis, está siempre echando de sí olor de santidad, de humildad, de caridad, de devoción, de compasión, de mansedumbre y de todas las virtudes. De donde nasce que así como el que tiene por oficio tratar o traer siempre en las manos cosas olorosas, anda siempre oliendo a aquello que trata, así el cristiano que de esta manera trata con Cristo, viene por tiempo a oler al mismo Cristo, que es, a parescerse con Cristo en la humildad, en la caridad, en la paciencia, obediencia y en las otras virtudes de Cristo.

Pues para este efecto se escribió este presente tratado, que es de los principales pasos y misterios de la vida de Cristo, poniendo brevemente al principio de cada uno la historia de aquel paso, y después apuntando con la misma brevedad algunas piadosas consideraciones sobre él, para abrir el camino de la meditación al ánima devota. De las cuales, unas sirven para despertar la devoción, otras para la compasión, otras para la imitación de Cristo, y otras para su amor, y para el agradecimiento de sus beneficios, y para otros propósitos semejantes. Imité en este tratado a otro que S. Buenaventura hizo, llamado Árbol de la Vida del Crucificado5, que para este mismo efecto por este santo Doctor fue compuesto, y púselo así en este breve compendio, para que pudiese traerse en el seno lo que debe siempre andar en el corazón, y así pudiese el hombre decir con la esposa de los Cantares: Manonico de mirra es mi amado para mí, entre mis pechos morará6. Al cabo, después de la subida del Señor al cielo, puse la venida a juicio, y la gloria del paraíso, y las penas del infierno, y el camino para lo uno y para lo otro, que es la muerte, tratando de la memoria de ella, que son las cuatro postrimerías en que el hombre debe siempre pensar para no pecar. Y después declaré brevemente de la manera que el hombre se había de haber en estos santos ejercicios. Mas antes que descendamos a tratar en particular de estos misterios, quise poner un breve preámbulo del misterio de la encarnación de Cristo, que ayuda mucho para la consideración y inteligencia de su vida santísima.

Comienza un breve sumario de los principales misterios de la vida de Cristo Preámbulo para antes de la vida de cristo,en el cual se trata del misterio inefablede su encarnación

Acerca del inefable misterio de la encarnación del Hijo de Dios, la primera y principal cosa que hay que presuponer y considerar, es la grandeza de la bondad y sabiduría de Dios, que resplandece en la conveniencia de este medio que escogió para nuestra salud. Del bienaventurado san Augustín se escribe que al principio de su conversión no se hartaba de contemplar con una maravillosa dulcedumbre la alteza de este consejo que la divina sabiduría había escogido para encaminar la salud del linaje humano7. Pues quien quisiere sentir algo de lo que este Santo sentía, debe trabajar por entender el abismo de la sabiduría que en este divino misterio está encerrada. Para lo cual convendrá tomar este misterio desde sus primeros principios.

Pues para esto considera primeramente que hay Dios: lo cual es una verdad tan evidente, aun en lumbre natural, que no hay nación en el mundo, por bárbara que sea, que no conozca ser así, aunque no sepa cuál sea el verdadero Dios. Y si preguntas qué cosa sea Dios, eso no se puede explicar con palabras, sino confesando que Dios es una bondad, sabiduría y hermosura infinita, principio y fin de todas las cosas, criador, gobernador, Señor y padre de todo el universo, y una cosa tan grande, que ninguna otra se puede pensar mayor ni mejor, ni a quien el hombre esté más obligado.

Lo segundo, piensa consecuentemente que ninguna cosa hay debajo del cielo más justa ni más debida que amar, temer, servir y obedecer a este Señor, y vivir conforme a su santísima voluntad. Ésta es la cosa más obligatoria, más necesaria, más honesta, más honrosa, más provechosa y más hermosa de todas cuantas hay y puede haber en el mundo, y la que por más millares de títulos es debida, como está claro no sólo en lumbre de fe, sino también de razón, como lo confiesan todas las naciones del mundo.

Lo tercero, considera profundamente cuán inhábil quedó el hombre por la caída de nuestros primeros padres para cumplir con esta obligación, cuán ciego, cuán enfermo, cuán sensual, cuán terreno, cuán fácil para los vicios y cuán pesado para las virtudes, cuán apetitoso para las cosas sensuales, cuán desgustoso para las espirituales, cuán cuidadoso de las cosas de esta vida, cuán descuidado para las de la otra, cuán aficionado a su cuerpo, cuán olvidado de su ánima, cuán solícito por lo presente, que es momentáneo, y cuán descuidado de lo futuro, que es eterno, cuánta cuenta tiene con los hombres, cuán poca o ninguna con Dios. Y la causa de todos estos males fue haber ofendido y indignado contra sí a Dios, y haberse por su propia culpa entregado al enemigo.

Lo cuarto, considera cuán conveniente cosa era que socorriese Dios al hombre en esta tan grande necesidad. Porque si es voz de toda la filosofía que el Autor de la naturaleza no falta en las cosas necesarias, pues vemos que ni en la tierra, ni en la mar, ni en el aire hay animal, ni gusano, ni gusarapito, por pequeño que sea, a quien falte la divina providencia, ¿cómo había de faltar a la más excelente de todas sus criaturas, y en la mayor de todas sus necesidades? Y demás de esto, si el hombre por malicia ajena había sido derribado, razón era que la virtud ajena ayudase a quien la maldad ajena tanto desayudó, porque así fuese el hombre tan capaz de bien como de mal, pues le podía ayudar lo uno, como le pudo desayudar lo otro.

Lo quinto, mira también que para que este remedio y socorro fuese más bien encaminado, convenía que viniese por le ministerio de uno. Porque así como fue uno el que destruyó a todos, así también convenía que uno fuese el que salvase a todos: y así como uno fue el destruidor del género humano, así otro fuese su reparador, para que por el camino que había venido la dolencia, por ese mismo viniese la medicina. Y demás de esto, porque esta orden guarda Dios en todo este universo, que en cada linaje de cosas haya una nobilísima que sea como cabeza de todas las otras, la cual influya y comunique su virtud a todas ellas y sea causa de toda la perfección que hay en ellas, como vemos en el sol, que es causa de toda la luz que hay en las estrellas, y en el primer cielo que se mueve, que es causa de todos los otros movimientos del mundo. Pues conforme a esto convenía que en el linaje de las cosas santas hubiese un sumamente santo que las santificase a todas y fuese causa de la santidad de todas. Teníamos, pues, necesidad de un tal santo, que nos santificase, de un salvador que nos salvase, de un padre que nos reengendrase, de un rey que nos defendiese, de un sacerdote que por nosotros rogase, y de un sacrificio que por nosotros se ofreciese, de un reconciliador que nos hiciese amigos con Dios, y de un fiel abogado y medianero que por nosotros entreviniese. Pues si de todos estos títulos y de todos estos oficios y beneficios tenía necesidad del hombre, que con tantas inhabilidades y manqueras había quedado, ¿quién pudiera suplir mejor todas estas faltas, y soldar todas estas quiebras, y curar todas estas llagas, y hacer todos estos oficios, y ser medianero entre Dios y los hombres, que Aquél que juntamente era Dios y hombre, tan amigo de los hombres, porque era verdaderamente hombre, y tan amigo de Dios, porque era verdaderamente hombre, y tan amigo de Dios, porque era verdadero Dios, tan hábil para deber, pues era del linaje del hombre culpado, y tan poderoso para pagar, pues era Dios todopoderoso? Claro está, pues, que así como no hay en el cielo ni en la tierra otra persona mejor que el Hijo de Dios, así nadie podía mejor dar cabo a esta obra, llevando el negocio por vía y orden de justicia, que el mismo Hijo de Dios. Y así convenía por cierto que ello fuese: porque si en las obras de naturaleza dicen los filósofos que Dios siempre hace lo mejor y lo más perfecto, mucho mas convenía esto en las obras de gracia, que cuanto son más perfectas, tanto se deben hacer con mayor providencia.

Mas ¿quién podrá con palabras explicar la muchedumbre de bienes y provechos que de esta manera de remedios se siguieron? Porque, dejados aparte otros muchos provechos, y supuesta la deuda general del linaje humano, y la inhabilidad con que había quedado, así para amar a Dios como para todas las otras virtudes, ¿qué medio podía haber más conveniente para satisfacer a Dios, y conocer a Dios, y esperar en Dios, y amar a Dios, y tener que ofrecer a Dios? ¿Qué medio podía haber mejor? ¿Quién podía mejor satisfacer por deuda infinita, que Señor de virtud y dignidad infinita? ¿Cómo podíamos tener mayor conocimiento de la grandeza de la bondad, justicia, misericordia y providencia de dios, que viendo lo que hizo por el hombre, y de la manera que castigó el pecado del hombre? ¿Qué mayor incentivo para esperar en Dios, que tener méritos de Cristo por nuestra parte, y para amar a Dios, que ponérsenos delante tal bondad, tal caridad y tal beneficio de Dios? Si la cuerda de tres ramales es dificultosa de quebrar, ¿cómo quebrará el amor que de tres lates motivos como éstos se compone? Pues para tener que ofrecer a Dios, ¿qué sacrificio se nos podía dar para descargo de nuestras culpas y remedio de nuestras necesidades, más eficaz y más acepto que la muerte del mismo Hijo de Dios? Pues para inclinar al hombre a la virtud de la humildad, de la paciencia, obediencia, pobreza y aspereza de vida, ¿qué medio ni qué motivo pudiera haber más poderoso que ver al mismo Dios tan humilde, tan paciente, tan obediente, tan pobre y tan mal tratado por nos? Pues para criar en nuestros corazones odio contra el pecado, ¿qué motivo se podía dar mayor que ver el odio que Dios mostró contra el, pues tantos y tan grandes extremos hizo por destruirlo? Piense, pues, el hombre cada cosa de éstas en particular y profundamente, y hallará por cierto que para ninguno de estos fines pudiere haber medio más conveniente: antes le parecerá tan conveniente y tan a propósito de cada uno, como si para solo aquél fuera instituido. Y por aquí conocerá la sabiduría de Dios, que tan bien supo encaminar lo que convenía para nuestro remedio.

Mas por ventura dirás: Ya que convenga tanto eso al remedio del hombre, no parece que conviene a la gloria de Dios abajarse tanto, que se hiciese hombre y viniese a morir por el hombre. Esta objeción nace de mirar los hombres al hombre de la manera que ahora está, que es con todas las vilezas y desórdenes que le vinieron por el pecado, y pensando que todo eso tomó sobre sí el Hijo de Dios. Desengáñense, pues, porque nada de eso tomó sobre sí este Señor. Porque Él apartó la naturaleza, de la culpa, que es, lo que Dios hizo, de lo que el hombre hizo, y tomando solamente lo que Dios hizo, dejó lo que el hombre hizo: aunque por nuestra causa tomó los tormentos y la muerte que sin deberla padeció. Preservando, pues, la naturaleza de todos estos defectos, adornóla y ennoblecióla, sobre todo lo que se puede encarecer, con tanta abundancia de riquezas espirituales, de virtudes, de sabiduría, de poder y de gracias tantas y tan admirables, que no fue deshonra suya, sino grandísima gloria hacerse tal hombre cual se hizo. No sería deshonra de un rey vestir un sayo de picote, si estuviese todo sembrado de franjas de oro y piedras preciosas: porque la bajeza que tenía por parte de la materia, se encubría con la hechura. Y lo mismo hizo aquí el Hijo de Dios: porque aunque el paño era bajo, Él lo supo adornar con tantas riquezas y labores obradas por mano del Espíritu Santo, que no fuese deshonra suya vestirse de él. Porque claro está que ya que Dios quería hacerse hombre, en su mano estaba hacerse tal hombre cual conviene que fuese el que había de ser Dios y hombre: y así lo hizo. Y demás de esto, el fin para que venía requería esta manera de hábito tan humilde. Porque así como no es cosa indigna de la persona real vestirse de picote o de sayal, cuando va a caza, porque para este propósito más arma el sayal que la tela de oro, así también (pues el Hijo de Dios venía al mundo a reformar el mundo, que es, a hacer guerra a la vanidad, a las riquezas y deleites, éste era el hábito que más convenía para este propósito.

Con esta grandeza concuerdan todas las demás, así las que precedieron como las que acompañaron y se siguieron después de este misterio. Porque antes de esta venida precedieron entre judíos y gentiles infinitas profecías y figuras que la denunciaron y prometieron por todas las edades y siglos desde el principio del mundo: y cuando hubo de venir, vino también de la manera que convenía a tan alta Majestad. Ca fue concebido como convenía a Dios, porque de Espíritu Santo; nació como Dios, porque de madre virgen; conversó en este mundo como Dios, obrando infinitos beneficios; y murió como Dios, pues todos los elementos del mundo hicieron sentimiento en su muerte; y pues que después de muerto resucitó de los muertos, y subió a los cielos, y de ahí envió al Espíritu Santo. De manera que aunque Él fue hombre como nosotros en la naturaleza, no lo fue en la dignidad y en la gloria. Hombre fue de verdad como nos: mas concebido, como dijimos, de Espíritu Santo, nacido de madre virgen, alabado de ángeles, anunciado de profetas y deseado de todas las gentes. Hombre fue como nos: hombre que santificaba los hombres, que sanaba los enfermos, que alumbraba los ciegos, que alimpiaba los leprosos, que hacía andar a los cojos y resucitaba los muertos. Hombre fue como nos; mas hombre a quien obedecía la mar, a quien servían los elementos, a quien testificaban los cielos, de quien temblaban los demonios, y a quien glorificaban las voces de Dios. Hombre fue, y así murió como hombre; más muerto venció la muerte, y sepultado saqueó al infierno; y saqueado el infierno, subió al cielo; y subido al cielo, envió al Espíritu Santo y santificó al mundo. Y quien quisiere ver esta santificación, ponga los ojos en aquella felicísima edad de la primitiva Iglesia, y verá los desiertos poblados de monjes, y los poblados llenos de mártires, de confesores y de doctores y vírgenes. Verá derribados los templos de los ídolos, verá vencidos los tiranos, verá convertido el mundo: y entenderá que nadie era poderoso para hacer tan grandes maravillas, sino Dios.

Lo que después de todo esto se siguió, fue esta renovación del mundo, acompañada con los triunfos admirables que en esta jornada alcanzó. Porque primeramente triunfó del reino del diablo, que cuasi en todo el mundo era adorado, cuyos altares y templos derribó. Triunfó del mundo, cuyos reyes y emperadores, no peleando, sino padeciendo, venció y subjectó. Triunfó de sus enemigos, cuya república y templo hasta hoy día destruyó y puso en perpetuo cautiverio. Y lo que más es, triunfó del pecado, que tan apoderado estaba de todos los hombres del mundo, pues tanta muchedumbre de santos se levantaron de nuevo, que vencieron este tirano, vencedor de todos los reyes y emperadores del mundo. Y finalmente, triunfó del infierno, pues lo saqueó: y también del cielo, pues nos lo abrió: y triunfará después de la muerte, cuando le hará restituir todos los muertos y volver a la vida sus despojos. Por lo cual todo se ve claro cómo no es deshonra, sino grandísima gloria, hacerse Dios tal hombre cual aquí protestamos y confesamos que se hizo.

Ni hace contra esto haber padecido tan cruel y tan deshonrada muerte, pues en la muerte no hay deshonra, sino en la causa: porque así como padecer por maleficios es la más amenguada cosa del mundo, así por el contrario, padecer por beneficios, esto es, por la patria, por la justicia, por la fe, por la castidad y por la gloria y obediencia de Dios, es la cosa más gloriosa y más honrosa del mundo: y cuanto mayor fuere por esta causa la ignominia, tanto mayor será la gloria. Demás de que esta tan gloriosa muerte parió todas las muertes de los mártires, y todas las mortificaciones y virtudes de los confesores y de todos los santos que ha habido en el mundo, los cuales con el ejemplo, esfuerzo y beneficio que de esta gloriosa muerte recibieron, padecieron constantemente todo lo que convenía padecer por la virtud. Alaba, pues, oh hombre, al Señor por este tan grande beneficio, considerando que pudiera Él desamparar al hombre después que pecó, sin perder por eso nada de su derecho, o pudiéralo remediar por otro medio que no le fuera tan caro, y no quiso sino por éste que a Él era tan costoso, por ser más conveniente para nuestro remedio. Y pues este Señor de tal manera se hizo nuestro medianero, que con sus merecimientos obligó a Dios, y con sus ejemplos a los hombres, el que quisiere valerse de sus merecimientos, es razón que trabaje por imitar sus ejemplos.

De la Anunciación de Nuestra Señora

Después que se cumplió el tiempo que la divina Sabiduría tenía determinado para dar remedio al mundo, envió el ángel san Gabriel a una virgen llena de gracia, la más bella y la más pura y escogida de todas las criaturas del mundo: porque tal convenía que fuese la que había de ser madre del Salvador del mundo. Y después que este celestial embajador la saludó con toda reverencia, y le propuso la embajada que de parte de Dios le traía, y le declaró de la manera que se había de obrar aquel misterio, que no había de ser por obra de varón sino por Espíritu Santo, luego la Virgen con humildes palabras y devota obediencia consintió a la embajada celestial: y en ese punto el Verbo de Dios omnipotente descendió en sus entrañas virginales, y fue hecho hombre: para que de esta manera haciéndose Dios hombre, viniese el hombre a hacerse Dios.

Aquí puedes primeramente considerar la conveniencia de este medio que la sabiduría de Dios escogió para nuestra salud, de la manera que en el preámbulo precedente está platicado, porque ésta es una de las consideraciones que más poderosamente arrebata y suspende el corazón del hombre en admiración de esta inefable sabiduría de Dios, que por tan conveniente medio encaminó el negocio de nuestra salud, dándole juntamente con esto gracias, así por el beneficio que nos hizo, como por el medio porque lo hizo, y mucho más por el amor con que lo hizo, que sin comparación fue mayor.

Después de esto pon los ojos en las virtudes excelentes de esta Virgen que Dios escogió para su templo y morada. Mira primeramente la pureza y gloria de su virginidad, pues ella fue la primera que trajo esta invención al mundo, haciendo voto de perpetua virginidad. Mira su clausura y recogimiento, cual convenía a tal propósito, y los ejercicios espirituales de oraciones y lágrimas en que gastaría las noches y los días en aquel su retraimiento. Mira el rigor de su silencio, pues entre tantas palabras como habló el ángel, habló ella tan pocas y tan necesarias. Mira también su humildad y obediencia en aquel final consentimiento que dio al ángel, diciendo: Ecce ancilla Domini8, etc. La humildad, en llamarse sierva la que era escogida por madre; y la fe, en creer tan grandes misterios sin pedir señal, como Zacarías y como otros pidieron: y la obediencia, en resignarse y entregarse en las manos del Señor para lo que de ella quisiese hacer. Mas sobre todo esto es mucho más para considerar los movimientos, los júbilos y los ardores que en aquel purísimo corazón entonces habría con la supervención del Espíritu Santo, y con la encarnación del Verbo Divino, y con el remedio del mundo, y con la nueva dignidad y gloria que allí se le ofrecía, y con tan grandes obras y maravillas como allí le fueron reveladas y obradas en su persona. Mas ¿qué entendimiento podrá llegar a entender esto como ello fue?

La Visitación a Santa Isabel

Como el ángel dijo a la Virgen que su parienta Elisabet en su vejez había concebido un hijo, dice el evangelista que se partió luego con gran prisa a visitarla. Y entrando en su casa y saludándola húmilmente, así como oyó Elisabet la salutación de María, saltó de placer el niño en su vientre. Y en este punto fue llena del Espíritu Santo Elisabet, y exclamó con una grande voz, diciendo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí tan grande bien que la Madre de mi Señor venga a mí, etc.9.

Tres personas tienes aquí en que poner los ojos: el niño, san Juan, su madre y la Virgen.

En el niño considera una tan extraña manera de movimiento y sentir miento como fue el que tuvo en la presencia de Cristo. Porque allí le fue acelerado el uso de la razón, y le fue dado conocimiento de quién era el Señor que allí venía. De lo cual fue tan grande el alegría que recibió en su voluntad, que vino a hacer aquella manera de salto y movimiento con el cuerpo, por la grandeza del alegría del espíritu. Donde podrás ver que tan grande sea el misterio y beneficio de la encarnación de Cristo, pues con tal manera de sentimiento y reverencia quiso el Espíritu Santo que fuese por este niño celebrado, y por consiguiente, qué es lo que debe hacer el que es ya hombre perfecto, pues este niño encerrado en las angosturas del vientre de su madre tal sentimiento tuvo.

Mas en la madre considera qué tan grande sería la admiración y alegría de esta santa mujer con el súbito resplandor de tan grande luz, que es con el conocimiento de tan grandes maravillas como allí le fueron reveladas, pues en aquel instante por una muy alta manera le fue hecha revelación cuasi de todo el discurso del evangelio. Porque allí conoció que aquella doncella que tenía delante, era Madre de Dios, y que había concebido del Espíritu Santo, y que el Hijo de Dios había encerrado en sus entrañas, y que el Mesías era ya venido, y que el mundo con su venida había de ser reformado: y finalmente allí conoció todo lo que el ángel con la misma Virgen había tratado. Pues si el estilo del Espíritu Santo es dar el sentimiento de la voluntad conforme a la lumbre que da al entendimiento, ¿cuáles serían los ardores y sentimientos de aquella santa voluntad, precediendo tal lumbre en el entendimiento? No hay palabras que basten para explicar esto como es: porque por aquí veas cuan grandes sean los dones y favores de Dios, aun en esta vida mortal, para con los suyos.

Entendido por esta vía el corazón de esta santa mujer, trabaja, como pudieres, por entender el corazón de la Virgen y las palabras de aquella maravillosa canción que allí cantó sobre este tan alto misterio. Mira cuan alabada es allí la humildad, cuán detestada la soberbia, y cuán encarecida la misericordia, la fidelidad y la providencia paternal de Dios para con los suyos. Oh bienaventurada Virgen, ¿qué sentía tu piadoso corazón cuando decías: Engrandece mi ánima a Dios, y mi espíritu se alegró en Dios, y hizo en mí grandes cosas el Todopoderoso?10. ¿Qué grandezas y qué maravillas eran esas? No es dado a nosotros escudriñarlas, sino maravillarnos, y alegrarnos, y quedar atónitos con la consideración de ellas. ¡Oh, dichosa suerte la de los justos, pues tan altamente son a veces visitados y consolados de Dios!

La revelación de la virginidad de Nuestra Señora

Vuelta la Virgen a su casa, como el santo Josef la vió preñada, y no sabía de dónde esto fuese, dice el evangelista que no queriendo acusarla, se quiso ir y desampararla, hasta que el ángel de Dios le apareció en sueños y le reveló este tan grande misterio.

Acerca de lo cual primeramente considera la grandeza del trabajo que padescería la Virgen en este tiempo, viendo al esposo tan amado con tan grande turbación y aflicción como consigo traía: para que por aquí veas cómo a tiempos desampara el Señor a los suyos, y los ejercita y prueba con grandes angustias y tribulaciones para acrescentar su perfección.

Considera también la paciencia, y el silencio, y la confianza con que la Virgen padescería este trabajo, pues ni por eso perdió la paz de su consciencia, ni descubrió el secreto de aquel gran misterio, ni perdió la confianza de que el Señor volvería por su inocencia, sino puesta en continua oración, descubría y encomendaba al Señor su causa.

Piensa luego en la revelación hecha al santo Josef: para que por aquí entiendas cómo el Señor azota y regala, mortifica y da vida, derriba hasta los abismos y saca de ellos, y cómo finalmente es verdad lo que dice el Apóstol: Sabe muy bien el Señor librar a los justos de la tribulación11.

Aquí puedes también considerar qué tan grande sería el alegría de este santo varón, cuando hallase inocencia en quien tanto deseaba hallarla, y qué tan grande sería el alegría de la Virgen viendo, por una parte, el esposo dulcísimo despenado, y vueltas sus lágrimas en alegría, y, por otra, considerando el socorro de la divina Providencia y la fidelidad que el Señor mantiene con todos aquéllos que fielmente esperan en Él. Pues ¿qué sería ver allí con cuántas lágrimas el esposo pediría perdón a la esposa de la sospecha pasada, y con qué ojos la miraría de ahí adelante, y con cuánta reverencia y acatamiento la trataría? Y ¿qué sería ver las lágrimas de la Virgen, y las alabanzas con que alabarían a Dios toda aquella noche por este tan grande beneficio?

El Nacimiento del Salvador

En aquel tiempo, dice el evangelista que mandó el emperador César Augusto que todas las gentes fuesen a sus tierras a escribirse. Por cuya causa la sagrada Virgen caminó de Nazaret a Betleem a cumplir este mandamiento; donde, cumplidos los nueve meses, parió su Hijo, y, como dice el evangelista, lo envolvió en pañales y recostó en un pesebre, porque no tenía otro más conveniente lugar en aquella posada.

Aquí puedes primeramente considerar el trabajo que la Virgen pasaría en este camino, pues el tiempo era tan contrario al caminar, y ella era tan delicada, y la despensa y provisión para el camino tan pobre. Camina, pues, tú con el espíritu en esta santa romería, y sigue estos pasos piadosos, y sirve en lo que pudieres a estos santos peregrinos, y mira cómo en todo este camino unas veces hablan de Dios, otras van hablando con Dios, unas veces orando, otras dulcemente platicando: y así alternando los ejercicios, vencían el trabajo del caminar.

Pon luego los ojos en la sacratísima Virgen, y mira con qué amor y reverencia abrazaría aquel santo Niño, como lo adoraría, con que devoción lo arrimaría a sus pechos y le daría su leche, y cuáles serían allí las alegrías de su corazón, cuántas las lágrimas de sus ojos, viéndose madre de tal Hijo, viéndose abrazada en tal tesoro, y viéndose finalmente parida sin dolor ni menoscabo de su pureza virginal.

Mira luego con cuánta devoción y compasión lo acostaría en aquel pesebre: donde hallarás maravillosos ejemplos de humildad, pobreza, aspereza y caridad del Hijo de Dios. ¿Qué mayor humildad que nacer en un establo? ¿Qué mayor pobreza que los pañales en que fue envuelto? ¿Qué mayor aspereza que ser en tan tierna edad reclinado en un pesebre? ¿Qué mayor caridad que ponerse a padecer todos éstos trabajos por nuestra causa el Señor de todo lo criado? Y mira como las cosas mas bajas escogió Dios: por do parece que éstas deben ser las mejores, aunque todo el mundo lo contradiga.

También tienes aquí que mirar, demás de aquellas dos resplandecientes lumbres Madre y Hijo, las lágrimas y alegría del santo Josef, los cantares de los ángeles, y particularmente la devoción de los pastores. Y si tú quieres que te quepa alguna parte de esta fiesta como a ellos, trabaja por imitar la simplicidad, la humildad, la pobreza y las vigilias de ellos, y serás visitado de los ángeles y cercado de luz como ellos. No seas doblado, ni malicioso, ni ambicioso: conténtate con las riquezas de la simplicidad, vive según naturaleza, y luego este Niño, amador de simples y de niños, te hará participante de estos misterios.

En cabo de todo esto mira cómo la sacratísima Virgen meditaba y confería todos estos misterios en su corazón, como dice el evangelista, para que por aquí veas cuán alto y cuán divino ejercicio sea la consideración de la vida de Cristo, pues aquella que fue consumadísimo dechado de toda perfección y contemplación, tan a la continua se ejercitaba en él.

La Circuncisión del Señor

Pasados ocho días, dice el evangelista que fue circuncidado el Niño, y le fue puesto por nombre Jesús: el cual nombre fue declarado por el ángel antes que en el vientre fuese concebido.

Acerca de este misterio puedes primeramente considerar el dolor que padecería aquella delicadísima y ternísima carne con este nuevo martirio; el cual era tan grande, especialmente al tercero día, que algunas veces acaecía morir de él. Por donde verás lo que debes a este Señor, que tan temprano comenzó a padecer tan graves dolores y hacer tan dura penitencia por las demasías y torpezas de tus culpas. Y mira como el primer día de su nacimiento derramó lágrimas, y el octavo, sangre: para que veas como no se cansa la caridad de Cristo, y como le va constando el hombre de cada vez más.

Considera también el dolor y lágrimas del santo Josef, que tan tiernamente amaba este Niño, que por ventura fue el ministro de esta circuncisión, y mucho más de su sacratísima Madre, que mucho más le amaba, y mira la diligencia que pondría en arrullar y acallar el Niño, que como verdadero niño, verdadero Dios, lloraba, y con que reverencia recogería aquellas santas reliquias y aquella preciosa sangre, cuyo valor ella tan bien conocía.

Mira también cuán tarde comenzó el Hijo de Dios a predicar, y cuán temprano a padecer, pues a los treinta años comenzó la predicación, y a los ocho días padeció la circuncisión y comenzó a hacer oficio de redentor. Mira cómo aquel esposo de sangre comienza ya a derramar sangre por su esposa la Iglesia. Mira como el segundo Adán, salido del paraíso de las entrañas virginales, comienza ya a saber de bien y de mal, y mira como aquel caudaloso mercader y redentor del linaje humano comienza ya a dar señal de la paga advenidera, derramando ahora esta poquita de sangre en prendas de la mucha que adelante derramará. Por aquí verás con que deseos viene al mundo, pues tan temprano comenzó a dar por el hombre este tesoro. Adora, pues, oh ánima mía, adora y reverencia esta preciosa gota de sangre, en la cual está todo el precio de tu salud, la cual sola bastara para nuestro remedio, si la superabundante misericordia de Dios no quisiera tan superabundantemente satisfacer por nuestras culpas.

Mira también como hoy le ponen por nombre Jesús, que quiere decir Salvador, para que si la señal de pecador te desmayaba, te esfuerce este dulcísimo y eficacísimo nombre de Salvador. Adora, pues, oh ánima mía, abraza y besa ese dulcísimo nombre, más dulce que la miel, más suave que el olio, más medicinable que el bálsamo, y más poderoso que todos los poderes del mundo. Este es el nombre que deseaban los patriarcas, por quien suspiraban los profetas, a quien repetían y cantaban los salmos y todas las generaciones del mundo. Este es el nombre que adoran los ángeles, que temen los demonios, y de quien huyen todos los poderes contrarios, y con cuya invocación se salvan los pecadores.

La adoración de los Magos

Entre las maravillas que acaecieron el día que el Salvador nació, una de ellas fue aparecer una nueva estrella en las partes de oriente: la cual significaba la nueva luz que habla venido al mundo para alumbrar a los que vivían en tinieblas y en la región de la sombra de la muerte. Pues conociendo unos grandes sabios, que en aquella región había, por especial instinto del Espíritu Santo lo que esta estrella significaba, parten luego a adorar este Señor. Y llegados a Jerusalén, preguntan por el lugar de su nacimiento. Y informados de esto, y guiándolos la misma estrella que habían visto en oriente, llegaron al portalico de Betleem, y allí hallaron al Niño en los brazos de su Madre; y postrados en tierra, le adoraron y ofrecieron sus dones, que fueron oro, incienso y mirra.

Donde puedes primeramente considerar la bondad y caridad inefable de este Señor, el cual apenas había nacido en el mundo, cuando luego comenzó a comunicar su luz y sus riquezas al mundo, trayendo con su estrella los hombres a sí desde el cabo del mundo: para que por aquí veas que no huirá de los que le buscan con cuidado, el que con tanta diligencia busco a los que estaban tan descuidados.

También puedes considerar la devoción, la fe y la ofrenda de estos santos reyes, y el misterio que por ella nos es significado. La devoción, en ver a cuanto trabajo y peligro y a cuán largo camino se pusieron por ir a adorar a este Señor y gozar de su presencia corporal: para que tú por aquí condenes tu pereza, viendo por cuán poco trabajo dejas muchas veces de gozar de este mismo beneficio por no acudir a las iglesias y frecuentar ahí los sacramentos. La fe, viendo con cuanta humildad y reverencia adoraron como a rey y como a Dios al que estaba tan pobremente aposentado y acompañado. Porque si fue grande la fe del buen ladrón, que en la cruz conoció el reino, no es menor la de estos santos reyes, que en una tan grande humildad adoraron y reconocieron la Divinidad soberana. Más la ofrenda que juntaron con esta fe, nos enseña que debemos acampanar nuestra fe con obras dignas de tal fe, pues la fe sin ellas esta muerta.

Pero considerando mas profundamente el misterio de esta ofrenda, hallaremos que en ella está significada la suma y cumplimiento de toda la justicia cristiana. Porque tres cosas comprende esta justicia: que son, cumplir con Dios, y con nos, y con nuestros prójimos; y con estas tres partes cumple perfectamente quien estos tres dones espiritualmente ofrece; conviene saber, el que ofrece incienso de devoción para con Dios, y mirra de mortificación para consigo, y oro de caridad para con sus prójimos. Con lo primero cumple el hombre, trayendo una continuada oración y elevación del espíritu inflamado para con Dios. Con lo segundo, reformando todas las partes y fuerzas de su cuerpo y ánima, castigando la carne, mortificando las pasiones, enfrenando la lengua y recogiendo la imaginación. Más con lo tercero cumple, socorriendo a las necesidades de sus prójimos con caridad, y sufriendo sus faltas con paciencia, y tratándolos benignamente con suavidad y buenas palabras. De suerte que el que quisiere ser perfecto cristiano, ha de tener en un corazón tres corazones, conviene saber, un corazón devotísimo, humilísimo y inflamadísimo para con Dios; y otro rigurosísimo y vigilantísimo para consigo; y otro liberalísimo, sufridísimo y suavísimo para con los prójimos. Bienaventurado el que adora la Trinidad en unidad, y bienaventurado el que tiene estas tres maneras de corazones en un corazón.

Últimamente puedes aquí considerar el alegría que la sagrada Virgen recibiría en este paso, viendo la devoción y fe de estos santos varones, y levantando los ojos a las esperanzas que aquellas primicias prometían, y viendo este nuevo testimonio de la gloria de su Hijo entre los otros que habían precedido, que eran Hijo sin padre, virgen y madre, parto sin dolor, cantar de ángeles, adoración de pastores, y ahora esta ofrenda de reyes venidos al cabo del mundo. Pues ¿cuáles serían aquí las alegrías de su ánima, y cuáles las lágrimas de sus ojos, cuáles los ardores y júbilos de su purísimo corazón?

La purificación de Nuestra Señora

Cumplidos los cuarenta días que mandaba la ley para haberse de purificar la mujer que paría, dice el evangelista que fue la Virgen a Jerusalén a cumplir esta ley y ofrecer el santo Niño en el templo. Donde fue recibido en los brazos del santo Simeón, que tanto tiempo aguardaba por este día, y donde también fue conocido y adorado por aquella santa viuda Ana, que acudió allí a esta sazón.

Aquí puedes primeramente considerar la humildad profundísima de esta Virgen, que habiendo quedado de aquel parto virginal más pura que las estrellas del cielo, no se desdeñó de subjectar a las leyes de la purificación y ofrecer sacrificio que pertenecía a mujeres no limpias. Donde verás cuán diferente camino llevan la Madre y el Hijo del que llevamos nosotros. Porque nosotros queremos ser pecadores, y no queremos parecerlo: más Cristo y su Madre no quieren ser pecadores, y no se desdeñan de parecerlo. Porque del Hijo se dice que después de los ocho días se sujetó al remedio de la circuncisión, que era señal de pecadores, y de la Madre, que después de los cuarenta días se sujetó a la ley de la purificación, que era sacrificio de no limpias.

Considera también la grandeza del alegría que aquel santo Simeón recibiría con la vista y presencia de este Niño: la cual excede todo encarecimiento. Porque cuando este varón, que tanto celo tenía de la gloria de Dios y de la salud de las ánimas, y que tanto deseaba ver antes de su partida Aquél en cuya contemplación respiraban los deseos de todos los padres, y en cuya venida estaba la salud y remedio de todos los siglos, cuando le viese delante de sí, y le recibiese en brazos, y conociese por revelación del Espíritu Santo que dentro de aquel corpecico estaba encerrada toda la majestad de Dios, y viene juntamente en presencia de tal Hijo tal Madre, ¿qué sentiría su piadoso corazón con la vista de dos tales lumbreras y con el conocimiento de tan grandes maravillas? ¿Qué diría? ¿Qué sentiría? ¿Qué sería ver allí las lágrimas de sus ojos, y los colores y alteración de su rostro, y la devoción con que cantaría aquel suavísimo cántico, en que está encerrada la suma de todo el evangelio? Oh, Señor, y cuán dichosos son los que os aman y sirven, y cuán bien empleados sus trabajos, pues aun antes de la paga advenidera tan grandemente son remunerados en esta vida!

Después que así hubieres considerado el corazón de este santo viejo, trabaja por considerar y entender el corazón de la santísima Virgen, y hallarla has, por una parte, llena de inefable alegría y admiración, oyendo las grandezas y maravillas que de este Niño se decían; y por otra, llena de grandísima y incomparable tristeza mezclada con esta alegría, oyendo las tristes nuevas que este santo varón del mismo Niño le profetizaba.

Pues ¿por qué quisiste, Señor, que tan temprano se descubriese a esta inocentísima esposa tuya una tal nueva, que le fuese perpetuo cuchillo y martirio toda la vida? ¿Por qué no estuviera este misterio debajo de silencio hasta el mismo tiempo del trabajo, para que entonces solamente fuera mártir, y no lo fuera toda la vida? ¿Por qué, Señor, no se contenta tu piadoso corazón con que esta doncella sea siempre virgen, sino quieres también que sea siempre mártir? ¿Por qué afliges a quien tanto amas, a quien tanto te ha servido, y a quien nunca te hizo por donde mereciese castigo? Ciertamente, Señor, por eso la afliges, porque la amas, por no defraudarla del mérito de la paciencia, y de la gloria del martirio, y del ejercicio de la virtud, y de la imitación de Cristo, y del premio de los trabajos, que cuanto son mayores, tanto son dignos de mayor corona. Nadie, pues, infame los trabajos, nadie aborrezca la cruz, nadie se tenga por desfavorecido de Dios, cuando se viere atribulado, pues la más amada y más favorecida de todas las criaturas fue la más lastimada y afligida de todas.

La Huida a Egipto

Después que los santos Magos se volvieron a su tierra por otro camino, según que les fue dicho por el ángel, viendo Herodes burladas sus esperanzas, como no tuviese nueva cierta del Niño, determinó matar todos los niños que había en la tierra de Betleem, por matar entre ellos éste que tanto deseaba. Entonces, apareciendo el ángel en sueños a Josef, le dijo que tomase al Niño y a su Madre, y huyese con ellos a tierra de Egipto, porque Herodes andaba en busca del Niño para lo matar. El cual, levantándose de noche, tomo al Niño y a su Madre, y fuese a Egipto: y estuvo allí siete años, hasta la muerte de Herodes: después de la cual, fue otra vez por el mismo ángel amonestado que se volviese a la tierra de Israel, porque ya eran muertos los que procuraban la muerte del Niño.

Aquí puedes primeramente considerar cual sería el sobresalto que la Virgen recibiría con ésta nueva, viendo que un rey tan poderoso andaba en busca del Hijo que ella tanto amaba, para matarlo, y cuán ligeramente se levantaría y desampararía toda esa pobreza que tenía, por poner en cobro aquel tan precioso tesoro, y que lágrimas de compasión iría derramando por todo aquel camino sobre el rostro del Niño que en sus virginales brazos llevaba, viendo como ya comenzaban a cumplirse las profecías dolorosas de aquel santo viejo Simeón, que eran las persecuciones y trabajos que aquel Señor había de padecer.

Mira también cuál sería la vida y los trabajos de aquella Señora todos aquellos siete años que estuvo en tierra de gentiles: donde veía adorar piedras y palos en lugar del verdadero Dios, y donde tan poco refrigerio hallaría entre gente pagana para todas las necesidades que se le ofreciesen, especialmente siendo ella extranjera y pobre; y tan pobre, que por falta de cordero ofreció el día de su purificación un par de tórtolas o palominos, que era la ofrenda de los pobres.

Y juntamente con esto considera cuán temprano comenzó este Señor a padecer destierros, y persecuciones, y contradicciones del mundo: para que por aquí entiendan los que fueren miembros suyos y participaren su mismo espíritu, que no han de esperar menos del mundo de lo que el Señor de ellos esperó. Y así también entiendan que como después de nacido Cristo, no faltó un Herodes que lo persiguiese, así después de haber nacido Él espiritualmente en nuestras ánimas, no han de faltar muchos otros Herodes que le persigan y le quieran matar en ellas, para que no viva en nuestro corazón.

Cuando se perdió el Niño Jesús

Y siendo ya el Niño de doce años, subiendo sus padres a Jerusalén, según la costumbre del día de la fiesta, quedóse el Niño Jesús en el templo, sin que ellos lo supiesen. Y después que lo hallaron menos y lo buscaron tres días con grandísimo dolor, vinieron a hallarlo en el templo, asentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándolos muy sabiamente, y poniendo a todos en admiración con la grandeza de su prudencia y con sus respuestas.

Aquí puedes considerar primeramente cuán grande sería el dolor que la sacratísima Virgen en estos tres días padecería, habiendo perdido un tan grande y tan incomparable tesoro, y con cuánta diligencia, con cuánto cuidado y con cuántas lágrimas lo buscaría por todas partes, y con cuánta devoción y humildad por una parte suplicaría a Dios le deparase aquel tesoro, y con cuánta obediencia por otra se resignaría en sus manos y haría sacrificio de sí y de su amantísimo Isaac al común Señor de ambos.

Pues ya, cuando pasados estos tres días de tan grande martirio, lo viniese a hallar en auto de tanta admiración, Cuál sería allí su gozo y su alegría! ¡Cuán dulces abrazos le daría! ¡Cuántas lágrimas derramaría! ¡Cómo se encontrarían allí las lágrimas del dolor y del alegría juntamente, las del dolor, por haberlo perdido, y las del alegría, por haberle hallado de la manera que le halló! Por donde conocerás cómo no es perpetua la consolación ni la desconsolación de los siervos de Dios en este mundo: porque el Señor que a tiempos los aflige y ejercita, a tiempos también los consuela, y según la muchedumbre de los dolores de su corazón, así y mucho mayor es la de su consolación.

Aprende también de aquí a no desmayar cuando algunas veces perdieres de vista este Señor (quiero decir, el alegría y consolación espiritual que de él nos viene), pues esta sacratísima Virgen lo perdió sin culpa suya, por sola voluntad y dispensación divina. Y aprende también de ella a resignarte en las manos del mismo Señor, cuando así le perdieras, estando aparejado a padecer el martirio de esta ausencia por todo el tiempo que Él fuere servido: aunque no por eso debes aflojar ni descuidarte cuando así te vieres, antes en este tiempo debes andar con mayor recaudo, y buscar lo que perdiste, con mayor cuidado, como lo hizo esta Virgen, la cual perdió a tiempos este tesoro para nuestro consuelo, y después lo buscó para nuestro ejemplo, y finalmente lo halló para nuestro esfuerzo. Porque por esta causa hace el Señor estas ausencias, para darnos materia de todos estos ejercicios de virtudes. Vase, para humillarnos; viene, para consolarnos; y entretiénese para probarnos, y purgarnos, y ejercitarnos, y darnos conocimiento de lo que somos.

Lo último, considera la sujeción y obediencia de este Señor para con sus padres, de que hace mención el evangelista, para que espantado de tan grande obediencia y confundido de tu gran soberbia, aprendas de aquí a sujetarte y obedecer no solamente a los iguales y mayores, sino también a los menores, por ejemplo de este Señor. Y mira como desde esta edad hasta los treinta años de su vida no se escribe ni que predicase ni que hiciese alguna maravilla: aunque no hizo poco en callar todo este tiempo, para enseñarnos a no hablar ni predicar antes de tiempo, para que el mismo Señor que es maestro de hablar nos lo fuese también del silencio, que no es menos necesario.

El Bautismo del Señor

Llegados pues los treinta años de su edad, caminó el Señor al río Jordán a ser allá bautizado de san Juan a vueltas de los otros publicanos y pecadores.

Mira, pues, con cuánta humildad y mansedumbre y con qué hábito y semblante tan humilde se junta el Señor de los ángeles con los públicos pecadores, para recibir el remedio y el lavatorio de los pecados. ¡Oh hermosura del cielo, oh fuente de limpieza y de vida! ¿Qué a ti con el lavatorio de las inmundicias? ¿Qué a ti con el remedio de los pecados, pues fuiste concebido sin pecado? No era razón que tan grande humildad como esta pasase sin testimonio de alguna grande gloria, pues la condición del Señor es humillar los soberbios y glorificar los humildes. Y así acaeció en este paso: porque allí se abrieron los cielos, y bajo el Espíritu Santo en forma de paloma, y sonó aquella magnifica voz del Padre que decía: Este es mi Hijo muy amado, en quien yo me agradé, a Él oíd. Y generalmente acaeció esto en todos los pasos de la vida de este Señor, que dondequiera que Él más se humilló, ahí fue más particularmente glorificado de Dios. Nace en un establo, y ahí es alabado y cantado en el cielo. Es circundado como pecador, y ahí le ponen por nombre Jesús, que quiere decir Salvador de pecadores. Muere en una cruz entre ladrones, y ahí se oscurecieron los cielos, y tembló la tierra, y se rasgaron las piedras, y resucitaron los muertos, y se alteró todo el mundo. Pues así en este misterio, por una parte es bautizado como pecador entre pecadores, y por otra es publicado por Hijo de Dios: para que por aquí vean todos los que fueren miembros suyos, que nunca jamás se humillarán por amor de Dios, que no sean por esta causa glorificados y honrados por el mismo Dios.

El Ayuno y la Tentación

Acabado el bautismo, fue llevado el Señor por el Espíritu Santo al desierto, donde estuvo cuarenta días ayunando, y orando, y padeciendo diversas tentaciones del enemigo. Todo esto es nuestro, y todo para nuestro bien: la soledad para nuestro ejemplo, la oración para nuestro remedio, el ayuno para la satisfacción de nuestras deudas, y la pelea con el enemigo para dejarnos vencido y debilitado nuestro adversario.

Acompaña, pues, tú, hermano mío, al Señor en todos estos ejercicios y trabajos tomados por tu causa, pues aquí se están haciendo tus negocios y pagándose tus delitos. Imita en todo lo que pudieres este Señor, ora con Él, ayuna con Él, pelea con Él, mora a tiempos en la soledad con Él, y junta tus trabajos y ejercicios con los suyos, para que por este medio sean ellos mas agradables a Dios.

La Transfiguración

De esta soledad camina para otra soledad y de este monte a otro monte, esto es, del monte de la penitencia al monte de la gloria, y del monte del ayuno y oración al monte de la transfiguración, pues el uno es camino para el otro, donde verás al Señor en presencia de los tres amados discípulos transfigurado, resplandeciendo su rostro como el sol y sus vestiduras como la nieve. Donde en la voz del cielo conocerás al Padre, y en la nube al Espíritu Santo, que tiempla con su gracia los ardores de nuestra concupiscencia, y donde verás a Moisés y Elias en medio de aquella gloria tratar con el Señor de los dolores y tormentos de su pasión.

Oye también la voz de Pedro que dice, sin saber lo que se decía, Señor, bueno es que nos estemos aquí. Si os place, hagamos aquí tres moradas, una para Vos, y otra para Moisés, y otra para Elías. Por esta maravillosa obra entenderás que no es todo cruz y tormento la vida de los justos en este destierro; porque aquel piadoso Señor y Padre que tiene cargo de ellos, sabe a su tiempo consolarlos, y visitarlos, y darles algunas veces en esta vida a probar las primicias de la gloria advenidera, para que no caigan con la carga ni desmayen en la jornada, antes se esfuercen para el trabajo que les queda. Y cuán grandes sean estos deleites, San Pedro nos lo da a entender, pues tan alienado y tan fuera de sí estaba en aquel tiempo, que no sabía lo que se decía, ni se acordaba de cosa humana, por la grandeza del gusto que allí sentía, ni quisiera el jamás apartarse de aquel lugar ni dejar de estar bebiendo siempre de aquel suavísimo licor.

Mira también que, como dice san Marcos, estando el Señor en oración, fue de esta manera transfigurado: para que por aquí entiendas como en el ejercicio de la oración suelen muchas veces transfigurarse espiritualmente las ánimas devotas, recibiendo allí nuevo espíritu, nueva luz, nuevo aliento y nueva pureza de vida, y finalmente un corazón tan esforzado y tan otro, que no parece que es el mismo que antes era, por haberlo de esta manera transfigurado el Señor.

Y mira también lo que se trata en medio de estos tan grandes favores, que es, de los trabajos que se han de padecer en Jerusalén: para que por aquí entiendas el fin para que hace nuestro Señor estas mercedes, y cuales hayan de ser los propósitos y pensamientos que ha de tener el siervo de Dios en este tiempo, que han de ser determinaciones y deseos de padecer y poner la vida por Aquel que tan dulce se le ha mostrado, y tan digno de que todo esto y mucho mas se haga por su servicio. De manera que cuando Dios estuviere comunicando al hombre sus dulzores, entonces ha de estar él pensando en los dolores que por él ha de padecer.

La predicación de Cristo y sus milagros

Después de esto considera cómo llegado ya el Señor a edad perfecta, comenzó a entender en el oficio de la predicación y salvación de las ánimas. Donde se te ofrece materia de considerar con cuánto celo de la honra de Dios y con cuánto deseo de la salud de los hombres discurría este Señor por toda aquella tierra, de ciudad en ciudad y de villa en villa, ya en Judea, ya en Galilea, ya en Samaria, predicando y haciendo tantos beneficios a los hombres, curando los enfermos, lanzando los demonios, enseñando los simples, recibiendo y perdonando los pecadores.

Mira, pues, con cuánta caridad aquel buen Pastor andaba por montes y valles buscando la oveja perdida para traerla sobre sus hombros a la manada, y cuántos trabajos, pobrezas, fríos, calores, persecuciones, contradicciones y calumnias de fariseos padeció andando en esto, predicando de día, y orando de noche, y tratando siempre los negocios de nuestra salud como verdadero padre, pastor, salvador y remediador nuestro.

Mira también aquí cuán benignamente trataba con los pecadores, entrando en sus casas y comiendo con ellos, para enamorarlos con su conversación y remediarlos con su doctrina. Testigo de esta misericordia es Mateo el publicano, testigo Zaqueo, príncipe de los publicanos, testigo aquella mujer pecadora que a sus pies fue recibida, y testigo la mujer adultera que tan benignamente fue perdonada.

Sigue, pues, oh ánima mía, este Señor con Mateo, y recíbelo en la posada de tu ánima con Zaqueo, y lava sus pies con lágrimas con la mujer pecadora, para que con ella también merezcas oír aquella dulce palabra: Tus pecados te son perdonados.

La entrada en Jerusalén con los ramos

Acabados los discursos y oficio de la predicación del evangelio, y llegándose ya el tiempo de aquel grande sacrificio de la pasión, quiso el Cordero sin mancilla llegarse al lugar de la pasión, donde había de dar cabo a la redención del género humano. Y porque se viese con cuánta caridad y alegría de ánimo iba a beber por nosotros este cáliz, quiso ser recibido este día con grande fiesta, saliéndose a recibir todo el pueblo con grandes voces y alabanzas, con ramos de olivas y palmas en las manos, y con tender muchos sus vestiduras por tierra, clamando todos a una voz y diciendo: Bendito sea el que viene en el nombre del Señor: sálvanos en las alturas.

Junta, pues, hermano mío, tus voces con estas voces y tus alabanzas con estas alabanzas, y da gracias al Señor por este tan grande beneficio como aquí te hace, y por el amor con que lo hace. Porque aunque le debes mucho por lo que por ti padeció, mucho más le debes por el amor con que lo padeció. Y aunque fueron tan grandes los tormentos de su pasión, mucho mayor fue el amor de su corazón: y así más amó que padeció, y mucho más padeciera si nos fuera necesario. Sal, pues, al camino a recibir a este noble triunfador, y recíbelo con voces de alabanza y con ramos de olivas y palmas en las manos, y con tender tus propias vestiduras por tierra para celebrar la fiesta de esta entrada. Las voces de alabanza son la oración y el hacimiento de gracias, las olivas las obras de misericordia, y las palmas, la mortificación y victoria de las pasiones, y el tender las ropas por tierra, el castigo y maltratamiento de nuestra carne.

Persevera pues en oración, para glorificar a Dios, y usa de misericordia para socorrer al prójimo, y con esto mortifica tus pasiones y castiga tu carne, y de esta manera recibirás en ti al Hijo de Dios. Aquí también tienes un grande argumento y motivo para despreciar la gloria del mundo, tras que los hombres andan tan perdidos, y por cuya causa hacen tantos excesos. ¿Quieres, pues, ver en que se debe estimar esa gloria? Pon los ojos en esta honra que aquí hace el mundo a este Señor, y verás que el mismo mundo que hoy le recibió con tanta honra, de ahí a cinco días lo tuvo por peor que Barrabás, y le pidió la muerte, y dio contra Él voces, diciendo: jCrucifícalo, crucifícalo! De manera que el que hoy predicaba por hijo de David, que es por el mas santo de los santos, mañana le tiene por el peor de los hombres y por más indigno de la vida que Barrabás.

Pues ¿qué ejemplo más claro para ver lo que es la gloria del mundo, y en lo que se deben estimar los testimonios y juicios de los hombres? ¿Qué cosa mas liviana, más antojadiza, más ciega, más desleal y más inconstante en sus pareceres que el juicio y testimonio de este mundo? Hoy dice, y mañana desdice: hoy alaba, y mañana blasfema: hoy livianamente os levanta sobre las nubes, y mañana con mayor liviandad os sume en los abismos: hoy dice que sois hijo de David, mañana dice que sois peor que Barrabás.

Tal es el juicio de esta bestia de muchas cabezas y de este engañoso monstruo que ninguna fe, ni lealtad, ni verdad guarda con nadie, y ninguna virtud ni valor mide sino con su proprio interés. No es bueno sino quien es para con él pródigo, aunque sea pagano; y no es malo sino el que le trata como él merece, aunque haga milagros. Porque no tiene otro peso para medir la virtud sino solo interés. Pues ¿qué aire de sus mentiras y de sus engaños? ¿A quién jamás guardó fielmente su palabra? ¿A quién dio lo que prometió? ¿Con quién tuvo amistad perpetua? ¿A quién conservó mucho tiempo lo que dio? ¿A quién jamás vendió vino, que no se lo diese aguado con mil zozobras? Sólo esto tiene de fiel, que a ninguno fue fiel. Este es aquel falso Judas, que besando a sus amigos los entrega a la muerte: este, aquel traidor de Joab, que abrazando al que le saludaba como amigo, secretamente le metió la espada por el cuerpo. Pregona vino, y vende vinagre: promete paz, y tiene de secreto armada la guerra. Malo de conservar, peor de alcanzar, peligroso para tener, y dificultoso de dejar. ¡Oh mundo perverso, prometedor falso, engañador cierto, amigo fingido, enemigo verdadero, lisonjeador público, traidor secreto, en los principios dulce, en los dejos amargo, en la cara blando, en las manos cruel, en las dádivas escaso, en los dolores pródigo, al parecer algo, de dentro vacío, por de fuera florido, y debajo de la flor espinoso!

Preámbulo de la Pasión del Señor

Conclusión es de todos los doctores que los dolores y tormentos que el Hijo de Dios sufrió en su pasión exceden a todos cuantos dolores se han hasta hoy en el mundo padecido.

Si preguntas la causa de esto, entre innumerables maneras de causas y conveniencias que para esto hay, la principal fue la grandeza de su caridad y la grandeza de nuestra necesidad. Porque a la grandeza de su caridad pertenecía redimirnos copiosísima y perfectísimamente, y la grandeza de nuestra necesidad pedía esta manera de remedio tan grande. Porque ¿quién podrá explicar cuán inhábil quedó el hombre por el pecado para todo lo bueno, especialmente para poner todo su amor, temor y esperanza en Dios, y asimismo para las virtudes de la humildad, de la castidad, de la paciencia, de la obediencia, de la mansedumbre, de la pobreza de espíritu, de la aspereza de vida, de la victoria de sí mismo, y finalmente para todos los trabajos y ejercicios virtuosos? Porque como el pecado quedó el hombre tan resfriado en el amor de Dios y tan encendido en el amor de sí mismo, de aquí procedió quedar tan inhábil y tan manco para todo lo bueno.

Pues aquel Señor que vino a remediar todos estos males, convenía que remediase estos dos tan principales, transformando nuestro corazón de tal manera, que lo hiciese arder en el amor que estaba tan frío, y lo enfriase en el que estaba tan fervoroso. Pues esto hizo nuestro benditísimo Salvador y reformador, no sólo mereciéndonos y enviándonos al Espíritu Santo para que hiciese esta transformación, sino también dejándonos en su vida, y mucho más en su muerte, eficacísimos y potentísimos estímulos para todas estas virtudes. Para lo cual propondremos ahora los principales pasos y misterios de su sagrada pasión, en la cual hallará el hombre tan grandes estímulos y incentivos, por una parte para amar, temer y esperar en Dios, y por otra, para las virtudes contrarias a nuestra carne, como son, humildad, paciencia y obediencia, con todas las demás, que no podrá dejar de quedar muchas veces atónito de ver cómo no arde el mundo en amor de tal Dios, y cómo no desea de padecer mil cuentos de martirios por tal Señor, según son grandes los motivos que hallará aquí para lo uno y para lo otro.

La cena del Señor y el lavatorio de los pies

Entre todas las obras memorables que obró nuestro Salvador en este mundo, una de las más dignas de perpetua recordación es aquella postrera cena que cenó con sus discípulos. Donde no solamente se cenó aquel cordero figurativo que mandaba la ley, sino el mismo Cordero sin mancilla, que era figurado por la ley.

En el cual convite resplandece primeramente una maravillosa suavidad y dulzura de Cristo, en haber querido asentarse a una mesa con aquella pobre escuela, que es con aquellos pobres pescadores, y juntamente con el traidor que lo había de vender, y comer con ellos en un mismo plato. Resplandece también una espantosa humildad, cuando el Rey de la gloria se levantó de la mesa, y ceñido con un lienzo a manera de siervo, echó agua en un baño, y postrado en tierra, comenzó a lavar los pies de los discípulos, sin excluir de ellos al mismo Judas que lo había vendido. Y resplandece sobre todo esto una inmensa liberalidad y magnificencia de este Señor, cuando a aquellos primeros sacerdotes, y en aquellos a toda la Iglesia, dio su sacratísimo cuerpo en manjar, y su sangre en bebida: para que lo que había de ser el día siguiente sacrificio y precio inestimable del mundo, fuese nuestro perpetuo viático y mantenimiento, y también nuestro sacrificio cotidiano.

Mas ¿quién podrá explicar los efectos y virtudes de este nobilísimo sacramento? Porque con él por una manera maravillosa es unida el ánima con su esposo, con él se alumbra el entendimiento, avívase la memoria, enamórase la voluntad, deléitase el gusto interior, acreciéntase la devoción, derrítense las entrañas, ábrense las fuentes de las lágrimas, adorméscense las pasiones, despiértanse los buenos deseos, fortaléscese nuestra flaqueza, y toma con el aliento para caminar hasta el monte de Dios. Oh maravilloso sacramento, ¿qué aire de ti? ¿Con qué palabras te alabaré? Tú eres vida de nuestras ánimas, medicina de nuestras llagas, consuelo de nuestros trabajos, memorial de Jesucristo, testimonio de su amor, manda preciosísima de su testamento, compañía de nuestra peregrinación, alegría de nuestro destierro, brasas para encender el fuego del divino amor y prenda y tesoro de la vida cristiana.

¿Qué lengua podrá dignamente contar las grandezas de este Sacramento? ¿Quién podrá agradecer tal beneficio? ¿Quién no se derretirá en lágrimas, viendo a Dios corporalmente unido consigo? Faltan las palabras y desfallece el entendimiento, considerando las virtudes de este soberano misterio: mas nunca debe faltar en nuestras ánimas el uso, el agradecimiento de él.

La Oración del Huerto

Acabada, pues, la sacratísima cena y ordenados los misterios de nuestra salud, abrió el Salvador la puerta a todas las angustias y dolores de su pasión, para que todos viniesen a embestir sobre su piadoso corazón, para que primero fuese crucificado y atormentado en el ánima que lo fuese en su misma carne. Y así dicen los evangelistas que tomó consigo tres discípulos suyos de los más amados, y comenzando a temer y angustiarse, díjoles aquellas tan dolorosas palabras: Triste esta mi ánima hasta la muerte; esperádme aquí, y velad conmigo. Y Él, apartándose un poco de ellos, fuese a hacer oración: para enseñarnos a recorrer a esta sagrada áncora todas las veces que nos halláremos cercados de alguna grave tribulación. Y la tercera vez que oró, fue tan grande la agonía y tristeza de su ánima, que comenzó a sudar gotas de sangre, que corrían hasta el suelo, y a decir aquellas palabras: Padre, si es posible, traspasa este cáliz de mí.

Considera, pues, al Señor en este paso tan doloroso, y mira como representándosele allí todos los tormentos que había de padecer, y aprehendiendo perfectísimamente con aquella imaginación suya nobilísima tan crueles dolores como se aparejaban para el más delicado de los cuerpos, y poniéndosele delante todos los pecados del mundo, por los cuales padecía, y el desagradecimiento de tantas ánimas que ni habían de reconocer este beneficio, ni aprovecharse de este tan grande y tan costoso remedio, fue su ánima en tanta manera angustiada, y sus sentidos y carne delicadísima tan turbados, que todas las fuerzas y elementos de su cuerpo se destemplaron, y la carne bendita se abrió por todas partes y dio lugar a la sangre que manase por toda ella hasta correr en tierra. Y si la carne, que de sola recudida padecía estos dolores, tal estaba, ¡qué tal estaría el ánima que derechamente los padecía.

Testigos de esto fueron aquellas preciosas gotas de sangre que de todo su sacratísimo cuerpo corrían: porque una tan extraña manera de sudor como éste, nunca visto en el mundo, declara haber sido éste el mayor de todos los dolores del mundo, como a la verdad lo fue. Pues, oh Salvador y Redentor mío, ¿de dónde a ti tanta congoja y aflicción, pues tan de voluntad te ofreciste por nosotros a beber el cáliz de la pasión?

Esto hiciste, Señor, para que mostrándonos en tu persona tan ciertas señales de nuestra humanidad, nos firmases en la fe, y descubriéndonos en ti este linaje de tremores y dolores, nos esforzases en la esperanza, y padeciendo por nuestra causa tan terribles tormentos como aquí padeciste, nos encendieses en tu amor.

La prisión del Salvador, y presentación ante los pontífices

Con cuánta prontitud y voluntad se haya ofrecido el Salvador por nosotros al sacrificio de la pasión, fácilmente se conoce viendo como Él mismo salió a recibir a los que le venían a prender, aunque venían tan pertrechados y tan armados con laternas, y hachas, y lanzas. Y para que conociese la presunción humana que ninguna cosa podía contra la omnipotencia divina, antes que le prendiesen, con una sola palabra derribó aquellas huestes infernales en tierra: aunque ellos, como ciegos y obstinados en su malicia, ni con esto quisieron abrir los ojos y conocer su temeridad.

Mas con todo esto, el piadoso Cordero no cerró aun entonces las corrientes de su misericordia, ni dejó aquel suavísimo penar de miel de destilar gotas de miel, pues allí sanó la oreja del ministro que san Pedro había cortado, y detuvo sus manos de la justa venganza que en aquel tiempo se pudiera hacer. Maldito sea furor tan pertinaz, pues ni con la vista de tan gran milagro se rindió, ni con la dulzura de tan grande beneficio se amansó.

Mas ¿quien podrá oír sin gemido de la manera que aquellos crueles carniceros extendieron sus sacrílegas manos y ataron las de aquel mansísimo Cordero, que ni contradecía ni se defendía, y así maniatado como a un ladrón o público malhechor le llevaron con grande prisa y grita y con grande concurso y tropel de gentes por las calles públicas de Jerusalén? ¿Cuál sería entonces el dolor de los discípulos, cuando viesen su dulcísimo Señor y Maestro apartado de su compañía y llevado de esta manera, vendido por uno de ellos, pues el mismo traidor que lo vendió, sintió tanto el mal que hizo, que vino a ahorcarse y desesperar?

Preso, pues, de esta manera el pastor, descarriáronse las ovejas: aunque Pedro, como más fiel que los otros, seguía desde lejos al piadoso Maestro. Mas entrado dentro de la casa del Pontífice, a la voz de una mozuela negó tres veces al Señor con grandes juramentos y protestaciones, diciendo que no lo conocía, ni sabía quién se era, ni tenía que ver con Él. Entonces cantó el gallo, y miró el Señor con unos piadosísimos ojos a Pedro, y acordóse Pedro de lo que el Señor le había profetizado, y saliéndose fuera, por no tornar a padecer escándalo con la ocasión del mismo peligro, lloró amargamente su pecado.

¡Oh tú, quienquiera que seas, que a instancia y requerimiento de la mala sierva de tu carne negaste por obra o por voluntad a Dios, quebrantando su ley, acuérdate de la pasión de este dulcísimo Señor, y sal fuera de esa ocasión con Pedro, y llora amargamente tu pecado, si por ventura tendrá por bien mirarte Aquél que miró a Pedro, con los mismos ojos que a él miró, para que alimpiado y purificado con Pedro, merezcas recibir después con él al Espíritu Santo!

Después de esta negación, mira cuán maltratado fue el Señor en casa del pontífice: porque siendo Él conjurado en virtud y nombre del Padre que dijese quién era, como Él por reverencia de este nombre diese testimonio de la verdad, aquellos que tan indignos eran de oír tan alta respuesta, cegados con el resplandor de tan grande luz, se levantaron furiosísimamente contra Él, y como a blasfemo le comenzaron a escupir y maltratar. De manera que aquel rostro adorado de los ángeles y venerado de los hombres, el cual con su hermosura alegra toda la corte soberana, es allí por aquellas infernales bocas afeado con salivas, injuriado con bofetadas, afrentado con pescozones, deshonrado con vituperios y cubierto con un velo por escarnio. Finalmente, el Señor de todo lo criado es allí tratado como un vil esclavo, sacrílego y blasfemo, estando Él por otra parte con un rostro mansísimo y sereno, y así con blandas y comedidas palabras se quejó a uno de aquellos que lo herían, diciendo: Si mal hablé, muéstrame en qué, y si no, ¿por qué me hieres?12. ¡Oh dulce y piadoso Jesús! ¿Cuál hombre, viendo esto, podrá contener las lágrimas y no partírsele el corazón de dolor?

La presentación ante Pilato y Herodes y los azotes a la columna

Pasada esta noche dolorosa con tantas ignominias en casa de los Pontífices, otro día por la mañana llevaron al Señor atado a Pilato, que en aquella provincia por parte de los romanos presidía, pidiendo con grande instancia que lo condenase a muerte. Y estando ellos con grandes clamores acusándole y alegando contra Él tantas falsedades y mentiras, y pidiendo que perdonase a Barrabás y crucificase a Cristo, Él entre toda esta barahúnda de voces y clamores estaba como un cordero mansísimo ante el que lo trasquila, sin excusarse, sin defenderse y sin responder una sola palabra: tanto que el mismo juez estaba grandemente maravillado de ver tanta gravedad y silencio y tanta serenidad de rostro en medio de tanta confusión y gritería.

Mas aunque el presidente sabía muy bien que toda aquella gente se había movido más con celo de envidia que de justicia, pero vencido con pusilanimidad y temor humano, determinó entregar al piadosísimo Rey en manos del cruel tirano de Herodes, para que él lo sentenciase. El cual, visto el Señor, y escarneciendo de él con toda su corte, y vistiéndolo por escarnio de una vestidura blanca, se lo torno a remitir. Entonces Pilato, para satisfacer a la furia y rabia de los acusadores, mandó azotar al inocentísimo Cordero, paresciéndole que con esto se amansaría el furor de sus enemigos. Llegan, pues, luego los sayones, y desnudan al Señor de sus vestiduras, y atándole fuertemente a una columna, comienzan a azotar y despedazar aquella purísima carne, y añadir llagas a llagas y heridas a heridas. Corren los arroyos de sangre por aquellas sacratísimas espaldas, hasta regarse con ellos la tierra y teñirse de sangre por todas partes. Oh pues hombre perdido, que eres causa de todas estas heridas, ¿cómo no revientas de dolor viendo lo que padece este inocentísimo Cordero, que por tus hurtos es azotado?

Mira también cuán grandes motivos tienes aquí para todas aquellas virtudes que arriba dijimos, especialmente para amar, temer y esperar en Dios. Para amar, viendo lo mucho que este Señor por tu amor padeció; para temer, viendo el rigor con que en sí mismo castigó tus pecados; y para esperar, considerando cuán copiosa redención y satisfacción se ofrece aquí a Dios por ellos.

La coronación de espinas y el Ecce Homo

Acabado el martirio de los azotes, comiénzase de nuevo otro no menos injurioso, que fue la coronación de espinas. Porque vinieron a juntarse allí todos los soldados del presidente a hacer fiesta de los dolores e injurias del Salvador, y tejiendo primeramente una corona de juncos marinos, hincáronla por su sacratísima cabeza, para que así padeciese con ella con una parte sumo dolor, y por otra suma deshonra.

Muchas de las espinas se quebraban al entrar por la cabeza, otras llegaban, como dice san Bernardo, hasta los huesos, rompiendo y agujereando por todas partes el sagrado cerebro.

Y no contentos con este tan doloroso linaje de vituperio, vístenle de una púrpura vieja y rasgada, y pónenle por cetro real una caña en la mano, y hincándose de rodillas, dábanle bofetadas y escupíanle en la cara, y tomándole la caña de las manos, heríanle con ella en la cabeza, diciendo: Dios te salve, Rey de los judíos. No parece que era posible caber tantas invenciones de crueldades en corazones humanos. Porque cosas eran estas que si en un mortal enemigo se hicieran, bastaran para enternecer cualquier corazón. Mas como era el demonio el que las inventaba, y Dios el que las padecía, ni aquella tan grande malicia se hartaba con ningún tormento, según era grande su odio, ni a aquella tan grande piedad bastaban todos estos trabajos, según era grande su amor.

Mas tu, ánima mía, deja de considerar ahora la crueldad de los hombres y la malicia de los demonios, y vuelve los ojos a considerar la figura tan lastimera que allí temía el más hermoso de los hijos de los hombres: ¡Oh pacientísimo y clementísimo Redentor!, ¿qué figura es esa tan dolorosa, qué martirio tan nuevo, que mudanza tan extraña? ¿Eres tú Aquél que poco antes discurrías por las ciudades, predicando y haciendo tantas maravillas? ¿Eres tú Aquél que poco antes en el monte Tabor resplandeciste con figura celestial y vestiduras de nieve? ¿Eres tú Aquél testificado con voces del cielo por Hijo de Dios y Maestro del mundo? Pues ¿cómo se perdió aquella hermosura tan grande? ¿Qué se hizo aquel resplandor de tu cara? ¿Dónde están las vestiduras de nieve? ¿Qué es de la gloria del Hijo? ¿Qué es de la dignidad y pompa del Rey? ¿Éste es el reino que te tenían aparejado? ¿Ésa es la corona, y la púrpura, y el centro, y las ceremonias de Rey?

Ésta es, Señor, la cura de mi soberbia, ésta la satisfacción de mis atavíos y regalos, éste el dechado de la verdadera paciencia y humildad, éste el camino de la cruz para el reino, y éste el ejemplo de menosprecio del mundo. Esto me predican tus llagas, esto me enseñan tus deshonras, esto es lo que leo en el libro de tu pasión.

Pues como el presidente tuviese claramente conocida la inocencia del Salvador, y viese que no su culpa sino la envidia de sus enemigos le condenaba, procuraba por todas vías librarle de sus manos. Para lo cual le pareció bastante medio sacarlo así como estaba a vista del pueblo furioso: porque Él estaba tal, que bastaba la figura que tenía, según él creyó, para amansar la furia de sus corazones. Pues tú, oh ánima mía, procura hallarte presente a este espectáculo tan doloroso, y como si ahí estuvieras, mira con grande atención la figura que trae este, que es resplandor de la gloria del Padre, por restituirte la que tu perdiste cuando pecaste. Mira cuan avergonzado estaría allí en medio de tanta gente, con su vestidura de escarnio colorada y mal puesta, con su corona de espinas en la cabeza, con su caña en la mano, con el cuerpo todo quebrantado y molido de los azotes pasados, las manos cruelmente atadas, y todo encogido y ensangrentado. Mira cuál estaba aquel divino rostro, hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rasguñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otras fea y denegrida. Y como el santo Cordero tenía las manos atadas, no podría con ellas alimpiar los hilos de sangre que por los ojos caían: y así estarían aquellas dos lumbreras del cielo eclipsadas y cuasi ciegas, y hechas un pedazo de carne y de sangre.

Finalmente, tal estaba su figura, que ya ni parecía quien era, y aun apenas parecía hombre, sino un retablo de dolores pintado por manos de aquellos malvados sayones y de aquel cruel presidente, a fin de que abogase por Él ante sus enemigos esta tan dolorosa figura.

Del llevar la cruz a cuestas

Mas como todo esto nada aprovechase, dióse por sentencia que el Inocente fuese condenado a muerte, y muerte de cruz. Y para que por todas partes creciese su tormento y su deshonra, ordenaron sus enemigos que Él mismo llevase sobre sí el madero en que había de ser justiciado.

Toman, pues, aquellos crueles carniceros el santo madero, que según se escribe era de quince pies, y cárganlo sobre los hombros del Salvador, el cual, según los trabajos de aquel día y de la noche pasada, y la mucha sangre que con los azotes había perdido, apenas podía tenerse en pie y sustentar la carga de su proprio cuerpo; y sobre esta le añaden tan grande sobrecarga como era el peso de la cruz.

En este paso puedes considerar por una parte la mansedumbre inestimable del Salvador, y por otra la crueldad grande de sus enemigos: porque ni la mansedumbre pudo ser mayor, ni tampoco la crueldad. ¿Qué mayor crueldad que desde la hora de la pasión hasta el punto de la muerte no darle una sola hora de reposo, sino añadir siempre dolores a dolores y tormentos a tormentos? Uno le prende, otro le ata, otro le acusa, otro le escarnece, otro le escupe, otro le abofetea, otro le azota, otro lo corona, otro le hiere con la caña, otro le cubre los ojos, otro le viste, otro le desnuda, otro le blasfema, otro le carga la cruz a cuestas, y todos finalmente se ocupan en darle tormento. Vuelven y revuelven, llevarlo y traerlo de juicio en juicio, de tribunal en tribunal, de pontífice a pontífice, como si fuera un loco de atar o un público ladrón.

Pues ¿quién no se moverá a piedad, considerando un hombre tan manso y tan inocente, y que había hecho tantos bienes a los hombres, y curándolos de tantas enfermedades, y predicándoles tan maravillosa doctrina, y después le ve llevar con una cruz a cuestas por las calles públicas con tanta ignominia? ¡Oh crueles corazones!, ¿cómo no os mueve a piedad tanta mansedumbre? ¿Cómo podéis hacer mal a quien tanto bien os ha hecho? ¿Cómo no miráis siquiera esta tan grande inocencia, pues provocado con tantas injurias, ni os amenaza, ni se queja, ni se indigna contra vosotros?

¡Quién me diera, oh buen Jesús, que yo te pudiera dar un poco de refrigerio en esa tan grande agonía! Toda la noche has velado y trabajado, y los crueles sayones a porfía se han entregado en ti, dándote bofetadas y diciéndote injurias, y después de tan largo martirio, después de enflaquecido ya el cuerpo y desangrado con tantos azotes, cargan la cruz sobre tus delicadísimos hombros y así te llevan a justiticiar. Oh delicado cuerpo, ¿qué carga es ésa que llevas sobre ti? ¿A do caminas con ese peso? ¿Qué quieren decir esas insignias tan dolorosas? Pues ¿cómo? ¿Tú mismo hablas de llevar a cuestas los instrumentos de tu pasión?

Aquí, oh ánima mía, lleva el Señor sobre sí toda la carga de tus pecados: dale gracias por ese tan grande beneficio, y ayúdale a llevar esa cruz por imitación de su ejemplo, y síguelo con las lágrimas de esas piadosas mujeres que le van acompañando, y mira sobre todo esto que si eso se hace en el madero verde, en el seco ¿qué se hará?

De cómo fue crucificado el salvador

Llegado el Salvador al monte Calvario, fue allí despojado de sus vestiduras, las cuales estaban pegadas a las llagas que los azotes habían dejado en sus espaldas: y al tiempo de quitárselas, harían esto aquellos crueles ministros con tanta inhumanidad, que volverían a renovarse las heridas pasadas y a manar sangre por todas ellas. Pues ¿qué haría el bendito Señor, cuando así se viese desollado y desnudo? Es de creer que levantaría entonces los ojos al Padre, y le daría gracias por haber llegado a tal punto, que se viese así tan pobre y tan desnudo por su amor.

Estando pues así ya desnudo, mándanle extender en la cruz, que estaba tendida en el suelo, y obedece Él como cordero a este mandamiento, y acuéstase en esta cama que el mundo le tenía aparejada, y entrega liberalmente sus pies y manos a los verdugos para enclavar en el madero. Pues cuando el Salvador del mundo se viese así tendido de espaldas sobre la cruz, y sus ojos puestos en el cielo, ¿qué tal estaría su piadoso corazón? ¿Qué haría? ¿Qué pensaría? ¿Qué diría en este tiempo?

Parece que se volvería al Padre y diría así: oh Padre Eterno, gracias doy a vuestra infinita bondad por todas las obras que en todo el discurso de la vida pasada habéis obrado por mi. Ahora fenecido ya con vuestra obediencia el número de mis días, vuelvo a Vos no por otro camino que por la cruz. Vos mandásteis que yo padeciese esta muerte por amor de los hombres; yo vengo a cumplir esta obediencia y a ofrecer aquí mi vida en sacrificio por su amor.

Tendido13, pues, el Salvador en esta cama, llega uno de aquellos malvados ministros con un grueso clavo en la mano, y puesta la punta del clavo en medio de la sagrada palma, comienza a dar golpes con el martillo y a hacer camino al hierro duro por las blandas carnes del Salvador. Los oídos de la Virgen oyeron estas martilladas, y recibieron estos golpes en medio del corazón, y sus ojos pudieron ver tal espectáculo como éste sin morir. Verdaderamente aquí fue su corazón traspasado con esta mano, y aquí fueron rasgadas con este clavo sus entrañas y su pecho virginal. Con la fuerza del dolor de la herida todas las cuerdas y nervios del cuerpo se encogieron hacia la parte de la mano clavada, y llevaron en pos de sí todo lo demás. Y estando así cargado el buen Jesús hacia esta parte, tomo el ministro la otra mano, y por hacer que llegase al agujero que estaba hecho, estiróla tan fuertemente, que hizo desencajarse los huesos de los pechos y desabrocharse toda aquella compostura y armonía del cuerpo divino: y así quedaron sus huesos tan distintos y señalados, que, como el profeta dice, los pudieran contar. Y de esta misma manera de crueldad usaron cuando le enclavaron los sagrados pies. Y para mayor acrecentamiento de ignominia, crucificaron al Señor fuera de la ciudad en el lugar público de los malhechores y entre dos famosos ladrones. Y los que por allí pasaban, y los que estaban presentes, le escarnecían y baldonaban diciendo: A otros hizo salvos, y a sí mismo no puede salvar. Mas el Cordero mansísimo hacía oración al Padre por los unos y por los otros, y ofrecía liberalmente el paraíso al ladrón que le confesaba.

Después de esto, sabiendo el Señor que ya todo era acabado, para que se cumpliese la Escritura, dijo: Sed he. Y en esta sed le sirvieron con darle a beber vinagre mezclado con hiel: para que pues la causa de nuestra perdición había sido el gusto del árbol vedado, el remedio de ella fuese el gusto de la hiel y vinagre de Cristo.

Y demás de esto, no quiso este piadoso Señor que alguno de sus miembros quedase libre de tormento, y por esto quiso que la lengua también padeciese su pena, pues todos los otros miembros padecían cada uno su propio dolor. Pues ¿qué sentirías tú en este paso, Virgen bienaventurada? La cual, asistiendo a todos estos martirios y bebiendo tanta parte de este cáliz, viste con tus propios ojos aquella carne santísima que tu tan castamente concebiste y tan dulcemente criaste, y que tantas veces reclinaste en tu seno y apertaste en tus brazos, ser despedazada con azotes, agujereada con espinas, herida con la caña, injuriada con puñadas y bofetadas, rasgada con clavos, levantada en un madero, y despedazada con su proprio peso, e injuriada con tantas deshonras, y al cabo jaropada con hiel y vinagre.

Y no menos viste con los ojos espirituales aquella ánima santísima llena de la hiel de todas las amarguras del mundo, ya entristecida, ya turbada, ya congojada, ya bramando, ya temiendo, ya agonizando, parte por el sentimiento vivísimo de sus dolores, parte por las ofensas y pecados de los hombres, parte por la compasión de nuestras miserias, y parte por la compasión que de ti su Madre dulcísima tenía, viéndote asistir presente a todos estos trabajos: para cuya consolación y compañía encomendándote al amado discípulo, dijo: Mujer, cata ahí tu hijo.

Después de esto, mira cómo el Salvador expiró, haciendo oración por nosotros con gran clamor y lágrimas, encomendando su espíritu en manos del Padre. Entonces el velo del templo súbitamente se rasgó, y la tierra tembló, y las piedras se hicieron pedazos, y las sepulturas de los muertos se abrieron. Entonces el más hermoso de los hijos de los hombres, escurecidos los ojos y cubierto el rostro de amarillez de muerte, pareció el más feo de todos los hombres, hecho holocausto de suavísimo olor por ellos, para revocar la ira del Padre que tenían merecida.

Mira, pues, oh santo Padre, desde su santuario en la faz de Cristo: mira esta sacratísima Hostia, la cual te ofrece este sumo Pontífice por nuestros pecados. Mira tú también, hombre redimido, cuál y cuán grande es este que está pendiente en el madero, cuya muerte resucita los muertos, cuyo tránsito lloran los cielos, y la tierra, y hasta las mismas piedras. Pues, ¡oh corazón humano, más duro que todas ellas, si teniendo tal espectáculo delante, ni te espanta el temor, ni te mueve la compasión, ni te aflige la compunción, ni te ablanda la piedad!

La lanzada del Señor y la sepultura

Y como si no bastaran todos estos tormentos para el cuerpo vivo, quisieron también los malvados ejecutar su furor en él muerto, y así después de expirado el Señor, uno de los soldados le dio una lanzada por los pechos, de donde salió agua y sangre para lavatorio de nuestros pecados.

Levántate, pues, oh esposa de Cristo, y haz aquí tu nido como la paloma en los agujeros de la piedra, y como pajero edifica aquí tu casa, y como tórtola casta esconde aquí tus hijuelos. Pon aquí también la boca para que bebas aguas de las fuentes del Salvador: porque este es aquel río que salió de en medio del paraíso, el cual fecunda, riega y hace fructificar toda la sobrehaz de la tierra.

Finalmente, viniendo después aquel noble centurión Josef, y con el Nicodemus, habida licencia de Pilato, quitando el santo cuerpo de la cruz, lo envolvieron en una sabana limpia con olorosos ungüentos, y pusiéronlo en un monumento. Donde aquellas santas mujeres que seguían al Señor en la vida, le sirvieron también en la muerte, trayendo ungüentos olorosos para ungir su sacratísimo cuerpo. Entre las cuales María Magdalena ardía con tan grande fuego de caridad, que olvidada de la flaqueza mujeril, ni por la oscuridad de las tinieblas, ni por la crueldad de los sayones se podía apartar de la visitación del sepulcro, antes perseverando en aquel lugar y derramando muchas lágrimas, despidiéndose los discípulos, ella no se despedía: porque era tan grande su amor y la impaciencia de su deseo, que en ninguna otra cosa tomaba gusto sino en llorar la ausencia de su amado, diciendo con el profeta: Fuéronme mis lágrimas pan de noche y de día, mientras dicen a mi ánima: ¿dónde está tu Dios?14.

Pues, oh buen Jesús, concédeme, Señor, aunque indigno, que ya que entonces no merecí hallarme con el cuerpo presente a éstas tan dolorosas obsequias, me halle en ellas meditándolas y tratándolas con fe y amor en mi corazón, y experimentando algo de aquel afecto y compasión que tu inocentísima Madre y la bienaventurada Magdalena experimentaron en este día.

La resurrección del Señor

Acabada ya la batalla de la pasión, cuando aquel dragón rabioso pensó que había alcanzado victoria del Cordero, comenzó a resplandecer en su ánima la potencia de su divinidad, con la cual nuestro león fortísimo descendió a los infiernos, venció y prendió aquel fuerte armado, y lo despojó de aquella rica presa que allí tenía cautiva: para que pues el tirano había acometido a la cabeza sin tener derecho contra ella, perdiese por vía de justicia el que parecía tener sobre sus miembros. Entonces el verdadero Sansón, muriendo, mató sus enemigos; entonces el Cordero sin mancilla con la sangre de su testamento sacó sus prisioneros del lago donde no había agua; y entonces amaneció aquella deseada y nueva luz a los que moraban en la región de las tinieblas y sombra de muerte.

Y habida esta victoria, al tercero día el autor de la vida, vencida la muerte, resucitó de los muertos: y así salió el verdadero Josef de la cárcel del infierno por voluntad y mandamiento del Rey soberano, trasquilados ya los cabellos de la mortalidad y flaqueza, y vestido de ropas de hermosura y inmortalidad.

Aquí tienes que considerar el alegría de todos los aparecimientos que entrevinieron en este día tan glorioso: conviene saber, el alegría de aquellos padres del limbo, que tantos años esperaron y suspiraron por este día; el alegría de la Virgen, que tanto padeció el día de la pasión, y tanto se alegró el de la resurrección; el alegría de las Marías, especialmente de la bienaventurada Magdalena, que tanto amaba este Señor y tanto se alegró de verle resucitado; el alegría también de los discípulos, que tan desconsolados estaban sin su Maestro, y tanta consolación recibieron en le ver; y con esto ruega al Señor te de a sentir alguna parte de lo que ellos este día sintieron.

Y no sólo esta vez, mas otras muchas veces y de otras maneras les apareció el Señor por espacio de cuarenta días, comiendo y bebiendo con ellos: para que con estos argumentos confirmase nuestra fe, y con sus promesas esforzase nuestra esperanza, y con los dones que del cielo nos enviase, encendiese nuestra caridad.

La subida a los cielos

Acabados estos cuarenta días, sacó el Señor a sus discípulos fuera de la ciudad al monte Olivete, y despidiéndose allí dulcemente de ellos y de su benditísima Madre, levantadas las manos en alto, viéndolo ellos, subió al cielo en una nube resplandeciente.

Y de esta manera, abriéndonos camino para el cielo, llevó consigo sus prisioneros y introdujo los desterrados en su reino, haciéndolos ciudadanos de los ángeles y domésticos de la casa de Dios. Y así como en este mundo nos ayudó con sus trabajos, así allí nos ayuda con sus oraciones, haciendo en la tierra oficio de redentor y en el cielo de abogado. Porque tal convenía que fuese nuestro Pontífice, santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores y hecho más alto que los cielos: el cual, asentado a la diestra de la Majestad, está allí presentando las señales de sus llagas al Padre por nosotros, gobernando desde aquella silla el cuerpo místico de su Iglesia y repartiendo diversos dones a los hombres para hacerlos semejantes a sí. Por donde así como É1, que es nuestra cabeza, fue en este mundo afligido y martirizado con diversos trabajos, así también quiere Él que lo sea su cuerpo, porque no haya deformidad ni desproporción entre la cabeza y los miembros. Porque grande fealdad sería, si estando la cabeza cubierta de espinas, los miembros fuesen delicados.

Por esta causa fueron tan atribulados todos los santos desde el principio del mundo, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, los confesores, las vírgenes y los monjes, los cuales todos fueron ejercitados, afligidos y purgados con diversas tribulaciones y diversos trabajos. Y por ésta misma fragua han de pasar todos los otros miembros vivos de Cristo hasta el día del juicio, ordenándolo É1 así desde lo alto, los cuales después con el profeta cantarán diciendo: Pasamos por fuego y por agua, y trajístenos, Señor, a refrigerio15.

De ésta manera, asentado nuestro Pontífice en aquella silla, gobierna este cuerpo místico de su Iglesia. Gracias pues te de, oh eterno Padre, toda lengua por ésta tan grande dádiva, en la cual nos diste tu unigénito Hijo, para que fuese por una parte nuestro gobernador y por otra nuestro abogado: porque tales y tantas eran nuestras culpas, y tales y tantas nuestras miserias, que otro que É1 no era bastante para remediarlas.

La venida a juicio

Después de ésta subida al cielo, testificaron los ángeles en aquella hora que de la misma manera volvería otra vez este Señor a juzgar el mundo.

Considera, pues, las terribles señales que precederán este juicio, las cuales habrá el sol, y en la luna, y en las estrellas, y en la mar, y en la tierra: donde andarán los hombres atónitos y ahilados de muerte con el temor de los males que han de sobrevenir al mundo.

Mira el sonido de aquella terrible trompeta que sonará por todas las regiones del mundo, y aquella voz del arcángel que dirá: Levantaos, muertos, y venid a juicio. Mira el espanto que será resucitar todos los muertos, unos de la mar y otros de la tierra, con aquellos mismos cuerpos que en este mundo tuvieron, para recibir en ellos según el mal o bien que hicieron. Y mira que maravilla tan grande será que estando los cuerpos de los muertos unos hechos tierra, otros ceniza, otros comidos de peces y otros de los mismos hombres, de allí sabrá Dios entresacar a cabo de tantos años lo que es propio de cada cuerpo, sin que se confunda lo uno con lo otro.

Piensa en la venida temerosa del Juez y en el espanto que los malos recibirán cuando lo vean venir con tanta gloria, pues dirán entonces a los montes que cayan sobre ellos y los cubran, por no parecer delante de Él.

Mira el repartimiento que allí se hará de todos los hombres, poniendo los humildes y mansos a la mano derecha, y los soberbios y desobedientes a la izquierda, y el espanto que los grandes de este mundo recibirán, cuando vean allí los humildes y pobrecitos que ellos despreciaron, levantados a tanta gloria.

Considera el rigor de la cuenta que allí se pedirá, pues nos consta por texto expreso del evangelio que hasta de una palabra ociosa se ha de dar cuenta en aquel juicio. Mete, pues, la mano en tu seno, y vuelve los ojos a toda la vida pasada, y acuérdate que todo el proceso y todas las torpezas de ella han de ser pregonadas y publicadas en aquella plaza.

Mira, pues, cuán terrible cosa será verse el malo allí por todas partes cercado de tantas angustias: porque a ningún lugar volverá los ojos, que no halle causas de temor. En lo alto estará el Juez airado; en lo bajo, el infierno abierto; a la diestra, los pecados que nos estarán acusando; a la siniestra, los demonios aparejados para nos llevar al tormento; fuera de nos estará el mundo ardiendo, y dentro de nos la consciencia remordiendo. Pues cercado el malo de tantas angustias, ¿a dónde irá? Esconderse es imposible, y parecer, intolerable: porque si el justo apenas se salvará, el pecador y malo ¿dónde parecerá?

Últimamente, considera el trueno de aquella irrevocable sentencia que dirá: Id, malditos, al fuego eterno, que está aparejado para Satanás y para todos sus Ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; sed, y no me disteis de beber, etc.16, Donde verás el valor de las obras de misericordia y el alegría y contentamiento que allí recibirá el que aquí fue largo para con sus prójimos, y por el contrario, el tormento que recibirá el que por no querer dar lo que dejó en este siglo, se vea allí despedido del reino del cielo.

De las penas del Infierno

Después de esta sentencia irán los justos a la vida eterna, y los malos al fuego eterno.

Pues para entender la condición de ésta pena, debes imaginar el lugar del infierno por algunas semejanzas que los santos para esto nos dejaron. Imagina, pues, que el infierno es una oscuridad y un caos horribilísimo, y un lago que está debajo de la tierra abominabilísimo, y un pozo profundísimo lleno de llamas de fuego. Imagina también que es una ciudad horrible y oscura, la cual está ardiendo con terribles llamas, cuyos moradores están día y noche rompiendo el cielo con alaridos y desesperaciones, por la grandeza de los dolores que en ella padecen.

Piensa luego en la acerbidad de las penas que allí se pasan, y en la muchedumbre y duración de ellas. Y cuanto a la acerbidad, mira cuán intolerable tormento será el de aquel fuego, con el cual comparado este nuestro de acá, se dice que es como pintado. Y lo mismo has de entender del frío y del hedor que hay en aquel detestable lugar. La acerbidad de estas penas se declara por el crujir de dientes, y por el gemido y llanto, y por las blasfemias y rabias que allí dice la Escritura que hay.

Piensa también en la muchedumbre de estas penas. Porque allí hay fuego que no se puede apagar, y frío que no se puede sufrir, hedor horrible y tinieblas palpables, como eran las de Egipto, y mucho más. Allí padecerán y penarán todos los sentidos, cada uno con su propio tormento: los ojos, con la vista horrible de los demonios, los oídos, con los gemidos y clamores lamentables de aquella miserable compañía y de aquellos crueles atormentadores, que ni se cansan de atormentar, ni saben qué es compasión, los cuales entonces escarnecerán y darán grita a los malos, diciéndoles: ¿Dónde esta ahora la gloria y el fausto de vuestros estados? ¿Dónde las manadas de criados y lisonjeros que traídes al derredor de vosotros? Así también padecerá el gusto y el tacto, con todo lo demás; y no menos padecerán todos los otros miembros que fueron armas y instrumentos del pecado, cada uno conforme a la cualidad de su delito.

Después de las penas exteriores del cuerpo, piensa en las interiores del ánima, especialmente en aquel gusano que no muere, que es el remordimiento perpetuo de la conciencia, por razón de la mala vida pasada. Mas ¿quién será suficiente para pensar que tan grande será el despecho y rabia que allí padecerán los malos, cuando consideren con cuán pequeños y cortos trabajos pudieran excusar tan grandes y tan intolerables tormentos? Y no menos los atormentará la memoria de las prosperidades y deleites pasados; por donde vendrán a decir aquellas palabras de la Sabiduría: ¿Qué nos aprovecho nuestra soberbia y el fausto de nuestras riquezas? Pasaron todas estas cosas como sombra que vuela, o como el correo que va por la posta17.

Sobre todo esto considera la duración de estas penas, las cuales nunca tendrán fin, ni después de mil años, ni de mil cientos de millares de años, ni después de tantos años cuantos se pueden contar con todos los números: porque allí ni habrá término, ni fin, ni redención, ni revista, ni apelación, ni año de jubileo, ni lugar de penitencia, ni remisión de culpa, sino perpetuo dolor y desesperación en todos los siglos de los siglos. Pues dime, hombre loco, si tener la mano sola sobre unas brasas de fuego por espacio de un credo te parecería intolerable tormento, y no habría cosa que no hicieses por excusar esta pena, ¿cómo no haces algo por no estar acostado en esta cama de fuego que durará eternamente en los siglos de los siglos?

De la gloria del Paraíso

Para contemplar la gloria que se da a los buenos, debes también imaginar el lugar de ella según las semejanzas con que los santos lo describen, conformándose en esto con nuestra capacidad. Imagina, pues, una ciudad toda de oro purísimo, maravillosamente labrada de piedras preciosas, y cada una de sus puertas de una piedra preciosa. Imagina un campo llano, espaciosísimo y hermosísimo, lleno de todas las flores y frescuras que se pueden pensar, donde hay perpetuo verano y florestas siempre verdes, con olor de inestimable suavidad.

Después de esto mira primeramente que gloria será ver aquella Beatísima Trinidad, que es un perfectísimo dechado donde resplandece toda hermosura, toda bondad y toda suavidad: en cuya visión tendrás todo lo que quisieres, y sabrás todo lo que deseares, según la medida que te cupiere de gloria. Este es el libro que llaman de la vida18, cuyo origen es eterna, cuya esencia es incorruptible, cuyo conocimiento es vida, cuya doctrina es fácil, cuya ciencia es dulce, cuya profundidad no se puede medir, cuya escritura no se puede borrar, y cuyas palabras no se pueden explicar.

Piensa luego en la segunda gloria que se sigue tras ésta, que es la visión clara de aquella sacratísima Humanidad de Cristo, que para nuestra salud fue crucificada en un madero, y para nuestra gloria reside en el cielo: pues en esto hacemos ventaja a los ángeles, en que el común Señor de los unos y de los otros verdaderamente es hombre y no ángel, aunque Él sea todo en todas las cosas. Mira después el gozo que el ánima recibirá de la compañía y vista de la gloriosa Virgen, señora y abogada nuestra, y de todos los otros santos, apóstoles, profetas, mártires, confesores y vírgenes, que son innumerables: de cuyos gozos gozarás tú también con ellos, por la grandeza de la caridad que allí reina: y así lo que no tuvieres tú en ti, tendrás en ellos.

Considera también aquellas cuatro singulares dotes que allí recibirán los cuerpos de los santos en premio de haber sido fieles ayudadores de las ánimas a quien sirvieron, que son, inmortalidad, impasibilidad, ligereza y hermosura tan grande, que no se puede explicar. Y no son menores las dotes de las ánimas, que son plenitud de sabiduría en el entendimiento con destierro de toda ignorancia, y plenitud de alegría en la voluntad con destierro de toda tristeza. De estas dotes se siguen otros innumerables bienes: porque de aquí se sigue seguridad, por la cual no temerás ni ser vencido de tentación, ni ser jamás despedido de tan hermosa compañía. De aquí también nace suma libertad, y sanidad, y suavidad, y amistad, y honra, y concordia y finalmente todos los bienes: porque allí habrá todo lo que quisieres, y no habrá lo que no quisieres.

¡Oh bienaventurado reino, donde con Cristo reinan todos los santos: cuya ley es la verdad, cuya paz es la caridad, cuya vida es la eternidad: el cual ni se divide con la muchedumbre de los que reinan, ni se hace menor con la muchedumbre de los que lo participan, ni se confunde con el número, ni se desordena con la desigualdad, ni se estrecha con el lugar, ni se varía con el movimiento, ni se altera con el tiempo, que altera todas las cosas!

De la memoria de la muerte

Antes de estas tres cosas sobredichas (que son juicio, paraíso y infierno) precede la muerte, que es camino y puerta para ellas: y así no menos aprovecha la consideración de ella, que las demás.

Pues para esto considera primeramente cuán incierta sea la hora de esta muerte: porque ordinariamente suele venir al tiempo que el hombre está más descuidado y menos piensa que ha de venir, echando sus cuentas y haciendo sus trazas para adelante. Y por esto se dice que viene como ladrón, el cual suele venir al tiempo que los hombres están más seguros y más dormidos.

Piensa luego todo lo que precede la muerte, y lo que entreviene en la muerte, y lo que se sigue después de ella. Y para que mejor entiendas cada cosa de estas, imagina que tú eres el que has de morir, pues a la verdad has de morir, y piensa desde ahora todo esto que por ti ha de pasar.

Antes de la muerte, piensa en la enfermedad grave que ha de preceder la muerte, con todos los accidentes, hastíos, tristezas, medicinas y molestias y noches largas que allí te han de fatigar: lo cual todo es camino y disposición para la muerte. Porque así como antes de entrarse por fuerza un castillo o una ciudad, suele preceder una recia batería que derriba los muros y fuerzas por tierra, y tras de esto es luego entrada y conquistada, así para esto suele preceder a la muerte una gravísima enfermedad, la cual de tal manera bate noche y día sin parar las fuerzas naturales y los miembros principales de nuestro cuerpo, y de tal manera los deja maltratados, que el ánima no pudiéndose ya más defender ni conservar en ellos, los desampara y se va.

Piensa luego, cuando ya la enfermedad llega a lo postrero, y o el médico o ella nos desengañan y nos quitan la esperanza de la vida, las angustias que entonces te cercaran, y las cosas que se te representaran. Porque lo primero, allí luego se representa la salida de esta vida y el apartamiento de todas las cosas que amábamos en ella, hijos, mujer, amigas, parientes, hacienda, honra, y finalmente este mundo, este aire y esta luz que es a todos común. Tras de esto se representa todo el curso de la vida pasada y todos los mas graves pecados que se han hecho en ella, especialmente tal y tal pecado mas grave, y la cuenta que entonces de todo esto se ha de dar y la sentencia que por esto se ha de esperar. Pónese también ante los ojos el tiempo pasado y el venidero: y el pasado, como ya no es, parece un soplo, y el venidero, como está por venir y es eterno, parece lo que es, que es infinito. Y con esto comienza el hombre a reprehenderse y condenarse, viendo que por placeres y bienes que entonces le parecerán de un punto, está en peligro de padecer tormentos que durarán para siempre. Y para remedio de este tan grande yerro, comienza a desear espacio de penitencia y condenar su negligencia, y a caer, aunque ya muy tarde, en la cuenta. Estas y otras semejantes olas y fatigas son las que, demás de la enfermedad, combaten y afligen al doliente en aquel trabajoso tiempo noche y día sin parar.

Tras de esto piensa luego en los accidentes y trabajos que entrevienen en la misma muerte, que son aun mayores que los pasados. Mira como el cuerpo comienza ya a perder el calor natural, y los miembros las fuerzas y el movimiento, y quedar como si fuesen de piedra. Las partes altas y las extremidades se paran fría, la cara demudada, el color como el plomo, las cuencas de los ojos hundidas, los ojos envidriados, la boca llena de sarro y espuma, la lengua gruesa y torpe para hablar, y la garganta adelgazada. El pecho con angustias se levanta, los labios se vuelven azules y los dientes pardos, y cuasi todo el hombre viene a estar como muerto antes que muera.

Aquí puedes también pensar en el sacramento de la extrema unción que en este caso se administra para ayudar en esta postrer batalla, y en todas las oraciones y sufragios de que la Iglesia usa en esta necesidad, cuando el hombre está ya tirando y agonizando a la salida de esta vida: en la cual paga la deuda de las angustias con que en ella entró, padeciendo los dolores al tiempo del salir, que su madre padeció al tiempo de parir. Y así concuerda muy bien la entrada de la vida con la salida, pues la una y la otra es con dolores, aunque la una con los ajenos y la otra con los propios.

Después de esto, considera lo que se sigue tras de la muerte, que es la suerte que al cuerpo y ánima ha de caber. La del cuerpo es la sepultura: en la cual te debes hallar con el espíritu presente, mirando cómo te llevan a enterrar, cómo te acampanan, cómo te lloran, cómo doblan por ti, cómo preguntan los que oyen doblar por el muerto, cómo te depositan en el sepulcro entre los otros huesos de los muertos, y te pisan y dejan en aquel estrecho y oscuro aposento, acampanado de perpetua soledad.

Dejando el cuerpo en este lugar, camina con tu propia anima hasta el tribunal de Dios: donde irás acampanado por una parte de ángeles y por otra de demonios, alegando cada cual de las partes de su derecho: y mira la cuenta que allí se te pedirá del tiempo, de los beneficios y inspiraciones divinas, de los aparejos que tuviste para bien vivir, y de todos los males que hiciste, y aún de los mismos bienes, si no los hiciste como debías. Y considerando todas estas cosas, trabaja, hermano, por vivir agora de tal manera, cual entonces desearas haber vivido.

De los beneficios divinos

Después de la vida de Cristo y de estas cuatro postrimerías, es utilísima la consideración de los beneficios divinos, así para incitarlos a amar a quien tanto bien nos hizo, como para entender la obligación que tenemos a su servicio. Y es bien tener muchas cosas en qué meditar, porque con la variedad de ellas tengamos con que encender más nuestro corazón y excusar el hastío que aquí podría entrevenir.

Y aunque los beneficios divinos sean innumerables, pero todos ellos pueden reducirse a estos ocho mas principales, conviene saber, al beneficio de la creación, conservación, redención, cristiandad, llamamiento sacramentos, inspiraciones divinas, beneficios particulares y ocultos.

Pues cuanto al primer beneficio de la creación, considera cómo antes que Dios te criase, eras nada; y de ésa nada te hizo el Señor, no piedra, ni palo, ni serpiente, sino hombre, que es una nobilísima criatura, dándote ese cuerpo con todos sus miembros y sentidos, y esa ánima con todas esas nobilísimas potencias que tiene para conocer a Dios y ser capaz del sumo bien.

Cuanto al segundo, de la conservación, mira cómo el mismo Señor que te crió y te sacó de no ser a ser, ese mismo te conserva en ese ser, de tal manera, que lo que una vez te dio, siempre te lo está dando y conservando. Y mira cómo para este efecto crió toda esta tan gran máquina del mundo con todas cuantas cosas hay en él, de las cuales unas sirven para mantenerte, otras para curarte, otras para enseñarte, otras para regalarte y otras también para castigarte: porque de todo es razón que haya en la casa de buen padre.

Cuanto al tercero, de la redención, ya has visto todos los pasos que este Señor dio por ti, y lo mucho que te dio, y lo mucho que le costó, y lo mucho mas que te amé: por donde verás el amor y gracias que por todo esto le debes. Y para sentir mas la grandeza de este beneficio y del pasado, imagina que a ti solo fueron hechos estos dos grandes beneficios, pues aunque hayan sido hechos para todos, no menos sirven para ti que si para ti solo fueran hechos. Porque no menos gozas tú de todas las cosas de este mundo y de todos los trabajos de Cristo, que si para ti solo fuera hecho todo.

Cuanto al cuarto, que es de la cristiandad, mira lo que le debes por haberte hecho cristiano, y nacido en tierra de cristianos, pues tanta es la muchedumbre de hombres que hay por esos mares y mundos, que nacen y mueren paganos y se van a los infiernos. Pues ¿qué fuera de ti, si fueras uno de esos? Y ¿qué debes a quien hizo que no lo fueses? etc.

Cuanto al quinto beneficio, que es del llamamiento, si por ventura te ha Dios llamado, sacándote de pecado, mira lo que le debes por este beneficio, considerando cuánto tiempo te esperó, cuántos pecados te sufrió, cuantas inspiraciones te envío, y cuán benignamente te recibió, y que fuera de ti, si te tomara la muerte estando en pecado, como a muchos otros tomó, puesto caso que nadie puede saber de cierto si está fuera de él.

Cuanto al sexto, que es de los sacramentos, mira lo que le debes por el remedio que te dejé en los sacramentos de su Iglesia, y señaladamente en el sacramento del altar, donde se te da Él mismo en mantenimiento y en remedio. Donde puedes considerar todos los favores y espirituales consolaciones que por medio de este venerable sacramento habrás en este mundo recibido, y lo que por todo esto le debes.

Cuanto al séptimo, de las inspiraciones divinas, mira lo que debes a este Señor porque continuamente te está siempre llamando y despertando a bien obrar. Porque todos cuantos pasos buenos das, todos cuantos deseos, propósitos, pensamientos, movimientos y sentimientos buenos tienes, todos son beneficios y inspiraciones suyas y obras de esta especial providencia que tiene de ti. Pues ¿con qué le podrás pagar tan grande deuda?

Cuanto al octavo, que son beneficios particulares y ocultos, aquí tienes que considerar todas las particulares mercedes así espirituales como temporales que Dios te ha hecho, y todas las preservaciones de males así espirituales como temporales de que te habrá librado sin que tú por ventura lo hayas sentido. En esta cuenta entran todos los males de pena o de culpa que padecen todos los otros hombres, los cuales tú también pudieras padecer. Ves aquél ciego, el otro tullido, el otro perniquebrado, el otro sacrílego, o blasfemo, o amancebado. ¿Quién quita que no pudieras tu también estar así? Pues ¿que dieras, si así te vieras, a quien te librará de estos males? Adora, pues, ama y sirve al Señor, porque Él fue el que de todos esos males te preservó, pues no es menos preservar del mal para que no venga, que curarlo después de venido.

Por aquí, pues, verás lo que debes a Dios por cada uno de sus beneficios: y por ellos mismos verás cuántas veces es Dios tu padre, pues está claro que es padre porque te crió, y padre porque te conserva en ese ser que te dio, y padre porque te redimió, y padre porque en la cruz con tantos dolores te reengendró, y padre porque en el santo bautismo te adoptó por hijo, y padre, si después de perdido por el pecado este titulo, lo volvió a renovar con el beneficio del llamamiento. Pues si tanto debes y quieres al que una sola vez fue tu padre, ¡cuánto más debes al que tantas veces te ha sido padre por tan excelentes maneras! ¡Cuánto más le debes querer, y servir, y obedecer, y confiar en Él, y recurrir a Él en todas tus necesidades como a verdadero padre!

Y para entender mejor la grandeza de estos beneficios divinos, hace mucho al caso considerar cada beneficio con las circunstancias que tiene, que son quien lo da, a quien se da, por qué causa y en qué manera se da.

Cuanto a lo primero, mira cuan grande sea el que te hace estos beneficios, que es Dios. Considera la grandeza de su omnipotencia, la cual declara toda la máquina de este mundo, con toda la universidad de criaturas que hay en él. Considera también la grandeza de su sabiduría, la cual se conoce por el orden, concierto y providencia maravillosa que hay en todas ellas. Porque si consideras esto, no digo yo tan grandes beneficios, sino una manzana que te enviará este tan grande Rey y Señor, habla de ser muy estimada, por la dignidad de quien la da.

Y no menos crece la grandeza del beneficio con la otra circunstancia, que es con la vileza del que lo recibe, que con la excelencia del que lo da. Por lo cual decía David: Señor, ¿quién es el hombre, para que Tú te acuerdes de él, o el hijo del hombre, para que Tú le visites? Porque si todo este mundo apenas es una hormiga delante la majestad de Dios, ¿que será el hombre, que tan pequeña parte es de este mundo? Pues ¿cómo no será grande misericordia y maravilla que un tan alto y tan soberano Señor tenga tan especial cuidado de hacer tan grandes bienes a una tan pequeña hormiguita?

Pues ¿que será si consideras la causa del beneficio? Claro está que nadie hace bien, ni da un paso, sin esperar o pretender algún interese. Solo este Señor nos hace todos estos bienes sin pretender ni esperar de nosotros cosa que redunde en provecho suyo. De manera que todo lo que hace, puramente lo hace de gracia, por sola bondad y amor. Si no, dime: si eres predestinado, ¿por qué otra causa te predestinó, y después te crió, y te redimió, y te hizo cristiano, y te llamó a su servicio? ¿que causa pudo haber aquí para tan grandes beneficios, sino sola bondad y amor?

Ni hace menos para esto considerar el modo y manera con que nos hace todos estos bienes, que es el corazón y voluntad con que los hace. Porque todo cuanto bien nos ha hecho en tiempo, desde ab aeterno nos lo determino de hacer, y así desde ab aeterno con perpetua caridad, y grandísima caridad, nos amé: y por esta caridad y amor que nos tuvo, se determinó de hacernos todos estos bienes y tener tan especial cuidado de nuestra salud. En la cual entiende con tanta providencia y recaudo, como si desocupado de todos los otros negocios, no tuviera otro en que entender sino en la salud sola de cada uno.

Aquí, pues, tiene el ánima devota en que rumiar, como animal limpio, noche y día: donde hallará pasto abundantísimo y suavísimo para toda la vida.

De la manera que se ha de tener en la consideración de todas las cosas susodichas

Dicho ya de la materia de la consideración, que es todo lo que hasta aquí se ha tratado, diremos ahora brevemente de la manera y forma que en este santo ejercicio se ha de tener. Para lo cual debe el hombre primeramente buscar cada día tiempo convertible, según la condición de su estado y de su vida: aunque el mejor tiempo de todos es el de la media noche o el de la madrugada. El lugar también ayuda para esto, cuando es oscuro y solitario, para que así esté el corazón mas recogido, no teniendo en que derramarse los sentidos. Puesto el hombre en este lugar, y armando el corazón y la frente con la señal de la cruz, levante los ojos de su ánima a considerar qué es lo que quiere hacer, que es tratar de Dios o tratar con Dios, para recibir el espíritu de gracia del mismo Dios. Y viendo cuan inhábil es el de su parte para tan gran negocio, pida a aquel dador de todos los bienes que recoja su corazón y lo guíe y enseñe en este camino. Y para esto puede rezar algunas oraciones vocales o salmos al principio del recogimiento, como arriba se dijo, para comenzar a encender su corazón con el fuego de las palabras divinas.

Luego puede tomar para cada día un paso, o dos, o tres, de la vida de Cristo para el tiempo de su ejercicio, y hacer cuenta que allá donde el está, se celebra y trata este misterio como se trató en su proprio lugar. El cual oficio pertenece a la imaginación, que sabe figurar y representar todas estas cosas como pasaron, y como las dibujaría un pintor.

Mire, pues, al Señor en el tal paso, lo que hace, o lo que padece, y mucho más el corazón con que lo padece. De manera que no sólo ha de mirar a Cristo por de fuera, sino mucho más lo que está encerrado en su ánima, que es la caridad, y la humildad, y la benignidad y mansedumbre con que hace todo lo que hace. Y en cada uno de estos pasos podemos considerar aquellas mismas cinco cosas que señalamos en cada uno de los beneficios divinos; conviene saber, lo que se padece, quien lo padece, por quien lo padece, por que causa lo padece y de qué manera lo padece, que es con aquel corazón y con todas aquellas virtudes que dijimos. Porque cada una de estas circunstancias declara mucho la grandeza del negocio y del beneficio. Y no se requiere de necesidad pensar de cada vez todas estas cosas juntas, sino unas veces puede el hombre detenerse en una circunstancia de estas, y otras en otra, según que el Espíritu Santo le moviere.

Debe también tener aquí respecto, cuando en esto piensa, a enderezar su atención a aquellas cuatro cosas que arriba dijimos, que son, a la compasión de los trabajos de Cristo, a la imitación de sus virtudes, al aborrecimiento del pecado y al conocimiento de la bondad y caridad inmensa de Dios, que resplandece en estos misterios, para movernos a amar a quien tan amable aquí se nos mostró.

Mas cuando el hombre entendiere en esto, no debe trabajar demasiadamente por exprimir a fuerza de brazos las lagrimas y la devoción, como hacen algunos, sino con un corazón humilde y atento, no caldo, ni tibio, ni flojo, se presente a nuestro Señor, haciendo lo que es de su parte: porque el Señor hará lo que es de la suya. Y cuando ningún otro fruto de aquí sacare sino sequedad de corazón, conténtese con haber allí acompañado y hecho presencia al Salvador, y peleado con el desasosiego de su corazón: porque no carece esto de fruto, y grande fruto.

Ni debe desistir luego de un santo ejercicio, si a las primeras azadonadas no saca agua: porque muchas veces se da al cabo al que fiel y humildemente persevera, lo que se niega a los principios: y aquí esta la llave de este negocio. Por tanto, trabaja, y persevera, y porfía: porque tales son las mercedes que aquí el Señor suele hacer a tiempos, que muchos años de trabajo que se pasasen por ellas, eran muy bien empleados.

Verdad es que una de las principales causas de esta sequedad, o dilación de esta gracia, es traer el corazón muy ocupado en negocios exteriores y peregrinos: por donde con dificultad y tarde se viene a tomar las cosas de Dios. Por esto conviene mucho traerlo cuanto sea posible siempre ocupado en sus cosas: porque andando siempre caliente y devoto con esta memoria, fácilmente se levanta a Dios, cuando lo queremos levantar.

Para lo cual señaladamente ayudan dos cosas: la primera, lición ordinaria de libros espirituales y devotos, la cual trae el corazón ocupado en aquello de que anda lleno; y la segunda y muy más principal, trabajar todo lo posible por andar siempre en la presencia de Dios y nunca perderlo de vista, o a lo menos levantar muchas veces entre día y noche el corazón a Él con algunas breves oraciones, tomando ocasión de las mismas cosas que vemos o que tratamos: y así debe el hombre tener su manera de oraciones y consideraciones diputadas para cuando se acuesta, y para cuando se levanta, y para cuando ha de comer, o hablar, o negociar, para cuando es tentado, para cuando oye el reloj dar la hora, para cuando ve los campos floridos y el cielo estrellado, o cuando ve algunos males corporales o espirituales de prójimos: para que todo le sea motivo de levantar el corazón a Dios, y así pueda conservar siempre en el con estos tizones el fuego de la devoción. Porque así como en la leña seca se enciende presto la llama, así también se enciende la devoción en el corazón que anda siempre caliente con el uso de la continua oración, y lición, y meditación de las cosas de Dios.

Acabada la meditación en la manera que dicho es, puede el hombre acabar su ejercicio con dar gracias al Señor por aquel paso que ha considerado, y por todos los otros beneficios divinos: y luego ofrecer aquel misterio al Eterno Padre, y con él a sí mismo y todas sus obras; y luego pedir mercedes por esta tan rica ofrenda que le ofreció, que fueron los trabajos de su unigénito Hijo.

Y lo que debe cada uno pedir es lo que su necesidad le enseñare que ha menester: porque este es el mejor maestro de la oración. Por do parece que pueden entrevenir en este santo ejercicio cinco partes principales; conviene saber, preparación, meditación, hacimiento de gracias, ofrecimiento y petición: no porque todo esto sea siempre necesario, sino para que tenga el hombre materia copiosa en que ocupar su corazón, y así tenga también más estímulos e incentivos de devoción: porque lo que no se halla en una parte, a veces se halla en otra.

Y después de acabado todo este glorioso itinerario de la vida de Cristo, y corridas todas estas estaciones, con todo lo demás que se sigue después de ellas, debe tomar, como el sol después de corridos los doce signos del cielo, a andar por esta misma rueda: porque no menor fruto se sigue en las ánimas de este espiritual movimiento, que del sol se sigue en el mundo. De manera que mientras durare al hombre la vida, siempre ande por estos pasos de la vida de Cristo: aunque no debe por eso tener cerrada la puerta, cuando el Señor le llamare a otra cosa con que su devoción sea mas ayudada.

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Apéndice

1. Versos de M. Marulo19 en que se tocan cuasi todas las materias de este presente tratado, preguntando el cristiano y respondiéndole Cristo brevemente desde la Cruz

Pregunta el cristiano

Piadoso y clementísimo Señor, ¿por qué te vestiste de carne humana, y quisiste bajar del cielo a la tierra?

[Responde Cristo]

Para que el hombre terreno (a quien su culpa había derribado) pudiese con mi favor y ayuda subir desde la tierra al cielo.

—¿quien a ti (que eras inocente y estabas libre de pecado) forzó a padecer muerte y dolores por los pecados?

El amor grande que tuve al hombre, para que lavado él con mi sangre, se hiciese hábil para morar en el cielo.

—¿Por que tienes los brazos tendidos en ese madero, y los pies juntos y traspasados con un clavo?

Porque de una parte y de otra llamo las gentes del mundo, y así las vengo a juntar en unión de una misma fe.

—¿Por que estando en esa cruz, tienes inclinada la cabeza, y los ojos humildemente abajados y puestos en tierra?

Porque con esta figura enseño a los hombres a no levantarse con soberbia, sino bajar humildemente la cerviz, y ponerla debajo de yugo.

—¿Por que estás en esa cruz desnudo, y por que está ese rostro y ese divino cuerpo tan consumido y tan flaco?

Porque con esto quise enseñarte a despreciar las riquezas y bienes del mundo, y a padecer hambre y pobreza conmigo.

—¿Por que tienes cubiertos los lomos con un velo de lienzo? ¿que es lo que me significa esa cobertura real?

De aquí quiero que aprendas que me agradan los cuerpos limpios y castos, y que aborrezco toda torpeza y fealdad.

—¿que quieren decir esas bofetadas, salivas, azotes, corona de espinas, y los otros tormentos de la cruz?

Que tenga paciencia en las injurias y no quiera dar mal por mal el que desea sobre las estrellas del cielo vivir en perpetua paz.

La vida es breve, el trabajo pequeño, el galardón grande y que durara para siempre.

Mas si alguno hay que no sienta la grandeza del premio, a lo menos muévalo el miedo del destierro de aquella cárcel infernal.

Y aquellos fuegos que nunca se apagan, y aquellas tinieblas que nunca resplandecen, y aquel gusano que siempre muerde, y aquella miseria que nunca cesa.

Porque tales cosas están guardadas para los que agora tiene cautivos el fugitivo deleite, engañándolos con diversos halagos.

Ofreciendo riquezas a los avarientos, descanso a los perezosos, torpes pasatiempos a los carnales, vino precioso a los amigos del vientre, pompa y fausto a los soberbios, y despojos a los esforzados.

Con estos cebos, engañado el pueblo miserable, olvidado de su propia salud, camina derecho y corre a su perdición.

Y ni oye mis amonestaciones, ni hace caso de mis ejemplos, y finalmente no tiene cuenta con mi juicio.

Pues cuando venga este horrible juicio, este día será día de ira, día de nieblas y de torbellinos.

Cuando los cielos se estremecerán y sacudirán de si las estrellas, que caerán del cielo en la tierra.

Entonces espantará al mundo la luna con su cara sangrienta, y el sol se oscurecerá, y esconderá sus rayos.

Todas las cosas temblaran, y el mundo se acabara, y hasta los coros de los ángeles se estremecerán.

Una llama de fuego abrasador volará por el mundo, y la mar y la tierra quedarán hechas una foguera.

Entonces vendré yo con gran poder y majestad, asentado en una nube resplandeciente.

Al derredor de mi vendrán millares de santos gloriosos y millares de espíritus bienaventurados.

Luego una trompeta daré un terrible sonido de lo alto, el cual rasgue las tierras y llegue al profundo de los infiernos.

Y luego sin tardanza resucitarán todos aquellos que perdida la lumbre de la vida, nuestra gran madre la tierra recibió en su grande gremio.

Y estará toda esta compañía resucitada delante de mi justo tribunal, esperando con temeroso corazón la terrible sentencia de mi juicio.

Ninguna cosa secreta ni escondida pasara sin examen, aunque sea lo que el hombre pensé dentro de su corazón.

Y según los méritos se dará a cada uno su galardón: a unos vida perpetua y a otros muerte que nunca morirá.

Oh pues hombres miserables, que estáis enredados con tantos engaños, mientras tenéis poder ahora, sacad vuestros pies de ese lazo.

Abrid los ojos y velad, porque el día oscuro de este tiempo no os tome cerrados los ojos y cargados de sueño.

Mirad con cuán ligera carrera huyen y se pasan los tiempos, y cómo las horas apresuradas no saben sentir tardanza.

Dichoso aquel que emplea bien los días de la vida, y piensa que el fin de el será hoy o será mañana.

2. Habla del crucifijo que está a la entrada de las iglesias, compuesta en verso por Lactancio Firmiano 20

Quien quiera que por aquí pasas, y subes por estos grados del templo, espera un poco, y pon los ojos en mi, que siendo inocente, por tus culpas tan cruel muerte padecí. Yo soy Aquél que habiendo lástima de la caída miserable del género humano, vine a este mundo a ser medianero de paz y perdón de la culpa común. Aquí se dio una clarísima luz a la tierra, aquí esta la imagen de la verdadera salud, aquí soy tu descanso, camino derecho, redención verdadera, bandera de Dios, y estandarte real, digno de perpetua recordación.

Por tu causa y por amor de tu vida entré en el vientre de una Virgen: por ti fui hecho hombre y por ti padecí terrible muerte, sin hallar descanso en todos los fines de la tierra, sino en todo lugar amenazas, y en todo lugar trabajos. El establo y las majadas esperas de Judea fueron la hospedería de mi nacimiento y las compañeras de mi pobre Madre. Aquí entre las bestias brutas tuve una cama de paja en un angosto y humilde pesebre. Los primeros años de mi edad viví en tierra de Egipto desterrado del reino de Herodes; y vuelto de ahí, gasté los otros en Judea, donde siempre padecí ayunos, siempre trabajos y siempre extrema pobreza. Y con esto siempre trabajé por encaminar a los hombres con saludables consejos al estudio de la virtud, acompañando y confirmando mi doctrina con obras maravillosas. Por las cuales cosas la malvada Jerusalén, movida con crueles odios y rabiosa envidia, y ciega con furor, extendió las manos contra mi, y me procuró en una terrible cruz muerte cruel. La cual si yo quisiere explicar por sus partes, y tu quisieres conmigo acompañarme y sentir todos mis dolores, pon primero ante los ojos los ayuntamientos y consejos de mis enemigos; y las celadas que me armaron, y el precio vil de mi inocente sangre, y los besos fingidos de mi discípulo, y el acometimiento y los clamores de aquella cruel compañía. Piensa también aquellos crueles azotes, y aquellas criminosas lenguas tan aparejadas para mentir, aquellos testigos falsos, y aquel perverso juicio del ciego presidente, y aquella grande y pesada cruz cargada sobre mis hombros y espaldas cansadas, y aquellos pasos dolorosos con que caminé a la misma cruz. Y después de puesto en ella, mírame levantado en alto y desviado de los ojos de la dulce Madre, y rodéame desde los pies hasta la cabeza por todas partes. Mira los cabellos cuajados con sangre, y la cerviz ensangrentada debajo de ellos, la cabeza agujereada con crueles espinas, corriendo hilos de sangre viva sobre el divino rostro. Mira también los ojos cerrados y oscurecidos, y las mejillas afligidas, y la lengua seca y atoxicada con hiel, y el rostro amarillo con la presencia de la muerte. Mira los brazos extendidos, y las manos atravesadas con clavos, y la herida grande en el costado, y el río de sangre que manaba de ella, los pies enclavados, y todos los miembros sangrientos. Hinca, pues, las rodillas, y adora este venerable madero de la cruz, y besando la tierra sangrienta con boca humilde, derrama sobre ella muchas lagrimas, y nunca me pierdas de vista, ni me apartes de tu corazón, siguiendo siempre los pasos de mi vida. Y considerando estos tormentos y esta muerte cruel, con todos los otros innumerables trabajos y dolores míos, aprende de aquí a padecer adversidades y tener perpetuo cuidado de tu salud.

3. Himno en alabanza de Cristo21

A Jesús las vírgenes castas, a Jesús la santa juventud, a Jesús los varones, los viejos y las mujeres ancianas alabemos, en cuya fe vivimos, el cual nos favorece y ama con amor de padre. Eterno Hijo del sumo Dios, criador de las estrellas, de la tierra y de la mar, ninguna cosa encierra en sí la inmensidad del cielo y la redondez grande de la tierra, que no sea hecha por tu diestra. Tú asentado en el seno del Padre, sustentas y gobiernas todas las cosas. Tú por tu inmensa caridad apiadado de nuestra miseria, te vestiste de cuerpo mortal: enclavado en una áspera cruz, con tu muerte nos libraste de los fuegos eternos. Tú vencida la muerte, volviendo a tu palacio real, colocaste contigo a los tuyos en esa parte del cielo dorado. A ti canta días y noches la compañía de los moradores del cielo. De ti da testimonio aquel eterno Espíritu, diciendo que eres único autor de nuestra salud. Tu eres reposo, lumbre y deleite de las ánimas. Tu eres pastor y cordero que quitas los pecados del mundo. Tu eres eterno pontífice, poderoso para aplacar la ira del Padre soberano. Pues ¿quién no te alabará, Señor? ¿quién no te amará con todo su corazón? Pues, oh benigno Jesús, enciende, Señor, mi ánima en este amor, muéstrame ese rostro hermoso, y haz bienaventurados mis ojos con los tuyos, y no quieras negar, oh amante, al que te ama, beso de paz. Tu eres esposo de mi ánima, a ti busca ella, a ti con lágrimas llama. Tú, Santo, habiéndola librado de la muerte con tu muerte, y heridora con tu amor, no la has de aborrecer. Pues ¿por qué la miserable no siente la dulzura de tu presencia? Óyeme, Dios mío y Salvador mío, y concédeme esta petición, pues ninguna cosa hay mas dulce que arder siempre nuestro corazón en tu amor.

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1Supra, pp. 87-127.

2SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, IIII, q. 82, a. 3.

3Cf. Is 11, 5.

4Cf. Ct 1, 2.

5S. BUENAVENTURA/Ubertino de Casale, Arbor vitae Crucifixi.

6Ct 1, 12.

7S. AGUSTIN, Confesiones IX, 1: PL 32, 763.

8Lc 1, 38.

9Lc 1, 42.

10Lc 1, 46-47 y 49.

11Sal 33, 7 y 18: 2 Co 1, 4.

12Jn 18,23.

13Esta página es una adaptación de G. SAVONAROLA, Trattato dell'amore di Gesu Cristo (operette spirituali), volt I, Roma, 1976, pp. 110-113.

14Sal 41,4.

15Sal 65, 12.

16Mt 25, 41-42.

17Sb 5,9.

18Cf. Summa theologiae, I, q. 24: «De libro vitae».

19M. MARULO, Carmen de doctrina Domini Nostri lesu Christi pendentis in Cruce. Cf. CH. BENE, Destin d'un poeme, Split, 1994, pp. 112: «La traduction espagnole de Luis de Granada».

20Carmen incerti auctoris: PL 7, 283-286.

21Poema de M. FLAMINIO, Carmina sacra, Rostochi, 1578, ff. 12v-13v.