EVANGELIO SEGUN SAN MATEO

NACIMIENTO E INFANCIA DE JESUS

Cap. I

[1] Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. [2] Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, [3] Judá engendró a Farés y a Zara de Tamar, Farés engendró a Esrón, Esrón engendró a Aram, [4] Aram engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, [5] Salmón engendró a Booz de Rahab, Booz engendró a Obed de Rut, Obed engendró a Jesé, [6] Jesé engendró al rey David.
David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías, [7] Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asá, [8] Asá engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, [9] Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, [10] Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a Josías, [11] Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos cuando la deportación a Babilonia.
[12] Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, [13] Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliacim, Eliacim engendró a Azor, [14] Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud, [15] Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob, [16] Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo.
[17] Por tanto son catorce todas las generaciones desde Abrahán hasta David, y catorce generaciones desde David hasta la deportación a Babilonia, y también catorce las generaciones desde la deportación a Babilonia hasta Cristo.
[18] La generación de Jesucristo fue así: Estando desposada su madre María con José, antes de que conviviesen, se encontró que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
[19] José su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. [20] Estando él considerando estas cosas, he aquí que un ángel del Señor se la apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. [21] Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
[22] Todo esto ha ocurrido para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: [23] He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien llamarán Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros.
[24] Al despertarse José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su esposa. [25] Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús.

Cap. II

[1] Nacido Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén [2] preguntando: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle. [3] Al oír esto, el rey Herodes se turbó, y con él toda Jerusalén. [4] Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías. [5] En Belén de Judá, le dijeron, pues así está escrito por medio del Profeta:
.PP [6] Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel.
[7] Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; [8] y les envió a Belén, diciéndoles: Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a adorarle. [9] Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. [10] Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. [11] Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. [12] Y, habiendo recibido en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino.
[13] Después que se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. [14] El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y huyó a Egipto. [15] Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: De Egipto llamé a mi hijo.
[16] Entonces Herodes, al ver que los Magos le habían engañado, se irritó en extremo, y mandó matar a todos los niños que había en Belén y toda su comarca, de dos años para abajo, con arreglo al tiempo que cuidadosamente había averiguado de los Magos. [17] Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
[18] Una voz se oyó en Ramá, llanto y lamento grande: Es Raquel que llora a sus hijos, y no admite consuelo, porque ya no existen.
[19] Muerto Herodes, un ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto, [20] y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel; pues han muerto ya los que atentaban contra la vida del niño. [21] Levantándose, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel. [22] Pero al oír que Arquelao había sucedido a su padre Herodes en el trono de Judea, temió ir allá; y avisado en sueños marchó a la región de Galilea. [23] Y se fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por medio de los Profetas: Será llamado nazareno.

Cap. III

2 PREPARACION Y COMIENZOS DEL MINISTERIO PUBLICO

[1] En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea [2] y diciendo: Haced penitencia, porque está al llegar el Reino de los Cielos.
[3] Este es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.
[4] Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre.
[5] Entonces acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, [6] y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. [7] Como viese que venían a su bautismo muchos de los fariseos y de los saduceos, les dijo: Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira que ha de venir? [8] Haced, pues, frutos dignos de penitencia, [9] y no os justifiquéis interiormente pensando: Tenemos por padre a Abrahán. Porque os aseguro que Dios puede, aun de estas piedras, suscitar hijos de Abrahán. [10] Mirad que el hacha está ya puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. [11] Yo os bautizo con agua para la conversión, pero el que viene después de mí es más poderoso que yo; no soy digno ni de llevar sus sandalias. El os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. [12] El tiene en su mano el bieldo y limpiará su era, y recogerá su trigo en el granero; en cambio quemará la paja con fuego que no se apaga.
[13] Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea, para ser bautizado por Juan. [14] Pero éste se le resistía diciendo: Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿cómo vienes tú a mí? [15] Respondiendo Jesús le dijo: Déjame ahora, así es como debemos nosotros cumplir toda justicia. Entonces Juan se lo permitió. [16] Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua; y he aquí que se le abrieron los Cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. [17] Y una voz del Cielo que decía: Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.


Cap. IV

[1] Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. [2] Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. [3] Y acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. [4] El respondiendo dijo: Escrito está:
No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios. [5] Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. [6] Y le dijo: Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: Dará órdenes acerca de ti a sus ángeles, para que te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.
[7] Y le respondió Jesús: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios. [8] De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, [9] y le dijo: Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras.
[10] Entonces le respondió Jesús: Apártate Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo darás culto. [11] Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían.
[12] Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. [13] Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, [14] para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: [15] Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí en el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles, [16] el pueblo que yacía en tinieblas ha visto una gran luz; para los que yacían en región y sombra de muerte una luz ha amanecido. [17] Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: Haced penitencia, porque está al llegar el Reino de los Cielos.
[18] Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: [19] Seguidme y os haré pescadores de hombres. [20] Ellos, al instante, dejaron las redes y le siguieron. [21] Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. [22] Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron. [23] Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo.
[24] Su fama se extendió por toda Siria; y le traían a todos los que se sentían mal, aquejados de diversas enfermedades y dolores, a los endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curaba. [25] Y le seguían grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán.

Cap. V

SERMON DE LA MONTAÑA

[1] Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; [2] y abriendo su boca les enseñaba diciendo:
[3] Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. [4] Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. [5] Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. [6] Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. [7] Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. [8] Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. [9] Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. [10] Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. [11] Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. [12] Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron.
[13] Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente. [14] Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; [15] ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa. [16] Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos.
[17] No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. [18] En verdad os digo que mientras no pasen el Cielo y la tierra no pasará de la Ley ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. [19] Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. [20] Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
[21] Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. [22] Pero yo os digo: Todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que llame a su hermano «raca» será reo ante el Sanedrín; el que le llame «renegado», será reo del fuego del infierno. [23] Por tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, [24] deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. [25] Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. [26] Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.
[27] Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. [28] Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. [29] Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. [30] Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.
[31] Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, déle libelo de repudio. [32] Pero yo os digo que todo el que repudie a su mujer `fuera del caso de fornicación` la expone a cometer adulterio, y el que se una con la repudiada comete adulterio.
[33] También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás tus juramentos al Señor. Pero yo os digo: [34] No juréis en absoluto; ni por el Cielo, porque es el trono de Dios; [33] ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. [36] Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. [37] Sea, pues, vuestro modo de hablar: Sí, sí, o no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno.
[38] Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. [39] Pero yo os digo: No repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. [40] Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también la capa. [41] A quien te fuerce a andar una milla, ve con él dos. [42] A quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado.
[43] Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. [44] Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, [45] para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. [46] Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿Acaso no hacen eso también los publicanos? [47] Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿Acaso no hacen eso también los paganos? [48] Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.


Cap. VI

[1] Guardaos bien de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los Cielos.
[2] Por tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de ser alabados por los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. [3] Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha, [4] para que tu limosna quede en oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.
[5] Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. [6] Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. [7] Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que se figuran que por su locuacidad van a ser escuchados. [8] No seáis, pues, como ellos; porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. [9] Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre; [10] venga tu Reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. [11] El pan nuestro de cada día dánosle hoy; [12] y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; [13] y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. [14] Pues si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre Celestial. [15] Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados.
[16] Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. [17] Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, [18] para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.
[19] No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. [20] Amontonad en cambio tesoros en el Cielo, donde ni polilla ni herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. [21] Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón.
[22] La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. [23] Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tinieblas, cuán grande será la oscuridad.
[24] Nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión al uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas.
[25] Por eso os digo: No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? [26] Fijaos en las aves del Cielo, que no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? [27] ¿Quién de vosotros por mucho que cavile puede añadir un solo codo a su edad? [28] Y acerca del vestir, ¿por qué preocuparos? Contemplad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, [29] y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. [30] Si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! [31] No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? [32] Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso estáis necesitados.
[33] Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. [34] Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad.


Cap. VII

[1] No juzguéis y no seréis juzgados. [2] Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y con la medida con que midáis se os medirá.
[3] ¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano, y no adviertes la viga que hay en el tuyo? [4] O ¿cómo vas a decir a tu hermano: Deja que saque la mota de tu ojo, cuando tú tienes una viga en el tuyo? [5] Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.
[6] No deis las cosas santas a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y revolviéndose os despedacen.
[7] Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. [8] Porque todo el que pide, recibe; y todo el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá. [9] O ¿quién hay entre vosotros, al que si su hijo pide un pan le da una piedra? [10] ¿O si le pide un pez le da una culebra? [11] Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos dará cosas buenas a quienes le pidan?
[12] Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos: Esta es la Ley y los Profetas.
[13] Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. [14] ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!
[15] Guardaos bien de los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces. [16] Por sus frutos los conoceréis: ¿acaso se cosechan uvas de los espinos o higos de las zarzas? [17] Así, todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da frutos malos. [18] Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos. [19] Todo árbol que no da fruto bueno es cortado y arrojado al fuego. [20] Por tanto, por sus frutos los conoceréis.
[21] No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos. [22] Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿pues no hemos profetizado en tu nombre, y arrojado los demonios en tu nombre, y hecho prodigios en tu nombre? [23] Entonces yo les diré públicamente: Jamás os he conocido: apartaos de mí, los que habéis obrado la iniquidad.
[24] Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca: [25] cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca.
[26] Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena: [27] cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, y cayó y fue tremenda su ruina.
[28] Y sucedió que, cuando terminó Jesús estos discursos, las multitudes quedaron admiradas de su doctrina, [29] pues les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas.

Cap. VIII
LOS MILAGROS DEL MESIAS

[1] Cuando bajó del monte le seguía una gran multitud. [2] En esto, se le acercó un leproso, se postró ante él y dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. [3] Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra. [4] Entonces le dijo Jesús: Mira, no lo digas a nadie, sino anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda prescrita por Moisés, para que les sirva de testimonio.
[5] Al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión y, rogándole, [6] dijo: Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes. [7] Jesús le dijo: Yo iré y lo curaré. [8] Pero el centurión le respondió: Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que lo mandes de palabra y mi criado quedará sano. [9] Pues yo, que soy un hombre subalterno con soldados a mis órdenes, digo a uno: ve, y va; y a otro: ven, y viene; y a mí siervo: haz esto, y lo hace. [10] Al oírlo Jesús se admiró, y dijo a los que le seguían: En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. [11] Y os digo que muchos de Oriente y Occidente vendrán y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, [12] mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes. [13] Y dijo Jesús al centurión: Vete y que se haga conforme has creído. Y en aquel momento quedó sano el criado.
[14] Al llegar Jesús a casa de Pedro vio a la suegra de éste en cama con fiebre. [15] La tomó de la mano y le desapareció la fiebre; entonces se levantó y se puso a servirle.
[16] Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; arrojó a los espíritus con su palabra y curó a todos los enfermos, [17] para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: El tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades.
[18] Viendo Jesús a la multitud que estaba a su alrededor, ordenó pasar a la otra orilla. [19] Y acercándose a él cierto escriba, le dijo: Maestro, te seguiré dondequiera que vayas. [20] Jesús le contestó: Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza. [21] Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre. [22] Jesús le respondió: Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos.
[23] Subiendo después a una barca, le siguieron sus discípulos. [24] Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. [25] Y se acercaron y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos que perecemos! [26] Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar, y se produjo una gran bonanza. [27] Los hombres se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?
[28] Al llegar a la otra orilla, a la región de los gadarenos, le fueron al encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie podía transitar por aquel camino. [29] En ese momento se pusieron a gritar diciendo: ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos? [30] Había lejos de ellos una gran piara de cerdos que pacían. [31] Los demonios le rogaban diciendo: Si nos expulsas, envíanos a la piara de cerdos. [32] Les respondió: Id. Y ellos salieron y entraron en los cerdos. Entonces toda la piara corrió con ímpetu por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. [33] Los porqueros huyeron y al llegar a la ciudad contaron todo, en particular lo de los endemoniados. [34] Ante esto toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verle, le rogaron que se alejara de su región.


Cap. IX

[1] Subiendo a una barca, cruzó de nuevo el mar y vino a su ciudad. [2] Entonces le presentaron un paralítico postrado en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados. [3] Ciertos escribas dijeron en su interior: Este blasfema. [4] Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? [5] ¿Qué es más fácil, decir: tus pecados te son perdonados, o decir: levántate y anda? [6] Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, dijo al paralítico: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. [7] El se levantó y se marchó a su casa. [8] Al ver esto las multitudes se atemorizaron y glorificaron a Dios por haber dado tal poder a los hombres.
[9] Cuando partía Jesús de allí, vio a un hombre sentado en el telonio, llamado Mateo, y le dijo: Sígueme. El se levantó y le siguió. [10] Estando él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y se pusieron también a la mesa con Jesús y sus discípulos. [11] Los fariseos, al ver esto, decían a sus discípulos: ¿Por qué vuestro maestro come con los publicanos y pecadores? [12] Pero él, al oírlo, dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. [13] Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio; pues no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.
[14] Entonces se le acercaron los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia, y en cambio tus discípulos no ayunan? [15] Jesús les respondió: ¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; entonces ayunarán.
[16] Nadie pone una pieza de paño nuevo a un vestido viejo, porque la pieza tiraría del vestido y se produciría un desgarrón peor. [17] Ni se echa vino nuevo en odres viejos, pues de lo contrario los odres reventarían, y el vino se derramaría, perdiéndose los odres; sino que el vino nuevo lo echan en odres nuevos y así ambos se conservan.
[18] Mientras les decía estas cosas, un hombre importante se acercó y postrándose le dijo: Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá. [19] Levantándose Jesús, le siguió junto con sus discípulos.
[20] En esto, una mujer que padecía flujo de sangre hacía doce años, acercándose por detrás, le tocó el borde de su manto. [21] Pues decía en su interior: Con sólo que toque su manto quedaré sana. [22] Jesús se volvió y mirándola, le dijo: Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado. Y quedó sana la mujer desde aquella hora.
[23] Después de esto, al llegar Jesús a la casa de aquel personaje, viendo a los músicos fúnebres y a la multitud alterada, dijo: [24] Retiraos, la niña no ha muerto, sino que duerme. Pero se reían de él. [25] Y, una vez que fue echada fuera la multitud, entró, la tomó de la mano y se levantó la niña. [26] Y corrió esta noticia por toda aquella región. [27] Al marcharse Jesús de allí, le siguieron dos ciegos diciendo a gritos: Ten piedad de nosotros, Hijo de David. [28] Cuando llegó a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer eso? Respondieron: Sí, Señor. [29] Entonces tocó sus ojos diciendo: Según vuestra fe así os suceda. [30] Y se les abrieron los ojos. Pero Jesús les ordenó severamente: Mirad que nadie lo sepa. [31] Ellos, por el contrario, una vez que salieron divulgaron la noticia por toda aquella región.
[32] Cuando se habían marchado, le presentaron un endemoniado mudo. [33] Expulsado el demonio, habló el mudo, y la multitud se admiró diciendo: Jamás se ha visto cosa igual en Israel. [34] Pero los fariseos decían: En virtud del príncipe de los demonios arroja a los demonios.
[35] Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
[36] Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.
[37] Entonces dijo a sus discípulos: La mies es mucha, pero los obreros pocos. [38] Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.


Cap. X

DEL ANTIGUO AL NUEVO PUEBLO DE DIOS


[1] Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio poder para arrojar a los espíritus inmundos y para curar toda enfermedad y toda dolencia. [2] Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano; [3] Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; [4] Simón Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó.
[5] A estos doce envió Jesús dándoles estas instrucciones: No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; [6] sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. [7] Id y predicad diciendo que el Reino de los Cielos está al llegar. [8] Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, arrojad a los demonios; gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente. [9] No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras fajas, [10] ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento.
[11] En cualquier ciudad o aldea en que entréis, informaos sobre quién hay en ella digno; y quedaos allí hasta que salgáis. [12] Al entrar en una casa dadle vuestro saludo. [13] Si la casa fuera digna, venga vuestra paz sobre ella; pero si no fuera digna, vuestra paz revierta a vosotros. [14] Si alguien no os acoge ni escucha vuestras palabras, al salir de aquella casa o ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies. [15] En verdad os digo que en el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para esa ciudad.
[16] Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, cautos como las serpientes y sencillos como las palomas.
[17] Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, [18] y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles. [19] Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué habéis de hablar; porque en aquel momento os será dado lo que habéis de decir. [20] Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros. [21] Entonces el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres para hacerles morir. [22] Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése será salvo. [23] Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra; en verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del Hombre.
[24] No es el discípulo más que su maestro, ni el siervo más que su señor. [25] Le basta al discípulo llegar a ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al amo de la casa le han llamado Beelzebul, cuánto más a los de su casa. [26] No les tengáis miedo, pues nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. [27] Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; y lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde los terrados. [28] No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno. [29] ¿Acaso no se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre. [30] En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. [31] Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.
[32] A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos. [33] Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos.
[34] No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada. [35] Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. [36] Y los enemigos del hombre serán los de su misma casa.
[37] Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. [38] Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. [39] Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.
[40] Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. [41] Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. [42] Y todo el que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.


Cap. XI

[1] Y sucedió que cuando terminó Jesús de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
[2] Entretanto Juan, que en la cárcel había tenido noticia de las obras de Cristo, envió a preguntarle por medio de sus discípulos: [3] ¿Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro? [4] Y Jesús les respondió: Id y anunciad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: [5] los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan sanos y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se anuncia el Evangelio. [6] Y bienaventurado aquel que no se escandalice de mí.
[7] Al marcharse ellos, comenzó Jesús a decir a la multitud acerca de Juan: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Acaso una caña agitada por el viento? [8] Entonces, ¿qué fuisteis a ver? ¿Acaso un hombre vestido con finos ropajes? Ved que los que llevan finos ropajes se encuentran en los palacios reales. [9] Entonces, ¿a qué salisteis? ¿A ver a un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta. [10] Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero que te preceda, el cual preparará tu camino delante de ti. [11] En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista. Pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. [12] Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistan. [13] Porque todos los Profetas y la Ley profetizaron hasta Juan. [14] Y si queréis comprenderlo, él es Elías, el que ha de venir. [15] El que tenga oídos, que oiga.
[16] ¿Con quién voy a comparar esta generación? Se parece a niños sentados en las plazas que, gritando a sus compañeros, [17] dicen: Os hemos cantado al son de la flauta y no habéis bailado; os hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado.
[18] Porque ha venido Juan, que no come ni bebe, y dicen: Tiene un demonio. [19] Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: Mirad un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores. Pero la sabiduría se acredita por sus propias obras.
[20] Entonces se puso a reprochar a las ciudades donde se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: [21] ¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que han sido hechos en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia en saco y ceniza. [22] En verdad os digo que para Tiro y Sidón habrá menos rigor en el día del Juicio que para vosotras. [23] Y tú, Cafarnaún, ¿te vas a alzar hasta el cielo? ¡Hasta el infierno vas a descender! Porque si en Sodoma se hubiesen realizado los milagros que se han obrado en ti, subsistiría hasta hoy. [24] En verdad os digo que para la tierra de Sodoma habrá menos rigor en el día del Juicio que para ti.
[25] En aquel tiempo exclamó Jesús diciendo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. [26] Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito. [27] Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.
[28] Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. [29] Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: [30] porque mi yugo es suave y mi carga ligera.


Cap. XII

[1] En aquel tiempo pasaba Jesús en sábado por medio de unos sembrados; sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas y a comer. [2] Los fariseos, al verlo, le dijeron: Mira que tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado. [3] Pero él les respondió: ¿No habéis leído lo que hizo David y los que le acompañaban cuando tuvieron hambre? [4] ¿Cómo entró en la Casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a sus acompañantes, sino sólo a los sacerdotes? [5] ¿Y no habéis leído en la Ley que los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? [6] Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo. [7] Si hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes. [8] Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado.
[9] Cuando partió de allí entró en la sinagoga, [10] donde había un hombre que tenía una mano seca, y le interrogaban para acusarle: ¿Es lícito curar en sábado? [11] El les respondió: ¿Quién de vosotros si tiene una oveja y se le cae en día de sábado dentro de un hoyo, no la agarra y la saca? [12] Pues cuánto más vale un hombre que una oveja. Por tanto, es lícito hacer el bien en sábado. [13] Entonces dijo al hombre: Extiende tu mano. Y la extendió y quedó sana como la otra.
[14] Al salir los fariseos tuvieron consejo contra él, para ver cómo perderle. [15] Pero Jesús, sabiéndolo, se alejó de allí, y le siguieron muchos y los curó a todos, [16] y les ordenó que no le descubriesen, [17] para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: [18] He aquí mi Siervo a quien elegí, mi amado en quien se complace mi alma. Pondré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. [19] No disputará ni vociferará, nadie oirá sus gritos en las plazas. [20] No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; [21] y en su nombre pondrán su esperanza las naciones.
[22] Entonces le trajeron un endemoniado ciego y mudo. Y lo curó, de manera que el mudo hablaba y veía. [23] Y toda la multitud se asombraba y decía: ¿No será éste el Hijo de David? [24] Pero los fariseos, al oírlo, dijeron: Este no expulsa los demonios sino por Beelzebul, príncipe de los demonios. [25] Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir. [26] Si Satanás expulsa a Satanás, está dividido contra sí mismo. ¿Cómo puede entonces subsistir su reino? [27] Y si yo expulso los demonios por Beelzebul, vuestros hijos ¿por quién los expulsan? Por eso, ellos serán vuestros jueces. [28] Por tanto, si yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros. [29] ¿Cómo puede alguien entrar en casa del fuerte y saquear sus enseres, si antes no ata al fuerte? Sólo entonces podrá saquear su casa. [30] El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama.
[31] Por tanto, os digo: todo pecado y blasfemia se perdonarán a los hombres; pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. [32] A cualquiera que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero.
[33] O tenéis por bueno el árbol y bueno su fruto, o declaráis malo el árbol y malo su fruto; porque por el fruto se conoce el árbol. [34] Raza de víboras, ¿cómo podéis decir cosas buenas, siendo malos? Pues de la abundancia del corazón habla la boca. [35] El hombre bueno del buen tesoro saca cosas buenas, pero el hombre malo del tesoro malo saca cosas malas. [36] Os digo que de toda palabra vana que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio. [37] Por tus palabras, pues, serás justificado, y por tus palabras serás condenado.
[38] Entonces algunos de los escribas y fariseos se dirigieron a él, diciendo: Maestro, queremos ver de ti una señal. [39] El les respondió: Esta generación malvada y adúltera pretende una señal, pero no se le dará otra señal que la del profeta Jonás. [40] Pues así como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches. [41] Los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la condenarán; porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y ved que aquí hay algo más que Jonás. [42] La reina del Mediodía se levantará contra esta generación en el Juicio y la condenará; porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y ved que aquí hay algo más que Salomón.
[43] Cuando el espíritu inmundo ha salido del hombre, va errante por lugares áridos en busca de descanso, pero no lo encuentra. [44] Entonces dice: Volveré a mi casa, de donde salí. Y al llegar la encuentra desocupada, bien barrida y en orden. [45] Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrando habitan allí, con lo que la situación final de aquel hombre resulta peor que la primera. Así ocurrirá a esta generación malvada.
[46] Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él. [47] Alguien le dijo entonces: Mira que tu madre y tus hermanos están fuera intentando hablarte. [48] Pero él respondió al que le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? [49] Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. [50] Pues todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.


Cap. XIII

LAS PARABOLAS DEL REINO

[1] Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. [2] Se reunió junto a él tal multitud que hubo de subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la orilla. [3] Y se puso a hablarles muchas cosas en parábolas, diciendo: He aquí que salió el sembrador a sembrar. [4] Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. [5] Parte cayó en terreno rocoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; [6] pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. [7] Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la sofocaron. [8] Otra, en cambio, cayó en buena tierra y dio fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. [9] El que tenga oídos, que oiga.
[10] Los discípulos se acercaron a decirle: ¿Por qué les hablas en parábolas? [11] El les respondió: A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha dado. [12] Porque al que tiene se le dará y abundará, pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. [13] Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. [14] Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Con el oído oiréis, pero no entenderéis, con la vista miraréis, pero no veréis. [15] Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane.
[16] Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. [17] Pues en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que vosotros estáis oyendo y no lo oyeron.
[18] Escuchad, pues, la parábola del sembrador. [19] Todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. [20] Lo sembrado sobre terreno rocoso es el que oye la palabra, y al punto la recibe con alegría; [21] pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, en seguida tropieza y cae. [22] Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas sofocan la palabra y queda estéril. [23] Por el contrario, lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.
[24] Les propuso otra parábola: El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. [25] Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo, y se fue. [26] Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. [27] Los siervos del amo acudieron a decirle: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña? [28] El les dijo: Algún enemigo lo hizo. Le respondieron los siervos: ¿Quieres que vayamos y la arranquemos? [29] Pero él les respondió: No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis junto con ella el trigo. [30] Dejad que crezcan ambas hasta la siega. Y al tiempo de la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero.
[31] Otra parábola les propuso: El Reino de los Cielos es semejante al grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; [32] es ciertamente la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a ser como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas.
[33] Les dijo otra parábola: El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que toma una mujer y mezcla con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta. [34] Todas estas cosas habló Jesús a las multitudes en parábolas y nada les solía hablar sino en parábolas, [35] para que se cumpliese lo dicho por medio del Profeta: Abriré mi boca en parábolas, proclamaré las cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.
[36] Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del campo. El les respondió: [37] El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; [38] el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. [39] El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. [40] Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. [41] El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, [42] y los arrojarán en el horno del fuego. Allí será el llanto y rechinar de dientes. [43] Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.
[44] El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, gozoso del hallazgo, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.
[45] Asimismo el Reino de los Cielos es semejante a un comerciante que busca perlas finas [46] y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.
[47] Asimismo el Reino de los Cielos es semejante a una red barredera que, echada en el mar, recoge toda clase de cosas. [48] Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y sentándose echan lo bueno en cestos, mientras lo malo lo tiran fuera. [49] Así será el fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos [50] y los arrojarán al horno del fuego. Allí será el llanto y rechinar de dientes.
[51] ¿Habéis entendido todo esto? Le respondieron: Sí. [52] El les dijo: Por eso, todo escriba instruido acerca del Reino de los Cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.
[53] Sucedió que cuando terminó Jesús estas parábolas partió de allí. [54] Y, llegado a su ciudad, les enseñaba en su sinagoga, de manera que se admiraban y decían: ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? [55] ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? [56] Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿De dónde, pues, le viene todo esto? [57] Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta menospreciado sino en su tierra y en su casa. [58] Y no hizo allí muchos milagros a causa de su incredulidad.

Cap. XIV
JESUS SE RETIRA A LAS REGIONES LIMITROFES

[1] En aquel tiempo oyó Herodes el tetrarca la fama de Jesús, [2] y dijo a sus cortesanos: Este es Juan el Bautista que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él poderes sobrehumanos. [3] Herodes, en efecto, había prendido a Juan, lo había encadenado y puesto en la cárcel a causa de Herodías la mujer de su hermano Filipo, [4] porque Juan le decía: No te es lícito tenerla. [5] Y aunque quería matarlo, temía al pueblo, porque lo tenían como profeta.
[6] El día del cumpleaños de Herodes salió a bailar la hija de Herodías y gustó tanto a Herodes [7] que juró darle cualquier cosa que pidiese. [8] Ella, instigada por su madre, dijo: Dame en esta bandeja la cabeza de Juan el Bautista. [9] El rey, entristecido por el juramento y por los comensales, ordenó dársela. [10] Y envió a decapitar a Juan en la cárcel; [11] trajeron su cabeza en la bandeja y se la dieron a la muchacha, que la entregó a su madre. [12] Acudieron luego sus discípulos, tomaron el cuerpo, lo enterraron y fueron a dar la noticia a Jesús.
[13] Al oírlo Jesús, se alejó de allí en una barca hacia un lugar desierto él solo. Cuando se enteraron las multitudes le siguieron a pie desde las ciudades. [14] Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. [15] Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron: El lugar es desierto y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos. [16] Pero Jesús les dijo: No tienen necesidad de ir, dadles vosotros de comer. [17] Ellos le respondieron: No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces. [18] El les dijo: Traédmelos aquí. [19] Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. [20] Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y recogieron de los trozos sobrantes doce cestos llenos. [21] Los que comieron eran como unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
[22] Inmediatamente después Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. [23] Y, despedida la multitud, subió al monte a orar a solas; y después de anochecer permanecía él solo allí. [24] Entretanto la barca estaba ya alejada de tierra muchos estadios, batida por las olas, porque el viento le era contrario. [25] En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. [26] Cuando le vieron los discípulos caminando sobre el mar, se turbaron y decían: Es un fantasma; y llenos de miedo empezaron a gritar. [27] Pero al instante Jesús comenzó a decirles: Tened confianza, soy yo, no temáis. [28] Entonces Pedro le respondió: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. [29] El le dijo: Ven. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. [30] Pero al ver que el viento era tan fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, gritó diciendo: ¡Señor, sálvame! [31] Al punto Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? [32] Y cuando subieron a la barca cesó el viento. [33] Los que estaban en la barca le adoraron diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.
[34] Terminada la travesía llegaron a tierra a la altura de Genesaret. [35] Al reconocerlo los hombres de aquel lugar mandaron aviso a toda la comarca y le trajeron todos los enfermos, [36] y le suplicaban poder tocar aunque sólo fuera el borde de su manto; y todos aquellos que lo tocaron quedaron sanos.


Cap. XV

[1] Por entonces unos fariseos y escribas de Jerusalén se acercaron a Jesús y le dijeron: [2] ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores?, pues no se lavan las manos cuando comen pan. [3] El les respondió: ¿Y por qué vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? [4] Porque Dios dijo: Honra a tu padre y a tu madre. Y el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte. [5] Pero vosotros decís que si alguien dice a su padre o a su madre: Cualquier cosa mía que te aproveche sea declarada ofrenda, [6] ése ya no tiene obligación de honrar a su padre. Así habéis anulado la palabra de Dios por vuestra tradición. [7] Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo:
[8] Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. [9] En vano me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos.
[10] Y después de llamar a la multitud les dijo: Oíd y entended. [11] Lo que entra por la boca no hace impuro al hombre, sino lo que sale de la boca: eso sí hace impuro al hombre. [12] Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: ¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oír tus palabras? [13] Pero él les respondió: Toda planta que no plantó mi Padre Celestial será arrancada. [14] Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo.
[15] Pedro entonces tomó la palabra y le dijo: Explícanos esa parábola. [16] El respondió: ¿También vosotros sois todavía incapaces de entender? [17] ¿No sabéis que lo que entra por la boca pasa al vientre y luego se echa a la cloaca? [18] Por el contrario, lo que procede de la boca sale del corazón, y eso es lo que hace impuro al hombre. [19] Pues del corazón proceden los malos pensamientos, homicidios, adulterios, actos impuros, robos, falsos testimonios y blasfemias. [20] Estas cosas son las que hacen al hombre impuro; pero el comer sin lavarse las manos no hace impuro al hombre.
[21] Después que Jesús partió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. [22] En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar: ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija es cruelmente atormentada por el demonio. [23] Pero él no le respondió palabra. Entonces, acercándose sus discípulos, le rogaban diciendo: Atiéndela y que se vaya, pues viene gritando detrás de nosotros. [24] El respondió: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. [25] Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo: ¡Señor, ayúdame! [26] El le respondió: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos. [27] Pero ella dijo: Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de sus amos. [28] Entonces Jesús le respondió: ¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase como tú quieres. Y quedó sana su hija en aquel instante.
[29] Y cuando Jesús salió de allí, vino junto al mar de Galilea, subió a la montaña y se sentó. [30] Acudió a él una gran multitud llevando consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies y los curó; [31] de tal modo que se maravillaba la multitud viendo hablar a los mudos y quedar sanos los lisiados, andar a los cojos y ver a los ciegos, por lo que glorificaban al Dios de Israel.
[32] Jesús llamó a sus discípulos y dijo: Siento profunda compasión por la muchedumbre, porque hace ya tres días que permanecen junto a mí y no tienen qué comer; no quiero despedirlos en ayunas no sea que desfallezcan en el camino. [33] Pero le decían los discípulos: ¿De dónde vamos a sacar, estando en el desierto, tantos panes para alimentar a tan gran multitud? [34] Jesús les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Ellos le respondieron: Siete y unos pocos pececillos. [35] Entonces ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. [36] Tomó los siete panes y los peces y, después de dar gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la multitud.
[37] Y comieron todos y quedaron satisfechos. De los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas. [38] Los que comieron eran unos cuatro mil hombres sin contar mujeres y niños. [39] Después de despedir a la muchedumbre, subió a la barca y se fue a los confines de Magadán.


Cap. XVI

[1] Se acercaron los fariseos y saduceos y, para tentarle, le rogaron que les hiciera ver una señal del Cielo. [2] El les respondió: Al atardecer decís que va a hacer buen tiempo, porque está el cielo arrebolado; [3] y de mañana, que hoy habrá tormenta, porque el cielo está rojizo y lóbrego. Así que sabéis discernir el aspecto del cielo y no podéis discernir los signos de los tiempos. [4] Esta generación malvada y adúltera pide una señal, pero no se le dará otra que la señal de Jonás. Y, dejándolos, se marchó.
[5] Al pasar los discípulos a la otra orilla se olvidaron de llevar panes. [6] Jesús les dijo: Estad alerta y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos. [7] Pero ellos cavilaban diciendo interiormente: No hemos traído panes. [8] Conociéndolo Jesús dijo: Hombres de poca fe, ¿qué caviláis interiormente de que no habéis traído panes? [9] ¿No entendéis todavía? ¿No os acordáis de los cinco panes para los cinco mil hombres y de cuántos cestos recogisteis; [10] ni de los siete panes para los cuatro mil hombres y de cuántas espuertas recogisteis? [11] ¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos. [12] Entonces entendieron que no se había referido a guardarse de la levadura del pan, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos.
[13] Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? [14] Ellos respondieron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas. [15] El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? [16] Respondiendo Simón Pedro dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. [17] Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. [18] Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. [19] Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos. [20] Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.
[21] Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día. [22] Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo: Lejos de ti, Señor; de ningún modo te ocurrirá eso. [23] Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.
[24] Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; [25] pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. [26] Porque, ¿de qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? [27] Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta. [28] En verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino.


Cap. XVII
HACIA JUDEA Y JERUSALÉN

[1] Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los llevó a ellos solos a un monte alto, [2] y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestidos blancos como la luz. [3] En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él. [4] Pedro, tomando la palabra, dijo a Jesús: Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. [5] Todavía estaba hablando, cuando una nube resplandeciente los cubrió y una voz desde la nube dijo: Este es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle.
[6] Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor. [7] Entonces se acercó Jesús y los tocó diciendo: Levantaos y no temáis. [8] Al alzar sus ojos no vieron a nadie, sino sólo a Jesús. [9] Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: A nadie contéis la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos.
[10] Sus discípulos le preguntaron: ¿Por qué entonces dicen los escribas que Elías debe venir primero? [11] El les respondió: Elías ciertamente ha de venir y restaurará todas las cosas. [12] Pero yo os digo que Elías ya ha venido y no lo han reconocido, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del Hombre ha de padecer de parte de ellos. [13] Entonces comprendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista.
[14] Al llegar donde la multitud, se acercó a él un hombre y, puesto de rodillas, [15] le suplicó: Señor, ten compasión de mi hijo, porque está lunático y sufre mucho; muchas veces se cae al fuego y otras al agua. [16] Lo he traído a tus discípulos y no lo han podido curar. [17] Jesús en respuesta dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que sufriros? Traédmelo aquí. [18] Le increpó Jesús y salió de él el demonio, y quedó curado el muchacho desde aquel momento. [19] Luego se acercaron a solas los discípulos a Jesús y le dijeron: ¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo? [20] El les respondió: Por vuestra poca fe. Porque os digo que si tuviérais fe como un granito de mostaza, podríais decir a este monte: Trasládate de aquí allá, y se trasladaría, y nada os sería imposible.
[22] Cuando estaban en Galilea les dijo Jesús: El Hijo del Hombre debe ser entregado en manos de los hombres, [23] que lo matarán, pero al tercer día resucitará. Y se pusieron muy tristes.
[24] Llegados a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los recaudadores del tributo y le dijeron: ¿No va a pagar vuestro Maestro la didracma? [25] Respondió: Sí. Al entrar en la casa se anticipó Jesús y le dijo: ¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes reciben tributo o censo los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños? [26] Al responderle que de los extraños, le dijo Jesús: Luego los hijos están exentos; [27] pero para no escandalizarlos, ve al mar, echa el anzuelo y el primer pez que pique sujétalo, ábrele la boca y encontrarás un estáter; tómalo y dalo por mí y por ti.

Cap. XVIII
DISCURSO SOBRE LA VIDA EN LA IGLESIA

[1] En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién juzgas que es el mayor en el Reino de los Cielos? [2] Entonces, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos [3] y dijo: En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos. [4] Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; [5] y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. [6] Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen al cuello una piedra de molino, de las que mueve un asno, y lo arrojasen al fondo del mar. [7] ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que vengan los escándalos. Sin embargo ¡ay del hombre por cuya culpa se produce el escándalo! [8] Si tu mano o tu pie te escandaliza, córtalo y arrójalo lejos de ti. Más te vale entrar en la Vida manco o cojo, que ser arrojado al fuego eterno con las dos manos o los dos pies. [9] Y si tu ojo te escandaliza, arráncatelo y tíralo lejos de ti. Más te vale entrar en la Vida tuerto, que ser arrojado al fuego del infierno con los dos ojos.
[10] Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, pues os digo que sus ángeles en los Cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los Cielos.
[12] ¿Qué os parece? Si a un hombre que tiene cien ovejas se le pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte e irá a buscar la que se ha perdido? [13] Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se habían perdido. [14] Del mismo modo, no es voluntad de vuestro Padre que está en los Cielos que se pierda ni uno solo de estos pequeños.
[15] Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. [16] Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos. [17] Pero si no quiere escucharlos, díselo a la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y publicano.
[18] Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el Cielo.
[19] Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los Cielos se lo concederá. [20] Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
[21] Entonces, acercándose Pedro, le preguntó: Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, cuando peque contra mí? ¿Hasta siete? [22] Jesús le respondió: No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. [23] Por eso el Reino de los Cielos viene a ser semejante a un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. [24] Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. [25] Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y así pagase. [26] Entonces el servidor, echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré todo. [27] El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. [28] Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: Págame lo que me debes. [29] Su compañero, echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré. [30] Pero no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. [31] Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. [32] Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. [33] ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti? [34] Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. [35] Del mismo modo hará con vosotros mi Padre Celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.


Cap. XIX

[1] Y sucedió que, cuando terminó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán, [2] a donde le siguieron grandes multitudes, y los curó allí. [3] En esto, se acercaron a él unos fariseos y le preguntaron para tentarle: ¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo? [4] El respondió: ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra, [5] y que dijo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? [6] Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre. [7] Ellos le replicaron: ¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla? [8] El les respondió: Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. [9] Sin embargo yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer `a no ser por fornicación` y se una con otra, comete adulterio.
[10] Dícenle los discípulos: Si tal es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse. [11] El les respondió: No todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido. [12] En efecto, hay eunucos que así nacieron del seno de su madre; también hay eunucos que así han quedado por obra de los hombres; y los hay que se han hecho tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda.
[13] Entonces le presentaron unos niños, para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. [14] Ante esto, Jesús dijo: Dejad a los niños y no les impidáis que vengan a mí, porque de éstos es el Reino de los Cielos. [15] Y después de imponerles las manos, se marchó de allí.
[16] Y se le acercó uno, y le dijo: Maestro, ¿qué cosas buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna? [17] El le respondió: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es el bueno. Por lo demás, si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos. [18] Le preguntó: ¿Cuáles? Jesús le respondió: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, [19] honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.
[20] Díjole el joven: Todo esto lo he guardado. ¿Qué me falta aún? [21] Jesús le respondió: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos; luego ven y sígueme. [22] Al oír el joven estas palabras se marchó triste, pues tenía muchas posesiones.
[23] Jesús dijo entonces a sus discípulos: En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos. [24] Es más, os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios.
[25] Cuando oyeron esto sus discípulos, quedaron muy asombrados y decían: Entonces, ¿quién podrá salvarse? [26] Jesús, fijando su mirada en ellos, les dijo: Para el hombre esto es imposible, para Dios, sin embargo, todo es posible. [27] Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué recompensa tendremos?
[28] Jesús les respondió: En verdad os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. [29] Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. [30] Porque muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros.


Cap. XX

[1] El Reino de los Cielos es semejante a un amo que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. [2] Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. [3] Salió también hacia la hora de tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, [4] y les dijo: Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo. [5] Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora de sexta y de nona e hizo lo mismo. [6] Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos? [7] Le contestaron: Porque nadie nos ha contratado. Les dijo: Id también vosotros a mi viña. [8] A la caída de la tarde dijo el amo de la viña a su administrador: Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros. [9] Vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. [10] Al venir los primeros pensaban que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. [11] Cuando lo tomaron murmuraban contra el amo, [12] diciendo: A estos últimos que han trabajado sólo una hora los has equiparado a nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor. [13] El respondió a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conveniste conmigo en un denario? [14] Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. [15] ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno? [16] Así los últimos serán primeros y los primeros últimos.
[17] Cuando subía Jesús camino de Jerusalén tomó aparte a sus doce discípulos y les dijo: [18] Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, le condenarán a muerte, [19] y le entregarán a los gentiles para burlarse de él y azotarlo y crucificarlo, pero al tercer día resucitará.
[20] Entonces se acercó a él la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró para hacerle una petición. [21] El le preguntó: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. [22] Jesús respondió: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Le dijeron: Podemos. [23] El añadió: Mi cáliz sí lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes ha dispuesto mi Padre.
[24] Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos hermanos. [25] Pero Jesús les llamó y les dijo: Sabéis que los que gobiernan los pueblos los oprimen y los poderosos los avasallan. [26] No ha de ser así entre vosotros; por el contrario, quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, sea vuestro servidor; [27] y quien entre vosotros quiera ser el primero, sea vuestro esclavo. [28] De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención por muchos.
[29] Cuando salían de Jericó le seguía una gran multitud. [30] Y he aquí que dos ciegos, sentados a la vera del camino, al oír que pasaba Jesús se pusieron a gritar: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! [31] La multitud les regañaba para que se callaran, pero ellos gritaban más fuerte diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! [32] Jesús se paró, los llamó y les dijo: ¿Qué queréis que os haga? [33] Le respondieron: Señor, que se abran nuestros ojos. [34] Jesús, compadecido, les tocó los ojos y al instante comenzaron a ver, y le siguieron.


Cap. XXI

MINISTERIO EN JERUSALÉN

[1] Cuando se acercaban a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al Monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos, [2] diciéndoles: Id a esa aldea que veis enfrente y encontraréis en seguida un asna atada, con su pollino al lado; desatadlos y traédmelos. [3] Si alguien os dijera algo, respondedle que el Señor los necesita, y al momento los soltará. [4] Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por medio del Profeta: [5] Decid a la hija de Sión: He aquí que viene a ti tu Rey con mansedumbre, sentado sobre un asno, sobre un borrico, hijo de burra de carga. [6] Los discípulos marcharon e hicieron como Jesús les había ordenado. [7] Trajeron el asna y el pollino, pusieron sobre ellos los mantos y le hicieron montar encima. [8] Una gran multitud extendió sus propios mantos por el camino; otros cortaban ramas de árboles y las echaban por el camino; [9] las multitudes que iban delante y detrás de él, clamaban diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! [10] Al entrar en Jerusalén, se conmovió toda la ciudad y se preguntaban: ¿Quién es éste? [11] La multitud decía: Este es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea.
[12] Entró Jesús en el Templo y expulsó a todos los que vendían y compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas, [13] mientras les decía: Escrito está: Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la estáis haciendo una cueva de ladrones.
[14] Mientras estaba en el Templo, se acercaron a él ciegos y cojos y los curó.
[15] Los príncipes de los sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que hacía, y a los niños que aclamaban en el Templo diciendo: Hosanna al Hijo de David, se irritaron [16] y le dijeron: ¿Oyes lo que dicen éstos? Jesús les respondió: Sí; ¿no habéis leído nunca: De la boca de los pequeños y de los niños de pecho te preparaste la alabanza? [17] Y dejándolos, salió fuera de la ciudad, a Betania, y allí pasó la noche.
[18] Muy de mañana, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre. [19] Y viendo una higuera junto al camino, se acercó, pero nada encontró en ella sino sólo hojas; le dijo: Nunca jamás brote de ti fruto alguno. Y al instante se secó la higuera. [20] Al ver esto los discípulos se maravillaron y dijeron: ¿Cómo tan de repente se ha secado la higuera? [21] Jesús les dijo: En verdad os digo que si tenéis fe y no dudáis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que incluso si decís a este monte: Arráncate y échate al mar, se hará. [22] Y todo cuanto pidáis con fe en la oración lo recibiréis.

CONTROVERSIAS CON LOS JUDIOS

[23] Cuando llegó al Templo se acercaron a él, mientras enseñaba, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo y le preguntaron: ¿Con qué potestad haces estas cosas? y ¿quién te ha dado tal potestad? [24] Jesús les respondió: También yo os voy a hacer una pregunta; si me la contestáis, yo os diré a mi vez con qué potestad hago estas cosas. [25] El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del Cielo o de los hombres? Ellos deliberaban entre sí diciendo: Si decimos que del Cielo, nos responderá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? [26] Si decimos que de los hombres, hemos de temer a la gente; pues todos tienen a Juan por profeta. [27] Contestaron a Jesús: No lo sabemos. El les respondió a su vez: Ni yo os digo con qué potestad hago estas cosas.
[28] ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. [29] Pero él le contestó: No quiero. Sin embargo se arrepintió después y fue. [30] Dirigiéndose entonces al segundo, le dijo lo mismo. Este le respondió: Voy, señor; pero no fue. [31] ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? El primero, dijeron ellos. Jesús prosiguió: En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os van a preceder en el Reino de Dios. [32] Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto os movisteis después a penitencia para poder creerle.
[33] Escuchad otra parábola. Cierto hombre que era propietario plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó de allí. [34] Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir sus frutos. [35] Pero los labradores, agarrando a los criados, a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. [36] De nuevo envió a otros criados en mayor número que los primeros, pero hicieron con ellos lo mismo. [37] Por último les envió a su hijo, diciéndose: A mi hijo lo respetarán. [38] Pero los labradores, al ver al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero. Vamos, matémoslo y nos quedaremos con su heredad. [39] Y, agarrándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron. [40] Cuando venga el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? [41] Le contestaron: A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo. [42] Jesús les dijo: ¿Acaso no habéis leído en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto y es admirable a nuestros ojos? [43] Por esto os digo que os será quitado el Reino de Dios y será dado a un pueblo que rinda sus frutos. [44] Y quien caiga sobre esta piedra quedará destrozado, y sobre quien ella caiga, lo aplastará.
[45] Al oír los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sus parábolas, comprendieron que se refería a ellos.
[46] Y aunque querían prenderle, tuvieron miedo a la multitud, porque lo tenían como profeta.


Cap. XXII

[1] Jesús les habló de nuevo en parábolas diciendo: [2] El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró las bodas de su hijo, [3] y envió a sus criados a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir. [4] Nuevamente envió a otros criados ordenándoles: Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas. [5] Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon uno a sus campos, otro a sus negocios; [6] los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y dieron muerte. [7] El rey se encolerizó y, enviando a sus tropas, acabó con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. [8] Luego dijo a sus criados: Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. [9] Id, pues, a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis. [10] Los criados, saliendo a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas. [11] Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; [12] y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda? Pero él se calló. [13] Entonces dijo el rey a sus servidores: Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes. [14] Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.
[15] Entonces los fariseos se retiraron y tuvieron consejo para ver cómo podían cazarle en alguna palabra. [16] Y le enviaron sus discípulos, junto con los herodianos, a preguntarle: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas de verdad el camino de Dios, y que no te dejas llevar de nadie, pues no haces acepción de personas. [17] Dinos, por tanto, qué te parece: ¿es lícito dar tributo al César, o no? [18] Conociendo Jesús su malicia, respondió: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? [19] Enseñadme la moneda del tributo. Y ellos le mostraron un denario. [20] Jesús les preguntó: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? [21] Le respondieron: Del César. Entonces les dijo: Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. [22] Al oírlo se quedaron admirados y dejándole se marcharon.
[23] Aquel día se acercaron a él unos saduceos, que niegan la resurrección, y le interrogaron: [24] Maestro, Moisés dijo: Si alguien muriese sin tener hijos, que su hermano se case con la mujer, para dar descendencia a su hermano. [25] Pues bien, había entre nosotros siete hermanos; el primero, una vez casado, falleció, y, al no tener descendencia, dejó su mujer a su hermano. [26] Lo mismo sucedió con el segundo y el tercero hasta el séptimo. [27] Después de todos ellos, murió la mujer. [28] Entonces, en la resurrección, ¿de cuál de los siete será mujer?, puesto que la tuvieron todos. [29] Jesús les respondió: Estáis en el error por no entender las Escrituras ni el poder de Dios: [30] pues en la resurrección ni los hombres tomarán mujer, ni las mujeres marido, sino que serán en el Cielo como los ángeles. [31] Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios: [32] Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Ahora bien, no es Dios de muertos sino de vivos. [33] Y la muchedumbre, al oírlo, se admiraba de su doctrina. [34] Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, [35] y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: [36] Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? [37] El le respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. [38] Este es el mayor y el primer mandamiento. [39] El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. [40] De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas.
[41] Estando reunidos los fariseos, Jesús les preguntó: [42] ¿Qué pensáis del Mesías? ¿De quién es hijo? Le respondieron: De David. [43] Les volvió a preguntar: ¿Cómo, entonces, David, movido por el Espíritu, le llama Señor al decir: [44] Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos bajo tus pies? [45] Pues si David le llama Señor, ¿cómo va a ser hijo suyo? [46] Y nadie podía responderle una palabra; y desde aquel día ninguno se atrevió a hacerle más preguntas.


Cap. XXIII

[1] Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos [2] diciéndoles: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. [3] Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no hagáis según sus obras, pues dicen pero no hacen. [4] Atan cargas pesadas e insoportables y las ponen sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. [5] Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres; ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. [6] Apetecen los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas [7] y los saludos en las plazas, y que la gente les llame Rabí. [8] Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar Rabí, porque sólo uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. [9] A nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial. [10] Tampoco os hagáis llamar doctores, porque vuestro Doctor es uno sólo: Cristo. [11] El mayor entre vosotros sea vuestro servidor. [12] El que se ensalce a sí mismo será humillado, y el que se humille a sí mismo será ensalzado.
[13] ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres! Porque ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que entrarían.
[15] ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que vais dando vueltas por mar y tierra para hacer un solo prosélito y, una vez convertido, le hacéis hijo del infierno dos veces más que vosotros.
[16] ¡Ay de vosotros, guías ciegos!, que decís: El jurar por el Templo no es nada; pero si uno jura por el oro del Templo, queda obligado. [17] ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más: el oro o el Templo que santifica al oro? [18] Y el jurar por el altar no es nada; pero si uno jura por la ofrenda que está sobre él, queda obligado. [19] ¡Ciegos! ¿Qué es más: la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? [20] Por tanto, quien ha jurado por el altar, jura por él y por todo lo que hay sobre él. [21] Y quien ha jurado por el Templo, jura por él y por Aquel que en él habita. [22] Y quien ha jurado por el Cielo, jura por el trono de Dios y por Aquel que en él está sentado.
[23] ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Estas cosas había que hacer, sin omitir aquéllas. [24] ¡Guías ciegos!, que coláis un mosquito y os tragáis un camello.
[25] ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro quedan llenos de carroña e inmundicia. [26] Fariseo ciego, limpia primero el interior de la copa, para que llegue a estar limpio también el exterior.
[27] ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre. [28] Así también vosotros por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.
[29] ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis las tumbas de los justos, [30] y decís: Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas. [31] Así, pues, atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. [32] Y vosotros, colmad la medida de vuestros padres.
[33] ¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo podréis escapar de la condenación del infierno? [34] Por eso he aquí que voy a enviar a vosotros profetas, sabios y escribas; a unos mataréis y crucificaréis, y a otros los flagelaréis en vuestras sinagogas y perseguiréis de ciudad en ciudad, [35] para que caiga sobre vosotros toda sangre inocente que ha sido derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, al que matasteis entre el Templo y el altar. [36] En verdad os digo: todo esto caerá sobre esta generación.
[37] ¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y lapidas a los que te son enviados. Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina cobija a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste. [38] He aquí que vuestra casa se os va a quedar desierta. [39] Así, pues, os aseguro que no me veréis hasta que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor.


Cap. XXIV

DISCURSO ESCATOLOGICO


[1] Después que Jesús salió del Templo, mientras se alejaba, se acercaron sus discípulos para llamar su atención sobre las construcciones del Templo. [2] Pero él les dijo: ¿Veis todo esto? En verdad os digo que no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida.
[3] Estando él sentado en el Monte de los Olivos, se le acercaron sus discípulos a solas y le preguntaron: Dinos cuándo ocurrirán estas cosas y cuál será el signo de tu venida y de la consumación del mundo.
[4] Jesús les respondió: Mirad que nadie os engañe; [5] pues muchos vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy el Cristo, y seducirán a muchos. [6] Oiréis hablar de guerras y de rumores de guerras. Mirad, no os turbéis, pues es necesario que ocurra, pero todavía no es el fin. [7] Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, y habrá hambres y terremotos en diversos lugares. [8] Todo esto es el comienzo de los dolores.
[9] Entonces os entregarán al tormento, os matarán y seréis odiados por todas las gentes a causa de mi nombre. [10] Y se escandalizarán muchos, se traicionarán mutuamente y se odiarán unos a otros. [11] Surgirán muchos falsos profetas y seducirán a muchos. [12] Y, al desbordarse la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos. [13] Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. [14] Y será predicado este Evangelio del Reino en todo el mundo en testimonio para todas las gentes, y entonces vendrá el fin.
[15] Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel, erigida en el lugar santo `quien lea, entienda`, [16] entonces los que estén en Judea huyan a los montes; [17] quien esté en el terrado no baje a tomar nada de su casa, [18] y quien esté en el campo no vuelva para tomar su manto. [19] ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! [20] Rogad, pues, para que vuestra huida no ocurra en invierno ni en sábado.
[21] Habrá entonces una gran tribulación, como no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. [22] Y si tales días no fuesen abreviados, no se salvaría nadie; pero en atención a los elegidos serán abreviados aquellos días.
[23] Entonces, si alguien os dijese que el Cristo está aquí o allí, no lo creáis; [24] porque surgirán falsos mesías y falsos profetas, y se presentarán con grandes señales y prodigios para engañar, si fuera posible, incluso a los elegidos. [25] Mirad que os lo he predicho. [26] Si, pues, os dijeran que está en el desierto, no vayáis; o que está en un lugar oculto, no lo creáis. [27] De la misma manera que el relámpago sale del oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del Hombre. [28] Donde quiera que esté el cuerpo allí se reunirán las águilas. [29] Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo y las potestades de los cielos se conmoverán. [30] Entonces aparecerá en el Cielo la señal del Hijo del Hombre, y en ese momento todas las tribus de la tierra prorrumpirán en llantos. Y verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria. [31] Y enviará a sus ángeles que, con trompeta clamorosa, reunirán a sus elegidos desde los cuatro vientos, de un extremo a otro de los cielos.
[32] Aprended de la higuera esta parábola: Cuando sus ramas están ya tiernas y brotan las hojas, conocéis que el verano está cerca. [33] Así también vosotros, cuando viereis todas estas cosas, sabed que es inminente, que está a las puertas. [34] En verdad os digo que no pasará esta generación hasta que todo esto ocurra. [35] El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
[36] Pero acerca de aquel día y hora nadie sabe, ni los ángeles de los Cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre. [37] Lo mismo que en el tiempo de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. [38] Pues, como en los días que precedieron al diluvio comían y bebían, tomaban mujer o marido hasta el día mismo en que entró Noé en el arca, [39] y no se dieron cuenta sino cuando llegó el diluvio y los arrebató a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre. [40] Entonces estarán dos en el campo: uno será tomado y el otro dejado. [41] Dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será tomada y la otra dejada.
[42] Velad, pues, ya que no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. [43] Sabed esto, que si el amo supiera a qué hora de la noche habría de venir el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que le horadasen su casa. [44] Por tanto, estad también vosotros preparados, porque a la hora que no sabéis vendrá el Hijo del Hombre.
[45] ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien su señor puso al frente de la servidumbre, para darles el alimento a su tiempo? [46] Dichoso aquel siervo, a quien su amo al venir encuentre haciendo así. [47] En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. [48] Pero si ese siervo fuese malo y pensara en su interior: Mi señor tardará, [49] y comenzase a golpear a sus compañeros y a comer y beber con los borrachos, [50] el día que menos espere y a una hora desconocida vendrá el amo de ese siervo, [51] y le dará el mayor castigo y le hará correr la suerte de los hipócritas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.


Cap. XXV

[1] Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que tomando sus lámparas salieron a recibir al esposo. [2] Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; [3] pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; [4] las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. [5] Como tardase en venir el esposo les entró sueño a todas y se durmieron. [6] A medianoche se oyó vocear: ¡Ya está ahí el esposo! ¡Salid a su encuentro! [7] Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. [8] Y las necias dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite porque nuestras lámparas se apagan. [9] Pero las prudentes les respondieron: Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras. [10] Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. [11] Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! [12] Pero él les respondió: En verdad os digo que no os conozco. [13] Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora.
[14] Es también como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. [15] A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad; y se marchó. [16] El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. [17] Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos. [18] Pero el que había recibido uno fue, cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor. [19] Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos. [20] Llegado el que había recibido los cinco talentos, presentó otros cinco diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste, he aquí otros cinco que he ganado. [21] Le respondió su amo: Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor. [22] Llegado también el que había recibido los dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste, he aquí otros dos que he ganado. [23] Le respondió su amo: Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor. [24] Llegado por fin el que había recibido un talento, dijo: Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; [25] por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo. [26] Le respondió su amo, diciendo: Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo de donde no he esparcido; [27] por eso mismo debías haber dado tu dinero a los banqueros, y así, al venir yo, hubiera recibido lo mío junto con los intereses. [28] Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene los diez.
[29] Porque a todo el que tenga se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. [30] En cuanto al siervo inútil, arrojadlo a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes.
[31] Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria, [32] y serán reunidas ante él todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, [33] y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio a su izquierda. [34] Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: [35] porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; [36] estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme. [37] Entonces le responderán los justos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?; [38] ¿cuándo te vimos peregrino y te acogimos, o desnudo y te vestimos? [39] o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a verte? [40] Y el Rey en respuesta les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis. [41] Entonces dirá a los que estén a la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles: [42] porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; [43] era peregrino y no me acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. [44] Entonces le replicarán también ellos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, peregrino o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos? [45] Entonces les responderá: En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo. [46] Y éstos irán al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna.


Cap. XXVI
PASION Y MUERTE DE JESUS


[1] Y sucedió que, cuando terminó Jesús todos estos discursos, dijo a sus discípulos: [2] Sabéis que de aquí a dos días será la Pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado.
[3] Entonces se reunieron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, [4] y acordaron apoderarse con engaño de Jesús y hacerle morir. [5] Pero decían: No sea en la fiesta, para que no se produzca alboroto entre el pueblo.
[6] Encontrándose Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, [7] se acercó a él una mujer que llevaba un frasco de alabastro lleno de un perfume de gran valor y lo derramó sobre su cabeza mientras estaba a la mesa. [8] Al ver esto, los discípulos se disgustaron y dijeron: ¿A qué viene este despilfarro? [9] Se podía haber vendido por mucho dinero y repartirlo a los pobres. [10] Pero Jesús, conociéndolo, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? Ha hecho una obra buena conmigo; [11] pues a los pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis. [12] Al derramar ella sobre mi cuerpo este perfume, se anticipó a mi sepultura. [13] En verdad os digo: Dondequiera que se predique este evangelio en todo el mundo, también se contará para memoria suya lo que ésta ha hecho. [14] Entonces, uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes, [15] y dijo: ¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. [16] Desde entonces buscaba una oportunidad para entregarlo.
[17] El primer día de los Azimos se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron: ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? [18] Jesús respondió: Id a la ciudad, a casa de tal persona, y comunicadle: El Maestro dice: mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos. [19] Los discípulos hicieron como les había mandado Jesús y prepararon la Pascua.
[20] Al anochecer se puso a la mesa con los doce discípulos. [21] Y mientras comían dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me va a traicionar. [22] Y, muy afligidos, comenzaron cada uno a decirle: ¿Acaso soy yo, Señor? [23] Pero él respondió: El que come conmigo en la misma fuente, ¡ése me va a entregar! [24] Ciertamente el Hijo del Hombre se va, según está escrito acerca de él; pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido. [25] Tomando la palabra Judas, el que iba a entregarlo, dijo: ¿Acaso soy yo, Rabí? Le respondió: Tú lo has dicho.
[26] Mientras cenaban, Jesús tomó pan y, pronunciada la bendición, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: Tomad y comed; esto es mi Cuerpo. [27] Y, tomando el cáliz y habiendo dado gracias, se lo dio diciendo: Bebed todos de él; [28] porque ésta es mi Sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados. [29] Os aseguro que no beberé desde ahora de este fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba con vosotros nuevo, en el Reino de mi Padre.
[30] Recitado el himno, salieron hacia el Monte de los Olivos. [31] Entonces Jesús les dice: Todos vosotros os escandalizaréis esta noche por mi causa, pues escrito está: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. [32] Pero, después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea. [33] Pedro le respondió: Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo nunca me escandalizaré. [34] Jesús le replicó: En verdad te digo que esta misma noche, antes de que cante el gallo, me negarás tres veces. [35] Pedro insistió: Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré. Todos los discípulos dijeron lo mismo.
[36] Entonces llegó Jesús con ellos a una finca llamada Getsemaní, y dijo a los discípulos: Sentaos aquí mientras voy allá a orar. [37] Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a sentir angustia. [38] Entonces les dijo: Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo. [39] Y adelantándose un poco, se postró rostro en tierra mientras oraba diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieras Tú.
[40] Volvió junto a sus discípulos y los encontró dormidos; entonces dijo a Pedro: ¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo? [41] Velad y orad para no caer en tentación: pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil. [42] De nuevo se apartó por segunda vez y oró diciendo: Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. [43] Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados de sueño. [44] Y, dejándolos, se apartó una vez más, y oró por tercera vez repitiendo las mismas palabras. [45] Finalmente va junto a sus discípulos y les dice: Dormid ya y descansad; mirad, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. [46] Levantaos, vamos; ya llega el que me va a entregar.
[47] Todavía estaba hablando, cuando llegó Judas, uno de los doce, acompañado de un gran gentío con espadas y palos, enviados por los príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo. [48] El traidor les había dado esta señal: Aquel a quien yo bese, ése es: prendedlo. [49] Y al momento se acercó a Jesús y dijo: Salve, Rabí; y le besó. [50] Pero Jesús le dijo: Amigo ¡a lo que has venido! Entonces, acercándose, echaron mano a Jesús y le prendieron.
[51] Uno de los que estaban con Jesús sacó la espada e hirió al criado del Sumo Sacerdote cortándole la oreja. [52] Entonces le dijo Jesús: Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que emplean espada a espada perecerán. [53] ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre y al instante pondría a mi disposición más de doce legiones de ángeles? [54] ¿Cómo entonces se cumplirían las Escrituras, según las cuales tiene que suceder así?
[55] En aquel momento dijo Jesús a las turbas: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos a prenderme? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y no me prendisteis. [56] Todo esto sucedió para que se cumplieran las escrituras de los Profetas. Entonces todos los discípulos, abandonándole, huyeron.
[57] Los que habían prendido a Jesús le llevaron a casa de Caifás, el Sumo Sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. [58] Pedro, por su parte, le seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; y, una vez dentro, se sentó con los sirvientes para ver el desenlace. [59] Los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para darle muerte; [60] pero no lo encontraron a pesar de los muchos falsos testigos presentados. Por último, se presentaron dos [61] que declararon: Este dijo: Yo puedo destruir el Templo de Dios y edificarlo de nuevo en tres días. [62] Y, levantándose, el Sumo Sacerdote le dijo: ¿Nada respondes? ¿Qué es lo que éstos testifican contra ti? [63] Pero Jesús permanecía en silencio. Entonces el Sumo Sacerdote le dijo: Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. [64] Jesús le respondió: Tú lo has dicho. Además os digo que en adelante veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo.
[65] Entonces el Sumo Sacerdote se rasgó las vestiduras diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ya lo veis, acabáis de oír la blasfemia. [66] ¿Qué os parece? Ellos respondieron: Reo es de muerte.
[67] Entonces comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas; los que le abofeteaban [68] decían: Adivínalo, Cristo, ¿quién te ha pegado?
[69] Entretanto Pedro estaba sentado fuera, en el atrio; se le acercó una sirvienta y le dijo: Tú también estabas con Jesús el Galileo. [70] Pero él lo negó delante de todos diciendo: No sé de qué hablas. [71] Al salir al portal le vio otra y dijo a los que había allí: Este estaba con Jesús el Nazareno. [72] De nuevo lo negó con juramento: No conozco a ese hombre. [73] Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: Desde luego tú también eres de ellos, pues tu habla lo manifiesta. [74] Entonces comenzó a imprecar y a jurar: No conozco a ese hombre. Y al momento cantó un gallo. [75] Y Pedro se acordó de las palabras que Jesús había dicho: Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Y, saliendo afuera, lloró amargamente.


Cap. XXVII

[1] Llegada la mañana, todos los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. [2] Y maniatado le llevaron y entregaron al procurador Pilato.
[3] Entonces Judas, el que le entregó, al ver que había sido condenado, movido por el remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los príncipes de los sacerdotes y ancianos, [4] diciendo: He pecado entregando sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿A nosotros qué nos importa?; tú verás. [5] Y, arrojando las monedas de plata en el Templo, fue y se ahorcó. [6] Los príncipes de los sacerdotes recogieron las monedas de plata y dijeron: No es lícito echarlas al tesoro del Templo, porque son precio de sangre. [7] Y habiéndolo deliberado en consejo, compraron con ellas el campo del Alfarero para sepultura de los peregrinos; [8] por lo cual ese campo se ha llamado, hasta el día de hoy, campo de Sangre. [9] Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: Y tomaron las treinta monedas de plata, precio en que fue valorado aquel a quien tasaron los hijos de Israel; [10] y las dieron para el campo del alfarero, tal como me lo ordenó el Señor.
[11] Jesús, pues, estaba en pie ante el procurador. El procurador le interrogó: ¿Eres tú el Rey de los Judíos? Jesús le respondió: Tú lo dices. [12] Y aunque lo acusaban los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, nada respondió. [13] Entonces Pilato le dijo: ¿No oyes cuántas cosas alegan contra ti? [14] Y no le respondió a pregunta alguna, de tal manera que el procurador quedó admirado en extremo.
[15] En el día de la fiesta, el procurador tenía costumbre de soltar un preso al pueblo; el que quisieran. [16] Había por aquel entonces un preso famoso llamado Barrabás. [17] Estando, pues, reunidos, les dijo Pilato: ¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?; [18] pues sabía que le habían entregado por envidia.
[19] Mientras estaba sentado en el tribunal, le mandó a decir su mujer: No te mezcles en el asunto de ese justo; pues hoy en sueños he sufrido mucho por causa suya. [20] Entretanto, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud para que pidiese a Barrabás e hiciese morir a Jesús. [21] El procurador les preguntó: ¿A quién de los dos queréis que os suelte? Ellos respondieron: A Barrabás. [22] Pilato les dijo: ¿Y qué haré con Jesús, el llamado Cristo? Todos contestaron: ¡Sea crucificado! [23] Les preguntó: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban más fuerte: ¡Sea crucificado!
[24] Al ver Pilato que no adelantaba nada, sino que el tumulto iba a más, tomó agua y se lavó las manos ante el pueblo diciendo: Soy inocente de esta sangre; vosotros veréis. [25] Y todo el pueblo gritó: ¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! [26] Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle hecho azotar, se lo entregó para que fuera crucificado.
[27] Entonces los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron en torno a él a toda la cohorte. [28] Le desnudaron, le pusieron una túnica roja [29] y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, y en su mano derecha una caña; se arrodillaban ante él y se burlaban diciendo: Salve, Rey de los Judíos.
[30] Le escupían y, quitándole la caña, le golpeaban en la cabeza. [31] Después de reírse de él, le despojaron de la túnica, le pusieron sus vestidos y le llevaron a crucificar.
[32] Cuando salían encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y le forzaron a que llevara su cruz. [33] Llegaron al lugar llamado Gólgota, esto es, lugar del Calvario. [34] Y le dieron a beber vino mezclado con hiel; y, una vez probado, no quiso beber. [35] Después de crucificarle, repartieron sus ropas, echándolas a suerte. [36] Y sentándose le custodiaban allí. [37] Pusieron escrita sobre su cabeza la causa de su condena: Este es Jesús, el Rey de los Judíos. [38] También crucificaron con él a dos ladrones: uno a la derecha y otro a la izquierda.
[39] Los que pasaban le injuriaban moviendo la cabeza [40] y diciendo: Tú que destruyes el Templo y en tres días lo edificas de nuevo, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz. [41] Del mismo modo, los príncipes de los sacerdotes se burlaban a una con los escribas y ancianos, y decían: [42] Salvó a otros, y a sí mismo no puede salvarse; es el Rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él; [43] confió en Dios, que le salve ahora si le quiere de verdad, pues dijo: Soy Hijo de Dios. [44] De la misma manera, también le insultaban los ladrones que habían sido crucificados con él.
[45] Se oscureció toda la tierra desde la hora sexta hasta la hora nona. [46] Hacia la hora nona Jesús clamó con fuerte voz: Elí, Elí, lemá sabacthaní?, es decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? [47] Algunos de los allí presentes, al oírlo, decían: Este llama a Elías. [48] E inmediatamente uno de ellos corrió y, tomando una esponja, la empapó en vinagre, la puso en una caña y se lo dio a beber. [49] Los demás decían: ¡Déjalo! Veamos si viene Elías a salvarle. [50] Pero Jesús, dando de nuevo una fuerte voz, entregó el espíritu.
[51] Y al momento, el velo del Templo se rasgó en dos partes, de arriba abajo, y la tierra tembló y las piedras se partieron; [52] se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de los santos, que habían muerto, resucitaron. [53] Y saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. [54] El centurión y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, se llenaron de un gran temor y dijeron: En verdad éste era Hijo de Dios. [55] Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle. [56] Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
[57] Al atardecer vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús. [58] Este se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato, entonces, ordenó que se lo entregaran. [59] Y José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia [60] y lo puso en el sepulcro suyo, que era nuevo y había mandado excavar en la roca; e hizo arrimar una gran piedra a la puerta del sepulcro y se marchó. [61] Estaban allí María Magdalena y la otra María sentadas frente al sepulcro.
[62] Al día siguiente de la Parasceve se reunieron los príncipes de los sacerdotes y los fariseos ante Pilato [63] y le dijeron: Señor, nos hemos acordado de que ese impostor dijo en vida: Al tercer día resucitaré. [64] Manda, pues, custodiar el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan al pueblo: Ha resucitado de entre los muertos; y sea la última impostura peor que la primera. [65] Pilato les respondió: Ahí tenéis la guardia; id y custodiad como sabéis. [66] Ellos marcharon y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.


Cap. XXVIII
RESURRECCION DE JESUS


[1] Pasado el sábado, al alborear el día primero de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. [2] Y he aquí que se produjo un gran terremoto, pues un ángel del Señor descendió del Cielo y, acercándose, removió la piedra y se sentó sobre ella. [3] Su aspecto era como de relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. [4] Llenos de miedo, los guardias se aterrorizaron y se quedaron como muertos. [5] El ángel tomó la palabra y dijo a las mujeres: No temáis vosotras; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. [6] No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Venid, ved el sitio donde estaba puesto. [7] Marchad en seguida y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo dije.
[8] Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y gran alegría, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. [9] De pronto Jesús les salió al encuentro y les dijo: Alegraos. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron. [10] Entonces Jesús les dijo: No temáis; id y anunciad a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán.
[11] Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los príncipes de los sacerdotes todo lo sucedido. [12] Reunidos con los ancianos, después de haberlo acordado, dieron una buena suma de dinero a los soldados [13] con el encargo de decir: Sus discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras nosotros dormíamos. [14] Si esto llegara a oídos del procurador, nosotros le calmaremos y cuidaremos de vuestra seguridad. [15] Ellos tomaron el dinero y actuaron según las instrucciones recibidas. Así se divulgó este rumor entre los judíos hasta el día de hoy.
[16] Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. [17] Y, al verlo, le adoraron; pero otros dudaron. [18] Y acercándose Jesús les habló: Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. [19] Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; [20] y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.