CATEQUESIS SOBRE EL ESPÍRITU SANTO

JUAN PABLO II

(26-04-89 a 18-03-91)

ESPÍRITU SANTO -1-


(EL ESPÍRITU SANTO PROMETIDO)


26-04-89 EL ESPÍRITU SANTO QUE CRISTO NOS PROMETIÓ

1. «Creo en el Espíritu Santo».

En el desarrollo de una catequesis sistemática bajo la guía del Símbolo de los Apóstoles, después de haber explicado los artículos sobre Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre por nuestra salvación, hemos llegado a la profesión de fe en el Espíritu Santo. Completado el ciclo cristológico, se abre el neumatológico, que el Símbolo de los Apóstoles expresa con una fórmula concisa: «Creo en el Espíritu Santo».

El llamado Símbolo niceno-constantinopolitano desarrolla más ampliamente la fórmula del artículo de fe: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas».

2. El Símbolo, profesión de fe formulada por la Iglesia, nos remite a las fuentes bíblicas, donde la verdad sobre el Espíritu Santo se presenta en el contexto de la revelación de Dios Uno y Trino. Por tanto, la neumatología de la Iglesia está basada en la Sagrada Escritura, especialmente en el Nuevo Testamento, aunque, en cierta medida, hay preanuncios de ella en el Antiguo.

La primera fuente a la que podemos dirigirnos es un texto joaneo contenido en el «discurso de despedida» de Cristo el día antes de la pasión y muerte en cruz. Jesús habla de la venida del Espíritu Santo en conexión con la propia «partida», anunciando su venida (o descenso) sobre los Apóstoles. «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy os lo enviaré» (Jn 16, 7).

El contenido de este texto puede parecer paradójico. Jesús, que tiene que subrayar: «Pero yo os digo la verdad», presenta la propia «partida» y por tanto la pasión y muerte en cruz como un bien: «Os conviene que yo me vaya...». Pero enseguida explica en qué consiste el valor de su muerte: por ser una muerte redentora, constituye la condición para que se cumpla el plan salvífico de Dios que tendrá su coronación en la venida del Espíritu Santo; constituye por ello la condición de todo lo que, con esta venida, se verificará para los Apóstoles y para la Iglesia futura a medida que, acogiendo el Espíritu, los hombres reciban la nueva vida. La venida del Espíritu y todo lo que de ella se derivará en el mundo será fruto de la redención de Cristo.

3. Si la partida de Jesús tiene lugar mediante la muerte en cruz, se comprende que el Evangelista Juan haya podido ver, ya en esta muerte, la potencia y, por tanto, la gloria del Crucificado: Pero las palabras de Jesús implican también la ascensión al Padre como partida definitiva (Cfr. Jn 16, 10), según lo que leemos en los Hechos de los Apóstoles: «Exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido» (Hech 2, 33).

La venida del Espíritu Santo sucede después de la ascensión al cielo. La pasión y muerte redentora de Cristo producen entonces su pleno fruto. Jesucristo, Hijo del hombre, en el culmen de su misión mesiánica, «recibe» del Padre el Espíritu Santo en la plenitud en que este Espíritu debe ser «dado» a los Apóstoles y a la Iglesia, para todos los tiempos. Jesús predijo: «Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Es una clara indicación de la universalidad de la redención, tanto en el sentido extensivo dela salvación obrada para todos los hombres, cuanto en el intensivo de totalidad de los bienes de gracia que se les han ofrecido.

2. Pero esta redención universal debe realizarse mediante el Espíritu Santo.

4. El Espíritu Santo es el que «viene» después y en virtud de la «partida» de Cristo. Las palabras de Jn 16, 7, expresan una relación de naturaleza causal. El Espíritu viene mandado en virtud de la redención obrada por Cristo: «Cuando me vaya os lo enviaré» (Cfr. Encíclica Dominum et Vivificantem, 8). Más aún, según el designio divino, la «partida» de Cristo es condición indispensable del «envío» y de la venida del Espíritu Santo, indican que entonces comienza la nueva comunicación salvífica por el Espíritu Santo (ib. n. 11).

Si es verdad que Jesucristo, mediante su elevación «en la cruz, debe atraer a todos hacia sí» (Cfr. Jn 12, 32), a la luz de las palabras del Cenáculo entendemos que ese «atraer» es actuado por Cristo glorioso mediante el envío del Espíritu Santo. Precisamente por esto Cristo debe irse. La encarnación alcanza su eficacia redentora mediante el Espíritu Santo. Cristo, al marcharse de este mundo, no sólo deja su mensaje salvífico, sino que da el Espíritu Santo, al que está ligada la eficacia del mensaje y de la misma redención en toda su plenitud.

5. El Espíritu Santo presentado por Jesús especialmente en el discurso de despedida en el Cenáculo, es evidentemente una Persona diversa de Él: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito» (Jn 14, 16). «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). Jesús habla del Espíritu Santo adoptando frecuentemente el pronombre personal «él»: «Él convencerá al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8). «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa» (Jn 16, 13), «Él me dará gloria» (Jn 16, 14). De estos textos emerge la verdad del Espíritu Santo como Persona, y no sólo como una potencia impersonal emanada de Cristo Cfr. por ejemplo Lc 6,19: «De él salía una fuerza». Siendo una Persona, le pertenece un obrar propio, de carácter personal. En efecto, Jesús, hablando del Espíritu Santo, dice a los Apóstoles: «Vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y en vosotros está» (Jn 14, 17). «Él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14 26), «Dará testimonio de mí» (Jn 15, 26); «Os guiará a la verdad completa», «Os anunciará lo que ha de venir» (Jn 16, 13); «Él dará gloria» a Cristo (Jn 16, 14), y «convencerá al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8). El Apóstol Pablo, por su parte, afirma que «el Espíritu clama» en nuestros corazones (Gal 4, 6), «distribuye» sus dones a cada uno en particular «según su voluntad» (1 Cor 12, 11), «intercede por los fieles» (Cfr. Rom 8, 27).

6. El Espíritu Santo revelado por Jesús es, por tanto, un ser personal tercera Persona de la Trinidad con un obrar propio personal. Pero en el mismo discurso de «despedida», Jesús muestra los vínculos que unen a la persona del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo: por ello el anuncio de la venida del Espíritu Santo en ese «discurso de despedida», es al mismo tiempo la definitiva revelación de Dios como Trinidad.

Efectivamente, Jesús dice a los Apóstoles: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito» (Jn 14, 16): «el Espíritu de la verdad, que procede del Padre» (Jn 15, 26) que «el Padre enviará en mi nombre» (Jn 14, 26). El Espíritu Santo es, por tanto, una persona distinta del Padre y del Hijo y, al mismo tiempo, unida íntimamente a ellos: «procede» del Padre, «el Padre lo envía» en el hombre del Hijo: y esto en consideración de la redención, realizada por el Hijo mediante la ofrenda de Sí mismo en la cruz. Por ello Jesucristo dice: «Si me voy os lo enviaré» (Jn 16, 7). El Espíritu de verdad que «procede del Padre» es anunciado por Cristo como «el Paráclito, que yo os enviaré junto al Padre» (Jn 15, 26).

7. En el texto de Juan, que refiere el discurso de Jesús en el Cenáculo, está contenida, por tanto, la revelación de la acción salvífica de Dios como Trinidad. En la Encíclica Dominum et Vivificantem he escrito: «El Espíritu Santo, consubstancial al Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don (increado), del que deriva como de una fuente fons vivus toda dádiva a las criaturas (don creado): la donación de la existencia a todas las cosas mediante la creación; la donación de la gracia a los hombres mediante toda la economía de la salvación» (n. 10).

En el Espíritu Santo se halla, pues, la revelación de la profundidad de la Divinidad: el misterio de la Trinidad en el que subsisten las Personas divinas, pero abierto al hombre para darle vida y salvación. A ello se refiere San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, cuando escribe: «El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (1 Cor 2, 10).



EL ESPÍRITU DE LA VERDAD (17.V.89)



1. Hemos citado varias veces las palabras de Jesús, que en discurso de despedida dirigido a los Apóstoles en el Cenáculo promete la venida del Espíritu Santo como nuevo y definitivo defensor y consolador: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque le ve ni le conoce» (Jn 14, 16-7). Aquel «discurso de despedida», que se encuentra en la narración solemne de la última cena (Cfr. Jn 13, 2), es una fuente de primera importancia para neumatología, es decir, para la disciplina teológica que se refiere al Espíritu Santo. Jesús habla de Él como del Paráclito, que «procede» del Padre, y que el Padre «enviará» a los Apóstoles a la Iglesia «en nombre del Hijo», cuando el propio Hijo se vaya, «a costa» de su partida mediante el sacrificio de la cruz.

Hemos de considerar el hecho de que Jesús llama al Paráclito el «Espíritu de la verdad». También en otros momentos lo ha llamado así (Cfr. Jn 15, 26; Jn 16, 13).

2. Tengamos presente que en el mismo «discurso de despedida» Jesús, respondiendo a una pregunta del Apóstol Tomás acerca de su identidad, afirma de sí mismo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). De esta doble referencia a la verdad que Jesús hace para definir tanto a Sí mismo como al Espíritu Santo se deduce que, si el Paráclito es llamado por Él «Espíritu de la verdad», esto significa que el Espíritu Santo es quien después de la partida de Cristo, mantendrá entre los discípulos la misma verdad, que Él ha anunciado y revelado y, más aún, que es Él mismo. El Paráclito, en efecto, es la verdad, como lo es Cristo. Lo dirá Juan en su Primera Carta: «El Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad» (1 Jn 5, 6). En la misma Carta el Apóstol escribe también: «Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error «spiritus erroris» (1 Jn 4, 6). La misión del Hijo y la del Espíritu Santo encuentran, están ligadas y se complementan recíprocamente en la afirmación de la verdad y en la victoria sobre el error. Los campos de acción en que actúa son el espíritu humano y la historia del mundo. La distinción entre la verdad y error es el primer momento de dicha actuación.

3. Permanecer en la verdad y obrar en la verdad es el problema esencial para los Apóstoles y para los discípulos de Cristo, tanto de los primeros tiempos como de todas las nuevas generaciones de la Iglesia a lo largo de los siglos. Desde este punto de vista, el anuncio del Espíritu de la verdad tiene una importancia clave. Jesús dice en el Cenáculo: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora todavía no podéis con ello» (Jn 16, 12). Es verdad que la misión mesiánica de Jesús duró poco, demasiado poco para revelar a los discípulos todos los contenidos de la revelación. Y no sólo fue breve el tiempo a disposición, sino que también resultaron limitadas la preparación y la inteligencia de los oyentes. Varias veces se dice que los mismos Apóstoles «estaban desconcertados en su interior» (Cfr. Mc 6, 52), y «no entendían» (Cfr., por ejemplo, Mc 8, 21), o bien entendían erróneamente las palabras y las obras de Cristo (Cfr., por ejemplo, Mt 16, 6-11).

Así se explican en toda la plenitud de su significado las palabras del Maestro: «Cuando venga... el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa» (Jn 16, 13).

4. La primera confirmación de esta promesa de Jesús tendrá lugar en Pentecostés y en los días sucesivos, como atestiguan los Hechos de los Apóstoles. Pero la promesa no se refiere sólo a los Apóstoles y a sus inmediatos compañeros en la evangelización, sino también a las futuras generaciones de discípulos y de confesores de Cristo. El Evangelio, en efecto, está destinado a todas las naciones y a las generaciones siempre nuevas, que se desarrollarán en el contexto de las diversas culturas y del múltiple progreso dela civilización humana. Mirando todo el arco de la historia Jesús dice: «El Espíritu del a verdad, que procede del Padre, dará testimonio de mí». «Dará testimonio», es decir, mostrará el verdadero sentido del Evangelio en el interior de la Iglesia para que ella lo anuncie de modo auténtico a todo el mundo. Siempre y en todo lugar, incluso en la interminable sucesión de las cosas que cambian desarrollándose en la vida de la humanidad, el «espíritu de la verdad» guiará a la Iglesia «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13).

5. La relación entre la revelación comunicada por el Espíritu Santo y la de Jesús es muy estrecha. No se trata de una revelación diversa, heterogénea. Esto se puede argumentar desde una peculiaridad del lenguaje que Jesús usa en su promesa: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). El recordar es la función de la memoria. Recordando se vuelve a lo pasado, a lo que se ha dicho y realizado, renovando así en la conciencia las cosas pasadas, y casi haciéndolas revivir. Tratándose especialmente del Espíritu Santo, espíritu de una verdad cargada del poder divino, su misión no se agota al recordar el pasado como tal: «recordando» las palabras, las obras y todo el misterio salvífico de Cristo, el Espíritu de la verdad lo hace continuamente presente en la Iglesia, de modo que revista una «actualidad» siempre nueva en la comunidad de la salvación. Gracias a la acción del Espíritu Santo, la Iglesia no sólo recuerda la verdad, sino que permanece y vive en la verdad recibida de su Señor. También de este modo se cumplen las palabras de Cristo: «Él el Espíritu Santo dará testimonio de mío (Jn 15, 26). Este testimonio del Espíritu de la verdad se identifica así con la presencia de Cristo siempre vivo, con la fuerza operante del Evangelio, con la actuación creciente de la redención, con una continua ilustración de verdad y de virtud. De este modo, el Espíritu Santo «guía» a la Iglesia «hasta la verdad completa».

6. Tal verdad está presente, al menos de manera implícita, en el Evangelio. Lo que el Espíritu Santo revelará ya lo dijo Cristo. Lo revela Él mismo cuando, hablando del Espíritu Santo, subraya que «no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga... Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 13)14). Cristo, glorificado por el Espíritu de la verdad, es, ante todo, el mismo Cristo crucificado, despojado de todo y casi «aniquilado» en su humanidad para la redención del mundo. Precisamente por obra del Espíritu Santo la «palabra de la cruz» tenia que ser aceptada por los discípulos, a los cuales el mismo Maestro había dicho: «Ahora todavía no podéis con ello» (Jn 16, 12). Se presentaba, ante aquellos pobres hombres, la imagen de la cruz. Era necesaria un acción profunda para hacer que sus mentes y sus corazones fuesen capaces de descubrir la «gloria de la redención» que se había realizado precisamente en la cruz. Era necesario una intervención divina para convencer y transformar interiormente a cada uno de ellos, como preparación, sobre todo, para el día de Pentecostés, y, posteriormente la misión apostólica en el mundo. Y Jesús les advierte Espíritu Santo «me dará gloria, porque recibirá de lo mío anunciará a vosotros». Sólo el Espíritu que, según San Pablo (1 Cor 2, 10) «sondea las profundidades de Dios», conocer el misterio del Hijo-Verbo en su relación filial con el Padre y en su relación redentora con los hombres de todos los tiempos. Él, el Espíritu de la verdad, puede abrir las mentes y los corazones humanos haciéndolos capaces de aceptar el inescrutable misterio de Dios y de su Hijo encarnado, crucificado y resucitado Jesucristo el Señor.

7. Jesús añade: «El Espíritu de la verdad... os anunciará que ha de venir» (Jn 16, 13). ¿Qué significa esta proyección profética y escatológica con la que Jesús coloca bajo el radio de acción del Espíritu Santo el futuro de la Iglesia, todo el camino histórico que ella está llamada a realizar a lo largo de los siglos?. Significa ir al encuentro de Cristo glorioso, hacia tiende en virtud de la invocación suscitada por el Espíritu Santo: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 17,20). El Espíritu conduce a la Iglesia hacia un constante progreso en la comprensión de la verdad revelada. Vela por la enseñanza de dicha verdad, por su conservación, por su aplicación a las cambiantes situaciones históricas. Suscita y conduce el desarrollo de todo lo que contribuye al conocimiento y ala difusión de esta verdad: en particular, la exégesis de la Sagrada Escritura y la investigación teológica, que nunca se pueden separar de la dirección del Espíritu de la verdad ni del Magisterio de la Iglesia, en el que el Espíritu siempre está actuando.

Todo acontece en la fe y por la fe, bajo la acción del Espíritu, como he dicho en la Encíclica Dominum et vivificantem: «El misterio de Cristo en su globalidad exige la fe, ya que ésta introduce oportunamente al hombre en la realidad del misterio revelado. El "guiar hasta la verdad completa" se realiza, pues, en la fe y mediante la fe, lo cual es obra del Espíritu de verdad y fruto de su acción en el hombre. El Espíritu debe ser en esto la guía suprema del hombre y la luz del espíritu humano. Esto sirve para los Apóstoles, testigos oculares, que deben llevar ya a todos los hombres el anuncio de lo que Cristo "hizo y enseñó" y, especialmente, el anuncio de su cruz y de su resurrección. En una perspectiva más amplia esto sirve también para todas las generaciones de discípulos y confesores del Maestro, ya que deberán aceptar con fe y confesar con lealtad el misterio de Dios operante en la historia del hombre, el misterio revelado que explica el sentido definitivo de esa historia» (n. 6).

8. De este modo, el «Espíritu de la verdad» continuamente anuncia los acontecimientos futuros; continuamente muestra a la humanidad este futuro de Dios, que está por encima y fuera de todo futuro «temporal»; y así llena de valor eterno el futuro del mundo. Así el Espíritu convence al hombre, haciéndole entender que, con todo lo que es, y tiene, y hace, está llamado por Dios en Cristo a la salvación. Así, el «Paráclito», el Espíritu de la verdad, es el verdadero «Consolador» del hombre. Así es el verdadero Defensor y Abogado. Así es el verdadero Garante del Evangelio en la historia: bajo su acción la Buena Nueva es siempre «la misma» y es siempre «nueva»; y de modo siempre nuevo ilumina el camino del hombre en la perspectiva del cielo con «palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).



NUESTRO ABOGADO DEFENSOR (24.V.89)


1. En la pasada catequesis sobre el Espíritu Santo hemos partido del texto de Juan, tomado del «discurso de despedida» de Jesús, que constituye, en cierto modo, la principal fuente evangélica de la neumatología. Jesús anuncia la venida del Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, que «procede del Padre» (Jn 15, 26) y que será enviado por el Padre a los Apóstoles y a la Iglesia «en el nombre» de Cristo, en virtud de la redención llevada cabo en el sacrificio de la cruz, según el eterno designio de salvación. Por la fuerza de este sacrificio también el Hijo »envía» el Espíritu, anunciando que su venida se efectuará como consecuencia y casi al precio de su propia partida (Cfr Jn 16, 17). Hay, por tanto, un vínculo establecido por el mismo Jesús, entre su muerte-resurrección-ascensión y la efusión del Espíritu Santo, entre Pascua y Pentecostés. Más aún, según el IV Evangelio, el don del Espíritu Santo se concede la misma tarde de la resurrección (Cfr. Jn 20, 22-25). Se puede decir que la herida del costado de Cristo en la cruz abre el camino a la efusión del Espíritu Santo, que será un signo y un fruto de la gloria obtenida con la pasión y muerte.

El texto del discurso de Jesús en el Cenáculo nos manifiesta también que Él llama al Espíritu Santo el «Paráclito»: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14,16). De forma análoga, también leemos en otros textos: « el Paráclito, el Espíritu Santo» (Cfr. Jn 14, 26; Jn 15, 26; Jn 6, 7). En vez de «Paráclito» muchas traducciones emplean la palabra «Consolador»; ésta es aceptable, aunque es necesario recurrir al original griego «Parakletos» para captar plenamente el sentido de lo que Jesús dice del Espíritu Santo.

2. «Parakletos» literalmente significa: «aquel que es invocado» de para-kaléin, «llamar en ayuda»; y, por tanto, «el defensor». «el abogado», además de «el mediador», que realiza la función de intercesor («intercessor») Es, en este sentido de «Abogado-Defensor», el que ahora nos interesa, sin ignorar que algunos Padres de la Iglesia usan «Parakletos» en el sentido de «Consolador», especialmente en relación a la acción del Espíritu Santo en lo referente a la Iglesia. Por ahora fijamos nuestra atención y desarrollamos el aspecto del Espíritu Santo como Parakletos-Abogado-Defensor. Este término nos permite captar también la estrecha afinidad entre la acción de Cristo y la del Espíritu Santo, como resulta de un ulterior análisis del texto de Juan.

3. Cuando Jesús en el Cenáculo, la vigilia de su pasión, anuncia la venida del Espíritu Santo, se expresa de la siguiente manera: «EI Padre os dará otro Paráclito». Con estas palabras se pone de relieve que el propio Cristo es el primer Paráclito, y que la acción del Espíritu Santo será semejante a la que Él ha realizado, constituyendo casi su prolongación.

Jesucristo, efectivamente, era el «defensor» y continúa siéndolo. El mismo Juan lo dirá en su Primera Carta a: «Si alguno peca, tenemos a uno que abogue "Parakletos" ante el Padre: a Jesucristo, el Justo» (1 Jn 2, 1).

El abogado defensor es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a los pecados cometidos, los defiende del castigo merecido por sus pecados, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es precisamente lo que ha realizado Cristo. Y el Espíritu Santo es llamado «el Paráclito», porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.

4. El Paráclito será «otro abogado-defensor» también por una segunda razón. Permaneciendo con los discípulos de Cristo, Él los envolverá con su vigilante cuidado con virtud omnipotente. «Yo pediré al Padre dice Jesús y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 16): «mora con vosotros y en vosotros está» (Jn 14, 17). Esta promesa está unida a las otras que Jesús ha hecho al ir al Padre: «Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Nosotros sabemos que Cristo es el Verbo que «se hizo carne y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1,14). Sí, yendo al Padre, dice: «Yo estoy con vosotros.. hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20), se deduce de ello que los Apóstoles y la Iglesia tendrán que reencontrar continuamente por medio del Espíritu Santo aquella presencia del Verbo-Hijo, que durante su misión terrena era «física» y visible en la humanidad asumida, pero que, después de su ascensión al Padre, estará totalmente inmersa en el misterio. La presencia del Espíritu Santo que, como dijo Jesús, es íntima a las almas y a la Iglesia «Él mora con vosotros y en vosotros está» (Jn 14, 17), hará presente a Cristo invisible de modo estable, «hasta el fin del mundo». La unidad trascendente del Hijo y del Espíritu Santo hará que la humanidad de Cristo, asumida por el Verbo, habite y actúe dondequiera que se realice, con la potencia del Padre, el designio trinitario de la salvación.

5. El Espíritu Santo-Paráclito será el abogado defensor de los Apóstoles, y de todos aquellos que, a lo largo de los siglos, serán en la Iglesia los herederos de su testimonio y de su apostolado, especialmente en los momentos difíciles que comprometerán su responsabilidad hasta el heroísmo. Jesús lo predijo y lo prometió: «os entregarán a los tribunales... seréis llevados ante gobernadores y reyes... Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar... no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10, 17-20; análogamente Mc 13, 11; Lc 12,12, dice: «porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir»).

También en este sentido tan concreto, el Espíritu Santo es el Paráclito-Abogado. Se encuentra cerca de los Apóstoles, más aún, se les hace presente cuando ellos tienen que confesar la verdad, motivarla y defenderla. Él mismo se convierte, entonces, en su inspirador; Él mismo habla con sus palabras, y juntamente con ellos y por medio de ellos da testimonio de Cristo y de su Evangelio. Ante los acusadores Él llega a ser como el «abogado» invisible de los acusados, por el hecho de que actúa como su patrocinador, defensor, confortador.

6. Especialmente durante las persecuciones contra los Apóstoles y contra los primeros cristianos, y también en aquellas persecuciones de todos los siglos, se verificarán las palabras que Jesús pronunció en el Cenáculo: «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré junto al Padre..., Él dará testimonio de mi Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio» (Jn 15, 26-27).

LA Acción del Espíritu Santo es «dar testimonio». Es una acción interior, «inmanente», que se desarrolla en el corazón de los discípulos, los cuales, después, dan testimonio de Cristo al exterior. Mediante aquella presencia y aquella acción inmanente, se manifiesta y avanza en el mundo el «trascendente» poder de la verdad de Cristo, que es el Verbo, Verdad y Sabiduría. De Él deriva a los Apóstoles, mediante el Espíritu, el poder de dar testimonio según su promesa: «Yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios» (Lc 21, 15). Esto viene sucediendo ya desde el caso del primer mártir, Esteban, del que el autor de los Hechos de los Apóstoles escribe que estaba «lleno del Espíritu Santo» (Hech 6,5), de modo que los adversarios «no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba» (Hech 6, 10). También en los siglos sucesivos los adversarios de la fe cristiana han continuado ensañándose contra los anunciadores del Evangelio, apagando a veces su voz en la sangre, sin llegar, sin embargo, a sofocar la Verdad de la que eran portadores: ésta ha seguido fortaleciéndose en el mundo con la fuerza del Espíritu Santo.

7. El Espíritu Santo Espíritu de la verdad, Paráclito es aquel que, según la palabra de Cristo, «convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio» (Jn 16, 8). Es significativa la explicación que Jesús mismo hace de estas palabras: pecado, justicia y juicio. «Pecado« significa, sobre todo, la falta de fe que Jesús encuentra entre «los suyos«, es decir, los de su pueblo, los cuales llegaron incluso a condenarle a muerte en la cruz. Hablando después de la «justicia», Jesús parece tener en mente aquella justicia definitiva, que el Padre le hará «... por que voy al Padre» en la resurrección y en la ascensión al cielo. En este contexto, «juicio» significa que el Espíritu de la verdad mostrará la culpa del «mundo» al rechazar a Cristo, o, más generalmente, al volverla espalda a Dios. Pero puesto que Cristo no ha venido al mundo para juzgarlo o condenarlo, sino para salvarlo, en realidad también aquel «convencer respecto al pecado» por parte del Espíritu de la verdad tiene que entenderse como intervención orientativa a la salvación del mundo, al bien último de los hombres.

El «juicio» se refiere, sobre todo, al «príncipe de este mundo», es decir, a Satanás. Él, en efecto, desde el principio, intenta llevar la obra de la creación contra la alianza y la unión del hombre con Dios: se opone conscientemente a la salvación. Por esto «ha sido ya juzgado» desde el principio, como expliqué en la Encíclica Dominum et vivificantem (n. 27).

8. Si el Espíritu Santo Paráclito debe convencer al mundo precisamente de este «juicio», sin duda lo tiene que hacer para continuar la obra de Cristo que mira a la salvación universal (Cfr. ib.).

Por tanto, podemos concluir que en el dar testimonio de Cristo, el Paráclito es un asiduo aunque invisible Abogado y Defensor de la obra de la salvación, y de todos aquellos que se comprometen en esta obra. Y es también el Garante de la definitiva victoria sobre el pecado y sobre el mundo sometido al pecado, para librarlo del pecado e introducirlo en el camino de la salvación.



LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO, SELLO DE LA NUEVA ALIANZA (31.V.89)

1. «Mirad yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre» (Lc 24, 29). Después de los anuncios hechos por Jesús a los Apóstoles el día a antes de su pasión y muerte, ahora, en el Evangelio de Lucas, está la promesa de un próximo cumplimiento. En las catequesis anteriores nos hemos basado, sobre todo, en el texto del «discurso de la despedida», del Evangelio de Juan, analizando lo que dice Jesús en la última Cena sobre el Paráclito y sobre su venida: texto fundamental en cuanto nos trae el anuncio y la promesa de Jesús que, en vísperas de su muerte, vincula la venida del Espíritu con su «partir» subrayando así que tendrá el «precio» de su marcha. Por eso Jesús dice «Os conviene que yo me vaya» (Jn 16, 7).

También el Evangelio de Lucas, en su parte final, aporta sobre el tema importantes afirmaciones de Jesús, después de su resurrección. Dice: «Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre... permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24, 49). El Evangelista reitera esta misma afirmación al principio de los Hechos de los Apóstoles, libro del cual es también autor: «Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del padre» (Hech 1, 4).

2. Hablando de la «Promesa del Padre», Jesús señala la venida del Espíritu Santo ya anunciada de antemano en el antiguo Testamento. Leemos eh el Libro del profeta Joel: «Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones» (Jn 13, 1)2). Precisamente a este texto del Profeta Joel hará referencia Pedro en el primer discurso de Pentecostés, como veremos inmediatamente.

También Jesús, cuando habla de la «promesa del Padre» recuerda el anuncio de los profetas, significativo incluso en su carácter genérico. Los anuncios de Jesús en la última Cena son explícitos y directos. Si ahora, después de la resurrección, se refiere al Antiguo Testamento, es señal de que quiere poner de relieve la continuidad de la verdad neumatológica a lo largo de toda la Revelación. Quiere decir que Cristo da cumplimiento a todas las promesas hechas por Dios ya en la antigua Alianza.

3. Estas promesas han encontrado una expresión concreta en el Profeta Ezequiel (36, 22.28). Dios anuncia, por medio del profeta, la revelación de su propia santidad, profanada por los pecados del pueblo elegido, especialmente por la idolatría. Anuncia también que de nuevo reunirá a Israel purificándolo de toda mancha. Y luego promete: «Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra...Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas..., seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ez 36, 26-28) .

El oráculo de Ezequiel precisaba, con la promesa del don del Espíritu, la conocida profecía de Jeremías sobre la Nueva Alianza: «He aquí que vienen días oráculo de Yahvéh en que yo pactaré con la casa de Israel y con la casa de Judá una nueva Alianza... pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jr 31,31.33). En este texto el profeta subraya que esta «nueva Alianza» será distinta de la anterior, esto es, de aquella que estaba vinculada con la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto.

4. Jesús, antes de marchar al Padre, en la proximidad de lo que iba a suceder el día de Pentecostés, recuerda las promesas proféticas. Tiene presente, de modo especial, los textos tan elocuentes de Ezequiel y de Jeremías, en los que se hace ex presa referencia a la «alianza nueva». Este «infundir en vosotros un espíritu nuevo», proféticamente anunciado y prometido, está dirigido al «corazón», a la esencia interior, espiritual, del hombre. El fruto de este injertar un espíritu nuevo será la colocación de la ley de Dios en lo intimo del hombre «en su interior», y será, por tanto, un vínculo profundo de naturaleza espiritual y moral. En esto consistirá la esencia de la Nueva Ley, infundida en los corazones «indita» como dice Santo Tomás (Cfr. I-II, q. 106, a. 1), refiriéndose al Profeta Jeremías y a San Pablo, y siguiendo a San Agustín (Cfr. De spiritu et littera cc. 17, 21, 24: PL 44, 218, 224, 225).

Según el oráculo de Ezequiel, no se trata sólo de la ley de Dios infundida en el alma del hombre sino del don del Espíritu de Dios. Jesús anuncia el próximo cumplimiento de esta profecía maravillosa: el Espíritu Santo, autor de la Nueva Ley y Nueva Ley Él mismo, estará presente en los corazones y actuará en ellos: «vosotros le conocéis porque mora con vosotros y en vosotros está» (Jn 14, 17). Cristo, ya la tarde de la resurrección, haciéndose presente a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, les dice: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22).

5. La infusión del Espíritu Santo no comporta solamente el «poner», el inscribir la ley divina en lo intimo de la esencia espiritual del hombre. En virtud de la pascua redentora de Cristo, se realiza también el Don de una Persona divina: el Espíritu Santo mismo se les «da» a los Apóstoles (Cfr. Jn 14, 16), para que «more» en ellos (Cfr. Jn 14,17). Es un Don por el cual Dios mismo se comunica al hombre en el misterio intimo de la propia divinidad, a fin de que, participando en la naturaleza divina, en la vida trinitaria, dé frutos espirituales. Es, por tanto, el don que está como fundamento de todos los dones sobrenaturales, según explica Santo Tomas (I, q. 88, a. 2). Es la raíz de la gracia santificante que, precisamente, santifica mediante la «participación en la naturaleza divina» (Cfr. 2 Ped 1, 4). Está claro que esta santificación implica una transformación del espíritu humano en el sentido moral. Y de este modo, lo que había sido formulado en el anuncio de los profetas como un «infundir» la ley de Dios en el «corazón», se confirma, se precisa y se enriquece de significado en la nueva dimensión de la «efusión del Espíritu». En boca de Jesús y en los textos de los Evangelistas, la «promesa» alcanza la plenitud de su significado: el Don de la Persona misma del Paráclito.

6. Esta «efusión», este don del Espíritu tiene como fin también la consolidación de la misión de los Apóstoles, en el asomarse de la Iglesia a la historia y, por consiguiente, en todo el desarrollo de su misión apostólica. Al despedirse de los Apóstoles, Jesús les dice: «Seréis revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24, 49). «... recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 8).

«Seréis mis testigos»: Los Apóstoles escucharon esto durante el «discurso de despedida» (Cfr. Jn 15, 27). En el mismo discurso Jesús había unido su testimonio humano, ocular e «histórico» sobre Él con el testimonio del Espíritu Santo: «él dará testimonio de mí» (Jn 15, 26). Por esto, «sobre el testimonio del Espíritu de la Verdad el testimonio humano de los Apóstoles encontrará el supremo sostén. Y encontrará, por consiguiente, en él también el fundamento interior de su continuación entre las generaciones que se sucederán a lo largo de los siglos» (Dominum et Vivificantem, 5).

Se trata entonces, y por consiguiente, de la realización del reino de Dios tal como es entendido por Jesús. Él, en el mismo diálogo anterior a la Ascensión al cielo, insiste una vez más a los Apóstoles que se trata de este reino (Cfr. Hech 1, 3), en su sentido universal y escatológico y no de un «reino de Israel» (Hech 1, 6), sólo temporal, en el cual tenían ellos puesta su mirada.

7. Al mismo tiempo Jesús encarga a los Apóstoles que permanezcan a en Jerusalén después de la ascensión. Precisamente allí «recibirán el poder desde lo alto». Allí descenderá sobre ellos el Espíritu Santo. Una vez más se pone de relieve el vínculo y la continuidad entre la antigua y la Nueva Alianza. Jerusalén, punto de llegada de la historia del pueblo de la antigua Alianza, debe transformarse en el punto de partida de la historia del Pueblo de la Nueva Alianza, es decir, de la Iglesia.

Jerusalén ha sido elegida por Cristo mismo (Cfr. Lc 9, 51; Lc 13, 33) como el lugar del cumplimiento de su misión mesiánica; lugar de su muerte y resurrección Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré (Jn 2,19), lugar de la redención. Con la pascua de Jerusalén, el «tiempo de Cristo» se prolonga en el «tiempo de la Iglesia»: el momento decisivo será el día de Pentecostés. «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén» (Lc 24, 46-47). Este «comienzo» acontecerá bajo la acción del Espíritu Santo que, en el inicio de la Iglesia, como Espíritu Creador «Veni, Creator Spiritus», prolonga la obra llevada a cabo en el momento de la primera creación, cuando el Espíritu de Dios «aleteaba por encima de las aguas» (Gen 1, 2).




LA COMUNIDAD APOSTÓLICA EN ORACIÓN (21.VI.89)

1. Conocemos la suprema promesa y la última orden de Jesús a sus Apóstoles antes de la ascensión: «Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24, 49; cfr. también Hech 1, 4). Hemos hablado de ella en la catequesis precedente, poniendo de relieve también la continuidad y el desarrollo de la verdad neumatológica entre la Antigua y la Nueva Alianza . Hoy podemos comprobar por los Hechos de los Apóstoles que aquella orden fue ejecutada por los Apóstoles, que «cuando llegaron, entraron en la estancia superior, donde vivían... Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu» (Hech 1, 13-14). No sólo se quedaron en la ciudad, sino que también se reunieron en el Cenáculo para formar comunidad y permanecer en oración, junto con María, Madre de Jesús como preparación inmediata para la venida del Espíritu Santo y para la primera manifestación «hacia afuera», por obra del Espíritu Santo, de la Iglesia nacida de la muerte y resurrección de Cristo. Toda la comunidad se está preparando, y en ella cada uno personalmente .

2. Es una preparación hecha de oración: «Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu» (Hech 1, 14). Es como una repetición o una prolongación de la oración mediante la que Jesús de Nazaret se preparaba a la venida del Espíritu Santo en el momento del bautismo en el Jordán, cuando debía iniciar su misión mesiánica: «Cuando Jesús estaba en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo» (Lc 3, 21-22).

Alguien podría preguntar: ¿Por qué implorar aún en la oración lo que ya ha sido prometido? La oración de Jesús en el Jordán muestra que es indispensable orar para recibir oportunamente «el don que viene de lo alto» (St 1,17). Y la comunidad de los Apóstoles y de los primeros discípulos debía prepararse para recibir justamente este don, que viene de lo alto: el Espíritu Santo que daría inicio a la misión de la Iglesia de Cristo sobre la tierra.

En momentos especialmente importantes la Iglesia actúa de modo semejante. Busca nuevamente aquella unión de los Apóstoles en la oración en compañía de la Madre de Cristo. En cierto sentido vuelve al Cenáculo. Así sucedió, por ejemplo, al comienzo del Concilio Vaticano II. Cada año, por lo demás, la solemnidad de Pentecostés es preparada por la «novena» al Espíritu Santo, que reproduce la experiencia de oración de la primera comunidad cristiana en espera de la venida del Espíritu Santo.

3. Los Hechos de los Apóstoles subrayan que se trataba de una oración «con un mismo espíritu». Este detalle indica que se había realizado una importante transformación en los corazones de los Apóstoles, entre los que existían poco antes diferencias, e incluso algunas rivalidades (Cfr. Mc 9, 34, Lc 9, 46; 22, 24). Era la señal de que la oración sacerdotal de Jesús había producido sus frutos. En aquella oración Jesús había pedido la unidad: «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mi y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (Jn 17, 21). «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí« (Jn 17, 23).

A lo largo de todos los tiempos y en toda generación cristiana, esta oración de Cristo por la unidad de la Iglesia conserva su actualidad. Y qué actuales han resultado aquellas palabras en nuestros tiempos, animados por los esfuerzos ecuménicos en favor de la unión de los cristianos! Probablemente nunca como hoy han tenido un significado tan cercano al que tuvieron en los labios de Cristo en el momento en que la Iglesia estaba para salir al mundo. También hoy existe, por todas partes, el sentimiento de que nos encaminamos hacia un mundo nuevo, más unido y solidario.

4. Además, la oración de la comunidad de los Apóstoles y discípulos antes de Pentecostés era perseverante: «perseveraban en la oración» en griego:pros a aerountez. Por tanto, no fue una oración de momentánea exaltación. La palabra griega empleada por el autor de los Hechos de los Apóstoles indica una perseverancia paciente, en cierto sentido, incluso «obstinado, que incluye un sacrificio y superar dificultades. Fue, por consiguiente, una oración que compromete completamente no sólo el corazón, sino también la voluntad. Los Apóstoles eran conscientes de la misión que les esperaba.

5. Aquella oración era ya un fruto de la acción interior del Espíritu Santo, porque es Él quien inspira la oración y ayuda a perseverar en ella. Vuelve de nuevo a la mente la analogía con Jesús mismo, quien, antes de comenzar su actividad mesiánica, se dirigió al desierto. Los Evangelios subrayan que «el Espíritu lo empujó» (Mc 1,12, cfr. Mt 4, 1), que «era conducido por el Espíritu al desierto» (Lc 4, 1). si son múltiples los dones del Espíritu Santo, hay que decir que, durante la permanencia en el Cenáculo de Jerusalén, el Espíritu Santo ya actuaba en los Apóstoles en lo oculto de la oración, para que el día de Pentecostés estuviesen dispuestos para recibir este don grande y «decisivo» por medio del cual debía comenzar definitivamente sobre la tierra la vida de la Iglesia de Cristo.

6. En la comunidad unida en la. oración, además de los Apóstoles, estaban igualmente presentes otras personas, hombres y también mujeres.

La recomendación de Cristo, en el momento de su partida para volver al Padre, tenia como destinatarios directos a los Apóstoles. Sabemos que les ordenó «que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre» (Hech 1, 4). A ellos Jesús les había encomendado una misión especial en su Iglesia.

Ahora bien, el hecho de que en la preparación de Pentecostés tomaran parte también otras personas, y especialmente las mujeres, constituye una simple continuación del comportamiento de Jesús mismo, como aparece en diversos pasajes de los Evangelios. Lucas nos da incluso los nombres de estas mujeres que seguían, colaboraban y ayudaban a Jesús: María, llamada Magdalena, Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes, Susana y muchas otras (Cfr. Lc 8, 1)3). El anuncio evangélico del reino de Dios se desarrollaban o sólo en presencia de los «doce» y de los discípulos en general, sino también de estas mujeres en particular, de las que habla el Evangelista diciendo que ellas «les a Jesús y a los Apóstoles servían con sus bienes» (Lc 8, 3).

De ello se deduce que las mujeres, de la misma manera que los hombres, están llamadas a participar en el reino de Dios que Jesús anunciaba: a formar parte de él, y a contribuir a su crecimiento entre los hombres, como expliqué ampliamente en la Carta apostólica Mulieris dignitatem.

7. Bajo este punto de vista, la presencia de las mujeres en el Cenáculo de Jerusalén durante la preparación de Pentecostés y el nacimiento de la Iglesia reviste una especial importancia. Hombres y mujeres, simples fieles, participaban en el acontecimiento entero junto a los Apóstoles, y en unión con ellos. Desde el inicio, la Iglesia es una comunidad de Apóstoles y discípulos, tanto hombres como mujeres.

No puede ponerse en duda que la presencia de la Madre de Cristo tuvo una importancia especial en aquella preparación de la comunidad primitiva para Pentecostés. Pero a este tema convendrá dedicar una catequesis aparte.



MARÍA EN LA ESPERA DE PENTECOSTÉS (28.VI.89)

1. «Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hech 1,14). Con estas sencillas palabras el autor de los Hechos de los Apóstoles señala la presencia de la Madre de Cristo en el Cenáculo, en los días de preparación para Pentecostés.

En la catequesis precedente ya entramos al Cenáculo y vimos que los Apóstoles, obedeciendo la orden recibida de Jesús antes de su partida hacia el Padre, se habían reunido allí y «perseveraban... con un mismo espíritu» en la oración. No estaban solos, pues contaban con la participación de otros discípulos, hombres y mujeres. Entre esas personas que pertenecían a la comunidad originaria de Jerusalén, San Lucas autor de los Hechos, nombra también a María, Madre de Cristo. La nombra entre los demás presentes, sin añadir nada de particular respecto a Ella. Pero sabemos que Lucas es también el Evangelista que manifestó de forma más completa la maternidad divina y virginal de María, utilizando las informaciones que consiguió con una precisa intención metodológica (Cfr. Lc 1, 1 ss.; Hech 1, 1 ss.) en las comunidades cristianas, informaciones que al menos indirectamente se remontaban a la primerísima fuente de todo dato mariológico: la misma Madre de Jesús. Por ello, en la doble narración de Lucas, así como la venida al mundo del Hijo de Dios está presentada en estrecha relación con la persona de María, así ahora se presenta el nacimiento de la Iglesia vinculado con Ella. La simple constatación de su presencia en el Cenáculo de Pentecostés basta para hacernos entrever toda la da la importancia que Lucas atribuye a este detalle.

2. En los Hechos, María aparece parece como una de las personas que participan en calidad de miembro de la primera comunidad de la Iglesia naciente, en la preparación para Pentecostés. Sobre la base del Evangelio de Lucas y otros textos del Nuevo Testamento, se formó una tradición cristiana acerca de la presencia de María en la Iglesia, que el Concilio Vaticano II ha resumido afirmando que Ella es un miembro excelentísimo y enteramente singular (Cfr. Lumen Gentium, 53) por ser Madre de Cristo, Hombre-Dios, y por consiguiente Madre de Dios. Los Padres conciliares recordaron en el mensaje introductorio, las palabras de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de leer, como si quisieran subrayar que, como María había estado presente en aquella primera hora de la Iglesia, así deseaban que estuviese en su reunión de sucesores de los Apóstoles, congregados en la segunda mitad del siglo XX en continuidad con la comunidad del Cenáculo. Reuniéndose para los trabajos conciliares, también los Padres querían perseverar en la oración con un mismo espíritu... «en compañía de María, la Madre de Jesús» (Cfr. Hech 1,14).


3. Ya en el momento de la anunciación María había experimentado la venida del Espíritu Santo. El Ángel Gabriel le había dicho: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra: por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). Por medio de esta venida del Espíritu Santo a Ella, María fue asociada de modo único e irrepetible al misterio de Cristo. En la Encíclica Redemptoris Mater escribí: En el misterio de Cristo María está presente ya «antes de la creación del mundo» (Cfr. Ef 1, 4) como Aquella que el Padre «ha elegido» como Madre de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad» (Rom 8).

4. Ahora bien, en el Cenáculo de Jerusalén, cuando mediante los acontecimientos pascuales el misterio de Cristo sobre la tierra llegó a su plenitud, María se encuentra en la comunidad de los discípulos para preparar una nueva venida del Espíritu Santo, y un nuevo nacimiento: el nacimiento de la Iglesia. Es verdad que Ella misma es ya templo del Espíritu Santo» (Lumen Gentium, 53) por su plenitud de gracia y su maternidad divina, pero Ella participa en las súplicas por la venida del Paráclito a fin de que con su poder suscite en la comunidad apostólica el impulso hacia la misión que Jesucristo al venir al mundo, recibió del Padre (Cfr. Jn 5, 36), y, al volver al Padre, transmitió a la Iglesia (Cfr. Jn 17, 18). María, desde el inicio, está unida a la Iglesia, como uno de los «discípulos» de su Hijo pero al mismo tiempo destaca en todos los tiempos como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma Iglesia en la fe y en la caridad» (Lumen Gentium, 53).

5. Lo ha puesto muy bien de relieve el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Iglesia, donde leemos: «La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó San Ambrosio la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el Orden de la fe, dé la caridad y de la unión perfecta con Cristo» (Lumen Gentium, 6).

«Pues en el misterio de la Iglesia prosigue el Concilio)... precedió la Santísima Virgen presentándose de forma eminente... Creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo» (Lumen Gentium, 63).

La oración de María en el Cenáculo, como preparación a Pentecostés, tiene un significado especial precisamente por razón del vínculo con el Espíritu Santo que se estableció en el momento del misterio de la Encarnación. Ahora bien, este vínculo vuelve a presentarse, enriqueciéndose con una nueva relación.

6. Al afirmar que María «precedió» en el orden de la fe, la Constitución parece referirse a la bienaventuranza» escuchada por la Virgen de Nazaret durante la visita a su parienta Isabel tras la anunciación: «Feliz la que ha creído» (Lc 1, 45). El Evangelista escribe que «Isabel quedó llena de Espíritu Santo» (Lc 1, 41) mientras respondía al saludo de María y pronunciaba aquellas palabras. También en el Cenáculo de Pentecostés en Jerusalén según el mismo Lucas, «todos quedaron llenos del Espíritu Santo» (Hech 2, 4). Por tanto, también Aquella «que había concebido por obra del Espíritu Santo» (Cfr. Mt 1, 18) recibió una nueva plenitud de Él. Toda su vida de fe, de caridad, de perfecta unión con Cristo desde aquella hora de Pentecostés quedó unida al camino de la Iglesia.

La comunidad apostólica tenia necesidad de su «presencia» de aquella perseverancia en la oración en compañía de Ella, la Madre del Señor. Se puede decir que en aquella oración «en compañía de María» se trasluce su particular mediación nacida de la plenitud de los dones del Espíritu Santo. Como su mística Esposa, María imploraba su venida a la Iglesia, nacida del costado de Cristo atravesado en la cruz, y ahora a punto de manifestarse al mundo.

7. Como se ve, la breve mención que hace el autor de los Hechos de los Apóstoles acerca de la presencia de María entre los Apóstoles y todos aquellos que «perseveraban en la oración» como preparación a Pentecostés y a la efusión del Espíritu Santo, encierra un contenido sumamente rico.

En la Constitución Lumen Gentium el Concilio Vaticano II ha dado expresión a esta riqueza de contenido. Según el importante texto conciliar, «Aquella que en el Cenáculo en medio de los discípulos perseveraba en la oración, es la Madre del Hijo predestinado por Dios a ser «el primogénito entre muchos hermanos» (Cfr. Rom 8, 29). Pero el Concilio añade que «Ella misma cooperó a la regeneración y formación» de estos hermanos» de Cristo, con su amor de Madre. La Iglesia, a su vez, desde el día de Pentecostés, «por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios» (Lumen Gentium, 64). La Iglesia, por consiguiente, convirtiéndose así también ella en madre, mira a la Madre de Cristo como a su modelo. Esta mirada de la Iglesia hacia María tuvo su inicio en el Cenáculo.



PENTECOSTÉS FIESTA DE LA NUEVA MIES (5.VII.89)

1. De las catequesis que hemos dedicado al articulo de los Símbolos de la fe acerca del Espíritu Santo se puede deducir el rico fundamento bíblico de la verdad neumatológica. Sin embargo, es preciso al mismo tiempo señalar el diferente matiz que, en la Revelación divina, tiene esta verdad en relación con la verdad cristológica. En efecto, de los textos sagrados se deduce que el Hijo eterno, consubstancial con el Padre es la plenitud de la autorrevelación de Dios en la historia de la humanidad. Al hacerse «hijo del hombre», «nacido de mujer» (Cfr. Gal 4, 4), él se manifestó y actuó como verdadero hombre. Como tal también reveló definitivamente al Espíritu Santo, anunciando su venida y dando a conocer su relación con el Padre y con el Hijo en la misión salvífica, y, por consiguiente, en el misterio de la Trinidad. Según el anuncio y la promesa de Jesús, con la venida del Paráclito comienza la Iglesia, Cuerpo de Cristo (Cfr. 1 Cor 12, 27) y sacramento de su presencia con nosotros «hasta el fin del mundo» (Cfr. Mt 28, 20).

Sin embargo, el Espíritu Santo, consubstancial con el Padre y el Hijo, permanece como el «Dios escondido». Aun obrando en la Iglesia y en el mundo, no se manifiesta visiblemente, a diferencia del Hijo, que asumió la naturaleza humana y se hizo semejante a nosotros, de forma que los discípulos, durante su vida mortal, pudieron verlo y «tocarlo con la mano», a Él, la palabra de vida (Cfr. 1 Jn 1, 1).

Por el contrario, el conocimiento del Espíritu Santo, fundado en la fe en la revelación de Cristo, no tiene para su consuelo la visión de una Persona divina viviente en medio de nosotros de forma humana, sino sólo la constatación de los efectos de su presencia y de su actuación en nosotros y en el mundo. El punto clave para este conocimiento es el acontecimiento de Pentecostés.

2. Según la tradición religiosa de Israel, Pentecostés era originariamente la fiesta de la siega. «Tres veces al año se presentarán todos tus varones ante Yahvéh, el Señor, el Dios de Israel» (Ex 34, 23). La primera vez era con ocasión de la fiesta de Pascua; la segunda, con ocasión de la fiesta de la siega, y la tercera, con ocasión de la fiesta de las Tiendas.

La fiesta de la siega, «de las primicias de tus trabajos, de lo que hayas sembrado en el campo» (Ex 23, 16) se llamaba en griego Pentecostés puesto que se celebraba 50 días después de la fiesta de Pascua. Solía también llamarse fiesta de las semanas, por el hecho de que caía siete semanas después de la fiesta de Pascua. Luego se celebraba por separado la fiesta de la cosecha, hacia el fin del año (Cfr. Ex 23, 16; 34, 22). Los libros de la Ley contenían prescripciones detalladas acerca de la celebración de Pentecostés (Cfr. Lv 23,15 ss.; Nm 28. 26-31), Que a continuación se transformó también en la fiesta de la renovación de la alianza (Cfr. 2 Cor 15,10-13), como veremos a su tiempo.

3. La bajada del Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre la primera comunidad de los discípulos de Cristo que en el Cenáculo «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu» en compañía de María, la madre de Jesús (Cfr. Hech 1,14), hace referencia al significado veterotestamentario de Pentecostés La fiesta de la siega se convierte en la fiesta de la nueva «mies» que es obra del Espíritu Santo: la mies en el Espíritu.

Esta mies es el fruto de la siembra de Cristo Sembrador. Recordemos las palabras de Jesús que nos refiere el Evangelio de Juan: «Pues bien, yo os digo: alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega» (Jn 4, 35). Jesús daba a entender que los Apóstoles recogerían ya tras su muerte la mies de esta siembra: «Uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga» (Jn 4, 37)38).

Desde el día de Pentecostés, por obra del Espíritu Santo, los Apóstoles se transformarán en segadores de la siembra de Cristo «El segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna de modo que el sembrador se alegra igual que el segador» (Jn 4, 36). Y, en verdad, ya el día de Pentecostés, tras el primer discurso de Pedro, la mies se manifiesta abundante porque se convirtieron «cerca de tres mil personas» (Hech 2, 41 ) de forma que eso constituyó motivo de una alegría común: la alegría de los apóstoles y de su Maestro, el divino Sembrador.

4. Efectivamente, la mies es fruto de su sacrificio. Si Jesús habla de la «fatiga» del Sembrador, ella consiste, sobre todo, en su pasión y muerte en la Cruz. Cristo es aquel «Otro» que se ha fatigado para esta siega. «Otro» que ha abierto el camino al Espíritu de verdad, que, desde el día de Pentecostés, comienza a obrar eficazmente por medio del kerigma apostólico.

El camino ha sido abierto mediante la ofrenda que Cristo hizo de sí mismo en la Cruz: mediante la muerte redentora, confirmada por el costado atravesado del Crucificado. En efecto, de su corazón «al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34), señal de la muerte física. Pero en este hecho se puede ver también el cumplimiento de las misteriosas palabras que dijo en una ocasión Jesús, el último día de la fiesta de las Tiendas, acerca de la venida del Espíritu Santo. «Si alguno tiene sed, venga a mi y beba el que crea en mi, como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva». El Evangelista comenta: «Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él» (Jn 7, 37-39). Quiere decir que los creyentes recibirían mucho más que la lluvia implorada en la fiesta de las Tiendas, alcanzando una fuente de la que vendría en verdad el agua regeneradora de Sión, anunciada por los profetas (Cfr. Za 14, 8, Ez 47, 1 ss.).

5. Acerca del Espíritu Santo Jesús había prometido: «Si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7). Verdaderamente el agua que mana del costado atravesado de Cristo (Cfr. Jn 19, 34) es la señal de este «envío». Será una efusión «abundante»: incluso, «un río de agua viva», metáfora que expresa una especial generosidad y benevolencia de Dios que se da al hombre.

Pentecostés, en Jerusalén, es la confirmación de esta abundancia divina, prometida y concedida por Cristo mediante el Espíritu.

Las mismas circunstancias de la fiesta parecen tener en la narración de Lucas un significado simbólico. La bajada del Paráclito sucede efectivamente, en el apogeo de la fiesta. La expresión usada por el Evangelista alude a una plenitud, ya que dice: «Al llegar el día de Pentecostés» (Hech 2, 1). Por otra parte, San Lucas refiere incluso que «estaban todos reunidos en un mismo lugar», lo que indica la totalidad de la comunidad reunida: «todos reunidos», no sólo los Apóstoles, sino también la totalidad del grupo originario de la Iglesia naciente hombres y mujeres, en compañía de la Madre de Jesús. Es un primer detalle que conviene tener presente. Pero en la descripción de aquel acontecimiento hay también otros detalles que, siempre desde el punto de vista de la «plenitud», se revelan igualmente importantes.

Como escribe Lucas, «de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban... y quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hech 2, 2, 4). Observemos la insistencia en la plenitud  «llenó», «quedaron todos llenos». Esta observación puede relacionarse con lo que dijo Jesús al irse a su Padre: «pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hech 1, 5). Bautizados quiere decir «inmersos» en el Espíritu Santo: es lo que expresa el rito de la inmersión en el agua durante el bautismo. La «inmersión» y el «estar llenos» significan la misma realidad espiritual, obrada en los Apóstoles, y en todos los que se hallaban presentes en el Cenáculo, por la bajada del Espíritu Santo.

6. Aquel «estar llenos», vivido por la pequeña comunidad de los comienzos el día de Pentecostés, se puede considerar casi una prolongación espiritual de la «plenitud del Espíritu Santo que habita» en Cristo, en quien reside «toda plenitud» (Cfr. Col 1, 19). Como leemos en la Encíclica Dominum et Vivificantem todo «lo que dice (Jesús) del Padre y de sí como Hijo, brota de la plenitud del Espíritu que está en Él y que se derrama en su corazón, penetra su mismo «yo», inspira y vivifica profunda mente su acción» (n. 21). Por eso el Evangelio puede decir que Jesús «se llenó de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Así la «plenitud» del Espíritu Santo, que se halla en Cristo, se manifestó el día de Pentecostés «llenando de Espíritu Santo» a todos aquellos que estaban reunidos en el Cenáculo. Así se constituyó aquella realidad cristológico eclesiológica a que alude el apóstol Pablo: «alcanzáis la plenitud en él, que es la Cabeza» (Col 2, 10).

7. Se puede añadir que el Espíritu Santo en Pentecostés «se transforma en amo» de los Apóstoles, demostrando su poder sobre la comunidad. La manifestación de este poder re viste el carácter de una plenitud del don espiritual que se manifiesta como poder del espíritu, poder de la mente, de la voluntad y del corazón. En efecto, San Juan escribe que «Aquel a quien Dios ha enviado... da el Espíritu sin medida (Jn 3, 34): esto vale en primer lugar para Cristo, pero puede aplicarse también a los Apóstoles, a quienes Cristo dio el Espíritu, para que ellos, a su vez, lo transmitieran a los demás.

8. Por último, observamos que en Pentecostés se han cumplido también las palabras de Ezequiel: infundiré en vosotros un espíritu nuevo» (36, 26). Y verdaderamente este «soplo» ha producido la alegría de los segadores, de forma que se puede decir con Isaías: «Alegría por su presencia, cual la alegría en la siega» (Is 9, 2).

Pentecostés la antigua fiesta de la siega,ha adquirido ahora en Jerusalén un significado nuevo, como una especial «mies» del divino Paráclito. Así se ha cumplido la profecía de Joel: «... yo derramaré mi Espíritu en toda carne» (Jl 3, 1).



PENTECOSTÉS COMO TEOFANÍA (12.VII.89)

1. Nuestro conocimiento del Espíritu Santo se basa en los anuncios que de Él nos da Jesús, sobre todo cuando habla de su «partida» y de su vuelta al Padre. «Si me voy, ... vendrá a vosotros el Paráclito» (Jn 16, 7). Esta «partida» pascual de Cristo, que se realiza mediante la cruz, la resurrección y la ascensión, halla su «coronamiento» en Pentecostés, es decir, en la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, «que perseveraban en la oración en el Cenáculo en compañía de la Madre de Jesús» (Cfr. Hech 1,14), y del grupo de personas que formaban el núcleo de la Iglesia originaria.

En aquel acontecimiento el Espíritu Santo permanece el Dios «misterioso» (Cfr. Is 45, 15), y como tal permanecerá durante toda la historia de la Iglesia y del mundo. Se podría decir que Él está «escondido» en la sombra de Cristo, el Hijo Verbo consubstancial con el Padre, que de forma visible «se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14).

2. En el acontecimiento de la Encarnación el Espíritu Santo no se manifiesta visiblemente permanece el Dios escondido, y envuelve a María en su misterio. A la Virgen, mujer elegida para el decisivo acercamiento de Dios al hombre, dice el Ángel: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35).

De la misma manera en Pentecostés el Espíritu Santo extiende su sombra sobre la Iglesia naciente, a fin de que bajo su soplo reciba la fuerza para anunciar «las maravillas de Dios» (Cfr. Hech 2, 11). Lo que había sucedido en el seno de María en la Encarnación, encuentra ahora una nueva realización. El Espíritu obra como el «Dios escondido», invisible en su persona.

3. Sin embargo, Pentecostés es una teofanía, es decir, una poderosa manifestación divina, que completa la teofanía del Sinaí cuando salió Israel de la esclavitud de Egipto bajo la guía de Moisés. Según las tradiciones rabínicas, la teofanía del Sinaí tuvo lugar cincuenta días después de la Pascua del éxodo, el día de Pentecostés.

«Todo el monte Sinaí humeaba, porque Yahvéh había descendido sobre Él en el fuego. Subía el humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia» (Ex 19, 18). Esa había sido una manifestación de la majestad de Dios, de la absoluta trascendencia de «Aquel que es» (Cfr. Ex 3, 14). Y los pies del monte Horeb Moisés había escuchado aquellas palabras que salían de la zarza que ardía y no se consumía: «No te acerques aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada» (Ex 3, 5). Y a los pies del Sinaí el Señor ordena: «Baja y orden l pueblo que no traspase las lindes para ver a Yahvéh, porque morirían muchos de ellos» (Ex 19, 21).

4. La teofanía de Pentecostés es el punto de llegada de la serie de manifestaciones con que Dios se ha dado a conocer progresivamente al hombre. Con ella alcanza su culmen aquella autorrevelación de Dios mediante la que Él ha querido infundir a su pueblo la fe en su majestad y trascendencia, y al mismo tiempo en su presencia inmanente de «Emmanuel», de «Dios con nosotros».

En Pentecostés se realiza una teofanía que, con María, toca directamente a toda la Iglesia en su núcleo inicial, completándose así el largo proceso iniciado en la antigua Alianza. Si analizamos los detalles del acontecimiento del Cenáculo, como los presentan los Hechos de los Apóstoles (2, 1)13), encontramos en ellos diversos elementos que nos recuerdan las teofanías precedentes, sobre todo la del Sinaí, que Lucas parece tener presente al describir la venida del Espíritu Santo. La teofanía del Cenáculo, según la descripción de Lucas, se realiza mediante fenómenos semejantes a los del Sinaí: «Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hech 2, 1-4).

Se trata de tres elementos el ruido del viento, las lenguas de fuego, el carisma del lenguaje, ricos por su valor simbólico, que conviene tener presente. A la luz de estos elementos se comprende mejor qué pretende decir el autor de los Hechos cuando afirma que los presentes en el Cenáculo «quedaron todos llenos del Espíritu Santo».

5. «Un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso». Desde el punto de vista lingüístico aflora aquí la afinidad entre el viento el soplo y el «espíritu». En hebreo, así como en griego, para decir «viento» se usa la misma palabra que para «espíritu»: «ruah» «pneuma». Leemos en el Libro del Génesis (1, 2): «Un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas», y, en el Evangelio de Juan: «El viento pneuma sopla donde quiere» (Jn 3, 8).

El viento fuerte en la Biblia «anuncia» la presencia de Dios. Es la señal de una teofanía. «Sobre las alas de los vientos planeó» leemos en el segundo Libro de Samuel (22, 11). «Vi un viento huracanado que venia del Norte, una gran nube con fuego fulgurante»: es la teofanía descrita al comienzo del Libro del Profeta Ezequiel (1, 4). En particular, el soplo del viento es la expresión del poder divino que saca del caos el orden de la creación (Cfr. Gen 1, 2). Y es también la expresión de la libertad del Espíritu: «El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3, 8).

«Un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso» es el primer elemento de la teofanía de Pentecostés, manifestación del poder divino operante en el Espíritu Santo.

6. El segundo elemento es el fuego: «Se les aparecieron unas lenguas como de fuego» (Hech 2, 3).

El fuego siempre está presente en las teofanías del Antiguo Testamento: por ejemplo, con ocasión de la alianza establecida por Dios con Abrahán (Cfr. Gen 15, 17); también en la zarza que ardía sin consumirse cuando el Señor se manifestó a Moisés (Ex 3, 2); e igualmente en la columna de fuego que guiaba por la noche a Israel a lo largo del camino en el desierto (Cfr. Ex 13, 21-22). El fuego está presente, de manera especial, en la teofanía del monte Sinaí (Cfr. Ex 19, 18), y en las teofanías escatológicas descritas por los profetas (Cfr. Is 4, 5; 64, 1; Dn 7, 9, etc.). El fuego simboliza, por tanto, la presencia de Dios. La Sagrada Escritura afirma muchas veces que «muestro Dios es fuego devorador» (Heb 12, 29; Dt 4, 24; 9, 3). En los ritos de holocausto lo que más importaba no era la destrucción del objeto ofrecido sino más bien el «suave perfume» que simbolizaba el «elevarse» de la ofrenda hacia Dios, mientras el fuego, llamado también «ministro de Dios» (Cfr. Sal 103/104, 4), simbolizaba la purificación del hombre del pecado, así como la plata es «purificada» y el oro es «probado» en el fuego (Cfr. Za 13, 8 9).

En la teofanía de Pentecostés está también el símbolo de las lenguas de fuego, que se posan sobre cada uno de los presentes en el Cenáculo. Si el fuego simboliza la presencia de Dios, las lenguas de fuego que se dividen sobre las cabezas, parecen indicar la «venida» de Dios Espíritu Santo sobre los presentes, su donarse a cada uno de ellos para su misión.

7. El donarse del Espíritu, fuego de Dios, toma una forma especial, la de «lenguas», cuyo significado queda explicado inmediatamente cuando el autor añade: «Se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hech 2, 4). Las palabras que provienen del Espíritu Santo son «como fuego» (Cfr. Jr 5, 14; 23, 29), tienen una eficacia que las simples palabras humanas no poseen. En este tercer elemento de la teofanía de Pentecostés, Dios- Espíritu Santo, donándose a los hombres, produce en ellos un efecto que es al mismo tiempo real y simbólico. Es real en cuanto fenómeno que se refiere a la lengua como facultad del lenguaje, propiedad natural del hombre. Pero también es simbólico porque las personas, que son «de Galilea» y por tanto capaces de servirse en la lengua o dialecto de su propia región, hablan «en otras lenguas» de manera que, en la muchedumbre reunida rápidamente en torno al Cenáculo, cada uno oye «la propia lengua», aunque se encontraban representados en ella diferentes pueblos (Cfr. Hech 2, 6).

Este simbolismo de la «multiplicación de las lenguas» está lleno de significado. Según la Biblia, la diversidad de las lenguas era señal de la multiplicidad de los pueblos y de las naciones; más aún, de su dispersión tras la construcción de la torre de Babel (Cfr. Gen 11, 5 9), cuando la única lengua común y comprendida por todos se disgregó en muchas lenguas, recíprocamente incomprensibles. Ahora bien, al simbolismo de la torre de Babel sucede el de las lenguas de Pentecostés, que indica lo contrario de aquella «confusión de lenguas». Se podría decir que las muchas lenguas incomprensibles han perdido su carácter especifico, o por lo menos han dejado de ser símbolo de división, cediendo el lugar a la nueva obra del Espíritu Santo que mediante los Apóstoles y la Iglesia lleva a la unidad espiritual pueblos de orígenes, lenguas y culturas diversas, para la perfecta comunión en Dios anunciada e invocada por Jesús (Cfr. Jn 17, 11. 21 22).

8. Concluyamos con las palabras del Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Divina Revelación: «Cristo... se manifestó a sí mismo y a su Padre con obras y palabras, llevó a cabo su obra muriendo, resucitando y enviando al Espíritu Santo. Levantado de la tierra, atrae a todos hacia si (Cfr. Jn 12, 32), pues es el único que posee palabras de vida eterna (Cfr. Jn 6, 68).A otras edades no fue revelado este misterio como lo ha revelado ahora el Espíritu Santo a los Apóstoles y Profetas (Cfr. Ef 3, 4-6) para que prediquen el Evangelio, susciten la fe en Jesús Mesías y Señor, y congreguen la Iglesia» (Dei Verbum, 17). Esta es la gran obra del Espíritu Santo y de la Iglesia en los corazones y en la historia.




PENTECOSTÉS EFUSIÓN DE VIDA DIVINA (19.VII.89)

1. El acontecimiento de Pentecostés en el Cenáculo de Jerusalén constituye una especial teofanía. Ya hemos considerado sus principales elementos «externos»: «un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso», «lenguas como de fuego» sobre los que se encontraban reunidos en el Cenáculo, y finalmente el «hablar en otras lenguas». Todos estos elementos indican no sólo la presencia del Espíritu Santo, sino también su particular «venida» sobre los presentes, su «donarse_5, que provoca en ellos una transformación visible, como se puede apreciar por el texto de los Hechos de los Apóstoles (2, 1-12). Pentecostés cierra el largo ciclo de las teofanías del Antiguo Testamento, entre las que se puede considerar como principal la realizada a Moisés sobre el monte Sinaí.

2. Desde el inicio de este ciclo de catequesis pneumatológicas, hemos aludido también al vínculo que existe entre el evento de Pentecostés y la Pascua de Cristo, especialmente bajo el aspecto de «partida» hacia el Padre mediante la muerte en cruz, la resurrección y la ascensión. Pentecostés contiene en sí el cumplimiento del anuncio que hizo Jesús a los apóstoles el día anterior a su pasión durante el «discurso de despedida» en el Cenáculo de Jerusalén. En aquella ocasión Jesús había hablado del «nuevo Paráclito»: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad» (Jn 14, 16-17), subrayando: «Si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7).

Hablando de su partida mediante la muerte redentora en el sacrificio de la cruz, Jesús había dicho: «Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis» (Jn 14, 19).

Este es un nuevo aspecto del vínculo entre la Pascua y Pentecostés: «Yo vivo». Jesús hablaba de su resurrección. «Vosotros viviréis»: la vida, que se manifestará y confirmará en mi resurrección, se convertirá en vuestra vida. Ahora bien, la «transmisión« de esta vida, que se manifiesta en el misterio de la Pascua de Cristo, se realiza de modo definitivo en Pentecostés. En la palabra de Jesús se hacía alusión a la parte conclusiva del oráculo de Ezequiel, en el que Dios prometía: «Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis« (37, 14). Por consiguiente, Pentecostés está vinculado orgánicamente a la Pascua y pertenece al misterio pascual de Cristo: «Yo vivo y también vosotros viviréis».

3. En virtud del Espíritu Santo, por su venida, también se ha cumplido la oración de Jesús en el cenáculo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado» (Jn 17, 1-2).

Jesucristo, en el misterio pascual, es el artífice de esta vida. El Espíritu Santo «da» esta vida, «tomando» de la redención obrada por Cristo («recibirá de lo mío«, Jn 16, 14). Jesús mismo había dicho: «El espíritu es el que da vida» (Jn 6, 63). San Pablo, de la misma manera, proclama que «da letra mata, mas el Espíritu da vida» (2 Cor 3, 6). En Pentecostés brilla la verdad que profesa la Iglesia con las palabras del Símbolo; «Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida».

Junto con la Pascua, Pentecostés constituye el coronamiento de la economía salvífica de la Trinidad divina en la historia humana.

4. Más aún: los primeros que experimentaron los frutos de la resurrección de Cristo el día de Pentecostés fueron los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén en compañía de María, la Madre de Jesús, y otros «discípulos» del Señor, hombres y mujeres.

Para ellos Pentecostés es el día de la resurrección, es decir, de la nueva vida, en el Espíritu Santo. Es una resurrección espiritual que podemos contemplar a través del proceso realizado en los apóstoles en el curso de todos esos días: desde el viernes de la Pasión de Cristo, pasando por el día de Pascua, hasta el de Pentecostés. El prendimiento del Maestro y su muerte en cruz fueron para ellos un golpe terrible, del que tardaron en reponerse. Así se explica que la noticia de la resurrección, e incluso el encuentro con el Resucitado, hallasen en ellos dificultades y resistencias. Los Evangelios lo advierten en muchas ocasiones: «no creyeron» (Mc 16, 11), «dudaron» (Mt 28, 17). Jesús mismo se lo reprochó dulcemente: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón?» (Lc 24, 38). Él trataba de convencerlos acerca de su identidad, demostrándoles que no era «un fantasma», sino que tenía «carne y huesos». Con este fin consumió incluso alimentos bajo sus ojos ( Cfr. Lc 24, 37-43).

El acontecimiento de Pentecostés impulsa a los discípulos a superar definitivamente esta actitud de desconfianza: la verdad de la resurrección de Cristo penetra plenamente en sus mentes y conquista su voluntad. Entonces de verdad «de su seno corrieron ríos de agua viva» (Cfr. Jn 7, 38), como había predicho de forma figurativa Jesús mismo hablando del Espíritu Santo.

5. Por obra del Paráclito, los apóstoles y los demás discípulos se transformaron en «hombres pascuales»: creyentes y testigos de la resurrección de Cristo. Hicieron suya, sin reservas, la verdad de tal acontecimiento decisivo y anunciaron desde aquel día de Pentecostés «las maravillas de Dios» (Hech 2,11). Fueron capacitados desde dentro: el Espíritu Santo obró su transformación interior, con la fuerza de la nueva vida: la que Cristo recuperó en su resurrección y ahora infundió por medio del «nuevo Paráclito» en sus seguidores. Se puede aplicar a esa transformación lo que Isaías había predicho con lenguaje figurado: «Al fin será derramado desde arriba... un espíritu; se hará la estepa un vergel, y el vergel será considerado como selva» (Is 32, 15). Verdaderamente brilla en Pentecostés la verdad evangélica: «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos» (Mt 22, 32), «porque para Él todos viven» (Lc 20, 38).

6. La teofanía de Pentecostés abre a todos los hombres la perspectiva de la «novedad de vida». Aquel acontecimiento es el inicio del nuevo «donarse» de Dios a la humanidad, y a los apóstoles son el signo y la prenda no sólo del «nuevo Israel», sino también de la «nueva creación» realizada por obra del misterio pascual. Como escribe San Pablo: «la obra de justicia de uno solo procura toda la justificación que da la vida... Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5, 18.20). Y esta victoria de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, lograda por Cristo, obra en la humanidad mediante el Espíritu Santo. Por medio de Él fructifica en los corazones el misterio de la redención (Cfr. Rom 5, 5; Gal 5, 22).

Pentecostés es el inicio del proceso de renovación espiritual, que realiza la economía de la salvación en su dimensión histórica y escatológica, proyectándose sobre todo lo creado.

7. En la Encíclica sobre el Espíritu Santo Dominum et Vivificantem escribí: «Pentecostés es un nuevo inicio en relación con el primero, inicio originario de la donación salvífica de Dios, que se identifica con el misterio de la creación. Así leemos ya en las primeras páginas del libro del Génesis: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra... y el Espíritu de Dios ruah Elohim aleteaba por encima de las aguas"» (1, 1 ss.). Este concepto bíblico de creación comporta no sólo la llamada del ser mismo del cosmos a la existencia, es decir, el dar la existencia, sino también la presencia del Espíritu de Dios en la creación, o sea, el inicio de la comunicación salvífica de Dios a las cosas que crea. Lo cual es válido ante todo para el hombre, «que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios» (n. 12). En Pentecostés el «nuevo inicio» del donarse salvífico de Dios se funde con el misterio pascual, fuente de nueva vida.


EL DON DE LA FILIACIÓN DIVINA (26.VII.89)

1. En la teofanía de Pentecostés en Jerusalén hemos analizado los elementos externos que nos ofrece el texto de los Hechos de los Apóstoles: «un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso», «lenguas como de fuego» sobre aquellos que están reunidos en el Cenáculo, y finalmente aquel fenómeno psicológico- vocal, gracias al cual entienden lo que dicen los Apóstoles incluso aquellas personas que hablan «otras lenguas». Hemos visto también que entre todas estas manifestaciones externas lo más importante y esencial es la transformación interior de los Apóstoles. Precisamente en esta transformación se manifiesta la presencia y la acción del Espíritu-Paráclito, cuya venida Cristo había prometido a los Apóstoles en el momento de su vuelta al Padre.

La venida del Espíritu Santo está estrechamente vinculada con el misterio pascual, que se realiza en el sacrificio redentor de la cruz y en la resurrección de Cristo, generadora de «vida nueva». El día de Pentecostés los Apóstoles (por obra del Espíritu Santo) se hacen plenamente participes de esta vida, y así madura en ellos el poder del testimonio que darán del Señor resucitado.

2. Si, el día de Pentecostés el Espíritu Santo se manifiesta como Aquel que da la vida; y esto es lo que confesamos en el Credo, cuando proclamamos: «Dominum et Vivificantem». Se realiza así la economía de la autocomunicación de Dios, que comienza cuando Él «se dona» al hombre, creado a su imagen y semejanza. Este donarse de Dios, que constituye originariamente el misterio de la creación del hombre y de su elevación a la dignidad sobrenatural, después del pecado se proyecta en la historia en virtud de la promesa salvífica, que se cumple en el misterio de la redención obrada por Cristo Hombre-Dios, mediante el propio sacrificio. En Pentecostés unido al misterio pascual de Cristo, el «donarse de Dios» encuentra su cumplimiento. La teofanía de Jerusalén significa el «nuevo inicio» del donarse de Dios en el Espíritu Santo. Los Apóstoles y todos los presentes en el Cenáculo en compañía de la Madre de Cristo, María, aquel día fueron los primeros que experimentaron esta nueva efusión de la vida divina que en ellos y por medio de ellos, y por tanto en la Iglesia y mediante la Iglesia se ha abierto a todo hombre. Es universal como la redención.

3. El inicio de la «vida nueva» se realiza mediante «el don de la filiación divina», obtenida para todos por Cristo con la redención, y extendida a todos por obra del Espíritu Santo que, en la gracia, rehace y casi «re-crea» al hombre a semejanza del Hijo unigénito del Padre. De esta manera el Verbo encarnado renueva nueva y consolida el donarse de Dios, ofreciendo al hombre mediante la obra redentora aquella «participación en la naturaleza divina», a la que se refiere la segunda Carta de Pedro (Cfr. 2 Ped 1, 4); y también San Pablo, en la Carta a los Romanos, habla de Jesucristo como de Aquel que ha sido «constituido Hijo de Dios, con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos» (1, 4).

El fruto de la resurrección, que realiza la plenitud del poder de Cristo, Hijo de Dios, es por tanto participado a aquellos que se abren a la acción de su Espíritu como nuevo don de filiación divina. San Juan, en el prólogo de su Evangelio, tras haber hablado de la Palabra que se hizo carne, dice que «a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (1,12).

Los dos Apóstoles, Juan y Pablo, fijan el concepto de la filiación divina como don de la nueva vida al hombre, por obra de Cristo, mediante el Espíritu Santo.

Esta filiación es un don que proviene del Padre, como leemos en la primera Carta de Juan: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1 Jn 3, 1). En la Carta a los Romanos, Pablo expone la misma verdad a la luz del plan eterno de Dios: »Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo para que fuera Él «el primogénito entre muchos hermanos» (8, 29). El mismo Apóstol en la Carta a los Efesios habla de una filiación debida a la adopción divina, habiéndonos predestinado Dios «a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (1, 5).

4. También en la Carta a los Gálatas, Pablo se refiere al plan eterno concebido por Dios en la profundidad de su vida trinitaria, y realizado en la «plenitud de los tiempos» con la venida del Hijo en la Encarnación para hacer de nosotros sus hijos adoptivos: «Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer... para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Gal 4, 4)5). A esta «misión» (missio) del Hijo, según el Apóstol, en la economía trinitaria está estrechamente ligada la misión del Espíritu Santo, y de hecho añade: «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4, 6).

Aquí tocamos el «término» del misterio que se expresa en Pentecostés: el Espíritu Santo viene «a los corazones» como Espíritu del Hijo. Precisamente porque el Espíritu del Hijo nos permite a nosotros, hombres, gritar a Dios junto con Cristo: «Abbá, Padre».

5. En este gritar se expresa el hecho de que no sólo hemos sido llamados hijos de Dios, «sino que lo somos» como subraya el Apóstol Juan en su primera Carta (1 Jn 3,.1). Nosotros por causa del don participamos de verdad en la filiación propia del Hijo de Dios, Jesucristo. Esta es la verdad sobrenatural de nuestra relación con Cristo, la cual puede ser conocida sólo por quien «ha conocido al Padre» (Cfr. 1 Jn 2, 14) .

Ese conocimiento es posible solamente en virtud del Espíritu Santo por el testimonio que Él da, desde el interior, al espíritu humano, donde está presente como principio de verdad y de vida. Nos instruye el Apóstol Pablo: «El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rom 8, 14). El Espíritu Santo «sopla» en los corazones de los creyentes como el Espíritu del Hijo, estableciendo en el hombre la filiación divina a semejanza de Cristo y en unión con Cristo. El Espíritu Santo forma desde dentro de dentro al espíritu humano según el divino ejemplo que es Cristo. Así, mediante el Espíritu, el Cristo conocido por las páginas del Evangelio se convierte en la «vida del alma», y el hombre al pensar, al amar, al juzgar, al actuar, incluso al sentir, está conformado con Cristo, se hace «cristiforme».

7. Esta obra del Espíritu Santo tiene su «nuevo inicio» en el Pentecostés de Jerusalén, en el culmen del misterio pascual. Desde entonces Cristo «está con nosotros» y obra en nosotros mediante el Espíritu Santo, actualizando el plan eterno del padre, que nos ha predestinado «para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1, 5). No nos cansaremos nunca de repetir y de meditar esta maravillosa verdad de nuestra fe.




PENTECOSTÉS MANIFIESTA LA NUEVA ALIANZA (2.VIII.89)

1. En la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén con María y con la primera comunidad de los discípulos de Cristo, se realiza el cumplimiento de las promesas y de los anuncios hechos por Jesús a sus discípulos. Pentecostés constituye la solemne manifestación pública de la Nueva Alianza establecida entre Dios y el hombre «en la sangre» de Cristo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre», había dicho Jesús en la última Cena (1 Cor 11, 25). Se trata de una Alianza nueva, definitiva y eterna, preparada por las precedentes alianzas de las que habla la Sagrada Escritura. Estas últimas ya llevaban en si mismas el anuncio del pacto definitivo, que Dios establecería con el hombre en Cristo y en el Espíritu Santo. La palabra divina, transmitida por el profeta Ezequiel, ya invitaba a ver a esta luz el acontecimiento de Pentecostés: «infundiré mi espíritu en vosotros» (Ez 36, 27).

2. Hemos explicado con anterioridad que si en un primer momento Pentecostés había sido la fiesta dé la siega (Ex 23, 16), seguidamente comenzó a celebrarse también como recuerdo y casi como renovación de la alianza establecida por Dios con Israel tras la liberación de la esclavitud de Egipto (Cfr. 2 Cor 15, 10-13). Por lo demás, ya en el Libro del Éxodo leemos que Moisés «tomó el libro de la alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: "obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahvéh". Entonces tomó Moisés la sangre roció con ella al pueblo y dijo: "esta es la sangre de la alianza que Yahvéh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras"» (Ex 24, 7-8).

3. La Alianza del Sinaí había sido establecida entre Dios-Señor y el pueblo de Israel. Antes de esa, ya habían existido, según los textos bíblicos, la alianza de Dios con el patriarca Noé y con Abrahán.

La Alianza establecida con Noé después del diluvio contenía el anuncio de una alianza que Dios quería establecer con toda la humanidad: «He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros y con vuestra futura descendencia, ...con todos los animales que han salido del arca» (Gen 9, 9-10). Y por consiguiente no sólo con la humanidad, sino también con toda la creación que rodea al hombre en el mundo visible.

La Alianza con Abrahán tenia también otro significado. Dios escogía a un hombre y con él establecía un alianza por causa de su descendencia: «Estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una Alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posterioridad» (Gen 17, 7). La Alianza con Abrahán era la introducción a la alianza con un pueblo entero, Israel, en consideración del Mesías que debía provenir precisamente de ese pueblo, elegido por Dios con tal finalidad.

4. La Alianza con Abrahán no contenía propiamente una Ley. La Ley divina fue dada más tarde, en la alianza del Sinaí, Dios la prometió a Moisés que había subido al monte por su llamada: «Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad..». (Ex 19, 5). Habiendo sido referida la promesa divina a los ancianos de Israel, «todo el pueblo a una respondió diciendo: "haremos todo cuanto ha dicho Yahvéh". Y Moisés llevó a Yahvéh la respuesta del pueblo» (Ex 19, 8).

Esta descripción bíblica pone de relieve la figura de este gran jefe y legislador de Israel, mostrando la génesis divina del código que él dio al pueblo, pero quiere también darnos a entender que la alianza del Sinaí implicaba compromisos por ambas partes: Dios, el Señor, escogí Israel como su propiedad particular, «un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6), pero a condición de que el pueblo observase la Ley que Él daría con el Decálogo (Cfr. Ex 20, 1, 22.), y las demás prescripciones y normas. Por su parte, Israel se comprometió a esta observancia.

5. La historia de la antigua Alianza nos muestra que este compromiso muchas veces no fue mantenido. Especialmente los Profetas reprochan a Israel sus infidelidades e interpretan los acontecimientos luctuosos de su historia como castigos divinos. Los profetas amenazan nuevos castigos, pero al mismo tiempo anuncian otra alianza . Leemos, por ejemplo, en Jeremías: «He aquí que días vienen en que yo pactaré con la casa de Israel una nueva Alianza ; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando les tomé de la mano para sacarles de Egipto; que ellos rompieron mi alianza» (Jer 31, 31)32).

La nueva (futura) alianza será establecida implicando de modo más intimo al ser humano. Leemos también: «Esta será la alianza que yo pacté con la casa de Israel, después de aquellos días: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré» (Jer 31, 33).

Esta nueva iniciativa de Dios afecta sobre todo al hombre anterior. La Ley de Dios será «puesta» en lo profundo del «ser» humano (del «yo» humano). Este carácter de interioridad es confirmado por aquellas otras palabras: «sobre sus corazones la escribiré». Por tanto, se trata de una Ley, con la que el hombre se identifica interiormente. Sólo entonces Dios es de verdad «su» Dios.

6. Según el profeta Isaías la Ley constitutiva de la Nueva Alianza será establecida en el espíritu humano por obra del Espíritu de Dios. «Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre Él el espíritu de Yahvéh» (Is 11, 1-2), es decir, sobre el Mesías. En Él se cumplirán las palabras del Profeta: «El Espíritu del Señor Yahvéh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahvéh» (Is 61, 1). El Mesías, guiado por el Espíritu de Dios, realizará la alianza y la hará «nueva» y «eterna». Es lo que anuncia el mismo Isaías con palabras proféticas suspendidas sobre la oscuridad de la historia: «Cuanto a mi, esta es la alianza con ellos, dice Yahvéh. Mi espíritu que ha venido sobre ti y mis palabras que he puesto en tus labios no caerán de tu boca ni de la boca de tu descendencia (...), desde ahora y para siempre» (Is 59, 21).

7. Cualesquiera que sean los términos históricos y proféticos en que se coloque la perspectiva de Isaías, podemos afirmar que sus palabras encuentran su pleno cumplimiento en Cristo, en la Palabra que es suya «propia», pero también «del Padre que lo ha enviado» (Cfr. Jn 5, 37): en su Evangelio, que renueva, completa y vivifica la Ley; y en el Espíritu Santo que es enviado en virtud de la redención obrada por Cristo mediante su cruz y su resurrección, confirmando plenamente lo que había anunciado Dios por medio de los profetas ya en la antigua Alianza. Con Cristo y en el Espíritu Santo se tiene la Nueva Alianza, de la que el profeta Ezequiel, como portavoz de Dios, había predicho: «Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas.. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ez 36, 26-28).

8. En el acontecimiento del Pentecostés de Jerusalén la venida del Espíritu Santo realiza definitivamente la «nueva y eterna» Alianza de Dios con la humanidad establecida «en la sangre» del Hijo unigénito, como momento culminante del «Don de lo alto» (Cfr. St 1, 17). En aquella alianza el Dios Uno y Trino «se dona» no sólo al pueblo elegido, sino también a toda la humanidad. La profecía de Ezequiel: «Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios»(Ez 36, 28) cobra entonces una dimensión nueva y definitiva: la universalidad. Realiza plenamente la dimensión de la interioridad, porque la plenitud del Don (el Espíritu Santo) debe llenar todos los corazones, dando a todos la fuerza necesaria para superar toda debilidad y todo pecado. Cobra la dimensión de la eternidad: es una Alianza «nueva y eterna» (Cfr. Heb 13, 20). En aquella plenitud del Don tiene su propio inicio la Iglesia como Pueblo de Dios de la nueva y eterna Alianza. Así se cumple la promesa de Cristo sobre el Espíritu Santo, enviado como «otro Consolador» (Parákletos), «para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14,16).




PENTECOSTÉS, LA LEY DEL ESPÍRITU (9.VIII.89)

1. La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés es el cumplimiento definitivo del misterio pascual de Jesucristo y realización plena de los anuncios del Antiguo Testamento, especialmente los de los profetas Jeremías y Ezequiel acerca de una nueva, futura alianza alianza que Dios establecería con el hombre en Cristo y una «efusión» del Espíritu de Dios «en toda carne» (Jl 9, 1); pero tiene también el significado de una nueva inscripción de la ley de Dios «en lo profundo» del «ser» humano, o, como dice el profeta, en el «corazón» (Cfr. Jr 31, 33). Así se tiene una «nueva ley», o «ley del Espíritu», que debemos ahora considerar para alcanzar un conocimiento más completo del misterio del Paráclito.

2. Ya hemos puesto de relieve el hecho de que la antigua Alianza entre Dios-Señor y el pueblo de Israel, establecida por medio de la teofanía del Sinaí, estaba basada en la Ley. En su centro se encuentra el decálogo. El señor exhorta a su pueblo a la observancia de los mandamientos: «Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mi un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 5-6)

Puesto que aquella alianza no fue mantenida fielmente, Dios, por medio de los profetas, anuncia que establecerá un alianza nueva: «Esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel después de aquellos días oráculo de Yahvéh: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré». Estas palabras de Jeremías, ya citadas en la precedente catequesis, están vinculadas a la promesa: Y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jr 31, 33).

3. Por tanto, la nueva futura Alianza anunciada por los profetas se debía establecer por medio de un cambio radical de la relación del hombre con la ley de Dios. En vez de ser una regla externa, escrita sobre tablas de piedra, la Ley debía convertirse, gracias a la acción del Espíritu Santo sobre el corazón del hombre, en una orientación interna, establecida «en lo profundo del ser humano».

Esta Ley se resume, según el Evangelio, en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Cuando Jesús afirma que «de estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22, 40), da a entender que estaban ya contenidos en el Antiguo Testamento (Cfr. Dt 6, 5; Lv 19, 18). El amor de Dios es el mandamiento «mayor y primero«; el amor al prójimo es «el segundo y semejante al primero« (Cfr. Mt 22, 37)39), y es también condición necesaria para la observancia del primero: «Pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley», como escribirá San Pablo (Rom 13, 8).

4. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo, esencia de la nueva Ley instituida por Cristo con la enseñanza y el ejemplo hasta dar «su vida por sus amigos»: (Cfr. Jn 15, 13), es «escrito» en los corazones por el Espíritu Santo. Por esto se convierte en «la ley del Espíritu».

Como escribe el Apóstol a los Corintios: «Evidentemente sois una Carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones» (2 Cor 3, 3). La Ley del Espíritu es, por consiguiente, el imperativo interior del hombre, en el que actúa el Espíritu Santo: es, más aún, el mismo Espíritu Santo que se hace así Maestro y guía del hombre desde el interior del corazón.

5. Una Ley entendida así está muy lejos de toda forma de imposición externa por la que el hombre queda sometido en sus propios actos. La Ley del Evangelio, contenida en la palabra y confirmada por la vida y la muerte de Cristo, consiste en una revelación divina, que incluye la plenitud de la verdad sobre el bien de las acciones humanas, y al mismo tiempo sana perfecciona la libertad interior del hombre, como escribe San Pablo: «La ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte» (Rom 8, 2). Según el Apóstol, el Espíritu Santo que «da vida«, porque por medio de Él el espíritu del hombre participa en la vida de Dios, se transforma al mismo tiempo en el nuevo principio y la nueva fuente del actuar del hombre: «a fin de que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros que seguimos una conducta, no según la carne, sino según el espíritu» (Rom 8, 4).

En esta enseñanza San Pablo hubiera podido hacer referencia a Jesús mismo que en el Sermón de la Montaña advertía: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5, 17). Precisamente este cumplimiento, que Jesucristo ha dado a la Ley de Dios con su palabra y con su ejemplo, constituye el modelo del «caminar según el Espíritu». En este sentido, en los creyentes en Cristo, participes de su Espíritu, existe y actúa la «Ley del Espíritu», escrita por Él «en la carne de los corazones».

6. Toda la vida de la Iglesia primitiva, como se nos muestra en los Hechos de los Apóstoles, es una manifestación de la verdad enunciada por San Pablo, según el cual «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por Él Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5). Aun entre los limites y los defectos de los hombres que la componen, la comunidad de Jerusalén participa en la nueva vida que «viene regalada por el Espíritu», vive del amor de Dios. También nosotros recibimos esta vida como un don del Espíritu Santo, el cual nos infunde el amor amor a Dios y al prójimo contenido esencial del mandamiento mayor. Así la nueva Ley, impresa en los corazones de los hombres por el amor como don del Espíritu Santo, es en ellos Ley del Espíritu. Y esa es Ley que libera, como escribe San Pablo: «La ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte» (Rom 8, 2).

7. Por esto, Pentecostés, en cuanto es «el derramarse en nuestros corazones« del amor de Dios (Cfr. Rom 5, 5) marca el inicio de una nueva moral humana, enraizada en la «Ley del Espíritu». Esta moral es algo más que la observancia de la ley dictada por la razón o por la misma Revelación. Esa moral deriva de una profundidad mayor y al mismo tiempo alcanza una profundidad mayor. Deriva del Espíritu Santo y hace vivir de un amor que viene de Dios y que se convierte en realidad de la existencia humana por medio del Espíritu Santo «derramado en nuestros corazones».

El apóstol Pablo fue el más alto pregonero de esta moral superior, enraizada en la «verdad del Espíritu». Él, que había sido un celoso fariseo, buen conocedor, meticuloso observante y fanático defensor de la «letra» de la Antigua Ley, convertido más tarde en apóstol de Cristo, podrá escribir de si mismo: «Dios... nos capacitó para ser ministros de una nueva Alianza , no de la letra, sino del Espíritu. Pues la letra mata mas el Espíritu da vida» (2 Cor 3, 6).







SEGUNDA PARTE

PENTECOSTÉS Y EL INICIO DE LA IGLESIA


PENTECOSTÉS, INICIO DEL NUEVO PUEBLO DE DIOS (16.VIII.89)

1. El día de Pentecostés en Jerusalén los Apóstoles, y con ellos la primera comunidad de los discípulos de Cristo, reunidos en el Cenáculo en compañía de María, Madre del Señor, reciben el Espíritu Santo. Se cumple así por ellos la promesa que Cristo les confió al partir de este mundo para volver al Padre. Ese día se revela al mundo la Iglesia, que había brotado de la muerte del Redentor. Hablaré de esto en la próxima catequesis.

Ahora quisiera mostrar que la venida del Espíritu Santo, como realización de la Nueva Alianza «en la sangre de Cristo», da inicio al nuevo Pueblo de Dios Este Pueblo es la comunidad de aquellos que han sido «santificados en Cristo Jesús» (1 Cor 1, 2); de aquellos de los que Cristo hizo «un reino de sacerdotes para su Dios y padre» (Ap 1, 6; cfr. 5, 10; 1 Pe 2, 9). Todo esto sucedió en virtud del Espíritu Santo.

2. Para captar plenamente el significado de esta verdad, anunciada por los apóstoles Pedro y Pablo y por el Apocalipsis, es preciso volver un momento a la institución de la antigua Alianza entre Dios-Señor e Israel, representado por su jefe Moisés, tras la liberación de la esclavitud de Egipto. Los textos que nos hablan de ella indican claramente que la alianza establecida entonces no se reducía sólo a un pacto fundado sobre compromisos bilaterales: Dios-Señor es quien elige a Israel como su pueblo, de forma que el pueblo se convierte en su propiedad, mientras Él mismo será de ahora en adelante «su Dios«.

Por tanto, leemos: «Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra: seréis para mi un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 5). En el libro del Deuteronomio encontramos la repetición y la confirmación de lo que Dios proclama en el Éxodo. «Tú Israel eres un pueblo consagrado a Yahvéh; Él te ha elegido a ti para que seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay sobre la haz de la tierra» (Dt 7, 6; análogamente 26, 18). Conviene notar que la expresión «segullah« significa «tesoro personal del rey».

3. Esta elección por parte de Dios brota total y exclusivamente de su amor: un amor del todo gratuito. Leemos: «No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha prendado Yahvéh de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos; sino por el amor que os tiene y por guardar el juramento hecho a vuestros padres, por eso os ha sacado Yahvéh con mano fuerte y os ha librado de la casa de servidumbre» (Dt 7, 7-8). Lo mismo expresa con lenguaje imaginativo el Libro del Éxodo: «Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí» (Ex 19, 4).

Dios actúa por amor gratuito. Este amor vincula a Israel con Dios-Señor de modo especial y excepcional. Por él Israel se ha convertido en propiedad de Dios. Pero este amor exige la reciprocidad, y por tanto una respuesta de amor por parte de Israel: «Amarás a Yahvéh tu Dios» (Dt 6, 5).

4. Así, en la alianza nace un nuevo pueblo que es el Pueblo de Dios. Ser «Propiedad» de Dios-Señor quiere decir estar «consagrado» a Él, ser un «pueblo santo». Y lo que, por intermedio de Moisés, Dios-Señor hace saber a toda la comunidad de los israelitas: «Sed santos, porque Yo, Yahvéh, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19, 2). Con la misma elección Dios se d su pueblo en lo que le es más propio, la santidad, y la pide a Israel como cualidad de vida.

Como pueblo «consagrado» a Dios, Israel está llamado a ser un «pueblo de sacerdotes»: «Vosotros seréis llamados "sacerdotes de Yahvéh", "ministros de nuestro Dios se os llamará"».(Is 61, 6).

5. La Nueva Alianza nueva y eterna es establecida «en la sangre de Cristo» (Cfr. 1 Cor 11, 25). En virtud de este sacrificio redentor, el «nuevo Consolador» «Parákletos» (Cfr. Jn 14, 16) el Espíritu Santo es dado a aquellos «que han sido santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos» (1 Cor 1, ). «A todos los amados de Dios... y santos por vocación» (Rom 1, 7), como escribe San Pablo al dirigir su Carta a los cristianos de Roma. De igual forma se expresará también con los corintios: « a la Iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya» (2 Cor 1, 1 ); con los filipenses: «a todos los santos en Cristo Jesús, que están en Filipos» (Flp 1, 1); con los colosenses: «a los santos de Colosas, hermanos fieles en Cristo» (Col 1, 2); o con los de Éfeso: «a los santos y fieles en Cristo Jesús» (Ef 1, 1).

Encontramos el mismo modo de hablar en los Hechos de los Apóstoles: «Pedro... bajó también a visitar a los santos que habitaban en Lida» (Hech 9, 32; cfr. 9, 41; y también 9, 13 «a tus santos en Jerusalén»).

En todos estos casos se trata de los cristianos, o de los «fieles», es decir, de los «hermanos» que han recibido el Espíritu Santo. Es precisamente Él, el Espíritu Santo, el artífice directo de aquella santidad, sobre la que mediante la participación en la santidad de Dios mismo, se edifica toda la vida cristiana» (Tes 2, 13; 1 Pe 1, 2).

6. Lo mismo hay que decir de la consagración que, en virtud del Espíritu Santo, hace que los bautizados se conviertan en un «reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Cfr. Ap 1, 6; 5, 10; 20, 6). La primera Carta a de Pedro desarrolla ampliamente esta verdad: «También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 Pe 2, 5). «Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, par anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1 Pe 2, 9). Y sabemos que «los ha llamado» con la voz del Evangelio «en el Espíritu Santo, enviado desde el cielo» (1 Pe 1, 12).

7. La Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II ha enunciado esta verdad con las siguientes palabras: «Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (Cfr. Hb 5, 1-5), de su nuevo pueblo hizo... un reino y sacerdotes para Dios, su Padre (Ap 1, 6; cfr. 5, 9-10). Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan a sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (Cfr. 1 Pe 2, 4-10)» (n.10).

Tocamos aquí la esencia más intima de la Iglesia como «Pueblo de Dios» y comunidad de santos, sobre la cual volveremos en la próxima catequesis. Los textos citados, sin embargo, aclaran desde ahora que en la condición de santidad y de consagración del «Pueblo nuevo» se expresa «la unción», es decir, el poder y la acción del Espíritu Santo.












LA IGLESIA DE CRISTO Y EL ESPÍRITU SANTO (30.VIII.89)

1. El día de Pentecostés, la Iglesia, surgida de la muerte redentora de Cristo, se manifiesta al mundo, por obra del Espíritu Santo. Este es el tema de la catequesis de hoy, introducida por precedente acerca de la venida del Espíritu Santo que dio comienzo al nuevo Pueblo de Dios. Hemos visto que, haciendo referencia a la antigua Alianza entre Dios-Señor e Israel como pueblo «elegido», el pueblo de la Nueva Alianza, establecida «en la sangre de Cristo» (Cfr. 1 Cor 11, 25), está llamado en el «Espíritu Santo a la santidad. Es el pueblo consagrado mediante la unción del Espíritu Santo» ya en el sacramento del bautismo. Es el «sacerdocio real» llamado a ofrecer «los dones espirituales» (Cfr. 1 Pe 2, 9). Formando de esta manera el pueblo de la Nueva Alianza, el Espíritu Santo hace manifiesta a la Iglesia, que surgió del Corazón del Redentor atravesado en la cruz.

2. Ya en las catequesis del ciclo cristológico hemos demostrado que Jesucristo, trasmitiendo a los apóstoles el reino recibido del Padre (Cfr. Lc 22, 29; y también Mc 4, 11), coloca los cimientos para la edificación de su Iglesia. En efecto, Él no se limitó atraer oyentes y discípulos mediante la palabra del Evangelio y los «signos» que obraba, sino que también anunció claramente su voluntad de «edificar la Iglesia» sobre los Apóstoles, y en particular sobre Pedro (Cfr. Mt 16, 18). Cuando llega la hora de su pasión, la tarde de la víspera, Él ora por su «consagración por la verdad« (Cfr. Jn 17, 17), ora por su unidad: «para que todos sean uno. Como tú Padre, en mí y yo en ti..., para que el mundo crea que tú me has enviado» (Cfr. Jn 17, 21)23). Finalmente, da su vida «como rescate por muchos» (Mc 10, 45), «para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52).

3. La Constitución conciliar «Lumen Gentium» subraya el vínculo que existe entre el misterio pascual y Pentecostés: «Como Jesús, después de haber padecido muerte de cruz por los hombres, resucitó, se presentó por ello constituido en Señor, Cristo y Sacerdote para siempre, y derramó sobre sus discípulos el Espíritu prometido por el Padre» (Lumen Gentium, 5). Esto se realizó en conformidad con los anuncios dados por Jesús en el Cenáculo antes de su pasión, y renovados antes de su partida definitiva de esta tierra para volver al Padre: «Recibid la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén... y hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 8).

Este hecho es culminante y decisivo para la existencia de la Iglesia. Cristo la anunció, la instituyó, y luego definitivamente «la engendró» en la cruz mediante su muerte redentora. Sin embargo, la existencia de la Iglesia se hizo patente el día de Pentecostés, cuando vino el Espíritu Santo y los Apóstoles comenzarán a «dar testimonio» del misterio pascual de Cristo. Podemos hablar de este hecho como de un nacimiento de la Iglesia, como hablamos del nacimiento de un hombre en el momento que sale del seno de la madre y «se manifiesta» al mundo.

4. En la Encíclica «Dominum et Vivificantem» escribí: «La era de la Iglesia empezó con la venida, es decir, con la bajada del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo de Jerusalén junto con María, la Madre del Señor. Dicha era empezó en el momento en que las promesas y las profecías, que explícitamente se referían al Paráclito, el Espíritu de la verdad, comenzaron a verificarse con toda su fuerza y evidencia sobre los Apóstoles, determinando así el nacimiento de la Iglesia... El Espíritu Santo asumió la guía invisiblepero en cierto modo perceptible de quienes, después de la partida del Señor Jesús, sentían profundamente que habían quedado huérfanos. Estos, con la venida del Espíritu Santo, se sintieron idóneos para realizar la misión que se les había confiado. Se sintieron llenos de fortaleza. Precisamente esto obró en ellos el Espíritu Santo, y lo que obrando continuamente en la Iglesia, mediante sus sucesores» (n. 25).

5. El nacimiento de la Iglesia es como una «nueva creación» (Ef 2, 15). Se puede establecer una analogía con la primera creación, cuando «Yahvéh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida» (Gen 2, 7). A este «aliento de vida» el hombre debe el «espíritu», que en el compuesto humano hace que sea hombre-persona. A este «aliento» creativo hay que referirse cuando se lee que Cristo resucitado, apareciéndose a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo «sopló sobre ellos y les dijo: «recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). Este acontecimiento, que tuvo lugar la tarde misma de Pascua, puede considerarse un Pentecostés anticipado, aún no hecho público. Siguió luego el día de Pentecostés, cuando Jesucristo, «exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís» (Hech 2, 33). Entonces por obra del Espíritu Santo se realizó «la nueva creación» (Cfr. Sal 103/104, 30).

6. Además de la analogía con el libro del Génesis, se puede encontrar otra en un pasaje del libro del profeta Ezequiel, donde leemos: «Así dice el Señor Yahvéh: Ven, espíritu, de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan» (Ez 37, 9). «He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel» (Ez 37,12). «Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis... y sabréis que yo soy el Señor» (Ez 7, 14). «... y el espíritu entró en ellos y se incorporaron sobre sus pies» (Ez 37, 10).

Esta grandiosa y penetrante visión profética se refiere a la restauración mesiánica de Israel tras el exilio, anunciada por Dios después del largo sufrimiento (Cfr. Ez 37, 11)14). Es el mismo anuncio de continuación y de nueva vida dado por Oseas (Cfr. 6, 2; 13, 14) y por Isaías (26, 19). Pero el simbolismo usado por el profeta infundía en el alma de Israel la aspiración hacía la idea de una resurrección individual, tal vez ya entrevista por Job (Cfr. 19, 25). Esa idea habría madurado sucesivamente, como lo atestiguan otros pasos del Antiguo Testamento (Cfr. Dn 12, 2; 2 Mac 7, 9-14.23)36; 12, 43-46) y del Nuevo (Mt 22, 29-32; 1 Cor 15). Pero en aquella idea estaba la preparación para el concepto de la «vida nueva», que se revelará en la resurrección de Cristo y por obra del Espíritu Santo descenderá sobre los que creerán Por lo tanto, también en el texto de Ezequiel podemos leer, nosotros los creyentes en Cristo, una cierta analogía pascual.

7. Y he aquí un último aspecto del misterio de la Iglesia naciente bajo la acción del Espíritu el día de Pentecostés: en ella se realiza la oración sacerdotal de Cristo en el Cenáculo, «para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mi y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 12). Descendiendo sobre los Apóstoles reunidos en torno a María, Madre de Cristo, el Espíritu Santo los transforma y los une, «colmándolos» con la plenitud de la vida divina. Ellos se hacen, «uno»: una comunidad apostólica, lista para dar testimonio de Cristo crucificado y resucitado. Esta es la «nueva creación» surgida de la cruz y vivificada por el Espíritu Santo, el cual, el día de Pentecostés, la pone en marcha en la historia.









EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO (6.IX.89)

1. Cuando la Iglesia, brotada del sacrificio de la cruz, comenzó su camino en el mundo por obra del Espíritu Santo, que bajó al Cenáculo el día de Pentecostés, tuvo inicio «su tiempo», «el tiempo de la Iglesia» como colaboradora del Espíritu en la misión de hacer fructificar la redención de Cristo en la humanidad, de generación en generación. Precisamente en esta misión y colaboración con el Espíritu se realiza «la sacramentalidad» que le atribuye el Concilio Vaticano II cuando enseña que « La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión intima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen Gentium 1). Esta «sacramentalidad » tiene un significado profundo en relación con el misterio de Pentecostés, que da a la Iglesia el vigor y los carismas para operar visiblemente en toda la familia humana.

2. En esta catequesis queremos considerar principalmente la relación entre Pentecostés y el sacramento del bautismo. Sabemos que la venida del Espíritu Santo fue anunciada en el Jordán junto con la venida de Cristo. Fue Juan Bautista quien asoció las dos venidas, e incluso mostró su intima conexión, hablando de «bautismo » Él os bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1, 8); «Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3, 11). Este vínculo entre el Espíritu Santo y el fuego se ha de colocar en el contexto del lenguaje bíblico, que ya en el Antiguo Testamento presentaba el fuego como el medio usado por Dios para purificar las conciencias (Cfr. Is 1, 25; 6, 5-7; Za 13, 9; Mal 3, 2-3; Sir 2, 5, etc.). A su vez el bautismo, que se practicaba en el judaísmo y en otras religiones antiguas, era una inmersión ritual, con la que se quería significar una purificación renovadora. Juan Bautista había adoptado esta práctica del bautismo en el agua, aun subrayando que su valor no era sólo ritual sino también moral, puesto que era «para la conversión» (Cfr. Mt 3, 2.6.8.11; Lc 3,10-14).

Además, ese bautismo constituía una especie de iniciación, mediante la cual aquellos que lo recibían se convertían en discípulos del Bautista y constituían en torno a él y con él una cierta comunidad caracterizada por la espera escatológica del Mesías (Cfr. Mt 3, 2.11; Jn 1, 19)34). Sin embargo, se trataba de un bautismo de agua; es decir, no tenía un poder de purificación sacramental. Tal poder sería propio del bautismo de fuego (elemento en sí mucho más poderoso que el agua) traído por el Mesías. Juan proclamaba la función preparatoria y simbólica de su bautismo en relación con el Mesías, que debía. bautizar «en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3, 11; cfr. 3.7.10.12; Jn 1, 33). Y añadía que si con el fuego del Espíritu el Mesías iba a purificar a fondo a los hombres bien dispuestos, recogidos como «trigo en el granero», sin embargo, quemaría «la paja con fuego que no se apaga», como el «fuego de la gehenna» (Cfr. Mt 18, 8-9), símbolo de la consumación a la que está destinado todo lo que no se ha dejado purificar (Cfr. Is 66, 24; Jdt 16, 17; Sir 7, 17; Sof 1, 18; Sal 21, 10, etc.).

3. Mientras está desarrollando su función profética y prefiguradora en la línea del simbolismo del Antiguo Testamento, el Bautista un día se encuentra con Jesús en las aguas del Jordán. Reconoce en Él al Mesías, del que proclama que es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29) y, por petición suya, lo bautiza (Cfr. Mt 3, 14-15); pero, al mismo tiempo, da testimonio de su mesianidad, de la que se profesa un simple anunciador y precursor (Cfr. Jn 1, 30-31). Este testimonio de Juan está constituido por la comunicación que él mismo hace a sus discípulos y oyentes acerca de la experiencia que tuvo él en esa circunstancia, y que tal vez le hizo recordar la narración del Génesis sobre la conclusión del diluvio (Cfr. Gen 8, 10: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo» (Jn 1, 32-33; cfr. Mt 3, 16; Mc 1, 8; Lc 3, 22).

«Bautizar en Espíritu Santo» significa regenerar la humanidad con el poder del Espíritu de Dios; es lo que hace el Mesías, sobre el que, como había predicho Isaías (11, 2; 42, 1), reposa el Espíritu colmando su humanidad de valor divino a partir de la Encarnación hasta la plenitud de la resurrección tras la muerte en la cruz (Cfr. Jn 7, 39; 14, 26; 16, 7.8; 20, 22; Lc 24, 49). Adquirida esta plenitud, el Mesías Jesús puede dar el nuevo bautismo en el Espíritu del que está lleno (Cfr. Jn 1, 33; Hech 1, 5). De su humanidad glorificada, como de un manantial de agua viva, el Espíritu se difundirá por el mundo (Cfr. Jn 7, 37-39; 19, 34; cfr. Rom 5, 5). Este es el anuncio que hace el Bautista al dar testimonio de Cristo con ocasión del bautismo, en el que se funden los símbolos del agua y del fuego, expresando el misterio de la nueva energía vivificadora que el Mesías y el Espíritu han derramado en el mundo.

4. También Jesús, durante su ministerio, habla de su pasión y muerte como un bautismo que Él mismo debe recibir: un bautismo, porque deberá sumergirse totalmente en el sufrimiento, simbolizado también por el cáliz que ha de beber (Cfr. Mc 10, 38; 14, 36); pero un bautismo vinculado por Jesús con el otro símbolo del fuego, que Él vino a traer a la tierra (Lc 12, 49-50): fuego, en el que es bastante fácil entrever al Espíritu Santo que colma su humanidad y que un día, después del incendio de la cruz, se extenderá por el mundo como propagación del bautismo de fuego, que Jesús desea tan intensamente recibir, que se encuentra angustiado hasta que se haya realizado en él (Cfr. Lc 1 2, 50).

5. Escribí en la Encíclica Dominum et Vivificantem: «En el Antiguo Testamento se habla varias veces del «fuego del cielo», que quemaba los sacrificios presentados por los hombres. Por analogía se puede decir que el Espíritu Santo es el «fuego del cielo» que actúa en lo más profundo del misterio de la cruz... Como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio que se ofrece en la cruz. Refiriéndonos a la Tradición bíblica podemos decir: Él consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria. Y dado que el sacrificio de la cruz es un acto propio de Cristo, también en este sacrificio Él «recibe» el Espíritu Santo. Lo recibe de tal manera que después )Él solo con Dios Padre) puede «darlo» a los Apóstoles, a la Iglesia, y a la humanidad. Él solo lo «envía» desde el Padre. Él solo se presenta ante los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, «sopla sobre ellos» y les dice: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 23)« (n. 41).

6. Así encuentra su realización el anuncio mesiánico de Juan en el Jordán: «Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3, 11; cfr. Lc 3, 16). Aquí encuentra también su realización el simbolismo bíblico, con el que Dios mismo se manifestó como la columna de fuego que guiaba a su pueblo a través del desierto (Cfr. Ex 13, 21-22), como palabra de fuego por la que «la montaña (del Sinaí) ardía en llamas hasta el mismo cielo» (Dt 4, 11), como luz en el fuego (Is 10, 17), como fuego de ardiente gloria en el amor a Israel (Cfr. Dt 4, 24). Encuentra realización lo que Cristo mismo prometió cuando dijo que había venido a encender el fuego sobre la tierra (Cfr. Lc 12, 49), mientras el Apocalipsis dirá de él que sus ojos son como llama de fuego (Cfr. Ap 1, 14; 2, 18; 19, 12). Se explica así que el Espíritu Santo sea enviado en el fuego (Cfr. Hech 2, 3). Todo esto sucede en el misterio pascual, cuando Cristo en el sacrificio de la cruz recibe el bautismo con el que Él mismo debía ser bautizado (Cfr. Mc 10, 38) y en el misterio de Pentecostés, cuando Cristo resucitado y glorificado comunica su Espíritu a los Apóstoles y a la Iglesia.

Por aquel «bautismo de fuego» recibido en su sacrificio, según San Pablo, Cristo en su resurrección se convirtió, como «último Adán», en «espíritu que da vida» (1 Cor 15, 45). Por esto, Cristo resucitado anuncia a los Apóstoles: «Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hech 1, 5). Por obra del «último Adán», Cristo, será dado a los Apóstoles y a la Iglesia «el Espíritu que da vida» (Jn 6, 63).

7. El día de Pentecostés se da la revelación de este bautismo: el bautismo nuevo y definitivo, que obra la purificación y la santificación para una vida nueva; el bautismo en virtud del cual nace la Iglesia en la perspectiva escatológica que se extiende «hasta el fin del mundo» (Cfr. Mt 28, 20): no sólo la «Iglesia de Jerusalén», de los Apóstoles y de los discípulos inmediatos del Señor, sino la Iglesia «entera» tomada en su universalidad, que se realiza a través de los tiempos y los lugares de su arraigo terreno.

Las lenguas de fuego que acompañan el acontecimiento de Pentecostés en el Cenáculo de Jerusalén, son el signo de aquel fuego que Jesucristo trajo y encendió sobre la tierra (Cfr. Lc 12, 49): el fuego del Espíritu Santo.

8. A la luz de Pentecostés también podemos comprender mejor el significado del bautismo como primer sacramento, en cuanto es obra del Espíritu Santa Jesús mismo había aludido ludido a ello en el coloquio con Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5). En aquel mismo coloquio Jesús alude también a su futura muerte en la cruz (Cfr. Jn 3, 14-15) y a su exaltación celeste (Cfr. Jn 3, 13); es el bautismo del sacrificio, del que el bautismo de agua, el primer sacramento de la Iglesia. recibirá la virtud de obrar el nacimiento por el Espíritu Santo y de abrir a los hombres «la entrada al reino de Dios». En efecto, como escribe San Pablo a los Romanos, «cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte. Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6, 34). Este camino bautismal en la vida nueva tiene inicio el día de Pentecostés en Jerusalén.

9. El Apóstol ilustra más veces el significado del bautismo en sus Cartas (Cfr. 1 Cor 6, 11; Tit 3, 5; 2 Cor 1, 22; Ef 1, 13). Él lo concibe como un «baño de peregrinación y de renovación del Espíritu Santo» (Tit 3, 5), heraldo de justificación «en el nombre del Señor Jesucristo» (1 Cor 6, 11; cfr. 2 Cor 1, 22); como un «sello del Espíritu Santo de la Promesa» (Ef 1, 13); como «arras del Espíritu en nuestros corazones» (2 Cor 1, 22). Dada esta presencia del Espíritu Santo en los bautizados, el Apóstol recomendaba a los cristianos de entonces y lo repite también a nosotros hoy: «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención» (Ef 4, 30) .








EL ESPÍRITU SANTO Y LA EUCARISTÍA (13.IX.89)

1. La promesa de Jesús: «seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hech 1, 5) significa que existe un vínculo entre el Espíritu Santo y el bautismo. Lo hemos visto en la anterior catequesis, en la que, partiendo del bautismo de penitencia que Juan impartía en el Jordán anunciando la venida de Cristo, nos hemos acercado a aquel que bautizará «en Espíritu Santo y fuego». Nos hemos acercado también a aquel único bautismo con que debía ser bautizado Él mismo (Cfr. Mc 10, 38); el sacrificio de la cruz, que ofreció Cristo «por el Espíritu Eterno» (Hb 9, 14) hasta el punto de hacerse «el último Adán» y, como tal, «espíritu que da vida», según lo que dice San Pablo (Cfr. 1 Cor 15, 45). Sabemos que Cristo «dio a los Apóstoles el Espíritu que da vida el día de la Resurrección (Cfr. Jn 20, 22) y, a continuación, en la solemnidad de Pentecostés, cuando todos quedaron «llenos del Espíritu Santo» (Hech 2, 4).

2. Entre el sacrificio pascual de Cristo y el don del Espíritu existe, por tanto, una relación objetiva. Puesto que la Eucaristía renueva místicamente el sacrificio redentor de Cristo, es fácil, por lo demás, entender el vínculo intrínseco que existe entre este sacramento y el don del Espíritu: formando la Iglesia mediante su propia venida el día de Pentecostés, el Espíritu Santo la constituye haciendo referencia objetiva a la Eucaristía y la orienta hacia la Eucaristía.

Jesús había dicho en una de sus parábolas: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo» (Mt 22, 2). La Eucaristía constituye la anticipación sacramental y en cierto sentido una «pregustación» de aquel banquete real que el Apocalipsis llama «el banquete del Cordero» (Cfr. Ap 19, 9). El Esposo que está en el centro de aquella fiesta de bodas, y de su prefiguración y anticipación eucarística, es el Cordero que «borró los pecados del mundo», el Redentor.

3. En la Iglesia que nace del bautismo en Pentecostés, cuando los Apóstoles, y junto con ellos los demás discípulos y confesores de Cristo, son «bautizados en Espíritu», la Eucaristía es y permanece hasta el fin de los tiempos el sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo.

En Ella está presente «da sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios» (Hb 9, 14); la sangre «derramada por muchos» (Mc 14, 24) «para perdón de los pecados» (Mt 26, 28); la sangre que «purificará de las obras muertas nuestra conciencia» (Cfr. Hb 9, 14); la «sangre de la alianza» (Mt 26, 28). Jesús mismo, al instituir la Eucaristía, declara: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre» (Lc 22, 20; cfr. 1 Cor 11, 25), y recomienda a los Apóstoles: «haced esto en recuerdo mío» (Lc 22, 19).

En la Eucaristía (cada vez) se renueva (es decir, se realiza nuevamente) el sacrificio del cuerpo y de la sangre, ofrecido por Cristo una sola vez al Padre en la cruz para la redención del mundo. Dice la Encíclica Dominum et Vivificantem que «en el sacrificio del Hijo del hombre el Espíritu Santo está presente y actúa El mismo Jesucristo en su humanidad se ha abierto totalmente a esta acción... que del sufrimiento hace brotar el eterno amor salvífico» (n. 40).

4. La Eucaristía es el sacramento de este amor redentor, estrechamente vinculado a la presencia del Espíritu Santo y a su acción. ¿Cómo no recordar, en este momento, las palabras pronunciadas por Jesús cuando, en la sinagoga de Cafarnaún, tras la multiplicación del pan (Cfr. Jn 6, 27), proclamaba la necesidad de alimentarse de su carne y de su sangre? A muchos de los que lo escuchaban, su lenguaje sobre el comer su cuerpo y beber su sangre (Cfr. Jn 6, 53) les pareció «duro» (Jn 6, 60). Intuyendo esta dificultad Jesús les dijo « Esto os escandaliza? «cuándo veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?» (Jn 6, 61-62). Era una explícita alusión a la futura ascensión al cielo. Y precisamente en aquel momento añade una referencia al Espíritu Santo, que sólo tras la ascensión adquiriría plenitud de sentido. Dijo: «El espíritu es el que da vida: la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida» (Jn 6, 63).

Los oyentes de Jesús entendieron de modo «material» aquel primer anuncio eucarístico. El Maestro quiso en seguida precisar que su contenido sólo podía aclararse y entenderse por obra del «Espíritu que da vida». En la Eucaristía Cristo nos da su cuerpo y su sangre como alimento y bebida, bajo las especies del pan y del vino, como durante el banquete pascual de la última Cena. Solamente en virtud del Espíritu, que da vida, el alimento y la bebida eucarísticos pueden obrar en nosotros la «comunión», es decir, la unión salvífica con el Cristo crucificado y glorificado.

5. Hay un hecho significativo, ligado al acontecimiento de Pentecostés: desde los primeros tiempos después de la venida del Espíritu Santo los Apóstoles y sus seguidores, convertidos y bautizados, «acudían asiduamente... a la fracción del pan y a las oraciones» (Hech 2, 42), como si el mismo Espíritu Santo nos hubiera orientado a la Eucaristía. He subrayado en la Encíclica Dominum et Vivificantem que «guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia desde el principio se manifestó y se confirmó a sí misma a través de la Eucaristía» (n.62).

La Iglesia primitiva era una comunidad fundada en la enseñanza de los Apóstoles (Hech 2, 42) y animada en su totalidad por el Espíritu Santo, el cual infundía luz a los creyentes para que comprendiesen la Palabra, y los congregaba en la caridad en torno a la Eucaristía. Así la Iglesia crecía y se propagaba en una muchedumbre de creyentes que «no tenía sino un solo corazón y una sola alma» (Hech 4, 32).

6. En la Encíclica citada leemos también que «mediante la Eucaristía, las personas y comunidades, bajo la acción del Paráclito consolador, aprenden a descubrir el sentido divino de la vida humana» (n. 62). Es decir, descubren el valor de la vida interior, realizando en sí mismas la imagen de Dios Trinidad que siempre se nos ha presentado en los libros del Nuevo Testamento y especialmente en las Cartas de San Pablo, como Alfa y Omega de nuestra vida, o sea, el principio según el cual el hombre es creado y modelado, y el fin último al que está ordenado y es guiado según el designio y la voluntad del Padre, reflejados en el Hijo-Verbo y en el Espíritu-Amor. Es una hermosa y profunda interpretación que la tradición patrística, resumida y formulada en términos teológicos por Santo Tomás (Cfr. S.Th. I, q. 93, a. 8), ha dado de un principio clave de la espiritualidad y de la antropología cristiana, así expresado en la Carta a los Efesios: «Por eso doblo mis rodillas ante el padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios» (Ef 3, 14-19)

7. Es Cristo quien nos da esta plenitud divina (Cfr. Col 2, 9 ss.) mediante la acción del Espíritu Santo. Así, colmados de vida divina, los cristianos entran y viven en la plenitud del Cristo total que es la Iglesia, y, a través de la Iglesia, en el nuevo universo que poco a poco se va construyendo (Cfr. Ef 1, 23; 4,12-13; Col 2, 10). En el centro de la Iglesia y del nuevo universo está la Eucaristía, donde se halla presente el Cristo que obra en los hombres y en el mundo entero mediante el Espíritu Santo.









PENTECOSTÉS: COMIENZA LA MISIÓN DE LA IGLESIA (20.IX.89)

1. En el Decreto conciliar Ad gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia, encontramos ligados el acontecimiento de Pentecostés y la puesta en marcha de la Iglesia en la historia: «El día de Pentecostés (el Espíritu Santo) descendió sobre los discípulos... Fue en Pentecostés cuando empezaron los ¡hechos de los Apóstoles!» (Ad gentes, 4). Por tanto, si desde el momento de su nacimiento, saliendo al mundo el día de Pentecostés, la Iglesia se manifestó como «misionera», esto sucedió por obra del Espíritu Santo. Y podemos enseguida añadir que la Iglesia permanece siempre así: permanece «en estado de misión» (in statu missionis). El carácter misionero de la Iglesia pertenece a su misma esencia, es una propiedad constitutiva de la Iglesia de Cristo, porque el Espíritu Santo la hizo «misionera» desde el momento de su nacimiento.

2. El análisis del texto de los Hechos de los Apóstoles que es narra el acontecimiento de Pentecostés (Hech 2, 1)13) nos permite captar la verdad de esta afirmación conciliar, que pertenece al patrimonio común de la Iglesia.

Sabemos que los Apóstoles y los demás discípulos reunidos con María en el Cenáculo, tras haber escuchado «un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, vieron bajar sobre sí unas "lenguas como de fuego"» (Cfr. Hech 2, 2-3). En la el tradición judía el fuego era signo de una especial manifestación de Dios que hablaba para instruir, guiar y salvar a su pueblo. El recuerdo de la experiencia maravillosa del Sinaí se mantenía vivo en el alma de Israel y lo disponía a entender el significado de las nuevas comunicaciones contenidas bajo aquel simbolismo, como sabemos también por el Talmud de Jerusalén (Cfr. Hag 2, 77b, 32; cfr. también el Midrash Rabbah 5, 9, sobre Ex 4, 27). La misma tradición judía había preparado a los Apóstoles para comprender que las «lenguas» significaban la misión de anuncio, de testimonio, de predicación, que Jesús mismo les había encargado, mientras el «fuego» estaba en relación no sólo con la Ley de Dios, que Jesús había confirmado y completado, sino también con Él mismo, con su persona y su vida, con su muerte y su resurrección, ya que Él era la nueva Toráh para proponer al mundo. Y bajo la acción del Espíritu Santo las «lenguas de fuego» se convirtieron en palabra en los labios de los Apóstoles: «Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les concedía expresarse» (Hech 2, 4).

3. Ya en la historia del Antiguo Testamento se había realizado dos manifestaciones análogas, en las que se había dado el espíritu del Señor para un hablar profético (Cfr. Miq 3, 8; Is 61, 1; Za 7, 12; Neh 9, 30). Isaías había visto un serafín que se acercaba teniendo en la mano «una brasa que con las tenazas había tomado de sobre el altar» y con ella le tocaba los labios para purificarlo de toda iniquidad antes de que el Señor le confiase la misión de hablar a su pueblo (Cfr. Is 6, 6-9 ss.). Los Apóstoles conocían este simbolismo tradicional y por ello eran capaces de captar el sentido de lo que sucedía en ellos ese día de Pentecostés, como atestigua Pedro en su primer discurso vinculando el don de las lenguas con la profecía de Joel acerca de la futura efusión del espíritu divino que debía capacitar a los discípulos para profetizar (Hech 2, 17 ss.; Cfr. Jl 3, 1-5).

4. Con la «lengua de fuego» (Hech 2, 3) cada uno de los Apóstoles recibió el don multiforme del Espíritu, como los siervos de la parábola evangélica que habían recibido todos un cierto número de talentos para hacer fructificar (Cfr. Mt 25, 14 ss.): y aquella «lengua» era un signo de la conciencia que los Apóstoles poseían y mantenían viva acerca cerca del compromiso misionero al que habían sido llamados y al que se habían consagrado. En efecto, apenas estuvieron y se sintieron «llenos del Espíritu Santo, se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse». Su poder venía del Espíritu, y ellos ponían en práctica la consigna bajo el impulso interior imprimido desde arriba.

5. Esto sucedió en el Cenáculo, pero en seguida el anuncio misionero y la glosolalia, o don de las lenguas, traspasaron las paredes de aquella habitación. Y entonces se verificaron dos acontecimientos extraordinarios, descritos por los Hechos de los Apóstoles. Ante todo la glosolalia, que expresaba palabras pertenecientes a una multiplicidad de lenguas y empleadas para cantar las alabanzas de Dios (Cfr. Hech 2, 11). La muchedumbre, atraída por el fragor y asombrada por aquel hecho, estaba compuesta, es verdad, por «judíos observantes» que se encontraban en Jerusalén con ocasión de la fiesta, pero pertenecían a «todas las naciones que hay bajo el cielo» (Hech 2, 5) y hablaban las lenguas de los pueblos en los que se habían integrado bajo el aspecto civil y administrativo, aunque étnicamente habían permanecido judíos.

Ahora bien, aquella muchedumbre, reunida en torno a los Apóstoles, «se llenó de estupor al oirles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: "¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa?"» (Hech 2, 6)8). En este momento Lucas no duda en dibujar una especie de mapa del mundo mediterráneo del que procedían aquellos «judíos observantes», casi para oponer aquella ecumene de los convertidos a Cristo a la Babel de las lenguas y de los pueblos descrita en el Génesis (11, 1)9), sin dejar de nombrar junto a los demás a los «forasteros de Roma»: «Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes» (Hech 2, 9)11). A todos esos Lucas, casi reviviendo el hecho acontecido en Jerusalén y transmitido en la primera tradición cristiana, pone en su boca las palabras: «les oímos (a los Apóstoles, galileos de origen) hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios» (Hech 2,11).

6. El acontecimiento de ese día fue ciertamente misterioso, pero también muy significativo. En él podemos descubrir un signo de la universalidad del cristianismo y del carácter misionero de la Iglesia: el hagiógrafo nos la presenta consciente de que el mensaje está destinado a los hombres de «todas las naciones», y de que, además, es el Espíritu Santo quien interviene para hacer que cada uno entienda al l menos algo en su propia lengua: «les oímos en nuestra propia lengua nativa» (Hech 2, 8). Hoy hablaríamos de un adaptación a las condiciones lingüísticas y culturales de cada uno. Por tanto, se puede ver en todo esto una primera forma de «inculturación», realizada por obra del Espíritu Santo.

7. El segundo hecho extraordinario es la valentía con que Pedro y los otros once se levantan y toman la palabra para explicar el significado mesiánico y pneumatológico de lo que estaba aconteciendo bajo los ojos de aquella muchedumbre asombrada (Hech 2, 14 ss.). Pero sobre este hecho volveremos a su debido tiempo. Aquí conviene hacer una última reflexión acerca de la contraposición (una especie de analogía ex contrariis) entre lo que sucedió en Pentecostés y lo que leemos en el libro del Génesis sobre el tema de la torre de Babel (Cfr. Gen 11, 1-9). Allí se nos narra la «dispersión» de las lenguas, y por eso también de los hombres que, hablando en diversas lenguas, no logran ya entenderse. En cambio, en el acontecimiento de Pentecostés, bajo la acción del Espíritu, que es Espíritu de verdad (Cfr. Jn 15, 26), la diversidad de las lenguas no impide ya entender lo que se proclama en nombre y par alabanza de Dios. Se tiene así una relación de unión entre los hombres que va más allá de los limites de las lenguas y de las culturas, producida en el mundo por el Espíritu Santo.

8. Se trata de un primer cumplimiento de las palabras dirigidas por Jesús a los Apóstoles al subir al Padre: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 8).

«El Espíritu Santo (comenta el Concilio Vaticano II) unifica en la comunión y en el ministerio y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos» (Lumen Gentium, 4) a toda la Iglesia a través de todos los tiempos, vivificando, a la manera del alma, las instituciones eclesiásticas e infundiendo en el corazón de los fieles el mismo espíritu de misión que impulsó a Cristo» (Ad gentes, 4). De Cristo a los Apóstoles, a la Iglesia, al mundo entero: bajo la acción del Espíritu Santo puede y debe desarrollarse el proceso de la unificación universal en la verdad y en el amor.








UNIVERSALIDAD Y DIVERSIDAD DE LA IGLESIA (7.IX.89)

1. Leemos en la Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II: «Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (Cfr. Jn 17, 4), fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu (Cfr. Ef 2, 18). Eles el Espíritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (Cfr. Jn 4, 14: 7, 38-39)... El Espíritu Santo habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (Cfr. 1 Cor 3 16; 6, 19) y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (Cfr. Gal 4, 6; Rom 9; 15-16 y 26)» (Lumen Gentium, 4)

Por tanto, el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés coincide con la manifestación del Espíritu Santo. Por esto también nuestras catequesis acerca del misterio de la Iglesia con relación al Espíritu Santo se concentran en torno a Pentecostés.

2. El análisis de este acontecimiento nos ha permitido constatar y explicar )en la anterior catequesis) que la Iglesia, por obra del Espíritu Santo, nace «misionera» y que desde entonces permanece «in statu missionis» en todas las Épocas y en todos los lugares de la tierra.

El carácter misionero de la Iglesia está vinculado estrechamente a su universalidad. Al mismo tiempo, la universalidad de la Iglesia, por una parte implica la más sólida unidad y, por otra, una pluralidad y una multiformidad, es decir, una diversificación, que no resultan un obstáculo para la unidad, sino que por el contrario le confieren el carácter de «comunión». La Constitución Lumen Gentium lo subraya de modo especial cuando habla del «don de unión en el Espíritu Santo» (n. 13), don del que participa la Iglesia desde el día de su nacimiento en Jerusalén.

3. El análisis del pasaje de los Hechos de los Apóstoles que se refiere al día de Pentecostés permite afirmar que la Iglesia, desde el inicio, nació como Iglesia universal, y no sólo como Iglesia particular de Jerusalén a la que sucesivamente se habrían unido otras Iglesias particulares en otros lugares. Ciertamente, la Iglesia nació en Jerusalén como pequeña comunidad originaria de los Apóstoles y de los primeros discípulos, pero las circunstancias de su nacimiento indicaban desde el primer momento la perspectiva de universalidad. Una primera circunstancia es aquel «hablar (de los Apóstoles) en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Cfr. Hech 2, 4), de forma que las personas de diversas naciones, presentes en Jerusalén, oían «las maravillas de Dios» (Hech 2, 11) pronunciadas en sus propias lenguas, aunque los que hablaban «eran galileos» (Cfr. Hech 2, 7). Lo hemos observado ya en la catequesis precedente.

4. También la circunstancia del origen galileo de los Apóstoles tiene, en este caso especifico, su propia elocuencia. En efecto, la Galilea era una región de población heterogénea (Cfr. 1 Mac 5, 14-23), donde los judíos tenían muchos contactos con gente de otras naciones. Más aún, la Galilea solía ser designada como «Galilea de las naciones» (Is 9, 1 citado en Mt 4, 15; 1 Mac 5, 15) y por este motivo era considerada inferior, desde el punto de vista religioso, a la Judea, región de los auténticos judíos.

La Iglesia, por consiguiente, nació en Jerusalén, pero el mensaje de la fe no fue proclamado allí por ciudadanos de Jerusalén, sino por un grupo de galileos y, por otra parte, su predicación no se dirigió exclusivamente a los habitantes de Jerusalén, sino a los judíos y prosélitos de toda precedencia.

Como resultado del testimonio de los Apóstoles, surgirán poco después de Pentecostés las comunidades (es decir, las Iglesias locales) en diversos lugares, y naturalmente también y, ante todo, en Jerusalén. Pero la Iglesia, que nació con la venida del Espíritu Santo, no era sólo Iglesia local de Jerusalén. Ya en el momento de su nacimiento la Iglesia era universal y estaba orientada a la universalidad, que se manifestaría a continuación por medio de todas las Iglesias particulares.

5. La apertura universal de la Iglesia quedó confirmada en el así llamado Concilio de Jerusalén (Cfr. Hech 15, 13)14), del que leemos: «Cuando terminaron de hablar, tomó Santiago la palabra y dijo: "Hermanos, escuchadme. Simón ha referido cómo Dios ya al principio intervino para procurarse entre los gentiles un pueblo"» (Hech 15, 13-14). Por tanto, conviene observar que en aquel «Concilio» Pablo y Bernabé son los testigos de la difusión del Evangelio entre los gentiles: Santiago, que toma la palabra, representa autorizadamente la posición judeo-cristiana típica de la Iglesia de Jerusalén (Cfr. Gal 2, 12), de la que será el primer responsable en el momento de la partida de Pedro (Cfr. Hech 15, 13; 21, 18); y Simón, es decir, Pedro, es el heraldo de la universalidad de la Iglesia, que está abierta a acoger en su seno tanto a los miembros del pueblo elegido como a los paganos.

6. El Espíritu Santo desde el inicio quiso la universalidad, es decir, la catolicidad de la Iglesia en el contexto de todas las comunidades (esto es, las Iglesias) locales y particulares. Se cumplen así las significativas palabras pronunciadas por Jesús en la conversación que tuvo junto al pozo de Sicar, cuando dijo a la samaritana: «Créeme mujer, que llega la hora en que, ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre... Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren» (Jn 4, 21)23).

La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés da inicio a aquella «adoración del Padre en espíritu y verdad», que no puede encerrarse en un solo lugar porque se inscribe en la vocación del hombre a reconocer y honrar al único Dios, que es puro Espíritu, y, por tanto, está abierta a la universalidad.

7. Bajo la acción del Espíritu queda, por tanto, inaugurada la universalidad cristiana, que se expresa desde el inicio en la multitud y diversidad de las personas que participan en la primera irradiación de Pentecostés y, de alguna manera, en la pluralidad de los pueblos y de las naciones, que aquellas personas representan en Jerusalén en aquella circunstancia, y de todos los grupos humanos y los estratos sociales de donde procederán los seguidores de Cristo a lo largo de los siglos. Ni para los de los primeros tiempos ni para los de los siglos sucesivos la universalidad querrá decir uniformidad.

Estas exigencias de la universalidad y de la variedad se manifestarán también en la esencial unidad interna de la Iglesia, mediante la multiplicidad y la diversidad de los «dones» o carismas, y también de los ministerios y de las iniciativas. A este respecto observamos en seguida que, el día de Pentecostés, también María, Madre de Cristo, recibió la confirmación de su misión materna, no sólo respecto al Apóstol Juan, sino también respecto a todos los discípulos de su Hijo, es decir, respecto a todos los cristianos (Cfr. Redemptoris Mater, 24; Lumen Gentium, 59). Y se puede decir que a todos los que, reunidos aquel día en el Cenáculo de Jerusalén (tanto hombres como mujeres), quedaron «llenos del Espíritu Santo» (Cfr. Hech 2, 4), se les concedieron también los diversos dones de los que hablaría San Pablo: «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común» (1 Cor 12, 4-7). «Así los puso Dios en la Iglesia, primeramente como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los milagros; luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas» (1 Cor 12, 28). Mediante este abanico de carismas y ministerios, desde los primeros tiempos, el Espíritu Santo reunía, gobernaba y vivificaba la Iglesia de Cristo.

8. San Pablo reconocía y subrayaba el hecho de que, por efecto de estos bienes regalados por el Espíritu Santo a los creyentes, en la Iglesia la diversidad de los carismas y de los ministerios se orientan hacia la unidad de todo el cuerpo. Como leemos en la Carta a los Efesios: «Él mismo !dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (4, 11-13).

Recogiendo las voces de los Apóstoles y de la tradición cristiana, la Constitución Lumen Gentium sintetiza así su enseñanza acerca de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia: el Espíritu Santo «guía la Iglesia a toda la verdad» (Cfr. Jn 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (Cfr. Ef 4, 11-12; 1 Cor 12, 4; Gal 5, 22). Con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (Cfr. Ap 22, 17)» (n. 4).










PENTECOSTÉS Y LA ESTRUCTURA APOSTÓLICA DE LA IGLESIA (25.X.89)

1. Leemos en los Hechos de los Apóstoles que, después de la venida del Espíritu Santo, cuando los Apóstoles comenzaron a hablar en las diversas lenguas, «todos estaban estupefactos y perplejos y se decían unos a otros: "¿Qué significa esto?"» (Hech 2, 12). Los Hechos permiten a los lectores descubrir el significado de aquel hecho extraordinario, porque ya han descrito lo que sucedió en el Cenáculo cuando los Apóstoles y discípulos de Cristo, hombres y mujeres, reunidos en compañía de María, su Madre, quedaron «llenos del Espíritu Santo» (Hech 2, 4). En este acontecimiento el Espíritu-Paráclito en sí mismo permanece invisible. A pesar de eso, es visible el comportamiento de aquellos en los cuales y a través de los cuales el Espíritu actúa. De hecho, desde el momento en que los Apóstoles salen del Cenáculo, su insólito comportamiento es notado por la multitud que acude y se reúne allí en torno a ellos. Por eso, todos se preguntan «¿Qué significa esto?». El autor de los Hechos no deja de añadir que entre los testigos del acontecimiento había también algunos que se burlaban del comportamiento de los Apóstoles, insinuando que probablemente estaban «llenos de mosto» (Hech 2, 13).

En aquella situación resultaba indispensable una palabra de explicación. Hacía falta una palabra que esclareciese el justo sentido de lo que acababa de acontecer: una palabra que, incluso a quienes se habían reunido fuera del Cenáculo, les hiciese conocer la acción del Espíritu Santo, experimentada por los que se encontraban allí reunidos cuando vino el Espíritu Santo.

2. Esta fue la ocasión propicia para el primer discurso de Pedro que, inspirado por el Espíritu Santo, hablando también en nombre y en comunión con los otros, puso en práctica por primera vez su función de heraldo del Evangelio, de predicador de la verdad divina, de testigo de la Palabra, y dio comienzo, se puede decir, a la misión de los Papas y de los obispos que, a lo largo de los siglos, les sucederían a él y los otros Apóstoles. «Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo» (Hech 2, 14).

En esta intervención de Pedro aparece cuál era desde el inicio la estructura apostólica de la Iglesia. Los Once comparten con Pedro la misma misión, la vocación de dar con autoridad el mismo testimonio. Pedro habla como el primero entre ellos en virtud del mandato recibido directamente de Cristo. Nadie pone en duda la tarea y el derecho que precisamente él tiene de hablar en primer lugar y en nombre de los demás. Ya en ese hecho se manifiesta la acción del Espíritu Santo, quien (según el Concilio Vaticano II) «guía la Iglesia..., la unifica... y la gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos» (Lumen Gentium, 4).

3. Aquella intervención de Pedro en Jerusalén, en comunión con los otros Once, indica también que el primero de los deberes pastorales es el anuncio de la Palabra: la evangelización. Es lo que enseña también el Concilio Vaticano II: «Los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, o sea, los que están dotados de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de ser creída y ha de ser aplicada a su vida, y la ilustran bajo la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación cosas nuevas y viejas (Cfr. Mt 13, 52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de su grey los errores que la amenazan (Cfr. 2 Tim 4, 1-4)» (Lumen Gentium, 25). De igual modo «los presbíteros, como colaboradores que son de los obispos, tienen por deber primero el de anunciar a todos el Evangelio de Dios, de forma que, cumpliendo el mandato del Señor: !marchad por el mundo entero y llevad la buena nueva a toda criatura (Mc 16, 15), formen y acrecienten el Pueblo de Dios» (Presbyteriorum ordinis, 4).

4. Además, se puede también observar que, según esa página de los Hechos, para la evangelización no bastan las «intervenciones» impetuosas de un arrebato carismático. Esas intervenciones proceden del Espíritu Santo y, bajo algunos aspectos, ofrecen el primer testimonio de su acción, como hemos visto en la «glosolalia» del día del Pentecostés. Pero es indispensable también una evangelización autorizada, motivada y, cuando hace falta «sistemática», como sucede ya en los tiempos apostólicos y en la primera comunidad de Jerusalén con el kerygma y la catequesis, que, bajo la acción del Espíritu, permiten a las mentes descubrir en su unidad y «comprender» en su significado el plan divino de salvación. Es precisamente esto lo que sucedió el día de Pentecostés. Hacía falta que a las personas de diversas naciones, reunidas fuera del Cenáculo se les manifestase y explicase el Acontecimiento que acababa de verificarse; hacía falta instruirlas acerca del plan salvífico de Dios, expresado en lo que había sucedido.

5. El discurso de Pedro es importante también desde este punto de vista. Precisamente por esto, antes de pasar al examen de su contenido, detengámonos un momento en la figura del que habla Pedro, ya en el período prepascual, había hecho dos veces la profesión de fe en Cristo.

Una vez, tras el anuncio eucarístico cerca de Cafarnaún, a Jesús, que, viendo alejarse a muchos de sus discípulos, había preguntado a los Apóstoles« ¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67), Pedro había respondido con aquellas palabras de fe inspiradas desde lo alto: «Señor, ¿donde y a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69).

En otra ocasión, la profesión de fe de Pedro sucedió en las cercanías de Cesarea de Filipo, cuando Jesús preguntó a los Apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Según Mateo, «Simón Pedro contestó: !Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivos !» (Mt 16, 15-16).

Ahora bien, el día de Pentecostés, Pedro, ya librado de la crisis de miedo que los días de la Pasión lo había llevado a la negación, profesa aquella misma fe en Cristo, reforzada por el acontecimiento pascual, y proclama abiertamente ante toda aquella gente que Cristo había resucitado» (Cfr. Hech 2, 24 ss.).

6. Además, tomando la palabra de ese modo, Pedro Manifiesta su conciencia y la de los otros Once de que el responsable principal del testimonio y de la enseñanza de la fe en Cristo es él, aunque los Once comparten como él esa tarea y esa responsabilidad. Pedro es consciente de lo que hace cuando, con aquel primer «discurso» ejercita su misión de maestro, que le deriva de su «oficio» apostólico.

Por otra parte, el discurso de Pedro es, en cierta manera, una prolongación de la enseñanza de Jesús mismo: como Cristo exhortaba a la fe a quienes le escuchaban, así también Pedro, aun cuando Jesús ejercía su ministerio en el periodo prepascual )se puede decir), en la perspectiva de su resurrección; Pedro, en cambio, habla y actúa a la luz de la Pascua ya sucedida, que ha confirmado la verdad de la misión y del Evangelio de Cristo. Él habla y actúa bajo el influjo del Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, recordando las obras y las palabras de Cristo, que arrojan luz sobre el acontecimiento mismo de Pentecostés.

7. Y, finalmente, leemos en el texto de los Hechos de los Apóstoles que «Pedro... levantó su voz y les dijo» (2, 14). Parece que aquí el autor no sólo quiere aludir a la fuerza de la voz de Pedro, sino también y, sobre todo, a la fuerza de convicción y a la autoridad con que tomó la palabra. Sucedía algo semejante a lo que los Evangelios narran acerca de Jesús, es decir, que cuando enseñaba a los oyentes «quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad» (Mc 1, 22; cfr. también Mt 7, 29), «porque hablaba con autoridad» (Lc 4, 32).

El día de Pentecostés, Pedro y los demás Apóstoles, habiendo recibido el Espíritu de la verdad, podían con su fuerza hablar, siguiendo el ejemplo de Cristo. Desde el primer discurso, Pedro expresaba en sus palabras la autoridad de la misma verdad revelada.











PENTECOSTÉS, INICIO DEL «KERYGMA» APOSTÓLICO (8.XI.89)

1. Antes de volver al Padre, Jesús había prometido a los Apóstoles: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 8). Como escribí en la Encíclica Dominum et vivificantem, «el día de Pentecostés este anuncio se cumple fielmente. Actuando bajo el influjo del Espíritu Santo, recibido por los Apóstoles durante la oración en el Cenáculo ante una muchedumbre de diversas lenguas congregada para la fiesta, Pedro se presenta y habla. Proclama lo que ciertamente no habría tenido el valor de decir anteriormente» (n. 30). Es el primer testimonio dado públicamente, y casi podríamos decir solemnemente, de Cristo resucitado, de Cristo victorioso. Es también el inicio del kerygma apostólico.

2. Ya en la última catequesis hemos hablado de él, examinándolo desde el punto de vista del sujeto que enseña: «Pedro con los otros Once» (Cfr. Hech 2, 14). Ahora queremos analizar este primer kerygma en su contenido, como modelo o esquema de los muchos otros «anuncios» que seguirán en los Hechos de los Apóstoles, y luego en la historia de la Iglesia.

Pedro se dirige a los que se habían reunido en las cercanías del Cenáculo, diciéndoles: «Judíos y habitantes todos de Jerusalén» (Hech 2, 14). Son los mismos que habían asistido al fenómeno de la glosolalia, escuchando cada uno en su propia lengua la alabanza pronunciada por los Apóstoles de las «maravillas de Dios» (Hech 2, 11). En su discurso, Pedro comienza haciendo una defensa o al menos precisando la condición de los que, «llenos del Espíritu Santo» (Hech 2, 4), por el insólito comportamiento mostrado, fueron considerados «llenos de mosto». Y desde sus primeras palabras ofrece la respuesta: «No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta Joel» (Hech 2, 15-16).

3. En los Hechos se recuerda ampliamente el pasaje del profeta: «Sucederá en los últimos días, dice Dios: derramaré mi Espíritu sobre toda carne y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas» (Hech 2, 17). Esta «efusión del Espíritu» se refiere tanto a los jóvenes como a los ancianos, tanto a los esclavos como a las esclavas: por tanto, tendrá carácter universal. Y será confirmada por señales: «Haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra» (Hech 2, 19). Estas serán las señales del «día del Señor» que se está acercando (Cfr. Hech 2, 20): «Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará» (Hech 2, 21 ) .

4. En la intención del orador, el texto de Joel sirve para explicar de modo adecuado el significado del acontecimiento, del que los presentes han visto las señales: «la efusión del Espíritu Santo». Se trata de una acción sobrenatural de Dios unida a las señales típicas de la venida de Dios, predicha por los profetas e identificada por el Nuevo Testamento con la venida misma de Cristo. Este es el contexto en que el Apóstol vierte el contenido esencial de su discurso, que es el núcleo mismo del kerygma apostólico: Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazareno, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios lo resucitó, librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio (Hech 2, 22-24).

Tal vez no todos los presentes durante el discurso de Pedro, llegados de muchas regiones para la Pascua y Pentecostés, habían participado en los acontecimientos de Jerusalén que habían concluido con la crucifixión de Cristo. Pero el Apóstol se dirige también a ellos como a «israelitas», es decir, pertenecientes a un mundo antiguo en el que ya habían brillado para todos las señales de la nueva venida del Señor.

5. Las señales y los milagros a los que se refería Pedro se hallaban presentes ciertamente en la memoria de los habitantes de Jerusalén, pero también de muchos otros de sus oyentes que, al menos, debían haber escuchado hablar de Jesús de Nazaret. De cualquier modo, tras haber recordado todo lo que Cristo había hecho, el Apóstol pasa al hecho de su muerte en cruz y habla directamente de la responsabilidad de los que habían entregado a Jesús a la muerte. Pero añade que Cristo «fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios» (Hech 2, 23). Por consiguiente, Pedro introduce a sus oyentes en la visión del plan salvífico de Dios que se ha realizado precisamente por medio de la muerte de Cristo. Y se apresura a dar la confirmación decisiva de la acción de Dios mediante y por encima de lo que han hecho los hombres. Esta confirmación es la resurrección de Cristo: «Dios le resucitó, librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio» (Hech 2, 24).

Es el punto culminante del kerygma apostólico acerca de Cristo salvador y vencedor.

6. Pero, llegado a este punto, el Apóstol recurre nuevamente al Antiguo Testamento. En efecto, cita el salmo mesiánico 15/16 (versículos 8-11):


«Veía constantemente al Señor delante de mí,
puesto que está a mi derecha, para que no vacile.
Por eso se ha alegrado mi corazón
y se ha alborozado mi lengua,
y hasta mi carne reposará en la esperanza
de que no abandonarás mi alma en el Hades
ni permitirás que tu santo experimente la corrupción.

Me has hecho conocer caminos de Vida,
me llenarás de gozo con tu rostro»
(Hech 2, 25-28).

Es una legitima adaptación del salmo davídico, que el autor de los Hechos cita según la versión griega de los Setenta, que acentúa la aspiración del alma judía a huir de la muerte, en el sentido de la esperanza de liberación, incluso de la muerte ya sucedida .

7. A Pedro, sin duda, le urge subrayar que las palabras del salmo no aluden a David, cuya tumba )observa él) «permanece entre nosotros hasta el presente». Se refieren, en cambio, a su descendiente, Jesucristo: David «vio a lo lejos y habló de la resurrección de Cristo» (Hech 2, 31). Por consiguiente, se han cumplido las palabras proféticas: «A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado a la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis... Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hech 2, 32.33, 36).

8. La víspera de su Pasión, Jesús había dicho a los Apóstoles en el Cenáculo, hablando del Espíritu Santo: «Él dará testimonio de mí Pero también vosotros daréis testimonio» (Jn 15, 26-27). Como escribí en la Encíclica Dominum et vivificantem, «en el primer discurso de Pedro en Jerusalén este «testimonio» encuentra su claro comienzo: es el testimonio sobre Cristo crucificado y resucitado. El testimonio del Espíritu Paráclito y de los Apóstoles» (n. 30).

En este testimonio Pedro quiere recordar a sus oyentes el misterio de Cristo resucitado, pero también quiere explicar lo hechos a los que han asistido en Pentecostés, mostrándolo como señales de la venida del Espíritu Santo. El Paráclito ha venido realmente en virtud de la Pascua de Cristo. Ha venido y ha transformado a aquellos galileos a los que se había confiado el testimonio acerca de Cristo. Ha venido porque fue enviado por Cristo, «exaltado a la diestra de Dios» (Cfr. Hech 2, 33), decir, exaltado por su victoria sobre la muerte. Su venida es, por tanto, una confirmación del poder divino del resucitado. «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado», concluye Pedro (Hech 2, 36). También Pablo, escribiendo a los Romanos, proclamará: «Jesús es Señor» (Rom 10-9).





DISCURSO DE SAN PEDRO Y PRIMERAS CONVERSIONES (15.XI.89)

1. Después de haber referido el primer discurso de Pedro en el día de Pentecostés, el autor de los Hechos nos informa de que los presentes «al oír esto, dijeron con el corazón compungido» (Hech 2, 37). Son palabras elocuentes, que indican la acción del Espíritu Santo en las almas de los que escucharon de Pedro el primer kerygma apostólico, su testimonio acerca de Cristo crucificado y resucitado, su explicación de los hechos extraordinarios acaecidos aquel día. En particular, aquella primera presentación pública del misterio pascual había tocado el centro mismo de las expectativas de los hombres de la antigua Alianza, cuando Pedro había dicho: «Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hech 2, 36) .

La venida del Espíritu Santo, que había actuado aquel día, ante todo, en los Apóstoles, ahora actuaba en los oyentes de su mensaje. Las palabras de Pedro habían tocado los corazones, despertando en ellos «la convicción de haber pecado»: el inicio de la conversión.

2. Con el corazón así compungido, «... dijeron a Pedro y a los demás Apóstoles: ¿Qué hemos de hacer, hermanos.?» (Hech 2, 37). La pregunta «¿Qué hemos de hacer?» demuestra la disponibilidad de la voluntad. Era la buena disposición interior de los oyentes de Pedro que, al escuchar su palabra, se habían dado cuenta de que era necesario un cambio en su vida. Se dirigieron a Pedro y también a los demás Apóstoles porque sabían que Pedro había hablado y hablaba también en nombre de ellos, y que por eso «los Once» (es decir, todos los Apóstoles) eran testigos de la misma verdad y habían recibido la misma misión. Es también significativo el hecho de que los llamaron «hermanos» haciéndose eco de Pedro que había hablado con espíritu fraterno en su discurso, en cuya última parte se había dirigido a los presentes con el apelativo de «hermanos».

3. El mismo Pedro responde ahora la pregunta de los presentes. Es una respuesta muy simple, que se puede muy bien definir lapidaría: «Convertíos» (Hech 2, 38). Con esta exhortación, Jesús de Nazaret había comenzado su misión mesiánica (Cfr. Mc 1, 15). Ahora Pedro la repite el día de Pentecostés, con el poder del Espíritu de Cristo, que ha venido a él y a los demás Apóstoles.

Es el paso fundamental de la conversión obrada por el Espíritu Santo, como lo he subrayado en la Encíclica Dominum et vivificantem: «Convirtiéndose en !luz de los corazones!, es decir, de las conciencias, el Espíritu Santo !convence en lo referente al pecado!, o sea hace conocer al hombre su mal (el mal por él cometido) y, al mismo tiempo, lo orienta hacia el bien... Bajo el influjo del Paráclito se realiza, por tanto, la conversión del corazón humano, que es condición indispensable para el perdón de los pecados» (n. 42).

4. «Convertíos», en la boca de Pedro significa: pasad del rechazo de Cristo a la fe en el Resucitado. La crucifixión había sido la expresión definitiva del rechazo de Cristo, sellado por una muerte infame sobre el Gólgota. Ahora el Apóstol exhorta a los que crucificaron a Jesús a la fe en el Resucitado: «Dios le resucitó librándole de los dolores del Hades» (Hech 2, 24). Pentecostés es ya la confirmación de la resurrección de Cristo.

La exhortación a la conversión implica sobre todo la fe en Cristo-Redentor, pues la resurrección es la revelación de aquel poder divino que, por medio de la crucifixión y muerte de Cristo, realiza la redención del hombre, su liberación del pecado.

Si, mediante las palabras de Pedro, el Espíritu Santo «convence en lo referente al pecado», lo hace «en virtud de la Redención realizada por la sangre del Hijo del hombre... La Carta a los Hebreos dice que esta !sangre purifica nuestra conciencia (Cfr. 9, 14). Esta sangre, pues, por decirlo de algún modo, abre al Espíritu Santo el camino hacia la intimidad del hombre, es decir, hacia el santuario de las conciencias humanas» (Dominum et vivificantem, 42).

A este nivel de profundidad y de interioridad )nos anuncia y atestigua Pedro en su discurso de Pentecostés) llega la acción del Espíritu Santo en virtud de la redención realizada por Cristo.

5. Pedro completa así sí su mensaje: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hech 2, 38). Aquí escuchamos el eco de lo que Pedro y los demás Apóstoles oyeron de Jesús después de su resurrección, cuando «abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: !Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara... y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén!» (Lc 24, 45)47).

Cumpliendo fielmente lo que Cristo había establecido (Cfr. Mc 16, 16; Mt 28, 19), Pedro exige no sólo «da conversión», sino también el bautismo en el nombre de Cristo «para remisión de los pecados» (Hech 2, 38). En efecto, los Apóstoles, el día de Pentecostés, quedaron «llenos del Espíritu Santo» (Cfr. Hech 2, 4). Por eso, transmitiendo la fe en Cristo Redentor exhortan al bautismo que es el primer sacramento de está fe. Puesto que ese bautismo realiza la remisión de los pecados, la fe debe encontrar en el bautismo la propia expresión sacramental para que el hombre se haga participe del don del Espíritu Santo.

Este es el camino ordinario, podemos decir, de la conversión y de la gracia. No se excluye que existan también otros caminos, puesto que «el Espíritu sopla donde quiere» (Cfr. Jn 3, 8) y puede realizar la obra de la salvación mediante la santificación del hombre, incluso fuera del sacramento, cuando éste no es posible. Es el misterio del encuentro entre la gracia divina y el alma humana: baste por ahora sólo haber hecho una alusión, porque volveremos a hablar de ello, si Dios quiere, en las catequesis sobre el bautismo.

6. En la Encíclica Dominum et vivificantem me detuve a analizar la victoria sobre el pecado obtenida por el Espíritu Santo en referencia a la acción de Cristo Redentor. Allí escribí: «El convencer en lo referente al pecado, mediante el misterio de la predicación apostólica en la Iglesia naciente, es relacionado (bajo el impulso del Espíritu derramado en Pentecostés) con el poder redentor de Cristo crucificado y resucitado. De este modo, se cumple la promesa referente al Espíritu Santo hecha antes de Pascua: «recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros». Por tanto, cuando Pedro, durante el acontecimiento de Pentecostés, habla del pecado de aquellos que «no creyeron» y entregaron a una muerte ignominiosa a Jesús de Nazaret, da testimonio de la victoria sobre el pecado; victoria que se ha alcanzado, en cierto modo, mediante el mayor pecado que el hombre podía cometer: la muerte de Jesús, Hijo de Dios, consubstancial al Padre. De modo parecido, la muerte del Hijo de Dios vence la muerte humana: «Seré tu muerte, oh muerte», como el pecado de haber crucificado al Hijo de Dios «vence» el pecado humano. Aquel pecado que se consumó el día de Viernes Santo en Jerusalén y también cada pecado del hombre corresponde, en el corazón del Redentor, la oblación del amor supremo, que supera el mal de todos los pecados de los hombres» (n. 31).

Por tanto, ¡la victoria es del amor! Esta es la verdad encerrada en la exhortación de Pedro a la conversión mediante el bautismo.

7. En virtud del amor victorioso de Cristo también la Iglesia nace en el bautismo sacramental por obra del Espíritu Santo el día de Pentecostés, cuando suceden las primeras conversiones a Cristo.

En efecto, leemos que «los que acogieron su Palabra es decir, la verdad encerrada en las palabras de Pedro fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil almas» (Hech 2, 41): es decir, «se unieron» a los que ya con anterioridad habían quedado «llenos del Espíritu Santo», los Apóstoles. Una vez bautizados «con el agua y con el Espíritu Santo», se convierten en comunidad «de los hijos adoptivos de Dios» (Cfr. Rom 8, 15). Como «hijos en el Hijo» (Cfr. Ef 1, 5) se hacen «uno» en el vínculo de una nueva fraternidad. Mediante la acción del Espíritu Santo se transforman en la Iglesia de Dios.

8. A este respecto, conviene recordar el acontecimiento sucedido a Simón Pedro en el lago de Genesaret. El evangelista Lucas narra que Jesús «dijo a Simón: "Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar". Simón le respondió: "Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes". Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse... y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: "Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador"... Jesús dijo a Simón: "No temas. Desde ahora serás pescador de hombres". Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron» (Lc 5,4-8.10-11).

En aquel acontecimiento-signo se encerraba el anuncio de la futura victoria sobre el pecado mediante la fe, el arrepentimiento y el bautismo, predicados por Pedro en nombre de Cristo. Aquel anuncio se hizo realidad el día de Pentecostés, cuando quedó confirmado por obra del Espíritu Santo. Pedro el pescador y sus compañeros del lago de Genesaret encontraron en esta realidad la expresión pascual del poder de Cristo, y al mismo tiempo el significado de su misión apostólica. Encontraron la realización del anuncio: «Desde ahora serás pescador de hombres».






MISIÓN DEL PARÁCLITO Y ANUNCIO DEL REINO (22.XI.89)

1. Como hemos visto en el progresivo desarrollo de las catequesis pneumatológicas, en el día de Pentecostés el Espíritu Santo se revela en su potencia salvífica. Se revela como «otro Paráclito» (Jn 14, 16) que «procede del Padre» (Jn 15, 26) y «que el Padre enviará en el nombre del Hijo» (Jn 14, 26). Se «revela como «Alguien» distinto del Padre y del Hijo, y al mismo tiempo de la misma sustancia que ellos. Se revela por obra del Hijo, aunque permanece invisible. Se revela por medio de su potencia con una acción propia, distinta de la del Hijo y al mismo tiempo íntimamente unida a Él. Así es el Espíritu Santo según el anuncio de Cristo la víspera de su pasión: «Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 14); «no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir» (Jn 16,13).

El Paráclito-Consolador no sustituye a Cristo, viene después de Él en virtud de su sacrificio redentor. Viene para que Cristo pueda permanecer en la Iglesia y actuar en Ella como Redentor y Señor.

2. Escribí en la Encíclica Dominum et vivificantem : «Entre el Espíritu Santo y Cristo subsiste... en la economía de la salvación una relación intima por la cual el Espíritu actúa en la historia del hombre como !otro Paráclito!, asegurando de modo permanente la transmisión y la irradiación de la Buena Nueva revelada por Jesús de Nazaret. Así, resplandece la gloria de Cristo en el Espíritu Santo Paráclito, que en el misterio y en la actividad de la Iglesia continúa incesantemente la presencia histórica del Redentor sobre la tierra y su obra salvífica, como lo atestiguan las siguientes palabras de Juan: «Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros» (n. 7).

3. La verdad contenida en esta promesa de Jesús en Pentecostés resulta transparente: el Espíritu Santo «revela» plenamente el misterio de Cristo, su misión mesiánica y redentora. La Iglesia primitiva tiene conciencia de este hecho, como se deduce del primer kerygma de Pedro y de muchos episodios sucesivos, anotados en los Hechos de los Apóstoles.

En el día de Pentecostés es significativo el hecho de que Pedro, respondiendo a la pregunta de sus oyentes «¿Qué hemos de hacer?» los exhorta: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo» (Hech 2, 38). Ya se sabe que Jesús, enviando a los Apóstoles a todo el mundo, les había ordenado que administraran el bautismo «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). Pedro se hace eco fiel de aquella palabra del Maestro Y el resultado es que, en la circunstancia, «unas tres mil almas» (Hech 2, 41 ) son bautizadas «en el nombre de Jesucristo» (Hech 2, 38). Esta expresión, «en el nombre de Jesucristo», representa la clave para entrar con la fe en la plenitud del misterio trinitario y llegar a ser posesión de Cristo, como personas consagradas a Él. En este sentido los Hechos hablan de la invocación del nombre de Jesús para recibir la salvación (Cfr. 2, 21; 3, 16;4, 10-12; 8, 16; 10, 48; 19, 5; 22, 16), y San Pablo en sus Cartas insiste en la misma exigencia de orden salvífico (Cfr. Rom 6, 3; 1 Cor 6, 11; Gal 3, 27; cfr. también Sant 2, 7). El bautismo «en el Espíritu Santo», conferido «en el nombre de Cristo», hace concreto el don trinitario que Jesús mismo prometió la tarde de la Ultima Cena, cuando dijo a los Apóstoles: «El Espíritu de la verdad... me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 13-15).

4. También en todas las acciones realizadas después de Pentecostés bajo el influjo del Espíritu Santo, los Apóstoles se refieren a Cristo como a razón, a principio, a potencia operante. Así, en la curación del tullido que se encontraba «junto a la puerta del Templo llamada Hermosa» (Hech 3, 2), Pedro le dice: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, ponte a andar» (Hech 3, 6). Este signo atrae bajo el pórtico a muchas personas, y Pedro les habla, como el día de Pentecostés, del Cristo crucificado que «Dios... resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello» (Hech 3, 15). Es la fe en Cristo la que curó al tullido: «Y por la fe en su nombre, este mismo nombre ha restablecido a éste que vosotros veis y conocéis; es, pues, la fe dada por su medio la que le ha restablecido totalmente ante todos vosotros» (Hech 3, 16).

5. Cuando los Apóstoles fueron convocados por primera vez ante el Sanedrín, «Pedro, lleno del Espíritu Santo», en presencia de los «jefes del pueblo y de los ancianos» (Cfr. Hech 4, 8) dio una vez más testimonio de Cristo crucificado y resucitado, y concluyó su respuesta a los sanedristas de la siguiente manera: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4, 12). Cuando fueron «puestos en libertad», el autor de los Hechos narra que volvieron «a los suyos» y con ellos dieron gloria al Señor (Hech 4, 23)24). Luego hubo una especie de Pentecostés menor: «Acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios con valentía» (Hech 4, 31). Y también a continuación, en la primera comunidad cristiana y ante el pueblo, «dos Apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía » (Hech 4, 33) .

Manifestación particular de este intrépido testimonio de Cristo será el diácono Esteban, el primer mártir, del que leemos, en la narración de su muerte: «Él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre que está en pie a la diestra de Dios». Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él» (Hech 7, 55-59).

6. De estas y de otras narraciones de los Hechos resulta claramente que la enseñanza impartida por los Apóstoles bajo el influjo del Espíritu Santo tiene su punto de referencia, su clave de bóveda en Cristo. El Espíritu Santo permite a los Apóstoles y a sus discípulos penetrar en la verdad del Evangelio anunciado por Cristo, y en particular en su misterio pascual. Enciende en ellos el amor a Cristo hasta el sacrificio de su vida. Hace que la Iglesia realice, desde el principio, el Reino traído por Cristo. Y este Reino, bajo la acción del Espíritu Santo y con la colaboración de los Apóstoles, de sus sucesores y de toda la Iglesia, se desarrollará en la historia hasta el fin de los tiempos.

En los Evangelios, en los Hechos y en las Cartas de los Apóstoles no hay trazas de utopismo pneumatológico, para el que al Reino del Padre Antiguo Testamento y de Cristo Nuevo Testamento debería suceder un Reino del Espíritu Santo, representado por los pretendidos «espirituales» libres de toda la ley, incluso de la ley evangélica predicada por Jesús. Como escribe Santo Tomás de Aquino, «la antigua ley no era sólo del Padre, sino también del Hijo, puesto que la antigua ley prefiguraba a Cristo... Así también la nueva ley no es sólo de Cristo, sino también del Espíritu Santo, según la expresión paulina: !La ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús (Rom 8, 2). Por esto no hay que esperar otra ley que sea del Espíritu Santo» (S.Th. II, q. 106, a. 4, ad 3). Fueron algunos medievales los que soñaron y predijeron, sobre la base de las especulaciones apocalípticas del piadoso monje calabrés Gioacchino da Fiore (1202), el acontecimiento de un «tercer Reino», en el que se llevaría a cabo la renovación universal que preparará el fin del mundo predicha por Jesús (Cfr. Mt 24, 14). Pero Santo Tomás hace también notar que «desde el principio de la predicación evangélica, Cristo afirmó: !el Reino de los cielos ha llegado (Mt 4, 17). Por eso es algo realmente ridículo decir que el Evangelio de Cristo no es el Evangelio del Reino» (S.Th. I)II, q. 106, a. 4, ad 4). Es uno de los rarísimos casos en que el Santo Doctor usó palabras severas al juzgar una opinión errónea, porque en el siglo XIII estaba viva la polémica suscitada por las elucubraciones de los «espirituales», que abusaban de la doctrina de Gioacchino da Fiore, y por otra parte él percibía toda la peligrosidad de las pretensiones de los «carismas», en perjuicio de la causa del Evangelio y del verdadero «Reino de Dios». Por ello, recordaba la necesidad de la «predicación del Evangelio en todo el mundo con pleno éxito, es decir, con la fundación dela Iglesia en toda nación. Y en tal sentido... el Evangelio no se ha predicado en todo el mundo: y el fin del mundo sucederá después de esta predicación» (S.Th. I-II, q. 106, a. 4, ad 4).

Esta línea de pensamiento ha sido propia de la Iglesia desde el principio, basándose en el kerygma de Pedro y de los demás Apóstoles, en el que no hay ni sombra siquiera de una dicotomía entre Cristo y el Espíritu Santo, sino más bien confirmación de cuanto Jesús había dicho del Paráclito en la Ultima Cena: «Él no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 13-14).

7. En este punto no podemos menos de alegrarnos del amplio espacio reservado por la teología de nuestros hermanos de Oriente a la reflexión sobre la relación entre Cristo y el Espíritu Santo, relación que encuentra su expresión más intima en el Cristo-Pneuma después de la resurrección y Pentecostés, según lo que decía San Pablo acerca del «último Adán, espíritu que da vida» (1 Cor 15, 45). Es un campo abierto al estudio y a la contemplación del misterio, que es al mismo tiempo cristológico y trinitario. En la Encíclica Dominum et vivificantem se dice: «La suprema y completa autorrevelación de Dios, que se ha realizado en Cristo, atestiguada por la predicación de los Apóstoles, sigue manifestándose en la Iglesia mediante la misión del Paráclito invisible, el Espíritu de la verdad. Cuán íntimamente esta misión esté relacionada con la misión de Cristo y cuán plenamente se fundamente en ella misma, consolidando y desarrollando en la historia sus frutos salvíficos, está expresado con el verbo «recibir»: «recibirá de lo mío y os lo comunicará». Jesús, para explicar la palabra «recibirá», poniendo en clara evidencia la unidad divina y trinitaria de la fuente, añade: «Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho: Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros». Tomando de lo «mío», por eso mismo recibirá de «lo que es del Padre» (n.7).

Reconozcámoslo francamente: este misterio de la presencia trinitaria en la humanidad mediante el Reino de Cristo y del Espíritu es la verdad más bella y más letificante que la Iglesia puede dar al mundo.









EL ESPÍRITU SANTO EN LA IGLESIA PRIMITIVA (29.XI.89)

1. La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés es un acontecimiento Único, que, sin embargo, no se agota en sí mismo. Al contrario, es el inicio de un proceso duradero, del que los Hechos de los Apóstoles sólo nos narran las primeras fases. Se refieren, ante todo a la vida de la Iglesia en Jerusalén, donde los Apóstoles, tras haber dado testimonio de Cristo y del Espíritu y después de haber conseguido las primeras conversiones, debieron defender el derecho a la existencia de la primera comunidad de los discípulos y seguidores de Cristo frente al Sanedrín. Los Hechos nos dicen que, también frente a los ancianos, los Apóstoles fueron asistidos por la misma fuerza recibida en Pentecostés: quedaron «llenos del Espíritu Santo» (Cfr., por ejemplo, Hech 4, 8).

Esta fuerza del Espíritu se manifiesta operante en algunos momentos y aspectos de la vida de la comunidad jerosolimitana, de la que los Hechos hacen una particular mención.

2. Resumámoslos sucintamente, comenzando por la oración unánime en que la comunidad se recoge cuando los Apóstoles, de vuelta del Sanedrín, refirieron a los «hermanos» cuanto habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos: «Todos a una elevaron su voz a Dios » (Hech 4, 24). En la hermosa oración que nos refiere Lucas, los orantes reconocen el plan de Dios en la persecución, recordando cómo Dios ha hablado «por el Espíritu Santo» (4, 25)y citan las palabras del Salmo 2 (vv. 1.2), sobre las hostilidades desencadenadas por los reyes y pueblos de la tierra «contra el Señor y contra su Ungido», aplicándolas a la muerte de Jesús: «Porque verdaderamente en esta ciudad se han aliado Herodes y Poncio Pilato con las naciones y los pueblos de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien has ungido, para realizar lo que en tu poder y en tu sabiduría habías predeterminado que sucediera. Y ahora, Señor, ten en cuenta sus amenazas y concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía» (Hech 4, 7.29).

Es una oración llena de fe y de abandono en manos de Dios, y al final de la misma se realiza una nueva manifestación del Espíritu y casi un nuevo acontecimiento de Pentecostés.

3. «Acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos» (Hech 4,31). Por consiguiente, se realiza una nueva manifestación sensible del poder del Espíritu Santo, como había acontecido en el primer Pentecostés. También la alusión al lugar en que la comunidad se halla reunida confirma la analogía con el Cenáculo, y significa que el Espíritu Santo quiere envolver a toda la comunidad con su acción transformante. Entonces «todos quedaron llenos del Espíritu Santo», no sólo los Apóstoles que habían afrontado a los jefes del pueblo, sino también todos los «hermanos» (4, 23) reunidos con ellos, que son el núcleo central y más representativo de la primera comunidad. Con el nuevo entusiasmo suscitado por la nueva plenitud» del Espíritu Santo .dicen los Hechos. «predicaban la Palabra de Dios con valentía » (Hech 4, 31). Eso demostraba que había sido escuchada la oración que habían dirigido al Señor: «Concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía» (Hech 4, 29).

El «pequeño» Pentecostés marca, por tanto, un nuevo inicio de la misión evangelizadora después del juicio y del encarcelamiento de los Apóstoles por parte del Sanedrín. La fuerza del Espíritu Santo se manifiesta especialmente en la valentía, que ya los miembros del Sanedrín habían notado en Pedro y Juan, no sin quedar maravillados «sabiendo que eran hombres sin instrucción ni cultura» y «reconociendo... que habían estado con Jesús» (Hech 4, 13). Ahora los Hechos subrayan de nuevo que «llenos del Espíritu Santo predicaban la Palabra de Dios con valentía».

4. También toda la vida de la comunidad primitiva de Jerusalén lleva las señales del Espíritu Santo, que es su guía y su animador invisible. La visión de conjunto que ofrece Lucas nos permite ver en aquella comunidad casi el tipo de las comunidades cristianas formadas a lo largo de los siglos, desde las parroquiales a las religiosas, en las que el fruto de la «plenitud del Espíritu Santo» se concreta en algunas formas fundamentales de organización, parcialmente recogidas en la misma legislación de la Iglesia.

Son principalmente las siguientes: la «comunión» (koinonía) en la fraternidad y en el amor (Cfr. Hech 2, 42), de forma que se podía decir de aquellos cristianos que eran «un solo corazón y una sola alma» (Hech 4, 32); el espíritu comunitario en la entrega de los bienes a los Apóstoles para la distribución a cada uno según sus necesidades (Hech 4, 34.37) o en su uso cuando se conservaba su propiedad, de modo que «nadie llamaba suyos a sus bienes» (4, 32; cfr. 2, 44.45; 4, 34.37); la comunión al escuchar asiduamente la enseñanza de los Apóstoles (Hech 2, 42) y su testimonio de la resurrección del Señor Jesús (Hech 4, 33); la comunión en la «fracción del pan» (Hech 2, 42), o sea, en la comida en común según el uso judío, en la que, sin embargo, los cristianos insertaban el rito eucarístico (Cfr. 1 Cor 10, 16; 11, 24; Lc 22, 19; 24, 35); la comunión en la oración (Hech 2, 42.46.47). La Palabra de Dios, la Eucaristía, la oración, la caridad fraterna, eran, por tanto, el ámbito dentro del cual vivía, crecía y se fortalecía la comunidad.

5. Por su parte, los Apóstoles «daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús» (4, 33) y realizaban «muchas señales y prodigios»(5, 12), como habían pedido en la oración del Cenáculo: «Extiende tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús» (Hech 4, 30). Eran señales de la presencia y de lección del Espíritu Santo, a la que se refería toda la vida de la comunidad. Incluso la culpa de Ananías y Safira, que fingieron llevar a los Apóstoles y a la comunidad todo el precio de una propiedad vendida, quedándose, sin embargo, con una parte, es considerada por Pedro una falta contra el Espíritu Santo: «Has mentido al Espíritu Santo» (5, 3); »¿Cómo os habéis puesto de acuerdo para poner aprueba al Espíritu del Señor?» (Hech 5, 9). No se trataba de un «pecado contra el Espíritu Santo» en el sentido en que hablaría el Evangelio (Cfr. Lc 12, 10) y que pasaría a los textos morales y catequísticos de la Iglesia. Era más bien, un dejar de cumplir el compromiso de la «unidad del Espíritu con el vínculo de la paz», como diría San Pablo (Ef 4, 3) y, por tanto, una ficción al profesar aquella comunión cristiana en la caridad, de la que es alma el Espíritu Santo.

6. La conciencia de la presencia y de la acción del Espíritu Santo vuelven a aparecer en la elección de los siete diáconos hombres «llenos de Espíritu Santo y de sabiduría» (Hech 6, 3) y, en particular, de Esteban, «hombre lleno de fe y de Espíritu Santo» (Hech 6, 5), que muy pronto comenzó a predicar a Jesucristo con pasión, entusiasmo y fortaleza, realizando entre el pueblo «grandes prodigios y señales» (Hech 6, 8). Habiendo suscitado la ira y los celos de una parte de los judíos, que se levantaron contra él, Esteban no cesó de predicar y no dudó en acusar a aquellos que se le oponían de ser los herederos de sus padres al «resistir al Espíritu Santo» (Hech 7, 51), yendo así serenamente al encuentro del martirio, como narran los Hechos: «Él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente el cielo y vio la gloria Dios y Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios » (Hech 7, 55), y en aquella actitud fue apedreado.

Así, la Iglesia primitiva, bajo la acción del Espíritu Santo, añadía la experiencia de la comunión la del martirio..

7. La comunidad de Jerusalén estaba compuesta por hombres y mujeres provenientes del judaísmo, como los mismos Apóstoles y María. No podemos olvidar este hecho, aunque a continuación aquellos judeocristianos, reunidos en torno a Santiago cuando Pedro se dirigió a Roma, se dispersaron y desaparecieron poco a poco. Sin embargo, lo que sabemos por los Hechos debe inspirarnos respeto y también gratitud hacia aquellos nuestros lejanos« hermanos mayores», en cuanto que ellos pertenecían a aquel pueblo jerosolimitano que rodeaba de «simpatía» a los Apóstoles (Cfr. Hech 2, 47), los cuales «daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús» (Hech 4, 33). No podemos tampoco olvidar que, después de la lapidación de Esteban y la conversión de Pablo, la Iglesia, que se había desarrollado partiendo de aquella primera comunidad, «gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; se edificaba y progresaba en el temor del Señor y estaba llena de la consolación del Espíritu Santo» (Hech 9, 31).

Por consiguiente, los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles nos testimonian que se cumplió la promesa hecha por Jesús a los Apóstoles en el Cenáculo, la víspera de su pasión: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad» (Jn 14, 16.17). Como hemos visto a su tiempo, «Consolador» .en griego «Parákletos». significa también Patrocinador o «Defensor». Y ya sea como Patrocinador o «Defensor», ya sea como «Consolador», el Espíritu Santo se revela presente y operante en la Iglesia desde sus inicios en el corazón del judaísmo. Veremos que muy pronto el mismo Espíritu llevará a los Apóstoles y a sus colaboradores a extender Pentecostés a todas las gentes.










EL PENTECOSTÉS DE LOS GENTILES (6.XII.89)

1. Con la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés, después del cumplimiento del misterio pascual con la «partida» de Cristo mediante el sacrificio de la cruz, culmina la autorrevelación de Dios por medio de su Hijo hecho hombre. De ese modo, «se realiza así completamente la misión del Mesías, que recibió la plenitud del Espíritu Santo para el pueblo elegido de Dios y para toda la humanidad. «Mesías» literalmente significa «Cristo»; es decir, «Ungido»; y en la historia de la salvación significa «ungido con el Espíritu Santo». Esta era la tradición profética del Antiguo Testamento. Siguiéndola, Simón Pedro dirá en casa de Cornelio: «Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea... después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hech 10, 37 ss.) (Encíclica Dominum et vivificantem, 15). Pedro prosigue con un breve resumen de la historia evangélica, que es también un embrión del Credo, dando testimonio de Cristo crucificado y resucitado, Redentor y Salvador de los hombres, en la línea de «todos los profetas» (Hech 10, 43).

2. Pero si, por una parte, Pedro relaciona la venida del Espíritu Santo con la tradición del Antiguo Testamento, por otra sabe y proclama que el día de Pentecostés constituye el inicio de un proceso nuevo que durará por siglos, dando plena realización a la historia de la salvación. Las primeras fases de este proceso se hallan descritas en los Hechos de los Apóstoles. Y precisamente Pedro se encuentra en el primer lugar en un acontecimiento decisivo de aquel proceso: la entrada del primer pagano en la comunidad de la Iglesia primitiva, bajo el evidente influjo del Espíritu Santo que conduce la acción de los Apóstoles. Se trata del centurión romano Cornelio, que residía en Cesarea. Pedro, que lo había introducido en la comunidad de los bautizados, era consciente de la importancia decisiva de aquel acto, sin duda no conforme a las costumbres religiosas vigentes, pero al mismo tiempo sabía con certeza que Dios lo había querido. De hecho, entró en la casa del centurión y «encontró a muchos reunidos. Y les dijo: «Vosotros sabéis que no le está permitido a un judío juntarse con un extranjero ni entrar en su casa; pero a mí me ha mostrado Dios que no hay que llamar profano o impuro a ningún hombre»(Hech 10, 28).

Fue un gran momento en la historia de la salvación. Con aquella decisión, Pedro hacía salir a la Iglesia primitiva de los confines étnico-religiosos de Jerusalén y del judaísmo, y se convertía en instrumento del Espíritu Santo al lanzarla hacia «todas las gentes», según el mandato de Cristo (Cfr. Mt 28, 19). Se cumplía así de modo pleno y superior la tradición profética sobre la universalidad del Reino de Dios en el mundo, mucho más allá de la visión de los israelitas apegados a la antigua Ley. Pedro había abierto el camino de la Nueva Ley, en la que el Evangelio de la salvación debía llegar a los hombres más allá de todas las distinciones de nación, cultura y religión, para hacer que todos gocen de los frutos de la Redención.

3. En los Hechos de los Apóstoles encontramos una descripción detallada de este evento. En la primera parte nos dan a conocer el proceso interior a través del cual pasó Pedro para llegar a la conciencia personal sobre el paso que había de dar. En efecto, leemos que Pedro, que se encontraba en Joppe como huésped durante algunos días de «un tal Simón, curtidor» (Hech 9, 43), «subió al terrado, sobre la hora sexta, para hacer oración. Sintió hambre y quiso comer. Mientras se lo preparaban le sobrevino un éxtasis, y vio los cielos abiertos y que bajaba hacia la tierra una cosa como un gran lienzo, atado por las cuatro puntas. Dentro de él había toda suerte de cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo. Y una voz le dijo: "Levántate, Pedro, sacrifica y come". Pedro contestó: "De ninguna manera, Señor; jamás he comido nada profano e impuro". La voz le dijo por segunda vez: "Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano". Esto se repitió tres veces, e inmediatamente la cosa aquella fue elevada hacia el cielo» (Hech 10, 9.16).

Era una «visión» en la que tal vez se proyectaban preguntas y perplejidades que ya fermentaban en el ánimo de Pedro bajo la acción del Espíritu Santo a la luz de las experiencias realizadas en las primeras formas de predicación y en conexión con los recuerdos de la enseñanza y del mandato de Cristo sobre la evangelización universal. Era una pausa de reflexión que sobre aquel terrado de Joppe, que daba hacia el Mediterráneo, preparaba a Pedro para el paso decisivo que debía realizar.

4. En efecto, «estaba Pedro perplejo pensando qué podría significar la visión que había visto» (Hech 10, 17). Luego, «estando Pedro pensando en la visión, le dijo el Espíritu: "Ahí tienes unos hombres que te buscan. Baja, pues, al momento y vete con ellos sin vacilar, pues yo los he enviado"» (Hech 10, 19.20). Por consiguiente, es el Espíritu Santo el que prepara a Pedro para la nueva tarea. Y actúa, ante todo, mediante la visión, con la que estimula al Apóstol a la reflexión y dispone el encuentro con los tres hombres .dos siervos y un piadoso soldado (Hech 10, 7). mandados desde Cesare buscarlo e invitarlo. Cuando el proceso interior hubo concluido, el Espíritu d Pedro una orden concreta. Cumpliéndola, el Apóstol toma la resolución de dirigirse a Cesarea, a la casa de Cornelio. Acogido por el centurión, y por los que vivían en su casa, con el respeto debido a un mensajero divino, Pedro reflexiona sobre su visión y pregunta a los presentes: «¿Por qué motivo me habéis enviado a llamar?» (Hech 10, 29).

Cornelio, «hombre justo y temeroso de Dios» (Hech 10, 22), explica al Apóstol cómo había surgido la idea de aquella invitación, debida también ella a una inspiración divina Y concluye diciendo: «Ahora, pues, todos nosotros, en la presencia de Dios, estamos dispuestos para escuchar todo lo que te ha sido ordenado por el Señor» (Hech 10, 33).

5. La respuesta de Pedro que nos transmiten los Hechos es densa de significado teológico y misionero. Leemos: «Entonces, Pedro tomó la palabra y dijo: "Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le tema y practica la justicia le es grato. Él ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz, por medio de Jesucristo que es el Señor de todos. Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo Él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con Él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándolo de un madero; a éste Dios le resucitó al tercer. día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con Él, después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que Él está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en Él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados"» (Hech 10, 34.43).

6. Convenía citar todo el texto porque es una condensación ulterior del kerygma y una primera síntesis de la catequesis que quedará fijada luego en el Credo. Son el kerygma y la catequesis de Jerusalén que tuvieron lugar el día de Pentecostés, repetidos en Cesarea en la casa del pagano Cornelio, donde se renueva el acontecimiento del Cenáculo en lo que se podría llamar el Pentecostés de los paganos, análogo al de Jerusalén, como constata el mismo Pedro (Cfr. Hech 10, 47; 11, 15; 15, 8). En efecto, leemos que «estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles» (Hech 10, 44.45).

7. «Entonces Pedro dijo: "Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?"» (Hech 10, 47).

Lo dijo ante los «fieles circuncisos», o sea, los provenientes del judaísmo, quienes se maravillaban porque oían que los parientes y los amigos de Cornelio «hablaban en lenguas y glorificaban a Dios» (Cfr. Hech 10, 46), precisamente como había sucedido en Jerusalén el día del primer Pentecostés. Una analogía de acontecimientos llena de significado; más aún, casi el mismo acontecimiento, un único Pentecostés, que tuvo lugar en diversas circunstancias.

Idéntica es la conclusión: Pedro «mandó que fueran bautiza dos en el nombre de Jesucristo» (Hech 10, 48). Se verificó entonces el bautismo de los primeros paganos. Así, en virtud de su autoridad apostólica, Pedro, guiado por la luz del Espíritu Santo, da inicio a la difusión del Evangelio y de la Iglesia más allá de los confines de Israel.

8. El Espíritu Santo, que había descendido sobre los Apóstoles en virtud del sacrificio redentor de Cristo, ahora ha confirmado que el valor salvífico de este sacrificio engloba a todos los hombres. Pero había escuchado que se le decía interiormente: «Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano» (Hech 10, 15). Sabía muy bien que la purificación se había realizado por medio de la sangre de Cristo, Hijo de Dios, quien, como leemos en la Carta a los Hebreos(9, 14), «por el mismo Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios», de forma que estamos seguros de que aquella sangre «purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo». Pedro se había dado cuenta más claramente de que habían llegado los nuevos tiempos en los que, como habían predicho los profetas, incluso los sacrificios de los paganos resultarían gratos a Yahvéh (Cfr. Is 56, 7; Mal 1, 11; y también Rom 15, 16; Flp 4, 18; 1 Pe 2, 5). Por eso dijo con plena conciencia a centurión Cornelio: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas», como Israel había comprendido ya desde el Deuteronomio, que se refleja en las palabras del Apóstol: «Yahvéh vuestro Dios es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas » (Dt 10, 17). Los Hechos nos atestiguan que Pedro fue el primero en captar el sentido nuevo de esta idea antigua, como fue transmitida en la doctrina de los Apóstoles (Cfr. 1 Pe 1, 17; Gal 2, 6; Rom 2, 11).

Esta es la génesis interior de aquellas hermosas palabras dirigidas a Cornelio sobre la relación humana con Dios: «... el que le teme y practica la justicia le es grato» (Hech 10, 35).


El «Pentecostés de los paganos» (13.XII.89)

1. Después del bautismo de los primeros paganos, administrado por orden de Pedro en Cesarea en la casa del centurión Cornelio, el Apóstol se detuvo algunos días entre aquellos nuevos cristianos, a invitación suya (Cfr. Hech 10, 48). Eso no agradó a los «Apóstoles» y a los «hermanos» que habían permanecido en Jerusalén, quienes le reprocharon por ello a su regreso (Cfr. Hech 11, 3). Pedro, en vez de defenderse de esa acusación, prefirió «explicarles punto por punto» cómo había sucedido todo (Cfr. Hech 11. 4). de modo que los hermanos procedentes del judaísmo pudieran valorar toda la importancia del hecho de que «también los gentiles habían aceptado la Palabra de Dios» (Hech 11, 1).

Por tanto, les puso al corriente de la visión tenida en Joppe, de la invitación de Cornelio, del impulso interior procedente del Espíritu Santo para que superara toda duda (Cfr. Hech 11, 12) y, finalmente, de la venida del Espíritu Santo sobre los que se hallaban presentes en la casa del centurión (Cfr. Hech 11, 16), para concluir así su relación: «Me acordé entonces de aquellas palabras que dijo el Señor: Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo . Por tanto, si Dios les ha concedido el mismo don que a nosotros por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poner obstáculos a Dios?» (Hech 11, 16.17).

Según Pedro ésta era la verdadera cuestión, y no el hecho de haber aceptado la hospitalidad de un centurión proveniente del paganismo, cosa insólita y considerada ilegítima por los cristianos de origen judío de Jerusalén. Es hermoso constatar la eficacia de la palabra de Pedro, ya que leemos en los Hechos que «al oír esto se tranquilizaron y glorificaron a Dios diciendo: así pues, también a los gentiles les ha dado Dios la conversión que lleva a la vida» (Hech 11, 18).

Era la primera victoria sobre la tentación del particularismo socio-religioso que amenazaba a la Iglesia primitiva por haber nacido de la comunidad jerosolimitana y judía. La segunda victoria la conseguiría, de modo aún más resonante, con la ayuda de Pedro, el Apóstol Pablo. De esto hablaremos más adelante.

2. Ahora detengámonos a considerar cómo Pedro prosigue por el camino iniciado con el bautismo de Cornelio: aparecerá de nuevo que es el Espíritu Santo quien guía a los Apóstoles en esta dirección.

Los Hechos nos dicen que los convertidos de Jerusalén, «que se habían dispersado cuando la tribulación originada a la muerte de Esteban», realizaban una labor de proselitismo en los lugares donde se habían establecido, pero «sin predicar la Palabra a nadie más que a los judíos» (Hech 11, 19). Sin embargo, algunos de ellos, que eran ciudadanos de Chipre y de Cirene, tras llegar a Antioquía, capital de la Siria, comenzaron a hablar también a los griegos (es decir, a los no judíos), «y les anunciaban la Buena Nueva del Señor Jesús. La mano del Señor estaba con ellos, y un crecido número recibió la fe y se convirtió al Señor. La noticia de esto llegó a oídos de la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía» (Hech 11, 20.22). Era una especie de inspección decidida por la comunidad que, por ser la comunidad originaria, se atribuía la tarea de vigilancia sobre las demás Iglesias (Cfr. Hech 8, 14; 11, 1; Gal 2, 2). Bernabé se dirigió a Antioquía, y «cuando llegó y vio la gracia de Dios se alegró y exhortaba a todos a permanecer, con corazón firme, unidos al Señor, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una considerable multitud se agregó al Señor. Partió para Tarso en busca de Saulo y, en cuanto le encontró le llevó a Antioquía. Estuvieron juntos durante un año entero en la Iglesia y adoctrinaron a una gran muchedumbre. En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos» (Hech 11, 24.26).

Es otro momento decisivo para la nueva fe fundada en la alianza en Cristo, crucificado y resucitado. Incluso la nueva denominación de «cristianos» manifiesta la solidez del vínculo que une entre sí a los miembros de la comunidad. El «Pentecostés de los paganos» iluminado por la predicación y por el comportamiento de Pedro lleva progresivamente a cumplimiento el anuncio de Cristo acerca del Espíritu Santo: «Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 14). El afirmarse del cristianismo bajo la acción del Espíritu Santo lleva a cabo con evidencia creciente la glorificación del «Señor Jesús».

3. En el cuadro de las relaciones entre la Iglesia de Antioquía y la de Jerusalén, hemos visto entrar en escena a Saulo de Tarso, llevado por Bernabé a Antioquía. Los Hechos nos dicen que «estuvieron juntos durante un año entero en la Iglesia y adoctrinaron a una gran muchedumbre» (Hech 11, 26). Poco después añaden que un día, «mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo. Separadme y Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado . Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron. Ellos, pues, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí navegaron hasta Chipre» (Hech 13, 2.4). Conviene recordar que Chipre era la patria de Bernabé. (Hech 4, 36). La vocación y la misión de Saulo, junto a Bernabé, se delinea de esta forma como querida por el Espíritu Santo, el cual abre así una nueva fase de desarrollo en la vida de la Iglesia primitiva.

4. Es conocida la historia de la conversión de Saulo de Tarso y su importancia para la evangelización del mundo antiguo, afrontada por él con toda la fuerza y el vigor de su alma gigantesca, cuando de Saulo se convirtió en Pablo; el Apóstol de las naciones (Cfr. Hech 13, 9). Aquí recordaremos sólo las palabras que le dirigió el discípulo Ananías de Damasco, cuando por orden del Señor fue a encontrar, «en casa de Judas, en la calle Recta» (Hech 9, 10), al perseguidor de los cristianos espiritualmente transformado por el encuentro con Cristo. Según los Hechos, «fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: "Saulo, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo"» (Hech 9, 17). De hecho, Saulo recobró la vista y enseguida comenzó a dar testimonio en las sinagogas primero en Damasco, «demostrándoles que aquél era el Cristo» (Hech 9, 22), luego en las de Jerusalén, iba y venía «predicando valientemente en el nombre del Señor y discutiendo con los helenistas» (Hech 9, 29). Estos judíos «helenistas» violentamente opuestos a todos los propagandistas cristianos (Cfr. Hech 6, 9; 7,58; 9, 1; 21, 27; 24, 19), se encarnizaron especialmente contra Saulo, hasta el punto de intentar matarlo (Cfr. Hech 9. 29). «Los hermanos, al saberlo, le llevaron a Cesarea y le hicieron marchar a Tarso» (Hech 9, 30). Es aquí donde irá a buscarlo Bernabé para llevarlo consigo a Antioquía (Cfr. Hech 11, 25.26).

5.Ya sabemos que el desarrollo de la Iglesia en Antioquía, debido en gran parte a la afluencia de los «griegos» que se convertían al Evangelio (Cfr. Hech 11, 20), había suscitado el interés de la Iglesia de Jerusalén, en la que, sin embargo, incluso después de la inspección de Bernabé, había permanecido cierta perplejidad acerca de la medida tomada al admitir a los paganos al cristianismo sin hacerlos pasar por la vía de Moisés. De hecho, en un momento determinado, «bajaron algunos (a Antioquía) de Judea que enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros . Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los Apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión» (15, 1.2).

Era un problema fundamental, que tocaba la misma esencia del cristianismo como doctrina y como vida fundada sobre la fe en Cristo, y su originalidad e independencia del judaísmo.

El problema quedó resuelto en el «concilio» de Jerusalén (como se le suele llamar) por obra de los Apóstoles y de los presbíteros, pero bajo la acción del Espíritu Santo. Narran los Hechos que «después de una larga discusión, Pedro se levantó y les dijo: Hermanos, vosotros sabéis que ya desde los primeros días me eligió Dios entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la Palabra de la Buena Nueva y creyeran. Y Dios, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor comunicándoles el Espíritu Santo como a nosotros, y no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, pues purificó sus corazones con la fe » (Hech 15, 7.9).

Era el momento trascendental de la toma de conciencia del «Pentecostés de los paganos» en la comunidad madre de Jerusalén, donde se hallaban reunidos los máximos representantes de la Iglesia. Esta, en todo su conjunto, se daba cuenta de que vivía y se movía «llena de la consolación del Espíritu Santo» (Hech 9, 31). Sabía que no sólo los Apóstoles sino también los demás «hermanos» habían tomado decisiones y realizado acciones bajo la moción del Espíritu, como, por ejemplo, Esteban (Hech 6, 5; 7, 55), Bernabé y Saulo (Hech 13, 2.4.9).

Pronto conocería un hecho acaecido en Éfeso, donde había llegado Saulo convertido en Pablo, y narrado así por los Hechos: «Mientras Apolo (otro predicador evangélico) estaba en Corinto, Pablo atravesó las regiones altas y llegó a Éfeso donde, encontró algunos discípulos; les preguntó: ""Recibisteis el Espíritu Santo cuando abrazasteis la fe?". Ellos contestaron: "Pero si nosotros no hemos oído decir siquiera que exista el Espíritu Santo... Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y, habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar» (Hech 19, 1.2.5.6). La comunidad de Jerusalén sabía, por consiguiente, que aquella especie de epopeya del Espíritu Santo estaba realizándose a través de muchos portadores de carismas y de ministerios apostólicos. Pero en aquel primer concilio se produjo un hecho eclesiástico institucional, reconocido como determinante para la evangelización del mundo entero, gracias a la intima conexión entre la asamblea, presidida por Pedro, y el Espíritu Santo.

7. De hecho, los Apóstoles comunicaron las conclusiones a las que habían llegado y las decisiones que habían tomado, con una fórmula muy significativa: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros» (Hech 15, 28). Era la expresión

de su plena conciencia de actuar bajo la guía de este Espíritu de la verdad que Cristo les había prometido (Cfr. Jn 14, 16.17). Ellos sabían que recibían de Él el prestigio que hacía posible tomar aquella decisión, y la misma certeza de las decisiones tomadas. Era el Paráclito, el Espíritu de la verdad, quien en este momento hacía que el «Pentecostés» de Jerusalén se transformase cada vez más también en el «Pentecostés de los paganos» Así la Nueva Alianza de Dios con la humanidad «en la sangre de Cristo» (Cfr. Lc 22, 20) se abría hacia todos los pueblos y naciones, hasta los extremos confines de la tierra.


La fecundidad de Pentecostés (20.XII.89)

1. Las catequesis sobre el Espíritu Santo tenidas hasta hoy estaban ligadas sobre todo al acontecimiento de Pentecostés. Hemos podido ver que, desde el día en que los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén, fueron «llenos del Espíritu Santo» (Cfr. Hech 2, 4), tuvo inicio un proceso que, a través de varias etapas descritas por los Hechos de los Apóstoles, muestra la acción del Espíritu Santo como la de «otro Paráclito» prometido por Jesús (Cfr. Jn 14,16), y que vino a dar cumplimiento a su obra salvífica. Él permanece siempre el «Dios escondido», invisible, y a pesar de ello los Apóstoles tienen la plena conciencia de que es precisamente Él quien actúa en ellos y en la Iglesia. Es Él quien los guía, es Él quien les da la fuerza para ser testigos de Cristo crucificado y resucitado hasta el martirio, como en el caso del diácono Esteban; es Él quien les señala el camino hacia los hombres; es Él quien por medio de ellos convierte a cuantos abren su corazón a su acción. Muchos de ellos se encuentran también fuera de Israel. El primero es el centurión romano Cornelio en Cesarea. En Antioquía y en otros lugares se multiplican y el Pentecostés de Jerusalén se difunde ampliamente y alcanza poco a poco a los hombres y a todas las comunidades humanas.

2.. Se puede decir que en todo este proceso, descrito por los Hechos de los Apóstoles, se ve realizarse el anuncio dado por Cristo a Pedro con ocasión de la pesca milagrosa: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10; cfr. también Jn 21, 11.15-17).

También en el éxtasis de Joppe (Cfr. Hech 11, 5), Pedro tuvo que evocar aquella idea de abundancia, cuando vio que el lienzo bajaba hacia él y luego volvía a subir al cielo lleno de «los cuadrúpedos de la tierra, las bestias, los reptiles y las aves del cielo», mientras una voz le decía: "Levántate, sacrifica y come"» (Hech 11, 6.7). Aquella abundancia podía muy bien significar los abundantes frutos del ministerio apostólico, que el Espíritu Santo produciría mediante la acción de Pedro y de los demás Apóstoles, como Jesús lo había anunciado ya la víspera de su pasión: «En verdad, en verdad os digo: el que crea en mi, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre» (Jn 14, 12). Ciertamente, no sólo las palabras humanas de los Apóstoles constituían la fuente de aquella abundancia, sino también el Espíritu Santo que actuaba directamente en los corazones y en las conciencias de los hombres. Del Espíritu Santo provenía toda la «fecundidad» espiritual de la misión apostólica.

3.. Los Hechos de los Apóstoles anotan el progresivo ensanchamiento del círculo de aquellos que creían y se adherían a la Iglesia, a veces dando su número y a veces hablando de ellos de forma más genérica.

Así, a propósito de cuanto sucedió el día de Pentecostés en Jerusalén, leemos que «aquel día se les unieron unas tres mil almas» (Hech 2, 41). Después del segundo discurso de Pedro, nos informan de que «muchos de los que oyeron la Palabra creyeron; y el número de hombres llegó a unos cinco mil» (Hech 4, 4).

Lucas quiere subrayar este incremento numérico de los creyentes, sobre el que insiste también a continuación, aun sin ofrecer nuevas cifras: «La Palabra de Dios iba creciendo; en Jerusalén se multiplicó considerablemente el número de los discípulos, y multitud de sacerdotes iban aceptando la fe» (Hech 6, 7). Naturalmente, lo que más importa no es el número, que podría hacer pensar en conversiones en masa. En realidad Lucas subraya el hecho de la relación de los convertidos con Dios: «El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar» (Hech 2, 47). «Los creyentes cada vez en mayor número se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres» (Hech 5, 14). Y, sin embargo, el número tiene su importancia, como prueba o signo de una fecundidad proveniente de Dios. Por eso Lucas nos da a conocer que el «multiplicarse los discípulos» es el motivo por el que fueron escogidos siete diáconos. Él nos dice también que «la Iglesia... crecía» (Hech 9, 31). En otro pasaje nos informa de que «una considerable multitud se agregó al Señor» (Hech 11, 24). Y además, «las Iglesias... se afianzaban en la fe y crecían en número de día en día» (Hech 16, 5).

4.. En este incremento numérico y espiritual el Espíritu Santo se dejaba reconocer como el «Paráclito» anunciado por Cristo. De hecho, Lucas nos dice que «las Iglesias... estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo» (Hech 9,31). Esta consolación no abandonaba a los testigos y a los confesores de Cristo en medio de las persecuciones y las dificultades de la evangelización. Pensamos en la persecución sufrida por Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia, de donde fueron expulsados. Esto no les quita su entusiasmo y su celo apostólico: de hecho, «sacudieron... el polvo de sus pies, y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo» (Hech 13, 51 52).

Este gozo, proveniente del Espíritu Santo, refuerza a los Apóstoles y a los discípulos en las pruebas, puesto que sin desanimarse seguían llevando por todas partes el mensaje salvífico de Cristo.

5. Así, desde el día de Pentecostés, el Espíritu Santo se manifiesta como Aquel que da la fuerza interior don de la fortaleza y al mismo tiempo ayuda a realizar las oportunas opciones don del consejo, sobre todo cuando revisten una importancia decisiva, como en la cuestión del bautismo del centurión Cornelio, el primer pagano que Pedro admitió a la Iglesia, o en el «concilio» de Jerusalén, cuando se trató de establecer las condiciones requeridas para admitir entre los cristianos a los que se convertían del paganismo.

6. De la fecundidad de Pentecostés derivan también las «señales» o milagros, de los que hemos hablado en anteriores catequesis. Esas señales acompañaban la actividad de los Apóstoles, como hacen notar con frecuencia los Hechos: «Por mano de los Apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo» (Hech 5, 12). Como había acaecido con la enseñanza de Cristo, estas señales se orientaban a confirmar la verdad del mensaje salvífico. Esto se dice abiertamente a propósito de la actividad del diácono Felipe: «La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque le oían y veían las señales que realizaba» (Hech 8, 6). El autor especifica que se trataba de liberación de los endemoniados y de curación de los paralíticos y de los cojos. Luego concluye: «Y hubo una gran alegría en aquella ciudad» (Hech 8, 6 8).

Es conveniente notar que se trata de una ciudad de Samaria (Cfr. Hech 8, 9): región habitada por una población que, aun compartiendo con Israel la raza y la religión, estaba separada de él por razones históricas y doctrinales (Cfr. Mt 10, 5 6; Jn 4, 9). Y, sin embargo, también los samaritanos esperaban al Mesías (Cfr. Jn 4, 25). Por entonces el diácono Felipe, conducido por el Espíritu, se había dirigido a ellos para anunciarles que el Mesías había venido, y había ofrecido como confirmación de esa Buena Noticia algunos milagros: por eso se explica la alegría de aquella gente.

7.. Los Hechos añaden un episodio, del que debemos hacer al menos una alusión, porque demuestran cuán elevada concepción del Espíritu Santo tenían los predicadores evangélicos.

En aquella ciudad de Samaria, antes de la venida de Felipe, «había ya de tiempo atrás un, hombre llamado Simón que practicaba la magia y tenía atónito al pueblo de Samaria y decía que él era algo grande. Y todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención...» (Hech 8, 9.10). ¡Cosas de todos los tiempos! «Pero cuando creyeron a Felipe que anunciaba la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo, empezaron a bautizarse hombres y mujeres. Hasta el mismo Simón creyó y, una vez bautizado, no se apartaba de Felipe; y estaba atónito al ver las señales y grandes milagros que se realizaban» (Hech 8, 12 13).

Cuando en Jerusalén supieron que también «Samaria había aceptado la Palabra de Dios» predicada por Felipe, los Apóstoles «les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían e! Espíritu Santo» (Hech 8, 14.17).

. Fue entonces cuando Simón, deseoso de adquirir también él el poder de «conferir el Espíritu», como los Apóstoles, mediante la imposición de las manos, les ofreció dinero para obtener a cambio aquel poder sobrenatural. (De aquí deriva la palabra «simonía», que significa comercio en cosas sagradas.) Pero Pedro reaccionó con indignación ante aquel intento de adquirir con dinero «el don de Dios», que es precisamente el Espíritu Santo (Hech 8, 20; cfr. 2, 38; 10, 45; 11, 17; Lc 11, 9, 13), amenazando a Simón con la maldición divina.

Los dos Apóstoles volvieron luego a Jerusalén, evangelizando las aldeas de Samaria por donde pasaron; Felipe, en cambio, bajó hacia Gaza e, impulsado por el Espíritu Santo, se acercó a un funcionario de la reina de Etiopía que pasaba por el camino en su carro, y «se puso a anunciarle la Buena Nueva de Jesús» (Hech 8, 25.26, 27, 35) y a esto siguió el bautismo. «Y en saliendo del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe » (Hech 8, 39).

Como se ve, Pentecostés se difundía y fructificaba abundantemente, suscitando adhesiones al Evangelio y conversiones en el nombre de Jesucristo. Los Hechos de los Apóstoles son la historia del cumplimiento de la promesa de Cristo: es decir, que el Espíritu Santo, mandado por Él, debía descender sobre los discípulos y realizar su obra cuando Él, terminada su «jornada de trabajo» (Cfr. Jn 5, 17), concluida con la noche de la muerte (Cfr. Lc 13, 33; Jn 9, 4), volviera al Padre (Cfr. Jn 13, 1; 15, 28). Esta segunda fase de la obra redentora de Cristo comienza con Pentecostés.






TERCERA PARTE

(EL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO)


REVELACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO (3.I.90)

1. En las catequesis dedicadas al Espíritu Santo hemos querido, ante todo, escuchar su anuncio y su promesa por parte de Jesús, especialmente en la Ultima Cena, releer la narración que los Hechos de los Apóstoles hacen de su venida, y volver a examinar los textos del Nuevo Testamento que documentan la predicación acerca de él y la fe en él en la Iglesia primitiva. Pero en nuestro análisis de los textos nos encontramos muchas veces con el Antiguo Testamento. Son los mismos Apóstoles quienes en la primera predicación después de Pentecostés presentan expresamente la venida del Espíritu Santo como cumplimiento de las promesas y de los anuncios antiguos, viendo la Antigua Alianza y la historia de Israel como tiempo de preparación para recibir la plenitud de verdad y de gracia que debía traer el Mesías.

Ciertamente, Pentecostés era un acontecimiento proyectado hacia el futuro, porque daba inicio al tiempo del Espíritu Santo, que Jesús mismo había señalado como protagonista, junto con el Padre y con el Hijo de la obra de la salvación, destinada a extenderse desde la Cruz a todo el mundo. Sin embargo, para un más completo conocimiento de la revelación del Espíritu Santo, es preciso remontarse al pasado, es decir, al Antiguo Testamento, para descubrir allí las señales de la larga preparación al misterio de la Pascua y de Pentecostés.

2. Por lo tanto, deberemos volver a reflexionar acerca de los datos bíblicos referidos al Espíritu Santo y acerca del proceso de revelación, que se dibuja progresivamente desde la penumbra del Antiguo Testamento hasta las claras afirmaciones del Nuevo, y se expresa primero dentro de la Creación y luego en la obra de la Redención, primero en la historia y en la profecía de Israel, y luego en la vida y en la misión de Jesús Mesías, desde el momento de la Encarnación hasta el de la Resurrección . Entre los datos que conviene examinar se encuentra, ante todo, el nombre con que el Espíritu Santo es insinuado en el Antiguo Testamento, y los diversos significados expresados con este nombre. Sabemos que en la mentalidad judía el nombre tiene un gran valor para representar a la persona. Se puede recordar, a este propósito, la importancia que en el Éxodo y en toda la tradición de Israel se atribuye al modo de nombrar a Dios. Moisés había preguntado al Señor Dios cuál era su nombre. La revelación del nombre se consideraba como manifestación de la persona misma: el nombre sagrado ponía al pueblo en relación con el ser, trascendente, pero presente, de Dios mismo (Cfr. Ex 3, 13.14).

El nombre con el que es insinuado, en el Antiguo Testamento, el Espíritu Santo nos ayudará a comprender sus propiedades, aunque su realidad de Persona divina, de la misma naturaleza que el Padre y el Hijo, se nos da a conocer sólo en la revelación del Nuevo Testamento. Podemos pensar que el término fue elegido con esmero por los autores sagrados; es más, que el mismo Espíritu Santo, quien los inspiró, guió el proceso conceptual y literario que ya en el Antiguo Testamento hizo elaborar una expresión adecuada para significar su Persona.

3. En la Biblia, el término hebreo que designa al Espíritu Santo es ruah . El primer sentido de este término, así como de su traducción latina «spiritus», es «soplo», aliento, respiración. En español se puede aún observar el parentesco entre «espíritu» y «respiración». El aliento es la realidad más inmaterial que percibimos; no se ve, es sutilísimo; no es posible aferrarlo con las manos; parece que no es nada, pero tiene una importancia vital: quien no respira no puede vivir. Entre un hombre vivo y un hombre muerto sólo existe esta diferencia: que el primero respira y el otro ya no. La vida viene de Dios: el aliento, por tanto, viene de Dios, que lo puede también retirar (Cfr. Sal 103/104, 29.30). De estas observaciones sobre el aliento se llegó a comprender que la vida depende de un principio espiritual, que fue llamado con la misma palabra hebrea ruah. El aliento del hombre está en relación con un soplo externo mucho más potente, el soplo del viento.

El hebreo ruah, como el latino «spiritus», designa también el soplo del viento. Nadie ve el viento, pero sus efectos son impresionantes. El viento empuja las nubes, agita los árboles. Cuando es violento, entumece las olas y puede echar a pique las naves (Sal 107/106, 25-27). A los antiguos el viento les parecía un poder misterioso que Dios tenía a su disposición (Sal 104/103, 3.4). Se le podía llamar el «soplo de Dios».

En el libro del Éxodo, una narración en prosa dice: «El Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del Este, que secó el mar, y se dividieron las aguas. Los israelitas entraron en medio del mar a pie enjuto» (Ex 14, 21)22). En el capitulo siguiente, los mismos acontecimientos son descritos en forma poética y entonces el soplo del viento del Este es llamado «el soplo de la ira de Dios» Dirigiéndose a Dios, el poeta dice: «Al soplo de tu ira se apiñaron las aguas... Mandaste tu soplo, cubriólos el mar» (Ex 15, 8,10). Así se expresa de modo muy sugestivo la convicción de que el viento fue, en estas circunstancias, el instrumento de Dios.

De las observaciones que acabamos de hacer sobre el viento invisible y potente, se llegó a concebir la existencia del «espíritu de Dios». En los textos del Antiguo Testamento, se pasa fácilmente de un significado al otro, e incluso en el Nuevo Testamento vemos que los dos significados se hallan presentes. Para hacer que Nicodemo entendiera el modo de actuar del Espíritu Santo, Jesús hace uso de la comparación del viento y se sirve del mismo término para designar tanto el uno como el otro: «El viento sopla donde quiere..., así es todo el que nace del Espíritu», es decir, del Espíritu Santo (Jn 3, 8).

4. La idea fundamental que expresa el nombre bíblico del Espíritu no es, por tanto, la de un poder intelectual, sino la de un impulso dinámico, comparable al impulso del viento. En la Biblia, la primera función del Espíritu no es la de hacer entender, sino la de poner en movimiento; no la de iluminar, sino la de comunicar un dinamismo. Sin embargo, este aspecto no es exclusivo. También se expresan otros aspectos que preparan la revelación sucesiva. Ante todo, el aspecto de interioridad. El aliento, en efecto, entra al interior del hombre. En lenguaje bíblico, esta constatación se puede expresar diciendo que Dios infunde el espíritu en los corazones (Cfr. Ez 36, 26; Rom 5, 5). Al ser tan sutil, el aire penetra no sólo en nuestro organismo, sino también en todos los espacios e intersticios; esto ayuda a entender que «el Espíritu del Señor llena la tierra» (Sab 1, 7) y que «penetra», en especial, «todos los espíritus» (7, 23), como dice el libro de la Sabiduría.

Con el aspecto de la interioridad está ligado el aspecto del conocimiento. «¿Qué hombre conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?» (1 Cor 2, 11). Sólo nuestro espíritu conoce nuestras reacciones íntimas, nuestros pensamientos aún no comunicados a los demás. De modo análogo, y con mayor razón, el Espíritu del Señor, que está presente en el interior de todos los seres del universo, conoce todo desde dentro (Cfr. Sab 1, 7). Más aún, «el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios... Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1 Cor 2, 10.11).

5. Cuando se trata de conocimiento y de comunicación entre las personas, el soplo tiene una conexión natural con la palabra. En efecto, para hablar hacemos uso de nuestro soplo. Las cuerdas vocales hacen vibrar nuestro soplo, el cual transmite así los sonidos de las palabras. Inspirándose en este hecho, la Biblia establecía un paralelismo entre la palabra y el soplo (Cfr. Is 11, 4), o entre la palabra y el espíritu. Gracias al soplo, la palabra se propaga; del soplo la palabra toma fuerza y dinamismo. El Salmo 32/33 aplica este paralelismo al acontecimiento primordial de la Creación y dice: «Por la palabra de Yahvéh fueron hechos los cielos, por el soplo de su boca toda su mesnada » (v. 6). En textos semejantes, podemos vislumbrar una lejana preparación de la revelación cristiana del misterio de la Santísima Trinidad: Dios Padre es principio de la Creación; él la ha realizado mediante su Palabra, es decir, mediante su Verbo e Hijo, y mediante su Soplo, el Espíritu Santo.

6. La multiplicidad de los significados del término hebreo ruah, usado en la Biblia para designar al Espíritu, parece engendrar una cierta confusión: efectivamente, en un determinado texto, con frecuencia no es posible definir el sentido preciso de la palabra: se puede dudar entre viento y respiración, entre aliento y espíritu, entre espíritu creado y Espíritu divino.

Esta multiplicidad, sin embargo, es, ante todo, una riqueza, porque pone muchas realidades en comunicación fecunda. Aquí conviene renunciar, en parte, a las pretensiones de una racionalidad preocupada por la precisión, para abrirse a perspectivas más anchas. Nos ha de resultar útil, cuando pensamos en el Espíritu Santo, tener presente que su nombre bíblico significa «soplo» y tiene relación con el soplo potente del viento y con el soplo íntimo de nuestra respiración. En vez de atenernos a un concepto demasiado intelectual y árido, encontraremos provecho al acoger esta riqueza de imágenes y de hechos. Las traducciones, por desgracia, no pueden transmitírnosla en su totalidad, porque se encuentran con frecuencia forzadas a elegir otros términos. Para traducir la palabra hebrea ruah, la versión griega de los Setenta usa 24 términos diversos y por consiguiente no permite captar todas las conexiones que se hallan entre los textos de la Biblia hebrea.

7. Como conclusión de este análisis terminológico de los textos del Antiguo Testamento sobre el ruah, podemos decir que de ellos el soplo de Dios aparece como la fuerza que hace vivir a las criaturas. Aparece como una realidad íntima de Dios, que obra en la intimidad del hombre. Aparece como una manifestación del dinamismo de Dios que se comunica a las criaturas. Aun sin ser aún concebido como Persona distinta, en el ámbito del ser divino, el «soplo» o «Espíritu», de Dios se distingue, en cierto modo, de Dios que lo manda para obrar en las criaturas. Así, incluso bajo el aspecto literario, la mente humana queda preparada para recibir la revelación de la Persona del Espíritu Santo, que aparecerá como expresión de la vida íntima de Dios y de su omnipotencia.








LA ACCIÓN CREADORA DEL ESPÍRITU DE DIOS (10.I.90)

1. La importancia que se da en el lenguaje bíblico al ruah como «soplo de Dios» parece demostrar que la analogía entre la acción divina invisible, espiritual, penetrante, omnipotente, y el viento, tiene su raíz en la psicología y en la tradición de donde se alimentaban y que al mismo tiempo enriquecían los autores sagrados. Aun dentro de la variedad de significados derivados, el término servía siempre para expresar una «fuerza vital» que actúa desde fuera o desde dentro del hombre y del mundo. Incluso cuando no designaba directamente a la persona divina, el término referido a Dios .«espíritu o soplo de Dios». imprimía y hacía crecer en el alma de Israel la idea de un Dios espiritual que interviene en la historia y en la vida del hombre, y preparaba el terreno para la futura revelación del Espíritu Santo.

Así, podemos decir que ya en la narración de la creación, en el libro del Génesis, la presencia del «espíritu o viento de Dios», que aleteaba sobre las aguas mientras la tierra estaba desierta y vacía, y las tinieblas cubrían el abismo (Cfr. Gen 1, 2), es una referencia de notable eficacia a «aquella fuerza vital». Con ella se quiere sugerir que el «soplo» o «espíritu» de Dios desempeñó un papel en la creación: casi un poder de animación, junto con la «palabra» que da el ser y el orden a las cosas.

2.. La conexión entre el espíritu de Dios y las aguas, que observamos al principio de la narración de la creación, vuelve parecer de otra forma en diversos pasajes de la Biblia y se hace más estrecha porque el Espíritu mismo es presentado como un agua fecundante, manantial de nueva vida. En el libro de la consolación, el segundo Isaías expresa esta promesa de Dios: «Derramaré agua sobre el sediento suelo, raudales sobre la tierra seca. Derramaré mi espíritu sobre tu linaje, mi bendición sobre cuanto de ti nazca. Crecerán como en medio de hierbas, como álamos junto a corrientes de aguas» (Is 44, 3.4). El agua que Dios promete verter es su espíritu, que «derramará» sobre los hijos de su pueblo. De forma semejante el profeta Ezequiel anuncia que Dios «derramará» su espíritu sobre la casa de Israel (Ez 39, 29) y el profeta Joel usa la misma expresión que compara el espíritu a un agua derramada: «Derramaré mi espíritu en toda carne...» (Jl 3, 11).

El simbolismo del agua, con referencia al Espíritu será recogido por los autores del Nuevo Testamento y enriquecido con nuevos detalles. Tendremos ocasión de volver sobre él.

3.. En la narración de la creación, tras la mención inicial del espíritu o soplo de Dios que aleteaba sobre las aguas (Gen 1, 2) no encontramos más la palabra ruah, nombre hebreo del espíritu. Sin embargo, el modo en que es descrita la creación del hombre sugiere una relación con el espíritu o soplo de Dios. En efecto, se lee que, después de haber formado al hombre con el polvo del suelo, el Señor Dios «insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente» (Gen 2, 7). La palabra «aliento» en hebreo neshama es un sinónimo de «soplo» o «espíritu» (ruah), como se deduce del paralelismo con otros textos: en vez de «aliento de vida» leemos «soplo de vida» en Génesis 6, 17. Por otra parte, la acción de «insuflar», atribuida a Dios en la narración de la creación, es aplicada al Espíritu en la visión profética de la resurrección (Ez 37, 9).

Por tanto, la Sagrada Escritura nos quiere dar a entender que Dios ha intervenido por medio de su soplo o espíritu para hacer del hombre un ser animado. En el hombre hay un «aliento de vida», que procede del «soplar» de Dios mismo. En el hombre hay un soplo o espíritu que se asemeja al soplo o espíritu de Dios. Cuando el libro del Génesis, en el capitulo segundo, habla de la creación de los animales (v. 19), no alude a una relación tan estrecha con el soplo de Dios. Desde el capítulo anterior sabemos que el hombre fue creado «a imagen y semejanza de Dios» (1, 26.27).

4. Otros textos, sin embargo, admiten que también los animales tienen un aliento o soplo vital, y que lo recibieron de Dios. Bajo este aspecto el hombre, salido de las manos de Dios, aparece solidario con todos los seres vivientes. Así el salmo 103/104 no establece distinción entre los hombres y los animales cuando dice, dirigiéndose a Dios Creador: «Todos ellos de ti están esperando que les des a su tiempo su alimento; tú se lo das y ellos lo toman» (vv. 27.28). Luego, el salmista añade: «Les retiras su soplo, y expiran, y a su polvo retornan. Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra» (vv. 29.30). Por consiguiente, la existencia de las criaturas depende de la acción del soplo-espíritu de Dios, que no sólo crea, sino que también conserva y renueva continuamente la faz de la tierra.

5. La primera creación, desgraciadamente, fue devastada por el pecado. Sin embargo, Dios no la abandonó a la destrucción, sino que preparó su salvación, que debía constituir una «nueva creación» (Cfr. Is 65, 17; Gal 6, 15; Ap 21, 5). La acción del Espíritu de Dios para esta nueva creación es sugerida por la famosa profecía de Ezequiel sobre la resurrección. En una visión impresionante, el profeta tiene ante los ojos una vasta llanura «llena de huesos», y recibe la orden de profetizar sobre estos huesos y anunciar: «Huesos secos, escuchad la palabra de Yahvéh, Así dice el Señor Yahvéh a estos huesos: he aquí que yo voy a hacer entrar el espíritu en vosotros y viviréis...» (Ez 37, 1.5). El profeta cumple la orden divina y ve «un estremecimiento y los huesos se juntaron unos con otros» (37, 7). Luego aparecen los nervios, la carne crece, la piel se extiende por encima, y finalmente, obedeciendo a la voz del profeta, el espíritu entra en aquellos cuerpos, que vuelven entonces a la vida y se incorporan sobre sus pies (37, 8.10).

El primer sentido de esta visión era el de anunciar la restauración del pueblo de Israel tras la devastación y el exilio: «Estos huesos son toda la casa de Israel», dice el Señor. Los israelitas se consideraban perdidos, sin esperanza. Dios les promete: «Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis» (37, 14). Sin embargo, a la luz del misterio pascual de Jesús, las palabras del profeta adquieren un sentido más fuerte, el de anunciar una verdadera resurrección de nuestros cuerpos mortales gracias a la acción del Espíritu de Dios.

El Apóstol Pablo, expresa esta certeza de fe, diciendo: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vid vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rom 8,11 ). En efecto, la nueva creación tuvo su inicio gracias a la acción del Espíritu Santo en la muerte y resurrección de Cristo. En su Pasión, Jesús acogió plenamente la acción del Espíritu Santo en su ser humano (Cfr. Hb 9,14), quien lo condujo, a través de la muerte, a una nueva vida (Cfr. Rom 6,10) que él tiene poder de comunicar a todos los creyentes, transmitiéndoles este mismo Espíritu, primero de modo inicial en el bautismo, y luego plenamente en la resurrección final.

La tarde de Pascua, Jesús resucitado, apareciéndose a los discípulos en el Cenáculo, renueva sobre ellos la misma acción que Dios Creador había realizado sobre Adán. Dios había «soplado» sobre el cuerpo del hombre para darle vida. Jesús «sopla» sobre los discípulos y les dice: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22).

El soplo humano de Jesús sirve así a la realización de una obra divina más maravillosa aún que la inicial. No se trata sólo de crear un hombre vivo, como en la primera creación, sino de introducir a los hombres en la vida divina.

6. Con razón, pues, San Pablo establece un paralelismo y una antítesis entre Adán y Cristo, entre la primera y la segunda creación, cuando escribe: «Pues si hay un cuerpo natural en griego psychilkon, de psyché que significa alma, hay también un cuerpo espiritual pneumatikon, es decir, completamente penetrado y transformado por el Espíritu de Dios. En efecto, si es como dice la Escritura: Fue hecho el primer hombre, Adán, un alma viviente (Gen 2, 7); el último Adán, espíritu que da vida» (1 Cor 15, 45). Cristo resucitado, nuevo Adán, está tan penetrado, en su humanidad, por el Espíritu Santo, que puede llamarse él mismo «espíritu». En efecto, su humanidad no tiene sólo la plenitud del Espíritu Santo por sí misma, sino también la capacidad de comunicar la vida del Espíritu a todos los hombres. «Por tanto, el que está en Cristo escribe San Pablo es una nueva creación» (2 Cor 5, 17).

Se manifiesta así plenamente, en el misterio de Cristo muerto y resucitado, la acción creadora y renovadora del Espíritu de Dios, que la Iglesia invoca diciendo: «Veni, Creator Spiritus», «Ven Espíritu Creador».








EL ESPÍRITU SANTO CONDUCE Y PENETRA LA HISTORIA DE ISRAEL (17.I.90)

1. El Antiguo Testamento nos ofrece preciosos testimonios sobre el papel reconocido del «Espíritu» de Dios como «soplo», «aliento», «fuerza vital», simbolizado por el viento no sólo en los libros que recogen la producción religiosa y literaria de los autores sagrados, espejo de la psicología y del lenguaje de Israel, sino también en la vida de los personajes que hacen de guías del pueblo en su camino histórico hacia el futuro mesiánico.

Es el Espíritu de Dios quien, según los autores sagrados, actúa sobre los jefes haciendo que ellos no sólo obren en nombre de Dios, sino también que con su acción sirvan de verdad al cumplimiento de los planes divinos, y por lo tanto miren no tanto a la construcción y el engrandecimiento de su propio poder personal o dinástico según las perspectivas de una concepción monárquica o aristocrática, sino más bien a la prestación de un servicio útil a los demás y en especial al pueblo. Se puede decir que, a través de esta mediación de los jefes, el Espíritu de Dios penetra y conduce la historia de Israel.

2. Ya en la historia de los patriarcas se observa que hay una mano superior, realizadora de un plan que mira a su «descendencia», que los guía y conduce en su camino, en sus desplazamientos, en sus vicisitudes. Entre ellos tenemos a José, en quien reside el Espíritu de Dios como espíritu de sabiduría, descubierto por el faraón, que pregunta a sus ministros: «¿Acaso se encontrará otro como éste que tenga el espíritu de Dios?» (Gen 41, 38). El espíritu de Dios hace a José capaz de administrar el país y de realizar su extraordinaria función no sólo en favor de su familia y las ramificaciones genealógicas de ésta, sino con vistas a toda la futura historia de Israel.

También sobre Moisés, mediador entre Yahvéh y el pueblo, actúa el espíritu de Dios, que lo sostiene y lo guía en el éxodo que llevará a Israel a tener una patria y a convertirse en un pueblo independiente, capaz de realizar su tarea mesiánica. En un momento de tensión en el ámbito de las familias acampadas en el desierto, cuando Moisés se lamenta ante Dios porque se siente incapaz de llevar «el peso de todo este pueblo» (Nm 11, 14), Dios le manda escoger setenta hombres, con los que podrá establecer una primera organización del poder directivo para aquellas tribus en camino, y le anuncia: «Tomaré parte del espíritu que hay en ti y lo pondré en ellos, para que lleven contigo la carga del pueblo, y no la tengas que llevar tú solo» (Nm 11, 17). Y efectivamente, reunidos setenta ancianos en torno a la tienda del encuentro, «Yahvéh... tomó algo del espíritu que había en él y se lo dio a los setenta ancianos» (Nm 11, 25).

Cuando, al fin de su vida, Moisés debe preocuparse de dejar un jefe en la comunidad, para que «no quede como rebaño sin pastor», el Señor le señal Josué, «hombre en quien está el espíritu» (Nm 27, 17-18), y Moisés le impone «su mano» a fin de que también él esté «lleno del espíritu de sabiduría» (Dt 34, 9). Son casos típicos de la presencia y de la acción del Espíritu en los «pastores» del pueblo.

3. A veces el don del espíritu es conferido también a quien, a pesar de no ser jefe, está llamado por Dios a prestar un servicio de alguna importancia en especiales momentos y circunstancias. Por ejemplo, cuando se trata de construir la «tienda del encuentro» y el «arca de la Alianza», Dios dice a Moisés: «Mira que he designado a Besalel... y le he llenado del espíritu de Dios concediéndole habilidad, pericia y experiencia en toda clase de trabajos» (Ex 31, 2.3; cfr. 35, 31). Es más, incluso respecto a los compañeros de trabajo de este artesano, Dios añade: «En el corazón de todos los hombres hábiles he infundido habilidad para que hagan todo lo que te he mandado: la tienda del encuentro, el arca del testimonio» (Ex 31, 6.7).

En el libro de los Jueces se exaltan hombres que al principio son «héroes liberadores», pero que luego se convierten también en gobernadores de ciudades y distritos, en el período de reorganización entre el régimen tribal y el monárquico. Según el uso del verbo shafat, «juzgar», en las lenguas semíticas emparentadas con el hebreo, son considerados no sólo como administradores de la justicia sino también como jefes de sus poblaciones. Son suscitados por Dios, que les comunica su espíritu soplo. ruah como respuesta a súplicas dirigidas a Él en situaciones críticas. Muchas veces en el libro de los Jueces se atribuye su aparición y su acción victoriosa a un don del espíritu. Así en el caso de Otniel, el primero de los grandes jueces cuya historia se resume, se dice que «los israelitas clamaron a Yahvéh y Yahvéh suscitó a los israelitas un libertador que los salvó: Otniel... El espíritu de Yahvéh vino sobre él y fue juez de Israel» (Jue 3, 9.10).

En el caso de Gedeón el acento se pone en la potencia de la acción divina: «El espíritu de Yahvéh revistió a Gedeón» (Jue 6, 34). También de Jefté se dice que «el espíritu de Yahvéh vino sobre Jefté» (Jue 11, 29). Y de Sansón: «El espíritu de Yahvéh comenzó a excitarle» (Jue 13, 25). El espíritu de Dios en estos casos es quien otorga fuerza extraordinaria, valor para tomar decisiones, a veces habilidad estratégica, por las que el hombre se vuelve capaz de realizar la misión que se le ha encomendado para la liberación y la guía del pueblo.

4. Cuando se realiza el cambio histórico de los Jueces a los Reyes, según la petición de los israelitas que querían tener «un rey para que nos juzgue, como todas las naciones» (1 Sm 8, 5), el anciano juez y liberador Samuel hace que Israel no pierda el sentimiento de la pertenencia a Dios como pueblo elegido y que quede asegurado el elemento esencial de la teocracia, a saber, el reconocimiento de los derechos de Dios sobre el pueblo. La unción de los reyes como rito de institución es el signo de la investidura divina que pone un poder político al servicio de una finalidad religiosa y mesiánica. En este sentido, Samuel, después de haber ungido a Saúl y haberle anunciado el encuentro en Guibeá con un grupo de profetas que vendrían salmodiando, le dice: «Te invadirá entonces el espíritu de Yahvéh, entrarás en trance con ellos y quedarás cambiado en otro hombre» (1 Sm 10, 6). Y efectivamente, «apenas (Saúl) volvió las espaldas para dejar a Samuel, le cambió Dios el corazón... le invadió el espíritu de Dios, y se puso en trance en medio de ellos» (1 Sm 10, 9.10). También cuando llegó la hora de las primeras iniciativas de batalla, «invadió a Saúl el espíritu de Dios» (1 Sm 11, 6). Se cumplía así en él la promesa de la protección y de la alianza divina que había sido hecha a Samuel :«Dios esta contigo» (l Sm 10, 7). Cuando el espíritu de Dios abandona a Saúl, que es perturbado por un espíritu malo (Cfr. 1 Sm 16, 14), ya está en el escenario David, consagrado por el anciano Samuel con la unción por la que «a partir de entonces, vino sobre David el espíritu de Yahvéh» (1 Sm 16, 13).

5. Con David, mucho más que con Saúl, toma consistencia el ideal del rey ungido por el Señor, figura del futuro Rey-Mesías, que será el verdadero liberador y salvador de su pueblo. Aunque los sucesores de David no alcanzarán su estatura en la realización de la realeza mesiánica, más aún, aunque no pocos prevaricarán contra la Alianza de Yahvéh con Israel, el ideal del Rey Mesías no desaparecerá y se proyectará hacia el futuro cada vez más en términos de espera, caldeada por los anuncios proféticos.

Especialmente Isaías pone de relieve la relación entre el espíritu de Dios y el Mesías: «Reposará sobre él el espíritu de Yahvéh» (Is 11, 2). Será también espíritu de fortaleza; pero ante todo espíritu de sabiduría: «Espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de ciencia y temor de Yahvéh», el que impulsará al Mesías actuar con justicia en favor de los miserables, de los pobres y de los oprimidos (Is 11, 2.4).

Por tanto, el santo espíritu del Señor (Is 42, 1; cfr. 61, 1 ss.; 63, 10-13; Sal 50/51, 13; Sab 1, 5; 9, 17), su «soplo» ruah, que recorre toda la historia bíblica, será dado en plenitud al Mesías. Ese mismo espíritu que alienta sobre el caos antes de la creación (Cfr. Gen 1, 2), que da la vid todos los seres (Cfr. Sal 103/104, 29.30; 33, 6; Gen 2, 7; 37, 5.6. 9.10) que suscita a los Jueces (Cfr. Jue 3, 10; 6, 34; 11, 29) y los Reyes (Cfr. 1 Sm 11, 6), que capacita a los artesanos para el trabajo del santuario (Cfr. Ex 31, 3; 35, 31), que da la sabiduría a José (Cfr. Gen 41, 38), la inspiración a Moisés y a los profetas (Cfr. Nm 11, 17. 25.26; 24, 2; 1 5 10, 6.10; 19, 20), como a David (Cfr. 1 Sm 16, 13; 2 5 23, 2), descenderá sobre el Mesías con la abundancia de sus dones (Cfr. Is 11, 2) y lo hará capaz de realizar su misión de justicia y de paz. Aquel sobre quien Dios «haya puesto su espíritu» «dictará ley a las naciones» (Is 42, 1); «no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho» (42, 4).

6. "De qué manera «implantará el derecho» y liberará a los oprimidos? Será, tal vez, con la fuerza de las armas, como habían hecho los Jueces, bajo el Impulso del Espíritu, y como hicieron, muchos siglos después, los Macabeos? El Antiguo Testamento no permitía dar una respuesta clara a esta pregunta. Algunos pasajes anunciaban intervenciones violentas, como por ejemplo el texto de Isaías que dice: «Pisoteé a pueblos en mi ira, los pisé con furia e hice correr por tierra su sangre» (Is 63, 6). Otros en cambio, insistían en la abolición de toda lucha: «No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra» (Is 2, 4).

La respuesta debía ser revelada por el modo en que el Espíritu Santo guiaría a Jesús en su misión: por el Evangelio sabemos que el Espíritu impulsó a Jesús a rechazar el uso de las armas y toda ambición humana y a conseguir una victoria divina por medio de una generosidad ilimitada, derramando su propia sangre para liberarnos de nuestros pecados. Así se manifestó de manera decisiva la acción directiva del Espíritu Santo.




LA ACCIÓN PROFÉTICA DEL ESPÍRITU SANTO (14.II.90)

1. Recogiendo el hilo de la catequesis precedente, podemos escoger entre los datos bíblicos ya referidos el aspecto profético de la acción ejercida por el espíritu de Dios sobre los jefes del pueblo, sobre los reyes y sobre el Mesías. Ese aspecto requiere una reflexión ulterior porque el profetismo es el filón a lo largo del cual discurre la historia de Israel, dominada por la figura destacada de Moisés, el «profeta» más excelso, «a quien Yahvéh trataba cara a cara» (Dt 34, 10). A lo largo de los siglos los israelitas adquieren cada vez más familiaridad con el binomio «la Ley y los Profetas», como síntesis expresiva del patrimonio espiritual confiado por Dios a su pueblo. Y mediante su espíritu es como Dios habla y actúa en los padres, y de generación en generación prepara los tiempos nuevos.

2. Sin duda que el fenómeno profético, tal como se observa históricamente, está ligado a la palabra. El profeta es un hombre que habla en nombre de Dios, y transmite a quienes lo escuchándolo leen todo lo que Dios quiere dar a conocer sobre el presente y sobre el futuro. El espíritu de Dios anima la palabra y la vuelve vital. Comunica al profeta y a su palabra un cierto «pathos» divino, por el que se hace vibrante, a veces apasionada y dolorosa, y siempre dinámica.

Con cierta frecuencia la Biblia describe episodios significativos, en los que se observa que el espíritu de Dios recae sobre alguien, el cual pronuncia un oráculo profético. Así sucede en el caso de Balaam: «Le invadió el espíritu de Dios» (Nm 24, 2). Entonces «entonó su trova y dijo: ...Oráculo del que oye los dichos de Dios, del que ve la visión de Sadday, del que obtiene respuesta, y se le abren los ojos...» (Nm 24, 3.4), Es la famosa «profecía» que, aunque se refiera directamente a Saúl (Cfr. 1 Sm 15, 8) y a David (Cfr. 1 Sm 30, 1 ss.) en la lucha contra los amalecitas, evoca al mismo tiempo al futuro Mesías: «Lo veo aunque no para ahora, lo diviso pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel...» (Nm 24, 17).

3. Otro aspecto del espíritu profético al servicio de la palabra es que ese espíritu se puede comunicar y casi «subdividir», según las necesidades del pueblo, como en el caso de Moisés, preocupado por el número de los israelitas que debía guiar y gobernar, y que eran ya «seiscientos mil de a pie» (Nm 11, 21). El Señor le mandó que escogiera y reuniera «setenta ancianos de Israel, de los que sabes que son ancianos y escribas del pueblo» (Nm 11, 16). Una vez hecho eso, el Señor «formó algo del espíritu que había en él y se lo dio a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar...» (Nm 11, 25).

Eliseo, cuando estaba para suceder a Elías, quería recibir incluso «dos tercios del espíritu» del gran profeta, una especie de doble parte de la herencia que tocaba al hijo mayor (Cfr. Dt 21, 17) para ser así reconocido como su principal heredero espiritual entre la muchedumbre de los profetas y de los «hijos de los profetas» agrupados en comunidades (2 Re 2, 3). Pero el espíritu no se transmite de profeta a profeta como una herencia terrena: es Dios quien lo concede. De hecho así sucede, y los «hijos de los profetas» lo constatan: «El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo» (2 Re 2, 15; cfr. 6. 17).

4. En los contactos de Israel con los pueblos vecinos no faltaron manifestaciones de falso profetismo, que llevaron a la formación de grupos de exaltados, los cuales sustituían con música y gesticulaciones el espíritu procedente de Dios y se adherían incluso al culto de Baal. Elías entabló una decisiva batalla contra esos profetas (Cfr. 1 Re 18, 25.29), permaneciendo solitario en su grandeza. Eliseo, por su parte, mantuvo más relaciones con algunos grupos, que parecían haberse enmendado (Cfr. 2 Re 2, 3).

En la genuina tradición bíblica se defienda y se reivindica la verdadera idea del profeta como hombre de la palabra de Dios, instituido por Dios, como Moisés y a continuación de él (Cfr. Dt 18, 15). En efecto, Dios promete a Moisés «Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande» (Dt 18, 18). Esta promesa va acompañada por una advertencia contra los abusos del profetismo: «Si un profeta tiene la presunción de decir en mi nombre una palabra que yo no he mandado decir, y habla en nombre de otros dioses. ese profeta morirá. Acaso vas a decir en tu corazón: "¿cómo sabremos que ésta palabra no la ha dicho Yahvéh?". Si ese profeta habla en nombre de Yahvéh. y lo que dice queda sin efecto y no se cumple, es que Yahvéh no ha dicho tal palabra» (Dt 18, 20.22).

Otro aspecto de ese criterio de juicio es la fidelidad a la doctrina entregada por Dios a Israel, en la resistencia a las seducciones de la idolatría (Cfr. Dt 1, 2 ss.). Así se explica la hostilidad contra los falsos profetas (Cfr. 1 Re 22, 6 ss.; 2 Re 3, 13; Jer 2, 26; 5. 13; 23, 9 40; Miq 3, 11; Za 13, 2). Tarea del profeta, como hombre de la palabra de Dios, es combatir el «espíritu de mentira» que se encuentra en la boca de los falsos profetas (Cfr. 1 Re 22, 23), para proteger al pueblo de su influencia. Es una misión recibida de Dios. como proclama Ezequiel: «La palabra de Yahvéh me fue dirigida en estos términos: Hijo de hombre, profetiza contra los profetas de Israel; profetiza y di a los que profetizan por su propia cuenta:

"Ay de los profetas insensatos que siguen su propia inspiración, sin haber visto nada!» (Ez 13. 2.3) .

5. El profeta. hombre de la palabra. debe ser también «Hombre del espíritu». como ya lo llama Oseas (9. 7): debe tener el espíritu de Dios, y no sólo el propio espíritu. si ha de hablar en nombre de Dios.

El concepto lo desarrolla sobre todo Ezequiel. que deja entrever la toma de conciencia ya hecha acerca de la profunda realidad del profetismo. Hablar en nombre de Dios requiere. en el profeta. la presencia del espíritu de Dios. Esta presencia se manifiesta en un contacto que Ezequiel llama «visión». En quien se beneficia de ese contacto. la acción del espíritu de Dios garantiza la verdad de la palabra pronunciada. Encontramos aquí un nuevo indicio del lazo existente entre palabra y espíritu que prepara linguística y conceptualmente el lazo que se establece en el Nuevo Testamento. en un nivel más elevado. entre el Verbo y el Espíritu Santo.

Ezequiel tiene conciencia de estar personalmente animado por el espíritu: «El espíritu entró en mí escribe como se me había dicho y me hizo tenerme en pie; y oí al que me hablaba» (Ez 2. 2). El espíritu entra en el interior de la persona del profeta. Lo hace tenerse en pie: por tanto, hace de él un testigo de la palabra divina. Lo levanta y lo pone en movimiento: «El espíritu me levantó y me arrebató» (Ez 3, 14). Así se manifiesta el dinamismo del espíritu (Cfr. Ez 8, 3: 11. 1. 5. 24; 43. 5). Ezequiel. por lo demás precisa que está hablando del «espíritu de Yahvéh» (11. 5).

6. El aspecto dinámico de la acción profética del espíritu divino destaca fuertemente en las profecías de Ageo y de Zacarías. lo cuales. tras el retorno del exilio, impulsaron vigorosamente a los israelitas a emprender la obra de la reconstrucción del Templo de Jerusalén. El resultado de la primera profecía de Ageo fue que «movió Yahvéh el espíritu de Zorobabel.... gobernador de Judá, y el espíritu de Josué..., sumo sacerdote. y el espíritu de todo el Resto del pueblo. Y vinieron y emprendieron la obra en la Casa de Yahvéh Sebaot» (Ag1, 14). En un segundo oráculo. el profeta Ageo intervino de nuevo y prometió la ayuda poderosa del Espíritu del Señor: «Ten ánimo. Zorobabel...; ánimo Josué...; ánimo, pueblo todo de la tierra. oráculo de Yahvéh. ¡A la obra! ...En medio de vosotros se mantiene mi Espíritu; ¡no temáis!» (Ag 2, 4.5). Y de la misma manera el profeta Zacarías proclamaba: «Esta es la palabra de Yahvéh a Zorobabel: No por el valor ni por la fuerza, sino sólo por mi Espíritu. dice Yahvéh Sebaot» (Zac 4. 6).

En los tiempos inmediatamente anteriores al nacimiento de Jesús no existían ya profetas en Israel y no se sabía hasta cuándo duraría esa situación (Cfr. Sal 74/73, 9; 1 Mac 9, 27). Sin embargo. uno de los últimos profetas. Joel, había anunciado una efusión universal del Espíritu de Dios que debía realizarse «antes de la venida del Día de Yahvéh, grande y terrible» (Jl 3, 4) y debía manifestarse con una extraordinaria difusión del don de profecía. El Señor había proclamado por medio de él: «Yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizaran. vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones» (3. 1). Así se debía cumplir finalmente el deseo expresado. muchos siglos antes, por Moisés: "Quién me diera que todo el pueblo de Yahvéh profetizará porque Yahvéh les daba su espíritu!» (Nm 11, 29). La inspiración profética alcanzaría incluso «a los siervos y a las siervas» (Jl 3, 2). superando toda distinción de niveles culturales o condiciones sociales. Entonces la salvación se ofrecería a todos: «Todo el que invoque el nombre de Yahvéh será salvo» (Jl 3, 5).

Como hemos visto en una catequesis precedente, esta profecía de Joel encontró su cumplimiento el día de Pentecostés, de forma que el Apóstol Pedro, dirigiéndose a la muchedumbre asombrada, pudo declarar: «Es lo que dijo el profeta Joel» y recitó el oráculo del profeta (Hech 2, 16)21), explicando que Jesús «exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado» en abundancia (Cfr. Hech 2. 33). Desde aquel día en adelante. la acción profética del Espíritu Santo se ha manifestado continuamente en la Iglesia para darle luz y aliento.



ACCIÓN SANTIFICADORA DEL ESPÍRITU SANTO (21.II.90)

1. El espíritu divino, según la Biblia, no es sólo luz que ilumina dando el conocimiento y suscitando la profecía, sino también fuerza que santifica. En efecto, el espíritu de Dios comunica la santidad, porque él mismo es «espíritu de santidad». «espíritu santo». Se atribuye este apelativo al espíritu divino en el capítulo 63 del libro de Isaías cuando. en el largo poema dedicado a exaltar los beneficios de Yahvéh y a deplorar los descarríos del pueblo a lo largo de la historia de Israel, el autor sagrado dice que «ellos se rebelaron y contristaron a su espíritu santo» (Is 63, 10). Pero añade que después del castigo divino. «se acordó de los días antiguos, de Moisés su siervo». para preguntarse: «¿Dónde está el que puso en él su espíritu santo ?» (Is 63, 11 ).

. Este apelativo resuena también en el Salmo 50/51, donde, al pedir perdón y misericordia al Señor Miserere mei Deus. secundum misericordiam tuam, el autor le implora: «No me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mi tu santo espíritu» (Sal 50/51, 13). Se trata del principio íntimo del bien, que actúa en el interior para llevar a la santidad ( = «espíritu de santidad »).

2. El libro de la Sabiduría afirma la incompatibilidad entre el Espíritu Santo y cualquier falta de sinceridad o de justicia: «Pues el espíritu santo que nos educa huye del engaño. se aleja de los pensamientos necios y se ve rechazado al sobrevenir la iniquidad» (Sab 1, 5). Se expresa también una relación muy estrecha entre la sabiduría y el espíritu. En la sabiduría )dice el autor inspirado. «hay un espíritu inteligente, santo» (7, 22), el cual es también «inmaculado» y «amante del bien». Dicho espíritu es el mismo espíritu de Dios, porque «todo lo puede, todo lo observa» (7, 23). Sin este «espíritu santo de Dios» (Cfr. 9. 17) que Dios «envía de lo alto», el hombre no puede discernir la santa voluntad de Dios (9, 13.17) y mucho menos, evidentemente, cumplirla fielmente.

3. En el Antiguo Testamento la exigencia de santidad está fuerte mente vinculada a la dimensión cultual y sacerdotal de la vida de Israel. El culto se debe tributar en un lugar «santo», lugar de la Morada de Dios tres veces santo (Cfr. Is 6, 1.4). La nube es el signo de la presencia del Señor (Cfr. Ex 40, 34.35; 1 Re 8, 10.11 ); todo, en la tienda, en el templo. en el altar, en los sacerdotes, desde el primer consagrado Aarón (Cfr. Ex 29, 1, ss.), debe responder a las exigencias del «sacro». que es como una aureola de respeto y de veneración creada en torno a personas, ritos y lugares privilegiados por una relación especial con Dios.

Algunos textos de la Biblia afirman la presencia de Dios en la tienda del desierto y en el templo de Jerusalén (Ex 25, 8; 40 34-35; 1 Re 8, 10-13; Ez 43,4-5). Sin embargo, en la narración misma de la dedicación del templo de Salomón se refiere una oración en la que el rey pone en duda esta pretensión diciendo: «"Es que verdaderamente habitará Dios con los hombres sobre la tierra? Si los cielos y los cielos de los cielos no pueden con tenerte, ¡cuánto menos esta Casa que yo te he construido!» (1 Re 8, 27). En los Hechos de los Apóstoles, san Esteban expresa la misma convicción a propósito del templo: «El Altísimo no habita en casas hechas por mano de hombre» (Hech 7, 48). La razón de ello la explica Jesús mismo en el coloquio con la Samaritana: «Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad» (Jn 4, 24). Una casa material no puede recibir plenamente la acción santificadora del Espíritu Santo. y por tanto no puede ser verdaderamente «morada de Dios». La verdadera casa de Dios debe ser una «casa espiritual». como dirá san Pedro, formada por «piedra vivas», es decir, por hombres y mujeres santificados interiormente por el Espíritu de Dios (Cfr. 1 Pe 2, 4.10; Ef 2, 21.22).

4. Por ello. Dios prometió el don del Espíritu a los corazones, en la célebre profecía de Ezequiel, en la que dice: «Yo santificaré mi gran nombre profanado entre las naciones, profanado allí por vosotros... Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados: de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo... Infundiré mi espíritu en vosotros...» (Ez 36. 23.27). El resultado de este don estupendo es la santidad efectiva. vivida con la adhesión sincera la santa voluntad de Dios. Gracias a la presencia íntima del Espíritu Santo, finalmente los corazones serán dóciles a Dios y la vida de los fieles será conforme a la ley del Señor.

Dios dice: «difundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas» (Ez 36. 27). El Espíritu santifica de esta forma toda la existencia del hombre.

5. Contra el espíritu de Dios combate el «espíritu de la mentira» (Cfr. 1 Re 22, 21-23), el «espíritu inmundo» que subyuga a hombres y pueblos sometiéndolos a la idolatría. En el oráculo sobre la liberación de Jerusalén. en perspectiva mesiánica, que se lee en el libro de Zacarías. el Señor promete realizar él mismo la conversión del pueblo. haciendo desaparecer el espíritu inmundo: «Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén. para lavar el pecado y la impureza. Aquel día...extirparé yo de esta tierra los nombres de los ídolos... igualmente a los profetas y el espíritu de impureza los quitaré de esta tierra...» (Za 13. 1.2: cfr. Jer 23, 9 s.; Ez 13 . 2 ss.) .

El «espíritu de impureza» será combatido por Jesús (Cfr. Lc 9. 42; 11,24). que hablará. a este propósito, de la intervención del Espíritu de Dios y dirá: «Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios» (Mt 12. 28). Jesús promete a sus discípulos la asistencia del «Consolador». que «convencerá al mundo... en lo referente al juicio, porque el Principe de este mundo está juzgado» (Jn 16. 8.11). A su vez, Pablo hablará de; Espíritu que justifica mediante la fe y la caridad (Cfr. Gal 5.19 ss.). enseñando la nueva vida «según el Espíritu»: el Espíritu nuevo de que hablaban los profetas.

6.. Los hombres o pueblos que siguen el espíritu que está en conflicto con Dios. «contristan» al espíritu divino. Es una expresión de Isaías que hemos referido ya y que es oportuno citar de nuevo en su contexto. Se halla en la meditación del llamado Trito.Isaías sobre la historia de Israel: «No fue un mensajero ni un ángel: él mismo en persona Dios los liberó. Por su amor y su compasión los liberó. Por su amor y su compasión él los rescató: los levantó y los llevó todos los días desde siempre. Mas ellos se rebelaron y contristaron a su Espíritu santo» (Is 63, 9.10). El profeta contrapone la generosidad del amor salvífico de Dios para con su pueblo, y la ingratitud de éste. En su descripción antropomórfica. se conforma con la psicología humana la atribución al espíritu de Dios de la tristeza producida por el abandono del pueblo. Pero según el lenguaje del profeta, se puede decir que el pecado del pueblo contrista el espíritu de Dios especialmente porque este espíritu es santo: el pecado ofende la santidad divina. La ofensa es más grave porque el Espíritu Santo de Dios no sólo ha sido colocado por Dios en su siervo Moisés (Cfr. Is 63, 11), sino que lo ha dado como guía a su pueblo durante el éxodo de Egipto (Cfr. Is 63. 14), como signo y prenda de la salvación futura: «Mas ellos se rebelaron...», (Is 63, 10).

También Pablo, heredero de esta concepción y de este lenguaje, recomendará a los cristianos de Éfeso: «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención» (Ef 4, 30; cfr. 1,13-14).

7. La expresión «contristar al Espíritu Santo» demuestra bien que el pueblo del Antiguo Testamento ha pasado progresivamente de un concepto de santidad sacral, más bien externa, al deseo de una santidad interiorizada bajo la influencia del Espíritu de Dios.

El uso más frecuente del apelativo «Espíritu Santo» es un indicio de esta evolución. Este apelativo. inexistente en los libros más antiguos de la Biblia, se impone poco a poco precisamente porque sugería la función del Espíritu Santo para la santificación de los fieles. Los himnos de Qumran en varias ocasiones dan gracias a Dios por la purificación interior que él ha realizado por medio de su Espíritu santo (por ejemplo, Himnos de la Ságruta de Qumran, 16, 12;17. 26) .

El intenso deseo de los fieles no era ya sólo de ser liberados de los opresores, como en el tiempo de los Jueces, sino ante todo de poder servir al Señor «en santidad y justicia, delante de él todos nuestros días» (Lc 1, 75). Por esto, era necesaria la acción santificadora del Espíritu Santo.

A esta espera corresponde el mensaje evangélico. Es significativo que en los cuatro evangelios la palabra «santo» aparezca por primera vez en relación con el espíritu, tanto para hablar del nacimiento de Juan Bautista y del de Jesús (Mt 1, 18)20; Lc 1, 15, 35), como para anunciar el bautismo en el Espíritu Santo (Mc 1, 8; Jn 1, 33). En la narración de la Anunciación, la Virgen María escucha las palabras del ángel Gabriel: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti...; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1. 35). Así comenzó la decisiva acción santificadora del Espíritu de Dios, destinada a propagarse a todos los hombres.






EL ESPÍRITU SANTO Y LA PURIFICACIÓN INTERIOR (28.II.90)

1. En la catequesis anterior mencionaba un versículo del salmo 50/51, donde el salmista, arrepentido por el grave pecado cometido, implora la misericordia divina y, a la vez, pide al Señor: «No retires de mí tu santo espíritu» (v. 13). Se trata del Miserere, salmo muy conocido. que se repite con frecuencia no sólo en la liturgia, sino también en la piedad y en la práctica penitencial del pueblo cristiano. por ser manifestación de los sentimientos de arrepentimiento, de confianza y de humildad que fácilmente se encuentran en un «corazón contrito y humillado» (Sal 50/51, 19) tras el pecado. Vale la pena seguir estudiando y meditando este salmo, siguiendo las huellas de los Padres y de los escritores de espiritualidad cristiana, pues nos ofrece nuevos aspectos de la concepción del «espíritu divino» del Antiguo Testamento y nos ayuda a traducir la doctrina a la práctica espiritual y ascética.

2. A quien haya seguido las referencias a los profetas que he hecho en la catequesis anterior. le resultará fácil descubrir el parentesco profundo del Miserere con esos textos, especialmente con los de Isaías y Ezequiel. El sentido de la presencia delante de Dios en la propia condición de pecado, que se encuentra en el pasaje penitencial de Isaías (59, 12: cfr. Ez 6, 9), y el sentido de la responsabilidad personal inculcado por Ezequiel (18, 1.32) se hallan ya presentes en este salmo que, en un contexto de experiencia de pecado y de necesidad profundamente sentida de conversión. pide a Dios la purificación del corazón. juntamente con un espíritu renovado. La acción del espíritu divino adquiere así aspectos de mayor concreción y de más preciso empeño con vistas a la condición existencial de la persona.

3. «Tenme piedad, oh Dios». El salmista implora la divina misericordia para obtener la purificación del pecado: «borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame» (Sal 50/51, 3)4). «Rocíame con el hisopo, y seré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve» (v. 9). Pero él sabe que el perdón de Dios no puede reducirse a una pura no-imputación del exterior, sin que se dé una renovación interior: y el hombre. por sí mismo, no es capaz de realizar esta renovación. Por eso pide: «Crea en mí, oh Dios, un corazón puro: un espíritu firme dentro de mí renueva; no me rechaces lejos de tu rostro; no retires de mí tu santo espíritu. Vuélveme la alegría de tu salvación, y en espíritu generoso afiánzame» (vv. 12.14).

4. El lenguaje del salmista es muy expresivo: pide una creación, es decir, el ejercicio de la omnipotencia divina para dar origen a un ser nuevo. Sólo Dios puede crear (bará), esto es. poner en la existencia algo nuevo (Cfr. Gen 1, 1; Ex 34, 10; Is 48, 7; 65, 17; Jer 31, 21.22). Sólo Dios puede dar un corazón puro, un corazón que tenga la plena transparencia de un querer totalmente de acuerdo con el querer divino. Sólo Dios puede renovar el ser íntimo, cambiarlo desde dentro, rectificar el movimiento fundamental de su vida consciente, religiosa y moral. Sólo Dios puede justificar al pecador, según el lenguaje de la teología y del mismo dogma (Cfr. DS 1521.1522; 1560), que traduce de ese modo el «dar un corazón nuevo» del profeta (Ez 36, 26), el «crear un corazón puro» del salmista (Sal 50/51, 12).

5. Se pide, luego, «un espíritu firme» (Sal 50/51, 12), o sea, la inserción de la fuerza de Dios en el espíritu del hombre. librado de la debilidad moral experimentada y manifestada en el pecado. Esta fuerza, esta firmeza, puede venir sólo de la presencia operante del espíritu de Dios, y por eso el salmista implora: «no retires de mí tu santo espíritu». Es la única vez que en los salmos se encuentra esta expresión: «el espíritu santo de Dios». En la Biblia hebrea se usa sólo en el texto de Isaías en que, meditando en la historia de Israel, lamenta la rebelión contra Dios por la que ellos «contristaron a su espíritu santo» (Is 63,10), y recuerda a Moisés, en el que Dios «puso su espíritu santo» (Is 63, 11). El salmista ya tiene conciencia de la presencia íntima del espíritu de Dios como fuente permanente de santidad, y por eso suplica: «No retires de mi». Al poner esa petición juntamente con la otra: «No me rechaces lejos de tu rostro», el salmista quiere dar a entender su convicción de que la posesión del Espíritu Santo de Dios está vinculada a la presencia divina en lo íntimo de su ser. La verdadera desgracia sería quedar privado de esta presencia. Si el espíritu santo permanece en él, el hombre está en una relación con Dios ya no sólo de «cara a cara» como ante un rostro que se contempla, sino que posee en sí una fuerza divina que anima su comportamiento .

6. Después de haber pedido a Dios que no retire de él su santo espíritu, el salmista pide que le devuelva la alegría. Ya antes había hecho la misma oración, cuando imploraba a Dios su purificación, esperando quedar «más blanco que la nieve»: «Devuélveme el son del gozo y la alegría; exulten los huesos que machacaste tú» (Sal 50/51, 10). Pero en el proceso psicológico-reflexivo de donde nace la oración. el salmista siente que. para gozar plenamente de esta alegría, no basta la eliminación de todas las culpas; es necesaria la creación de un corazón nuevo, con un espíritu firme, vinculado a la presencia del espíritu santo de Dios. Sólo entonces puede pedir: «Vuélveme la alegría de tu salvación.»

La alegría forma parte de la renovación incluida en la «creación de un corazón puro». Es el resultado del nacimiento a una nueva vida, como Jesús explicará en la parábola del hijo pródigo, en la que el padre que perdona es el primero en alegrarse y quiere comunicar a todos la alegría de su corazón (Cfr. Lc 15. 20-32).

7. Con la alegría, el salmista pide un «espíritu generoso», esto es. un espíritu de compromiso valiente. Lo pide a aquel que, según el libro de Isaías. Había prometido la salvación a los débiles: «En lo excelso y sagrado yo moro, y estoy también con el humillado y abatido de espíritu, para avivar el espíritu de los abatidos. para avivar el ánimo de los humillados» (Is 57, 15)

Conviene notar que, una vez hecha esta petición, el salmista añade en seguida la declaración de su compromiso con Dios en favor de los pecadores, para su conversión: «Enseñaré a los rebeldes tus caminos, y los pecadores volverán a ti» (Sal 50/51, 15). Se trata de otro elemento característico del proceso interior de un corazón sincero que ha obtenido el perdón de los propios pecados: desea obtener el mismo don para los demás, suscitando su conversión, y a este objetivo promete encaminar su actuación. Este «espíritu de compromiso» que se da en él deriva de la presencia del «santo espíritu de Dios» y es su signo. En el entusiasmo de la conversión y en el fervor del compromiso, el salmista expresa a Dios la convicción de la eficacia de la propia acción: a él le parece cierto que «los pecadores volverán a ti». Pero también aquí entra la conciencia de la presencia operante de una potencia interior, la del «espíritu santo».

Después, tiene un valor universal la deducción que el salmista enuncia así: «El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias» (Sal 50/51. 19). Proféticamente ve que llegará el día en que, en una Jerusalén reconstituida, los sacrificios celebrados en el altar del templo según las prescripciones de la ley serán gratos (Cfr. vv. 20.21). La reconstrucción de las murallas de Jerusalén será la señal del perdón divino, como dirán también los profetas: Isaías (60, 1 ss.; 62. 1 ss.), Jeremías (30, 15.18) y Ezequiel (36, 33). Pero queda establecido que lo que más vale es aquel «sacrificio del espíritu» del hombre que pide humildemente perdón movido por el espíritu divino que. gracias al arrepentimiento y a la oración, no le ha sido retirado (Cfr. Sal 50/51. 13).

8. Como se puede ver por esta sucinta presentación de sus temas esenciales, el salmo Miserere es para nosotros no sólo un buen texto de oración y una indicación para la ascesis del arrepentimiento, sino también un testimonio acerca del grado de desarrollo alcanzado por el Antiguo Testamento en la concepción del «espíritu divino», que conlleva un acercamiento progresivo a lo que será la revelación del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento.

El salmo constituye, por tanto, una gran página en la historia de la espiritualidad del Antiguo Testamento, en camino, aunque sea entre sombras, hacia la nueva Jerusalén que será la sede del Espíritu Santo.






LA SABIDURÍA Y EL AMOR DEL ESPÍRITU DIVINO (14.III.90)

1. La experiencia de los profetas del Antiguo Testamento pone de manifiesto de manera especial el vínculo existente entre la palabra y el espíritu. El profeta habla en nombre de Dios y gracias al Espíritu. La misma Escritura es palabra que viene del Espíritu, su registración de duración perenne. La Escritura es santa («Sagrada») por razón del Espíritu que, mediante la palabra oral o escrita, ejerce su eficacia.

Incluso en algunos que no son profetas, la intervención del espíritu suscita la palabra. Así en el primer libro de las Crónicas, donde se recuerda la adhesión a David de los «valientes» que reconocieron su realeza, se lee que «el espíritu revistió masay, jefe de los Treinta valientes, y le hizo dirigir a David las palabras: "Contigo!... Paz, paz a ti! ""Y paz a los que te ayuden, pues tu Dios te ayuda a ti!». Y «David los recibió y los puso entre los jefes de sus tropas» (1 Cr 12, 19). Más dramático es otro caso, narrado en el segundo libro de las Crónicas, y que será recordado por Jesús (Cfr. Mt 23, 25; Lc 11, 51). Dicho episodio tiene lugar en un periodo de decadencia del culto en el templo y de caída en las tentaciones de la idolatría en Israel. Al no haber escuchado los israelitas a los profetas enviados por Dios para que volviesen a él, «entonces el espíritu de Dios revistió a Zacarías, hijo del sacerdote Yehoyadá, el cual, presentándose delante del pueblo, les dijo: "así dice Dios: ¿Por qué traspasáis los mandamientos de Yahvéh? No tendréis éxito; pues por haber abandonado a Yahvéh, Él os abandonará a vosotros". Mas ellos conspiraron contra él, y por mandato del rey la apedrearon en el atrio de la Casa de Yahvéh» (2 Cr 24, 20.21).

Son manifestaciones significativas de la conexión entre espíritu y palabra, presente en la mentalidad y en el lenguaje de Israel.

2. Otro vínculo análogo es el que existe entre espíritu y sabiduría como aparece en el libro de Daniel, en boca del rey Nabucodonosor que, al narrar el sueño tenido y la explicación que le dio Daniel del mismo, reconoce al profeta como un hombre «en quien reside el espíritu de los dioses santos» (Dn 4, 5; cfr. 4, 6. 15; 5, 11. 14), o sea, la inspiración divina, que también el Faraón en su tiempo reconoció en José por la sabiduría de sus consejos (Cfr. Gen 41, 38.39). En su lenguaje pagano, el rey de Babilonia habla repetidamente de «espíritu de los dioses santos», mientras que al final de su narración hablará de «Rey del Cielo» (Dn 4, 34), en singular. De cualquier forma, reconoce que un espíritu divino se manifiesta en Daniel, como dirá también el rey Baltasar: «He oído decir que en ti reside el espíritu de los dioses, y que hay en ti luz, inteligencia y sabiduría extraordinarias» (Dn 5, 14). Y el autor del libro subraya que «este mismo Daniel se distinguía entre los ministros y los sátrapas, porque había en él un espíritu extraordinario, y el rey se proponía ponerle al frente del reino entero» (Dn 6, 4).

Como se ve, la «sabiduría extraordinaria» y el «espíritu extraordinario» se le atribuyen a Daniel con justicia, atestiguando así la conexión de estas cualidades entre sí en el judaísmo del siglo II antes de Cristo, cuando el libro fue escrito para sostener la fe y la esperanza de los judíos perseguidos por Antioco Epifanes.

3. En el libro de la Sabiduría, texto redactado casi en los umbrales del Nuevo Testamento, es decir, según algunos autores recientes, en la segunda mitad del siglo primero antes de Cristo, en ambiente helenístico, el vínculo entre la sabiduría y el espíritu se encuentra tan subrayado que casi se da una identificación. Desde el principio se lee que «la Sabiduría es un espíritu que ama al hombre» (Sab 1, 6): se manifiesta y se comunica en virtud de un amor fundamental hacia la humanidad. Pero ese espíritu amigo no es ciego y no tolera el mal, aunque sea secreto, en los hombres. «En alma fraudulenta no entra la Sabiduría, no habita en cuerpo sometido al pecado; pues el Espíritu Santo que nos educa huye del engaño, se aleja de los pensamientos necios... No deja sin castigo los labios del blasfemo; que Dios es testigo de sus sentimientos, observador veraz de su corazón, y oye cuanto dice su lengua» (Sab 1, 4, 6).

El Espíritu del Señor es, por tanto, un espíritu santo, que quiere comunicar su santidad, y realiza una función de educadora: «El espíritu santo que nos educa» (Sab 1, 5). Se opone a la injusticia. No es un limite a su amor, sino una exigencia de este amor. En la lucha contra el mal se opone a todas las iniquidades, sin dejarse engañar nunca, porque no se le escapa nada, ni «la palabra más secreta» (Sab 1, 11). En efecto, el espíritu «llena la tierra»: es omnipresente. «Y Él, que todo lo mantiene unido, tiene conocimiento de toda palabra» (Sab 1, 7). El efecto de su omnipresencia es el conocimiento de todas las cosas, aunque sean secretas.

Siendo un «espíritu que ama al hombre», no pretende solamente vigilar a los hombres, sino también llenarlos de su vida y de su santidad. «No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes; Él todo lo creó para que subsistiera» (Sab 1,13-14). La afirmación de esta positividad de la creación, en que se refleja el concepto bíblico de Dios como «Aquel que es» (Ex 3, 14) y como Creador de todo el universo (Cfr. Gen 1, 1 ss.), da un fundamento religioso a la concepción filosófica y a la ética de las relaciones con las cosas. Sobre todo, da inicio a un discurso sobre la suerte final del hombre, que ninguna filosofía podría sostener sin el apoyo de la revelación divina. San Pablo dirá luego que, si la muerte fue introducida por el pecado del hombre, Cristo vino como nuevo Adán para redimir al hombre del pecado y librarlo de la muerte (Cfr. Rom 5, 12.21). El Apóstol añadirá que Cristo ha traído una nueva vida en el Espíritu Santo (Cfr. Rom 8, 1 ss.), dando el nombre y, más aún, revelando la misión de la Persona divina envuelta en el misterio en las páginas del libro de la Sabiduría.

4. El Rey Salomón, que con un recurso literario suele ser presentado como autor de este libro, en cierto momento se dirige a sus colegas: «Oíd, pues, reyes » (Sab 6,1 ) para invitarlos coger la sabiduría, secreto y norma de la realeza, y para explicar «qué es la Sabiduría " (Sab 6, 22). él hace su elogio con una larga enumeración de las características del espíritu divino, que atribuye a la sabiduría, casi personificándola: «Hay en ella un espíritu inteligente, santo, único, múltiple » (Sab 7, 22.23). Son veintiuno los adjetivos calificativos (3x7), que consisten en vocablos tomados, en parte, de la filosofía griega y, en parte, de la Biblia. Veamos los más significativos.

Es un espíritu «inteligente», es decir, no un impulso ciego, sino un dinamismo guiado por el conocimiento de la verdad; es un espíritu «santo» ,porque no sólo quiere iluminar a los hombres, sino también santificarlos; es «único y múltiple», de forma que puede insinuarse dondequiera; es «sutil», y penetra todos los espíritus: su acción es, por tanto, esencialmente interior, como su presencia; es un espíritu «que todo lo puede, todo lo observa», pero no constituye un poder tiránico o destructor, ya que es «bienhechor, amigo del hombre», quiere su bien y tiende a «formar amigos de Dios». El amor sostiene y dirige el ejercicio de su poder.

La sabiduría tiene, por consiguiente, las cualidades y ejerce las funciones tradicionalmente atribuidas al espíritu divino: «espíritu de sabiduría y de inteligencia..., etc.» (Is 11, 2 ss.), porque con él se identifica en el fondo misterioso de la realidad divina.

5. Entre las funciones del Espíritu-Sabiduría está la de dar a conocer la voluntad divina «¿Quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu espíritu santo?» (Sab 9, 1). El hombre, por sí mismo, no es capaz de conocer la voluntad divina «¿Qué hombre, en efecto, podrá conocer la voluntad de Dios?» (Sab 9, 13). Por medio de su santo espíritu, Dios da a conocer su propia voluntad, su plan sobre la vida humana, mucho más profunda y seguramente que con la sola promulgación de una ley en fórmulas del lenguaje humano. Actuando desde dentro con el don del espíritu santo, Dios permite «enderezar los caminos de los moradores de la tierra. Así aprendieron los hombres lo que a ti te agrada, y gracias a la Sabiduría se salvaron» (Sab 9, 18). Y en este punto el autor describe en diez capítulos la obra del Espíritu. Sabiduría en la historia desde Adán hasta Moisés, la Alianza con Israel, la liberación, y la solicitud continua por el pueblo de Dios. Y concluye: «En verdad, Señor, que en todo engrandeciste a tu pueblo y le glorificaste, y no te descuidaste en asistirle en todo tiempo y en todo lugar» (Sab 19, 22).

6. En esta evocación histórico-sapiencial surge un paso donde el autor recuerda, hablando al Señor, su espíritu omnipresente que ama y protege la vida del hombre. Esto vale también para los enemigos del pueblo de Dios y, en general, para los impíos, los pecadores. También en ellos está el espíritu divino de amor y de vida: «Tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida, pues tu espíritu incorruptible está en todas ellas» (Sab 11, 26; 12, 1).

«Eres indulgente» Los enemigos de Israel hubieran podido ser castigados de modo mucho más terrible que como sucedió. Hubieran podido ser «aventados por el soplo de tu poder. Pero Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso» (Sab 11, 20). El libro de la Sabiduría exalta la «moderación» de Dios y ofrece la razón: el espíritu de Dios no actúa sólo como soplo poderoso, capaz de destruir a los culpables, sino como espíritu de sabiduría que quiere la vida, y así revela su amor. «Te compadeces de todos porque todo lo puedes y disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces pues, si algo odiases, no lo habrías hecho ¿Y cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado?» (Sab 11, 23.25).

7. Nos encontramos en el vértice de la filosofía religiosa no sólo de Israel, sino de todos los pueblos antiguos. La tradición bíblica, ya expresada en el Génesis, ofrece aquí una respuesta a las grandes cuestiones no resueltas ni siquiera por la cultura griega. Aquí la misericordia de Dios se funde con la verdad de su creación de todas las cosas: la universalidad de la creación comporta la universalidad de la misericordia. Y todo en virtud del amor eterno con que Dios ama a todas sus criaturas: amor en el que nosotros ahora reconocemos la persona del Espíritu Santo.

El libro de la Sabiduría ya nos hace entrever este Espíritu-Amor que, como la Sabiduría, toma los rasgos de una persona, con las siguientes características: espíritu que conoce todo y que da conocer a los hombres los planes divinos; espíritu que no puede aceptar el mal; espíritu que, a través de la sabiduría, quiere conducir a todos a la salvación; espíritu de amor que quiere la vida; espíritu que llena el universo con su benéfica presencia.







EL SIERVO DE DIOS Y EL ESPÍRITU DIVINO (21.III.90)

1. No seria completo el análisis de las alusiones al Espíritu Santo que se pueden encontrar en los diversos libros del Antiguo Testamento, aunque en términos no muy precisos aún el por lo que se refiere a su persona divina, si no dedicásemos al alguna consideración a un texto de Isaías (Deutero-Isaias), en el que se afirma la relación existente entre el espíritu divino y el «Siervo de Yahvéh». En la figura de este Siervo se resumen las distintas formas de acción profética, mesiánica y santificadora. que hemos expuesto en las catequesis precedentes.

La relación está afirmada en el versículo con que comienza el primero de los cuatro así llamados «cantos del Siervo del Señor», cargados de lirismo y vibrantes de profecía. Dice así: «He puesto mi espíritu sobre él» (Is 42, 1). Desde el principio, por tanto, se afirma que la misión del Siervo es obra del espíritu de Dios que ha sido puesto sobre él. Como sucedió con los jueces, jefes carismáticos del pueblo en los tiempos antiguos (Cfr. Jue 3, 10), y con los primeros reyes, Saúl y David (Cfr. 1 Sm 9, 17; 10, 9.10; 16, 12.13; Is 11, 1.2), la elección del Siervo va acompañada por una efusión del Espíritu, de forma que se puede observar una relación entre lo que se afirma del Siervo del Señor y lo que había dicho Isaías del «retoño» que debía «brotar del tronco de Jesé», es. decir, de la estirpe de David: «Reposará sobre él el espíritu de Yahvéh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahvéh» (Is 11, 2). En el canto citado existe una novedad, que consiste en atribuir al personaje anunciado la cualidad de Siervo.

Esta cualidad no elimina la de rey tradicionalmente reconocida al Mesías, pero sin duda revela una nueva orientación de la esperanza mesiánica, que es fruto del influjo del Espíritu.

2. Inmediatamente después de haber dicho del Siervo: «He puesto mi espíritu sobre él», Dios declara: «Dictará ley (juicio) a las naciones» (Is 42,1). Es un texto de gran importancia. Evidentemente el Siervo es presentado como un profeta, elegido y predestinado por Dios (Cfr. v. 6; Jer 1, 5), animado por su espíritu, revestido de una misión, que consiste en «proclamar el derecho con firmeza» (Is 42, 3), sin desalentarse a pesar de la oposición (v. 4).

Sin embargo, esta firmeza no será dureza. Más aún, bajo el impulso y la guía del espíritu, el Siervo-profeta tendrá un comportamiento de mansedumbre («No vociferará ni alzará el tono», v. 2) y de indulgencia misericordiosa: «Caña quebrada no partirá y mecha mortecina no apagará» (v.3). El profeta Jeremías había recibido la misión de «extirpar y destruir, perder y derrocar» (Jer 1, 10). nada semejante sucede en la misión del Siervo del Señor, manso y humilde de corazón.

A la mansedumbre se encuentra unida una actitud de apertura universal. El Siervo del Señor anunciará la justicia a todas las naciones y difundirá su doctrina hasta las «islas», es decir, hasta los países más lejanos (Is 42, 1. 4). En efecto, en el segundo canto, el Siervo interpela a todas las gentes, diciendo:»"

«¡Oídme, islas, atended, pueblos lejanos!» (49, 1) y Dios reafirma la dimensión universal de la misión que le confía: «poco es que seas mi siervo, para levantar las tribus de Jacob y hacer volver los preservados de Israel. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra» (49,6). Esa universalidad va más allá de la del mensaje de los demás profetas.

Además, en la figura del Siervo hay algo de trascendente, que permite identificarlo con su misión. él es proclamado «alianza del pueblo» y «luz de las gentes» en su misma persona. Dios le dice: «Yo, Yahvéh, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes» (42, 6). Ningún simple profeta hubiera podido presumir tanto.

3. La figura del Siervo trazada en el poema de Isaías no es sólo profética, sino también mesiánica. Si su misión es la de «implantar en la tierra el derecho» (Is 42, 4), esta tarea pertenece a un rey. El profeta anuncia la justicia; el rey debe implantar esta justicia. Según el salmo 71/72, en el que la tradición judía y cristiana ha visto retratado al rey mesiánico preanunciado por los profetas (Cfr. Is 9, 5; 11,1.5; Za 9, 9), ésta es la función esencial del rey, que es implorada de Dios: «Oh Dios, dl rey tu juicio, al hijo de rey tu justicia: que con justicia gobierne a tu pueblo, con equidad a tus humildes» (Sal 71/72, 1.2). Y el mismo Isaías, en su oráculo acerca del rey davídico sobre el que «reposará el espíritu del Señor», afirmaba de él: «Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con » rectitud a los pobres de la tierra» (Is 11, 4).

El Siervo sobre el que «Dios ha puesto su espíritu», según el canto, tiene la misión que compete al rey mesiánico: librar al pueblo. «Él mismo ha sido establecido como alianza del pueblo y luz de las gentes», para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas (Cfr. Is 42, 6.7; 49, 8.9; Lc 1, 79). Esta misión, que es propia de un principe y rey, en el caso del Mesías es realizada con fuerza del Señor, como el Siervo proclama en su segundo canto: «Mi Dios era mi fuerza» (49, 5) y en el tercero: «Pues que Yahvéh habría de ayudarme para que no fuese insultado» (50, 7). Esta fuerza de acción en la misión real del Siervo es el espíritu divino, que Isaías, en un oráculo mesiánico, pone en relación estrecha con la «justicia» que es necesario hacer a los débiles y a los oprimidos: «Reposará sobre él el espíritu de Yahvéh... Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra» (Is 11, 2. 4).

4. En los dos primeros cantos del Siervo, Dios habla de la «salvación» y de la «justicia». En el tercero y en el cuarto, el concepto de «salvación» es completado con aspectos nuevos, especialmente significativos con vistas a la futura pasión de Cristo (Cfr. Is 50, 4.11; 52, 13.53, 12). Ante todo, se nota que la mansedumbre, que caracteriza la misión del Siervo, se manifiesta con su docilidad a Dios y su paciencia frente a los perseguidores: «El Señor Yahvéh me ha abierto el oído, y yo no me resistí, ni me hice atrás. Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban» (Jer 50, 5.6). «Fue oprimido, y él se humilló, y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado» (Is 53, 7). Bastan estos dos textos para iluminarnos acerca de la perfecta disponibilidad en la oblación de sí, a la que el Espíritu divino debía llevar al Siervo. Mesías por el camino de la mansedumbre (Cfr. Is 42, 2). Cuando Juan Bautista señalaba a Jesús a la muchedumbre como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29), tal vez se hacia eco del cuarto canto del Siervo de Yahvéh.

5. Pero en este canto hay mucho más. La misión del Siervo se presenta a una nueva luz: «llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes» (Is 53, 12). La perspectiva ya trazada por Isaías: «Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra» (Is 11, 4), se halla aquí transformada en una obra de «justificación» o santificación mediante el sacrificio: «Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos, y las culpas de ellos él soportará» (Is 53, 11). Hasta eso será llevado el Siervo de Yahvéh por el espíritu presente en él, que, como hemos visto ya, es espíritu de santidad».

Más aún: el triunfo definitivo del Siervo es anunciado al inicio del cuarto canto: «He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera» (Is 52, 13); y, luego, hacia el final: «Le daré su parte entre los grandes» (Is 53, 12). Pero este triunfo, que en la profecía, como en, la historia garantiza el cumplimiento de la esperanza mesiánica, se realizará por un camino sorprendente para quien soñaba un acontecimiento triunfal del rey mesiánico: el camino del dolor y, como sabemos, de la cruz.

6. De todo el cuarto canto vemos emerger la figura de un Siervo que es «varón de dolores» (Is 53, 3), inmerso en un mar de sufrimiento físico y moral, por causa de un misterioso plan de Dios, que tiende a la glorificación del mismo Siervo (52, 13). El Siervo del Señor «ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados» (53, 5). éste es el camino que había sido llamado a recorrer el elegido, sobre el que se había posado el Espíritu del Señor (42, 1) .

Estamos en la paradoja de la cruz, que aparece así en contraste con las expectativas de un mesianismo triunfalista, así como con las pretensiones de una inteligencia ávida de demostraciones racionales. San Pablo no duda en definirla: «escándalo para los judíos, necedad para los paganos». Pero, por ser obra de Dios, es necesario el Espíritu de Dios para captar su valor. Por eso el Apóstol proclama: « Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado» (1 Cor 2, 11.12).









CUARTA PARTE

(EL ESPÍRITU SANTO Y JESUCRISTO)



EL ESPÍRITU SANTO EN EL ORIGEN CRISTO (28.III.90)

1. En las catequesis anteriores hemos puesto de relieve que de toda la tradición veterotestamentaria afloran referencias, indicios, alusiones a la realidad del Espíritu divino, que parecen casi un preludio de la revelación del Espíritu Santo como persona, como se tendrá en el Nuevo Testamento. En realidad, sabemos que Dios inspiraba y guiaba a los autores sagrados de Israel, preparando la revelación definitiva que realizaría plenamente Cristo y que él entregaría a los Apóstoles para que la predicasen y difundiesen en todo el mundo.

En el Antiguo Testamento existe, pues, una revelación inicial y progresiva, referente no sólo al Espíritu Santo, sino también al Mesías-Hijo de Dios, a su acción redentora y a su Reino. Esta revelación hace aparecer una distinción entre Dios Padre, la eterna Sabiduría que procede de Él y el Espíritu potente y benigno, con el que Dios actúa en el mundo desde la creación y guía la historia según su designio de salvación.

2. Sin duda no se trataba aún de una manifestación clara del misterio divino. Pero era ciertamente una especie de propedéutica en la futura revelación, que Dios mismo iba desarrollando en la fase de la Antigua Alianza mediante «la Ley y los Profetas» (Cfr. Mt 22, 40; Jn 1, 45) y la misma historia de Israel, puesto que «omnia in figura contingebant illis»: «todo esto les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos» (1 Cor 10,11; 1 Pe 3, 21; Hb 9, 24).

De hecho, en los umbrales del Nuevo Testamento hallamos algunas personas como José, Zacarías, Isabel, Ana, Simeón y sobre todo María, que gracias a la iluminación interior del Espíritu saben descubrir el verdadero sentido del adviento de Cristo al mundo.

La referencia que los evangelistas Lucas y Mateo hacen al Espíritu Santo, por estos piadosísimos representantes de la Antigua Alianza (Cfr. Mt 1,18.20; Lc 1,15.35, 41.67; 2, 26.27), es la documentación de un vínculo y, podemos decir, de un paso del Antiguo al Nuevo Testamento, reconocido luego plenamente a la luz de la revelación de Cristo y después de la experiencia de Pentecostés. Es significativo el hecho de que los Apóstoles y Evangelistas empleen el término «Espíritu Santo» para hablar de la intervención de Dios tanto en la encarnación del Verbo como en el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés. Merece destacar que en ambos momentos, en el centro del cuadro descrito por Lucas está María, virgen y madre, que concibe a Jesús por obra del Espíritu Santo (Cfr. Lc 1, 35; Mt 1, 18), y permanece en oración con los Apóstoles y los otros primeros miembros de la Iglesia en espera del mismo Espíritu (Cfr. Hech 1,14).

3. Jesús mismo ilustra el papel del Espíritu cuando aclara a los discípulos que sólo con su ayuda será posible penetrar a fondo en el misterio de su persona y de su misión: «Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa... él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 13.14). Así pues, el Espíritu Santo es el que hace captar la grandeza de Cristo, y de este modo «da gloria» al Salvador. Pero es también el Espíritu el que hace descubrir el propio papel en la vida y en la misión de Jesús.

Es un punto de gran interés sobre el cual deseo atraer vuestra atención con esta nueva serie de catequesis.

Si anteriormente hemos ilustrado las maravillas del Espíritu Santo anunciadas por Jesús y verificadas en pentecostés y en el primer camino de la Iglesia en la historia, ha llegado el momento de subrayar que la primera y suprema maravilla realizada por el Espíritu Santo es Cristo mismo. Y hacia esta maravilla queremos dirigir ahora nuestra mirada.

4. En realidad, hemos reflexionado ya sobre la persona, la vida y la misión de Cristo en las catequesis cristológicas; pero ahora podemos reanudar sintéticamente ese razonamiento en clave pneumatológica, es decir, a la luz de la obra realizada por el Espíritu Santo en el Hijo de Dios hecho hombre.

Tratándose del «Hijo de Dios», en la enseñanza catequística se habla de Él después de haber considerado a «Dios-Padre» y antes de hablar del Espíritu Santo, que «procede del Padre y del Hijo». Por esto la Cristología precede a la Pneumatología. Y es justo que sea así, porque también bajo el aspecto cronológico, la revelación de Cristo en nuestro mundo ocurrió antes de la efusión del Espíritu Santo, que formó a la Iglesia el día de Pentecostés. Más aún, dicha efusión fue el fruto del ofrecimiento redentor de Cristo y la manifestación del poder adquirido por el Hijo ya sentado a la derecha del Padre.

5. Y sin embargo, parece imponerse como hacen observar justamente los orientales una integración pneumatológica de la Cristología, por el hecho de que el Espíritu Santo se halla en el origen mismo de Cristo como Verbo encarnado venido al mundo «por obra del Espíritu Santo», como dice el Símbolo.

Ha existido una presencia suya decisiva en el cumplimiento del misterio de la Encarnación, hasta el punto que, si queremos recoger y enunciar más completamente este misterio, no nos basta decir que el Verbo se hizo carne: hay que subrayar también como ocurre en el Credo el papel del Espíritu en la formación de la humanidad del Hijo de Dios en el seno virginal de María. De esto hablaremos. Y sucesivamente trataremos de seguir la acción del Espíritu Santo en la vida y en la misión de Cristo: en su infancia, en la inauguración de la vida pública mediante el bautismo, en la permanencia en el desierto, en la oración, en la predicación, en el sacrificio y, finalmente, en la resurrección.

6. Del examen de los textos evangélicos emerge una verdad esencial: no se puede comprender lo que ha sido Cristo, y lo que es para nosotros, independientemente del Espíritu Santo. Lo que significa que no sólo es necesaria la luz del Espíritu Santo para penetrar en el misterio de Cristo, sino que se debe tener en cuenta el influjo del Espíritu Santo en la Encarnación del Verbo y en toda la vida de Cristo para explicar el Jesús del Evangelio. El Espíritu Santo ha dejado la impronta de la propia personalidad divina en el rostro de Cristo.

Por ello, toda profundización del conocimiento de Cristo requiere también una profundización del conocimiento del Espíritu Santo. «Saber quién es Cristo» y «saber quién es el Espíritu»: son dos exigencias unidas indisolublemente, que se influyen mutuamente.

Podemos añadir que también la relación del cristiano con Cristo es solidaria con su relación con el Espíritu. Lo hace comprender la Carta a los Efesios cuando dese los creyentes que sean «fortalecidos» por el Espíritu del padre en el hombre interior, para ser capaces de «conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» (Cfr. Ef 3, 16.19). Esto significa que para llegar a Cristo en el conocimiento y en el amor .como ocurre en la verdadera sabiduría cristiana. tenemos necesidad de la inspiración y de la guía del Espíritu Santo, maestro interior de verdad y de vida.









LA ENCARNACIÓN: OBRA DEL ESPÍRITU SANTO (4.IV.90)

1. Todo el «evento» de Jesucristo se explica mediante la acción del Espíritu Santo, como se dijo en la catequesis anterior. Por esto, una lectura correcta y profunda del «evento» de Jesucristo y de cada una de sus etapas es para nosotros el camino privilegiado para alcanzar el pleno conocimiento del Espíritu Santo. La verdad sobre la tercera Persona de la Santísima Trinidad la leemos sobre todo en la vida del Mesías: de Aquel que fue «consagrado con el Espíritu» (Cfr. Hech 10, 38). Es una verdad especialmente clara en algunos momentos de la vida de Cristo, sobre los cuales reflexionaremos también en las catequesis sucesivas. El primero de estos momentos es la misma Encarnación, es decir, la venida al mundo del Verbo de Dios, que en la concepción asumió la naturaleza humana y nació de María por obra del Espíritu Santo: «Conceptus de Spiritu Sancto, natus ex María Virgine», como decimos en el Símbolo de la fe.

2. Es el misterio encerrado en el hecho del que nos habla el Evangelio en las dos redacciones de Mateo y de Lucas, a las que acudimos como fuentes substancialmente idénticas, pero a la vez complementarias. Si se atiende al orden cronológico de los acontecimientos narrados se tendría que comenzar por Lucas; pero para la finalidad de nuestra catequesis es oportuno tomar como punto de partida el texto de Mateo, en el cual se da la explicación formal de la concepción y del nacimiento de Jesús quizá en relación con las primeras habladurías que circulaban en los ambientes judíos hostiles. El Evangelista escribe: «La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró en cinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1, 18). El Evangelista añade que a José le informó de este hecho un mensajero divino: «El Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo » (Mt 1,20).

La intención de Mateo es, por tanto, afirmar de modo inequivocable el origen divino de ese hecho, que él atribuye a la intervención del Espíritu Santo. Ésta es la explicación que hizo texto para las comunidades cristianas de los primeros siglos, de las cuales provienen tanto los Evangelios como los símbolos de la fe, las definiciones conciliares y las tradiciones de los Padres.

A su vez, el texto de Lucas nos ofrece una precisión sobre el momento y el modo en el que la maternidad virginal de María tuvo origen por obra del Espíritu Santo (Cfr. Lc 1, 26)38). He aquí las palabras del mensajero, que narra Lucas: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35).

3. Entre tanto notamos que la sencillez, viveza y concisión con las que Mateo y Lucas refieren las circunstancias concretas de la Encarnación del Verbo, de la que el prólogo del IV Evangelio ofrecerá después una profundización teológica, nos hacen descubrir qué lejos está nuestra fe del ámbito mitológico al que queda reducido el concepto de un Dios que se ha hecho hombre, en ciertas interpretaciones religiosas, incluso contemporáneas. Los textos evangélicos, en su esencia, rebosan de verdad histórica por su dependencia directa o indirecta de testimonios oculares y, sobre todo, de María, como de fuente principal de la narración. Pero, al mismo tiempo, dejan trasparentar la convicción de los Evangelistas y de las primeras comunidades cristianas sobre la presencia de un misterio, o sea, de una verdad revelada en aquel acontecimiento ocurrido «por obra del Espíritu Santo». El misterio de una intervención divina en la Encarnación, como evento real, literalmente verdadero, si bien no verificable por la experiencia humana, más que en el «signo» (Cfr. Lc 2, 12) de la humanidad, de la «carne»« como dice Juan (1, 14), un signo ofrecido a los hombres humildes y disponibles a la atracción de Dios. Los Evangelistas, la lectura apostólica y postapostólica y la tradición cristiana nos presentan la Encarnación como evento histórico y no como mito o como narración simbólica. Un evento real, que en la «plenitud de los tiempos» (Cfr. Gal 4, 4) actuó lo que en algunos mitos de la antigüedad podía presentirse como un sueño o como el eco de una nostalgia, o quizá incluso de un presagio sobre una comunión perfecta entre el hombre y Dios. Digamos sin dudar: la Encarnación del Verbo y la intervención del Espíritu Santo, que los autores de los Evangelios nos presentan como un hecho histórico a ellos contemporáneo, son consiguientemente misterio, verdad revelada, objeto de fe.

4. Nótese la novedad y originalidad del evento también en relación con las escrituras del Antiguo Testamento, las cuales hablaban sólo de la venida del Espíritu (Santo) sobre el futuro Mesías: «Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahvéh» (Is 11, 1.2); o bien: «El espíritu del Señor Yahvéh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahvéh» (Is 61,1). El Evangelio de Lucas habla, en cambio, de la venida del Espíritu Santo sobre María, cuando se convierte en la Madre del Mesías. De esta novedad forma parte también el hecho de que la venida del Espíritu Santo esta vez atañe a una mujer, cuya especial participación en la obra mesiánica de la salvación se pone de relieve. Resalta así al mismo tiempo el papel de la Mujer en la Encarnación y el vínculo entre la Mujer y el Espíritu Santo en la venida de Cristo. Es una luz encendida también sobre el misterio de la Mujer, que se deberá investigar e ilustrar cada vez más en la historia por lo que se refiere a María, pero también en sus reflejos en la condición y misión de todas las mujeres.

5. Otra novedad de la narración evangélica se capta en la confrontación con las narraciones de los nacimientos milagrosos que nos transmite el Antiguo Testamento (Cfr., por ejemplo, 1 Sm 1,4)20; Jue 13, 2-24). Esos nacimientos se producían por el camino habitual de la procreación humana, aunque de modo insólito, y en su anuncio no se hablaba del Espíritu Santo. En cambio, en la Anunciación de María en Nazaret, por primera vez se dice que la concepción y el nacimiento del Hijo de Dios como hijo suyo se realizará por obra del Espíritu Santo. Se trata de concepción y nacimiento virginales, como indica ya el texto de Lucas con la pregunta de María al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,34). Con estas palabras María afirma su virginidad, y no sólo como hecho, sino también, implícitamente, como propósito.

Se comprende mejor esa intención de un don total de sí a Dios en la virginidad, si se ve en ella un fruto de la acción del Espíritu Santo en María. Esto se puede percibir por el saludo mismo que el ángel le dirige: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 28). El Evangelista también dirá del anciano Simeón que «este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo» (Lc 2, 25). Pero las palabras dirigidas a María dicen mucho más: afirman que Ella estaba «transformada por la gracia», «establecida en la gracia». Esta singular abundancia de gracia no puede ser más que el fruto de una primera acción del Espíritu Santo como preparación al misterio de la Encarnación. El Espíritu Santo hace que María esté perfectamente preparada para ser la Madre del Hijo de Dios y que, en consideración de esta divina maternidad, Ella sea y permanezca virgen. Es otro elemento del misterio de la Encarnación que se trasluce del hecho narrado por los evangelios.

6. Por lo que se refiere a la decisión de María en favor de la virginidad nos damos cuenta mejor que se debe a la acción del Espíritu Santo si consideramos que en la tradición de la Antigua Alianza, en la que Ella vivió y se educó, la aspiración de las «hijas de Israel», incluso por lo que se refiere al culto y a la Ley de Dios, se ponía más bien en el sentido de la maternidad, de forma que la virginidad no era un ideal abrazado e incluso ni siquiera apreciado. Israel estaba totalmente invadido del sentimiento de espera del Mesías, de forma que la mujer estaba psicológicamente orientada hacia la maternidad incluso en función del adviento mesiánico, la tendencia personal y étnica subía así al nivel de la profecía que penetraba la historia de Israel, pueblo en el que la espera mesiánica y la función generadora de la mujer estaban estrechamente vinculadas. Así pues, el matrimonio tenía una perspectiva religiosa para las «hijas de Israel».

Pero los caminos del Señor eran diversos. El Espíritu Santo condujo a María precisamente por el camino de la virginidad, por el cual Ella está en el origen del nuevo ideal de consagración total (alma y cuerpo, sentimiento y voluntad, mente y corazón) en el pueblo de Dios en la Nueva Alianza, según la invitación de Jesús, «por el Reino de los Cielos» (Mt 19, 12). De este nuevo ideal evangélico hablé en la Encíclica Mulieris dignitatem (n. 20).

7. María, Madre del Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo, permanece como Virgen el insustituible punto de referencia para la acción salvífica de Dios. Tampoco nuestros tiempos, que parecen ir en otra dirección, pueden ofuscar la luz de la virginidad el celibato por el Reino de Dios que el Espíritu Santo ha inscrito de modo tan claro en el misterio de la Encarnación del Verbo. Aquel que, «concebido del Espíritu Santo, nació de María Virgen», debe su nacimiento y existencia humana a aquella maternidad virginal que hizo de María el emblema viviente de la dignidad de la mujer, la síntesis de las dos grandezas, humanamente inconciliables .precisamente la maternidad y la virginidad. y como la certificación de la verdad de la Encarnación. María es verdadera madre de Jesús, pero sólo Dios es su padre, por obra del Espíritu Santo.







RELACIÓN PERSONAL DE DIOS CON MARÍA (18.IV.90)

1. Ya hemos visto que de una correcta y profunda lectura del «acontecimiento» de la Encarnación destaca, junto con la verdad sobre CristoHombre-Dios, también la verdad sobre el Espíritu Santo. La verdad sobre Cristo y la verdad sobre el Espíritu Santo constituyen el único misterio de la Encarnación, tal como nos es revelado en el Nuevo Testamento y en especial como hecho histórico y biográfico en la narración de Mateo y de Lucas sobre la concepción y el nacimiento de Jesús. Lo reconocemos en la profesión de fe en Cristo, eterno Hijo de Dios, cuando decimos que se hizo hombre mediante la concepción y el nacimiento de María «por obra del Espíritu Santo».

Este misterio aflora en la narración que el evangelista Lucas dedica a la anunciación de María, como acontecimiento que tuvo lugar en el contexto de una profunda y sublime relación personal entre Dios y María. La narración arroja luz también sobre la relación personal que Dios quiere entablar con todo hombre.

2. Dios, que ha creado y mantiene en vid todos los seres, según la naturaleza de cada uno, se hace presente «de un modo nuevo» a todo hombre que se abre y le acoge recibiendo el don de la gracia por el cual puede conocerlo y amarlo sobrenaturalmente, como Huésped del alma convertida en su templo santo (Cfr. Santo Tomás, S.Th. I, q.8, a.3, ad 4; q.38, a. l; q.43, a.3). Pero Dios realiza una presencia aún más alta y perfecta .y casi única. en la humanidad de Cristo, uniéndola a Sí en la persona del eterno Verbo-Hijo(S.Th. I, q.8, a.3, ad 4; III, q.2, a.2). Se puede decir que Dios realiza una unión y una presencia especial y privilegiada en María en la Encarnación del Verbo, en la concepción y en el nacimiento de Jesucristo, de quien sólo él es el padre. Es un misterio que se vislumbra cuando se considera la Encarnación en su plenitud.

3. Volvamos a reflexionar sobre la página de Lucas que describe y documenta una relación personalísima de Dios con la Virgen, a la que su mensajero comunica la llamada a ser la Madre del Mesías Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Por una parte, Dios se comunica a María en la Trinidad de las Personas, que un día Cristo dará a conocer más claramente en su unidad y distinción. El ángel Gabriel, en efecto, le anuncia que por voluntad y gracia de Dios concebirá y dará a luz a aquel que será reconocido como Hijo de Dios, y que eso tendrá lugar por obra .es decir, en virtud. del Espíritu Santo, que descendiendo sobre ella hará que se convierta en la Madre humana de este Hijo. El término «Espíritu Santo» resuena en el alma de María como el nombre propio de una Persona: esto constituye una «novedad» en relación con la tradición de Israel y los escritos del Antiguo Testamento, y es un adelanto de revelación para ella, que es admitida a una percepción, por lo menos oscura, del misterio trinitario.

4. En particular, el Espíritu Santo, tal como se nos d conocer en las palabras de Lucas, reflejo del descubrimiento que de Él hizo María, aparece como Aquel que, en cierto sentido, «supera la distancia» entre Dios y el hombre. Es la Persona en la que Dios se acerca al hombre en su humanidad para «donarse» a él en la propia divinidad, y realizar en el hombre (en todo hombre) un nuevo modo de unión y de presencia (Cfr. Santo Tomás, S.Th. I, q.43, a.3). María es privilegiada en este descubrimiento por razón de la presencia divina y de la unión con Dios que se da en su maternidad. En efecto, con vistas a esa altísima vocación, se le concede la especial gracia que el ángel le reconoce en su saludo (Cfr. Lc 1, 28). Y todo es obra del Espíritu Santo, principio de la gracia en todo hombre.

En María el Espíritu Santo desciende y obra hablando cronológicamente ya antes de la Encarnación, es decir, desde el momento de su inmaculada concepción. Pero esto tiene lugar en orden a Cristo, su Hijo, en el ámbito supra.temporal del misterio de la Encarnación. La concepción inmaculada constituye para ella, de forma anticipada, la participación en los beneficios de la Encarnación y de la Redención, como culmen y plenitud del «don de sí» que Dios hace al hombre. Y esto se realiza por obra del Espíritu Santo. En efecto, el ángel dice a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35).

5. En la página de Lucas, entre otras estupendas verdades, se encuentra el hecho de que Dios espera un acto de consentimiento de parte de la Virgen de Nazaret. En los libros del Antiguo Testamento que refieren nacimientos en circunstancias extraordinarias, se trata de padres que por su edad no podían ya engendrar la descendencia deseada. Desde el caso de Isaac, nacido en la avanzada vejez de Abrahán y de Sara, se llega a los umbrales del Nuevo Testamento con Juan Bautista, nacido de Zacarías e Isabel, que también se encontraban en edad avanzada.

En la Anunciación a María sucede algo totalmente diverso. María se ha entregado completamente a Dios en la virginidad. Para convertirse en la Madre del Hijo de Dios, no ha de hacer más que lo que se le pide: dar su consentimiento a lo que el Espíritu Santo obrará en ella con su poder divino.

Por eso la Encarnación, obra del Espíritu Santo, incluye un acto de libre voluntad de parte de María, ser humano. Un ser humano (María) responde consciente y libremente a la acción de Dios: acoge el poder del Espíritu Santo.

6. Al pedir a María una respuesta consciente y libre, Dios respeta en ella y, más aún, lleva a la máxima expresión la «dignidad de la causalidad» que Él mismo da a todos los seres y especialmente al ser humano. Y, por otra parte, la hermosa respuesta de María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra» (Lc 1, 38) es ya, en sí misma, un fruto de la acción del Espíritu Santo en ella: en su voluntad, en su corazón. Es una respuesta dada por la gracia y en la gracia, que viene del Espíritu Santo. Pero no por esto deja de ser la auténtica expresión de su libertad de creatura humana, un acto consciente de libre voluntad. La acción interior del Espíritu Santo va orientada a hacer que la respuesta de María -y de todo ser humano llamado por Dios- sea precisamente la que debe ser, y exprese del modo más completo posible la madurez personal de una conciencia iluminada y piadosa, que sabe donarse sin reserva. Esta es la madurez del amor. El Espíritu Santo, donándose a la voluntad humana como Amor (increado), hace que en el sujeto nazca y se desarrolle el amor creado que, como expresión de la voluntad humana, constituye al mismo tiempo la plenitud espiritual de la persona. María da esta respuesta de amor de modo perfecto, y se convierte, por eso, en el tipo luminoso de la relación personal entre Dios y todo hombre.

7. El «acontecimiento» de Nazaret, descrito por Lucas en el evangelio de la anunciación, es, por consiguiente, una imagen perfecta y, podemos decir, el modelo de la relación Dios-Hombre. Dios quiere que, en todo hombre, esta relación se funde en el don del Espíritu Santo, pero también en una madurez personal. En los umbrales de la Nueva Alianza, el Espíritu Santo hace a María un don de inmensa grandeza espiritual y obtiene de ella un acto de adhesión y de obediencia en el amor, que es ejemplar para todos aquellos que son llamados a la fe y al seguimiento de Cristo, ahora que «la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14). Después de la misión terrena de Jesús y después de Pentecostés, en toda la Iglesia del futuro se repetirá para cada hombre la llamada, el «don de sí» de parte de Dios, la acción del Espíritu Santo, que prolongan el acontecimiento de Nazaret, el misterio de la Encarnación. Y siempre será necesario que el hombre responda a la vocación y al don de Dios con aquella madurez personal que se ilumina con el «fiat» de la Virgen de Nazaret durante la Anunciación.






EL ESPÍRITU SANTO Y MARÍA (2.V.90)

1. La revelación del Espíritu Santo en la Anunciación está unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y de la maternidad divina de María. Vemos así que, en el evangelio de San Lucas, el ángel dice a la Virgen: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti» (Lc 1, 35). Es también la acción del Espíritu Santo lo que suscita en Ella la respuesta, en la que se manifiesta un acto consciente de la libertad humana: «Hágase en mi según tu palabra» (Lc 1, 38). Por eso, en la anunciación se encuentra el perfecto «modelo» de lo que es la relación personal Dios.hombre.

Ya en el Antiguo Testamento esta relación presenta una característica particular. Nace en el terreno de la Alianza de Dios con el pueblo elegido (Israel). Y esta alianza en los textos proféticos se expresa con un simbolismo nupcial: es presentada como un vínculo nupcial entre Dios y la humanidad. Es preciso recordar este hecho para comprender en su profundidad y belleza la realidad de la Encarnación del Hijo como una particular plenitud de la acción del Espíritu Santo.

2. Según el profeta Jeremías, Dios dice a su pueblo: «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti. Volveré a edificarte y serás reedificada, virgen de Israel» (Jer 31, 3-4). Desde el punto de vista histórico, hay que colocar este texto en relación con la derrota de Israel y la deportación siria, que humilla al pueblo elegido, hasta el grado de creerse abandonado por su Dios. Pero Dios lo anima, hablándole como padre o esposo a una joven amada. La analogía esponsal se hace aún más clara y explícita en las palabras del segundo Isaías, dirigidas, durante el tiempo del exilio en Babilonia, a Jerusalén como a una esposa que no se mantenía fiel al Dios de la Alianza: «Porque tu esposo es tu Hacedor, Yahvéh Sebaot es su nombre... Como a mujer abandonada y de contristado espíritu te llamó Yahvéh; y la mujer de la juventud ¿es repudiada? .dice tu Dios.. Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te recogeré. En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido .dice Yahvéh tu Redentor» (Is 54, 5.8).

3. En los textos citados se subraya que el amor nupcial del Dios de la Alianza es «eterno». Frente al pecado de la esposa, frente a la infidelidad del pueblo elegido, Dios permite que se abatan sobre él experiencias dolorosas, pero a pesar de ello le asegura, mediante los profetas, que su amor no cesa. él supera el mal del pecado, para dar de nuevo. El profeta Oseas declara con un lenguaje aún más explícito: «Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahvéh» (Os 2, 21.22).

4. Estos textos extraordinarios de los profetas del Antiguo Testamento alcanzan su verdadero cumplimiento en el misterio de la Encarnación. El amor nupcial de Dios hacia Israel, pero también hacia todo hombre, se realiza en la Encarnación de una manera que supera la medida de las expectativas del hombre. Lo descubrimos en la página de la Anunciación, donde la Nueva Alianza se nos presenta como Alianza nupcial de Dios con el hombre, de la divinidad con la humanidad. En ese cuadro de alianza nupcial, la Virgen de Nazaret, María, es por excelencia la «virgen-Israel» de la profecía de Jeremías. Sobre ella se concentra perfecta y definitivamente el amor nupcial de Dios, anunciado por los profetas. Ella es también la virgen-esposa a la que se concede concebir y dar a luz al Hijo de Dios: fruto particular del amor nupcial de Dios hacia la humanidad, representada y casi comprendida en María.

5. El Espíritu Santo, que desciende sobre María en la Anunciación, es quien, en la relación trinitaria, expresa en su persona el amor nupcial de Dios, el amor «eterno» En aquel momento Él es, de modo particular, el Dios-Esposo. En el misterio de la Encarnación, en la concepción humana del Hijo de Dios, el Espíritu Santo conserva la trascendencia divina. El texto de Lucas lo expresa de una manera precisa. La naturaleza nupcial del amor de Dios tiene un carácter completamente espiritual y sobrenatural. Lo que dirá Juan a propósito de los creyentes en Cristo vale mucho más para el Hijo de Dios, que no fue concebido en el seno de la Virgen «ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios» (Jn 1, 13). Pero sobre todo expresa la suprema unión del amor, realizada entre Dios y un ser humano por obra del Espíritu Santo.

6. En este esponsalicio divino con la humanidad María responde al anuncio del ángel con el amor de una esposa, capaz de responder y adaptarse de modo perfecto a la elección divina. Por todo ello, desde el tiempo de San Francisco de Asís, la Iglesia llama a la Virgen «esposa del Espíritu Santo». Sólo este perfecto amor nupcial, profundamente enraizado en su completa donación virginal a Dios, podía hacer que María llegase a ser «Madre de Dios» de modo consciente y digno, en el misterio de la Encarnación.

En la Encíclica Redemptoris Mater, escribí: «El Espíritu Santo ya ha descendido a Ella, que se ha convertido en su esposa fiel en la a Anunciación acogiendo al Verbo de Dios verdadero prestando el homenaje del entendimiento y de la voluntad, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él, más aún, abandonándose plenamente en Dios por medio de la obediencia de la fe , por la que respondió al ángel: He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra » (n. 26).

María, con este acto y gesto, totalmente diverso del de Eva, se convierte, en la historia espiritual de la humanidad, en la nueva Esposa, la nueva Eva, la Madre de los vivientes, como dirán con frecuencia los Doctores y Padres de la Iglesia. Ella será el tipo y el modelo, en la Nueva Alianza, de la unión nupcial de Espíritu Santo con los individuos y con toda la comunidad humana, mucho más allá del ámbito del antiguo Israel: todos los individuos y todos los pueblos estarán llamados a recibir el don y a beneficiarse de él en la nueva comunidad de los creyentes que han recibido «poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12) y en el bautismo han renacido «del Espíritu» (Jn 3, 3) entrando a formar parte de la familia de Dios.








JESUCRISTO SE ENCARNA POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO (23.V.90)

1. En el Símbolo de la Fe afirmamos que el Hijo, consubstancial al Padre, se ha hecho hombre por obra del Espíritu Santo. En la Encíclica Dominum et vivificantem escribí que «la concepción y el nacimiento de Jesucristo son la obra más grande realizada por el Espíritu Santo en la historia de la creación y de la salvación: la suprema gracia, la gracia de la unión, fuente de todas las demás gracias, como explica santo Tomás (Cfr. S.Th. III, q.7, a.13)... A la plenitud de los tiempos corresponde, en efecto, una especial plenitud de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo. Por obra del Espíritu Santo se realiza el misterio de la unidad hipostática , esto es la unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana de la divinidad con la humanidad en la única Persona del Verbo-Hijo» (n. 50;).

2. Se trata del misterio de la Encarnación, a cuya revelación está ligada -al inicio de la Nueva Alianza- la del Espíritu Santo. Lo hemos visto en anteriores catequesis, que nos han permitido ilustrar esta verdad en sus diversos aspectos, comenzando por la concepción virginal de Jesucristo, como leemos en la página de Lucas sobre la Anunciación (Cfr. Lc. 1, 26, 38). Es difícil explicar el origen de este texto sin pensar en una narración de María, única que podía dar a conocer lo que había acontecido en Ella en el momento de la concepción de Jesús. Las analogías que se han propuesto entre esta página y las demás narraciones de la antigüedad, y especialmente de los escritos vetero testamentarios, no se refieren nunca al punto más importante y decisivo, a saber, el de la concepción virginal por obra del Espíritu Santo. Esto constituye, en verdad, una novedad absoluta

Es verdad que en la página paralela de Mateo leemos: «Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel» (Mt 1, 22.23). Pero, el cumplimiento supera la expectativas. Es decir, el evento comprende elementos nuevos, que no habían sido manifestados en la profecía. Así, en el caso que nos interesa, el oráculo de Isaías sobre la virgen que concebirá (Cfr. Is 7,14) permanecía incompleto y, por tanto, susceptible de diversas interpretaciones. El evento de la Encarnación lo «cumple» con una perfección que era imprevisible: una concepción realmente virginal es realizada por obra del Espíritu Santo, y el Hijo dado a luz, en consecuencia, es verdaderamente «Dios con nosotros». No se trata sólo de una alianza con Dios, sino de la presencia real de Dios en medio de los hombres, en virtud de la Encarnación del Hijo eterno de Dios: una novedad absoluta.

3. La concepción virginal, por lo tanto, forma parte integrante del misterio de la Encarnación. El cuerpo de Jesús, concebido de modo virginal por María, pertenece a la persona del Verbo eterno de Dios. Precisamente esto es lo que realiza el Espíritu Santo al bajar sobre la Virgen de Nazaret. él hace que el hombre el Hijo del hombre concebido por Ella sea el verdadero Hijo de Dios, engendrado eternamente por el Padre, consustancial al Padre, de quien el eterno Padre es el único Padre. Aun naciendo como hombre de María Virgen, sigue siendo el Hijo del mismo Padre por quien es engendrado eternamente.

De esta forma la virginidad de María pone de relieve, de modo particular, el hecho de que el Hijo, concebido de Ella por obra del Espíritu Santo, es el Hijo de Dios. Sólo Dios es su Padre. La iconografía tradicional, que representa a María con el niño Jesús entre los brazos y no representa a José junto a Ella, constituye un silencioso pero insistente testimonio de su maternidad virginal y, por eso mismo, de la divinidad del Hijo. En consecuencia, esta imagen podría muy bien llamarse el icono de la divinidad de Cristo. La encontramos y fines del siglo II en un fresco de las catacumbas romanas y, sucesivamente, en innumerables reproducciones. En particular, es representada con toques de arte y de fe tan eficaces por los iconos bizantinos y rusos que se remontan a las fuentes más genuinas de la fe: los evangelios y la tradición primitiva de la Iglesia.

4. Lucas refiere las palabras del ángel que anuncia el nacimiento de Jesús por obra del Espíritu Santo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35). El Espíritu del que habla el evangelista es el Espíritu «que da vida». No se trata sólo de aquel «soplo de vida» que es la característica de los seres vivos, sino también de la Vida propia de Dios mismo: la vida divina. El Espíritu Santo que está en Dios como soplo de Amor, Don absoluto (no creado) de las divinas Personas, en la Encarnación del Verbo obra como soplo de este Amor para el hombre: para el mismo Jesús, para la naturaleza humana y para toda humanidad. En este soplo se expresa el amor del Padre, que amó tanto al mundo que le dio a su Hijo unigénito (Cfr. Jn 3,16). En el Hijo reside la plenitud del don de la vida divina para la humanidad.

En la Encarnación del Hijo-Verbo se manifiesta, por tanto, de modo particular el Espíritu Santo como aquel «que da vida».

5. Es lo que en la Encíclica Dominum et vivificantem llamé: «una especial plenitud de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo» (n. 50). Es el significado más profundo de la «unión hipostática», fórmula que refleja el pensamiento de los Concilios y de los Padres acerca del misterio de la Encarnación y, por tanto acerca de los conceptos de naturaleza y de persona, elaborados y usados sobre la base de la experiencia de la distinción entre naturaleza y sujeto, que todo hombre percibe en sí mismo. La idea de persona nunca había sido tan netamente determinada y definida como sucedió gracias a los Concilios, después de que los Apóstoles y los evangelistas dieron a conocer el acontecimiento y el misterio de la Encarnación del Verbo «por obra del Espíritu Santo».

6. En consecuencia, se puede decir que en la Encarnación el Espíritu Santo pone también las bases de una nueva antropología, que se ilumina en la grandeza de la naturaleza humana tal cual resplandece en Cristo. En Él, en efecto, alcanza el vértice más alto de la unión con Dios, «habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo de forma tal que un mismo sujeto fuese hijo de Dios y del hombre» (Santo Tomás, S.Th. III, q.2, a.12, ad 3). No era posible al hombre ascender más arriba de este vértice, así como tampoco es posible al pensamiento humano concebir una unión más profunda con la divinidad.



EL ESPÍRITU SANTO, FUENTE DE LA SANTIDAD DE JESÚS (6.VI.90)

1. «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). Como sabemos, estas palabras del ángel, dirigidas a María en la Anunciación en Nazaret, se refieren al misterio de la Encarnación del Hijo-Verbo por obra del Espíritu Santo, es decir, a una verdad central de es nuestra fe, sobre la que nos hemos detenido en las catequesis anteriores. Por obra del Espíritu Santo .dijimos. se realiza la «unión hipostática»: el Hijo, consubstancial al Padre, toma de la Virgen María la naturaleza humana por la cual se hace verdadero hombre sin dejar de ser verdadero Dios. La unión de la divinidad y de la humanidad en la única Persona del Verbo-Hijo, es decir, la «unión hispotática» (hypostasis significa persona), es la obra más grande del Espíritu Santo en la historia de la salvación. A pesar de que toda la Trinidad es su causa, el Evangelio y los Santos Padres la atribuyen al Espíritu Santo, porque es la obra suprema del Amor divino, realizada en la absoluta gratuidad de la gracia, para comunidad a la humanidad la plenitud de la santificación en Cristo: efectos todos ellos atribuidos al Espíritu Santo (Cfr. Santo Tomás, S. Th. III, q. 32 a. 1).

2. Las palabras dirigidas a María en la Anunciación indican que el Espíritu Santo es la fuente de la santidad del Hijo que nacerá de Ella. En el momento en que el Verbo eterno se hace hombre, tiene lugar en la naturaleza asumida una singular plenitud de santidad humana que supera la de cualquier otro santo, no sólo de la Antigua Alianza, sino también de la Nueva. Esta santidad del Hijo de Dios como hombre, como Hijo de María .santidad fontal, que tiene su origen en la unión hipostática. es obra del Espíritu Santo, que seguirá actuando en Cristo hasta coronar su propia obra maestra en el misterio pascual.

3. Esa santidad es fruto de una singular «consagración» de la que Cristo mismo dirá explícitamente, disputando con los que lo escuchaban: «a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: Yo soy Hijo de Dios?» (Jn 10, 36). Aquella «consagración», es decir, «santificación» está vinculada con la venida al mundo del Hijo de Dios. Como el Padre manda a su Hijo al mundo por obra del Espíritu Santo (el mensajero dice a José: «Lo engendrado en ella es del Espíritu Santo»: Mt l, 20), así Él «consagra» a este Hijo en su humanidad por obra del Espíritu Santo. El Espíritu, que es el artífice de la santificación de todos los hombres, es, sobre todo, el artífice de la santificación del Hombre concebido y nacido de María, así como de la de su purísima Madre. Desde el primer momento de la concepción, este Hombre, que es el Hijo de Dios, recibe del Espíritu Santo una extraordinaria plenitud de santidad, en una medida correspondiente a la dignidad de su Persona divina (Cfr. Santo Tomás, S.Th. III, q. 7, aa. 1, 9.11).

4. Esta santificación alcanza a toda la humanidad del Hijo de Dios, a su alma ya su cuerpo, como pone de manifiesto el evangelista Juan, el cual parece que quiere subrayar el aspecto corporal de la Encarnación: «la Palabra se hizo carne» (Jn 1, 14). Por obra del Espíritu Santo es superada, en la Encarnación del Verbo, aquella concupiscencia de la que habla el Apóstol Pablo en la carta a los Romanos (Cfr. Rom 7, 7.25) y que desgarra interiormente al hombre. De ella precisamente libera la «ley del Espíritu» (Rom 8, 2), de forma que quien vive del Espíritu camina también según el Espíritu (Cfr. Gal 5, 25). El fruto de la acción del Espíritu Santo es la santidad de toda la humanidad de Cristo. El cuerpo humano del Hijo de María participa plenamente en esta santidad con un dinamismo de crecimiento que tiene su culmen en el misterio pascual. Gracias a él, el cuerpo de Jesús, que el Apóstol define «carne semejante a la del pecado» (Rom 8, 3), alcanza la santidad perfecta del cuerpo del Resucitado (Cfr. Rom 1, 4). Así tendrá inicio un nuevo destino del cuerpo humano y de «todo cuerpo» en el mundo creado por Dios y llamado, incluso en su materialidad, a participar en los beneficios de la Redención (Cfr. Santo Tomás, S.Th. III, q. 8, a. 2).

5. En este punto es preciso añadir que el cuerpo, que por obra del Espíritu Santo pertenece desde el primer momento de la concepción a la humanidad del Hijo de Dios, deberá llegar a ser en la Eucaristía el alimento espiritual de los hombres. Jesucristo, al anunciar la institución de este admirable sacramento, subrayará que en él su carne bajo la especie del pan podrá convertirse en alimento de los hombres gracias a la acción del Espíritu Santo que da vida. Son muy significativas, al respecto, las palabras que pronuncia en las cercanías de Cafarnaún: «El Espíritu es el que da vida; la carne sin el Espíritu no sirve para nada» (Jn 6, 63). Si Cristo dejó a los hombres su carne como alimento espiritual, al mismo tiempo nos quiso enseñar aquella condición de «consagración» y de santidad que, por obra del Espíritu Santo, era y es una prerrogativa también de su Cuerpo en el misterio de la Encarnación y de la Eucaristía.

6. El evangelista Lucas, tal vez haciéndose eco de las confidencias de María, nos dice que, como hijo del hombre, «Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52; Cfr. Lc 2, 40). De modo análogo, se puede también hablar del «crecimiento» en la santidad en el sentido de una cada vez más completa manifestación y actuación de aquella fundamental plenitud de santidad con que Jesús vino al mundo: El momento en que se d conocer de modo particular la «consagración» del Hijo en el Espíritu Santo, con vistas a su misión, es el inicio de la actividad mesiánica de Jesús de Nazaret: «El Espíritu del Señor sobre mi, porque me ha ungido... y me ha enviado» (Lc 4, 18).

En esta actividad se manifiesta aquella santidad que un día Simón Pedro sentirá la necesidad de confesar con las palabras: «Aléjate de mi, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5, 8). Lo mismo sucede en otro momento: «Nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 69).

7. Por tanto, el misterio-realidad de la Encarnación señala el ingreso en el mundo de una nueva santidad. Es la santidad de la persona divina del Verbo, del Hijo que, en la unión hipostática con la humanidad, llena y consagra toda la realidad del Hijo de María: alma y cuerpo. Por obra del Espíritu Santo, la santidad del Hijo del hombro constituye el principio y la fuente perdurable dela santidad en la historia del hombre y del mundo.





EL ESPÍRITU SANTO EN LA VISITACIÓN (13.VI.9)

1. La verdad acerca del Espíritu Santo aparece claramente en los textos evangélicos que describen algunos momentos de la vida y de la misión de Cristo. Ya nos hemos detenido a reflexionar sobre la concepción virginal y sobre el nacimiento de Jesús por obra del Espíritu Santo Hay otras páginas en el «evangelio de la infancia» en las que conviene fijar nuestra atención, porque en ellas se pone de relieve de modo especial la acción del Espíritu Santo.

Una de estas es seguramente la página en que el evangelista Lucas narra la visita de María a Isabel Leemos que «en aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá» (Lc 1, 39). Por lo general se cree que se trata de la localidad de Ain-Karim, a 6 kilómetros al oeste de Jerusalén. María acude allí para estar al lado de su pariente Isabel, mayor que ella. Acude después de la Anunciación, de la que la visitación resulta casi un complemento. En efecto, el ángel había dicho a María: «Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril porque ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1, 36.37).

María se puso en camino «con prontitud» para dirigirse a la casa de Isabel, ciertamente por una necesidad del corazón, para prestarle un servicio afectuoso, como de hermana, en aquellos meses de avanzado embarazo. En su espíritu sensible y gentil florece el sentimiento de la solidaridad femenina, característico de esa circunstancia. Pero sobre ese fondo psicológico se inserta probablemente la experiencia de una especial comunión establecida entre ella e Isabel con el anuncio del ángel: el hijo que esperaba Isabel será precursor de Jesús y el que lo bautizará en el Jordán.

2. Gracias a esa comunión de espíritu se explica por qué el evangelista Lucas se apresura a poner de relieve la acción del Espíritu Santo en el encuentro de las dos futuras madres: María «entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo» (Lc 1, 40.41). Esta acción del Espíritu Santo, experimentada por Isabel de modo particularmente profundo en el momento del encuentro con María, está en relación con el misterioso destino del hijo que lleva en su seno. Ya el padre del niño, Zacarías, al recibir el anuncio del nacimiento de su hijo durante su servicio sacerdotal en el templo, escuchó que el ángel le decía: «Estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1, 15). En el momento de la visitación, cuando María cruza el umbral de la casa de Isabel y juntamente con ella lo cruza también Aquel que ya es el «fruto de su seno», Isabel experimenta de modo sensible aquella presencia del Espíritu Santo. Ella misma lo atestigua en el saludo que dirige a la joven madre que llega a visitarla.

3. En efecto, según el evangelio de Lucas, Isabel, «exclamando con gran voz, dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno, y "de dónde a mi que la madre de mi Señor venga a mi? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1, 42.45).

En pocas líneas el evangelista nos da a conocer el estremecimiento de Isabel, el salto de gozo del niño en su seno, la intuición, al menos confusa, de la identidad mesiánica del niño que María lleva en su seno, y el reconocimiento de la fe de María en la revelación que le hizo el Señor. Lucas usa desde esta página el titulo divino de «Señor» no sólo para hablar de Dios que revela y promete «Las palabras del Señor», sino también del hijo de María, Jesús, a quien el Nuevo Testamento atribuye ese titulo sobre todo una vez resucitado (Cfr. Hech 2, 36; Flp 2,11). Aquí él debe aún nacer. Pero Isabel, igual que María, percibe su grandeza mesiánica.

4. Eso significa que Isabel, «llena de Espíritu Santo», es introducida en las profundidades del misterio de la venida del Mesías. El Espíritu Santo obra en ella esta particular iluminación, que encuentra expresión en el saludo dirigido a María. Isabel habla como si hubiese sido partícipe y testigo de la Anunciación en Nazaret. Define con sus palabras la esencia misma del misterio que en aquel momento se realizó en María. Al decir «¿de dónde a mi que la madre de mi Señor venga a mi?», llama «mi Señor» al niño que María desde hacia poco lleva en su seno. Y además proclama a María misma «bendita entre las mujeres», y añade: «Feliz la que ha creído», como queriendo aludir a la actitud y al comportamiento de la esclava del Señor, que responde al ángel con su «fiat»: «Hágase en mi según tu palabra» (Lc 1, 38).

5. El texto de Lucas manifiesta su convicción de que tanto en María como en Isabel actúa el Espíritu Santo, que las ilumina e inspira. Así como el Espíritu hizo percibir a María el misterio de la maternidad mesiánica realizada en la virginidad, de la misma manera d Isabel la capacidad de descubrir a Aquel que María lleva en su seno y lo que María está llamada a ser en la economía de la salvación: la «Madre del Señor». Y le da el transporte interior que la impulsa a proclamar ese descubrimiento «con gran voz» (Lc 1, 42), con aquel entusiasmo y aquella alegría que son también fruto del Espíritu Santo. La madre del futuro predicador y bautizador del Jordán atribuye ese gozo al niño que desde hace seis meses lleva en su seno: «saltó de gozo el niño en mi seno». Pero tanto el hijo como la madre se encuentran unidos en una especie de simbiosis espiritual, por la que el júbilo del niño casi contagia a la que lo concibió, e Isabel lanza aquel grito con el que expresa el gozo que la une a su hijo en lo más intimo, como atestigua Lucas.

6. Siempre según la narración de Lucas, del alma de María brota un canto de júbilo, el Magnificat, en el que también ella expresa su alegría: «Mi espíritu se alegra en Dios mi salvador» (Lc 1, 47). Educado como estaba en el culto de la palabra de Dios, conocida mediante la lectura y la meditación de la Sagrada Escritura, María en aquel momento sintió que subían de lo más hondo de su alma los versos del cántico de Ana, madre de Samuel (cfr. 1 Sm 2, 1.10) y de otros pasajes del Antiguo Testamento, para dar expresión a los sentimientos de la «hija de Sión», que en ella encontraba la más alta realización. Y eso lo comprendió muy bien el evangelista Lucas gracias a las confidencias que directa o indirectamente recibió de María. Entre estas confidencias debió de estar la de la alegría que unió a las dos madres en aquel encuentro, como fruto del amor que vibraba en sus corazones. Se trataba del Espíritu Amor trinitario, que se revelaba en los umbrales de la «plenitud de los tiempos» (Gal 4, 4), inaugurada en el misterio de la encarnación del Verbo. Ya en aquel feliz momento se realizaba lo que Pablo diría después: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz» (Gal 5, 22).

EL ESPÍRITU SANTO Y LA PRESENTACIÓN EN EL TEMPLO (20.VI.90)

1. Según el evangelio de San Lucas, cuyos primeros capítulos nos narran la infancia de Jesús, la revelación del Espíritu Santo tuvo lugar no sólo en la Anunciación y en la Visitación de María a Isabel, como hemos visto en las anteriores catequesis, sino también en la Presentación del niño Jesús en el templo (Cfr. Lc 2, 22-38). Es éste el primero de una serie de acontecimientos en la vida de Cristo en que se pone de manifiesto el misterio de la Encarnación junto con la presencia operante del Espíritu Santo.

2. Escribe el evangelista que «cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor» (Lc 2, 22). La presentación del primogénito en el templo y la ofrenda que lo acompañaba (Cfr. Lc 2, 24) como signo del rescate del pequeño israelita, que así volví la vida de su familia y de su pueblo, estaba prescrita, o al menos recomendada, por la Ley mosaica vigente en la Antigua Alianza (Cfr. Ex 13, 2. 12.13. 15; Lv 12, 6.8; Nm 18, 15) . Los israelitas piadosos practicaban ese acto de culto. Según Lucas, el rito realizado por los padres de Jesús para observar la Ley fue ocasión de una nueva intervención del Espíritu Santo, que daba al hecho un significado mesiánico, introduciéndolo en el misterio de Cristo redentor. Instrumento elegido para esta nueva revelación fue un santo anciano, del que Lucas escribe: «He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo» (Lc 2, 25). La escena tiene lugar en la ciudad santa, en el templo donde gravitaba toda la historia de Israel y donde confluían las esperanzas fundadas en las antiguas promesas y profecías.

3. Aquel hombre, que esperaba (da consolación de Israel), es decir, el Mesías, había sido preparado de modo especial por el Espíritu Santo para el encuentro con «el que había de venir». En efecto, leemos que «estaba en él el Espíritu Santo», es decir, actuaba en él de modo habitual y «le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor» (Lc 2, 26).

. Según el texto de Lucas, aquella espera del Mesías, llena de deseo, de esperanza y de la íntima certeza de que se le concedería verlo con sus propios ojos, es señal de la acción del Espíritu Santo, que es inspiración, iluminación y moción. En efecto, el día en que María y José llevaron a Jesús al templo, acudió también Simeón, «movido por el Espíritu» (Lc 2, 27). La inspiración del Espíritu Santo no sólo le preanunció el encuentro con el Mesías; no sólo le sugirió acudir al templo; también lo movió y casi lo condujo; y, una vez llegado al templo, le concedió reconocer en el niño Jesús, hijo de María, a Aquel que esperaba.

4. Lucas escribe que «cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, (Simeón) le tomó en brazos y bendijo a Dios» (Lc 2, 27)28). En este punto el evangelista pone en boca de Simeón el «Nunc dimittis», cántico por todos conocido, que la liturgia nos hace repetir cada día en la hora de Completas, cuando se advierte de modo especial el sentido del tiempo que pasa. Las conmovedoras palabras de Simeón, ya cercano a «irse en paz», abren la puerta a la esperanza siempre nueva de la salvación, que en Cristo encuentra su cumplimiento: «Han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2, 30.32). Es un anuncio de la evangelización universal, portadora de la salvación que viene de Jerusalén, de Israel, pero por obra del Mesías-Salvador, esperado por su pueblo y por todos los pueblos.

5. El Espíritu Santo, que obra en Simeón, está presente y realiza su acción también en todos los que, como aquel santo anciano, han aceptado a Dios y han creído en sus promesas, en cualquier tiempo. Lucas nos ofrece otro ejemplo de esta realidad, de este misterio: es la «profetisa Ana» que, desde su juventud, tras haber quedado viuda, «no se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones» (Lc 2, 37). Era, por tanto, una mujer consagrad Dios y especialmente capaz, a la luz de su Espíritu, de captar sus planes y de interpretar sus mandatos; en este sentido era «profetisa» (Cfr. Ex 15, 20; Jue 4, 4; 2 Re 22, 14). Lucas no habla explícitamente de una especial acción del Espíritu Santo en ella; con todo, la asocia a Simeón, tanto al alabar a Dios como al hablar de Jesús: «Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén» (Lc 2, 38). Como Simeón, sin duda también ella había sido movida por el Espíritu Santo para salir al encuentro de Jesús.

6. Las palabras proféticas de Simeón (y de Ana) anuncian no sólo la venida del Salvador al mundo, su presencia en medio de Israel, sino también su sacrificio redentor Esta segunda parte de la profecía va dirigida explícitamente a María: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción.y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lc 2, 34.35).

No se puede menos de pensar en el Espíritu Santo como inspirador de esta profecía de la Pasión de Cristo como camino mediante el cual él realizará la salvación. Es especialmente elocuente el hecho de que Simeón hable de los futuros sufrimientos de Cristo dirigiendo su pensamiento al corazón de la Madre, asociada a su Hijo para sufrir las contradicciones de Israel y del mundo entero. Simeón no llama por su nombre el sacrificio de la cruz, pero traslada la profecía al corazón de María, que será «atravesado por una espada», compartiendo los sufrimientos de su Hijo.

7. Las palabras, inspiradas, de Simeón adquieren un relieve aún mayor si se consideran en el contexto global del «evangelio de la infancia de Jesús», descrito por Lucas, porque colocan todo ese periodo de vida bajo la particular acción del Espíritu Santo. Así se entiende mejor la observación del evangelista acerca de la maravilla de María y José ante aquellos acontecimientos y ante aquellas palabras: «Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él» (Lc 2, 33).

Quien anota esos hechos y esas palabras es el mismo Lucas que, como autor de los Hechos de los Apóstoles, describe el acontecimiento de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y los discípulos reunidos en el Cenáculo en compañía de María, después de la Ascensión del Señor al cielo, según la promesa de Jesús mismo. La lectura del «evangelio de la infancia de Jesús» ya es una prueba de que el evangelista era particularmente sensible a la presencia y a la acción del Espíritu Santo en todo lo que se refería al misterio de la Encarnación, desde el primero hasta el último momento de la vida de Cristo.










EL ESPÍRITU SANTO Y EL CRECIMIENTO EN GRACIA DE JESÚS (27.VI.90)

3. La tradición patrística y teológica nos da una mano para interpretar y explicar el texto de Lucas sobre el «crecimiento en gracia y en sabiduría» en relación con el Espíritu Santo. Santo Tomás, hablando de la gracia, la llama repetidamente gratia Spiritus Sancti (Cfr. S.Th. I-II, q. 106, a. 1), como don gratuito en el que se expresa y se concreta el favor divino hacia la creatura amada eternamente por el Padre (Cfr. I, q. 37, a. 2; q. 110, a. 1). Y, hablando de la causa de la gracia, dice expresamente que «la causa principal es el Espíritu Santo» (I.II, q. 112, a. 1 ad 1, 2).

Se trata de la gracia justificante y santificante, que hace volver al hombre a la amistad con Dios, en el reino de los cielos (Cfr. I-II, q. 111, a. 1). «Según esta gracia se entiende la misión del Espíritu Santo y su inhabitación en el hombre» (I, q. 43, a. 3). Y en Cristo, por la unión personal de la naturaleza humana con el Verbo de Dios, por la excelsa nobleza de su alma, por su misión santificadora y salvífica hacia todo el género humano, el Espíritu Santo infundía la plenitud de la gracia. Santo Tomás lo afirma basándose en el texto mesiánico de Isaías: «Reposará sobre él el espíritu de Yahvéh» (Is 11, 2): «Espíritu que está en el hombre mediante la gracia habitual (o santificante)» (III, q. 7, a. 1, sc); y basándose en el otro texto de Juan: «Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14) (ib. 9,10).

Con todo, la plenitud de gracia en Jesús era relativa a la edad: había siempre plenitud, pero una plenitud creciente con el crecer de la edad.

4. Lo mismo se puede decir de la sabiduría, que Cristo poseía desde el principio en la plenitud consentida por la edad infantil. Al avanzar en años, esa plenitud crecía en él en la medida correspondiente. Se trataba no sólo de una ciencia y sabiduría humana en relación con las cosas divinas, que en Cristo era infundida por Dios gracias a la comunicación del Verbo subsistente en su humanidad, pero también y sobre todo de la sabiduría como don del Espíritu Santo: el más alto de los dones, que «son perfeccionamiento de las facultades del alma, para disponerlas a la moción del Espíritu Santo. Ahora bien, sabemos por el evangelio que el alma de Cristo era movida perfectísimamente por el Espíritu Santo. En efecto, nos dice Lucas que «Jesús, lleno de Espíritu Santo, volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto» (Lc 4,1). Por consiguiente, se hallaban en Cristo los dones de la manera más excelsa (III, q. 7, a. 5). La sabiduría sobresalía entre esos dones.

5. Seria conveniente proseguir ilustrando el tema con las admirables páginas de Santo Tomás, así como de otros teólogos que han investigado la sublime grandeza espiritual del alma de Jesús, en la que habitaba y obraba de modo perfecto el Espíritu Santo, ya en su infancia, y luego a lo largo de toda la época de su desarrollo. Aquí sólo podemos señalar el estupendo ideal de santidad que Jesús, con su vida, ofrece a todos, incluso a los niños y a los jóvenes, llamados a «crecer en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres», como Lucas escribe del niño de Nazaret, y como el mismo evangelista escribirá en los Hechos de los Apóstoles a propósito de la Iglesia primitiva, que «crecía en el temor del Señor y estaba llena de la consolación del Espíritu Santo» (Hech 9, 31). Es un magnifico paralelismo, más aún, una repetición, no sólo linguística, sino también conceptual, del misterio de la gracia que Lucas veía presente en Cristo y en la Iglesia como continuación de la vida y de la misión del Verbo encarnado en la historia. De este crecimiento de la Iglesia bajo el soplo del Espíritu Santo son participes y actores privilegiados los numerosos niños que la historia y la hagiografía nos muestran como particularmente iluminados por sus santos dones. También en nuestro tiempo la Iglesia se alegra de saludarlos y proponerlos como imágenes límpidas del joven Jesús, lleno de Espíritu Santo.










EL ESPÍRITU SANTO ENTRE JESÚS Y MARÍA (4.VII.90)

1. Una manifestación de la gracia y de la sabiduría de Jesús, cuando era aún adolescente, se nos ofrece en el episodio de la disputa de Jesús con los doctores en el templo, que Lucas inserta entre los dos textos acerca del crecimiento de Jesús «ante Dios y ante los hombres». En este pasaje tampoco se nombra al Espíritu Santo, pero su acción parece traslucirse de cuanto sucede en aquella circunstancia. En efecto, dice el evangelista que «todos los que le oían estaban estupefactos de su inteligencia y sus respuestas» (Lc 2, 47). Es la sorpresa que produce el hallarse ante una sabiduría que viene de lo alto (Cfr. Sant. 3, 15, 17; Jn 3, 34), es decir, del Espíritu Santo.

2. También es significativa la pregunta, dirigida por Jesús a sus padres que, después de haberlo buscado durante tres días, lo habían encontrado en el templo en medio de aquellos doctores. María se había quejado afectuosamente, diciéndole: «Hijo, ¿"por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Jesús respondió con otra pregunta serena: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2, 48.49). En aquel «no sabíais» se puede tal vez entrever una referencia a lo que Simeón había predicho a María durante la presentación del niño Jesús en el templo, y que era la explicación de aquel anticipo de la futura separación, de aquel primer golpe de espada para el corazón de la madre. Se puede decir que las palabras del santo anciano Simeón, inspiradas por el Espíritu Santo, resonaban en aquel momento sobre el grupo reunido en el templo, donde habían sido pronunciadas doce años antes.

Pero en la respuesta de Jesús había también una manifestación de su conciencia de ser «el Hijo de Dios» (Cfr. Lc 1, 35) y de deber, por ello, estar «en la casa de su Padre», el templo para «ocuparse de las cosas de su Padre» según otra posible traducción de la expresión evangélica. Así, Jesús declaraba públicamente, quizá por primera vez, su vocación mesiánica y su identidad divina. Eso sucedía en virtud de la ciencia y de la sabiduría que, bajo el influjo del Espíritu Santo, se derramaron en su alma, unida al Verbo de Dios.

3. Lucas hace notar que María y José «no entendieron sus palabras» (Lc 2,50). El asombro por lo que habían visto y oído influía en aquella condición de oscuridad en que permanecieron José y María. Pero es preciso tener en cuenta, más aún, que ellos, incluida María, se hallaban ante el misterio de la Encarnación y de la Redención que, a pesar de envolverlos, no por eso les resultaba comprensible. También ellos se encontraban en el claroscuro de la fe. María era la primera en la peregrinación de la fe (Cfr. Redemptoris Mater, nn. 12.19), era la más iluminada, pero también la más sometida a la prueba en la aceptación del misterio. A ella le tocaba aceptar el plan divino, adorado y meditado en el silencio de su corazón. De hecho, Lucas añade: «Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2, 51). Así nos recuerda lo que había escrito y propósito de las palabras de los pastores tras el nacimiento de Jesús: «Todos... , se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2,18.19). Aquí se escucha el eco de las confidencias de María; podríamos decir, de su «revelación» a Lucas y a la Iglesia primitiva, de la que nos ha llegado el «evangelio de la infancia y de la niñez de Jesús», que María había tratado de entender, y sobre todo había creído y meditado en su corazón. Para María la participación en el misterio no consistía sólo en una aceptación y conservación pasiva. Ella realizaba un esfuerzo personal: «meditaba», verbo que en el original griego symbállein significa al pie de la letra juntar, confrontar. María intentaba captar las conexiones de los acontecimientos y de las palabras para aferrar, en la medida de sus posibilidades, su significado.

4. Aquella meditación, aquella profundización interior, se realizaba bajo el influjo del Espíritu Santo. María era la primera en beneficiarse de la luz que un día su Jesús prometería a los discípulos: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). El Espíritu Santo, que hace entender a los creyentes y a la Iglesia el significado y el valor de las palabras de Cristo, ya obraba en María que, como madre del Verbo encarnado, era la «Sedes Sapientiae», la Esposa del Espíritu Santo, la portadora y la primera mediadora del Evangelio sobre el origen de Jesús.

5. También en los años sucesivos de Nazaret María recogía todo lo que se referí la persona y al destino de su hijo, y reflexionaba silenciosamente sobre ello en su corazón. Tal vez no podía hacerle confidencias a nadie; tal vez sólo le era posible captar en algún momento el significado de ciertas palabras, de ciertas miradas de su hijo. Pero el Espíritu Santo no cesaba de «recordarle» en lo más íntimo de su alma lo que había visto y escuchado. La memoria de María estaba iluminada por la luz que venia de lo alto. Aquella luz está en el origen de la narración de Lucas, como éste nos quiere dar a entender al insistir en el hecho de que María conservaba y meditaba: Ella, bajo la acción del Espíritu Santo, podía descubrir el significado superior de las palabras y de los acontecimientos, mediante una reflexión que se esforzaba por «juntarlo todo».

6. Por eso, María se nos presenta como modelo para cuantos dejándose guiar por el Espíritu Santo, acogen y conservan en su corazón, como una buena semilla, (Cfr. Mt 13, 23)) las palabras de la revelación, esforzándose por comprenderlas lo más posible para penetrar en las profundidades del misterio de Cristo.







EL BAUTISMO DE JESÚS Y LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO (11.VII.90)

1. En la vida de Jesús-Mesías, es decir, de Aquel que es consagrado con la unción del Espíritu Santo (Cfr. Lc 4, 18), hay momentos de especial intensidad en los que el Espíritu Santo se manifiesta íntimamente unido a la humanidad ya la misión de Cristo. Hemos visto que el primero de estos momentos es el de la Encarnación, que se realiza mediante la concepción y el nacimiento de Jesús de María Virgen por obra del Espíritu Santo: «Conceptus, de Spiritu Sancto, natus ex María Virgine», como proclama el símbolo de la fe.

Otro momento en que la presencia y la acción del Espíritu Santo toman un particular relieve es el del bautismo de Jesús en el Jordán. Lo veremos en la catequesis de hoy.

2. Todos los evangelistas nos han transmitido el acontecimiento (Mt 3, 13.17; Mc 1, 9.11; Lc 3, 21.22; Jn 1, 29.34). Leamos el texto de Marcos: «Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él» (Mc 1, 9.10). Jesús había ido al Jordán desde Nazaret, donde había pasado los años de su vida «escondida» Volveremos aún sobre este tema en la próxima catequesis. Antes de eso, él había sido anunciado por Juan, que en el Jordán exhortaba al «bautismo de penitencia». «Y proclamaba: Detrás de mi viene el que es más fuerte que yo; y yo no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1, 7.8).

Ya se estaba en los umbrales de la era mesiánica. Con la predicación de Juan concluía la larga preparación, que había recorrido toda la Antigua Alianza y, se podría decir, toda la historia humana, narrada por las Sagradas Escrituras. Juan sentía la grandeza de aquel momento decisivo, que interpretaba como el inicio de una nueva creación, en la que descubría la presencia del Espíritu que aleteaba por encima de la primera creación (Cfr. Jn 1, 32; Gen 1, 2). Él sabia y confesaba que era un simple heraldo, precursor y ministro de Aquel que habría de venir a «bautizar con Espíritu Santo».

3. Por su parte, Jesús se preparaba en la oración para aquel momento, de inmenso alcance en la historia de la salvación, en el que se había de manifestar, aunque bajo signos representativos, el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo en el misterio trinitario, presente en la humanidad como principio de vida divina. En efecto, leemos en Lucas: «Mientras Jesús... estaba en oración, se abrió el cielo y bajó sobre él el Espíritu Santo» (Lc 3, 21.22). El mismo evangelista narrará a continuación que un día Jesús, enseñando a orar a los que lo seguían por los caminos de Palestina, dijo que «el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan» (Lc 11, 13). Él mismo en primer lugar pedía este Don altísimo para poder cumplir su propia misión mesiánica; y durante el bautismo en el Jordán había recibido una manifestación suya especialmente visible que señalaba ante Juan y ante sus oyentes la «investidura» mesiánica de Jesús de Nazaret. El Bautista daba testimonio de él «ante los ojos de Israel como Mesías, es decir como Ungido con el Espíritu Santo» (Dominum et vivificantem, n.19).

La oración de Jesús, que en su Yo divino era el Hijo eterno de Dios, pero que actuaba y oraba en la naturaleza humana, era escuchada por el Padre. El mismo, un día, diría al Padre: «Ya sabía yo que tú siempre me escuchas» (Jn 11, 42). Esta conciencia vibró especialmente en Él en aquel momento del bautismo, que daba comienzo público a su misión redentora, como Juan intuyó y proclamó. En efecto, él presentó a aquel que venía a «bautizar en Espíritu Santo» (Mt 3, 11) como «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29).

4. Lucas nos dice que durante el bautismo de Jesús en el Jordán «se abrió el cielo» (Lc 3, 21). En otro tiempo el profeta Isaías había dirigido a Dios la invocación: «¡Ah, si rompieses los cielos y descendieses!» (Is 63, 19). Ahora Dios parecía responder a ese grito, escuchar esa oración, precisamente en el momento del bautismo. Aquel «abrirse» del cielo está ligado a la venida del Espíritu Santo sobre Cristo en forma de paloma. Es un signo visible de que la oración del profeta era escuchada, y de que su profecía se estaba cumpliendo; ese signo venía acompañado por una voz del cielo: «y se oyó una voz que venia de los cielos: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1, 11; Lc 3, 22). El signo toca, por tanto, la vista (con la paloma) y el oído (con la voz) de los privilegiados beneficiarios de aquella extraordinaria experiencia sobrenatural. Ante todo en el alma humana de Cristo, pero también en las personas que se hallaban presentes en el Jordán, toma forma la manifestación de la eterna «complacencia» del Padre en el Hijo. Así, en el bautismo de Jesús en el Jordán tiene lugar una teofanía cuyo carácter trinitario queda mucho más subrayado aún en la narración de la Anunciación. El «abrirse el cielo» significa, en aquel momento, una particular iniciativa de comunicación del Padre y del Espíritu Santo con la tierra para la inauguración religiosa y casi «ritual» de la misión mesiánica del Verbo encarnado.

5. En el texto de Juan, el hecho que tuvo lugar en el bautismo de Jesús es descrito por el mismo Bautista: «Juan dio testimonio diciendo: He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baje el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios» (Jn 1, 32.34). Eso significa que, según el evangelista, el Bautista participó en aquella experiencia de la teofanía trinitaria y se dio cuenta, al menos oscuramente, con la fe mesiánica, del significado de aquellas palabras que el Padre había pronunciado: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». Por lo demás, también en los demás evangelistas es significativo que el término «hijo» se encuentra usado en sustitución del término «siervo» que se halla en el primer canto de Isaías sobre el siervo del Señor «He aquí mi siervo a quien yo sostengo. Mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él» (Is 42, 1).

En su fe inspirada por Dios, y en la de la comunidad cristiana primitiva, el «siervo» se identificaba con el Hijo de Dios (Cfr. Mt 12, 18; 16, 16), y el «espíritu» que se le había concedido era reconocido en su personalidad divina como Espíritu Santo. Jesús, un día, la víspera de su Pasión, dirá a los Apóstoles que aquel mismo Espíritu, que descendió sobre él en el bautismo, actuaría junto con él en la realización de la redención: «El (el Espíritu de verdad) me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 14).

6. Es interesante, al respecto, un texto de San Ireneo de Lión (a.203) que, comentando el bautismo en el Jordán, afirma: «El Espíritu Santo había prometido por medio de los profetas que en los últimos días se derramaría sobre sus siervos y sus siervas, para que profetizaran. Por esto él descendió sobre el Hijo de Dios, que se hizo hijo del hombre, acostumbrándose juntamente con él a permanecer con el género humano, a «descansar» en medio de los hombres y a morar entre aquellos que han sido creados por Dios, poniendo por obra en ellos la voluntad del Padre y renovándolos de forma que se transformen de "hombre viejo" en la novedad de Cristo» (Adversus haer. III, 17, 1). El texto confirma que, desde los primeros siglos, la Iglesia era consciente de la asociación entre Cristo y el Espíritu Santo en la realización de la «nueva creación».

7. Una alusión, antes de concluir, al símbolo de la paloma que, con ocasión del bautismo en el Jordán, aparece como signo del Espíritu Santo. La paloma, en el simbolismo bautismal, va unida al agua y, según algunos Padres de la Iglesia, evoca lo que sucedió al fin del diluvio, interpretado también él como figura del bautismo cristiano. Leemos en el libro del Génesis: (Noé) «volvió a soltar la paloma fuera del arca. La paloma vino al atardecer, y he aquí que traía en el pico un ramo de olivo, por donde conoció Noé que habían disminuido las aguas de encima de la tierra» (Gen 8, 10.11). El símbolo de la paloma indica el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios y la renovación de la Alianza. Y es eso lo que halla su pleno cumplimiento en la era mesiánica, por obra de Cristo redentor y del Espíritu Santo.









EL ESPÍRITU SANTO Y LAS TENTACIONES DE CRISTO EN EL DESIERTO (18.VII.90)

1. Al «comienzo» de la misión mesiánica de Jesús vemos otro hecho interesante y sugestivo, narrado por los evangelistas, que lo hacen depender de la acción del Espíritu Santo: se trata de la experiencia del desierto. Leemos en el evangelio según San Marcos: «A continuación del bautismo, el Espíritu le empuja al desierto» (Mc 1, 12). Además, Mateo (4, 1) y Lucas (4, 1) afirman que Jesús «fue conducido por el Espíritu al desierto». Estos textos ofrecen puntos de reflexión que nos llevan a una ulterior investigación sobre el misterio de la intima unión de Jesús-Mesías con el Espíritu Santo, ya desde el inicio de la obra de la redención.

En primer lugar, una observación de carácter lingüístico: los verbos usados por los evangelistas «fue conducido» por Mateo y Lucas; («empuja», por Marcos) expresan una iniciativa especialmente enérgica por parte del Espíritu Santo, iniciativa que se inserta en la lógica de la vida espiritual y en la misma psicología de Jesús: acaba de recibir de Juan un «bautismo de penitencia», y por ello siente la necesidad de un período de reflexión y de austeridad, aunque personalmente no tenía necesidad de penitencia, dado que estaba «lleno de gracia» y era «santo» desde el momento de su concepción (Cfr. Jn 1,14; Lc 1, 35): como preparación para su ministerio mesiánico.

Su misión exige también vivir en medio de los hombres-pecadores, a quienes ha sido enviado a evangelizar y salvar (Cfr. Santo Tomás, S. Th. III, q. 40, a. 1), en lucha contra el poder del demonio. De aquí la conveniencia de esta pausa en el desierto «para ser tentado por el diablo» Por lo tanto, Jesús sigue el impulso interior y se dirige adonde le sugiere el Espíritu Santo.

2. El desierto, además de ser lugar de encuentro con Dios, es también lugar de tentación y de lucha espiritual. Durante la peregrinación a través del desierto, que se prolongó durante cuarenta años, el pueblo de Israel había sufrido muchas tentaciones y había cedido (Cfr. Ex 32, 1.6; Nm 14, 1.4; 21, 4.5; 25, 1.3; Sal 78, 17; 1 Cor 10, 7.10). Jesús va al desierto, casi remitiéndose a la experiencia histórica de su pueblo. Pero, a diferencia del comportamiento de Israel, en el momento de inaugurar su actividad mesiánica, es sobre todo dócil a la acción del Espíritu Santo, que le pide desde el interior aquella definitiva preparación para el cumplimiento de su misión. Es un periodo de soledad y de prueba espiritual, que supera con la ayuda de la palabra de Dios y con la oración.

En el espíritu de la tradición bíblica, y en la línea con la psicología israelita, aquel número de «cuarenta días» podía relacionarse fácilmente con otros acontecimientos históricos, llenos de significado para la historia de la salvación: los cuarenta días del diluvio (Cfr. Gen 7, 4. 17); Los cuarenta días de permanencia de Moisés en el monte (Cfr. Ex 24, 18); los cuarenta días de camino de Elías, alimentado con el pan prodigioso que le había dado nueva fuerza (Cfr. 1 Re 19, 8). Según los evangelistas, Jesús, bajo la moción del Espíritu Santo, se acomoda, en lo que se refiere a la permanencia en el desierto, a este número tradicional y casi sagrado (Cfr. Mt 4, 1; Lc 4, 1). Lo mismo hará también en el período de las apariciones a los Apóstoles tras la resurrección y la Ascensión al cielo (Cfr. Hech 1, 3).

3. Jesús, por tanto, es conducido al desierto con el fin de afrontar las tentaciones de Satanás y para que pueda tener, a la vez, un contacto más libre e íntimo con el Padre. Aquí conviene tener presente que los evangelistas suelen presentarnos el desierto como el lugar donde reside Satanás: baste recordar el pasaje de Lucas sobre el «espíritu inmundo» que «cuando sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo...» (Lc 11, 24); Y en el pasaje que nos narra el episodio del endemoniado de Gerasa que «era empujado por el demonio al desierto» (Lc 8, 29).

En el caso de las tentaciones de Jesús, el ir al desierto es obra del Espíritu Santo, y ante todo significa el inicio de una demostración se podría decir, incluso, de una nueva toma de conciencia de la lucha que deberá mantener hasta el final de su vida contra Satanás, artífice del pecado. Venciendo sus tentaciones, manifiesta su propio poder salvífico sobre el pecado y la llegada del reino de Dios, como dirá un día: «Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Mt 12, 28). También en este poder de Cristo sobre el mal y sobre Satanás, también en esta «llegada del reino de Dios» por obra de Cristo, se da la revelación del Espíritu Santo.

4. Si observamos bien, en las tentaciones sufridas y vencidas por Jesús durante la «experiencia del desierto» se nota la oposición de Satanás contra la llegada del reino de Dios al mundo humano, directa o indirectamente expresada en los textos de los evangelistas. Las respuestas que da Jesús al tentador desenmascaran las intenciones esenciales del «padre de la mentira» (Jn 8, 44), que trata de servirse, de modo perverso, de las palabras de la Escritura para alcanzar sus objetivos. Pero Jesús lo refuta apoyándose en la misma palabra de Dios, aplicada correctamente.

La narración de los evangelistas incluye, tal vez, alguna reminiscencia y establece un paralelismo tanto con las análogas tentaciones del pueblo de Israel en los cuarenta años de peregrinación por el desierto (la búsqueda de alimento: cfr. Dt 8, 3; Ex 16; la pretensión de la protección divina para satisfacerse a sí mismos: cfr. Dt 6, 16; Ex 17, 1.7; la idolatría: cfr. Dt 6, 13; Ex 32, 1.6), como con diversos momentos de la vida de Moisés. Pero se podría decir que el episodio entra específicamente en la historia de Jesús por su lógica biográfica y teológica. Aun estando libre de pecado, Jesús pudo conocer las seducciones externas del mal (Cfr. Mt 16, 23); y era conveniente que fuese tentado para llegar a ser el Nuevo Adán, nuestro guía, nuestro redentor clemente (Cfr. Mt 26, 36.46; Hb 2, 10.17.18; 4, 15; 5, 2. 7.9).

En el fondo de todas las tentaciones estaba la perspectiva de un mesianismo político y glorioso, como se había difundido y había penetrado en el alma del pueblo de Israel. El diablo trata de inducir a Jesús coger esta falsa perspectiva, porque es el enemigo del plan de Dios, de su ley, de su economía de salvación, y por tanto de Cristo, como aparece claro por el evangelio y los demás escritos del Nuevo Testamento (Cfr. Mt 13, 39; Jn 8,44; 13, 2; Hech 10, 38; Ef 6, 11; 1 Jn 3, 8, etc.). Si también Cristo cayese, el imperio de Satanás, que se gloria de ser el amo del mundo (Lc 4, 5.6), obtendría la victoria definitiva en la historia. Aquel momento de la lucha en el desierto es, por consiguiente, decisivo.

5. Jesús es consciente de ser enviado por el Padre para hacer presente el reino de Dios entre los hombres. Con ese fin acepta la tentación, tomando su lugar entre los pecadores, como había hecho ya en el Jordán, para servirles a todos de ejemplo (Cfr. San Agustín, De Trinitate, 4, 13). Pero, por otra parte, en virtud de la «unción» del Espíritu Santo, llega a las mismas raíces del pecado y derrota al «padre de la mentira» (Jn 8, 44). Por eso, va voluntariamente al encuentro de la tentación desde el comienzo de su ministerio, siguiendo el impulso del Espíritu Santo (Cfr. San Agustín, De Trinitate, 13,13).

Un día, dando cumplimiento a su obra, podrá proclamar: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera» (Jn 12, 31). Y la víspera de su pasión repetirá una vez más: «Llega el príncipe de este mundo. En mi no tiene ningún poder» (Jn 14, 30); es más «el principe de este mundo está (ya) juzgado» (Jn 16, 11); «¡Animo!, Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). La lucha contra el «padre de la mentira», que es el «principe de este mundo», iniciada en el desierto, alcanzará su culmen en el Gólgota: la victoria se alcanzará por medio de la cruz del Redentor.

6. Estamos, por tanto, llamados a reconocer el valor integral del desierto como lugar de una particular experiencia de Dios, como sucedió con Moisés (Cfr. Ex 24, 18), con Elías (1 Re 19, 8), y sobre todo con Jesús que, «conducido» por el Espíritu Santo, acepta realizar la misma experiencia: el contacto con Dios Padre (Cfr. Os 2, 16) en lucha contra las potencias opuestas a Dios. Su experiencia es ejemplar, y nos puede servir también como lección sobre la necesidad de la penitencia, no para Jesús que estaba libre de pecado, sino para todos nosotros. Jesús mismo un día alertará a sus discípulos sobre la necesidad de la oración y del ayuno para echar a los «espíritus inmundos» (Cfr. Mc 9, 29) y, en la tensión de la solitaria oración de Getsemaní, recomendará a los Apóstoles presentes: «Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mc 14, 38). Seamos conscientes de que, amoldándonos a Cristo victorioso en la experiencia del desierto, también nosotros tendremos un divino confortador: el Espíritu Santo Paráclito, pues el mismo Cristo ha prometido que «recibirá de lo suyo» y nos lo dará (Cfr. Jn 16, 14): él, que condujo al Mesías al desierto no sólo «para ser tentado», sino también para que diera la primera demostración de su poderosa victoria sobre el diablo y sobre su reino, tomará de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre Satanás, su primer artífice, para hacer participe de ella a todo el que sea tentado.







EL ESPÍRITU SANTO EN LA ORACIÓN Y PREDICACIÓN DE CRISTO (25.VII.90)

1. Tras la «experiencia del desierto», Jesús comienza su actividad mesiánica entre los hombres. Lucas escribe que «una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades» (Lc 5, 15). Se trataba de enseñar y evangelizar el reino de Dios, de elegir y dar la primera formación a los Apóstoles, de curar a los enfermos y predicar en las sinagogas, desplazándose de ciudad en ciudad (Cfr. Lc 4, 43.44): una actividad intensa, acompañada de «prodigios y señales» (Cfr. Hech 2, 22), que brotaba, en su conjunto, de aquella «unción» del Espíritu Santo de la que habla el evangelista desde el inicio de la vida pública. La presencia del Espíritu Santo.como presencia del Don, es constante, aunque los evangelios sólo la mencionen en algunas ocasiones.

Dado que tenia que evangelizar a los hombres para disponerlos a la redención, Jesús había sido enviado para vivir en medio de ellos, y no en un desierto o en otros lugares solitarios. Su lugar estaba en medio de la gente, como observa Remigio de Auxerre (a.908), citado por Santo Tomás. Pero el mismo doctor angélico advierte: «El hecho de que Cristo, tras el ayuno en el desierto, volviera a la vida normal tiene un motivo: es lo que conviene a la vida de quien se dedica a comunicar a los demás el fruto de su contemplación, compromiso que Cristo había tomado: a saber, primero consagrarse a la oración, y luego bajar al nivel público de la acción, viviendo en medio de los demás» (S.Th. III, q. 40, a. 2, ad 2).

2. Aun estando inmerso entre la multitud, Jesús permanece profundamente entregado a la oración. Lucas nos informa de que «se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba» (Lc 5,16). Así se manifestaba, en obras eminentemente religiosas la condición de permanente diálogo con el Padre, en qué vivía. Sus «ratos de oración» duraban a veces toda la noche (Lc 6, 12). Los evangelistas destacan algunos de estos ratos, por ejemplo, la oración que hizo antes de la transfiguración en el monte Tabor (Cfr. Lc 9, 29), y la que realizó durante la agonía de Getsemaní, donde la cercanía y la unión filial con el Padre en el Espíritu Santo alcanzan una expresión sublime en aquellas palabras: «¡Abbá, Padre! Todo es posible para ti; aparta de mi esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14, 36).

3. Existe un caso en que el evangelista atribuye explícitamente al Espíritu Santo la oración de Jesús, dejando traslucir el estado habitual de contemplación de donde brotaba. Se trata del episodio, durante el viaje hacia Jerusalén, en el que conversa con los discípulos, entre los que eligió a setenta y dos para enviarlos a evangelizar a la gente de los sitios a donde él había de ir (Lc 10,1), tras haberlos instruido convenientemente. Al regreso de aquella misión, los setenta y dos narran a Jesús lo que realizaron, incluida la «sumisión» de los demonios en su nombre (Lc 10, 17). Y Jesús, después de haberles asegurado que había visto a «Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10, 18), se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Lc 10, 21).

«Jesús escribí en la encíclica Dominum et vivificantem se alegra por la paternidad divina, se alegra porque le ha sido posible revelar esta paternidad; se alegra, finalmente, por la especial irradiación de esta paternidad divina sobre los pequeños. Y el evangelista califica todo esto como gozo en el Espíritu Santo... Lo que durante la teofanía del Jordán vino en cierto modo desde fuera, desde lo alto, aquí proviene desde dentro, es decir, desde la profundidad de lo que es Jesús. Es otra revelación del Padre y del Hijo, unidos en el Espíritu Santo, Jesús habla solamente de la paternidad de Dios y de su propia filiación; no habla directamente del Espíritu que es amor y, por tanto, unión del Padre y del Hijo. Sin embargo, lo que dice del Padre y de si como Hijo brota de la plenitud del Espíritu que está en él y que se derrama en su corazón, penetra su mismo yo, inspira y vivifica profundamente su acción. De aquí aquel gozarse en el Espíritu Santo» (nn. 20.21).

4. Este texto de Lucas, junto al de Juan que recoge el discurso de despedida en el Cenáculo (Cfr. Jn 13, 31; 14; 31), es especialmente significativo y elocuente sobre la revelación del Espíritu Santo en la misión mesiánica de Cristo.

En la sinagoga de Nazaret Jesús había aplicado a Sí mismo la profecía de Isaías que comienza con las palabras: «El Espíritu del Señor sobre mí» (Lc 4,18). Aquel «estar el Espíritu sobre él» se extendía a todo lo que él «hacía y enseñaba» (Hech 1, 1). En efecto, escribe Lucas que «Jesús volvió (del desierto)a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos» (Lc 4, 14.15). Aquella enseñanza despertaba interés y asombro: «Todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca» (Lc 4,22). Lo mismo se nos dice de los milagros y del singular poder de atracción de su personalidad: toda la multitud de los que «habían venido (de todas partes) para oírle y ser curados de sus enfermedades, ... procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos» (Lc 6, 17.19). ¿Cómo no reconocer en ello también una manifestación de la fuerza del Espíritu Santo, concedido en plenitud a él como hombre, para animar sus palabras y sus gestos?

Y Jesús enseña pedir al Padre en la oración el don del Espíritu, con la confianza de poder obtenerlo: «Si, pues, vosotros..., sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 13). Y cuando predice a sus discípulos que les espera la persecución, con cárceles e interrogatorios, añade: «No os preocupéis de qué vais a hablar; sino hablad lo que se os comunique en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu Santo» (Mc 13, 11). «El Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir» (Lc 12, 12).

5. Los evangelios sinópticos recogen otra afirmación de Jesús, en sus instrucciones a los discípulos, que no puede dejar de impresionarnos. Se refiere a la «blasfemia contra el Espíritu Santo». Dice: «A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará» (Lc 12, 10; cfr. Mt 12, 32; Mc 3, 29). Estas palabras crean un problema de amplitud teológica y ética mayor de lo que se pueda pensar considerando sólo la superficie del texto. «La blasfemia de la que se trata no consiste en el hecho de ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, por el contrario, en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la cruz... Si Jesús afirma que la blasfemia contra el Espíritu Santo no puede ser perdonada ni en esta vida ni en la futura, es porque esta no-remisión está unida como causa suya la no penitencia es decir, al rechazo radical del convertirse... Ahora bien, la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el hombre que reivindica un pretendido derecho de perseverar en el mal.en cualquier pecado, y rechaza así la redención... (Ese pecado) no permite al hombre salir de su autoprisión y abrirse a las fuentes divinas de la purificación de las conciencias y remisión de los pecados» (Dominum et vivificantem, 46). Se trata de una actitud exactamente opuesta a la condición de docilidad y de comunión con el Padre en el que vive Jesús, tanto en su oración como en sus obras, y que él enseña y recomienda al hombre como actitud interior y como principio de acción.

6. En el conjunto de la predicación y de la acción de Jesucristo, que brota de su unión con el Espíritu Santo-Amor, se contiene una inmensa riqueza del corazón: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 29), pero está presente, al mismo tiempo, toda la firmeza de la verdad sobre el reino de Dios y, por consiguiente, la insistente invitación divina a abrir el corazón, bajo la acción del Espíritu Santo, para ser admitido en él y no ser excluidos de él.

En todo ello se revela el «poder del Espíritu Santo»; es más, se manifiesta el Espíritu Santo mismo con su presencia y su acción de Paráclito, que conforta y auxilia al hombre, y le confirma en la verdad divina, derrotando al «señor de este mundo».










EL ESPÍRITU SANTO EN EL MISTERIO DE LA CRUZ (1.VIII.90)

1. En la encíclica Dominum et vivificantem, escribí: «El Hijo de Dios, Jesucristo, como hombre, en la ferviente oración de su pasión, permitió al Espíritu Santo, que ya había impregnado íntimamente su humanidad, transformaría en sacrificio perfecto mediante el acto de su muerte, como víctima de amor en la cruz. Él solo ofreció este sacrificio. Como único sacerdote: se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios (Hb 9, 14)» (n. 40).

El sacrificio de la cruz es el culmen de una vida en la cual hemos leído, siguiendo los textos del Evangelio, la verdad sobre el Espíritu Santo, a partir del momento de la encarnación.

Fue el tema de las catequesis anteriores, concentradas en los momentos de la vida y de la misión de Cristo, en la cual la revelación del Espíritu Santo es particularmente transparente. El tema de la catequesis de hoy es el momento de la Cruz.

2. Fijemos la atención en las últimas palabras que pronunció Jesús en su agonía en el Calvario. En el texto de Lucas se escribe: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23, 46). Aunque estas palabras, excepto la invocación «Padre», provienen del Salmo 30/31, sin embargo, en el contexto del evangelio adquieren otro significado. El salmista rogaba a Dios que lo salvase de la muerte; Jesús en la cruz, por el contrario, precisamente con las palabras del salmista acepta la muerte, entregando su espíritu al Padre (es decir, «su vida»).

El salmista se dirige a Dios como a liberador; Jesús encomienda (es decir, entrega) su espíritu al Padre con la perspectiva de la resurrección. Confía al Padre la plenitud de su humanidad, en la cual subsiste el Yo divino del Hijo unido al Padre en el Espíritu Santo. Sin embargo, la presencia del Espíritu Santo no se manifiesta de modo explícito en el texto de Lucas, como sucederá en la carta a los Hebreos (9,14).

3. Antes de pasar a este otro texto, hay que considerar la formulación un poco diversa de las palabras de Cristo moribundo en el evangelio de Juan. Allí leemos: «Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: "Todo está cumplido". E inclinando la cabeza entregó el espíritu» (Jn 19, 30). El evangelista no pone de relieve la «entrega» (o «encomienda») del espíritu al Padre. El amplio contexto del evangelio de Juan, y especialmente las páginas dedicadas a la muerte de Jesús en la cruz, parece más bien indicar que en la muerte da comienzo el envío del Espíritu Santo, como Don entregado en la marcha de Cristo.

Sin embargo, tampoco aquí se trata de una afirmación explícita. Aunque no podemos ignorar la sorprendente vinculación que parece existir entre el texto de Juan y la interpretación de la muerte de Cristo que se halla en la carta a los Hebreos. El autor de esta última habla de la función ritual de los sacrificios cruentos de la Antigua Alianza, que servían para purificar al pueblo de las culpas legales, y los compara con el sacrificio de la cruz, y luego exclama: «¡Cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a Sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!» (Hb 9,14).

Como escribí en la encíclica Dominum et vivificantem, «en su humanidad (Cristo) era digno de convertirse en este sacrificio, ya que él solo era sin tacha. Pero lo ofreció por el Espíritu Eterno, lo que quiere decir que el Espíritu Santo actuó de manera especial en esta autodonación absoluta del Hijo del hombre para transformar el sufrimiento en amor redentor» (núm. 40). El misterio de la asociación entre el Mesías y el Espíritu Santo en la obra mesiánica, contenido en la página de Lucas sobre la Anunciación de María, se vislumbra ahora en el pasaje de la carta a los Hebreos. Aquí se manifiesta la profundidad de esta obra, que llega a las «conciencias» humanas para purificarlas y renovarlas por medio de la gracia divina, mucho más allá de la superficie de la representación ritual.

4. En el Antiguo Testamento se habla varias veces del fuego del cielo que quemaba las oblaciones que presentaban los hombres (Cfr. Lv 9, 24; 1 Cor 21,26; 2 Cor 7, 1). Así en el Levítico: «Arderá el fuego sobre el altar sin apagarse; el sacerdote lo alimentará con leña todas las mañanas, colocará encima el holocausto» (6, 5). Ahora bien, sabemos que el antiguo holocausto era figura del sacrificio de la cruz, el holocausto perfecto. «Por analogía se puede decir que el Espíritu Santo es el fuego del cielo que actúa en lo más profundo del misterio de la cruz. Proviniendo del Padre, ofrece al Padre el sacrificio del Hijo, introduciéndolo en la divina realidad de la comunión trinitaria» (Dominum et vivificantem, 41).

Por esta razón podemos añadir que en el reflejo del misterio trinitario se ve el pleno cumplimiento del anuncio de Juan Bautista en el Jordán: «Él (Cristo) os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3, 11). Si ya en el Antiguo Testamento, del que se hacia eco el Bautista, el fuego simbolizaba la intervención soberana de Dios que purificaba las conciencias mediante su Espíritu (Cfr. Is 1, 25; Zac 13, 9; Mt 13, 2.3; Si 2, 5), ahora la realidad supera las figuras en el sacrificio de la cruz, que es el perfecto bautismo con el que Cristo mismo debía ser bautizado« (Cfr. Mc 10, 38), y al cual Él, en su vida y en su misión terrena, tiende con todas sus fuerzas, como él mismo dijo: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumplan!» (Lc 12, 49.50). El Espíritu Santo es el «fuego» salvífico que da actuación a ese sacrificio.

5. En la carta a los Hebreos leemos también que Cristo, «aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia» (5, 8). Al venir al mundo dijo al Padre: «He aquí que vengo a hacer tu voluntad» (Hb 10, 9). En el sacrificio de la cruz se realiza plenamente esta obediencia: «Si el pecado ha engendrado el sufrimiento, ahora el dolor de Dios en Cristo crucificado recibe su plena expresión humana por medio del Espíritu Santo... pero, a la vez, desde lo hondo de este sufrimiento... el Espíritu saca una nueva dimensión del don hecho al hombre y a la creación desde el principio. En lo más hondo del misterio de la cruz actúa el amor, que lleva de nuevo al hombre a participar en la vida, que está en Dios mismo» (Dominum et vivificantem, 41).

Por eso en las relaciones con Dios la humanidad tiene «un Sumo Sacerdote que (sabe) compadecerse de nuestras flaquezas, habiendo sido probado en todo igual a nosotros, excepto en el pecado» (Cfr. Hb 4, 15): en este nuevo misterio de la mediación sacerdotal de Cristo ante el Padre, está la intervención decisiva del «Espíritu eterno», que es fuego de amor infinito.

6. «El Espíritu Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio que se ofrece en la cruz. Refiriéndonos a la tradición bíblica podemos decir: Él consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria. Y dado que el sacrificio de la cruz es un acto propio de Cristo, también en este sacrificio él recibe el Espíritu Santo. Lo recibe de tal manera que después, Él solo con Dios Padre, puede darlo a los Apóstoles, a la Iglesia y a la humanidad» (Dominum et vivificantem, 41).

Es, pues, justo ver en el sacrificio de la cruz el momento conclusivo de la revelación del Espíritu Santo en la vida de Cristo. Es el momento clave, en el cual halla su centro el acontecimiento de Pentecostés y toda la irradiación que emanará de él al mundo. El mismo «Espíritu eterno» operante en el misterio de la cruz aparecerá entonces en el Cenáculo sobre las cabezas de los apóstoles bajo la forma de «lenguas como de fuego» para significar que penetraría gradualmente en las arterias de la historia humana mediante el servicio apostólico de la Iglesia. Estamos llamados a entrar también nosotros en el radio de acción de esta misteriosa potencia salvífica que parte de la cruz y el Cenáculo, para ser atraídos, en ella y por ella, a la comunión de la Trinidad.










EL ESPÍRITU SANTO EN LA RESURRECCIÓN DE CRISTO (8.VIII.90)

1. El Apóstol Pedro afirma en su primera carta: «Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el Espíritu» (1 Pe 3, 13). También el Apóstol Pablo afirma la misma verdad en la introducción a la carta a los Romanos, donde se presenta como el anunciador del Evangelio de Dios mismo. Y escribe: «El Evangelio... acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro» (1, 3.4). A este respecto escribí en la encíclica Dominum et vivificantem: «Puede decirse, por consiguiente, que la elevación mesiánica de Cristo por el Espíritu Santo alcanza su culmen en la resurrección, en la cual se revela también como Hijo de Dios lleno de poder» (n. 24).

Los estudiosos opinan que en este pasaje de la carta a los Romanos, así como en el de la carta de Pedro (3, 13-4, 6), se halla contenida una profesión de fe anterior, recogida por los dos Apóstoles de la fuente viva de la primera comunidad cristiana. En esa profesión de fe se encuentra, entre otras, la afirmación según la cual el Espíritu Santo que actúa en la resurrección es el «Espíritu de santificación». Por consiguiente, podemos decir que Cristo, que en el momento de su concepción en el seno de María por obra del Espíritu Santo ya era el Hijo de Dios, en la resurrección es «constituido» fuente de vida y de santidad. «Lleno de poder de santificación», por obra del mismo Espíritu Santo.

Así se revela en todo su significado el gesto que Jesús realiza la misma tarde del día de la resurrección, «el primer día de la semana», cuando, al aparecerse a los Apóstoles, les muestra las manos y el costado, sopla sobre ellos y les dice: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22).

2. A este respecto merece especial atención la primera carta de Pablo a los Corintios. Ya vimos a su tiempo, en las catequesis cristológicas, que en ella se encuentra la primera anotación histórica acerca de los testimonios sobre la resurrección de Cristo, que para el Apóstol pertenecen y la tradición de la Iglesia: «Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce» (15, 3.5). En este punto el Apóstol enumera diversas cristofanías que tuvieron lugar tras la resurrección recordando al final la que él mismo había experimentado (Cfr. Is 41,1).

Se trata de un texto muy importante que documenta no sólo la persuasión que tenían los primeros cristianos de la resurrección de Cristo, sino también la predicación de los Apóstoles, la tradición en formación, y el mismo contenido pneumatológico y escatológico de aquella fe de la Iglesia primitiva.

En efecto, en su carta, relacionando la resurrección de Cristo con la fe en la universal «resurrección del cuerpo», el Apóstol establece la relación entre Cristo y Adán en estos términos: «Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente, el último Adán, espíritu que da vida» (15 45). Al afirmar que Adán fue hecho «alma viviente», Pablo cita el texto del Génesis según el cual Adán fue hecho «alma viviente» gracias al «aliento de vida» que Dios «insufló en sus narices» (Gen 2, 7); después, Pablo sostiene que Jesucristo, como hombre resucitado, supera a Adán, pues posee la plenitud del Espíritu Santo, que debe dar vida al hombre de un modo nuevo para así convertirlo en un ser espiritual. El hecho de que el nuevo Adán haya llegado a ser «espíritu que da vida» no significa que se identifique como persona con el Espíritu Santo que «da la vida»(divina), sino que, al poseer como hombre la plenitud de este Espíritu, lo da a los Apóstoles, a la Iglesia y a la humanidad. Es «espíritu que da vida» por medio de su muerte y de su resurrección, es decir, por medio del sacrificio ofrecido en la cruz.

3. El texto del Apóstol forma parte de la instrucción de Pablo sobre el destino del cuerpo humano, del que es principio vital el alma (psyche en griego, refesh en hebreo: cfr. Gen 2, 7). Es un principio natural; en el momento de la muerte el cuerpo aparece abandonado por él. Ante el hecho de la muerte se plantea, como problema de existencia antes que de reflexión filosófica, el interrogante sobre la inmortalidad.

Según el Apóstol, la resurrección de Cristo responde a este interrogante con una certeza de fe. El cuerpo de Cristo, colmado de Espíritu Santo en la resurrección, es la fuente de la nueva vida de los cuerpos resucitados: «Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual» (1 Cor 15, 44). El cuerpo «natural» (es decir, animado por la psyche) está destinado a desaparecer para dejar lugar al cuerpo «espiritual», animado por el pneuma, el Espíritu, que es principio de vida nueva ya durante la actual vida mortal (Cfr. Rom 1,9; 5, 5), pero alcanzará su plena eficacia después de la muerte. Entonces será autor de la resurrección del «cuerpo natural» en toda la realidad del «cuerpo pneumático» mediante la unión con Cristo resucitado (Cfr. Rom 1, 4; 8, 11), hombre celeste y «Espíritu que da vida» (1 Cor 15, 45.49)

La futura resurrección de los cuerpos está, por tanto, vinculada a su espiritualización a semejanza del cuerpo de Cristo, vivificado por el poder del Espíritu Santo. Ésta es la respuesta del Apóstol al interrogante que él mismo se plantea: «¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?» (1 Cor 15, 35). « ¡Necio!. Exclama Pablo. Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que v brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra planta. Y Dios le da un cuerpo a su voluntad... Así también en la resurrección de los muertos: ... se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual» (1 Cor 15, 36.44).

4. Por tanto, según el Apóstol, la vida en Cristo es al mismo tiempo la vida en el Espíritu Santo: «Mas nosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece (a Cristo)» (Rom 8, 9). La verdadera libertad se halla en Cristo y en su Espíritu, «porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte» (Rom 8, 2). La santificación en Cristo es al mismo tiempo la santificación en el Espíritu Santo (Cfr., por ejemplo, 1 Cor 1, 2; Rom 15, 16). Si Cristo «intercede por nosotros» (Rom 8, 34), entonces también el Espíritu Santo «intercede por nosotros con gemidos inefables... Intercede a favor de los santos según Dios» (Rom 8, 6.27).

Como se puede deducir de estos textos paulinos, el Espíritu Santo, que ha actuado en la resurrección de Cristo, ya infunde en el cristiano la nueva vida, en la perspectiva escatológica de la futura resurrección. Existe una continuidad entre la resurrección de Cristo, la vida nueva del cristiano liberado del pecado y hecho participe del misterio pascual, y la futura reconstrucción construcción de la unidad de cuerpo y alma en la resurrección tras la muerte: el autor de todo el desarrollo de la vida nueva en Cristo es el Espíritu Santo.

5. Se puede decir que la misión de Cristo alcanza realmente su culmen en el misterio pascual, donde la estrecha relación entre la cristología y la pneumatología se abre, ante la mirada del creyente y ante la investigación del teólogo, al horizonte escatológico. Pero esta perspectiva incluye también el plano eclesiológico: porque «la Iglesia anuncia... al que da la vida: el Espíritu vivificante; lo anuncia y coopera con él en dar la vida. En efecto, aunque el cuerpo haya muerto y causa del pecado, el espíritu es vid causa de la justicia» (Rom 8,10) realizada por Cristo crucificado y resucitado. Y en nombre de la resurrección de Cristo, la Iglesia sirve a la vida que proviene de Dios mismo, en intima unión y humilde servicio al Espíritu» (Dominum et vivificantem, 58).

6. En el centro de este servicio se encuentra la Eucaristía. Este sacramento, en el que continúa y se renueva sin cesar el don redentor de Cristo, contiene al mismo tiempo el poder vivificante del Espíritu Santo. La Eucaristía es, por tanto, el sacramento en el que el Espíritu sigue obrando y «revelándose» como principio vital del hombre en el tiempo y en la eternidad. Es fuente de luz para la inteligencia y de fuerza para la conducta, según la palabra de Jesús en Cafarnaún: «El Espíritu es el que da vida... Las palabras que os he dicho acerca del pan bajado del cielo son espíritu y vida» (Jn 6, 63).




QUINTA PARTE

(LA REVELACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN EL NUEVO TESTAMENTO)


PREPARACIÓN DE LA REVELACIÓN SOBRE EL ESPÍRITU SANTO (22.VIII.90)

1. Hasta ahora hemos dedicado la serie de catequesis a la acción del Espíritu Santo, considerándola en primer lugar a la luz del Antiguo Testamento y luego en los diversos momentos de la vida de Cristo. Ahora pasamos a examinar el misterio de la Persona misma del Espíritu Santo, que vive en comunión con el Padre y con el Hijo en la unidad de la Trinidad divina. Estamos en la fase más alta de la que hemos llamado en numerosas ocasiones la autorrevelación de Dios: es decir, la manifestación de la misma esencia intima y de su plan, hecha por el Dios que Jesús nos enseñó a reconocer e invocar como Padre. Este Dios infinitamente verdadero y bueno siempre ha pasado una suerte de pedagogía transcendente para instruirnos y atraernos hacia él. Eso ha sucedido también en la revelación del Espíritu Santo.

2. Nos lo recuerda San Gregorio Nacianceno en un hermoso texto que explica el hilo conductor de la acción progresiva de Dios en la historia de la salvación, en relación con el misterio de la Trinidad de las divinas Personas en la unidad de la divina sustancia. «En efecto, dice aquel gran Padre de la Iglesia, el Antiguo Testamento predicaba manifiestamente al Padre y más oscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento manifestó al Hijo y sugirió la divinidad del Espíritu Santo. En la actualidad, el Espíritu habita en nosotros y se manifiesta más claramente. Pues, cuando la divinidad del Padre no se confesaba claramente, no era prudente predicar de forma abierta al Hijo, y tampoco era prudente, antes de que la divinidad del Hijo fuese reconocida, imponernos además, y lo digo con demasiada audacia, al Espíritu Santo» (Orat XXXI, Theol. V, 26: PG 36, 161). Por ello, según el Nacianceno, al hombre le resultaba difícil aceptar la revelación de Dios como uno en la naturaleza y trino en las personas, porque se trataba de algo demasiado elevado para los conceptos del entendimiento humano, tomados en su significado común; en efecto, ha resultado siempre difícil para muchísimos hombres, incluso sinceramente religiosos, como lo atestigua la historia del Judaísmo y del Islam.

3. En las catequesis precedentes hemos mostrado cómo ha tenido lugar este progreso pedagógico en la revelación divina; hemos visto que el Antiguo Testamento en muchos puntos y de muchas maneras habla del Espíritu de Dios, comenzando por el inicio del libro del Génesis (Cfr. Gen 1, 2). Pero siempre hemos hecho notar que se trataba de anuncios y presagios referentes más bien a la acción del Espíritu Santo en el hombre y en la historia, y no tanto a su Persona, al menos de modo explícito y directo. En el vasto espacio del Antiguo Testamento se puede hablar de descubrimiento, de prueba, de progresiva comprensión de la acción del Espíritu Santo, aunque siempre quede en la sombra la distinción de las personas en la unidad de Dios. Los textos, incluso los más antiguos, indican como provenientes del Espíritu de Dios ciertos fenómenos que tienen lugar en el mundo físico y en el psicológico y espiritual; se trata del «aliento de Dios» que anima al universo desde el momento de la creación, o de una fuerza sobrehumana concedida a los personajes llamados a empresas especiales para la guía y la defensa del «pueblo de Dios», como la fuerza física concedida a Sansón (Cfr. Jue 14, 6), la investidura de Gedeón (Cfr. Jue 6, 34), la victoria en la lucha de Jefté con los amonitas (Cfr. Jue 11,29). En otros casos hallamos que el Espíritu de Dios no sólo «reviste», sino también «arrebata» al hombre (Elías: cfr. 1 Re 18, 12), obra los transportes y los éxtasis proféticos, y concede la capacidad de interpretar los sueños (José en Egipto: cfr. Gen 41, 38). En todos estos casos se trata de una acción de carácter inmediato y transitorio que podríamos definir carismática, para el bien del pueblo de Dios.

4. Por otra parte, el mismo Antiguo Testamento nos presenta muchos casos de una acción constante llevad cabo por el Espíritu de Dios que, según el lenguaje bíblico, «se posa sobre el hombre», como sucede con Moisés, Josué, David, Elías y Eliseo. Sobre todo los profetas son los portadores del Espíritu de Dios. La conexión entre la palabra profética y el Espíritu de Dios ya se encuentra afirmada en la historia de Balaam (Nm 24, 2.3) y se acentúa en un episodio del primer libro de los Reyes (1 Re 22, 24). Tras el exilio, Ezequiel se muestra plenamente consciente del Origen de su inspiración: «El Espíritu de Yahvéh irrumpió en mí y me dijo: «Di (Ez 11, 5) y Zacarías recuerda que Dios había hablado a su pueblo «por su Espíritu, por ministerio de los antiguos profetas» (Zac 7, 12). También en este periodo al Espíritu de Dios y a su acción se le atribuyen sobre todo los efectos de naturaleza moral así, por ejemplo, en los salmos 50 y 142, y en el libro de la Sabiduría). A su tiempo hicimos referencia a esos pasajes y los analizamos.

5. Pero los textos más significativos e importantes son los que los profetas han dedicado al Espíritu del Señor que debía posarse sobre el Mesías, sobre la comunidad mesiánica y sobre sus miembros, y sobre todo los textos de las profecías mesiánicas de Isaías: aquí se revela que el Espíritu del Señor se posará en primer lugar sobre el «retoño de José», descendiente y sucesor de David (Is 11, 1.2); luego, sobre el «Siervo del Señor» (Is 42, 1), que será «alianza del pueblo y luz de las gentes» (Is 42, 6); y finalmente sobre el evangelizador de los pobres (Is 61, 1; Cfr. Lc 4, 18).

Según las antiguas profecías, el Espíritu del Señor renovará también el rostro espiritual «el resto de Israel», es decir, de la comunidad mesiánica que permaneció fiel a la vocación divina; así nos lo muestran los pasajes de Isaías (44, 3; 59, 21), Ezequiel (36, 27; 37,14), Joel (3,1.2) y Zacarías (12,10).

6. De ese modo, el Antiguo Testamento, con sus abundantes referencias ala acción del Espíritu Santo de Dios, prepara la comprensión de cuanto dirá la revelación del Nuevo Testamento sobre el Espíritu Santo como Persona en su unidad con el Padre y con el Hijo. Todo se desarrolla sobre el hilo de la pedagogía divina que educa los hombres para el conocimiento y el reconocimiento de los más altos misterios: la Trinidad, la encarnación del Verbo y la venida del Espíritu Santo. En el Antiguo Testamento todo se había concentrado en la verdad del monoteísmo, confiad Israel, que debía defenderla y consolidarla continuamente frente a las tentaciones del politeísmo, procedentes de diversas partes.

7. En la Nueva Alianza llegamos a una nueva etapa: la mayor conciencia del valor de la persona con respecto al hombre creó un contexto en el que también la revelación del Espíritu Santo como Persona encuentra el terreno preparado. El Espíritu Santo es Aquel que habita en el hombre y que, al morar en él, lo santifica sobre todo con el poder del amor que es él mismo. De este modo, la revelación del Espíritu-Persona desvela también la profundidad interior del hombre. Y, por medio de esta exploración más profunda del espíritu humano, nos hacemos más conscientes de que el Espíritu Santo se convierte en fuente de la comunión del hombre con Dios, y también de la «comunión» interpersonal entre los hombres. ésta es la síntesis de la nueva revelación de la Persona del Espíritu Santo, sobre la que reflexionaremos en las próximas catequesis.









REVELACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO COMO PERSONA (29.VIII.90)

1. Después de su resurrección, Jesús se apareció a los once Apóstoles y les dijo: «Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). El Apóstol y evangelista Mateo es quien, al final de su evangelio, refiere esta orden con que Jesucristo envía a los Apóstoles por todo el mundo para que sean sus testigos y continúen su obra de salvación. A esas palabras corresponde nuestra antiquísima tradición cristiana, según la cual el bautismo se suele administrar en el nombre de la Santísima Trinidad. Pero en el texto de Mateo se halla contenido también el que podemos considerar como último testimonio de la revelación de la verdad trinitaria, que comprende la manifestación del Espíritu Santo como Persona igual al Padre y al Hijo, consustancial a ellos en la unidad de la divinidad.

Esta revelación pertenece al Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento el Espíritu de Dios, en los diversos modos de acción que hemos ilustrado en las catequesis anteriores, era la manifestación del poder, de la sabiduría y de la santidad de Dios. En el Nuevo Testamento se pasa claramente a la revelación del Espíritu Santo como Persona.

2. En efecto, la expresión evangélica de Mateo (28, 19) revela claramente al Espíritu Santo como Persona, porque lo nombra junto a las otras dos Personas de modo idéntico, sin sugerir ninguna diferencia al respecto: «el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo». Del evangelio de Mateo resulta evidente que el Padre y el Hijo son dos Personas distintas: «el Padre» es aquel a quien Jesús llama «mi Padre celestial» (Mt 15, 13; 16,17; 18, 35); «el Hijo» es Jesús mismo, designado así por una voz venida del cielo en el momento de su bautismo (Mt 3, 17) y de su transfiguración (Mt 17, 5), y reconocido por Simón Pedro como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). A estas dos Personas divinas es ahora asociado, de modo idéntico, «el Espíritu Santo». Esta asociación se hace aún más estrecha por el hecho de que la frase habla del nombre de los Tres, ordenando bautizar a todas las gentes «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». En la Biblia la expresión «en el nombre de» normalmente sólo se usa para referirse a personas. Además, es notable el hecho de que la frase evangélica use el término «nombre» en singular, a pesar de mencionar a varias personas. De todo ello se deduce, de modo inequívoco, que el Espíritu Santo es una tercera Persona divina, estrechamente asociada al Padre y al Hijo, en la unidad de un solo «nombre» divino.

El bautismo cristiano nos coloca en relación personal con las tres Personas divinas, introduciéndonos así en la intimidad de Dios. Y, cada vez que hacemos el signo de la cruz, repetimos la expresión evangélica para renovar nuestra relación con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.

Reconocer al Espíritu Santo como Persona es una condición esencial para la vida cristiana de fe y de caridad.

3. La palabra de Cristo resucitado acerca del bautismo (Mt 28, 19) no carece de preparación en el evangelio de Mateo, pues está en relación con el relato del bautismo de Jesús mismo, donde se nos presenta una teofanía trinitaria: Mateo nos refiere que, cuando Jesús salió del agua, «se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venia sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco"» (Mt 3, 16.17). Los otros dos evangelios sinópticos narran la escena de la misma manera (Mc 1, 9.11; Lc 3, 21.22). En ella hallamos una revelación de las tres personas divinas: la persona de Jesús está indicada con la calificación de Hijo; la persona del Padre se manifiesta por medio de la voz que dice: «Este es mi Hijo amado»; y la persona del Espíritu de Dios aparece diferente del Padre y del Hijo, y en relación con el uno y el otro; con el Padre celeste, porque el Espíritu desciende de los cielos; y con el Hijo, porque viene sobre él. Si en una primera lectura esta interpretación no cobra toda la fuerza de la evidencia, la confrontación con la frase final del evangelio (Mt 28, 19) garantiza su solidez.

4. La luz que nos proporciona la frase final de Mateo nos permite descubrir también en otros textos al Espíritu Santo como Persona. La revelación del Espíritu Santo en su relación con el Padre y con el Hijo se puede ver también en el relato de la Anunciación (Lc 1, 26)38).

Virgen que llevaba por nombre María, le anunció la voluntad del Padre eterno con las siguientes palabras: «Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo» (Lc 1, 31.32). Y, cuando María preguntó cómo se realizaría eso en su condición virginal, el ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 34.35).

De por sí, este texto no dice que el Espíritu Santo sea una Persona; sólo muestra que es un ser de algún modo distinto del Altísimo, es decir, de Dios Padre, y del Hijo del Altísimo, pero leído, como hacemos espontáneamente, a la luz de la fe «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19), nos revela la unión de las tres Personas divinas en la realización del misterio que se llama Encarnación del Verbo. La Persona del Espíritu Santo contribuyó a esta realización según el designio del Padre, plenamente aceptado por el Hijo. Por obra del Espíritu Santo, el Hijo de Dios, consustancial al Padre eterno, fue concebido como hombre y nació de la Virgen María. En las catequesis precedentes ya hemos hablado de este misterio, que es a la vez cristológico y pneumatológico. Baste aquí poner de relieve que en el acontecimiento de la Anunciación se manifiesta el misterio trinitario y, en particular, la Persona del Espíritu Santo.

5. En este punto podemos subrayar también un reflejo de este misterio en la antropología cristiana. En efecto, existe un vínculo entre el nacimiento del Hijo eterno de Dios en la naturaleza humana y el «renacer» de los hijos en el género humano por la adopción divina mediante la gracia. Este vínculo pertenece a la economía de la salvación. Con vistas a él, en la economía sacramental, fue instituido el bautismo.

Por consiguiente, la revelación del Espíritu Santo como Persona subsistente en la unidad trinitaria de la divinidad es puesta de relieve de modo especial en el misterio de la Encarnación del Hijo eterno de Dios y en el misterio de la «adopción» divina de los hijos del género humano. Y en este misterio halla su constante cumplimiento el anuncio de Juan con respecto a Cristo, en el Jordán: «Él os bautizará en Espíritu Santo» (Mt 3, 11). Esta «adopción» sobrenatural se realiza en el orden sacramental precisamente mediante el bautismo «de agua y de Espíritu» (Jn 3, 5).










LA ACCIÓN DE LA TERCERA PERSONA SEGÚN LOS SINÓPTICOS (19.IX.90)

1. En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo se da conocer como Persona subsistente con el Padre y el Hijo en la unidad trinitaria, mediante la acción que le atribuyen los autores inspirados. No siempre se podrá pasar de la acción a una «propiedad» de la Persona en sentido rigurosamente teológico; pero para nuestra catequesis es suficiente descubrir lo que el Espíritu Santo es en la realidad divina mediante los hechos de los que es protagonista, según el Nuevo Testamento. Por lo demás, éste es el camino que siguieron los Padres y Doctores de la Iglesia (Cfr. Santo Tomás, S. Th. I, q. 30, aa. 7.8).

2. En esta catequesis nos limitamos a recordar algunos textos de los sinópticos. Posteriormente recurriremos también a los otros libros del Nuevo Testamento.

Hemos visto que en la narración de la Anunciación el Espíritu Santo se manifiesta como Aquel que obra: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti.dice el ángel a María. Y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35).

Así, pues, podemos reconocer que el Espíritu Santo es principio de acción, especialmente en la Encarnación. Precisamente porque es el eterno Amor (propiedad de la Tercera Persona), se atribuye a él el poder de la acción: una potencia de amor.

Los primeros capítulos del Evangelio de Lucas hablan varias veces de la acción del Espíritu Santo en las personas íntimamente vinculadas con el misterio de la Encarnación. Así, en Isabel, que con ocasión de la visita de María quedó llena de Espíritu Santo y saludó a su bendita pariente bajo la inspiración divina (Cfr. Lc 1, 41.45). Así, aún más, en el santo anciano Simeón, al que el Espíritu Santo se había manifestado de modo personal, anunciándole de antemano que vería al «Mesías del Señor» antes de morir (Lc 2, 26). Bajo la inspiración y la moción del Espíritu Santo él toma al Niño en sus brazos y pronuncia aquellas palabras proféticas que encierran en una síntesis tan densa y conmovedora toda la misión redentora del Hijo de María (Cfr. Lc 2, 27 ss.). La Virgen María, más que cualquier otra persona, se halló bajo el influjo del Espíritu Santo (Cfr. Lc 1, 35), el cual le dio ciertamente la íntima percepción del misterio y el impulso del alma para aceptar su misión y para el canto de gozo en la contemplación del plan providencial de la salvación (Cfr. Lc 1, 26 ss.).

3. En estos santos personajes se delinea como un paradigma de la acción del Espíritu Santo, Amor omnipotente que da luz, fuerza, consuelo, impulso operativo. Pero el paradigma es aún más visible en la vida del mismo Jesús, que se desarrolla toda bajo el impulso y la dirección del Espíritu, realizando en si la profecía de Isaías sobre la misión del Mesías: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18; Cfr. Is 61. 1). Sabemos que Jesús leyó en alta voz estas palabras proféticas en la sinagoga de Nazaret y afirmó que desde aquel momento se realizaban en él (Cfr. Lc 4, 21).

En realidad las acciones y las palabras de Jesús eran la realización de la misión mesiánica en la que actuaba, según el anuncio del profeta, el Espíritu del Señor. La acción del Espíritu Santo estaba escondida en todo el desarrollo de esta misión, realizada por Jesús de modo visible, público, histórico; por ello ésta testimoniaba y revelaba, según las declaraciones de Jesús a los evangelistas y a los otros autores sagrados, también la obra y la persona del Espíritu Santo.

4. A veces los evangelistas subrayan de modo especial la presencia activa del Espíritu Santo en Cristo. Por ejemplo, cuando hablan del ayuno y de la tentación de Cristo: «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4, 1; cfr. Mc 1, 12). La expresión utilizada por el evangelista presenta al Espíritu como una Persona que guía a otra. El relieve que los evangelistas dan a la acción del Espíritu Santo en Cristo significa que su misión mesiánica, estando encaminada a vencer el mal, comporta desde el comienzo la lucha con aquel que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44): el espíritu de rechazo del reino de Dios. La victoria de Cristo sobre Satanás al comienzo de la actividad mesiánica es el preludio y el anuncio de su victoria definitiva en la cruz y en la resurrección.

Jesús mismo atribuye esta victoria al Espíritu Santo en cada etapa de su misión mesiánica: «Por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios» afirma (Mt 12, 28). En esta lucha y en esta victoria de Cristo se manifiesta, pues, el poder del Espíritu, que es su intimo autor e incansable realizador. Por esto Jesús advierte con tanto rigor a sus oyentes sobre el pecado que él mismo llama «la blasfemia contra el Espíritu Santo» (Mt 12, 31.32; cfr. Mc 3, 29; Lc 12, 10). También aquí las expresiones utilizadas por el evangelista presentan al Espíritu como Persona. Efectivamente, se establece una confrontación entre quien habla contra la persona del Hijo del hombre y quien habla contra la persona del Espíritu Santo (Mt 12, 32; Lc 12, 10) y se afirma que la ofensa hecha al Espíritu es más grave. «Blasfemar contra el Espíritu Santo» quiere decir ponerse de la parte del espíritu de las tinieblas, de forma que el hombre se cierra interiormente a la acción santificadora del Espíritu de Dios. He aquí por qué Jesús declara que ese pecado no puede ser perdonado «ni en este mundo ni en el otro» (Mt 12, 32). El rechazo interior del Espíritu Santo es el rechazo de la fuente misma de la vida y de la santidad. Entonces el hombre se excluye por sí solo y libremente del ámbito de la acción salvífica de Dios.

La advertencia de Jesús sobre el pecado contra el Espíritu Santo incluye al menos implícitamente otra revelación de la Persona y de la acción santificadora de esta Persona de la Trinidad, protagonista en la lucha contra el espíritu del mal y en la victoria del bien.

5. También según los sinópticos, la acción del Espíritu Santo es la fuente del gozo interior más profundo. Jesús mismo experimentó esta especial «alegría en el Espíritu Santo» cuando pronunció las palabras: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Si, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Lc 10, 21; Cfr. Mt 11, 25.26). En el texto de Lucas y Mateo siguen las palabras de Jesús sobre el conocimiento del Padre por parte del Hijo y del Hijo por parte del Padre: conocimiento que comunica el Hijo precisamente a los «pequeños».

Es, pues, el Espíritu Santo el que da también a los discípulos de Jesús no sólo el poder de la victoria sobre el mal, sobre «los espíritus malignos» (Lc 10,17), sino también el gozo sobrenatural del descubrimiento de Dios y de la vida en Él mediante su Hijo.

6. La revelación del Espíritu Santo mediante el poder de la acción que llena toda la misión de Cristo acompañará también a los Apóstoles y a los discípulos en la obra que desarrollarán por mandato divino. Se lo anuncia Jesús mismo: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos..., hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 8). Aun cuando en el camino de este testimonio hallen persecuciones, cárceles, interrogatorios en tribunales, Jesús asegura: «Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10, 19.20; cfr. Mc 13, 11). Hablan las personas, una fuerza impersonal puede mover, empujar, destruir, pero no puede hablar. El Espíritu, en cambio, habla. Él es el inspirador y el consolador en las horas difíciles de los Apóstoles y de la Iglesia: otra calificación de su acción, otra luz encendida en el misterio de su Persona.

7. Así, pues, podemos afirmar que en los sinópticos el Espíritu Santo se manifiesta como Persona que actúa en toda la misión de Cristo, y que en la vida y en la historia de los seguidores de Cristo libra del mal, de la fuerza en la lucha con el espíritu de las tinieblas, prodiga el gozo sobrenatural del conocimiento de Dios y del testimonio de Él incluso en las tribulaciones. Una persona que actúa con poder divino ante todo en la misión mesiánica de Jesús, y luego en la atracción de los hombres hacia Cristo y en la dirección de los que están llamados a tomar parte en su misión salvífica.






LA ACCIÓN DE LA TERCERA PERSONA SEGÚN S. JUAN (26.IX.90)

1. El apóstol Juan en su evangelio pone de relieve, aún más que los sinópticos, la relación personal del Hijo hacia el Padre, como aparece ya en el Prólogo, donde el evangelista fija la mirada en la realidad eterna del Padre y del Verbo-Hijo. Comienza diciendo: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios» (Jn 1,1.2). Luego concluye: «A Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1, 18). Es una afirmación totalmente nueva en la historia de la reflexión humana sobre Dios, y en la misma revelación. Nunca se agotará la profundización y la explotación de la riqueza de contenido que esa afirmación ofrece a la teología. También la catequesis habrá de hacer siempre referencia a ella, no sólo en el aspecto cristológico sino también en el pneumatológico.

En efecto, precisamente la unidad del Hijo con el Padre, acentuada también en otros puntos del evangelio de Juan, parece abrir a los Apóstoles el camino de la revelación del Espíritu Santo como Persona.

2. Es significativo el hecho de que las palabras de Cristo que se refieren de modo más directo a este tema se encuentran en el así llamado discurso de despedida del Cenáculo y, por tanto, en la perspectiva de la inminente partida del Hijo que vuelve al Padre por medio de la cruz y la Ascensión. Es entonces cuando Jesús dice: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce» (Jn 14, 16.17). Consolador-Paráclito: este nombre, dado por Jesús al Espíritu Santo, demuestra que él es una Persona, distinta del Padre y del Hijo. En efecto, la palabra griega Parakletos se aplica siempre a una persona, pues significa «abogado», «defensor» o «consolador». Sólo una persona puede realizar esas tareas. Por otra parte, al decir «otro Paráclito», Jesús d entender que, durante su vida terrena, él mismo ha sido el primer «Paráclito», defensor de los discípulos. Lo afirmará luego con más claridad en su oración sacerdotal, en la que dirá al Padre: «Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos... » (Jn 17, 22). Tras la partida de Jesús, el Espíritu Santo tomará su lugar junto a los discípulos, que permanecieron en el mundo, para defenderlos en las luchas que habrían de afrontar y para sostener su valoren la tribulación.

3. En el discurso de despedida, El Parakletos es llamado varias veces el Espíritu de la verdad (Cfr. Jn 14, 17). Y a esa característica se vincula la misión que le ha sido confiada con respecto a los Apóstoles y a la Iglesia: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). «Enseñar», «recordar»: Estas actividades manifiestan claramente que el Espíritu es una Persona; sólo una persona las puede llevar a cabo. La misión de predicar la verdad, confiada por Cristo a los Apóstoles y a la Iglesia, está ligada, y lo seguirá estando siempre, con la actividad personal del Espíritu de la verdad.

La misma observación vale para el «testimonio» que debe dar de Cristo ante el mundo. «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mi (Jn 15, 26). Sólo una persona puede dar testimonio de otra. Los Apóstoles deberán dar testimonio de Cristo. Su testimonio de personas humanas estará apoyado y confirmado por el testimonio de una Persona divina, el Espíritu Santo.

4. Por eso mismo, el Espíritu Santo es también el maestro invisible que seguirá impartiendo de generación en generación la misma enseñanza de Cristo: su Evangelio. «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir» (Jn 16, 13). De aquí se deduce que el Espíritu Santo no sólo velará en la Iglesia por la solidez y la identidad de la verdad de Cristo, sino que también indicará el camino de la transmisión de esa verdad a las generaciones, siempre nuevas, que se sucederán en las diversas épocas, a los pueblos y a las sociedades de los diversos lugares, dando a cada uno la fuerza para adherirse interiormente a esa verdad y para conformarse a ella en la propia vida. ,
5. Un aspecto particular de esta acción, ya puesto de relieve en la encíclica Dominum et vivificantem (Cfr nn. 27.28), es el que Jesús mismo anuncia con estas palabras: «Cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio» (Jn 16, 8). Este poder especial de convencer al mundo, es decir, a quienes están en el mundo, en lo referente al pecado, es un momento esencial de la misión del Espíritu de la verdad. Convencer en lo referente al juicio quiere decir, según las palabras de Jesús mismo, que «el Príncipe de este mundo está juzgado» (Jn 16,11). Y Aquel que ha de venir como Consolador y Abogado, el Espíritu Santo, debe guiar a la humanidad a la victoria sobre el mal y sobre el artífice del mal en el mundo.

Existe una relación entre la muerte redentora de Cristo en la cruz y lo que él dice a los Apóstoles inmediatamente tras su resurrección: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 22.23). Precisamente por aquí pasa el camino que lleva a la victoria sobre el mal, de la que el Espíritu de la verdad debe convencer constantemente al mundo.

6. Todos esos pasajes del discurso pronunciado por Jesús en el Cenáculo revelan al Espíritu Santo como Persona subsistente en la unidad trinitaria con el Padre y con el Hijo, y muestran la misión en la que él está estrechamente unido con la redención obrada por Cristo: «Si no me voy (pasando de este mundo al Padre), no vendrá a vosotros el Paráclito» (Jn 16, 7). Pero también otros pasajes son muy significativos en este sentido.

7. Jesús anuncia que el Espíritu Santo vendrá para permanecer con nosotros: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 16); para que esté él mismo, no sólo su poder, su sabiduría, su acción, sino él mismo como Persona.

Más aún: él mismo permanecerá no sólo «con nosotros», sino también «en nosotros». «Vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y en vosotros está» (Jn 14, 17). Estas palabras expresan la inhabitación del Espíritu Santo como huésped interior del corazón del hombre: de todo hombre que lo acoge, de todas las almas que se adhieren a Cristo. También el Padre y el Hijo vendrán a «hacer morada» en estas almas (Jn 14, 23), por consiguiente, toda la Trinidad está presente en ellas, pero tratándose de una presencia espiritual, esa presencia se refiere de modo más directo a la Persona del Espíritu Santo.

8. Por esta presencia operante en el alma, el hombre puede llegar a ser aquel «adorador verdadero», del Dios que «es espíritu» (Jn 4, 24), como dice Jesús en el encuentro con la samaritana junto al pozo de Jacob (Cfr. Jn 4, 23). La hora de aquellos que «adoran al Padre en espíritu y en verdad» ha llegado con Cristo y se hace realidad en tolda alma que acoge al Espíritu Santo y vive según su inspiración y bajo su dirección personal. Es lo más grande y lo más santo en la espiritualidad religiosa del cristianismo.








EL ESPÍRITU SANTO EN LA DOCTRINA DE SAN PABLO (3.X.90)

1. Es bien conocido el deseo con el que san Pablo concluye la segunda carta a los Corintios: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios (Padre) y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2 Cor 13, 13). Es el deseo que la liturgia pone en boca del sacerdote celebrante al comienzo de la misa. Con este texto de evidente significado trinitario. Nos introducimos en el examen de lo que las Cartas del apóstol Pablo nos dicen sobre el Espíritu Santo como Persona en la unidad trinitaria del Padre y del Hijo. El texto de la carta a los Corintios parece provenir del lenguaje de las primeras comunidades cristianas y quizá de la liturgia de sus asambleas. Con esas palabras el Apóstol expresa la unidad trinitaria partiendo de Cristo, el cual como artífice de la gracia salvífica revela a la humanidad el amor de Dios Padre y lo participa a los creyentes en la comunión del Espíritu Santo. Así resulta que según san Pablo el Espíritu Santo es la Persona que actúa la comunión del hombre.y de la Iglesial, con Dios.

La fórmula paulina habla claramente de Dios Uno y Trino, incluso en términos distintos de los de la fórmula bautismal que refiere Mateo: «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28. 19). Esa nos hace conocer al Espíritu Santo como era presentado en la doctrina de los Apóstoles y concebido en la vida de las comunidades cristianas.

2. Otro texto de san Pablo toma como base de la enseñanza sobre el Espíritu Santo la riqueza de los carismas derramados con variedad y unidad de ordenamiento en las comunidades: «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo: diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos (1 Cor 12, 4.6). El Apóstol atribuye al Espíritu Santo los dones de la gracia (carismas): al Hijo como al Señor de la Iglesia. Los ministerios (ministeria): al Padre.Dios, que es el artífice de todo en todos, las «operaciones».

Es muy significativo el paralelismo manifestado en este pasaje entre el Espíritu, el Señor Jesús y Dios Padre. Ello indica que también al Espíritu se le reconoce como Persona divina. No sería coherente poner en paralelismo tan intimo a dos Personas, la del Padre y la del Hijo, con una fuerza impersonal. Es igualmente significativo que se le atribuya al Espíritu Santo de modo particular la gratuidad de los carismas y de todo don divino al hombre y a la Iglesia.

3. Esto queda afirmado ulteriormente en el contexto inmediato de la primera carta a los Corintios: «Todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad» (l Cor 12, 11). El Espíritu Santo se manifiesta, pues, como un libre y «espontáneo» Dador del bien en el orden de los carismas y de la gracia: como una Persona divina que elige y beneficia a los destinatarios de los diversos dones: « A uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro fe, en el mismo Espíritu» (1 Cor 12, 8.9). Y también: «a otro, carismas de curaciones... profecía... discernimiento de espíritus... diversidad de lenguas... don de interpretación» (ib 12, 9.10). «A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común» (1 Cor 12, 7). Así, pues, del Espíritu Santo proviene la multiplicidad de dones, como también su unidad, su coexistencia. Todo ello indica al Espíritu Santo como una Persona subsistente y operante en la unidad divina: en la comunión del Hijo con el Padre.

4. También otros pasajes de las cartas paulinas expresan la misma verdad del Espíritu Santo como Persona en la unidad trinitaria, partiendo de la economía de la salvación. «Nosotros, en cambio, debemos dar gracias en todo tiempo por vosotros... porque Dios os ha escogido desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad... para que consigáis la gloria de nuestros Señor Jesucristo»: así escribe el Apóstol en la segunda carta a los Tesalonicenses (2 Tes 2, 13.14), para indicarles el fin del Evangelio que él anuncia. Y a los corintios: «Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 6, 11).

Según el Apóstol, el Padre es el principio primero de la santificación, que confiere el Espíritu Santo a quien cree «en el nombre» de Cristo. La santificación en la intimidad del hombre proviene, pues, del Espíritu Santo-persona que vive y opera en unidad con el Padre y con el Hijo.

En otro lugar el Apóstol expresa el mismo concepto de modo sugestivo: «Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones» (2 Cor 1, 21.22). Las palabras «en nuestros corazones» indican la intimidad de la acción santificadora del Espíritu Santo.

La misma verdad se halla de forma más desarrollada todavía en la carta a los Efesios: «Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos, en Cristo» (Ef 1 3). Y poco después el autor dice a los creyentes: «Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia (Ef 1, 13).

5. Otra magnifica expresión del pensamiento y de los propósitos de san Pablo es el de la carta a los Romanos, donde escribe que la finalidad de su ministerio evangélico es que»la oblación de los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo (Rom 15, 30). El «amor» es un atributo especial del Espíritu Santo (Rom 15, 16). Por este servicio pide a los destinatarios de la carta la oración a Dios, y lo hace por Cristo y por «el amor del Espíritu Santo» (Cfr. Rom 5, 5), así como la «comunión» (Cfr. 2 Cor 13, 13). De este amor procede la santidad, que hace grata la oblación. Y ésta es, pues, también una obra del Espíritu Santo.

6. Según la carta a los Gálatas, el Espíritu Santo transmite a los hombres el don de la adopción de hijos de Dios, estimulándoles a la oración propia del Hijo. «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4, 6). El Espíritu «clama» y se manifiesta así como una persona que se expresa con gran intensidad. Él hace resonar en los corazones de los cristianos la oración que Jesús mismo dirigía al Padre (Cfr. Mc 14, 36) con amor filial. El Espíritu Santo es Aquel que hace hijos adoptivos y da la capacidad de la oración final.

7. La doctrina de san Pablo sobre este punto es tan rica que será necesario volver sobre ella en la próxima catequesis Por ahora podemos concluir que también en las cartas paulinas el Espíritu Santo aparece como una Persona divina viviente en la unidad trinitaria con el Padre y con el Hijo. El Apóstol le atribuye de modo particular la obra de la santificación. Él es el directo autor de la santidad de las almas. Él es la Fuente del amor y de la oración, en la cual se expresa el don de la divina «adopción» del hombre, su presencia en las almas es la prenda y el comienzo de la vida eterna.








LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO SEGÚN S. PABLO (10.X.90)

1. Hemos visto en la catequesis anterior que la revelación del Espíritu Santo como Persona en la unidad trinitaria con el Padre y el Hijo encuentra en los escritos paulinos expresiones muy bellas y sugestivas. En la catequesis de hoy seguiremos sacando de las cartas de san Pablo otras variaciones sobre este único motivo fundamental, que vuelve con frecuencia a los textos del Apóstol, penetrados de una fe viva y vivificante en la acción del Espíritu Santo y en las propiedades de su Persona, que se ponen de manifiesto mediante su acción.

2. Una de las expresiones más elevadas y atrayentes de esta fe, que en la pluma de san Pablo se transforma en comunicación a la Iglesia de una verdad revelada, es la de la «inhabitación» del Espíritu Santo en los creyentes, que son su Templo, «¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Cor 3, 16). «Habitar» se aplica normalmente a las personas. Aquí se trata de la «inhabitación» de una persona divina en personas humanas. Es un hecho de naturaleza espiritual, un misterio de gracia y de amor eterno, que precisamente por esto se atribuye al Espíritu Santo. Esa inhabitación interior ejerce influjo sobre todo el hombre, tal como es en concreto y en la totalidad de su ser, que el Apóstol en varias ocasiones denomina «cuerpo». De hecho, un poco más adelante del pasaje citado, parece apremiar a los destinatarios de su carta con la misma pregunta: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?» (1 Cor 6, 19). En este texto, la referencia al «cuerpo» manifiesta muy bien el concepto paulino de la acción del Espíritu Santo en todo el hombre. Así se explica y se entiende mejor aquel texto de la carta a los Romanos sobre la «vida según el Espíritu» que dice: «Vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rom 8, 9). «Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vid vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Flm 8, 11).

Por consiguiente, la irradiación de la inhabitación divina en el hombre se extiende a todo su ser, a toda su vida, que se coloca en todos sus elementos constitutivos y en todas sus explicaciones operativas bajo la acción del Espíritu Santo: del Espíritu del Padre y del Hijo, y por lo tanto también de Cristo, Verbo encarnado. Este Espíritu, vivo en la Trinidad, está presente en virtud de la redención obrada por Cristo en todo el hombre que se deja «habitar» por Él, en toda la humanidad que lo reconoce y lo acoge.

3. Otra propiedad atribuida por san Pablo a la persona del Espíritu Santo es el «sondear» todo, como escribe a los Corintios: «El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (1 Cor 2, 10). «En efecto, "¿qué hombre conoce lo intimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él?" Del mismo modo, nadie conoce lo intimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1 Cor 2, 11).

Este «sondear» significa la agudeza y la profundidad del conocimiento que es propio de la Divinidad, en la que el Espíritu Santo vive con el Verbo-Hijo en la unidad de la Trinidad. Por eso, es un Espíritu de luz, que es para el hombre maestro de verdad, como lo prometió Jesucristo (Cfr. Jn 14, 26).

4. Su «enseñanza» tiene como objeto, ante todo, la realidad divina, el misterio de Dios en sí mismo, pero también sus palabras y sus dones al hombre. Como escribe san Pablo: «Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado» (1 Cor 2, 12). La visión que el Espíritu Santo del creyente es una visión divina del mundo, de la vida, de la historia; una «inteligencia de fe» que hace elevar la mirada interior muy por encima de la dimensión humana y cósmica de la realidad, para descubrir en todo la realización del plan de la Providencia, el reflejo de la gloria de la Trinidad.

Por esto, la liturgia de la antigua secuencia de la misa para la fiesta de Pentecostés nos invita a invocar: «Veni, Sancte Spiritus, et emitte coelitus lucis tuae radium»: «Ven, Espíritu Santo, y danos un rayo de tu luz celestial. Ven, padre de los pobres, que nos otorgas tus dones. Ven, luz de los corazones».

5. Este Espíritu de luz también dá a los hombres especialmente a los Apóstoles y a la Iglesia la capacidad de enseñar las cosas de Dios, como en virtud de una expansión de su misma luz. «De las cuales también hablamos escribe Pablo no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales (1 Cor 2, 15). Y así, el Apóstol, la Iglesia primitiva y la Iglesia de todos los tiempos, y los verdaderos teólogos y catequistas, hablan de una sabiduría que no es de este mundo, de «una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra» (1 Cor 2, 6.7).

Esa sabiduría es un don del Espíritu Santo, que es preciso invocar para los maestros y predicadores de todos los tiempos: el don de que habla san Pablo en la misma carta a los Corintios: «A uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu» (1 Cor 12, 8). Ciencia, sabiduría, fuerza de la palabra que penetra en las inteligencias y en las conciencias, luz interior, que mediante el anuncio de la verdad divina, irradia en el hombre dócil y atento la gloria de la Trinidad: todo es don del Espíritu Santo.

6. El Espíritu, que «sondea también las profundidades de Dios» y «enseña» la sabiduría divina, es también aquel que «guía». Leemos en la carta a los Romanos: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rom 8, 14). Aquí se trata de la «guía» interior, que ve las raíces mismas de la «nueva creación»: el Espíritu Santo hace que los hombres vivan la vida de los hijos de la adopción divina. Para vivir de esta manera, el espíritu humano necesita tener conciencia de la filiación divina. Y «el Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Flm 8, 16). El testimonio personal del Espíritu Santo es indispensable para que el hombre pueda personalizar en su vida el misterio injertado en él por Dios mismo.

7. De este modo, el Espíritu Santo «viene en ayuda» de nuestra flaqueza. Según el Apóstol, eso sucede de manera especial en la oración. En efecto, escribe: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables»(Rom 8, 26). Para Pablo, por consiguiente, el Espíritu es el artífice interior de la auténtica oración. Él, mediante su divino influjo, penetra desde dentro la oración humana, y la introduce en las profundidades de Dios.

Una última expresión paulina, de alguna manera, comprende y sintetiza todo lo que hemos tomado de él hasta ahora sobre este tema: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5). El Espíritu Santo es, pues, Aquel que «derrama» el amor de Dios en los corazones humanos de forma sobreabundante, y hace que podamos tomar parte en este amor.

Por medio de todas estas expresiones, tan frecuentes y coherentes con el lenguaje del Apóstol de los gentiles, podemos conocer mejor la acción del Espíritu Santo y la persona misma de Aquel que obra en el hombre de modo divino.








EL ESPÍRITU SANTO Y LOS SÍMBOLOS EVANGÉLICOS (17.X.90)

1. En el Nuevo Testamento se halla contenida la revelación acerca del Espíritu Santo como Persona, subsistente con el Padre y con el Hijo en la unidad de Trinidad. Pero esta revelación no tiene los rasgos tan marcados y precisos como la que se refiere a las dos primeras Personas. La afirmación de Isaías según la cual nuestro Dios es «un Dios oculto» (Is 45, 15), puede referirse en particular precisamente al Espíritu Santo. En efecto, el Hijo, al hacerse hombre, entró en la esfera de la visibilidad, que experimentaron los que pudieron ver con sus propios ojos, y tocar con sus manos acerca de la Palabra de vida, como dice san Juan (Cfr. 1 Jn 1, 1); y su testimonio ofrece un punto concreto de referencia también para las generaciones cristianas sucesivas. El Padre, a su vez, aun permaneciendo en su trascendencia invisible e inefable, se manifestó en el Hijo. Decía Jesús: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). Por lo demás, la «paternidad», incluso a nivel divino, se puede conocer por la analogía con la paternidad humana, que es un reflejo, aunque imperfecto, de la paternidad increada y eterna, como dice san Pablo (Ef 3, 15).

2. La Persona del Espíritu Santo, por el contrario, está más radicalmente por encima de todos nuestros medios de conocimiento. Para nosotros, la tercera Persona es un Dios oculto e invisible, también porque tiene analogías más débiles con lo que sucede en el mundo del conocimiento humano. La misma génesis e inspiración del amor, que en el alma humana es un reflejo del Amor increado, no tiene la transparencia del acto cognoscitivo, que en cierto sentido es autoconsciente. De aquí el misterio de amor, a nivel psicológico y teológico, como observa santo Tomás (Cfr. S.Th. I, q. 27, a. 4; q. 36, a 1; q.37, a. 1). Así se explica que el Espíritu Santo, como el amor humano, encuentra expresión especialmente en los símbolos. Estos indican su dinamismo operativo, pero también su Persona presente en la acción.

3. Así sucede con el símbolo del viento, que es central en Pentecostés, acontecimiento fundamental en la revelación del Espíritu Santo: «De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda las casa en la que se encontraban los discípulos con María» (Hech 2, 2).

En los textos bíblicos, y en otros, se suele presentar el viento como una persona que va y viene. Así lo hace Jesús en la conversación con Nicodemo, cuando usa la imagen del Espíritu Santo: «El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu» (Jn 3, 8). La acción del Espíritu Santo, por la que se nace del Espíritu como sucede en la filiación adoptiva obrada por la gracia divina es comparada con el viento. Esta analogía empleada por Jesús pone de relieve la total espontaneidad y gratuidad de esta acción, por medio de la cual los hombres se hacen partícipes de la vida de Dios. El símbolo del viento parece expresar de un modo particular aquel dinamismo sobrenatural por medio del cual Dios mismo se acerca a los hombres para transformarlos interiormente, para santificarlos y, en cierto sentido, según el lenguaje de los Padres, para divinizarlos.

4. Es preciso añadir que, desde el punto de vista etimológico y lingüístico, el símbolo del viento es el que más estrecha conexión guarda con el Espíritu. Ya hemos hablado de él en catequesis anteriores. Baste, aquí, recordar sólo el sentido de la palabra «ruah» que aparece ya en Gen 1, 2, es decir, «el soplo». Sabemos que, cuando Jesús, tras la resurrección, se apareció a los Apóstoles, «sopló» sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22.23).

También es necesario notar que el símbolo del viento, en referencia explícita al Espíritu Santo y a su acción, pertenece al lenguaje y a la doctrina del Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento el viento, como «huracán», propiamente es la expresión de la ira de Dios (Cfr. Ez 13; 13), mientras que «el susurro de una brisa suave» habla de la intimidad de su conversión con los profetas (Cfr. 1 Re 19, 12). El mismo término se usa para indicar el aliento vital, que expresa el poder de Dios, y que devuelve la vid los esqueletos humanos en la profecía de Ezequiel: «Ven, espíritu, de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan» (Ez 37, 9). Con el Nuevo Testamento, el viento se convierte claramente en símbolo de la acción y de la presencia del Espíritu Santo.

5. Otro símbolo: la paloma que, según los sinópticos y el evangelio de Juan, se manifiesta con ocasión del bautismo de Jesús en el Jordán. Este símbolo es más apto que el del viento para indicar la Persona del Espíritu Santo, porque la paloma es un ser vivo, mientras que el viento es sólo un fenómeno natural. Los evangelistas hablan de él en términos casi idénticos. Escribe Mateo (3, 16): «Se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre Él» es decir, sobre Jesús. Así también Marcos (1, 10), Lucas (3, 21.22), Juan (1, 32). Por la importancia de este momento en la vida de Jesús, que recibe de modo visible «la investidura mesiánica», el símbolo de la paloma se consolidó en las imágenes artísticas y en la misma representación imaginativa del misterio del Espíritu Santo, de su acción y de su Persona.

En el Antiguo Testamento, la paloma había sido mensajera de la reconciliación de Dios con la humanidad en los tiempos de Noé. En efecto, había llevado a aquel patriarca el anuncio del término del diluvio que sufría la tierra (Cfr. Gen 8, 9.11).

. En el Nuevo Testamento, esta reconciliación tiene lugar mediante el bautismo, del que habla Pedro en su primera carta, refiriéndose a las «personas... salvadas a través del agua» en el arca de Noé (1 Pe 3, 20-21). Por consiguiente, se puede pensar en una anticipación del símbolo pneumatológico, porque el Espíritu Santo, que es Amor, derramando este amor en los corazones de los hombres, como dice san Pablo (Cfr. Rom 5, 5), es también quien da la paz, que es don de Dios.

6. Más aún, la acción y la Persona del Espíritu Santo están indicadas también con los símbolos del fuego. Sabemos que Juan Bautista anunciaba en el Jordán: «Él o sea, Cristo os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3, 11). El fuego es fuente de calor y de luz, pero es también una fuerza que destruye. Por esto, en los evangelios se habla de «arrojar al fuego» al árbol que no da frutos (Mt 3, 10; cfr. Jn 15, 6); se habla también de quemar la paja con fuego que no se apaga (Mt 3, 12). El bautismo «en Espíritu y fuego» indica el poder purificador del fuego: de un fuego misterioso, que expresa la exigencia de santidad y de pureza que trae el Espíritu de Dios.

Jesús mismo decía: «He venido a arrojar un fuego sobre la berra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12, 49). En este caso se trata del fuego del amor de Dios, de aquel amor que «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Rom 5, 5). Las «lenguas como de fuego» que aparecieron el día de Pentecostés sobre la cabeza de los Apóstoles significaban que el Espíritu traía el don de la participación en el amor salvífico de Dios. Un día, santo Tomás dirá que la caridad, el fuego traído por Jesucristo a la tierra, es «una cierta participación del Espíritu Santo» (participatio quaedam Spiritus Sancti: S.Th. II. II, q. 23, a. 3, ad 3). En este sentido, el fuego es un símbolo del Espíritu Santo, Persona que es Amor en la Trinidad divina.











EL AGUA Y LA UNCIÓN, SÍMBOLOS DE LA ACCIÓN DEL PARÁCLITO (24.X.90)

1. En su intervención en la sinagoga de Nazaret, al comienzo de su vida pública, Jesús se aplica a si mismo un texto de Isaías que dice: «El Espíritu del Señor Yahvéh está sobre mi, por cuanto que me ha ungido Yahvéh» (Is 61, 1; cfr. Lc 4, 18). Se trata de otro símbolo que pasa del Antiguo al Nuevo Testamento con un significado más preciso y nuevo, como sucedió con los símbolos del viento, de la paloma y del fuego, cuya referencia a la acción y ala Persona del Espíritu Santo hemos visto en las últimas catequesis. También la unción con el aceite pertenece a la tradición del Antiguo Testamento. Recibían la unción ante todo los reyes, pero también los sacerdotes y a veces los profetas. El símbolo de la unción con el aceite deberá expresar la fuerza necesaria para el ejercicio de la autoridad El texto citado de Isaías sobre la «consagración con la unción» se refiere a la fuerza de naturaleza espiritual necesaria para cumplir la misión confiada por Dios a una persona a quien eligió y envió. Jesús nos dice que este elegido de Dios es él mismo, el Mesías: y la plenitud de la fuerza conferida a él es su propiedad de Mesías, es decir, ungido del Señor, Cristo.

2. En los Hechos de los apóstoles, Pedro alude también a la unción que recibió Jesús, cuando recuerda «cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo» (Hech 10, 38). Así como el aceite penetra la madera o las otras materias, de la misma manera el Espíritu Santo penetra todo el ser del Mesías.Jesús, confiriéndole el poder salvador de curar los cuerpos y las almas. Por medio de esta unción con el Espíritu Santo, el Padre realizó la consagración mesiánica del Hijo.

3. La participación en la unción de la humanidad de Cristo con el Espíritu Santo pasa a todos los que lo acogen en la fe y en el amor Esa participación tiene lugar a nivel sacramental en las unciones con aceite, cuyo rito forma parte de la liturgia de la Iglesia, especialmente en el bautismo y la confirmación. Como escribe san Juan en su primera carta, «estáis ungidos por el Santo», y esa unción «permanece» en vosotros (1 Jn 2, 20. 27). Esta unción constituye la fuente del conocimiento. «En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo sabéis» (1 Jn 2, 20), de forma que «no necesitáis que nadie os enseñe... Su unción os enseña acerca de todas las cosas» (1 Jn 2, 27).

De esta manera, se cumple la promesa hecha por Jesús a los Apóstoles: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hech 1, 8).

Así, pues, en el Espíritu está la fuente del conocimiento y de la ciencia, y la fuente de la fuerza necesaria para dar testimonio de la verdad divina. En el Espíritu está también el origen de ese «sentido de la fe» sobrenatural que, según el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, 12), es herencia del pueblo de Dios, como dice san Juan: «todos vosotros lo sabéis» (1 Jn 2, 20).

4. También el símbolo del agua aparece con frecuencia ya en el Antiguo Testamento. Considerada de modo muy genérico, el agua simboliza la vida concedida por Dios a la naturaleza y a los hombres. Leemos en Isaías: «Abriré sobre los calveros arroyos y en medio de las barrancas manantiales. Convierte el desierto en lagunas y la tierra árida en hontanar de aguas» (Is 41, 18): es una alusión a la influencia vivificante del agua. El profeta aplica este símbolo al espíritu, uniendo agua y Espíritu de Dios, cuando proclama este oráculo: «Derramaré agua sobre el sediento suelo, raudales sobre la tierra seca. Derramaré mi Espíritu sobre tu linaje... Crecerán como en medio de hierbas, como álamos junto a comentes de aguas» (Is 44, 34). Así se señala el pode r vivificante del Espíritu, simbolizado por el poder vivificante del agua.

Además, el agua libra la tierra de la aridez«(Cfr Is 18, 41.45). El agua sirve también para satisfacer la sed del hombre y de los animales (Cfr. Is 43, 20). La sed de agua se presenta como semejante a la sed de Dios, tal como se lee en el libro de los Salmos: «Como jadea la cierva, tras las corrientes de agua, así jadea mi alarma, en pos de ti, mi Dios. Tiene mi alma sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo podré ir a ver la faz de Dios?» (Sal 41/42, 23; otro texto también explícito es Sal 62163, 2).

El agua es, finalmente, el símbolo de la purificación, como se lee en Ezequiel: «Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré» (Ez 36, 25). El mismo profeta anuncia el poder vivificante del agua en una sugestiva visión: «Me llevó a la entrada de la casa, y he aquí que debajo del umbral de la casa salía agua, en dirección a oriente... Me dijo: «Esta agua sale hacia la región oriental, baja al Arabá, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada. Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá» (Ez 14, 1. 8.9).

5. En el Nuevo Testamento el poder purificador y vivificante del agua sirve para el rito del bautismo ya con Juan, que en el Jordán administraba el bautismo de penitencia (Cfr. Jn 1, 33). Pero será Jesús quien presente el agua como símbolo del Espíritu Santo cuando, un día de fiesta, exclame ante la muchedumbre: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mi, como dice la Escritura. De su seno correrán ríos de agua viva». Y el evangelista comenta: «Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado» (Jn 7, 37.39).

Con estas palabras se explica también todo lo que Jesús dice a la samaritana sobre el agua viva, sobre el agua que da él mismo. Esta agua se convierte en el hombre en «fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4, 10.14).

6. Se trata en todos los casos de expresiones de la verdad revelada por Jesús sobre el Espíritu Santo, del que «el agua viva» es símbolo, y que en el sacramento del bautismo se traducirá en la realidad del nacimiento por el Espíritu Santo. Aquí confluyen también muchos otros pasajes del Antiguo Testamento, como el del agua que Moisés, por orden de Dios, hizo brotar de la roca (Cfr. Ex 17, 5.7; Sal 77/78, 16), y el de la fuente abierta para la casa de David... para lavar el pecado y la impureza (Cfr. Za 13, 1; 14, 8); mientras la coronación de todos estos textos se encontrará en las palabras del Apocalipsis sobre el río de agua viva, límpida como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza de la ciudad, a una y otra margen del río, hay árboles de vida... Sus hojas sirven de medicina para los gentiles...(Ap 22, 1.2). Según los exegetas, las aguas vivas y vivificantes simbolizan al Espíritu, como el mismo Juan repite varias veces en su evangelio (Cfr. Jn 4, 10.14; 7, 37.38). En esta visión del Apocalipsis se entrevé la misma Trinidad. También es significativo el hecho de que llame medicina para los gentiles las hojas del árbol, alimentado por el agua viva y saludable del Espíritu.

Si el pueblo de Dios «bebe esta agua espiritual», según san Pablo, es como Israel en el desierto, que «bebían de la roca... y la roca era Cristo» (1 Cor 10, 14). De su costado atravesado en la cruz «salió sangre y agua» (Jn 19,34), como signo de la finalidad redentora de su muerte, sufrida por la salvación del mundo. Fruto de esta muerte redentora es el don del Espíritu Santo, concedido por él en abundancia a su Iglesia.

Verdaderamente «fuentes de agua viva salen del interior» del misterio pascual de Cristo llegando a ser, en las almas de los hombres, como don del Espíritu Santo «fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4, 14). Este don proviene de un Dador bien perceptible en las palabras de Cristo y de sus Apóstoles: la Tercera Persona de la Trinidad.









MAGISTERIO Y TRADICIÓN ACERCA DEL ESPÍRITU SANTO (31.X.90)

1. «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas». Con estas palabras el símbolo niceno-constantinopolitano determina la fe de la Iglesia en el Espíritu Santo, reconocido como verdadero Dios, con el Padre y el Hijo, en la unidad trinitaria de la divinidad. Se trata de un artículo de fe, formulado por el primer Concilio de Constantinopla (381), tal vez sobre la base de un texto anterior, completando el símbolo de Nicea (325) (Cfr. DS., 150).

Esta fe de la Iglesia se repite de forma continua en la liturgia, que es, a su manera; no sólo una profesión, sino también un testimonio de fe. Así sucede, por ejemplo, en la doxología trinitaria que, por lo general, se usa como conclusión de las oraciones litúrgicas: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo». Así también en las oraciones de intercesión dirigidas al Padre, «por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos».

También el himno «Gloria Dios en el cielo» posee una estructura trinitaria: nos hace celebrar la gloria del Padre y del Hijo juntamente con el Espíritu Santo: «...sólo tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre».

2. Esta fe de la Iglesia tiene su origen y se funda en la revelación divina. Dios se reveló definitivamente como Padre de Jesucristo, Hijo consubstancial, que por obra del Espíritu Santo se hizo hombre, naciendo de la Virgen María. Por medio del Hijo se reveló el Espíritu Santo. El Dios único se reveló como Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La última palabra del Hijo, enviado al mundo por el Padre, es la recomendación hecha a los Apóstoles: «hacen discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). Hemos visto en las catequesis anteriores los momentos de la revelación del Espíritu Santo y de la Trinidad en la enseñanza de Jesucristo.

3. También hemos visto que Jesucristo revelaba al Espíritu Santo mientras realizaba su misión mesiánica, en la que afirmaba que actuaba «con el poder del Espíritu de Dios» por ejemplo al arrojar los demonios: Cfr. Mt 12, 28). Pero parece que esa revelación se concentra y se condensa al fin de su misión, juntamente con el anuncio de su vuelta al Padre. El Espíritu Santo será tras su partida «otro Paráclito». Será Él, «el Espíritu de la verdad», quien guiará a los Apóstoles y a la Iglesia a través de la historia: «Yo pediré al padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce» (Jn 14, 16.17). Él, a quien el Padre enviará en nombre de Cristo, «os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). Y también: Cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio (Jn 16, 8). Esta es la promesa, éste es, podríamos decir, el testamento que Jesús deja a los suyos en la Ultima Cena, junto al que se refiere a la caridad y la Eucaristía.

4. Después de la muerte, la resurrección y la Ascensión de Cristo, Pentecostés fue el cumplimiento de su anuncio, por lo que se referí los Apóstoles, y el inicio de su acción a través de las generaciones que se sucederían a lo largo de los siglos, pues el Espíritu Santo debía permanecer con la Iglesia «para siempre» (Jn 14, 16). Hemos hablado ampliamente de esto en las catequesis anteriores.

Esa historia fundamental de la Iglesia primitiva que es el libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que los Apóstoles quedaron «llenos del Espíritu Santo» y «predicaban la palabra de Dios con valentía» (Hech 2, 4; 4,31). También nos dice que, ya en los tiempos apostólicos, «el mundo» oponía resistencia no sólo a la obra de los Apóstoles, sino también a la del Protagonista invisible que actuaba en ellos, como reprochaban a sus perseguidores: «¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo!» (Hech 7, 51). Eso mismo sucedería también en las demás épocas de la Historia. La resistencia puede llegar incluso a constituir un pecado especial, llamado por Jesús «blasfemia contra el Espíritu Santo», de la que él mismo añade que es un pecado que no será perdonado (Cfr. Mt 12, 31; Lc 12, 10).

Como Jesús había predicho y prometido, el Espíritu Santo fue en la Iglesia desde sus orígenes y sigue siendo en la Iglesia de todo tiempo, el Dador de todos los dones divinos Dator munerum, como lo invoca la Secuencia de Pentecostés: tanto de los bienes destinados directamente a la santificación personal, como de los que se conceden a unos para beneficio de los otros (por ejemplo, ciertos carismas). «Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad» (1 Cor 12, 11). También los «dones jerárquicos», como podríamos llamarlos con el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, 4), que son indispensables para la guía de la Iglesia, provienen de él (Cfr. Hech 20, 28).

5. Sobre la base de la revelación hecha por Jesús y transmitida por los Apóstoles, el símbolo profesa la fe en el Espíritu Santo, del que dice que es «Señor, como es Señor el Verbo, que asumió una carne humana: Tu solus Dominus... cum Sancto Spiritu». Añade, también, que el Espíritu da la vida. Sólo Dios puede conceder la vida al hombre. El Espíritu Santo es Dios. Y, en cuanto Dios, el Espíritu es el autor de la vida del hombre: de la vida «nueva» y «eterna» traída por Jesús, pero también de la existencia en todas sus formas: del hombre y de todas las cosas «Creator Spiritus».

Esta verdad de fe fue formulada en el Símbolo niceno-constantinopolitano porque la consideraban y aceptaban como revelada por Dios mediante Jesucristo y estaban convencidos de que formaba parte del «depósito de la revelación» transmitido por los Apóstoles a las primeras comunidades, de las que pasó a la constante enseñanza de los Padres de la Iglesia. Históricamente, se puede decir que el I Concilio de Constantinopla, que debía hacer frente a algunos que negaban la divinidad del Espíritu Santo, como otros, y especialmente los arrianos, combatían la divinidad del Hijo-Verbo Cristo, añadió ese artículo al símbolo de Nicea. En los dos casos de negación de la divinidad, se trataba de mentes casi perdidas en su pretensión racionalista ante el misterio de la Trinidad. A los adversarios de la divinidad del Espíritu Santo solían llamarles «pneumatómacos» es decir, los que combaten contra el Espíritu o también «macedonianos» del nombre de Macedonio, su jefe. A esas opiniones equivocadas se oponían con su autoridad los grandes Padres, entre los que se hallaba san Atanasio (375) que, especialmente en su Carta a Serapión (1, 28.30) afirmaba la igualdad del Espíritu Santo con las otras dos Personas divinas en la unidad de La Trinidad. Y lo hacia sobre la base de la «antigua tradición, la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor la entregó, los Apóstoles la predicaron y los Padres la han conservado» (Cfr. PG 26, 594.595).

Esos Padres, que valoraban en toda su extensión y en todo su significado la revelación contenida en la Sagrada Escritura, no sólo defendían la noción genuina y completa de la Trinidad, sino que también hacían notar que negar la divinidad del Espíritu Santo equivalía a anular la elevación del hombre a la participación en la vida de Dios, es decir, su «divinización» mediante la gracia, que según el evangelio, es obra del Espíritu Santo. Sólo aquel que es Dios en sí mismo puede obrar la participación en la vida divina. Y es precisamente el Espíritu Santo quien «da la vida», según las palabras de Jesús mismo (Cfr. Jn 6,63).

6. Es preciso añadir que la fe en el Espíritu Santo como Persona divina, profesada en el símbolo Niceno-Constantinopolitano), ha sido muchas veces confirmada por el magisterio solemne de la Iglesia. Lo demuestran, por ejemplo, los cánones del sínodo romano del año 382, publicados por el Papa Dámaso I, en los que leemos que el Espíritu Santo «es de la sustancia divina y es verdaderamente Dios», y que, «como el Hijo y el Padre, así también el Espíritu Santo lo puede todo, lo conoce todo y está omnipresente» (DS., 168.169).

La fórmula sintética del símbolo de la fe del año 381, que del Espíritu Santo como Dios dice que es «Señor» como el Padre y el Hijo, es lógica al añadir que, «con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». Si el Espíritu Santo es quien «da la vida», o sea, que posee con el Padre y con el Hijo el poder creador, y en particular el poder santificador y vivificador en el orden sobrenatural de la gracia, poder que se le atribuye a su Persona, es justo que sea adorado y glorificado como las dos primeras Personas de la Trinidad, de las que procede como término de su eterno amor, en perfecta igualdad y unidad de sustancia.

7. Además, el símbolo atribuye, de un modo totalmente particular, a esta tercera Persona de la Trinidad el ser el autor divino de la profecía: Él es quien «habló por los profetas». Así se reconoce el origen de la inspiración de los profetas del Antiguo Testamento, comenzando por Moisés (Cfr. Dt 34, 10) y hasta Malaquías, quienes nos han dejado por escrito las instrucciones divinas. Fueron inspirados por el Espíritu Santo. David, que era también él «profeta» (Hech 2, 30), decía eso de sí mismo (2 5 22, 2); y lo decía Ezequiel (Ez 11, 5). En su primer discurso, Pedro manifestó esta fe, afirmando que «el Espíritu Santo había hablado por boca de David» (Hech 1, 16) y lo mismo expresó el autor de la carta a los Hebreos (Hb 3, 7; 10, 15). Con gratitud profunda, la Iglesia recibe las Escrituras proféticas como un don precioso del Espíritu Santo, el cual se manifestó así presente y operante desde los comienzos de la historia de la salvación.





EL ORIGEN DEL ESPÍRITU SANTO Y EL «FILIOQUE» (7.XI.90)

1. Cuando profesamos nuestra fe «en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida» añadimos: «que procede del Padre y del Hijo». Como es sabido, estas palabras fueron introducidas en el símbolo Niceno, que decía solamente: «Creemos en el Espíritu Santo» (Cfr. DS., 125). Ya en el Concilio de Constantinopla 381) fue incluida la explicación: «que procede del Padre» (Cfr. DS., 150), por lo que hablamos de símbolo niceno-constantinopolitano. La fórmula conciliar del año 381, rezaba así: «Creo en el Espíritu Santo, que procede del Padre». La fórmula más completa: «que procede del Padre y del Hijo» qui a Patre Filioque procedit, ya presente en antiguos al textos y vuelta a presentar por el Sínodo de Aquisgrán el año 809, fue finalmente introducida también en Roma en 1014 con ocasión de la coronación del emperador Enrique II. Se el difundió desde entonces en todo el Occidente, y fue admitida por los griegos y los latinos en el II Concilio ecuménico de Lión (1274) y en el de Florencia (1439) (Cfr. DS., 150 Nota introductoria). Era una puntualización, que no cambiaba en nada la sustancia de la fe antigua, pero que los mismos Romanos Pontífices no se decidían a admitir por respeto a la fórmula antigua ya difundida por doquier y usada también en la basílica de San Pedro. La introducción de la añadidura, acogida sin graves dificultades en Occidente, suscitó reservas y polémicas entre nuestros hermanos orientales, que atribuyeron a los occidentales un cambio sustancial en materia de fe. Hoy podemos dar gracias al Señor por el hecho de que también en este punto se va aclarando en Oriente y Occidente el verdadero sentido de la fórmula, y el carácter relativo el de la cuestión misma.

Aquí, sin embargo, debemos ahora ocuparnos del «origen» del Espíritu Santo, teniendo en cuenta la cuestión del «Filioque».

2. La Sagrada Escritura alude, ante todo, a que el Espíritu Santo procede del Padre. Por ejemplo, en el evangelio según san Mateo, en el momento de enviar a los Doce a su primera misión, Jesús los tranquiliza así: «No os preocupéis de cómo o por qué vais a hablar.... Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10, 19.20). Luego, en el evangelio según san Juan, Jesús afirma: «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí» (Jn 15, 26). Según muchos exegetas, estas palabras de Jesús se refieren directamente a la misión temporal del Espíritu de parte del Padre; sin embargo, es legitimo ver reflejada en ellas la procesión eterna y, por tanto, el origen del Espíritu Santo del Padre.

Evidentemente, tratándose de Dios, es preciso liberar la palabra «origen» de toda referencia al orden creado y temporal; es decir, en sentido activo, se ha de excluir la comunicación de la existencia a alguien y, por tanto, la prioridad y la superioridad sobre él; y, en sentido pasivo, el paso del no ser al ser por obra de otro y, por tanto, la posterioridad y la dependencia de él. En Dios todo es eterno, fuera del tiempo; por tanto, el origen del Espíritu Santo, como el del Hijo, en el misterio trinitario, en el que las tres divinas Personas son consubstanciales, es eterno. Se trata, efectivamente, de una «procesión» de origen espiritual, como sucede aunque se trata siempre de una analogía muy imperfecta en la «producción» del pensamiento y del amor, que permanecen en el alma en unidad con la mente de la que proceden. Y en este sentido escribe santo Tomás: La fe católica admite procesiones en Dios (S.Th. I, q. 27, a. 1; aa. 3.4).

3. En cuanto a la procesión y al origen del Espíritu Santo del Hijo, los textos del Nuevo Testamento, aun sin hablar de ella abiertamente, ponen de relieve relaciones muy estrechas entre el Espíritu y el Hijo. El envío del Espíritu Santo a los creyentes no es obra sólo del Padre, sino también del Hijo. En efecto, en el Cenáculo, tras haber dicho: «El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre» (Jn 14, 26), Jesús añade: «Si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7).

Otros pasajes evangélicos expresan la relación entre el Espíritu y la revelación realizada por el Hijo, como en los que Jesús dice: «Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho: recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 1415).

El evangelio dice claramente que el Hijo no sólo el Padre «envía» al Espíritu Santo; más aún, que el Espíritu «recibe» del Hijo lo que revela, pues todo lo que tiene el Padre es también del Hijo (Cfr. Jn 16, 15). Tras la resurrección, estos anuncios encontrarán su cumplimiento cuando Jesús, después de haber entrado «estando cerradas las puertas» en el lugar en que los Apóstoles se habían escondido por temor de los judíos, «soplará» sobre ellos y dirá: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22).

4. Junto a estos pasajes evangélicos, que son los más esenciales para nuestro asunto, existen en el Nuevo Testamento otros que demuestran que el Espíritu Santo no es sólo el espíritu del Padre, sino también el Espíritu del Hijo, el Espíritu de Cristo. Así, en la carta a los Gálatas leemos que «Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4, 6). En otros textos, el Apóstol habla del «Espíritu de Jesucristo» (Flp 1, 19), del «Espíritu de Cristo» (Rom 8, 9) y afirma que lo que Cristo realiza por su medio del Apóstol tiene lugar «en virtud del Espíritu de Dios» (Rom 15, 19). No faltan otros textos parecidos a éstos (Cfr. Rom 8, 2; 2 Cor 3, 1 7 s.; 1 Pe 1,11).

5. En verdad, la cuestión del «origen» del Espíritu Santo, en la vida trinitaria del Dios único, ha sido objeto de una larga y múltiple reflexión teológica, basada en la Sagrada Escritura. En Occidente, san Ambrosio en su De Spiritu Sancto y san Agustín en la obra De Trinitate dieron una gran aportación al esclarecimiento de este problema. La tentativa de penetrar más a fondo en el misterio de la vida íntima de Dios-Trinidad, realizado por esos y otros Padres y Doctores latinos y griegos comenzando por san Hilario, san Basilio, Dionisio, san Juan Damasceno, ciertamente preparó el terreno para la introducción en el símbolo de aquella fórmula sobre el Espíritu Santo que «procede del Padre y del Hijo». Con todo, los hermanos orientales se atenían a la fórmula pura y simple del Concilio de Constantinopla (381), tanto más que el Concilio de Calcedonia (451) había confirmado su carácter «ecuménico» aunque de hecho habían tomado parte en él casi sólo obispos de Oriente. Así, el «Filioque» occidental y latino se convirtió, los siglos siguientes, en una ocasión del cisma, ya llevado a cabo por Focio (882), pero consumado y extendido a casi todo el Oriente cristiano el año 1054. Las Iglesias orientales separadas de Roma aún hoy profesan en el símbolo de la fe «en el Espíritu Santo que procede del Padre» sin hacer mención del «Filioque», mientras en Occidente decimos expresamente que el Espíritu Santo «procede del Padre y del Hijo».

6. Esta doctrina no carece de precisas referencias en los grandes Padres y Doctores de Oriente Efrén, Atanasio, Basilio, Epifanio, Cirilo de Alejandría, Máximo, Juan Damasceno y de Occidente Tertuliano, Hilario, Ambrosio, Agustín. Santo Tomás, siguiendo a los Padres, dio una aguda explicación de la fórmula, basándose en el principio de la unidad e igualdad de las divinas Personas en las relaciones trinitarias (Cfr. S.h. I, q. 36, aa. 24).

7. Tras el cisma, varios concilios del segundo milenio intentaron reconstruir la unión entre Roma y Constantinopla. La cuestión de la procesión del Espíritu Santo del Padre y del Hijo fue objeto de clarificaciones especialmente en los concilios IV de Letrán (1215), de Lión (1274) y, finalmente, en el Concilio de Florencia (1439). En este último concilio encontramos una puntualización que tiene el valor de una puesta a punto histórica y, al mismo tiempo, de una declaración doctrinal: «Los latinos afirman que diciendo que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo no pretenden excluir que el Padre sea la fuente y el principio de toda la divinidad, es decir, del Hijo y del Espíritu Santo; ni quieren negar que el Hijo tenga del Padre el hecho que el Espíritu Santo procede del Hijo; ni considerar que existan dos principios o dos espiraciones, sino que afirman que es único el principio y única la espiración del Espíritu Santo, como hasta ahora han asegurado» (Cfr. Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bologna, 1973, pág. 526).

Era el eco de la tradición latina, que santo Tomás había determinado teológicamente muy bien (Cfr. S.Th. I, q. 36, a. 3) refiriéndose a un texto de san Agustín, según el cual «Pater et Filius sunt unum principium Spiritus Sancti (De Trinitate, V, 14; PL 42, 921).

8. Así, parecían superadas las dificultades de orden terminológico y aclaradas las intenciones, hasta el punto de que ambas partes griegos y latinos en la sesión sexta 6 de julio de 1439) pudieron firmar la definición común: «En el nombre de la Santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, con la aprobación de este sagrado y universal concilio Florentino, establecemos que esta verdad de fe sea creída y aceptada por todos los cristianos; y, por ello, todos deben profesar que el Espíritu Santo es eternamente del Padre y del Hijo, que tiene su esencia y su ser subsistente juntamente del Padre y del Hijo, y que procede eternamente del uno y del otro como de un único principio y de una única espiración».

He aquí una ulterior puntualización, a la que ya santo Tomás había dedicado un artículo de la Summa («Utrum Spiritus Sanctus procedat a Patre per Filium»: q. 36, a. 3): «Declaramos se lee en el concilio que lo que afirman los santos Doctores y Padres (o sea) que el Espíritu Santo procede del Padre por medio del Hijo, tiende a hacer comprender y quiere significar que también el Hijo, como el Padre, es causa, según los griegos, principio, según los latinos, de la subsistencia del Espíritu Santo. Y, dado que todas las cosas que son del Padre, el Padre mismo las ha dado al Hijo con la generación, menos el ser Padre: esta misma procesión del Espíritu Santo del Hijo, el Hijo mismo la tiene eternamente del Padre, del que también ha sido engendrado eternamente» (DS, 1301).

9. También hoy este texto conciliar sigue siendo una base útil para el diálogo y el acuerdo entre los hermanos de Oriente y Occidente, tanto más que la definición firmada por las dos partes terminaba con la siguiente declaración: «Establecemos... que la explicación dada con la expresión «Filioque» ha sido lícita y razonablemente añadida al símbolo, para hacer más clara la verdad y por la necesidad que urgía entonces» (DS, 1302).

De hecho, después del Concilio de Florencia, en Occidente se siguió profesando que el Espíritu Santo «procede del Padre y del Hijo», mientras en Oriente siguieron ateniéndose a la fórmula conciliar original de Constantinopla. Pero desde los tiempos del Concilio Vaticano II se lleva a cabo un provechoso diálogo ecuménico, que parece haber llevado a la conclusión de que la fórmula «Filioque» no constituye un obstáculo esencial para el diálogo mismo y sus desarrollos, que todos deseamos e invocamos del Espíritu Santo.










EL ESPÍRITU SANTO, AMOR DEL PADRE Y AL HIJO (14.XI.90)

1. Hoy queremos comenzar la catequesis repitiendo una afirmación ya hecha antes sobre el tema del único Dios, que la fe cristiana nos enseña a reconocer y a adorar como Trinidad. «El amor reciproco del Padre y del Hijo procede en ellos y de ellos como Persona: el Padre y el Hijo «espiran» al Espíritu de Amor, consustancial a ellos». La Iglesia, ya desde los comienzos, tenía la convicción de que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como Amor.

Las raíces de la tradición de los Padres y Doctores de la Iglesia se hallan en el Nuevo Testamento, y especialmente en las palabras de San Juan en su primera carta: «Dios es Amor» (1 Jn 4, 8).

2. Estas palabras se refieren a la misma esencia de Dios, en la que las tres Personas son una sola sustancia, y todas son igualmente Amor, es decir, Voluntad del bien, propensión interna hacia el objeto del amor, dentro y fuera de la vida trinitaria.

Pero ha llegado el momento de advertir, con Santo Tomás de Aquino, que nuestro lenguaje es pobre en términos que expresen el acto de voluntad que lleva al amante hacia el amado. Ese acto depende de la interioridad del amor que, procediendo de la voluntad, o del corazón, no es tan lúcido y consciente como el proceso de la idea de la mente. De aquí deriva que, mientras en la esfera del entendimiento disponemos de varias palabras para expresar, por una parte, la relación entre el sujeto que conoce y el objeto conocido entender, comprender y, por otra, la emanación de la idea de la mente en el acto del conocimiento decir la Palabra, o Verbo, proceder como Palabra de la mente, no sucede lo mismo en la esfera de la voluntad y del corazón. Es cierto que, «por el hecho de que uno ama algo, resulta en él, en su afecto, una impresión, por decir así, del objeto amado, en virtud de la cual el amado está en el amante como la cosa conocida está en quien la conoce. Por eso, cuando uno se conoce y ama a sí mismo, está en sí mismo, no sólo porque es idéntico a sí mismo, sino también porque es objeto del propio conocimiento y del propio amor». Pero, en el lenguaje humano, «no se han acuñado otras palabras para expresar la relación existente entre la afección, o impresión suscitada por el objeto amado y el principio (interior) del que ella emana, o viceversa. Por tanto, a causa de la pobreza de vocabulario «propter vocabulorum inopiam», también esas relaciones son indicadas con los términos: amor y dilección (dilectio); y es como si uno diera al verbo los nombres de intelección concebida, o de sabiduría engendrada».

De aquí la conclusión del Doctor Angélico: «Si en los términos amor y amar (diligere) se quiere indicar sólo la relación entre el amante y la cosa amada, en la Trinidad, se refieren a la esencia divina, como los demás términos intelección y entender. Si, en cambio, usamos los mismos términos para indicar las relaciones existentes entre lo que deriva o procede como acto y objeto del amor, y el principio correlativo, de modo que Amor sea el equivalente de Amor que procede, y Amar (diligere) el equivalente de espirar el amor procedente, entonces Amor es nombre de persona...», y es precisamente el nombre del Espíritu Santo (S.Th. I, q. 37, a. 1).

3. El análisis de la terminología realizado por Santo Tomás es muy útil para llegar a una noción relativamente clara del Espíritu Santo como Amor-Persona, en el seno de la Trinidad que, en su totalidad, «es Amor». Pero es preciso decir que la atribución del Amor al Espíritu Santo, como su nombre propio, se encuentra en la enseñanza de los Padres de la Iglesia, de los que el mismo Doctor Angélico se alimenta. A su vez, los Padres son los herederos de la revelación de Jesús y de la predicación de los Apóstoles, que conocemos también por otros textos del Nuevo Testamento. Así, en la oración sacerdotal, dirigida al Padre en la Ultima Cena, Jesús dice: «Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17, 26). Se trata del amor con el que el Padre ha amado al Hijo «antes de la creación del mundo» (Jn 17, 24). Según algunos exegetas recientes, las palabras de Jesús indican aquí, al menos indirectamente, el Espíritu Santo, el Amor con el que el Padre ama eternamente al Hijo, eternamente amado por él. Pero ya Santo Tomás había examinado muy bien un texto de San Agustín sobre este amor recíproco del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo (Cfr. De Trinitate, VI, 5; XIV, 7; PL 43, 928, 1065), discutido por otros escolásticos a causa del ablativo con que había pasado a la teología medieval: «Utrum Pater et Filius diligant se Spiritu Sancto», y había concluido su análisis literario y doctrinal con esta hermosa explicación: «De la misma manera que decimos que el árbol florece en las flores, así decimos que el Padre se dice a sí mismo y a la creación en el Verbo, o Hijo, y que el Padre y el Hijo se aman a sí mismos y a nosotros en el Espíritu Santo, es decir, en el Amor procedente». (S.Th. I, q. 37, a. 2).

También en aquel discurso de despedida, Jesús anuncia que el Padre enviará a los Apóstoles y a la Iglesia el «Paráclito, el Espíritu de la verdad» (Jn 14, 16-17), y que también Él, el Hijo, lo enviará (Cfr. Jn 16, 7) «para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 16). Los Apóstoles, por tanto, recibirán al Espíritu Santo como Amor que une al Padre y al Hijo. Por obra de este Amor, el Padre y el Hijo harán morada en ellos (Cfr. Jn 14, 23).

4. En esta misma perspectiva se ha de considerar el otro pasaje de la oración sacerdotal, cuando Jesús pide al Padre por la unidad de sus discípulos: «Para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado» (Jn 17, 21). Si los discípulos deben ser «uno en nosotros», es decir, en el Padre y en el Hijo esto puede tener lugar sólo por obra del Espíritu Santo, cuya venida y permanencia en los discípulos es anunciada por Cristo al mismo tiempo: Él «mora con vosotros y en vosotros está» (Jn 14,17).

5. Este anuncio fue recibido y comprendido en la Iglesia primitiva, como lo demuestran, además del mismo evangelio de San Juan, la alusión de San Pablo sobre el amor de Dios que «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5) y las palabras de San Juan en su primera carta: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en Él y Él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu» (1 Jn 4, 12.13).

6. De estas raíces se desarrolló la tradición sobre el Espíritu Santo como Persona-Amor. La economía trinitaria de la santificación salvífica permitió a los Padres y Doctores de la Iglesia «penetrar con la mirada» en el misterio intimo de Dios-Trinidad.

Así hizo San Agustín, especialmente en la obra De Trinitate, contribuyendo de modo decisivo a la afirmación y difusión de esta doctrina en Occidente. De sus reflexiones brotaba la concepción del Espíritu Santo como Amor reciproco y vínculo de unidad entre el Padre y el Hijo en la comunión de la Trinidad. Él escribía: «Como llamamos propiamente al Verbo único de Dios con el nombre de Sabiduría, aunque generalmente el Espíritu Santo y el Padre mismo sean Sabiduría, así también el Espíritu recibe como propio el nombre de Caridad, aunque el Padre y el Hijo sean, en sentido general, Caridad» (De Trinitate, XV, 1 7, 31; CC 50, 505).

7. La misma doctrina se encuentra en Oriente, donde los Padres hablan del Espíritu Santo como de aquel que es la unidad del Padre y del Hijo, y el vínculo de la Trinidad.

Así, Cirilo de Alejandría (444) y Epifanio de Salamina (430) (Cfr. Ancoratus, 7: PG 43, 28 B).

En esta línea permanecieron los teólogos orientales de las épocas siguientes. Entre ellos el monje Gregorio Palamás, arzobispo de Tesalónica (siglo XIV), que escribe: «El Espíritu del Verbo supremo es como un cierto amor del Padre hacia el Verbo misteriosamente engendrado; y es el mismo amor que el amadísimo Verbo e Hijo del Padre tiene a aquel que lo ha engendrado» (Capita Physica, 36: PG 150, 1144 D)1145 A). Entre los autores más recientes se puede citar a Bulgakov: «Si Dios en la Santísima Trinidad es amor, el Espíritu Santo es Amor del amor» (El Paráclito, ed. it. Bolonia, 1972, p. 121).

8. Esa es la doctrina de Oriente y de Occidente, que el Papa León XIII tomaba de la tradición y sintetizaba en su encíclica sobre el Espíritu Santo «es la divina bondad y el recíproco Amor del Padre y del Hijo» (Cfr. DS 3326). Pero, para concluir, volvamos una vez más a San Agustín: «El Amor es de Dios y es Dios: por tanto, propiamente es el Espíritu Santo, por el que se derrama la caridad de Dios en nuestros corazones, haciendo morar en nosotros a la Trinidad... El Espíritu Santo es llamado con propiedad Don, por causa del Amor» (De Trinitate, XV, 18, 32: PL 42, 1082.1083). Por ser Amor, el Espíritu Santo es Don. Será éste el tema de la próxima catequesis.










REVELACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO COMO DON (21.XI.90)

1. Todos conocemos las delicadas y sugestivas palabras dirigidas por Jesús a la samaritana, que había acudido al pozo de Jacob para sacar agua: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4, 10). Son palabras que nos introducen en otra dimensión esencial de la verdad revelada acerca del Espíritu Santo.

Jesús, en aquel encuentro, habla del don del «agua viva», afirmando que quien la bebe «no tendrá sed jamás». En otra ocasión, en Jerusalén, Jesús hablaba de «ríos de agua viva» (Jn 7, 38), y el evangelista, que refiere esta palabra, añade que Jesús «decía esto refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él» (Jn 7, 39). A continuación, el evangelista explica que ese Espíritu sería dado sólo cuando Jesús «hubiese sido glorificado» (Jn 7, 39).

De la reflexión sobre estos y otros textos análogos ha brotado la convicción de que pertenece a la revelación de Jesús el concepto del Espíritu Santo como Don concedido por el Padre. Por lo demás, según el evangelio de Lucas, en su enseñanza, casi catequística, sobre la oración, Jesús hace notar a los discípulos que, si los hombres saben dar cosas buenas a sus hijos, «¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13): el Espíritu Santo es la «cosa buena» superior a todas las demás (Mt 7, 11), el «don bueno» por excelencia.

2. En el discurso de despedida a los Apóstoles, Jesús les asegura que Él mismo pedirá al padre por sus discípulos sobre todo este don: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 16). Habla así la víspera de su pasión, y tras la resurrección anuncia el próximo cumplimiento de su oración: «Yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre... Hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24, 49). «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 8).

Jesús pide al Padre el Espíritu Santo como Don para los Apóstoles y para la Iglesia hasta el fin del mundo. Pero, al mismo tiempo, Él es quien lleva en sí este don; más aún, Él posee, también en su humanidad, la plenitud del Espíritu Santo, pues «el Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano» (Jn 3, 35). Él es «aquel a quien Dios ha enviado», que «habla las palabras de Dios» y, «porque da el Espíritu sin medida» (Jn 3, 34).

3. También mediante su humanidad, el Hijo de Dios mismo es quien manda el Espíritu: si el Espíritu Santo es plenamente el Don del Padre, Cristo-hombre, al llevar a cabo en su pasión redentora la misión recibida y cumplida para obedecer al Padre, obediencia «hasta la muerte de cruz» (Flp 2, 8), revela mediante su sacrificio redentor de Hijo al Espíritu Santo como Don y lo da a sus discípulos. Lo que en el Cenáculo llama su «partida», en la economía salvífica se transforma en el momento prefijado a que se halla ligada «la venida» del Espíritu Santo (Cfr. Jn 16, 7)

4. Pero, a través de ese momento culminante de luto-revelación del misterio trinitario, nos es posible penetrar aún mejor en la vida íntima de Dios. Nos es dado conocer al Espíritu Santo no sólo como Don concedido a los hombres, sino también como Don subsistente en la misma vida intima de Dios. «Dios es amor», nos dice San Juan (1 Jn 4, 8); amor esencia, como precisan los teólogos, común a las tres divinas Personas. Pero eso no excluye que el Espíritu Santo, como Espíritu del Padre y del Hijo, sea amor en sentido persona, como hemos explicado en la catequesis anterior. Por esto, Él «todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (1 Cor 2, 10), con el poder de penetración propio del Amor. Por esto mismo Él es también el Don increado y eterno, que las divinas Personas se hacen en la vida intima del Dios uno y trino. Su ser-amor se identifica con su ser-don. Se podría incluso decir que «por el Espíritu Santo» Dios «existe» como Don. El Espíritu Santo es, pues, la expresión personal de esta donación, de este ser- Amor. Es Persona-Amor. Es Persona-don» (Dominum et vivificantem, 10).

5. Escribe San Agustín que, «como el ser nacido significa para el Hijo proceder del Padre, así el ser Don es para el Espíritu Santo proceder del Padre y del Hijo» (De Trinitate, IV, 20: PL 42, 908). Existe en el Espíritu Santo una equivalencia entre el ser-Amor y el ser-Don. Explica muy bien Santo Tomás: «El amor es la razón de un don gratuito, que se hace a una persona porque se la quiere bien. El primer don es, pues, el amor. (Amor habet rationem primi doni). Por eso, si el Espíritu Santo procede como Amor, procede también como primer Don» (S.Th. I, q. 38, a. 2). Todos los demás dones son distribuidos entre los miembros del cuerpo de Cristo por el Don que es el Espíritu Santo, concluye el Angélico, con San Agustín (De Trinitate, XV, 19: PL 42, 1084).

6. Al estar en el origen de todos los demás dones concedidos a las creaturas, el Espíritu Santo, Amor-Persona, Don increado, es como una fuente (fons vivus), de la que deriva todo en la creación; es como un fuego de amor (ignis caritas), que lanza destellos de realidad y de bondad a todas las cosas (dona creata). Se trata del don de la existencia concedida, mediante el acto de la creación y de la gracia, a los ángeles y a los hombres en la economía de la salvación. Por esto, el apóstol Pablo escribe: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5),

7. También este texto paulino es una síntesis de cuanto enseñan los Apóstoles inmediatamente tras Pentecostés. «Convertíos exhortaba Pedro, y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hech 2, 38). Poco después, el mismo Apóstol, enviado al centurión Cornelio para bautizarlo, podrá comprender por la experiencia de una revelación divina «que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles» (Cfr. Hech 10, 45). Los Hechos registran también el episodio de Simón el Mago, que quiso «comprar con dinero» el Espíritu Santo. Simón Pedro le reprochará duramente eso, afirmando que el Espíritu Santo es sólo don, y se recibe de forma gratuita, precisamente como don de Dios (Cfr. Hech 8, 19.23).

8. Es lo que repiten los Padres de la Iglesia. Por ejemplo, leemos en Cirilo de Alejandría: «Nuestro regreso a Dios se hace por Cristo salvador y tiene lugar sólo a través de la participación y la santificación del Espíritu Santo. Aquel que nos lleva y, por decir así, nos une a Dios es el Espíritu, que, cuando lo recibimos, nos hace partícipes de la naturaleza divina; nosotros lo recibimos por medio del Hijo y en el Hijo recibimos al Padre» (Comentario al evangelio de Juan, 9, 10: PG 74, 544 D). Es el «regreso a Dios», que se realiza continuamente en cada uno de los hombres y de las generaciones humanas, en el tiempo que va desde la «partida» redentora de Cristo, Hijo del Padre, hasta la siempre nueva «venida» santificadora del Espíritu Santo, que se completará con la venida gloriosa de Cristo al fin de la historia. Todo lo que, en el orden sacramental, en el orden carismático, en el orden eclesiástico-jerárquico, sirve a este «regreso» de la humanidad al Padre en el Hijo, es una múltiple y variada «difusión» del único Don eterno, que es el Espíritu Santo, en su dimensión de don creado, o sea, de participación en los hombres del Amor infinito. Es «el Espíritu Santo que se dá a sí mismo», dice Santo Tomás (S.Th. I, q. 38, a. 1, ad 1). Hay una cierta continuidad entre el Don increado y los dones creados, que hacia escribir a San Agustín: «El Espíritu Santo es eternamente Don, pero temporalmente es algo donado» (De Trinitate, V, 16, 17; CC 50, 224).

9. De esta antigua tradición de Padres y Doctores de la Iglesia, eslabones que nos unen a Jesucristo y los Apóstoles, deriva lo que se lee en la encíclica Dominum et vivificantem: «El amor de Dios Padre, don, gracia infinita, principio de vida, se ha hecho visible en Cristo, y en su humanidad se ha hecho «parte» del universo, del género humano y de la historia. La «manifestación» de la gracia en la historia del hombre, mediante Jesucristo, se ha realizado por obra del Espíritu Santo, que es el principio de toda acción salvífica de Dios en el mundo: es el «Dios oculto», que como amor y don «llena la tierra» (n. 54). En el centro de este orden universal constituido por los dones del Espíritu Santo está el hombre, «creatura racional que, a diferencia de las demás creaturas terrenas, puede llegar a gozar de la Persona divina y hacer uso de sus dones. A esto puede llegar la creatura racional cuando se hace participe del Verbo divino y del Amor que procede del Padre y del Hijo, de forma que, por su libre apertura interior, puede conocer de verdad a Dios y amarlo rectamente... Pero esto no se alcanza por virtud propia, sino por don concedido de lo alto... En este sentido, compete al Espíritu Santo ser dado y ser Don» (S.Th. I, q. 38, a. 1).

Aún tendremos ocasión de mostrar la importancia de esta doctrina para la vida espiritual. Por ahora, sellemos con ese hermoso texto del Doctor Angélico nuestras catequesis sobre la Persona del Espíritu Santo, Amor y Don de caridad infinita.










SEXTA PARTE

(EL ESPÍRITU SANTO Y JESUCRISTO)



EL ESPÍRITU SANTO, ALMA DE LA IGLESIA (28.XI.90)

1. Hoy comenzamos una nueva serie de catequesis del ciclo pneumatológico, en el que he querido atraer la atención de los oyentes, cercanos y lejanos, sobre la verdad fundamental cristiana del Espíritu Santo. Hemos visto que el Nuevo Testamento, preparado por el Antiguo, nos lo da a conocer como Persona de la Santísima Trinidad. Es una verdad fascinante, tanto por su íntimo significado como por su reflejo en nuestra vida. Más aún, podemos decir que se trata de una verdad para la vida como, por lo demás, lo es toda la revelación recogida en el Credo. De modo especial, el Espíritu Santo nos ha sido revelado y dado para que sea luz y guía de vida para nosotros, para toda la Iglesia, para todos los hombres llamados a conocerlo.

2. Hablemos, ante todo, del Espíritu Santo como principio vivificante de la Iglesia.

Hemos visto a su tiempo, a lo largo de las catequesis cristológicas, que Jesús, desde el comienzo de su misión mesiánica, recogió en torno a si a los discípulos, entre los que eligió a los Doce, llamados Apóstoles, y que entre ellos asignó a Pedro el primado del testimonio y de la representación (Cfr. Mt 16,18). Cuando, la víspera de su sacrificio en la cruz, instituyó la Eucaristía, dio a los mismo Apóstoles el mandato y el poder de celebrarla en conmemoración suya (Cfr. Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24.25). Tras la resurrección les confirió el poder de perdonar los pecados (Cfr. Jn 20, 22.23) y el mandato de la evangelización universal (Cfr. Mc 16,15).

Podemos decir que todo eso enlaza con el anuncio y la promesa de la venida del Espíritu Santo, que se realiza el día de Pentecostés, como refieren los Hechos de los Apóstoles (2, 1 4).

3. El Concilio Vaticano II nos ofrece algunos textos significativos acerca de la importancia decisiva del día de Pentecostés, que con frecuencia es presentado como el día del nacimiento de la Iglesia ante el mundo. En efecto, leemos en la constitución Dei Verbum que «con el envío del Espíritu Santo de la verdad (Cristo), lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna» (n. 4). Por tanto, entre Jesucristo y el Espíritu Santo existe un vínculo estrecho en la obra salvífica.

A su vez, la constitución Lumen Gentium acerca de la Iglesia dice del Espíritu Santo: «Él es el Espíritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (Cfr. Jn 4, 14; 7, 38)39), por quien el Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite sus cuerpos mortales en Cristo» (n. 4). Así, pues, por el poder y la acción del Espíritu, mediante el que resucitó Cristo, resucitarán los que han sido incorporados a Cristo. Es la enseñanza de San Pablo, recogida por el Concilio (Cfr. Rom 8, 10.11).

El mismo Concilio añade que, al venir sobre los Apóstoles, el Espíritu Santo dio inicio a la Iglesia (Cfr. Lumen Gentium, 19), la cual, en el Nuevo Testamento y especialmente en San Pablo, es descrita como el Cuerpo de Cristo: «El Hijo de Dios, (...) a sus hermanos, congregados de entre todos los pueblos, los constituyó místicamente su cuerpo, comunicándoles su espíritu» (ib. n. 7: «tamquam corpus suum mystice constituit»).

La tradición cristiana, que recoge este tema paulino de la Ecclesia Corpus Christi, del que siempre según el Apóstol el Espíritu Santo es principio vivificante, llega a decir con una bellísima expresión, que el Espíritu Santo es el «alma» de la Iglesia. Baste aquí citar a San Agustín que, en uno de sus discursos, afirma: «lo que nuestro espíritu, o sea, nuestra alma es con relación a nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo, es decir, para el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia (Sermo 269, 2; PL 38, 1232). También es sugestivo un texto de la Suma Teológica, en la que Santo Tomás de Aquino, hablando de Cristo cabeza del cuerpo de la Iglesia, compara al Espíritu Santo con el corazón, porque «invisiblemente vivifica y unifica a la Iglesia», como el corazón «ejerce un influjo interior en el cuerpo humano» (III, q. 8, a. l, ad 3).

El Espíritu Santo, «alma de la Iglesia», «corazón de la Iglesia»: es un dato hermoso de la Tradición, sobre el que conviene investigar.

4. Es evidente que, como explican los teólogos, la expresión «el Espíritu Santo, alma de la Iglesia» se ha de entender de modo analógico, pues no es «forma sustancial» de la Iglesia como lo es el alma para el cuerpo, con el que constituye la única sustancia «hombre». Espíritu Santo es el principio vital de la Iglesia, intimo, pero transcendente. Él es el Dador de vida y de unidad de la Iglesia, en la línea de la causalidad eficiente, es decir, como autor y promotor de la vida divina del Corpus Christi. Lo hace notar el Concilio, según el cual Cristo, «para que nos renováramos incesantemente en él (Cfr. Ef 4, 23), nos concedió participar de su Espíritu, quien, siendo uno solo en la Cabeza y en los miembros, de tal modo vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve, que su oficio pudo ser comparado por los Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o el alma que en el cuerpo humano» (Lumen Gentium, 7).

Siguiendo esta analogía, todo el proceso de la formación de la Iglesia, ya en el ámbito de la actividad mesiánica de Cristo en la tierra, se podría comparar con la creación del hombre según el libro del Génesis, y especialmente con la inspiración del «aliento de vida» por el que «resultó e hombre un ser viviente» (Gen 2, 7). En el texto hebreo, el término usado es nefesh (es decir, ser animado por un soplo vital); pero, en otro pasaje del mismo libro del Génesis, el soplo vital de los seres vivientes es llamado ruah, o sea, «espíritu» (Gen 6, 17). Según esta analogía, se puede considerar al Espíritu Santo como soplo vital de la «nueva creación», que se hace concreta en la Iglesia.

5. El Concilio nos dice también que «fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu (Cfr. Ef 2, 18)» (Lumen Gentium, 4). Esta es la primera y fundamental forma de vida que el Espíritu Santo, a semejanza del «alma que da la vida» infunde en la Iglesia: la santidad, según el modelo de Cristo «a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo» (Jn 10, 36). La santidad constituye la identidad profunda de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, vivificado y partícipe de su Espíritu. La santidad da la salud espiritual al Cuerpo. La santidad determina también su belleza espiritual; la belleza que supera toda belleza de la naturaleza y del arte; una belleza sobrenatural, en la que se refleja la belleza de Dios mismo de un modo más esencial y directo que en toda la belleza de la creación, precisamente porque se trata del Corpus Christi Sobre el tema de la santidad de la Iglesia volveremos aún en una próxima catequesis.

6. El Espíritu Santo es llamado «alma de la Iglesia» también en el sentido que él aporta su luz divina a todo el pensamiento de la Iglesia, que «guía hasta la verdad completa», según el anuncio de Cristo en el Cenáculo: «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16,13. 1 5).

Por consiguiente, bajo la luz del Espíritu Santo se proclama en la Iglesia el anuncio de la verdad revelada y se realiza la profundización de la fe en todos los niveles del Corpus Christi: el de los Apóstoles, el de sus sucesores en el Magisterio, y el del «sentido de la fe» de todos los creyentes, entre los que se encuentran los catequistas, los teólogos y los demás pensadores cristianos. Todo está y debe estar animado por el Espíritu.

7. El Espíritu Santo es también la fuente de todo el dinamismo de la Iglesia, ya se trate del testimonio de Cristo que debe dar ante el mundo, ya de la difusión del mensaje evangélico. En el evangelio de Lucas, Cristo resucitado, cuando anuncia a los Apóstoles el envío del Espíritu Santo, insiste precisamente en este aspecto, diciendo: «Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte, permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos del poder desde lo alto» (Lc 24, 49). La conexión entre Espíritu Santo y dinamismo es aún más clara en la narración paralela de los Hechos de los Apóstoles, donde Jesús dice: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos...» (Hech 1, 8). Tanto en el evangelio como en los Hechos de los Apóstoles la palabra griega que se usa para decir «fuerza» o «poder» es dynamis: «dinamismo». Se trata de una energía sobrenatural, que por parte del hombre exige sobre todo la oración. Es otra de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, según el cual el Espíritu Santo «habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos» (Lumen Gentium, 4). El Concilio también en este texto se refiere a San Pablo (Cfr. Gal 4, 6; Flm 8, 15.16. 26), del que queremos aquí recordar especialmente el paso de la carta a los Romanos donde dice: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8, 26).

8. Como conclusión de cuanto hemos dicho hasta aquí, leamos otro breve texto del Concilio, según el cual el Espíritu Santo «con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (Cfr. Ap 22, 17)» (Lumen Gentium, 4). Este texto es un eco de San Ireneo (Adv. Haereses, 111, 14, 1: PG 7, 966 B), que nos trasmite la certeza de fe de los Padres más antiguos. Se trata de la misma certeza anunciada por San Pablo, cuando decía que los creyentes han sido emancipados de la esclavitud de la letra «para servir bajo el nuevo régimen del Espíritu» (Rom 7, 6). La Iglesia entera está bajo este régimen y encuentra en el Espíritu Santo la fuente de su continua renovación y de su unidad. Porque más poderosa que todas las debilidades humanas y todos los pecados es la fuerza del Espíritu, que es Amor vivificante y unificante.








EL ESPÍRITU SANTO Y LA UNIDAD DE TODA LA HUMANIDAD (5.XII.90)

1. Si el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, según la tradición cristiana fundada en la enseñanza de Cristo y de los Apóstoles, como hemos visto en la catequesis precedente, debemos añadir de inmediato que San Pablo, al establecer su analogía de la Iglesia con el cuerpo humano, quiere subrayar que «en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo (...) Y todos hemos recibido de un solo Espíritu» (1 Cor 12, 13). Si la Iglesia es como un cuerpo, y el Espíritu Santo es como su alma, es decir, el principio de su vida divina; si el Espíritu, por otra parte, dio comienzo, el día de Pentecostés, a la Iglesia al venir sobre la primitiva comunidad de Jerusalén (Cfr. Hech 1,13), él ha de ser, desde aquel día, y para todas las generaciones nuevas que se insertan en la Iglesia, el principio y la fuente de la unidad, como lo es el alma en el cuerpo humano.

2. Digamos enseguida que, según los textos del evangelio y de San Pablo, se trata de «la unidad en la multiplicidad» Lo expresa claramente el Apóstol en la primera carta a los Corintios: «Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo» (1 Cor 12, 12).

Puesta esta premisa de orden ontológico sobre la unidad al Corpus Christi, se explica la exhortación que hallamos en la carta a los Efesios: «Poned empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4, 3). Como se puede ver, no se trata de una unidad mecánica, y ni siquiera sólo orgánica (como la de todo ser viviente), sino de una unidad espiritual que exige un compromiso ético. En efecto, según San Pablo, la paz es fruto de la reconciliación mediante la cruz de Cristo, «pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2, 18). «Unos y otros»: es una expresión que en este texto se refiere a los convertidos del judaísmo y del paganismo, cuya reconciliación con Dios, que de todos hace un solo pueblo, un solo cuerpo, en un solo Espíritu, el Apóstol sostiene y describe ampliamente (Cfr. Ef 2, 11.18). Pero eso vale para todos los pueblos, las naciones, las culturas, de donde provienen los que creen en Cristo. De todos se puede repetir con San Pablo lo que se lee a continuación en el texto: «Así, pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros convertidos del paganismo estáis siendo juntamente edificados con los demás, que proceden del judaísmo, hasta ser morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,19.22).

3. «En quien toda edificación crece». Existe, por tanto, un dinamismo en la unidad de la Iglesia, que tiende a la participación cada vez más plena de la unidad trinitaria de Dios mismo. La unidad de comunión eclesial es una semejanza de la comunión trinitaria, cumbre de altura infinita, a la que se ha de mirar siempre. Es el saludo y el deseo que en la liturgia renovada tras el Concilio se dirige a los fieles al comienzo de la misa, con las mismas palabras de Pablo: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros» (2 Cor 13, 13). Esas palabras encierran la verdad de la unidad en el Espíritu Santo como unidad de la Iglesia, que San Agustín comentaba así: «La comunión de la unidad de la Iglesia (...) es casi una obra propia del Espíritu Santo con la participación del Padre y del Hijo, pues el Espíritu mismo es en cierto modo la comunión del Padre y del Hijo (...). El Padre y el Hijo poseen en común el Espíritu Santo, porque es el Espíritu de ambos» (Sermo 71, 20. 33: PL 38, 463.464)

4. Este concepto de la unidad trinitaria en el Espíritu Santo, como fuente de la unidad de la Iglesia en forma de «comunión», como repite con frecuencia el Concilio Vaticano II, es un elemento esencial en la eclesiología. Citemos aquí las palabras conclusivas del número 4 de la constitución Lumen Gentium, dedicado al Espíritu santificador de la Iglesia, en donde se recoge un famoso texto de San Cipriano de Cartago (De Orat Dominica, 23: PL 4, 536): «Así la Iglesia universal se presenta como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Lumen Gentium, 4; cfr. 9; Gaudium et Spes, 24; Unitatis redintegratio, 2).

5. Es preciso destacar que la «comunión» eclesial se manifiesta en la prontitud y en la constancia de la permanencia en la unidad, según la recomendación de San Pablo que hemos escuchado, independientemente de la múltiple pluralidad y diferencia entre personas, grupos étnicos, naciones y culturas. El Espíritu Santo, fuente de esta unidad, enseña la reciproca comprensión e indulgencia (o al menos la tolerancia), mostrando a todos la riqueza espiritual de cada uno; enseña la mutua concesión de los respectivos dones espirituales, cuyo fin es unir a los hombres, y no dividirlos entre sí. Como dice el Apóstol: «Un solo cuerpo, y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4, 4.5). En el plano espiritual y ético, pero con profundos reflejos en el psicológico y en el social, la fuerza que une es sobre todo el amor compartido y practicado según el mandamiento de Cristo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado» (Jn 13, 34; 15, 12). Según San Pablo, este amor es el don supremo del Espíritu Santo (Cfr. 1 Cor 13, 13)

6. Por desgracia, esta unidad del Espíritu Santo y en el Espíritu Santo, que es propia del Cuerpo de Cristo, es obstaculizada por el pecado. Así, ha sucedido que, al paso de los siglos, los cristianos han sufrido no pocas divisiones, algunas de ellas muy grandes y estabilizadas. Esas divisiones se explican pero no se justifican por la debilidad y las limitaciones propias de la naturaleza humana herida, como permanece y se manifiesta también en los miembros de la Iglesia y en sus mismos pastores. Pero, de igual forma, debemos proclamar nuestra convicción, fundada en una certeza de fe y en la experiencia de la historia, de que el Espíritu Santo trabaja incansablemente en la edificación de la unidad y de la comunión, a pesar de la debilidad humana. Es la convicción expresada por el Concilio Vaticano II en el decreto Unitatis redintegratio sobre el ecumenismo, cuando reconoce que «hoy, en muchas partes del mundo, por inspiración del Espíritu Santo, se hacen muchos esfuerzos con la oración, la palabra y la acción para llegar a aquella plenitud de unidad que Jesucristo quiere» (n. 4). Unum corpus, unus Spiritus. El tender sinceramente a esta unidad en el Cuerpo de Cristo deriva del Espíritu Santo y sólo por obra suya puede llevar a la plena realización del ideal de la unidad.

7. Pero en la Iglesia el Espíritu Santo, además de la unidad de los cristianos, realiza la apertura universal hacia toda la familia humana, y es fuente de la comunión universal. En el plano religioso, de esta fuente excelsa y profunda brota la actividad misionera de la Iglesia, desde los tiempos de los Apóstoles hasta nuestros días. La tradición de los Padres nos muestra que, ya desde los primeros siglos, la misión se llevó a cabo con atención y comprensión hacia aquellas «semillas del Verbo» (Semina Verbi) contenidas en las diversas culturas y religiones no cristianas, a las que el último Concilio ha dedicado un documento (Nostra aetate: Cfr. de manera especial el n. 2, en relación con los Padres antiguos, entre los que está San Justino, II Apologia 10. Cfr. también Ad gentes, 15; Gaudium et Spes, 22). Y eso es así porque el Espíritu que «sopla donde quiere» (Cfr. Jn 3, 8) es fuente de inspiración para todo lo que es verdadero, bueno y bello, según la magnífica afirmación de un autor desconocido de los tiempos del Papa Dámaso (366-384), que afirma «Toda verdad, sea quien sea el que la haya enunciado, viene del Espíritu Santo» (Cfr. PL 191, 1651). Santo Tomás, a quien gusta repetir con frecuencia en sus obras ese hermoso texto, lo comenta así en la Suma: «Cualquier verdad, sea quien sea el que la haya enunciado, viene del Espíritu Santo que infunde la luz natural de la inteligencia y mueve a entender y a expresar la verdad». Además, el Espíritu prosigue el Aquinate interviene con el don de la gracia, añadido al de la naturaleza, cuando se trata de «conocer y expresar ciertas verdades, y especialmente las verdades de fe, a las que se refiere el Apóstol cuando afirma que «nadie puede decir: ¡Jesús es Señor! sino con el Espíritu Santo» (1 Cor 12, 3) (S.Th. III, q. 109, a. 1, ad 1 ). Discernir y hacer surgir en toda su riqueza verdades y valores presentes en el tejido de las culturas es una tarea fundamental de la acción misionera, alimentada en la Iglesia por el Espíritu de Verdad, que como Amor lleva al conocimiento más perfecto en la caridad.

8. Es el Espíritu Santo quien se derrama a sí mismo en la Iglesia como Amor, energía salvífica, que tiende a alcanzar a todos los hombres y a toda la creación. Esta energía de amor acaba venciendo las resistencias, aunque, como sabemos por la experiencia y por la historia, debe luchar continuamente contra el pecado y contra todo lo que en el ser humano es contrario al amor, es decir, el egoísmo, el odio, la emulación envidiosa y destructiva. Pero el Apóstol nos asegura que «el amor edifica» (1 Cor 8, 1). También dependerá del amor la construcción de la unidad siempre nueva.











LA SANTIDAD DE LA IGLESIA, FRUTO DEL ESPÍRITU SANTO (12.XII.90)

1. El Concilio Vaticano II puso de relieve la estrecha relación que existe en la Iglesia entre el don del Espíritu Santo y la vocación y aspiración de los fieles a la santidad: «Pues Cristo, el Hijo de Dios, que con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado el único Santo amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a si mismo por ella para santificarla (Cfr. Ef 5, 25.26), la unió a sí como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por ello, en la Iglesia todos (...) están llamados a la santidad (...). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de la gracia que el Espíritu Santo produce en tus fieles. Se expresa multiformemente en cada uno de lo que, con edificación de los demás se acercan a la perfección de la caridad en el propio género de vida» (Lumen Gentium, 39).

Es éste otro de los aspectos fundamentales de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia: el ser fuente de santidad.

2. La santidad de la Iglesia, como se puede ver por el texto del Concilio que acabamos de referir, tiene su inicio en Jesucristo, Hijo de Dios que se hizo hombre por obra del Espíritu Santo y nació de la Santísima Virgen María. La santidad de Jesús en su misma concepción y en su nacimiento por obra del Espíritu Santo está en profunda comunión con la santidad de aquella que Dios eligió para ser su Madre. Como advierte también el Concilio: «Entre los Santos Padres prevaleció la costumbre de llamar a la Madre de Dios totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo» (Lumen Gentium, 56). Es la primera y más alta realización de santidad en la Iglesia, por obra del Espíritu Santo que es Santo y Santificador. La santidad de María está totalmente ordenada a la santidad suprema de la humanidad de Cristo, que el Espíritu Santo consagra y colma de gracia desde su comienzo en la tierra hasta la conclusión gloriosa de su vida, cuando Jesús se manifiesta constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos» (Rom 1, 4).

3. Esta santidad eclesial, el día de Pentecostés, resplandece no sólo en María, sino también en los Apóstoles y en los discípulos que, juntamente con ella, «quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hech 2, 4). Desde entonces hasta el fin de los tiempos esta santidad, cuya plenitud es siempre Cristo, del que recibimos toda gracia (Cfr. Jn 1, 16) es concedida a todos los que, mediante la enseñanza de los Apóstoles, se abren a la acción del Espíritu Santo, como pedía el apóstol Pedro en el discurso de Pentecostés: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hech 2,38).

Aquel día comenzó la historia de la santidad cristiana, a la que están llamados tanto los judíos como los paganos, ya que, como escribe San Pablo, «por Él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2,18). Según el texto ya referido en la anterior catequesis, todos están llamados a ser «conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor,() hasta ser morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2, 19.22). Este concepto del templo aparece con frecuencia en San Pablo; en otro texto pregunta: «¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Cor 3, 16). Y también: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo?» (1 Cor 6, 19).

Es evidente que en el contexto de las cartas a los Corintios y a los Efesios el templo no es sólo un espacio arquitectónico. Es la imagen representativa de la santidad obrada por el Espíritu Santo en los hombres que viven en Cristo, unidos en la Iglesia. Y la Iglesia en el «espacio» de esta santidad.

4. También el apóstol Pedro, en su primera carta, usa el mismo lenguaje y nos imparte la misma enseñanza. En efecto, dirigiéndose a los fieles «que viven como extranjeros en la Dispersión» entre los paganos, les recuerda que han sido «elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, con la acción santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre» (1 Pe 1, 1.2). En virtud de esta santificación en el Espíritu Santo, todos «cual piedras vivas, entran en la construcción de un edificio espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 Pe 2, 5)

Es significativo este vínculo especial que establece el Apóstol entre la santificación y la oblación de «sacrificios espirituales», que en realidad es participación en el sacrificio mismo de Cristo y en su sacerdocio. Es uno de los temas fundamentales de la carta a los Hebreos. Pero también en la carta a los Romanos, el apóstol Pablo habla de una oblación «agradable, santificada por el Espíritu Santo»; esa oblación son los gentiles, por medio del Evangelio (Cfr. Rom 15, 16). Y en la segunda carta a los Tesalonicenses exhorta a dar gracias a Dios porque «os ha escogido desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad» (Cfr. 2 Tes 2, 13); todos ellos signos de la conciencia, común a los cristianos de los primeros tiempos, de la obra del Espíritu Santo como autor de la santidad en ellos y en la Iglesia, y, por tanto, de la calidad de templo de Dios y del Espíritu que se les había concedido.

5. San Pablo insiste en recordar que el Espíritu Santo obra la santificación humana y forma la comunión eclesial de los creyentes, participes de su misma santidad. En efecto, los hombres «lavados, santificados y justificados en el nombre del Señor Jesucristo» se convierten en santos «en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 6, 11). «El que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él» (1 Cor 6, 17). Y esta santidad se transforma en el verdadero culto del Dios vivo: el «culto en el Espíritu de Dios» (Flp 3, 3).

Esta doctrina de Pablo se debe poner en relación con las palabras de Cristo que aparecen en el evangelio de Juan acerca de los «verdaderos adoradores» que «adoran al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren» (Jn 4, 23-24). Este culto en espíritu y en verdad tiene en Cristo la raíz de donde se desarrolla toda la planta, vivificada por él mediante el Espíritu, como dirá Jesús mismo en el Cenáculo: «Él el Espíritu Santo me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 14). Toda la «opus laudis» en el Espíritu Santo es el «verdadero culto» ofrecido al Padre por el Hijo.Verbo encarnado, y participado en los creyentes por el Espíritu Santo. Así, pues, se trata también de la glorificación del Hijo mismo en el Padre.

6. La participación del Espíritu Santo a los creyentes y a la Iglesia se da también bajo todos los demás aspectos de la santificación: la purificación del pecado (Cfr. 1 Pe 4, 8), la iluminación del intelecto (Cfr. Jn 14, 26; 1 Jn 2,27), la observancia de los mandamientos (Cfr. Jn 14, 23), la perseverancia en el camino hacia la vida eterna (Cfr. Ef 1,13)14; Rom 8,14)16), y la escucha de lo que el Espíritu mismo «dice a las Iglesias» (Cfr. Ap 2, 7). En la consideración de esta obra de santificación, Santo Tomás de Aquino, en la catequesis sobre el Símbolo de los Apóstoles, encuentra fácil el paso del artículo sobre el Espíritu Santo al artículo sobre la «santa Iglesia católica». En efecto, escribe: «Así como vemos que en un hombre existe un alma y un cuerpo, y a pesar de ello hay diversos miembros, así la Iglesia católica es un solo cuerpo con diversos miembros. El alma que vivifica este cuerpo es el Espíritu Santo. Por tanto, después de la fe en el Espíritu Santo, se nos manda creer en la santa Iglesia católica, como decimos en el Símbolo. Ahora bien, Iglesia significa congregación: por consiguiente, la Iglesia es la congregación de los fieles, y todo cristiano es como un miembro de la Iglesia, que es santa (,17)» (In Symb. Apost, a. 9). Y tras haber ilustrado las notas de la Iglesia, el Aquinate pasa al artículo sobre la comunión de los santos: «Así como en el cuerpo natural la operación de cada miembro confluye en el bien de todo el cuerpo, de la misma manera sucede en el cuerpo espiritual, es decir, en la Iglesia. Puesto que todos los fieles son un solo cuerpo, el bien de cada uno es participado con el otro (Cfr. Rom 12, 5): según la fe de los Apóstoles existe, pues, en la Iglesia la comunión de los bienes, en Cristo que, como Cabeza, comunica su bien a todos los cristianos, como a miembros de su Cuerpo» (In Symb Apost, 7 a. 10).

7. La lógica de este raciocinio está fundada en el hecho de que la santidad, de la que es fuente el Espíritu Santo, debe acompañar a la Iglesia y a sus miembros durante toda la peregrinación hasta las moradas eternas. Por esto, en el Símbolo están vinculados entre sí los artículos sobre el Espíritu Santo, la Iglesia y la comunión de los santos: «Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos». El perfeccionamiento de esta unión comunión de los santos será el fruto escatológico de la santidad que es concedida en la tierra por el Espíritu Santo a la Iglesia en sus hijos, en toda persona, en toda generación, a lo largo de la historia. Y aunque en esta peregrinación terrena los hijos de la Iglesia con frecuencia «entristecen al Espíritu Santo» (Ef 4, 30), la fe nos dice que ellos, «sellados» con este Espíritu «para el día de la redención» (ib.), pueden, a pesar de sus debilidades y sus pecados, avanzar por las sendas de la santidad, hasta la conclusión del camino. Las sendas son muchas, y es grande también la variedad de los santos en la Iglesia. «Una estrella difiere de otra en resplandor» (1 Cor 15, 41). Pero «hay un solo Espíritu», que con su propio modo y estilo divino realiza en cada uno la santidad. Por eso, podemos acoger con fe y esperanza la exhortación del apóstol Pablo: «Hermanos míos amados, manteneos firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que vuestro trabajo no es vano en el Señor» (1 Cor 15, 58).



EL ESPÍRITU SANTO ORIGEN DE LA CATOLICIDAD (2.I.91)

1. En el Símbolo de la fe afirmamos que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica. Son las notas de la Iglesia. De ellas, la catolicidad se utiliza en la misma denominación común de la Iglesia: Iglesia católica.

Esta catolicidad tiene su origen en el Espíritu Santo, que «llena la tierra» (Sab 1, 7) y es principio universal de comunicación y comunión. La «fuerza del Espíritu Santo» tiende a propagar la fe en Cristo y la vida cristiana «hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 8), extendiendo a todos los pueblos los beneficios de la redención.

2. Antes de la venida del Espíritu Santo, la comunión con el Dios verdadero en la Alianza divina no era accesible de modo igual a todos los pueblos. Lo observa la carta de los Efesios, dirigiéndose a los cristianos que pertenecían a los pueblos paganos: «Recordad cómo en otro tiempo vosotros, los gentiles según la carne, llamados incircuncisos por la que se llama circuncisión, (...) estabais a la sazón lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a la Alianzas de la Promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2, 11.12). Para entrar de algún modo en la Alianza divina, era preciso aceptar la circuncisión y adoptar las observancias del pueblo judío, apartándose, por tanto, del pueblo al que pertenecían.

Ahora, en cambio, la comunión con Dios no requiere ya estas condiciones restrictivas, porque se lleva a cabo «por medio del Espíritu». Ya no existe ninguna discriminación por motivo de raza o de nación. Todas las personas humanas pueden «ser morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2, 22).

Este cambio de situación había sido anunciado por Jesús en su conversación con la samaritana: «Llega la hora ya estamos en ella en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran deben adorar en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23)24). Era la respuesta de Jesús ala pregunta sobre el lugar del verdadero culto a Dios, que era el monte Garizim para los samaritanos y Jerusalén para los judíos. La respuesta de Cristo indicaba otra dimensión del culto verdadero a Dios: la dimensión interior «en espíritu y en verdad», por la que el culto no se encontraba ligado a un lugar determinado santuario nacional, sino que era culto universal. Esas palabras dirigidas a la samaritana abrían el camino hacia la universalidad, que es una cualidad fundamental de la Iglesia como nuevo Templo, nuevo Santuario, construido y habitado por el Espíritu Santo. Esta es la raíz profunda de la catolicidad.

3. De esta raíz toma su origen la catolicidad externa, visible, que podemos llamar comunitaria y social. Esta catolicidad es esencial en la Iglesia por el hecho mismo de que Jesús ordenó a los Apóstoles y a sus sucesores que llevaran el Evangelio «a todas las gentes» (Mt 28, 19). Y esta universalidad de la Iglesia bajo el influjo del Espíritu Santo se manifestó ya en el momento de su nacimiento el día de Pentecostés. En efecto, los Hechos de los Apóstoles atestiguan que en ese acontecimiento que tuvo lugar en Jerusalén participaron los judíos piadosos, «venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo» (Hech 2, 5), que se hallaban presentes en la ciudad santa, y con ellos los prosélitos, es decir, los paganos que habían aceptado la ley de Moisés. Los Hechos de los Apóstoles enumeran los nombres de algunos países de los que provenían unos y otros, pero de modo aún más general hablan de «todas las naciones que hay bajo el cielo». El hecho de que el bautismo «en el Espíritu Santo» (Hech 1, 5), conferido a esa primera comunidad de la Iglesia, revistiera un valor universal, es un signo de la conciencia que tenia la Iglesia primitiva, de la que es intérprete y testigo Lucas, de que había nacido con su carácter de catolicidad es decir, universalidad.

4. Esta universalidad, engendrada bajo la acción del Espíritu Santo, ya en el primer día de Pentecostés va acompañada por una insistente referencia a lo que es «particular», tanto en las personas como en cada uno de los pueblos o naciones. Esto se aprecia por el hecho, anotado por Lucas en los Hechos, de que el poder del Espíritu Santo se manifestó mediante el don de las lenguas en las que hablaban los Apóstoles, de forma que «la gente (...) se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua» (Hech 2, 4.6). Podemos observar aquí que el Espíritu Santo es Amor, y amor quiere decir respeto hacia todo lo que es una prioridad de la persona amada. Eso vale especialmente en lo que se refiere a la lengua, en cuyo respeto somos por lo general muy sensibles y exigentes, pero vale también en lo que se refiere a la cultura, la espiritualidad y las costumbres.

El acontecimiento de Pentecostés tiene lugar respetando esta exigencia y es la manifestación de la unidad de la Iglesia en la multiplicidad de los pueblos y en la pluralidad de las culturas. La catolicidad de la Iglesia incluye el respeto a los valores de todos. Se puede decir que lo «particular» no queda anulado por lo universal. Una dimensión contiene y exige a la otra.

5. El hecho de la multiplicidad de las lenguas en Pentecostés nos indica que en la Iglesia la lengua de la fe que es universal, por ser expresión de la verdad revelada por medio de la palabra de Dios encuentra su traducción humana a las diferentes lenguas; podríamos decir, a todas y cada una de las lenguas. Lo demuestran ya los inicios de la historia cristiana. Se sabe que la lengua que hablaba Jesús era el arameo, que se usaba en Israel en ese tiempo. Cuando los Apóstoles salieron por el mundo para propagar el mensaje de Cristo, el griego se había convertido en la lengua común del ambiente grecorromano «ecumene», y precisamente por ello fue la lengua de la evangelización. También fue la lengua del evangelio y de todos los demás escritos del Nuevo Testamento, redactados bajo la inspiración del Espíritu Santo. En esos escritos se han conservado sólo pocas palabras arameas. Eso prueba que, desde el principio, la verdad, anunciada por Cristo, busca el camino para llegar a todas las lenguas, para hablar a todos los pueblos. La Iglesia ha buscado y busca seguir este principio metodológico y didáctico del apostolado, según las posibilidades ofrecidas en las diversas épocas. Hoy, como sabemos, la práctica de esta exigencia de catolicidad es especialmente sentida y, gracias a Dios, facilitada.

6. En los Hechos de los Apóstoles encontramos otro hecho significativo, que aconteció incluso antes de la conversión y de la predicación de Pablo, apóstol de la catolicidad. En Cesarea, Pedro había aceptado en la Iglesia y había bautizado a un centurión romano, Cornelio, y a su familia: a los primeros paganos, por lo tanto. La descripción que Lucas hace de este episodio con muchos detalles señala, entre otros, el hecho de que, habiendo venido el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la enseñanza del Apóstol, «los fieles circuncisos que habían venir», con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles» (Hech 10, 44-45). Pero Pedro mismo no vacila en confesar que actuó bajo e influjo del Espíritu Santo: «El Espíritu me dijo que fuera con ellos sin dudar» (Hech 11, 12).

7. Esta primera «brecha» hacia la universalidad de la fe encuentra pronto una nueva confirmación cuando se trata de pronunciarse acerca de la actividad apostólica de Pablo de Tarso y de sus compañeros. La asamblea de Jerusalén, que se suele considerar como el primer «Concilio», refuerza esta dirección en el desarrollo de la evangelización y de la Iglesia. Los Apóstoles reunidos en aquella asamblea están seguros de que esa dirección proviene del Espíritu de Pentecostés. Son elocuentes, y lo seguirán siendo siempre, sus palabras, que se pueden considerar como la primera resolución conciliar: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros» (Hech 15, 28). Estas decisiones afectaban al camino de la universalidad por donde debe avanzar la Iglesia.

No cabe duda de que éste es el camino que ha seguido la Iglesia entonces y a lo largo de los siglos. Los Apóstoles y los misioneros han anunciado el Evangelio a todas las gentes, penetran do lo más posible en todas las sociedades y en los diversos ambientes. Según la posibilidad de los tiempos, la Iglesia ha tratado de introducir la palabra de salvación en todas las culturas inculturación, ayudándoles al mismo tiempo a reconocer mejor sus valores auténticos a la luz del mensaje evangélico.

8. Es lo que el Concilio Vaticano II estableció como una ley fundamental de la Iglesia, cuando escribió: «Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos (...). Para esto envió Dios a su Hijo (...). Para esto, finalmente, envió Dios al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, quien es para toda la Iglesia y para todos y cada uno de los creyentes el principio de asociación, unidad en la doctrina de los Apóstoles, en la mutua unión, en la fracción del pan y en las oraciones (Cfr Hech 2, 42)» (Lumen Gentium, 13).

Con estas palabras, el Concilio proclama la propia conciencia del hecho de que el Espíritu Santo es principio y fuente de la universalidad de la Iglesia.











EL ESPÍRITU SANTO Y LA APOSTOLICIDAD DE LA IGLESIA (9.I.91)

1. Al ilustrar la acción del Espíritu Santo como alma del «Cuerpo de Cristo», hemos visto en las catequesis precedentes que él es fuente y principio de la unidad, santidad, catolicidad universalidad de la Iglesia. Hoy podemos añadir que es también fuente y principio de la apostolicidad, que constituye la cuarta propiedad y nota de la Iglesia: «unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam» como profesamos en el Credo. Gracias al Espíritu Santo la Iglesia es apostólica, y eso quiere decir «edificada sobre el fundamento de los Apóstoles», siendo la piedra angular el mismo Cristo, como dice san Pablo (Ef 2, 20). Es un aspecto muy interesante de la eclesiología vista a la luz pneumatológica (Cfr. Ef 2, 22).

2. Santo Tomás de Aquino lo pone de relieve en su catequesis acerca del Símbolo de los Apóstoles, donde escribe: «El fundamento principal de la Iglesia es Cristo, como afirma san Pablo en la primera carta a los Corintios (3,11). Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo. Pero existe un fundamento secundario, a saber, los Apóstoles y su doctrina. Por eso se dice Iglesia apostólica» (In Symb. Apost., a. 9).

. Además de atestiguar la concepción antigua de santo Tomás y de la época medieval acerca de la apostolicidad de la Iglesia, el texto del Aquinate nos remite a la fundación de la Iglesia y a la relación entre Cristo y los Apóstoles. Esa relación tiene lugar en el Espíritu Santo. Así se nos manifiesta la verdad teológica .y revelada, de una apostolicidad cuyo principio y fuente es el Espíritu Santo, en cuanto autor de la comunión en la verdad que vincula con Cristo a los Apóstoles y, mediante su palabra, a las generaciones cristianas y a la Iglesia en todos los siglos de su historia.

3. Hemos repetido en muchas ocasiones el anuncio de Jesús a los Apóstoles en la Ultima Cena: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). Estas palabras de Cristo pronunciadas antes de su Pasión, encuentran su complemento en el texto de Lucas donde se lee que Jesús «después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los Apóstoles (...), fue llevado al cielo» (Hech 1, 2). El apóstol Pablo, a su vez, escribiendo a Timoteo (ante la perspectiva de su muerte), le recomienda: «Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Tim 1, 14). El Espíritu de Pentecostés, el Espíritu que llena a los Apóstoles y a las comunidades apostólicas, es el Espíritu que garantiza la transmisión de la fe en la Iglesia, de generación en generación, asistiendo a los sucesores de los Apóstoles en la custodia del «buen depósito», como dice Pablo, de la verdad revelada por Cristo.

4. Leemos en los Hechos de los Apóstoles el relato de un episodio en el que se trasluce, de modo muy claro, esta verdad de la apostolicidad de la Iglesia en su dimensión pneumatológica. Es cuando el apóstol Pablo, «encadenado en el Espíritu» como él mismo decía, y Jerusalén, sintiendo que aquellos a quienes ha evangelizado en Éfeso ya no lo volverán a ver (Cfr. Hech 20, 25). Entonces se dirige a los presbíteros de la Iglesia de aquella ciudad, que se habían reunido en torno a él, con estas palabras: «Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo» (Hech 20, 28). «Obispos» significa inspectores y guías: puestos a apacentar, por tanto, permaneciendo sobre el fundamento de la verdad apostólica que, según la previsión de Pablo, experimentará halagos y amenazas de parte de los propagadores de «cosas perversas» (Cfr. Hech 20, 30) con el fin de apartar a los discípulos de la verdad evangélica predicada por los Apóstoles. Pablo exhorta a los pastores a velar por la grey, pero con la certeza de que el Espíritu Santo, que los puso como «obispos», los asiste y los sostiene, mientras él mismo guía su sucesión a los Apóstoles en el munus, en el poder y en la responsabilidad de guardar la verdad que, a través de los Apóstoles, recibieron de Cristo: con la certeza de que es el Espíritu Santo quien asegura la verdad misma y la perseverancia del pueblo de Dios en ella.

5. Los Apóstoles y sus sucesores, además de la tarea de la custodia, tienen igualmente la de dar testimonio de la verdad de Cristo, y también en esta tarea actúan con la asistencia del Espíritu Santo. Como dijo Jesús a los Apóstoles antes de su Ascensión: «Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 8). Es una vocación que vincula a los Apóstoles con la misión de Cristo, quien en el Apocalipsis es llamado «el testigo fiel» (Ap 1, 5). En efecto, él en la oración por los Apóstoles dice al Padre: «Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo» (Jn 17, 18); y en la aparición de la tarde de Pascua, antes de alentar sobre ellos el soplo del Espíritu Santo, les repite: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Pero el testimonio de los Apóstoles, continuadores de la misión de Cristo, está vinculado con el Espíritu Santo quien, a su vez, da testimonio de Cristo: «El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio» (Jn 15, 26.27). A estas palabras de Jesús en la Ultima Cena aluden las que dirige también a los Apóstoles antes de la Ascensión, cuando a la luz del designio eterno sobre la muerte y resurrección de Cristo, dice que «se predicará en su nombre la conversión para el perdón de los pecados (...). Vosotros sois testigos de estas cosas. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre» (Lc 24, 48.49). Y, de modo definitivo, anuncia: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hech 1, 8). Es la promesa de Pentecostés, no sólo en sentido histórico, sino también como dimensión interior y divina del testimonio de los Apóstoles y, por consiguiente, .se puede decir. de la apostolicidad de la Iglesia.

6. Los Apóstoles son conscientes de que han sido así asociados al Espíritu Santo al «dar testimonio» de Cristo crucificado y resucitado, como se desprende claramente de la respuesta que Pedro y sus compañeros dan a los sanedritas que querían obligarles a guardar silencio acerca de Cristo: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero. A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen» (Hech 5, 30.32). También la Iglesia, a lo largo de toda su historia, tiene conciencia de que el Espíritu Santo está con ella cuando da testimonio de Cristo. Aun constatando los límites y la fragilidad de sus hombres, y con el esfuerzo de la búsqueda y de la vigilancia que Pablo recomienda a los «obispos» en su despedida de Mileto, la Iglesia sabe que el Espíritu Santo la guarda y la defiende del error en el testimonio de su Señor y en la doctrina que de él recibe para anunciarla al mundo. Como dice el Concilio Vaticano II, «esta infalibilidad que el divino redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca el depósito de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad» (Lumen Gentium, 25). El texto conciliar aclara de qué modo esta infalibilidad corresponde a todo el Colegio de los obispos, y en particular al Obispo de Roma, en cuanto sucesores de los Apóstoles que perseveran en la verdad heredada gracias al Espíritu Santo.

7. El Espíritu Santo es, pues, el principio vital de esta apostolicidad. Gracias a él, la Iglesia puede difundirse en todo el mundo, a través de las diversas épocas de la historia, implantarse en medio de culturas y civilizaciones tan diferentes, conservando siempre su propia identidad evangélica. Como leemos en el decreto Ad gentes del mismo Concilio: «Cristo envió de parte del Padre al Espíritu Santo, para que llevar cabo interiormente (intus) su obra salvífica e impulsar la Iglesia a extenderse a sí misma (...). Antes de dar voluntariamente su vida para salvar al mundo, de tal manera organizó el ministerio apostólico y prometió enviar al Espíritu Santo, que ambos están asociados en la realización de la obra de la salvación en todas partes y para siempre. El Espíritu Santo unifica en la comunión y en el ministerio y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos a toda la Iglesia a través de todos los tiempos, vivificando, a la manera del alma, las instituciones eclesiásticas e infundiendo en el corazón de los fieles el mismo espíritu de misión que impulsó a Cristo» (Ad gentes, 4). Y la constitución Lumen Gentium subraya que «esta divina misión confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar hasta el fin del mundo (Cfr. Mt 28, 20), puesto que el Evangelio que ellos deben propagar es en todo tiempo el principio de toda vida para la Iglesia» (Lumen Gentium, 20).

En la próxima catequesis veremos que, en el cumplimiento de esta misión evangélica, el Espíritu Santo interviene dando a la Iglesia una garantía celeste.










EL ESPÍRITU SANTO CUSTODIA LAS FUENTES DE LA REVELACIÓN (16.I.91)

1. La apostolicidad de la Iglesia, en su significado más profundo, consiste en la permanencia de los pastores y de los fieles, en su conjunto, en la verdad recibida de Cristo mediante los Apóstoles y sus sucesores, con una inteligencia cada vez más adecuada de su contenido y de su valor para la vida. Es una verdad de origen divino, que se refiere a los misterios que superan las posibilidades de descubrimiento y de visión de la mente humana, ya que sólo en virtud de la Palabra de Dios, dirigida al hombre la con las analogías conceptuales y expresivas de su lenguaje, puede percibirse, predicarse, creerse y obedecerse fielmente. Una autoridad de valor simplemente humano no bastaría para garantizar ni la autenticidad de transmisión de esa verdad, ni por consiguiente la dimensión profunda de la apostolicidad de la Iglesia. El Concilio Vaticano II nos asegura que el Espíritu Santo es el que garantiza esta autenticidad.

2. Según la constitución Dei Verbum, Jesucristo «con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna» (Dei Verbum, 4). Este pasaje de la constitución conciliar sobre la divina revelación halla su justificación en las palabras que Cristo dirigió a los Apóstoles en el Cenáculo y que cita el evangelista Juan: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga» (Jn 16, 12.13). Así, pues, será el Espíritu Santo quien conceda la luz a los Apóstoles para que anuncien la «verdad entera» del Evangelio de Cristo, «enseñando a todas las gentes» (Cfr. Mt 28, 19): ellos, y obviamente sus sucesores en esta misión.

3. La constitución Dei Verbum prosigue diciendo que el mandato de anunciar el Evangelio «se cumplió fielmente, pues los Apóstoles con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó; además, los mismos Apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo» (Dei Verbum, 7). Como se ve, el texto conciliar se refiere a la aseguración de la verdad revelada por parte del Espíritu Santo, tanto en su transmisión oral (origen de la Tradición) como en la forma escrita que se hizo con la inspiración y la asistencia divina en los libros del Nuevo Testamento.

4. Leemos también que «el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo (Cfr. Col 3, 16)» (Dei Verbum, 8). Por eso «la Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. La sagrada Tradición recibe la palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores, para que ellos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación» (Dei Verbum, 9).

También «el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios... ha sido encomendado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo. Pero el Magisterio... por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído» (Dei Verbum, 10).

Existe, pues un vínculo intimo entre la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Gracias a este nexo íntimo, el Espíritu Santo garantiza la transmisión de la divina Revelación y consiguientemente la identidad de la fe en la Iglesia.

5. Sobre la Sagrada Escritura, en particular, el Concilio nos dice que «la santa madre Iglesia, fiel a la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo (Cfr. Jn 20, 31; 2 Tim 3,16; 2 Pe 1,19.21; 3,15.16), tienen a Dios como autor y como tales han sido confiados a la Iglesia... Todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo» (Dei Verbum, 11). Por consiguiente la Sagrada Escritura «se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita» (Dei Verbum, 12). «Pues lo que los Apóstoles predicaron por mandato de Jesucristo, después ellos mismos con otros de su generación lo escribieron por inspiración del Espíritu Santo y nos lo entregaron como fundamento de la fe: el Evangelio cuádruple, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan» (Dei Verbum, 18).

«Después de la Ascensión del Señor, los Apóstoles comunicaron a sus oyentes esos dichos y hechos con la mayor comprensión que les daban la resurrección gloriosa de Cristo y la enseñanza del Espíritu de la verdad» (Dei Verbum, 19).

6. Este intimo vínculo entre el Espíritu Santo, la revelación y la transmisión de la verdad divina es la base de la autoridad apostólica de la Iglesia y el tema decisivo de nuestra fe en la Palabra que la Iglesia nos transmite. Además, como dice también el Concilio, el Espíritu Santo interviene en el nacimiento interior de la fe en el alma del hombre. Efectivamente, «cuando Dios revela, el hombre tiene que «someterse con la fe» (Cfr. Rom 16, 26; Rom 1, 5; 2 Cor 10, 5.6). Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece «el homenaje total de su entendimiento y voluntad», asintiendo libremente a lo que Dios revela. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede «a todos gusto en aceptar y creer la verdad». Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones» (Dei Verbum, 5).

7. Se trata aquí de la fe de la Iglesia en su conjunto y, en la Iglesia, de todo creyente. Se trata también de la «inteligencia correcta de la divina revelación, que brota de la fe también por obra del Espíritu Santo, y del «desarrollo» de la fe mediante la reflexión y el estudio de los creyentes». En efecto, hablando de la «Tradición de origen apostólico», el Concilio dice que «va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (como María: Cfr. Lc 2, 19, 51), cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en la carisma de la verdad» (Dei Verbum, 8). Y de la Sagrada escritura dice que «inspirada por Dios y escrita de una vez para siempre, nos transmite inmutablemente la palabra del mismo Dios; y en las palabras de los Apóstoles y Profetas hace resonar la voz del Espíritu Santo» (Dei Verbum, 21). Por eso «la Iglesia, esposa de la Palabra hecha carne, instruida por el Espíritu Santo, procura comprender cada vez más profundamente la Sagrada Escritura» (Dei Verbum, 23).

8. Por eso la Iglesia «venera la Escritura», se nutre de ella como un «pan de vida» y «ha considerado siempre como suprema norma de su fe la Escritura unida a la Tradición» (Dei Verbum, 21). Y, puesto que, «camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios» (Dei Verbum, 8), toda la vida de la Iglesia está animada por el Espíritu con el que invoca la venida gloriosa de Cristo. Como leemos en el Apocalipsis: «El Espíritu y la novia dicen: ¡Ven! » (Ap 2, 17).

Para esta plenitud de verdad el Espíritu Santo conduce y garantiza la transmisión de la Revelación, preparando a la Iglesia y, en la Iglesia, a todos y a cada uno de nosotros, a la venida definitiva del Señor.










EL ESPÍRITU SANTO ES PRINCIPIO DE LA VIDA SACRAMENTAL (30.I.91)

1. Además de ser fuente de la verdad y principio vital de la entidad de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, el Espíritu Santo es también fuente y principio de la vida sacramental, mediante la que la Iglesia toma fuerza de Cristo, participa de su santidad, se alimenta de su gracia, crece y avanza en su peregrinar hacia la eternidad. El Espíritu Santo, que está en el origen de la encarnación del Verbo, es la fuente viva de todos los sacramentos instituidos por Cristo y que la Iglesia administra. Precisamente a través de los sacramentos, él da a los hombres la «nueva vida», asociando a sí a la Iglesia como cooperadora en esta acción salvífica.

2. No es el caso de explicar ahora la naturaleza, la propiedad y las finalidades de los sacramentos, a los que dedicaremos, Dios mediante, otras catequesis. Pero podemos remitir siempre a la fórmula sencilla y precisa del antiguo catecismo, según el cual «los sacramentos son los medios de la gracia instituidos por Jesucristo para salvarnos», y repetir una vez más que el Espíritu Santo es el autor, el difusor y casi el soplo de la gracia de Cristo en nosotros. En esta catequesis veremos cómo, según los textos evangélicos, este vínculo se reconoce en cada uno de los sacramentos.

3. El vínculo es especialmente claro en el bautismo, tal como lo describe Jesús en la conversación con Nicodemo, es decir, como «nacimiento de agua y de Espíritu Santo»: «Lo nacido de la carne es carne; lo nacido del Espíritu es espíritu... Tenéis que nacer de lo alto» (Jn 3, 5-7).

Ya el Bautista había anunciado y presentado a Cristo como «el que bautiza con Espíritu Santo» (Jn 1, 33), «en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3, 11). En los Hechos de los Apóstoles y en los escritos apostólicos aparece la misma verdad, aunque expresada de modo diverso. El día de Pentecostés Pedro invitaba a los oyentes de su mensaje: «Que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hech 2, 38). En sus cartas san Pablo habla de un «baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo», que derramó Jesucristo, nuestro Salvador (Cfr. Tit 3, 5.6); y recuerda a los bautizados: «Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 6, 11). Y también les dice: «en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1 Cor 12,13). En la doctrina de Pablo, al igual que en el evangelio, el Espíritu Santo y el nombre de Jesucristo están asociados en el anuncio, en la administración y en el reclamo del bautismo como fuente de la santificación y de la salvación, es decir, de la nueva vida de la que habla Jesús con Nicodemo.

4. La confirmación, sacramento unido al del bautismo, es presentada en los Hechos de los Apóstoles bajo la forma de una imposición de las manos, por medio de la cual los Apóstoles comunicaban el don del Espíritu Santo. A los nuevos cristianos, que habían sido ya bautizados, Pedro y Juan «les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo» (Hech 8, 17). Lo mismo se dice del apóstol Pablo con respecto a los otros neófitos: «Habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo» (Hech 19, 6).

Por medio de la fe y de los sacramentos, por tanto, hemos sido «sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia» (Ef 1,13-14). A los Corintios, Pablo escribe: «Es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con u sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestro corazones» (2 Cor 1, 21.22; Cfr. 1 Jn 2, 20. 27; 3, 24). La carta a los Efesios añade la advertencia significativa de que no entristezcamos al Espíritu Santo con el que «hemos sido sellados para el día de la redención» (Ef 3, 30).

De los Hechos de los Apóstoles se puede deducir que el sacramento de la confirmación era administrado mediante la imposición de las manos, tras el bautismo, «en el nombre del Señor Jesús» (Cfr. Hech 8, 15.17; 19, 5.6).

5. El vínculo con el Espíritu Santo en el sacramento de la reconciliación (o de la penitencia) lo establecen con firmeza las palabras de Cristo mismo después de la resurrección. En efecto, san Juan nos atestigua que Jesús sopló sobre los Apóstoles y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22)23). Y estas palabras pueden referirse también al sacramento de la unción de los enfermos, acerca del cual leemos en la carta de Santiago que «La oración de la fe juntamente con la unción realizada por los presbíteros en el nombre del Señor salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5, 14.15). En esta unción y oración, la tradición cristiana ha visto una forma inicial del sacramento (Cfr. C.G. IV, c. 73), y esta identificación fue confirmada por el Concilio de Trento (Cfr. DS., 1695).

6. Por lo que respecta a la Eucaristía, en el Nuevo Testamento la relación con el Espíritu Santo aparece, al menos de modo indirecto, en el texto del evangelio según san Juan que refiere el anuncio hecho por Jesús en la sinagoga de Cafarnaún sobre la institución del sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, anuncio al que siguen estas significativas palabras: «El Espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida» (Jn 6, 63). Tanto la palabra como el sacramento tienen vida y eficacia operativa por el Espíritu Santo.

La tradición cristiana es consciente de este vínculo entre la Eucaristía y el Espíritu Santo. Así lo ha manifestado y lo manifiesta también hoy en la misa, cuando con la epíclesis la Iglesia pide la santificación de los dones ofrecidos sobre el altar: «con la fuerza del Espíritu Santo» (Plegaria eucarística tercera), o «con la efusión de tu Espíritu» (Plegaria eucarística segunda), o «bendice y acepta, oh Padre, esta ofrenda» (Plegaria eucarística primera). La Iglesia subraya el misterioso poder del Espíritu Santo para la realización de la consagración eucarística, para la transformación sacramental del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para la irradiación de la gracia en los que participan de ella y en toda la comunidad cristiana.

7. También con respecto al sacramento del orden, san Pablo habla del «carisma» (o don del Espíritu Santo) que sigue a la imposición de las manos (Cfr. 1 Tim 4, 14; 2 Tim 1, 6), y declara con firmeza que el Espíritu Santo es quien «pone» a los obispos en la Iglesia (Cfr. Hech 20, 28). Otros pasajes de las cartas de san Pablo y de los Hechos de los Apóstoles atestiguan que existe una relación especial entre el Espíritu Santo y los ministros de Cristo, es decir, los Apóstoles y sus colaboradores y luego sucesores como obispos, presbíteros y diáconos, herederos no sólo de su misión, sino también de los carismas, como veremos en la próxima catequesis.

8. Finalmente, deseo recordar que el matrimonio sacramental, «gran misterio..., respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5, 32), en el que tiene lugar, en nombre y por virtud de Cristo, la Alianza de dos personas, un hombre y una mujer, como comunidad de amor que da vida, es la participación humana en aquel amor divino que «ha sido derramado en nuestro corazones por el Espíritu Santo» (Rom 5, 5). La tercera Persona de la Santísima Trinidad, que, según san Agustín, es en Dios la «comunión consustancial» (communio consubstantialis) del Padre y del Hijo (Cfr. De Trinitate, VI, 5. 7; PL 42, 928), por medio del sacramento del matrimonio forma la «comunión de personas» del hombre y de la mujer.

9. Al concluir esta catequesis, con la que hemos esbozado, por lo menos, la verdad de la presencia activa del Espíritu Santo en la vida sacramental de la Iglesia, como nos la muestra la Sagrada Escritura, la Tradición y, de modo especial, la Liturgia sacramental, no puedo menos de subrayar la necesidad de una continua profundización de esta doctrina maravillosa, y de recomendar a todos el empeño de una práctica sacramental cada vez más conscientemente dócil y fiel al Espíritu Santo que, especialmente a través de los «medios de salvación instituidos por Jesucristo», lleva a cumplimiento la misión confiada a la Iglesia en la realización de la redención universal.











EL ESPÍRITU SANTO VIVIFICA EL MINISTERIO PASTORAL (6.II.91)

1. Para la plena realización de la vida de fe, para la preparación de los sacramentos y para la ayuda continua a las personas y a las comunidades en la correspondencia a la gracia conferida a través de estos «medios salvíficos», existe en la Iglesia una estructura de ministerios (es decir, de encargos y; órganos de servicio, diaconías), algunos de los cuales son de institución divina. Son, principalmente, los obispos, los presbíteros y los diáconos. Son bien conocidas las palabras que dirige san Pablo a los «presbíteros» de la Iglesia de Éfeso y que nos refieren los Hechos de los Apóstoles: «Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su Hijo» (Hech 20, 28). En esta recomendación de Pablo se manifiesta el vínculo que existe entre el Espíritu Santo y el servicio o ministerio jerárquico, que se ejerce en la Iglesia. El Espíritu Santo que, obrando continuamente en la Iglesia, la ayuda a perseverar en la verdad de Cristo heredada de los Apóstoles e infunde en sus miembros toda la riqueza de la vida sacramental, es también quien «pone a los obispos», como leemos en los Hechos de los Apóstoles.

2. Los Apóstoles, en toda su obra de evangelización y de gobierno, eran plenamente conscientes de esta verdad, que se referí ellos en primer lugar. Así, Pedro, dirigiéndose a los fieles esparcidos por diversas regiones del mundo pagano, les recuerda que la predicación evangélica fue realizada «en el Espíritu Santo enviado desde el cielo» (1 Pe 1, 12). De forma análoga, el apóstol Pablo en diversas ocasiones manifiesta la misma conciencia. Así, en la segunda carta a los Corintios escribe: «Nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de una Nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu» (2 Cor 3, 5.6). Según el Apóstol, el «servicio de la Nueva Alianza» está vivificado por el Espíritu Santo, en virtud del cual tiene lugar el anuncio del Evangelio y toda la obra de santificación, que Pablo fue llamado a desarrollar especialmente entre los pueblos ajenos a Israel. (...)

Pero todo el colegio apostólico sabía que estaba inspirado, mandado y movido por el Espíritu Santo en el servicio a los fieles, tal como se pone de manifiesto en aquella declaración conclusiva del Concilio de los Apóstoles y de sus más estrechos colaboradores .los «presbíteros». en Jerusalén: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros» (Hech 15, 28).

3. El apóstol Pablo con frecuencia afirma que, con el ministerio que él ejerce en virtud del Espíritu Santo, pretende «mostrar el Espíritu y su poder». En su mensaje no se hallan «el prestigio de la palabra», ni «los persuasivos discursos de la sabiduría» (1 Cor 2, 1. 4) porque, como Apóstol, él habla «no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales» (1 Cor 2, 13). Y aquí hace él esa distinción tan significativa entre «el hombre natural», que no capta «las cosas del Espíritu de Dios» y «el hombre espiritual», que «lo juzga todo» (1 Cor 2, 14.15) a la luz de la verdad revelada por Dios. El Apóstol puede escribir de sí mismo .como de los demás anunciadores de la palabra de Cristo. que Dios les reveló las cosas referentes a los divinos misterios «por medio del Espíritu y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (1 Cor 2, 10).

4. Pero a la conciencia del poder del Espíritu Santo, que está presente y actúa en su ministerio, corresponde en san Pablo la concepción de su apostolado como servicio. Recordemos aquella hermosa síntesis de todo su ministerio: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús» (2 Cor 4, 5). Estas palabras, reveladoras del pensamiento y la intención que Pablo lleva en su corazón, son decisivas para el planteamiento de todo ministerio de la Iglesia y en la Iglesia a lo largo de los siglos, y constituyen la clave esencial para entenderlo de modo evangélico. Son la base de la misma espiritualidad que debe florecer en los sucesores de los Apóstoles y en sus colaboradores: servicio humilde de amor, aun teniendo presente lo que el mismo apóstol Pablo afirma en la primera carta a los Tesalonicenses: «Os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo, con plena persuasión» (1 Tes 1, 5). Podríamos decir que son como las dos coordenadas que permiten situar el ministerio de la Iglesia; el espíritu de servicio y la conciencia del poder del Espíritu Santo, que actúa en la Iglesia. Humildad de servicio y fuerza de espíritu, que deriva de la convicción personal de que el Espíritu Santo nos asiste y sostiene en el ministerio, si somos dóciles y fieles a su acción en la Iglesia.

5. Pablo estaba convencido de que su acción derivaba de esa fuente transcendente. Y no vacilaba en escribir a los Romanos: «Tengo, pues, de qué gloriarme en Cristo Jesús en lo referente al servicio de Dios. Pues no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya realizado por medio de mi para conseguir la obediencia de los gentiles, de palabra y de obra, en virtud de señales y prodigios, en virtud del Espíritu de Dios...» (Rom 15, 17.19).

Y en otra ocasión, tras haber dicho a los Tesalonicenses, como ya aludimos: «Os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo, con plena persuasión. Sabéis cómo nos portamos entre vosotros en atención a vosotros», Pablo cree que puede darles este hermoso testimonio: «Por vuestra parte, os hicisteis imitadores nuestros y del Señor, abrazando la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones. De esta manera os habéis convertido en modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya...» (1 Tes 1, 6.7). Es la perspectiva más espléndida y debe ser el propósito más comprometedor de todos los que han sido llamados a ejercer los ministerios en la Iglesia: ser, como Pablo, no sólo anunciadores, sino también testigos de fe y modelos de vida, y tender a lograr que también los fieles lo sean los unos para los otros en el ámbito de la misma Iglesia y entre las diversas Iglesias particulares.

6. Ésta es la verdadera gloria del ministerio que, según el mandato de Jesús a los Apóstoles, debe servir para predicar «la conversión para el perdón» (Lc 24, 47). Si, es un ministerio de humildad, pero también de gloria. Todos los que están llamados a ejercerlo en la Iglesia pueden hacer suyas dos expresiones de los sentimientos de Pablo. En primer lugar: «Todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo e nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Cor 5, 1820). El segundo texto es aquel en que Pablo, considerando el «ministerio de la Nueva Alianza» como un «ministerio del Espíritu» (2 Cor 3, 6) y, comparándolo con el que ejerció Moisés en el Sinaí como mediador de la Antigua Ley (Cfr. Ex 24, 12), observa: si aquel «resultó glorioso hasta el punto de no poder los hijos de Israel fijar su vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, aunque pasajera, «¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu!». Refleja en sí (da gloria sobreeminente de la Nueva Alianza (2 Cor 3, 7.10).

Es la gloria de la reconciliación que tuvo lugar en Cristo. Es la gloria del servicio prestado a los hermanos con la predicación del mensaje de la salvación. Es la gloria de no habernos predicado a nosotros mismos, «sino a Cristo Jesús como Señor» (2 Cor 4, 5). Repitámoslo siempre: ¡es la gloria de la cruz!

7. La Iglesia ha heredado de los Apóstoles la conciencia de la presencia y de la asistencia del Espíritu Santo. Lo atestigua el Concilio Vaticano II cuando escribe en la constitución Lumen Gentium: «El Espíritu Santo habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (Cfr. 1 Cor 3, 16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (Cfr. Gal 4, 6; Rom 8, 15.16. 26). Guía a la Iglesia a toda la verdad (Cfr. Jn 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y la gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos, y la embellece con sus frutos (Cfr. Ef 4, 11.12; 1 Cor 12, 4; Ga 5, 22)» (Lumen Gentium, 4).

De esta intima conciencia deriva el sentido de paz que los pastores de la grey de Cristo conservan también en las horas en que se desencadena sobre el mundo y sobre la Iglesia la tempestad. Ellos saben que, por encima de sus limites y de su incapacidad, pueden contar con el Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia y el guía de la historia.










LOS DONES QUE EL ESPÍRITU SANTO DA A LA IGLESIA (27.II.91)

1. Hemos concluido la anterior catequesis con un texto del Concilio Vaticano II que es necesario recoger como punto de partida para la catequesis de hoy. Leemos en la constitución Lumen Gentium «El Espíritu Santo habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (Cfr 1 Cor 3, 16; 6,19), y con ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (Cfr Gal 4, 6; Rom 15.16 y 26). Guía a la Iglesia a toda la verdad (Cfr Jn 16,13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (Cfr Ef 4, 11.12; 1 Cor 12, 4)» (n.4).

Tras haberme referido en la anterior catequesis a la estructura ministerial de la Iglesia, animada y sostenida por el Espíritu Santo, quiero abordar ahora, siguiendo la línea del Concilio, el tema de los dones espirituales y de los carismas que él otorga a la Iglesia como Dator munerum, Dador de los dones, según la invocación de la Secuencia de Pentecostés.

2. También aquí podemos recurrir a las cartas de san Pablo para exponer la doctrina de modo sintético, tal como lo exige la índole de la catequesis. Leemos en la primera carta a los Corintios: «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos» (12,4-6). La relación establecida en estos versículos entre la diversidad de carismas, de ministerios y de operaciones, nos sugiere que el Espíritu Santo es el Dador de una multiforme riqueza de dones, que acompaña los ministerios y la vida de fe, de caridad, de comunión y de colaboración fraterna de los fieles, como resulta patente en la historia de los Apóstoles y de las primeras comunidades cristianas.

San Pablo hace hincapié en la multiplicidad de los dones: «A uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros, a otro, profecía; a otro, diversidad de lenguas» (1 Cor 12, 8.10). Es preciso resaltar aquí que la enumeración del Apóstol no reviste un carácter limitativo. Pablo señala los dones particularmente significativos en la Iglesia de entonces, dones que tampoco han dejado de manifestarse en épocas sucesivas, pero sin agotar, ni en sus comienzos ni después, el horizonte de nuevos carismas que el Espíritu Santo puede conceder, de acuerdo con las nuevas necesidades. Puesto que «a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común» (1 Cor 12, 7), cuando surgen nuevas exigencias y nuevos problemas en la «comunidad», la historia de la Iglesia nos confirma la presencia de nuevos dones.

3. Cualquiera que sea la naturaleza de los dones, y aunque den la impresión de servir principalmente a la persona que ha sido beneficiada con ellos (por ejemplo, la «glosolalia» a la que alude el Apóstol en 1 Cor 14, 5.18), todos convergen de alguna manera hacia el servicio común, sirven para edificar a un Cuerpo. «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo... Y todos hemos bebido de un solo Espíritu» (1 Cor 12, 13). De ahí la recomendación de Pablo a los Corintios: «Ya que aspiráis a los dones espirituales, procurad abundar en ellos para la edificación de la asamblea» (1 Cor 14, 12). En el mismo contexto se sitúa la exhortación «aspirad... a la profecía» (l Cor 14, 1), más «útil» para la comunidad que el don de lenguas. «Pues el que habla en lengua no habla a los hombres sino a Dios. En efecto, nadie lo entiende: dice en espíritu cosas misteriosas. Por el contrario, el que profetiza, habla a los hombres para su edificación, exhortación y consolación..., edifica a toda la asamblea» (1 Cor 14, 2.3).

Evidentemente Pablo prefiere los carismas de la edificación, podríamos decir, del apostolado. Pero, por encima de todos los dones, recomienda el que más sirve para el bien común: «Buscad la caridad» (1 Cor 14, 1). La caridad fraterna, enraizada en el amor a Dios, es el «camino perfecto», que Pablo se siente instado a indicar y que exalta con un himno, no sólo de elevado lirismo, sino también de sublime espiritualidad (Cfr 1 Cor 13, 1.3).

4. El Concilio Vaticano II, en la constitución dogmática sobre la Iglesia, recoge la enseñanza paulina acerca de los dones espirituales y, en especial, de los carismas, precisando que «estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adeudados y útiles a las necesidades de la Iglesia. Los dones extraordinarios no deben pedirse temerariamente ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos del trabajo apostólico. Y, además, el juicio de la autenticidad de su ejercicio razonable, pertenece a quienes tienen la autoridad en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (Cfr 1 Tes 5, 12 y 19, 21)» (Lumen Gentium, 12). Este texto de sabiduría pastoral se coloca en la línea de las recomendaciones y normas que, como ya hemos visto, san Pablo daba a los corintios con el propósito de ayudarlos a valorar correctamente los carismas y discernir los verdaderos dones del Espíritu.

Según el mismo Concilio Vaticano II, entre los carismas más importantes figuran los que sirven para la plenitud de la vida espiritual, en especial los que se manifiestan en las diversas formas de vida «consagrada», de acuerdo con los consejos evangélicos, que el Espíritu Santo suscita siempre en medio de los fieles. Leemos en la constitución Lumen Gentium: «Los consejos evangélicos de castidad consagrad Dios, de pobreza y de obediencia, como fundados en las palabras y ejemplos del Señor, y recomendados por los Apóstoles y Padres, así como por los doctores y pastores de la Iglesia, son un don divino que la Iglesia recibió de su Señor y que con su gracia conserva siempre. La autoridad de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, se preocupó de interpretar estos consejos, de regular su práctica e incluso de fijar formas estables de vivirlos... El estado religioso... muestra también ante todos los hombres la soberana grandeza del poder de Cristo glorioso y la potencia infinita del Espíritu Santo, que obra maravillas en la Iglesia. Por consiguiente, el estado constituido por la profesión de los consejos evangélicos, aunque no pertenece a la escritura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo, de manera indiscutible a su vida y santidad... La misma jerarquía, siguiendo dócilmente el impulso del Espíritu Santo, admite las reglas propuestas por varones y mujeres ilustres, y las aprueba aténticamente» (núms. 43.45).

Es muy importante esta concepción del estado religioso como obra del Espíritu Santo, mediante la cual la Tercera Persona de la Trinidad hace casi visible la acción que despliega en toda la Iglesia para llevar a los fieles a la perfección de la caridad.

5. Por lo tanto, es legitimo reconocer la presencia operativa del Espíritu Santo en el empeño de quienes (obispos, presbíteros, diáconos y laicos de todas las categorías) se esfuerzan por vivir el Evangelio en su propio estado de vida. Se trata de «diversos órdenes», dice el Concilio (Lumen Gentium, 13), que manifiestan la «multiforme gracia de Dios». Es importante para todos que «cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido» (1 Pe 4, 10). De la abundancia y de la variedad de los dones brota la comunión de la Iglesia, una y universal en la variedad de los pueblos, las tradiciones, las vocaciones y las experiencias espirituales.

La acción del Espíritu Santo se manifiesta y actúa en la multiplicidad y en la riqueza de los carismas que acompañan a los ministerios; y éstos se ejercen de diversas formas y medidas, en respuesta a las necesidades de los tiempos y de los lugares; por ejemplo, en la ayuda prestada a los pobres, a los enfermos, a los necesitados, a los misnusválidos y a los que están (impedidos «de un modo u otro. También se ejercen, en una esfera más elevada, mediante el consejo, la dirección espiritual, la pacificación entre los contendientes, la conversión de los pecadores, la atracción hacia la palabra de Dios, la eficacia de la predicación y la palabra escrita, la educación a la fe, el fervor por el bien, etc. Se trata de un abanico muy grande de carismas, por medio de los cuales el Espíritu Santo infunde en la Iglesia su caridad y su santidad, en analogía con la economía general de la creación, en la que, como nota santo Tomás, el único Ser de Dios hace participes a las cosas de su perfección infinita (Cfr S.Th. II.II, q. 183, a. 2).

6. No hay que contraponer estos carismas a los ministerios de carácter jerárquico y, en general, a los «oficios», que también han sido establecidos con vistas a la unidad, el buen funcionamiento y la belleza de la Iglesia. El orden jerárquico y toda la estructura ministerial de la Iglesia se halla bajo la acción de los carismas, como se deduce de las palabras de san Pablo en sus cartas a Timoteo: «No descuides el Carisma que hay en ti, que se te comunicó con intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros» (l Tim 4, 14); «te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos» (2 Tim 1, 6).

Hay, pues, un carisma de Pedro, hay carismas de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos; hay un carisma concedido a quien está llamado a ocupar un cargo eclesiástico, un ministerio. Se trata de descubrir, reconocer y aceptar estos carismas, pero sin presunción alguna. Por esta razón el Apóstol escribe a los Corintios: «En cuanto a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que estéis en la ignorancia» (l Cor 12, 1). Pablo empieza precisamente en este punto su enseñanza sobre los carismas; indica una línea de conducta para los convertidos de Corinto quienes, cuando aún eran paganos, se dejaban «arrastrar ciegamente hacia los ídolos mudos» (manifestaciones anómalas que debían rechazar). «Por eso os hago saber que nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: ¡Jesús es Señor!» (1 Cor 12, 3). Esta verdad, junto con la de la Trinidad, es fundamental para la fe cristiana. La profesión de fe en esta verdad es un don del Espíritu Santo, y esto es mucho más que un mero acto de conocimiento humano. En este acto de fe, que está y debe estar en los labios y en el corazón de todos los verdaderos creyentes, «manifiesta» el Espíritu Santo (Cfr 1 Cor 12, 7). Es la primera y más elemental realización de lo que decía Jesús en la última Cena: «Él (Espíritu Santo) me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 14).











EL ESPÍRITU SANTO COMO CONSOLADOR (13.III.91)

1. En el discurso de despedida, dirigido a los Apóstoles durante la Ultima Cena, Jesús prometió: «Yo pediré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14,16). El título «Consolador» traduce aquí la palabra griega Parakletos, nombre dado por Jesús al Espíritu Santo. En efecto, «Consolador» es uno de los posibles sentidos de Paráclito. En el discurso del Cenáculo, Jesús sugiere en este sentido, porque promete a los discípulos la presencia continua del Espíritu como remedio a la tristeza provocada por su partida (Cfr. Jn 16, 6.8).

El Espíritu Santo, mandado por el Padre, será «otro Consolador» enviado en nombre de Cristo, cuya misión mesiánica debe concluir con su partida de este mundo para volver al Padre. Esta partida, que tiene lugar mediante la muerte y la resurrección, es necesaria para que pueda venir el «otro Consolador». Jesús lo afirma claramente cuando dice: «Si no me voy, no vendrá a vosotros el Consolador» (Jn 16, 7). La constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II presenta este envío del «Espíritu de la verdad» como el momento conclusivo del proceso de la revelación y de la redención, que responde al designio eterno de Dios (n. 4). Y todos nosotros, en la Secuencia de Pentecostés, lo invocamos: «Veni , Consolator optime».

2. En las palabras de Jesús acerca del Consolador se escucha el eco de los libros del Antiguo Testamento y, en particular, del «Libro de la consolación de Israel», incluido en los escritos recogidos bajo el nombre del profeta Isaías; «Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios... Hablad al corazón de Jerusalén... Ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa» (Is 40, 12). Y, un poco más adelante: «¡Aclamad, cielos, y exultad, tierra! Prorrumpan los montes en gritos de alegría, pues el Señor ha consolado a su pueblo» (Is 49,13). El Señor es para Israel como una madre que no puede olvidar a su hijo. Más aún; Isaías insiste en hacer decir al Señor: «Aunque una madre se llegase a olvidar, yo no te olvido» (Is 49, 15).

En la finalidad objetiva de la profecía de Isaías, además del anuncio de la vuelta de Israel a Jerusalén tras el exilio, la «consolación» encierra un contenido mesiánico, que los israelitas piadosos, fieles a la herencia de sus padres, tuvieron presente hasta los umbrales del Nuevo Testamento. Así se explica lo que leemos en el evangelio de Lucas acerca del viejo Simeón, que «esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor» (Lc 2, 25.26).

3. Según Lucas, que habla de hechos sucedidos y narrados en el contexto del misterio de la Encarnación, es el Espíritu Santo quien realiza la promesa profética vinculad la venida del primer Consolador, Cristo. En efecto, es él quien lleva a cabo en María la concepción de Jesús, Verbo encarnado (Cfr. Lc 1, 35); es él quien ilumina a Simeón y lo conduce al Templo en el momento de la presentación de Jesús (Cfr. Lc 2, 27); en él Cristo, al inicio de su ministerio mesiánico, declara, refiriéndose al profeta Isaías: «El Espíritu del Señor sobre mi, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18; cfr. Is 61,1 ss.).

El Consolador del que habla Isaías visto en la perspectiva profética, es Aquel que lleva la Buena Nueva de parte de Dios, confirmándola con «signos», es decir, con obras que contienen los bienes saludables de verdad, de justicia, de amor y de liberación: la «consolación de Israel». Y Jesucristo cuando, cumplida su obra, deja este mundo para volver al Padre, anuncia «otro Consolador», a saber, el Espíritu Santo, que el Padre mandará en nombre de su Hijo (Cfr. Jn 14, 26).

4. El Consolador, el Espíritu Santo, estará con los Apóstoles. Cuando Cristo ya no esté en la tierra, el Espíritu Santo los acompañará en los largos períodos de aflicción, que durarán siglos (Cfr. Jn 16, 17 ss.). Por tanto, estará con la Iglesia y en la Iglesia, especialmente en las épocas de luchas y persecuciones, como Jesús mismo promete a los Apóstoles con aquellas palabras que refieren los evangelios sinópticos: «Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir» (Lc 12, 11.12; cfr. Mc 13, 11); «No seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10, 20). Esas palabras se pueden referir a las tribulaciones que sufrieron los Apóstoles y los cristianos de las comunidades fundadas y presididas por ellos; pero también a todos los que, en cualquier lugar de la tierra, en todos los siglos, tendrán que sufrir por Cristo. Y, en realidad, son muchos los que, en todos los tiempos, incluidos los recientes, han experimentado esta ayuda del Espíritu Santo. Ellos saben .y pueden dar testimonio de ello. qué gozo produce la victoria espiritual que el Espíritu Santo les concedió alcanzar. Toda la Iglesia de hoy lo sabe y es testigo de ello.

5. Ya desde los inicios, en Jerusalén, no le han faltado a la Iglesia contrariedades y persecuciones. Pero ya en los Hechos de los Apóstoles leemos: «Las Iglesias por entonces gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; se edificaban y progresaban en el temor del Señor y estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo» (Hech 9, 31). El Espíritu-Consolador prometido por Jesús era quien había sostenido a los Apóstoles y a los demás discípulos de Cristo en las primeras pruebas y sufrimientos, y seguía concediendo a la Iglesia su confortación incluso en los períodos de tregua y de paz. De él dependía aquella paz y aquel crecimiento de las personas y de las comunidades en la verdad del Evangelio. Así sucedería siempre a lo largo de los siglos.

6. Una gran «consolación» para la Iglesia primitiva fue la conversión y el bautismo de Cornelio, un centurión romano (Cfr. Hech 10, 44)48). Era el primer «pagano» que, junto con su familia, entraba en la Iglesia, bautizado por Pedro. Desde aquel momento, se fueron multiplicando aquellos que, convertidos del paganismo, especialmente mediante la actividad apostólica de Pablo de Tarso y de sus compañeros, reforzaban la muchedumbre de los cristianos. Pedro, en su discurso a la asamblea de los Apóstoles y de los «ancianos» reunidos en Jerusalén, reconoció en aquel hecho la obra del Espíritu Consolador «Hermanos, vosotros sabéis que ya desde los primeros días me eligió Dios entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la palabra de la Buena Nueva y creyeran. Y Dios, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor comunicándoles el Espíritu Santo como a nosotros»(Hech 15, 7.9). Era una «consolación» para la Iglesia apostólica el hecho de que al comunicar el Espíritu Santo, como dice Pedro, Dios «no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, pues purificó sus corazones con la fe» (Hech 15, 9). Una «consolación» era también la unidad que, al respecto, había existido en aquella reunión de Jerusalén: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros (Hech 15, 28). Cuando se leyó a la comunidad de Antioquía la carta que refería las decisiones liberatorias de Jerusalén, todos «se alegraron por la consolación (en griego paraklese ) que les infundía» (Hech 15, 31).

7. Otra «consolación» del Espíritu Santo para la Iglesia fue la redacción del Evangelio como texto de la Nueva Alianza. Si los textos del Antiguo Testamento, inspirados por el Espíritu Santo, son ya para la Iglesia un manantial de consolación y paciencia, como dice san Pablo a los Romanos (Rom 15, 4), cuánto más lo serán los libros que refieren «todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio» (Hech 1,1). De estos podemos decir, con más razón, que han sido escritos «para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rom 15, 4).

Por otra parte, una consolación que se ha de atribuir también al Espíritu Santo (Cfr. 1 Pe 1, 12) es el cumplimiento de la predicción de Jesús, a saber, que «se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las gentes», (Mt 24, 14). Entre estas «gentes» que abarcan todas las épocas, están también las del mundo contemporáneo, que parece tan distraído e incluso extraviado entre los éxitos y los atractivos de su progreso de orden temporal, demasiado unilateral. También a estas gentes, y a todos nosotros, se extiende la obra del Espíritu Paráclito, que no cesa de ser consolación y paciencia mediante la «Buena Nueva» de salvación.