LA ORACIÓN ES UNA ENTREVISTA CON DIOS.

Para tratar de amistad, para tener una entrevista hacen falta dos personas, y Dios es persona, divina, pero persona. Por lo que tenemos que hacer un esfuerzo y caer en la cuenta de esta presencia de Dios. Juan Pablo II dice: <<La oración es una conversación, donde hay un yo y un Tú, pero con una gran mayúscula. Al principio, creemos que el yo es muy importante, pero poco a poco nos vamos dando cuenta de que la iniciativa viene de Dios>>.

Sin duda, que es el mejor rato del día, tenemos que ir con gusto a la oración, porque es el encuentro, el trato, con quien sabemos que nos ama.

<<La oración es una entrevista de amor, como los novios, es un encuentro al que no se debe faltar. Porque sabemos que nos ama, y nos espera>> (Vida 5.8).

Es una entrevista para tratar de amistad, es decir; para decirnos muchas cosas ambos. Por esto, tenemos que acudir a la entrevista de la oración con el deseo de encontrarnos con Alguien que nos espera.

Como Samuel, “habla Señor que tu siervo escucha”. (1ªSam 3.10).

Para un cristiano es un honor y una dicha el ser recibido por Dios. Una entrevista que podemos prolongar a nuestro antojo. Dios nunca se cansa de escucharnos.
<<¡Oh, qué buen amigo hacéis, Señor mío!¡Cómo le vais regalando y sufriendo, y esperáis a que se haga de vuestro estilo, y mientras tanto le sufrís el suyo!
¡Tomáis en cuenta, mi Señor, los ratos que os quiere, y con un punto de
arrepentimiento olvidáis lo que os ha ofendido!>> (Vida. 8,6)

Tenemos el ejemplo en el Portal de Belén.

Los que fueron al portal de Belén cuando recibieron el anuncio del ángel, o los que fueron guiados por la estrella. Los pastores no se encontraron allí con un libro, o con un catalogo de oraciones, sino que; “fueron presurosos y encontraron a María y a José, y al niño”. (Lc 2,16).

Esto cambia mucho las cosas para rezar o empezar a hacerlo si no lo hacíamos anteriormente.

Fue con un Niño, con una persona con quien se encontraron los pastores, y los magos, “vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron” (Mt 2,2), y no se encontraron con un libro. Por eso, desde el principio hay que tenerlo claro, que aunque no veo a Dios, pero está presente en lo secreto. “Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensara”. (Mt 6,6).

Luego, el trato de amistad es con Alguien que está cerca de nosotros, nuestro Dios no está lejos, está muy cerca, nos ve, nos oye “El Señor esta cerca de los que le invocan, de cuantos le invocan de veras”. (Sal 145,18). Hablar con Dios es hablar con Alguien que está vivo, no es un muerto. “No está aquí, ha resucitado” (Mc 16,6). Caer en la cuenta de su presencia que está aquí con nosotros. Cuando no se cree esto, por falta de fe, se suele dejar la oración. Santa Teresa nos hace caer en la cuenta de con quién hablamos:

<<Pensar y entender lo que hablamos y con quién hablamos y quién somos los que osamos hablar con tan gran Señor; pensar esto y otras cosas semejantes de lo poco que le habemos servido y lo mucho que estamos obligados a servir, es oración…, no penséis que es otra algarabía ni os espante el nombre>>. (Camino de perfección. 25,3)

San Juan Crisóstomo exclamaba: <<Que felicidad, que gloria la de conversar así con Dios en la oración, la de hablar en la intimidad con Jesucristo y pedirle todo lo que deseamos y queremos>>. ¡No le podemos hacer esperar!Santa Teresa aconseja representar al Señor junto a nosotros:

<<Después de santiguaros, procurad luego, pues estáis solas, tener compañía. Pues ¿qué mejor que la del mismo Maestro? Representad al mismo Señor junto a vos, y mirad con que amor y humildad os está mirando; y creedme, mientras pudiereis, no estéis sin tan buen amigo. Si os acostumbráis a traerle junto a vos, no le podréis, como dicen, echar de vos>>. (Camino de Perfección 5,1)

San Jose María Escrivá decía: <<Meditación. Tiempo fijo y a hora fija. Si no, se adaptará a la comodidad nuestra: esto es falta de mortificación. Y la oración sin la mortificación es poco eficaz>> (Surco, 446).
No podemos esperar a hacer un rato de oración para cuando tengamos ganas o
tengamos tiempo, porque, posiblemente no tendremos nunca el tiempo de sobra y corremos el riesgo, o peor aún, el peligro de no hacerla nunca. Si queremos hacer todos los días con empeño, oración, y hacerla bien, es preciso empeñarnos. Y lo primero que hay que hacer es fijar un tiempo para la entrevista con Dios. Que ese tiempo, como dice la Santa, sea solo para Dios, dejando todo.

<<Este poquito de tiempo que nos determinamos de darle de cuanto gastamos en nosotros mismos y en quien no nos lo agradecerá, ya que aquel rato le queremos dar, démosle libre el pensamiento y desocupado de otras cosas, y con toda determinación de nunca jamás se le tornar a tomar, por trabajos que por ello nos vengan, ni por contradicciones ni por sequedades; sino que ya como cosa no mía tenga aquel tiempo y piense me le pueden pedir por justicia cuando del todo no se le quisiere dar>>. (Camino de Perfección. 23,2)

Decía también san Jose María Escrivá: <<¿No sabes orar? Ponte en la presencia de Dios y, en cuanto comiences a decir: Señor, ¡no sé hacer
oración!..., está seguro de que has empezado a hacerla. Lo importante no es tanto lo que dices o lo que haces sino el amor con que lo dices o haces>> (Consideraciones espirituales, 1934)

C.I.C. nº 2567: Dios es quien primero llama al hombre. Olvide el hombre a su
Creador o se esconda lejos de su Faz, corra detrás de sus ídolos o acuse a la
divinidad de haberlo abandonado, el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Esta
iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, la iniciativa del hombre es siempre una respuesta. A medida que Dios se revela, y revela al
hombre a sí mismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco, un hondo acontecimiento de Alianza. A través de palabras y de acciones, tiene lugar un trance que compromete el corazón humano. Este se revela a través de toda la historia de la salvación.

<<Por eso, hermanas, oración mental, y la que no pueda mental, oración vocal y lectura y diálogo con Dios. No deje de hacer la oración como todas; no sabe cuándo llamará el Esposo, no os suceda como a las vírgenes necias>> (Camino de Perfección. 18,4)

Todo hombre y mujer, todo cristiano, está llamado por Dios a hacer oración. El
cristiano sin oración es un enfermo grave: no sabe hablar con Dios, su Padre. Un alma sin oración está en peligro de perderse.

<<Son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía o tullido, que aunque tiene pies y manos no los puede mandar; que así son, que hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas exteriores, que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí; porque ya la costumbre la tiene tal de haber siempre tratado con las sabandijas y bestias que están en el cerco del castillo, que ya casi está hecha como ellas, y con ser de natural tan rica y poder tener su conversación no menos que con Dios, no hay remedio. Y si estas almas no procuran entender y remediar su gran miseria, quedarse han hechas estatuas de sal por no volver la cabeza hacia sí, así como lo quedó la mujer de Lot por volverla>> (1Moradas. 1,6)

Hay muchos cristianos que ya no rezan, quizás lo hicieron antes, pero no lo entendieron bien. Sencillamente, no iban a la oración a encontrarse con Alguien, sino, a decir una serié de oraciones vocales, y un tiempo largo del que acabaron
cansándose. Y no me extraña, porque leer o decir oraciones maquinalmente, cansa y se deja, y es para peor. La Santa lo supo por experiencia, pero haciendo un esfuerzo Dios la daba el deseo.

<<Esta fue toda mi oración y ha sido cuando anduve en estos peligros, y aquí era mi pensar cuando podía; y muy muchas veces, algunos años, tenía más cuenta con desear se acabase la hora que tenía por mí de estar, y escuchar cuándo daba el reloj, que no en otras cosas buenas; y hartas veces no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme a tener oración, Y después que me había hecho esta fuerza, me hallaba con más quietud y regalo que algunas veces que tenía deseo de rezar>>. (Vida. 8,7)

La oración no es solo para pedir cosas, sino también para aprender a aceptar en nuestra vida la voluntad de Dios. “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. (Lc 22,42).

La oración no cambia los acontecimientos de la vida, solo cuando Dios quiere responder con un milagro. Lo que cambia es el corazón del hombre, esto es que hace ver los acontecimientos de otra manera, aceptarlo de otra forma más cristiana, se empieza a considerar todo lo que nos vaya sucediendo, como planes y caminos de Dios.

El Señor ya sabe lo que necesitamos. Quien quizás no sabemos muy bien lo que pedimos, ni pedimos bien, somos nosotros, por esto necesitamos hacer bien la Nosotros solemos quejarnos con frecuencia de que Dios no nos escucha, no nos concede lo que le pedimos, y no es que lo que le pidamos sea malo. Además nos ha dicho. “Creed que obtendréis cuanto pidierais en la oración”. (Mc 11,24). Ni tampoco es porque seamos más indignos que otros. “Quien pide recibe”. (Mt 7,8).

Y esto a toda persona sin excepción. Ni tampoco porque solo pidamos (pedigüeños), porque en la oración del Padre Nuestro, enseña a rezar pidiendo. ¿Entonces, de donde que tantas oraciones nuestras sean rechazadas? ¿Quizás porque le pedimos mucho, con urgencia y prisas, que cansamos a Dios? No, la razón de que obtengamos poco de Dios, es porque le pedimos demasiado poco y con poca insistencia. Es cierto que Jesús nos ha prometido en nombre de su Padre, concedernos todo, incluso las cosas más pequeñas.

Pero, nos ha puesto un orden en todo lo que pedimos, y sin este orden, sin esta
condición, no esperemos obtener nada. San Mateo nos dice. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. (Mt 6,33). No nos prohíbe que pidamos salud, trabajo, riquezas, y todo lo que nos haga la vida más agradable, incluso para vivir bien. Pero, hay que pedir primero lo principal: que venga el Reino de Dios y su justicia a nosotros. Es decir, una vida cristiana más santa, más justa, más evangélica. Salomón, al que Dios le había dado la libertad de pedirle lo que quisiera; le pidió “la sabiduría que necesitaba para cumplir santamente con sus deberes de Rey de Israel”. (2Cro 1,10).

No le hizo mención ni de las riquezas, ni de larga vida con salud, ni de la fama humana. Pidiendo lo principal, se le concedió incluso lo que no pedía. Dios le dijo: “Te concederé con gusto esta sabiduría porque me la has pedido, pero no dejare de colmarte de años, de honores, de riquezas, porque no me has pedido
nada de esto”. (2Cro 1,11-12).

Si este es el orden que Dios tiene para distribuir sus gracias,no debe extrañarnos, que hasta ahora hayamos orado si éxito. Santa Teresa también tenía experiencia de esto, le pedía al Señor gracias para no ofenderle.

<<Parece que lo que otros con gran trabajo procuran adquirir, granjeaba el Señor conmigo que yo lo quisiese recibir, que era darme ya, en estos últimos años, gustos y regalos. Jamás me atreví yo a suplicarle me los diese, ni ternura de devoción; sólo le pedía que me diese gracia para que no le ofendiese y me perdonase mis grandes pecados. Como los veía grandes, nunca osaba desear, dándome cuenta, ni gustos ni regalos. Harto me parece hacía su piedad, y en verdad hacía mucha misericordia conmigo, consintiendo que estuviera con él y atrayéndome a su presencia, que yo veía que, si tanto él no la procurara, yo no viniera>> (Vida. 9,9)

Anécdota: Santa Mónica, madre de San Agustín, al ver la mala vida de su hijo cuando era joven, angustiada no hacía más que orar y llorar para que aquel extraviado se convirtiese. Pero no obtenía la gracia que pedía., hasta diez años después. Un día manifestó su dolor a un santo obispo, el cual le dijo: Quisiera ver bautizado a mi hijo, que deje esa mala vida, de esos devaneos que lleva fuera del matrimonio, y que deje de atacar a la Iglesia con los herejes, que defendía en su tiempo. ¡Es imposible que el hijo de tantas lágrimas perezca!Efectivamente oraciones de Santa Mónica fueron escuchadas, y San Agustín no sólo se convirtió, sino que fue una conversión más perfecta de lo que había pedido. No solo salió de la mala vida, sino que llego a abrazar los consejos evangélicos. No solo fue cristiano, sino que fue elevado a la dignidad del sacerdocio y del episcopado. No solo salió de la herejía, sino que llego a ser una columna de la Iglesia contra los herejes. No solo lo salvo, sino que ha llegando a ser un gran santo y doctor de la Iglesia.
Santa Mónica, si después de un año o dos de rezar por él, pidiendo estas cosas
que son necesarias, o si al ver que cada vez iba por peores caminos, si hubiera dejado de pedir, o se hubiera decidido a pedir otras cosas superficiales, de cuanto gozo espiritual le hubiera privado a él, y a toda la Iglesia. Gracias a que pedía bien, fue escuchada con creces, más de lo que pedía. Mucho valen las oraciones de las almas que buscan primero el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se les dará como a Salomón, a santa Teresa, a santa Mónica, etc.

<<Para ayuda de esto, procurad traer una imagen o retrato de este Señor, no para traerle en el seno y nunca le mirar, sino para muchas veces hablar con él -que él os dará que hablar- como habláis acá con otras personas.
¿Por qué os han más de faltar palabras para hablar con Dios? No lo creáis; al menos yo no os creeré>>. (Camino de Perfección. 43,2)