CRISTOLOGÍA -2-


(JESUCRISTO: EL HIJO DE DIOS)


13-05-87 Cristo, Hijo de Dios

1. Según hemos tratado en las catequesis precedentes, el nombre de «Cristo» significa en el lenguaje del Antiguo Testamento «Mesías». Israel, el Pueblo de Dios de la antigua alianza, vivió en la espera de la realización de la promesa del Mesías, que se cumplió en Jesús de Nazaret. Por eso desde el comienzo se llamó a Jesús Cristo, esto es: «Mesías» y fue aceptado como tal por todos aquellos que «lo han recibido» (Jn 1, 12).

2. Hemos visto que, según la tradición de la antigua alianza, el Mesías es Rey y que este Rey Mesiánico fue llamado también Hijo de Dios, nombre que en el ámbito del monoteísmo yahvista del Antiguo Testamento tiene un significado exclusivamente analógico, e incluso, metafórico. No se trata en aquellos libros del Hijo «engendrado» por Dios, sino de alguien a quien Dios elige y le confía una concreta misión o servicio.

3. En este sentido también alguna vez todo el pueblo se denominó «hijo» como, por ejemplo, en las palabras que Yahvéh dirigió a Moisés: «Tú dirás al Faraón: ...Israel es mi hijo, mi primogénito... Yo mando que dejes a mi hijo ira servirme» (Ex 4, 22-23; cfr. también Os 11, 1; Jer 31, 9). Así, pues, si se llama al Rey en la antigua alianza «Hijo de Dios» es porque en la teocracia israelita, es el representante especial de Dios.

Lo vemos, por ejemplo, en el Salmo 2, con relación con la entronización del rey: «Él me ha dicho: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy» (Sal 2, 7-8). También en el Salmo 88 leemos: «Él (David) me invocará diciendo: tú eres mi padre... Y yo te haré mi primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra» (Sal. 80, 27)28). Después el profeta Natán hablará así a propósito de la descendencia de David: «Yo le seré a él padre y él me será a mí hijo. Si obrare mal yo le castigaré,..» (2 Sm 7, 14).

No obstante, en el Antiguo Testamento, a través del significado analógico y metafórico de la expresión «Hijo de Dios» parece que penetra en él otro, que permanece oscuro. Así en el citado Salmo 2, Dios dice al rey: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy» (Sal 2, 7), y en el Salmo 109/110: «Yo mismo te engendré como rocío antes de la aurora» (Sal 109/110, 3).

4. Es preciso tener presente este transfondo bíblico mesiánico para darse cuenta de que el modo de actuar y de expresarse de Jesús indica la conciencia de una realidad completamente nueva.

Aunque en los Evangelios sinópticos Jesús jamás se define como Hijo de Dios lo mismo que no se llama Mesías, sin embargo, de diferentes maneras, afirma y hace comprender que es el Hijo de Dios y no en sentido analógico o metafórico, sino natural.

5. Subraya incluso la exclusividad de su relación filial con Dios. Nunca dice de Dios: «nuestro Padre» sino sólo «mi Padre» o distingue «mi Padre, vuestro Padre». No duda en afirmar: «Todo me ha sido entregado por mi Padre» (Mt 11, 27).

Esta exclusividad de la relación filial con Dios se manifiesta especialmente en la oración, cuando Jesús se dirige a Dios como Padre usando la palabra aramea «Abbá» que indica una singular cercanía filial y, en boca de Jesús, constituye una expresión de su total entrega a la voluntad del Padre: «Abbá, Padre, todo te es posible; aleja de mí este cáliz» (Mc 14, 36).

Otras veces Jesús emplea la expresión «vuestro Padre» por ejemplo: «como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «vuestro Padre, que está en los cielos» (Mc 11, 25). Subraya de este modo el carácter específico de su propia relación con el Padre, incluso deseando que esta Paternidad divina se comunique a los otros, como atestigua la oración del «Padre nuestro» que Jesús enseñó a sus discípulos y seguidores.

6 La verdad sobre Cristo como Hijo de Dios es el punto de convergencia de todo el Nuevo Testamento. Los Evangelios, y sobre todo el Evangelio de San Juan, y los escritos de los Apóstoles, de modo especial las Cartas de San Pablo, nos ofrecen testimonios explícitos. En esta catequesis nos concentramos solamente en algunas afirmaciones particularmente significativas, que, en cierto sentido, «nos abren el camino» hacia el descubrimiento de la verdad sobre Cristo como Hijo de Dios y nos acercan a una recta percepción de esta «filiación».

7. Es importante constatar que la convicción de la filiación divina de Jesús se confirmó con una voz desde el cielo durante el Bautismo en el Jordán (Cfr. Mc 1, 11) y en el monte de la Transfiguración (Cfr. Mc 9, 7). En ambos casos, los Evangelistas nos hablan de la proclamación que hizo el Padre acerca de Jesús «(su) Hijo predilecto» (Cfr. Mt 3, 17; Lc 3, 22).

Los Apóstoles tuvieron una confirmación análoga dada por los espíritus malignos que arremetían contra Jesús: «¿Qué hay entre Ti y nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Te conozco: tú eres el Santo de Dios» (Mc 1, 24). «¿Qué hay entre Ti y mí, Jesús, Hijo del Altísimo?» (Mc 5, 7).

8. Si luego escuchamos el testimonio de los hombres, merece especial atención la confesión de Simón Pedro, junto a Cesarea de Filipo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Notemos que esta confesión ha sido confirmada de forma insólitamente solemne por Jesús: «Bienaventurado tú, Simón, Bar Jona, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos» (Mt 16, 17). No se trata de un hecho aislado. En el mismo Evangelio de Mateo leemos que, al ver a Jesús caminar sobre las aguas del lago de Genesaret, calmar al viento y salvar a Pedro, los Apóstoles se postraron ante el maestro, diciendo: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios» (Mt 14, 33).

9. Así, pues, lo que Jesús hacía y enseñaba, alimentaba en los Apóstoles la convicción de que Él era no sólo el Mesías, sino también el verdadero «Hijo de Dios». Y Jesús confirmó esta convicción.

Fueron precisamente algunas de las afirmaciones proferidas por Jesús las que suscitaron contra Él la acusación de blasfemia. De ellas brotaron momentos singularmente dramáticos como atestigua el Evangelio de Juan, donde se lee que los judíos «buscaban... matarlo, pues no sólo quebrantaba el sábado, sino que decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios» (Jn 5,18).

El mismo problema se plantea de nuevo en el proceso incoado a Jesús ante el Sanedrín: Caifás, Sumo Sacerdote, lo interpeló: «Te conjuro por Dios vivo a que me digas si eres tú el Mesías, el Hijo de Dios». A esta pregunta, Jesús respondió sencillamente: «Tú lo has dicho» es decir: «Sí, yo lo soy» (Cfr. Mt 26, 63-64). Y también en el proceso ante Pilato, aun siendo otro el motivo de la acusación: el de haberse proclamado rey, sin embargo los judíos repitieron la imputación fundamental: «Nosotros tenemos una ley y, según esa ley, debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios» (Jn 19, 7).

10. En definitiva, podemos decir que Jesús murió en la cruz a causa de la verdad de su Filiación divina. Aunque la inscripción colocada sobre la cruz con la declaración oficial de la condena decía: «Jesús de Nazaret, el Rey de los judíos» sin embargo hace notar San Mateo, «los que pasaban lo injuriaban moviendo la cabeza y diciendo... si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27, 39-40). Y también: «Ha puesto su confianza en Dios, que Él le libre ahora, si es que lo quiere, puesto que ha dicho: Soy el Hijo de Dios» (Mt 27, 43).

Esta verdad se encuentra en el centro del acontecimiento del Gólgota. En el pasado fue objeto de la convicción, de la proclamación y del testimonio dado por los Apóstoles, ahora se ha convertido en objeto de burla. Y sin embargo, también aquí, el centurión romano, que vigila la agonía de Jesús y escucha las palabras con las cuales Él se dirige al Padre, en el momento de la muerte, a pesar de ser pagano, da un último testimonio sorprendente en favor de la identidad divina de Cristo: «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios» (Mc 15, 39).

11. Las palabras del centurión romano sobre la verdad fundamental del Evangelio y del Nuevo Testamento en su totalidad nos remiten a las que el Ángel dirigió a María en el momento de la anunciación: «Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo...» (Lc 1, 31-32). Y cuando María pregunta «¿Cómo podrá ser esto?», el mensajero le responde: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra y, por esto, el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 34-35).



12. En virtud de la conciencia que Jesús tuvo de ser Hijo de Dios en el sentido real natural de la palabra, Él «llamaba a Dios su Padre...» (Jn 5, 18). Con la misma convicción no dudó en decir a sus adversarios y acusadores: «En verdad en verdad os digo: antes que Abrahán naciese, era yo» (Jn 8, 58).

En este «era yo» está la verdad sobre la Filiación divina, que precede no sólo al tiempo de Abrahán, sino a todo tiempo y a toda existencia creada.

Dirá San Juan al concluir su Evangelio: «Estas señales realizadas por Jesús fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre» (Jn 20, 31).


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20-05-87 Dios y Hombre verdadero

1. El ciclo de las catequesis sobre Jesucristo se ha acercado gradualmente a su centro, permaneciendo en relación constante con el artículo del Símbolo, en el cual confesamos «Creo... en Jesucristo, Hijo único de Dios». Las catequesis anteriores nos han preparado para esta verdad central, mostrando antes que nada el carácter mesiánico de Jesús de Nazaret. Y verdaderamente la promesa del Mesías  presente en toda la Revelación de la antigua Alianza como principal contenido de las expectativas de Israel encuentra su cumplimiento en Aquel que solía llamarse el Hijo del hombre.

A la luz de las obras y de las palabras de Jesús se hace cada vez más claro que Él es, al mismo tiempo, el verdadero Hijo de Dios. Esta es una verdad que resultaba muy difícil de admitir para una mentalidad enraizada en un rígido monoteísmo religioso. Y ésa era la mentalidad de los israelitas contemporáneos de Jesús. Nuestras catequesis sobre Jesucristo entran ahora precisamente en el ámbito de esta verdad que determina la novedad esencial del Evangelio, y de la que depende toda la originalidad del cristianismo como religión fundada en la fe en el Hijo de Dios, que se hizo hombre por nosotros.

2. Los Símbolos de la fe se concentran en esta verdad fundamental referida a Jesucristo.

En el Símbolo Apostólico confesamos: «Creo en Dios, Padre todopoderoso... y en Jesucristo, su único Hijo (unigénito)». Sólo sucesivamente el Símbolo Apostólico pone de relieve el hecho de que el Hijo unigénito del Padre es el mismo Jesucristo, como Hijo del hombre: «el cual fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de la Virgen María».

El Símbolo niceno-constantinopolitano expresa la misma realidad con palabras un poco distintas: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre»..

Sin embargo, el mismo Símbolo presenta antes, ya de modo mucho más amplio la verdad de la filiación divina de Jesucristo, Hijo del hombre: «Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho». Estas últimas palabras ponen todavía más de relieve la unidad en la divinidad del Hijo con el Padre, que es «creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible».

3. Los Símbolos expresan la fe de la Iglesia de una manera concisa, pero precisamente gracias a su concisión esculpen las verdades más esenciales: aquellas que constituyen como el «meollo» mismo de la fe cristiana, la plenitud y el culmen de la autorrevelación de Dios. Pues bien, según la expresión del autor de la Carta a los Hebreos, «muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo» y finalmente ha hablado a la humanidad «por su Hijo» (Cfr. Heb 1,1-2). Es difícil no reconocer aquí la auténtica plenitud de la Revelación. Dios no sólo habla de Sí por medio de los hombres llamados a hablar en su nombre, sino que, en Jesucristo, Dios mismo, hablando «por medio de su Hijo» se convierte en sujeto de la Palabra que revela. Él mismo habla de Sí mismo. Su palabra contiene en sí la autorrevelación de Dios, la autorrevelación en el sentido estricto e inmediato.

4. Esta autorrevelación de Dios constituye la gran novedad y «originalidad» del Evangelio. Profesando la fe con las palabras de los Símbolos, sea el apostólico o el niceno-constantinopolitano, la Iglesia bebe en plenitud del testimonio evangélico y alcanza así su esencia profunda. A la luz de este testimonio profesa y da testimonio de Jesucristo como Hijo que es «de la misma naturaleza que el Padre». El nombre «Hijo de Dios» podía usarse y lo ha sido en un sentido amplio, como se constata en algunos textos del Antiguo Testamento (Sab 2, 18; Sir 4, 11; Sal 82, 6, y, con mayor claridad, 2 Sm 7,14; Sal 2, 7; Sal 110, 3). El Nuevo Testamento, y especialmente los Evangelios, hablan de Jesús como Hijo de Dios en sentido estricto y pleno: Eles «engendrado, no creado» y «de la misma naturaleza que el Padre».

5. Prestaremos ahora atención a esta verdad central de la fe cristiana analizando el testimonio del Evangelio desde este punto de vista. Es ante todo el testimonio del Hijo sobre el Padre y, en concreto, el testimonio de una relación filial que es propia de Él y sólo de Él.

De hecho, así como son significativas las palabras de Jesús: «Nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiera revelárselo» (Mt 11, 27), lo son éstas otras: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre» (Mt 11, 27). Es el Padre quien realmente revela al Hijo. Merece la pena recordar que en el mismo contexto se reproducen las palabras de Jesús: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos» (Mt 11, 25; también Lc 10, 21-22). Son palabras que Jesús pronuncia (como anota el Evangelista) con una especial alegría del corazón: «Inundado de gozo en el Espíritu Santo» (Cfr. Lc 10, 21).

6. La verdad sobre Jesucristo, Hijo de Dios, pertenece, por tanto, a la esencia misma de la Revelación trinitaria. En ella y mediante ella Dios se revela a Sí mismo como unidad de la inescrutable Trinidad: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Así, pues, la fuente definitiva del testimonio, que los Evangelios y todo el Nuevo Testamento dan de Jesucristo como Hijo de Dios, es el mismo Padre: el Padre que conoce al Hijo y se conoce a Sí mismo en el Hijo. Jesús, revelando al Padre, comparte en cierto modo con nosotros el conocimiento que el Padre tiene de Sí mismo en su eterno, unigénito Hijo. Mediante esta eterna filiación Dios es eternamente Padre. Verdaderamente, con espíritu de fe y de alegría, admirados y conmovidos, hagamos nuestra la confesión de Jesús: «Todo te lo ha confiado el Padre a Ti, Jesús, Hijo de Dios, y nadie sabe quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien Tú, el Hijo, lo quieras revelar».


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27-05-87 El Padre da testimonio del Hijo

1. Los Evangelios y todo el Nuevo Testamento dan testimonio de Jesucristo como Hijo de Dios. Es ésta una verdad central de la fe cristiana. Al confesar a Cristo como Hijo «de la misma naturaleza» que el Padre, la Iglesia continúa fielmente este testimonio evangélico, Jesucristo es el Hijo de Dios en el sentido estricto y preciso de esta palabra. Ha sido, por consiguiente, «engendrado» en Dios, y no «creado» por Dios y «aceptado» luego como Hijo, es decir, «adoptado». Este testimonio, del Evangelio y de todo el Nuevo Testamento, en el que se funda la fe de todos los cristianos, tiene su fuente definitiva en Dios-Padre, que da testimonio de Cristo como Hijo suyo.

En la catequesis anterior hemos hablado ya de esto refiriéndonos a los textos del Evangelio según Mateo y Lucas. «Nadie conoce al Hijo sino el Padre» (Mt 11, 27). «Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre» (Lc 10, 22)

2. Este testimonio único y fundamental, que surge del misterio eterno de la vida trinitaria, encuentra expresión particular en los Evangelios sinópticos, primero en la narración del bautismo de Jesús en el Jordán y luego en el relato de la transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Estos dos acontecimientos merecen una atenta consideración.

3. En el Evangelio según Marcos leemos: «En aquellos días vino Jesús desde Nazaret, de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En el instante en que salía del agua vio los cielos abiertos y el Espíritu como paloma, que descendía sobre Él, y una voz se hizo (oír) de los cielos: «¡Tú eres mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias!» (Mc 1, 9-11).

Según el texto de Mateo, la voz que viene del cielo dirige sus palabras no a Jesús directamente, sino a aquellos que se encontraban presentes durante su bautismo en el Jordán: «Este es mi Hijo amado» (Mt 3, 17). En el texto de Lucas (Cfr. Lc 3, 22), el tenor de las palabras es idéntico al de Marcos.

4. Así, pues, somos testigos de una teofanía trinitaria. La voz del cielo que se dirige al Hijo en segunda persona: «Tú eres...» (Marcos y Lucas), o habla de Él en tercera persona: «Este es...» (Mateo), es la voz del Padre, que en cierto sentido presenta a su propio Hijo a los hombres que habían acudido al Jordán para escuchar a Juan Bautista. Indirectamente lo presenta a todo Israel: Jesús es el que viene con la potencia del Espíritu Santo, es decir, el Mesías-Cristo. Él es el Hijo en quien el Padre ha puesto sus complacencias, el Hijo «amado». Esta predilección, este amor, insinúa la presencia del Espíritu Santo en la unidad trinitaria, si bien en la teofanía del bautismo en el Jordán esto no se manifiesta aún con suficiente claridad.

5. El testimonio contenido en la voz que procede «del cielo» (de lo alto), tiene lugar precisamente al comienzo de la misión mesiánica de Jesús de Nazaret. Se repetirá en el momento que precede a la pasión y al acontecimiento pascual que concluye toda su misión: el momento de la transfiguración. A pesar de la semejanza entre las dos teofanías, hay una clara diferencia entre ellas, que nace sobre todo del contexto de los textos. Durante el bautismo en el Jordán, Jesús es proclamado Hijo de Dios ante todo el pueblo. La teofanía de la transfiguración se refiere sólo a algunas personas escogidas: ni siquiera se introduce a todos los Apóstoles en cuanto grupo, sino sólo a tres de ellos: Pedro, Santiago y Juan. «Pasados seis días Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo solos a un monte alto y apartado y se transfiguró ante ellos» Esta transfiguración y acompañada de la «aparición de Elías con Moisés hablando con Jesús». Y cuando, superado el «susto» ante tal acontecimiento, los tres Apóstoles expresan el deseo de prolongarlo y fijarlo («bueno es estarnos aquí»), «se formó una nube... y se dejó oír desde la nube una voz: Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Cfr. Mc 9, 2)7). Así en el texto de Marcos. Lo mismo se cuenta en Mateo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle» (Mt 17, 5). En Lucas, por su parte, se dice: «Este es mi Hijo elegido, escuchadle» (Lc 9, 35).

6. El hecho, descrito por los Sinópticos, ocurrió cuando Jesús se había dado a conocer ya a Israel mediante sus signos (milagros), sus obras y sus palabras. La voz del Padre constituye como una confirmación «desde lo alto» de lo que estaba madurando ya en la conciencia de los discípulos. Jesús quería que, sobre la base de lo signos y de las palabras, la fe en su misión y filiación divinas naciese en la conciencia de sus oyentes en virtud de la revelación interna que les daba el mismo Padre.

7. Desde este punto de vista, tiene especial significación la respuesta que Simón Pedro recibió de Jesús tras haberlo confesado en las cercanías de Cesarea de Filipo. En aquella ocasión dijo Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Jesús le respondió: «Bienaventurado tú, Simón Bar Jona, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos» (Mt 16, 17). Sabemos la importancia que tiene en labios de Pedro la confesión que acabamos de citar. Pues bien, resulta esencial tener presente que la profesión de la verdad sobre la filiación divina de Jesús de Nazaret «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» procede del Padre. Sólo el Padre «conoce al Hijo» (Mt 11, 27), sólo el Padre sabe «quién es el Hijo» (Lc 10, 22), y sólo el Padre puede conceder este conocimiento al hombre. Esto es precisamente lo que afirma Cristo en la respuesta dada a Pedro. La verdad sobre la filiación divina que brota de labios del Apóstol, tras haber madurado primero en su interior, en su conciencia, procede de la profundidad de la autorrevelación de Dios. En este momento todos los significados análogos dela expresión «Hijo de Dios» conocidos ya en el Antiguo Testamento, quedan completamente superados. Cristo es el Hijo del Dios vivo, el Hijo en el sentido propio y esencial de esta palabra: es «Dios de Dios».

8. La voz que escuchan los tres Apóstoles durante la transfiguración en el monte identificado por la tradición posterior con el monte Tabor, confirma la convicción expresada por Simón Pedro en las cercanías de Cesarea (según Mt 16,16). Confirma en cierto modo «desde el exterior» lo que el Padre había ya «revelado desde el interior». Y el Padre, al confirmar ahora la revelación interior sobre la filiación divina de Cristo: «Este es mi Hijo amado: escuchadle», parece como si quisiera preparar a quienes ya han creído en Él para los acontecimientos de la Pascua que se acerca: para su muerte humillante en la cruz. Es significativo que «mientras bajaban del monte» Jesús les ordenara: «No deis a conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17,9, como también Mc 9, 9, y además, en cierta medida, Lc 9, 21). La teofanía en el monte de la transfiguración del Señor se hala así relacionada con el conjunto del Misterio pascual de Cristo.

9. En esta línea se puede entender el importante pasaje del Evangelio de Juan (Jn 12 20-28) donde se narra un hecho ocurrido tras la resurrección de Lázaro, cuando por un lado aumenta la admiración hacia Jesús y, por otro, crecen las amenazas contra Él. Cristo habla entonces del grano de trigo que debe morir para poder producir mucho fruto. Y luego concluye significativamente: «Ahora mi alma se siente turbada; ¿y qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Mas para esto he venido yo a esta hora, Padre, glorifica tu nombre».Y «llegó entonces una voz del Cielo: Lo glorifiqué y de nuevo lo glorificaré» (Cfr. Jn 12, 27-28). En esta voz se expresa la respuesta del Padre, que confirma las palabras anteriores de Jesús: «Es llegada la hora en que el Hijo del Hombre será glorificado» (Jn 12, 25).

El Hijo del Hombre que se acerca a su «hora» pascual, es Aquel de quien la voz de lo alto proclamaba en el bautismo y en la transfiguración: «Mi Hijo amado en quien tengo mis complacencias... el elegido».En esta voz se contenía el testimonio del Padre sobre el Hijo. El autor de la segunda Carta a de Pedro, recogiendo el testimonio ocular del Jefe de los Apóstoles, escribe para consolar a los cristianos en un momento de dura persecución: «(Jesucristo)... al recibir de Dios Padre honor y gloria de la majestuosa gloria le sobrevino una voz (que hablaba) en estos términos: ¡Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias!. Y esta voz bajada del cielo la oímos los que con Él estábamos en el monte santo» (2 Pe. 1, 16-18).


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03-06-87 «Al principio era el Verbo»

1. En la anterior catequesis hemos mostrado, a base de los Evangelios sinópticos, que la fe en la filiación divina de Cristo se va formando, por Revelación del Padre, en la conciencia de sus discípulos y oyentes, y ante todo en la conciencia de los Apóstoles. Al crear la convicción de que Jesús es el Hijo de Dios en el sentido estricto y pleno, no metafórico, de esta palabra, contribuye sobre todo el testimonio del mismo Padre, que «revela» en Cristo a su Hijo («Mi Hijo») a través de las teofanías que tuvieron lugar en el bautismo en el Jordán, y luego, durante la transfiguración en el monte Tabor. Vimos además que la revelación de la verdad sobre la filiación divina de Jesús alcanza, por obra del Padre, las mentes y los corazones de los Apóstoles, según se ve en las palabras de Jesús a Pedro: «No es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17).

2. A la luz de esta fe en la filiación divina de Cristo, fe que tras la resurrección adquirió una fuerza mucho mayor, hay que leer todo el Evangelio de Juan, y de un modo especial su prólogo (Jn 1, 1)18). Este constituye una síntesis singular que expresa la fe de la Iglesia apostólica: de aquella primera generación de discípulos, a la que había sido dado tener contactos con Cristo, o de forma directa o a través de los Apóstoles que hablaban de lo que habían oído y visto personalmente, y en lo cual descubrían la realización de todo lo que el Antiguo Testamento había predicho sobre Él. Lo que había sido revelado ya anteriormente, pero que en cierto sentido se hallaba cubierto por un velo, ahora, a la luz de los hechos de Jesús, y especialmente y especialmente en virtud de los acontecimientos pascuales, adquiere transparencia, se hace claro y comprensible..

De esta forma, el Evangelio de Juan que, de los cuatro Evangelios, fue el último escrito, constituye en cierto sentido el testimonio más completo sobre Cristo como Hijo de Dios, Hijo «consubstancial» al Padre. El Espíritu Santo prometido por Jesús a los Apóstoles, y que debía «enseñarles todo» (Cfr. Jn 14, 16), permite realmente al Evangelista «escrutar las profundidades de Dios» (Cfr. 1 Cor 2, 10) y expresarlas en el texto inspirado del prólogo.

3. «Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Él estaba al principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn 1, 1-3). «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14) «Estaba en el mundo y por Él fue hecho el mundo, pero el mundo no lo conoció. Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron, (Jn 1, 10)11). «Mas a cuantos le recibieron dióles poder de venir a ser hijos de Dios: a aquellos que creen en su nombre; que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad del varón, sino de Dios, son nacidos» (Jn 1, 12-13). «A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer» (Jn 1, 18)

4. El prólogo de Juan es ciertamente el texto clave, en el que la verdad sobre la filiación divina de Cristo halla expresión plena.

El que «se hizo carne» es decir, hombre en el tiempo, es desde la eternidad el Verbo mismo, es decir, el Hijo unigénito: el Dios, «que está en el seno del Padre».Es el Hijo «de la misma naturaleza que el Padre» es «Dios de Dios». Del Padre recibe la plenitud de la gloria. Es el Verbo por quien «todas las cosas fueron hechas». Y por ello todo cuanto existe le debe a Él aquel «principio» del que habla el libro del Génesis (Cfr. Gen 1, 1), el principio de la obra de la creación. El mismo Hijo eterno, cuando viene al mundo como «Verbo que se hizo carne» trae consigo a la humanidad la plenitud «de gracia y de verdad». Trae la plenitud de la verdad porque instruye acerca del Dios verdadero a quien «nadie ha visto jamás».Y trae la plenitud de la gracia, porque a cuantos le acogen les da la fuerza para renacer de Dios: para llegar a ser hijos de Dios. Desgraciadamente, constata el Evangelista, «el mundo no lo conoció» y, aunque «vino a los suyos» muchos «no le recibieron».

5. La verdad contenida en el prólogo joánico es la misma que encontramos en otros libros del Nuevo Testamento. Así, por ejemplo, leemos en la Carta «a los Hebreos» que Dios «últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo los siglos; que, siendo la irradiación de su gloria y la impronta de su sustancia y el que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas, después de hacer la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Heb 1, 2-3)

6. El prólogo del Evangelio de Juan lo mismo que, de otro modo, la Carta a los Hebreos, expresa, pues, bajo la forma de alusiones bíblicas, el cumplimiento en Cristo de todo cuanto se había dicho en la antigua alianza, comenzando por el libro del Génesis, pasando por la ley de Moisés (Cfr. Jn 1,17) y los Profetas, hasta los libros sapienciales. La expresión «el Verbo» que «estaba en el principio en Dios», corresponde a la palabra hebrea «dabar». Aunque en griego encontramos el término «logos» el patrón es, con todo, vétero-testamentario. Del Antiguo Testamento toma simultáneamente dos dimensiones: la de «hochma» es decir, la sabiduría, entendida como «designio» de Dios sobre la creación, y la de «dabar» (Logos), entendida como realización de ese designio. La coincidencia con la palabra «Logos» tomada de la filosofía griega, facilitó a su vez la aproximación de estas verdades a las mentes formadas en esa filosofía.

7. Permaneciendo ahora en el ámbito del Antiguo Testamento, precisamente en Isaías, leemos: La «palabra que sale de mi boca, no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión» (Is 55, 11). De donde se deduce que la «dabar-Palabra» bíblica no es sólo «palabra» sino además «realización» (acto). Se puede afirmar que ya en los libros de la Antigua alianza se encuentra cierta personificación del «verbo» (dabar logos); lo mismo que de la «Sabiduría» (Sofia).

Efectivamente, en el libro de la Sabiduría leemos: (la Sabiduría) «está en los secretos de la ciencia de Dios y es la que discierne sus obras» (Sab 8,4); y en otro texto: «Contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras, que te asistió cuando hacías al mundo, y que sabe lo que es grato a tus ojos y lo que es recto... Mándala de los santos cielos, y de tu trono de gloria envíala, para que me asista en mis trabajos y venga yo a saber lo que te es grato» (Sab 9, 9-10).

8. Estamos, pues, muy cerca de las primeras palabras del prólogo de Juan. Aún más cerca se hallan estos versículos del libro de la Sabiduría que dicen: «Un profundo silencio lo envolvía todo, y en el preciso momento de la medianoche, tu Palabra omnipotente de los cielos, de tu trono real... se lanzó en medio de la tierra destinada a la ruina llevando por aguda espada tu decreto irrevocable» (Sab 18, 14)15). Sin embargo, esta «Palabra» a la que aluden los libros sapienciales, esa Sabiduría que desde el principio está en Dios, se considera en relación con el mundo creado que ella ordena y dirige (Cfr. Prov 8, 22)27). En el Evangelio de Juan por el contrario «el Verbo» no sólo está «al principio» sino que se revela como vuelto completamente hacia Dios (pros ton Theon) y siendo Dios el mismo «El Verbo era Dios». Él es el «Hijo unigénito, que está en el seno del Padre» es decir, Dios-Hijo. Es en Persona la expresión pura de Dios, la «irradiación de su gloria» (Cfr Heb 1, 3), «consubstancial al Padre».

9. Precisamente este Hijo, el Verbo que se hizo carne, es Aquel de quien Juan da testimonio en el Jordán. De Juan Bautista leemos en el prólogo: «Hubo un hombre enviado por Dios de nombre Juan. Vino éste a dar testimonio de la luz...» (Jn 1, 6)7). Esa luz es Cristo, como Verbo. Efectivamente, en el prólogo leemos: «En Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1, 4). Esta es «la luz verdadera que... ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). La luz que «luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron» (Jn 1, 5).

Así, pues, según el prólogo del Evangelio de Juan, Jesucristo es Dios porque es Hijo unigénito de Dios Padre. El Verbo. Él viene al mundo como fuente de vida y de santidad. Verdaderamente nos encontramos aquí en el punto central y decisivo de nuestra profesión de fe: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».


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24-06-87 Jesucristo, el Hijo enviado por el Padre

1. El prólogo del Evangelio de Juan, al que dedicamos la anterior catequesis, al hablar de Jesús como Logos, Verbo, Hijo de Dios, expresa sin ningún tipo de dudas el núcleo esencial de la verdad sobre Jesucristo; verdad que constituye el contenido central de la autorrevelación de Dios en la Nueva Alianza y como tal es profesada solemnemente por la Iglesia. Es la fe en el Hijo de Dios, que es «de la misma naturaleza del Padre» como Verbo eterno, eternamente «engendrado» «Dios de Dios y Luz de Luz» y no «creado» (ni adoptado). El prólogo manifiesta además la verdad sobre la preexistencia divina de Jesucristo como «Hijo Unigénito» que está «en el seno del Padre».Sobre esta base adquiere pleno relieve la verdad sobre la venida del Dios-Hijo al mundo: «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14), para llevar a cabo una misión especial de parte del Padre. Esta misión (missio Verbi) tiene una importancia esencial en el plan divino de salvación. En ella se contiene la realización suprema y definitiva del designio salvífico de Dios sobre el mundo y sobre el hombre.

2. En todo el Nuevo Testamento hallamos expresada la verdad sobre el envío del Hijo por parte del Padre, que se concreta en la misión mesiánica de Jesucristo. En este sentido, son particularmente significativos los numerosos pasajes del Evangelio de Juan, a los que es preciso recurrir en primer lugar.

Dice Jesús hablando con los discípulos y con sus mismos adversarios: «Yo he salido y vengo de Dios, pues yo no he venido de mí mismo, antes es Él quien me ha mandado» (Jn 8, 42). «No estoy solo, sino yo y el Padre que me ha mandado» (Jn 8, 16). «Yo soy el que da testimonio de mí mismo, y el Padre, que me ha enviado, da testimonio de mí» (Jn 8, 18). «Pero el que me ha enviado es veraz, aunque vosotros no le conocéis. Yo le conozco porque procedo de Él, y Él me ha enviado» (Jn 7, 28-29). «Estas obras que yo hago, dan en favor mío testimonio de que el Padre me ha enviado» (Jn 5, 36). «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra» (Jn 4, 34).

3. Muchas veces, como se ve en el Evangelio joánico, Jesús habla de Sí mismo en primera persona como de alguien mandado por el Padre. La misma verdad aparecerá, de modo especial, en la oración sacerdotal, donde Jesús, encomendando sus discípulos al Padre, subraya: «Ellos... conocieron verdaderamente que yo salí de ti, y creyeron que tú me has enviado» (Jn 17,8). Y continuando esta oración, la víspera de su pasión, Jesús dice: «Como tú me enviaste al mundo, así los envié yo a ellos al mundo» (Jn 17, 18). Refiriéndose de forma casi directa a la oración sacerdotal, las primeras palabras dirigidas a los discípulos la tarde del día de la resurrección, dicen así: «Como me envió mi Padre, así os envío yo» (Jn 20, 21 ).

4. Aunque la verdad sobre Jesús como Hijo mandado por el Padre la ponen de relieve sobre todo los textos joánicos, también se encuentra en los Evangelios sinópticos. De ellos se deduce, por ejemplo, que Jesús dijo: «Es preciso que anuncie el reino de Dios también en otras ciudades porque para esto he sido enviado» (Lc 4, 43). Particularmente iluminadora resulta la parábola de los viñadores homicidas. Estos tratan mal a los siervos mandados por el dueño de la viña «para percibir de ellos la parte de los frutos de la viña» y matan incluso a muchos. Por último, el dueño de la viña decide enviarles a su propio hijo: «Le quedaba todavía uno, un hijo amado, y se lo envió también el último diciendo: A mi hijo le respetarán. Pero aquellos viñadores se dijeron para sí: éste es el heredero. ¡Ea! Matémosle y será nuestra la heredad. Y asiéndole, le mataron y le arrojaron fuera de la viña» (Mc 12, 6-8). Comentando esta parábola, Jesús se refiere a la expresión del Salmo 117/118 sobre la piedra desechada por los constructores: precisamente esta piedra se ha convertido en cabeza de esquina es decir, piedra angular (Cfr. Sal 117/118,22).

5. La parábola del hijo mandado a los viñadores aparece en todos los sinópticos (Cfr. Mc 12,1-12; Mt 21, 33-46; Lc 20, 9-19). En ella se manifiesta con toda evidencia la verdad sobre Cristo como Hijo mandado por el Padre. Es más, se subraya con toda claridad el carácter sacrificial y redentor de este envío El Hijo es verdaderamente»... Aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo» (Jn 10, 36). Así, pues, Dios no sólo «nos ha hablado por medio del Hijo... en los últimos tiempos» (Cfr. Heb 1,1-2), sino que a este Hijo lo ha entregado por nosotros, en un acto inconcebible de amor, mandándolo al mundo.

6. Con este lenguaje sigue hablando de modo muy intenso el Evangelio de Juan: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio a su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3,16).Y añade: «El Padre mandó a su Hijo como salvador del mundo». En otro lugar escribe Juan: «Dios es amor. En esto se ha manifestado el amor que Dios nos tiene: Dios ha mandado a su Hijo unigénito al mundo para que tuviéramos vida por Él»; «no hemos sido nosotros quienes hemos amado a Dios, sino que Él nos ha amado y ha enviado a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados» Por ello añade que, acogiendo a Jesús, acogiendo su Evangelio, su muerte y su resurrección, «hemos reconocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que vive en amor permanece en Dios y Dios en Él» (Cfr. 1 Jn 4, 8-16).

7. Pablo expresará esta misma verdad en la carta a los Romanos: «El que no perdonó a su propio Hijo (es decir, Dios), antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas?» (Rom 8, 32). Cristo ha sido entregado por nosotros, como leemos en Jn 3, 16; ha sido «entregado» en sacrificio «por todos nosotros» (Rom 8 32). El Padre «envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10). El Símbolo profesa esta misma verdad: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación (el Verbo de Dios) bajó del cielo».

8. La verdad sobre Jesucristo como Hijo enviado por el Padre para la redención del mundo, para la salvación y la liberación del hombre prisionero del pecado y por consiguiente de las potencias de las tinieblas, constituye el contenido central de la Buena Nueva. Cristo Jesús es el «Hijo Unigénito» (Jn 1,18), que, para llevar a cabo su misión mesiánica «no reputó como botín (codiciable) el ser igual a Dios, antes se anonadó tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres... haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2. 6)8). Y en esta situación de hombre, de siervo del Señor, libremente aceptada, proclamaba: «El Padre es mayor que yo» (Jn 14, 28), y: «Yo hago siempre lo que es de su agrado» (Jn 8, 29).

Pero precisamente esta obediencia hacia el Padre, libremente aceptada, esta sumisión al Padre, en antítesis con la «desobediencia» del primer Adán, continúa siendo la expresión de la unión más profunda entre el Padre y el Hijo, reflejo de la unidad trinitaria: «Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre y que según el mandato que me dio el Padre, así hago» (Jn 14,31). Más todavía, esta unión de voluntades en función de la salvación del hombre, revela definitivamente la verdad sobre Dios, en su Esencia íntima: el Amor; y al mismo tiempo revela la fuente originaria de la salvación del mundo y del hombre: la «Vida que es la luz de los hombres» (Cfr. Jn 1, 4).


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01-07-87 Jesús, hijo de Dios, nos alcanza la filiación divina

1. Posiblemente no haya una palabra que exprese mejor la autorrevelación de Dios en el Hijo que la palabra «Abbá-Padre».«Abbá» es una expresión aramea, que se ha conservado en el texto griego del Evangelio de Marcos (14, 36). Aparece precisamente cuando Jesús se dirige al Padre. Y aunque esta palabra se puede traducir a cualquier lengua, con todo, en labios de Jesús de Nazaret permite percibir mejor su contenido único, irrepetible.

2. Efectivamente, «Abbá» expresa no sólo la alabanza tradicional de Dios «Yo te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra» (Cfr. Mt 11, 25), sino que, en labios de Jesús, revela asimismo la conciencia de la relación única y exclusiva que existe entre el Padre y Él, entre Él y el Padre. Expresa la misma realidad a la que alude Jesús en forma tan sencilla y al mismo tiempo tan extraordinaria con las palabras conservadas en el texto del Evangelio de Mateo (11, 27) y también en el de Lucas (Lc 10, 22): «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo». Es decir, la palabra «Abbá» no sólo manifiesta el misterio de la vinculación recíproca entre el Padre y el Hijo, sino que sintetiza de algún modo toda la verdad de la vida intima de Dios en su profundidad trinitaria: el conocimiento recíproco del Padre y del Hijo, del cual emana el eterno Amor.

3. La palabra «Abbá» forma parte del lenguaje de la familia y testimonia esa particular comunión de personas que existe entre el padre y el hijo engendrado por él, entre el hijo que ama l padre y al mismo tiempo es amado por él. Cuando, para hablar de Dios, Jesús utilizaba esta palabra, debía de causar admiración e incluso escandalizar a sus oyentes. Un israelita no la habría utilizado ni en la oración. Sólo quien se consideraba Hijo de Dios en un sentido propio podría hablar así de Él y dirigirse a Él como Padre. «Abbá» es decir, «padre mío» «papaíto» «papá».

4. En un texto de Jeremías se habla de que Dios espera que se le invoque como Padre: «Vosotros me diréis: ¡padre mío!» (Jer 3, 19). Es como una profecía que se cumpliría en los tiempos mesiánicos. Jesús de Nazaret la ha realizado y superado al hablar de Sí mismo en su relación con Dios como de Aquel que «conoce al Padre» y utilizando para ello la expresión filial «Abbá». Jesús habla constantemente del Padre, invoca al Padre como quien tiene derecho a dirigirse a Él sencillamente con el apelativo: «Abbá, Padre mío».

5. Todo esto lo han señalado los Evangelistas. En el Evangelio de Marcos, de forma especial, se lee que durante la oración en Getsemaní, Jesús exclamó: «Abbá, Padre, todo te es posible. Aleja de mí este cáliz; mas no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras» (Mc 14, 36). El pasaje paralelo de Mateo dice: «Padre mío» o sea, «Abbá» aunque no se nos transmita literalmente el término arameo (Cfr. Mt 26, 39-42). Incluso en los casos en que el texto evangélico se limita a usar la expresión «Padre» sin más (como en Lc 22, 42 y, además, en otro contexto, en Jn 12, 27), el contenido esencial es idéntico

6. Jesús fue acostumbrando a sus oyentes para que entendieran que en sus labios la palabra «Dios» y, en especial, la palabra «Padre» significaba «Abbá) Padre mío». Así, desde su infancia, cuando tenía sólo 12 años, Jesús dice a sus padres que lo habían estado buscando durante tres días: «¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49). Y al final de su vida, en la oración sacerdotal con la que concluye su misión, insiste en pedir a Dios «Padre, ha llegado la hora, glorifica tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17, 1). «Padre Santo, guarda en tu nombre a éstos que me has dado» (Jn 17, 11). «Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te conocí...» (Jn 17, 25). Ya en el anuncio de las realidades últimas, hecho con la parábola sobre el juicio final, se presenta como Aquel que proclama: «venid a mí, benditos de mi Padre...» (Mt 25, 34). Luego pronuncia en la cruz sus últimas palabras: «Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu» (Lc 23, 46). Por último, una vez resucitado anuncia a los discípulos: «Yo os envío la promesa de mi Padre» (Lc 24, 49).

7. Jesucristo, que «conoce al Padre» tan profundamente, ha venido para «dar a conocer su nombre a los hombres que el Padre le ha dado» (Cfr. Jn 17, 6) Un momento singular de esta revelación del Padre lo constituye la respuesta que da Jesús a sus discípulos cuando le piden: «Enséñanos a orar» (Cfr. Lc 11, 1). Él les dicta entonces la oración que comienza con las palabras «Padre nuestro» (Mt 6, 9-13), o también «Padre» (Lc 11, 2)4). Con la revelación de esta oración los discípulos descubren que ellos participan de un modo especial en la filiación divina, de la que el Apóstol Juan dirá en el prólogo de su Evangelio. «A cuantos le recibieron (es decir, a cuantos recibieron al Verbo que se hizo carne), Jesús les dio poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 12). Por ello, según su propia enseñanza, oran con toda razón diciendo «Padrenuestro».

8. Ahora bien, Jesús establece siempre una distinción entre «Padre mío» y «Padre vuestro». Incluso después de la resurrección, dice a María Magdalena: «Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Jn 20, 17). Se debe notar, además, que en ningún pasaje del Evangelio se lee que Jesús recomendara los discípulos orar usando la palabra «Abbá». Esta se refiere exclusivamente a su personal relación filial con el Padre. Pero al mismo tiempo, el «Abbá» de Jesús es en realidad el mismo que es también «Padre nuestro» como se deduce de la oración enseñada a los discípulos. Y lo es por participación o, mejor dicho, por adopción, como enseñaron los teólogos siguiendo a San Pablo, que en la Carta a los Gálatas escribe: «Dios envió a su Hijo... para que recibiésemos la adopción» (Gal 4, 4 y ss.; cfr. S. Th. III q. 23, a 1 y 2).

9. En este contexto conviene leer e interpretar también las palabras que siguen en el mencionado texto de la Carta de Pablo a los Gálatas: «Y puesto que sois hijos, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama "Abbá, Padre"» (Gal. 4, 6); y las de la Carta a los Romanos: «No habéis recibido el espíritu de siervos... antes habéis recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos: ¡Abbá, Padre!» (Rom 8, 15). Así, pues, cuando, en nuestra condición de hijos adoptivos adoptados en Cristo: «hijos en el Hijo» dice San Pablo (Cfr. Rom 8, 19), gritamos a Dios «Padre» «Padre nuestro» estas palabras se refieren al mismo Dios a quien Jesús con intimidad incomparable le decía: «Abbá..., Padre mío».


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08-07-87 Unión íntima entre el Padre y el Hijo

1. «Abbá Padre mío»: Todo lo que hemos dicho en la catequesis anterior, nos permite penetrar más profundamente en la única y excepcional relación del hijo con el Padre, que encuentra su expresión en los Evangelios, tanto en los Sinópticos como en San Juan, y en todo el Nuevo Testamento. Si en el Evangelio de Juan son más numerosos los pasajes que ponen de relieve esta relaciónpodríamos decir «en primera persona», en los Sinópticos (Mt y Lc) se encuentra, sin embargo, la frase que parece contener la clave de esta cuestión: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27 y Lc 10, 22).

El Hijo, pues, revela al Padre como Aquel que lo «conoce» y lo ha mandado como Hijo para «hablar» a los hombres por medio suyo (Cfr Heb 1,2) de forma nueva y definitiva. Más aún: precisamente este Hijo unigénito el Padre «lo ha dado, a los hombres para la salvación del mundo, con el fin de que el hombre alcance la vida eterna en Él y por medio de Él» (Cfr Jn 3, 16).

2. Muchas veces, pero especialmente durante la última Cena, Jesús insiste en dar a conocer a sus discípulos que está unido al Padre con un vinculo de pertenencia particular. «Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío» dice en la oración sacerdotal, al despedirse de los Apóstoles para ir a su pasión. Y entonces pide la unidad para sus discípulos, actuales y futuros, con palabras que ponen de relieve la relación de esa unión y «comunión» con la que existe sólo entre el Padre y el Hijo. En efecto, pide: «Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, a fin de que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y conozca el mundo que tú me enviaste y amaste a éstos como me amaste a mí» (Jn 17, 21-23).

3. Al rezar por la unidad de sus discípulos y testigos, revela Jesús al mismo tiempo qué unidad, qué «comunión» existe entre Él y el Padre: el Padre está «en el» Hijo y el Hijo «en el» Padre Esta particular «inmanencia» la compenetración recíproca )expresión de la comunión de las personas) revela la medida de la recíproca pertenencia y la intimidad de la recíproca realización del Padre y del Hijo. Jesús la explica cuando afirma: «Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío» (Jn. 17, 10). Es una relación de posesión recíproca en la unidad de esencia, y al mismo tiempo es una relación de don. De hecho dice Jesús: «Ahora saben que todo cuanto me diste viene de ti» (Jn. 17, 7).

4. Se pueden captar en el Evangelio de Juan los indicios de la atención, del asombro y del recogimiento con que los Apóstoles escucharon estas palabras de Jesús en el Cenáculo de Jerusalén, la víspera de los sucesos pascuales. Pero la verdad de la oración sacerdotal de algún modo ya se había expresado públicamente con anterioridad el día de la solemnidad de la dedicación del templo. Al desafío de los que se habían congregado: «Si eres el Mesías, dínoslo claramente» Jesús responde: «Os lo dije y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí». Y a continuación afirma Jesús que los que lo escuchan y creen en Él, pertenecen a su rebaño en virtud de un don del Padre: «Mis ovejas oyen mi voz y yo las conozco... Lo que mi Padre me dio es mejor que todo, y nadie podrá arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10, 24-30).

5. La reacción de los adversarios en este caso es violenta: «De nuevo los judíos trajeron piedras para apedrearlo». Jesús les pregunta por qué obras provenientes del Padre y realizadas por Él lo quieren apedrear, y ellos responden: «Por la blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios». La respuesta de Jesús es inequívoca: «Si no hago las obras de mi Padre no me creáis; pero si las hago, ya que no me creéis a mí, creed a las obras, para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mi y yo en el Padre» (Cfr Jn 10, 31-38).

6. Tengamos bien en cuenta el significado de este punto crucial de la vida y de la revelación de Cristo. La verdad sobre el particular vínculo, la particular unidad que existe entre el Hijo y el Padre, encuentra la oposición de los judíos: Si tú eres el Hijo en el sentido que se deduce de tus palabras, entonces, siendo hombre, te haces Dios. En tal caso profieres la mayor blasfemia. Por lo tanto, los que lo escuchaban comprendieron el sentido de las palabras de Jesús de Nazaret: como Hijo, él es «Dios de Dios» «de la misma naturaleza que el Padre», pero precisamente por eso no las aceptaron, sino que las rechazaron de la forma más absoluta, con toda firmeza. Aunque en el conflicto de ese momento no se llega a apedrearlo (Cfr. Jn 10, 39); sin embargo, al día siguiente de la oración sacerdotal en el Cenáculo, Jesús será sometido a muerte en la cruz. Y los judíos presentes gritarán: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27, 40), y comentarán con escarnio: «Ha puesto su confianza en Dios: que Él lo libre ahora, si es que lo quiere, puesto que ha dicho: soy el Hijo de Dios» (Mt 27, 42-43).

7. También en la hora del Calvario Jesús afirma la unidad con el Padre. Como leemos en la Carta a los Hebreos: «Y aunque era Hijo, aprendió por sus padecimientos la obediencia» (Heb 5, 8). Pero esta «obediencia hasta la muerte» (Cfr. Flp 2, 8) era la ulterior y definitiva expresión de la intimidad de la unión con el padre. En efecto, según el texto de Marcos, durante la agonía en la cruz, «Jesús... gritó: ¡Eloi, Eloi, lama sabactani?!, que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34). Este grito aunque las palabras manifiestan el sentido del abandono probado en su psicología de hombre sufriente por nosotros era la expresión de la más intima unión del Hijo con el Padre en el cumplimiento de su mandato: «He llevado a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Cfr. Jn 17, 4). En este momento la unidad del Hijo con el Padre se manifestó con una definitiva profundidad divino-humana en el misterio de la redención del mundo.

8. También en el Cenáculo, Jesús dice a los Apóstoles: «Nadie viene al Padre sino por mí. Si me habéis conocido, conoceréis también a mi Padre...Felipe, le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le dijo: Felipe, ¿tanto tiempo ha que estoy con vosotros y aún no me habéis conocido? El que me ha visto (ve) a mí ha visto (ve) al Padre... ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?» (Jn 14, 6-10).

«Quien me ve a mí, ve al Padre» El Nuevo Testamento está todo plagado de la luz de esta verdad evangélica. El Hijo es «irradiación de su (del Padre) gloria» , e «impronta de su subsistencia» (Heb 1, 3). Es «imagen del Dios invisible» (Col 1, 15). Es la epifanía de Dios. Cuando se hizo hombre, asumiendo «la condición de siervo» y «haciéndose obediente hasta la muerte» (Cfr. Flp 2, 7-8), al mismo tiempo se hizo para todos los que lo escucharon «el camino»: el camino al Padre, con el que es «la verdad y la vida» (Jn 14, 6).

En la fatigosa subida para conformarse a la imagen de Cristo, los que creen en Él, como dice San Pablo, «se revisten del hombre nuevo...» y «se renuevan sin cesar, para lograr el perfecto conocimiento de Dios» (Cfr. Col 3,10), según la imagen del Aquel que es «modelo».Este es el sólido fundamento de la esperanza cristiana.


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15-07-87 Cumplir la voluntad del Padre, vida del Hijo

1. En la catequesis anterior hemos considerado a Jesucristo como Hijo íntimamente unido al Padre. Esta unión le permite y le obliga a decir: «El Padre está en mí y yo en el Padre» no solamente en la conversación confidencial del cenáculo, sino también en la declaración pública hecha durante la celebración de la fiesta de los Tabernáculos (Cfr. Jn. 7, 28-29). Y más aún, todavía con más claridad Jesús llega a afirmar: «Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn. 10, 30). Dichas palabras son consideradas blasfemas y provocan la reacción violenta de los oyentes: «Trajeron piedras para apedrearle» (Cfr. Jn. 10, 31). En efecto, según la ley de Moisés la blasfemia debía ser castigada con la muerte (Cfr. Dt 13, 10-11).

2. Ahora bien, es importante reconocer que existe un lazo orgánico entre la verdad de esta íntima unión del Hijo con el Padre y el hecho de que Jesús-Hijo vive totalmente «para el Padre».Sabemos, en efecto, que toda la vida, toda la «existencia» terrena de Jesús está orientada constantemente hacia el Padre, y «entregada al Padre» sin reservas.

Cuando tenía doce años, Jesús, Hijo de María, tenía una clara conciencia de su relación con el Padre y adoptaba una actitud coherente con su certeza interior. Por ello, ante el reproche de su Madre, cuando juntamente con José lo encontraron en el templo después de haberlo buscado durante tres días, responde: «¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc. 2,49).

3. También en la presente catequesis hacemos referencia, sobre todo, al texto del cuarto evangelio, porque la conciencia y la actitud manifestadas por Jesús, cuando tenía doce años, encuentra su profunda raíz en lo que leemos al comienzo del gran discurso de despedida que, según San Juan, pronunció durante la última Cena, al término de su vida, mientras que se disponía a cumplir su misión mesiánica. El evangelista dice de Él que «llegada su hora...(sabía) que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y que había salido de Dios y a Él se volvía» (Jn 13, 3).

La Carta a los Hebreos pone de relieve la misma verdad refiriéndose en cierto modo a la misma preexistencia existencia de JesúsHijo de Dios: Por lo cual, entrando en este mundo, Cristo dice: «Tú no has querido holocaustos y sacrificios por el pecado. Entonces he dicho: Heme aquí que vengo en el volumen del libro está escrito de mí: para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Heb 10, 5-7).

4. «Hacer la voluntad» del Padre, en las palabras y en las obras de Jesús, quiere decir vivir para el Padre totalmente «Como el Padre, que tiene la vida, me ha enviado... yo vivo por el Padre» (Jn 6, 57), dice Jesús en el contexto del anuncio de la institución de la Eucaristía.

Que cumplir la voluntad del Padre sea para Cristo su misma vida, lo manifiesta Él mismo con las palabras dirigidas a los discípulos tras el encuentro con la Samaritana: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra» (Jn 4, 34). Jesús vive de la voluntad del Padre. Este es su alimento.

5. Él vive de esta forma es decir, totalmente orientado hacia el Padre, puesto que «ha salido del Padre y al Padre va» sabiendo que el Padre «le ha puesto en las manos todas las cosas» (Jn 3, 35). Dejándose guiar en todo por esta conciencia, Jesús proclama ante los hijos de Israel: «Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan, porque las obras que mi Padre me dio a hacer, esas obras que yo hago, dan en favor mío testimonio de que el Padre me ha enviado» (Jn 5, 36). Y en el mismo contexto: «En verdad, en verdad, os digo que no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque lo que éste hace, lo hace igualmente el Hijo» (Jn 5, 19). Y añade: «Como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da la vida» (Jn 5, 21).

6. El pasaje del discípulo eucarístico (de Juan 6), que hemos citado anteriormente: «Como el Padre, que tiene la vida, me ha enviado..., yo vivo por el Padre» a veces es traducido bajo esta otra forma: «Yo vivo por medio del Padre» (Jn 6. 57). Las palabras de San Juan 5, que acabamos de citar, sintonizan con esta segunda interpretación Jesús vive «por medio del Padre» en el sentido de que todo lo que hace corresponde plenamente a la voluntad del Padre: es lo que el mismo Padre hace.

Justamente por esto la vida humana del Hijo, su actuación, su existencia terrena, está de forma tan completa orientada hacia el Padre. Jesús vive plenamente «por el Padre» porque en Él la fuente de todo es su eterna unidad con el Padre: «Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10, 30). Sus obras son la prueba de la estrecha comunión de las divinas Personas En Ellas la misma divinidad se manifiesta como unidad del Padre y del Hijo: la verdad que ha suscitado tanta oposición entre los oyentes.

7. Casi en previsión de las ulteriores consecuencias de aquella oposición, Jesús dijo en otro momento de su conflicto con los judíos: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, entonces conoceréis que soy Yo, y no hago nada por mí mismo, sino que, según me enseñó el Padre, hablo. El que me envió está conmigo; no me ha dejado solo, porque Yo hago siempre lo que es de su agrado» (Jn 8, 28-29).

8. Verdaderamente Jesús ha cumplido la voluntad del Padre hasta el final. Con la pasión y muerte en la cruz ha confirmado que ha hecho siempre las cosas gratas al Padre: Ha cumplido la voluntad salvífica para la redención del mundo, en la cual el Padre y el Hijo están unidos, porque «Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10, 30).

Cuando estaba muriendo sobre la cruz, Jesús «gritó» con gran fuerza: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Cfr. Lc 23, 46). Estas sus últimas palabras dan testimonio de que hasta el final toda su existencia terrena estaba dirigida al Padre. Viviendo como Hijo «por medio del Padre vivía totalmente» por el Padre. Y el Padre, como Él había predicho, «no lo dejó solo».

En el misterio pascual de la muerte y de la resurrección se han cumplido las palabras: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, entonces sabréis que soy Yo». «Yo soy» las mismas palabras con las que una vez el Señor (el Dios vivo) respondió a la pregunta de Moisés a propósito de su nombre (Cfr. Ex 3, 13).

9. Leemos en la Carta a los Hebreos expresiones extraordinariamente consoladoras: «Por ello Jesús puede salvar perfectamente a los que por medio de Él se acercan a Dios, estando siempre vivo para interceder en su favor» (Heb 7, 25).

El que, como Hijo «de la misma naturaleza que el Padre» vive «por medio del Padre» ha revelado al hombre, el camino de la salvación eterna. Tomemos también nosotros este camino y avancemos por él, participando de aquella vida «por el Padre» cuya plenitud dura para siempre en Cristo.


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22-07-87 La oración de Jesús

1. Jesucristo es el Hijo íntimamente unido al Padre; el Hijo que «vive totalmente para el Padre» (Cfr. Jn 6, 57); el Hijo, cuya existencia terrena total se da al Padre sin reservas. A estos temas desarrollados en las últimas catequesis, se une estrechamente el de la oración de Jesús: tema de la catequesis de hoy. Es, pues, en la oración donde encuentra su particular expresión el hecho de que el Hijo esté íntimamente unido al Padre, esté dedicado a Él, se dirija a Él con toda su existencia humana. Esto significa que el tema de la oración de Jesús ya está contenido implícitamente en los temas precedentes, de modo que podemos decir perfectamente que Jesús de Nazaret «oraba en todo tiempo sin desfallecer» (Cfr. Lc 18, 1). La oración era la vida de su alma, y toda su vida era oración La historia de la humanidad no conoce ningún otro personaje que con esa plenitud de ese modo se relacionara con Dios en la oración como Jesús de Nazaret, Hijo del hombre, y al mismo tiempo Hijo de Dios, «de la misma naturaleza que el Padre».

2. Sin embargo, hay pasajes en los Evangelios que ponen de relieve la oración de Jesús, declarando explícitamente que «Jesús rezaba».Esto sucede en diversos momentos del día y de la noche y en varias circunstancias. He aquí algunas: «A la mañana, mucho antes de amanecer, se levantó, salió y se fue a «un lugar desierto, y allí oraba» (Mc 1, 35). No sólo lo hacía al comenzar el día la «oración de la mañana», sino también durante el día y por la tarde, y especialmente de noche. En efecto, leemos: «Concurrían numerosas muchedumbres para oírle y ser curados de sus enfermedades, pero Él se retiraba a lugares solitarios y se daba a la oración» (Lc 5, 15)16).

Y en otra ocasión: «Una vez que despidió a la muchedumbre, subió a un monte apartado para orar, y llegada la noche, estaba allí solo» (Mt 14, 23).

3. Los evangelistas subrayan el hecho de que la oración acompañe los acontecimientos de particular importancia en la vida de Cristo: «Aconteció, pues, que, bautizado Jesús y orando, se abrió el cielo ...» (Lc 3, 21), y continúa la descripción de la teofanía que tuvo lugar durante el bautismo de Jesús en el Jordán. De forma análoga, la oración hizo de introducción en la teofanía del monte de la transfiguración: » tomando a Pedro, a Juan y a Santiago, subió aun monte para orar. Mientras oraba, el aspecto de su rostro se transformó ...» (Lc 9, 28-29).

4. La oración también constituía la preparación para decisiones importantes y para momentos de gran relevancia de cara a la misión mesiánica de Cristo. Así, en el momento de comenzar su ministerio público, se retira al desierto a ayunar y rezar (Cfr. Mt 4, 1)11 y paral.); y también, antes de la elección de los Apóstoles, «Jesús salió hacia la montaña para orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sí a los discípulos y escogió a doce de ellos, a quienes dio el nombre de apóstoles» (Lc 6, 12)13). Así también, antes de la confesión de Pedro, cerca de Cesarea de Filipo: «...aconteció que orando Jesús a solas, estaban con Él los discípulos, a los cuales preguntó: ¿Quién dicen las muchedumbres que soy yo? Respondiendo ellos, le dijeron: "Juan Bautista; otros Elías; otros, que uno de los antiguos Profetas ha resucitado". Díjoles Él: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Respondiendo Pedro, dijo: "El Ungido de Dios"» (Lc 9, 18-20).

5. Profundamente conmovedora es la oración de antes de la resurrección de Lázaro: «Y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: ¡Padre: te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea lo digo, para que crean que tú me has enviados!» (Jn 11, 41-42).

6. La oración en la última Cena la llamada oración sacerdotal, habría que citarla toda entera. Intentaremos al menos tomar en consideración los pasajes que no hemos citado en las anteriores catequesis. Son éstos: «... Levantando sus ojos al cielo, añadió (Jesús): ¡Padre, llegó la hora; glorifica a tu Hijo para que tu hijo te glorifique, según el poder que le diste sobre toda carne, para que a todos los que tú le diste les dé Él la vida eterna!» (Jn 17, 1-2). Jesús reza por la finalidad esencial de su misión: la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Y añade: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios Verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, tú, Padre glorifícame cerca de ti mismo con la gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo existiese» (Jn 17, 3-5).

7. Continuando la oración, el Hijo casi rinde cuentas al Padre por su misión en la tierra: «He manifestado tu nombre a los hombres que de este mundo me has dado. Tuyos eran, y tú me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora saben que todo cuanto me diste viene de ti» (Jn. 17, 6-7). Después añade: «Yo ruego por ellos, no ruego por el mundo, sino por los que tú me diste, porque son tuyos ...» (Jn 17, 9). Ellos son los que «acogieron» la palabra de Cristo, los que «creyeron» que el Padre lo envió. Jesús ruega sobre todo por ellos, porque «ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti» (Jn 17, 11). Ruega para que «sean uno» para que «no perezca ninguno de ellos» y aquí el Maestro recuerda «al hijo de la perdición», para que «tengan mi gozo cumplido en sí mismos» (Jn 17,13): En la perspectiva de su partida, mientras los discípulos han de permanecer en el mundo y estarán expuestos al odio porque «ellos no son del mundo» igual que su Maestro, Jesús ruega: «No pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal» (Jn 17, 15).

8. También en la oración del cenáculo. Jesús pide por sus discípulos: «Santifícalos en la verdad, pues tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envié al mundo, y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad» (Jn 17, 17-19). A continuación Jesús abraza con la misma oración a las futuras generaciones de sus discípulos. Sobre todo ruega por la unidad, para que «conozca el mundo que tú me enviaste y amaste a éstos como tú me amaste a mí» (Jn 17, 25). Al final de su invocación, Jesús vuelve a los pensamientos principales dichos antes, poniendo todavía más de relieve su importancia. En ese contexto pide por todos los que el Padre le «ha dado» para que «estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria, que tú me has dado; porque me amaste antes de la creación del mundo» (Jn 17, 24).

9. Verdaderamente la «oración sacerdotal» de Jesús es la síntesis de esa autorrevelación de Dios en el Hijo, que se encuentra en el centro de los Evangelios. El Hijo haba al Padre en el nombre de esa unidad que forma con Él «Tú, Padre, estás en mí y yo en ti» Jn 17, 21. Y al mismo tiempo ruega para que se propaguen entre los hombres los frutos de la misión salvífica por la que vino al mundo. De este modo revela el mysterium Ecclesiae, que nace de su misión salvífica, y reza por su futuro desarrollo en medio del «mundo». Abre la perspectiva de la gloria, a la que están llamados con Él todos los que «acogen» su palabra.

10. Si en la oración de la última Cena se oye a Jesús hablar al Padre como Hijo suyo «consubstancial» en la oración del Huerto, que viene a continuación, resalta sobre todo su verdad de Hijo del Hombre. «Triste está mi alma hasta la muerte. Permaneced aquí y velad» (Mc 14, 34), dice a sus amigos al llegar al huerto de los olivos. Una vez solo, se postra en tierra y las palabras de su oración manifiestan la profundidad del sufrimiento Pues dice: «Abbá, Padre, todo te es posible; aleja de mí este cáliz, mas no se haga lo que yo quiero sino lo que tú quieres» (Mt 14, 36).

11. Parece que se refieren a esta oración de Getsemaní las palabras de la Carta a los Hebreos. «Él ofreció en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas al que era poderoso para salvarle de la muerte». Y aquí el Autor de la Carta añade que «fue escuchado por su reverencial temor» (Heb 5, 7). Sí. También la oración de Getsemaní fue escuchada, porque también en ella con toda la verdad de su actitud humana de cara al sufrimiento se hace sentir sobre todo la unión de Jesús con el Padre en la voluntad de redimir al mundo, que constituye el origen de su misión salvífica.

12. Ciertamente Jesús oraba en las distintas circunstancias que surgían de la tradición y de la ley religiosa y de Israel, como cuando, al tener doce años, subió con los padres al templo de Jerusalén (Cfr. Lc 2, 41 ss.), o cuando, como refieren los evangelistas, entraba «los sábados en la sinagoga, según la costumbre» (Cfr. Lc 4, 16). Sin embargo, merece una atención especial lo que dicen los Evangelios de la oración personal de Cristo. La Iglesia nunca lo ha olvidado y vuelve a encontrar en el diálogo personal de Cristo con Dios la fuente, la inspiración, la fuerza de su misma oración. En Jesús orante, pues, se expresa del modo más personal el misterio del Hijo, que «vive totalmente para el Padre» en íntima unión con Él.


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29-07-87 Continua acción de gracias de Jesús al Padre

1. La oración de Jesús como Hijo «salido del Padre» expresa de modo especial el hecho de que Él «va al Padre» (Cfr. Jn 16, 28). «Va» y conduce al Padre a todos aquellos, que el Padre «le ha dado» (Cfr. Jn 17). Además, a todos les deja el patrimonio duradero de su oración filial: «Cuando oréis, decid: ¡Padre nuestro ...!» (Mt 6, 9; cfr. Lc 11, 2). Como aparece en esta fórmula que enseñó Jesús, su oración al Padre se caracteriza por algunas notas fundamentales: es una oración llena de alabanza, llena de un abandono ilimitado a la voluntad del Padre, y, por lo que se refiere a nosotros, llena de súplica y petición de perdón. En este contexto se sitúa de modo especial la oración de acción de gracias.

2. Jesús dice: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos ...» (Mt 11, 5). Con la expresión «Te alabo» Jesús quiere significar la gratitud por el don de la revelación de Dios, porque «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo quisiere revelárselo» (Mt 11, 27). También la oración sacerdotal que hemos analizado en la última catequesis, si bien posee el carácter de una gran petición que el Hijo hace al Padre al final de su misión terrena, al mismo tiempo está también impregnada en un profundo sentido de acción de gracias. Se puede incluso decir que la acción de gracias constituye el contenido esencial no sólo de la oración de Cristo, sino de la misma intimidad existencial suya con el Padre. En el centro de todo lo que Jesús hace y dice, se encuentra la conciencia del don: todo es don de Dios, creador y Padre; y una respuesta adecuada al don es la gratitud, la acción de gracias.

3. Hay que prestar atención a los pasajes evangélicos, especialmente a los de San Juan, donde esta acción de gracias se pone claramente de relieve. Tales, por ejemplo, la oración con motivo de la resurrección de Lázaro: «Padre te doy gracias porque me has escuchado» (Jn 11, 41). En la multiplicación de los panes junto a Cafarnaún «Jesús tomó los panes y, dando gracias, dio a los que estaban recostados, e igualmente de los peces ...» (Jn 6, 11). Finalmente, en la institución de la Eucaristía, Jesús, antes de pronunciar las palabras de la institución sobre el pan y el vino «dio gracias» (Lc 22, 17; cfr., también Mc 14,23; Mt 26, 27). Esta expresión la usa respecto al cáliz del vino, mientras que con referencia al pan se habla igualmente de la «bendición». Sin embargo, según el Antiguo Testamento, «bendecir a Dios» significa también darle gracias, además de «alabar a Dios» «confesar al Señor».

4. En la oración de acción de gracias se prolonga la tradición bíblica, que se expresa de modo especial en los Salmos. «Bueno es alabar a Yahvéh y cantar para tu nombre, oh Altísimo... Pues me has alegrado, oh Yahvéh, con tus hechos, y me gozo en las obras de tus manos» (Sal 91/92, 2-5). «Alabad a Yahvéh, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Digan así los rescatados de Yahvéh... Den gracias a Dios por su piedad y por los maravillosos favores que hace a los hijos de los hombres. Y ofrézcanle ale sacrificios de alabanza (zebah todah) (Sal 106/197, 1.2.21-22). «Alabad a Yahvéh porque es bueno, porque es eterna su misericordia... Te alabo porque me oíste y fuiste para mí la salvación... Tú eres mi Dios, yo te alabaré; mi Dios, yo te ensalzaré» (Sal 117/118, 1.21.28). «¿Qué podré yo dar a Yahvéh por todos los beneficios que me ha hecho? Te ofreceré sacrificios de alabanza e invocaré el nombre de Yahvéh» (Sal 115/116, 12.17). «Te alabaré por el maravilloso modo con que me hiciste; admirables son tus obras, conoces del todo mi alma» (Sal 138/139,14). «Quiero ensalzarte, Dios mío, Rey, y bendecir tu nombre por los siglos» (Sal 144/145, 1).

5. En el Libro del Eclesiástico se lee también: «Bendecid al Señor en todas sus obras. Ensalzad su nombre, y uníos en la confesión de sus alabanzas. Alabadle así con alta voz: Las obras del Señor son todas buenas, sus órdenes se cumplen a tiempo, pues todas se hacen desear a su tiempo... No ha lugar a decir: ¿Qué es esto, para qué esto? Todas las cosas fueron creadas para sus fines» (Sir 39, 19-21.26). La exhortación del Eclesiástico a «bendecir al Señor» tiene un tono didáctico.

6. Jesús acogió esta herencia tan significativa para el Antiguo Testamento explicitando en el filón de la bendición-confesión-alabanza la dimensión de acción de gracias. Por eso se puede decir que el momento culminante de esta tradición bíblica tuvo lugar en la última Cena cuando Cristo instituyó el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre el día antes de ofrecer ese Cuerpo y esa Sangre en el Sacrificio de la cruz. Como escribe San Pablo: «El Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi Cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía» (1 Cor 11, 23-24). Del mismo modo, los evangelistas sinópticos hablan también de la acción de gracias sobre el cáliz: «Tomando el cáliz después de dar gracias, se lo entregó, y bebieron de él todos. Y les dijo. esta es mi Sangre de la alianza, que es derramada por muchos» (Mc 14, 23)24; cfr. Mt 26.27; Lc 22, 17).

7. El original griego de la expresión «dar gracias» es «ucaris thsaz» (de «eujaristein»), de donde Eucaristía así pues, el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre instituido como el Santísimo Sacramento de la Iglesia, constituye el cumplimiento y al mismo tiempo la superación de los sacrificios de bendición y de alabanza, de los que se habla en los Salmos (zebah todah) Las comunidades cristianas, desde los tiempos más antiguos, unían la celebración de la Eucaristía la acción de gracias, como demuestra el texto de la «Didajé» escrito y compuesto entre finales del siglo I y principios del II, probablemente en Siria, quizá en la misma Antioquía:

«Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa vida de David tu Siervo, que nos has hecho desvelar por Jesús tu Siervo»

«Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos has hecho desvelar por Jesucristo, tu Siervo»

«Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre, que has hecho habitar en nuestros corazones, y por el conocimiento, la fe y la inmortalidad que nos has hecho desvelar por Jesucristo tu Siervo» (Didajé 9, 2-3; 10, 2).

8. El Canto de acción de gracias de la Iglesia que acompaña la celebración de la Eucaristía, nace de lo íntimo de su corazón, y del Corazón mismo del Hijo, que vivía en acción de gracias. Por eso podemos decir que su oración, y toda su existencia terrena, se convirtió en revelación de esta verdad fundamental enunciada por la Carta de Santiago: «Todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces» (Sant 1,17).Viviendo en la acción de gracias, Cristo, el Hijo del hombre, el nuevo «Adán» derrotaba en su raíz misma el pecado que bajo el influjo del «padre de la mentira» había sido concebido en el espíritu «del primer Adán» (Cfr. Gen 3) La acción de gracias restituye al hombre la conciencia del don entregado por Dios «desde el principio» y al mismo tiempo expresa la disponibilidad a intercambiar el don: darse a Dios, con todo el corazón y darle todo lo demás. Es como una restitución, porque todo tiene en Él su principio y su fuente.

«Gratias agamus Domino Deo nostro»: es la invitación que la Iglesia pone en el centro de la liturgia eucarística. También en esta exhortación resuena fuerte el eco de la acción de gracias, del que vivía en la tierra el Hijo de Dios. Y la voz del Pueblo de Dios responde con un humilde y gran testimonio coral: «Dignum et iustum est» «es justo y necesario».