LAS CONFESIONES

SAN AGUSTÍN DE HIPONA

Oración

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!

Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo. reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían.

Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y abraséme en tu paz.

LIBRO I.

Confiesa San Agustín los vicios y pecados de su infancia y de su pubertad; y da gracias a Dios por los beneficios que recibió de su mano en una y otra edad

CAPÍTULO I

Reconoce Agustín la grandeza y majestad de Dios y se enciende en deseos de alabarle

1. Grande sois, Señor, y muy digno de toda alabanza, grande es vuestro poder, e infinita vuestra sabiduría: y no obstante eso, os quiere alabar el hombre, que es una pequeña parte de vuestras criaturas: el hombre que lleva en sí no solamente su mortalidad y la marca. de su pecado, sino también la prueba y testimonio de que Vos resistís a los soberbios. Pero Vos mismo lo existáis a ello de tal modo, que hacéis que se complazca en alabaros; porque nos criasteis para Vos, y está inquieto nuestro corazón hasta que descanse en Vos. Pero enseñadme, Señor, y haced que entienda si debe ser primero el invocaros que el alabaros, y antes el conoceros que el invocaros. Mas ¿quién os invocará sin conoceros?, porque así se expondría a invocar otra cosa muy diferente de Vos, el que sin conoceros os invocara y llamara. O decidme, si es menester antesinvocaros, para poder conoceros.
Mas ¿cómo os han de invocar, sin haber antes creído en Vos?, y ¿cómo han de creer, si no han tenido quien les predique y les dé conocimiento de Vos? Pero también es cierto que alabarán al Señor los que te buscan: porque los que le busquen, le hallarán, y luego que le hallen, le alabarán. Pues concededme, Señor, que os busque yo invocándoos, y que os invoque creyendo en Vos, pues ya me habéis anunciado y predicado. Mi fe, Señor, os invoca: la fe, digo, que Vos me habéis dado inspirado por la humanidad de vuestro santísimo Hijo, y por el ministerio de vuestros apóstoles y predicadores.

CAPITULO II
Dios está en el hombre y el hombre en Dios

2. ¿Y cómo he de invocar a mi Dios y Señor? Llamándole para que venga a mi, esté dentro de mi mismo. Pues ¿qué lugar hay en mí adonde pueda venir y estar
mi Dios? ¿Cómo ha de venir a mi aquel soberano Dios, que crió el cielo y la tierra? ¿Por ventura, Dios y Señor mío, hay en mi alguna cosa adonde podéis caber Vos? ¿Acaso cavéis en los cielos y tierra que Vos hicisteis, y en que me criasteis? ¿O es mejor el decir que estáis en todo lo que tiene ser, por cuanto ninguna cosa pudiera existir sin Vas? Pues si yo también existo y tengo ser, ¿para qué os suplico que vengáis a mi, no pudiendo yo existir ni tener ser si no estuvierais ya en mi? En todas partes estáis, y aun en el infierno, donde yo no estoy; pues como dice David, aunque bajara al infierno, allí os hallara también . Luego es verdad, Dios mío, que yo no existirla ni tendría ser alguno si Vos no estuvierais en mí. ¿O seria mejor decir que no existiría ni tendría ser si yo mismo no estuviera en Vos, de quien, por quien y en quien tienen ser todas las casas? Así es también, Señor; también así es verdad. Pues si yo estoy en Vos, ¿para dónde os llamo?, ¿o desde dónde habéis de venir a mi?, ¿o qué paraje tengo de buscar que esté fuera del cielo y de la tierra, para que desde éstos venga mi Dios a mí, que tiene dicho por Jeremías: Yo lleno el cielo y la tierra

CAPITULO III
Dios está en todas partes

3. Mas ¿por ventura cavéis en el cielo y tierra, aunque es cierto que los llenáis? ¿O los llenáis de tal modo que sobre todavía, porque no cavéis todo en cielo y tierra? Pues ¿adónde derramáis todo eso que de Vos ha sobrado, después de haber llenado tierra y cielo? ¿No será mejor decir que para estar Vos en vuestras criaturas no es necesario que os contengan ellas, siendo, por el contrario, que sois Vos quien las contiene a todas? Así, los vasos que están llenos de Vos no son ellos los que os contienen, haciéndoos allí estable y permanente; pues aunque ellos se rompan, Vos no os derramaréis. Y cuando os derramáis sobre nosotros, no es cayendo Vos; sino antes más bien levantándanos a nosotros que estabamos caídos; y lejos de desuniros Vos y disiparos, Vos nos recogéis y reunís a nosotros. Pero, Señor, supuesto que llenáis todas las cosas, ¿las llenáis con todo vuestro ser?, o acaso, porque no pueden ellas abarcaros todo entero y de una vez, ¿no reciben más que una parte de Vos2 ¿Y esa misma parte la reciben también y al mismo tiempo todas las criaturas?, ¿o cada una de ellas recibe distinta parte y más grande las mayores, y más pequeñas las que son menores? En tal caso habría en Vos alguna parte que fuese mayor que otra. Pero ¿no es más cierto que todo Vos estáis en todas partes, y que ninguna cosa hay que os abarque ni comprenda todo?

CAPITULO IV
La majestad y perfección; de Dios son inexplicables

4. Pues, Dios mío, ¿qué ser es el vuestro?, ¿qué es lo que Vos sois sino mi Dios y Señor? Porque ¿qué otro Señor hay sino este Señor mismo?, ¿o qué Dios sino el Dios nuestro? Vos sois, Dios mío, un soberano Ser, altísimo, perfectisimo, poderosisimo, omnipotentisimo, misericordiosimo y justisimo, ocultisimo y presentísimo hermosisimo y fortísimo; tan estable como incomprensible; inmutable y que todo lo mudáis; nunca nuevo y nunca viejo renováis todas las cosas, y dejáis envejecer a los soberbios sin que lo reconozcan siempre estáis en acción y siempre quieto; recogiendo y no necesitando lleváis, llenáis y protegéis todas las cosas; las criáis, aumentáis y perfeccionáis todas buscáis sin que os falte cosa alguna; tenéis amor y no tenéis inquietud tenéis celos y estáis seguro os arrepentís y no tenéis pesadumbre; os enojáis y tenéis tranquilidad; mudáis vuestras obras sin mudar de parecer. Recibís también lo que halláis sin haber jamás perdido cosa alguna; nunca sois pobre y os alegráis con las ganancias ; nunca avariento y nos pedís usuras ; en obras de supererogación os damos algo de más, y Vos os constituís nuestro deudor; pero todo eso que os damos, ¿de quién sino de Vos lo recibimos?, ¿ni quién tiene cosa alguna que no sea dádiva vuestra? Finalmente, pagáis deudas sin deber a nadie; y perdonáis lo que os deben sin perder nada de lo que os es debido.
Pero Dios mío de mi vida, y dulzura de mi alma, ¿qué es todo esto que acabo de
decir, respecto de lo que Vos sois?, ¿y qué es cuanto puede decir cualquiera que hable de Vos? Y así, infelices y desgraciados aquellos que de Vos no hablan; pues aun los que hablan mucho de Vos se quedan tan cortos como si fueran mudos.

CAPÍTULO V
Agustín pide a Dios perdón de sus pecados

5. ¡Oh!, ¡quién pudiera descansar en Vos!¿Cuándo tendré yo la dicha de que vengáis a mi corazón y le poseáis enteramente, y le embriaguéis de vuestro espíritu, para que olvide yo todos mis males, y me abrace y una estrechamente con Vos que sois mi único y verdadero bien? Decidme Vos, Dios mío, ¿qué es lo
que sois para mi? Usad conmigo esta misericordia, para que yo lo pueda decir con vuestra gracia. Pero ¿qué soy yo para Vos, que me mandáis que os ame, y si yo no lo ejecuto, os enojáis conmigo y me amenazáis con el castigo de la mayor infelicidad? ¿Y es por ventura pequeña infelicidad el mismo dejar de amaros? ¡Ay de mí, si tal hiciera!
Pues decidme, Dios mío y Señor por vuestra infinita misericordia, lo que Vos sois para mí. Responded diciendo a mi alma: Yo soy tu salud eterna. Mas decídselo de tal modo que lo oiga bien y lo entienda. He aquí, Señor, delante de Vos, los oídos de mi corazón: abridlos Vos y decid a mi alma: Yo soy tu salud. Que al oír esta voz yo correré siguiéndola, y me abrazaré con Vos. No me ocultéis la hermosura de vuestro rostro. Muera yo para verle, y no moriré dejándole de ver.

6. Estrecha es, Señor, la casa de mi alma, para que vengáis a ella; pues ensanchadla Vos. Está para caerse y amenaza ruina; pues reparadla Vos y fortalecedla. Tiene varias cosas que desagradan a vuestros ojos: bien lo conozco y confieso; pero ¿quién sino Vos puede limpiarla?, ¿o a quién sino a Vos he de clamar diciendo: Limpiadme, Señor, de las ocultas manchas de mis culpas, y no imputéis a vuestro siervo las ajenas? Yo creo y tengo fe, y por eso hablo y me explico de este modo: bien lo sabéis Vos, Señor. ¿No es verdad, Dios mío, que habiéndoos confesado yo mis culpas y acusándome a mi mismo, Vos ya habéis perdonado las impiedades de mi corazón? No alego esto con ánimo de entrar a juicio con Vos, que sois la suma Verdad; pues no quiero engañarme a mí mismo lisonjeándome de ser justo; no sea que entonces se verifique en mí que mi propia iniquidad mintió y se engañó a sí misma. No quiero, pues, entrar en juicio con Vos; porque si Vos, Señor, atendéis a todas nuestras culpas, ¿quién podrá comparecer en vuestra presencia?

CAPITULO VI
Agustín describe su infancia, y alaba la eternidad y providencia de divina

7. Permitid, Señor, que no obstante ser yo polvo y ceniza, hable delante de vuestra misericordia. Permitidme hablar, Señor, pues vuestra misericordia es a quien hablo y no a los hombres, que harían burla y se reirían de mí. Y si acaso os riereis Vos también, estoy muy cierto de que lo convertirías en provecho mío, volviendo a tener misericordia de mí. Pero ¿qué es lo que yo intento deciros, Dios y Señor mío, sino que ignoro de dónde haya venido a esta vida (1), que no sé si la llame vida mortal o muerte vital? Aquí estaban ya para recibirme los consuelos y favores de vuestra misericordia, según oí de los padres que me engendraron y de quien hicisteis que yo naciera, porque a mí no me ha quedado especie alguna de lo que entonces pasó. Recibiéronme pues, los consuelos y favores que me previno vuestra misericordia, proveyéndome y surtiéndome de la leche que había de mamar y necesitaba para mi sustento. Porque ni mi madre ni las amas que me criaban se llenaban los pechos a si mismas, sino que Vos, Dios mío, erais quien se los llenaba, ministrándome por medio de ellas el alimento propio de mi infancia, según las determinaciones de vuestra providencia, que surte abundantísimamente de cuanto es necesario a todas las criaturas. También era don vuestro el que yo no quisiese más que aquello que me dabais; y que las amas que me criaban quisiesen también darme lo que para mí las dabais: como efectivamente lo hacían, dándome con mucho afecto y amor bien ordenado lo que habían recibido de Vos con abundancia. Porque era bueno y conveniente para ellas darme aquel mismo bien que de ellas recibía; aunque, a la verdad, no de ellas sino de Vos me venía aquel bien por ministerio de ellas: porque todos los bienes, sean corporales o espirituales, vienen siempre de Vos, Dios y Señor mío, de quien depende toda la salud y felicidad de mi cuerpo y alma: como lo advertí después; reflexionando la multitud de beneficios que interior y exteriormente me habéis hecho, que son tantas voces que me habéis dado para que lo reconozca. Mas por entonces lo que yo sabía era mamar, y entretenerme con las cosas que me eran agradables y llorar y disgustarme con las que me eran incómodas y molestas: esto era lo que sabía, y nada más.

8. Después también comencé a reír: primeramente mientras estaba dormido, y después también reía estando despierto. Así me lo han contado, y yo lo he creído, porque lo mismo vemos en las otros niños; pues yo no me acuerdo de estas cosas. Poco a poco iba también conociendo dónde estaba, y procuraba manifestar mi voluntad y deseos a los que podían cumplírmelos; pero no podía manifestárselos bien, porque mis deseos estaban dentro de mi y aquellas personas estaban fuera; y por ninguno de sus sentidos podían recibir ni penetrar el interior de mi alma. Por eso me agitaba, daba voces, y hacia aquellas pocas señas y ademanes que podía, para significar mis deseos interiores; a los cuales no se parecían ni eran bastante semejantes mis ademanes y acciones. Y cuando no me daban los gustos que pedía, o por no haberme entendido, o porque no me hiciese daño, me indignaba con mis mayores porque no me obedecían, y con las personas libres porque no se me sujetaban y servían, y me vengaba de todos con llorar. Lo mismo he visto que hacen todos los niños que yo he podido observar: y que yo fui también como ellos, mejor me lo han dado a entender los mismos niños que lo ignoran, que los que me criaron, que lo saben.

9. Pues he aquí que mi infancia murió hace ya mucho tiempo, y no obstante, yo todavía estoy vivo; pero Vos, Señor, sois el único que siempre vive y sea quien nada muere, porque vuestro ser es antes del principio de los siglos, y antes de todo cuanto se puede decir antes. Vos sois el Dios y Señor de todo lo que criasteis, en Vos están permanentes e inmutables las causas y principios de todas las cosas mudables y transitorias; en Vos viven inalterables y eternas las ideas y razones de todas las criaturas temporales y destituidas de razón.

10. Yo os confieso y alabo, soberano Señor del cielo y de la tierra, por aquellos primeros principios de mi vida y de mi infancia, de que no me acuerdo: lo cual quisisteis que los hombres lo infiriesen y conjeturasen de lo que ven y experimentan que sucede a los otros, y creyesen muchas cosas de si mismos, solamente por la autoridad de aquellas mujeres que los asistieron en aquélla edad.
Yo entonces verdaderamente ya tenía algún ser, y también tenía vida; y al írseme acabando aquella edad de mi infancia, buscaba indicios y señas con que darme a entender a otros, y hacerles conocer mis pensamientos y deseos. ¿Quién sino Vos, Dios mío, había de ser el autor de una tal criaturas? ¿Por ventura puede alguno ser la causa o artífice de sí mismo?, ¿o hay algún otro conducto por donde se nos comuniqué el ser y la vida fuera de Vos, que nos hacéis y formáis, y en quien el ser y el vivir no son dos cosas realmente distintas; sino que Vos mismo sois la suma vida y el sumo ser? Sumo sois, y no sois capaz de mutación; ni este día, que para nosotros pasa y se hace sucesivamente, pasa también para Vos, no obstante que él está en Vos, donde están todas las cosas, porque no tu. vieran camino alguno por donde ir pasando si no estuvieran contenidas en Vos. Como vuestros años no pasan ni se acaban, por eso todos ellos no son más que un día presente siempre continuo. ¿Cuánta multitud de días nuestros y de nuestros padres han pasado ya por ese vuestro día siempre presente, y de él tomaron su modo de existir, y efectivamente existieron a su modo; y todavía han de pasar por él otros muchos que tomarán de él su modo de ser sucesivamente, y existirán y serán según su modo?
Pero Vos, Señor, siempre sois el mismo; y todas las cosas que han de ser mañana y en los demás días adelante, y todas las que fueron ayer y en los demás días antecedentes, en ese hoy vuestro las haréis, y en ese hoy las habéis hecho. ¿Qué importará si alguno no entendiere esto que digo7 Alégrese él, no obstante, y exclame diciendo: ¡Qué misterio tan grande será ése!Alégrese, vuelvo a decir, aunque no lo entienda bien; y quiera más hallaros sin entenderlo, que entenderlo sin hallaros.

CAPÍTULO VII
Que aun la primera edad de la infancia no está libre de pecados

11. Sedme propicio, Dios mío, y aplacad vuestro enojo contra los pecados de los hombres. Aunque sea un pecador el que os invoca, tenéis misericordia de él, porque Vos hicisteis al hombre, pero no a su pecado. ¿Quién podrá hacer que yo me acuerde de los pecados de mi infancia? Porque nadie está limpio de pecado en vuestra presencia, aunque sea el infante recién nacido, que hace un solo día que vive sobre la tierra. Pues ¿quién me los podrá traer a la memoria? ¿Por ventura me los podrá recordar cualquier niño tamañito, en quien echo de ver lo que de mí no me acuerdo?
Pero ¿en qué podía yo pecar entonces ¿Por ventura sería en pedir el pecho ansiosamente y llorando? Porque si ahora pidiera yo el alimento correspondiente a mi edad con tanta ansia como entonces el pecho, con razón se burlarían de mi los hombres, justisimamente sería reprendido. Luego es verdad que también entonces hacía algunas cosas reprensibles, aunque ni la razón ni la costumbre permitieran que fuese yo reprendido entonces, pues no podía entender a quien me reprendiese. Es verdad que después, conforme vamos siendo mayores, vamos perdiendo también y echando fuera de nosotros esos malos resabios y propiedades; pero también lo es que jamás se habrá visto que un hombre cuerdo y juicioso, cuando quiere limpiar o purificar alguna cosa, quite y arroje de ella lo que tenía de bueno.
¿Se puede acaso decir, que eran buenas propiedades respecto de aquella edad
pedir llorando aun aquello que le sería dañoso, indignarse fuertemente con los que no son sus criados, con las personas libres y respetables por su mayor edad con los mismos que le dieron el ser y con otros muchos sujetos prudentes, que no quieren obedecer a las insinuaciones de su voluntad; y procurar también, cuanto le es posible, maltratarlos con araños y golpes, porque no obedecen a lo que el niño manda, cuando le sería perjudicial y dañoso que le obedecieran? De donde puede inferirse, que en la infancia la pequeñez y delicadeza de aquel cuerpecito no puede hacer daño; pero que el ánimo, aun en aquella edad, no es inocente. Yo mismo he visto y experimentado a un niño de pecho, que aún no sabía hablar, y tenía tales celos y envidia de otro hermanito suyo de leche, que le miraba con un rostro ceñudo, y con semblante pálido y turbado. ¿Y quién hay que pueda ignorar esto? Dícese que las madres y las amas enmiendan estos y semejantes defectos de los niños usando de no se que remedios.
Mas ¿podrá decirse que también es inocencia no poder sufrir un niño que de aquélla fuente de leche copiosa y abundante participe el otro que está necesitado, y solamente puede vivir con aquel alimento? no obstante, se les toleran con facilidad y se les disimulan estas cosas, no porque sean de ninguna o muy poca importancia, sino porque han de acabarse con aquella edad. Y aunque Vos, Señor, aprobéis que con los niños se tenga esta conducta, no obstante, si aquellas propiedades se advirtieran en otro de más años, no debieran disimularse ni sufrirse.

12. Vos, pues, Dios y Señor mío, que disteis al niño aquella vida de que goza y aquel cuerpo dotado de sentidos, como lo vemos, y adornado de sus miembros y figura bien proporcionada; y para la conservación e integridad de todo esto le disteis también los conatos y esfuerzos que son propios de un viviente animado y sensitivo, me mandáis que por todo esto os alabe y bendiga, os confiese y cante a vuestro nombre cánticos de alabanzas, ¡oh altísimo y soberano Señor de cielo y tierra?, pues verdaderamente os dais a conocer por Dios todopoderoso y sumamente bueno, aunque no hubierais hecho más que estas cosas, que nadie puede hacer sino Vos sólo, de quien únicamente provienen todos los modos y diferencias que tienen d~ ser las criaturas, y como hermosísimo dais hermosura a todas las cosas, y las ordeñáis y gobernáis por las justísima leyes que les habéis impuesto a todas ellas. Esta mi edad, 5eñor, que yo por mí no me acuerdo haberla tenido ni pasado, acerca de la cual tengo que creer lo que de ella otros me refieren, y que yo mismo conjeturo haberla vivido, por lo que veo y experimento en los demás niños (bien que esta conjetura es muy segura y cierta), no me determino a juntarla con la vida que tengo ni a contarla por una parte de lo que he vivido en este mundo. Porque en cuanto a estar envuelta en las oscuras tinieblas de mi olvido, es igual y semejante a la que tuve y pasé en el vientre de mi madre.
Pues decidme, Dios mío, habiendo yo sido concebido en culpa, y viviendo en ella en el seno de mi madre, ¿en dónde, Señor, yo, siervo vuestro, estuve sin pecado, o en qué tiempo he sido inocente? Pero dejo aparte toda aquella edad, porque ¿qué he de hacer ni decir de ella, si no ha dejado algún rastro en mi memoria?.

CAPÍTULO VIII
Del modo con que aprendió a hablar, cuando llegó a la niñez

13. Creciendo insensiblemente y adelantando en edad todos los días, llegué desde la infancia a la puericia, o por mejor decir, la puericia llegó y sucedió a mi infancia. Ni ésta se retiró o aparto de mi, porque ¿adónde se ha ido?, pero verdaderamente dejó de ser y se acabó aquella edad. De modo que ya no era yo infante, esto es, sin habla, sino niño que podía hablar y hablaba. Yo me acuerdo bastante de esto y he reflexionado después el modo con que aprendí a hablar, porque no fue esto por medio de alguna enseñanza de mis maestros o mayores, que me fuesen diciendo las palabras con determinado orden y método de doctrina como poco después me enseñaron a leer; sino que yo mismo aprendí, valiéndome del entendimiento que Vos, Dios mío, me disteis. Porque viendo que ni con gemidos y voces diferentes, ni con varios movimientos y ademanes del cuerpo, podía explicar como quería los interiores efectos y deseos de mi voluntad, de modo que me entendiesen todos, y todo lo que les quería decir para que me obedeciesen, pronunciaba yo mentalmente las voces y palabras que oía cuando ellos nombraban alguna cosa; y cuando en correspondencia de alguna palabra que habían dicho se movían corporalmente hacia alguna cosa, lo veía y observaba, y entonces conocía que aquella cosa se nombraba con aquella misma voz que ellos habían pronunciado, cuando querían mostrarla o significarla. Se conocía que ellos querían esto por las acciones y movimientos del cuerpo, que son como palabras naturales y lenguaje de que usan todas las naciones, y se forman, ya con todo el rostro, ya con los ojos solamente, ya con otras señas de los demás miembros del cuerpo, y ya finalmente con el sonido de la voz: con cuyas señas y acciones dan a entender las afecciones del alma en orden a pedir, retener, desechar, huir o aborrecer estas o aquellas cosas.
De este modo iba yo aprendiendo poco a poco muchas palabras en varias sentencias y proposiciones que oía, puestas y colocadas en sus propios y correspondientes lugares; y oyendo unas mismas palabras muchas veces, iba aprendiendo lo que significaban. Finalmente, adiestrándose mis labios y lengua en formar aquellas mismas palabras, conseguí explicar con ellas los deseos de mi voluntad. De este modo comencé a hablar con los que andaban a mi lado, y éste fue como el primer paso que di en la carrera peligrosa del trato y sociedad humana, dependiendo siempre de la autoridad de mis padres y voluntad de mis mayores.

CAPÍTULO IX
el aborrecimiento que los muchachos tienen al estudio, amor al juego y temor al castigo

14.¡Qué de miserias y engaños, Dios y Señor mío, comencé desde luego a experimentar en la sociedad humana!Porque desde la tierna edad de mi puericia
me proponían y enseñaban que era recto y justo obedecer a los que me aconsejaban que procurase lucir y florecer en este siglo, aventajándome y sobresaliendo en el estudio de aquellas artes y facultades parleras que sirven para adquirir reputación y honor entre los hombres, y las riquezas del mundo vanas y falaces.
En consecuencia de esto me pusieron a la escuela para que aprendiese a leer y escribir: en lo que yo no advertía, qué utilidad pudiese haber, y no obstante, me azotaban cuando era negligente en aprender. Este rigor era alabado de mis padres y mayores; pero ello es cierto que muchos que nos han precedido en esta vida nos han dejado abiertos unos caminos caminos trabajosos, por los cuales nos hacen ir por fuerza, multiplicando así los dolores y penalidades a los hijos de Adán.
Pero hallé y tuve maestros que os invocaban, Dios y Señor mío, y en sus necesidades se encomendaban a Vos, y yo también lo aprendí de ellos. Desde entonces conocí yo, según los alcances de mi corta edad, que Vos erais una cosa tan grande y excelente, que podíais oírnos y favarecernos, aunque no os manifestarais a nuestros sentidos. Por lo cual desde niño acostumbraba acudir a
Vos como a mi defensa y amparo, y rompía los nudos de mi lengua para invocaros y pediros favor; y aun siendo yo tan pequeño, os suplicaba con el mayor fervor que no me azotasen en la escuela. Y cuando (para bien mío) no me lo concedíais, los hombres, y aun mis padres, que no me deseaban mal alguno, se reían de que me hubiesen azotado; siendo así que era para mí entonces el mayor y más grave mal que pudiera sucederme.

15. ¿Hay por ventura, Señor, algún ánimo tan grande, y unido a Vos con un amor tan fino y excelente, que se burle tanto de 1os trabajos por vuestro amor? (porque la insensatez puede también hacerlo): ¿hay, pues, algún hombre, vuelvo a decir, que en fuerza del amor y caridad fervorosa con que os ama, esté tan grandemente apasionado de Vos, que se burle de los potros, garfios de hierro y de otros tormentos semejantes? (para librarse de los cuales y compelidos del gran temor que les tienen los hombres, en todo el universo acuden a Vos con fervorosas súplicas): ¿hay, pues, alguno que los juzgue todos tan leves y de tan poca consideración, que se burle tanto de los que temen aquellas penas y martirios como nuestros padres se reían y burlaban de los tormentos con que los muchachos éramos afligidos de nuestros maestros? Pues a la verdad, ni yo los temía menos que aquellos otros puedan temer los tormentos insinuados, ni os suplicaba con menos fervor que ellos que me libraseis de semejantes castigos, no obstante que los mereciese por mi negligencia en aprender, haciendo menos de lo que me pedían y mandaban en cuanto a leer y escribir. Porque a mi no me faltaba memoria ni ingenio, pues Vos, Señor, me lo disteis muy suficiente para aquella edad; pero gustaba del juego, y por él me castigaban los que tenían el mismo gusto y ejecutaban lo propio. Pero los juegos y diversiones de los que son ya hombres hechos se llaman quehaceres, negocios y ocupaciones; y los juegos y entretenimientos de los muchachos son castigados de los maestros y mayores como delitos; y no hay quien tenga lástima ni se compadezca de aquéllos, o de éstos, o de unos y de otros. En efecto, cualquier hombre que juzgue bien y rectamente de las cosas, no me parece que aprobaría que yo fuese azotado por jugar a la pelota en aquella edad, porque el juego me impedía aprovechar en un estudio, con el cual había yo de jugar, cuando mayor, con modo más culpable y reprensible; ni tampoco negaría que el mismo que me azotaba, incurría en semejantes o mayores defectos, pues si en alguna disputa era vencido por otro maestro quedaba más atormentado de cólera y envidia, que pedía yo quedar cuando en el juego de la pelota era vencido del compañero con quién jugaba.

CAPITULO X
El amor al juego le apartaba del estudio

16. No obstante, ello es cierto que yo pecaba, Dios y Señor mío, autor y ordenador de todas las criaturas (aunque de les pecados solamente ordenador , mas no autor), es cierto que yo pecaba, obrando contra lo que me mandaban mis padres y maestros: pues podía hacer buen uso de aquellas letras que querían que aprendiese fuese su ánimo entonces el que fuese. Porque, a la verdad, yo no dejaba de hacer aquello que me mandaban, por ocuparme en otras cosas mejores, sino por la afición que tenia al juego, en cuyos lances deseaba con cierto aire de soberbia quedar siempre victorioso; y también porque gustaba de oír fingidos cuentos y fábulas, que cada vez me aficionaban más, y excitaban en mí mayor deseo de orlas; y avivándose más y más mi curiosidad, y pasándose de los oídos a los ojos, me inclinaba y hacía desear ardentísimamente hallamle en aquellos espectáculos y juegos a que los hombres ya grandes solían asistir: los cuales espectáculos y juegos los disponen y mandan ejecutar unos sujetos tan autorizados y de tan superior dignidad en la república, que casi todos los demás hombres desearían que sus hijos llegasen a verse en estado de mandar y disponer aquello mismo; y no obstante, llevan a bien y consienten que sean castigados, si por divertirse en ver aquellos juegos, dejan de adelantar en el estudio con el cual desean que lleguen algún día a poder dar al pueblo aquellos espectáculos y diversiones. Mirad, Señor, con ojos de misericordia estas contrariedades de loa hombres, y libradnos de incurrir en ellas a todos los que os invocamos; y librad también a los que todavía no os invocan, para que lo hagan, y los libréis enteramente.

CAPITULO XI
Aquejado de una enfermedad pide el Bautismo; pero habiéndose mejorado prontamente, se dilata el dárselo por consejo de su madre

17. Desde mi niñez había oído hablar algunas veces de la vida eterna que nos está prometida por el abatimiento y humildad de Jesucristo, Dios y Señor nuestro, que se dignó bajar hasta nosotros para curar nuestra soberbia: y por el cuidado y solicitud de mi madre, que tenia puesta en Vos su confianza desde que nací era yo santiguado en vuestra Iglesia con la señal de la cruz, y había sido participante de su misteriosa sal. Pues ya sabéis, Señor, que siendo yo muy pequeño todavía, me vi acometido repentinamente de un grave dolor de estómago, que me puso en términos de morir. Vos, Dios mío, que velabais como mi guarda y amparo sobre la salud de mi alma, visteis con cuánta ansia y anhelo de mi corazón, y con cuánta fe pedí a mi piadosa madre, y a la que es madre de todos nosotros, vuestra Iglesia católica, que me concediese el bautismo de Jesucristo, vuestro Hijo, Dios y Señor nuestro. Este accidente conturbó mucho a mi madre : pero como deseaba mi salud eterna, y con el más fino amor y caridad me paría espiritualmente a vuestra fe, procuró a toda prisa que se me confiriese aquel saludable Sacramento, con que había de ser lavado de todas las manchas de mis culpas, confesando a mi Señor Jesucristo para lograr el perdón de todos mis pecados hubiera tenido efecto nuestra intención entonces, a no ser porque mejoré prontamente, y quedé fuera de aquel peligro. Así se dilató para más adelante mi bautismo, en que se había de haber lavado y purificado mi alma: creyendo que después de aquel lavatorio serían mayores y más peligrosas las manchas de mis delitos; como si fuera inevitable y forzoso volver a mancharme, si quedaba vivo. De modo, Señor, que desde aquella edad ya creía yo en Vos, juntamente con mi madre y toda nuestra familia, exceptuando a mi padre solamente, cuyo respeto y autoridad nunca preponderó en mí estimación a la que yo tenía y hacía de la piedad de mi madre; y así no pudo él con su ejemplo apartarme del creer en mi Señor Jesucristo. Y por otra parte ponía mi madre toda su atención en procurar que a Vos, Dios mío, os tuviese por mi padre verdadero, más bien que al que me había engendrado. Y Vos, Señor, la ayudabais, haciendo que su dictamen y piedad prevaleciesen en m, respecto de la autoridad y ejemplo del varón a quien ella no obstante obedecía y servia, siendo mejor que él; porque conocía que en esto os servía y obedecía a Vos, que se lo mandabais.

18. Pero quisiera saber, Dios mío (si esto fuere conforme a vuestra voluntad), con qué fin se dilató mi bautismo por entonces: y si acaso fue para mi provecho que con aquella dilación me dejasen como sueltas las riendas para pecar; o si verdaderamente no fue esto dejármelas sueltas para el pecado. Porque si no es
así ¿qué fundamento puede tener lo que aún ahora por todas partes oímos decir
de muchos: Dejadle que haga lo que quiera, pues aún no está bautizado? Pero en verdad, que hablando de la salud del cuerpo no decimos: Dejadle que reciba más heridas, o que tenga más llagas, pues todavía no ha sanado él de !as primeras. Pues ¿cuánto mejor hubiera sido que se me hubiese dado cuanto antes la salud, y que mis cuidados y los de mis padres se ocupasen en conservar y asegurar mediante vuestra protección, la salud de mi alma, que hubiera entonces recibido de Vos? Mejor hubiera sido ciertamente. Pero las muchas y grandes olas de tentaciones que me amenazaban, y después de pasada la puericia habían de acometerme, ya mi madre las presentía y conocía anticipadamente; y más quiso exponer a los golpes de aquellas olas el barro de que había de formar después mi imagen, que no la misma imagen, formada ya y perfecta.

CAPITULO XII
Le instigaban y forzaban al estudio, y Dios volvía en bienes sus males

19. En aquella misma edad de mi puericia, en que había menos que temer que en la juventud, no amaba yo las letras, ya aborrecía que me precisasen a estudiarlas. En esto me hacían bien, y yo era - el que obraba mal, porque no hubiera aprendido si por fuerza no me  hubieran obligado; y porque ninguno hace bien aquello que hace por fuerza, aunque sea bueno aquello mismo que hace. Ni tampoco me hacían bien los que me violentaban al estudio; sino que todo el bien que se me hacía en esto, de Vos provenía, Dios y Señor mío. Porque ellos no miraban ni atendían a qué fin podía yo ordenar aquellas letras que por fuerza me hacían aprender, más que a saciar los insaciables deseos de una rica pobreza y de una afrentosa gloria. Pero Vos, que tenéis contados todos (os cabellos de nuestra cabeza, del error que cometían todos aquellos que me violentaban, usabais Vos y as servíais para mi provecho; y del que yo cometía no queriendo aprender, os valíais para mi castigo: que no dejaba de merecerlo, siendo en aquella edad tamañito muchachuelo y tamaño pecador. Así, Señor, de los que no hacían bien en lo que hacían conmigo, sacabais bien y provecho para mí; y de mi mismo pecado sacabais justamente mi castigo. Porque Vas tenéis dispuesto (y se cumple puntualmente el orden vuestro) que todo ánimo desordenado sea verdugo de sí mismo.

CAPITULO XIII
A qué estudio se aficionaba más

20. Desde mi tierna edad me hacían aprender el griego; pero yo aborrecía semejante estudio: y no sé por qué le tenía tanta aversión entonces, que aun ahora no he podido acabar de averiguar el motivo. A1 contrario me sucedió con el latín al cual me aficioné mucho no digo aquel latín que podían enseñarme los
maestros de primeras letras sino el que ense8an los que se llaman gramáticos, porque aquel otro estudio de las primeras letras, en que se aprende a leer, escribir y contar, no le tenla por menos pesado y penoso que el de todo el griego. Pues ¿de dónde podía dimanar esta aversión, sino de mi pecado, y de lo caduco de esta vida, por ser el hombre compuesto de carne animada de un espíritu, cuya vida es  como un soplo de aire pasajero que va y no vuelve? Porque a la verdad el estudio de aquellas primeras letras era mejor y más sólido; pues con él podía conseguir, como de hecho conseguí entonces y también ahora, ya el leer lo que hallo escrito ya también escribir todo lo que quiero. Pero en el otro estudio a que yo me incliné más, me obligaban a aprender los errados rumbos de no sé qué Eneas olvidándome de lo errado de los míos: y a llorar la desgracia de Dido, que por amor de Eneas se mató a si misma; cuando yo, miserable de mí, no lloraba la muerte que a mí mismo me daban estas fábulas, apartándome de Vos, que sois mi Dios y mi vida.

21. ¿Qué cosa más digna de compasión y lástima que un hombre infeliz y miserable que no tenia lástima ni se compadecía de si mismo y que lloraba la muerte de Dido, causada de su grande amor a Eneas; no llorando mi propia muerte, causada de no amaros a Vos, Dios mío luz de mi corazón sustento y fortaleza de mi alma, y virtud que la fecundáis, llenando toda la capacidad de mi entendimiento? No os amaba yo Señor antes bien os era desleal: y andando así
perdido, por todas partes oía mis aplausos. Porque tener amistad con este mundo, es apartarse de Vos: y por ese apartamiento recibe el hombre aplausos en el mundo, para que se avergüence, si no persevera en la unión y amistad de quien le aplaude tanto. No lloraba yo esto, y lloraba a Dido que por último extremo de su amor se mató a sí misma siendo así que yo amaba extremadamente a vuestras criaturas dejándoos de amar a Vos y portándome como terreno en tener puesta mi afición en cosas de la tierra. Y estaba tan aficionado y adherido a aquella lectura, que si me estorbaran leer aquellas cosas lo sentirla mucho, porque no me dejaban leer lo que me causaría sentimiento. Pues estas y semejantes locuras son reputadas como mejores estudios y aplaudidas con el nombre de bellas letras: y su estudio se juzga de más utilidad que el otro en que me enseñaron a leer y a escribir.

22. Pero al presente, Dios mío, dad voces en el interior de mi alma, y clame allí vuestra verdad diciéndome: No es así no es así mejor es sin duda aquella doctrina y enseñanza primera. Porque a la verdad yo más quisiera que se me olvidaran los rodeos por dónde anduvo Eneas, y las demás historietas a este modo, que el escribir y leer. Bien sé que las puertas de sus aulas las cubren los gramáticos con una especie de velos o cortinas' pero éstas no tanto sirven para significar los misterios que sus fábulas ocultan, cuanto para encubrir los errores y desvaríos que allí se enseñan. No tienen que alborotarse ni dar voces contra mí; que no les temo desde que en vuestra presencia, Dios mío confieso los afectos y deseos de mi alma, y he resuelto acusarme de las erradas sendas que he seguido, para enmendar lo que he errado y seguir de aquí adelante el camino da vuestras santas leyes y preceptos. No se me opongan, ni griten contra mí los que viven de vender y Comprar las doctrinas y reglas de la gramática; porque si yo les pregunto si es verdad que Eneas vino alguna vez a Cartago como dice Virgilio; los menos instruidos responderán que no lo saben, pero los que saben algo más, dirán que aquello no es verdad. Pero si les preguntase con qué letras se escribe el nombre de Eneas, todos los que aprendieron a escribir responderán uniformemente y conformándose con aquellas reglas y forma de caracteres que están instituidos y determinados por el convenio y voluntad de los hombres y será verdadera su respuesta. Y finalmente, si les preguntara cuál sería mayor daño para esta vida, olvidársele a un hombre el leer y el escribir, u olvidársele todas aquellas ficciones poéticas ¿quién no ve lo que respondería cualquiera que no estuviese olvidado enteramente de si mismo? Luego aun siendo muchacho hacía yo mal en amar y aficionarme más al estudio de aquellas cosas tan vanas, que al de éstas que son más útiles y provechosas, o por mejor decir obraba mal amando aquéllas, y aborreciendo éstas. Pues ¿qué diré de mi repugnancia a los primeros principios de la aritmética? Era para mí una canción insufrible el oír a los otros, y repetir yo mismo: uno y uno son dos' dos y dos son cuatro; cuando por otra parte era para mi gusto un pasaje muy delicioso el de aquel caballo de madera lleno de gente armada, el incendio de Troya y la sombra de Creúsa.

CAPÍTULO XIV
Del aborrecimiento que tenía al estudio de la lengua griega

23. Pues ¿cómo aborrecía yo también la gramática griega, que enseña estas y
semejantes fábulas7, porque Homero verdaderamente es destrisimo en tejer estas ficciones, y es dulcísimamente vano; y no " obstante, era bien amargo para mi cuando muchacho Yo creo que lo mismo les sucederá respecto de Virgilio a los muchachos griegos de nacimiento cuando los obliguen a aprenderte, como a mi me obligaban a aprender a Homero. Esto debía consistir en que la gran dificultad que generalmente hay en aprender una lengua extraña, servía de amarga hiel con que se rociaban todas las dulzuras que yo hallaba en la narración de las fábulas griegas. Pues cuando aún no sabía palabra de aquel idioma, me obligaban con terribles amenazas y crueles castigos a que le aprendiera. Es verdad que también durante algún tiempo de mi infancia estuve sin saber palabra alguna de la lengua latina; y con todo eso solamente de oírla hablar la aprendí (sin que me hostigasen con miedos ni tormentos), entre los halagos y caricias de las amas, y entre las chanzas y juegos de los que me entretenían o se divertían conmigo. Pero si la aprendí, sin que ninguno me estimulase con castigos ni amenazas, fue porque mí mismo corazón me obligaba a que manifestase sus interiores afectos; lo que no pudiera hacer si no hubiera aprendido algunas palabras, no de los que las enseñaban, sino de los que hablaban en mi presencia, en cuyos oídos procuraba yo también ir pariendo a mi
modo mis conceptos. De donde se infiere que para aprender estas cosas conduce más una curiosidad voluntaria que el temor y la violencia.
Pero ya conozco, Dios mío, que es voluntad vuestra serviros de este freno, para reprimir el exceso de aquella curiosidad: siendo éste uno de los efectos de vuestras leyes y determinaciones, que comprenden y abrazan todas las edades de los hombres, desde las palmetas que sufren los niños de mano de sus maestros, hasta las torturas que padecen de los tiranos los mártires; y de este modo vuestras divinas leyes nos hacen volver a Vos, porque van mezclando saludables amarguras en los mismos deleites ponzoñosos que nos habían apartado de Vos.

CAPÍTULO XV
Oración del Santo a la Majestad divina

24. Oíd, Señor, benignamente la súplica que os hago, y concededme que mi alma no desfallezca siguiendo los documentos de vuestra enseñanza, y no cese
yo de alabaros y bendeciros por las misericordias que conmigo habéis usado, sacándome de todos los perversos caminos de la iniquidad, por donde yo andaba perdido. Haced, Dios mío, que percibe en Vos una dulzura incomparablemente mayor que la de todos los engañosos deleites que antes seguía; y así os ame ardentísimamente y cuanto me fuere posible y que con todas las fuerzas de mi alma me abrace vuestra mano poderosa, para que me saquéis . victorioso de todas Las tentaciones que hasta el fin de mí vida me puedan acometer. Y pues Vos, Señor, sois mi verdadero Rey y mi Dios, quiero emplear en servicio vuestro todo cuanto bueno y útil aprendí de muchacho. Sea, vuelvo a decir, para servicio vuestro todo cuanto aprendí y adelanté en hablar, en leer, en escribir y en contar, lo cual yo os consagro en reconocimiento de lo que me castigasteis por la adhesión que tenía a aquellas vanidades de las fábulas, y de que me habéis perdonado los pecados de deleitarme en ellas. Es cierto que estudiándolas aprendí muchos buenos vocablos y palabras útiles; pero también lo es que se pueden aprender en otros escritos, que no son tan fabulosos y vanos; y éste es el camino seguro por donde se había de llevar a los muchachos .

CAPÍTULO XVI
Reprueba el método que comúnmente se observa en la enseñanza de la juventud

25. Pero ¡oh funesto y caudaloso río de la costumbre!¿Quién te podrá resistir?, ¿hasta cuándo ha de durar tu corriente sin secarse?, ¿hasta cuándo envolverás en tus olas a los hijos de Eva, dando con ellos en este mar profundo y espantoso que apenas en la sagrada nave de la cruz se puede vadear? ¿Por ventura no fue la costumbre la que puso en mi mano aquellos libros, en que leí que Júpiter truena en el cielo y adultera en la tierra7 Y verdaderamente él no pudiera hacer estas dos cosas; pero esto se fingió con la mira de que el adulterio verdadero tuviese un modelo autorizado con un trueno fingido. Pero ¿qué filósofo de buen juicio oye con serenidad de ánimo y con paciencia lo que el otro de su misma profesión está clamando y diciendo: Estas cosas las fingía Homero, que trasladaba a los dioses las flaquezas de los hombres, y más quisiera yo que hubiera trasladado a nosotros las virtudes de los dioses? Es muy cierto que Homero fingió todas estas cosas, pero fue siempre atribuyendo divinidad o haciendo dioses a unos hombres viciosos y malvados, para que los delitos más enormes no pareciesen tales; y para que se juzgase que cualquiera que hiciese aquellas maldades no imitaba a unos hombres perdidos, sino a unos
dioses que habitaban en los cielos. Y no obstante eso, ¡oh río infernal de la costumbre!, a ti se arrojan los hijos de los hombres con los estipendios que dan por aprender unas máximas tan perjudiciales y se tienen por una gran cosa cuando esto se ejecuta públicamente en la plaza y con autoridad de las leyes que determinen se den salarios y gratificaciones además de sus ordinarios estipendios , y entonces conmovidas tus piedras con el imperio de tus olas, hacen gran ruido diciendo: aquí se aprende a hablar bien; aquí se adquiere elocuencia, tan necesaria para persuadir las cosas y explicar las sentencias. Pues qué, ¿no podríamos saber estas palabras, rocío de oro, regazo, engaño, bóveda del cielo, y otras tales voces que se hallan escritas en la misma fábula, si Terencio no hubiera introducido en una de sus comedias a aquel joven lascivo que toma a Júpiter por ejemplo de su impureza mirando una pintura que había en la pared, donde se representaba el modo con que dicen que Júpiter engañó a Dánae, bajando a su regazo disfrazado y transformado en rocío o lluvia de oro? Y ve aquí cómo aquel joven se provoca a sí mismo a deshonestidad, diciendo de este modo : ¿Pero qué dios fue el que cometió este estupor No menos que aquel dios tan poderoso que con los truenos hace que se estremezcan y retumben las bóvedas del cielo. Pues yo, que soy un hombre mortal y flaco, ¿tendré por cosa indigna de ejecutarse lo que se dice haber ejecutado un dios tan grande? Lo hizo efectivamente con toda voluntad.
De donde se sigue que la obscenidad y torpeza de esta fábula no es la que sirve y conduce para que se aprendan mejor aquellas expresiones; antes al contrario, por medio de semejantes palabras se obra con mayor libertad aquella torpeza. No acuso yo las voces o palabras, que son como unos vasos preciosos y exquisitos; sino el vino del error que nos daban a beber en ellos unos maestros embriagados ya de él, y que nos castigaban si no queríamos beberle; sin que nos fuera permitido apelar a algún juez sobrio y que no estuviese preocupado como ellos y poseído del error. Y no obstante eso yo, Dios mío en cuya presencia hago memoria de estas cosas con seguridad, las aprendí gustoso, y pobre de mí, me deleitaba en ellas; y por eso se decía de mí que era un muchacho de grandes esperanzas.

Capitulo XVI
Continúa reprendiendo el modo acostumbrado de ejercitar a 1os jóvenes en el estudio

27. Permitidme, Dios mío, que diga también algo del ingenio que Vos me disteis, y de los desatinos en que le ejercitaba. Se me daba un asunto, sobre el cual había de componer: y esto causaba bastante desasosiego e inquietud en mi alma, ya por ganar el premio de alabanza, ya por el deshonor a que me exponía, ya por el miedo de los azotes con que me amenazaban. Se me proponía, pues, por asunto, que dijera yo las palabras que diría Juno airada y muy sentida porque no podía impedir que abordase a Italia el rey de los troyanos cuyas palabras nunca había oído que Juno las dijese; pero nos obligaban a que, siguiendo las huellas de las ficciones poéticas dijésemos en prosa algo que fuese semejante a lo que el poeta hubiera dicho en verso. Y aquel era más alabado que con más propiedad había sabido contrahacer y remedar los afectos Que los hombres ponen cuidado en guardar las leyes y preceptos de los gramáticos, y no le ponen en observar los mandamientos de Dios

28. Pero ¿qué hay que admirar que me dejase llevar tanto de las vanidades y anduviese tan apartado de Vos, Dios mío en un tiempo en que se me proponían
para mis modelos unos hombres que se llenaban de confusión y vergüenza si les enmendaban algún solecismo o barbarismo que hubiesen cometido al tiempo de referir algunas acciones propias suyas, que no eran defectuosas y por el contrario, se gloriaban de verse aplaudidos cuando referían sus deshonestidades y torpezas con voces propias, expresivas, y con retórico adorno y elegancia? Vos, Señor, veis estos desórdenes y calláis como paciente, misericordioso y fiel en vuestras promesas; mas ¿por ventura habéis de salir siempre? También ahora os dignáis sacar de este profundo abismo a un alma que os busca sedienta de vuestros deleites, y os dije de corazón: Yo he buscado, Señor, y siempre he de buscar la luz de vuestro rostro; pues muy lejos están de ser los que siguen la ciega oscuridad de sus pasiones. Porque el apartarse de Vos, o el volver a Vos, no se hace con pasos del cuerpo, ni consiste en distancia de lugares. ¿Acaso aquel vuestro hijo menor de quién habla el Evangelio, tomó algún caballo, coche o nave voló con alas materiales y visibles, o echó a andar y se valió de sus pies para apartarse do Vos y llegar a aquella regían remota y extraña, donde viviendo pródigamente desperdició y malgastó cuanto le disteis al tiempo de su partida? Dulce y amoroso padre fuisteis cuando le disteis todos aquellos bienes pero más dulce, benigno y amoroso cuando volvió a Vos tan pobre y necesitado. Conque el estar un hombre apartado de la luz de vuestro rostro, es estar sumergido en las espesas tinieblas de sus vicios.

29. Mirad, Dios y Señor mío, miradlo con la paciencia que acostumbráis, cómo observan loa hijos de los hombres con mucho cuidado las reglas que han dejado
establecidas los maestros antiguos para el uso y pronunciación de las y letras y de las sílabas; haciendo tan poco aprecio de las eternas leyes que Vos les habéis dado en orden a su salvación. De suerte que si alguno de los que hacen profesión de saber o enseñar aquellas reglas en que convinieron los antiguos maestros, pronunciase o escribiese sin aspiración la primera sílaba de esta palabra hombre, desagradaría a los hombres mucho más, que si contra vuestras leyes aborreciese a un semejante suyo. Como si a un hombre pudiera otro enemigo hacerle mayor daño que él . se hace a si mismo con aquel odio con que se irrita contra su prójimo; o como si un hombre persiguiendo a otro pudiera hacer con él mayor estrago que el que causa en su propio corazón. Y a fe que no es tan íntima a su alma la ciencia de las letras como es la conciencia propia suya, donde está escrito que en este odio y aborrecimiento ejecuta él con otro lo que no quisiera que ejecutaran con él mismo. ¡Qué ocultos son vuestros juicios Señor mío!Sólo Vos sois grande y habitáis en lo alto de los cielos silenciosamente, y por inmutables decretos de vuestra justicia esparcís por el mundo las ceguedades, que sirven de castigo y pena a los deseos desordenados de los hombres. ¡Qué mayor ceguedad que la de un hombre que, deseoso de adquirir fama de elocuente acusa a otro hombre enemigo suyo, y persiguiéndole con odio crudelísimo, alega contra él en presencia de un juez, que es hombre también como ellos, y a vista de un concurso numeroso de hombres! Éste, pues, tiene grandisimo cuidado de que por ignorancia de la lengua no se le escape algún solecismo, como si en latín dijera inter hominibus, y en castellano entre de los hombres; y no se le da cuidado, ni se guarda de aquel odio, con que tira a quitar aquel hombre de entre los hombres.

CAPÍTULO XIX
Algunos vicios de la pubertad pasan también a otras edades del hombre

30. A la entrada de semejantes costumbres yacía yo infeliz cuando muchacho, y en tal palestra y doctrina comenzaba a ejercitarme; temiendo más cometer un barbarismo, que tener envidia a otros que no le cometían. Yo os confieso, Dios mío todas estas cosas, que me las alababan aquellos a quienes yo deseaba agradar: y en esto juzgaba entonces que consistía la rectitud y honestidad de mi vida, porque no veía el abismo de fealdad en que estaba sumergido y lo apartado que estaba de Vos. Pues aun entre aquellas gentes, ¿qué cosa había más fea y corrompida que yo que aun siendo ellos tales les desagradaba, engañando con innumerables mentiras a mi ayo, a mis maestros y a mis padres, por amor al juego, y por la afición a ver vanos espectáculos y a imitar con inquietud bulliciosa los juegos y habilidades que en ellos se ejecutaban?
También hurtaba lo que podía de la despensa de casa y de la mesa de mis padres, ya por golosina, ya por tener que dar a otros muchachos que me vendían el gusto de jugar conmigo, no obstante que se divertían tanto como yo en el juego. En él comúnmente hacia trampas para quedar victorioso siendo yo verdaderamente el vencido de aquel vano deseo de sobresalir y de quedar superior. Y no había cosa que menos pudiese sufrir que el que me hiciesen las mismas trampas que les hacía a ellos, ni había cosa que más severamente reprendiese en los otros, cuando los cogía en alguna de ellas; y cuando a mí me
cogían y reprendían más quería enfadarme con todos y reñir, que ceder y darles la razón. ¿Es acaso ésta la que se puede llamar inocencia pueril? No lo es, Señor, no lo es, Dios mío, porque estas mismas propiedades ejecutadas con los suyos y maestros, con las nueces, bolitas y pajarillos , pasan después a ejecutarse con los gobernadores y reyes, con el oro, posesiones y esclavos; estos mismos procederes pasan ciertamente a las otras edades mayores, que suceden y se siguen a la puericia, como a las palmetas de los muchachos suceden otros mayores castigos. Conque, mi Dios y mi Rey, cuando Vos dijisteis que el reino de los cielos es de aquellos que eran. tales como los párvulos, no tanto fue aprobar en ellos la inocencia, cuanto la humildad que simbolizan por su pequeña estatura.

CAPITULO XX
San Agustín da gracias a Dios por los beneficios que le hizo en la pubertad

31. No obstante, Dios mío y mi Señor, sumamente bueno y excelentísimo Criador y gobernador del Universo, bien conozco que os debería dar infinitas gracias, aun cuando no me hubierais concedido que llegase a la edad de la juventud. Porque aun entonces tenía ser, vivía, sentía y cuidaba también de mi conservación (lo cual es como un rastro e indicio de aquella ocultísima e imperceptible unidad que compone todas las cosas, y de donde también yo procedía): guardaba con el sentido interior de mi alma la integridad de mis sentidos externos, y me deleitaba con la verdad que hallaba y descubría aun en las cosas pequeñas, y con los pensamientos que yo podía formar de tales cosas. Además de esto, aun en aquella edad de mi puericia no quería ser engañado; tenía una memoria feliz, con el trato y comunicación me iba instruyendo; me era deliciosa la amistad; huía del dolor y pena, del menosprecio y de la ignorancia. En una criatura como ésta, ¿qué cosa hay que no sea admirable y digna de alabanza?

32. Pues todas estas cosas son dádivas de mi Dios, porque yo no me las di a mí mismo y todas ellas son buenas y yo consto y me compongo de todas ellas. Luego es bueno mi Hacedor, y Él es todo mi bien, y le bendigo y alabo alegremente por todas aquellas bondades de que constaba yo aun cuando muchacho. En lo que entonces pecaba yo era porque en lugar de buscar en Él los deleites, las honras, las verdades y aun a mi mismo también, buscaba todo esto en sus criaturas, y por eso venia a caer en sentimientos, en confusiones y en errores. Bendito seáis, Dios mío, dulzura mía, honra mía y mi única confianza. Gracias os doy, Señor, por todos vuestros dones; pero guardádmelos y conservádmelos Vos, y de este modo me guardaréis a mi, se aumentarán y perfeccionarán los bienes que me disteis, y lograré estar con Vos, que me disteis el ser.

LIBRO II
Llora amargamente el decimosexto año de su edad, en que apartado de los estudios estuvo en su casa y se dejo llevar de los halagos de la lascivia y se entrego a una vida derramada y licenciosa

Capitulo 1
De su adolescencia y vicios de aquella edad

1. Quiero traer a la memoria mis fealdades pasadas y las torpezas carnales que causaron la corrupción de mi alma; no porque las ame ya, Dios mío, sino para excítame más a vuestro amor. Correspondiendo a vuestro amor hago esto, recorriendo mis perversos caminos con pena y amargura de mi alma; para que Vos, Señor. seáis dulce para mi. dulzura verdadera. dulzura felicisima y segura; y me reunáis y saquéis de la disipación y distraimiento que ha dividido mi corazón en tantos trozos como objetos ha amado diferentes, mientras he estado separado de Vos, que sois la eterna y soberana Unidad. En algún tiempo de mi adolescencia deseaba ardientemente sáciame de estas cosas de acá abajo, y al
modo que un árbol nuevo brota por todas partes espesas y frondosas ramas, yo
también me entregué osadamente a varios y sombríos afectos y pasiones, con  cual se afeó la hermosura de mi alma, y agradándome a mi mismo. y deseando
agradar y parecer bien a los ojos de los hombres. vine a ser hediondez y corrupción en los vuestros.

Capitulo II
Como a los dieciséis años se entregó a amores impuros

2. ¿Y qué era lo que me deleitaba sino amar y ser amado? Pero en esto no guardaba yo el modo que debe haber en amarse las al- mas mutuamente, que son los limites claros y lustrosos a que se ha de ceñir la verdadera amistad, sino que levantándose nieblas y vapores del cenagal de mi concupiscencia y pubertad, anublaban y oscurecían mi corazón y espíritu de tal modo, que no discernía entre la clara serenidad del amor casto y la inquietud tenebrosa del amor impuro. Uno y otro hervían confusamente en mi corazón, y entrambos arrebataban mi flaca edad, llevándola por unos precipicios de deseos desordenados, y me sumergían en un piélago de maldades. Vos, Señor, estabais muy irritado contra mi, y yo no lo advertía ni reflexionaba. En pena del orgullo y soberbia de mi alma, me habla puesto sordo con el ruido de la cadena de mi mortalidad, que llevaba siempre arrastrando; me iba alejando de Vos, y Vos me dejabais ir; estaba abatido, derramado, perdido, hirviendo en torpezas, y Vos callabais, Dios mío. ¡Oh!, ¡qué tarde llegasteis a ser todo mi gozo!Callabais Vos entonces, y yo con soberbio abatimiento y con inquieto cansancio apartándome de Vos, iba prosiguiendo en buscar más y más gozos estériles, que eran como semillas que no me hablan de producir otros frutos que penas, sentimientos y dolores.

3. ¡Ojalá hubiera habido quien arreglase aquella mi pasión que me era molesta!,
¡ojalá me hubieran reducido a un estado en que pudiese usar bien de las hermosuras de estas cosas terrenas y transitorias, haciéndome contener dentro de los justos limites que habéis señalado para el uso de las criaturas y de sus deleites!Para que así las olas impetuosas de mi juventud, si es que no podían tranquilizarse enteramente, a lo menos se detuviesen en la orilla y playa del matrimonio, usando solamente de él para la procreación, como prescribe y manda vuestra ley, Dios mío y mi Señor, que habéis dado también la forma y regla a la propagación de nuestra carne mortal; como quien puede hacer tratables las espinas y abrojos, que no se hablan de padecer ni sentir en vuestro paraíso terreno. Porque vuestra benigna y favorable omnipotencia no nos desampara, ni se aleja de nosotros, aun cuando nosotros nos alejamos de Vos. Ojalá que por lo menos hubiera puesto más cuidado en oír y atender al ruido de vuestras nubes, que es la voz de vuestros Apóstoles, entre los cuales San Pablo, hablando de los casados, dice: No dejarán de tener tribulaciones en su carne, pero yo os perdono. y a los otros dice: Al hombre le sería mejor no llegar a la mujer. y después añade: El que está sin mujer, piensa en las cosas de Dios, y en cómo ha de agradarle: pero el que está casado piensa en las cosas del mundo. y en cómo ha de agradar a su mujer. Estas voces habla de haber escuchado atentamente, y por el reino de los cielos hubiera separado de mi todos esos deleites, y esperaría con mayor felicidad y paz gozar de vuestros abrazos.

4. Pero yo, infeliz de mi, me acaloré y fatigué siguiendo el ímpetu de mis pasiones, apartándome de Vos, y traspasando todos los limites justos que vuestra ley me habla puesto y señalado. Es ver- dad que no me libré de vuestros castigos; mas ¿quién de los mortales podrá librarse de ellos? Porque Vos siempre estabais junto a mi castigándome misericordiosamente, y rociando de amarguisimos sinsabores todos mis placeres ilícitos, para que así buscase deleites cumplidos y sin mezcla de amarguras y disgustos. Mas no hubiera encontrado cosa alguna en que poder deleitarme de ese modo, fuera de Vos, Señor, fuera de Vos, cuya leyes tan suave, que fingís yapa- rentáis aspereza y penalidad en vuestros preceptos, y que si nos herís. es para sanarnos: y si nos hacéis morir a nosotros mismos, es para que no muramos eternamente a Vos. ¡Donde estaba yo, y cuán lejos de las delicias de vuestra casa andaba desterrado en el año decimosexto de mi edad! Entonces fue cuando tomó dominio sobre mi la concupiscencia, y yo me rendí a ella enteramente, lo cual, aunque no se tiene por deshonra entre los hombres, es ilícito y prohibido por vuestras leyes. No cuidaron mis padres de evitar con el matrimonio mis caídas; y solamente cuidaron de que aprendiese a hablar bien y a saber formar una oración retórica y persuasiva.

CAPÍTULO III
Del viaje que hizo a Cartago para continuar allí sus estudios y de los intentos de sus padres en orden a esto mismo

5. En aquel alío se habían interrumpido mis estudios, porque habiendo yo vuelto
de Madauro, ciudad que estaba cerca de Tagaste, en la cual había estado aprendiendo letras humanas y la retórica, en este tiempo intermedio se iban juntando y previniendo los caudales necesarios para enviarme a continuar mis estudios a la ciudad de Cartago, que estaba mucho más lejos, lo cual se intentó y efectuó más por animosa resolución de mi padre, que por la abundancia de sus riquezas, pues él era un vecino de Tagaste cuyas facultades y hacienda eran bien cortas. Pero ¿a quién refiero yo estas cosas? No os las cuento a Vos, Dios mío, sino que en presencia vuestra, y haciéndoos testigo de ello, las refiero y cuento a todo mi linaje, esto es, a todo el género humano, en que verdaderamente se comprende cualquiera pequeña porción de hombres a cuyas manos vayan a dar estas mis letras y escritos. Y esto ¿con qué fin o para qué lo hago? Para que yo mismo y todos los que lo leyesen, pensemos Y conozcamos desde cuán grande y profundisima distancia de vuestra suma bondad hemos de clamar todavía a Vos.
Pero ¿qué cosa hay más próxima a vuestros oídos que semejantes clamores, si los acompaña el corazón confesándoos, y la vida es regulada por la fe? ¿Quién
había que entonces no llenase de elogios a mi padre, porque con unas expensas superiores a su hacienda me daba cuanto fuese necesario para ir a continuar los estudios tan lejos de mi patria, cuando se veía que otros ciudadanos mucho mas ricos que mi padre no cuidaban de ejecutar otro tanto con sus hijos? Ni tampoco mi padre cuidaba de que yo adelantase en vuestro santo temor y servicio, ni que viviese castamente, con tal que cultivase la elocuencia y me hiciese discreto y culto, aunque el campo de mi corazón, de quien Vos, Dios mío sois, legitimo y verdadero dueño, estuviese desierto y sin cultivo.

6. Luego, pues, que en dicho año decimosexto de mi edad comencé a estar en casa con mis padres, como estaba sin ocupación y apartado por entonces del estudio por falta de medios, crecieron tanto con la ociosidad las espinas de mi incontinencia, que me cubrían todo de pies a cabeza, y no había quien me las arrancara. Antes bien, al contrario, una vez que estando yo en el baño me vio mi
padre con senas de pubertad, como lisonjeándose ya con la esperanza de tener nietos, se lo fue a contar a mi madre muy alegre y gozoso; mas era en fuerza de la embriaguez que padecen los hijos de este siglo, causada del vino invisible de su mal inclinada y per- versa voluntad hacia las cosas de acá abajo; en cuya embriaguez vive este mundo olvidado de Vos, que sois su Criador, y amando en vuestro lugar a las criaturas. Mas como ya habláis comenzado a hacer templo vuestro del corazón de mi madre y a tener all1 vuestra santa habitación (pues mi padre era sólo catecúmeno, y habla poco que lo era), mi madre se estremeció y sobresaltó con un piadoso temblor y santo miedo; pues aunque todavía no estaba yo bautizado, temió que seguirla aquellas torcidas sendas por donde caminan los que os vuelven las espaldas, en lugar de caminar mirando siempre a Vos.

7. Mas ¡ay de mi!, ¡ay Dios mi!, ¿cómo me atrevo a decir que Vos callabais, cuando yo me iba alejando más y más de Vos?, ¿acaso es verdad que callabais Vos, Dios mío, y no me llamabais? Pues ¿cuyas, sino vuestras, eran aquellas voces que resonaban en mis oídos, pronunciadas por boca de mi madre, fiel sierva vuestra, aunque nada de lo que me decía llegase a penetrar mi corazón, ni yo lo pusiese por obra? Porque bien me acuerdo de que mi madre deseaba mucho cogerme a solas, para amonestarme muy seria encarecidamente (como lo ejecutó), que no tuviese trato ilicito con mujer alguna, y especialmente con mujer casada; pero a mí me pare- cían éstos unos consejos mujeriles, a los cuales me darla vergüenza obedecer. Mas ellos eran recados y avisos vuestros que mi madre me llevaba, y yo no lo conocía. Juzgaba yo que Vos estabais callando cuando mi madre me hablaba, y no cesabais de llamarme por su boca; y despreciándola yo, Vos erais en ello el despreciado por mí, siendo yo un infeliz
siervo vuestro, hijo de una sierva vuestra. Mas yo no conocía nada de esto, y coma tan ciegamente al precipicio, que me avergonzaba de no ser tan desvergonzado como otros compañeros de mi edad, porque yo les ola jactarse de sus maldades, y gloriarse tanto más de ellas cuanto más feas eran y más torpes; con lo que me aficionaba a sus vicios, no sólo por el deleite, sino también por el deseo de alabanza. ¿Qué cosa hay más digna de menosprecio que el vicio? y no obstante, para no ser menospreciado, me hacía yo más vicioso, y cuando no tenia algún suceso con que igualarme a otros más rematados y perdidos, suponía haberlo hecho, siendo falso, para que no les pareciese yo más despreciable por ser más inocente, y no me tuviesen en menos por ser más casto.

8. He aquí con qué compañeros iba yo paseando las calles y plazas de Babilonia: me revolcaba en su cieno como si fuese en ungüentos olorosos, y para que me enlodase más y estuviese más tenazmente pegado a su inmundicia, el enemigo invisible me hollaba con sus pies en medio de ella, y me detenía allí engañado, porque era yo muy fácil de engañar en esto. Mi madre, que ya habla huido del medio de Babilonia, pero que iba poco a poco en la retirada, aunque me había aconsejado la castidad, no cuido de reprimir mi matrimonio; si es que no pudiese por otros medios atajarse enteramente el daño que amenazaba lo que mi padre habla dicho de mi, y que ella conocía bien que ya entonces me era muy perjudicial, y en adelante debía ser para mi muy expuesto y peligroso. No procuró esto mi madre temiendo que con los lazos del matrimonio se frustrarían las esperanzas que de mi tenían; no digo la esperanza de la vida eterna que mi madre tenia puesta en Vos, sino la esperanza de mis adelantamientos en la carrera de los estudios, lo cual deseaban padre y madre con la mayor ansia; pero con esta diferencia, que aquél, pensando muy poco o nada en Vos, eran locuras y vanidades las que proyectaba acerca de mi; pero ésta consideraba que aquellos regulares y acostumbrados estudios de las ciencias, no sólo no me estorbarían, sino que también me ayudarían para conoceros algún día y poseeros. Así lo conjeturo, fundándome en lo que ahora me puedo acordar de las costumbres y genio de mis padres. También para el juego y otras diversiones me aflojaban las riendas más de lo que pide una severidad prudente y moderada, dejándomelas sueltas para otros varios afectos, pasiones, y en todas estas cosas habla una niebla oscura que me impedía ver la serenidad hermosa de vuestra verdad: y así de la abundancia de estos bienes abusaba yo, haciéndolos servir a la maldad.

Capítulo IV
De un hurto que hizo en compañía de otros

9. Vuestra ley, Señor, prohibe y castiga el hurto; y esta ley de tal modo está grabada en el corazón del hombre, que no hay maldad que baste para borrarla, porque ¿qué ladrón hay que pueda tolerar que otro le robe a él, aunque él esté abundante y el otro necesitado? pero no obstante eso, yo quise hacer un hurto y lo hice efectivamente, sin que a ello me moviese la necesidad ni la escasez, sino el tedio de la virtud y la abundancia de mi maldad, porque hurté una cosa de que yo estaba sobrado, y de mucho mejor especie y calidad que lo que hurté. Ni tampoco quería aprovecharme de lo que iba a hurtar, sino que mi gusto estaba únicamente en el mismo hurto y pecado. En una heredad, que estaba inmediata a una viña nuestra, habla un peral cargado de peras, que ni eran hermosas a la vista ni sabrosas al gusto. No obstante eso, juntándonos unos cuantos perversos y malisimos muchachos, después de haber estado jugando y retozan- do en las eras, como teníamos de costumbre, fuimos a deshora de la noche a sacudir el peral, y traemos las peras, de las cuales qui- tamos tantas, que todos veníamos muy cargados de ellas, no para comerlas nosotros, sino para arrojarlas después, o echarlas a los cerdos, aunque algo de ellas comimos. En lo que ejecutamos una acción que no tenia para nosotros de gustosa más que el sernos prohibida. Ved aquí patente y descubierto mi corazón, Dios mío: ved aquel mi corazón, del cual habéis tenido misericordia, estando él en un profundo abismo de maldad y miseria. Que os diga, pues, mi corazón ahora: ¿que es lo que allí buscaba yo o pretendía, para ser malo tan de balde, que mi malicia no tuviese otra causa que la malicia misma? Ella era abominable y fea, y no obstante yo la amaba: amé mi perdición, amé mi culpa; pero de tal modo, que lo que amé no era lo defectuoso sino el defecto mismo. ¡Torpe bajeza de un alma, que dejándoos a Vos, que sois el apoyo y fineza de su ser, busca su perdición y exterminio, y que no solamente apetece una cosa de que se ha de seguir afrenta o ignominia, sino que apetece y desea la ignominia misma!

CAPÍTULO V
Que ninguno peca sin algún motivo

10. No se puede negar que los cuerpos que tienen algún brillo y hermosura, como el oro, la plata y los demás, son agradables y graciosos a la vista: también
respecto del tacto es muy eficaz y poderoso aliciente la proporción y conformidad de una y otra carne; y a los demás sentidos les corresponde también su respectivo modo de tocar sus objetos que a cada uno le es propio y conveniente. Aun las honras temporales, la potestad de mandar y ser superior a otros, tienen su especie de hermosura y atractivo, de donde también nace como de su principio el deseo de la venganza; pero no obstante, para conseguir y gozar cualquiera de estas cosas, no se ha de salir, Señor, fuera de Vos, ni apartarse poco ni mucho de vuestra ley. La vida misma temporal que aquí gozamos, tiene sus halagos, dulzuras y atractivos, ya por un cierto modo de hermosura que ella en si tiene, ya por su correspondencia, conexión y enlace con todas las demás hermosuras inferiores. También es muy dulce y agradable la amistad humana, porque con el nudo del amor hace de muchas almas una sola. Por conseguir todas estas cosas y otras semejantes peca el hombre, cuando con inmoderada. inclinación a ellas, siendo así que son los bienes más bajos e inferiores que hay, deja los mayores y soberanas como so vuestra ve a Vos mismo, que sois nuestro Señor y nuestro Dios. Es cierto que todas estas cosas inferiores tienen y nos comunican algunos deleites, pero no como los de mi Dios, que creó todas las cosas, porque en Él se deleitan eternamente los justos, y Él es todas las delicias de los rectos de corazón.

11. Por eso, cuando se desea averiguar el motivo o causa que pudo haber para
cometerse algún delito, no suele darse por averiguado hasta que se descubre que pudo ser el apetito y deseo de aquellos vienes que hemos calificado de inferiores y últimos entre todos, o el miedo de perderlos, porque en la realidad son hermosos y agradables, aunque respecto de los otros superiores, eternos y soberanos bienes, sean viles y despreciables. Sucede que, alguno que comete un homicidio, ¿Que motivo tuvo? Que amaba y quería para si a la mujer del que m ato, o quería alzarse con la hacienda del difunto, o quería robarle algo con que poder vivir, o temió que el otro hiciese a el algunos de estos daños, o estaba ofendido de él anteriormente y le mató por vengarse. ¿Por ventura aquel hombre hubiera hecho el homicidio sin alguna causa y deleitándose solamente en el homicidio mismo? ¿Quién lo había de creer? Aun en aquel malvado y cruel hombre  de quien se dijo que era más malo y cruel cuando 10 era de balde y sin motivo, se señaló antes la causa de esto, diciendo: que lo hacía para que no se le entorpeciese con la ociosidad la mano o el corazón. Pero esto mismo, ¿para qué o por qué lo procuraba? Para que, ejercitándose en aquellas crueldades, se pudiese apoderar de la ciudad de Roma, y llegar a conseguir entonces sus honras, sus ejércitos y sus tesoros; y finalmente librarse del miedo y sujeción de las leyes y de los trabajos y molestias que padecía por la pobreza y escasez en que se hallaba, y por el conocimiento que tenia de sus maldades. Con que aun el mismo Catalina no amaba sus atrocidades por si mismas, amaba otras cosas, y para conseguir éstas ejecutaba aquéllas.

CAPÍTULO VI
Que todas las cosas que nos incitan a pecar con apariencia de bien, solamente en Dios es donde son verdaderos y perfectos bienes

12. Pues, miserable de mi, ¿qué fue lo que yo busqué en el hurto que ejecuté en aquella noche a los dieciséis años de mi edad? Porque tal maldad no puede en
si misma tener nada de hermoso que pueda halagar siquiera para hablar de ella.
Las peras que hurtamos, si que eran hermosas, porque al fin eran criatura vuestra. Señor, que sois hermosisimo sobre todas las cosas, Creador de todas ellas, Dios sumamente bueno y sumo bien, y bien mío verdadero. Hermosas eran aquellas peras, Señor; pero no era su hermosura y bondad lo que mi alma apetecía. Porque tenia yo abundancia de otras mejores, y aquéllas las cogí solamente por hurtar, pues luego que las tuve, las arrojé; comiendo de aquel hurto solamente la maldad, con que me divertía y alegraba. Porque si entró en mi boca algo de aquellas peras, solamente el delito y la maldad era lo que para mi gusto las hizo sazonadas y sabrosas. No obstante, ahora, Dios y Señor mío, indago y busco qué fue lo que en aquel hurto pudo deleitarme, y no hallo ni descubro en él hermosura ni bondad alguna. No digo tal hermosura y bondad como la que se halla en la justicia o en la prudencia; ni tampoco como la que se nota y advierte en el entendimiento del hombre, en la memoria, en los sentidos, en la vida vegetativa; ni como la bondad y hermosura de los astros con que se adornan los cielos, ni como la de la tierra y el mar llenos de sus mismas producciones, que por medio de la generación se van sucediendo las unas a las otras; pero ni aun siquiera como la falsa y aparente hermosura con que engañan los vicios al corazón del hombre.

13. Porque la soberbia procura remedar y parecerse a la excelencia y grandeza;
siendo Vos, Dios mío, el que únicamente sois grande y excelso sobre todas las cosas. Y la ambición, ¿qué busca sin honor y gloria, cuando Vos sois el único que debe ser honrado sobre todos, y eternamente glorificado? También la crueldad de las potestades quiere ser temida; pero ¿quién lo debe ser más que Dios, de cuyo poder ninguna cosa hay que pueda librarse ni escaparse?, o ¿cuándo, en dónde, por quién, ni cómo puede? Las halagüeñas delicias de la sensualidad incitan a que las amen; pero no hay cosa alguna más deliciosa que vuestro amor y caridad, ni que se ame más útil y saludablemente que vuestra verdad, cuya belleza y resplandor no admite comparación alguna. La curiosidad parece que intenta saberlo todo, cuando sois Vos el único que lo sabe perfectisimamente. Hasta la ignorancia, tontería y necedad quiere cubrirse con el nombre de sencillez e inocencia; pero así como nada hay más sencillo que Vos, tampoco puede haber cosa alguna más inocente que Vos; pues aun a los malos pecadores nada les hace mal y daño sino sus malas obras. La pereza pretende tranquilidad y quietud; pero ¿qué quietud hay cierta fuera del Señor? La superfluidad y lujo quiere tener el nombre de hartura y abundancia; pero Vos sois solamente la plenitud y abundancia indefectible de eternas suavidades. La prodigalidad y profusión aparenta y quiere ser un bosquejo de la liberalidad; pero Vos sois verdaderamente el único dador liberalismo de todos los bienes. La avaricia quiere poseer muchas riquezas, siendo Vos quien las posee todas. La envidia solicita excelencia y singularidad, y ¿qué cosa puede haber tan excelente como Vos? La ira pretende venganzas; pero ¿quién se venga más justamente que Vos? El temor hace al hombre que se espante con los acontecimientos repentinos y extraordinarios, cuando éstos son contrarios a las cosas que ama, y cuya seguridad desea; pero ¿qué cosa hay nueva o extraordinaria ni repentina o imprevista para Vos?, o ¿quién tiene poder para quitaros lo que amáis?, o ¿en dónde sino en Vos está la verdadera e indefectible seguridad? La tristeza nos consume con la pena y sentimiento de haber perdido aquellos bienes con que nos deleitábamos, porque no quisiéramos perderlos nunca, as!como a Vos nada se os puede quitar.

14. Ve aquí cómo el alma se hace delincuente, cuando se aparta de Vos, y busca fuera de Vos aquellos bienes que no los puede hallar cabales y sin mezcla hasta que se vuelve a Vos. Así todos los que de Vos se rebelan contra Vos, tiran a imitaros, aunque perversamente: y aun limitándose así y contrahaciendo tan mal vuestras perfecciones, muestran que Vos sois el autor de la naturaleza: y prueban, por consiguiente, que no hay donde poderse esconder ni retirarse enteramente de Vos. Pues en aquel hurto, ¿qué bondad o hermosura fue la que yo amé?, ¿y qué hubo en aquella acción en que pudiese yo imitar a mi Dios y Señor, aunque mala y perversamente?, ¿por ventura el gusto de entonces tuve consistía en que obraba contra vuestra ley, atribuyéndome un poder falso y fingido pues no podía ejecutarlos con verdadera y legitima autoridad, para imitar de este modo. Siendo un vil esclavo, una parte de vuestra libertad e independencia , por cuanto obraba impunemente lo que no era licito, en lo que se descubre alguna sombra de poder absoluto y oscura semejanza de vuestra omnipotencia? Esto es como si un esclavo huyera de su señor y no cesara de seguir su sombra ¡Oh corrupción humana!¡Oh vida monstruosa!¡Oh abismo de la muerte!¿Es posible que pudo deleitarme lo que no era licito, no por otra causa sino porque no era licito?

CAPITULO VII
Da gracias a Dios porque le ha perdonado sus pecados y porque le ha preservado de otros muchos

15. ¿Con qué agradecer al Señor poder ahora acordarme de estas cosas sin que mi alma se atemorice ya ni tenga que temer por causa de ellas? Ameos yo, Señor, y no cese de daros gracias y bendiga vuestro santo nombre, porque me perdonasteis tantas malas obras y tan abominables y perversas. A vuestra gracia y misericordia atribuyo que hayáis deshecho mis pecados como se deshace el hielo, y también os debo atribuir el haberme librado de cuantas malas obras dejé de hacer ¿Y qué mal no pude hacer yo, que de balde y sin motivo alguno ame la maldad? Yo confieso que Vos me perdonasteis todos mis pecados, ya los que libre y espontáneamente cometí ya lo s que guiado de vuestra gracia deje de cometer ¿Qué hombre hay que, si atiende y reconoce su fragilidad, se pueda atribuir osadamente a si mismo su castidad e inocencia, para inferir de aquí que está menos obligado a amaros, como si él hubiera tenido menos necesidad de vuestra misericordia que los otros a quienes perdonasteis sus pecados por su verdadera conversión y penitencia Por lo cual, el que llamado de Vos siguió vuestro llamamiento, y evitó aquellos desordenes que él sabe ahora de mi mismo y que confieso haber ejecutado, no se burle de mi porque estuve enfermo, y me sanó aquel mismo que le preservé a él para que no enfermase, o por mejor decir, para que enfermase menos; y así os debe amar tanto y aún más que yo, pues ve que el mismo remedio con que yo sané de las dolencias de mis pecados es el que le ha preservado a él de haberlas padecido.

CAPITULO VIII
El gusto de obrar mal en compañía de otros fue lo que le movió a hacer aquel hurto

16. ¡Qué utilidad tuve yo, miserable de mi, en aquellas obras en que ahora me avergüenzo al acordarme de ellas, y especialmente en aquel hurto, en que no amé otra cosa sino el hurto mismo? Nada amé más que eso, siendo eso mismo también nada, y yo más infeliz por eso mismo. Mas, no obstante, yo solo no hubiera hecho aquel hurto, según me acuerdo ahora dcl animo e intención que entonces tenia. Y, pues, deseé también allí la compañía de los otros delincuentes con quienes le hice, no será cierto que nada amé en el hurto sino el hurto mismo; antes bien se ha de inferir que amé otra nada, porque también aquello nada es. ¿Qué ser es el que tiene en realidad de verdad? Pero ¿quién hay que pueda enseñarme acerca de esto que se me ofrece ahora preguntar y averiguar, sino el que ilumina mi entendimiento y aparta las tinieblas de ignorancia que hay en él? Si yo hubiera amado entonces aquellas peras que hurte, y hubiera deseado aprovecharme de ellas, pudiera también haberlas hurtado solo, contentándome con aquella especie de iniquidad que bastase a cumplir mi gusto, y no hubiera encendido o avivado mi apetito con la unión de voluntades y de ánimos de mis cómplices y compañeros. Mas no teniendo yo gusto ni deleite alguno en aquellas peras, le tenia en hacer aquel mal, acompañado de los otros, que cooperaban a el junto conmigo.

CAPÍTULO IX
De lo perjudicial y contagiosa que es la mala compañía

17. ¿Qué venia a ser este desordenado afecto de mi alma? Él sin duda era excesivamente malo y feo; y el daño era para mi, que le tema en mi alma. Pero al fin, ¿qué era él en si mismo? ¡Ah!¿quién hay que conozca bien todos los pecados? Era una grande gana de reír y celebrar entre nosotros con mucha complacencia de nuestro corazón que engañábamos y burlábamos a los dueños
de las peras, que estaban muy ajenos de pensar lo que hacíamos, y teman vehemente repugnancia a que lo hiciéramos. Pues ¿cómo yo tema mi deleite y gusto en no ejecutar]o solo? ¿Será acaso porque ninguno a solas se ríe con gusto ni facilidad? Es cierto que así sucede comúnmente; mas no obstante eso, la risa suele alguna vez vencer a los hombres, aunque estén solos, cuando les ocurre a la imaginación o los sentidos alguna especie muy digna de reírse. Pero ello es cierto que si yo hubiera estado solo, no hubiera hecho aquel hurto. Bien sabéis Vos, Dios mío, que esto es puntualmente lo que me dicta mi conciencia y me recuerda mi memoria acerca de aquel hecho. Yo solo no hubiera cometido aquel hurto, en que no me complacía en lo que hurtaba, sino el hurtar, lo cual tampoco me hubiera dado gusto hacer a mis solas, y así no lo hubiera hecho. ¡Oh amistad enemiga y perniciosa!, engaño imperceptible del alma, ansia de hacer mal por modo de juego o fiesta y apetito del daño ajeno, sin pretender en ello alguna utilidad y sin deseo alguno de venganza, sino solamente porque algunos digan: Vamos, hagamos, pues da entonces vergüenza el no ser desvergonzado.

Capitulo X
Que todo el bien esta en Dios

18. ¿Quien podrá desenredar y aclarar esta retorcididisima y enredadisima complicación de nudos? Ciertamente que esta fea y horrorosa; no quiero mirarla ni tampoco verla, Solo a Vos quiero atender y mirar, justicia e inocencia cuya hermosura y pureza roba la atención de las almas castas; a Vos, que las embriagáis con tales delicias, que saciándose con ellas, nunca quedan hartas. En Vos es donde se halla perfectisimamente el descanso y la vida perpetua e inalterable. Los que entran a ser participantes de ella, entran en la alegría de su Señor, sin tener ya que temer ni que desear: pues se hallan sumamente bien en el Bien sumo. Yo me aparté de Vos, Dios mío, y anduve errante y descaminado, muy lejos de vuestra firmeza y estabilidad, durante mi juventud: y de este modo llegué a hacerme a mi mismo una solitaria región y país desierto, donde reinan la pobreza y la necesidad.

Libro III
CAPITULO I

1. Vine a Cartago y caí como en una caldera hirviente de amores pecaminosos. Aún no amaba yo, pero quería ser amado y, con una secreta indigencia me odiaba a mí mismo por menos indigente. Ardía en deseos de amar y buscaba un objeto para mi amor. Quería ser amado, pero odiaba la seguridad de un camino sin trampas ni celadas. Tenía hambre intensa de un alimento interior que no era otro sino tú, mi Dios; pero con esa hambre no me sentía hambriento, pues me faltaba el deseo de los bienes incorruptibles. Y no porque los tuviera; simplemente, mientras más miserable era, más hastiado me sentía. Por eso mi alma, enferma y ulcerosa, se proyectaba miserablemente hacia afuera, ávida del halago de las cosas sensibles. Algún alma deben de tener las cosas, pues si no, no serían amadas. Dulce me era, pues, amar y ser amado; especialmente cuando podía disfrutar del cuerpo amado.

2. Así manchaba yo con sórdida concupiscencia la clara fuente de la amistad y nublaba su candor con las tinieblas de la carnalidad. Sabiéndome odioso y deshonesto, trataba en mi vanidad de aparecer educado y elegante. Me despeñé en un tipo de amor en que deseaba ser cautivo. ¡Dios mío, misericordia mía!¡Con cuántas hieles me amargaste, en tu bondad, aquellas malas suavidades!Porque mi amor fue correspondido y llegué hasta el enlace secreto y voluptuoso y con alegría me dejaba atar por dolorosos vínculos: fui azotado con los hierros candentes de los celos y las sospechas, los temores, las iras y las riñas.

CAPITULO II

1. Me apasionaban entonces los espectáculos teatrales, tan llenos de las miserias que yo tenía y de los fuegos que me quemaban. ¿Por qué será el hombre tan amigo de ir al teatro para sufrir allí de lutos y tragedias que por ningún motivo querría tener en su propia vida? Lo cierto es que le encantan los espectáculos que lo hacen sufrir y que se goza en este sufrimiento. Pero, ¿no es esto una insanía miserable? Porque la verdad es que tanto más se conmueven las gentes cuanto menor sanidad hay en sus sentimientos y, que tiene por miseria lo que ellos mismos padecen, mientras llaman misericordia su compasión cuando eso mismo lo padecen otros. Pero, ¿qué misericordia real puede haber en fingidos dolores de escenario? Pues el que asiste no es invitado a prestar remedio a los males, sino solamente a dolerse con ellos y, mayor es el homenaje que rinde a los actores del drama cuanto mayormente sufre. Y si tales calamidades, o realmente sucedidas antaño o meramente fingidas ahora no lo hacen sufrir lo suficiente, sale del teatro fastidiado y criticando; al paso que si sufre mucho se mantiene atento y goza llorando.

2. ¿Cómo es posible amar así el dolor y las lágrimas? Porque el hombre naturalmente tiende a ser feliz. ¿Será acaso, que si a nadie le gusta ser él mismo miserable, a todos nos agrada ser compasivos con la miseria? Puede ser; sin el dolor y la miseria es imposible la misericordia y, entonces, por razón de ésta se llegan a amar la miseria y el dolor. ¿Qué otra causa podría haber? Una simpatía semejante procede, a no dudarlo, del manantial de la amistad. Pero, ¿a dónde va esa corriente, a dónde fluye? ¿Por qué va a dar ese torrente de pez hirviendo con los terribles calores de todas las pasiones de la tierra? ¿Por qué de su propio albedrío se convierte en él la amistad, desviada y rebajada de su serenidad celeste? Y sin embargo, cierto es que no podemos repudiar la misericordia: es necesario que amemos alguna vez el sufrimiento.

3. Pero guárdate bien, alma mía, de la inmundicia, guárdate de ella, bajo la tutela de tu Dios, del Dios de nuestros padres, excelso y laudable por todos los siglos (Dn 3, 52). No es que me falte ahora la misericordia; pero en aquellos días gozaba yo con ver en el teatro a los amantes que criminalmente se amaban , aun cuando todo aquello fuera imaginario y escénico. Cuando el uno al otro se perdían me ponía triste la compasión; pero me deleitaba tanto en lo uno como en lo otro. Muy mayor misericordia siento ahora por el que vive contento con el vicio, que no por el que sufre grandes penas por la pérdida de un pernicioso placer y una mentida felicidad. Este tipo de misericordia es de cierto mucho más verdadero, precisamente porque en ella no hay deleite en el dolor. Si es laudable oficio de caridad compadecer al que sufre, un hombre de veras misericordioso preferiría con mucho que no hubiera nada que compadecer. Absurdo sería hablar de una "benevolencia malévola", pero este absurdo sería necesario para que un hombre pudiera al mismo tiempo ser en verdad misericordioso y desear que haya miserables para poderlos compadecer.

4. Hay pues dolores que se pueden admitir, porque son útiles; pero el dolor en sí no es digno de amor. Esto es lo que pasa contigo, mi Dios y Señor, que amas las almas de tus hijos con amor más alto y más puro que el nuestro; la tuya es una misericordia incorruptible y, cuando nos compadeces, nuestro dolor no te lastima. ¿Quién en esto como tú? Pero yo amaba entonces el dolor de mala manera y me buscaba lo que pudiera hacerme padecer. Reperesentando un padecimiento ajeno, fingido y teatral, tanto más me gustaba el actor cuanto más lágrimas me hacía derramar. ¿Qué maravilla, entonces, si como oveja infeliz e impaciente de tu custodia, me veía cubierto de fealdad y de roña? De ahí me venía esa afición al sufrimiento. Pero no a sufrimientos profundos, que para nada los quería; sino sufrimientos fingidos y de oído que solo superficialmente me tocaban. Y como a los que se rascan con las uñas, me venía luego ardiente hinchazón, purulencia y horrible sangre podrida. ¡Santo Dios!¿Esa vida era vivir?

CAPITULO III

1. Pero tu misericordia fidelísima velaba por mí y me rodeaba. ¡En cuántas iniquidades me corrompí, llevado por una sacrílega curiosidad, hasta tocar el fondo de la infidelidad en engañoso obsequio a los demonios, a quienes ofrecía como sacrificio mis malas obras!Y en todo eso tú me flagelabas. Un día llegó mi atrevimiento hasta el punto de alimentar dentro de tu misma casa, durante la celebración de tus sagrados misterios, pensamientos impuros, maquinando como llevarlos a efecto y conseguir sus frutos de muerte. Pero tú me azotaste con pesados sufrimientos que, con ser muy pesados, no eran tan grandes como la gravedad de mi culpa, ¡oh Dios de inmensa misericordia!¡Tú, mi Dios, que eres mi refugio y me defiendes de esos terribles enemigos míos entre los cuales anduve vagando con la cabeza insolentemente engallada, cada vez más lejos de ti, en mis caminos y no en los tuyos, tras del señuelo de una libertad mentida y fugitiva!

2. Aquellos estudios míos, estimados como muy honorables, me encaminaban a las actividades del foro y sus litigios, en los cuales resulta más excelente y alabado el que es más fraudulento. Tanta así es la ceguera humana, que de la ceguera misma se gloría. Yo era ya mayor en la escuela de Retórica. Era soberbio y petulante y tenía la cabeza llena de humo, pero era más moderado que otros, como tú bien lo sabes; porque me mantenía alejado de los abusos que cometían los "eversores", cuyo nombre mismo, siniestro y diabólico era temido como signo de honor. Entre ellos andaba yo con la imprudente vergüenza de no ser como ellos. Entre ellos andaba y me complacía en su amistad, aun cuando su comportamiento me era aborrecible, ya que persistentemente atormentaban la timidez de los recién llegados a la escuela con burlas gratuitas y pesadas en que ellos hallaban su propia alegría. Nada tan semejante a esto como las acciones de los demonios y, por eso, nada tan apropiado como llamarlos "eversores", derribadores. Burlados y pervertidos primero ellos mismos por el engaño y la falsa seducción de los espíritus invisibles, pasaban luego a burlarse y a engañar a los demás. 
Las "eversiones" eran en tiempo de San Agustín lo que ahora entre nosotros han sido las "novatadas" estudiantiles; molestias y humillaciones con que los estudiantes antiguos reciben a los recién llegados. La eversión (derribamiento) consistía, según autorizadas opiniones, en que un estudiante mayor inducía al novato a una animada conversación. Cuando el novato estaba ya confiado y descuidado, otro eversor se le ponía por detrás a cuatro manos y el novato era derribado de un brusco empujón.

CAPITULO IV

1. Era pues en medio de tales compañías cómo estudiaba yo la elocuencia en los libros con la finalidad condenable de conseguir los goces de la vanidad humana. Y así sucedió que siguiendo el curso normal de los estudios conocí un libro de un cierto Cicerón cuya lengua admiran todos aunque no así su ánimo. En este libro titulado Hortensio encontré una exhortación a la filosofía. El libro cambió mis sentimientos y enderezó a ti mis pensamientos y mudó del todo mis deseos y mis anhelos. De repente todas mis vanas esperanzas se envilecieron ante mis ojos y empecé a encenderme en un increíble ardor del corazón por una sabiduría inmortal. Con esto comencé a levantarme para volver a ti. Con su lectura no buscaba ya lo que a mis diecinueve años y muerto ya mi padre hacía dos, compraba yo con el dinero de mi madre; es decir, no me interesaba ya pulir mi lenguaje y mejorar mi elocuencia; sino que encontraba el libro sumamente persuasivo en lo que decía.

2. ¡Qué incendios los míos, Señor, por volar hacia ti lejos de todo lo terrenal!No sabía yo lo que estabas haciendo conmigo tú, que eres la Sabiduría. "Filosofía" llaman los griegos al amor de la sabiduría y, en ese amor me hacían arder aquellas letras. Cierto es que no faltan quienes engañan con la filosofía, cubriendo y coloreando sus errores con ese nombre tan digno, tan suave y tan honesto. Pero todos estos seductores, los de ese tiempo y los que antes habían sido, eran en ese libro censurados y mostrados por lo que en verdad son y se manifiesta en él, además, aquella saludable admonición que tú nos haces por medio de tu siervo bueno y pío: "Cuidaos de que nadie os engañe con la filosofía y una vana seducción según las tradiciones y elementos de este mundo y no según Cristo, en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad"(Cil 2, 8-9).

3. Bien sabes tú, luz de mi corazón, que en esos tiempos no conocía yo aún esas palabras apostólicas, pero me atraía la exhortación del Hortensius a no seguir esta secta o la otra, sino la sabiduría misma, cualquiera que ella fuese.Esta sabiduría tenía yo que amar, buscar y conseguir y el libro me exhortaba a abrazarme a ella con todas mis fuerzas. Yo estaba enardecido. Lo único que me faltaba en medio de tanta fragancia era el nombre de Cristo, que en él no aparecía. Pues tu misericordia hizo que el nombre de tu Hijo, mi Salvador, lo bebiera yo con la leche materna y lo tuviera siempre en muy alto lugar; razón por la cual una literatura que lo ignora, por verídica y pulida que pudiera ser, no lograba apoderarse de mí.

CAPITULO V

Por todo esto me decidí a leer las Sagradas Escrituras, para ver cómo eran. Y me encontré con algo desconocido para los soberbios y no comprensible a los niños: era una verdad que caminaba al principio con modestos pasos, pero que avanzaba levantándose siempre más, alcanzando alturas sublimes, toda ella velada de misterios. Yo no estaba preparado para entrar en ella, ni dispuesto a doblar la cerviz para ajustarme a sus pasos. En ese mi primer contacto con la Escritura no era posible que sintiera y pensara como pienso y siento ahora; como era inevitable, me pareció indigna en su lenguaje, comparada con la dignidad de Marco Tulio. Mi vanidosa suficiencia no aceptaba aquella simplicidad en la expresión; con el resultado de que mi agudeza no podía penetrar en sus interioridades. Era aquella una verdad que debía crecer con el crecer de los niños, pero yo me negaba resueltamente a ser niño. Hinchado de vanidad me sentía muy grande.

CAPITULO VI

1. Entonces fui a dar entre hombres de una soberbia delirante , muy carnales y excesivamente locuaces en cuya boca se mezclaban en diabólico mejunje las voces de tu nombre, del de tu Hijo Jesucristo y las del Espíritu Santo. Estos nombres no se les caían de la boca, pero no eran sino sonido puro, modulación de la lengua, pues su corazón estaba árido y vacío. "¡Verdad, verdad!", gritaban siempre y a mí me lo dijeron muchas veces, pero no había en ellos verdad ninguna. Decían cosas aberrantes no tan sólo de ti que eres la verdad, sino también de los elementos de este mundo que tú creaste. Debí dejar de lado a filósofos que no todo lo equivocaban y lo hice por amor a ti, Padre mío, Sumo Bien, hermosura ante quien palidece toda hermosura. ¡Oh verdad, verdad purísima!¡Con cuánta violencia suspiraban por ti mis entrañas cuando ellos me hablaban de ti con sola la voz, en muchos y voluminosos libros!Eran bocados en los que se ofrecían a mi hambre y mi sed de ti el sol y la luna, obras tuyas ciertamente hermosas, pero que no son tú y, ni siquiera las primeras entre tus obras, ya que creaste primero los seres espirituales y sólo enseguida los corporales. Hermosos como éstos pueden ser, no son los que primero pusiste en el ser.

2. Pero tampoco de esas nobles criaturas primeras eran mi hambre y mi sed, sino sólo de ti, que eres la verdad; verdad en la que no hay mudanza ni asomo de vicisitud (St 1, 17). Pero se me seguían ofreciendo como alimento fantasmas espléndidos. Mejor era el sol, verdad de nuestros ojos, que no aquellos espejismos, verdaderos sólo para el alma que se deja engañar por los sentidos. Yo aceptaba todo eso porque pensaba que eras tú; pero no comía tales platillos con avidez, pues no me sabían a nada; el sabor no era el tuyo, no te sentía yo como realmente eres. Tú no estabas en aquellos vanos fragmentos que no me alimentaban sino que me agotaban. Como los alimentos que se comen en sueños, que se parecen mucho a los que el hombre come despierto, pero que no alimentan al que dormido sueña. Pero esos sueños en nada se parecían a lo que ahora sé que eres tú; eran fantasmas corpóreos, mucho menos ciertos que los cuerpos reales que vemos en los cielos y en la tierra. Así como los animales terrestres y las aves, que son más ciertos en sí que en nuestra imaginación. Pero aún estas imaginaciones infinitas, que a partir de ellas fantaseamos nosotros y que no tienen realidad alguna. Y éste era el tipo de fantasías de que yo entonces me apacentaba.

3. Pero tú, amor mío, en quien soy débil para ser fuerte, no eres ninguno de esos cuerpos que vemos en la tierra y en el cielo; ni tampoco los que no vemos allí porque tú las creaste; pero en situaciones eximias de tu creación. ¡Qué lejos estabas, pues, de aquellos fantasmas míos, fantasmas corpóreos, totalmente privados de existencia! Más ciertas que ellos son las imágenes de cuerpos que en realidad existen y más reales que éstas son los cuerpos mismos, pero nada de eso eres tú. Tampoco eres el alma que da vida a los cuerpos y por eso es mejor y más cierta que los cuerpos, la vida. Tú, en cambio, eres la vida de las almas, vida de toda vida; vida tú mismo, indefectible vida. ¿Dónde estabas entonces, Señor, tan lejos de mí? Pues yo vagaba lejos de ti y de nada me servían las bellotas de los cerdos (Lc 15, 16) que con bellotas apacentaba yo. ¡Cuánto mejores eran las fábulas de los gramáticos y los poetas, que todos esos engaños!Porque los versos y los poemas, como aquella Medea que volaba en carro tirado por dragones (Ovidio, Metamorfosis VII, 219-236), son de cierto más útiles que aquellos cinco elementos de diversa manera coloreados para luchar con los cinco antros de las tinieblas, que ninguna existencia tienen y dan la muerte a quien en ellos cree. Porque los versos y los poemas alguna relación tienen con lo real y, si yo cantaba a Medea volante, no afirmaba lo que cantaba y cuando otros lo cantaban yo no lo creía. En cambio, sí que creí en aquellas aberraciones. ¡Ay!¡Por qué escalones fui bajando hasta lo profundo del infierno!Te lo confieso ahora a ti, que me tuviste misericordia cuando aún no te confesaba: acongojado y febril en mi indigencia de verdad, yo te buscaba; pero no con la inteligencia racional que nos hace superiores a las bestias, sino según los sentimientos de la carne. Y tú eras interior a mi más honda interioridad y superior a cuanto había en mí de superior. Entonces tropecé con aquella hembra audaz y falta de seso, enigma de Salomón, que sentada a su puerta decía: "Comed con gusto mis panes ocultos, bebed de mi agua furtiva y sabrosa". Tal hembra me pudo seducir porque me encontró fuera de mí mismo, habitando en el ámbito de mis ojos carnales, pues me la pasaba rumiando lo que con los ojos había devorado. La secta de los maniqueos, fundada por el persa Urbicus, que luego se llamó Manes. Además, "Manes", en griego, significa "delirante, furioso". Los maniqueos decían que existe un principio eterno bueno y otro principio eterno malo; que de la lucha entre ambos nació una mezcla de bien y de mal, que es Dios y de la cual se formó el mundo; y decían que en todas las cosas está presente y mezclada la naturaleza de Dios.
Los maniqueos decían que la creación consta de cinco elementos buenos, derivados del eterno principio bueno y otros cinco malos, derivados del malo. Los malos eran el humo, las tinieblas, el fuego, el agua y el viento; y en la lucha entre ellos resultó una mezcla de bien y de mal, que es la naturaleza misma de Dios. Decían que los animales bípedos, incluso el hombre, fueron engendrados en el humo; en el fuego los cuadrúpedos, en el agua los peces y en el aire los volátiles. Todo esto lo atribuían a la sustancia del mal y, a Dios, la bondad de los buenos elementos.

CAPITULO VII

1. Desconocía yo entonces la existencia de una realidad absoluta y, estimulado por una especie de aguijón, me fui a situar entre aquellos impostores que me preguntaban en qué consiste el mal, si Dios tiene forma corporal, cabellos y uñas, si pueden tenerse por justos los hombres que tienen muchas mujeres y matan a otros hombres y sacrifican animales. Dada mi ignorancia, estas cuestiones me perturbaban; pues no sabía yo entonces que el mal no es sino una privación de bien y se degrada hasta lo que no tiene ser ninguno. ¿Y cómo podía yo entender esto si mis ojos no veían sino los cuerpos y mi mente estaba llena de fantasmas?
Totalmente ignoraba yo que Dios es un ser espiritual; que no tiene masa ni dimensiones ni miembros. La masa de un cuerpo es menor en cualquiera de sus partes que en su totalidad y aun cuando se pensara en una masa infinita, ninguna de sus partes situadas en el espacio igualaría su infinidad y, así, un ser cuanto que no es espiritual como Dios, no puede estar totalmente en todas partes. Ignoraba también qué es lo que hay en nosotros por lo cual tenemos alguna semejanza con Dios, pues fuimos creados, como dice la Escritura, a su imagen y semejanza.

2. Tampoco sabía en que consiste la verdadera justicia interior, que no juzga según las ideas corrientes sino según la ley de Dios todopoderoso, a la cual deben acomodarse las costumbres de los pueblos y el andar de los días conforme a los pueblos y a los tiempos; justicia vigente en todo tiempo y lugar, no una aquí y otra allá, una en un tiempo y diferente en otro. Justicia según la cual fueron justos Abraham e Isaac, Moisés y David y tantos otros que fueron alabados por Dios mismo; aunque ahora no los tienen por justos esos imperitos que con cerrado criterio juzgan de las costumbres del género humano con la medida de sus propias costumbres y de su limitada y precaria experiencia. Los tales son como un hombre que no sabiendo nada de armaduras ni qué pieza es la que conviene para cada parte del cuerpo, pretendiera ponerse la greba en la cabeza y calzarse con el yelmo y luego se quejara de que la armadura no le queda. O como si alguien se enojara de que en un día festivo se le prohíba vender por la tarde lo que podía vender por la mañana o le molestara que el que sirve las copas no pueda tocar con la mano lo que otro criado puede tocar; o mal le pareciera que se prohíba hacer en el comedor lo que puede hacer en el establo. Como si no vieran todos los días que en la misma casa y en el mismo tiempo no toda cosa es conveniente para cualquier miembro de la familia; que algo permitido a cierta hora no lo es ya en la hora siguiente y lo que se puede permitir o mandar en un lugar de la casa no se puede ni mandar ni permitir en otro. Tales son los que se indignan de que en pasados tiempos hayan sido permitidas a los justos cosas que ahora son ilícitas y de que Dios haya mandado a éstos y a aquellos, diferentes cosas en razón de los tiempos, siendo así que unos y otros fueron servidores de la misma justicia.

3. ¿Se dirá acaso que la justicia es algo que cambia? No. Pero sí lo son los tiempos sobre los que ella preside, que no por nada se llaman "tiempos". Los hombres, cuya vida sobre la tierra es tan breve, no pueden comprender bien las causas que entraban en juego en siglos pasados y en la vida de pueblos diferentes; no están en condiciones, entonces, de comparar lo que no conocieron con lo que sí conocen. En una misma casa y en un mismo tiempo, fácilmente pueden ver que no todo conviene a todos; que hay cosas congruentes o no, según los momentos, los lugares y las personas. Pero este discernimiento no lo tienen para las cosas del pasado. Se ofenden con ellas, mientras todo lo propio lo aprueban. Esto no lo sabía yo entonces, ni lo tomaba en consideración. Las cosas me daban en los ojos, pero no las podía ver. Y sin embargo entendía yo bien que al componer un canto no me era lícito poner cualquier pie en cualquier lugar, sino que conforme al metro que usara, así debía ser la colocación de los pies, éste aquí y éste allá. La prosodia que regía mis composiciones era siempre la misma; no una en una parte del verso y otra en otra, sino un sistema que todo lo regulaba.
Y con esto, no pensaba yo en que tu justicia, a la cual han servido los hombres justos y santos, tenía que ser algo todavía más excelente y sublime, en que todo se encierra: las cosas que Dios mandó para que nunca variaran y otras que distribuía por los tiempos, no todo junto, sino según lo apropiado a cada uno. Y en mi ceguera reprendía a aquellos piadosos patriarcas que no solamente se acomodaron a lo que en su tiempo les mandaba o inspiraba Dios sino que bajo divina revelación preanunciaron lo que iba a venir.

CAPITULO VIII

1. ¿Hay por ventura un tiempo o un lugar en que sea o haya sido injusto amar a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas y con toda el alma y al prójimo como a uno mismo? De manera semejante, las torpezas que van contra naturam, como las de los sodomitas, han de ser siempre aborrecidas y castigadas. Y aun cuando todos los pueblos se comportaran como ellos, la universalidad del delito no los justificaría; serían todos ellos reos de la misma culpa ante el juicio de Dios, que no creó a los hombres para que de tal modo se comportaran. Se arruina y se destruye la sociedad, el trato que con Dios debemos tener cuando por la perversidad de la concupiscencia se mancilla esa naturaleza cuyo autor es él mismo. Pero cuando se trata de costumbres humanas los delitos han de evitarse conforme a la diversidad de esas costumbres; de manera que ningún ciudadano o extranjero viole según el propio antojo lo que la ciudad ha pactado con otros pueblos o que está en vigor con la
firmeza de la ley o de la costumbre. Siempre es algo indecoroso la no adecuación de una parte con el todo a que pertenece. Pero cuando Dios manda algo que no va con la costumbre o con los pactos establecidos hay que hacerlo, aunque nunca antes se haya hecho; hay que instituirlo aunque la institución sea
del todo nueva. Pues si un rey puede en su ciudad mandar algo no antes mandado por los anteriores reyes ni por él mismo, la obediencia al nuevo mandamiento no va contra la estructura de la ciudad; es algo universalmente admitido que los ciudadanos han de obedecer a sus reyes. ¡Con cuánta mayor razón se debe a Dios, rey de todas las criaturas, una obediencia firme y sin vacilaciones!Pues así como en las sociedades humanas la potestad mayor se impone ante las potestades menores, así también toda humana potestad debe subordinarse al mandar de Dios.

2. Pero otros delitos hay que se cometen por la voluntad de dañar, sea con afrentas o injurias, o con ambas cosas a la vez; por deseo de vengarse de algún enemigo o con la intención de adquirir algo que no se tiene, como lo hace el ladrón con el viandante; o por evitar algún mal de parte de alguien que inspira temor; o por envidia como la que tiene el mísero para con el que está en mejor situación y en algo ha prosperado; o como la que tiene éste cuando teme que otro le iguale, o se duele porque ya le igualó; o también por el mero placer del mal ajeno, como lo tienen los que van a ver a los gladiadores; o por simple mal ánimo, como el de los que hacen burlas y sarcasmos al prójimo. Estos son los principios capitales de la iniquidad. Se derivan de la desordenada concupiscencia de dominar, de ver y de sentir: o de una de éstas, o de dos, o de las tres. Y así, ¡oh Dios excelso y dulcísimo!, se vive mal, en contrariedad con los tres y los siete mandamientos de tu decálogo, el salterio de diez cuerdas (Sal 21,2).

3. Pero, ¿qué malicia puede haber en ti, incorruptible como eres? ¿o qué crimente puede dañar, siendo como eres inaccesible al mal? Con todo, tú castigas lo que los hombres se hacen entre ellos de malo; porque cuando pecan
contra ti se perjudican ellos mismos. La iniquidad se miente a sí misma (Sal 26, 12), cuando corrompe y pervierte la naturaleza que tú creaste y ordenaste, o usando sin moderación de las cosas permitidas, o ardiendo en deseos de lo no permitido en un uso contra naturam (Rm 1,26), o se hacen los hombres reos de rebeldía contra ti en su ánimo y en sus palabras, dando patadas contra el aguijón (Hch 9,5); o, finalmente, cuando en su audacia rompen los lazos y traspasan los límites de la sociedad humana y se gozan en privados conciliábulos o en privados despojos, al azar de sus gustos y resentimientos.

4. Todo esto sucede cuando los hombres te abandonan a ti, que eres la fuente de la vida, el verdadero creador y gobernador del universo; cuando la soberbia personal ama una parte del todo haciendo de ella un falso todo. Es así como por el camino de una piadosa humildad regresamos a ti y tú nos purificas de nuestros malos hábitos y te muestras propicio para los que te confiesan sus pecados, escuchas los gemidos de los que están presos con los pies en los grilletes y nos sueltas de las cadenas que nosotros mismos nos forjamos. Pero esto lo haces sólo cuando ya hemos renunciado a envalentonarnos ante ti con la afirmación de una falsa libertad, con la avaricia de tener más o el temor de perderlo todo, amando así más lo nuestro que a ti, supremo bien de todos.

CAPITULO IX

Entre tantas torpezas y crímenes como hay y entre tanta abundancia de maldad se da también el caso de los pecados en que caen los que van ya avanzando en el camino espiritual. Tales pecados son de reprobar desde el punto de vista de la perfección, pero hay también en ellos algo estimable, como es estimable el trigo verde, en el cual hay esperanzas ciertas de futuros panes.
Pero hay acciones que parecen crimen o torpeza y no lo son, porque ni te ofenden a ti ni rompen el consorcio de la sociedad humana, pues de alguna manera se concilian con lo que es congruente en un tiempo dado. Como cuando se procuran determinados bienes que son útiles para las necesidades de la vida en un momento dado, pero queda incierto si hubo o no hubo en eso una reprensible codicia de poseer; o como cuando la autoridad competente castiga con severidad algo con la idea de corregir los abusos, pero queda incierto si no se mezcló en eso algún secreto deseo de dañar. Hay, pues, cosas que el sentir general de los hombres tiene por reprensible, pero que tú no reprendes; así como hay otras que los hombres alaban pero tú condenas. No siempre coinciden la apariencia exterior de los hechos con el ánimo y la intención no conocida de quien los hace. Pero como yo ignoraba estas cosas hacía burla de aquellos servidores tuyos y profetas; con lo cual sólo conseguía que tú te burlaras de mí. Poco a poco fui derivando a tonterías tales como la de creer que un higo sufre cuando lo cortan y que la higuera llora lágrimas de leche. Y que si un santo  lo comía cortado por manos ajenas y no por las suyas, lo mezclaba con sus propias entrañas y exhalaba luego de ella ángeles y hasta partículas de la sustancia divina, pues según ellos en aquella fruta había habido partículas del verdadero y sumo Dios, que habrían permanecido ligadas de no der por los dientes del santo y elegido y por su estómago. En mi miseria llegué hasta creer que mayor misericordia hay que tener para con los frutos de la tierra que para con los hombres mismos para cuyo bien fueron creados los frutos. Si alguno tenía hambre pero no era maniqueo, era crimen digno de la pena capital el darle un bocado. 
Los maniqueos se dividían en dos clases: en elegidos o santos y en oyentes. Los primeros eran los que habían avanzado en la insania hasta poder enseñar a otros o se manifestaban firmes en el error. Los demás, los menos seguros, se llamaban simplemente oyentes. Sostenían que en los alimentos había una mezcla de bien y de mal y que los santos liberaban el bien comiendo y digiriendo los alimentos.

CAPITULO X

1. Pero tú, Señor, hiciste sentir tu mano desde lo alto y libraste mi alma de aquella negra humareda porque mi madre, tu sierva fiel, lloró por mí más de lo que suelen todas las madres llorar los funerales corpóreos de sus hijos. Ella lloraba por mi muerte espiritual con la fe que tú le habías dado y tú escuchaste su clamor. La oíste cuando ella con sus lágrimas regaba la tierra ante tus ojos; ella oraba por mí en todas partes y tú oíste su plegaria. Pues, ¿de dónde sino de ti le vino aquel sueño consolador en que me vio vivir con ella, comer con ella a la misma mesa, cosa que ella no había querido por el horror que le causaban mis blasfemos errores? Se vio de pie en una regla de madera y que a ella sumida en la tristeza, se llegaba un joven alegre y espléndido que le sonreía. No por saberlo sino para enseñarla, le preguntó el joven por la causa de su tristeza y ella respondió que lloraba por mi perdición. Le mandó entonces que se tranquilizara, que pusiera atención y que viera cómo en donde ella estaba, también estaba yo. Miró ella entonces y, junto a sí, me vio de pie en la misma regla. ¿De dónde esto, Señor, sino porque tu oído estaba en su corazón?

2. ¡Oh, Señor omnipotente y bueno, que cuidas de cada uno de tus hijos como si fuera el único y que de todos cuidas como si fueran uno sólo!¿Cómo fue posible que al contarme ella su visión tratara yo de convencerla de que no debía desesperar de llegar a ser un día lo que yo era y que ella al instante y sin ninguna vacilación me contestara: "¡No!Pues lo que se me dijo no es que yo habría de estar donde estás tú, sino que tú estarías en donde estoy yo"? Con frecuencia he hablado, Señor, de estos recuerdos. Ahora te confieso que más que el sueño mismo con que tú consolabas a una mujer piadosa hundida en el dolor me conmovió el hacho de que ella no se turbara por mi interpretación falsa y caprichosa. Vio de inmediato lo que tenía que ver y que yo no había visto antes de que ella lo dijera. Cuando ella se debatía en la tristeza tú le preanunciaste una grande alegría que no iba a tener sino mucho más tarde.

3. Pues durante nueve largos años seguí revolcándome en aquel hondo lodo de tenebrosa falsedad del que varias veces quise surgir sin conseguirlo. Mientras tanto, ella, viuda casta, sobria y piadosa como a ti te agrada, vivía ya en una alegre esperanza en medio del llanto y los gemidos con que a toda hora te rogaba por mí. Sus plegarias llegaban a tu presencia, pero tú me dejabas todavía volverme y revolverme en la oscuridad.

CAPITULO XI

1. Otra respuesta le concediste luego, que yo recuerdo y quiero confesar dejando de lado cosas de menor importancia para llegar presto a lo que me urge confesarte. La diste por el ministerio de un sacerdote tuyo, de un obispo criado en tu Iglesia y ejercitado en tus libros. Le rogó pues mi madre que se dignara de recibirme y hablara conmigo para refutar mis errores, desprenderme de ellos y enseñarme la verdad, ya que él solía hacer esto con personas que le parecían bien dispuestas. Pero él no quiso. Dijo que yo era todavía demasiado indócil, hinchado como estaba por el entusiasmo de mi reciente adhesión a la secta. Ella misma le había contado cómo yo, con cuestiones y discusiones, había descarriado ya a no pocas gentes de escasa instrucción. Le aconsejó: "Déjalo en paz, solamente ruega a Dios por él. El mismo con sus lecturas acabará por descubrir su error y la mucha malicia que hay en él".

2. Entonces le contó cómo él mismo, siendo niño, había sido entregado por su engañada madre a los maniqueos, había leído todos sus libros y aun escrito alguno él mismo y, cómo, sin que nadie disputase con él ni lo convenciese, había por sí mismo encontrado el error de la secta y la había abandonado. Y como ella no quería aceptar sino que con insistencia y abundantes lágrimas le rogaba que me recibiera y hablara conmigo, el obispo, un tanto fastidiado, le dijo: "Déjame ya y que Dios te asista. No es posible que se pierda el hijo de tantas lágrimas". Estas palabras me las recordó muchas veces, como venidas del cielo.

Libro IV
CAPITULO I

1. Durante un lapso de nueve años, desde mis diecinueve hasta mis veintiocho, era yo seducido y seductor; engañado, pero también, bajo el impulso de variados apetitos, engañaba yo abiertamente en la profesión de las llamadas disciplinas liberales que en lo oculto llevaban falsamente el nombre de religión. Soberbio aquí y supersticioso allá y vanidoso en todas partes; ávido de gloria popular, corría yo tras los aplausos del teatro y las bagatelas de los espectáculos, los certámenes poéticos y las luchas por aquellas coronas de hierba perecedera. Mas con todo eso pretendía yo purificarme de mis sórdidas intemperancias llevando a los que eran llamados justos y santos determinados manjares para que ellos en el laboratorio de su vientre me fabricaran ángeles y dioses que luego me liberaran. Es que entonces creía yo en tales aberraciones y las ponía en práctica con mis amigos a quienes había yo arrastrado en mi propio engaño.

2. Búrlense de mí y sea en hora buena esos arrogantes a quienes tú no has postrado todavía en saludable humillación; pero yo tengo que confesarte mis deshonras en alabanza de tu gloria. Ruégote me concedas recorrer ahora con el recuerdo todos los meandros de mis pasados yerros, ofreciéndote así un jubiloso sacrificio (Sal 26, 6). Pues, ¿qué soy yo sin ti para mí mismo sino un guía ciego que me lleva al precipicio? ¿O qué soy, cuando bien me va, sino un bebé que bebe la leche que tú le das y encuentra en ti un alimento incorruptible?
¿Y qué es y cuánto vale un hombre cualquiera sólo por ser hombre? Ríanse pues de mí los fuertes y los potentes; que yo, débil y pobre, me confieso ante ti.

CAPITULO II

1. Enseñaba yo por aquellos años la retórica y vencido por la avidez de dinero vendía yo victoriosas locuacidades. Pero tú sabes que yo prefería tener discípulos buenos, o que por tales son tenidos y a esos les enseñaba con toda honradez los dolos del arte no para que los usaran en detrimento de inocentes, sino para castigo de culpables. Desde lejos me veías tú como caía en esos terrenos resbalosos y cómo en medio de mucho humo brillaba la fidelidad que en aquella docencia mostraba yo a quienes amaban la vanidad y buscaban la mentira y con ellos me asociaba. Por esos años tenía yo una mujer a la que no conocí dentro de lo que se llama matrimonio legítimo, sino que a ella me llevó un vago ardor ayuno de prudencia. Pero no tenía otra fuera de ella y le guardaba la fidelidad del lecho. Con ella pude experimentar la distancia que media entre un sano contrato que se cierra con miras a la generación y un mero pacto de amor libidinoso en que la prole se produce sin ser deseada aunque más tarde se haga
amar.

2. Recuerdo también que en cierta ocasión decidí tomar parte en un concurso para una obra de teatro. Un cierto adivino me mandó preguntar qué querría yo darle si él por medio de misteriosos sacrificios me conseguía la manera de vencer. Yo, que abominaba de tales sucias maniobras, le mandé contestar que ni por ganar una corona de oro imperecedero estaría yo dispuesto a que por eso se matara una mosca. Porque su pensamiento era el de matar algunos animales en honor de algunos demonios para hacérmelos propicios. Pero, ¡oh Dios de mi corazón!, este mal no lo repudié por amor a ti, pues aun no te amaba, incapaz como era entonces de apreciar lo que no fueran fulgores corporales. Y un alma que suspira por semejantes vanidades ¿qué hace sino fornicar lejos de ti y apacentarse de vientos? Así pues, no estuve dispuesto a que por mí se sacrificara a los demonios cuando yo mismo les ofrecía el sacrificio de aquella superstición. ¿Qué otra cosa sino apacentar vientos es eso de honrar con el error a esos espíritus que al recibir el honor que les damos se burlan de nosotros?

CAPTULO III

1. No dejaba yo por aquel entonces de consultar a otros astrólogos planetarios, a esos que llaman "matemáticos", porque no se valían de conjuros ni de sacrificios a los espíritus, pero practicaban otra suerte de adivinación, que también se opone a la piedad cristiana. Bien está, Señor, que te lo confiese y te diga: "Ten misericordia de mí y sana mi alma, pues he pecado contra ti" (Sal 50, 3). Así como es bueno no abusar de tu indulgencia para pecar con más libertad, sino recordar lo que en cierta ocasión dijiste: "Mira, ya has sido sanado. No vuelvas a pecar, no sea que te suceda algo peor" (Jn 5, 14). Esta sanidad combaten y quieren matar los astrólogos cuando dicen que en el cielo mismo es donde hay que buscar las inevitables causas del pecado de los hombres; que Venus hizo esto, Saturno hizo aquello y Marte lo de más allá. Con esto pretenden que el hombre no es culpable de ser carne y sangre y ensoberbecida putrefacción, sino que del pecado se ha de culpar al cielo y al creador y ordenador de las estrellas, a ti, Dios nuestro, suavidad eterna y origen de toda justicia; a ti, que eres el que has de retribuir a cada uno según sus obras y que nunca desprecias un corazón contrito y humillado (Mt 16, 27 y Sal 50, 19).

2. Había entonces un varón muy instruído, peritísimo en la medicina, en la cual se había merecido una justa reputación. Este, siendo también procónsul, había puesto su mano sobre mi insana cabeza, no como médico, sino para imponerme la corona ganada en aquel certamen poético. No fue pues él quien me curó de aquella otra enfermedad que sólo tú puedes curar. Tú, que a los soberbios les resistes y a los humildes les das tu gracia (1P 5, 5). Pero tampoco entonces me faltaste ni te desentendiste de mi salud con ese anciano médico; pues me había hecho muy amigo suyo y muy apegado a su persona y me embelesaban sus discursos siempre llenos de amena gravedad y de vivacidad en sus sentencias en las cuales no había, sin embargo, pretensiones literarias. Cuando por mí mismo supo que me entregaba yo a la astrología me amonsetó con paternal benignidad a que la abandonara, ya que desperdiciaba en tonterías una actividad necesaria en cosas de mayor provecho. Me dijo que él mismo había enn sus mocedades aprendido la astrología, hasta pensado en vivir de ella como de su profesión, pues si había podido entender a Hipócrates también podría entender todos esos libros. Sin embargo había dejado eso por la medicina no por otra razón, sino porque había llegado a comprender la enorme falsedad que en ello había y, siendo un hombre honrado, no había querido vivir a costa del engaño de los demás. "Pero tú, me dijo, cuentas para tu sustento con el arte de la retórica y te dedicas a estas falacias no por necesidades de tu familia sino sólo y libremente por curiosidad. Conviene que me creas cuanto de todo eso te digo yo, que tan a fondo lo estudié y llegué hasta a pensar en ganarme la vida con la astrología".

3. Y como yo le preguntara cómo a veces salen tan bien algunas predicciones de los astrólogos me respondió como pudo que eso es debido a la obra del azar, fuerza difusa por toda la naturaleza. Sucede en ocasiones que de las páginas de algún poeta que canta y pretende una cosa del todo diferente saque quien las consulta a la ventura algún verso que conviene admirablemente con los motivos que dictaron su consulta; no es, entonces, de admirar si alguna vez el alma humana, por un instinto superior y sin saber ella misma lo que le pasa, no por arte alguna sino por mera suerte, produzca una palabra que concuerda con la situación y las preocupaciones del que consulta. Esto me dijo y tú me lo procuraste por su medio, delineando muy bien en mi memoria lo que había yo después de buscar por mí mismo. Pero entonces ni él ni mi carísimo Nebridio, joven bueno y casto que se burlaba también de aquel modo de adivinación, pudieron persuadirme a abandonar la astrología, pues más que su autoridad pesaba en mí la autoridad de los astrólogos y no habría yo encontrado aún una prueba decisiva de que en sus aciertos no tuviera que ver el arte de consultar a las estrellas, sino puramente el azar.

CAPITULO IV

1. En aquellos años en que comencé a enseñar en el municipio en que nací me había ganado por la comunidad de los estudios un amigo extraordinariamente querido, de mi misma edad, que florecía conmigo en el verdor de una misma adolescencia. Juntos habíamos crecido, juntos habíamos jugado y asistido a la escuela. Pero todavía no era amigo como lo fue más tarde y ni siquiera entonces lo fue con esa amistad verdadera con que tú aglutinas las almas que viven unidas a ti, por esa caridad difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5, 5). Con todo, esa amistad era dulcísima, inspirada como estaba por el fervor de idénticos ideales. Yo lo había desviado de su fe, que no la tenía ni muy honda ni muy firme hacia aquellas supersticiosas y perniciosas fábulas por las que me lloraba mi madre. Su mente y la mía erraban juntas y yo no podía vivir sin él. Pero tú, el Dios de las venganzas y también de las grandes misericordias, era como si cabalgaras sobre los lomos de dos siervos tuyos que huían de tu lado. ¡De cuán admirables maneras nos conviertes a ti!Entonces, sacaste de este mundo a ese hombre apenas cumplido un año de nuestra amistad, suave para mí como ninguna otra cosa en aquel tiempo de mi vida.

2. ¿Quién puede cantar tus alabanzas sólo por lo que en sí mismo y en sí sólo ha experimentado? ¡Lo que hiciste entonces, Dios mío y cuán insondable es el abismo de tus juicios!Cayó el enfermo con grandes fiebres y quedó por un tiempo inconsciente y bañado en sudores mortales. Como se temió por su vida fue bautizado en ese estado de inconsciencia y yo no me preocupé de ese bautismo, con la idea de que su alma habría de retener más bien lo que de mí había aprendido, que no aquello que se le hacía sin que él se diera cuenta. Pero las cosas fueron de otro modo, pues él se recuperó y quedó de nuevo sano.
En el primer momento en que pude hablar con él (que fue el primero en que él pudo hablar, pues no me separaba yo de él y dependíamos fuertemente el uno del otro) empecé a ridiculizar aquel bautismo que él había recibido en total ausencia de sí mismo, pero que ya sabía haber recibido. Seguro estaba yo de que me acompañaría en mis burlas; pero él me miró con horror, como a un enemigo y, con una libertad tan admirable como repentina me declaró que si quería seguir siendo su amigo debía renunciar a hablarle de semejante modo.

3. Yo, turbado y estupefacto, pensé que era necesario refrenar mis impulsos hasta que él, completamente restablecido y con el vigor de la salud estuviera en condiciones de oírme hablar como yo quería. Pero tú lo arrebataste a mi demencia para conservarlo en ti, de donde pudiera yo más tarde hallar consuelo. Sucedió, pues, que a vuelta de pocos días y estando yo ausente, cayó nuevamente enfermo y falleció. El dolor ensombreció mi corazón y cuanto veían mis ojos tenía el sabor de la muerte. Mi patria era mi suplicio, la casa paterna era una inmensa desolación y todo cuanto había tenido en comunión con él era para mí un tormento inenarrable. Por todas partes lo buscaban mis ojos, pero no podían verlo; todo me parecía aborrecible porque en nada estaba él. Nadie podía decirme "va a volver", como cuando estaba ausente pero existía. Me convertí en un oscuro enigma para mí mismo. Le preguntaba a mi alma, ¿por qué estás triste y así me conturbas? (Sal 41, 6), pero ella nada tenía para responderme. Y si yo le decía: "Alma, espera en Dios", ella se negaba a obedecerme pues tenía por mejor y más verdadero al hombre que había perdido que no el fantasma en que yo le mandaba esperar. Mi única dulzura la hallaba en llorar sin fin. Las lágrimas tomaron el lugar de mi amigo, delicia de mi alma.

CAPITULO V

Pero ahora ,Señor, todo eso ya pasó y el tiempo ha cicatrizado mi herida. ¿Será posible que aplicando a tu voz el oído de mi alma entienda yo de ti, que eres la verdad, por qué el llanto es un consuelo para los que sufren? ¿Es acaso, que tú, presente como estás en todas las cosas, haces a un lado nuestra miseria? Porque tú permaneces siempre estable en ti mismo, mientras nosotros nos revolvemos en toda clase de experiencias. Y sin embargo, ni rastro quedaría de nuestra esperanza si no llorásemos delante de ti. ¿De dónde viene pues el que del amargor de la vida podamos sacar frutos tan dulces como el gemir y llorar, suspirar y quejarnos? ¿Nos es dulce todo esto porque esperamos que tú nos escuches? Esto es clara verdad de la plegaria, pues con ella nos proponemos llegar hasta ti; pero ¿qué había en el fondo de aquel dolor mío por el bien perdido; en aquel luto que pesadamente me oprimía? Porque yo no esperaba hacer con mis lágrimas revivir a mi amigo; simplemente, me dolía y lloraba por una alegría irremisiblemente perdida. El llanto en sí mismo es amargo; pero acaso nos llega a deleitar cuando nos cansamos de las cosas que antes teníamos.

CAPITULO VI

1. ¿Por qué hablo de estas cosas, cuando no es tiempo de hacer preguntas sino de confesarme ante ti? Era yo pues bien miserable; que por fuerza lo es el alma que vive presa en la amistad de las cosas mortales y se desgarra cuando las pierde. Es entonces cuando siente la miseria que lo hace miserable desde antes de que las pierda. Así era yo en aquel tiempo: lloraba con inmensa amargura, pero en la amargura misma encontraba descanso. Y tan miserable era, que más aún que a mi dilecto amigo muerto amaba yo mi propia mísera vida; pues aunque hubiera querido cambiar la condición de mi vida, no quería perderla como lo perdí a él. Ni siquiera sé si de veras estaba dispuesto a perderla por él como se cuenta (si no es ficción) de Orestes y Pílades, que querían morir el uno por el otro, pero al mismo tiempo, ya que no vivir juntos era para ellos peor que la muerte. Pero había en mí no sé qué sentimiento del todo contrario a éste. La vida me era insoportable, pero tenía miedo de morir. Creo que mientras más lo amaba a él, más odiaba la muerte que me lo había arrebatado, la odiaba y le temía como a la más atroz enemiga y pensaba que ella acabaría con todos los hombres como había acabado con él. Así era yo entonces, lo recuerdo bien.

2. Este es, Señor, mi corazón. Mira hacia adentro y ve en él mis recuerdos. Tú, esperanza mía que me limpias de la inmundicia de los malos afectos, atraes hacia ti mis ojos y libras de lazos mis pies. Yo estaba en asombro de que los demás hombres vivieran cuando había muerto aquel a quien yo había amado como si nunca hubiera de morir y, más aún, me asombraba de que muerto él siguiera viviendo yo, que era otro él. Bien dijo alguno cuando llamó a su amigo "la mitad de mi alma". Vivamente sentía yo que su alma y la mía eran una sola en dos cuerpos; por eso me horrorizaba la vida, pues vivía por mitad y, quizá por eso mismo, me horrorizaba la muerte, pues me negaba a que muriera del todo aquel a quien tanto había querido.

CAPITULO VII

1. ¡Oh demencia, incapaz de amar humanamente a los hombres!¡Insensato de mí, que me dejaba llevar sin moderación de las pasiones humanas!Así era yo en aquel tiempo. Me enardecía, suspiraba, lloraba y me turbaba, sin descanso ni consejo. Así iba cargando mi alma destrozada y sangrante, que no se dejaba cargar y yo no sabía en dónde ponerla. Ni en los bosques más amenos ni en los juegos y los cantos, ni en los olorosos jardines, ni en los brillantes convites, ni en los placeres del lecho, ni en los libros y poemas hallaba reposo. Todo me era aborrecible, la luz misma y todo cuanto no era él me era tedioso y no llevadero y mi único consuelo, bien relativo, eran las lágrimas y los gemidos.

2. Y cuándo desistía de llorar me aplastaba un enorme peso de miseria que sólo tú podías aliviar. Yo sabía esto, pero ni quería ni podía; cuando pensaba en ti no eras para mí algo firme y sólido, sino un vacío fantasma. Pero eso, fantasma era, no tú y mi error era mi dios. Y cuando quería poner mi alma en mi dios, como en un lugar de descanso, se me resbalaba en el vacío y de nuevo caía sobre mí. Era yo para mí mismo un lugar de desdicha en el cual no podía estar y del cual no me podía evadir. ¿Cómo podía mi corazón huir de sí mismo y, a dónde iría yo que él no me siguiera? Y sin embargo, huí de mi patria, para que mis ojos lo buscaran menos en lugares en que no estaban acostumbrados a verlo. Salí pues de Tagaste y me fui a Cartago.

CAPITULO VIII

1. Pero el tiempo no descansa ni pasa de balde sobre nuestros sentidos y puede obrar en nosotros cambios admirables. El tiempo venía y pasaba con el sucederse de los días y, al venir y pasar me iba trayendo otras imágenes y otros recuerdos; me devolvía poco a poco a mis primeros deleites y mi dolor iba cediendo. En lugar suyo venían no otros dolores, pero sí los gérmenes de otros dolores. ¿Por qué había podido aquel dolor penetrar en mí tan hondo y con tanta facilidad, sino porque yo había derramado mi alma en la arena amando a un ser mortal como si nunca hubiera de morir? Particular consuelo y recreación hallaba yo en la compañía de otros amigos con los cuales amaba yo lo que amaba en lugar tuyo. Ese fantasma era una enorme fábula y una larga mentira cuyo contacto adulterino corrompía nuestras mentes y nos cosquilleaba en las orejas. Pero esta fábula no se moría en mí porque un amigo se muriera.

2. Otras cosas eran las que cautivaban mi ánimo: como conversar y reír juntos,
obsequiarnos con mutuas benevolencias; bromearnos unos a otros y leer en compañía libros agradables; disentir a veces sin odio ni querella, como cuando el hombre discute consigo mismo y condimentar con esos raros disentimientos una estable concordia; enseñarnos algo unos a otros, o aprender algo unos de otros; echar de menos con dolor a los ausentes y recibirlos con alegría a su regreso. Con éstos y otros parecidos signos de afecto, de esos que salen del corazón cuando las gentes se quieren bien y que se manifiestan por los ojos, por la palabra, por la expresión del rostro y de mil otros modos gratísimos, las almas se funden como el fuego y de muchas se hace una.

CAPITULO IX

Esto es lo que se ama en los amigos y de tal manera ama que la conciencia se siente culpable cuando no se corresponde el amor con amor, sin buscar del cuerpo del amigo otra cosa que signos de benevolencia. De aquí el luto cuando se muere un amigo; de aquí los sombríos dolores y el corazón empapado en una dulzura que se trocó en amargura y la vida que se perdió en los que mueren es muerte para los que siguen viviendo. Dichoso el que te ama a ti y a su amigo en ti y a su enemigo en ti; pues el único que no pierde a sus seres queridos es el que los quiere y los tiene en Aquel que no se pierde. ¿Y quién es ése sino tú, nuestro Dios, el que hizo el cielo y la tierra y los llena, pues
llenándolos los hizo? A ti no te pierde sino el que te abandona. Y el que te deja, ¿a dónde va, a dónde huye sino de ti benévolo a ti enojado? ¿Y en dónde no encontrará tu ley en su propia pena? Pues tu ley es la verdad y la Verdad eres tú.

CAPITULO X

1. ¡Oh Dios de las virtudes, conviértenos a ti, muéstranos tu rostro y seremos salvos!(Sal 79, 4). Porque a dondequiera que se vuelva el alma del hombre fuera de ti, queda fincada en el dolor, aunque se detenga en cosas bellas fuera de ti y fuera de él mismo, cosas que sin ti nada serían. Cosas que tienen su aurora y su ocaso; que al nacer tienden al ser, crecen para perfeccionarse y cuando son perfectas, envejecen y mueren. Todo envejece y perece. Cuando nacen y tienden al ser, mientras más deprisa crecen para ser perfectas, tanto más se apresuran rumbo al no ser. Así es su manera, tanto como eso les diste. Son parte de cosas, que no coexisten nunca simultáneamente, sino que sucediéndose unas a otras componen el universo cuyas son las partes. Como en la palabra humana, que consta de signos sonoros; no se completa una frase sino a condición de que las palabras, habiendo dicho lo que les toca, dejen el sitio a las palabras que siguen.

2. Por todo eso te alabe mi alma, ¡oh Dios, creador de todas las cosas!Pero que no se embadurne en ellas con el pegamento del amor de los sentidos corporales. Porque las cosas van umbo al no ser y despedazan el alma con deseos pestilenciales, pues ella quiere ser lo que ama y descansa en ello. Pero en las cosas no hay permanencia; no son estables, sino fugitivas. Nadie puede seguirlas en su huída con el sentido de la carne, que es lerdo porque es carnal y ese es su modo. Es suficiente para cosas para las cuales fue hecho, pero no lo es para dominar el flujo de las cosas transeúntes desde su debido principio hasta su fin debido. Es en tu Verbo, Palabra por la cual fueron creadas, donde las cosas oyen su destino: "Desde aquí comienzan y hasta allí llegarán".

CAPITULO XI

1. No seas hueca, alma mía, ni permitas que se ensordezca el oído de tu corazón con el tumulto de tus vanidades. Es el Verbo mismo quien te llama para que vuelvas a El. El es el lugar de la paz imperturbable en donde el amor no es abandonado sino cuando él mismo abandona. Mira cómo receden las cosas para dejar el lugar a otras cosas y que así se integre este inferior universo. "Pero yo, dice el Verbo, no me retiro ni cedo mi lugar". Finca en El tu mansión, alma mía, ahí encomienda todo lo que tienes, aun cuando no sea más que por la fatiga de tanto engaño. Encomienda a la Verdad todo lo que de ella has recibido, segura de que nada habrás de perder: florecerá en ti lo que tienes podrido, quedarás sana de todas tus dolencias. Lo que hay en ti de fugaz y perecedero será reformado y adecuado a ti; las cosas no te arrastrarán hacia donde ellas receden, sino que permanecerán contigo y serán siempre tuyas, en un Dios estable y permanente.

2. ¿Por qué en tu descarrío sigues los pasos de tu carne? Es ella la que, convertida, a ti debe seguirte. Lo que por su medio sientes es parcial; tú ignoras cómo sea el todo de que forma parte y sin embargo te deleita. Mas si tu sentido carnal fuese idóneo para conocer el todo; si no hubiera recibido en pena justos límites como parte del universo, bien querrías tú que pasara volando todo cuanto existe para mejor conocer el conjunto; a la manera como mediante un sentido corporal sientes lo que se habla pero no quieres que se detengan las sílabas, sino que vuelen y que vengan otras y así puedas entender lo que te dicen. De este modo son siempre las partes que forman un todo pero no existen al mismo tiempo: mayor deleite causa el todo que no las partes, con tal que puedan todas ser sentidas. Pero mucho mejor que todo cuanto existe es el que todo lo hizo, nuestro Dios y Señor, que no recede y a quien nadie puede suceder.

CAPITULO XII

1. Entonces: si te agradan los cuerpos, alaba a Dios por ellos y endereza al artífice tu amor; no sea que en las cosas que a ti te placen a él le desagrades. Pero si te agradan las almas ámalas en Dios; porque ellas también son inestables, pero en Dios se estabilizan y sin El pasan y perecen. Han de ser pues, amadas en Dios. Arrastra hacia El a cuantas puedas y diles: "A El y sólo a El debemos amar; El lo hizo todo y no está lejos. Porque no hizo las cosas para marcharse luego, sino las hizo y están en El. Donde El está, la Verdad adquiere sabor; El está muy adentro del corazón, pero el corazón se aparta de El. Volveos, prevaricadores a vuestro propio corazón (Is 46, 8) y abrazad allí al que os creó. Estad con El y seréis estables; descansad en El y vuestro descanso será verdadero. ¿A dónde vais por fragosos caminos? Lo que amáis, de El procede y no es bueno y suave sino por cuanto a El se refiere. Pero lo dulce se volverá justamente amargo si se le ama con injusticia, con abandono de aquel que lo creó".

2. ¿A dónde vais pues, una vez y otra vez, por caminos difíciles y laboriosos? Buscad la paz que queréis encontrar; pero la paz no está en donde la andáis buscando. Pues, ¿cómo hablar de una vida feliz cuando ni siquiera es vida? Cristo, nuestra vida, bajó acá para llevarse nuestra muerte y matarla con la abundancia de su vida; con tonante voz nos llamó para que volviéramos a El en el secreto santuario de aquel vientre virginal en que El se desposó con la humana criatura, carne mortal, pero no para siempre mortal; y de ahí, como esposo que sale de su tálamo se llenó de exultación, gigante ansioso de recorrer su camino (Sal 18, 6). Porque no se tardó, sino que corrió, clamando con los dichos, con los hechos, con su muerte, con su vida, con su descenso y su ascenso, que volvamos El. Y luego desapareció de nuestra vista para que lo busquemos en nuestro corazón y allí lo encontremos.

3. Se fue, pero aquí está. No se quiso quedar largo tiempo con nosotros, pero no nos dejó. Se fue hacia el lugar en que siempre estuvo y que nunca abandonó; porque El hizo el mundo y estuvo en el mundo, a donde vino para salvar a los pecadores. A El se confiesa mi alma, para que El la sane, pues había pecado contra El.
¿Hasta cuándo, hijos de los hombres seréis de pesado corazón? (Sal 40, 6). ¿No queréis acaso, después de que la vida descendió hasta nosotros, ascender y vivir? Pero, ¿a dónde subís si ya estáis en alto y habéis puesto vuestra boca en el cielo? (Sal 72, 9). Descended primero, para poder luego ascender hasta Dios; porque habíais caído al subir contra El. Diles todo esto, alma mía, para que lloren en este valle de lágrimas y así te los puedas llevar hacia Dios; porque del Espíritu de Dios será lo que digas, si lo dices ardiendo en caridad.

CAPITULO XIII

Todo esto no lo sabía yo entonces; amaba las bellezas de orden inferior, me iba a lo profundo y decía a mis amigos: "¿Amamos algo, acaso, que no sea bello? Pero, ¿qué es la hermosura y qué cosas la tienen? ¿Qué es lo que atrae nuestro ánimo hacia las cosas cuando las amamos? Pues si ninguna gracia ni hermosura tuvieran no nos moverían". Bien advertía yo que en los cuerpos se da una integridad en que reside su hermosura; pero algo muy distinto es su aptitud y la decencia con que se acomodan a algo, como los miembros del cuerpo, que se acomodan y proporcionan al todo. Y muchas otras cosas hay que así son. Esta consideración brotó en mi ánimo desde muy hondo y escribí sobre el tema de lo bello y de lo apto dos o tres libros, no lo recuerdo con exactitud. Tú, Señor, sabes cuántos fueron; yo no los conservo, pues no sé cómo se extraviaron.

CAPITULO XIV

1. ¿Qué fue, Dios mío, lo que me movió a dedicar mis libros al renombrado orador romano Hierio a quien de persona no conocía? Yo amaba a este hombre sin conocerlo, pues su gran fama había llegado hasta mí y algunas palabras suyas había yo oído con mucho placer. Pero más aún me movía el que otros las hallaran agradables y a él lo ensalzaran con grandes alabanzas, pues se asombraban de que un hombre de Siria como él, formado inicialmente en la lengua griega hubiera podido luego llegar a la excelencia en la lengua latina. Y a mí me caía muy bien el que fuera tan perito en todo lo relativo al estudio de la sabiduría. De esta manera se ama y se loa a un hombre aun en su ausencia. ¿Será acaso porque el amor pasa de quien alaba a quien oye la alabanza? Por cierto que no; pero el amor de uno enciende el amor en otro. Se ama al ausente porque las alabanzas que se le dedican parecen sinceras y brotadas del corazón, que es siempre el caso cuando alaba el que ama. Era así como amaba yo entonces a los hombres, movido por el juicio de otros hombres y no por el tuyo, Dios mío, en quien nadie se engaña.

2. Y sin embargo: ¿por qué se alaba a Hierio no como se hace con los aurigas célebres o con los cazadores de fieras famosos y favoritos del pueblo; sino de muy diferente manera, con gravedad, como a mí mismo me hubiera gustado ser alabado? Porque yo he amado y alabado, ciertamente, a los cómicos; pero en manera alguna querría ser ni amado ni alabado como lo son ellos. Prefiero sin género de duda la oscuridad total a este tipo de celebridad y más querría ser odiado que no amado de esa manera. Así como un buen caballo es amado por quien no quiere ser caballo aunque bien lo pudiera, así se ha de pensar del cómico, aunque él es hombre como nosotros. O sea, que amo yo en un hombre lo que de ningún modo querría yo ser, siendo hombre él y yo. Insondable abismo es el hombre, Señor, cuyos cabellos tú tienes contados, ninguno de los cuales se pierde en ti. Y mucho más fáciles son de contar sus cabellos que no sus afectos y los movimientos de su corazón.

3. Pero aquel retórico era el tipo de hombre que yo amaba y hubiera querido ser. Lleno de vanidad flotaba yo a todos los vientos; pero tú me gobernabas secretamente. ¿Y de dónde puedo saber para confesártelo con toda certeza que yo amaba a aquel hombre movido más por el amor de quienes lo alababan que no por las cualidades mismas que en él eran loadas? Porque si quienes así lo ensalzaban en lugar de eso lo vituperasen y si con ese menosprecio me refirieran de él las mismas cosas por las cuales lo alababan, de cierto no me habría yo encendido ni entusiasmado por él. Y no por ello habrían cambiado las cosas, ni sería él otro del que era; lo único diferente habría sido el ánimo de quienes de él hablaran. Así es, Señor, como yace enferma el alma cuando todavía no se funda en la solidez de la verdad: se deja mover según sopla el viento de las opiniones humanas; es llevada y traída, torcida y retorcida y atormentada, se le oscurece la luz y no da con la verdad aunque la tenga enfrente. Por todo eso, era para mí algo muy grande e importante el que mis libros y mis estudios fueran conocidos por un varón tan insigne. Su aprobación me habría enardecido, su desaprobación habría herido profundamente mi corazón vanidoso y alejado de tu solidez. Y sin embargo, aquella obrita sobre lo bello y lo apto que yo le había escrito y dedicado, la tenía yo presente y con ella me recreaba en la soledad de mi contemplación, sin necesidad de que nadie me alabara por ello.

CAPITULO XV

1. Pero yo no entendía aún la capital importancia de tu acción providencial, ¡oh, Dios omnipotente!, que obras maravillas tú sólo. Mi ánimo vagaba por las formas corporales y distinguía lo bello, que parece bien por sí mismo, de lo apto o conveniente, que lo parece porque se acomoda a algo y esto lo fundaba en ejemplos sacados del mundo corporal. De eso pasé a la consideración de la naturaleza del alma; pero la falsa idea que me había formado sobre lo que es el espíritu me impedía ver la verdad. La fuerza de la verdad irrumpía en mis ojos; pero yo apartaba la mente vacilante del concepto mismo de lo incorpóreo, reduciéndolo todo a líneas, colores y volúmenes. Y porque tales cosas espirituales no las podía forjar en mi imaginación creía no poder conocer el alma. Ya amaba la paz en la virtud y odiaba en el vicio la discordia; advertía en aquella la unidad y en éste la división. Y en aquella unidad me parecía que estaba la mente racional, la naturaleza de la verdad y del sumo bien; al paso que en la división del vicio veía yo la vida irracional, no sé que naturaleza y sustancia del sumo mal, que no era sólo sustancia, sino también vida. Y no sólo vida, mísero de mí, sino vida absoluta e independiente de ti, de quien todo procede. Y a la primera, concebida por mí como "mente sin sexo", la llamaba mónada y al otro lo llamaba "díada", de que proceden la ira en el crimen y la sensualidad en los vicios. Así hablaba yo sin saber lo que decía.

2. Ignoraba yo, pues de nadie lo había aprendido, que el mal no es una sustancia y que la mente humana no es tampoco el bien sumo e inmutable. Así como se cometen los crímenes cuando es vicioso el movimiento del ánimo y éste se avienta con ímpetu y con turbia insolencia y, así como se cometen los vicios cuando es inmoderada la inclinación del alma hacia las voluptuosidades carnales, así también los errores y las falsas opiniones contaminan la vida cuando la misma mente racional es viciosa. Así era la mía entonces; yo ignoraba que la mente ha de ser iluminada por otra lumbre, ya que no es ella misma la esencia de la verdad. "Tú, Dios mío, iluminarás mi lucerna, iluminarás mis tinieblas y de tu plenitud recibimos todos"(Sal 17, 20; Jn 1, 16). Porque tú eres la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1, 9). Y en ti no hay mutación ni sombra de declinación (St 1, 17). Esforzábame yo por llegar a ti, pero era de ti rechazado, pues a los soberbios tú les resistes (1P 5, 5).

3. ¿Qué soberbia mayor que la de pensar en mi demencia que yo soy de la misma naturaleza que tú? Como yo me sabía mudable precisamente porque quería ser sabio para pasar de lo menos bueno a lo mejor, antes que admitir que yo era lo que eres tú, prefería pensar que tú eres mudable como yo. Entonces tú me rechazabas y resistías a mi fatua vanidad y yo, siendo carne, lo manifestaba imaginándome formas corpóreas y, espíritu vagabundo, no retornaba a ti y me movía entre cosas que no existen ni en ti ni en mí, ni fuera de mí. No eran formas creadas en mí por tu verdad, sino fingidas por mi imaginación sobre el modelo de lo que son los cuerpos y, a tus hijos fieles, de los cuales andaba sin saberlo desterrado, les decía con parlanchina necedad: "¿Cómo puede errar el alma si fue creada por Dios?. Y no quería que se me respondiera: "Entonces, ¿Dios puede errar?". Y prefería pensar que tu sustancia inmutable erraba por necesidad, más bien que admitir que mi sustancia mudable yerra por albedrío y encuentra en el error mismo su pena.

4. Tenía yo veintiseis o veintisiete años cuando compuse aquellos libros revolviendo en mi mente ficciones corpóreas que aturdían mi corazón y, sin embargo, tendía mi oído interior a la dulce melodía de tu voz, pues al meditar sobre lo bello y lo apto deseaba, en el fondo, estar ante ti y escucharte y gozar con la voz del esposo (Jn 3, 29). Pero no podía; las voces de mi error me sacaban fuera de mí y me arrastraban hacia abajo con el peso de mi soberbia. Es que tú no dabas gozo a mi oído ni alegría; ni tampoco exultaban mis huesos (Sal 50, 10), porque no eran humildes.

CAPITULO XVI

1. Pero, ¿de qué me sirvió el haber leído y entendido por mí mismo cuando tenía veinte años el libro de Aristóteles llamado "De las diez categorías"? Mi maestro el retórico de Cartago y otros que pasaban por doctos mencionaban ese libro con sonoro énfasis y yo quedaba arrobado. Curioso y como presintiendo algo grande y divino, lo leí yo sólo y lo entendí. Dialogué luego sobre él con otros que decían haberlo comprendido con harto trabajo, aun cuando se lo explicaban maestros doctísimos que no sólo se valían de palabras, sino también de figuras dibujadas con el dedo en el polvo y no me pudieron decir nada que no hubiera yo entendido leyendo solo en mi estudio. Dichas categorías me parecían explicar bien claro lo que son las sustancias, como el hombre y lo que son las propiedades del hombre, como su figura, su estatura, de pie o sentado, calzado o armado, si hace algo o padece algo. Esto lo pongo a guisa de ejemplos de las innumerables cosas que caben en esos nueve géneros y en el género de sustancia.

2. Pero todo esto en lugar de ayudarme me estorbaba, creyendo que todo cuanto existe está comprendido en esas categorías, pensaba que tú mismo, ser admirablemente simple e inmutable, quedabas comprendido en ellas a la par de los demás seres y estimaba que tu grandeza y tu belleza estaban en ti como en un sujeto que las tuviera, como pasa con los cuerpos; siendo así que tú mismo eres tu propia grandeza y belleza. Al contrario de ti, un cuerpo no es ni grande ni hermoso por el solo hecho de ser cuerpo, ya que si fuera menos grande y bello sería cuerpo todavía. Pero todo eso no era verdad sino falsedad cuando lo pensaba de ti: ficciones de mi miseria y no fundamentos de tu bienaventuranza. En mí se cumplía algo que tú habías mandado:que la tierra diera abrojos y espinas (Gn 3, 18) y que con trabajo llegara a mi pan.

3. ¿De qué me sirvió pues, siendo como era esclavo de mis malos apetitos, el haber leído y entendido por mí mismo todos aquellos libros de las llamadas liberales? Mucho me alegraba con ellas, pero no sabía cuál era el origen de cuanto hay en ellas de cierto y verdadero. A la luz tenía vuelta la espalda y la cara a las cosas por ella iluminadas, por lo cual mi propio rostro, que veía iluminadas las cosas, no era él mismo iluminado. Todo lo que entendí sin mayor trabajo y sin maestro alguno acerca del arte de hablar y de disertar, sobre las dimensiones de las figuras, sobre la música y acerca de los números, lo entendí porque tú, Dios mío, me habías dado el don de un entendimiento vivaz y agudo para discutir; pero siendo dones tuyos no los usaba yo para tu alabanza. Por eso mis conocimientos me resultaban más que útiles, perniciosos. Me empeñé en conservar para mí la mejor parte de mi herencia y no te consagré a ti mis energías, sino que me marché lejos de tu presencia a una región remota para malbaratarlo todo con las meretrices de mis malos apetitos. ¿De qué podía servirme una cosa buena si la usaba mal? Pero de la dificultad con que tropezaban personas estudiosas e inteligentes para entender esas artes no me percataba yo sino cuando me ponía a explicárselas y el mejor de mis discípulos era el que con menor tardanza me podía seguir.

4. Pero, ¿de qué me servía todo eso cuando yo pensaba de ti, mi Señor, que eras un cuerpo inmenso y lúcido y yo una partecita de ese cuerpo? Mucha perversidad era ésta; pero así era yo entonces. Ahora no me averguenzo de invocarte y de confesar las muchas misericordias que tuviste conmigo, ya que no me avergoncé entonces de proferir ante los hombres mis blasfemias y ladrar contra ti. ¿De qué me servía la agilidad de mi ingenio en aquellas disciplinas y comprender sin ayuda de nadie aquellos libros tan difíciles si con sacrílega torpeza erraba yo en la doctrina de la piedad? ¿O qué perjuicio reportaban tus hijos pequeños por tener un ingenio más tardo si no se apartaban de ti y en el nido de tu Iglesia pelechaban y nutrían sus alas con el alimento de una fe saludable?

5. Esperemos, Señor, bajo la sombra de tus alas (Sal 62, 8); protégenos y líbranos. Tú llevarás a los párvulos y también a los ancianos encanecidos; pues cuando nuestra firmeza eres tú, es en verdad firmeza, mientras que cuando es solamente nuestra no es sino debilidad. En ti nuestro bien está siempre vivo y cuando de ti nos apartamos, nos pervertimos. Volvamos ya a ti, Señor, para no quedar abatidos; en ti vive siempre y sin defecto nuestro bien, que eres tú mismo y no temeremos que no haya lugar a donde volver por haber nosotros caído de él. Nuestra casa no se derrumba por nuestra ausencia, pues nuestra casa es tu eternidad.

Libro V
CAPITULO I

Recibe, Señor, el sacrificio de estas confesiones por medio de esta lengua que me diste y que excitas para que alabe tu nombre. sana todos mis huesos y digan: ¿Quién hay, Señor, que sea semejante a ti? (Sal 34, 10). Pues el que se confiesa a ti no te hace saber lo que pasa en él, sino que te lo confiesa. El corazón más cerrado es patente a tu mirada y tu mano no pierde poder por la dureza de los hombres, ya que tú la vences cuando quieres, o con la venganza o con la misericordia: No hay quien pueda esconderse a tu calor (Sal 18, 7). Alábete mi alma, para que pueda llegar a amarte; que te confiese todas tus misericordia y por ellas te alabe. No cesa en tu loor ni calla tus alabanzas la creación entera; ni se calla el espíritu, que habla por la boca de quienes se convierten en ti; ni los animales, ni las cosas inanimadas que hablan por la boca de quienes las conocen y contemplan, para que nuestra alma se levante de su abatimiento hacia ti apoyándose en las cosas creadas y pasando por ellas hasta llegar a su admirable creador, en quien alcanza su renovación y una verdadera fortaleza.

CAPITULO II

1. ¡Qué se vayan y huyan de ti los inquietos y los impíos!Pero tú los ves y los distingues muy bien entre las sombras. Y tu creación sigue siendo hermosa, aunque los tenga a ellos, que son odiosos. ¿Qué daño te han podido causar, o en qué han menoscabado tu imperio, que desde el cielo hasta lo más ínfimo es íntegro y justo? ¿A dónde fueron a dar cuando huían de tu rostro, o en dónde no has hallado a los fugitivos? Huyeron de ti para no verte, pero tú sí los veías; en su ceguera toparon contigo, pues tú no abandonas jamás cosas que hayas creado. Siendo injustos chocaron contigo y justo fue que de ello sufrieran. Quisieron sustraerse a tu benignidad y fueron a chocar con tu rectitud y cayeron abrumados bajo el peso de tu rigor. Es que no saben que en todas partes estás y que ningún lugar te circunscribe y que estás presente también en aquellos que huyen de ti.

2. Conviértanse pues a ti; que te busquen, pues tú, el creador, no abandonas jamás a tus criaturas como ellas te abandonan a ti. Entiendan que tú estás en ellos; que estás en lo hondo de los corazones de los que te confiesan y se arrojan en ti de cabeza; de los que lloran en tu seno tras de sus pasos difíciles. Tú enjugas con blandura sus lágrimas, para que lloren todavía más y en su llanto se gocen. Porque tú, Señor, no eres un hombre de carne y sangre; eres el creador que los hiciste y que los restauras y consuelas. ¿Por dónde andaba yo cuando te buscaba? Tú estabas delante de mí, pero yo me había retirado de mí mismo y no me podía encontrar. ¡Cuánto menos a ti!

CAPITULO III

1. Voy a recordar ahora delante de mi Dios aquel año vigésimo nono de mi vida. Había ya venido a Cartago un cierto obispo de los maniqueos llamado Fausto, que era una verdadera trampa del diablo y a muchos enredaba con el atractivo de su suave elocuencia. Yo, ciertamente, la alababa pero no la confundía con aquella verdad de las cosas de la cual estaba yo tan ávido. Lo que me interesaba no era el hermoso platillo de las palabras, sino lo que pudiera haber de sustanciosa ciencia en la doctrina que el dicho Fausto proponía. Mucho lo había levantado la fama ante mis ojos, como a varón peritísimo en toda clase de honestas disciplinas y especialmente perito en las artes liberales.

2. Y como había yo leído mucho de varios filósofos y lo tenía todo bien claro en la memoria, comparaba algunas de sus afirmaciones con las prolijas fábulas de los maniqueos y mucho más que éstas me parecían dignos de aprobación los principios de aquellos filósofos que fueron capaces de averiguar la naturaleza del mundo, aun cuando al Señor mismo del mundo no lo hayan llegado a conocer. Porque tú, Señor, eres grande, pones los ojos en las cosas humildes y a las grandes las miras desde lejos (Sb 13, 9). No te acercas sino a los de corazón contrito, ni te dejas encontrar por los soberbios por más que en su curiosidad y pericia sean capaces de contar las estrellas y conocer y medir los caminos de los astros por las regiones siderales. En estas cosas tienen los sabios puesta su mente según el ingenio que tú les diste y, de hecho, muchas cosas desconocidas han descubierto. Han llegado a predecir con antelación los eclipses del sol y de la luna; en qué día y a qué hora y en qué grado iban a acontecer y no se engañaron en sus cálculos, pues todo sucedió como lo habían predicho. Escribieron luego sobre las leyes descubiertas y eso se lee hasta el día de hoy y sirve de base para anunciar en qué año, en qué mes, en qué día y a qué hora del día y en qué grado va a faltar la luz del sol o de la luna y tales predicciones resultan acertadas.

3. Todo esto llena de asombro y estupor a los que tales cosas ignoran; pero quienes las saben, llenos de complacencia y engreimiento, com impía soberbia se retiran de tu luz; prevén los oscurecimientos del sol pero no ven la oscuridad en que ellos mismos están, ya que no buscan con espíritu de piedad de dónde les viene el ingenio que ponen en sus investigaciones. Y cuando les viene el pensamiento de que tú los creaste no se entregan a ti para que guardes y conserves lo que creaste. Mundanos como llegaron a hacerse, no se inmolan ante ti, no sacrifican como a volátiles sus pensamientos altaneros, ni refieren a ti la curiosidad con que pretenden moverse entre los misterios del mundo como los peces se mueven en los escondidos fondos del mar; ni matan sus lujurias como se matan los animales del campo para que tú, que eres un fuego devorador, consumas sus muertos desvelos para recrearlos en la inmortalidad.

4. Pero no llegaron a conocer el camino. El camino, que es tu Verbo, por quien hiciste lo que ellos cuentan y a los que lo cuentan y el sentido con que perciben lo que cuentan y la inteligencia con que sacan la cuenta; y tu sabiduría no tiene número (Sal 146, 5). Tu mismo hijo unigénito se hizo para nosotros sabiduría y justicia y santificación (1Co 1, 130), fue contado entre nosotros y pagó tributo al César (Mt 22, 21). No conocieron el camino para descender desde sí mismos hacia él para poder ascender hasta él. Ignorando pues este camino se creen excelsos y luminosos como los astros, cuando en realidad se han venido a tierra y se ha oscurecido su corazón (Rm 1, 21). Es cierto que muchas cosas verdaderas dicen de la creación, pero no buscan con espíritu de piedad al artífice del universo y por eso no lo encuentran, habiéndolo conocido no lo honran como a Dios, ni le dan gracias, sino que se desvanecen en sus propios pensamientos y se tienen por sabios (Rm 1, 21-22), atribuyéndose lo que no es suyo sino tuyo. Por esto mismo te atribuyen a ti, con perversa ceguera, lo que es propio de ellos, suponiendo mentira en ti, que eres la Verdad. Truecan la gloria del Dios incorruptible según la semejanza de la imagen del hombre corruptible y a la imagen de volátiles, de cuadrúpedos y de serpientes (Rm 1, 23). Convierten pues tu verdad en mentira y dan culto y servicio no al Creador, sino a la criatura.

5. De estos filósofos retenía yo muchas cosas verdaderas que habían ellos sacado de la observación del mundo y se me alcanzaba la razón de ellas por el cálculo y la ordenación de los tiempos y las visibles atestaciones de los astros. Comparaba yo eso con los dichos de Maniqueo, el cual escribió sobre esos fenómenos muchas cosas delirantes; pero en sus escritos no aparecía en modo alguno la razón de los equinoccios, los solsticios y los eclipses del sol y de la luna según lo tenía yo aprendido en los libros de la ciencia del siglo. Maniqueo me mandaba creer; pero la creencia que me mandaba no convenía con mis cálculos ni con lo que veían mis ojos: se trataba de cosas del todo diferentes.

CAPITULO IV

1. ¿Acaso, Señor, el que sabe estas cosas te agrada con sólo saberlas? Infeliz del hombre que sabiendo todo esto no te sabe a ti y dichoso del que a ti te conoce aunque tales cosas ignore. Pero el que las sepa y a ti te conozca no es más feliz por saberlas, sino solamente por ti, si conociéndote te honra como a Dios y te da gracias y no se envanece con sus propios pensamientos.

2. El que posee un árbol y te da las gracias por sus frutos sin saber cuán alto es y cuánto se extienden sus ramas está en mejor condición que otro hombre que mide la altura del árbol y cuenta sus ramas, pero ni lo posee ni conoce ni ama a su creador y, de manera igual, un hombre fiel cuyas son todas las riquezas del mundo y que sin tener nada todo lo posee (2Co 6, 10), con sólo apegarse a ti, a quien sirven todas las criaturas; aunque no conozca los giros de la osa mayor, en mejor condición se encuentra que el que mide el cielo y cuenta los astros y pesa los elementos, pero no se esmera por ti, que todo lo hiciste en número, peso y medida (Sb 11, 20).

CAPITULO V

1. Alguno pidió a no sé qué maniqueo que escribiera también de estas cosas que pueden ser ignoradas sin perjuicio de la piedad. Porque tú dijiste que en la piedad está la sabiduría (Jb 28, 28) y ésta podía ignorarla el maniqueo aun cuando tuviera la ciencia de las cosas. Pero no la tenía y con toda impudencia se atrevía a enseñar y, en consecuencia, no podía alcanzarla. Porque es vanidad hacer profesión de estas cosas mundanales aunque sean en realidad conocidas; pero es piedad el confesarte a ti. Así, pues, aquel hombre descaminado por su locuacidad, habló de muchas cosas en forma tal que los que en verdad las sabían lo pusieron en evidencia y así quedó probada su incapacidad para entender cosas aún más difíciles. Pero él no quería ser estimado en poco; entonces, pretendió convencerlos de que en él residía personalmente y con su plena autoridad, el Espíritu Santo que consuela y enriquece a los tuyos.

2. Fue pues demostrado que había dicho cosas falsas sobre el cielo y las estrellas y sobre los movimientos del sol y de la luna. Y aun cuando estas cosas no pertenecen a la doctrina religiosa, quedó puesta en claro su audacia sacrílega cuando con soberbia y demente vanidad se atrevió a poner afirmaciones no sólo ignorantes sino también falseadas bajo el patrocinio de una divina persona. Cuando oigo decir de algún cristiano hermano mío que no sabe estas cosas y dice una cosa por otra, oigo con paciencia esas opiniones; no veo en qué pueda perjudicarle su ignorancia sobre las cosas del mundo si no piensa de ti cosas indignas. Pero mucho le daña el pensar que tales cosas pertenecen a la esencia de la doctrina de la fe y si se atreve a afirmar con pertinencia lo que no sabe.

3. Pero aun esta flaqueza la soporta maternalmente la caridad en los que están recién nacidos a la fe mientras no llega el tiempo de que surja en ellos el hombre nuevo, el varón perfecto que no es llevado de aquí para allá por cualquier viento de doctrina (Ef 4, 13-14). Aquel hombre, en cambio, se atrevió a presentarse como doctor, consejero, guía y director y, a sus discípulos los persuadía de que no eran seguidores de un hombre cualquiera, sino tu mismo Santo Espíritu; ¿cómo no juzgar semejante audacia como detestable demencia y de no condenarla con firme reprobación y con horror apenas quedaba demostrado que había dicho cosas erróneas? Con todo, no había yo sacado completamente en claro que no pudieran componerse con sus enseñanzas los fenómenos celestes del alargamiento y acortamiento de los días y las noches y los desfallecimientos del sol y de la luna según yo los conocía por otros libros; me quedaba siempre la incertidumbre de que pudiera o no ser así, pero todavía me sentía inclinado a aceptar su autoridad, pues me parecía acreditada por la santidad de su vida.

CAPITULO VI

1. Durante esos nueve años bien corridos en que con inmenso deseo de verdad pero con ánimo vagabundo escuché a los maniqueos,estuve esperando la llegada del dicho Fausto. Porque los otros maniqueos con que dada la ocasión me encontraba y no eran capaces de responder a mis objeciones, me prometían siempre que cuando él llegara, con su sola conversación les daría el mate a mis objeciones y aun a otras más serias que yo pudiera tener. Cuando Fausto por fin llegó me encontré con un hombre muy agradable y de fácil palabra; pero decía lo que todos los demás, sólo que con mayor elegancia. Mas no era lo que mi sed pedía a aquel mero, aunque magnífico escanciador de copas preciosas. De las cosas que decía estaban ya hartos mis oídos y no me parecían mejores porque él las dijera mejor, ni verdaderas por dichas con elocuencia; ni sabia su alma porque fuera su rostro muy expresivo y muy elegante su discurso. Los que tanto me lo habían ponderado no tenían buen criterio: les parecía sabio y prudente sólo porque tenía el arte del buen decir.

2. Conozco también otro tipo de hombres, que tienen la verdad por sospechosa y se resisten a ella cuando se les presenta en forma bien aliñada y con abundancia. Pero tú ya me habías enseñado (creo que eras tú, pues nadie fuera de ti enseña la verdad dondequiera que brille y de donde proceda), me habías enseñado, digo, que nada se ha de tener por verdadero simplemente porque se dice con elocuencia, ni falso porque se diga con desaliño y torpeza en el hablar. Pero tampoco se ha de tener por verdadero algo que se dice sin pulimento, ni falso lo que se ofrece con esplendor en la dicción. La sabiduría y la necedad se parecen a los alimentos, que son buenos unos y malos otros, pero se pueden unos y otros servir lo mismo en vasija de lujo que en vasos rústicos y corrientes. La sabiduría y la necedad pueden ofrecerse lo mismo con palabras cultas y escogidas que con expresiones corrientes y vulgares. La avidez con que había yo por tan largo tiempo esperado la llegada de aquel hombre me hacía ciertamente deleitarme en la vivacidad y animación con que disputaba y en el feliz tino con que hallaba las palabras justas, que fácilmente le venían para revestir sus sentencias. Pero me sentía molesto de que en la rueda de quienes lo escuchaban no se me permitiera intervenir para proponerle mis dificultades conversando con él en diálogo familiar.

3. Pero cuando finalmente pude en compañía de algunos amigos ocupar su atención en tiempo que no parecía importuno, le expuse algunos puntos que me preocupaban. Me di cuenta entonces de que tenía enfrente a un hombre ignorante de las disciplinas liberales con la sola excepción de la gramática, de la cual tenía, por otra parte, un conocimiento muy ordinario. Había leído solamente unas pocas oraciones de Tulio y poquísimos libros de Séneca, algunos libros poéticos y los de su propia secta, cuando sucedía que estuvieran escritos en buen latín. Le ayudaba también el cotidiano ejercicio de hablar, que le daba una fluída elocuencia tanto más seductora cuanto que sabía muy bien gobernar su talento con un donaire natural. Es así como lo recuerdo. ¿Lo he recordado bien, Señor y Dios mío, árbitro de mi
conciencia? Delante de ti pongo mi corazón y mi memoria. Tú me dirigías entonces con secretos movimientos de tu providencia y, poco a poco, ibas poniendo ante mis ojos mis funestos errores, para que los viera y los aborreciera.

CAPITULO VII

1. Cuando aquel hombre a quien había yo tenido por excelente conocedor de las artes liberales se me apareció en toda su impericia comencé a desesperar de que pudiera él aclarar mis problemas y resolver mis dudas. Porque ignorante como era, bien podía conocer la verdad y la piedad si no fuera maniqueo. Porque los libros están repletos de
interminables fábulas sobre el cielo y las estrellas, sobre el sol y la luna y no creía yo ya que él me pudiera explicar las cosas como era mi deseo, comparando sus explicaciones con los datos numéricos que había yo leído en otras partes y no sabía si concordaban o no con lo que en los libros maniqueos se decía, ni si daban buena razón de su doctrina. Así que cuando le hube propuesto mis problemas para su consideración y discusión, se comportó con mucha modestia y no se atrevió a arrimar el hombro a tan pesada carga. Bien sabía él que ignoraba tales cosas y no tuvo reparo en reconocerlo. No era de la laya de otros hombres locuaces que yo había padecido, que pretendían enseñarme, pero no decían nada. Fausto era un hombre de corazón; si no lo tenía enderezado hacia ti tampoco lo tenía clavado en sí mismo. No era del todo inconsciente de su impericia y no quiso exponerse temerariamente a disputar y meterse en una situación de la que no pudiera salir ni tampoco retirarse honorablemente y en eso me gustó sobremanera. Porque más hermosa que cuanto yo deseaba conocer es la temperancia de un hombre de ánimo sincero y yo lo encontraba tal en todas las cuestiones más sutiles y difíciles.

2. Rota así la ilusión que yo tenía por los estudios maniqueos y desesperando por completo de sus otros doctores cuando, para las cuestiones que me agitaban, me había parecido insuficiente el más prestigioso de todos ellos, comencé a frecuentarlo en otro terreno. El tenía grande avidez por conocer las letras que yo enseñaba a los adolescentes como maestro retórico de Cartago: comencé pues a leer con él lo que él deseaba por haber oído de ello o lo que yo mismo estimaba adaptado a su ingenio. Por lo demás mi intento por aprovechar en aquella secta quedó completamente cortado, no porque yo me separara de ellos del todo, sino porque no encontrando por el momento nada mejor que aquello en que ciegamente había dado de cabeza, había resuelto contentarme con ello mientras no apareciera ante mis ojos algo mejor.

3. Y así, aquel Fausto, que había sido perdición para muchos, aflojaba sin quererlo ni saberlo el lazo en que estaba yo amarrado. Porque tu mano, Señor, en lo oculto de tu providencia no me dejaba y las lágrimas del corazón que mi madre vertía por mí de día y de noche eran un sacrificio ante ti por mi salvación. Y tú obraste en mí de maravillosas maneras. Sí, Dios mío, tú lo hiciste; tú, que diriges los pasos de los hombres y regulas sus caminos. ¿Ni qué pretensión de salvación puede haber si no viene de tu mano, que recrea lo que creaste?

CAPITULO VIII

1. Te las arreglaste para que fuera yo persuadido de ir a Roma para enseñar allí lo mismo que enseñaba en Cartago y no pasaré por alto el recordar el modo como me persuadí. pues en ello se ven muy de manifiesto tus misteriosos procedimientos y tu siempre presente misericordia. No fui a Roma en busca de mayores ganacias ni en pos del prestigio de que mis amigos me hablaban, aunque ciertamente no estaba ajeno a tales consideraciones; pero la razón principal, casi la única fue que yo sabía que en Roma los estudiantes eran más sosegados y se contenían en los límites de una sana disciplina; no entraban a cada rato y con impudente arrogancia a las clases de otros profesores no suyos, sino solamente con su venia y permiso.

2. En Cartago, muy al contrario, los estudiantes eran de una fea e intemperante indisciplina. Irrumpían y con una especie de furia perturbaban el orden que los profesores tenían establecido para sus propios alumnos. Con increíble estupidez cometían desmanes que la ley debería castigar si no los condonara la costumbre, con lo cual quedaban en la condición miserable de poder hacer cuanto les venía en gana, abusos que tu ley no permite ni permitirá jamás. Y los cometían con una falsa sensación de impunidad, ya que en el mero hecho de cometerlos llevan ya su castigo, por cuanto deben padecer males mayores que los que cometieron. Así sucedió que aquella mala costumbre que yo ni aprobé ni hice mía cuando era estudiante, tenía que padecerla de otros siendo profesor. Por eso me pareció conveniente emigrar hacia un lugar en que tales cosas no sucedieran, según me lo decían quienes estaban de ello informados. Y tú, que eres mi esperanza y mi porción en la tierra de los vivientes (Sal 141, 6), me ponías para cambiar de lugar en bien de mi alma estímulos que me apartaran de Cartago y me ponías el señuelo de Roma valiéndote de hombres amadores de la vida muerta que hacían algo insano y prometían allá algo vano y, para corregir mis pasos, te valías ocultamente de la perversidad de ellos y de la mía. Porque los que perturbaban mi quietud estudiosa con insana rabia eran ciegos y, los que me sugerían otra cosa, tenían el sentido de la tierra. Y yo, que detestaba la miseria muy real de aquellos, apetecía la falsa felicidad que éstos me prometían.

3. Cuál era la causa que me movía a huir de Cartago para ir a Roma, tú la sabías, pero no me la hacías saber a mí ni tampoco a mi madre y ella padeció atrozmente de mi partida y me siguió hasta el mar. Y yo la engañé cuando fuertemente asida a mí quería retenerme o bien acompañarme. Fingí que no quería abandonar a un amigo que iba de viaje, mientras el viento se hacía favorable para la navegación. Le mentí pues a aquella madre tan extraordinaria y me escabullí. Pero tú me perdonaste también esa mentira y, tan lleno de sordideces abominables como estaba yo, me libraste de las aguas del mar para que pudiese llegar al agua de tu gracia y absuelto ya y limpio, pudieran secarse los torrentes de lágrimas con que mi madre regaba la tierra por mí en tu presencia. Ella se negaba a regresar sin mí y a duras penas pude persuadirla de que pasara aquella noche en el templo de San Cipriano que estaba cerca de nuestra nave. Pero esa misma noche me marché a escondidas mientras ella se quedaba orando y llorando y sólo te pedía que me impidieras el viaje. Pero tú, con oculto consejo y escuchando lo sustancial de su petición no le concediste lo que entonces te pedía para concederle lo que siempre te pedía.

4. Sopló pues el viento e hinchó nuestra velas y pronto perdimos de vista la ribera en la cual ella a la siguiente mañana creyó enloquecer de dolor y llenaba tus oídos con gemidos y reclamaciones. Tú desdeñabas esos extremos; me dejabas arrebatar por el torbellino de mis apetitos con el fin de acabar con ellos y domabas también el deseo natural de ella con un justo flagelo, pues ella, como todas las madres (y con mayor intensidad que muchas) necesitaba de mi presencia, ignorante como estaba de las inmensas alegrías que tú le ibas a dar mediante mi ausencia. Nada de esto sabía y por eso lloraba y se quejaba; se manifestaba en ella la herencia de Eva, que es buscar entre gemidos a quien gimiendo había dado a luz. Sin embargo, después de haberse quejado de mi engaño y de mi crueldad, volvió a su vida acostumbrada y a rogarte por mí. Y yo continué mi viaje hasta Roma.

CAPITULO IX

1. Y he aquí que apenas llegado a Roma me recibe con su flagelo la enfermedad corporal. Ya me iba yendo a los infiernos cargando todos los pecados que había cometido contra ti, contra mí mismo y contra los demás; pecados muchos y muy graves, que hacían todavía más pesada la cadena del pecado original con que en Adán morimos todos (1Co 15, 22). Porque nada de Cristo me habías dado todavía, ni había El reconciliado con la sangre de su cruz las enemistades que contigo había contraído yo por mis pecados; pues, ¿cómo podía destruírlas aquel fantasma crucificado en que yo entonces creía? Tan falsa como me parecía su muerte corporal era real y verdadera la muerte de mi alma y tan real como fue su muerte corporal así era de mentida la vida de mi alma, pues no creía en aquella. Y como la fiebre se hacía más y más grave, me deslizaba yo rumbo a la muerte. ¿Y a dónde me hubiera ido, de morir entonces, sino a los fuegos y tormentos que mis pecados merecían según el orden que tú tienes establecido? Mi madre ausente ignoraba todo esto, pero me asistía con la presencia de su plegaria y tú, que en todas partes estás, la oías en donde ella estaba y en donde estaba yo tenías misericordia de mí. Por esta misericordia recuperé la salud del cuerpo, aunque mi corazón sacrílego seguía enfermo. Porque viéndome en tan grave peligro no tenía el menor deseo de tu bautismo; mucho mejor era yo cuando de niño le solicitaba a mi madre que se me bautizara: así lo recuerdo y así te lo he confesado.

2. Yo había aventajado mucho en la deshonra y en mi demencia me burlaba de tu medicina y tú, sin embargo, no permitiste que muriera yo entonces, que habría muerto dos veces, en el cuerpo y en el alma. Esto habría causado en el corazón de mi madre una herida incurable. Lo digo porque no he ponderado cual conviene el afecto sin medida que por mí sentía y con el cual engendraba en el espíritu al hijo que había alumbrado según la carne. No comprendo como hubiera podido sobrevivir si la noticia de mi muerte la hubiera herido entonces en pleno corazón. ¿Qué habría sido entonces de aquellas plegarias tan grandes y tan ardientes, que no conocían descanso alguno? ¿En dónde estarían, pues no había para ellas otro lugar fuera de ti? Pero, ¿cómo podías tú, el Dios de las misericordias, despreciar el corazón contrito y humillado (Sal 50, 19) de una viuda sobria y casta que hacía abundantes limosnas y servía obsequiosamente a tus siervos; que no se quedaba un sólo día sin asistir al santo sacrificio y que diariamente, por la mañana y por la tarde visitaba tu casa y no para perder el tiempo en locuacidades de mujeres, sino para escuchar tu palabra y que tú escucharas sus preces?

3. ¿Cómo podía ser que tú desoyeras y rechazaras las lágrimas de la que no te pedía oro ni plata ni bien alguno volátil sino la salud espiritual de su hijo, que era suyo porque tú se lo habías dado? No, mi Señor. Bien al contrario, le estabas siempre presente y la escuchabas; ibas haciendo según su orden lo que habías predestinado que ibas a hacer. Lejos de mí la idea de que la hubieras engañado en aquellas visiones y en aquellas respuestas que le diste y que ya conmemoré y otras que no he recordado. Palabras tuyas que ella guardaba fielmente en su corazón y que te presentaba en su oración como documentos firmados de tu propia mano. Tanta así es, Señor, tu misericordia, que te dignas de ligarte con tus promesas y te conviertes en deudor de la criatura a quien le perdonas todas sus deudas.

CAPITULO X

1. De aquella enfermedad me hiciste volver a la vida y salvaste al hijo de tu sierva para que pudiera más tarde recibir otra salud mucho mejor y más cierta. Y en Roma me juntaba yo todavía con aquellos santos falsos y engañadores y no sólo con los simples oyentes de cuyo número formaba parte el dueño de la casa en que estuve enfermo, sino que también oía y servía a los elegidos. Todavía pensaba yo que no somos nosotros los que pecamos, sino que peca en nosotros no sé que naturaleza distinta y mi soberbia sentía complacencia en no sentirse culpable ni confesarse tal cuando algo malo había yo hecho.

2. Porque todavía no habías tú puesto una guarda a mi boca ni puerta de comedimiento a mis labios para impedirme la palabra maliciosa y que mi corazón se excusara de los pecados junto con hombres obradores de la iniquidad (Sal 140 3-4); por eso seguía yo tratando con aquellos electos sin esperanza ya de aventajar en la secta, pues había determinado quedarme provisionalmente en ella mientras no diera con cosa mejor y su doctrina la retenía aún, pero cada vez con mayor tibieza y negligencia. Me asaltó entonces la idea de que mucho más avisados habían sido aquellos filósofos que llamaban "académicos", que tienen por necesario dudar de todo y sostienen que nada puede el hombre conocer con certeza. Esta era la idea corriente sobre ellos y yo lo pensé así, pues no conocía entonces su verdadera posición.

3. Tampoco descuidé el reprender en mi huésped la desmedida confianza que veía yo en él sobre las fábulas de que están llenos los libros maniqueos; pero con todo, me ligaba a ellos una familiaridad que no tenía los ímpetus del principio; mas la familiaridad con ellos (de los cuales hay muchos ocultos en Roma) me hacía perezoso para indagar más allá. Y menos que en ninguna parte, Dios y Señor mío, creador de todas las cosas, me imaginaba yo encontrar la verdad en tu Iglesia, de la cual me habían ellos apartado. Muy torpe cosa me parecía el creer que tú hubieras tomado una forma corporal ajustada a los lineamientos del cuerpo humano y, como cuando quería pensar en Dios, no podía pensarlo sino como una mole corporal, ya que era para mí imposible concebir la realidad de otra manera y en esto sólo estaba la causa inevitable de mi error.

4. De aquí que creyera yo con los maniqueos que tal es la sustancia del mal, que tenía o bien una mole negra, espesa y deforme que elos llaman "tierra", o bien una masa tenue y sutil como la del aire, una especie de espíritu maligno que según ellos rastrea sobre esa tierra. Y como la piedad más elemental me prohibía pensar que Dios hubiera creado ninguna cosa mala, ponía yo frente a frente dos moles o masas, infinitas las dos, pero amplia la buena y más angosta la mala y de este pestilencial principio se seguían los otros sacrilegios. Así, cuando a veces me sentía movido a considerar con seriedad la fe católica me sentía por ella repelido, porque no la conocía yo como realmente es. ¡Oh Dios, cuyas misericordias confieso de corazón!Más piedad veía yo en creerte infinito en todas tus partes que no limitado y terminado por las dimensiones del cuerpo humano; aunque por el mero hecho de poner frente a ti una sustancia mala me veía obligado a pensarte finito, contenido y terminado en una forma humana.

5. Y mejor me parecía pensar que tú no habias creado ningún mal, por cuanto mi ignorancia concebía el mal como algo sustantivo y aún corpóreo; no podía mi mente concebirlo sino a manera de un cuerpo sutil que se difundiera por todos los lugares del espacio. Mejor me parecía esto que no pensar que procediera de ti lo que yo creía que era la naturaleza del mal. Y aun de nuestro salvador, hijo tuyo unigénito pensaba yo que emanaba de tu masa lucidísima y venía a nosotros para salvarnos y no creía de él que una naturaleza tan lúcida no podía nacer de la Virgen María sino mezclándose con la carne y no podía imaginarme semejante mezcla sin una contaminación. Me resistía a creer en un Cristo nacido, por no poder creer en un Cristo manchado por la carne. Tus amigos fieles se reirán de mí con amor y suavidad si llegan a leer estas confesiones. Pero así era yo.

CAPITULO XI

1. Por otra parte, me parecía que los puntos de la Escritura impugnados por los maniqueos no tenían defensa posible; pero en ocasiones me venía el pensamiento de conferir sobre ellos con algún varón muy docto, para conocer su sentir. Ya desde que enseñaba en Cartago me habían hecho impresión los sermones y discursos de un cierto Helvidio que hablaba y disertaba contra los maniqueos; pues decía sobre las Escrituras cosas que parecían irresistibles y contra las cuales me parecían débiles las respuestas de los maniqueos.

2. Tales respuestas, además, no las daban fácilmente en público; más bien nos decían a nosotros en secreto que los textos del Nuevo Testamento habían sido adulterados por no sé quién que estaba empeñado en introducir en la fe cristiana la ley de los judíos. Pero nunca mostraban para probarlo ningún texto incorrupto de las Escrituras. Por lo que a mí se refiere, siendo como era incapaz de concebir otras cosas que seres materiales, me sofocaban y oprimían con su pesada mole aquellas dos masas infinitas tras de las cuales anhelaba yo; pero no podía respirar el aire puro y delgado de tu verdad.

CAPITULO XII

1. Con mucha diligencia comencé pues en Roma lo que me había llevado a ella; la enseñanza del arte de la Retórica. Primero reuní en mi casa a algunos que habían tenido ya noticia de mí y por los cuales me conocieron luego otros. Y comencé a padecer en Roma vejaciones que no había conocido en Africa. Porque ciertamente no se usaban allí las "eversiones" que en Africa había yo conocido, pero en cambio se me anunció desde el principio que los estudiantes romanos se confabulaban para pasar a golpe de la clase de otro maestro abandonando al primero sin pagarle. Eran infieles a la palabra dada, les importaba mucho el dinero y menospreciaban la justicia. Odiábalos yo de todo corazón, aunque mi odio no era perfecto. Lo digo porque más me afectaba lo que yo podía padecer de su parte que no la injusticia que cometían con otros maestros.

2. Ciertamente son innobles estos tales, que fornicando lejos de ti aman esas burlas pasajeras y un lodoso lucro que cuando se lo toca mancha la mano y se abrazan a un mundo pasajero mientras te menosprecian a ti, que eres permanente y que perdonas al alma humana meretriz cuando se vuelve hacia ti. Y aun ahora detesto a esos tales perversos y descarriados, aunque los amo en el deseo de que se corrijan y que prefieran la ciencia que aprenden, al dinero con que la pagan y que más que a ella te estimen a ti, ¡oh Dios!, que eres verdad y superabundancia de bien cierto y de castísima paz. Pero entonces no quería yo que fueran malos por consideración de mi propio interés y para nada pensaba que fueran buenos para gloria de tu Nombre.

CAPITULO XIII

1. Fue entonces cuando Símaco, prefecto de Roma, recibió de Milán una solicitud para que enviara allá a un maestro de Retórica, a quien se le ofrecía a costa del erario público todo cuanto necesitara para su traslado. Yo, valiéndome de aquellos amigos míos ebrios de la vanidad maniquea y de los cuales ansiaba yo separarme sin que ni yo ni ellos lo supiéramos, me propuse al prefecto para pronunciar en su presencia una pieza oratoria, para ver si le gustaba y era yo el designado. Lo fui y se me envió a Milán, en donde me recibió tu obispo Ambrosio, renombrado en todo el orbe por sus óptimas cualidades. Era un piadoso siervo tuyo que administraba vigorosamente con su elocuencia la grosura de tu trigo, la alegría de tu óleo y la sobria ebriedad de tu vino. Sin que yo lo supiera me guiabas hacia él para que por su medio llegara yo, sabiéndolo ya, hasta ti. Me acogió paternalmente ese hombre de Dios y con un espíritu plenamente episcopal se alegró de mi viaje.

2. Y yo empecé a quererlo y a aceptarlo. Al principio no como a un doctor de la verdad, pues yo desesperaba de encontrarla en tu Iglesia, sino simplemente como a un hombre que era amable conmigo. Con mucha atención lo escuchaba en sus discursos al pueblo; no con la buena intención con que hubiera debido, sino para observar su elocuencia y ver si correspondía a su fama, si era mayor o menor de lo que de él se decía. Yo lo escuchaba suspenso, pero sin la menor curiosidad ni interés por el contenido de lo que predicaba. Me deleitaba la suavidad de su palabra, que era la de un hombre mucho más docto que Fausto, aunque no tan ameno ni seductor en el modo de decir. Pero en cuanto al contenido de lo que el uno y el otro decían no había comparación posible. Fausto erraba con todas las falacias del maniqueísmo, mientras que Ambrosio hablaba de la salvación de manera muy saludable. La salvación, empero, está siempre lejos de los pecadores como lo era yo entonces y, sin embargo, se acercaba a mí sin que yo lo supiera.

CAPITULO XIV

1. Me quedaba todavía una frívola desesperación al pensar que el camino hacia ti está cerrado al hombre y en esta disposición de ánimo no me preocupaba por aprender lo que él decía y sólo me fijaba en el modo cómo lo decía. Y sin embargo, llegaban a mi alma envueltas en las bellas palabras que apreciaba las grandes verdades que despreciaba y no podía yo disociarlas. Y mientras abría mi corazón para apreciar lo bien que enseñaba las cosas, me iba percatando muy poco a poco de cuán verdaderas eran las cosas que enseñaba. Gradualmente fui derivando a pensar que tales cosaas eran aceptables. Respecto a la fe católica pensaba antes que no era posible defenderla de las objeciones de los maniqueos; pero entonces creía ya que podía aceptarse sin imprudencia, máxime cuando tras de haber oído las explicaciones de Ambrosio una vez y otra y muchas más, me encontraba con que él resolvía satisfactoriamente algunos enigmas del Antiguo Testamento entendidos por mí hasta entonces de una manera estrictamente literal, que había matado mi espíritu.

2. Y así, con la exposición de muchos lugares de esos libros comenzaba yo a condenar la deseperación con que creía irresistibles a los que detestaban la Escritura y se burlaban de los profetas. Y sin embargo, no por el hecho de que la fe católica tenía doctores y defensores que refutaban con abundancia y buena lógica las objeciones que le eran contrarias, me sentía yo obligado a tomar el camino de los católicos, pues pensaba que también las posturas contrarias tenían sus defensores y que había un equilibrio de fuerzas; la fe católica no me parecía vencida, pero tampoco todavía victoriosa. Me apliqué entonces con todas mis fuerzas a investigar si había algunos documentos ciertos en los cuales pudiera yo encontrar un argumento decisivo contra la falsedad de los maniqueos. Pensé que si llegaba yo a concebir una sustancia espiritual con sólo eso quedarían desarmadas sus maqinaciones y yo las rechazaría definitivamente. Pero no podía conseguirlo. Considerando sin embargo, con una atención cada vez mayor lo que del mundo y su naturaleza conocemos por los sentidos y comparando las diferentes sentencias llegué a la conclusión de que eran mucho más probables las explicaciones de varios otros filósofos. Y entonces, dudando de todo, como es según se dice, el modo de los académicos y fluctuando entre nubes de incertidumbre decidí que mientras durara mi dubitación, en ese tiempo en que les anteponía yo a otros filósofos, no podía ya de cierto seguir con los maniqueos. Pero aún a tales filósofos me negaba yo a confiarles la salud de mi alma, pues andaba aún bien lejos de la doctrina saludable de Cristo. En consecuencia resolví quedarme como catecúmeno en la Iglesia católica, la que mis padres me habían recomendado, mientras no brillara a mis ojos alguna luz cuya certeza me diera seguridad.

Libro VI
CAPITULO I

¡Oh Dios, esperanza mía desde la juventud!¿Dónde estabas entonces para mí, o dónde te habías retirado? ¿No eras tú mi creador, el que me había distinguido de los cuadrúpedos y los volátiles? Más sabio que ellos me hiciste y sin embargo, andaba yo resbalando en las tinieblas; te buscaba fuera de mí y no te podía encontrar. Había yo caído, ¡oh Dios de mi corazón!En lo hondo del abismo y con total desconfianza desesperaba de llegar a la verdad. Entretanto había llegado mi madre, que llevada de su inmenso amor me seguía por tierra y por mar y que en todos los peligros estaba segura de ti y tanto, que durante los azares de la navegación confortaba ella a los marineros mismos, que están habituados a animar en sus momentos de zozobra a los viajeros novatos. Les prometía con seguridad que llegarían a buen puerto, pues tú así se lo habías revelado en una visión. Me encontró cuando me hallaba yo en sumo peligro por mi deseperación de alcanzar la verdad. Cuando le dije que no era ya maniqueo pero tampoco todavía cristiano católico, no se dio en extremos al júbilo como si mi noticia la hubiera tomado de sorpresa. Segura estaba de que de la miseria en que yacía yo como muerto, habías tú de resucitarme por sus lágrimas y, como la viuda de Naím, me presentaba a ti en el féretro de sus pensamientos, para que tú le dijeras al hijo de la viuda: Joven, yo te lo mando, levántate (Lc 7, 14) y él reviviera y comenzara a hablar y tú se lo devolvieras a su madre. Así pues, su corazón no se estremeció con ninguna turbulenta exultación cuando vio que ya estaba hecho en parte lo que ella a diario con lágrimas te pedía: pues me vio no ganado todavía para la verdad, pero sí liberado de la falsedad. Y esperaba con firmeza que tú, que se lo habías prometido todo, hicieras lo que faltaba todavía. Con el pecho lleno de segura placidez me respondió que no dudaba un punto de que antes de morir había de verme católico fiel. Esto fue lo que me dijo a mí; pero a ti te pedía con ardientes preces y lágrimas que te apresuraras a socorrerme iluminando mis tinieblas y con mayor afán corría a tu Iglesia y se supendía de la boca de Ambrosio bebiendo el agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 14). Amábalo ella como a un ángel de Dios, pues supo que debido a él había yo llegado a aquel estado de vacilante fluctuación por la cual presumía ella que habría yo de pasar de la enfermedad a la salud, después de atravesar ese subido peligro que los médicos llaman "crisis".

CAPITULO II

1.Sucedió en una ocasión que mi madre, según la costumbre africana (1) llevó a las tumbas de los santos comida de harina cocida, panes y vino puro. El portero se negó a recibírselos diciendo que el obispo lo tenía prohibido y ella, con humilde obediencia, se plegó a su voluntad y no dejé de admirarme de la facilidad con que renunció a una costumbre que le era cara, en vez de criticar costumbres diferentes. Porque la embriaguez no dominaba su espíritu ni el vino le inspiraba odio a la verdad, como sucede con tantos hombres y mujeres que al cántico de la sobriedad responden con la náusea de los beodos por el vino aguado. Cuando llevaba su cesta con sus manjares rituales para su degustación y distribución, no ponía para sí misma sino un vasito con vino tan diluído como lo pedía su temperante paladar. Y si eran muchas las sepulturas que hubiera que honrar, llevaba y ponía en todas ellas el mismo vasito con el vino no sólo más aguado, sino ya muy tibio para participar con pequeños sorbitos en la comunión con los presentes; pues lo que con ello buscaba no era la satisfacción del gusto, sino la piedad con los demás.

2. Así, cuando se enteró de que esto era cosa prohibida por aquel preclaro predicador y piadoso prelado que no lo permitía ni siquiera a las personnas moderadas y sobrias para no dar ocasión de desmandarse a los que no lo eran y porque, además, dicha costumbre era muy semejante a la costumbre supersticiosa de los paganos en sus ritos funerarios, ella se sometió con absoluta buena voluntad y, en lugar de la cesta llena de frutos de la tierra, aprendió a llevar a las tumbas de los mártires un pecho lleno de afectos más purificados para dar lo que pudiera a los menesterosos y celebrar allí la comunión del Cuerpo del Señor, cuya pasión habían imitado los mártires que con el martirio fueron inmolados y coronados.

3. Sin embargo, me parece probable que no sin interiores dificultades hubiera cedido mi madre a la supresión de una práctica a la que estaba acostumbrada, de haber la prohibición procedido de otro que Ambrosio, al cual amaba mucho, especialmente por lo que él significaba para mi salvación. Y Ambrosio a su vez la amaba a ella por su religiosa conducta, por su fervor en las buenas obras y su asiduidad a la Iglesia; hasta el punto de que cuando me encontraba prorrumpía en alabanzas suyas y me felicitaba por la dicha de tener una madre semejante. Es que no sabía él qué casta de hijo tenía mi madre: un escéptico que dudaba de todo y no creía posible atinar con el camino de la verdad. 
En Africa era costumbre entonces llevar a los sepulcros de los cristianos, comestibles para un ágape en el cual se mostraba la caridad, especialmente para con los pobres. Esta costumbre venía desde los tiempos apostólicos, pero debido a ciertos abusos la suprimió en Milán San Ambrosio y luego fue igualmente suprimida en otras partes, hasta que
finalmente desapareció del todo.

CAPITULO III

1. Yo no había aún aprendido a orar rogándote con gemidos que me ayudaras, sino que tenía puesta mi alma entera en la investigación de las cosas mundanas y el ejercicio de la disertación. Y a Ambrosio mismo lo tenía yo por el hombre feliz según el mundo, pues tantos honores recibía de gentes poderosas y sólo me parecía trabajoso su celibato. Por otra parte no tenía yo experiencia ni siquiera sospechas de las esperanzas que él tuviera, ni de las tentaciones que tenía que vencer derivadas de su propia excelencia; no tenía la menor idea de cuáles fueran sus luchas ni sus consuelos en las adversidades, ni sabía de que se alimentaba en secreto su corazón, ni qué divinos sabores encontraba en rumiar tu pan. Pero él tampoco sabía nada de mis duras tempestades interiores ni de la gravedad del peligro en que me hallaba. Ni podía yo preguntarle las cosas que querría, pues me apartaba de él la multitud de quienes acudían a verlo con toda clase de asuntos y a quienes él atendía con gran servicialidad. Y el poco tiempo en que no estaba con las gentes lo empleaba en reparar su cuerpo con el sustento necesario o en alimentar su mente con la lectura.

2. Cuando leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas. A menudo me hacía yo presente donde él leía, pues el acceso a él no estaba vedado ni era costumbre avisarle la llegada de los visitantes.
Yo permanecía largo rato sentado y en silencio: pues, ¿qién se atrevería a interrumpir la lectura de un hombre tan ocupado para echarle encima un peso más? Y después me retiraba, pensando que para él era precioso ese tiempo dedicado al cultivo de su espíritu lejos del barullo de los negocios ajenos y que no le gustaría ser distraído de su lectura a otras cosas. Y acaso también para evitar el apuro de tener que explicar a algún oyente atento y suspenso, si leía en alta voz, algún punto especialmente oscuro, teniendo así que discutir sobre cuestiones difíciles; con eso restaría tiempo al examen de las cuestiones que quería estudiar. Otra razón tenía además para leer en silencio: que fácilmente se le apagaba la voz. Mas cualquiera que haya sido su razón para leer en silencio, buena tenía que ser en un hombre como él.

3. Lo cierto es que yo no tenía manera de preguntarle lo que necesitaba saber a aquel santo oráculo tuyo sino cuando me podía brevemente atender y para exponerle con la debida amplitud mis ardores y dificultades necesitaba buen tiempo y nunca lo tenía. Cada domingo lo escuchaba yo cuando exponía tan magistralmente ante el pueblo la palabra de verdad y cada vez crecía en mí la persuasión de que era posible soltar el nudo de todas aquellas calumniosas dificultades que los maniqueos levantaban contra los sagrados libros.

4. Pero cuando llegué a comprobar que en el pensamiento de los hijos que tú engendraste en el seno de la Iglesia católica, tú creaste al hombre a tu imagen y semejanza pero tú mismo no quedabas contenido y terminado en la forma humana corporal y, aunque ni de lejos barruntaba yo lo tenue y enigmática que es la naturaleza de los seres espirituales, sin embargo, me avergoncé, lleno de felicidad, de haber por tantos años ladrado no contra la fe católica, sino contra meras ficciones de pensamiento carnal. Tan impío había yo sido, que en vez de buscar lo que tenía que aprender, lo había temerariamente negado. Porque tú eres al mismo tiempo inaccesible y próximo, secretísimo y presentísimo; no tienes partes ni mayores ni menores, pues en todas partes estás de manera total; ningún lugar te contiene y, ciertamente, no la forma corporal del hombre. Y sin embargo, tú hiciste al hombre a tu imagen y semejanza y, ¡él sí que está, de la cabeza a los pies, contenido en un lugar!

CAPITULO IV

1. No sabiendo, pues, cómo podía subsistir esa imagen tuya, con gusto y temor habría yo pulsado la puerta deAmbrosio para preguntarle por sus motivos de creer lo que creía, sin ofenderlo con arrogante reproche por haber creído. Y el ansia por saber qué podía yo retener como cierto, me corroía las entrañas con fuerza tanto mayor cuanto más avergonzado me sentía de haber andado por tanto tiempo engañado por ilusorias promesas de certidumbre y por haber pregonado con error y petulancia pueril tantas cosas inciertas como si fueran ciertas. Que eran falsas lo comprobé más tarde, pero entonces era ya seguro, cuando menos, que se trataba de cosas inciertas que yo había tenido por ciertas en aquel tiempo en que con ciega arrogancia acusaba a la Iglesia católica; pues si bien es cierto que la Iglesia no se me aparecía aún como maestra de verdad, cuando menos nada enseñaba de cuanto a mí me parecía gravemente reprensible. Con esto quedaba yo confuso y converso. Me alegraba sobremanera de que tu Iglesia única, Señor, el Cuerpo de tu Hijo único, en la cual se me infundió desde niño la reverencia al nombre de Cristo, nada supiera de aquellas banalidades ni admitiera en su doctrina la idea de que tú, el creador de todas las cosas, estuvieras circunscrito en un lugar del espacio, por sumo y amplio que fuera, ni terminado en los límites de la figura humana.

2. Alegrábame también de que los viejos escritos de la ley y los profetas no se me dieran a leer con mis antiguos ojos, que tantos absurdos veían en ellos cuando yo redarguía a tus santos por errores que ellos nunca profesaron. Y grande era mi contento cuando oía frecuentemente a Ambrosio decir con énfasis y reiteración en sus sermones al pueblo que la letra mata y el espíritu vivifica (2Co 3, 6). Así, descorriendo espiritualmente el velo místico, explicaba algunos pasajes de la Escritura que entendidos en forma literal estricta suenan a error y al explicar de esta manera nada decía que pudiera molestarme aun cuando dijese cosas de cuya verdad no me constaba todavía. Y así, por miedo de precipitarme en algún yerro, suspendía yo mi asentimiento, sin darme cuenta de que tal suspensión me estaba matando.

3. Quería yo tener de las cosas invisibles una certidumbre absoluta, como la de que siete más tres suman diez. Mi escepticismo no llegaba a la insania de tener por dudosas las proposiciones mateméticas, pero este mismo tipo de certeza era el que yo pedía para todo lo demás; lo mismo para los objetos materiales ausentes y por ello invisibles, como para los seres espirituales, que yo era incapaz de representarme sin una forma corpórea.
Yo no podía sanar sino creyendo; pues la vista de mi entendimiento, agudizada y purificada por la fe, podía de algún modo enderezarse hacia tu verdad. Esa verdad que siempre permanece y nunca viene a menos. Pero en ocasiones acontece que alguien, escamado por la experiencia de algún mal, queda temeroso y se resiste a entregarse al bien. Esta era entonces la situación de mi alma, que sólo creyendo podía ser curada, pero, por el miedo de exponerse a creer en algo errado, recusaba la curación y hacía resistencia a tu mano con la que tú preparaste la medicina de la fe y la derramaste sobre todas las enfermedades del mundo y pusiste en ella tan increíble eficacia.

CAPITULO V

1. Desde ese tiempo comencé a sentir preferencia por la doctrina católica también por otro motivo: porque en ella, sin falacia de ningún género se me mandaba creer con modestia en cosas que no se pueden demostrar, o porque se resisten a toda demostración, o porque la demostración existe pero no está al alcance de todos. Los maniqueos, en cambio, se burlaban de la credulidad de la gente con temerarias promesas de conocimiento científico y en seguida pedían que creyéramos en las más absurdas fábulas diciendo que eran verdades indemostrables. Entonces tú, tratándome con mano suavísima y llena de misericordia, fuiste modelando poco a poco mi corazón. Me hiciste pensar en el enorme número de cosas que yo creía sin haberlas visto ni haber estado presente cuando sucedieron. ¡Cuántas cosas admitía yo por pura fe en la palabra de otros sobre cosas que pasaron en la historia de los pueblos, o lo que se me decía, sobre lugares y ciudades y, cuántas creía por la palabra de los médicos, o de mis amigos, o de otros hombres!Si no creyéramos así, la vida se nos haría imposible. Y ¿cómo, si no por fe en lo que me decían podría yo tener la firmísima convicción de ser hijo de mis padres?

2. Me persuadiste de que no eran de reprender los que se apoyan en la autoridad de esos libros que tú has dado a tantos pueblos, sino más bien los que en ellos no creen y, de que no debía yo hacer caso de ellos si por ventura me dijeren: "¿De dónde sabes tú que esos libros fueron comunicados a los hombres por el verdadero y veracísimo Espíritu de Dios?". Porque en ese divino origen y en esa autoridad me pareció que debía yo creer, antes que nada, porque el ardor polémico de las calumniosas objeciones movidas por tantos filósofos como había yo leído y que se contradecían unos a otros no pudo jamás arrancar de mí la convicción de que tú existes, aunque yo no entienda cómo y de que en tus manos está el gobierno de las cosas humanas. A veces lo creía con fuerza y otras con debilidad; pero siempre creía que existes y que diriges la marcha de las cosas del mundo, aunque no sabía qué es lo que se debe pensar de tu sustancia o de los caminos que llevan a ti o apartan de ti.

3. Por eso, siendo yo débil e incapaz de encontrar la verdad con las solas fuerzas de mi razón, comprendí que debía apoyarme en la autoridad de las Escrituras y que tú no habrías podido darle para todos los pueblos semejante autoridad si no quisieras que por ella te pudiéramos buscar y encontrar. En los últimos días había yo oído explicaciones muy plausibles sobre aquellas necias objeciones que antes me habían perturbado y me encontraba dispuesto a poner la oscuridad de ciertos pasos de la Escritura a la cuenta de la elevación de los misterios y, por eso mismo, tanto más venerable y digna de fe me parecía la Escritura, cuanto que por una parte, quedaba accesible a todos y por otra reservaba la intelección de sus secretos a una interpretación más profunda. A todos está abierta con la simplicidad de sus palabras y la humildad de su estilo, con la cual ejercita, sin embargo, el entendimiento de los que no son superficiales de corazón; a todos acoge en su amplio regazo, pero a pocos encamina a ti por angostas rendijas. Pocos, que serían muchos menos si ella no tuviera ese alto ápice de autoridad ni atrajera a las multitudes al seno de su santa humildad. Tú estabas a mi vera cuando pensaba yo todo esto; yo suspiraba y tú me oías; yo andaba flucutuando y tú me gobernabas, sin abandonarme cuando iba yo por el ancho camino de este siglo.

CAPITULO VI

1. Avido estaba yo entonces de honores y de ganacias; ardía por el matrimonio, pero tú te burlabas de mí. Con todas esas concupiscencias pasaba yo por amargas dificultades y tú me eras tanto más propicio cuanto que menos permitías que me fuera dulce lo que no eras tú. Ve mi corazón, Dios mío, que has querido que yo recordara todo esto para confesártelo. Adhiérase a ti mi alma, pues me sacaste de tan pegajoso y tenaz engrudo de muerte. ¡Cuán mísera era entonces mi alma!Y tú hacías todavía más punzante el dolor de mi herida para que dejándolo todo me convirtiera a ti, ser soberano sin el cual nada existiría y, para que convertido, quedara sano. Era pues yo bien miserable. ¡Y con qué violencia hiciste que sintiera mi miseria aquel día en que me preparaba yo a recitar un panegírico del emperador en el cual muchas mentiras iba a decir para ganarme el favor de quienes sabían que mentía!Con este anhelo pulsaba mi corazón, encendido en la fiebre de pestilenciales pensamientos, cuando al pasar por una callejuela de Milán vi a un mendigo, borracho ya según creo, que lleno de jovialidad decía chistes. Al verlo se me escapó un gemido. Empecé a hablar con los amigos que me acompañaban sobre los pesados sinsabores que nos venían de nuestras locuras; pues con todos aquellos esfuerzos y cuidados como el que en ese momento me oprimía (pues estimulado por mis deseos iba cargando el fardo de mi infelicidad, que se aumentaba hasta la exageración) no buscábamos otra cosa que conseguir aquella descuidada alegría y que aquel mendigo había llegado ya a donde nosotros acaso no lograríamos nunca. Esa especie de felicidad temporal que él había logrado con unas pocas monedas habidas de limosna andaba yo buscando por largos rodeos y fragosos caminos.

2. Aunque, una alegría verdadera no la tenía, por cierto, aquel mendigo; pero yo, con todas mis ambiciones estaba aún más lejos que él de la verdadera alegría. El estaba alegre cuando yo andaba ansioso; él se sentía seguro mientras yo temblaba. Y si alguien me hubiera preguntado entonces qué prefería yo: si estar alegre o estar triste, le habría respondido que estar alegre. Pero si de nuevo me interrogara sobre si querría yo ser como aquel mendigo o más bien ser lo que yo era y como era, le habría yo de cierto contestado que prefería ser yo mismo y como era, no obstante lo abrumado que me tenían mis muchos temores. Y en tal respuesta no habría habido verdad, sino sólo perversidad. No podía yo tenerme en más que él por el solo hecho de ser más docto, sino que me gozaba en agradar a los demás y lo que realmente me importaba no era enseñarles algo, sino tan sólo agradarles. Por eso me rompías tú los huesos con el duro báculo de tu disciplina.
¡Lejos pues de mí los que me dicen que es muy importante saber las causas de nuestra alegría!El mendigo aquel se alegraba por su borrachera, pero tú querías gozar de la gloria. Pero, ¿de qué gloria, Señor? Pues, de la que te negamos cuando buscamos la gloria fuera de ti. Porque así como la alegría de aquel beodo no era verdadera alegría, así tampoco era gloria verdadera la que andaba yo buscando con tan grande perturbación de mi espíritu. Aquel iba a digerir su vino aquella misma noche; yo en cambio iba a dormirme con mi ebriedad y a despertar con ella, para seguir así con ella durmiendo y despertando. Y esto, Señor, ¡por cuánto tiempo! Con todo, es importante conocer cuál es la causa de nuestra alegría. Yo sé cuán grande es la diferencia que media entre la esperanza fiel y toda aquella vanidad. Pero esta distancia la había entre aquel beodo y yo. Más feliz que yo era él, no solamente porque podía expandirse en risas mientras a mí me desgarraba toda clase de cuidados, sino también porque él, con buena elección, había comprado su buen vino, mientras que yo buscaba una gloria vanidosa por medio de mentiras. Muchas cosas dije entonces a mis caros amigos en esta línea de pensamiento y con frecuencia me preguntaba a mí mismo cómo me iba, sólo para tener que admitir que me iba mal; con esto me dolía y este dolor aumentaba mis males. Hasta el punto de que si algo próspero me venía al encuentro sentía fastidio de tenderle la mano, pues antes de yo tocarlo, se había desvanecido.

CAPITULO VII

1. De todas estas miserias nos lamentábamos juntos los que vivíamos unidos por el lazo de la amistad; pero con mayor familiaridad que con otros hablaba yo con Alipio y con Nebridio. Alipio había nacido en la misma ciudad que yo, era un poco mayor que yo y sus padres eran principales en el municipio. El había estudiado conmigo en nuestra ciudad natal y más tarde en Cartago. El me quería mucho porque le parecía yo bueno y docto y yo lo amaba a él por su buen natural y por una virtud que lo hacía señalarse no obstante su juventud. Pero el vórtice de las costumbres cartaginesas, en las cuales tanta importancia se daba a toda suerte de frivolidades, lo había absorbido con una insana afición por los juegos circenses. Mientras él se revolvía en aquella miseria tenía yo establecida ya mi escuela pública de Retórica, a la cual no asistía él a causa de ciertas diferencias que habían surgido entre su padre y yo. Bien comprobado tenía yo el pernicioso delirio que tenía él por los juegos del circo y yo sentía angustia de pensar que tan bellas esperanzas pudieran frustrarse en él, si acaso no estaban ya del todo frustradas. Pero no tenía manera de amonestarlo o de ejercer sobre él alguna presión para sacarlo de aquello, ni por el afecto de la amistad ni por el prestigio de mi magisterio. Creía yo que él pensaba de mí lo mismo que su padre, pero en realidad no era así y por eso, pasando por encima de la voluntad de su padre, comenzó a saludarme y a visitar mi clase; escuchaba un poco y luego se marchaba. Ya para enonces se me había olvidado mi propósito de hablar con él para exhortarlo a no desperdiciar su buen ingenio con aquel ciego y turbulento amor por los espectáculos.

2. Pero tú, Señor, que presides el destino de todo cuanto creaste, no te habías olvidado de quien iba a ser más tarde entre tus hijos ministro de tus sagrados misterios. Y para que su corrección no pudiera atribuirse a nadie sino a ti, quisiste valerte de mí para conseguirla, pero no sabiéndolo yo. Sucedió pues cierto día estando yo sentado en el lugar de costumbre y rodeado de mis discípulos llegó él, saludó y se sentó poniendo toda su atención en lo que se estaba tratando. Y dio la casualidad de que tuviera yo entre las manos un texto para cuya explicación en forma clara y amena me pareció oportuno establecer un símil con los juegos circenses y me valí de expresiones mordaces y sarcásticas sobre los que padecen la locura del circo. Bien sabes tú, Señor, que al hacerlo, para nada pensaba en la corrección de Alipio ni en librarlo de aquella peste; pero él se lo apropió todo inmediatamente, creyendo que por nadie lo decía yo sino por él y lo que otro habría tomado como razón para irritarse conmigo lo tomó, joven honesto como era, como motivo de enojarse consigo mismo y de amarme más a mí. Bien lo habías tú dicho mucho antes y consignado en tus Escrituras: Reprende al sabio y te amará por ello (Pr 9, 8). Yo, empero, no lo había reprendido. Pero tú te vales de todos, sabiéndolo ellos o no, según el orden justísimo que tienes establecido. De mi corazón y de mi lengua sacaste carbones ardiendo para cauterizar y sanar aquella mente que estaba enferma, pero también llena de juventud y de esperanzas. Que nadie se atreva a cantar tus loores si no considera tus misericordias como lo hago yo ahora, confesándotelo todo desde lo hondo de mis entrañas. Así pues, al oir mis palabras se arrancó Alipio con fuerza de aquella fosa profunda en la cual con tanta complacencia se había ido hundiendo cegado por un miserable placer; con temperante energía sacudió de su ánimo las sordideces del circo y nunca se le vió más por allí. Después venció la resistencia de su padre y obtuvo su consentimiento para alistarse entre mis discípulos y con ello se vio envuelto en la misma superstición que yo, pues le gustaba la ostentación de austeridad que hacían los maniqueos, que tenía por sincera. Pero no había tal. Era un error que seducía almas preciosas pero inexpertas de la virtud y fáciles de engañar por apariencias superficiales de una virtud simulada y no real.

CAPITULO VIII

1. Alipio, siguiendo el camino de los honores de la tierra que tanto le habían ponderado sus padres, me precedió en el viaje a Roma, a donde fue para aprender el Derecho. Allí recayó de la manera más increíble en el increíble frenesí de los juegos gladiatorios. Pues, como manifestara su aversión y detestación por aquellos espectáculos, algunos entre sus amigos y condiscípulos a quienes encontró cuando ellos regresaban de una comilona, con amistosa violencia vencieron su vehemente repugnancia y lo llevaron al anfiteatro en dias en que se celebraban aquellos juegos crueles y funestos. Alipio les decía: "Aunque llevéis mi cuerpo y lo pongáis allí no podréis llevar también mi alma, ni lograr que mis ojos vean semejantes espectáculos. Estaré allí, si me lleváis, pero ausente y así triunfaré de ellos y también de vosotros". Mayor empeño pusieron ellos en llevarlo, acaso con la curiosidad de saber si iba a ser capaz de cumplir su palabra.

2. Alipio les mandó entonces a sus ojos que se cerraran y a su espíritu que no consintiera en tamaña perversidad; pero por desgracia no se tapó también los oídos; porque en el momento de la caída de un luchador fue tal el bramido de todo el anfiteatro que Alipio, vencido por la curiosidad y creyendo que podía vencer y despreciar lo que viera, abrió los ojos y con esto recibió en el alma una herida más grave que la que en su cuerpo había recibido el luchador cuya caída desatara aquel clamor que a Alipio le entró por los oídos y lo forzó a abrir los ojos para ver lo que lo iba a deprimir y dañar. Su ánimo tenía más audacia que fortaleza y era tanto más débil cuanto más había presumido de sus propias fuerzas en vez de contar sobre las tuyas. Y así aconteció que al ver aquella sangre bebió con ella la crueldad y no apartó la vista, sino que más clavó los ojos; estaba bebiendo furias y no caía en la cuenta; se gozaba con la ferocidad de la lucha y se iba poco a poco embriagando de sangriento placer. Ya no era el que era antes de llegar al circo, sino uno de tantos en aquella turba y auténtico compañero de los que lo habían llevado allí. ¿Para qué decir más? Alipio vio, gritó, se enardeció y de todo ello sacó una locura por volver al circo no sólo con los que a él lo habían llevado, sino también sin ellos y llevando él mismo a otros. Y de esto, sin embargo, con mano fortísima y misericordiosa lo liberaste tú y le enseñaste a no confiar en sus propias fuerzas sino solamente en las tuyas. Pero esto fue mucho después.

CAPITULO IX

1. El recuerdo de esta experiencia le quedó en la memoria como medicina para lo porvenir. Cuando ya asistía él a mis clases en Cartago sucedió que en cierta ocasión, a mediodía, ensayaba él en el foro lo que luego tenía que recitar, al modo como suelen hacerlo los estudiantes. Entonces permitiste tú que fuera aprehendido por los guardianes del foro como ladrón y pienso que tu motivo para permitirlo fue el de que un hombre que tan grande iba a ser en tiempos posteriores comenzara a aprender que un juez no siempre puede en un litigio juzgar con facilidad y que un hombre no ha de ser condenado por otro con temeraria credulidad. Es el caso que cierto día se paseaba él sólo delante de los tribunales con su punzón y sus tablillas cuando un jovenzuelo de entre los estudiantes, que era un verdadero ladrón, entró sin ser visto por Alipio hasta los canceles de plomo que dominan la calle de los banqueros; llevaba escondida un hacha y con ella comenzó a cortar el plomo. Al oír el ruido de los golpes, los banqueros que estaban debajo comenzaron a agitarse y mandaron a los guardias con la orden de aprehender al que encontrasen. El ladronzuelo al oír las voces huyó rápidamente dejando olvidado su instrumento para que no lo pillaran con él en la mano.

2. Pero Alipio, que no lo había visto entrar pero sí salir y escapar rápidamente y, queriendo averiguar de qué se trataba, entró al lugar y encontrando el hacha la tomó en la mano y la estaba examinando. En esto llegan los guardias y lo encuentran a él sólo con el hacha en la mano. Lo detienen pues, y se lo llevan pasando por en medio de la gente que había en el foro y que se había aglomerado, para entregarlo a los jueces como ladrón cogido en flagrante delito. Pero hasta aquí llegó y de quí no pasó la lección que querías darle y saliste a la defensa de una inocencia cuyo único testigo eras tú. Porque mientras se lo llevaban a la cárcel o al suplicio, les vino al encuentro un arquitecto que tenía a su cargo la alta vigilancia sobre los edificios públicos. Alegráronse ellos del encuentro, pues él solía sospechar que fueran ellos mismos los que se robaban lo que desaparecía del foro: ahora, pensaban, iba a saber por sí mismo quién era el ladron.

3. Pero el arquitecto conocía a Alipio por haberlo encontrado varias veces en la casa de cierto senador que él visitaba con frecuencia. Lo reconoció al instante, le tendió la mano y lo sacó de entre la multitud. Se puso a investigar la razón del incidente y, cuando Alipio le hubo dicho lo acontecido, mandó a todos los que estaban gritando y amenazando con furia que lo acompañaran a la casa del muchacho que había cometido el delito. A la puerta de la casa estaba un chiquillo muy pequeño, que ningún daño podía temer de su amo si lo decía todo y él había estado con el delincuente en el foro. Alipio lo reconoció luego y se lo indicó al arquitecto y éste, mostrándole el hacha, le preguntó al chiquillo de quién era. "Es nuestra", le contestó éste y sometido a interrogatorio, contó todo el resto. De esta manera se transfirió la causa de aquella familia y fueron confundidas las turbas que ya creían haber triunfado sobre un futuro dispensador de tus miembros, que había más tarde de examinar muchas causas en tu Iglesia. De este caso salió el futuro juez instruido y con una preciosa experiencia.

CAPITULO X

1. Lo había yo pues encontrado en Roma y se adhirió a mí con fortísimo vínculo y se fue conmigo a Milán, pues no quería abandonarme y, además, para ejercer un poco el Derecho que había aprendido más por deseo de sus padres que por su propio deseo. Después de esto había llegado a ejercer el cargo de consiliario con una integridad que a todos admiraba y les servía de ejemplo, pues manifestaba suma extrañeza por los magistrados que estimaban más el dinero que la inocencia. También fue sometido a prueba su carácter, no sólo con los atractivos de la sensualidad, sino también por la presión del terror.

2. Alipio asesoraba entonces en Roma al administrador de los bienes imperiales. Y sucedió que había allí un senador muy poderoso que tenía sometidos a muchos o por hacerles beneficios o por la intimidación. Este señor confiando en su fuerza política pretendió una vez salirse con algo que estaba prohibido por la ley y Alipio le resistió. Se le hicieron promesas, pero las desechó con una sonrisa; le hicieron amenazas, pero él las despreció con gran admiración de todos, pues nadie estaba acostumbrado a ver semejante energía para enfrentarse a un hombre que se había hecho célebre por la fuerza que hacía a la gente y los grandes recursos con que contaba para favorecer o perjudicar; les parecía increíble que alguien ni quisiera ser amigo ni temiera ser enemigo de un hombre tan poderoso. El juez mismo de quien Alipio era consejero no quería plegarse a las demandas del senador, pero tampoco quería oponerse abiertamente; así que se descargó en Alipio, diciendo que no lo dejaba obrar. Lo cual, además, era cierto, pues de haber cedido el juez, Alipio habría dimitido. Una sola tentación tuvo que combatir y fue la que le vino de su afición a las letras; pues de haber cedido a las demandas del senador, con la paga que éste le ofrecía, se habría podido procurar ciertos códices que deseaba poseer. Pero arendió a la justicia y rechazó la idea; pensaba que a la postre más útil le era la justicia que le cerraba el paso que no la influencia de un poderoso que todo se lo permitía. Poca cosa era eso; pero el que es fiel en lo poco lo será también en lo mucho (Lc 16, 10); y nunca será vana la palabra de verdad que nos vino de ti cuando dijiste: Si no habéis sido fieles con la riqueza mal habida ¿quién os encomendará la riqueza verdadera? Y si no habéis sido fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo que es vuestro? (Lc 16, 11-12). Tal era entonces Alipio, unido a mí por estrechísima amistad. Ambos estábamos en la perplejidad y ambos nos preguntábamos qué género de vida teníamos que llevar. Nebridio, por su parte, había dejado su ciudad natal, cercana a Cartago y a Cartago misma que con frecuencia solía visitar; había dejado también su casa y renunciado a la herencia de un magnífico campo de su padre. Su madre no quiso seguirlo cuando él se vino a Milán no por otra razón, sino porque quería vivir conmigo en el mismo fervoroso empeño por alzanzar la verdad y la sabiduría. Nebridio participaba en nuestras vacilaciones y ardoroso como era y escrutador acérrimo de las cuestiones más difíciles suspiraba a una con nosotros por la consecución de una vida feliz. Eramos tres indigentes con la boca llena de hambre, que mutuamente se comunicaban su pobreza y sus anhelos, en la esperanza de que tú les dieras el alimento en el tiempo oportuno (Sal 144, 15). Y en medio de la amargura que por misericordia tuya se producía de nuestra mundana manera de vivir, cuando considerábamos el fin que con todo ello nos proponíamos se abatían sobre nosotros las tinieblas. Nos volvíamos gimiendo hacia otra parte y decíamos: "¿Cuánto durará todo esto?". Así decíamos con mucha frecuencia; pero por mucho que lo dijéramos no nos resolvíamos a dejar nuestro modo de vida, pues no alcánzabamos a ver una luz cierta que dejándolo todo pudiéramos seguir.

CAPITULO XI

1. Admirábame yo considerando el largo tiempo transcurrido desde que yo, a los
diecinueve años, con tanto ardor había comenzado el estudio de la sabiduría con el propósito firme, si la encontraba, de abandonar a las falaces esperanzas y a la mentida locura de los falsos placeres. Y ya andaba en los treinta años ahora y no salía del lodazal. Desde mis diecinueve años estaba yo entregado al goce de los bienes del momento presente, que se me escurrían entre las manos dejándome distraído y disperso. Y yo me decía: "Mañana la tendré, mañana se me aparecerá y me abrazaré a ella, mañana llegará Fausto y me lo explicará todo". ¡Oh, varones ilustres de la Academia que decís que ninguna certidumbre podemos alcanzar para dirigir la vida!Pero no. Debemos, bien al contrario, buscar con mayor diligencia y sin desesperar. Ya no me parecen absurdas en los libros eclesiásticos las cosas que antes me lo parecían y que pueden ser entendidas con toda honradez de otra manera. Asentaré entonces mis pies en el paso en que de niño me pusieron mis padres, en espera de que la verdad se me haga ver claramente.

2. Pero, ¿dónde y cuándo buscar la verdad? Ambrosio no tiene tiempo y yo no tengo facilidades para leer. ¿En dónde podría yo conseguir los códices, en dónde comprarlos o a quién pedirlos prestados? Y será, además, preciso determinar un tiempo y señalar horas fijas para dedicarlas a la salud de mi alma. Todo esto me decía, pues se había levantado en mi alma una grande esperanza desde el momento en que comprobé que la fe católica no afirma los errores de que vanamente la acusábamos. Sus doctores reprueban resueltamente la idea de que Dios tenga figura corporal de hombre y que en ella se termine. ¿Cómo dudar entonces de que inquiriendo más las demás puertas también se me tenían que abrir? Y me decía para mí mismo: "Las horas de la mañana me las ocupan los estudiantes y no me quedan para el estudio de la verdad sino las horas de la tarde. Pero, por otra parte, sólo por la tarde puedo saludar a mis amigos y visitar a las personas importantes cuya ayuda necesito y sólo por las tardes puedo preparar los trabajos que me compran mis alumnos. Además, sólo por las tardes puedo reparar mis fuerzas descansando de la tensión de mis preocupaciones".
Así me hablaba a mí mismo. Pero decidí que no. Me dije: "Que todo se pierda, si se ha de perder; pero tengo que dejar todas estas vanidades para consagrarme al estudio de la verdad. Esta vida es miserable, la muerte es algo incierto; si se me viene encima de repente, ¿cómo saldré de todo esto y en dónde aprenderé lo que no aprendí en esta vida? ¿No tendría yo que pagar por semejante negligencia? ¿Y qué, si la muerte da fin a todos nuestros cuidados amputándonos el sentimiento? Todo esto lo tengo que averiguar. Pero no es posible semejante anulación, pues las cosas, tantas y tan grandes que Dios ha hecho por nosotros no las hiciera si con la muerte del cuerpo viniera también la aniquilación del alma; ni es cosa vana y sin sentido la grande autoridad del crisitanismo por todo el orbe. ¿De dónde me viene pues esta vacilación para dejar de lado las esperanzas del mundo y consagrarme a la búsqueda de Dios y de la vida feliz?".

3. "Pero, aguarda: todas estas cosas mundanas son agradables y tienen su encanto; no sería prudente cortarlas con precipitación, ya que existe el peligro de tener que volver
vergonzosamente a ellas. No me sería difícil conseguir algún puesto honorable y más cosas que pudiera desear; tengo muchos amigos influyentes que podrían fácilmente conseguirme una presidencia. Podría yo también casarme con una mujer que tuviera algún patrimonio, para que no me fuera gravosa con sus gastos y con esto tendría satisfechos todos mis deseos. Hay, además, muchos varones grandes y dignos de imitación, que no obstante vivir casados han podido consagrarse a la sabiduría".

4. Mientras todas estas razones revolvía yo en mi mente con muchos cambios de viento que empujaban mi corazón de aquí para allá, dejaba pasar el tiempo y difería mi conversión. Dejaba siempre para mañana el vivir en ti y esta dilación no me impedía morir en mí mismo un poco cada día. Deseando la vida feliz, tenía miedo de hallarla en su propia sede y huía de ella mientras la buscaba. Pensaba que sin los abrazos de una mujer sería yo bien miserable pues para nada pensaba, por no haberla experimentado, en la medicina de tu misericordia para sanar la enfermedad de la concupiscencia. Tenía la idea de que la continencia es posible naturalmente para quien tiene fuerza de carácter y yo no tenía la menor conciencia de poseerla. En mi necedad, ignoraba yo que tú habías dicho: Nadie puede ser continente si tú no se lo concedes (Sb 8, 21). Y la continencia me la habrías ciertamente concedido de pulsar yo con gemidos interiores la puerta de tus oídos, arrojando en ti, con sólida fe, todos mis cuidados.

CAPITULO XII

1. Alipio me disuadía de tomar mujer. Pensaba que la vida del matrimonio no era
compatible con una tranquila seguridad en el amor de la sabiduría, que era el ideal que nos habíamos propuesto. Es de notar que entonces era Alipio de una castidad admirable. Había ciertamente tenido en su adolescencia conocimiento de lo que es el concúbito, pero no se había quedado ahí, sino que más bien se había dolido de ello; lo había menospreciado y había vivido desde entonces en estricta continencia. Pero yo le resistía, alegando el ejemplo de hombres casados que habían merecido favores de Dios, se comportaban con fidelidad y amaban a sus amigos. Muy lejos andaba yo de tal grandeza de ánimo. Esclavizado por el morbo de la carne y sus mortíferas suavidades arrastraba mis cadenas con mucho miedo de romperlas y, así como una herida muy maltratada rehúsa la mano que la cura, así yo rechazaba las palabras del buen consejero que quería soltar mis cadenas.

2. Pero además, la serpiente le hablaba a Alipio por mi medio; por mi boca le presentaba y sembraba en su camino lazos agradables en los que pudieran enredarse sus pies honestos y libres. Porque él se asombraba de que yo, a quien en tanta estima tenía, estuviera tan preso en el engrudo de los torpes placeres y, que cuantas veces tocábamos el tema, le dijera que no me era posible vivir en el celibato. Le asombraba el que yo me defendiera de su extrañeza afirmando que no había comparación posible entre su experiencia y las mías. La suya, decía yo, había sido furtiva, no continuada y, por eso no la recordaba ya bien y podía condenarla con tanta facilidad; la mía, en cambio, era una recia costumbre del deleite y si se legalizaba con el honesto nombre de matrimonio, debía serle comprensible que no desdeñara yo ese género de vida. Entonces comenzó él mismo a desear el matrimonio no vencido por la lujuria, sino por mera curiosidad. Decía tener vivo deseo de saber qué podía ser aquello sin lo cual mi vida, para él tan estimable, para mí no era vida, sino condena.

3. Libre como era, sentía una especie de estupor ante las ataduras de mi esclavitud y por esta admiración iba entrando en él el deseo de conocer por sí mismo una experiencia que de haberla él tenido habría acaso dado con él en la misma servidumbre en que yo estaba; pues quería también él hacer un pacto con la muerte y el que ama el peligro en el perecerá (Si 3, 26). Ni él ni yo le concedíamos real importancia a lo que hace la dignidad del matrimonio, que es la compostura de la vida y la procreación de los hijos. A mí, en mi esclavitud, me atormentaba con violencia la costumbre de saciar una concupiscencia insaciable; a él lo arrastraba hacia el mal aquella su admiración por mí. Y así fuimos, hasta que tú, ¡oh, Señor Altísimo!, tuviste misericordia de nuestra miseria y por admirable manera viniste a socorrernos.

CAPITULO XIII

1. Muy vivas instancias se me hacían para que tomase mujer. La pedía yo y me la prometían. De esto se ocupaba sobre todo mi madre, que veía en mi matrimonio una preparación para el bautismo saludable. Sentía con gozo que estaba yo cada día mejor dispuesto para él y esperaba que llegado yo a la fe se cumplirían sus votos y las promesas que tú le habías hecho. Y un día, por mis ruegos y por su propio vivo deseo te pidió con clamores del corazón que le indicaras algo en sueños sobre mi futuro matrimonio, pero tú no quisiste.

2. Algunas visiones tenía, vanas y fantásticas como las que suele engendrar por su propio ímpetu el espíritu del hombre y me contaba estos sueños, pero no con la confianza con que solía cuando tú le mostrabas las cosas. Y yo no le hacía caso. Decíame ella que podía discernir, por no sé qué misterioso sabor imposible de explicar, la diferencia entre sus revelaciones y sus propios sueños. De todas maneras, seguía ella en su insistencia y hasta llegó a pedir para mí a una doncellita dos años menor de lo necesario para casarse; era ella muy agradable y esperábamos que creciera hasta llegar a la edad núbil, para casarme con ella.

CAPITULO XIV

1. Habíamos discutido con frecuencia en un grupo de amigos sobre lo molesta y detestable que era aquella vida turbulenta y revolvíamos en el ánimo el proyecto de alejarnos de la multitud para llevar en la soledad una vida tranquila y fecunda. Habíamos pensado contribuir con lo que cada uno tuviera para formar con lo de todos un patrimonio común, de modo que por nuestra sincera amistad no hubiera entre nosotros tuyo y mío, sino que todo fuera de todos y de cada uno. Hasta diez personas podíamos asociarnos en esta compañía y entre nosotros los había que eran bien ricos; especialmente Romaniano, paisano mío y amigo desde la infancia, que por asunto de sus negocios había venido a la corte. El era el más entusiasta y su insistencia tenía grande autoridad precisamente porque su fortuna superaba la de los otros.

2. También teníamos planeado que dos de entre nosotros se turnaran cada año, como lo hacen los magistrados, en el cuidado de lo necesario al bien común, para que los otros pudieran estar quietos y descuidados. Pero en un momento dado nos tuvimos que preguntar si tal proyecto nos lo iban a permitir las mujeres; pues algunos ya tenían la suya y yo esperaba tener la mía. Entonces todo el proyecto se nos deshizo entre las manos, se vino por tierra y fue desechado. Y con esto volvimos al gemido y al suspiro. Volvieron nuestros pasos a transitar los trillados caminos del mundo. En nuestros corazones iban y venían los pensamientos, al paso que tu consejo permanece eternamente (Sal 32, 11). En tu consejo te reías de lo nuestro y preparabas lo tuyo, pues nos ibas a dar el alimento en el tiempo oportuno, abriendo tu mano para llenar nuestra almas de bendición.

CAPITULO XV

Mientra tanto, mis pecados se multiplicaban. Cuando se retiró de mi lado aquella mujer con la cual acostumbraba dormir y a la cual estaba yo profundamente apegado, mi corazón quedó hecho trizas y chorreando sangre. Ella había regresado a Africa no sin antes hacerte el voto de no conocer a ningún otro hombre y dejándome un hijo natural que de mí había concebido. Y yo, infeliz, no siendo capaz de imitar a esta mujer e impaciente de la dilación, pues tenía que esperar dos años para poderme casar con la esposa prometida y, no siendo amante del matrimonio mismo, sino sólo escalvo de la sensualidad, me procuré otra mujer. No como esposa ciertamente, sino para fomentar y prolongar la enfermedad de mi alma, sirviéndome de sostén en mi mala costumbre mientras llegaba el deseado matrimonio. Pero con esta mujer no se curaba la herida causada por la separación de la primera; sino que pasada la fiebre del primero y acerbo sufrimiento, la herida se enconaba, más me dolía. Y este dolor era un dolor seco y desesperado.

CAPITULO XVI

1. A ti la alabanza y la gloria, ¡oh Dios, fuente de las misericordias!Yo me hacía cada vez más miserable y tú te me hacías más cercano. Tu mano estaba pronta a sacarme del cieno y lavarme, pero yo no lo sabía. Lo único que me estorbaba hundirme todavía más en la ciénaga de los placeres carnales era el temor a la muerte y a tu juicio después de ella, que nunca, no obstante la volubilidad de mis opiniones, llegué a perder. Y conversaba con Alipio y Nebridio, mis amgios, sobre los confines del bien y del mal y en mi ánimo le hubiera dado la palma a Epicuro si no creyera lo que él nunca quiso admitir, que muerto el cuerpo, el alma sigue viviendo.

2. Y me decía a mí mismo: "Si fuéramos inmortales y viviéramos en una continua fiesta de placeres carnales sin temor de perderlos, ¿no seríamos, acaso, felices? ¿Qué otra cosa podríamos buscar?". Ignoraba yo que pensar de este modo era mi mayor miseria. Ciego y hundido, no podía concebir la luz de la honestidad y la belleza que no se ven con el ojo carnal sino solamente con la mirada interior. Ni consideraba, mísero de mí, de qué fuente manaba el contento con que conversaba con mis amigos aun sobre cosas sórdidas; ni que me era imposible vivir feliz sin amigos, ni siquiera en el sentido de abundancia carnal que la felicidad tenía entonces para mí. Pues a estos amigos los amaba yo sin sombra de interés y sentía que de este modo me amaban también ellos a mí.

3. ¡Oh, tortuosos caminos!¡Desdichada el alma temeraria que se imaginó que alejándose de ti puede conseguir algo mejor!Se vuelve y se revuelve de un lado para otro, hacia la espalda y boca abajo y todo le es duro, pues la única paz eres tú. Y tú estás ahí, para librarnos de nuestros desvaríos y hacernos volver a tu camino; nos consuelas y nos dices: ¡Vamos!¡Yo los aliviaré de peso, los conduciré hasta el fin y allí los liberaré!

Libro VII
CAPITULO I

1. Muerta ya mi mala y perversa adolescencia, entraba yo en la juventud. Estaba ya por los treinta y un años pero al crecer mi edad crecía al parejo mi vanidad, pues no podía concebir que existiera lo que no nos entra por los ojos. Es cierto, mi Señor, que no te pensaba concreto en una figura humana desde el día en que comencé a oír hablar de la sabiduría. Tal idea me repugnó siempre y mucho me alegré al enterarme de que igualmente la rechazaba la fe espiritual de nuestra santa Madre la Iglesia Católica; pero de todos modos, no se me ocurría cómo poder pensarte de otra manera. Te seguía pensando como a hombre; aunque un hombre tal, que al mismo tiempo fuera El solo, soberano y verdadero Dios. Creía también y con todas mis fuerzas que Dios es incorruptible, inviolable e inmutable; porque sin saber cómo ni por dónde, bien claro veía y por cierto tenía que lo corruptible es inferior a lo incorruptible; que lo inviolable es superior a lo que puede ser violado y lo inmutable, superior a lo que se puede mudar. Mi corazón clamaba con violencia contra todos mis fantasmas.

2.Habría querido con un solo golpe de la mano ahuyentar de mi alma toda aquella turba volátil de imágenes inmundas; pero apenas ahuyentada volvía a la carga, aumentada todavía y me obnubilaba la vista y así, aun cuando no te atribuía una figura humana, me sentía forzado a pensarte corpóreo, presente en los lugares, difundido en el mundo, por todo lo infinito, dentro y fuera del mundo. Sólo así podría yo concebir lo incorruptible, lo inviolable, lo inmutable que tan por encima ponía de todo lo que se corrompe, es violado o se muda. Y todo cuanto imaginara yo privado de esta situación en el espacio me parecía ser nada. Como si un cuerpo se retirara de un lugar y éste quedara vacío de todo lo que es térreo, aéreo, húmedo o celeste, la nada absoluta; algo tan absurdo como una nada que ocupara un lugar.

3. Así yo, embotado y lerdo de corazón y confuso para mí mismo, pensaba que no podía ser algo real lo que no se extendiera en algún espacio o se difundiera o se conglomerara o se hinchara en él; lo que no fuera capaz de contener alguna cosa o ser contenido en otra cosa. Mi mente iba siguiendo las imágenes de las formas que veían mis ojos y no comprendía que la actividad interior con la cual formaba yo esas imágenes no era como ellas, cosa vana, ni podría formarlas si no fuera ella misma algo real. Así pensaba yo pues, que tú, vida mía, eras algo muy grande que por infinitos espacios penetraba la mole toda del mundo y se extendía mucho más allá, en todas direcciones, por manera que estabas presente en la tierra, presente en el cielo, presente en todo y todo se terminaba en ti y tú mismo no tenías término.

4. A la manera como el aire que hay sobre la tierra no es obstáculo para la luz del sol, pues ésta lo atraviesa y lo penetra sin rasgarlo ni despedazarlo, sino llenándolo todo, así pensaba yo que era penetrable la masa del cielo, del aire, del mar y aun de la tierra sólida; penetrable en todas sus partes, máximas y mínimas, para recibir tu presencia y que es tu presencia la que con oculta inspiración gobierna por fuera y dirige por dentro a todo cuanto creaste. Falsa era esta idea, pero no podía entonces tener otra. Según ella, la parte mayor de la tierra cogía una parte mayor de ti y la parte menor, una menor y de tal manera estarían las cosas llenas de ti, que más presencia tuya hubiera en el voluminoso cuerpo del elefante que en el diminuto de los pajaritos, teniendo así tu presencia que ocupar más o menos lugar. Con el resultado de que tú dividirías tu presencia en fragmentos; unos grandes para los cuerpos grandes y otros pequeños para los cuerpos pequeños. Ahora bien, esto no es así. Pero tú no habías iluminado aún mis cerradas tinieblas.

CAPITULO II

1. Suficiente para mí contra aquellos engañados engañadores, contra aquellos mudos locuaces (mudos porque en su boca no sonaba tu palabra) suficiente era, digo, aquel argumento que Nebridio solía proponer desde mucho antes, cuando vivíamos aún en Cartago y que tan gande impresión había causado en todos nosotros. Pues, ¿qué podía hacerte no sé qué gente salida de las tinieblas, que según los maniqueos era contraria a ti, si tú no quisieras pelear con ella? Pues si se dijera que en algo te podía hacer daño, tú serías violable y corruptible y si se dijera que ningún daño te podría hacer, no tendrías tú entonces el menor motivo para luchar con ella y por cierto, con un tipo de lucha en que una parte de ti o miembro tuyo, o prole nacida de tu misma sustancia se mezclara con las potencias adversas y con naturalezas no creadas por ti, que las corromperían mudándolas en algo inferior; con lo cual se trocaba la felicidad en miseria y quedaba una necesidad de auxilio y purificación. Y decían que nuestra alma no es sino esa parte de ti, manchada y miserable y que tu Verbo tenía que venir a socorrerla: el libre a la esclava, el puro a la manchada, el íntegro a la corrompida; pero siendo él mismo corruptible, pues era de la misma sustancia que ella.

2. Entonces: si de tu sustancia sea ella lo que fuere, se dice que es incorruptible, con esto sólo aparecen falsas y execrables las afirmaciones de los maniqueos y si se dice que es corruptible, al punto se ve claro que esto es falso y abominable. Este argumento de Nebridio era por sí solo suficiente para vomitar de los oprimidos corazones aquella falsa doctrina; pues no tenían sus doctores una salida que no fuera sacrilegio del corazón y de la lengua, cuando tales cosas decían de ti.

CAPITULO III

1. Es cierto que con toda firmeza creía yo que tú, Señor y creador de nuestras almas, de nuestros cuerpos y de todo cuanto existe, eras incontaminable e invariable y en ninguna manera mudable; pero, fuese lo que fuese, no creía tener que investigar la naturaleza del mal en forma que me viera forzado a tener como mudable al Dios inmutable; para no convertirme yo mismo en el mal que investigaba. Mi investigación se basaba en la absoluta seguridad de que era falso lo que decían aquellos de los que con toda su fuerza huía mi ánimo, pues los veía llenos de malicia mientras investigaban la naturaleza del mal; pues creían que tu sustancia era más capaz de padecer el mal que no ellos de cometerlo. Ponía pues todo mi empeño en comprender lo que oía decir a algunos, que en el libre albedrío de la voluntad humana está la causa de que hagamos el mal y que cuando lo padecemos es por la rectitud de tus juicios. Sin embargo, no conseguia ver esto con entera claridad.

2. Con este esfuerzo por sacar mi alma de la fosa, me hundía en ella y mientras más batallaba, más me hundía. Levantábame ya un poco hacia tu luz el hecho de que tenía clara conciencia de poseer una voluntad, lo mismo que la tenía de estar vivo. Entonces, cuando yo quería algo o no lo quería, seguro estaba yo de que no había en mí otra cosa que esta voluntad y con esto advertía ya claramente que la causa del mal estaba en mí. Y, cuando arrastrado por la pasión, hacía algo contra mi propia voluntad, tenía la clara impresión de que más que hacerlo lo padecía y que en ello había más que una culpa, una pena y siendo tú justo, convenía que esa pena no fuera injusta.

3. Pero me volvía con insistencia el pensamiento: ¿Quién me hizo? ¿No fue mi Dios, que no sólo es bueno, sino que es el Bien? ¿De dónde pues me viene este querer el mal y no querer el bien, de manera que tenga que ser castigado? Si todo yo procedo de un Dios de dulzura, ¿quién fue el que puso y plantó en mí semillas de amargura? si fue el diablo quien lo hizo, ¿quién hizo al diablo? Y si él, de ángel bueno se convirtió en demonio por obra de su mala voluntad, ¿de dónde le vino a él esa voluntad mala que lo convirtió en demonio cuando todo él, como ángel, salió bueno de la mano de Dios? Toda esta baraúnda de pensamientos agitaba mi alma, me deprimía y me dejaba sofocado. Pero nunca llegué a hundirme en aquel infierno de error en que el homre no te confiesa y prefiere pensar que tú padeces el mal, antes que admitir que es el hombre quien lo comete.

CAPITULO IV

1. Fatigábame yo por descubrir las demás verdades con el mismo empeño con que había descubierto ya que es mejor lo incorruptible que lo corruptible; por lo cual pensaba que tú, fueras lo que fueras, tenías que ser incorruptible. No existe ni puede existir quien piense que hay algo más excelente que tú, pues eres el sumo bien. Y como es del todo cierto y segurísimo que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, es evidente que si fueras corruptible éste era el punto preciso en que te debía buscar y colegir de eso luego de dónde puede proceder el mal. Es decir, de dónde provenga la corrupción que, ciertamente, de ti no puede venir.

2. Es pues imposible que la corrupción pueda de alguna manera violar a nuestro Dios; por ninguna voluntad, por ninguna necesidad, por ningún caso imprevisto. Porque él es Dios y lo que para sí mismo quiere, bueno es. Ni puede verse sin su poder y sólo sería mayor si fuera posible que Dios fuera mayor que El mismo, ya que la voluntad y el poder de Dios son Dios mismo. ¿Y qué puede tomarte de improviso a ti, que todo lo sabes; a ti, que conociendo las cosas las pusiste en el ser? Y después de todo: ¿Para qué tantas palabras para demostrar la incorruptibilidad de la sustancia de Dios, si es del todo evidente que si fuera corruptible no sería Dios?

CAPITULO V

1. Buscaba pues yo de dónde viene el mal, pero no buscaba bien y no veía lo que de malo había en mi búsqueda. En mi mente me representaba la creación entera y cuanto en ella podemos ver: la tierra, el mar, el aire, los astros, los árboles y los animales; me representaba también lo que no se ve, como el espacio sin fin, los ángeles y todo lo que tienen de espiritual; pero me los representaba como si fueran cuerpos a los cuales señalaba un lugar mi imaginación. Con eso me forjaba una masa enorme, que era tu creación, distinta con diferentes géneros de cuerpos; unos, que realmente lo eran y otros, los espíritus, que yo como cuerpos me imaginaba. Muy grande me imaginé tu creación; no como en realidad es, que eso no lo podía yo saber, sino como me plugo que fuera. Grande, sí, pero por todas partes limitada. Y a ti, Señor, te imaginaba como ambiente y continente de toda tu creación, pero tú mismo infinito. Como un mar que estuviera en todas partes y no hubiera sino un solo mar infinito y en él se contuviera una grande esponja, grande pero limitada y que esa esponja estuviera todda llena, en todas sus partes, del agua del inmenso mar. Así me imaginaba yo tu creación; finita, pero llena de ti y tú, infinito. Y me decía: así es Dios y todo esto es lo que Dios creó. Bueno es Dios y con mucho, con muchísimo, más excelente que todo eso. Y siendo El bueno, creó buenas todas las cosas y, ved aquí cómo las circunda, las contiene y las llena.

2. Pero, ¿en dónde está pues el mal, de dónde procede y por qué caminos nos llega? ¿Cuál es su raíz y cuáles las semillas que lo engendran? ¿O será acaso que el mal en sí no existe? Pero, ¿cómo, entonces, podemos temer y precavernos de algo que no existe? Puede ser que nuestro temor mismo sea vano; pero entonces el temor es un mal que sin causa nos aflige y nos hiere en el corazón. Un mal tanto más grande cuanto que no hay nada que temer y sin embargo tememos. Y entonces, o es realmente malo lo que tememos, o lo hacemos malo nosotros porque lo tememos. ¿De dónde viene, pues? Dios hizo todas las cosas. Buenos es El y buenas son ellas. El es el bien supremo, ellas son bienes inferiores; pero de todos modos bueno es el creador y buena es la creación. ¿De dónde, entonces, viene el mal? ¿Acaso en la materia de que hizo el mundo había una parte mala y Dios formó y ordenó el mundo, pero dejándole una parte de aquella materia, que no convirtió en bien? Pero una vez más, ¿por qué? ¿Acaso no podía, siendo omnipotente, mudar y convertir aquella materia para que nada quedara de ella? Y por último: ¿Por qué quiso formar algo con esa materia en lugar de hacer con su omnipotencia, que esa materia no existiera? Porque ella no podía existir sin su voluntad. Y si la materia es eterna, ¿por qué la dejó estar así por tan dilatados espacios de tiempo, para luego sacar algo de ella?

3. O bien, si quiso con una voluntad repentina hacer algo, ¿por qué en su omnipotencia no hizo que esa materia no existiese para ser El el único ser verdadero, sumo e infinito bien? Y si no era conveniente que el ser sumamente bueno dejara de crear ortras cosas buenas, ¿por qué no redujo a la nada aquella materia, que era mala, para sustituirla por otra buena de la cual sacara todas las cosas? Porque no sería omnipotente si no fuera capaz de crear algo bueno sin ser ayudado por una materia no creada por El. Tales cavilaciones revolvía yo penosamente en mi corazón gravado por mordentes preocupaciones y por el temor a la muerte. Pero si bien cuando no daba aún con la verdad, tenía ya bien firme y estable en mi corazón la fe en tu Cristo, Salvador nuestro, como la profesa la Iglesia Católica; una fe informe todavía y fluctuante fuera de toda norma doctrinal. Con todo, no sólo no rechazaba mi alma esta fe, sino que al paso de los días se adentraba más en ella.

CAPITULO VI

1. Ya me había yo desprendido de la falacia de la adivinación y había rechazado los impíos delirios de los matemáticos. Alábete mi alma, Señor, desde sus más hondas intimidades, por tus misericordias. Pues, ¿quién puede apartarnos de la muerte del error sino la Vida que nunca muere y que ilumina la indigencia de las mentes sin necesidad de ninguna otra luz y que gobierna el mundo hasta en las hojas que se lleva el aire? Sí, fuiste tú y sólo tú el que me curaste de aquella obstinación con que había yo resistido a Vindiciano, el anciano sagaz y a Nebridio, el admirable joven, cuando frecuentemente me decían, aquel con vehemencia y éste con alguna vacilación, que no existe ninguna manera de predecir lo futuro y que las conjeturas humanas salen a veces acertadas por pura casualidad; que a fuerza de predecir tantas cosas algunas tienen que salir, sin que quienes las dicen realmente sepan lo que dicen y se topan con ellas simplemente por suerte y por no haber callado.

2. Entonces tú me procuraste la amistad de un hombre que consultaba con frecuencia a los matemáticos y algo sabía de sus artes, aunqeu no era perito en sus libros y los vivitaba más que nada por curiosidad. Este hombre me contó algo que decía haber oído de su padre y por la cabeza no le pasaba que eso podía destruir por completo la credibilidad del arte de la adivinación. Este hombre, llamado Firmino, que era muy instruido y culto en su lenguaje, considerándome su más caro amigo, me consultó cierta vez sobre algunas cosas de este mundo en las cuales había puesto crecidas esperanzas. Quería saber qué pronóstico le daba yo basado en sus constelaciones, como ellos las llaman. Yo que para entonces me sentía ya muy inclinado a la posición de Nebridio, no quise negarme en redondo a adelantar algunas conjeturas; pero le dije por lo claro, que estaba a punto menos que convencido de la futilidad y ridiculez de la adivinación.

3. Entonces él me contó que su padre había sido muy aficionado a la astrología y muy curioso y que había tenido un amigo que andaba en las mismas. Siempre conversaban de esas vanidades y estaban en ellas hasta el punto de observar cuidadosamente a los mudos animales, si algunos nacían en su casa; notaban el momento en que nacían y lo ponían en relación con la posición de los astros, para adquirir así experiencia en la adivinación. Por su padre supo Firmino que cuando su madre estaba grávida de él comenzó a dar señales de preñez una criada de aquel amigo de su padre. Dicho amigo, que observaba con cuidadosa atención los partos de sus perras advirtió luego que su criada estaba encinta. Y sucedió que mientras su padre observaba a su criada contando los días y las horas, ambas dieron a luz al mismo tiempo. Con esto resultaba necesario que las mismas constelaciones produjeran efectos idénticos hasta en las minucias sobre los dos recién nacidos, uno de los cuales era hijo y el otro, esclavo. Y cuando las dos mujeres se sintieron cercanas al alumbramiento ellos empezaron a comunicarse lo que pasaba en su propia casa y ambos dispusieron que algunas personas estuvieran listas para anunciar al amigo el nacimiento del hijo esperado. De este modo consiguieron que se supiera inmediatamente en cada casa lo que pasaba en la otra. Y según me contó Firmino, los emisarios de ambos amigos se encontraron a la misma distancia de ambas casas; por manera que ninguno de los dos pudo notar la menor diferencia en la posición de las estrellas ni en las fracciones del tiempo. Y sin embargo, Firmino, nacido en una casa de mucho desahogo, corría por los más honorables caminos del mundo, crecía en riquezas y recibía altos honores; al paso que aquel pequeño esclavo seguía en el vínculo de la esclavitud y sirviendo a sus señores.

4. Escuché pues el relato y lo creí, pues me contaba las cosas quien las conocía. Con esto me derrumbó mi última resistencia y allí mismo traté de apartar a Firmino de su insana curiosidad. Le hice ver que si del examen de su horóscopo iba yo a decirle algo verdadero tendría que haber visto en él que sus padres eran principales entre sus conciudadanos, una noble familia de la misma ciudad y tendría que ver también su cuna distinguida, su buena crianza y su liberal educación. Pero si me consultara aquel esclavo que nació bajo los mismos signos que él, tendría yo que ver en el mismo horóscopo cosas del todo contrarias, una familia de condición servil y en todo el resto distinta y alejada de la de Firmino. ¿Cómo podría ser que considerando las mismas constelaciones pudiera ver cosas tan diferentes y las dijera con verdad; o que dijera que veía lo mismo, pero hablando con falsedad? De esto saqué la conclusión de que lo que se dice tomando en cuenta las constelaciones no resulta atinado (cuando resulta) por arte, sino nada más por suerte y que las predicciones fallidas no se explican por una deficiencia en el arte, sino por una mentira de la suerte.

5. Con esto comencé a rumiar en mi ánimo la idea de ir a encontrar, para burlarme de ellos y confundirlos, a aquellos delirantes astrólogos que tan buenas ganancias sacaban de sus delirios; seguro de que no podrían resistirme diciendo que Firmino me había contado mentiras, o que su padre se las había contado a él. Me propuse estudiar los casos de esos hermanos gemelos que uno tras otro en tan pequeño intervalo, que por más que se hable de las leyes del mundo no resulta posible determinar con fijeza las diferencias, de modo que el astrólogo pudiera decir algo con seriedad. Mucho habría errado, por ejemplo, el que viendo el horóscopo de Jacob y de Esaú predijera de ambos lo mismo, cuando sus vidas fueron tan diferentes. Y si hubiera predicho estas diferencias, no las hubiera podido sacar del horóscopo, que era el mismo. No habría podido acertar por arte, sino sólo por suerte. Pero tú, Señor, justísimo moderador del universo, desde el abismo de tus justos juicios y sin que lo sepan ni los consultantes ni los consultados, con oculta providencia haces que el consultante oiga lo que según los méritos de su alma le conviene oír. Y que nadie diga: ¿Qué es esto, o para qué es esto? Que nadie lo diga, porque es nada más un hombre.

CAPITULO VII

1. Ya me habías tú, Señor, que eres mi auxilio, soltado de aquellas cadenas, pero seguía yo preguntándome con insistencia de dónde procede el mal y no encontraba solución alguna. Pero tú no permitías que el ir y venir de mis pensamientos me apartara de la firme convicción de que tú existes y de que tu ser es inmutable. Creía también que eres el juez de los hombres y que tu providencia cuida de ellos y que pusiste el camino de la salvación para todos los hombres en tu Hijo Jesucristo y en las santas Escrituras que recomienda la autoridad de la Iglesia Católica. Creía asimismo en la vida futura que sigue a la muerte corporal. Firmemente establecidos y arraigados en mi alma estos puntos de fe, seguía yo agitando en mí el problema del mal. ¡Qué tormentos pasó mi corazón, Señor, qué dolores de parto!Pero tu oído estaba atento, sin que yo lo supiera y mientras yo buscaba en silencio, clamaba a tu misericordia con fuertes voces mi desolación interior.

2. Mis padecimientos no los conocóa nadie sino tú, pues era bien poco lo que mi lengua hacía llegar al oído de mis más íntimos amigos. ¿Cómo podían ellos sospechar nada del tumulto de mi alma, si para describirlo no me hubiera bastado ni el tiempo ni las palabras? Pero a tu oído llegaba todo cuanto rugía en mi corazón adolorido; ante ti estaba patente el anhelo de mi alma y no estaba conmigo la luz de mis ojos (Sal 37, 11). Porque esa luz la tenía yo por dentro y yo andaba por afuera. Ella no estaba en lugar, pero yo no atendía sino a las cosas localizadas y en ellas no encontraba sitio de reposo. Ninguna de ellas me recibía en forma tal que yo dijera "aquí estoy bien y contento", pero tampoco me dejaba volver a donde realmente pudiera estar bien. Yo era superior a ellas e inferior a ti. Si yo aceptaba serte sumiso, tú eras para mí la verdadera alegría y sometías a mí las criaturas inferiores.

3. Y en esto consistía el justo equilibrio, la región intermedia favorable a mi salud; para que permaneciera yo a tu imagen y semejanza y en tu servicio dominara mi cuerpo. Pero yo me había erguido orgullosamente delante de ti y corrí contra mi Señor con dura cerviz (Jb 15, 26), dura como un escudo. Y entonces las cosas inferiores me quedaron por encima, me oprimían y no me daban respiro ni descanso. Salían a mi encuentro atropelladamente y en masa cuando yo no pensaba sino en imágenes corporales y estas mismas imágenes me cortaban el paso cuando yo quería regresar a ti, como si me dijeran: ¿A dónde vas, tan indigno y tan sucio? De mi herida había salido toda esta confusión; porque tú heriste y humillaste mi soberbia, cuando mi vanidad me separaba de ti hinchando mi rostro hasta cerrarme los ojos.

CAPITULO VIII

Tú, Señor, permaneces eternamente, pero no es eterno tu enojo contra nosotros; quisite tener misericordia del polvo y la ceniza y te agradó reformar mis deformidades. Con vivos estímulos me agitabas para que no tuviera reposo hasta alcanzar certidumbre de ti por una visión interior. Y así, el toque secreto de tu mano medicinal iba hacindo ceder mi fatuidad y la agudeza de mi mente conturbada y entenebrecida se iba curando poco a poco con el acre colirio de mis saludables dolores.

CAPITULO IX

1. Y en primer lugar: queriendo mostrarme cómo a los soberbios les resistes y a los humildes les das tu gracia (St 4, 6) y cuánta misericordia has hecho a los hombres por la humildad de tu Verbo, que se hizo Carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14), me procuraste, por medio de cierta persona excesivamente hinchada y fatua, algunos libros platónicos vertidos del griego al latín. En ellos leí, no precisamente con estos términos pero sí en el mismo sentido, que en el principio existía el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Que todo fue hecho por El y sin El nada fue hecho. Y lo que fue hecho es vida en El. La vida era la Luz de los hombres y la Luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron. Decían también esos libros que el alma del hombre, aun cuando da testimonio de la luz, no es la luz; porque sólo el Verbo de Dios, que es Dios El mismo, es también la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Y estuvo en este mundo y el mundo fue hecho por El y el mundo no lo conoció.

2. También leí que el Verbo no nació de carne ni de sangre ni por voluntad de varón, sino que nació de Dios; pero no leí que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Aprendí también algo que repetidamente y de varias maneras se dice en aquellos escritos: que el Verbo tiene la forma del Padre y no tuvo por usurpación la igualdad con Dios, ya que es la misma sustancia con El; pero esos libros nada dicen sobre que el Verbo se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, se hizo semejante a los hombres y fue contado como uno de ellos; se humilló hasta la muerte y muerte de cruz, por lo cual Dios lo levantó de entre los muertos y le dio un Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los infiernos y para que todo hombre confiese que el Señor Jesús está en la gloria de Dios Padre.

3. En esos libros se dice que tu Verbo, coeterno contigo, existe desde antes de los tiempos y sobre todos los tiempos y que de su plenitud reciben todas las almas para llegar a la bienaventuranza y que se renuevan por la participación de la permanente sabiduría. Pero que tu Hijo haya muerto en el tiempo por todos los pecadores y que a tu propio Hijo no perdonaste sino que lo entregaste por todos nosotros, eso no lo dicen. Porque cosas como éstas las has escondido a los ojos de los sabios y los prudentes para revelarlas a los párvulos, de modo que pudieran venir a El los que sufren y están agobiados y el los aliviará; pues El, que es manso y humilde de corazón, dirige a los apacibles en el juicio y enseña sus caminos a los humildes (Rm 5, 6 y 8, 32; Mt 11, 25-29-30; Sal 24, 9), considerando nuestra humildad y nuestros trabajos y perdonándonos nuestros pecados. En cambio, aquellos que se levantan sobre el contorno de una más sublime doctrina no escuchan al que dijo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis la paz de vuestras almas; y aquello otro, que si conocen a Dios no lo glorifican como a Dios ni le dan gracias, sino que se desvanecen en sus propios pensamientos y se les oscurece el corazón; mientras dicen ser sabios, se convierten en necios (Mt 11, 19 y Rm 1,21-22).

4. Por eso, leí también que tu gloria incorruptible había sido trocada en imágenes de hombres corruptibles y aun de aves, animales cuadrúpedos y serpientes. Ese era el alimento egipcio por el cual perdió Esaú su primogenitura; proque tu pueblo primogénito adoró en lugar tuyo la cabeza de un cuadrúpedo, convirtiendo a Egipto en su corazón (Ex 32, 9) e inclinando su alma, hecha a tu imagen, ante la imagen de un becerro que come hierba (Sal 105, 20). Tales pastos hallé en aquellos libros, pero no los comí; porque te plugo, Señor, quitar de Jacob el oprobio de su disminución, de modo que el mayor sirva al menor y llamaste a los gentiles a tener parte en tu heredad.

5. Y yo, que vine a ti entre los gentiles, había puesto mi atención en aquel oro que quisiste que tu pueblo sacara de Egipto y que sería tuyo dondequiera que estuviese (Ex 11 y 30). Y a los atenienses les dijiste por boca de tu apóstol que en ti vivimos, nos movemos y somos, como algunos de ellos habían dicho (Hch 17, 28). Y ciertamente de allá procedían aquellos libros. No puse pues los ojos en los ídolos egipcios fabricados con tu oro por los que cambian la verdad de Dios por la mentira y adoraron y sirvieron a la criatura en vez de al creador (Rm 1, 25).

CAPITULO X

1. Advertido quedé con todo esto de que debía entrar en mí mismo y pude conseguirlo porque tú, mi auxiliador, me ayudaste. Entré pues y de algún modo, con la mirada del alma y por encima de mi alma y de mi entendimiento, vi la luz inmutable del Señor. No era como la luz ordinaria, accesible a toda carne; ni era más grande que ella dentro del mismo género, como si la luz natural creciera y creciera en claridad hasta ocuparlo todo con su magnitud. Era una luz del todo diferente, muchísimo más fuerte que toda luz natural. No estaba sobre mi entendimiento como el aceite está sobre el agua o el cielo sobre la tierra; era superior a mí, porque ella me hizo y yo le era inferior porque fui hecho por ella. Quien conoce esta luz conoce la Verdad y con la Verdad la eternidad. Y es la caridad quien la conoce.

2. ¡Oh Verdad eterna, oh verdadera caridad y amable eternidad!Tú eres mi Dios y por ti suspiro día y noche. Y cuando por primera vez te conocí tú me tomaste para hacerme ver que hay muchas cosas que entender y que yo no era todavía capaz de entenderlas. Y con luz de intensos rayos azotaste la debilidad de mi vista y me hiciste estremecer de amor y de temor. Entendí que me hallaba muy lejos de ti, en una región distante y extraña y sentí como si oyera tu voz que desde el cielo me dijera: "Yo soy el alimento del las almas adultas; crece y me comerás. Pero no me transfomarás en ti como asimilas los alimentos de la carne, sino que tú te transformarás en mí". Claro vi entonces que tú corriges al hombre por sus iniquidades e hiciste a mi alma secarse como una araña (Sal 38, 12). Y me dije: "¿Acaso es inexistente la verdad por no difundirse por los lugares del espacio?". Y tú desde lejos me respondiste: Muy al contrario, yo soy El Que soy (Ex 3, 14). Esta palabra la oí muy adentro del corazón y no había para mí duda
posible. Más fácilmente podría dudar de mi propia existencia que no de la existencia de la Verdad, pues ella se nos manifiesta a partir de la inteligencia de las cosas creadas (Rm 1, 20).

CAPITULO XI

Consideré todo cuanto existe debajo de ti y encontré que ni absolutamente son ni absolutamente no son. Son, pues existen fuera de ti, pero no son, por cuanto no son lo que tú eres. Porque verdadera y absolutamente es sólo aquello que premanece inconmutable. Entonces, bueno es para mí adherirme a mi Dios (Sal 72, 28); pues si no permanezco en El tampoco permanezco en mí. Y El, permaneciendo en sí mismo renueva todas las cosas (Sb 7, 27). Y Señor mío eres tú, pues no necesitas de mí (Sal 15,2).

CAPITULO XII

1.Y me quedó del todo manifiesto que son buenas las cosas que se corrompen. No podrían corromperse si fueran sumamente buenas, pero tampoco se podrían corromper si no fueran buenas. Si fueran sumos bienes serían por eso incorruptibles; pero si no fueran buenas nada tendrían que pudiera corromperse. La corrupción es un daño por cuanto priva de algún bien, pues si no fuera así a nadie dañaría. Porque o bien la corrupción no implica año, lo cual es evidentemente falso, o bien, como es igualmente evidente, nos daña porque nos priva de algo bueno. Si las cosas se vieran privadas de todo bien no podrían existir en modo alguno; pero si existen y ya no admiten corrupción, ello será sólo porque son mejores y permanecen

2. ¿Y qué monstruosidad mayor que la de decir que perdiendo algo se hacen mejores? Por consiguiente: si de todo bien se ven privadas, nada son y si algo son, es porque son buenas. El mal sobre cuya naturaleza y procedencia investigaba yo, no puede ser una sustancia, ya que si lo fuera sería buena. Entonces, no hay escape: o sería una sustancia incorruptible y por eso un sumo bien, o sería una sustancia corruptible que no podría corromperse si no fuera buena. Vi pues de manera manifiesta que tú todo lo hiciste bueno y que no existe sustancia alguna que tú no hayas hecho. Por otra parte, no hiciste todas las cosas igualmente buenas; por eso cada una tiene su bien y el conjunto de todas las cosas es muy bueno. Tú, Señor y Dios nuestro, lo hiciste todo muy bueno.

CAPITULO XIII

1. En ti mismo no hay, en absoluto, mal alguno. Pero tampoco en el conjunto del universo, pues fuera de ti nada hay que pudiera irrumpir en él y perturbar el orden que tú le impusiste. Sin embargo, en las partes singulares del mundo hay elementos que no convienen con otros y por eso se dicen malos; pero esos mismos tienen conveniencia con otras cosas y para lelas, son buenos, además de que son buenos en sí mismos. Y todos los elementos que entre sí no concuerdan tienen clara conveniencia con esta parte inferior del mundo que llamamos "tierra" la cual tiene porque así es congruente, su cielo lleno de vientos y nubes.

2. Lejos de mí el decir que sólo estas cosas existen. Pero si no viera yo ni conociera más que éstas, de ellas solas tendría motivo para alabarte. Porque manifiestan que eres laudable, en la tierra, los dragones y los abismos, el calor y el frío, el hielo, la nieve y el granizo y el terrible soplo de las tempestades, que obedecen a tu palabra. Que alaben siempre tu Nombre los montes y las colinas, los árboles frutales todos los cedros. Que lo canten las bestias y todas las ovejas, los reptiles y las plumadas aves. Que los reyes de la tierra y todos los pueblos, los príncipes y los jueces de la tierra, los jóvenes y las doncellas, los ancianos y los menores de edad canten a tu Nombre. Y como en el cielo, Señor y Dios nuestro también se te alaba, canten a tu Nombre en las alturas todos los ángeles y las virtudes; el sol y la luna, la luz y todas las estrellas, los cielos de los cielos y las aguas que contienen (Sal 148, 7-12). No deseaba yo ya cosas mejores, pues pensé en todo lo que existe, donde los seres más perfectos son mejores que los menos perfectos; pero su conjunto es mejor todavía que los mismos seres superiores. Todo eso lo llegué a pensar con mayor cordura.

CAPITULO XIV

No hay cordura en quienes sienten disgusto por alguna de tus criaturas, como no la había en mí cuando me disgustaban algunas de la cosas que tú creaste. Y como no se atrevía mi alma a desagradarte a ti, mi Dios, prefería no admitir como tuyo lo que me disgustaba. De ahí me vino la inclinación a la teoría de las dos sustancias, en la cual, por otra parte, no hallaba quietud y tenía que decir muchos desatinos. A vueltas de estos errores me había yo imaginado un dios difuso por todos los lugares del espacio, creyendo que eso eras tú y, ese ídolo abominable para ti, lo había puesto yo en mi corazón como en un templo. Pero luego que alumbraste mi ignorante cabeza y cerraste mis ojos para que no vieran la vanidad (Sal 118, 37), me alejé un poco de mí mismo y se aplacó mi locura. Me desperté en tus brazos y comprendí que eres infinito, pero de muy otra manera; con visión que ciertamente no procedía de mi carne.

CAPITULO XV

Consideré pues todas las cosas y vi que te deben el ser; que todo lo finito se contiene en ti no como en un lugar, sino abarcado, como en la mano, por tu verdad. Todas son verdaderas en la medida en que algo son y, en ellas no hay falsedad sino cuando nosotros pensamos que son lo que no son. Y vi que cada cosa está bien en su lugar y también en su tiempo y que tú, eterno como eres, no comenzaste a obrar sólo pasados largos espacios de tiempo; pues todos los tiempos, los que ya pasaron y los que van a venir, no vendrían ni pasarían sino porque tú obras y eres permanente.

CAPITULO XVI

Por la experiencia he podido comprobar que el pan mismo, bueno como es y agradable al paladar del hombre sano, no le cae bien al paladar de un hombre enfermo; así como la luz, agradable para el ojo sano, es un martirio para el que está enfermo de los ojos. Tu justicia misma no place a los inicuos que, a la par de las víboras y los gusanos, buenos en sí, tienen afinidad con las partes inferiores de la tierra y tanto más les son afines cuanto más desemejantes son contigo; por la misma manera como los que más se te asemejan mayor conveniencia tienen con las cosas superiores. Al preguntarme pues qué es la maldad me encontré con que no es sutancia alguna, sino sólo la perversidad de un albedrío que se tuerce hacia las cosas inferiores apartándose de la suma sustancia que eres tú y que arroja de sí sus propias entrañas quedándose sólo con su hinchazón.

CAPITULO XVII

1. Y me admiré entonces de ver que te amaba a ti y no ya a un fantasma. Pero no era estable este mi gozo de ti; pues si bien tu hermosura me arrebataba, apartábame luego de ti la pesadumbre de mi miseria y me derrumbaba gimiendo en mis costumbres carnales. Pero aun en el pecado me acompañaba siempre el recuerdo de ti y ninguna duda me cabía ya de tener a quien asirme, aun cuando carecía yo por mí mismo de la fuerza necesaria. Porque el cuerpo corruptible es un peso para el alma y el hecho mismo de vivir sobre la tierra deprime la mente agitada por muchos pensamientos (Sb 9, 15). Segurísimo estaba yo de que tus perfecciones invisibles se hicieron, desde la constitución del mundo, visibles a la inteligencia que considera las criaturas y también tu potencia y tu divinidad (Rm 1, 20).

2. Buscando pues un fundamento para apreciar la belleza de los cuerpos tanto en el cielo como sobre la tierra, me peguntaba qué criterio tenía yo para juzgar con integridad las cosas mudables diciendo: "esto debe ser así y aquello no". Y encontré que por encima de mi mente mudable existe una verdad eterna e inmutable. De este modo y procediendo gradualmente a partir de los cuerpos pasé a la consideración de que existe un alma que siente por medio del cuerpo y esto es el límite de la inteligencia de los animales, que poseen una fuerza interior a la cual los sentidos externos anuncian sobre las cosas de afuera.

3. Pero luego de esto, mi mente, reconociéndose mudable, se irguió hasta el conocimiento de sí misma y comenzó a hurtar el pensamiento a la acostumbrada muchedumbre de fantasmas contradictorios para conocer cuál era aquella luz que la inundaba, ya que con toda certidumbre veía que lo inmutable es superior y mejor que lo mudable. Alguna idea debía de tener sobre lo inmutable, pues sin ella no le sería posible preferirlo a lo mudable. Por fin y siguiendo este proceso, llegó mi mente al conocimiento del ser por esencia en un relámpago de temblorosa iluminación. Entonces tus perfecciones invisibles se me hicieron visibles a través de las criaturas, pero no pude clavar en ti fijamente la mirada. Como si rebotara en ti mi debilidad, me volvía yo a lo acostumbrado y de aquellas luces no me quedaba sino un amante recuerdo, como el recuerdo del buen olor de cosas que aún no podía comer.

CAPITULO XVIII

Andaba yo en busca de alguna manera de adquirir la energía necesaria para gozar de ti, pero no pude encontrarla mientras no pude admitir que Jesucristo es mediador entre Dios y los hombres; que está sobre todas las cosas y es Dios bendito por todos los siglos (1Tm 2, 5; Rm 9, 5). Y Cristo me llamaba diciendo: yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). El alimento que yo no podía alcanzar no era otro que tu propio Verbo por quien hiciste todas las cosas, el cual al hacerse hombre y habitar en nuestra carne (Jn 1, 14) se hizo leche para nuestra infancia. Pero yo no era humilde y por eso no podía entender a un Cristo humilde, ni captar lo que El nos enseña con su debilidad. Porque tu Verbo, eterna verdad y supereminente sobre lo más excelso que hay en tu creación, levanta hacia sí a quienes se le someten. Siendo la excelsitud misma, quiso edificarse acá en la tierra una humilde morada de nuestro barro por la cual deprimiese el orgullo de los que quería atraer a sí y los sanara nutriéndolos en su amor; para que no caminaran demasiado lejos apoyados en su propia confianza, sino que más bien se humillaran al ver a sus pies a una persona divina empequeñecida por su participación en la vestidura de nuestra piel humana; para que sintiéndose fatigados se postraran ante ella y ella levantándose, los levantara.

CAPITULO XIX

1. Pero entonces creía yo de mi Señor Jesucristo algo del todo diferente. Ciertamente lo tenía por un varón de insuperable sabiduría con el cual nadie podía compararse, especialmente porque había nacido de manera admirable de una virgen, como para ejemplo de menosprecio de los bienes temporales poder conseguir la inmortalidad. Por haber tenido de nosotros tan grande providencia, su autoridad me parecía inigualable; pero no me cabía ni la menor sospecha del misterio encerrado en las palabras el Verbo se hizo carne (Jn 1, 14). De todo lo que sobre El se nos había entregado por escrito asumía yo que Cristo había bebido y dormido, que caminó y predicó, que conoció la tristeza y también la alegría; pero estimaba que aquella carne suya no se había unido a tu Verbo, sino con un alma y con una inteligencia humanas. Esto lo sabe quien ha llegado a conocer la inmutabilidad de tu Verbo, como la conocía yo ya para entonces y lo profesaba sin la menor sombra de dubitación. Porque la capacidad de mover a voluntad los miembros del cuerpo o no moverlos; o sentir un afecto y luego otro diferente en otro momento; o pronunciar en una ocasión admirables sentencias para guardar silencio en otra, es cosa propia de la mutabilidad del alma y de la mente. Y si todas estas cosas que de Cristo se dicen fueran falsas, todo lo demás naufragaría en la mentira y no quedaría en los sagrados Libros ninguna esperanza de salvación para el género humano.

2. Pero yo, teniendo por veraces esos escritos, reconocía en Cristo a un hombre completo. No solamente un cuerpo humano o un alma en ese cuerpo pero sin inteligencia, sino un hombre completo y verdadero. Cristo no era para mí la Verdad personal; pero sí veía en El una incomparable grandeza y excelencia debida a su más perfecta participación en la sabiduría. Alipio pensaba que la fe de los católicos predicaba que en Cristo no había, aparte de Dios y el cuerpo, un alma y una mente de hombre. Y como aceptaba bien en firme lo que había oído y guardaba en la memoria y como pensaba que tales cosas no son posibles sino en un ser dotado de alma y de razón, caminaba con tardos pasos hacia la fe cristiana. Pero cuando más tarde se enteró de que tales enseñanzas eran la herejía de los apolinaristas, se alegró sobremanera y se entregó sin reticencias a la fe católica. Confieso que sólo más tarde fui capaz de distinguir la mucha diferencia que media entre el error de Fotino y la fe católica a propósito de que el Verbo se hizo carne. Porque la discusión de las herejías pone en relieve cuál es el verdadero sentir de tu Iglesia y cuál es la doctrina verdadera. Era necesario que se produjesen las herejías para que los fuertes en la fe se distinguieran de los débiles en la fe (1Co 11, 19).

CAPITULO XX

1. Los libros platónicos que leí me advirtieron que debía buscar la verdad incorpórea y llegué a sentir que en realidad perfecciones invisibles se hacen visibles a la inteligencia por la consideración de las criaturas; pero era repelido por aquellos que las tinieblas de mi alma no me dejaban conocer. Seguro estaba yo de tu existencia; seguro de que eres infinito pero que no te difundes por lugares ni finitos ni infinitos; que en verdad eres el que siempre has sido, idéntico a ti mismo y deducía que todas las cosas proceden de ti por el simplicísimo argumento de que existen. De todas estas cosas estaba ciertísimo, pero era débil para gozar de ti. Hablaba con locuacidad, como si fuera muy perito; pero de no buscar el camino en Cristo Redentor sería yo no un hombre perito, sino un hombre que perece. Ya para entonces había yo comenzado a hacer ostentación de sabiduría, lleno como estaba de lo que era mi castigo y, en vez de llorar, me hinchaba con la ostentación de la ciencia.

2. Pues, ¿dónde estaba aquella caridad que edifica sobre el fundamento de la humildad de Jesucristo; o cuándo me enseñaron la humildad aquellos libros? Tú quisiste, creo, que los leyera antes de acercarme a la Sagrada Escritura para que quedara impreso en mi memoria el efecto que me habían producido; así, más tarde, amansado ya por tus libros y curado de mis llagas por tu mano bienhechora, iba yo a tener discernimiento para distinguir la verdadera confesión de la mera presunción; para ver la diferencia entre los que entienden a dónde se debe ir pero no ven por dónde y la senda que lleva a la patria feliz no sólo para verla, sino para habitar en ella. Porque si primeramente hubiera sido formado en tus sagrados libros y en una suave familiaridad contigo y después hubiera leído los libros de los platónicos, acaso me arrancaran del sólido fundamento de la piedad; o si no me arrancaban afectos en los que estaba profundamente embebido, al menos pudiera yo creer que dichos libros eran capaces, con sólo leerlos, de engendrar tan noble afecto.

CAPITULO XXI

1. Así sucedió que con ardiente avidez arrebataba yo la escritura de tu Espíritu, en San Pablo con preferencia a los demás apóstoles y se me desvanecieron ciertas dificultades que tuve cuando en cierta ocasión me parecía encontrarlo en contradicción consigo mismo y no ir de acuerdo el texto de sus palabras con el testimonio de la ley y los profetas. Y se apoderó de mí una trepidante exultación cuando vi claro que uno solo es el rostro que nos ofrecen todas las Escrituras. Comencé pues y, cuanto había leído de verdadero allá, lo encontré también aquí con la recomendación de tu gracia; para que el que ve no se gloríe como si su visión no la hubiera recibido (1Co 4, 7). Pues, ¿qué tiene nadie que no lo haya recibido? Y para que sea no sólo amonestado de verte, sino también sanado para poseerte a ti, que eres siempre el mismo y para que, siéndole imposible descubrirte desde lejos, tome el camino por donde puede legar a verte y luego a poseerte. Pues cuando se deleite el hombre en la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará con esa otra ley que está en sus miembros y que resiste a la ley de su mente y lo tiene cautivo en la ley del pecado que está en sus miembros? (Rm 7, 2223). Porque tú, Señor, eres justo y nosotros somos pecadores y hemos obrado la iniquidad (Dn 3, 28). Por eso tu mano se ha hecho pesada sobre nosotros y con justicia hemos sido entregados al antiguo pecador y señor de la muerte y éste ha modelado nuestra voluntad según la suya en la cual no está la verdad (Jn 8, 44).

2. ¿Qué hará pues el hombre mísero? ¿Quién lo libertará de su cuerpo de muerte sino tu gracia por Jesucristo, Señor nuestro? (Rm 7, 24-25). Jesucristo, a quien engendraste coeterno contigo y a quien creaste en el principio de tus caminos (Pr 8, 22); en el cual un príncipe de este mundo no halló causa de muerte (Jn 14, 30) y, sin embargo, lo hizo matar y con esa muerte fue destruído el decreto que nos era contrario (Col 2, 14). Nada de esto dicen los libros de los platónicos, ni en sus páginas se encuenta este rostro de piedad, ni las lágrimas de la confesión, en las que tú ves el sacrificio de un corazón contrito y humillado (Sal 50, 19); nada dicen de la salud del pueblo, ni de la ciudad desposada, ni de las primicias del Espíritu Santo y el cáliz de nuestra salud. Nadie canta en ellos "mi alma está sujeta al Señor de quien viene mi salud. Porque El es mi Dios y mi salvación; El me ha recibido y ya más no me moveré (Sal 41, 2-3).

Libro VIII
CAPITULO I

1. Recuerdo yo mi vida, Señor, dándote gracias y confieso tus muchas misericordias para conmigo. Que se impregnen mis huesos de tu amor y que te digan: "Señor, ¿quién hay que sea semejante a ti? ". "Tú has roto mis cadenas y ofreceré en tu honor un sacrificio vespertino" (Sal 34, 10 y 115, 16). Y voy a contar ahora cómo las rompiste, por manera que cuantos te adoran digan al oírme: "Bendito sea el Señor en el cielo y en la tierra, grande y admirable es su nombre". Tus palabras se habían ya fincado en mis entrañas y tú me tenías cercado por todas partes. Cierto estaba yo de tu eterna existencia, aunque no la alcanzaba sino en enigma y como en un espejo (1Co 13, 12). Con todo, habíase ya apartado totalmente de mí la más mínima dubitación sobre que eres una sustancia incorruptible y de que de ti proceden todas las criaturas y mi deseo no era tanto el de estar más cierto de ti, sino el de estar más firme y estable en ti. Pero en mi vida temporal todo era vacilante y mi corazón debía purificarse del viejo fermento; me gustaba el Salvador como camino a la vida, pero me sentía desanimado por las angosturas del camino.

2. Entonces me pusiste en el corazón un pensamiento que me pareció prudente: el de buscar a Simpliciano, que en mi concepto era un buen servidor tuyo y en él resplandecía tu gracia. Había yo sabido de él que te servía desde su juventud y ahora era un anciano muy experimentado en el bien, gracias a una larga vida que mucho le enseñó sobre tus camnos.
Así me parecía y así era.