CARTAS.

Santa Teresa de Lisieux

PRIMER PERÍODO

LA INFANCIA
(abril 1877-noviembre 1886)

Carta 1 A Luisa Magdelaine
4 de abril de 1877
Querida Luisita:
No te conozco, pero es igual, te quiero mucho. Paulina me ha dicho que te escriba; me tiene sobre sus rodillas, pues yo no sé ni siquiera sostener el palillero. Quiere que te diga que soy una perezosilla, pero no es cierto, porque trabajo todo el día haciendo travesuras a mis pobres hermanitas; en una palabra, que soy un diablillo que está siempre riéndose.
Adiós, Luisita. Te mando un beso muy fuerte. Saluda de mi parte a la Visitación, es decir a sor María Luisa2 y a sor Luisa de Gonzaga, pues no conozco a nadie más.
Teresa

Carta 2 A Juana y María Guérin
12-17 de abril de 1877
Queridas primitas:
Ya que os escribe Celina, yo también quiero escribiros para deciros que os quiero con todo mi corazón. Me gustaría mucho veros y daros un beso.
Adiós, queridas primitas. María ya no quiere seguir llevándome la mano,
y yo no sé escribir sola.
Teresa

Carta 3 A María
10-17 de junio de 1877
Querida Mariíta:
Un abrazo de todo corazón, y a Paulina también.
Teresa

Carta 4 A María Guérin
16 de septiembre de 1877
Querida Mariíta:
Un abrazo con todo mi corazón. Tu carta me ha gustado mucho. Me alegra mucho ir a Lisieux.
Tu primita,
Teresa

Carta 5 A Paulina
Lisieux, 26 de junio de 1878
Querida Paulina:
María Guérin está en el campo desde el lunes, pero yo me lo paso bien,
sola mi tía. Estuve comprando medias grises con mi tía, y la señora me dio
unas perlas. Me he hecho una sortija con ellas.
Adiós, Paulinita querida. Muchos besos a papá y a María de mi parte. Un
abrazo de todo corazón.
Tu hermanita,
Teresa

Carta 6 A Paulina
1 de diciembre de 1880
Querida Paulina:
Me alegro mucho de escribirte, he pedido permiso a nuestra tía. Cometo
muchas faltas, pero tú conoces bien a tu Teresita y sabes muy bien que no
soy nada hábil.
Dale un gran beso a papá de mi parte.
He sacado cuatro puntos buenos el primer día, y cinco el segundo.
Un abrazo de mi parte a la señorita Paulina.
Estoy muy contenta, porque ya sabes que estamos en casa de nuestra tía.
Mientras María hace las cuentas, yo me divierto pintando unas láminas
muy bonitas que me ha dado nuestra tía.
Hasta la vista, querida Paulinita. Tu Teresita que te quiere.

Carta 7 A Paulina

4 (?) de julio de 1881
Querida Paulina:
Me alegro mucho de escribirte. Te deseo un feliz día de tu santo, pues no
te pude felicitar el miércoles, día de tu santo.
Espero que lo pases muy bien en Houlgate. Quisiera saber si has
montado en burro.
Te agradezco mucho que me hayas dado vacaciones mientras estás en
Houlgate. Me gustaría mucho que, si escribes a María, me pongas también
a mí unas letritas.
¡Si supieras!El día de santa Domitia, nuestra tía me puso un cinturón de
color rosa, y eché flores a santa Domitia.
No enseñes mi carta a nadie.
Adiós, querida Paulinita. Un abrazo con todo mi corazón. Da un beso de mi
parte a María Teresa y a la pequeña Margarita.
Tu Teresita que te quiere.

Carta 8 A Celina (Fragmentos)
Domingo, 23 de abril de 1882
Querida Celinita:
Te quiero mucho, bien lo sabes...
Adiós, querida Celinita.
Tu Teresita que te quiere con toda el alma.
Teresa Martin

Carta 9 A la madre María de Gonzaga
noviembre-diciembre de 1882(?)
Querida Madre:
Hace mucho tiempo que no la he visto; por eso me alegro mucho de
escribirle para contarle mis cosillas.
Paulina me ha dicho que usted estaba de ejercicios, y quiero pedirle que
ruegue al Niño Jesús por mí, pues tengo muchos defectos y quisiera
corregirme.
Tengo que confesarme con usted. De un tiempo acá, contesto siempre que
María me manda hacer alguna cosa. Parece que cuando Paulina era
pequeña y se excusaba ante mi tía de Le Mans, ésta le decía: «Tantos
agujeros, tantas clavijas», pero yo soy todavía mucho peor. Por eso, quiero
corregirme y en cada agujerito poner  una linda florecilla que ofreceré
al Niño Jesús para prepararme a mi primera comunión. ¿Verdad, querida
Madre, que usted pedirá eso a Dios para mí? Sí, ese hermoso momento
llegará muy pronto, y cuando el Niño Jesús venga a mi corazón, ¡qué feliz
me sentiré de tener tantas flores hermosas para ofrecerle!
Adiós, querida Madre. La abrazo con la misma ternura con que la amo.
Su hijita,
Teresita

Carta 10 A Celina
A mi Celinita querida de parte de su hermanita que la quiere muy tiernamente.
Teresa
Domingo 29 de abril de 1883

Carta 11 A sor Inés de Jesús
1-6 de marzo de 1884
Querida Paulinita:
Había pensado escribirte para darte las gracias por tu precioso librito; pero
creía que no estaba permitido hacerlo durante la cuaresma. Ahora que sé
que está permitido, te doy las gracias de todo el corazón.
No sabes la dicha que sentí cuando María me enseñó tu hermoso librito.
Me pareció precioso; no había visto nunca nada tan bello, y no me canso
de mirarlo. ¡Qué oraciones tan bonitas trae al principio!Se las he rezado
de todo corazón al Niño Jesús. Procuro hacer todos los días el mayor
número de prácticas que puedo, y hago todo lo posible por no dejar
escapar ninguna ocasión. Rezo desde lo hondo de mi alma las jaculatorias
que representan el olor de las rosas, y lo hago lo más frecuentemente que
puedo.
¡Qué estampa tan bonita la que trae al principio!Una palomita que ofrece
su corazón al Niño Jesús. Pues bien, yo también quiero adornar el mío con
todas las lindas flores que encuentre, para ofrecérselo al Niño Jesús el día
de mi primera comunión; pues quiero, como se lee en la breve oración que
hay al principio del libro, que el Niño Jesús se encuentre tan a gusto en mi
corazón, que no piense ya en volverse al cielo...
Dale las gracias en mi nombre a sor Teresa de San Agustín por su
precioso rosario de prácticas y por haberme bordado la hermosa cubierta
del libro. Muchos besos de mi parte a la madre María de Gonzaga, y dile
que su hijita la quiere con todo el corazón.
Leonia y Celina te envían un fuerte abrazo. Adiós, querida Paulinita. Un
abrazo con todo mi corazón.
Tu hijita que te quiere mucho.
Teresita

Carta 12 A María
8 de mayo de 1884
Para mi querida Mariíta, recuerdo de la primera comunión de
Tu hijita
Teresa

Carta 13 A Celina
8 de mayo de 1884
Recuerdo de 1ª comunión para mi querida Celinita, de parte de tu
hermanita
Teresa

Carta 14 A María Guérin
1883-1885
A mi Mariíta, de parte de su hermanita Teresa.
Cta 15 A Celina
1883-1885
A mi querida Celinita, recuerdo cariñoso de su hermanita que la quiere con
todo el corazón
Teresa

Carta 16 A la señora Guérin (Fragmentos)
10-17 de mayo de 1885
Querida tía:
Me ha pedido que le escriba para darle noticias de mi salud. Estoy mejor
que el domingo, pero me sigue doliendo mucho la cabeza. Espero que
usted se encuentre bien, lo mismo que Juana, y que María acabe de
curarse del todo.
Pienso en usted con frecuencia, y recuerdo lo buena que ha sido
conmigo1. No olvido tampoco a mis queridas primitas, y le ruego que diga
a María que no le escribo hoy, pero que le escribiré la próxima vez para
tener más cosas que contarle.
Entro en retiro el domingo por la tarde, pues la primera comunión sigue
fijada para el 21; es ya seguro que no se cambiará la fecha.
Adiós, querida tía. Un abrazo muy fuerte mi parte para Juana y María, y
guarde para usted el beso más fuerte,
Teresa
Hija de los Stos. Angeles

Carta 17 A María
Para mi querida Mariíta,
recuerdo de la segunda Comunión de tu hijita,
el 21 de mayo de 1885.
Teresa

Carta 18 Al señor Martin
25 de agosto de 1885
Querido papaíto:
Si estuvieras en Lisieux, deberíamos felicitarte hoy tu santo. Pero, como no
estás, quiero igualmente, y más que nunca, desearte en el día de tu santo
una gran felicidad, y sobre todo que lo pases muy bien en el viaje. Espero,
papaíto querido, que te diviertas mucho y que te guste mucho el viaje.
Pienso continuamente en ti, y pido a Dios que te conceda pasarlo bien y
que vuelvas pronto con buena salud.
Querido papá, para tu santo Paulina me había compuesto unos versos
preciosos para que te los recitase el día de tu santo; pero ya que no
puedo hacerlo, te los voy a escribir:
FELICITACIÓN DE UNA REINECITA A SU PAPÁ-REY EN EL DÍA DE SU
SANTO
Si fuera una palomita,
¿sabes, papá, adónde iría?
En tu pecho, nido y tumba,
por siempre me quedaría.
Si fuera una golondrina,
estos días de calor,
iría a cerrar mis alas
a la sombra de tu amor.
Si fuera yo un petirrojo,
me estaría en tu jardín.
Con sólo un grano, tu mano
me daría un gran festín.
Si fuera yo un ruiseñor,
pequeño cantor salvaje,
pronto mi bosque dejara
por cantar en tu boscaje.
Si yo fuera una estrellita,
de noche siempre saldría,
y cuando el día se oculta
nunca oscuro se te haría.
A través de tu ventana
encendiera mil destellos,
y nunca me ocultaría
sin decirte algo del cielo.
Si fuera yo un angelito,
querubín de alas doradas,
hacia ti dirigiría,
papá, el vuelo de mis alas.
Te mostraría mi Patria
en un sueño misterioso;
te diría: «Tras la vida
te espera un brillante trono».
Si quisieras alas blancas,
te las traería del cielo,
y hacia la eterna ribera
alzaríamos el vuelo.
Mas no tengo alas brillantes,
yo no soy un serafín,
soy tan sólo una niñita
a la que hay que conducir.
Sólo soy débil aurora,
simple capullo de flor,
y el rayo que me entreabre
es, papá, tu corazón.
Al crecer, veo tu alma
repleta del Dios de amor;
tu santo ejemplo me inflama
y quiero imitarte yo.
Quiero, Rey mío, en la tierra
ser tu alegría mayor:
imitarte, padrecito,
amar como tú al Señor.
Más tendría que decirte,
pero es preciso acabar.
Sonríeme, padre amado,
y ven mi frente a besar.
Adiós, queridísimo papá. Tu Reina que te ama con todo su corazón,
Teresa

Carta 19 A María Guérin
Los Buissonnets, sábado 26 de junio de 1886.
Querida Mariíta:
Te agradezco mucho que hayas tenido la delicadeza de no reñirme por no
haberte escrito; por eso me apresuro a contestar enseguida a tu amable
cartita. No puedes imaginarte cómo me ha gustado.
Estoy muy contenta de que sigas mejor y de que te diviertas mucho. No sé
nada nuevo de Lisieux que pueda contarte; sólo que estamos todos bien.
Me pedías en tu carta que te diera noticias de la señora de Papinau;
está muy bien y me pregunta con frecuencia por tu salud. Las clases
siguen marchando muy bien; desde hace algún tiempo han aumentado, y
por eso no te pude escribir el domingo.
Estoy muy contenta porque mañana me pondré de blanco para la
procesión; María me ha probado el vestido y me sienta muy bien.
Querida Mariíta, te encargo que des un abrazo muy fuerte de mi parte a mi
tía y a mi querida Juanita.
Adiós, querida primita. Perdona si mi carta va mal redactada y mal escrita:
es que andaba muy deprisa y no he tenido tiempo para hacer un borrador. Celina me encarga que te mande un fuerte abrazo, lo mismo que a Juana y a mi tía. Todavía no he dado tu recado a Paulina, pero se lo daré esta tarde.
Tu primita, que te quiere con todo el corazón,
Teresa

Carta 20 María Guérin
Los Buissonnets, jueves 15 de julio de 1886
Querida María:
Muy amable de tu parte el escribirme; tu carta me ha gustado mucho. Me
alegra que te des hermosos paseos como los que me cuentas; me parecen
muy interesantes.
Vengo de columpiarme; María tiene miedo que me lastime y ha pedido a
papá que pinte las argollas y el columpio; las argollas me gustan
menos que el columpio y tengo las manos todas rojas de estar en ellas.
Ayer fuimos a pasar la tarde en casa de la señora Maudelonde, y me lo
pasé muy bien con Celina y Elena. La señora de Papinau me ha dado
vacación mañana en honor de la fiesta de nuestra Señora del Carmen,
para que pueda asistir al sermón.
Ya ves, María, que no tengo nada interesante que contarte. No me he
dado, como tú, un paseo maravilloso del que poder hablarte, pero, no
obstante, espero que mi pobre cartita te guste un poco.
Adiós, querida Mariíta. Da un fuerte abrazo de mi parte a mi tía y a Juana.
Tu hermanita que te quiere mucho
Teresa

Carta 21 A María
Sábado, 2 de octubre, 6 de la tarde
Fiesta de los Santos Angeles
Querida Mariíta:
Acabamos de recibir el telegrama y estoy muy contenta, pues creo que
esto quiere decir que has visto al Padre en Douvres. El te envió el
miércoles una carta en la que te decía que fueses a esperarle hoy. No te
puedes imaginar nuestro apuro. Celina envió cartas a Douvres y a
Calais, a la lista de correos.
La Santísima Virgen ha tenido todos los días una vela encendida, y le he
pedido y suplicado tanto, que no puedo creer que no sepas que el Padre
llegaba hoy. También el señor Pichon ha enviado una carta a papá; no nos
atrevíamos a abrirla. Paulina nos dijo que era mejor hacerlo, pues podría
haber dentro alguna cosa urgente; pero sólo decía que el señor Pichon
todavía no sabía cuándo llegaría el Padre, y que iba a escribir al
superior para saberlo.
¡Si supieras, María, qué gran verdad me parece lo que nos dices!Dios nos
mima, sí, pero no te figuras lo que es estar separada de una persona a
quien se quiere como yo te quiero a ti. ¡Si supieras todo lo que pienso!
Pero no puedo decírtelo: es demasiado tarde y he escrito la carta toda
torcida, porque no veía nada.
Madrinita querida, he preguntado a Paulina si los frasquitos oro-bronce
servían para pintar a la acuarela, y me ha dicho que no, que eran para
pintar santos y estatuas. Te lo digo para que no me los compres como
recuerdo. Por favor, no me traigas nada, me disgustaría de verdad. Leonia
te manda un fuerte abrazo y otro para papá.
Adiós, queridísima María. Dale un beso muy fuertemente de mi parte a mi
papaíto querido.
Tu verdadera hijita que te quiere todo lo que se puede querer,
Teresita
Sobre todo, no olvides nuestros encargos y el taburete para nuestra
tía. Felicidad te manda muchos recuerdos; desde que te marchaste, está
de un humor fantástico. Nuestra tía, nuestro tío, Juana y María os mandan
muchos recuerdos. Todavía no hemos llevado el telegrama al Carmelo.

SEGUNDO PERÍODO

LA ADOLESCENCIA
(Navidad de 1886-Abril 1888)

Carta 22 A Celina
31 de marzo de 1887
Guardaré mi diadema hasta mañana temprano,
mas luego a tu cabeza pasará mi hado, ¡pececito de abril...!
Mañana tendrás una peineta que te regalará el pez de abril.

Carta 23 A María Guérin
Los Buissonnets, lunes 27 de junio de 1887
Querida enfermita:
¿Cómo te encuentras esta mañana? ¿Has dormido bien anoche? ¿Te
duele ya menos la muela...? Ya ves, querida Mariíta, cuántas preguntas
me hago esta mañana, pero nadie me puede contestar y me veo obligada
a resolverlas yo misma; así, lo hago a mi favor y veo que te encuentras
mucho mejor.
Me veo obligada a volver la página, pues acabo de darme cuenta de
que estaba escribiendo todo torcido. Hace tanto tiempo que no cojo una
pluma, que me parece rarísimo.
Acabo de llegar del Carmelo. He contado a María y a Paulina cuánto
sufrías, y van a pedir mucho a Dios para que te cure y puedas disfrutar de
tu estancia en Trouville...
Tendría muchas más cosas que decirte, querido Lulú, pero no tengo
tiempo pues quiero escribir también unas letras a Juana. Además, tengo
miedo a estropearte la vista, pues mi carta es un verdadero borrador y no
sé ni cómo me atrevo a mandártela así.
Te dejo, besándote no en las dos mejillas, por no hacerte daño en las
muelas, sino en tu preciosa frentecita.
Teresa.
Sobre todo, recomiendo a mi queridito Lulú que no se moleste en
escribirme; esto no me impedirá enviarle muchas cartas. Lo que hace falta
es que mi Lulú haga honor a su nombre y coma como un verdadero lobo.

Carta 24 A Juana Guérin
27 de junio de 1887
(Aquí hay un barco de vela dibujado a pluma)
Querida Juanita:
Como no tengo al artista Darel para que me pinte un barco, y como quería
poner uno al principio de esta carta, he tenido que ponerme yo misma a
garabatearlo. Voy a aburrirte durante unos momentos, querida Juana.
Espero que se te haya pasado del todo la jaqueca. Ahora que la gran
Inglesa se ha marchado, estarás más tranquila, y seguro que todos se
encontrarán mucho mejor.
Creo que te alegrarás mucho de no tener que escuchar mis sermones
sobre la muerte, de no ver ya mis ojos que te fascinan, y de no [vº] verte
obligada a ir a casa de las señoritas Pigeon...
Tengo que comunicarte la muerte de ocho de mis queridos gusanos de
seda; ya no me quedan más que cuatro. Celina les prodigó tantos
cuidados, que consiguió hacérmelos morir a casi todos de pena o de una
apoplejía fulminante, y mucho me temo que los cuatro que quedan no
hayan atrapado también el virus de la enfermedad de sus hermanos y les
sigan al reino de los topos.
Se me hace muy raro encontrarme de nuevo en los Buissonnets. Esta
mañana estaba toda extrañada de verme al lado de Celina. Hemos
hablado a papá de la amable propuesta que nos hizo mi tía, pero es
absolutamente imposible, porque papá se va el miércoles y esta vez estará
muy poco tiempo en Alençon.
Adiós, querida Juana, sigo queriéndote con todo el corazón.
Teresa.

Carta 25 A María Guérin
Los Buissonnets, 14 de julio de 1887
Mi Mariíta preciosa:
Acabo de recibir tu cariñosa cartita, y todavía me sigo riendo pensando en
lo que me dices. Vamos a ver, campesina feúcha. Ante todo, tengo que
empezar por regañarte: ¿por qué has llevado otra vez tu cara al
escultor1? ¡Pues sí que te la ha arreglado bien...!Me he quedado desolada
al enterarme de que tus pícaras mejillas habían tomado otra vez la forma
de un balón. La experiencia debiera haberte enseñado; me parece que ya
tenías bastante con la primera vez.
Me alegro mucho de que mi tía está mejor, me quedé consternada cuando
supe que estaba mala; la verdad es que Dios os envía muchas
pruebas este año.
Tampoco esta semana es muy alegre en los Buissonnets, pues es la
última que nuestra querida Leonia pasa con nosotros. Los días corren muy
deprisa, ya no le quedan más que dos de estar con nosotros.
Pero ¿qué quieres que te diga, cariño?, a mi pena se mezcla una cierta
alegría: me alegra ver por fin centrada a mi querida Leonia. Sí, creo
que sólo allí será feliz. En la Visitación hallará todo lo que le falta en el
mundo.
Celina está de luto por sus dos pajarillos azules: el macho fue a juntarse
con su compañera al día siguiente por la mañana. Ahora sus despojos
mortales están en casa del disecador.
Te deseo que el final de tu estancia en Trouville sea más alegre que el
principio. Espero que Dios, que tanto os ha probado, os conceda ahora
muchas alegrías.
Celina está apenada por no poder escribir a Juana, pero está tan ocupada
con todos los preparativos de Leonia, que le es absolutamente imposible.
Dile a Juana que no puede imaginarse cómo se emocionó Leonia con su
carta, lo mismo que con la tuya. Os abraza con todo el corazón, así como
también a nuestra querida tiíta.
Dale a Juana un abrazo muy fuerte de mi parte. Dile a mi tía que la quiero
mucho, y guarda para ti una gran parte de mis besos (He oído hablar de la
carta del Carmelo, parece que era muy divertida). Papá os manda
recuerdos, en particular a su querida ahijada.
Teresa

Carta 26 A María Guérin
Los Buissonnets, 18 de agosto de 1887
Querida Mariíta:
Acaba de decirme mi tío que estás enferma, feúcha. Ahora que podías
disfrutar un poco, no se te ocurre otra cosa que ponerte enferma. Tienes
suerte que estoy lejos, pues de lo contrario puedes estar segura que
tendrías que vértelas conmigo...
¿Y qué tal sigue mi tía? Espero que ya estará mejor. ¡Qué distinto sucede
todo a como nos lo imaginamos!Yo te veía desde lejos correr alegremente
por el parque, mirar los peces, divertirte mucho con Juana; en una
palabra, te veía llevar una vida de castellana. Pero en vez de una vida de
castellana, es una vida de enferma la que estás llevando ahí. Mi pobre
amiguita, te compadezco de corazón. Pero no debes desanimarte, pues te
queda aún mucho tiempo para pasear y disfrutar. No tienes más que
abandonar rápidamente la habitación, que, aunque sea hermosa y
dorada, para el pajarillo que quisiera dar saltitos al sol que divisa a través
de la ventana no es más que una jaula.
Me doy cuenta de que acabo de poner el carro delante de los bueyes, y
estoy segura de que entenderás las crucecitas que he puesto en la frase
anterior.
Sí, hermanita querida, tú tienes tanta necesidad del aire libre del parque
como los pajarillos. Cuando vuelvas a nuestro lado, tienes que estar
fresca como una rosa lozana que acaba de abrirse. Cariño, al hablar de
rosas, me vienen ganas de besar tus preciosas mejillas. Ya sé que no
están rosadas, pero las rosas blancas me gustan tanto como las rojas.
Procura que tus mejillas se pongan menos blancas, y pídele a Juana
que te las bese por mí. Dile que también pienso mucho en ella y que le
mando un beso de todo corazón.
Querida María, he dejado correr la pluma como a una loca, y ha escrito
cosas que no son nada fáciles de leer ni de entender. Te ruego que sólo la
culpes a ella de esas maldades; lo que no quiero que le atribuyas es el cariño que te tiene tu hermanita.
Dale un beso muy fuerte de mi parte a mi querida tía, a quien quiero con
todo mi corazón.
Adiós, hermanita querida. Te envío un fuerte beso, con la
recomendación de que te cures muy pronto para que disfrutes un poco.
Tu hermana que te quiere
Teresa.

Carta 27 A sor Inés de Jesús
Sábado, 8 de octubre de 1887
Hermanita querida:
Desde el miércoles estoy buscando la ocasión de hablar a nuestro tío; esta
mañana se ha presentado. Nuestro tío ha estado muy afable. Yo tenía
miedo que, al ser sábado, no estuviese de buen humor, pues ese día está
muy ocupado; pero, al contrario, en cuanto le pedí estar con él dejó su
lectura con aire solícito.
Me dijo que hacía algún tiempo ya que sospechaba que yo tenía algo
que decirle. Después me echó un sermoncito muy cariñoso, con el que
ya contaba. Me dijo que estaba muy seguro de mi vocación, que no sería
eso lo que le impidiese dejarme marchar. Creo que no hay más que un
obstáculo: el mundo. Sería un verdadero escándalo público ver entrar a
una niña en el Carmelo, yo sería la única en toda Francia, etc... Sin
embargo, si Dios lo quiere así, ya encontrará la forma de hacérnoslo saber.
Mientras tanto, mi tío me ha dicho que, según las reglas de la prudencia
humana, no debo pensar en entrar antes de los diecisiete o dieciocho
años; y que aun esto sería demasiado pronto.
Me dijo, además, muchas otras cosas por el estilo, pero sería
demasiado largo contártelas. Como puedes suponer, no le he hablado de
fechas. Querida Paulinita, por el momento estoy muy contenta de que
nuestro tío no encuentre más obstáculos que el mundo; creo que a Dios no
le costará mucho mostrarle a nuestro tío, cuando él quiera, que no será el
mundo lo que le impida tomarme para el Carmelo. ¿Sabes, hermanita
querida?, nuestro tío me ha dicho muchas otras cosas muy amables, pero
yo sólo te cuento los obstáculos que ha encontrado. Por fortuna, para Dios
esos obstáculos no existen.
Paulina querida, hoy no puedo decirte todas las cosas que llenan mi
corazón, no puedo coordinar mis ideas. A pesar de todo, me siento llena
de ánimo, y estoy completamente segura de que Dios no me abandonará.
Ahora, como me decía nuestro tío, va a empezar mi tiempo de prueba.
Pide por mí, pide por tu Teresita. Tú sabes cuánto te quiere, tú eres su
confidente. Necesitaría mucho verte, pero es un sacrificio más que
ofreceré a Jesús. ¡No quiero negarle nada!Aun cuando me sienta triste y
sola en la tierra, aún me queda él. ¿Y no dijo santa Teresa. «sólo Dios
basta»...?.
Perdóname, Paulina querida, por enviarte esta carta, o mejor este
borrador, donde las ideas  ni siquiera van hilvanadas. No sé si vas a
poder leerla, tan mal escrita está; pero mi corazón tenía tantas cosas que
decirte, que la pluma no podía seguirlo. Dile a mi querida madrina que
pienso mucho en ella durante sus ejercicios, y pídele que no se olvide de
su ahijada.
Hasta pronto, hermana querida. Una vez más, no te enfades conmigo por
enviarte esta carta; pero no me siento con ánimos para volverla a
empezar.
Tu pequeña Teresita
Te envío tu palillero.
Dile a mi querida Madre que su Teresita la quiere con todo su
corazón.

Carta 28 Al P. Pichon
23 de octubre de 1887
Reverendo Padre:
He pensado que, como usted atiende a mis hermanas, tal vez pudiera
encargarse también de la última.
Quisiera poder darme a conocer a usted, pero yo no soy como mis
hermanas, no sé decir bien en una carta todo lo que siento. A pesar de
todo, Padre, creo que usted sabrá adivinarme.
Cuando venga a Lisieux, espero poder verlo en el Carmelo para abrirle mi
corazón.
Padre, Dios acaba de concederme una gracia muy grande: hace mucho
tiempo deseo que entrar en el Carmelo, y creo que ha llegado el momento.
Papá está de acuerdo en que entre para Navidad. ¡Qué bueno es Jesús,
Padre, al tomarme tan joven!No sé cómo agradecérselo.
A mi tío le parecía que soy demasiado joven, pero ayer me dijo que quería
hacer la voluntad de Dios.
Padre, le pido que ruegue por esta su última hija. Acabo de llegar del
Carmelo, y mis hermanas me han dicho que podía escribirle para decirle
con toda sencillez lo que pasa en mi corazón. Ya ve, Padre, que lo hago,
esperando que no se niegue a recibirme por hija.
Bendiga a su segundo corderito,
Teresa

Carta 29 A Leonia
23-30 (?) de octubre de 1887
Querida hermanita:
No sé cómo decirte cuánto me ha gustado tu carta. Gracias por haberme
felicitado tan puntualmente para mi santo. Hubiera querido escribirte
enseguida, pero ahora estamos tan ocupadas que me ha sido imposible
hacerlo. Celina no puede escribirte porque tiene mucho que hacer, pero
eso no le impide pensar en su hermanita a quien tanto quiere; me encarga
que te mande un abrazo.
Me dices en tu carta que ruegue a la beata Margarita María para que te
alcance la gracia de ser una santa salesa. No dejo de hacerlo ni un solo
día.
Gracias por avisarme de que me preocupe por mi precioso Niño Jesús. No
está abandonado, está tan nuevo como cuando  tú lo dejaste. He
besado por ti su piececito, y su manita parecía bendecirte desde lejos.
Hermanita querida, tengo muchas cosas que decirte, pero

Carta 30 A sor Inés de Jesús y sor María del Sagrado Corazón
6 de noviembre de 1887
París, Hotel de Mulhouse
Queridas hermanitas:
Celina no quiso que os escribiese ayer; sin embargo, no quiero que
recibáis carta suya sin unas letras de vuestra Teresita. Ya veo que tengo
una auténtica letra de gato, mas espero que no me  riñáis, pues estoy
muy muy cansada, todo da vueltas a mi alrededor.
Mañana ya no estaremos en Francia. No salgo de mi asombro ante todo lo
que veo. En París hemos visto cosas muy hermosas, pero nada de eso da
la felicidad. Celina os contará, si quiere, las maravillas de París; yo sólo os
sé decir que pienso muchísimo en vosotras y que todas las maravillas de
París no cautivan en manera alguna mi corazón.
Me parezco un poco a mi querida madrina, siempre tengo miedo a
verme atropellada, me veo continuamente rodeada de coches... Queridas
hermanitas, ninguna de las cosas tan bellas que veo me da la felicidad, y
no la tendré hasta que no esté donde vosotras estáis ya...
Me he sentido muy feliz en Nuestra Señora de las Victorias; recé mucho
por vosotras y por mi querida Madre.
Quisiera escribir a mis primitas, pero  otra vez será, pues tengo que
escribir todavía a Leonia. ¡Pobre Leonia!¿Qué es de ella? Decidles, por
favor, que las recuerdo mucho. En el Sagrado Corazón de Montmartre he
pedido la gracia para Juana. Creo que ella lo entenderá. No os olvidéis
tampoco de mi tío y mi querida tía.
Adiós, querida madrina y querida confidente. Rogad por vuestra
Teresita.
Espero que tengáis en cuenta que estoy escribiendo esta carta por la
noche y muy cansada; la verdad es que, si no, no me atrevería a
enviárosla.
Un abrazo de mi parte a mi querida Madre.

Carta 31 A María Guérin
10 de noviembre de 1887
Venecia, jueves 10, noche
Querida Mariíta:
Por fin tengo un momento para poder escribirte; esta noche no saldremos
de paseo, prefiero descansar un poco a tu lado.
Dile, por favor, a mi querida tía que no puede imaginarse cómo me ha emocionado su carta;  quisiera escribirle para darle las gracias,
pero espero que sabrá disculpar a su hijita y adivinará lo que quiere decirle
mi corazón. Además, tengo muy poquito tiempo, porque Celina no quiere
que me acueste tarde.
No puedes hacerte una idea, querida hermanita, de todo lo que estamos
viendo; es realmente maravilloso, nunca me habría imaginado que
veríamos cosas tan bellas. Y son tantas, que tengo que renunciar a
contártelas; lo haré mucho mejor cuando esté  en mi querido Lisieux,
al que todas las bellezas de Italia no podrán hacerme olvidar.
Querida hermanita, ¿cómo te encuentras, qué tal estáis todos? Espero que
bien. ¿Estás tan alegre como cuando nos fuimos?
¡Si supieras, María, lo mucho que os recuerdo a todos!En las preciosas
iglesias que visitamos no os olvido. Me he acordado también de vosotros
ante las maravillas de la naturaleza, junto a aquellas montañas de Suiza
que atravesamos. ¡Qué bien se ora allí!Se siente que Dios está cerca.
¡Qué pequeña me veía ante aquellas montañas gigantescas! 
Este país de Italia es muy bonito, y ahora estamos gozando de su
hermoso cielo azul. ¡Esta tarde hemos visitado en góndola los
monumentos de Venecia!¡Fue algo de ensueño!
Me resulta muy divertido oír hablar a nuestro alrededor el italiano. Es una
lengua muy bella y muy armoniosa. En el hotel me llaman «Signorella»;
pero no entiendo más que esta palabra, que quiere decir «señorita».
Quisiera escribir con más frecuencia, pero es increíble lo llenas que están
nuestras jornadas; sólo queda tiempo para escribir de noche, muy tarde.
Estoy totalmente avergonzada de mi carta, pues la he escrito a toda prisa y
las ideas van deshilvanadas. Veo que aún no he empezado a
decirte lo que hubiera querido. ¡Tengo tantas cosas que contarte y tantas
que preguntarte...!Por las ganas, continuaría un buen rato todavía, pero
Celina no me dejaría terminar; me ha obligado a darme prisa.
Dale las gracias a nuestro tío por las amables letritas que nos ha enviado y
que nos han gustado mucho a todos. Dale un abrazo muy fuerte de mi
parte. Y no olvides a mi Juanita, me acuerdo mucho de ella.
Adiós, mi querida hermanita. Acuérdate alguna vez de tu Teresita,
que tanto se acuerda de ti. (Ya sabes que no he olvidado lo que hiciste por
mí un domingo).
Tu Teresita
Papá sigue bien; os manda a todos muchos recuerdos...

Saludos a María y a Marcelina...

Carta 31 B A María Guérin
14 de noviembre de 1887 
Lunes 14.
Querida hermanita:
Ya ves la fecha de mi carta. Creía que Celina la había enviado hace
tiempo, y creía que ya la habrías recibido... Verdaderamente, vas a creer
que te tengo olvidada.
¡Si vieras, hermanita, cómo me ha gustado tu carta!He vuelto a encontrar
en ella a mi Mariíta...
Gracias... Y adiós... Te mando esa vieja carta; piensa que tenía que
haber salido hace cuatro días.

Carta 32 A la señora de Guérin
14 de noviembre de 1887
Lunes, 14 noche
Querida tiíta:
¡Si supiera lo feliz que se sentiría su hijita si pudiese estar a su lado para
felicitarle su santo!Pero como no tiene esa dicha, quiere al menos que una
palabrita de su corazón vaya a través de los mares para reemplazarla.
¡Pobre palabrita, qué insuficiente va a ser para decirle a mi tía querida
todo el cariño que le tengo!
¡Cómo nos hemos alegrado esta mañana al recibir sus entrañables cartas!
¡Si supiera, tía, qué buena me parece usted...!
Hemos recibido todas las cartas del Carmelo, ni una sola se ha perdido.
Haré lo que Paulina me dice en su carta (Hotel de Milán). No sé cómo me
las arreglaré para hablar al Papa. La verdad es que, si Dios no se encarga
de todo, no sé cómo lo haré. Pero tengo una confianza tan grande en él,
que no podrá  abandonarme; lo dejo todo en sus manos.
Todavía no sabemos el día de la audiencia. Parece que, para poder hablar
a todos, el Santo Padre pasa por delante de los fieles, pero no creo que se
detenga. No obstante, yo estoy totalmente decidida a hablarle, pues antes
de que Paulina me escribiese, ya pensaba hacerlo; pero me decía a mí
misma que, si Dios quería que le hablase al Papa, él me lo haría saber...
Querida tía, quisiera que usted pudiese leer en mi corazón: allí vería
mucho mejor que en mi carta todo lo que le deseo para su santo.
Estoy lejos, muy lejos, querida tiíta, pero es increíble cuán cerca de usted
me parece estar esta noche. Quisiera decirle cuánto la quiero y cómo me
acuerdo de usted. Mas hay cosas que no pueden decirse, que sólo pueden
adivinarse...
Querida tía, le ruego le dé las gracias a mi querida Mariíta por su preciosa
y tan cariñosa carta, que me ha gustado muchísimo. Gracias también a
mi querida Juanita por acordarse de su hermanita.
Adiós, querida tía. Déle, por favor, un abrazo de mi parte a mi querido tío.
Le envío, querida tía, la mejor felicitación que le haya dirigido nunca, pues
cuando  uno está separado de los que ama, es cuando más siente
todo el cariño que les tiene.
Su hijita
Teresa.

Carta 33 A sor María del Sagrado Corazón
14 de noviembre de 1887
Querida madrina:
Has hecho un verdadero juicio temerario al pensar que leería la carta de
Paulina antes que la tuya; ha ocurrido precisamente todo lo contrario...
¡Sí, sí, María, me has dicho muchas cosas en el billetito de esta noche!Mi
corazón lo ha comprendido todo... ¡Cuánto me han gustado tus letritas!
Cuando leo las cartas que me enviáis, siento un no sé qué de muy dulce
que se derrama en mi corazón.
Papá sigue bien y disfruta mucho con vuestras cartas.
He preguntado en el monasterio de los monjes si podía obtener reliquias
de santa Inés. No es posible.
Tu Teresita que te quiere con todo su corazón.

Carta 34 A sor Inés de Jesús
14 de noviembre de 1887
Querida Paulina:
No puedo, realmente, dejar de darte las gracias por todo lo que haces por
mí. ¡Encomiéndame mucho a Dios!Puesto que Monseñor no quiere, no
me queda más remedio que hablar al Papa; pero no sé si podré hacerlo.
Tendrá que ser el Niño Jesús quien se encargue de disponer las cosas de
tal forma, que su pelotita no tenga que hacer más que rodar adonde él
quiera.
¡Si supieras cuánto me ha gustado y consolado lo que me decías en la
carta de Loreto!¡Paulina, sigue protegiéndome!¡Estoy tan lejos de ti...!No
puedo decirte todo lo que pienso, es imposible...
El juguetito de Jesús,
Teresita

Carta 35 A María Guérin
Sábado, 19 de noviembre de 1887
Querida Mariíta:
Mañana domingo hablaré al Papa. Cuando recibas mi carta, la audiencia
habrá pasado ya. Me parece que el correo no lleva las cartas lo bastante
deprisa, pues cuando te llegue ésta mía aún no sabrás nada de lo que
haya ocurrido.
Esta noche no voy a escribir al Carmelo, pero mañana les diré lo que
me diga el Papa.
¡Si supieses, hermanita querida, cuán fuerte late mi corazón cuando
pienso en mañana!
¡Si supieses todo lo que pienso esta noche!Quisiera pode decírtelo, pero
no, me es imposible. Veo la pluma de Celina correr sobre el papel; la mía
se detiene, tiene demasiadas cosas que decir...
¡Oh, Mariíta querida!, no sé qué pensarás de tu pobre Teresa, pero esta
noche no puede contarte su viaje, va a dejarle ese cuidado a Celina.
Espero que estés bien y que sigas ejercitándote en la buena música. 
En Italia se oye mucha, ya sabes que es el país de los artistas; tú podrías
apreciar mucho mejor que yo la belleza, porque yo no soy artista. Y Juana
podría ver bellísimas pinturas.
Ya ves, hermanita, que en Roma no hay nada para mí. Todo es para los
artistas. Si pudiese obtener una sola palabra del Papa, no pediría nada
más.
Hoy es el santo de mi querida tía, me acuerdo mucho de ella; espero que
haya recibido nuestras cartas.
Hermanita querida, da un fuerte abrazo de mi parte a todos los que amo.
Me acuerdo mucho de mi querida Juanita. Gracias por tu carta, no
sabes lo que me ha gustado, fue como un rayo de alegría.
Adiós, hermanita, ruega por mí.
Tu Teresita

Carta 36 A sor Inés de Jesús
20 de noviembre de 1887
Querida Paulina:
Dios me está haciendo por muchas pruebas antes de entrar en el Carmelo.
Voy a contarte cómo se ha desarrollado la visita del Papa. ¡Paulina del
alma!, si hubieses podido leer en mi corazón, habrías visto en su interior
una gran confianza. Creo haber hecho lo que Dios quería de mí.
Ahora lo único que me queda es rezar.
Monseñor no estaba allí, el Sr. Révérony hacía sus veces. Para hacerte
una idea de la audiencia, sería necesario que hubieses estado allí.
El Papa estaba sentado en un sillón muy alto. El Sr. Révérony estaba muy
cerca de él, miraba a los peregrinos que pasaban ante el Papa besándole
el pie, y luego decía al Santo Padre unas palabras sobre algunos de ellos.
Puedes imaginarte cuán fuertemente me latía el corazón al ver que me
llegaba el turno, pero yo no quería volverme sin haber hablado al Papa.
Dije lo que tú me decías en tu carta, pero no todo, porque el Sr. Révérony
no me dio tiempo. Dijo enseguida: «Santísimo Padre, se trata de  una
niña que quiere entrar en el Carmelo a los quince años, pero los superiores
se están ocupando ya de ello». (El Papa es tan anciano, que se diría que
está muerto. Yo nunca lo había imaginado así. Y no puede decir casi nada:
es el Sr. Révérony quien habla.) Yo hubiera querido poder explicar mi
problema, pero no hubo forma de poder hacerlo. El Santo Padre me dijo
simplemente: «Si Dios lo quiere, entrarás». Después me hicieron pasar a
otra sala.
¡Ay, Paulina!, no puedo decirte lo que sentí, estaba como aniquilada, me
sentía abandonada, y, además, estoy tan lejos, tan lejos... Luego lloraría
mucho al escribir esta carta, tengo el corazón destrozado. Sin embargo,
Dios no puede mandarme  pruebas que estén por encima de mis
fuerzas. Él me ha dado valor para soportar esta prueba, ¡que es muy
grande!Pero, Paulina, yo soy la pelotita del Niño Jesús; si él quiere romper
su juguete, es muy dueño de hacerlo. Sí, acepto todo lo que él quiera.
No he escrito, en absoluto, lo que quería, no puedo escribir estas cosas:
necesitaría hablar, y, además, tú no leerás mi carta hasta dentro de tres
días. ¡Paulina, no tengo más que a Dios, sólo a Dios, sólo a Dios...!
Adiós, Paulina querida, no puedo decirte más, tengo miedo a que venga
papá y me pida leer mi carta, y eso es imposible. Ruega por tu hijita
Teresita
Me gustaría escribir a mi Madre querida, pero esta noche no puedo.
Pídele que rece por su pobre Teresita.
Dale un fuerte abrazo de mi parte a mi querida María; escribo esta carta
también para ella, pero prefiero hablar sólo a una persona, espero que ella
sabrá comprender a su Teresita.
No tengo tiempo para repasar la carta; seguro que va llena de faltas,
perdóname.

Carta 37 A María Guérin
Florencia, viernes 25 de noviembre de 1887
Mi querida Mariíta:
El tiempo pasa veloz, unos días más y volveremos a estar juntas; de hoy
en ocho días espero estar con vosotros.
Te aseguro que dejaré atrás muy a gusto todas las maravillas de Italia.
Todo esto es muy hermoso, pero no puedo olvidar a los que dejé en
Lisieux, hay en él como un imán que me atrae. Así que volveré con
mucho gusto.
¡No sabes la alegría que me produjo tu carta!Me alegré mucho de que me
hablases del santo de mi querida tía. Yo estaba en espíritu cerca de
vosotros. En aquel momento no existían las distancias Roma y Lisieux.
Has hecho bien en decirme el regalo que te hizo mi tía, pues yo nunca
hubiera podido adivinarlo, ¡qué sorpresa!
No te hablo de mi visita al Sumo Pontífice, creo que ya habrás tenido
noticias por el Carmelo. Lo pasé muy mal, pero si ésa es la voluntad de
Dios...
Espero, querida hermanita, que seguirás rezando por mí. Tengo
mucha confianza en tus oraciones, me parece que Dios no puede negarte
nada.
Te quejabas de que tu carta estaba mal escrita. Realmente, si eres tan
exigente, no me atreveré a enviarte las mías, que son verdaderos
garabatos. Pienso mucho en ti y en todos, tanto, que hasta sueño de
noche con vosotros. Quisiera estar ya a vuestro lado.
Hace mucho tiempo que no tenemos noticias del Carmelo; me temo que se
hayan perdido algunas cartas.
Ayer estuvimos en Asís. Al salir de una iglesia, me encontré
completamente sola y sin coche; no había más que el del Sr. Révérony.
Me hizo subir con él, estuvo muy amable y no me dejó pagar mi plaza. No
me habló en absoluto de mi asunto, no sé lo que pensará de la audiencia.
Me doy cuenta de que no hago más que poner «Il». Esta carta no tiene ni
pies ni cabeza.
Dale las gracias a mi tía por su carta; me emocionó tanto, que no sé cómo
decirlo. Da un abrazo de mi parte a todos los que amo.
Adiós, hermanita querida. Hasta pronto,
Teresa

Carta 38  A Mons. Hugonin
3-8 (?) de diciembre de 1887
Monseñor:
Me dirijo a Su Excelencia para suplicarle tenga a bien darme la
contestación que desde hace tanto tiempo deseo.
Monseñor, lo espero todo de su paternal bondad. Sí, creo que Jesús
quiere realizar por medio de Usted su promesa.
Monseñor, dicen que las pruebas son señal de vocación. Y realmente,
Usted sabe que Dios no me las ha escatimado; pero pensaba que sufría
por Jesús, y no he dejado de esperar ni un solo instante. El Niño Jesús me
ha hecho sentir tan claramente que me quiere para Navidad, que no puedo
resistir a su gracia.
Es verdad que soy muy joven; pero, Monseñor, si Dios me llama y papá lo
quiere...
Confío en que el Sr. abate Révérony se haya dignado hablar de mí a Su
Excelencia, me lo prometió durante el viaje a Roma; nunca olvidaré su
bondad para conmigo.
Monseñor, Navidad está ya cerca, pero espero con gran confianza su
respuesta. No olvidaré jamás que sólo a Su Excelencia deberé el
cumplimiento de la voluntad de Dios.
Dignaos bendecir a vuestra hija, Monseñor.
Soy de Su Excelencia la más pequeña y agradecida hija,
Teresa Martin

Carta 39 Al abate Révérony
Lisieux, 16 de diciembre de 1887
Señor Vicario General:
Acabo de escribir a Monseñor. Papá y mi tío me han dado permiso para
hacerlo. Sigo esperando con confianza el «sí» del Niño Jesús.
Señor Abate, no faltan más que ocho días para navidad. Pero cuando más
se acerca la fecha, mayor es mi esperanza; tal vez sea temeridad, pero, no
obstante, me parece que es realmente Jesús quien habla en mi interior. 
Todas las distracciones del viaje a Roma no lograron apartar ni un solo
instante de mi espíritu el deseo ardiente de unirme a Jesús. ¿A qué
llamarme tan fuerte para luego dejarme languidecer lejos de él?
Señor Abate, espero que usted haya abogado en favor mío ante
Monseñor, como me prometió. Si Jesús me consoló en mis pruebas, fue
por medio de usted; y si entro en el Carmelo para Navidad, sé que a usted
se lo deberé. Pero no soy ingrata, y toda mi vida lo recordaré.
Le pido humildemente, Señor Vicario General, que se digne bendecir a
Su respetuosísima y agradecida servidora,
Teresa Martin

Carta 40 A Mons. Hugonin
Principios de enero de 1888
Monseñor:
He tardado mucho en agradecer a Su Excelencia el hermoso aguinaldo
que ha tenido a bien enviarme. Todas las bellezas del mundo, juntas, no
habrían podido producirme mayor alegría.
¡El Niño Jesús no me he engañado!Me ha dicho sí desde su cuna.
Monseñor, no creo que

Carta 41 Al canónigo Delatroëtte
13-30 de enero de 1888
Señor Canónigo:
Le agradezco mucho la preciosa estampa que me ha enviado por medio
de sor Inés. La conservaré con el mayor cuidado, como un primer recuerdo
suyo que siempre apreciaré.
Señor Canónigo, dígnese bendecir desde lejos a la más pequeña de sus
hijas; en estos momentos se dedica a preparar su alma para la vida del
Carmelo. Yo sé que es una gracia muy grande el haber sido llamada tan
joven, pero no seré ingrata y  Dios, así lo espero, me dará los medios
para serle fiel, como lo deseo con toda el alma.
Le pido humildemente, Señor Canónigo, que no me olvide en sus
oraciones.
La menor de sus hijas
Teresa
(P.D.) Le incluyo unas breves letras de Mons. Révérony que he pedido a
Celina que le haga llegar.

Carta 42 A sor María del Sagrado Corazón
Martes, 21 de febrero de 1888
Mi querida madrina:
No me he olvidado de que mañana es tu cumpleaños. Hace mucho ya que
pienso en él. Me encantaría poder verte para felicitarte tus veintiocho años;
pero como estamos en cuaresma, hay que hacer algún sacrificio.
Querida Mariíta, el miércoles de ceniza papá me hizo un regalo. Sería inútil
preguntarte,  no lograrías adivinarlo ni a la de cien ni a la de mil.
Figúrate, querida María, en el fondo del gran bolso de papá un corderito
precioso y todo rizado. Nuestro buen papaíto me dijo, al dármelo, que
quería que antes de entrar en el Carmelo tuviese el gusto de tener un
corderito. Todo el mundo se sentía feliz. Celina estaba loca de contenta
por tener un corderito de un día; lo que más me emocionó fue la bondad
de papá al regalármelo. Y además, un cordero es algo tan simbólico... Me
hacía pensar en Paulina.
Hasta aquí todo va bien, todo es fantástico, pero espera al final.
Ya nos hacíamos castillos en  el aire a cuenta del corderito y
esperábamos verlo retozar a nuestro alrededor al cabo de dos o tres días.
Pero, ¡ay, dolor!, el precioso animalito se murió por la tarde; había cogido
mucho frío en el carro donde nació. ¡Pobrecito!, apenas nacido ya tuvo que
sufrir, y luego se murió.
Era tan lindo el corderito y tenía un aire tan inocente, que Celina hizo su
retrato en un trozo de lienzo. Después papá cavó una pequeña fosa en la
que metimos al corderito, que parecía dormir. No quise que lo cubriera la
tierra: le echamos nieve encima, y asunto concluido... 
No sabes, querida madrina, cuánto me ha hecho pensar la muerte de
ese animalito. No, no hay que apegarse a nada en la tierra, ni siquiera a
las cosas más inocentes, pues nos faltan en el momento que menos se
piensa. Sólo lo que es eterno puede llenarnos.
Querida María, veo que no te he hablado en todo el tiempo más que del
cordero, y Leonia quiere que le deje un huequecito en mi carta. Adiós,
pues, madrina querida. Tu hijita te quiere mucho más de lo que puedes
imaginarte.
Teresita
Mañana ofreceré la comunión por mi madrina querida... Dale un
fuerte abrazo de mi parte a la Madre, y otro a Paulina, y dile que estoy
bien.
He rezado mucho por el señor de Virville.

Carta 43  A sor Inés de Jesús
18 (?) de marzo de 1888
Querida Paulina:
Me hubiera gustado escribirte enseguida para darte las gracias por tu
carta, pero me fue imposible, he tenido que esperar hasta hoy.
¡Si supieras, Paulina, qué verdad tan grande es que en todos los cálices
ha de mezclarse una gota de hiel!Pero creo que las tribulaciones ayudan
mucho a despegarse de la tierra y nos hacen mirar  más allá de este
mundo. Aquí abajo nada puede llenarnos, sólo podemos gustar un poco de
reposo cuando estamos dispuestos a cumplir la voluntad de Dios.
A mi navecilla le cuesta mucho llegar a puerto. Hace ya mucho tiempo que
diviso la orilla, y aún me encuentro lejos de ella; pero es Jesús quien guía
mi barquilla, y estoy segura de que el día que él quiera la hará arribar
felizmente a puerto.
Paulina querida, cuando Jesús me deje en la ribera bendita del Carmelo,
quiero entregarme a él por entero, no quiero vivir más que para él. No, 
no temeré sus golpes, porque, hasta en los más amargos sufrimientos,
siento siempre que es su dulce mano la que golpea. Lo experimenté muy
bien en Roma, en el momento mismo en que hubiera creído que la tierra
se iba a hundir bajo mis pies.
Sólo deseo una cosa para cuando esté en el Carmelo: sufrir siempre por
Jesús. La vida pasa tan deprisa que, realmente, vale más lograr una
corona muy bella con un poco de dolor, que una ordinaria sin dolor.
¡Cuándo pienso que por un solo sufrimiento soportado con alegría se
amará mejor a Dios durante toda la eternidad!Además, con el
sufrimiento podemos salvar almas. Paulina, ¡qué feliz me sentiría si en el
momento de la muerte pudiese yo tener un alma que ofrecer a Jesús!
Habría un alma arrancada al fuego del infierno que bendeciría a Dios por
toda la eternidad.
Querida hermanita, veo que aún no te he hablado de tu carta, que, sin
embargo, me gustó muchísimo. Paulina, me siento muy dichosa de que
Dios me haya dado una hermana como tú. Espero que rezarás por tu
pobre hijita, para que corresponda a las gracias que Jesús tiene a bien
concederle. Necesita mucho de tu ayuda, pues está muy lejos de ser lo
que quisiera. 
Dile a mi querida madrina que me acuerdo mucho de ella;
quisiéramos saber cuándo va a hacer su profesión en el interior.
Celina te manda un fuerte abrazo. A esta pobre hermanita nuestra le duele
mucho un pie, creo que no va a poder ir a vísperas. En casa de nuestro tío,
casi todos están enfermos. Verdaderamente, la vida no es alegre, resulta
muy difícil apegarse a ella.
Adiós, Paulina querida, mi confidente. Hasta el lunes de Pascua, pero
sobre todo hasta el 9 de abril... Un abrazo de mi parte para nuestra
Querida Madre.

Carta 44 A Mons. Hugonin
27 de marzo de 1888
Monseñor:
Me permito pedirle su bendición en la víspera de mi entrada en el Carmelo.
No olvido que soy la hijita de Su Excelencia, y sé cuánto debo a su bondad
de padre. Ahora vuestra pequeña.

Carta 45 A sor Inés de Jesús
Martes, 27 de marzo de 1888
Querida hermanita:
Acabo de escribir a Monseñor la carta que tú me redactaste. Te lo
agradezco mucho. ¡Qué bonita es la estampa!Es una maravilla.
Te envío a toda prisa estas letras para saber si quieres que diga en casa
de nuestro tío que pintaste la estampa y que he escrito. Si luego se
enteran, no les gustará, pero prefiero preguntártelo. Les diré también que
es para el nueve. Como el jueves iremos a casa de nuestro tío,
quisiera que pasases unas letras por el torno para que papá las recoja
mañana por la mañana.
¡Sí, Paulina, quiero ser siempre un granito de arena...!. ¡Cuánto bien
me ha hecho tu carta!¡Si supieras cómo me ha llegado al corazón!
Quisiera decirte muchas cosas a propósito del granito de arena, pero no
tengo tiempo... (Quiero ser santa...).
El otro día encontré una frase que me gustó mucho. No me acuerdo ya del
santo que la dijo. Era ésta: «No soy perfecto,  pero quiero llegar a
serlo».
¡Cuántas palabras deshilvanadas!Perdóname, hermanita querida, escribo
muy deprisa.
¡Hasta el 9 de abril!
Teresita

TERCER PERÍODO

EL POSTULANTADO
(9 de abril de 1888-10 de enero de 1889)

Carta 46 Al señor Martin 

Domingo, 29 de abril de 1888
Querido papaíto:
¡Qué bueno eres con tu Reinecita!No pasa casi un día sin que ella reciba
un presente de su Rey.
Gracias por todo, papaíto. ¡Si supieras cuánto te quiere la Huerfanita de la
Berezina! Pero no, sólo en el cielo lo sabrás. Allí es donde veremos
bellas estatuas sobre bellas cornisas, y entonces sí que podremos,
realmente, caer en éxtasis. Y además, ¡qué guía para hacernos visitar las
maravillas del cielo!Pienso que muchos santos tendrán en su nimbo una
cruz bizantina. Lo único que no veremos serán sarcófagos, porque en el
cielo ya no habrá tumbas.
Papaíto querido, veo que ya va a ser la hora y te tengo  que dejar,
pero antes quiero abrazarte desde lejos con todo el corazón.
También la Perla fina te manda un fuerte abrazo. ¡Si supieras, papá, lo
preciosa que es tu Perla fina!El brillante Diamante, la Bohemia, te abraza
también de todo corazón.
Adiós y gracias, papaíto. Tu Reinecita, que por fin ha sido «sacada de
debajo de la carreta»,
Teresa del Niño Jesús

Carta 47 A Celina 
8 de mayo de 1888
Te envío, Celina mía, dos mantelitos para coser a máquina. Sé que estás
muy ocupada, pero no negarás este favor a tu Teresita. Creo que bastará
con dos costuras. Uno de los manteles tiene el dobladillo demasiado
pequeño, procura alargar la segunda costura. Quisiera tenerlos, a más
tardar, para mañana después de comer, porque el jueves es la Ascensión.
Hoy hace cuatro años que hice la primera comunión, ¿te acuerdas...?
¡Cuántas gracias me ha concedido Dios de entonces acá!
Celina querida, hay momentos en que me pregunto si es verdad que estoy
en el Carmelo, ¡a veces no puedo creerlo!¿Qué he hecho yo por Dios para
que me colme de tantas gracias? 
Mañana hará un mes que estoy lejos de ti, pero no me parece que
estemos separadas, ¿qué importa el lugar en que estemos...? Aun cuando
nos separase el océano, seguiríamos unidas, porque nuestros deseos son
los mismos y nuestros corazones laten al unísono... Estoy segura de que
me comprendes. (¿Qué importa, en realidad, que la vida sea alegre o
triste? No por eso dejaremos de llegar al término de nuestro viaje aquí en
la tierra.) Un día de carmelita pasado sin sufrir es un día perdido. Y esto
vale también para ti, porque tú eres carmelita de corazón.
Un abrazo a Leonia de mi parte.
Tu Teresita del Niño Jesús

Carta 48 Al señor Martin
8 de mayo de 1888
Querido papaíto:
Tus preciosas velitas me han gustado tanto, que no puedo menos de
ponerte unas letras para darte las gracias. El recadero de Jesús es muy
bueno al proporcionarle así a su Reinecita los medios para hacer bonitas
iluminaciones. 
La Reina piensa continuamente en su Rey. Además, el recadero de
Jesús viene con tanta frecuencia a traer recados, que sería imposible
olvidarlo.
Querido papaíto, verdaderamente casi creo que te vas a arruinar; pero voy
a sorprenderte diciéndote que eso no me inquieta demasiado. Y es que
tienes tantos recursos, que no llegarás a verte en apuros..., ni siquiera el
hambre te asustaría. ¿Te acuerdas cuando me decías: «Cuando haya
hambre, comeremos tal cosa o tal otra», o «Cuando estemos arruinados,
haremos aquello o lo de más allá»? Con estas disposiciones, ninguna 
adversidad podrá atemorizarte.
Gracias por el pescado, papaíto querido. Gracias, gracias, nos regalas
tantas cosas, que me veo obligada a darte las gracias por todo en general,
aunque cada cosa nos causa un placer especial.
Adiós, mi Rey querido. Tu Diamante y tu Perla te dan las gracias igual que
tu Reina.
Teresa del Niño Jesús

Carta 49 A sor María del Sagrado Corazón
12-20 de mayo de 1888
¡La Solitaria del Corazón de Jesús ha dado una alegría muy dulce a su
hijita, ha leído en su corazón...!¿Así que Jesús habla cuando se está en
retiro...? Estoy tan llena del perfume de tu cartita y de la forma tan
encantadora de presentármela, que no puedo menos de contestarla esta
misma noche. Pronto va a tocar la campana, ya to....
Interrumpí mis letras justo en el momento en que hubiera querido decirte
muchas cosas...
La vida está llena de sacrificios, es cierto. Pero ¡qué dicha!¿No es mejor
que nuestra vida -que es una noche pasada en una mala posada- se pase
en un hotel completamente malo que no en uno que lo sea sólo a
medias...?
¡Si supieras cuánto te quiero!Cada vez que  me encuentro contigo, me
parece que eres un ángel... Tú que eres un aguila llamada a cernerte en
las alturas y a clavar tu mirada fijamente en el sol, reza por esta cañita tan
débil que está en el fondo del valle; el menor soplo la hace doblarse. ¡Sí,
ruega por ella el día de tu profesión!
Pide que tu hijita sea siempre un granito de arena muy oscuro, muy
escondido a los ojos de todos, que sólo Jesús pueda verlo. Que se haga
cada vez más pequeño, que se vea reducido a nada...
Perdóname todos los disgustos que te he dado. ¡Si supieras cómo me
arrepiento de haberte dicho que me llamabas demasiadas veces la
atención!. Después de tu profesión ya no te daré más disgustos. Adiós...,
perdóname.
Ruega por esta tu hijita.
He dejado secar cuidadosamente tu violeta.

Carta 50 A María Guérin
13 de mayo de 1888
Domingo, mayo 1888
Querida hermanita:
Si tienes el Pott en la punta de la lengua, no lo tienes ciertamente en el
espíritu ni en la punta de los dedos. ¡Qué carta tan preciosa...!
Si querías hacerme reír, no has perdido el tiempo, diablillo. ¿Así que,
feúcha, tienes un pie malo? ¡Qué raro!, porque tus pies son tan pequeños
que realmente no hay sitio para el dolor...
Gracias a Dios, pronto será Pentecostés, y el Espíritu Santo corregirá, sin
duda alguna, un gran olvido que tuvo el día de tu confirmación. Te dio
todos sus dones, pero por desgracia se olvidó de uno que te sería muy útil.
¿Adivinas cuál...? Se lo voy a pedir tanto durante  los ejercicios
espirituales, que el día de Pentecostés estarás tan fuerte como Sansón.
Como te siga doliendo el pie, tendrás que vértelas con tu Lulú.
Esta noche he soñado mucho con Juana; desde que estoy en el Carmelo,
es increíble las veces que sueño con ella. Dale un fuerte abrazo de parte
de su Teresita.
¡Qué tiempo tan hermoso!Luce un sol radiante, más brillante incluso que
el que está dibujado en el encabezamiento de tu carta, pues ése apenas si
alumbra la tierra; y si el de hoy fuese igual al tuyo, me vería obligada a
utilizar tu  lámpara.
Tengo suerte de haber escrito en esta cara la palabra «lámpara»; de lo
contrario, me habría visto obligada a cometer contigo una descortesía, al
hacerte volver la página sólo para decirte adiós.
Hasta pronto, querida hermana, así lo espero. Da un abrazo de mi parte a
mi tío y dile que no olvidaremos su consejo. Mil besos para mi querida tía.
(No tienes que tener la fuerza en los cabellos, sino en el pie.)
Diablillo querido, un abrazo de todo corazón. Tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús 

Nuestra hermana mayor está haciendo los ejercicios espirituales
para la profesión. Lleva echado el gran velo blanco, y parece un ángel.
Pedirá mucho por su Mariíta.

Carta 51 Al señor Martin
17 de mayo (?) de 1888

Mi querido Rey:
Sé que el Diamante te ha escrito unas letras; por eso no te escribiré yo
mucho, porque tu pobre Reina quedaría eclipsada por el esplendor del
Diamante... Sólo siento necesidad de repetirte que te quiero, como si tú no
lo supieras ya. Además, ¿cómo no iba una Reina a querer [vº] a su Rey, y
a un Rey como tú, tan santo y tan bueno? Porque la verdad es que tú eres
tan santo como el mismo san Luis...
Gracias, papaíto querido, por todo lo que me has regalado: la preciosa
pala, etc... etc... y todo lo demás..¿Te acuerdas, papá, de cuando en Génova seguíamos de lejos al Sr. Benoit y a los demás? ¡Cómo nos divertíamos!El recuerdo de aquel hermoso viaje que hice con mi papaíto querido me acompañará siempre.
Un abrazo, querido Rey mío.
Tu Reina de Francia y de Navarra, Teresa del Niño Jesús

Carta 52 Al señor Martin
Mayo-junio (?) de 1888
¡Qué bueno es el recadero del Niño Jesús!Le mando todo mi cariño y mis
besos. Tomaré feliz el vino que me manda, pensando que procede de las
bodegas del Niño Jesús.
Querido papaíto, tú eres el recadero de Jesús, qué bien lo sé yo.
Gracias, gracias..., ¡qué bueno eres conmigo!
Sí, yo siempre seré tu reinecita y trataré de labrar tu gloria haciéndome
una gran santa.
Teresa del Niño Jesús, el Diamante brillante y la Perla extra-fina te mandan un abrazo muy fuerte.
Acaban de enseñarme los pájaros, ¡qué bueno eres, papaíto querido!Hay
tres pájaros, uno para el Diamante, otro para la Perla fina y otro para la Reinecita de papá. Esta tratará de hacer todo lo posible por parecerse un poco a su Rey.

Carta 53 A Celina
17 de junio de 1888
Domingo, junio de 1888
Querida Celina:
Me harías un gran favor si me enviases lo antes posible la tela que compraste para hacerte un delantal. Necesito también la falda escocesa que tenías para disfrazarte. Envíame también todas las cintas blancas aprovechables que tengas; hay una que yo llevaba en la cabeza el día de mi primera comunión; puedes coger también la del sombrero... Es para representar a santa Inés...
Hermanita querida, ¡qué bueno es Dios contigo!¡Si pudieses comprender
qué gracia tan grande recibiste el viernes!Creo, realmente, que es la
gracia que estabas esperando. ¿Recuerdas que me decías: «Pero yo no
he recibido la gracia decisiva»? Estoy convencida de que es ésa. Ahora
tienes que ser toda de Jesús. Él es más que nunca todo tuyo. Él ha puesto
ya en tu dedo el anillo misterioso de los esponsales. Él quiere ser el único
dueño de tu alma.
Hermana querida, tú y yo somos verdaderamente hermanas en el
sentido más hondo de esta palabra.
Adiós. Desde lejos mi corazón lee en el tuyo.
Teresa del Niño Jesús.
 
Dale un beso de mi parte a mi incomparable Rey.

Carta 54 A sor Inés de Jesús
4 (?) de julio de 1888 

El balido del cordero amado de Jesús ha resonado en los oídos del
corderito como una dulce música... ¿Dónde ha aprendido el cordero la
melodía de Cecilia?
¡La eternidad!Sí, el corderito vive sumergido en ella. Quiere lanzarse a ella
de un salto detrás del cordero, pero necesita que la música de su dulce
cordero le abra el camino.
El grano de arena, a pesar de su pequeñez, quiere construirse hermosas
eternidades, y quiere construirlas también para las almas de los
pecadores; pero, ¡ay!, todavía no es [vº] lo bastante pequeño ni
suficientemente insignificante.
El cordero y el corderito tienen que alcanzar la palma de Inés; si no es por
la sangre, habrá de serlo por el amor... ¡He ahí el sueño del grano de
arena!
¡Sólo Jesús!Nada más que él. El grano de arena es tan pequeño, que si
quisiese meter en su corazón a alguien que no sea Él, ya no habría sitio
para Jesús...
Que el blanco cordero ruegue por el oscuro grano de arena, para que
llegue a ser brillante y luminoso en la eternidad.
La cañita de Jesús

Carta 55 A sor Inés de Jesús
5-9 de julio de 1888
Gracias al cordero querido por haber hecho escuchar una vez más al
corderito la música del cielo. El dulce céfiro ha agitado suavemente a la
cañita...
Eran las 9 pasadas cuando la caña descubrió el papelito. No lucía ya la luz
de la tierra, pero su corazón supo descifrar mejor que sus ojos la música
de santa Cecilia, ¡y no perdió ni una sola palabra...!
Sí, yo deseo esas angustias del corazón, esos alfilerazos de los que habla
el cordero. A la cañita no le importa en absoluto doblarse, no tiene miedo
de romperse, pues ha sido plantada al borde de las aguas; en [vº] vez de
quedarse allí en el suelo, cuando se dobla, sólo encuentra una onda
bienhechora que la fortalece y le hace desear que una nueva tormenta
vuelva a desatarse sobre su frágil cabeza. Toda su confianza reside en su
debilidad, y no puede quebrarse porque, le ocurra lo que le ocurra, sólo
quiere ver en ello la mano de Jesús...
A veces, a la caña, una débil ráfaga de viento puede resultarle más
insoportable que las grandes tormentas; y entonces va a remojarse en su
arroyo querido. Pero tampoco esas débiles ráfagas de viento consiguen
que se doble demasiado hacia la tierra, son los alfilerazos...
Mas ningún sufrimiento es excesivo para conquistar la palma...

Carta 56 A sor Inés de Jesús
11 de julio de 1888
¡Qué dicha volver a ver mañana el dulce rostro del cordero!.
Pero el corderito suplica al cordero que no dé todavía el salto hacia el
cielo. Si su sitio está ya preparado para él, que piense en el pobre
corderito, que espere un poco más para que el corderito pueda saltar
también, y entonces se irán los dos juntos a su patria. Sus corazones, que
nunca pudieron saciarse en la tierra, irán a abrevarse en las mismas
fuentes del amor.
¡Ah, el dulce festín!¡Qué alegría ver a Dios, ser juzgados por Aquel a
quien hemos amado sobre todas las cosas!
He soñado que el cordero volaría pronto hacia su patria, pero espero que
se quede todavía un poco más en el exilio para guiar al pobre corderito...

Carta 57 A Celina 
Sólo Jesús + Lunes, 23 de julio de 1888
Querida hermana:
Tu Teresa ha comprendido toda tu alma; incluso ha leído mucho más de lo
que le has escrito. He comprendido la tristeza del domingo, yo misma la he
vivido toda entera... A medida que iba leyendo, me parecía que nos
animaba la misma alma; entre nuestras almas hay algo tan sensible, que
nos asemeja tanto... Siempre hemos estado juntas; nuestras alegrías,
nuestras penas, todo ha sido común. Y siento que esto continúa en el
Carmelo... Nunca, nunca jamás nos separaremos. ¿Sabes?, sólo el lirio
amarillo habría podido alejarnos un poco. Te lo digo porque estoy segura
de que tu lote será siempre un Lirio blanco, puesto que tú le has escogido
y él te escogió a ti primero... ¿Comprendes el lenguaje de los lirios...?
Alguna vez me he preguntado por qué Jesús me había escogido a mí
la primera. Ahora lo comprendo: mira, tu alma es un lirio siempreviva.
Jesús puede hacer con él lo que quiera. Importa poco que esté en un lugar
o en otro. Siempre será siempreviva. La tempestad no puede hacer caer el
amarillo de los estambres en su blanco cáliz perfumado: Jesús lo ha hecho
así. Él es libre, y nadie puede pedirle cuentas de por qué concede sus
gracias a un alma en vez de a otra.
Al lado de ese lirio Jesús colocó a otro, su compañero fiel. Crecieron
juntos, pero uno era siempreviva y el otro no lo era, y Jesús tuvo que coger
su lirio antes de que se abriese la flor se entreabriera, para que los dos
lirios fuesen para él... El uno era débil, el otro fuerte. Y Jesús cogió al débil
y dejó al fuerte para que se embelleciese con un brillo nuevo... Jesús les
pide todo a sus dos lirios, no quiere dejarles nada más que su blanca
vestidura... ¡todo! ¿Comprende la siempreviva a su hermanita...?
La vida, a menudo, resulta pesada. ¡Cuánta amargura, pero cuánta
dulzura también!Sí, la vida cuesta, es duro comenzar un día de trabajo;
tanto el débil capullo como el hermoso lirio lo han comprobado... ¡Y si al
menos se sintiese a Jesús...!¡Por él, todo se haría a gusto!Pero no, él
parece estar a mil leguas, estamos solas con nosotras mismas. ¡Y qué
enojosa resulta la compañía cuando no está Jesús!
¿Pero qué hace, entonces, este dulce amigo? ¿No ve nuestra angustia y el
peso que nos oprime? ¿Dónde está? ¿Por qué no viene a consolarnos,
puesto que no tenemos otro amigo?
Pero no..., él no está lejos. Está muy cerca y nos mira y nos mendiga esta
tristeza, esta agonía... La necesita para las almas, para nuestra alma:
¡quiere darnos tan hermosa recompensa, es tan grande lo que él anhela
para nosotras!
Pero ¿cómo podrá él decir un día: «Ahora me toca a mí» si aún no ha
llegado nuestro turno, si todavía no le hemos dado nada? A él le cuesta
mucho abrevarnos de tristezas, pero sabe que ésa es la única forma
de prepararnos a «conocerle como él se conoce y a convertirnos nosotras
mismas en dioses». ¡Oh, qué destino!¡Qué grande es nuestra alma...!
Elevémonos por encima de lo que es pasajero, mantengámonos a
distancia de la tierra. Allá arriba el aire es puro. Jesús se esconde, pero se
le adivina... Derramando lágrimas, enjugamos las suyas, y la Santísima
Virgen sonríe. ¡Pobre Madre!¡Ha sufrido tanto por causa nuestra!Justo es
que nosotros la consolemos un poco llorando y sufriendo con ella...
Esta mañana leí un pasaje del Evangelio donde se dice: «No he venido a
traer paz, sino espada». No nos queda, pues, más que luchar. Cuando no
tenemos fuerzas para ello, Jesús combate por nosotras... Pongamos
juntas el hacha a la raíz del árbol...
¡Pobre borrador de Teresa!¡Qué carta, qué confusión!Si hubiese podido
decir todo lo que pienso, Celina tendría lectura para rato...
Jesús es muy bueno al habernos concedido encontrar una madre como la
que tenemos. ¡Qué tesoro!Si la hubieses visto, hermanita, traerme tu carta
esta mañana a las seis...!Me emocionó...
Jesús te pide TODO, TODO, TODO, como se lo puede pedir a los más
grandes santos.
Tu pobre hermanita, Teresa del Niño Jesús 

Carta 58 Al señor Martin 

El Carmelo, 31 de julio de 1888
Mi querido Rey:
¡Si supieras cómo nos gustó tu carpa, tu monstruo!Hubo que retrasar la
comida media hora. María del Sagrado Corazón hizo la salsa. Estaba
delicioso, sabía a cocina de mundo. Era incluso mejor que la suntuosa
cocina de Italia, lo cual no es poco decir, porque ¡vaya banquetes...!¡Y
vaya compañía!¿Te acuerdas, papaíto...? Pero no siempre es eso lo
que abre el apetito, al menos a mí, pues nunca he comido tanto como
desde que estoy en el Carmelo. Me siento totalmente en mi centro. Si la
señorita Paulina estuviese ahí, diría que «he encontrado mi camino».
Tu Diamante no puede escribirte porque está de colada general, pero eso
no le impide pensar en ti, papaíto querido; te abraza con todo su corazón,
y tú sabes que el corazón de tu hija mayor no es precisamente pequeño.
Pienso en lo que tú tantas veces nos decías: «Vanidad de vanidades y
todo vanidad, vanidad de la vida que pasa», etc. Cuanto más vivo, más
verdad me parece que todo es vanidad sobre la tierra.
Siempre que pienso en ti, papaíto querido, pienso naturalmente en
Dios, pues me parece imposible encontrar a alguien más santo que tú en
la tierra.
Cuando pienso que dentro de ocho días hará cuatro meses que estoy en el
Carmelo, no me lo puedo creer. Me parece que he estado siempre aquí, y
por otra parte me parece que fue ayer cuando entré. ¡Cómo pasa todo...!
Cuanto más vivo, papaíto querido, más te quiero. No sé cómo puede ser
eso, pero es la pura verdad; me pregunto lo que será al final de mi vida...
Me siento muy orgullosa de mi título de Reina de Francia y de Navarra, y
espero merecerlo siempre. Jesús, el Rey del cielo, al tomarme para sí, no
me ha quitado a mi santo Rey de la tierra. ¡No!, si mi papaíto querido así lo
quiere y no me encuentra demasiado indigna, yo seré siempre: la Reina de
Papá.
La Perla fina te manda un abrazo muy fuerte.
Adiós y hasta pronto, mi querido Rey. Tu Reinecita,
Teresa del Niño Jesús 

Cta 59 Al señor Guérin

El Carmelo, 22 de agosto de 1888
Querido tío:
Acabamos de recibir una carta de nuestra tía donde nos cuenta todo lo que
usted está pasando. Aunque lejos de usted, también su sobrinita comparte
su dolor y quisiera estar cerca de su tío para consolarle; pero ¿qué podría
hacer ella, en realidad...? No, es preferible que esté en el Carmelo; aquí, al
menos, puede pedir todo lo que quiera al único que puede dar el consuelo,
que lo derrame abundantemente en el corazón de su querido tío.
El estado del señor David nos apena mucho. Comprendo, querido tío,
cuánto deben estar sufriendo ustedes, pues no hay nada tan doloroso
como ver sufrir a los que amamos. Sin embargo, doy gracias a Dios con
todo el corazón por la gracia tan grande que ha tenido a bien conceder a
esa hermosa alma. ¡Qué disposiciones para comparecer ante él!Es
verdaderamente admirable. Todo lo que nos ha contado nuestra querida
tía me ha llegado muy hondo.
Era imposible, tío, que Dios no le concediese a usted este consuelo
después de todo lo que hace por su gloria. ¡Qué hermosa me parece
la corona que Dios le tiene reservada!No puede ser de otra manera, pues
toda su vida no es más que una perpetua cruz, y Dios no obra así más que
con los grandes santos.
¡Qué dicha pensar que en el cielo nos reuniremos para no separarnos ya
más!Verdaderamente, sin esta esperanza la vida sería insoportable...
Querido tío, no sé lo que usted pensará de su pobre sobrinita, que deja
correr la pluma sin pensar mucho en lo que dice; si su corazón pudiese
escribir, diria cosas muy distintas, pero se ve obligado a confiarse a esta
fría pluma, que no sabe expresar lo que él siente. Lo pongo en manos
de mi ángel de la guarda, creo que un mensajero celestial cumplirá bien mi
encargo; le envío al lado de mi tío querido para que vierta en su corazón
tanto consuelo cuanto nuestra alma puede contener en este valle de
lágrimas...
Adiós, querido tío. Le pido que salude de mi parte a la señora de Fournet,
me asocio de corazón a su dolor. A usted le envío toda la ternura que
encierra mi corazón, y continuaré rogando sin cesar por el señor David.
Su sobrinita, que quisiera disminuir un poco su dolor,
Teresa del Niño Jesús 

Carta 60 A la señora de Guérin 

El Carmelo, 28 de agosto de 1888,
6 de la mañana
Querida tía:
Ayer tarde nos enteramos de la muerte del señor David. Aunque
esperábamos recibir en cualquier momento la triste noticia, me conmoví
mucho al saber el desenlace. Ruego a Dios que acoja en su paraíso a esa
alma tan santa; tal vez esté ya allí, pues con unas disposiciones tan
perfectas como las suyas se puede ir derecho al cielo.
Pido a Dios, querida tía, que derrame en su alma el consuelo. Ya se
mostró muy bondadoso al escuchar todas las oraciones que ustedes le
dirigieron para ofrecerle el alma de su querido pariente. Si desde lo hondo
de su soledad, su hijita pudiese esperar haber tenido una pequeña parte
en ello, se sentiría muy dichosa.
Pienso, querida tía, que en los momentos de gran tristeza necesitamos de
mirar al cielo; allí, en lugar de llorar, todos están alegres porque nuestro
Señor posee un elegido más, un nuevo sol ilumina con sus rayos a los
ángeles del cielo, todos viven ya el rapto del éxtasis divino y se extrañan
de que nosotros podamos  llamar muerte al comienzo de la vida. Para
ellos, nosotros estamos en un estrecho sepulcro, mientras que su alma
puede trasladarse hasta el confín de las «playas celestes, de horizontes
infinitos»... Querida tía, cuando se piensa en la muerte del justo, no se
puede por menos de envidiar su suerte. Para él ya no existe el tiempo del
destierro; para él ya no hay más que Dios, nada más que Dios.
¡Cuántas cosas, querida tía, tendría para decirle esta su hijita!¡Piensa
tanto, tanto, su corazón!Esta mañana está toda ella perdida en la
inmensidad y en la añoranza de la muerte de los santos. Pero me falta
tiempo para terminar este borrador, y tengo que cortar, porque la campana
acaba de advertirme que es hora de terminar. Ofrezco este pequeño
sacrificio a Jesús, para que se digne consolarles con su mano bondadosa.
Su hijita, que está con el corazón cerca de usted y de sus queridas
hermanitas,
Teresa del Niño Jesús

Carta 61 Al señor Martin

Carmelo, 25 de agosto de 1888
Querido papaíto:
Por fin, ha llegado el día en que tu Reina puede felicitarte tu santo en todos
los tonos, ya que está en el Carmelo en compañía de tus joyas: el
Diamante y la Perla fina...
¡Pobre Reinecita!Debiera hacerse a un lado para dejar paso a las
espléndidas alhajas de su Rey; pero la verdad es que no puede,
resignarse a ello. También ella tiene su título y puede mostrarlo a
quien quiera verlo, está sellado por la mano misma de su Rey: Reina de
Francia y de Navarra. No tiene otra cosa, pero creo que basta para ser
admitida a la presencia de su Rey. Por lo demás, nadie intenta disputarle
su derecho, que hasta en el extranjero le reconocen: en Italia, en Roma,
todos sabían que la Reina estaba allí...
Mi querido Rey, tu reinecita querría tener magníficos presentes que
ofrecerte, pero no tiene nada. Además, ella no es nada fácil de contentar.
Todos los palacios del Vaticano, cargados de regalos, no le parecerían lo
bastante bellos para su Rey. Ella sueña con algo más regio, necesita
tesoros inmensos, horizontes infinitos. Lo que ella quisiera dar a su Rey no
se encuentra aquí en la tierra, sólo Jesús lo posee. Por eso va a pedirle
que colme a su Rey de alegrías celestiales. A un padre que no es de la
tierra nada terreno puede llenarlo.
Ya ves, querido papaíto, que aunque parece que no te ofrezco nada, te
hago un magnífico regalo; si no cautiva tus ojos, cautivará al menos tu
corazón, porque espero que Dios escuche mi plegaria.
Sin embargo, papaíto querido, aun diciéndote que sólo deseo cautivar tu
corazón, te mando una estampita pintada por tu reina. Espero que, a
pesar de mi escaso talento, te guste; la Perla fina ha querido ayudarme
con sus consejos de artista y compuso el precioso dibujo, pero se empeñó
en que la pintase yo sola. El mérito no es mucho; pero mi impericia es tan
grande y mi Rey tan indulgente, que espero darle un poquito de gusto
enviándole esta estampita.
Hasta pronto, papaíto querido. Si tu Reina no está hoy a tu lado, no te
quepa la menor duda de que lo está con el pensamiento y con el corazón,
te desea la mejor de las fiestas que hayas tenido nunca en tu vida, y te
abraza con todo su corazón.
Tu Reinecita,
Teresa del Niño Jesús 

Carta 62 A María Guérin
septiembre de 1888

Jesús + El Carmelo, jueves.
Querida hermanita:
Empecé a escribirte el martes por la noche, y hace un momento quise
continuar la carta; pero las cosas que entonces te decía no son las que
hoy quiero decirte, así que he preferido volver a empezar.
Gracias por tu preciosa carta. Si me hubiese escrito Mme. de Sevigné,
seguro  que no me habría dado mayor alegría.
Si mi primita se acuerda mucho de mí, también yo estoy con mucha
frecuencia espiritualmente con ella. Igual que tú, yo también necesito oír
hablar a menudo de mi Mariíta, y sobre todo hablar yo misma de ella. Me
desahogo hablándole a Dios de mi querida hermanita, no temo nunca que
a él le parezca que le hablo demasiado de ti, pues estoy segura de que a
mi Mariíta Dios la tiene muy dentro de su corazón.
Querido diablillo, ¡cuántas cosas tendría que decirte! Pero el tiempo
se pasa volando, veo que se me escapa con asombrosa rapidez. Es tarde
y te estoy escribiendo a la luz de tu lamparilla; ya ves que mi escritura se
resiente de mi prisa. Lo que me consuela de tener tan mala letra es pensar
que en el cielo no tendremos necesidad de este medio para comunicarnos
nuestros pensamientos, ¡será una suerte para mí...!
Ayer recibí una visita. Te apuesto que no la adivinas ni a la de cien... Una
elegante dama de mundo, su querido marido, una señorita de dieciséis
años y un señorito de catorce... ¿Vas cayendo...? Era la madrina que
plantaba verbenas... Venía acompañada de su sobrina Th. Gilbert y de su
sobrino Pedro. ¡Ay, mundo, mundo!¡Si la hubieras visto en el locutorio!Al
verme tras de la reja, casi cantaba: «¡Cuánto pena mi corazón, mi
corazón!»
Es hora de acabar con mi cháchara, y, sin embargo, no he dicho nada
interesante a mi querida primita. Pero ¿qué puede esperarse de una
persona como yo, que escribe sin pensar que su papel se va llenando de
trivialidades, teniendo tantas cosas serias que decir...? Perdóname...
Termino, querida Mariíta, pidiéndote un favor: serías muy amable si,
mientras te paseas por ese hermoso parque, pudieses encontrar algunos
musgos secos, cortezas de árboles, etc. Es para hacer trabajitos, belenes
por ejemplo. Si es molestia, no me lo envíes, sólo si lo encuentras
paseándote.
Siento mucho que mi tía esté enferma. Me acuerdo mucho de ella y no
dejo de rezar por su pronta curación. Dale un beso muy fuerte de parte
de su hijita, ¡pero sin hacerle daño...!
Dale un beso también a mi querida Juanita, y a Celina y Elena.
De ellas, que no están enfermas, no tengo compasión: así que te pido que
las beses lo más fuerte que puedas.
Veo, querida Mariíta, que mis besos no tienen fin, pero todavía no he
terminado, pues no te los he dado a ti, que eres la encargada de
repartirlos. Así que a todas las personas a quienes se los vas a dar les
pido que te devuelvan todos los que puedan. Y como dudo que mi petición
sea cumplida, te mando yo un beso yo con todo el corazón, pero muy
fuerte, tan fuerte que si tuvieses un flemón, se reventaría, como pasó
antes del viaje a Roma.
Tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús 

Carta 63 Al señor Martin
30 de septiembre de 1888 

El Carmelo, 30 de septiembre
Mi rey querido:
Tu Reinecita se siente abrumada bajo el peso y la magnificencia de tus
regalos, ya se ve que es un Rey quien se los ofrece a su Reina.
Lo primero que vi llegar fue el encaje de punto de Alençon; es, de verdad,
absolutamente regio. No sé cómo darte las gracias por tan hermosos
regalos. ¿Dónde quedan ya los tiempos en que tu Reinecita saltaba de
alegría ante una chuchería de cinco centimos que su Rey le regalaba?. También ahora su corazón se sentiría dichoso, pero el del Rey
necesita dar más, por eso ofrece a su Reina un encaje digno de la reina de Francia y de Navarra.
Es verdad, querido papaíto, que si tu Reina no es digna de tantas riquezas,
éstas nunca serán demasiado hermosas para el Esposo divino a quien tú
la has entregado; por eso, seré feliz llevándolas; de lo contrario, realmente no me atrevería a llevarlas, pues todavía no soy más la Huerfanita de la Berezina, y hasta el día de mi toma de hábito no mereceré llevar mi título de Reina.
Todavía tengo una dulce misión que cumplir: la de darte las gracias, en mi
nombre de Reina y en nombre del Diamante de y la Perla fina, por el alud
de peras, cebollas, ciruelas y manzanas que salió del torno como de una
cornucopia. ¿De dónde venía todo aquello? Un viejecito dijo que se trataba
de un señor que vivía por el jardín de la Estrella. No podía ser nadie
más que tú. Por eso, papaíto querido, la provisión fue bien recibida y se le
dispensó un buen recibimiento sin hacernos de rogar. Tiene gracia la cosa:
le costó menos entrar que a tu Reina, que tuvo que ir a Roma para conseguir que le abrieran la puerta...
Las enormes cebollas me alegraron el corazón, me hicieron pensar en las
de Egipto, no las echaremos de menos como los israelitas. Pensé también
en las de Lion, que costaban 0'50 céntimos y eran tan gordas.
Bueno, Rey mío, creo que tu Reina te está aburriendo con su cháchara, pero está tan contenta que no puede menos de decírtelo. Te da las gracias
por todo, y te abraza con todo su corazón.
Teresa del Niño Jesús

Carta 64 Al señor Martin
8-15 de octubre (?) de 1888
Mi querido Rey:
Me gustaría escribirte una larga carta, pero no puedo, porque estoy de
retiro. ¡No sabes cuánto te quiere tu Reinecita...!
Como tengo que enviar una carta a la hija del Rey -la princesa Leonia-, he
pensado que la mejor forma de [vº] hacerle llegar mi mensaje era por
medio del mismo Rey. Y por esa razón me dirijo a «Su Majestad el Rey de
Francia y de Navarra". Si no brilla su dignidad a los ojos de los hombres,
yo sé muy bien que en el cielo se manifestará a los ojos de Dios. Y
entonces, el menor de los elegidos será como el jefe de un pueblo
numeroso, y, Rey mío, ¡qué dignidad...!
Tu Reinecita,
Teresa del Niño Jesús

Carta 65 A Celina
J.M.J.T.
Jesús + El Carmelo, 20 de octubre de 1888
Mi querida Celina:
Así que mañana es tu santo. ¡Cómo me gustaría ser yo la primera en
felicitarte!Pero si no es posible, puedo hacerlo al menos en mi corazón.
¿Qué quieres que te regale para tu santo? Si escuchase a mí corazón, le
pediría a Jesús que me enviase a mí todas las penas, todas las tristezas,
todos los problemas de la vida de mi querida Celina; pero, ya ves, no lo
escucho, porque tengo miedo a que Jesús me diga que soy una
egoísta, pues entonces querría que me diese a mí lo mejor que él tiene, sin
dejar ni siquiera un poco para su prometida, a quien tanto ama.
Si le hace sentir la separación, es para demostrarle su amor; por tanto, no
puedo pedirle eso a Jesús. Y, además, él es tan rico, tan rico, que tiene de
sobra para enriquecernos a las dos...
¡Y pensar que, si Dios nos diese el universo entero con todos sus tesoros,
eso no sería comparable con el más ligero sufrimiento!¡Qué gracia tan
grande cuando por la mañana nos sentimos sin ánimo y sin fuerzas para
practicar la virtud!Ese es el momento de poner el hacha a la raíz del árbol.
En vez de perder el tiempo en reunir unas pocas pepitas de oro, extraemos
diamantes, ¡y qué ganancia al final de la jornada...!Es cierto que a
veces nos despreocupamos durante algunos instantes de acumular
nuestros tesoros. Ese es un momento peligroso, pues se ve una tentada
de mandarlo todo a paseo; pero con un acto de amor, aun no gustado,
todo queda reparado, y con creces: Jesús sonríe, nos ayuda sin parecer
que lo hace, y nuestro y débil amor enjuga las lágrimas que los malos le
hacen derramar. El amor todo lo puede: las cosas más imposibles no le
parecen difíciles. Jesús no mira tanto la grandeza de las obras, ni siquiera
su dificultad, cuanto el amor con que se hacen...
Hace algún tiempo encontré una frase que me parece muy hermosa. Es
ésta, creo que te va a gustar: «La resignación es todavía distinta de la
aceptación de la voluntad de Dios; existe entre ellas la misma
diferencia que entre la unión y la unidad. En la unión hay todavía dos, en la
unidad no hay más que uno». ¡Sí, no seamos más que uno con Jesús!
Despreciemos todo lo que es pasajero. Nuestros pensamientos deben
dirigirse al cielo, pues allí está la morada de Jesús. Pensaba hace unos
días que no debemos apegarnos a lo que nos rodea, pues podríamos vivir
en otro lugar distinto de éste en que vivimos, y entonces nuestros afectos y
nuestros deseos ya no serían los mismos... No sé explicarte mi
pensamiento, soy demasiado torpe para hacerlo, pero cuando te vea te lo
diré de palabra.
¿Por qué te habré dicho todas estas cosas que tú sabes mucho mejor
que yo? Perdóname. Necesitaba tener contigo una conversación como las
que teníamos antaño. Pero ese tiempo no pasó, seguimos siendo las dos
una misma alma, y nuestros pensamientos siguen siendo los mismos que eran en las ventanas del mirador...
Me llena de alegría pensar que un día celebraremos tu santo en la ciudad
celestial.
Tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús
Sí, es muy triste pensar que el Padre se va para el Canadá. ¡Pero nos queda Jesús...!

Carta 66 Al señor Martin
15 de noviembre de 1888
Mi querido Rey:
¡Qué bueno es Dios por haberte curado!Te aseguro que tu Reinecita
estuvo muy preocupada, y realmente había motivos para ello, pues
estuviste muy enfermo. Todo el Carmelo estaba en oración, y por eso
Dios acabó por escuchar sus plegarias y me devolvió a mi Rey. Pero ya
sabes, querido papaíto, que ahora que Dios ha hecho lo que deseábamos,
te toca a ti hacernos completamente felices. La Huérfana de la Berezina
te suplica que te cuides mucho, todo lo que haga falta, ya sabes que
la Intrépida nº 2 entiende de eso. Así que te ruego que respetes ese título
(que le ha dado el mismo Rey) y que te cuides cuanto sea necesario.
Tu Reinecita está siempre a tu lado con el corazón. ¿Cómo va a
olvidar a su Rey tan bueno...? Y, además, me parece que el cariño se
agranda, si es posible, cuando se ha sufrido tanto...
Adiós, mi Rey querido. Y sobre todo, cuídate mucho para dar gusto a tu
Reina,
Teresa del Niño Jesús

Carta 67 A la señora de Guérin
18 de noviembre de 1888 

Querida tía:
Permítale a su hijita ir también ella a ofrecerle su humilde felicitación. Le va
a parecer bien poca cosa, comparada con las que ya habrá recibido; pero
no importa, su corazón no puede dejar de decir a su tía querida cuánto la
quiere.
Esta mañana, en la comunión, he pedido mucho a Jesús que la colme
de sus alegrías. ¡Ay, no es eso precisamente lo que él nos está enviando
desde hace algún tiempo!Es la cruz, sólo la cruz, lo que él nos ofrece para
descansar... Si yo fuera la única que sufriese, querida tía, no me
importaría; pero sé muy bien hasta qué punto ustedes comparten nuestro
dolor.
Yo quisiera, en este día de su santo, quitarle todas las tristezas y cargar
sobre mí todas sus penas. Así se lo pedía hace un momento a aquel
cuyo corazón late al unísono con el mío; y comprendí que lo mejor que él
podía darnos era el sufrimiento, que no lo da más que a sus amigos
predilectos. Y esta respuesta me hacía ver que no estaba siendo
escuchada, pues veía que Jesús amaba demasiado a mi querida tía para
quitarle la cruz...
Me ha emocionado mucho, querida tía, con la hermosa tarta que nos ha
mandado. En vez de felicitarle nosotras su santo, es usted quien nos
lo felicita a nosotras. La verdad, ¡es demasiado!¡Yo no tengo para
regalarle a mi querida tía más que una pobre estampita, pero confío que
sólo mirará a la intención de su hijita!
Adiós, querida tía, me parece que en la tribulación usted está más cerca
aún de su hijita,
Teresa del Niño Jesús

La carta de sor María del Sagrado Corazón estaba ya terminada cuando
recibimos la tarta. Me encarga que se lo agradezca mucho.

Carta 68 Al señor Martin 
El Carmelo, 25 de noviembre de 1888
Querido papaíto:
Tu Reina piensa constantemente en ti y reza todo el día por su Rey. Soy
muy feliz en el dulce nido del Carmelo, y lo único que deseo ya en la tierra
es ver a mi Rey completamente curado. Pero sé muy bien por qué nos
manda Dios esta prueba: para que ganemos el cielo. Él sabe que
nuestro padre es lo que más amamos en la tierra; pero sabe también que
es necesario sufrir para alcanzar la vida eterna, y por eso nos prueba en
aquello que nos es más querido.
Presiento también que Dios va a dar a mi Rey, en el reino del cielo, un
trono magnífico; tan bello y tan por encima de todo pensamiento humano,
que se puede decir con san Pablo: «Ni el ojo del hombre vio, ni su
oído oyó, ni su corazón puede comprender lo que Dios tiene reservado
para los que ama".
¿Y hay alguien a quien Dios ame en la tierra más que a mi querido
papaíto...? La verdad es que no puedo creerlo... Hoy, además, él nos está
dando la prueba de que no me equivoco, pues Dios prueba siempre a los
que ama. Y estoy convencida de que Dios hace sufrir tanto en la tierra, a
fin de el cielo les parezca mejor a sus elegidos. Él dice que, en el
último día, enjugará todas las lágrimas de sus ojos. Y, sin duda alguna,
cuantas más lágrimas haya que enjugar, tanto mayor será la alegría...
Adiós, querido Rey mío, tu Reina se regocija pensando en el día en que
reine contigo en el hermoso y único verdadero reino del cielo.
Teresa de Jesús 

Carta 69 A María Guérin
Noviembre (?) de 1888

Mi preciosa Muñeca:
No puedo resistir al deseo de darte las gracias por tu carta; me ha gustado
mucho. No puedes imaginarte cómo me acuerdo de ti. Mi Mariíta está
siempre presente en mi pensamiento. Además, aunque quisiera olvidar a
mis primitas, no lo conseguiría, ¡me alumbra tan bien mi linda lamparilla...!
Teresa va a pedirte un nuevo favor. Acaba de decirme sor Inés que
necesito un par de zapatos forrados, como los que te vi muchas veces en
invierno; son una especie de botas forradas de astracán. Si mi tía quisiera
comprármelos, me daría una gran alegría. Se los podría probar Juana, que
tiene exactamente el mismo pie que yo.
Tengo muchas cosas que decirle a mi Muñeca, pero esperan estas letras y
tengo que dejarte, el jueves podré contarle muchas cosas a mi querida
hermanita. Mientras tanto, dale un fuerte abrazo a mi querida tía, a mi
tío y a mi querida Juanita.
En cuanto a mi Lulú, me es imposible decirle cuánto la quiero, mi
corazón está demasiado lleno de cariño hacia él.
Me alegraría mucho poder tener los zapatos para esta tarde. No puedes
imaginarte lo bien que nos cuidan en el Carmelo: siempre tengo que estar
comiendo y calentándome los pies...
Hasta el jueves, mi preciosa muñeca viviente. Me siento muy muy feliz, en
el colmo de mis deseos.
Teresa del Niño Jesús
Muchos recuerdos a mi querida Marcelina.

Carta 70 A la madre San Plácido
Primeros de diciembre de 1888

Jesús + El Carmelo, diciembre de 1888
Querida Profesora:
Su atento detalle me ha emocionado profundamente. Con mucho gusto
recibí la circular de las Hijas de María. Puede estar segura de que no
dejaré de asistir con el corazón a tan hermosa fiesta. Porque ¿no fue en
esa capilla bendita donde la Santísima Virgen tuvo a bien adoptarme como
hija suya en el hermoso día de mi primera comunión y en el de mi ingreso
en la Congregación de las Hijas de María?
Nunca podré olvidar, querida Maestra, lo buena que fue usted conmigo en
esas fechas tan importantes de mi vida. Y no dudo que la gracia insigne de
mi vocación religiosa germinó aquel día feliz en que, rodeada de mis
santas profesoras, me consagré a María al pie de su altar, escogiéndola
especialmente por Madre, después de recibir a Jesús aquella mañana por
primera vez. Me gusta pensar que la Virgen no miró entonces mi
indignidad y que, en su gran bondad, tuvo a bien poner los ojos en la virtud
de aquellas profesoras que con tanto esmero habían preparado mi corazón
para recibir a su divino Hijo. Me gusta pensar que por esa razón la Virgen
quiso hacerme todavía más perfectamente hija suya concediéndome la
enorme gracia de traerme al Carmelo.
Creo, querida Profesora, que habrá estado usted al corriente de la
enfermedad de mi queridísimo. Durante algunos días temí que Dios le
arrebatase a mi ternura; pero Jesús se dignó concederme la gracia de que
se restableciese para el momento de mi toma de hábito.
Todos estos días estaba pensando escribirle, para comunicarle que había
sido aprobada por el capítulo; pero como no sabía le fecha que Monseñor
tendría a bien fijar, seguía esperando. Confío, querida Profesora, que no
haya tomado esta demora por indiferencia. No, mi corazón sigue siendo el
mismo, y creo que después de mi entrada en el Carmelo se ha hecho
todavía más tierno y más capaz de amar. Por eso, me acuerdo con
frecuencia de mis santas profesoras, y me gusta nombrarlas a todas en
particular delante de Jesús durante las horas benditas que paso a sus
pies. Me atrevo a pedirle, querida Profesora, que tenga a bien ser mi
intérprete ante ellas, encomendándome a sus fervorosas oraciones; en
particular a las de la Madre priora, hacia quien conservo el más filial y
agradecido afecto. No me olvide tampoco antes mis afortunadas
compañeras, de quienes sigo siendo siempre su hermanita en María.
Adiós, querida Profesora. Espero que no olvide en sus santas oraciones a
la que es y será siempre su agradecida hija,
Sor Teresa del Niño Jesús

Carta 71 A la señora de Guérin 

Jesús + 28 de diciembre de 1888
Querida tiíta:
Tengo una gran pena porque ayer noche, al no saber que mis hermanas
iban a escribirle, me dormí como una perezosa. Esta mañana tengo ya
muy poco tiempo, y hasta tengo que quitárselo al Oficio.
Querida tía, quisiera ser la primera en desearle un feliz año nuevo para
1889...
Cuando pienso, querida tía, que pronto hará nueve meses que su hijita está en el Carmelo, no me lo acabo de creer; me parece que fue ayer cuando estaba todavía a vuestro lado... ¡Qué deprisa pasa la vida!Hace ya dieciséis años que estoy en la tierra. ¡Pronto estaremos todos reunidos en el cielo!Me gusta mucho esta frase de los Salmos: «Mil años a los ojos del Señor son como el día de ayer que ya pasó". ¡Qué rapidez!Pero yo quiero trabajar mientras luzca todavía el día de la vida, porque enseguida vendrá la noche, en la que no podré ya hacer nada. Ruegue por su hijita, querida tía, para que no abuse de las gracias que Dios le prodiga en el fértil valle del Carmelo.
No puedo por menos de reír al ver mi carta. Porque no se parece en nada
a una carta de felicitación del año nuevo. Lo que pasa es que a usted,
querida tía, yo le hablo como una niña que da rienda suelta a su corazón
sin pensar en lo que va a decir...
¡Si supiera, querida tía, lo mucho que voy a pedir por usted y por mi
tío el día de año nuevo...!No, usted no lo sabe, y no voy a intentar
decírselo, la aburriría porque sería demasiado largo.
¿Y mis primitas (mis hermanitas queridas)? ¡Cómo rezaré por ellas...!
Adiós, querida tía, y, por favor, dígale a mi tío cuánto le quiero; debería
haberle escrito a la vez que a usted, querida tía, pero soy demasiado boba
para hablar a dos personas a la vez... Le pido que me perdone, y les
mando a los dos el mejor beso de su más pequeño benjamín,
Teresa del Niño Jesús

Acabo de acordarme de que aún no le he dado las gracias a mi
querida tía por la corona que piensa regalarme para mi toma de hábito. ¡Si
supiese lo agradecida que le estoy y cuán grato será ese recuerdo para el
corazón de su hijita...!

Carta 72 Al señor Martin

Jesús + 30 de diciembre de 1888
Mi Rey querido:
¡Qué dicha poder enviarte este año desde el Reino del Carmelo mis
felicitaciones de año nuevo!Nunca tu Reinecita pudo ofrecerte su cariño
con mayor alegría; se siente tan cerca de su Rey, tan cerca, que nada
podrá alejarla de él.
Los reyes de la tierra se sienten completamente felices cuando logran
hacer contraer a sus hijas nobles alianzas. ¡Y qué gratitud sienten
esos hijos hacia sus padres...!Con tu Reinecita sucede algo totalmente
distinto: tú, como padre y como verdadero Rey, no has querido entregarla
a nadie más que al Rey del cielo, al mismo Jesús; de Huérfana de la
Berezina he pasado al título nobilísimo de carmelita.
¡Cómo tengo que querer a un padre que me ha deparado una dicha tan
grande, y cuánto lo quiero...!Si el guía de Roma estuviera aquí, podría
decir: «Señores Abades, voy a presentaros un padre como nunca
habéis visto otro, razón hay para caer en éxtasis». ¿No es verdad,
querido papaíto, que no podrías hacer más por tu Reinecita? Si no es
santa, será por su culpa, porque con un padre como tú no será por falta de
medios...
Querido padre, cae el día, es ya hora de dejarte, pero para encontrarte al
lado de Jesús, que es tu verdadero lugar.
Pronto lucirá para nosotros el día sin sombras, ¡y entonces no terminaremos nunca nuestro coloquio...!
¡Feliz año nuevo, querido Rey, y gracias por todas las delicadezas que has
tenido con nosotras esta semana... y durante todo el año...!
Que Jesús te colme de sus bendiciones. Que te dé, como lo ha prometido,
el céntuplo en esta vida y su hermoso cielo en la otra. Esa es la felicitación de tu Reinecita, que te quiere más que nunca reina alguna amó a su rey.

Sor Teresa del Niño Jesús 

Carta 73 A la señora de Guérin

Jesús + 2 de enero de 1889
Querida tía:
¡Su hijita está en el colmo de su alegría...!¡Qué buena es usted con ella!
Realmente, es demasiado... ¿Cómo se lo podré agradecer...? Pero ¿acaso
una madre no sabe leer en el corazón de su hijita? Por eso, no quiero
preocuparme, segura de que usted adivinará mi gratitud.
Los lirios son precioso, se diría que acaban de ser cortados. ¡Qué
buenas son mis hermanitas al  regalármelos!Será para mí una gran
alegría, el día de mi toma de hábito, pensar que son ellas quienes me han
engalanado para ir al encuentro de mi divino prometido. Esas flores
hablarán por ellas a Jesús, quien, estoy segura, las colmará de sus
gracias, y a usted también, querida tía.
¡Si supiera qué feliz me sentí de recibir el enorme jugo de manzana para
ofrecérselo a nuestra Madre!Es todo un retrato de mi tía querida, que
busca siempre lo que más gusto pueda darle a su hijita. Y no fue menor mi
alegría  al ver el hermoso paquete de alajú. Me sentí muy orgullosa en
el refectorio cuando nuestra Madre dijo a la comunidad que usted nos
había hecho ese regalo en honor de mis 16 años.
Gracias, querida tía, ¡si supiera qué buena me parece!El día de mi toma
de hábito rezaré mucho por usted, y también por mi querido tío, a quien
doy las gracias de todo corazón, pues sé que también él me ha hecho
todos esos regalos tan hermosos que he recibido esta tarde.
A nuestra Madre le parece muy bonita la corona, lo mismo que a toda la
comunidad. Nunca he visto unas flores que me hayan gustado tanto, ¡son
tan puros los lirios!Quisiera que mi alma estuviese adornada toda ella de
lirios para ir al encuentro de Jesús, pues no basta con llevarlos sólo en el
pelo: lo que los ojos de Jesús miran siempre es el corazón...
Adiós y gracias, querida tía. Rece para que su hijita esté tan bien adornada
en lo interior como lo va a estar en lo exterior...
Sor Teresa del Niño Jesús

Carta 74 A sor Inés de Jesús
6 de enero de 1889

Corderito querido de Jesús, ¡gracias...!¡Si supieras cómo me gustaron tus
letras...!
Pídele a Jesús que sea muy generosa durante mis ejercicios espirituales.
¡Él me acribilla a alfilerazos, la pobre pelotita ya no puede más, por
todas partes está llena de pequeños agujeros que la hacen sufrir más que
si sólo tuviera uno grande...!Al lado de Jesús, nada, ¡sequedad...!,
¡sueño...!¡Pero al menos, hay silencio...!El silencio hace bien al
alma...Pero las criaturas, ¡ay, las criaturas...!¡La pelotita se estremece a
su contacto...!
¡Comprende a este juguetito de Jesús...!Cuando es él, el dulce amigo,
quien pincha a su pelota, el sufrimiento no es sino dulzura, ¡es tan dulce su
mano...!Pero las criaturas... Las que me rodean son muy buenas, pero
hay en ellas un no sé qué que me repele... No sé explicártelo,
comprende tú a esta tu pobre alma. Sin embargo, me siento MUY dichosa,
dichosa de sufrir lo que Jesús quiere que sufra. Si no es él quien pincha
directamente a su pelotita, sí que es él quien guía la mano que la pincha...
Si Jesús quiere dormir, ¿por qué se lo voy yo a impedir? Yo ya soy muy
dichosa con que no se moleste por mí; tratándome así, me demuestra que
no soy para él una extraña, pues te aseguro que él no hace el menor
gasto por darme conversación...
¡Si supieras qué indiferente quiero ser con las cosas de la tierra!¿Qué me
importan todas las bellezas creadas? Sería desdichada poseyéndolas,
¡estaría tan vacío mi corazón...!Es increíble lo grande que me parece mi
corazón cuando contemplo todos los tesoros de la tierra, pues veo claro
que todos juntos no podrían llenarlo; ¡pero qué pequeño me parece
cuando contemplo a Jesús...!¡Quisiera amarle tanto...!¡Amarle como
nunca lo ha amado nadie...!Mi único deseo es hacer siempre la voluntad
de Jesús, enjugar las lágrimas que le hacen derramar los
pecadores... ¡No, no quiero que Jesús sufra el día de mis esponsales,
quisiera convertir a todos los pecadores de la tierra y salvar a todas las
almas del purgatorio...!
El Cordero de Jesús se va a reír al ver este deseo del granito de arena...
Ya sé que es una locura, pero no obstante quisiera que fuese así, para que
Jesús no tuviese que derramar ni una sola lágrima.
¡Ruega para que el grano de arena se convierta en un atomo, visible
únicamente a los ojos de Jesús!
Teresa del Niño Jesús 

Carta 75 A sor María del Sdo. Corazón
6 ó 7 de enero de 1889
Jesús +
León querido de Jesús, el corderito necesita pedirte prestado un poco de
fuerza y de ánimo, ese ánimo que hace que el León lo supere todo... El
pobre corderito no puede decir nada a Jesús, y sobre todo Jesús no le dice
absolutamente nada a él. Pide por él, para que al menos su retiro agrade
al corazón del unico que sabe leer en lo más profundo de su alma...
¿Por qué buscar felicidad en la tierra? Te confieso que mi corazón tiene
una sed ardiente de ella, pero ve muy claro este pobre corazón que
ninguna criatura es capaz de apagar su sed. Al contrario, cuanto más bebe
de esa fuente encantada, más ardiente se hace su sed...
Yo conozco otra fuente, de la que, después de haber bebido, se tiene
todavía sed; pero una sed que no es ansiosa, sino, al contrario, muy
sosegada, porque tiene donde satisfacerse. ¡Esta fuente es el sufrimiento
conocido sólo por Jesús...!
León querido, tengo muchas cosas que decirte, pero no tengo tiempo. ¡Lee
en el corazón de tu hijita, como sólo tú sabes hacerlo...!
Teresa del Niño Jesús

Carta 76 A sor Inés de Jesús
7 de enero de 1889
Jesús +
Esta mañana he sufrido con sor San Vicente de Paul y me fui con el
corazón destrozado...
¿Qué tienes tú que atrae tanto a mi alma? No puedes imaginarte cómo
siento no poder hablarte...
¿Entiendes algo de la forma de actuar de Jesús...? Yo te decía que los
niños no saben lo que quieren. Pues así se comporta Jesús con su
pelotita. Sin duda ha creído que la fecha del nueve era demasiado maravillosa,
¡y no quiere nada maravilloso para ella...!Sé muy bien por qué: es porque
sólo él es maravilloso en toda la fuerza de esa palabra, y quiere hacer
ver a su pelotita cómo se engañaría si buscase en otra parte una sombra
de belleza que podría tomar por la misma belleza...
¡Qué bueno es conmigo el que pronto será mi prometido!¡Qué
divinamente amable es al no permitir que yo me apegue a ninguna cosa
criada!Él sabe muy bien que si me concediese una sola sombra de
felicidad, me apegaría a ella con toda la energía y con toda la fuerza de mi
corazón. Y me niega esa sombra. Prefiere dejarme en las tinieblas a
darme un falso resplandor que no sería él... Y ya que no puedo encontrar
ninguna criatura que me satisfaga, quiero dárselo todo a Jesús, no quiero
dar a las criaturas ni un solo átomo de mi amor. ¡Ojalá que Jesús me
conceda siempre comprender que sólo él es la felicidad perfecta, incluso
cuando parece ausentarse...!
Hoy aún más que ayer, si es que esto es posible, he estado privada de
todo consuelo. Le doy gracias a Jesús, que piensa que eso es bueno
para mi alma; además, si me consolase, quizás yo me detendría en esas
dulzuras, y él quiere que todo sea para él... Pues bien, será todo para él,
todo. Aun cuando sienta que no tengo nada para poder ofrecerle, le daría
esa nada, como esta tarde...
Si Jesús no me da consolaciones, me da una paz tan grande que me hace
un bien mucho mayor...
¿Y la carta del Padre...? Me pareció celestial, y mi corazón encontró en
ella muchas cosas hermosas, pero ¿y la felicidad...? ¡Pues no!, la felicidad
no..., la felicidad sólo se encuentra en el sufrimiento, ¡y en el
sufrimiento sin ningún consuelo...!
Hermanita, mamaíta querida, ¿qué estarás pensando de tu hijita? Si no
fueras tú, no me atrevería a escribir estos pensamientos, los más íntimos
de mi alma... por favor, rompe estos papeles una vez que los hayas
leído...
Pide que tu hijita no niegue a Jesús ni un solo átomo de su corazón.
Teresa del Niño Jesús

Carta 77 Al señor Martin
Jesús + 8 de enero de 1889
Mi incomparable Rey:
¡Si supieras cómo me ha conmovido tu bondad...!¡Un melón...!
¡Champán...!Me darían unas enormes ganas de llorar, si no me
contuviera. Pero me contengo, y me alegro enormemente de la hermosa
fiesta del jueves.
Normalmente las bodas de una reina se celebran con grandes festejos.
Seguramente por eso, la Reina de Francia y de Navarra tendrá 
fuegos artificiales... Es el Rey quien hace el gasto para la Reina ¡y él se las
pinta solo para dar sorpresas!¡Al pequeño abejorro rubio sólo le queda
darle las gracias...!
Si el jueves va a haber una gran fiesta en la tierra, pienso que será todavía
más suntuosa la del cielo: los ángeles estarán asombrados de ver a un
padre tan grato a Dios, y Jesús preparará una corona para añadirla a todas
las que mi Rey tiene ya reunidas.
No, las fiestas de la tierra nunca serán tan maravillosas como las del 
cielo. No obstante, me parece imposible encontrar una fiesta más celestial
que ésta que se está preparando. Sin embargo, yo nada he hecho para ser
digna de una gracia tan grande; pero Dios ha querido fijarse en los méritos
de mi padre querido, y por eso me concede este insigne favor.
Ahora estoy en ejercicios espirituales y durante ellos no está permitido
escribir; pero nuestra Madre me ha dado permiso para enviarte estas letras
para darte las gracias. ¡Eres tan bueno con tu Reina!Y además, si 
está prohibido escribir, es para no turbar el silencio del retiro, pero ¿puede
turbarse la paz escribiendo a un santo...?
Hasta el jueves, querido Rey. Tu Reinecita te abraza de corazón, mientras
espera poder hacerlo de verdad.
La Reina de Francia y de toda Navarra,
Teresa del Niño Jesús 

Carta 78 A sor Inés de Jesús
8 de enero de 1889 
Jesús +
No he visto al cordero en todo el día, pero sé que le duele mucho la
cabeza. Esto apena al corderito, que tiene mucho miedo de que Jesús
haga nacer alas al cordero...
¡Qué líneas más maravillosas...!¡Son algo celestial, tienen sabor a la
Patria...!El cordero se equivoca al creer que el juguete de Jesús no vive
en tinieblas: está sumido en ellas. Tal vez, y el corderito está de acuerdo,
esas tinieblas sean luminosas; pero, a pesar de todo, son tinieblas... Su
único consuelo son una fortaleza y una paz muy grandes; y además,
espera estar como Jesús quiere que esté, y ésta es toda su alegría, pues
de otra manera todo sería tristeza...
En la celda de nuestra Madre, me veo continuamente interrumpida; y
luego, cuando tengo un momento, no puedo decirle lo que pasa en mi
interior. ¡Me voy sin alegría, después de haber entrado sin alegría...!
Creo que el trabajo de Jesús durante estos ejercicios ha consistido en
despegarme de todo lo que no es él mismo...
¡Si supieras qué grande es mi alegría por no haber tenido ninguna en
complacer a Jesús...!Es ésta una alegría refinada (pero en absoluto
sentida).
Cordero querido, ¡no falta más que un día para ser la prometida de
Jesús...!
No te mueras todavía, espera a que el corderito tenga alas para seguirte...
Teresa del Niño Jesús juguetito de Jesús 

¿Quieres, por favor: 1º dejarme tu tinta china y la de oro; 2º decirme si
para las estampitas de la toma de hábito quedarán bien las respuestas de
santa Inés; 3º entreabrir nuestra puerta a las 6 si estás allí, si no, ya me
despertaré yo sola? Si todas estas cosas te causan alguna molestia,
déjalo, puedo pasarme bien sin ellas.

Carta 79 A sor María del Sdo. Corazón
8 de enero de 1889

Jesús +
Querido León, tus letritas han dado una gran alegría al corazón de
tu hijita... Gracias... ¡Qué buena eres...!¡Cómo me gustaría parecerme a ti!
Pero el juguete de Jesús es la debilidad en persona. Si Jesús no lo lleva, o
si no lanza él mismo su pelotita, ella permanecerá allí inerte, en el mismo
lugar...
Un día más, ¡y seré la Prometida de Jesús!¡Qué gracia tan grande...!
¿Qué hacer para agradecérselo, para hacerme menos indigna de un tal
favor...?
¡Ah, la patria..., la patria... ¡Qué sed tengo del cielo, donde amaremos a Jesús sin reservas...!Pero para llegar allá, hay que sufrir y llorar... Pues bien, yo quiero sufrir todo lo que le plazca a Jesús, quiero dejarle hacer lo que quiera con su pelotita.
Teresa del Niño Jesús

Carta 80 A sor Marta de Jesús
10 de enero de 1889
Recuerdo de mi toma de hábito obsequiado a mi querida hermanita.
Pronto el divino Prometido de Teresa del Niño Jesús será también el de
sor Marta de Jesús.
Pídele a Jesús que yo llegue a ser una gran santa. Yo pediré esa misma
gracia para mi querida compañera.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 


 
CUARTO PERÍODO
EL NOVICIADO
(enero de 1889-septiembre de 1890)

Carta 81 A Celina
23-25 (?) de enero de 1889
¡Jesús y su cruz...!
Hermana querida:
Sí, querida de mi corazón, ¡Jesús está ahí con su cruz!Al privilegiarte con
su amor, quiere hacerte semejante a él. ¿Por qué te vas a asustar de no
poder llevar esa cruz sin desfallecer? Jesús cayó hasta tres veces camino
del Calvario, y tú, pobre niñita, ¿no vas a parecerte a tu esposo, no
querrás caer 100 veces, si es necesario, para demostrarle tu amor
levantándote con más fuerzas que antes de la caída...?
Celina, Jesús tiene que amarte con un amor muy especial para probarte de
esa manera. ¿Sabes que casi estoy celosa? A los que más aman, más les
da, a los que aman menos les da menos...
Pero tú no sientes tu amor hacia tu esposo; quisieras que tu corazón
fuese una llama que subiese hacia él sin el más ligero humo. Ten muy
presente que el humo que te rodea es humo sólo para ti, para quitarte por
completo la visión de tu amor a Jesús; la llama sólo Jesús la ve, al menos
se la reserva toda entera para sí, pues, si nos la mostrase un poco,
vendría enseguida el amor propio como un viento fatal que todo lo apaga...
En estos momentos me das la impresión de una persona que está
rodeada de inmensas riquezas... cuya vista se pierde en el horizonte...
Esta persona quiere volverles la espalda porque, dice, las excesivas
riquezas le estorban, no sabe qué hacer con ellas, vale más dejar que se
pierdan, ¡o bien dejar que algún otro se las lleve...!Ese otro no vendrá,
pues esas riquezas están preparadas para la prometida de Jesús..., ¡y sólo
para ella...!
Dios daría la vuelta al mundo para encontrar el sufrimiento, a fin de dárselo
a un alma sobre la que su divina mirada se ha posado con un amor
indecible...
¿Qué nos importan a nosotras... las cosas de la tierra...? ¿Podrá ser
nuestra patria ese lodo, tan poco digno de un alma inmortal? ¿Y qué nos
importa que hombres mezquinos corten el moho que crece en ese lodo?
Cuanto más en el cielo esté nuestro corazón, tanto menos sentiremos esos
alfilerazos...
Pero no creas que no es una gracia, y de las grandes, el sentirlos, pues así
nuestra vida es un martirio y un día Jesús nos entregará la palma.
¡Padecer y ser despreciado!¡Qué amargura, pero qué gloria también!He
aquí la divisa del lirio siempreviva... Ninguna otra le sentaría bien.
Mi corazón te sigue en la noble tarea que Jesús te ha encomendado. ¡Tú
no eres un soldado, sino un general...!Sufrir ahora y siempre... Pero todo
pasa.

Carta 82 A Celina

El Carmelo, 28 de febrero de 1889
Jesús +
Mi querida Celina:
¿Es posible que te esté escribiendo a Caen...? Me pregunto si estoy
soñando o despierta... Pero no, ¡es una realidad...!
Te vas a asombrar, hermanita querida, si te digo que estoy lejos de
compadecerte; pero, ya ves, tu suerte me parece envidiable. Jesús tiene
sobre ti miras de un amor indecible, quiere que su lirio-siempreviva sea
todo para él, y es él mismo quien se encarga de que haga su primer
noviciado, es su mano divina la que adorna a su esposa para el día de sus
bodas, y su mano amorosa no se equivoca de aderezos... Jesús es un
esposo de sangre... Quiere para sí toda la sangre del corazón...
¡Ay, cuánto cuesta darle a Jesús lo que pide...!¡Y qué suerte que cueste...!
¡Qué alegría inefable es llevar nuestras cruces en debilidad!
¿Comprende el Lirio-siempreviva al pobre grano de arena...? Tu noviciado
es el del  dolor, ¡qué privilegio tan inexplicable...!
Sí, hermanita querida, lejos de quejarme a Jesús por la cruz que nos
envía, no logro entender el amor infinito que lo ha movido a tratarnos así...
Jesús tiene que amar mucho a nuestro padre querido para que sufra de
esta manera. ¿Pero no te parece que la desgracia que le aflige es
realmente la coronación de su hermosa vida...? Mi querido Lirio siempreviva,
creo que te es estoy diciendo auténticas locuras, pero no
importa; pienso muchas otras cosas sobre el amor de Jesús, que son
quizás mucho más fuertes que lo que te acabo de decir...
¡Qué dicha ser humilladas!Es el único camino que hace santos...
¿Podemos dudar ahora de la voluntad de Dios para nuestras almas...? La
vida no es más que un sueño; pronto nos despertaremos, ¡y entonces que
alegría...!Cuanto mayores sean nuestros sufrimientos, más infinita será
nuestra gloria... ¡No, no perdamos la prueba que Jesús nos envía!Es una
mina de oro sin explotar, ¿perderemos la ocasión...? El grano de arena
quiere poner manos a la obra sin alegría, sin ánimo, sin fuerzas, y
precisamente estos títulos le facilitarán la empresa, quiere trabajar por
amor.
Comienza el martirio, entremos juntas en la lid si el Lirio-siempreviva no
desdeña al pobre grano de arena.

Carta 83 A Celina
5 de marzo de 1889
Jesús +
Querida Celina:
¡Imposible decirte cuánto bien me han hecho tus letras...!Ahora sí que
eres de verdad el Lirio-siempreviva de Jesús. ¡Y qué contento está él de su
lirio!¡Con qué amor mira a esa su flor querida que no ama a nadie más
que a él, que no tiene otro deseo que el de consolarlo...!
Cada nuevo sufrimiento, cada angustia del corazón es como un ligero
céfiro que lleva hasta Jesús el perfume de su lirio. Entonces él sonríe con
amor y prepara enseguida una nueva amargura y llena el cáliz hasta los
bordes, pensando que cuanto más crezca su lirio en el amor tanto más
debe crecer también en el sufrimiento...
¡Qué privilegio nos concede Jesús enviándonos un dolor tan grande!¡No
bastará toda una eternidad para agradecérselo!Nos colma de sus
favores como colmó a los más grandes santos, ¿Por qué tan gran
predilección...? Es un secreto que Jesús nos revelará en nuestra patria el
día en que «enjugue todas las lágrimas de nuestros ojos»...
Tiene que ser a mi alma a quien hablo así, pues de otro modo no sería
comprendida; pero es a ella a quien me dirijo, y ella adivina todos mis
pensamientos. Sin embargo, lo que tal vez ella ignora es el amor que
Jesús le tiene, un amor que lo pide todo. Nada hay imposible para él, y
no quiere poner límite alguno a la santidad de su lirio... ¡Su límite es no
tenerlos...!¿Y por qué los habría de tener...? Nosotros somos más
grandes que todo el universo, y un día tendremos incluso una existencia
divina...
¡Y cómo agradezco a Jesús que haya plantado un lirio al lado de nuestro
padre querido!Un lirio que no tiene miedo a nada, un lirio que prefiere
morir antes que abandonar el campo glorioso donde el amor de Jesús le
ha colocado...
Ya no tenemos nada que esperar sobre la tierra, nada más que el
sufrimiento y siempre el sufrimiento. Y cuando hayamos terminado, el
sufrimiento seguirá aún allí tendiéndonos los brazos. ¡Qué suerte tan
envidiable...!Los querubines en el cielo envidian nuestra dicha.
Pero no era para esto para lo que yo quería escribir a mi Celina
querida, sino para decirle que comunique a la señorita Paulina la desgracia
que nos ha golpeado con la enfermedad de papá. ¡Ríete ahora de tu pobre
Teresa que aborda el tema al final de la carta!
¡Pobre Leonia!También a ella la quiero mucho, y sufre mucho más que
nosotras, pues Jesús le ha dado menos. Pero a quienes ha dado mucho,
mucho les pedirá.
Tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús 
 
Carta 84 A la señora de Guérin
El Carmelo, 12 de marzo de 1889
Jesús +...
Querida tiíta:
Me veo en la imposibilidad de obedecerla, pues me sería demasiado difícil
no decirle: gracias... ¡Cuán poca cosa son esas siete letras para expresarle
mi gratitud!Pero ojalá que mi tía sepa comprender todo lo que su hijita no
acierta a decirle. ¡Qué buena es usted, querida tía...!¡Cuánto voy a rezar
por usted!¡Qué verdad es que soy incapaz de hacer cosa buena!En
vez de ganar dinero, no hago más que perderlo; por eso la delicadeza de
mi tiíta querida me ha llegado tan a lo hondo. No salía de mi asombro al
verme de golpe tan rica, sin haber hecho nada para ganar tanto dinero...
No puedo menos de sonreír al pensar que, gracias a mis generosos
parientes, soy yo quien va a suministrar el pescado a toda la comunidad...
Por favor, querida tía, dé las gracias a mi querido tío de mi parte y
exprésele todo mi agradecimiento.
Querida tía, mucho tiene que amarla Dios para hacerla sufrir tanto. Sin
embargo, si él me escuchase, usted ya no estaría nunca enferma, pues yo
sería feliz de que me enviase a mí todos los sufrimientos que le reserva a
usted.
Querida tía, ¡qué poco y qué mal va traducirle mi carta los sentimientos de
mi corazón...!¡Quisiera poder demostrarle toda mi gratitud, que es
enorme...!
¡Qué bueno es Jesús al dejarnos, en la prueba cruel que nos envía, el
consuelo de ver que nuestros parientes comparten y comprenden nuestro
dolor!
Un abrazo con todo el corazón para mi Juanita y para mi amita de casa.
Adiós, querida tía. Gracias de nuevo, a usted y a mi querido tío. Un abrazo
muy tierno para los dos. Su hijita muy agradecida,
Sor Teresa del Niño Jesús 

Carta 85 A Celina
El Carmelo, 12 de marzo de 1889
«¡Viva Jesús...!¡Qué bueno es entregarse a él y sacrificarse por su
amor...!».
¡Celina...!Este nombre querido resuena dulcemente en el fondo de mi
corazón... ¿No sintonizan a la perfección nuestros dos corazones...?
Esta noche necesito ir a hundirme con mi Celina en el infinito... Necesito
olvidar la tierra... Todo me cansa aquí abajo, todo me pesa... Sólo
encuentro una alegría: la de sufrir por Jesús. Pero esta alegría no gustada
supera a toda alegría...
La vida pasa... La eternidad se acerca a grandes pasos... Pronto viviremos
de la vida misma de Jesús... Después de haber sido abrevadas en la
fuente de todas las amarguras, seremos deificadas en la fuente misma de
todas las alegrías y de todas las delicias... Pronto, hermanita, con una sola
mirada podremos comprender lo que pasa en lo más íntimo de nuestro
ser...
La representación de este mundo pasa... Pronto veremos unos cielos
nuevos, y un sol más radiante iluminará con sus esplendores mares
celestiales y horizontes infinitos... La inmensidad será nuestra heredad...,
ya no estaremos prisioneros en esta tierra de destierro... ¡todo habrá
pasado...!Bogaremos con nuestro esposo celestial sobre lagos sin
riberas... ¡El infinito no tiene límites, ni fondo, ni orillas...!«Animo, Jesús
escucha hasta el último eco de nuestro dolor». Nuestras arpas, en este
momento, están colgadas en los sauces que bordean el río de Babilonia...,
pero el día de nuestra liberación ¡qué armonías haremos escuchar...,
con qué gozo haremos vibrar todas las cuerdas de nuestros
instrumentos...!
El amor de Jesús a Celina sólo Jesús puede comprenderlo... Jesús ha
hecho locuras por Celina... Que Celina haga locuras por Jesús... El amor
sólo con amor se paga y las heridas de amor sólo con amor se curan.
Ofrezcamos nuestros sufrimientos a Jesús para salvar almas. ¡Pobres
almas...!Ellas tienen menos gracias que nosotras, y sin embargo toda la
sangre de un Dios se derramó por salvarlas... Y Jesús quiere hace
depender su salvación de un suspiro de nuestro corazón... ¡Qué gran
misterio...!Si un solo suspiro puede salvar un alma, ¿qué no podrán hacer
sufrimientos como los nuestros...? ¡No rehusemos nada a Jesús...!
La campana está tocando y todavía no he escrito a mi pobre Leonia. Dale
mis recuerdos y un abrazo y dile que la quiero... Que sea muy fiel a la
gracia, y Jesús la bendecirá. Que pregunte a Jesús lo que quiero decirle, le
doy a él mis encargos...
¡Hasta pronto...!¡El cielo, el cielo!¿Cuándo estaremos ya en él?
El granito de arena de Jesús

Carta 86 A Celina

15 de marzo de 1889
Jesús +
Gracias por tu carta. Al granito de arena le ha gustado mucho...
En una de tus cartas me decías últimamente que eras mi sombra. ¡Huy,
qué triste sería si fuese verdad!Pues ¿qué puede ser la sombra de un
pobre granito de arena...?
Yo pienso en algo mejor para mi Celina querida. Esa idea de la sombra me
ha gustado, y me he dicho a mí misma que, en efecto, Celina debería ser
la sombra de algo, ¿pero de qué...? No he podido encontrar nada en toda
la creación que pueda reflejar la idea que me he formado de esa realidad
de la que mi Celina deba ser sombra fiel: ¡Jesús mismo ha de ser esa
divina realidad...!
Sí, Celina debe ser la humilde sombra de Jesús... ¡Qué título tan humilde, y, sin embargo, tan glorioso...!Porque ¿qué es una sombra...? Pero
¡qué gloria ser la sombra de Jesús...!
¡Cuántas cosas tendría para decir sobre este tema a la humilde sombra de
Jesús!Pero tengo muy poco tiempo, y me es imposible...
El sueño de mi Celina es muy bonito, quizás un día se haga realidad1...
Pero, mientras tanto, comencemos nuestro martirio, dejemos que Jesús
nos arranque todo lo que nos es más querido, y no le neguemos nada...
Antes de morir a espada, muramos a alfilerazos... ¿Comprende Celina...?
El granito de arena se une en el sufrimiento a la humilde sombra de Jesús.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 87 A Celina

El Carmelo, 4 de abril de 1889
¡Jesús...!
Celinita querida:
Tu carta me ha dejado una gran tristeza en el alma... ¡Pobre papaíto!No,
los pensamientos de Jesús no son nuestros pensamientos, ni sus caminos
son nuestros caminos...
El Señor nos presenta un cáliz tan amargo como nuestra débil naturaleza
puede soportar. No retiremos los labios de ese cáliz preparado por la mano
de Jesús... Veamos la vida bajo su verdadera luz... Es sólo un instante
entre dos eternidades... Suframos en paz.
Confieso que esta palabra «paz» me parecía un poco fuerte; pero el otro
día, reflexionando sobre ello, encontré el secreto para sufrir en paz...
Quien dice paz no dice alegría, o al menos alegría sensible... Para sufrir en
paz, basta con querer todo lo que Jesús quiere... Para ser la esposa de
Jesús, es necesario parecerse a Jesús. ¡Y Jesús está todo él sangrante,
está coronado de espinas...!
¡Mil años en tu presencia, Señor, son un ayer que pasó...!
Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de
Sión... En los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras... Allí los
que nos deportaron nos invitaban a cantar: «Cantadnos un cantar de
Sión...» ¿Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera...?
(Salmo de David).
No, no cantemos a las criaturas los cánticos del cielo..., sino, como Cecilia,
cantemos en nuestro corazón un canto melodioso para nuestro amado...
El canto del sufrimiento unido a sus sufrimientos es lo que más cautiva su
corazón...
Jesús arde de amor por nosotras... ¡Mira su Faz adorable...!¡Mira esos
ojos apagados y bajos...!Mira esas llagas... Mira a Jesús en su Faz... Allí
verás cómo nos ama.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 88 A María Guérin
24 de abril de 1889

Miércoles, abril de 1889
Jesús +
Querida hermanita:
Voy a pedirte un favor, y me dirijo a ti porque sé que los Buissonnets, que
ahora, ¡ay!, están desiertos, eran en otro tiempo tus dominios.
¿Te acuerdas de un libro que la señora Tifenne me regaló para mi primera
comunión? Se titulaba. «El ramillete de la joven». Ese libro debe de estar
en uno de los cajones de la cómoda de mi pobre papaíto. Me alegraría
mucho poderlo tener lo antes posible, así como otro más pequeño
que me regalaron las señoritas Primois. Es un libro marrón, orlado con una
viñeta dorada; creo que son meditaciones sobre la Eucaristía. Este libro
está en uno de los estantes del armario de la habitación de Celina (el de
junto a la puerta). Querida hermanita, perdona que te pida este favor... Si
fuera posible, podrías quizás explicarle a la sirvienta lo que quieres, sin ir
tú misma a los Buissonnets.
Es increíble cómo se han estrechado ahora nuestros lazos. Me parece
que, tras nuestra terrible prueba, somos más hermanas aún que antes.
¡Si supieras cómo te quiero y cuánto pienso en todos vosotros...!
¡Cuánto bien hace, cuando se sufre, el tener corazones amigos cuyo eco
responde a nuestro dolor...!¡Cómo agradezco a Jesús que nos haya dado
unos parientes tan buenos..., unas hermanitas tan cariñosas!Nuestras
pobres hermanitas de allá lejos no se cansaban el otro día de contarnos
todas las atenciones que les prodigáis. Me di cuenta de que el corazón de
mi Mariíta había conmovido el corazón de mi Celina, y esto trajo una gran
alegría a mi pobre corazón, ¡pues quiero tanto a mi María...!Todos los
elogios que se hicieran de ella serían muy poco comparados con lo
que yo pienso de ella en mi interior.
Escribo a toda prisa, como una locuela, sin pensar que mi pobre pluma no
es capaz, ni mucho menos, de seguir a mi corazón y que, a no dudarlo,
voy sufrir el bochorno de que no se me pueda leer.
Hermanita querida, da un abrazo de mi parte a todos los que quiero tanto,
y dales las gracias por habernos mimado por Pascua con rico chocolate y
buen pescado... ¡Dios mío, no puedo pensar en el pescado..., mi tío tenía
aquel día un algo tan paternal, un algo tan fuera de lo común..., que
nunca olvidaré aquella visita!
Tu hermanita que te quiere,
Sor Teresa del Niño Jesús

Carta 89 A Celina 

El Carmelo, 26 de abril de 1889
¡Jesús...!+
Jesús mismo se va a encargar de decir feliz cumpleaños a su
prometida al cumplir los 20 años.
¡Qué vigésimo año tan fecundo en sufrimientos, en gracias de elección...!
Veinte años, edad llena de ilusión, dime: ¿qué ilusión dejas en el corazón
de mi Celina...?
¡Cuántos recuerdos entre nosotras...!¡Todo un mundo de ellos...!Sí, Jesús
tiene sus preferencias; en su jardín hay frutos que el Sol de su amor hace
madurar casi casi en un abrir y cerrar de ojos... ¿Por qué somos nosotras
de ese número...? Pregunta llena de misterios... ¿Qué razón puede darnos
Jesús? ¡Su razón es que no hay ninguna...!¡Celina...!,
aprovechémonos de esa predilección de Jesús que en tan pocos años nos
ha enseñado tantas cosas, no descuidemos nada que pueda agradarle...
Dejémonos dorar por el sol de su amor..., ese sol abrasador...,
¡consumámonos de amor...!
Dice san Francisco de Sales: «Cuando el fuego del amor anida en un
corazón, todos los muebles vuelan por las ventanas». ¡No, no dejemos
nada..., nada en nuestro corazón, más que a Jesús...!
Y no pensemos que podremos amar sin sufrir, sin sufrir mucho... Nuestra
pobre naturaleza está ahí, ¡y está para algo...!Ella es nuestra riqueza,
nuestro medio de ganarnos la vida... Y es tan preciosa, que Jesús vino a la
tierra expresamente para poseerla.
¡Suframos con amargura, sin ánimos...!«Jesús sufrió con tristeza. Sin
tristeza, ¿cómo iba a sufrir el alma?» ¡Y nosotras quisiéramos sufrir
generosamente, grandiosamente...!¡Celina, qué ilusión...!¿Quisiéramos
no caer nunca...? ¡Qué importa, Jesús mío, que yo caiga a cada instante!
En ello veo mi debilidad, y eso constituye para mí una gran ganancia... Tú
ves ahí lo que yo soy capaz de hacer, y por eso te vas a sentir más
inclinado a llevarme en tus brazos... Si no lo haces, señal de que te gusta
verme por el suelo..., y entonces no tengo por qué inquietarme sino que
tenderé siempre hacia ti mis brazos suplicantes y llenos de amor... ¡No
puedo creer que me abandones...!
«Los santos encontraban la cruz precisamente cuando estaban a los
pies de Nuestro Señor».
¡Celina querida, dulce eco de mi alma...!¡Si conocieras mi miseria...!¡Si
supieras...!La santidad no consiste en decir cosas hermosas, ni consiste
siquiera en pensarlas o en sentirlas... Consiste en sufrir, y en sufrir toda
clase de sufrimientos. «¡La santidad hay que conquistarla a punta de
espada!¡Hay que sufrir..., hay que agonizar...!».
Vendrá un día en que las sombras desaparecerán, y entonces no quedará
ya nada más que la alegría, la embriaguez...
¡Aprovechémonos de nuestro único momento de sufrir...!No miremos más
que al instante presente... Un instante es un tesoro... Un solo acto de amor
nos hará conocer mejor a Jesús..., nos acercará a él por toda la
eternidad...
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 90 A Celina
17 (?) de abril de 1889

Para el 28 de abril
Quiero desear una vez más un feliz cumpleaños a mi querida Celina. Y le
mando un pequeño ramillete de parte del Niño Jesús, que le agradece
todas las preciosas flores que ella le ha regalado.
Cierto que esas flores no son esplendorosas: el Niño Jesús del Carmelo es
pobre, pero en el cielo nos mostrará sus riquezas, y yo sé bien a
quién colmará de ellas...
Mañana recibiré a Jesús. ¡Y cuánto le hablaré de mi Celina, de ese otro yo!
Tendré muchas cosas que decirle, pero no me resultará difícil, un solo
suspiro se lo dirá todo.
¡Menudo desorden!Pero voy tan de prisa, que tendrás que perdonarme.
Quisiera que conocieses mi corazón y todo lo que en él se encierra para ti;
pero hay cosas que no pueden escribirse y que sólo comprende el
corazón.
(El ramillete de Jesús ha pasado varias horas delante de él ¡en un
vaso aún más pobre que él...!)
Celina querida, un día iremos al cielo para siempre. Y allí ya no habrá ni
día ni noche como en la tierra... ¡Qué alegría!Caminemos en paz mirando
al cielo, unica meta de nuestros trabajos. La hora del descanso está ya
cerca.
Dale un fuerte abrazo de mi parte a Leonia, a quien quiero tanto. No me
olvido de la fecha de sus 25 años; desde que estoy en el Carmelo
tengo mucha memoria para las fechas.
Hasta pronto, Celina, siempreviva de Jesús... Te quiero mucho más de lo
que sé decirte.
Tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús

Carta 91 A sor María del Sgdo. Corazón
Finales de mayo de 1889
Jesús +
León querido, ¡gracias, gracias...!¿Qué quieres que te diga el pobre
corderito...? ¿No fuiste tú quien lo educó...? Recuerda aquellos tiempos en
los que, sentada en la silla alta y teniéndome tú en tu regazo, me hablabas
del cielo... Todavía te oigo decir: «Mira cuánto trabajan los comerciantes
para ganar dinero. Y nosotras podemos amontonar tesoros para el cielo a
cada instante sin tantos trabajos; lo único que tenemos que hacer es
recoger diamantes con un rastrillo».
Y yo me iba con el corazón desbordante de alegría y de buenos
propósitos... ¡Sin ti, tal vez yo no estaría en el Carmelo...!
Mucho tiempo ha pasado desde aquellas horas felices que vivimos en
nuestro dulce nido... Jesús ha venido a visitarnos... Y nos ha hallado
dignas de pasar por el crisol del sufrimiento...
Antes de mi entrada en el Carmelo, nuestro incomparable decía al
entregarme a Dios: «Quisiera tener algo mejor que ofrecer a Dios». Jesús
ha escuchado su oración: ese algo mejor era ¡él mismo...!¡Qué alegría por
un instante de sufrimientos...!
Es el Señor quien lo ha hecho..., y el Señor ama a papá
incomparablemente más de lo que le amamos nosotras: Papá es el hijito
de Dios; y Dios, para ahorrarle grandes sufrimientos, ¡quiere que
suframos nosotras por él...!¡A nosotras nos toca darle las gracias...!
León querido, la vida pasará muy pronto. En el cielo nos dará
completamente igual ver que todas las reliquias de los Buissonnets hayan
sido desparramadas. ¿Qué importa la tierra...?
Tu hijita, a quien tú educaste...,
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 92 A María Guérin
Jueves 30 de mayo de 1889
Jesús +
Querida hermanita:
Has hecho bien en escribirme. Lo he comprendido todo... todo, todo,
todo... No has cometido ni sombra de pecado. Conozco tan bien lo que son
esa clase de tentaciones, que puedo asegurártelo sin temor a
equivocarme. Además, Jesús me lo dice en el fondo del corazón... Hay
que despreciar todas esas tentaciones y no hacerles ningún caso.
¿Quieres que te diga una cosa que me ha dado mucha pena...? Que mi
Mariíta dejara de comulgar... el día de la Ascensión y el último día del mes
de María... ¡Qué pena tan grande le habrá dado eso a Jesús...!
Muy astuto tiene que ser el demonio para engañar así a un alma... ¿Pero
no ves, cariño, que ésa es la meta que persigue? Sabe muy bien el pérfido
que no puede hacer pecar a un alma que quiere ser toda de Jesús, y
por eso sólo intenta hacérselo creer. Ya es mucho para él llevar la
turbación a esa alma; pero su rabia necesita algo más: quiere privar a
Jesús de un tabernáculo amado; y al no poder entrar él en ese santuario,
quiere al menos que se quede vacío y sin dueño... ¿Y qué será de ese
pobre corazón...? Cuando el diablo consigue alejar a un alma de la
sagrada comunión, lo ha ganado todo... ¡Y Jesús llora...!
¡Cariño!, piensa, pues, que Jesús está allí en el sagrario expresamente
para ti, para ti sola, y que arde en deseos de entrar en tu corazón... ¡Anda,
no escuches al demonio, búrlate de él y vete a recibir sin miedo al Jesús
de la paz y del amor...!
Pero ya te estoy oyendo decir: «Teresa dice esto porque no sabe..., no
sabe que lo hago muy adrede..., que eso me divierte..., y además no
puedo comulgar porque creo que cometo un sacrilegio, etc. etc. etc.». Sí,
tu pobre Teresita lo sabe muy bien, te digo que lo adivina todo, y te
asegura que puedes ir sin temor a recibir a tu único amigo verdadero...
También ella ha pasado por el martirio de los escrúpulos, pero Jesús le
concedió la gracia de comulgar incluso cuando ella creía haber cometido
grandes pecados... Pues bien, te aseguro que ella se convenció de que
ése era el único medio para desembarazarse del demonio, pues cuando él
ve que está perdiendo el tiempo nos deja tranquilos...
No, es imposible que un corazón «que sólo encuentra descanso
mirando a un sagrario» ofenda a Jesús hasta el punto de no poderle
recibir. Lo que ofende a Jesús, lo que hiere su corazón ¡es la falta de
confianza...!
Hermanita, ya antes de recibir tu carta presentía tus angustias. Mi corazón
estaba unido a tu corazón. Anoche, en sueños, intentaba consolarte, pero
no podía conseguirlo..., y no seré hoy más afortunada a no ser que Jesús y
la Virgen Santísima vengan a ayudarme. Espero que mi  deseo se
convierta en realidad y que la Santísima Virgen, el último día de su mes,
cure a mi hermanita querida. Pero para eso, es necesario orar, orar
mucho. Si pudieras ponerle una vela a Nuestra Señora de las Victorias...,
¡tengo tanta confianza en ella...!
Tu corazón está hecho para amar a Jesús, para amarlo apasionadamente.
Pídele que los años más hermosos de tu vida no transcurran entre miedos
quiméricos.
No tenemos más que los breves instantes de nuestra vida para amar a
Jesús. El diablo lo sabe muy bien, y por eso procura consumirla en
trabajos inútiles...
Hermanita querida, comulga con frecuencia, con mucha frecuencia... Este
es el único remedio si quieres curarte. No en vano ha puesto Jesús esos
deseos en tu alma. (Yo creo que a él le gustaría que pudieses recuperar
las dos comuniones que dejaste, pues así la victoria del demonio sería
menor al no haber logrado alejar a Jesús de tu corazón).
No temas amar demasiado a la Santísima Virgen, nunca la amarás lo
suficiente, y Jesús estará muy contento pues la Virgen es su Madre.
Adiós, hermanita, y perdona este rompecabezas que es mi carta; no puedo
volverla a leer por falta de tiempo. Da un abrazo de mi parte a todos los
míos,
Sor Teresa del Niño Jesús

Carta 93 A María Guérin
Domingo 14 de julio de 1889
Jesús +
Querida hermanita:
Ya que tienes la humildad de pedir consejos a tu Teresita, ésta no te los
puede negar. Pero como es una pobre novicia sin experiencia, tiene miedo
de equivocarse, y tú misma podrías tener también dudas acerca de lo que
ella te dice. Pero hoy no tengas miedo: la que te envío es la respuesta
misma de Jesús. ¡Y qué feliz me siento al transmitírtela...!
Esta mañana pregunté a nuestra Madre qué debía contestarte acerca de lo
que le dijiste a Celina. Si haces lo que nuestra querida Madre me ha dicho
para ti, no tienes por qué tener miedo a equivocarte, pues Dios ha puesto
en su corazón un profundo conocimiento de las almas y de todas sus
miserias. Ella lo sabe todo, nada se le oculta, conoce perfectamente tu
alma.
Y esto es lo que me ha dicho que te diga de parte de Jesús: «Hiciste muy
bien en contárselo todo a Celina; sin embargo, es mejor no hablar de esas
cosas, es preferible no hacerles ningún caso, porque nuestra Madre está
segura de que no pecas».
Bueno, ¿estás ya tranquila...? Me parece que yo, en tu lugar, si me
hubiesen dicho eso, me habría curado del todo y me habría dejado
conducir a ciegas, pues ése es el único camino para tener paz y sobre
todo para agradar a Jesús.
Aun cuando estuvieses segura de haber pecado, no hay peligro alguno de
ello, pues nuestra Madre, que tiene (¡digo yo!) más experiencia que tú, te
dice que no pecas...
¡Qué afortunada eres, María, de tener un corazón que sabe amar de esa
manera...!Da gracias a Jesús por haberte dado un don tan precioso y
entrégale todo entero tu corazón. Las criaturas son demasiado pequeñas
para llenar el vacío inmenso que Jesús ha abierto en ti, no les des cabida
en tu alma...
Dios no te cogerá en sus lazos, pues estás ya bien aprisionada en ellos...
Sí, es una gran verdad que nuestro afecto no es de la tierra. Es demasiado
fuerte como para eso, y ni la misma muerte será capaz de romperlo...
No te aflijas por no sentir ningún consuelo en tus comuniones. Es una
prueba que hay que soportar con amor. No pierdas ni una sola de las
espinas que encuentres a diario: ¡con una sola de ellas puedes salvar un
alma...!
¡Ay, si supieras cuánto se ofende a Dios!¡Tu alma está tan bien hecha
para consolarle...!¡Ámale hasta la locura por todos los que no le aman...!
Hermanita, mi pluma, después de su loca carrera, tiene que detenerse.
Tengo que escribir hoy cinco cartas, pero he empezado por mi Mariíta...,
¡la quiero tanto, y tan poco naturalmente...!
Da un abrazo de mi parte a mis tíos y a mi querida Juana, y diles que les
quiero.
Y tú, pequeña preferida de Jesús, ruega para que tu indigna hermanita
pueda amar, si es posible, tanto como tú...
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 94 A Celina

El Carmelo, 14 de julio de 1889
Jesús +
Querida Celina:
Mi alma no te abandona..., ¡sufre el destierro contigo...!¡Ay, cómo cuesta
vivir, seguir en esta tierra de amarguras y de angustias...!Pero mañana...,
dentro de nada, estaremos en el puerto, ¡qué felicidad!¡Qué maravilloso
será contemplar a Jesús cara a cara por toda la eternidad!¡Siempre,
siempre más amor, siempre alegrías cada vez más más embriagadoras...,
una felicidad sin nubes...!
¿Cómo se las habrá arreglado Jesús para desligar así nuestras almas de
todo lo creado? Sí, nos ha infligido un golpe muy duro, pero es un golpe de
amor. Dios es digno de admiración, pero sobre todo es digno de amor.
Amémosle, pues..., amémoslo lo bastante como para sufrir por él todo lo
que él quiera, incluso los dolores del alma, las arideces, las angustias, las
frialdades aparentes... ¡Es gran amor amar a Jesús sin sentir la dulzura de
este amor...!¡Es un verdadero martirio...!Pues bien, ¡muramos mártires!
Celina, Celina mía, dulce eco de mi alma, ¿entiendes? Es el martirio
ignorado, sólo conocido por Dios, que el ojo de la criatura no puede
descubrir, martirio sin honor, sin triunfos...
He ahí el amor llevado hasta el heroísmo... Pero un día Dios, agradecido,
exclamará: «Ahora me toca a mí» ¿Y qué veremos entonces...? ¿Qué será
esa vida que nunca tendrá fin...? Dios será el alma de nuestra alma...,
¡misterio insondable...!El ojo del hombre no ha visto la luz increada, su
oído no ha escuchado las incomparables armonías, y su corazón no puede
soñar lo que Dios tiene reservado a los que ama. Y todo esto llegará
pronto, sí, pronto. Démonos prisa en tejer nuestra corona, tendamos la
mano para recoger la palma, y si amamos mucho, si amamos a Jesús con
pasión, no será lo bastante cruel como para dejarnos mucho tiempo en
esta tierra de destierro...
Celina, durante los cortos instantes que nos quedan, no perdamos
el tiempo..., salvemos almas... Las almas se pierden como copos de nieve,
y Jesús llora, y nosotras pensamos en nuestro dolor sin consolar a nuestro
prometido... Sí, Celina, vivamos para las almas..., seamos apóstoles...,
salvemos sobre todo las almas de los sacerdotes. Esas almas debieran ser
más transparentes que el cristal... Pero, ¡ay!, ¡cuántos malos sacerdotes,
cuántos sacerdotes que no son lo bastante santos...!Oremos y suframos
por ellos, y en el último día Jesús estará agradecido. ¡Nosotras le daremos
almas...!
¿Comprendes, Celina, el grito de mi corazón...? Juntas..., siempre juntas.
Celina y Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz, 

Sor María del Sagrado Corazón no te puede escribir porque la carta
pesaría demasiado.

Carta 95 A sor Inés de Jesús
Julio-agosto (?) de 1889
Jesús +
Querido cordero, deja que bale un poco tu pobre corderito... ¡El cordero me
hizo mucho bien el domingo...!
Hay sobre todo una frase que fue luminosa para mí. Era ésta: «Callemos la
palabra que pudiera enaltecernos». Es verdad, hay que guardarlo todo
para Jesús con celoso cuidado... Cordero querido, ¡cuánto bien hace
trabajar sólo por Jesús, absolutamente solo por él...!¡Cómo se llena
entonces el corazón y qué ligero se siente...!
Benoní de Jesús, reza por el pobre granito de arena. Que el grano de
arena se mantenga siempre en su lugar, es decir bajo los pies de todos;
que nadie piense en él; que su existencia sea, por decirlo así, ignorada. El
grano de arena no desea ser humillado, eso sería todavía demasiado
glorioso, pues los demás se sentirían obligados a ocuparse de él. Tan sólo
desea una cosa: ¡ser olvidado, ser tenido en nada...!. Pero desea ser
visto por Jesús. Si las miradas de las criaturas no pueden abajarse hasta
él, que al menos la Faz ensangrentada de Jesús se vuelva hacia él... No
desea más que una mirada, ¡una sola mirada...!
Si a un grano de arena le fuese posible consolar a Jesús, enjugar sus
lágrimas, ¡aquí hay uno que quisiera hacerlo...!Que Jesús tome al pobre
grano de arena y lo esconda en su Faz adorable... Allí el pobre átomo
nada tendrá ya que temer, estará seguro de no volver a pecar...
El grano de arena quiere a toda costa salvar almas, y Jesús tiene que
concederle esta gracia... Pequeña Verónica, ¡pide para mí esta gracia a la
Faz luminosa de Jesús...!Sí, la Faz de Jesús luminosa; pero si aun en
medio de las heridas y de las lágrimas es ya tan hermosa, ¿qué será
cuando la veamos en el cielo...?
¡Ah, el cielo..., el cielo...!Sí, para ver un día la Faz de Jesús, para
contemplar eternamente la maravillosa belleza de Jesús, el pobre
grano de arena desea ser despreciado en la tierra...
Cordero querido, pide a Jesús que su grano de arena se apresure a salvar
muchas almas en poco tiempo para volar más rápidamente hacia su Faz
adorada...
¡Sufro...!Pero la esperanza de la patria me da ánimos: ¡pronto estaremos
en el cielo...!Allí no habrá ya ni día ni noche, sino que la Faz de Jesús
hará que reine una luz sin igual...
Cordero querido, comprende al grano de arena. El no sabe lo que ha dicho
esta noche, pero a buen seguro que no tenía intención de escribir ni una
sola palabra de todo lo que ha garabateado...

Carta 96 A Celina
15 de octubre de 1889
Jesús +
Querida Celina:
¡Si supieras qué hondo le has llegado al corazón de tu Teresa...!Tus
macetas son realmente preciosas, ¡No sabes cómo me han gustado...!
Celina, tu carta me ha gustado mucho, muchísimo. He sentido hasta qué
punto nuestras almas están hechas para comprenderse, para marchar por
el mismo camino... La vida... Es cierto que, para nosotras, no tiene ya el
menor encanto... Pero me equivoco: es verdad, los atractivos del
mundo se han desvanecido para nosotras, pero eso es humo..., y nos
queda la realidad. Sí, la vida es un tesoro..., cada instante es una
eternidad, una eternidad de gozo para el cielo: ¡una eternidad ver a Dios
cara a cara y ser una sola cosa con él...!No hay más que Jesús, todo lo
demás no existe... Amémosle, pues hasta la locura, salvémosle almas.
Sí, Celina, siento que Jesús nos pide a nosotras dos que apaguemos su
sed dándole almas, sobre todo almas de sacerdotes. Siento que
Jesús quiere que yo te diga esto, porque nuestra misión es olvidarnos de
nosotras mismas, anonadarnos..., ¡somos tan poca cosa...!Y no obstante,
Jesús quiere que la salvación de las almas dependa de nuestros sacrificios
y de nuestro amor. Él nos mendiga almas. ¡Comprendamos su mirada!,
¡son tan pocos los que saben comprenderla!Jesús nos concede la gracia
insigne de instruirnos él mismo, de revelarnos una luz escondida...
Celina..., la vida será corta, la eternidad sin fin... Hagamos de nuestra vida
un sacrificio continuado, un martirio de amor, para consolar a  Jesús.
El no quiere más que una mirada, un suspiro, ¡pero una mirada y un
suspiro que sean sólo para él...!Que todos los instantes de nuestra vida
sean sólo para él. Que las criaturas sólo nos rocen al pasar...
Sólo tenemos que hacer una cosa durante la noche, la única noche de la
vida, que no vendrá más que una vez: amar, amar a Jesús, con todas las
fuerzas de nuestro corazón y salvarle almas para que sea amado... ¡Sí,
hacer amar a Jesús!Celina, ¡qué a gusto hablo contigo...!Es como si
hablase con mi propia alma... Celina, me parece que a ti te lo puedo decir
todo...
(Gracias de nuevo por tus lindas macetas. El Niño Jesús tiene un aire
radiante por estar tan bien adornado.)
Sor Teresa del Niño Jesús de la Sta. Faz

Carta 97 A la señora de Guérin
15 de octubre de 1889
Jesús +
Querida tía:
¡Imposible decirle cómo me emocionaron sus golosinas..!Pido a mi santa
patrona que se lo agradezca ella, colmándola de todos sus dones, lo
mismo que a mi tío querido. Le encomiendo que dé las gracias de mi parte
a mis hermanitas Juana y María por los preciosos ramos de flores y por
esas uvas tan deliciosas.
He tenido que interrumpir la carta por la llegada de un nuevo regalo:
dos magníficas plantas para el Niño Jesús... Realmente, me siento
abrumada, me sentiría avergonzada si todo eso no fuese para adornar el
altar del Niño Jesús. Él, sin duda alguna, se encargará de pagar la deuda
que tengo contraída con mis queridos parientes. Desconozco el nombre de
la persona que hace este atento regalo al Jesús de Teresa... Si usted la
conoce, querida tía, exprésele, por favor, mi gratitud...
Querida tía, ¡con cuánto fervor pido hoy a santa Teresa que le
devuelva el céntuplo de todo lo que hace por nosotras!Celina, en su carta
de felicitación, me habla de todas sus bondades para con ella; me ha
llegado muy al alma, pero no me ha sorprendido, pues conozco todas las
delicadezas maternales que usted tiene con nosotras.
Querida tía, tengo el corazón muy lleno de dulces cosas que quisiera
decirle una y mil veces, pero tengo que dejarla para ir a Vísperas.
Le mando mis mejores besos, lo mismo que a mi tío y a mis cuatro
hermanitas.
Su hijita enormemente agradecida,
Sor Teresa del Niño Jesús 

Carta 98 A Celina
El Carmelo, 22 de octubre de 1889
Jesús +
Mi querida Celina:
¡Si supieras la pena que tengo al pensar que he dejado pasar el 21 sin
felicitar el santo a mi Celina..!¿Habrá dudado Celina del corazón de su
Teresa...? Y sin embargo, hacía mucho tiempo que pensaba en esa fiesta
tan querida; pero la vida del Carmelo es tan eremítica, que la pobre
solitaria nunca sabe en qué día vive...
Celina, este olvido me ha dolido en el alma. Pero, ya ves, pienso que este
año Jesús ha querido que nuestro santo sea el mismo día: ¿no es hoy la
octava de santa Teresa? Sí, Celina, santa Teresa es también tu patrona,
pues tú eres ya su hija querida... ¿Sabes una cosa? Esta pena que tengo
hoy, yo la miro como algo dispuesto por Jesús. Porque él se complace en
sembrar así de pequeñas penas nuestra vida...
Te envío una hermosa estampa de la Santa Faz que nuestra querida
Madre me dio hace algún tiempo. Creo que le cuadra tan bien a María de
la Santa Faz,  que no puedo guardarla para mí. Hace ya mucho tiempo
que pensaba regalársela a mi Celina..., a mi Celina del alma... Que María
de la Santa Faz sea otra Verónica que enjugue toda la sangre y las
lágrimas de Jesús, su único amado; que le gane almas, sobre todo las
almas que ella ama; que se empeñe con toda el alma en desafiar a los
soldados, es decir al mundo, para llegar hasta Él... ¡Qué feliz será cuando
un día pueda contemplar en la gloria la bebida misteriosa con que habrá
apagado la sed de su Prometido celestial, cuando vea que sus labios,
antes resecos, se abren para decirle la palabra única y eterna del amor...,
el gracias que no tendrá fin...!
Hasta pronto, pequeña Verónica del alma. Mañana, sin duda, el Amado
nos pedirá un nuevo sacrificio, un nuevo alivio para su sed. Pero ¿qué
importa? Muramos con él...
Felicidades, Celina querida...
Tu pobre hermanita, Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

No te olvides de coger una florecita-Celina, es mi corazón quien te la
ofrece...

Carta 99 A la señora de Guérin
El Carmelo, 18 nov. de 1889
¡Jesús...!
Querida tiíta:
¡Cómo pasa el tiempo...!Hace ya dos años que le enviaba desde Roma mi
felicitación para su santo, y sin embargo me parece que fue ayer.
Durante estos dos años han pasado muchas cosas y Dios me ha
concedido grandes gracias... También nos ha visitado con su cruz, , y
al mismo tiempo nos ha revelado toda la ternura que había encerrado en el
corazón de nuestra querida tía...
¡Cuántos recuerdos para mí en esta fecha del 19 de noviembre!¡Qué
alegría cuando veía llegar ese momento...!Y con la misma alegría de
siempre, vengo hoy a decirle una vez más a mi tía querida todos los votos
que formulo para ella. Pero digo mal: no voy a perder el tiempo
enumerándolos, pues creo que un volumen entero no me bastaría...
¡Si supiese, querida tiíta, cuánto va a rezar por usted esta su hija el día de
su santo!Pero soy tan imperfecta, que no creo que mis pobres oraciones
tengan mucho valor; pero hay mendigos que, a fuerza de importunar,
consiguen los que desean. Yo haré como ellos, y Dios no podrá
despedirme con las manos vacías...
Están dando las cuatro y tengo que dejarla, mi querida tiíta, pero le
aseguro que mi corazón se queda junto a usted.
Le pido, querida tiíta, que dé mis saludos a la señora Fournet, pues no
olvido que también es su santo. Ni que decir tiene que abrazo con todo el
corazón a mi querido tío y a mis queridas hermanitas.
Para usted, querida tía, le mando el mejor beso del corazón de la menor
de sus siete hijitas,
Sor Teresa del Niño Jesús

Carta 100 A los señores Guérin
30 de diciembre de 1889
Jesús +
Queridos tíos:
También vuestro benjamín quiere felicitaros, a su vez, el año nuevo... Igual
que cada día tiene su última hora, así también cada año ve llegar su última
noche. Y en la noche de este año me siento llevada a echar una
mirada sobre el pasado y sobre el futuro.
Mirando al tiempo que acaba de pasar, creo que tengo que dar gracias a
Dios, pues si su mano nos ha presentado un cáliz de amargura, su
corazón divino ha sabido sostenernos en la prueba y nos ha dada la fuerza
necesaria para beber su cáliz hasta las heces... ¿Qué nos reserva para el
año que va a empezar...? No me es dado penetrar este misterio, pero pido
a Dios que recompense al ciento por uno a mis familiares queridos por
todas las conmovedoras bondades que tienen con nosotras...
El primer día del año es para mí todo un mundo de recuerdos... Aún veo a
papá llenándonos de caricias... ¡Era tan bueno...!¿Pero a qué evocar esos
recuerdos? Nuestro padre querido ha recibido ya la recompensa de sus
virtudes: Dios le ha enviado una prueba digna de él.
Están dando las nueve, y tengo que terminar esta carta sin haber
dicho nada de lo que hubiera debido. Espero que mis queridos parientes
perdonarán a su Teresita, y sobre todo que sabrán disculpar su letra, que
no hay quien la lea...
¡Feliz Año Nuevo a mis queridas hermanitas...!Sobre todo, que María se
ponga buena muy pronto. Me enfadaré con ella si la GRIPE le impide venir
a vernos...
Adiós, queridos tíos, su hijita les desea un feliz Año Nuevo y les abraza
con todo su corazón,
Sor Teresa del Niño Jesús

Carta 101 A Celina
31 de diciembre de 1889
Querida Celina:
¡Mi último adiós de este año va a ser para ti...!¡Dentro de unas horas
habrá pasado ya para siempre..., pertenecerá a la eternidad...!
Como mi Celina ya está acostada, me toca a mí ir a su encuentro para
desearle un feliz Año Nuevo...
¿Te acuerdas de otros tiempos...?  El año que acaba de pasar ha sido
bueno; sí, ha sido un año precioso para el cielo. ¡Ojalá que el que le sigue
se le pueda parecer...!
Celina, no me extraña verte en la cama después de un año así. Al final de
un día como ése, ¡hay mucho de qué descansar...!¿Me comprendes...?
¡¡¡Tal vez el año que va a comenzar sea el último!!!¡Aprovechémonos,
aprovechemos sus más breves momentos, hagamos como los avaros,
vivamos celosas de los más pequeños detalles por el Amado...!
Nuestro último día del año es muy triste esta vez... Con el corazón lleno de
recuerdos, quiero velar a la espera de la media noche... Lo evoco todo...
Ahora somos huérfanas, pero podemos decir con amor: «Padre nuestro,
que estás en el cielo». ¡Sí, nos queda todavía el único todo de nuestras
almas...!
¡Un año más que ha pasado...!¡Celina!, ha pasado, pasado, y ya no
volverá más. Como ha pasado este año pasará también nuestra vida, y
pronto podremos decir también de ella: «Ha pasado». ¡No perdamos el
tiempo, pronto la eternidad brillará para nosotras...!
Celina, si quieres, convirtamos almas. ¡Tenemos que forjar este año
muchos sacerdotes que sepan amar a Jesús...!, ¡que le toquen con la
misma delicadeza con que le tocaba María en la cuna...!.
Tu hermanita,
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Deseo también un feliz año nuevo a Loló, pero creo que la veré...
Da un montón de gracias a mis tíos y diles que sus regalos me han llegado muy a lo hondo del alma. Dales también muchas gracias a Juana y a María, que son realmente demasiado bondadosas.

Carta 102 A Celina
27 de abril de 1890
Jesús +
Querida Celina:
Yo que me las prometía felices con la idea de escribirte una larga carta
para tus 21 años, apenas tengo unos momentos para ello...
Celina, ¿pensabas que tu Teresa podía olvidarse del 28 de abril...? Celina,
mi corazón está lleno de recuerdos..., me parece que hace siglos que te
quiero y sin embargo aún no hace 21 años... Pero ahora tengo la eternidad
por delante...
Celina, la lira de mi corazón cantará para ti el 28, tu nombre resonará
repetidamente en los oídos de mi Jesús... Y ya que nuestro corazón es
solo uno, ¡démoselo todo entero a Jesús!Tenemos que caminar
siempre juntas, ¡pues Jesús no puede habitar en medio corazón...!Pídele
que tu Teresa no se quede atrás...
Al ver la estampa de la Santa Faz, los ojos se me han llenado de
lágrimas, ¿no es ésa la imagen de nuestra familia? Sí, nuestra imagen es
un ramo de lirios, y el Lirio sin nombre está en medio, y está como rey, y
nos hace compartir los honores de su realeza. Su sangre divina rocía
nuestras corolas, y sus espinas, al desgarrarnos, exhalan el perfume de
nuestro amor.
Adiós, Celina, vienen a interrumpir nuestra charla. Compréndelo todo.
Teresa

Carta 103 A sor Inés de Jesús
4 (?) de mayo de 1890
Jesús +
Corderito querido, mi corazón te sigue a la soledad. ¿Sabes, «alondra
ligera», que tienes un hilo atado a tu pata y que, por alto que subas,
tendrás que arrastrar tu carga...? Pero un grano de arena no pesa mucho,
y, además, será más ligero si así se lo pides a Jesús...
¡Y cómo desea ser reducido a la nada, ser ignorado por todas las criaturas!
El pobrecito no desea ya nada, nada más que el olvido...; ni siquiera el
desprecio o las injurias, pues eso sería demasiado glorioso para un grano
de arena. Si lo despreciasen, tendrían que verlo. ¡Pero el olvido...!
Sí, deseo ser olvidada, y no sólo por las criaturas sino también por mí
misma. Quisiera ser reducida a la nada de tal modo, que no tuviera ya
ningún deseo... La gloria de mi Jesús, ¡sólo eso!La mía, a él se la entrego.
Y si parece olvidarme, pues bien, es muy libre de hacerlo, pues yo ya no
soy mía sino suya... ¡Antes se cansará él de hacerme esperar que yo de
esperarlo a él...!
Cordero querido, ¿me comprendes...? Compréndelo todo, incluso lo que
no logra expresar mi corazón. Tú, que eres una antorcha luminosa que
Jesús me ha dado para alumbrar mis pasos por los senderos tenebrosos
del exilio, compadécete  de mi debilidad y escóndeme bajo tu velo
para que participe de tu luz... Dile a Jesús que me mire, que sus dondiegos
penetren con sus rayos luminosos el corazón del grano de arena. Y, si no
es demasiado, pídele también que la Flor de las flores entreabra su corola
y que el sonido melodioso que sale de ella haga vibrar en mi corazón sus
misteriosas enseñanzas...
Cordero querido, ¡no olvides al grano de arena...!

Carta 104 A sor Inés de Jesús (Fragmentos)
5-6 de mayo de 1890
Gracias por tu carta. ¡Sí, gracias...!
No me sorprende que no tengas consuelo, pues Jesús es tan poco
consolado que es feliz al encontrar un alma en la que pueda descansar sin
cumplidos...
¡Qué orgullosa me siento de ser tu hermana!Y también tu hijita, ya que
fuiste tú quien me enseñó a amar a Jesús y a buscarlo sólo a él.
(...) y a menospreciar a todas las criaturas...
De Celina no sé más que tú, e incluso menos, pues no sabía que lo está
pasando mal; si no es en (...) molesto. Celina nos habló de nuestro
pobre papaíto y ha señalado que es
(...)
nos (...) de Juana. Nos dijo también que rezáramos mucho por Leonia,
pues lo está pasando mal a causa de su enfermedad; creo que a mi tío le
parece peligroso pues lo tiene hinchado todo alrededor.
Celina nos ha hablado de nuestro pobre papaíto, e indica que fue el
sábado, día de la Invención de la Santa Cruz, cuando también nosotras
encontramos nuestra cruz. Leonia estaba allí. Espera obtener la curación
en la Santa Faz o en Lourdes. Bajará a la piscina. ¡Pobre Leonia!Fue muy
buena: quería privarse de venir al locutorio por complacer a Celina. ..
Como tocaron a Vísperas, me marché. No sé cuándo llegarán a Tours,
pero creo que la semana que viene estarán en Lourdes. Hay que escribir el
lunes o el martes antes del mediodía para que la carta llegue el sábado.
¡Ah, qué destierro es la tierra...!No debemos buscar en ella apoyo alguno
fuera de Jesús, pues sólo él es inmutable. ¡Qué dicha pensar que él no
puede cambiar...!¡Qué alegría para nuestro corazón pensar que nuestra
familia ama tan tiernamente a Jesús!Ese pensamiento me produce
siempre gran consuelo: ¿no es nuestra familia una familia virginal, una
familia de lirios...? Pídele a Jesús que el más pequeño, que el último de
todos, no sea el último en amarlo con toda su capacidad de amor...

Carta 105 A Celina
10 de mayo de 1890
Jesús +
Querida Celina:
¿Estás contenta del viaje...? Espero que la Santísima Virgen te colme de
sus gracias; si no son gracias de consuelo, serán sin duda gracias de luz...
¡Y la Santa Faz...!¿Sabes, Celina, que es una gracia muy grande el visitar
todos esos lugares benditos...? Mi corazón querría seguirte a todas
partes, pero, ¡ay!, no conozco el itinerario del viaje; incluso pensaba que
no estaríais en Lourdes hasta la semana que viene.
Celina, debes disfrutar mucho contemplando la hermosura de la
naturaleza, las montañas..., los ríos plateados, ¡todo eso es tan grandioso,
tan a propósito para elevar nuestras almas...!¡Sí, hermanita querida!,
despeguémonos de la tierra, volemos a la montaña del amor donde se
encuentra el hermoso Lirio de nuestras almas... ¡Despeguémonos de
los consuelos de Jesús para adherirnos sólo a Él...!
¿Y la Santísima Virgen? Celina, escóndete a la sombra de su manto
virginal para que ella te virginice... ¡Es tan blanca y tan hermosa la
pureza...!¡Dichosos los corazones puros, porque ellos verán a Dios...!Sí,
le verán incluso en la tierra, donde nada es puro, pero donde todas las
criaturas se vuelven límpidas cuando se las mira a través de la Faz del
más bello y más blanco de los lirios...
Celina, los corazones puros están a veces rodeados de espinas...,
viven con frecuencia en tinieblas. Entonces esos lirios creen haber perdido
su blancura, piensan que las espinas que los rodean han llegado a
desgarrar su corola... ¿Entiendes, Celina...? Los lirios entre espinas son
los predilectos de Jesús, ¡en medio de ellos encuentra él sus delicias...!
¡Dichoso el que ha sido hallado digno de sufrir la tentación!

Teresa del Niño Jesús de la santa Faz

Hubiera querido escribir a mi querida Leonia, pero me es imposible
por falta de tiempo. Dile que rezo mucho por ella y que pienso mucho en
mi madrina querida. Pensaba escribir también a Mariíta, pero no puedo;
pido mucho a la Santísima Virgen que haga de ella un pequeño lirio que
piense mucho en Jesús y se abandone, con todas sus miserias, en manos
de la obediencia... No me olvido de mi Juana...
No hemos recibido nada del Canadá. Sor Inés de Jesús no puede
escribir, debido a su retiro.
Si no has comprado nada para nuestra Madre, podrías traerle una Virgen
de Lourdes sin pintar, de 4 ó 5 francos.

Carta 106 A sor Inés de Jesús
10 de mayo de 1890
Jesús +
Cordero querido, un día más y volverás a luchar en la llanura... Y el pobre
corderito volverá a encontrar por fin a su mamá...
¡Qué feliz soy de estar para siempre prisionera en el Carmelo!.No tengo
ganas de ir a Lourdes para tener éxtasis, ¡prefiero «la monotonía del
sacrificio»!¡Qué dicha estar tan bien escondida que nadie piense en ti...,
ser desconocida incluso de las personas que viven con nosotras...!
Cordero querido, ¡cuántas gracias doy a Jesús por haberme puesto en tus
manos, por hacer que tú comprendas tan bien a mi alma...!No acierto a
decirte todo lo que pienso. ¡Ah, el cielo!Allí, una sola mirada, ¡y
todo estará dicho y comprendido...!
El silencio. Ese es el único lenguaje que puede decirte todo lo que pasa
dentro de mi alma...

Carta 107 A Celina
19-20 de mayo de 1890
Mayo de 1890
Jesús +
Celinita querida:
Me han encargado que te escriba unas letras para decirte que no vengas a
darnos noticias de papá durante el retiro de Pentecostés. Si pudieras
escribirnos unas letras, sería un lindo detalle, y luego podrías venir  a
vernos el lunes.
Celina querida, me alegro mucho de que me hayan encomendado esta
misión, pues necesito decirte que creo que Dios te ama enormemente y te
trata como a una privilegiada... Sí, realmente puedes decir que tu
recompensa es grande en el cielo, pues está escrito: «Dichosos vosotros
cuando os persigan y os calumnien de cualquier modo». Así que
alégrate y salta de alegría...
Celina, ¡qué privilegio ser desconocida en la tierra...!Los pensamientos de
Dios no son nuestros pensamientos. Si lo fuesen, toda nuestra vida sólo
sería un himno de gratitud...
Celina, ¿crees que santa Teresa recibió más gracias que tú...? Yo no te
diría que te fijaras en su santidad seráfica, sino que ¡seas perfecta
como tu Padre celestial es perfecto...!Sí, Celina, nuestros deseos infinitos
no son sueños ni quimeras, ya que Jesús mismo nos ha dado este
mandamiento...
Celina, ¿no te parece que ya no nos queda nada en la tierra? Jesús quiere
hacernos beber su cáliz hasta las heces dejando a nuestro padre querido
allá abajo. No le neguemos nada. ¡Tiene tanta necesidad de amor y está
tan sediento, que espera de nosotras esa gota de agua que pueda
refrescarlo...!Demos sin medida, un día él dirá: «Ahora me toca a
mí».
Dale muchísimas gracias a mi querida Mariíta por su precioso ramo de
rosas; dile que se lo ofrezco a Jesús de su parte y que a cambio le pido
que adorne su alma con tantas virtudes como capullos de rosas hay en
él...
Tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 108 A Celina
El Carmelo, 18 de julio de 1890
Jesús... +
Celina querida:
¡Si supieras lo mucho que tu carta ha hablado a mi alma...!¡La alegría
inundaba mi corazón como un océano inmenso...!Celina, todo lo que te
tengo que decir tú ya lo sabes, porque tú eres yo misma... Te mando una
hoja que ha hablado mucho mucho a mi alma; me parece que la tuya se va
a abismar también en ella...
Celina, hace ya tanto tiempo..., y ya entonces el alma del profeta Isaías se
abismaba como la nuestra en las bellezas escondidas de Jesús...
Celina, cuando leo estas cosas, me pregunto: ¿qué es el tiempo...? El
tiempo no es más que un espejismo, un sueño... ¡Dios nos ve ya en la
gloria y se goza de nuestra bienaventuranza eterna...!¡Cuánto bien hace
a mi alma este pensamiento!Comprendo entonces por qué Dios no
regatea con nosotros... Sabe que nosotras le entendemos, y nos trata
como a sus amigos, como a sus esposas más queridas...
Celina, ya que Jesús ha estado «solo pisando el vino» que nos da a beber,
no nos neguemos nosotras a llevar los vestidos teñidos de sangre...,
pisemos para Jesús un vino nuevo que apague su sed, que le devuelva
amor por amor. No nos guardemos ni una sola gota del vino que podamos
ofrecerle..., y entonces él, mirando a su alrededor, verá que nosotras
venimos a ayudarle...
Su rostro estaba como escondido... Celina, hoy también lo sigue estando,
pues ¿quién comprende las lágrimas de Jesús...?
Celina querida, hagamos de nuestro corazón un pequeño sagrario donde
Jesús pueda refugiarse. Así, él se verá consolado y olvidará lo que
nosotras no podemos olvidar: «la ingratitud de las almas que lo abandonan
en un sagrario desierto...».
«Ábreme, hermana mía, esposa mía, que tengo la cabeza cubierta de
rocío y mis rizos del relente de la noche» (Cantar de los Cantares). Eso es
lo que Jesús nos dice al alma cuando se encuentra abandonado y
olvidado. ¡El olvido, Celina!Creo que eso es lo que más pena le produce...
¡Papá...!No puedo, Celina, decirte todo lo que pienso, sería demasiado
largo, y además ¿cómo decir ciertas cosas que el mismo pensamiento
apenas puede traducir, profundidades que se encuentran en los abismos
más íntimos del alma...?
Jesús nos ha enviado la cruz más escogida que, en su amor inmenso, ha
podido inventar... ¿Cómo quejarnos, cuando él mismo fue considerado
como un hombre herido por Dios y humillado...?
El hechizo divino hechiza mi alma y la consuela de una forma maravillosa
en todos los momentos del día. ¡Qué sonrisas, las lágrimas de Jesús...!
Da a todos un abrazo de mi parte, y diles todo lo que se te ocurra...
Me acuerdo mucho de mi Leonia querida, de mi querida salesa. Dile a
María del Santísimo Sacramento que Jesús le pide mucho amor, que
espera de ella la reparación de las frialdades que recibe, ¡su corazón ha de
ser una hoguera donde Jesús pueda calentarse...!¡Tiene que olvidarse por
completo de sí misma, para no pensar más que en él...!
Celina, oremos por los sacerdotes, ¡sí, oremos por ellos!Consagrémosles
nuestras vidas. Jesús me hace sentir a diario que espera esto de nosotras
dos. 

Del profeta Isaías (cap. 53)
¿Quién creyó nuestro anuncio?, ¿a quién se reveló el brazo del Señor? El
Cristo creció ante el Señor como un retoño, como raíz en tierra árida. No
había en él belleza ni esplendor; lo vimos sin aspecto atrayente.
Despreciado, rechazado por los hombres, como un hombre de dolores
acostumbrado a sufrimientos... Su rostro estaba como escondido... Parecía
despreciable y no lo reconocimos. Él soportó nuestros sufrimientos y cargó
con nuestros dolores. Nosotros lo tuvimos por leproso, herido de Dios y
humillado... Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por
nuestros crímenes. El castigo que nos iba a traer la paz cayó sobre él, sus
cicatrices nos curaron.
Capítulo 53
¿Quién es ese que viene de Edóm y de Bosrá, con vestidos teñidos de
rojo...? ¿Quién es ese que resplandece por la hermosura de sus vestidos y
que camina con una fuerza todopoderosa...? Soy yo, y mi palabra es
palabra de  justicia, y vengo para defender y para salvar. ¿Por qué
están rojos tus vestidos, y tu ropa como la de los que pisan el vino en el
lagar? Yo solo pisé el vino, ningún pueblo me ayudó. Miré a mi alrededor, y
no había nadie que me ayudase; busqué, y no hallé quien me socorriera...
Esos que están vestidos con blancas vestiduras ¿quiénes son y de dónde
han venido? Esos son los que vienen de la gran tribulación, los que han
lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del cordero. Por eso
están ante el trono de Dios sirviéndole día y noche...
Mi amado es un ramillete de mirra, descansará sobre mi corazón... Mi
amado brilla por la blancura y el resplandor de su rostro, los cabellos de su
cabeza se parecen a la púrpura real. Mi amado es adorable, su rostro
inspira amor, y su faz inclinada me urge a darle amor por amor.
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
(Fragmento de un cántico de Nuestro Padre san Juan de la Cruz).

Carta 109 A María Guérin
27-29 de julio de 1890
El Carmelo, julio de 1890
Jesús +
Querida Mariíta:
Da gracias a Dios por todos los dones que te ha concedido y no seas tan
ingrata que no los reconozcas. Me haces el efecto de una joven aldeana a
quien un rey poderoso viniera a pedir en matrimonio y que no se atreviera
a aceptar bajo el pretexto de que ella no es lo suficientemente rica ni
educada en las costumbres de la corte, sin reparar en que su prometido
real conoce su pobreza y su debilidad mucho mejor que ella misma...
María, si tú no eres nada, no debes olvidar que Jesús lo es todo; y por
tanto, tu pequeña nada tiene que perderse en su infinito todo y no pensar
más que en ese todo, el único digno de ser amado... Tampoco tienes que
desear ver el fruto de tus esfuerzos: Jesús quiere guardar para sí solo
esas pequeñas nadas que lo consuelan...
Te equivocas, amiga mía, si crees que tu Teresita recorre siempre
ilusionada el camino de la virtud. Ella es débil, muy débil, y experimenta a
diario esa triste realidad. Pero, María, Jesús se complace en enseñarle,
como a san Pablo, la ciencia de gloriarse en sus enfermedades. Es ésta
una gracia muy grande, y pido a Jesús que te la enseñe, porque sólo ahí
se encuentra la paz y el descanso del corazón. Cuando una se ve tan
miserable, no quiere ya preocuparse de sí misma y sólo mira a su único
Amado...
Mi querida Mariíta, yo no conozco otro camino que «el amor» para
llegar a la perfección... ¡Amar!¡Qué bien hecho está para eso nuestro
corazón...!A veces busco otra palabra para expresar el amor, pero en esta
tierra de exilio las palabras son incapaces de emitir todas las vibraciones
del alma, y tenemos que limitarnos a esa única palabra: «¡Amar!»...
¿Pero a quién podrá prodigarlo nuestro pobre corazón, hambriento de
amor...? ¿Quién será lo suficientemente grande para eso...? ¿Podrá un ser
humano comprenderlo..., y, sobre todo, saber corresponderle...? María, no
hay más que un ser capaz de comprender toda la profundidad de esa
palabra: ¡amar...!No hay nadie, fuera de Jesús, que pueda darnos
infinitamente más de lo que nosotros le damos a él...
¡María del Santísimo Sacramento...!Tu nombre te está diciendo tu
misión... Consolar a Jesús, hacer que las almas le amen... Jesús está
enfermo, y hay que tener en cuenta que la enfermedad del amor sólo se
cura con amor... María, entrega todo tu corazón a Jesús. Él tiene sed de él,
está hambriento de él. Tu corazón, he ahí lo que él ambiciona, hasta el
punto de que, por poseerlo, consiente en alojarse en un cuartucho sucio y
oscuro... ¿Cómo no amar a un amigo que se reduce a tan extrema
indigencia? ¿Cómo atreverse a seguir alegando la propia pobreza, cuando
Jesús se hace semejante a su prometida...? Era rico y se hizo pobre para
unir su pobreza a la pobreza de María del Santísimo Sacramento... ¡Qué
gran misterio de amor...!
Todos mis recuerdos a mi querida colonia.
Mi corazón está siempre con María del Santísimo Sacramento. El sagrario
es la casa del amor en la que nuestras dos almas están encerradas...
Tu hermanita, que te pide que no la olvides en tus oraciones,

Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 110 A sor Inés de Jesús
30-31 de agosto de 1890
Jesús +
Mamaíta querida, ¡gracias, sí, gracias...!¡Si supieras todo lo que tu carta le
dice a mi alma...!
Pero la pequeña solitaria tiene que decirte el itinerario de su viaje. Helo
aquí:
Antes de partir, su Prometido pareció preguntarle a qué país quería viajar y
qué ruta deseaba seguir, etc. etc. Su pequeña prometida le contestó que
ella no tenía más que un deseo: dirigirse a la cima de la montaña del amor.
Para llegar allá se le ofrecían muchos caminos, y había tantos perfectos
entre ellos, que se sentía incapaz de elegir. Entonces dijo a su guía divino:
«Tú ya sabes adónde quiero llegar, tú sabes por quién deseo escalar la
montaña y por quién quiero llegar a la meta, tú sabes a quién amo y
quién es el único a quien quiero contentar. Sólo por él emprendo este
viaje; guíame, pues, por los senderos que a él más le gusta recorrer. Con
tal que él esté contento, yo me sentiré en el colmo de la felicidad».
Entonces Jesús me tomó de la mano y me hizo entrar en un subterráneo
donde no hace ni frío ni calor, donde no luce el sol y al que no visitan ni el
viento ni la lluvia. Un subterráneo donde no veo nada más que una
claridad semivelada, la claridad que difunden a su alrededor los ojos bajos
de la Faz de mi Prometido...
Mi Prometido no me dice nada, ni yo le digo tampoco nada a él; tan sólo
que le amo más que a mí misma. Y en el fondo de mi corazón siento que
es verdad, ¡pues soy más de él que mía...!
No veo que avancemos hacia la cumbre de la montaña, pues nuestro viaje
se hace bajo tierra; pero, con todo, me parece que nos acercamos a ella
sin saber cómo. La ruta que sigo no tiene ningún consuelo para mí, y sin
embargo me trae todos los consuelos, porque es Jesús quien la ha elegido
y yo quiero consolarlo sólo a él, ¡sólo a él...!¡Ay, qué verdad tan grande es
que, si yo le ofrezco las uvas de mi corazón, lo hago entre la B y la A,
porque ni yo misma entiendo nada!
¿Tengo que escribir al Sr. Lepelletier y al Sr. Révérony que voy a
hacer la profesión...?
Sobre todo no te olvides de ir a la bodega a tomar tu sorbito de vino; y al
beberlo, piensa en tu hijita que, a buen seguro, tampoco está bebiendo los
vinos azucarados de Engaddi... Pide que ella sepa dárselo a su Esposo,
salvando almas, y se sentirá consolada...

Carta 111 A sor María del Sagrado Corazón
30-31 de agosto de 1890
Querida madrinita:
¡Si supieras cómo ha embelesado el alma de tu hijita tu canto del cielo...!
Yo te aseguro que ella no escucha en absoluto armonías celestiales. Su
viaje de bodas es tremendamente árido. Es cierto que su prometido le
hace recorrer países fértiles y de ensueño, pero la noche le impide admirar
cosa alguna y sobre todo disfrutar de todas esas maravillas.
Tal vez pienses que tu hijita se aflige por ello. Pero no; al contrario, es
feliz siguiendo a su Prometido únicamente por amor a él, y no por sus
regalos... ¡Sólo él!¡Es tan hermoso, tan encantador!¡Incluso cuando se
calla...!¡Incluso cuando se esconde...!
¿Comprendes a tu hijita...? Está cansada de los consuelos de la tierra, y
no quiere más que a su Amado, sólo a él...
No te olvides de rezar mucho por la hijita que tú educaste y que es tuya.

Carta 112 A sor Inés de Jesús
1 de septiembre de 1890
Jesús + Lunes
Te paso la carta que he escrito para papá. Si te parece que no puede ir
así, hazme tú un borrador; pero creo que no la va a entender... ¡Qué
misterio el amor de Jesús a nuestra familia...!¡Qué misterio las lágrimas y
el amor de este esposo de sangre...!
Mañana estaré con el Sr. Youf. Me ha dicho que le haga una breve
relación, pero sólo desde que estoy en el Carmelo. Reza mucho para que
Jesús me conserve la paz que me han dado.
Me sentí muy feliz al recibir la absolución el sábado... Pero no comprendo
el retiro  que estoy haciendo, no pienso en nada. En una palabra, ¡me
encuentro en un subterráneo muy oscuro...!Pídele a Jesús, tú que eres mi
luz, que no permita que las almas se vean privadas por mi culpa de las
luces que necesitan, sino que mis tinieblas sirvan para iluminarlas a ellas...
Pídele también que haga unos buenos ejercicios espirituales y qué él esté
tan contento como sea posible. Así, también yo estaré contenta y aceptaré,
si ésa es su voluntad, caminar toda mi vida por la ruta oscura que estoy
siguiendo, con tal que un día pueda llegar a la cima de la montaña del
amor, aunque creo que esto no será aquí en la tierra.
(Voy a tomar mi sorbito de vino; también esta mañana me habría
apetecido, pero no pude encontrar a nuestra Madre.)
¿Tengo que escribir a la señora Papinot...? Me parece que no vale la
pena, no lo entendería, ¿no sería quizás mejor esperar a la toma de
velo...?

Carta 113 A sor María del Sagrado Corazón
2-3 de septiembre de 1890
Jesús
¡Si supieras el bien que me hacen tus palabras...!Son para mí como una
música de cielo, me parece escuchar la voz de un ángel...
¿Pero acaso no eres tú el ángel que me condujo y me guió en la ruta del
destierro hasta mi entrada en el Carmelo? Y aun ahora sigues siendo para
mí el ángel que consoló mi niñez, y veo en ti lo que las demás no
pueden ver, pues sabes esconder tan bien lo que eres en realidad, que el
día de la eternidad muchas personas se quedarán sorprendidas.
Pero tu hijita no se sorprenderá de nada; y por muy bellos que sean tu
trono y tu diadema, ella no se asombrará de lo que el amor del esposo
divino dará a quien modeló en su corazón el mismo amor al esposo de las
vírgenes. Y tu hijita espera ser también, en tu corona, una florecilla muy
pequeñita que prestará su humilde brillo a la gloria de su ángel visible en la
tierra.

Carta 114 A sor Inés de Jesús
3 de septiembre de 1890
Jesús +
Cordero querido:
Sí, para nosotras las alegrías irán siempre mezcladas con el sufrimiento.
La gracia de ayer exigía un broche final, y Jesús te lo ha dado a ti primero,
y luego a mí a la vez, ¡porque todo lo que a ti te hace sufrir me duele a mí
en lo más hondo...!Quisiera saber si nuestra Madre te ha consolado o si
sigues apenada.
Me parece que tendríamos que dar las gracias al «santo anciano Simeón»
y decirle que llegó su carta. ¿Qué opinas tú?
Te paso esas líneas de sor Teresa de Jesús. Me las entregó esta mañana.
¿He de hacerle todo eso...? No tengo modelos, y además me parece que
la ropa y la Santísima Virgen corren más prisa, pero haré lo que me digas.
¿Crees realmente que Celina se va a morir...? Ayer le prometí hacer la
profesión por las dos, pero no me atreveré a pedirle a Jesús que la deje en
la tierra si no es ésa su voluntad. Me parece que el amor puede suplir
a una larga vida... Jesús no mira al tiempo, pues en el cielo el tiempo ya no
existe. No debe de mirar más que al amor.
Pídele que me dé mucho amor también a mí. No pido amor sensible, sino
un amor conocido sólo de Jesús. Amarle y hacerle amar, ¡qué dulzura...!
Dile también que me lleve el día de mi profesión si voy a ofenderle
después, pues quisiera llevarme al cielo sin mancha alguna la blanca
estola de mi segundo bautismo. Pero creo que Jesús puede concederme
la gracia de no volver a ofenderlo, o bien la de no cometer más que faltas
que no le ofendan sino que nos humillan y que hacen más fuerte el
amor.
¡Si supieras lo mucho que te hablaría de eso si tuviese palabras para
expresar lo que pienso, o, mejor, que no pienso pero que siento...!¡Qué
misteriosa es la vida...!Es un desierto y un destierro... Pero en lo más
hondo del alma sabemos que habrá un día de lejanias infinitas, de lejanias
que harán olvidar para siempre las tristezas del desierto y del
destierro...
El granito de arena
El Sr. abate Domin no sabe que voy a hacer la profesión, ¿se lo tengo que decir? Me parece que si nuestra Madre aún no ha escrito a la Abadía, podría decir a esas señoras que se lo comuniquen.

Carta 115 A sor Inés de Jesús
4 de septiembre de 1890
Te paso la carta de Roma para que, si quieres, se la hagas llegar a Celina.
Tal vez papá no la entienda, pero no será difícil conseguirlo, y si algún día
lograse entenderla, ¡se sentiría tan dichoso!¿Tengo que mandarle también
mis votos para que él los bendiga? Si te parece que sí, dímelo mañana por
la mañana para escribirlos cuanto antes. Los pondríamos en medio de la
corona, ¿pero no será quizás mejor no hacer nada...?
Gracias por tu cartita, ¡si supieras cómo me ha gustado...!Mi alma sigue
en el túnel, pero es muy feliz allí; sí, feliz de no tener ningún consuelo,
porque pienso que así su amor no es como el amor de las prometidas de
la tierra, que están siempre mirando las manos de su prometido para ver si
les trae algún regalo, o su rostro para sorprender en él una sonrisa de
amor que las cautive...
Pero la pobre prometida de Jesús sabe que ella ama a Jesús sólo por él, y
sólo quiere mirar al rostro de su amado para sorprender en él las lágrimas
que corren de los ojos que la han cautivado con sus secretos encantos... Y
quiere enjugar esas lágrimas para hacer con ellas su aderezo el día de sus
bodas. Un aderezo que será también secreto, pero que su Amado sabrá
entender.

Carta 116 A sor María del Sagrado Corazón
7 de septiembre de 1890
Me gustaría que las velas del Niño Jesús estuvieran encendidas cuando
me dirija a la sala capitular, ¿quieres ir tú a encenderlas...? Por favor, no te
olvides... No he puesto las velas color rosa, porque las otras le dicen
mucho más a mi alma: empezaron a lucir el día de mi toma de hábito.
Entonces estaban rosadas y nuevas. Papá (que me las había regalado)
estaba allí, y todo era alegría... Pero ahora el color rosa se ha ido. ¿Hay
todavía aquí en la tierra alegrías color  de rosa para la huerfanita de la
Berezina...? ¡No!, para ella ya no hay más que alegrías celestiales...,
alegrías en las que todo lo creado, que no es nada, cede el paso a lo
increado, que es la realidad...
¿Comprendes a tu hijita...?
Mañana será la esposa de Jesús. Mañana será la esposa de aquel cuyo
rostro estaba oculto y a quien nadie conocía... ¡Qué alianza y qué
porvenir...!Sí, lo sé muy bien, mis bodas estarán rodeadas de ángeles,
sólo el cielo se alegrará, y también la pequeña esposa y sus hermanas
queridas...

Carta 117 A María del Sagrado Corazón
Recuerdo del 8 de septiembre de 1890
Día de eterno recuerdo, en el que tu hijita se ha convertido como tú en la
esposa de aquel que dijo: «Mi reino no es de este mundo», y en otro lugar:
«Además, pronto veréis al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo
a la derecha de Dios». Ese es el día que nosotras esperamos... Día de las
bodas eternas, en que nuestro Jesús enjugará todas las lágrimas de
nuestros ojos y en que nos sentará con él en su trono...
Ahora su rostro está como escondido a los ojos de los mortales; pero a
nosotras, que comprendemos sus lágrimas en este valle de destierro,
pronto se nos mostrará en la patria su Faz resplandeciente, y entonces
llegará el éxtasis, la eterna unión gloriosa con nuestro esposo...
Pídele que yo, a quien tú iniciaste en los caminos de la virtud, pueda estar
un día muy cerca de ti en la patria.
Tu hijita.

Carta 118 «Carta de invitación a las bodas de sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz»
8-20 de septiembre (?) de 1890
El Dios todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, Dueño y Soberano
del mundo, y la gloriosísima Virgen María, Reina y Princesa de la Corte
Celestial, tienen a bien participar a Vd. el matrimonio de su hijo Jesús, Rey
de reyes y Señor de señores, con la señorita Teresa Martin, ahora Señora
y Princesa de los reinos aportados en dote por su esposo, a saber: la
Infancia de Jesús y su Pasión, siendo sus títulos de nobleza: del Niño
Jesús y de la Santa Faz.
El señor Luis Martin, Propietario y Dueño de los Señoríos del sufrimiento y
de la humillación, y la señora de Martin, Princesa y Dama de honor de la
Corte Celestial, tienen a bien participarle a Vd. el matrimonio de su hija
Teresa con Jesús, el Verbo de Dios, segunda Persona de la Santísima
Trinidad, que, por obra del Espíritu Santo, al hacerse hombre nació de la
Virgen María.
No habiendo podido invitarle a Vd. a la bendición nupcial que se les dio en
la montaña del Carmelo (sólo fue admitida la corte celestial), le pedimos
que acuda a la tornaboda, que tendrá lugar mañana, día de la Eternidad,
en que Jesús, el Hijo de Dios, vendrá sobre las nubes del cielo para juzgar
a los vivos y a los muertos. (Por ser la hora todavía desconocida, le
invitamos a Vd. a estar preparado y a velar).

Carta 119 A sor Marta de Jesús
23 de septiembre de 1890
A mi querida compañera, en recuerdo del día más hermoso de tu vida, de
ese día sin igual en que te consagraste a Jesús.
Consolemos juntas a Jesús de todas las ingratitudes de las almas,
hagamos con nuestro amor que se olvide de sus dolores.
Tu indigna hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 120 A Celina
23 de septiembre de 1890
Jesús +
¿Cómo decirte, Celina, lo que está pasando dentro de mi alma...? Se
siente desgarrada, pero sé que esta herida está hecha por una mano
amiga, ¡por una mano divinamente celosa...!
Todo estaba dispuesto para mis bodas, ¿pero no te parece que le faltaba
algo a la fiesta? Es cierto que Jesús había puesto ya muchas joyas en mi
canastilla, pero faltaba todavía una de belleza incomparable, y ese
diamante precioso Jesús me lo ha regalado hoy... Celina..., mis lágrimas
han corrido al recibirlo..., y siguen todavía corriendo, y casi me las
reprocharía si no supiera «que existe un amor cuya única prenda son las
lágrimas».
Sólo Jesús ha dirigido este asunto, sólo él, y yo he reconocido su toque de
amor...
Tú sabes muy bien cómo deseaba volver a ver esta mañana a nuestro
papá querido. Pues bien, ahora veo claramente que la voluntad de Dios es
que no esté aquí. Él lo ha permitido sencillamente para probar nuestro
amor... Jesús me quiere huérfana, quiere que yo esté sola con él solo para
unirse mas íntimamente a mí; y quiere también darme en la Patria las
alegrías tan legítimas que me negó en el destierro...
Consuélate, Celina, nuestro esposo es un esposo de lágrimas y no de
sonrisas. Démosle nuestras lágrimas para consolarle, y un día esas
lágrimas se cambiarán en sonrisas de una dulzura inefable...
Celina, no sé si conseguirás entender mi carta, apenas puedo sostener la
pluma... Cualquiera otra te daría muchas explicaciones sobre la visita
de nuestro tío en el locutorio, pero tu Teresa tan sólo sabe hablarte el
lenguaje del cielo. Celina, ¡comprende a tu Teresa...!
La prueba de hoy es un dolor difícil de entender. Ves que se te ofrece una
alegría, que es una alegría posible, una alegría natural, adelantas la
mano... y no puedes coger ese consuelo tan deseado... Pero, Celina, ¡qué
misterioso es todo esto...!No tenemos ya asilo aquí en la tierra, o por lo
menos tú puedes decir como la Santísima Virgen: «¡Qué asilo!». Sí, ¡qué
asilo...!Pero no es una mano humana la que ha hecho esto. Ha sido
Jesús. ¡Es su «mirada velada» la que ha caído sobre nosotras...!
He recibido una carta del Padre desterrado, y te copio un pasaje: «Mi
aleluya está impregnado de lágrimas. Ninguno de tus padres estará ahí
para ofrecerte a Jesús. ¿Habrá que compadecerte aquí abajo, cuando allá
arriba los ángeles te felicitan y los santos te envidian? Tu corona de
espinas los vuelve celosos. Ama, pues, esos pinchazos como prendas de
amor de tu divino esposo».
Celina, aceptemos de buen grado la espina que Jesús nos ofrece. La fiesta
de mañana será una fiesta de lágrimas para nosotras, ¡pero estoy segura
de que Jesús se va a sentir tan consolado...!
Quisiera decirte muchas más cosas, pero me faltan las palabras... Me
encargaron que te escribiera para consolarte, pero seguro que he cumplido
muy mal el encargo... ¡Si al menos pudiese comunicarte la paz que Jesús
ha infundido en mi alma en lo más recio de mis lágrimas!¡Eso es lo que le
pido para ti, que eres yo misma...!
Celina... Las sombras declinan y la apariencia de este mundo pasa.
Pronto, sí, pronto contemplaremos ese rostro desconocido y amado que
nos fascina con sus lágrimas.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

QUINTO PERÍODO
EN EL NOVICIADO.

(septiembre de 1890-febrero de 1893)

Carta 121 A María Josefa de la Cruz
Jesús + Monasterio del Carmelo,
28 de septiembre de 1890
Querida Hermana:
Su carta me ha llegado muy a lo hondo, y le agradezco las oraciones que
ha hecho por mí. Yo tampoco la he olvidado a usted y he encomendado a
Dios todas sus intenciones.
Por fin ya soy toda de Jesús. A pesar de mi indignidad, él ha querido
tomarme por esposa. Ahora tengo yo que darle pruebas de mi amor, y
cuento con usted, querida Hermana, para ayudarme a dar gracias a
Nuestro Señor.
Las dos hemos recibido grandes  gracias, y espero que pronto un
mismo lazo nos una a Jesús para siempre.
He tenido la dicha de recibir la bendición del Santo Padre para el día de mi
profesión. El religioso que me la consiguió me escribía cuán numerosos
son los enemigos de la Iglesia. En Roma, la lucha contra nuestro Santo
Padre el Papa no cesa un instante. ¡Es desolador...!
¡Qué bueno es ser religiosas para orar y aplacar la justicia de Dios!Sí, la
misión que se nos ha confiado es muy hermosa, y la eternidad no será lo
suficientemente larga para agradecer a Nuestro Señor la porción que nos
ha asignado.
Querida Hermana, encomiendo a sus oraciones a mi querido padre, tan
probado por la cruz y tan admirable en su resignación. Me atrevo también
a encomendarme a las oraciones de su santa comunidad.
Reciba, querida Hermana, el religioso afecto de quien se siente
extremadamente feliz de llamarse
Su menor hermana,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 122 A Celina
Jesús + 14 de octubre de 1890
Querida Celina:
No quiero dejar que salga la carta de María sin añadir yo unas letras para
ti. Nuestra querida Madre me da permiso para hacer la oración contigo...
Celina, ¿no es eso lo que hacemos siempre juntas...?
Celina querida, lo que tengo que decirte es siempre lo mismo: ¡oremos por
los sacerdotes!Cada nuevo día nos muestra cuán raros son los amigos de
Jesús... Me parece que lo que más debe de dolerle es precisamente eso:
la ingratitud.  Sobre todo el ver que las almas que se han consagrado
a él dan a otros el corazón que le pertenece a él de una manera tan
absoluta...
Celina, hagamos de nuestro corazón un pequeño jardín de delicias donde
Jesús pueda venir a descansar... No plantemos más que lirios en nuestro
jardín. Sí, lirios. Y no admitamos en él otras flores, pues éstas pueden ser
cultivadas por otros, mientras que los lirios sólo las vírgenes pueden
ofrecérselos a Jesús...
«La virginidad es un silencio profundo de todas las preocupaciones de la
tierra». No sólo de las preocupaciones inútiles, sino de todas las
preocupaciones. Para ser virgen, no hay que pensar más que en el
Esposo, que no admite a su lado nada que no sea virgen, «pues quiso
nacer de una madre virgen, tener un precursor virgen, un tutor virgen, un
amigo predilecto virgen,  y finalmente un sepulcro virgen». Él quiere
también una esposa virgen, ¡su Celina...!
Alguien ha dicho también que «cada uno ama lógicamente a su tierra
natal; y como la tierra natal de Jesús es la Virgen de las vírgenes, y él
nació por su voluntad de un Lirio, le gusta encontrarse entre corazones
vírgenes».
¿Y tu viaje? Parece que lo olvido..., pero no, mi corazón te está siguiendo
hasta allá y comprendo todo lo que sientes... ¡lo comprendo todo...!Todo
pasa: el viaje a Roma, con sus desgarrones, ha pasado..., nuestra vida de
antes ha pasado... También la muerte pasará, y entonces gozaremos de la
vida, no por siglos, sino que millones de años serán  para nosotras
como un día, y otros millones de años les sucederán llenos de descanso y
de felicidad... ¡Celina...!
Rézale mucho al Sagrado Corazón. Tú bien sabes que yo no veo al
Sagrado Corazón como todo el mundo. Yo pienso que el corazón de mi
Esposo es sólo para mí, como el mío es sólo para él, y por eso le hablo en
la soledad de este delicioso corazón a corazón, a la espera de llegar a
contemplarlo un día cara a cara...
No te olvides allí de tu Teresa. Simplemente susurra su nombre, y Jesús
comprenderá. ¡Hay tantas gracias vinculadas a ese santuario, sobre todo
para los corazones que sufren...!
Me gustaría escribir a Leonia, pero me es imposible, ni siquiera tengo
tiempo para repasar esta carta. Dile que me acuerdo mucho de ella, etc.
etc. Estoy segura de que el Corazón de Jesús va a concederle
muchas gracias, etc. etc. Dile todo eso, ¿me entiendes...?
Tu Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 123 A la señora de Guérin
15 de octubre de 1890
Jesús +
Querida tía:
Me ha emocionado enormemente todo lo que me ha enviado para mi
santo. No sé cómo agradecérselo ni por dónde empezar.
En primer lugar, querida tiíta, me mandó a su encantadora María, que me
ha felicitado mi santo en nombre de todos los que amo.
Los dos preciosos tiestos que me regalaron mis hermanitas queridas,
Juana y María, me han gustado mucho. Los he colocado al lado del Niño
Jesús, y a todas las horas del día imploran para mis dos hermanitas tantas
gracias y bendiciones como florecillas tiene cada planta...
Y finalmente, querida tiíta, sus deliciosos pasteles han venido a coronar la
fiesta y a llenar el corazón de su Teresa de gratitud hacia usted que me da
todos estos mimos.
Y me hace sentirme mucho más emocionada, querida tiíta, el saber lo
mucho que usted está sufriendo y que, a pesar de  ello, todavía se
acuerda de su Teresita. Pero si usted se acuerda de ella, también ella se
acuerda mucho de usted y no cesa de pedirle a Dios que le devuelva el
céntuplo de todo lo que hace por nosotros. También rezo mucho por mi
querida Juanita: que Dios la haga tan feliz como se puede serlo en la
tierra. Le pido también que la consuele del gran vacío que ha debido de
dejarle la partida de mi hermana querida. Tampoco me olvido de mi
querido tío, y le pido que le dé un abrazo muy fuerte de mi parte.
La dejo, querida tiíta; o, mejor, dejo la pluma, que tan mal sabe cumplir la
misión que mi corazón le confía. Este no se aleja de usted ni un solo
instante.
Su hijita
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 124 A Celina
20 de octubre de 1890
Jesús +
Querida Celina:
Tu Teresa quiere felicitarte tu santo... Hace ya mucho tiempo que está
pensando en él, así que este año no va a ser la última en hacerlo.
Celina, quizás ésta sea la última vez que se festeje tu santo en la tierra...
¡Quizás...!¡Qué esperanza tan dulce...!Tal vez el año que viene la humilde
flor Celina, desconocida en la tierra, esté ya colocada sobre el
corazón del Cordero divino; y entonces los ojos extasiados de los ángeles
contemplarán, en vez de una pobre florecilla sin belleza, un lirio de una
blancura deslumbrante...
Celina, ¡qué misteriosa es la vida!, no sabemos nada... no vemos nada... Y
sin embargo, Jesús ha revelado ya a nuestras almas lo que el ojo del
hombre no vio... Sí, nuestro corazón intuye lo que el corazón no puede
comprender, pues a veces carecemos de pensamientos para expresar un
no sé qué que sentimos dentro de nuestra alma...
Celina, te mando dos Celinas para tu santo. Tú sabrás comprender su
lenguaje... Un mismo tallo las sostiene, un mismo sol las ha hecho crecer
juntas, el mismo rayo hizo que se abrieran, y sin duda alguna ¡un mismo
día las verá morir...!
Los ojos de las criaturas no se dignan fijarse en una humilde flor Celina, y
sin embargo su blanca corola está llena de misterio: en su corazón lleva
encerrado un gran número de otras flores, los hijos de su alma (las almas),
y además su cáliz blanco es rojo por dentro, ¡cual si estuviese
empurpurado por su propia sangre...!
Celina, el sol y la lluvia pueden caer sobre esa florecilla ignorada, sin
ajarla. Nadie se preocupa por cogerla... Pero ¿acaso no es virgen también
ella...? Sí, porque sólo Jesús la ha mirado, porque él la ha creado sólo
para él... ¡Por eso es más feliz que la rosa brillante, que no es sólo para
Jesús...!
Celina, te estoy felicitando tu santo de una manera poco común, se puede
decir. Pero sé que comprenderás las palabras incoherentes de tu Teresa...
Celina, me parece que Dios no tiene necesidad de muchos años para
realizar su obra de amor en un alma. Un rayo de su corazón puede, en un
instante, hacer que su flor se abra para la eternidad...
Tu Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 125 A la señora de Guérin
Jesús + El Carmelo, 17 de noviembre de 1890
Querida tía:
¡Con cuánta ilusión vengo a felicitarle su santo!Hace ya mucho tiempo que
pienso en este hermoso día, y me alegro de poder acercarme a mi tiíta
querida para decirle cuánto la quiere la última y la más pequeña de sus
hijas. Ella quiere ser en todo la última y la más pequeña, pero en el afecto
y en la ternura nunca se dejará ganar por sus hermanas mayores...
Además, ¿no tiene derecho el benjamín a amar más que los otros...?
¡Cuántos recuerdos me trae esa fecha del 19!Mucho tiempo antes de que
llegara, ya me llenaba yo de alegría: primero, porque ese día era la fiesta
de mi tía querida; y luego también por las ricas golosinas de que ese día
me llenaban. Ahora aquellos años ya han pasado, los pajarillos han
crecido, después abrieron sus alas y volaron de aquel nido tan dulce de su
niñez. Pero, querida tiíta, al crecer, el corazón de su hijita ha crecido
también en cariño hacia usted, y ahora sobre todo es cuando
comprende todo lo que le debe... Para pagar mi deuda, no tengo más que
un medio: al ser muy pobre y al tener por esposo a un Rey poderoso y
sumamente rico, le encargo a él que derrame profusamente los tesoros de
su amor sobre mi tía querida y le devuelva así todas las delicadezas
maternales de que supo rodear ni niñez.
Querida tía, no le digo adiós, pues cuento con pasar todo el día a su lado y
espero que usted sepa adivinar el corazón de su hijita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 126 A Celina
Jesús + 3 de abril de 1891
Querida Celinita:
Esta tarde hemos visto a Margarita M. No tengo tiempo para hablarte
detalladamente de esta visita, pero no puedo decirte el bien que ha hecho
a mi alma... ¡Felices nosotras que hemos sido escogidas por el esposo de
las vírgenes...!Marg. nos ha confiado secretos íntimos que no cuenta a
nadie. Tenemos que rezar  mucho por ella, pues se halla muy
expuesta... Dice que ningún libro la ayuda. He pensado que los «Misterios
de la vida futura» podrían tal vez ayudarla y afianzar su fe que está en
mucho peligro... Nos dijo que puede leer libros sin que lo sepa su marido.
Sería bueno que le dieses ese libro, diciéndole que hemos pensado que
podría interesarle; pero que lo comience por el capítulo tercero, donde hay
una estampita, pues los tres primeros no creo que tengan interés para ella.
Creo que sería mejor  que hicieses como si no conocieras este libro y
que simplemente cumples nuestro encargo, pues se molestaría si supiese
que hemos dicho una sola palabra de sus confidencias. Preferiríamos que
ni la señora Maudelonde ni nuestra tía supiesen que prestamos este libro a
Marg. En fin, hazlo lo mejor que puedas, y dile que lo tenga todo el tiempo
que quiera... Si no puedes dárselo sin ser vista, tal vez sería mejor no
hacer nada. En fin, procura al menos hablarle de él. Yo, por mi parte, tengo
unos deseos enormes de que lea algún libro en el que pueda
encontrar respuesta a muchas de sus dudas... Creo que ésta podría ser
una obra muy agradable a Dios. Él me ha dado a mí la idea, pero ya sabes
que Teresa nada puede sin Celina, se necesitan las dos para hacer un
trabajo completo. Por eso, ¡ahora le toca a Celina acabar lo que Teresa ha
comenzado...!Celina, ¡si supieras cuánto te quiero, y cuán puro es el amor
que te tengo...!
Celina querida, tu Teresita está siempre contigo, porque tú estás en su
corazón y eres la mitad de su corazón...
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 127 A Celina
Jesús + El Carmelo, 26 de abril de 1891
Querida Celina:
Por cuarta vez tu Teresa te felicita el cumpleaños desde la soledad del
Carmelo... ¡Y qué poco se parecen estas felicitaciones a las del mundo...!
Lo que Teresa le desea a su Celina no es la salud, la felicidad, la fortuna,
la gloria, etc. ¡No, no es nada de eso...!
Nuestro pensamiento no está puesto en la tierra del destierro, nuestro
corazón está donde está nuestro tesoro, y nuestro tesoro está allá arriba,
en la patria, donde Jesús nos prepara un sitio junto a él. Y digo un sitio, y
no unos sitios, porque no me cabe la menor duda de que, a quienes en la
tierra no han sido más que un alma, les está reservado un mismo trono en
el cielo... Juntas crecimos, juntas nos instruyó Jesús en sus secretos, en
esos secretos sublimes que oculta a los poderosos y revela a los humildes,
juntas también sufrimos en Roma; nuestros corazones estaban entonces
estrechamente unidos, y la vida hubiera sido en la tierra el ideal de la
felicidad si Jesús no hubiera venido de nuevo a estrechar más aún
nuestros lazos. Sí, al separarnos, él nos unió de una manera que hasta
entonces mi alma no conocía, pues desde aquel momento no puedo
desear nada para mí sola sino todo para las dos...
¡Ay, Celina...!, hace tres años nuestras almas no habían sido rotas todavía,
aún era posible para nosotras la felicidad en la tierra. Pero Jesús nos
dirigió una mirada de amor, una mirada velada por las lágrimas, y esa
mirada se convirtió para nosotras en un océano de sufrimiento, pero
también en un océano de gracias y de amor. Nos arrebató a aquel a quien
amábamos con tanta ternura, de una manera aún más dolorosa que
cuando nos llevó a nuestra madre querida en la primavera de nuestra vida.
¿Pero no fue para que pudiéramos decir con verdad: «Padre nuestro, que
estás en el cielo»? ¡Qué consoladoras son estas palabras!¡Y qué
horizontes infinitos abren ante nuestros ojos...!
Celina, la tierra extranjera no tiene para nosotras más que plantas
silvestres y espinas, ¿pero no es eso mismo lo que ofreció a nuestro divino
Esposo? Por eso, ¡qué hermosa es también para nosotras la parte que nos
ha tocado!¿Y quién podrá decirnos lo nos reserva la eternidad...?
Celina querida, tú que me hacías tantas preguntas cuando éramos
pequeñas, me pregunto cómo es posible que nunca me hayas hecho ésta:
«¿Y por qué Dios no me ha creado ángel?» Celina, voy a decirte lo que
pienso: si Jesús no te ha creado ángel del cielo, es que quiere que seas un
ángel en la tierra. ¡Sí, Jesús quiere tener su corte celestial aquí en la tierra,
como la tiene allá en el cielo!Quiere tener ángeles-mártires, quiere tener
ángeles-apóstoles, y con esa misma intención ha creado también una
florecita que se llama Celina. Quiere que su florecita le salve almas, y para
eso no quiere más que una cosa: que su flor le mire mientras sufre su
martirio... Y ese misterioso intercambio de miradas entre Jesús y su
florecita hará maravillas y dará a Jesús una multitud de otras flores (sobre
todo un cierto Lirio marchito y ajado, que habrá que cambiar en rosa de
amor y de arrepentimiento...)
Celina querida, no te enfades porque te haya dicho que allá arriba en
el cielo ocuparemos un mismo sitio las dos, pues, ¿sabes una cosa?,
pienso que una pobre margarita puede brotar en la misma tierra que un
lirio resplandeciente de blancura, y que una perlecita puede ser engastada
al lado de un diamante y pedirle prestado su brillo...
¡Celina, amemos a Jesús hasta el infinito, y de nuestros dos corazones
hagamos uno solo para que sea más grande en amor...!
Celina, contigo no terminaría nunca. ¡Ojalá comprendas todo lo que
quisiera decirte para tus 22 años...!
Tu hermanita, que no es más que una sola cosa contigo...
(¿Sabes que, entre las dos, tenemos ahora 40 años? No es extraño que
tengamos ya experiencia de tantas cosas, ¿no te parece?)
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 128 A sor María del Sagrado Corazón
5 de julio de 1891
Recuerdo ofrecido a mi hermana querida en la fiesta
de la Preciosísima Sangre, para su salida del noviciado.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 129 A Celina
Jesús + El Carmelo, 23 de julio de 1891
Querida Celina:
Tus letras dijeron muchas cosas a mi alma; fueron para mí como un eco
fiel que repitiera todos mis pensamientos...
Nuestra querida Madre está todavía sufriendo mucho. Es muy triste ver
sufrir así a los que se ama. Sin embargo, no te preocupes demasiado, que
aunque Jesús tenga muchas ganas de gozar en el cielo de la presencia de
nuestra Madre querida, no podrá negarse a dejarnos aún en la tierra a
aquella cuya mano maternal sabe guiarnos tan bien y consolarnos en el
destierro de la vida...
¡Y qué triste destierro es el destierro de este mundo, sobre todo en esas
horas en que todo parece faltarnos...!Pero entonces precisamente es
cuando ese destierro es precioso, entonces es cuando brillan los días de la
salvación. Sí, Celina querida, sólo el sufrimiento puede engendrar almas
para Jesús... ¿Qué tiene de extraño que nademos en sufrimientos,
nosotras, cuyo único deseo es salvar un alma que parece perdida para
siempre...?
Los detalles me interesaron mucho, aunque hicieron latir muy fuertemente
mi corazón... Pero voy a darte yo también algunos otros que no son más
consoladores. El desdichado pródigo ha ido a Coutances, donde  ha
repetido las conferencias de Caen. Parece que tiene idea de recorrer así
toda Francia... Celina... Además dicen también que es fácil observar que
los remordimientos lo roen por dentro: recorre las iglesias con un gran
crucifijo y parece hacer grandes gestos de adoración... Su mujer le sigue a
todas partes.
Celina querida, él es muy culpable, más culpable tal vez de lo que lo ha
sido nunca un pecador que se haya convertido; ¿pero no puede hacer
Jesús lo que todavía no ha hecho nunca? Y si no desease hacerlo,
¿habría puesto en el corazón de sus pobres esposas un deseo que no
pudiese convertir en realidad...? No, una cosa es cierta: que él desea
todavía más que nosotras volver al redil a esta pobre oveja descarriada.
Llegará un día en que Jesús le abrirá los ojos, y entonces ¡quién sabe si
no recorrerá toda Francia con un fin completamente distinto del que hoy se
propone!No nos cansemos de orar. La confianza hace milagros, y Jesús
dijo a la beata Margarita María: «Un alma justa tiene tanto poder sobre mi
corazón, que puede alcanzar de él el perdón para miles de criminales».
Nadie sabe si es justo o pecador. Pero, Celina, a nosotras Jesús nos
concede la gracia de sentir en lo hondo del corazón que preferiríamos
morir antes que ofenderle. Y además, no son nuestros méritos, sino los de
nuestro esposo, que son nuestros, los que ofrecemos a nuestro Padre del
cielo, para que nuestro hermano, un hijo de la Santísima Virgen, vuelva,
vencido, a arrojarse bajo el manto de la más misericordiosa de todas las
madres...
Celina querida, tengo que terminar, adivina tú el resto, ¡hay
volúmenes enteros para adivinar...!
Salúdalos a todos en mi nombre, y todo lo que quieras decirles de mi parte
yo lo hago mío.
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 130 A Celina

Jesús + 23 de julio de 1891
Querida Celina:
Una vez más soy yo la encargada de contestarte... A la madre Genoveva
le emocionó mucho tu carta y ha pedido mucho por su Celinita. ¡Qué
gracia tan grande contar con las oraciones de un alma tan santa y ser
amada por ella...!
La fiesta de ayer fue preciosa, fue realmente un preludio del cielo... Todos
los regalos nos gustaron mucho: el pescado, las cerezas, los pasteles.
Dale muchas gracias a nuestra tía y dile todo lo mejor que se te ocurra...
Celina querida, tus dos cartas han hablado  muy hondo a mi alma y
me han hecho derramar lágrimas... Lo de la declaración me hizo reír
mucho; hay que reconocer que no se quedó corto [el galán] al ir a buscar a
la prometida del rey del cielo. Sin duda que el pobre no vio «la señal que el
Esposo ha puesto sobre tu frente», esa señal misteriosa que sólo Jesús
puede contemplar y con él los ángeles que forman su corte real...
Celina, ¿por qué este privilegio extraordinario? ¿Por qué...? ¡Qué gracia
más grande ser virgen, ser la esposa de Jesús!Tiene que ser algo muy
bello, muy sublime, cuando la más pura y la más inteligente de todas las
criaturas prefería permanecer virgen a ser Madre de todo un Dios... Y ésta
es precisamente la gracia que Jesús nos otorga a nosotras; quiere que
seamos sus esposas, y luego nos promete también que seremos su madre
y sus hermanos. Así lo dice en su Evangelio: «El que cumple la voluntad
de mi Padre del cielo ése es mi madre y mi hermano y mi hermana». Sí,
quien ama a Jesús es toda su familia y encuentra en ese corazón único,
que no tiene igual, todo lo que desea. ¡Encuentra allí su cielo...!
Celina querida, seamos siempre los lirios de Jesús. La gracia que yo le
pido es que los saque de este mundo antes que el viento pernicioso de la
tierra haga desprenderse uno solo de los polvillos de sus estambres,
polvillo que podría amarillear un poco el brillo y la blancura del lirio. Jesús
tiene que poder encontrar en sus lirios todo lo que  desea encontrar en
ellos, la pureza que no busca nada fuera de él y que no descansa más que
en él...
¡Ay, nada más fácil de manchar que un lirio...!Pues bien, yo digo que si
Jesús dijo a la Magdalena que a quien más se le perdona más ama, esto
puede decirse con mucha más razón cuando Jesús ha perdonado de
antemano los pecados... ¿Comprendes, Celina...? Y además, cuando las
lágrimas de Jesús son la sonrisa de un alma, ¿qué puede temer? Pienso
que esas perlas misteriosas tienen el poder de blanquear los lirios y de
hacer que su brillo se conserve. Celina querida, la apariencia de este
mundo pasa, las sombras declinan, pronto estaremos en nuestra tierra
natal, pronto las alegrías de nuestra infancia, las veladas del domingo, las
charlas íntimas..., pronto todo eso nos será devuelto para siempre y con
creces. Jesús nos devolverá las alegrías de las que  nos privó por un
instante... ¡y entonces, de la cabeza radiante de nuestro padre querido
veremos salir oleadas de luz, y cada uno de sus blancos cabellos será
como un sol que nos colmará de alegría y de felicidad...!
¿Es, pues, un sueño la vida...? ¡Y pensar que con este sueño podemos
salvar a las almas...!Sí, Celina, no olvidemos a las almas, sino
olvidémonos de nosotras por ellas, y un día Jesús, mirándonos, nos dirá:
«¡Qué hermosa es la casta generación de las almas vírgenes!»
Un abrazo muy fuerte a mi Mariíta, a Leonia y a todos. En cuanto a ti, Celina, ¡ya sabes el lugar que ocupas en mi corazón...!
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 131 A la señora de La Néele (Juana Guérin)

Jesús + El Carmelo, 17 de octubre de 1891
Querida Juanita:
No sé cómo agradecerte tu delicadeza.
Me ha emocionado mucho el ver que el nombre de Francis acompañaba al
de Juana para felicitarme; por eso, os envío a los dos mi agradecimiento.
Y le encargo a mi divino Esposo que pague él mi deuda. Puesto que
yo soy pobre por su causa, es muy justo que él no me niegue lo que le
pido para los que amo.
Te aseguro, mi querida Juana, que si tú no olvidas a la más pequeña de
tus hermanas, ella también se acuerda mucho de ti, y tú sabes bien que
para una carmelita acordarse, y sobre todo amar, es rezar. Mis pobres
oraciones no valen, ciertamente, gran cosa; espero, sin embargo, que
Jesús las escuche, y que en vez de mirar a quien se las dirige, pose su
mirada sobre quienes son objeto de las mismas. De esta manera,  se
verá obligado a acceder a todas mis peticiones.
Espero que Dios os mande pronto un Isidorito tan perfecto como su papá,
o una Juanita que se parezca en todo a su mamá... También pido que
pueda venderse, por fin, la farmacia. Quisiera que no faltase nada a la
plena felicidad de mi querida hermanita y a la de mi primo. Pero en la tierra
siempre habrá alguna nubecilla, ya que la vida no puede transcurrir sin
algo de eso y solamente en el cielo será perfecta la alegría. Sin embargo,
deseo que, en cuanto sea posible, Dios ahorre  a los que amo los
sufrimientos inevitables de la vida, aun a costa de tomar sobre mí, si fuere
necesario, las pruebas que a ellos les tiene reservadas.
Sor María del Sagrado Corazón me encarga que te dé muchas gracias por
lo que has enviado para el joyero. Ha sido muy amable de tu parte, tanto
más cuanto que nuestra Madre tenía ilusión de regalarte ese trabajito. No
me queda espacio más que para decirte una vez más gracias en mi
nombre y en el de mis hermanas, y enviarte, lo mismo que a nuestro
querido primo, la seguridad del cariño de la última de tus hermanas, que
no es la más pequeña en la ternura que siente por ti...
Sor Teresa del Niño Jesús

Carta 132 A Celina
Jesús + El Carmelo, 20 de octubre de 1891
Querida Celina:
Es la cuarta vez que te felicito tu santo desde que estoy en el Carmelo...
Me parece que estos cuatro años han apretado más aún los lazos que nos
unían ya tan estrechamente. Cuanto más avanzamos en la vida, más
amamos a Jesús. Y como nos amamos en él, nuestro afecto se hace tan
fuerte, que es más unidad que unión lo que existe entre nuestras dos
almas...
Celina, ¿qué puedo decirte, no lo sabes ya todo...? Sí, pero quiero decirte
por qué las Celinas han florecido antes este año. Jesús me lo hizo
comprender esta mañana con ocasión de tu santo. Sin duda te habrás
dado cuenta de que el invierno nunca había sido tan riguroso como este
año pasado; por consiguiente, todas las flores han tardado en abrirse. Era
algo completamente natural, y nadie se extrañó de ello. Pero hay una
florecita misteriosa que Jesús se ha reservado para instruir nuestras
almas. Esa flor es la flor-Celina... A diferencia de las demás, se abrió un
mes antes de la época de su floración... ¡¡¡¿Comprendes, Celina, el
lenguaje de mi florecita querida..., la flor de mi infancia..., la flor de los
recuerdos...?!!!Las escarchas y el rigor del invierno, en vez de 
retrasarla, la hicieron brotar y florecer... Nadie se fijó en ello, ¡es tan
pequeña esta flor, tan poco brillante...!Tan sólo las abejas conocen los
tesoros que encierra su cáliz misterioso, compuesto de una multitud de
pequeños cálices, a cuál más rico... Al igual que las abejas, Teresa ha
comprendido este misterio: el invierno es el sufrimiento, el sufrimiento
incomprendido, desconocido, tenido como inútil a los ojos de los profanos,
pero fecundo y poderoso a las miradas de Jesús y de los ángeles que, cual
abejas vigilantes, saben recoger la miel contenida en los misteriosos y
múltiples cálices que simbolizan a las almas, o, mejor, a los hijos de la
florecilla virginal...
Celina, necesitaría volúmenes enteros para escribir todo lo que pienso
acerca de esta florecita. Para mí ¡es una imagen tan perfecta de tu alma!
Sí, Jesús ha hecho caer sobre ella las escarchas, en lugar del cálido sol de
sus consuelos, pero el efecto que él esperaba se ha producido: la humilde
plantita ha crecido y florecido casi de golpe... Celina, cuando una flor se
abre, no hay más que cortarla, ¿pero cuándo y cómo cortará Jesús su
florecilla...? ¡Tal vez el color rosado de su corola esté indicando que lo
hará por el martirio...!Sí, siento renacer mis deseos. Quizás Jesús quiera,
después de habernos pedido, por así decirlo, amor por amor, pedirnos
también sangre por sangre y vida por vida... Mientras tanto, tenemos que
dejar que las abejas liben toda la miel de los pequeños cálices, no
guardarnos nada para nosotras, dárselo todo a Jesús, y luego decir, como
la flor, en la tarde de nuestra vida: «¡La tarde, ha llegado la tarde!».
Entonces, todo habrá terminado..., y a las escarchas les sucederán los
dulces  rayos del sol, y a las lágrimas de Jesús las sonrisas eternas...
¡No, no nos neguemos a llorar con él durante un día, pues gozaremos de
su gloria durante una eternidad...!
Querida florecita, ¿entiendes a tu Teresa...?

Carta 133 A la señora de Guérin
Jesús + El Carmelo, 16 de noviembre de 1891
Querida tía:
Es un placer para la más pequeña de sus hijas ir con sus hermanas
mayores a felicitarle su santo.
Todos los años veo con alegría la llegada de esa fecha del 19 de
noviembre, que, si está llena para mí de dulces recuerdos, es también rica
en esperanzas para el futuro...
Cuanto más avanzo en la vida, más saboreo lo dulce que es la fiesta de
una madre. ¡Desde mi infancia, Dios parecía haberme arrebatado para
siempre una alegría que nunca había gustado! Pero desde lo alto del
cielo, la madre que no podía ya prodigarme sus caricias inspiró a un
corazón maternal, al que tanto quería, la ternura de una madre hacia su
pobre hijita; y desde entonces yo también he podido saborear las dulces
alegrías que se experimentan al felicitar a una madre querida...
Querida tiíta, desde que está en la montaña del Carmelo, su Teresita es
todavía, si cabe, más consciente del cariño que le profesa; cuanto más
aprende a amar a Jesús, más crece también su amor hacia sus familiares
queridos.
El regalito que nuestra Madre ha tenido el gusto de hacer confeccionar
para su santo le dirá mejor que yo, querida tiíta, lo que yo no acierto a 
decirle. Mi corazón se llena de emoción al contemplar esos pobres
cabellos, que indudablemente no tienen otro valor que el delicado trabajo y
la gracia con que han sido colocados, pero que le eran tan queridos a
aquel que Dios nos ha arrebatado... Querida tiíta, ¿verdad que me
comprende...? Me siento feliz al ver que esos cabellos le han sido
obsequiados a la persona a quien más quiero en esta vida después de mi
padre querido, ¡esos cabellos que a él tanto le hubiera gustado recibir!
Querida tiíta, esta carta no se parece en nada a una carta de felicitación,
en la que sólo se debe hablar de alegría y de felicidad. Pero yo no sé
hablar más que con el corazón, sólo él guía mi pluma y estoy
completamente segura de que el corazón maternal al que mi dirijo
sabrá entenderme e incluso adivinar lo que yo no acierto a expresar...
Querida tía, tengo que poner punto final a esta carta, pero antes quiero
enviarle todos mis besos y le pido que diga a sus hijitas que a ellas les
encargo que se los den por mí; estoy segura de que estarán encantadas
de la misión que les confío y de que la van a cumplir a la perfección...
Su hijita le envía de nuevo todas sus felicitaciones y le pide, querida tiíta
que cuente con toda la ternura de su corazón de hija...
Sor Teresa del Niño Jesús 

Carta 134 A Celina
Jesús + 26 de abril de 1892
Celina querida:
Este año la pradera del Carmelo me ofrece un presente simbólico que me
siento feliz regalándote para tus 23 años... Un día, entre la hierba, que
blanqueaba toda ella de sencillas margaritas, me pareció ver una de tallo
más esbelto y que excedía en belleza a todas las demás. Acercándome, vi
sorprendida que, en vez de una margarita, había dos bien distintas. Dos
tallos tan estrechamente unidos, que me hicieron pensar enseguida en los
misterios de nuestras almas... Y comprendí que si, en el orden de la
naturaleza, Jesús se complace en sembrar a nuestros pies maravillas tan
encantadoras, no es sino para ayudarnos a adivinar los misterios, más
ocultos y de un orden superior, que él opera a veces en las almas...
Celina, creo que ya has comprendido a tu Teresa, creo que ya tu corazón
ha adivinado lo que pasa en este otro corazón al que el tuyo está tan
estrechamente unido, ¡que una misma savia es que los nutre...!Sin
embargo, quiero hablarte de algunos de esos misterios escondidos en mi
florecita.
Jesús, para alegrar nuestra vista e instruir nuestras almas, ha creado una
gran multitud de pequeñas margaritas. Y veo con asombro cómo, al
amanecer, sus corolas rosadas están vueltas hacia la aurora: esperan la
salida del sol. Tan pronto como este astro radiante envía sobre ellas uno
de sus cálidos rayos, las tímidas florecillas entreabren sus cálices y sus
lindas hojas forman una especie de corona que, dejando al descubierto
sus corazoncitos amarillos, dan de pronto a estas flores un gran parecido
con el sol que las hiere con su luz. Durante todo el día las margaritas no
cesan de mirar fijamente al sol, y van girando como él hasta la tarde;
luego, cuando él desaparece, ellas cierran enseguida sus corolas, que,
de blancas, se tornan de nuevo rosadas...
Jesús es el sol divino, y las margaritas son sus esposas, las vírgenes.
Cuando Jesús mira a un alma, le da inmediatamente su parecido divino,
pero es preciso que esa alma no deje de fijar en él solo su mirada.
Para explicar los misterios de las margaritas, tendría que escribir todo un
volumen, pero mi Celina lo comprende todo. Pero eso, quiero hablarle
ahora de los caprichos de Jesús...
Jesús, en su pradera, tiene muchas margaritas, pero están separadas, y
cada una recibe independientemente de las otras los rayos del sol. Un día,
el esposo de las vírgenes se asomó a la tierra y unió estrechamente dos
pequeños capullos apenas abiertos; sus tallos se fundieron en uno solo, y
una sola mirada los hizo crecer. Esas dos florecitas, hechas una sola flor,
se abrieron juntas, y ahora la doble margarita, con la mirada fija en su sol
divino, cumple su misión, que es única...
Celina, sólo tú puedes comprender mi lenguaje. A los ojos de las criaturas,
nuestra vida parece muy diferente, muy distanciada; pero yo sé que Jesús
ha unido nuestros corazones de una manera tan maravillosa, que lo que
hace latir a uno hace también estremecerse al otro...
«Donde está vuestro tesoro allí está vuestro corazón». Nuestro tesoro es
Jesús, y nuestros corazones no forman más que una sola cosa en él. La
misma mirada ha cautivado nuestras almas, una mirada velada de
lágrimas que la doble margarita ha decidido enjugar. Su humilde y blanca
corola será el cáliz que recogerá los diamantes preciosos, para luego
verterlos sobre otras flores que, menos privilegiadas, no habrán fijado en
Jesús las primeras miradas de sus corazones... Tal vez, al atardecer de su
vida, la margarita presente al esposo divino su corola teñida de rosa...
Adiós, Celina querida. La florecita que te envío es una reliquia, pues
reposó entre las manos de nuestra santa madre Genoveva, que bendijo a
Celina y a Teresa...
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 135 A Celina
Jesús + 15 de agosto de 1892
Celina querida:
No puedo dejar salir la carta sin añadirle unas letras. Para ello, tengo que
robar unos instantes a Jesús. Pero él no se enfada por eso, pues es de él
de quien hablamos juntas y sin él ninguna conversación puede el menor
atractivo para nuestros corazones...
Celina, las vastas soledades y los horizontes maravillosos que se abren
ante ti deben de hablar mucho a tu alma. Yo no contemplo todo eso, pero
digo con san Juan de la Cruz:
«Mi Amado las montañas,
los valles solitarios, nemorosos, etc»....
Y este Amado instruye a mi alma, le habla en el silencio, en las tinieblas...
Ultimamente me ha venido un pensamiento que necesito transmitirle
a mi Celina. Un día, mientras pensaba qué podría hacer para salvar almas,
unas palabras del Evangelio me llenaron de luz. Una vez, Jesús decía a
sus discípulos, mostrándoles los campos de mieses maduras: «Levantad
los ojos y contemplad los campos, que están ya blancos para la siega». Y
un poco más tarde: «La mies es abundante, pero los trabajadores son
pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores».
¡Qué gran misterio...!¿No es Jesús todopoderoso? ¿No son las criaturas
de quien las ha hecho? Entonces, ¿por qué dice Jesús: «Rogad al Señor
de la mies que envíe trabajadores»? ¿Por qué...? ¡Ah!, es que Jesús
siente por nosotras un amor tan incomprensible, que quiere que tengamos
parte con él en la salvación de las almas. El no quiere hacer nada sin
nosotras. El creador del universo espera la oración de una pobre alma
para salvar a las demás almas, rescatadas como ella al precio de toda su
sangre.
Nuestra vocación no consiste en ir a segar en los campos de mieses
maduras. Jesús no nos dice: «Bajad los ojos, mirad los campos e id a
segar». Nuestra misión es más sublime todavía. He aquí las palabras de
nuestro Jesús: «Levantad los ojos y mirad». Mirad cómo en mi cielo hay
sitios vacíos, a vosotras os toca llenarlos, vosotras sois mis Moisés orando
en la montaña, pedidme trabajadores y yo los enviaré, ¡no espero más que
una oración, un suspiro de vuestro corazón...!
El apostolado de la oración ¿no es, por así decirlo, más elevado que
el de la palabra? Nuestra misión, como carmelitas, es la de formar
trabajadores evangélicos que salven millares de almas, cuyas madres
seremos nosotras...
Celina, si no fueran éstas las palabras mismas de nuestro Jesús, ¿quién
se atrevería a creerlas...? ¡Me parece tan hermoso nuestro destino!, ¿qué
tenemos que envidiar a los sacerdotes...? ¡Cómo me gustaría poder
decirte todo lo que pienso!Pero no tengo tiempo, ¡comprende tú todo lo
que no puedo decirte por escrito...!

El día del santo de Juana felicítala de nuestra parte con un ramito de
flores; la Regla no nos permite a nosotras hacerlo, pero dile que,
precisamente por eso, pensaremos aún más en ella. Da a todos un abrazo
de mi parte y diles todo lo mejor que se te ocurra. Si encuentras brezo, me
encantaría.
Tu Teresa del Niño Jesús 

Carta 136 A María Guérin
Jesús + El Carmelo, 16 de octubre de 1892
Mi querida Mariíta:
Ya que has sido tú la encargada de felicitarme para mi santo de parte de
toda la familia, creo que a ti es a quien debo confiar la misión de dar las
gracias, y ante todo a mi querida tía. En primer lugar, por su cartita y por el
gran paquete de chocolate, que ha alegrado mucho a nuestra procuradora;
después, por la deliciosa crema de café; y luego, y sobre todo, por la
querida y cariñosa cartita de su enfermera, que no dudo que va a devolver
rápidamente la salud a mi tiíta querida. Le pido también al doctorcito de la
calle del Oratorio que haga presente mi agradecimiento al gran doctor y a
su querida Juanita, que, a pesar de su convalecencia, ha pensado en mi
santo, lo cual me ha llegado al alma...
La leve recaída que, gracias a Dios, no ha tenido consecuencias para la
salud de Juana, me ha sugerido un pensamiento que quiero confiar a mi
querido doctorcito. Creo que a la buena santa Ana le parecía que la
tenían ahora un poco olvidada, y por eso se apresuró a atraer sobre sí la
atención... Te aseguro que desde entonces me acompaña constantemente
su recuerdo. Cuando estoy con el pensamiento al lado de mi querida
hermanita de Caen, me viene automáticamente santa Ana a la memoria y
le encomiendo a la que amo.
Veo con agrado, mi querida Mariíta, que el aire de la ciudad de Caen no te
lleva a la melancolía. No dudo que tu alegre talante (mucho más que tu
ciencia de doctor) va a hacer que nuestras dos queridas enfermas se
restablezcan muy pronto.
Los bocados de reina, hechos por un pastelero tan distinguido como
tú, me parecen un plato muy delicado para unas carmelitas, ¿no podrías
mostrar tu talento haciendo pastas tan ligeras, que Juana pudiese, no sólo
devorarlas con los ojos, sino también comerlas sin que le hagan daño...?
Termino, querido doctorcito, pidiéndote que perdones mi mala letra. Da un
abrazo muy fuerte de mi parte a toda la familia y dales las gracias por
todas las golosinas que me han enviado en tan gran abundancia que temo
haberme olvidado de alguna.
Dile a mi querida tía que le ruego deposite de mi parte un fuerte beso en tu
mejilla, y recibe el cariño de tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús

Carta 137 A Celina
Jesús + El Carmelo 19 de octubre de 1892
Querida Celina:
Hace años, en los días de nuestra infancia, nos alegrábamos de que
llegase nuestro santo por los regalitos que nos hacíamos una a otra. El
objeto más insignificante tenía entonces a nuestros ojos un valor
inigualable... Bien pronto la escena cambió. Al más joven de los pájaros le
salieron alas y voló lejos del dulce nido de su infancia, ¡y entonces todas
las ilusiones se desvanecieron!El verano sucedió a la primavera, y a los
sueños de la juventud la realidad de la vida...
Celina, ¿no fue en ese momento decisivo cuando se estrecharon todavía
más los lazos que encadenaban ya nuestros corazones? Sí, la separación
nos unió de una manera que las palabras no pueden expresar. Nuestro
cariño infantil se trocó en unión de sentimientos, en unidad de almas y de
pensamientos. ¿Quién pudo realizar esta maravilla...? Sólo aquél que
cautivó nuestros corazones. «El amado escogido entre millares. El solo
aroma de sus perfumes basta para atraer tras de sí». «A zaga de tu huella, 
las jóvenes discurren al camino» (Cant. de los Cant.)
Jesús nos ha atraído a las dos juntas, aunque por caminos diferentes.
Juntas nos ha elevado sobre todas las cosas quebradizas de este mundo,
cuya apariencia pasa. Él ha puesto, por así decirlo, todas las cosas bajo
nuestros pies. Como Zaqueo, nos hemos subido a un árbol para ver a
Jesús... Por eso, podemos decir con san Juan de la Cruz: «Todo es mío,
todo es para mí; la tierra es mía, los cielos son míos, Dios es mío y la
Madre de mi Dios es mía».
A propósito de la Santísima Virgen, quiero confiarte una de las simplezas
que tengo con ella. A veces me sorprendo diciéndole: «Querida Virgen
Santísima, me parece que yo soy más dichosa que tú, porque yo te tengo
a ti por Madre, mientras que tú no tienes una Virgen Santísima a quien
amar... Es cierto que tú eres la Madre de Jesús, pero ese Jesús nos lo has
dado por entero a nosotros..., y él, desde la cruz, te nos ha dado a
nosotros por Madre. Por eso, nosotros somos más ricos que tú, pues
poseemos a Jesús y tú eres nuestra también. Tú, en otro tiempo, en tu
humildad, deseabas ser un día la humilde esclava de la Virgen feliz que
tuviera el honor de ser Madre de Dios; y ahora yo, pobre criaturita, soy no
ya tu esclava sino tu hija. Tú eres la Madre de Jesús y eres mi
Madre».
Seguro que la Santísima Virgen se ríe de mi ingenuidad, y, sin embargo, lo
que le digo es una gran verdad...
Celina, ¡qué gran misterio es nuestra grandeza en Jesús!Ya ves todo lo
que Jesús nos ha enseñado al hacernos subir al árbol simbólico del que te
hablaba hace poco. Y ahora ¿qué ciencia va a enseñarnos? ¿No nos lo ha
enseñado ya todo...? Escuchemos lo que él nos dice: «Bajad enseguida,
porque hoy tengo que alojarme en vuestra casa».
¿Pero cómo...? Jesús nos dice que bajemos... ¿Adónde tenemos que
bajar? Celina, tú lo sabes mejor que yo; sin embargo, déjame que te diga
hasta dónde debemos ahora seguir a Jesús. Una vez, los judíos le
preguntaron a nuestro divino Salvador: «Maestro, ¿dónde vives?», y él les
respondió: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, yo
no tengo donde reclinar la cabeza». He ahí hasta dónde tenemos que
bajar nosotras para poder servir de morada a Jesús: hacernos tan pobres,
que no tengamos donde reposar la cabeza.
Ya ves, querida Celina, lo que Jesús ha obrado en mi alma durante estos
ejercicios... Ya entiendes que se trata del interior. Por lo demás, el exterior
¿no ha sido ya reducido a la nada con la dolorosísima prueba de
Caen...? En nuestro padre querido, Jesús nos ha golpeado en la parte
externa más sensible de nuestro corazón. Ahora dejémosle obrar, él sabrá
llevar a feliz término su obra en nuestras almas...
Lo que Jesús desea es que lo recibamos en nuestros corazones. Estos,
qué duda cabe, están ya vacíos de criaturas, pero yo siento que
lamentablemente el mío no está totalmente vacío de mí misma, y por eso
Jesús me manda bajar... Él, el Rey de reyes, se humilló de tal suerte, que
su rostro estaba escondido y nadie lo reconocía... Pues yo también quiero
esconder mi rostro, quiero que sólo mi amado pueda verlo, que sólo él
pueda contar mis lágrimas..., que al menos en mi corazón sí que pueda
reposar su cabeza querida y sentir que allí sí es conocido y comprendido...
Celina, no puedo decirte todo lo que quisiera, mi alma es incapaz de ello...
¡Ay, si pudiera...!Mas no, no está en mi poder... ¿Pero por qué
desconsolarme? ¿No piensas tú siempre lo mismo que yo...? Por eso,
adivinas todo lo que no te digo. Jesús se lo hace sentir a tu corazón.
Además, ¿no ha establecido en él su morada para consolarse de los
crímenes de los pecadores? Sí, allí, en el retiro íntimo del alma, es donde
nos instruye a las dos juntas, y un día nos mostrará el día que ya no
tendrá ocaso...
¡Feliz día de tu santo!¡Qué feliz será un día tu Teresa cuando lo celebre
en el cielo...!

Carta 138 A la señora de Guérin
Jesús + El Carmelo, 17 de noviembre de 1892
Querida tía:
La más pequeña de sus hijas se siente incapaz de expresarle su ternura y
todos los votos que formula por usted. Pero el corazón de una madre
adivina fácilmente lo que ocurre en alma de su hija. Por eso, querida tiíta,
no voy a tratar de expresar unos sentimientos que usted conoce ya desde
hace mucho tiempo.
Este año, Dios ha hecho rebosar de una alegría muy dulce mi
corazón al llamar del destierro a mi querido papaíto. Al repasar en mi
espíritu los años dolorosos que acaban de transcurrir, mi alma desborda
de gratitud. No puedo quejarme de esos sufrimientos, que han pasado ya,
y que han rematado y embellecido la corona que Dios se dispone a colocar
pronto en la frente venerable de quien lo ha amado tanto y lo ha servido
con tanta fidelidad...
Y además, esos sufrimientos me han enseñado a conocer mejor los
tesoros de ternura escondidos en el corazón de los familiares tan queridos
que Dios me dio... «La obra maestra más hermosa del corazón de
Dios es el corazón de una madre». Yo sé bien qué gran verdad se encierra
en esa frase, y doy gracias al Señor de habérmelo hecho conocer por
experiencia.
Querida tiíta, le aseguro que si usted tiene un corazón maternal para
nosotras, su hijita tiene uno que es enormemente filial, y por eso le pide a
Jesús que la colme de todas las gracias que un corazón de hija puede
soñar para su madre querida. Muchas veces, sólo el silencio es capaz de
expresar mi oración, pero el huésped divino del sagrario lo comprende
todo, incluso el silencio del alma de una hija que está llena de
gratitud...
Si no puedo estar presente el día del santo de mi querida tía, mi corazón
estará muy cerca de ella, y nadie la colmará más que yo de ternura.
Le ruego, querida tía, que dé un abrazo de mi parte a mi tío y a mis
hermanitas queridas.
La dejo, querida tía, quedando muy unida a usted, como una hija a su
madre.
Su hija que la quiere
Sor Teresa del Niño Jesús

Carta 139 A los señores Guérin
Jesús + El Carmelo, 30 de diciembre de 1892
Queridos tíos:
Es un verdadero placer para su benjamín ir a ofrecerles sus felicitaciones
para el nuevo año que va a empezar.
No quiero intentar decir aquí todos los deseos que formulo para mis
familiares queridos. Sería demasiado largo, y además con frecuencia el
corazón encierra aspiraciones que la palabra es incapaz de expresar. Hay
deseos que sólo Dios puede comprender, o, mejor dicho, adivinar. A
él, pues, quiero confiarle los votos que eleva mi corazón por mis seres
queridos.
Muchas veces, cuando estoy a los pies de Nuestro Señor, siento que mi
alma desborda de gratitud pensando en la gracia que él me hecho al
darme unos familiares como los que tengo la dicha de tener.
No me olvido de que el dos de enero será el cumpleaños de mi
querido tío. Me siento orgullosa de haber nacido el mismo día que él, y
espero que no se olvide de rezar por su Teresita, que pronto va a ser una
viejecita de veinte años. ¡Cómo pasa el tiempo...!Me parece que fue ayer
cuando mi tío me hacía saltar sobre sus rodillas cantándome la romanza
de Barba Azul con aquellos ojos terribles que casi me hacían morir de
miedo... La tonadilla de Mirlitir me gustaba mucho más... El solo recuerdo
de esta canción todavía hoy me hace reír.
Ya ven, queridos tíos, que el peso de los años no le ha quitado
todavía a su hijita la memoria; al contrario, se encuentra en una edad en
que los recuerdos de la infancia tienen un encanto del todo especial...
Les ruego, queridos familiares, que feliciten de mi parte a los que amo. No
nombro a nadie porque el papel que me queda no me bastaría, pero en mi
corazón están escritos todos los nombres y ocupan en él un espacio muy
grande.
Su vieja sobrina, que les quiere con todo el corazón,
Sor Teresa del Niño Jesús

SEXTO PERÍODO
EL PRIORATO DE LA MADRE INÉS DE JESÚS
(febrero de 1893-marzo de 1896)

Carta 140 A la madre Inés de Jesús
Jesús + 20 de febrero de 1893
Madre querida:
¡Qué dulce es para mí poder darte ese nombre...!Hace ya mucho tiempo
que tú eres mi madre. Pero ese dulce nombre sólo en el secreto de mi
corazón se lo daba yo a quien era a la vez mi ángel de la guarda y mi
hermana. Hoy, Dios te ha consagrado... Hoy tú eres verdaderamente mi
Madre y lo serás ya por toda la eternidad...
¡Sí, qué hermoso es este día para tu hija...!El velo que Jesús ha echado
sobre este día lo hace más luminoso aún a mis ojos: el sello de su Faz
adorable ha quedado impreso en ti, el perfume del ramillete misterioso se
ha derramado sobre ti. Y, sin duda, siempre será así: «Aquel cuyo rostro
estaba escondido», Aquel que aún sigue escondido en una pequeña hostia
blanca y que no se comunica a las almas sino velado, echará sobre la vida
entera del apóstol amado de su Faz divina un velo misterioso que sólo Él
podrá atravesar...
Sí, el espíritu de la madre Genoveva reside plenamente en ti, y su palabra
profética se ha hecho realidad. A los treinta años, comenzaste tu vida
pública, ¿no fuiste tú quien proporcionó a todos los Carmelos y a tantas
otras almas piadosas el consuelo de conocer los detalles emocionantes y
poéticos de la vida de nuestra santa...? Pero ya entonces Jesús había
posado sobre mi Madre querida su mirada velada, y no permitió que
fuese conocida, «¡porque su rostro estaba escondido...!»
Si este día es ya tan bello en la tierra, ¿qué no será en el cielo? Me parece
estar viendo a nuestra santa mamaíta mirando feliz a su Paulina (la que
ella más amaba, su preferida); ahora la ve convertida también ella en
Madre, Madre de muchas vírgenes, entre las cuales se encuentran sus
hermanas. ¡Qué gran misterio...!
Ahora vas a poder penetrar en el santuario de las almas, vas a poder
derramar sobre ellas los tesoros de gracias de que te ha colmado Jesús.
Ciertamente sufrirás... Los vasos serán demasiado pequeños para
contener el perfume precioso que querrás verter en ellos; pero el propio
Jesús no tiene sino muy pobres instrumentos musicales para interpretar su
melodía de amor, y, sin embargo, él sabe servirse de todos los que se le
presentan. ¡Tú has de ser como Jesús...!
Hermanita, Madre querida, mi corazón, el corazón de tu hija, es una lira
muy pequeñita: cuando estés cansada de hacer vibrar las arpas, podrás
venir a tomar tu pequeña lira y, apenas la pulses, ella producirá los sonidos
que tú deseas... Al simple contacto de tus dedos consagrados, ella
comprenderá, y su débil melodía se mezclará con el canto de tu
corazón...
¡Madre querida, qué de cosas quisiera decirte...!Pero no, tú ya lo sabes
todo... Un día, cuando las sombras hayan pasado, descansaré sobre tu
corazón y repetiré este dulce nombre: Madre.

Carta 141 A Celina
Jesús + El Carmelo, 25 de abril de 1893
Querida Celina:
Voy a decirte un pensamiento que tuve esta mañana; o, mejor, te voy a
transmitir los deseos de Jesús sobre tu alma...
Cuando pienso en ti junto al amigo único de nuestras almas, es siempre la
sencillez la que se me presenta como la nota característica de tu corazón...
¡Celina...!, sencilla florecita-Celina, no envidies a las flores de los jardines.
Jesús no nos ha dicho: «Yo soy la flor de los jardines, la rosa cultivada»,
sino: «Yo soy la flor de los campos y el lirio de los valles».
Pues bien, esta mañana, junto al sagrario, yo pensé que mi Celina, la
florecita de Jesús, debía ser -y serlo siempre- una gota de rocío escondida
en la corola divina del Lirio de los valles. Una gota de rocío, ¿qué hay de
más sencillo y de más puro? No son las nubes las que la han formado,
pues el rocío desciende sobre las flores cuando el azul del cielo está
estrellado. Ni puede tampoco compararse con la lluvia, a la que supera en
belleza y en frescor. El rocío sólo existe por la noche; en cuanto el sol
empieza a lanzar sus cálidos rayos, hace destilar las preciosas perlas que
brillan en las puntas de las briznas de hierba de la pradera, y el rocío se
torna en un ligero vapor. Celina es una gotita de rocío que no ha sido
formada por las nubes, sino que ha caído de ese hermoso cielo que
es su patria. Durante la noche de la vida, su misión es esconderse en el
corazón de la Flor de los campos. Ninguna mirada humana debe
descubrirla, sólo el cáliz que contiene la pequeña gotita conocerá su
frescor.
¡Dichosa gotita de rocío, tan sólo conocida de Jesús...!, no te pares a
contemplar el curso sonoro de los ríos que causan la admiración de las
criaturas; no envidies ni siquiera al claro arroyo que serpentea por la
pradera. Cierto que es muy dulce su murmullo... Pero pueden oírlo las
criaturas..., y además el cáliz de la flor de los campos no puede contenerlo.
No puede ser sólo de Jesús. Para ser suyos, es preciso ser pequeños,
¡pequeños como gotas de rocío...!¡Y qué pocas son las almas que aspiran
a ser así de pequeñas...!Pero tal vez digan: ¿acaso no son mucho más
útiles el río y el arroyo que la gota de rocío? ¿Para qué sirve ésta? No
sirve más que para refrescar durante unos instantes a una flor de los
campos que hoy es y mañana ha desaparecido...
Sin duda, estas personas tienen razón: la gota de rocío sólo sirve para
eso. Pero esas personas no conocen a la Flor de los campos que ha
querido habitar en nuestra tierra de destierro y vivir en ella la breve noche
de la vida. Si la conociesen, entenderían el reproche que Jesús hizo
una vez a Marta... Nuestro amado no tiene necesidad de nuestros grandes
pensamientos ni de nuestras obras deslumbrantes; si quisiera
pensamientos sublimes, ¿no tiene a sus ángeles, a sus legiones de
espíritus celestiales cuyos conocimientos están infinitamente por encima
de los más grandes genios de nuestra triste tierra...?
No es, pues, el ingenio ni los talentos lo que Jesús vino a buscar a la tierra.
Si se convirtió en la Flor de los campos, sólo fue para mostrarnos cómo le
gusta la sencillez. El Lirio del valle no aspira más que a una gotita de
rocío... Y justo por eso se ha creado una ¡que se llama Celina...!Durante la
noche de la vida, ella deberá vivir oculta a toda mirada humana; pero
cuando las sombras comiencen a declinar y la Flor de los campos se
convierta en el Sol de la justicia cuando venga a consumar su carrera de
gigante, ¿podrá entonces olvidar a su gotita de rocío...? ¡De ninguna
manera!Cuando él aparezca en su gloria, su compañera de destierro
aparecerá también gloriosa. El Sol divino posará sobre ella uno de sus
rayos de amor, y de pronto la humilde gotita de rocío aparecerá ante los
ojos maravillados de los ángeles y los santos, y brillará como un diamante
precioso que, reflejando al Sol de la justicia, se tornará semejante a él.
Pero esto no es todo. El Astro divino, al mirar a su gota de rocío, la atraerá
hacia sí, y ella ascenderá como un ligero vapor e irá a clavarse por
toda la eternidad en el seno del foco ardiente del amor increado, y vivirá
para siempre unida a él. Así como en la tierra fue la fiel compañera de su
destierro y de sus desprecios, así también en el cielo reinará eternamente
con él...
¡Y qué asombrados quedarán entonces los que en este mundo tuvieron
por inútil a la gotita de rocío...!Sin duda, tendrán una disculpa: no se les
había revelado el don de Dios, no habían acercado su corazón al de la Flor
de los campos y no habían escuchado estas palabras irresistibles: «Dame
de beber». Jesús no llama a todas las almas a ser gotas de rocío. Quiere
que haya licores preciosos que las criaturas puedan apreciar y que las
alivien en sus necesidades; pero para él se reserva una gota de rocío, ésa
es su mayor ilusión...
¡Qué privilegio ser llamada a tan alta misión...!Mas para responder a ella,
es absolutamente necesario ser sencillas... Jesús sabe bien que es difícil
mantenerse puros en la tierra; por eso quiere que sus gotas de rocío se
ignoren a sí mismas. Le gusta contemplarlas, pero sólo él las mira. En
cuanto ellas, al no conocer su propio valor, se consideran por debajo de
las demás criaturas... Y esto es lo que desea el Lirio de los valles.
La gotita de rocío, Celina, ha comprendido... Este es el fin para el que
Jesús la ha creado. Pero no debe olvidarse de su pobre hermanita; tiene
que alcanzarle la gracia de hacer realidad lo que Jesús le hace
comprender, para que, un día, el mismo rayo de amor evapore a las dos
gotitas de rocío y juntas puedan, después de no haber sido más que
una sola cosa en la tierra, estar unidas por toda la eternidad en el seno del
Sol divino.
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 142 A Celina
Jesús + El Carmelo, 6 de julio de 1893
Querida Celina:
Tus dos cartas han sonado como una dulce melodía en mi corazón... Me
siento feliz al ver la predilección de Jesús hacia mi Celina. ¡Cómo la
quiere, y con qué ternura la mira...!
Ahora ya estamos las cinco en nuestro camino. ¡Qué suerte poder decir:
«Estoy segura de hacer la voluntad de Dios»!Y su santa voluntad se ha
manifestado claramente respecto a mi Celina. Es a ella a quien Jesús ha
escogido entre todas para ser la corona y la recompensa del santo
patriarca que ha cautivado al cielo por su fidelidad. ¿Cómo te atreves a
decir que has sido olvidada o menos amada que las otras? Yo te digo que
has sido escogida de manera privilegiada, que tu misión es tanto más
bella cuanto que, siendo el ángel visible de nuestro padre querido, eres a
la vez la esposa de Jesús.
«Es verdad -piensa tal vez mi Celina-, pero en definitiva yo hago por Dios
menos que las otras, tengo muchos menos consuelos, y por lo tanto
menos méritos». «Mis planes no son vuestros planes», dice el Señor. El
mérito no consiste en hacer mucho ni en dar mucho, sino más bien en
recibir, en amar mucho... Se ha dicho que hay más felicidad en dar que en
recibir, y es verdad; pero cuando Jesús quiere reservarse para sí la
felicidad de dar, no sería educado negarse. Dejémosle tomar y dar todo lo
que quiera. La perfección consiste en hacer su voluntad y al alma que se
entrega enteramente a él el mismo Jesús la llama «su madre y su
hermana» y toda su familia. Y en otra parte: «Si alguien me ama, guardará
mi palabra (es decir, cumplirá mi voluntad), y mi Padre lo amará, y
vendremos a él y haremos en él nuestra morada»
¡Ay, Celina, qué fácil es agradar a Jesús, cautivar su corazón!Lo único
que hay que hacer es amarle sin mirarse uno a sí mismo y sin examinar
demasiado los propios defectos...
Tu Teresa no se encuentra en este momento en las alturas, pero Jesús le
enseña a «sacar provecho de todo, del bien y del mal que halla en sí». Le
enseña a jugar a la banca del amor, o, mejor, no, él juega por ella sin
decirle cómo se las arregla, pues eso es asunto suyo y no de Teresa. Lo
que ella tiene que hacer es abandonarse, entregarse sin reservarse nada
para sí, ni siquiera la alegría de saber cuánto rinde su banca. Pero,
después de todo, ella no es el hijo pródigo, y por tanto no vale la pena que
Jesús le ofrezca un festín, porque «ella está siempre con él».
Nuestro Señor quiere dejar «las ovejas fieles en el desierto». ¡Cuánto me
dice esto...!Él está seguro de ellas: no pueden descarriarse, porque están
cautivas del amor. Por eso Jesús las priva de su presencia sensible para
ofrecer sus consuelos a los pecadores; y si las lleva al Tabor, es por
breves instantes: los valles son, por lo regular, el lugar de su descanso.
«Allí es donde él sestea a mediodía».
La mañana de nuestra vida ya ha pasado, hemos gozado de las
brisas perfumadas de la aurora, todo entonces nos sonreía, Jesús nos
hacía sentir su dulce presencia. Pero cuando el sol cobró fuerza, el Amado
«nos condujo a su jardín y nos hizo recoger la mirra» de la tribulación
separándonos de todo y hasta de sí mismo. La colina de la mirra nos
fortaleció con sus perfumes amargos, por eso Jesús nos hizo bajar de
nuevo y ahora estamos en el valle y él nos conduce suavemente a lo largo
de las aguas.
Celina querida, no sé muy bien lo que te digo, pero creo que
comprenderás, que adivinarás lo que quisiera decirte. ¡Seamos siempre la
gota de rocío de Jesús!Ahí está la dicha, la perfección... Afortunadamente
es a ti a quien estoy hablando, pues otras personas no sabrían
comprender mi lenguaje, y confieso que a muy pocas almas les suena a
verdadero. En efecto, los directores hacen progresar en la perfección a
base de un gran número de actos de virtud, y tienen razón; pero mi
director, que es Jesús, no me enseña a llevar la cuenta de mis actos, él me
enseña a hacerlo todo por amor, a no negarle nada, a estar contenta
cuando él me ofrece una ocasión de demostrarle que le amo; pero esto se
hace en la paz, en el abandono, es Jesús quien lo hace todo y yo no
hago nada.
Me siento muy unida a mi Celina. Creo que no es frecuente que Dios haya
hecho dos almas que se comprendan tan bien, sin que haya nunca entre
ellas una nota discordante. La mano de Jesús, al tocar una de las liras,
hace vibrar al mismo tiempo la otra... ¡Vivamos escondidas en nuestra Flor
divina de los campos hasta que declinen las sombras; dejemos que las
gotas de licor sean apreciadas por las criaturas!Puesto que nosotras le
gustamos a nuestro Lirio, sigamos siendo gustosas ¡su gota exclusiva de
rocío...!Y a cambio de esta gota, que habrá sido su consuelo durante el
destierro, ¿qué no nos dará él en la patria...? El mismo nos lo dice: «Quien
tenga sed, que venga a mí y beba» Así pues, Jesús es y será siempre
nuestro océano... Como el ciervo sediento, nosotras suspiramos por ese
agua que se nos promete; pero nuestro mayor consuelo es ser también
nosotras el océano de Jesús, el océano del Lirio de los valles.
Sólo tu corazón podrá leer esta carta, pues a mí misma me cuesta
descifrarla. Se me acabó la tinta, he tenido que echar saliva en el tintero
para arreglármelas, ¿no es para reírse...?
Abrazos a toda la familia, pero sobre todo a mi Rey querido, que recibirá
un beso de su Celina de parte de su reina,
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 143 A Celina

Jesús + El Carmelo, 23 de julio de 1893
Mi querida Celinita:
No contaba con responder yo esta vez a tu carta, pero nuestra Madre
quiere que añada unas palabras a la suya.
¡Cuántas cosas tendría que decirte!Pero como no tengo más que unos
momentos, quiero, ante todo, asegurar a la gotita de rocío que su Teresa
la comprende... Después de leer tu carta, me fui a la oración. Tomando el
evangelio, pedí a Jesús encontrar un pasaje para ti, y mira el que me salió:
«Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando veis que comienzan a
echar brotes, os dais cuenta de que está próximo el verano. Pues cuando
veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios»
Cerré el libro. Ya había leído bastante. En efecto, «estas cosas» que
suceden en el alma de mi Celina demuestran que el reino de Jesús se ha
establecido ya en su alma... Ahora quiero decirte lo que sucede en la mía,
que sin duda es lo mismo que sucede en la tuya.
Es cierto lo que dices, Celina: las frescas mañanas han pasado ya para
nosotras, ya no quedan flores que cortar, Jesús las ha cogido para sí. Tal
vez algún día haga brotar otras nuevas; pero mientras tanto, ¿qué
debemos hacer? Celina, Dios no me pide ya nada... Al principio me pedía
una infinidad de cosas. Durante alg
Jesús no me pedía nada, tendría que caminar dulcemente en la paz y en el
amor, haciendo solamente lo que él me pedía... Pero tuve una inspiración.
Dice santa Teresa que  es necesario alimentar el amor. Cuando
estamos en tinieblas, en sequedades, la leña no se encuentra a nuestro
alcance; pero ¿no tendremos que echar en él al menos unas pajitas?
Jesús es lo bastante poderoso para alimentar él solo el fuego; sin
embargo, le gusta vernos echar en él algo que lo alimente. Es éste un
detalle que le agrada, y entonces arroja él al fuego mucha leña. A él
nosotras no le vemos, pero sentimos la fuerza del calor del amor.
Yo lo he visto por experiencia: cuando no siento nada, cuando soy incapaz
de orar y de practicar la virtud, entonces es el momento de
buscar pequeñas ocasiones, naderías que agradan a Jesús más que el
dominio del mundo e incluso que el martirio soportado con generosidad.
Por ejemplo, una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de
callarme o de mostrar un semblante enojado, etc., etc.
¿Comprendes, Celina querida? No es para labrar mi corona, para ganar
méritos, es por agradar a Jesús... Cuando no tengo ocasiones, quiero al
menos decirle muchas veces que le amo. Esto no resulta difícil, y alimenta
el fuego; aun cuando me pareciese que está apagado ese fuego del amor,
me gustaría echar en él alguna cosa, y Jesús podría entonces reavivarlo.
Celina, temo no haber dicho lo que debiera. Tal vez pienses que yo hago
siempre esto que digo. Pues no, no siempre soy fiel. Pero no me desanimo
nunca, me abandono en los brazos de Jesús. La gotita de rocío se hunde
más adentro en el cáliz de la Flor de los campos y allí encuentra todo lo
que ha perdido, y mucho más.
Tu hermanita
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz.

Carta 144 A Celina

Jesús + El Carmelo, 23 de julio de 1893
Querida Celinita:
No me sorprende que no entiendas nada de lo que ocurre en tu alma. Un
niño pequeño completamente solo en el mar, en una barca perdida en
medio de las olas borrascosas ¿podrá saber si está cerca o lejos del
puerto? Mientras sus ojos divisan todavía la orilla de donde zarpó, sabe
cuánto camino lleva recorrido y, al ver alejarse la tierra, no puede contener
su alegría infantil. ¡Pronto -se dice a sí mismo- llegaré al final del viaje!
Pero cuanto más se aleja de la playa, más vasto parece también el
océano. Entonces la ciencia del niñito se ve reducida a nada, y ya no
sabe hacia dónde va su navecilla. Como no sabe manejar el timón, lo
único que puede hacer es abandonarse, dejar flotar la vela a merced del
viento...
Celina mía, la niñita de Jesús se encuentra completamente sola en una
barquichuela, la tierra ha desaparecido a sus ojos y no sabe a dónde va, ni
si avanza o retrocede... Teresita sí lo sabe: está segura de que su Celina
está en alta mar, de que la navecilla que la lleva boga a velas desplegadas
hacia el puerto, de que el timón, que Celina ni siquiera puede ver, no está
sin piloto. Jesús está allí, dormido, como antaño en la barca de los
pescadores de Galilea. Él duerme... y Celina no lo ve porque la noche ha
caído sobre la navecilla... Celina no oye la voz de Jesús. El viento sopla y
ella lo oye soplar, ve las tinieblas... y Jesús sigue durmiendo. Sin embargo,
si se despertara solamente un instante, sólo tendría que «ordenar al
viento y al mar, y vendría una gran calma», y la noche sería más clara que
el día. Celina vería la mirada divina de Jesús, y su alma quedaría
consolada... Pero entonces Jesús ya no dormiría, ¡y está tan cansado...!
Sus pies divinos están cansados de buscar a los pecadores, y en la
navecilla de Celina Jesús descansa tan a gusto...
Los Apóstoles le habían dado una almohada, el Evangelio nos cuenta este
detalle. Pero en la barquilla de su esposa querida Nuestro Señor encuentra
otra almohada mucho más suave: el corazón de Celina. Allí lo olvida todo,
allí está como en su casa... No es una piedra lo que sostiene su cabeza
divina (aquella piedra por la que suspiraba durante su vida mortal): es un
corazón de hija, un corazón de esposa. ¡Y qué contento está Jesús!¿Pero
cómo puede estar contento cuando su esposa sufre, cuando vela mientras
él duerme dulcemente? ¿No se da cuenta de que Celina no ve más que la
noche, de que su rostro divino está escondido para ella, y de que a veces
hasta la carga que siente sobre su corazón le parece pesada...?
¡Qué gran misterio!Jesús, el niñito de Belén, a quien María llevaba como
una «carga ligera», se vuelve pesado, tan pesado que san Cristóbal se
queda sorprendido... También la esposa de los Cantares dice que su
«Amado es un ramillete de mirra que descansa sobre sus senos». La mirra
es el sufrimiento, y así es como Jesús reposa sobre el corazón de Celina...
Y sin embargo, Jesús está contento de verla entre sufrimientos, se siente
feliz de recibirlo todo de ella durante la noche... Espera la aurora, y
entonces... sí, entonces ¡¡¡qué despertar el de Jesús...!!!
Celina querida, ten la seguridad de que tu barca está en alta mar, tal vez
muy cerca ya del puerto. El viento del dolor que la empuja es un viento de
amor, y ese viento es más rápido que el relámpago...
¡Cómo me emocionó saber que Jesús te había inspirado la idea de
los pequeños sacrificios!Yo se lo había pedido, no contando con escribirte
tan pronto. Hasta ahora, nunca Nuestro Señor se me ha negado a
inspirarte lo que le he pedido que te diga. Siempre nos concede las
mismas gracias a las dos. Hasta me veo obligada a llevar un rosario de
prácticas. Lo hago por caridad hacia una de mis compañeras. Ya te lo
contaré detalladamente, es muy divertido... Estoy presa entre unos hilos
que no me gustan, pero que me son muy útiles en la situación en que se
encuentra mi alma.

Carta 145 A Celina 
Jesús + El Carmelo, 2 de agosto de 1893
Querida Celinita:
Tu carta me ha llenado de alegría. El camino que sigues es un camino
real. No es un camino trillado, sino un sendero que ha sido trazado por el
mismo Jesús. La esposa de los Cantares dice que, al no encontrar a su
Amado en el lecho, se levantó para buscarle por la ciudad, pero en vano; y
que en cuanto salió de la ciudad, encontró al que amaba su alma...
Jesús no quiere que encontremos en el reposo su presencia adorable; él
se esconde, se rodea de tinieblas. No se comportaba así con la
muchedumbre de los judíos, pues vemos en el Evangelio que «el pueblo
estaba pendiente de sus labios». Jesús cautivaba a las almas débiles
con sus divinas palabras y trataba de hacerlas fuertes para el día de la
prueba... ¡Pero qué pequeño fue el número de los amigos de Nuestro
Señor cuando se callaba delante de sus jueces...!¡Y qué melodía es
para mi corazón ese silencio de Jesús...!El se hace pobre para que
nosotras podamos darle limosna, nos tiende la mano como un mendigo,
para que cuando aparezca en su gloria el día del juicio, pueda hacernos oír
aquellas dulces palabras: «Venid vosotros, benditos de mi Padre, porque
tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui
forastero y me hospedasteis, estuve enfermo y en la cárcel y me
socorristeis».
El mismo Jesús que pronunció estas palabras es quien busca nuestro
amor, quien lo mendiga... Se pone, por así decirlo, a nuestra merced. No
quiere tomar nada sin que se lo demos, y hasta la cosa más insignificante
es preciosa a sus ojos divinos...
Celina querida, alegrémonos de la porción que nos ha tocado, ¡es tan
hermosa!¡Demos, demos a Jesús, seamos avaras con los otros, pero
pródigas con él!
Jesús es un tesoro escondido, un bien inestimable que pocas almas saben
encontrar porque está escondido y el mundo ama lo que brilla. ¡Ah!, si
Jesús hubiera querido mostrarse a todas las almas con sus dones
inefables, ciertamente ni una sola lo hubiera desdeñado. Pero él no quiere
que le amemos por sus dones: él mismo quiere ser nuestra recompensa.
Para encontrar una cosa escondida, hay que esconderse también uno
mismo. Nuestra vida ha de ser, pues, un misterio. Tenemos que
parecernos a Jesús, al Jesús cuyo rostro estaba escondido... «¿Queréis
aprender algo que os sea útil? -dice la Imitación-. Gustad de ser ignorados
y tenidos en nada». Y en otra parte: «Después de haberlo dejado todo, es
necesario dejarse, sobre todo, a sí mismo». «Que éste se gloríe de una
cosa, aquél de otra. En cuanto a vosotros, no pongáis vuestro gozo sino en
el desprecio de vosotros mismos».
¡Qué paz dan al alma estas palabras, Celina!Tú las conoces, ¿pero no
sabes ya todo lo que quisiera decirte...? Jesús te ama con un amor tan
grande, que, si lo vieras, caerías en un éxtasis de felicidad que te causaría
la muerte. Pero no lo ves y sufres...
¡Pronto Jesús «se levantará para salvar a todos los mansos y humildes de
la tierra»...!

Carta.146 A la Señora de Guerín 

Jesús + El Carmelo, 10 de agosto de 1893
Querida tía:
He visto gustosa cómo usted supo leer en el corazón de su hijita. No
quiero, sin embargo, que mi hermosa letra pierda el honor de ser admirada
en el castillo de La Musse... Por eso me he sentido muy feliz cuando
nuestra Madrecita me confió la dulce misión de contestar a su carta.
Querida tía, todas y cada una de las líneas que nos ha escrito me revelan
su corazón, que es el de la más tierna de las madres. Pero también el
de su Teresita es un corazón de hija, lleno de amor y de gratitud...
Pido a Dios que cure a mi querido tío. Y la verdad es que me parece que
esta súplica no puede dejar de ser escuchada, puesto que Nuestro Señor
mismo está interesado en esa curación. ¿No trabaja, acaso, el brazo de mi
tío, escribiendo incansablemente páginas admirables, destinadas a salvar
almas y a hacer temblar a los demonios?
Creo que Dios nos está escuchando ya, y espero que disfruten en paz de
los últimos días que les quedan por pasar en su hermoso castillo.
¡Qué feliz debe de sentirse Juana al poder gozar a sus anchas de la
presencia de Francis, al que tiene tan poco a su lado en Caen!He rezado
mucho para que desaparezca por completo ese dichoso esguince, pues
tiene que ser un negro nubarrón en el azul del cielo de mi Juana.
Me acuerdo también de mi hermanita María. Me parece que desde que
plantó su morada en las copas de los árboles, yo le debo de parecer muy
pequeña y despreciable. Cuando uno se acerca al cielo, descubre
maravillas que no existen en los humildes valles. Me llamará mala,
pero eso no me impedirá ofrecer la sagrada comunión por Su Alteza el día
de su santo...
No acierto a expresarle, querida tía, lo feliz que me siento cuando pienso
que mi querido papaíto está con ustedes, rodeado de cariño y de cuidados.
Dios ha hecho con él lo mismo que con su servidor Job: después de
haberlo humillado lo colma de favores, y todos esos bienes y ese cariño le
llegan por medio de ustedes.
Querida tiíta, tengo todavía muchas cosas que decirle, pero no me queda
espacio, y no es respetuoso terminar así una carta escribiendo de
través. Perdóneme, querida tía, y ojalá sepa intuir todo lo que quisiera
escribirle, lo mismo que al resto de la familia.
La madre María de Gonzaga y nuestra Madre les mandan muchos y muy
cariñosos saludos. Se sienten encantadas de saber que os va a ser
presentada la señora de Virville.
Un abrazo con todo el corazón, querida tía, y siempre seré
Su respetuosa hijita,
Sor Teresa del Niño Jesús 

Carta 147 A Celina 

Jesús + El Carmelo, 13 de agosto de 1893
Querida Celinita:
Sentimos mucho todos esos problemas que tienes con la sirvienta.
Nuestra Madre no pensaba escribirte antes de que volvieras, pero es tan
buena y quiere tanto a su Celinito, que, al saber que estaba triste, ha
querido darle un pequeño consuelo permitiendo a tu Teresa escribirte unas
letras.
No sabemos lo que debes hacer con la casa. Deberías preguntarle a
nuestro tío, nosotras daremos por bueno lo que él decida; de todas formas,
ya hablaremos de ello de viva voz.
Tu pobre sirvienta es bien desgraciada con tener ese vicio tan feo, y sobre
todo de ser mentirosa; ¿no podrías convertirla, como a su marido? No hay
pecado sin perdón, y Dios es poderoso para dar conciencia aun a las
personas que no la tienen. Voy a rezar mucho por ella. Tal vez, en su
lugar, yo fuese todavía peor que ella, y tal vez también ella sería ya una
gran santa si hubiese recibido la mitad de las gracias de que Dios me ha
colmado a mí.
Creo que Jesús es muy bueno al permitir que mis pobres cartitas te sirvan
de ayuda. Pero te aseguro que no caigo en el error de pensar que tengo
en ello el menor mérito. «Si el Señor no construye la casa, en vano se
cansan los albañiles». Los más bellos discursos de los más grandes
santos no lograrían hacer brotar un solo acto de amor de un corazón si
Jesús no estuviese adueñado de él. Sólo él sabe servirse de su lira, nadie
más puede hacer vibrar sus notas armoniosas. Pero Jesús se sirve de
todos los medios, todas las criaturas  están a su servicio y a él le gusta
utilizarlas durante la noche de la vida para ocultar su presencia adorable.
Mas no se oculta tanto que no se deje adivinar. En efecto, veo que muchas
veces me da luces, no para mí, sino para su Palomita desterrada, para su
esposa querida. Esto es muy cierto, y en la misma naturaleza encuentro un
ejemplo de ello.
Imagínate un hermoso melocotón rosado y tan dulce, que todos los
confiteros juntos no lograrían imaginar un sabor tan dulce como el suyo.
Dime, Celina, ¿acaso creó Dios para el melocotón ese precioso color rosa
tan aterciopelado y tan agradable a la vista y al tacto? ¿Gastó por él tanto
azúcar...? La verdad que no. Fue para nosotras y no para él. Pero lo más
propio suyo, lo que forma la esencia de su vida es el hueso; podemos
quitarle toda su belleza, sin quitarle su ser.
De la misma manera, Jesús se complace en prodigar sus dones a algunas
de sus criaturas, pero muchas veces es para atraer hacia sí a otros
corazones; y luego, cuando ha logrado su objetivo, hace desaparecer esos
dones exteriores y despoja completamente a las almas que le son más
queridas. Al verse en tan gran pobreza, esas pobres almas tienen miedo,
les parece que no sirven para nada, puesto que lo reciben todo de los
demás y ellas no pueden dar nada. Pero no es así: la esencia de su ser
trabaja en secreto. Jesús va formando en ellas ese germen que ha de
desarrollarse allá arriba en los jardines del cielo. Se complace en hacerles
ver su nada y su propio poder. Para llegar a ellas, se sirve de los
instrumentos más viles, demostrándoles así que es él solo quien trabaja.
Se da prisa en perfeccionar su obra para el día en que, desvanecidas las
sombras, no se comunicará ya a través de intermediarios, sino en un cara
a cara eterno...
(Nuestra Madre agradece a María su cartita, lo mismo que la madre María
de Gonzaga; les ha encantado.)
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 148 A Leonia
Jesús + El Carmelo, 13 de agosto de 1893
Querida Leonia:
¿Piensas, tal vez, que tu Teresa te tiene olvidada? ¡En absoluto!Tú
conoces demasiado bien su corazón para pensar eso. Me habría gustado
escribirte al mismo tiempo que nuestra Madre y que sor María del Sagrado
Corazón, pero hubo un malentendido y su carta salió antes de lo que yo
pensaba. Hoy voy a desquitarme pasando un rato contigo.
¡Si supieras, querida hermanita, las acciones de gracias que elevo al cielo
por el don que Dios te ha concedido! Por fin tus deseos se han
realizado. Como la paloma que salió del arca, tampoco tú podías hallar
sobre la tierra del mundo un lugar donde posar el pie, y volaste durante
mucho tiempo tratando de entrar en la mansión bendita donde tu corazón
había fijado para siempre su morada. Jesús se hizo esperar, pero al fin los
gemidos de su paloma lo conmovieron, extendió su mano divina y,
tomando a su prometida, la colocó sobre su corazón, en el tabernáculo de
su amor.
Se ha realizado así ya la predicción de nuestra santa tía. La hija de la
beata Margarita María está en la Visitación y será ya para siempre la
esposa de Nuestro Señor.
Claro, que mi alegría es completamente espiritual, pues ya no volveré a
ver aquí en la tierra a mi querida Leonia, ya no volveré a escuchar su voz
ni a desahogar mi corazón en el suyo... Pero sé que la tierra es el 
lugar de nuestro destierro, somos viajeras que caminamos hacia la patria.
¿Qué importa la ruta que seguimos no sea la misma, si nuestra meta
común es el cielo? Allí nos reuniremos para no separarnos jamás. Allí
saborearemos eternamente las alegrías de la familia, volveremos a
encontrar a nuestro padre querido, aureolado de gloria y honor por su
fidelidad a toda prueba y sobre todo por las humillaciones en las que fue
abrevado; veremos a nuestra madre, que se alegrará de las tribulaciones
que fueron nuestra heredad durante del destierro de la vida, gozaremos de
su dicha al contemplar a sus cinco hijas religiosas, y con los cuatro
angelitos que nos esperan allá arriba formaremos una corona que ceñirá
para siempre la frente de nuestros padres queridos.
Querida hermanita, ya ves que también yo participo de tu alegría, que sé
que es muy grande, pero que sé también que los sacrificios no dejan
de acompañarla. ¿Sería meritoria, sin ellos, la vida religiosa? No, ¿verdad
que no? Por el contrario, las pequeñas cruces son las que constituyen toda
nuestra alegría. Esas pequeñas cruces no son más corrientes que las
grandes, y preparan nuestro corazón para recibir éstas cuando así lo
quiera nuestro Maestro.
Te ruego, querida Leonia, que des mis respetuosos saludos a tu
Reverenda Madre, hacia la que conservo un afecto muy filial desde el día
que tuve el honor de conocerla. ¿No pertenezco yo ya también un poco a
su familia, al ser tú su hija y yo tu indigna hermanita...?
Nuestra Madre, la madre María de Gonzaga y sor María del Sagrado
Corazón presentan también sus respetuosos saludos a la Madre superiora,
y envían a su querida Leonia sus mejores deseos de felicidad.
No olvides en tus oraciones, querida hermana, a la más pequeña de las
carmelitas, que tan unida está contigo en el corazón de la Santísima
Virgen.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 149 A Celina
20 (?) de octubre de 1893 
Jesús +
Celina querida:
He encargado a Jesús que felicite en mi nombre a mi hermanita sor María
de la Santa Faz... Sólo Jesús debe ser el vínculo divino que nos una. Sólo
él tiene derecho a penetrar en el santuario de su esposa... Sí, él, y sólo él,
escucha cuando nada nos responde... Sólo él dispone los acontecimientos
de nuestra vida de dertierro. Él es quien a veces nos ofrece el cáliz
amargo. Pero nosotras no le vemos, él se esconde, oculta su mano divina,
y no logramos ver más que a las criaturas. Entonces sufrimos, porque la
voz de nuestro Amado no se deja oír y la de las criaturas parece
despreciarnos...
Sí, el sufrimiento más amargo es el de no ser comprendidas... Pero nunca
será ése el sufrimiento de Celina y de Teresa. Nunca, pues sus miradas
están puestas más allá de la tierra y se elevan por encima de lo creado.
Cuanto más se esconde Jesús, tanto más sienten ellas que Jesús está
cerca. En su delicadeza exquisita, él marcha por delante, apartando las
piedras del camino y alejando a los reptiles. Pero no es nada todavía: él
hace resonar en nuestros oídos voces amigas, y esas voces nos advierten
que no caminemos demasiado seguras... ¿Y por qué? ¿No es acaso el
mismo Jesús quien ha trazado nuestra ruta? ¿No es él quien nos alumbra
y se revela a nuestras almas...? Todo nos lleva a él, las flores que crecen
al borde del camino no cautivan nuestros corazones. Las miramos,
las amamos, porque nos hablan de Jesús, de su poder, de su amor, pero
nuestras almas permanecen libres. ¿Por qué turbar, pues, nuestra dulce
paz? ¿Por qué temer la tormenta cuando el cielo está sereno...?
¡Celina, querida Celina...!No son los precipicios lo que hay que evitar.
Estamos en brazos de Jesús; y si voces amigas nos aconsejan temer, es
nuestro Amado en persona quien así lo quiere. ¿Y por qué...? Porque, en
su amor, ha escogido para sus esposas el mismo camino que escogió para
sí. Quiere que las alegrías más puras se cambien en sufrimientos, a fin de
que nuestro corazón, no teniendo, por así decirlo, ni siquiera tiempo para
respirar a gusto, se vuelva hacia él, que es nuestro único sol y nuestra
única alegría...
Las flores del camino son los placeres puros de la vida. No hay mal alguno
en disfrutar de ellos. Pero Jesús está celoso de nuestras almas, y desea
que para nosotras todos los placeres estén mezclados con amargura... Y
aunque las flores del camino conducen al Amado, son, sin embargo, un
camino indirecto; son la placa o el espejo que reflejan al sol, pero no son el
sol...
No estoy diciendo a mi Celina querida lo que quisiera decirle, me explico
tan mal... Tal vez ella me entienda con medias palabras, ¡se las arregla tan
bien Jesús para cumplir los encargos de su pobre Teresa...!
Hay en el Cantar de los Cantares un pasaje que le cuadra a la perfección a
la pobre Celinita desterrada. Es éste: «¿Qué veis en la esposa sino coros
musicales en un campo de batalla?» ¡Sí, la vida de mi Celina es realmente
un campo de batalla...!Como pobre palomita, gime junto a los canales de
Babilonia, ¿y cómo podrá cantar los cánticos del Señor en tierra
extranjera...? Y sin embargo, tiene que cantar, su vida tiene que ser una
melodía (un coro musical). Es Jesús quien la retiene cautiva, pero él está a
su lado... Celina es la humilde lira de Jesús... ¿Es completo un concierto
cuando nadie canta...? Si Jesús toca, ¿no tiene Celina que cantar...?
Cuando el aire sea triste, ella cantará el cántico del destierro, y cuando el
aire sea jubiloso, su voz dejará oír los acentos de la patria... Todo lo que
pueda suceder, todos los acontecimientos de la vida no serán más que
ruidos lejanos que no harán vibrar a la pequeña lira, sólo Jesús tiene
derecho a posar en ellas sus dedos divinos. Las criaturas son peldaños,
instrumentos, pero es la mano de Jesús la que lo dirige todo. En todo hay
que verlo sólo a él...
No puedo pensar sin extasiarme en mi querida santa Cecilia. ¡Qué modelo
para la humilde lira de Jesús...!En medio del mundo, metida entre toda
clase de peligros, en el momento de unirse a un joven pagano que no
respira más que amor profano, me parece que Cecilia hubiese debido
temblar y llorar... Pero no: al oír el sonido de los instrumentos que
festejaban sus bodas, Cecilia cantaba en su corazón... ¡Qué abandono...!
Escuchaba, sin duda, unas melodías que no eran de la tierra; su esposo
divino cantaba también; los ángeles hacían resonar en el corazón de
Cecilia el sonido de sus conciertos celestiales... Cantaban como en
otro tiempo junto al pesebre de Jesús: «Gloria a Dios en el cielo y en la
tierra paz a los hombres que Dios ama».
¡La gloria de Dios!Cecilia adivinaba que su esposo divino tenía sed de
almas y anhelaba ya la del joven romano que sólo soñaba en la gloria de la
tierra; pronto hará de él un mártir, y las multitudes marcharán en pos de
sus huellas... Cecilia no teme, porque los ángeles cantaron: «Paz a las
almas que el Señor ama»; ella sabe que Jesús está obligado a guardarla,
a proteger su virginidad. Por eso, ¡qué recompensa...!
Sí, es preciosa la casta generación de las almas vírgenes, canta
frecuentemente la Iglesia, y esta palabra sigue siendo hoy tan verdadera
como en los tiempos de la virgen Cecilia...
Celina querida, ¡qué contento está Jesús con su pequeña lira!¡Tiene tan
pocas en el mundo!Déjale descansar a tu lado, no te canses de cantar,
pues Jesús no se cansa nunca de tocar... Un día, allá arriba en la patria,
verás los frutos de tus trabajos... Después de haber sonreído a Jesús en
medio de las lágrimas, gozarás de los rayos de su Faz divina y él seguirá
tocando en su pequeña lira. ¡Tocará durante toda la eternidad aires nuevos
que nadie, excepto Celina, podrá cantar...!

Carta 150 A la señora de la Néele
Jesús + El Carmelo, 22 de octubre de 1893
Querida Juana:
Ahora me toca a mí pedirte disculpas, pues he tardado mucho en
agradecerte todas esas golosinas. Pero tenía una cierta esperanza de
expresarte mi gratitud de palabra, y por esta razón he tardado en
escribirte.
No, no he tenido el mal pensamiento de que mi hermanita me tuviese
olvidada, sino que me parecía de lo más natural que se contentase con
rezar una oración por su Teresita. Por eso, me emocioné mucho más
de lo que sé decirte al recibir tu amorosa carta. También la felicitación de
mi querido primo me emocionó mucho. Y por último, los tarros de
mermelada vinieron a colmar todas tus delicadezas para conmigo...
Nuestra Madre santa Teresa era tan agradecida, que decía graciosamente
«que le ganaban el corazón con una sardina». ¿Qué habría dicho si
hubiese conocido a Francis y a Juana...? Pero el cielo no está tan lejos de
la tierra que ella no pueda verlos y bendecirlos. Tengo incluso la seguridad
de que le tiene un cariño especial a mi querida Juana. Nuestra santa
Madre tenía también una hermana que se llamaba Juana, y, al leer su
vida, me conmovió mucho ver con qué ternura velaba por sus sobrinitos.
Por eso, sin dejar a un lado a santa Ana, me dirijo a santa Teresa para
alcanzar por su intercesión la gracia de ser tía también yo. No dudo de que
me escuchará enviando a mi querida Juana una familia bendita, que dará a
la Iglesia grandes santos y grandes santas.
El retraso no me desanima, pues sé que en la curia de Roma se necesita
mucho tiempo para hacer santos, y no puedo enfadarme con Dios
porque ponga todo su cuidado y todo su amor en la preparación de esas
almas infantiles que un día confiará a mi Juana.
Te pido, hermanita, que invoques a santa Teresa; estoy segura de que
santa Ana estará contenta de que lo hagas. La unión hace la fuerza, y las
dos, juntas, nos alcanzarán la gracia que pedimos.
Querida Juana, te ruego que seas mi intérprete ante Francis, dándole las
gracias por su felicitación. Un abrazo cordial, con todo el cariño de esta
hermanita,
Teresa del Niño Jesús

Nuestra Madre y sor María del Sagrado Corazón te envían todo su
cariño y no cesan de rezar para que los deseos de su querida Juanita se
vean plenamente escuchados.

Carta 151 A Leonia 

Jesús + El Carmelo, 5 de noviembre de 1893
Querida Leonia:
Me siento enormemente feliz con tu felicidad. Tus cartas son para mí una
verdadera alegría. Veo, sin ningún género de duda, que estás
verdaderamente donde te quiere el Señor.
¡Qué bueno ha sido el Señor con nuestra familia!No ha permitido que
ningún mortal se convirtiera en esposo de ninguna de nosotras.
Acabamos de hacer unos hermosos ejercicios espirituales como
preparación para la fiesta de nuestra Santa Madre. El Padre nos ha
hablado, sobre todo, de la unión con Jesús y de la belleza de nuestra
vocación. Nos ha hecho ver todas las ventajas de la vida religiosa, y en
especial de la vida contemplativa. Nos ha puesto una comparación que me
ha encantado. «Mirad -nos decía- los robles de nuestros campos, cómo
crecen a lo ancho: echan ramas a derecha e izquierda, nada los contiene,
por eso no alcanzan nunca gran altura. Por el contrario, mirad los robles de
los bosques que están presionados por todos los lados: no reciben luz más
que desde arriba, por eso su tronco está desprovisto de todas esas ramas
disformes  que les roban la savia que necesitan para elevarse hasta lo
alto. No ven más que el cielo, y, así, toda su fuerza se dirige hacia allá y
pronto alcanzan una altura asombrosa. En la vida religiosa, el alma, al
igual que el joven roble, se encuentra presionada por todos los lados por la
regla, y todos sus movimientos se ven cohibidos, obstaculizados por los
árboles del bosque...; pero ve luz cuando mira al cielo, sólo allí puede
descansar su mirada, nunca debe tener miedo de elevarse demasiado
hacia allá».
Querida hermanita, creo que te gustará que te hable de estas cosas.
Nuestra felicidad está en hablar de los asuntos del alma, en sumergir
nuestros corazones en el infinito...
Te pido perdón por enviarte unas cartas tan mal escritas; pero, hermanita
querida, prefiero dejar correr la pluma a impulsos del corazón a redondear
las frases y escribirte una página literaria.
Te ruego que saludes respetuosamente de mi parte a la Madre superiora.
No me olvides en tus oraciones, acuérdate de mí junto a Jesús tanto como
yo me acuerdo de ti.
Te dejo, querida Leonia, quedando muy unida a ti en el corazón de nuestro
divino Esposo.
Tu indigna hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 152 A la señora de Guérin
Jesús + El Carmelo, 17 de noviembre de 1893
Querida tía:
¡Qué delicia para su Teresita, poder felicitarla cada año en el día de su
santo!Sin embargo, no tengo nada nuevo que decirle, pues hace ya
mucho tiempo que sabe cuánto la quiero.
Querida tiíta, no tengo miedo de aburrirla repitiéndoselo una vez más, y
ésta es la razón que me hace pensar así: cuando estoy junto al sagrario,
yo no sé decirle a Nuestro Señor más que una cosa: «Dios mío, tú
sabes que te quiero». Y siento que mi oración no le cansa a Jesús. Como
conoce la impotencia de su pobre esposa, se conforma con su buena
voluntad. Yo sé también que Dios ha derramado en el corazón de las
madres algo del amor del que desborda su propio corazón... Y la madre a
quien me dirijo ha recibido el amor maternal en tan larga medida, que no
puedo tener miedo a verme incomprendida...
Por lo demás, mi impotencia no durará eternamente: en la patria celestial
podré decirle a mi querida tiíta muchas cosas que no pueden expresarse
con palabras humanas.
Mientras tanto, pido a Nuestro Señor que deje mucho mucho tiempo en la
tierra a quien  sabe trabajar tan bien por su gloria, y le deseo que
pueda ver «a los hijos de sus nietos». Tal vez mi hermanita Juana
sonreiría si leyese estas líneas, pero yo tengo mucha más confianza que
ella y sigo esperando «al gran santo y al gran pontífice», seguido de un
gran número de otros angelitos.
Querida tía, mañana ofreceré la sagrada comunión por usted y por la
señora Fournet; me acuerdo mucho de ella y pido a Nuestro Señor que se
la conserve todavía mucho tiempo.
Le ruego, querida tía, que dé un abrazo de mi parte a mi tío, y a él y a mis
hermanitas les encargo que la colmen a usted de mi parte de las más
tiernas caricias.
Su benjamín, que está orgullosa de su título,
Sor Teresa del Niño Jesús

Carta 153 Al señor Guérin
Diciembre (?) de 1893 
Querido tío:
Nuestra Madre está mucho mejor, pero se encuentra muy débil, aunque
ella diga lo contrario.
Gracias, gracias por todos los cuidados que usted le dispensa. Espero que
sea muy obediente, pues estaría muy mal no obedecer a un tío tan
paternal...
A la madre María de Gonzaga le han conmovido mucho sus atenciones; le
da las gracias prodigando toda serie de atenciones a su querida priora.
Perdóneme, querido tío, voy tan de prisa que no sé lo que le digo, pero
espero que usted sabrá adivinar nuestro agradecimiento. Rezamos mucho
por la señora Fournet.
Un abrazo a usted y a mi tía en nombre de sus tres carmelitas,
Sor Teresa del Niño Jesús

Carta 154 A Leonia
Jesús + El Carmelo, 27 de diciembre de 1893
Querida Leonia:
Me alegro mucho de poder enviarte mi felicitación para el año 94. La
súplica que hago junto a la cuna de Jesús es la de verte pronto revestida
con la santa librea de la Visitación. Digo verte, pero sé que sólo tendré
esta dicha en el cielo. ¡Qué alegría entonces de volvernos a encontrar tras
el exilio de la vida...!¡Cuántas cosas tendremos para decirnos!Aquí abajo
la palabra es impotente, pero allá arriba bastará una sola mirada para
entendernos, y creo que nuestra felicidad será todavía mayor que si no nos
hubiéramos separado.
Tu cartita me ha gustado mucho, veo que eres realmente feliz y no
dudo de que Dios te concederá la gracia de quedarte para siempre en el
arca santa. Estamos leyendo en el refectorio la vida de santa Chantal; para
mí es un verdadero placer escucharla, pues eso me acerca todavía más a
la Visitación, a la que quiero tanto. Además, veo la íntima unión que
siempre existió entre ella y el Carmelo, y eso me hace bendecir a Dios por
haber escogido a estas dos Ordenes para nuestra familia. La Santísima
Virgen es verdaderamente nuestra Madre, ya que nuestros monasterios
están especialmente dedicados a ella.
Querida hermanita, no dejes de rezar por mí durante el mes del Niño
Jesús. Pídele que yo sea siempre pequeña, ¡muy pequeña...!Yo le haré
para ti la misma súplica, pues conozco tus deseos y sé que tu virtud
preferida es la humildad.
Querida Leonia, no olvides presentar mis respetuosos saludos a la
venerada Madre, y recibe el sincero cariño de la última y más pequeña de
tus hermanas,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz. 

Carta 155 A los señores Guérin
Jesús + El Carmelo, 29 de diciembre de 1893
Queridos tíos:
Sólo tengo unos minutos para enviarles mi felicitación de Año Nuevo.
Nuestra Madre acaba de decirme que su carta la van a llevar mañana por
la mañana. Pero no necesito mucho tiempo para expresar a mis queridos
parientes los votos que formula mi corazón por su felicidad. Quisiera, si
fuese posible, que el nuevo año no les reservase más que alegrías. Pero a
Dios, que sabe la recompensa que tiene reservada para sus amigos,
suele gustarle hacerles ganar sus tesoros a través de sacrificios. Nuestra
santa Madre Teresa decía, bromeando, estas palabras tan verdaderas a
Nuestro Señor: «Dios mío, no me extraña que tengas tan pocos amigos,
¡los tratas tan mal...!».
Sin embargo, aun en medio de las pruebas que envía, Dios está lleno de
delicadezas. La enfermedad de mi querido papaíto es para mí una prueba
evidente de ello. Esta cruz es la más grande que yo hubiera podido
imaginar; pero después de habernos hecho probar su amargura, Nuestro
Señor quiso endulzar, por la mano de nuestros queridos parientes, el
cáliz de dolor que nos había presentado y que yo esperaba beber hasta las
heces...
¡Si supiesen, queridos tíos, qué amoroso y agradecido es el corazón de su
Teresita...!No acierto a decirles todo lo que querría, y es ya hora de
Maitines. Perdonen lo deslavazado de mi carta y mi letra de gato..., miren
sólo el corazón de su hija, Teresa del Niño Jesús

Les ruego que den a la señora Fournet la más sincera felicitación de parte
de su hijita.

Carta 156 A la madre Inés de Jesús
21 de enero de 1894 

El sueño del Niño Jesús.
Mientras juega con las flores que su esposa querida le ha llevado a la
cuna, Jesús piensa qué podrá hacer para agradecérselo... Allá arriba, en
los jardines del cielo, los ángeles, servidores del divino Niño, trenzan ya las
coronas que su corazón tiene reservadas para su amada.
Mientras tanto, ha llegado la noche. La luna envía su resplandor de plata, y
el Niño Jesús se duerme... Su manita no suelta las flores con que se ha
divertido a lo largo del día su corazón continúa soñando con la felicidad de
su esposa querida.
Muy pronto, allá en la lejanía, divisa unos objetos extraños que no tienen
ningún parecido con las flores primaverales. ¡Una cruz...!¡Una lanza...!
¡Una corona de espinas!Y sin embargo, el divino Niño no tiembla. ¡Eso es
lo que él escoge para demostrar a su esposa cuánto la ama...!Pero esto
no basta todavía. Su rostro infantil y tan hermoso, lo ve desfigurado,
¡sangrante...!, ¡irreconocible...!Jesús sabe muy bien que su esposa
siempre lo reconocerá, y que cuando todos lo abandonen ella seguirá a su
lado. Por el eso el divino Niño sonríe ante esa imagen sangrante, y sonríe
también ante el cáliz lleno del vino que hace germinar a las vírgenes. Sabe
que en la eucaristía los ingratos lo van a abandonar, pero Jesús piensa en
el amor de su esposa y en sus delicadezas. Ve cómo las flores de sus
virtudes perfuman el santuario, y Jesús niño sigue durmiendo
dulcemente... Espera a que las sombras declinen..., a que la noche de la
vida sea reemplazada por el día radiante de la eternidad...
En ese día Jesús devolverá a su amada esposa las flores que ella le dio,
para consolarlo, en la tierra... En ese día inclinará hacia ella su Faz divina,
toda radiante de gloria, ¡¡¡y hará gustar eternamente a su esposa la
dulzura inefable de su beso divino...!
Madre mía querida, acabas de leer el sueño que tu hija quería
reproducir para el día de tu santo. ¡Pero sólo tu pincel de artista podría
pintar tan dulce misterio...!Espero que sólo mires a la buena voluntad de
quien se sentiría dichosa de haberte agradado.
Eres tú, Madre mía, son tus virtudes lo que he querido representar en las
florecitas que Jesús aprieta contra su corazón. Las flores son todas sólo
para Jesús. Sí, las virtudes de mi Madre querida permanecerán siempre
escondidas con el Niñito del pesebre. Sin embargo, y a pesar de la
humildad que quisiera ocultarlas, el perfume misterioso que se desprende
de esas flores me hace ya presentir las maravillas que un día veré en la
patria eterna, cuando me sea dado contemplar los tesoros de ternura que
ahora prodigas a Jesús.
Tú lo sabes, Madre mía. Nunca podré expresarte toda mi gratitud por
haberme guiado como un ángel del cielo por entre los senderos de la vida.
Tú fuiste quien me enseñó a conocer a Jesús y a amarlo. Ahora que eres
doblemente mi Madre, sigue conduciéndome hacia el Amado, enséñame a
practicar la virtud, para que en el cielo no me vea colocada demasiado
lejos de ti y puedas reconocerme por hija y por hermanita tuya.
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 157 A Celina
Marzo o mayo de 1894
Los «codfiches» le han gustado mucho a nuestra Madre, y querría escribir
unas letras para darle las gracias a su Celino querido, pero no puede
hacerlo. Está también muy contenta por la carta de María.
Que la pequeña desterrada esté triste sin estar triste, pues si no se centran
en ella las caricias de las criaturas, la ternura de Jesús sí que está centrada
toda en ella. Ahora que Celina está sin albergue, él, Jesús,
está bien alojado, y está contento de ver errante a su esposa querida, ¡eso
le gusta!¿Y por qué...? Yo no lo sé... Es un secreto de Jesús. Pero creo
que está preparando muchas cosas hermosas en su casita... Tiene que
trabajar tanto, que parece olvidar a su pobre Celina... Pero no, sin que ella
lo vea, él la mira por la ventana... Le gusta verla en el desierto, sin otro
oficio que el de amar, sufriendo ¡sin siquiera sentir que ama...!Jesús sabe
muy bien que la vida es sólo un sueño, y por eso se alegra de ver a su
esposa llorando junto a los canales de Babilonia. Pronto llegará el día en
que Jesús tomará a su Celina de la mano y la hará entrar en su casita, que
se habrá convertido en un palacio eterno... Y entonces dirá: «¡Ahora
me toca a mí...!» Tú me diste en la tierra el único albergue al que ningún
corazón humano quiere renunciar -es decir te me diste a ti misma-, y ahora
yo te doy por morada mi sustancia eterna, es decir, «a mí mismo». Esta
será tu mansión por toda la eternidad. Durante la noche de la vida tú
anduviste errante y solitaria, ahora tendrás un compañero: yo, Jesús, tu
esposo, tu amigo, a quien se lo sacrificaste todo, ¡un compañero que te
colmará de alegría por los siglos de los siglos...!

Carta 158 A Leonia
Marzo (?) de 1894 

Querida Leonia:
¡No puedo expresar la alegría que sentí al saber que has sido aprobada
para la toma de hábito...!Comprendo lo feliz que debes de sentirte y
comparto enormemente tu alegría.
Querida hermanita, ¡qué bien ha sabido Dios recompensar tus esfuerzos!
Me acuerdo de lo que me decías en el locutorio antes de tu entrada en el
arca santa. No te importaba ser siempre la última, tomar el hábito sin
solemnidad... No buscabas más que a Jesús, y por él renunciabas a todo
consuelo. Pero, como nos repetía a menudo nuestro padre querido: «Dios
nunca se deja ganar en generosidad». Por eso no ha querido que te
vieras privada de la dicha de convertirte públicamente en su prometida, en
espera de que seas su esposa. Creo que los años de destierro que has
pasado en el mundo han servido para adornar tu alma con una vestidura
preciosa para el día de tus esponsales. A los tristes días del invierno han
seguido para ti los días radiantes de la primavera, y Jesús te dice, como a
la esposa del Cantar de los Cantares: «Ya ha pasado el invierno, han
cesado las lluvias y se han ido. Levántate, amada mía, paloma mía, y
ven... Estoy a la puerta, ábreme, hermana mía, amada mía, que tengo la
cabeza cubierta de rocío, mis rizos del relente de la noche». Hacía mucho
tiempo que suspirabas por la visita de Jesús y le decías, como la esposa:
«¿Quién me dará, amado mío, poderte encontrar a solas allá afuera?. Te
podría besar sin que ya nunca me criticara la gente...»
Al fin llegó ese día tan deseado... Tú, hermanita querida, aún no habías
encontrado a Jesús ante los ojos del mundo; pero después de haberlo
buscado con mil desvelos, he aquí que él mismo viene hacia ti... Tú te
conformabas con encontrarle fuera a solas, pero él desea besarte delante
de todo el mundo, para que ya nadie ignore «que él ha puesto su sello
sobre tu frente y que nunca tendrás otro amador que él»...
Querida Leonia, me olvidaba de darte las gracias por tu carta. Debería
haber empezado por ahí, pero ¿verdad que entiendes que la alegría que
siento por tu inmensa felicidad es lo que me ha hecho cometer este olvido?
Espero que tus deseos se vean pronto cumplidos y que vuestro capellán
se cure rápidamente. Te ruego, querida hermanita, que des mis
respetuosos saludos a tu buena y venerada Madre. Me alegro, como tú, de
que sea ella quien te dé el santo hábito.
Te dejo, pero siguiendo unida a ti en el divino Corazón de Jesús.
Tu indigna hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 159 A Celina Maudelonde 
El Carmelo, 29 de marzo de 1894
Querida Celina:
Hubiera querido contestar antes a tu carta, que me causó mucha alegría.
La cuaresma me lo impidió; pero ya estamos en el tiempo de Pascua y
puedo decirle a mi querida primita que comparto su felicidad.
La gran paz que experimentas es para mí una señal manifiesta de la
voluntad de Dios, pues sólo él puede derramarla en tu alma, y la dicha que
gustas bajo su mirada divina no puede venir más que de él.
Querida Celina, no puede manifestarte mi cariño como lo haría si
estuviese aún en el mundo. Sin embargo, no por eso es menos intenso; al
contrario, pienso que te seré más útil en la soledad que si tuviera el
consuelo de estar cerca de ti. Las rejas del Carmelo no están hechas para
separar corazones que sólo se aman en Jesús; antes bien, sirven para
hacer más fuertes los lazos que los unen.
Mientras tú sigues el sendero que Dios te ha trazado, yo rezaré por mi
Celina, mi compañera de la niñez. Pediré para ella que todas sus alegrías
sean tan puras, que pueda saborearlas bajo la mirada de Dios. 
Pediré, sobre todo, que pueda saborear la alegría incomparable de
encaminar a un alma hacia Nuestro Señor, y que esta alma sea la que
pronto formará una sola con la suya. No dudo de que Dios te concederá
pronto esta gracia, y me sentiría muy dichosa si mis pobres oraciones
contribuyesen algo a ello.
Espero que mi querida Elenita esté ya restablecida, pues habría elegido un
mal momento para estar enferma... Por favor, dale un fuerte abrazo de mi
parte, y a ella le encargo que le dé a mi querida Celina mis besos más
tiernos, estoy segura de que no puedo escoger a nadie mejor para llevar a
cabo esta grata misión...
La madre María de Gonzaga se une a tus tres primas del Carmelo en la
alegría por tu felicidad, y te rogamos, querida Celina, que des
nuestros respetuosos saludos al señor y la señora Maudelonde.
Te dejo, querida Celina, quedando siempre muy unida a ti con el corazón.
Tu primita, que te querrá durante toda su vida y que no dejará de rezar por
tu felicidad,
Sor Teresa del Niño Jesús 

P.D. - La madre priora del Carmelo de Saigón nos ha enviado un gran
número de objetos chinos, entre otros un mueblecito de salón que es una
monada. Nuestra Madre ha pensado hacer con ellos una rifa a beneficio de
nuestra comunidad. Las papeletas son a 0'50 francos, y estamos
ofreciéndolas a todas las personas amigas de nuestro Carmelo. Si deseas
algunas, te las enviaremos con mucho gusto.

Carta 160 A sor María Luisa Vallée 
Jesús + 3 de abril de 1894
Muy querida Hermana:
Me resulta imposible decirle cómo me ha llegado al corazón su atenta
carta. Ya fue para mí una gran alegría saber que le había gustado el
cuadro del Niño Jesús. Me sentía recompensada por encima de todas mis
esperanzas... Querida tía -permítame seguir dándole este nombre-, en
usted precisamente pensaba yo al tratar de imaginarme qué podría regalar
a nuestra Reverenda Madre para la celebración de su primer santo como
priora.
Sabía que a ella le gustaría mucho enviarle a usted un pequeño recuerdo;
por eso, puse toda mi alma en la composición de «El sueño del Niño
Jesús». Pero, ¡ay!, al no saber reproducir mi inhábil pincel lo que mi alma
había soñado, regué con mis lágrimas el vestido blanco de mi Niño Jesús,
¡lo cual, sin embargo, no hizo bajar un rayo del cielo sobre su carita...!
Entonces, en mi pena, me prometí a mí misma no decir nada acerca de la
intención que tenía al emprender mi trabajo. Y, en efecto, sólo al ver la
indulgencia de nuestra Madre, le confié mi secreto. Ella tuvo a bien mirar el
corazón y la intención, más que el arte de su hija, y, con gran alegría de mi
parte, mi Niño Jesús ha ido, en mi lugar, a trabar conocimiento con mi
santa tía de Le Mans.
He pintado al divino Niño de manera que represente cómo se
comporta él conmigo... En efecto, él casi siempre está dormido... El Jesús
de la pobre Teresa no la acaricia como acariciaba a su Santísima Madre.
Eso es completamente natural, ¡pues la hija es tan indigna de la Madre...!
Sin embargo, los ojitos cerrados de Jesús hablan mucho a mi alma, y, ya
que él no me acaricia, yo trato de agradarle. Yo sé muy bien que su
corazón está siempre en vela, y que en la patria de los cielos se dignará
abrir sus divinos ojos... Y entonces, al mirar a Jesús, tendré también la
dicha de contemplar junto a él a mis santas Madres de la Visitación.
Espero que ellas querrán reconocerme como hija. ¿No son ellas, de
hecho, mis madres, las que formaron el corazón de los dos ángeles
visibles que me hicieron de verdaderas madres...?
Me acuerdo perfectamente de mi viaje a la Visitación de Le Mans a la edad
de tres años. Lo he revivido muchas veces con el corazón, y las rejas del
Carmelo no constituyen un obstáculo que me impida visitar a menudo a mi
querida tía y a todas esas venerables Madres que tienen a bien amar, sin
conocerla, a la pobre Teresa del Niño Jesús.
Le ruego, querida tía, que pague la deuda de gratitud de su sobrinita,
dando las gracias en su nombre a su Reverenda Madre y a todas las
Hermanas, en especial a sor Josefa de Sales, cuyo afectuoso recuerdo me
ha conmovido mucho.
Queridísima tia, me gustaría seguir hablando mucho más tiempo con
usted, pero estoy al final del papel y me veo precisada a dejarla, pidiéndole
perdón...
Sor Teresa del Niño Jesús su indigna sobrinita

Carta 161 A Celina
Jesús + 26 de abril de 1894
Querido liriecito de Jesús:
Para cantar tus 25 años, te mando una pequeña poesía que he compuesto
pensando en ti...
Celina, estoy segura de que comprenderás todo lo que mi canto quisiera
decirte. Claro, que haría falta una lengua distinta de la lengua de la tierra
para expresar la belleza del abandono de un alma en las manos de Jesús;
mi corazón no ha logrado más que balbucir apenas lo que siente...
Celina, la historia de Cecilia (la santa del abandono) ¡es también tu
propia historia!Jesús ha puesto ahí a tu lado a un ángel del cielo que te
guarda siempre y que te lleva de la mano para que tu pie no tropiece en
ninguna piedra. Tú no lo ves, y, sin embargo, es él quien desde hace 25
años ha preservado tu alma y quien le ha conservado su blancura virginal,
es él quien aleja de ti las ocasiones de pecado... Fue él quien se te mostró
en aquel sueño misterioso que te envió cuando eras niña: veías a un ángel
que llevaba una antorcha y que caminaba delante de nuestro padre
querido. Sin duda, quería darte a conocer la misión que más tarde ibas a
cumplir. ¡Ahora eres tú el ángel visible de quien pronto irá a unirse a los
ángeles de la ciudad celestial!
Celina, no temas las tormentas de la tierra... Tu ángel de la guarda te
cubre con sus alas, y en tu corazón reposa Jesús, pureza de las vírgenes.
Tú no ves tus tesoros. Jesús duerme y el ángel permanece en su
misterioso silencio. Sin embargo, están ahí, con María, que te esconde,
también ella, bajo su manto...
No temas, Celina querida. Mientras tu lira no deje de cantar para Jesús,
nunca se romperá... Es frágil, sin duda alguna, más frágil que el cristal;
si se la dejases a un músico inexperto, pronto se rompería; pero es Jesús
quien hace vibrar la lira de tu corazón... El se goza de que sientas tu
debilidad: es él quien imprime en tu alma los sentimientos de desconfianza
en sí misma.
Celina querida, dale gracias a Jesús. El te colma de sus gracias de
elección. Si eres siempre fiel en agradarle en las cosas pequeñas, él se
verá obligado a ayudarte en las grandes...
Los apóstoles, sin Nuestro Señor, trabajaron toda la noche y no cogieron ni
un solo pez; pero su trabajo era grato a Jesús. Él quería demostrarles que
sólo él puede darnos algo. Quería que los apóstoles se humillasen...
«Muchachos -les dice-, ¿tenéis algo que comer?» «Señor -respondió san
Pedro-, nos hemos pasado toda la noche bregando y no hemos cogido
nada» Tal vez si hubiese cogido algunos pececillos, Jesús no hubiese
hecho el milagro; pero no tenía nada; por eso Jesús le llenó enseguida la
red, de suerte que casi se rompía.
Así es Jesús: da como Dios, pero exige la humildad del corazón...
El mundo entero es ante él como un granito de arena que apenas si hace
inclinarse a la balanza, o como gota de rocío mañanero que cae sobre la
tierra (Sb, cap. 11).
(Celina querida, si logras leerme será un milagro, pero no tengo tiempo
para volver a leer lo que he escrito...)
El tiempo pasa como una sombra, pronto nos reuniremos allá arriba. ¿No
dijo Jesús durante la Pasión: «Y pronto veréis al Hijo del hombre sentado a
la diestra del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo»...?
¡Nosotras estaremos allí...!
Teresa del Niño Jesús

Carta 162 A Celina
26 de abril de 1894
(Texto de la estampa)
Jesús, ¿quien te ha hecho tan pequeño? El amor.
(Texto del sobre)
Estampita pintada por Teresita para los 25 años de Celinita con el permiso de la Madrecita priora

Carta 163 A sor Teresa Dositea (Leonia)
Jesús + Domingo, 20 de mayo de 1894
Querida hermanita Teresa:
¡Qué alegría me ha dado tu carta...!Nunca daré suficientes gracias a Dios
por todos dones de que te colma.
Celina nos ha contado hasta los menores detalles de la hermosa fiesta del
6 de abril. ¡Cómo se habrá alegrado ese día nuestra mamaíta del cielo...!
¡Y con qué amor habrá posado en ti su mirada nuestra tía de Le Mans!
Me alegro mucho de que mi santa Madre Teresa se haya convertido
también en la tuya. Me parece que ése es un lazo que nos va a unir más
estrechamente todavía.
No puedo decirte, querida hermanita, todas las cosas que quisiera. Mi
corazón no puede expresar sus sentimientos íntimos en [vº] el frío lenguaje
de la tierra... Pero un día, en el cielo, en nuestra hermosa patria, te miraré,
y en mi mirada podrás ver todo lo que querré decirte, porque el silencio es
el lenguaje de los bienaventurados habitantes del cielo...
Mientras tanto, hay que ganar esa patria de los cielos... Hay que sufrir, hay
que luchar... Por favor, pide por tu Teresita, para que se aproveche del
destierro de la tierra y de los medios tan abundantes que tiene para
merecer el cielo.
Celina nos ha comunicado el resultado de vuestras elecciones. He sufrido
al ver que perdías una Madre a quien amabas, pero me consolé pensando
que la que la reemplaza es verdaderamente digna de su santa
predecesora, y estoy absolutamente segura de que ahora tienes, para
guiarte hacia Jesús, a dos madres realmente merecedoras de ese dulce
nombre.
Te dejo, querida hermanita, pero sin alejarme nunca de ti con el corazón.
Te ruego que des mis respetuosos saludos a tus dos Madres.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 164 A sor Teresa Dositea (Leonia) 
Jesús + 22 de mayo de 1894
Querida hermanita:
Mis letras del domingo te llegarán al mismo tiempo que éstas, y por ellas
verás que ya entonces me alegraba de tu felicidad... Gracias por tu cartita,
que me ha gustado mucho, mucho...
Tienes mucha suerte, querida hermanita, de que Jesús esté tan celoso
de tu corazón. A ti te dice, como a la esposa del Cantar de los Cantares:
«Me has robado el corazón, hermana mía, esposa mía, me has robado el
corazón con una sola mirada de tus ojos, con uno solo de los cabellos que
vuelan sobre tu cuello».
Jesús está muy contento de ti, lo sé. Si aún te deja ver algunas
infidelidades en tu corazón, estoy segura de que son todavía más
numerosos los actos de amor que cosecha.
¿Cuál de las dos Teresas será más fervorosa...? La que sea más humilde,
la que esté más unida a Jesús, la que sea más fiel en hacerlo todo por
amor... Recemos la una por la otra para que seamos igual de fieles
las dos... Robémosle a Jesús el corazón con una mirada de nuestros ojos
y con uno de nuestros cabellos, es decir, con la cosa más grande y con la
más pequeña. No le neguemos el más pequeño sacrificio, ¡es tan grande
todo en la religión...!Recoger un alfiler por amor puede convertir a un
alma. ¡Qué gran misterio...!Sólo Jesús puede dar un valor tan grande a
nuestras acciones. Amémosle, pues, con todas nuestras fuerzas...
Tu hermanita que te quiere, Teresa del Niño Jesús

Carta 165 A Celina
Jesús + 7 de julio de 1894
Celina querida:
La carta de Leonia nos preocupa mucho...
¡Ah, qué desdichada será si vuelve al mundo!Pero te confieso que espero
que no sea más que una tentación. Hay que rezar mucho por ella. Dios
puede darle muy bien lo que le falta...
Nuestra Madre está de retiro, y por eso no te escribirá. Piensa mucho en ti
y en María, y va a rezar mucho por sus dos hijitas.
No sé si sigues aún en el mismo estado de ánimo que el otro día, pero, no
obstante, quiero citarte un pasaje del Cantar de los Cantares que expresa
a las mil maravillas lo que es un alma hundida en la sequedad y a quien
nada puede alegrar ni consolar:
«Bajé a mi nogueral a contemplar los brotes del valle, a ver si la viña ya
verdeaba, a ver si florecían los granados... Y ya no supe dónde estaba... Y
mi alma se turbó a causa de los carros de Aminadab» (cap. 6, vers. 10 y
11).
Esta es la imagen de nuestras almas. Muchas veces bajamos a los fértiles
valles, donde nuestro corazón gusta de alimentarse -el vasto campo de las
Escrituras que tantas veces se ha abierto ante nuestros ojos para derramar
sobre nosotras sus ricos tesoros-, y ese vasto campo nos parece un
desierto árido y sin agua..., ni siquiera sabemos ya dónde estamos. En vez
de la paz y de la luz, sólo encontramos turbación, o, al menos, tinieblas...
Pero, al igual que la esposa, también nosotras sabemos la causa de
nuestra prueba: nuestra alma está turbada a causa de los carros de
Aminadab... No estamos todavía en nuestra patria, y la prueba tiene que
purificarnos como el oro en el crisol. A veces nos creemos
abandonadas. Los carros, los vanos ruidos que nos afligen, ¿están dentro
de nosotras o están fuera? No lo sabemos..., pero Jesús sí que lo sabe. La
ve nuestra tristeza y de repente se deja oír su voz, una voz más dulce que
el soplo de la brisa de primavera: «¡Vuelve, vuelve, Sulamita, vuelve,
vuelve para que te veamos!» (Cant, cap. 6, 5.12).
¡Qué llamada, ésta de nuestro Esposo...!¿Cómo? Nosotras no nos
atrevemos ni siquiera a mirarnos, de tan sin brillo y sin adornos como
pensamos estar, y Jesús nos llama, quiere mirarnos a placer. Pero no está
solo: las otras dos Personas de la Santísima Trinidad vienen con él a
tomar posesión de nuestra alma... Jesús lo prometió en otro tiempo
cuando estaba para subir a su Padre y nuestro Padre. Dijo, con una
ternura inefable: «Si alguien me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo
amará, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada».
Guardar la palabra de Jesús. Esa es la única condición para nuestra
felicidad, la prueba de nuestro amor a él. ¿Pero qué palabra es ésa...? Me
parece que la palabra de Jesús es él mismo..., él, Jesús, el Verbo, ¡la
Palabra de Dios...!Nos lo dice más adelante en el mismo evangelio de san
Juan cuando ora al Padre por sus discípulos. Se expresa así: «Santifícalos
con tu palabra, tu palabra es la verdad». Y en otra parte Jesús nos enseña
que él es el camino, la verdad y la vida. Sabemos, pues, cuál es la Palabra
que tenemos que guardar. Nosotras no preguntaremos a Jesús, como
Pilato: «¿Qué es la verdad?» Nosotras poseemos la Verdad, guardamos a
Jesús en nuestros corazones...
Con frecuencia podemos decir, como la esposa, «que nuestro Amado 
es un ramillete de mirra», que él es para nosotras un esposo de sangre...
¡Pero qué dulce nos sonará un día, cuando salga de su boca, aquella
palabra de Jesús: «Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en
mis pruebas, y yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a
mí» (Evangelio)
Las tribulaciones de Jesús. ¡Qué misterio!¿O sea, que también él tiene
tribulaciones? Sí, claro que las tiene, y a menudo se encuentra solo
pisando el vino en el lagar. Busca consoladores y no los encuentra...
Muchos sirven a Jesús cuando los consuela, pero pocos se avienen a
hacer compañía a Jesús cuando duerme sobre las olas o cuando sufre en
el huerto de la agonía... ¿Quién, pues, querrá servir a Jesús por él
mismo...? ¡Lo haremos nosotras...!Celina y Teresa se unirán cada vez
más, en ellas se cumplirá esta oración de Jesús: «Padre, que sean uno,
como nosotros somos uno». Sí, Jesús nos prepara ya su Reino, como su
Padre se lo ha preparado a él. Nos lo prepara dejándonos en la tribulación.
Quiere que nuestro rostro sea visto por las criaturas, pero que esté como
escondido para que nadie más que él nos reconozca... Pero también ¡qué
felicidad pensar que Dios, la Trinidad entera nos está mirando, que vive en
nosotras y se complace en contemplarnos!¿Y qué es lo que quiere ver en
nuestro corazón, sino «coros musicales en un campo de batalla»? (Cant,
cap.7, v. 1). «¿Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera...?
Nuestras arpas llevan ya mucho tiempo colgadas en los sauces de sus
orillas», ¡ya no sabemos utilizarlas...!Nuestro Dios, el huésped de nuestras
almas, lo sabe, y por eso viene a nosotras con la intención de encontrar
una morada, una tienda VACÍA en medio del campo de batalla de la
tierra. No pide más que esto, y él mismo es el músico divino que se
encarga del concierto... ¡Ah, si escuchásemos esa inefable armonía, si una
sola de sus vibraciones llegase a nuestros oídos...!
«Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo
intercede por nosotros con gemidos inefables» (san Pablo). Lo único,
pues, que tenemos que hacer es rendir nuestra alma, abandonársela a
nuestro gran Dios. ¿Qué importa, entonces, que carezca de los dones que
brillan a exterior, si dentro de ella resplandece el Rey de reyes con toda su
gloria?
¡Qué grande tiene que ser un alma para contener a Dios...!Y, sin
embargo, el alma de un niño recién nacido es para él un paraíso de
delicias. ¿Qué serán, pues, las nuestras, que han luchado y sufrido por
conquistar el corazón de su Amado...?
Celina querida, te aseguro que no sé lo que estoy diciendo; esta carta no
debe de tener ni pies ni cabeza, pero creo que, a pesar de ello, tú me vas
a comprender... ¡Quisiera decirte tantas cosas...!
No me contestes con una larga carta para hablarme de tu alma, unas
pocas palabras bastarán, prefiero que escribas una carta muy divertida
para todas. Dios quiere que me olvide de mí misma por dar gusto a las
demás.
Abrazos a mi tío, a mi querida tía y a mi hermanita. En cuanto a mi papá
querido, le sonrío y le cuido valiéndome de su ángel VISIBLE, al que estoy
tan íntimamente unida que no formamos más que una sola cosa...
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz. 

Carta 166 A la señora de Pottier (Celina Maudelonde) 
Jesús + El Carmelo, 16 de julio de 1894
Querida Celina:
Tu carta me ha producido verdadera alegría; me admiro de cómo la
Santísima Virgen se ha dignado escuchar todos tus deseos. Aun antes de
tu matrimonio, ella quiso que el alma a la que vas a unirte no forme sino
una sola con la tuya por la igualdad de sentimientos. ¡Qué gracia tan
grande para ti el sentirte tan bien comprendida, y, sobre todo, el saber que
vuestra unión será eterna, que después de esta vida podrás seguir
amando al esposo a quien tanto quieres...!
Ya han pasado, para nosotras dos, los días benditos de nuestra infancia.
Ahora estamos en lo serio de la vida. El camino que seguimos es muy
distinto, pero nuestro destino es el mismo. No debemos tener ambas
sino una misma meta: santificarnos en el camino que Dios nos ha trazado.
Me parece, querida amiga, que contigo puedo hablar con libertad, pues tú
entiendes el lenguaje de la fe mejor que el del mundo y el Jesús de tu
primera comunión sigue siendo el dueño de tu corazón; en él amas a esa
hermosa alma que ya no forma sino una con la tuya, y a él se debe el que
vuestro amor sea tan tierno y tan fuerte. ¡Qué hermosa es nuestra religión!
En vez de encoger nuestros corazones (como cree el mundo), los eleva y
los hace capaces de amar, de amar con un amor casi infinito, ya que está
llamado a continuar después de esta vida mortal, que no se nos ha dado
sino para alcanzar la patria del cielo, donde volveremos a encontrar a los
seres queridos a los que hemos amado en la tierra.
Yo ya había pedido para ti, querida Celina, a Nuestra Señora la Virgen del
Carmen la gracia que obtuviste en Lourdes. ¡Cuánto me alegro de que te
hayas impuesto el santo escapulario!Es una señal segura de
predestinación, y además ¿no estás así por él más íntimamente unida
a tus hermanitas del Carmelo...?
Me encomiendas, querida primita, que rece por tu querido esposo,
¿piensas que podría dejar de hacerlo...? No, ya no os puedo separar en
mis pobres oraciones. Pido a Nuestro Señor que se muestre tan generoso
con vosotros como se mostró en otro tiempo con los esposos de las bodas
de Caná. Que él convierta siempre el agua en vino..., es decir, que
continúe haciéndote feliz y que suavice, en la medida de lo posible, las
adversidades que encontréis en la vida.
Las adversidades. ¿Cómo he podido poner esta palabra en mi carta,
cuando sé que para ti todo es felicidad...? Perdóname, querida amiga,
goza en paz de la alegría que Dios te concede, sin inquietarte por el
porvenir. El porvenir te reserva, estoy segura, nuevas gracias y muchas
alegrías.
La madre María de Gonzaga aprecia mucho el que la recuerdes con
cariño, y tampoco ella olvida a su Celinita. Nuestra Madre y sor María
del Sagrado Corazón comparten también tu felicidad y me encargan que te
salude cariñosamente.
Me atrevo a pedirte, querida primita, que presentes mis respetuosos
saludos al Sr. Pottier, a quien no puedo dejar ya de considerar también
como primo mío.
Te dejo, querida prima, quedando siempre muy unida a ti de corazón, y
toda mi vida me sentiré dichosa de llamarme
Tu hermanita en Jesús,
Teresa del Niño Jesús

Carta.167 A Celina
Jesús + 18 de julio de 1894
Celina querida:
No me extrañan tus pruebas, yo misma pasé por ellas el año pasado, y sé
lo que son... Dios quiso que hiciese el sacrificio, lo hice, y luego, igual que
tú, sentí la calma en medio del sufrimiento.
Pero también experimenté otra cosa, y es que muchas veces Dios se
conforma con nuestra voluntad. Él lo pide todo, y si le negamos la más
mínima cosa, nos ama demasiado para forzarnos; pero cuando nuestra
voluntad se ajusta a la suya, cuando ve que sólo le buscamos a él,
entonces se comporta con nosotras como se comportó en otro tiempo con
Abraham...
Esto es lo que Jesús me da a entender en lo más íntimo; pienso que estás
en la prueba, que ahora se está realizando ya en ti ese cercenamiento
que dices que necesitas... (Jesús quebranta ahora tu naturaleza, te da la
cruz y la tribulación.) Cuanto más tiempo pasa, más segura estoy en mi
interior de que un día vendrás aquí. La madre María de Gonzaga me
encarga que te lo diga; estaba muy bien dispuesta al leer tu carta; si la
hubieras visto, te habrías emocionado...
No tengas ningún miedo, ¡aquí encontrarás, más que en ninguna otra
parte, la cruz y el martirio...!Sufriremos juntas, como antiguamente los
cristianos, que se juntaban para darse ánimos unos a otros en el momento
de la prueba... Y luego, vendrá Jesús y tomará a una de nosotras, y las
demás se quedarán por un poco más de tiempo en el destierro y en las
lágrimas... Dime, Celina, ¿sería tan grande el sufrimiento si estuviésemos
una en Lisieux y la otra en Jerusalén...? ¿Habría sufrido tanto la Santísima
Virgen si no hubiese estado al pie de la cruz de su Jesús...?
¿Crees quizá que no te comprendo? Pues te aseguro que leo en tu alma...
Leo que eres fiel a Jesús; si no quieres más que su voluntad, si no buscas
más que su amor, nada temas. Con esta prueba Dios purifica todo lo que
pudiera haber de demasiado sensible en nuestro afecto; pero el fondo
mismo de este afecto es demasiado puro para que él lo rompa... Escucha
bien lo que voy a decirte: nunca, nunca nos separará Jesús. Si yo muero
antes que tú, no creas que me alejaré de tu alma, ¡nunca habremos estado
más unidas...!¿Es eso, tal vez, lo que Jesús quiere hacerte sentir al
hablarte de separación...? Pero, sobre todo, no sufras, no estoy
enferma, al contrario, tengo una salud de hierro; sólo que Dios puede
romper el hierro como la arcilla... Todo esto son niñerías, no pensemos en
el porvenir (es de mí de quien hablo, pues no considero una niñería la
prueba que visita el alma de mi Celina querida.)
¿Qué son las cruces exteriores...? Podríamos alejarnos la una de la otra
sin sufrir, si Jesús consolara nuestras almas... Lo que sí es una verdadera
cruz es el martirio del corazón, el sufrimiento íntimo del alma, y esa cruz
que nadie ve nosotras podemos llevarla sin separarnos jamás.
Sé muy bien que todo esto que te estoy diciendo, y nada, son exactamente
la misma cosa: tu prueba interior no cesará hasta el día señalado por
Jesús. Pero como él quiere servirse a veces de mí para hacer bien a tu
alma, tal vez mis palabras sean la expresión de su voluntad... ¡Es increíble
cómo siempre tenemos las dos las mismas pruebas!Más tarde o más
temprano tenemos que beber de la misma copa.
Cuando la tormenta es muy fuerte en tierra, todo el mundo dice: «No hay
que temer por los barcos, pues la tormenta no ruge ahora en el mar». Pues
bien, yo le digo a Celina: la tormenta pasó sobre mi alma y ahora visita la
tuya; pero no temas, pronto renacerá la calma (a la tempestad seguirá una
gran calma.)
¿Quieres saber noticias de mi hija? Pues bien, creo que perseverará.
No ha sido educada como nosotras, desgraciadamente para ella, y su
educación es la causa de sus modales tan poco atrayentes, pero en el
fondo es buena. Ahora me quiere mucho, pero procuro no tocarla sino con
guantes de seda blanca... Sin embargo, tengo un título que me perjudica
mucho: soy un «perrito de caza», soy yo quien corre todo el día detrás de
la pieza. ¿Sabes?, los cazadores (las maestras de novicias y las prioras)
son demasiado grandes para meterse entre los matorrales, pero un
perrito... tiene fino el olfato y además ¡se cuela por todas partes...!Así,
velo de cerca por mi hija y los cazadores no están descontentos de su
perrito... Yo no quiero hacerle daño a mi conejito, sino que le lamo
diciéndole con ternura que su pelo no está lo suficientemente liso, que su
mirada es todavía demasiado la de un conejo montés, en una palabra,
trato de convertirlo en lo que mis cazadores desean: un conejito muy
sencillo que sólo se ocupe de la hierbecilla que debe pacer. Estoy
bromeando, pero en el fondo pienso que el conejo vale más que el
perrito...; en su lugar, yo hace tiempo que me habría perdido para siempre
en el vasto bosque del mundo.
Te agradezco las dos fotos. Son preciosas.
Teresa del Niño Jesús

Te ruego que des cariñosos recuerdos de mi parte a todos los
inolvidables viajeros que se lo están pasando tan bien ahí. Comprendo lo
que sientes con los muchachos... Pero sólo es cosa de un momento,
vendrá un día en que no verás a muchos, ¡consuélate...!
Te mando dos cancioncitas que he compuesto, enséñaselas a mi querida
Mariíta, dile que la quiero y que rezo por ella..., ¡cómo agranda su alma el
sufrimiento y cómo la acerca a la meta...!La madre María de Gonzaga no
le escribe porque la carta va dirigida a nuestra tía, la próxima vez será...
Pídele a nuestra tía «Mi caótico de hoy», sor María del Sagrado Corazón
ha querido dedicárselo a ella.

Carta 167 bis A la señora de Guérin
19 de julio de 1894
Nuestra Madre no tiene tiempo de escribir a su querida Juanita. Le
agradece mucho su carta y sus preciosos modelos Teresa envía todo su cariño a sus inolvidables viajeros...

Carta 168 A Celina
5-10 de agosto de 1894
Jesús +
Querida Celina:
Tu carta es preciosa, y nos ha hecho derramar lágrimas muy dulces...
No tengas miedo, Jesús no te engañará, ¡si supieras cómo le encantan tu
docilidad y tu candor de niña...!Yo tengo el corazón desgarrado... He
sufrido tanto por ti, que espero no ser un obstáculo a tu vocación, ¿no ha
sido depurado nuestro afecto como el oro en el crisol...? Esparcimos,
llorando, las semillas, y ahora pronto volveremos juntas trayendo en
nuestras manos las gavillas.
No le escribiré hoy al Padre, creo que será mejor esperar su carta
para ver lo que dice él... Si prefieres que escriba yo para justificarte, dímelo
cuando vengas y no tendré inconveniente en hacerlo...
¡¡¡Tengo el corazón destrozado...!!!Pero doy gracias a Dios por esta
prueba que él mismo ha querido; de esto estoy segura, pues es imposible
que Jesús engañe a un niñito como tú.
Las tres te queremos aún más que antes, si es posible, ¡nos dijo tanto tu
mirada...!Si oyeses a sor María del Sagrado Corazón, te aseguro que
quedarías asombrada... No vacila en decir que su amado Padre se ha
equivocado... Pero él sólo ha sido el instrumento dócil de Jesús, por eso
Teresita no está enfadada con él...
Dale las gracias a nuestra tía por su carta. Si se entera de que te he
escrito, dile que estamos profundamente apenadas.
(También la madre María de Gonzaga ha llorado mucho al leer tu carta.
¡Pobre Madre!, no sabe absolutamente nada..., ya ves lo discretas que somos.)

Carta 169 A Celina
Jesús + 19 de agosto de 1894
Mi querida hermanita:
Esta será la última vez que te escribo al mundo... No podía decir mayor
verdad en la carta que te envié a La Musse cuando te prometía que pronto
estarías en el Carmelo.
No me extraña la tormenta que ruge en Caen. F. y J. han escogido un
camino tan distinto del nuestro, que no pueden comprender la sublimidad
de nuestra vocación... Pero el que ríe el último ríe mejor... Después de
esta vida de un día, comprenderán quiénes fueron los más privilegiados, si
nosotras o ellos...
¡Cómo nos emocionó tu pesca milagrosa!... ¡Cómo nos hacen sentir esas
pequeñas delicadezas que nuestro padre está cerca de nosotras!Tras una
muerte de cinco años, ¡qué alegría volver a encontrarle el mismo de
siempre, buscando como antes la forma de complacernos!¡Y cómo
va a devolverle a su Celina los cuidados que ella le prodigó...!Él es quien
ha logrado en tan poco tiempo que se aclarase tu vocación. Ahora que es
un puro espíritu, le es fácil ir a estar con los sacerdotes y con los obispos,
y así ¡no ha tenido que tomarse tantas molestias por su Celina querida
como por su pobre reinecita...!
Me alegro mucho, querida hermanita, de que no sientas ningún atractivo
sensible al venir al Carmelo; eso es una delicadeza de Jesús, que quiere
recibir de ti un obsequio. Él sabe que hay más dicha en dar que en recibir.
Sólo tenemos el breve instante de la vida para dar a Dios..., y él se apresta
ya a decir: «Ahora me toca a mí...» ¡Qué dicha sufrir por quien nos ama
hasta la locura y pasar por locas a los ojos del mundo!Se juzga a los
demás por uno mismo, y, como el mundo es insensato, ¡piensa
naturalmente que las insensatas somos nosotras...!
Pero, a fin de cuentas, no somos nosotras las primeras: el único
crimen que Herodes echó en cara a Jesús fue el de estar loco, ¡y yo
pienso como él...!Sí, fue una verdadera locura venir a buscar a los pobres
corazoncitos de los mortales para convertirlos en sus tronos. Él, el Rey de
la gloria, que se sienta sobre los querubines... Él, cuya presencia no
pueden contener los cielos... Nuestro Amado tenía que estar loco para
venir a la tierra a buscar a los pecadores para hacer de ellos sus amigos,
sus íntimos, sus semejantes. ¡Él, que era perfectamente feliz con las otras
dos personas de la Trinidad, dignas de adoración...!Nosotras no podremos
nunca hacer por él las locuras que él hizo por nosotras, y nuestras
acciones no merecerán nunca ese nombre, porque no son sino hechos
muy razonables y muy por debajo de lo que nuestro amor quisiera realizar.
Es, pues, el mundo el insensato, pues ignora lo que Jesús hizo por
salvarlo; es él el acaparador que seduce a las almas y las lleva a fuentes
sin agua...
No somos tampoco ni holgazanas ni pródigas. Jesús nos defendió en
la persona de la Magdalena. Él estaba a la mesa, Marta servía, Lázaro
comía con él y con los discípulos. ¿Y María? María no pensaba en tomar
alimento, sino en agradar al que amaba; por eso, tomó un vaso lleno de un
perfume muy costoso y, rompiendo el vaso, lo derramó sobre la cabeza de
Jesús, y toda la casa se llenó del perfume del ungüento; pero los
Apostoles murmuraban contra la Magdalena...
Lo mismo ocurre con nosotras: los cristianos más fervorosos, los
sacerdotes piensan que exageramos, que deberíamos servir con Marta en
vez de consagrar a Jesús los vasos de nuestras vidas con los perfumes
que en ellos se encierran... Y sin embargo, ¿qué importa que se rompan
nuestros vasos, si Jesús recibe consuelo y el mundo, aun a pesar suyo, se
ve obligado a sentir el perfume que de ellos se desprende y que sirve para
purificar el aire envenenado que respira sin cesar?
La enfermera quiere que busques en Caen medio frasco de agua
antihemorrágica de Tisserand, de 2'50 francos. Si no hay más que frascos
enteros, no lo compres, pues también los hay aquí en Lisieux.
Sor María del Sagrado Corazón querría siete u ocho cascanueces.

Carta 170 A sor Teresa Dositea (Leonia) 
Jesús + 20 de agosto de 1894
Querida hermanita:
Quisiera escribirte una larga carta, pero no dispongo más que de unos
minutos, pues están esperando estas líneas para llevarlas al correo.
Desde que nuestro padre querido se fue al cielo, pienso en ti más que
nunca, y supongo que a ti te pasa lo mismo que a nosotras. La muerte de
papá no me parece una muerte, sino una verdadera vida. Vuelvo a
encontrarle después de seis años de ausencia, lo siento en torno a mí
mirándome y protegiéndome...
Querida hermanita, ¿no estamos todavía más unidas, ahora que miramos
al cielo para descubrir en él a un padre y a una madre que nos han
ofrecido a Jesús...? Pronto se verán realizados sus deseos, y todos los
hijos que Dios les dio estarán unidos a Él para siempre...
Comprendo el vacío que va a producirte la partida de Celina, pero sé lo
generosa que eres con Nuestro Señor, y, además, ¡la vida pasa tan
pronto...!Después, nos reuniremos para no separarnos ya más y nos
alegraremos de haber sufrido por Jesús...
Querida hermanita, perdóname esta horrible carta y no mires más que al
corazón de tu Teresa, que quisiera decirte tantas cosas que no sabe
expresar...
Saluda, por favor, respetuosamente a la madre superiora y a tu maestra.
Quisiera que dieras la carta a Celina lo antes posible, cuando vaya a verte.
Adiós, querida hermanita, no te olvides de rezar por las más pequeña y la
más indigna de tus hermanas,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 171 A sor Teresa Dositea (Leonia)
Jesús + 11 de octubre de 1894
Querida hermanita:
¡Cuánto me alegro de que tu santo caiga ahora el mismo día que el mío...!
Estoy segura de que, el día 15, santa Teresa te va a colmar de sus
gracias; voy a pedirle mucho por ti, lo mismo que a la beata Margarita
María...
¡Si supieras, querida hermanita, cuánto rezamos por ti..., y sobre todo
cuántos sacrificios ofrecemos, creo que te emocionarías mucho...!Desde
que sabemos de tus pruebas, nuestro fervor ha aumentado, te lo aseguro;
todos nuestros pensamientos y nuestras oraciones son para ti.
Yo tengo una gran confianza en que mi querida salesita va a salir
victoriosa de todas esas grandes pruebas y en que un día será una
religiosa modelo. ¡Dios ya le ha concedido tantas gracias!, ¿podrá
abandonarla ahora que parece haber llegado a puerto...? No, Jesús
duerme, mientras su pobre esposa lucha contra las olas de la tentación.
Pero nosotras lo llamaremos tan tiernamente, que se despertará
enseguida, increpará al viento y a la tempestad, y se restablecerá la
calma...
Hermanita querida, ya verás cómo a la prueba le sucederá la calma, y
cómo más tarde te alegrarás de haber sufrido. Además, Dios te sostiene
visiblemente en la persona de esas Santas Madres que no cesan de
prodigarte sus cuidados y sus consejos, tiernos y maternales...
Por favor, hermana querida, encomiéndame a sus oraciones, y tú, querida
Teresa, recibe el cariño cada vez mayor de tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús 

Carta 172 A la señora de Guérin 
Jesús + 17 de noviembre de 1894
Querida tía:
Con el alma todavía aromada por la hermosa carta de mi tío a sor María
Magdalena, vengo a felicitarle su santo.
¡Si supiese, querida tiíta, lo orgullosa que estoy de tener unos parientes
como ustedes...!Me siento feliz de ver qué bien sirven a Dios los que amo,
y me preguntó por qué razón me concedió la gracia de pertenecer a una
familia tan maravillosa.
Me parece que Jesús se va a gusto a descansar en vuestra casa, como lo
hacía en otro tiempo en Betania. Es «el divino Mendigo de amor»,
que pide posada y que dice «gracias», y que pide siempre más, en
proporción a las dádivas que recibe. Él sabe muy bien que los corazones a
los que se dirige comprenden «que el honor más grande que Dios puede
hacer a un alma, no es darle mucho, sino pedirle mucho».
Por eso, ¡qué dulce será para usted, querida tía, oír un día que el mismo
Jesús le da el título de madre..!Sí, usted es verdaderamente su madre, él
nos lo asegura en el Evangelio con estas palabras: «El que cumple la
voluntad de mi Padre, ése es mi madre». ¡Y usted no sólo cumple su
voluntad, sino que le entrega a seis de sus hijas para que sean sus
esposas...!De modo que usted es seis veces su madre, y los ángeles del
cielo podrían dirigirle estas hermosas palabras: «Y tú te alegrarás en tus
hijos, porque todos serán bendecidos y se reunirán con el Señor». Sí,
todos son bendecidos, y en el cielo, querida tía, usted tendrá una corona
trenzada de rosas y de lirios...
Y las dos rosas que brillarán entre ellas no serán su ornato menor. Ellas
reproducirán en la tierra las virtudes de mi tía y aromarán así a nuestro
triste mundo, de manera que Dios pueda seguir encontrando aquí en la
tierra algunas flores que seduzcan su mirada y detengan su brazo,
dispuesto a castigar a los malvados...
Querida tiíta, quería decirle muchas más cosas, pero vienen a buscar carta
y sólo tengo tiempo para repetirle una vez más mi cariño. Pienso también
en el onomástico de nuestra querida abuelita, y le ruego que le dé un
abrazo muy fuerte de mi parte.
Su hijita
Teresa del Niño Jesús 

Carta 173 A sor Teresa Dositea (Leonia)
enero de 1895
Jesús +
Querida hermanita:
Con gran alegría te envío mi felicitación al comenzar este año nuevo. El
que acaba de pasar ha sido muy fructífero para el cielo: nuestro padre
querido ha visto lo que «el ojo del hombre no puede ver», ha escuchado la
armonía de los ángeles..., y su corazón comprende y su alma goza ya de
las recompensas que Dios tiene preparadas para los que le aman.
Un día nos llegará también el turno a nosotras..., ¡quizás no veamos
terminar el año que comienza!, ¡tal vez una de nosotras oiga pronto la
llamada de Jesús...!
¡Oh, qué hermoso es pensar que bogamos hacia la ribera eterna...!
Querida hermanita, ¿no te parece, como a mí, que la partida de nuestro
padre querido nos ha acercado más al cielo? Más de la mitad de la familia
goza ya de la visión de Dios, y las cinco desterradas de la tierra no
tardarán en volar hacia su Patria. Este pensamiento de la brevedad de la
vida me da ánimos y me ayuda a soportar las fatigas del camino. ¿Qué
importa (dice la Imitación de Cristo) un poco de trabajo aquí en la tierra...
Estamos de paso y no tenemos aquí morada permanente? Jesús ha ido
delante para prepararnos un sitio en la casa de su Padre, y después
volverá y nos llevará con él, para que donde está él estemos también
nosotras... Esperemos y suframos en paz, la hora del descanso se
acerca, las ligeras tribulaciones de esta vida que dura un momento
producen en nosotras un peso eterno de gloria...
Querida hermanita, ¡cómo me gustan tus cartas, y, sobre todo, cuánto bien
hacen a mi alma!Me lleno de gozo al ver cómo te ama Dios y cómo te
colma de sus gracias... Te halla digna de sufrir por su amor, y ésa es la
mayor prueba de ternura que puede darte, pues el sufrimiento nos hace
semejantes a él...
Hermanita querida, no olvides a la última y más pobre de tus hermanas.
Pídele a Jesús que sea muy fiel, que sea feliz, como tú, de ser en todas
partes la más pequeña y la última de todas...
Te ruego que presentes mis mejores deseos a tus santas Madres y que les
asegures que estoy muy unida a ellas en el Corazón de Jesús.
Tu pobre hermanita,
(Teresa del Niño Jesús)

Carta 174 A sor Genoveva (Celina)
Finales de enero de 1895
Sor Genoveva de Santa Teresa.
¡Teresita es la primera que lo ha escrito...!

Carta 175 A sor Teresa Dositea (Leonia)
Jesús + 24 de febrero de 1895
Querida Leonia:
Me he sentido muy feliz al recibir tus noticias. Espero que sigas bien de
salud y que tus hermanas estén en vías de recuperación.
Es muy poco el tiempo que puedo dedicarte, pero quiero encomendarme a
tus oraciones antes de la cuaresma, y prometerte que yo, por mi parte, me
acordaré todavía más de ti, si es posible, y que luego iré a cantar 
contigo sin prisas el aleluya, para resarcirme de no haber podido hacerlo
hoy...
Quiero decir después de Pascua, pero me explico tan mal, que podrías
creer que voy a cantar el aleluya en cuaresma... No, me contentaré con
seguir a Jesús en su vía dolorosa, y suspenderé mi arpa en los sauces
junto a los canales de Babilonia... Pero después de la Resurrección,
volveré a tomar mi arpa, olvidando por un momento que estoy desterrada,
y cantaré contigo la dicha de servir a Jesús y de habitar en su casa, la
dicha de ser su esposa en el tiempo y para toda la eternidad...
Querida hermanita, presenta, por favor, mis saludos respetuosos a esas
santas Madres, y tú recibe mi enorme cariño.
Tu hermanita más pequeña,
Teresa del Niño Jesús

P.D. Cuando escribas, dime el año de tu primera comunión, ¿quieres?

Carta 176 A sor Teresa Dositea (Leonia)
Jesús + Domingo, 28 de abril de 1895
Querida hermanita:
Hubiera querido agradecerte antes tu carta, que me gustó mucho; pero
como nuestra Madre te contestó enseguida, no pude escribirte al mismo
tiempo que ella.
Querida hermanita, estoy íntimamente convencida de que has encontrado
tu vocación, y no sólo como salesa, sino también como salesa de Caen.
Dios nos ha dado tantas pruebas de ello, que no podemos dudarlo... Esa
idea (de ir a Le Mans) me parece una tentación, y pido a Jesús que te libre
de ella. Sí, comprendo muy bien que el retraso de la profesión debe ser
una prueba para ti; pero es una gracia tan grande, que cuanto más
tiempo se tenga para prepararse a ella, más hay que alegrarse. Yo
recuerdo con alegría lo que pasó en mi alma algunos meses antes de mi
propia profesión. Veía acabarse mi año de noviciado, y nadie se ocupaba
de mí (debido a nuestro Padre superior, que me consideraba demasiado
joven). Te aseguro que me sentía muy apenada, pero un día Dios me hizo
comprender que en ese mi deseo de pronunciar los sagrados votos había
una búsqueda muy grande de mí misma, y entonces me dije: Para la toma
de hábito me vistieron un hermoso vestido blanco guarnecido de encajes y
de flores, ¿y quién ha pensado en proporcionarme uno para mis bodas...?
Ese vestido debo preparármelo yo solita. Jesús quiere que nadie me
ayude, fuera de él; por lo tanto, con su ayuda, voy a poner manos a la obra
y a trabajar con ardor... Las criaturas no verán mis esfuerzos, que 
quedarán ocultos en mi corazón. Procuraré que me olviden y no buscaré
otra mirada que la de Jesús... ¿Qué importa si parezco pobre y carente de
espíritu y de talentos...? Quiero poner en práctica este consejo de la
Imitación de Cristo: «Que éste se gloríe de una cosa, aquél de otra, tú no
pongas tu gozo más que en el desprecio de ti mismo, en mi voluntad y en
mi gloria». O bien: «¿Quieres aprender algo que te sea útil? ¡Gusta de ser
ignorado y tenido en nada...!».
Al pensar en todo esto, sentí una gran paz en mi alma, ¡sentí que allí
estaba la verdad y la paz!Y ya no volví a preocuparme por la fecha de mi
profesión, pensando que el día en que mi traje de novia estuviese
terminado Jesús vendría a buscar a su pobre esposa...
Querida hermanita, no me equivocaba; es más, Jesús se conformó con
mis deseos, con mi abandono total, y se dignó unirme a él mucho antes de
lo que yo me hubiera atrevido a esperar...
Ahora Dios  me sigue conduciendo por el mismo camino, no tengo
más que un deseo: el de hacer su voluntad. Tal vez te acuerdes de que
antes me gustaba llamarme a mí misma «el juguetito de Jesús». Todavía
ahora soy feliz de serlo, sólo que he pensado que el divino Niño tiene
muchas otras almas llenas de virtudes sublimes que se dicen también «sus
juguetes»; y entonces pensé que ellas eran sus juguetes lujosos y que mi
pobre alma no era más que un juguetito sin valor... Y para consolarme, me
dije a mí misma que muchas veces los niños se divierten más con los
juguetitos que pueden tirar o coger, romper o besar a su antojo, que con
otros de mayor valor que casi ni se atreven a tocar... Entonces me alegré
de ser pobre y deseé serlo cada día más, para que a Jesús le gustase
cada vez más jugar conmigo.
Querida hermanita, ahora que he hecho de director espiritual, reza mucho
por mí para que ponga en práctica las luces que Jesús me da.
(Saluda, por favor, respetuosamente de mi parte a esas tus santas
Madres.)
Tu pequeñísima hermana que te quiere
Teresa del Niño Jesús 

Carta 177 A María Guérin
7 de julio (?) de 1895
A mi querida hermanita, de parte de su Teresita ¡que se acuerda mucho de
ella...!Y que, sobre todo, espera (temblando) que su querida María
mantenga sus promesas viviendo tan tranquila como un niñito en los
brazos de su madre...
Pido mucho por ti, hermanita querida, y por todos los inolvidables parientes
de La Musse, que en estos momentos deben de estar haciendo grandes
progresos en la perfección pues aceptan con tanta generosidad el
sacrificio de la separación...
Quiero y rezo cada vez más por mis queridos tíos. Y no sé hasta
dónde llegará este amor, ¡pues mi cariño aumenta cada día...!

Carta 178 A la señora de Guérin
20-21 de julio de 1895
Jesús + 20 de julio de 1895
Querida tiíta:
Me ha emocionado mucho el ver que se acuerda de su Teresita; también
ella se acuerda mucho de usted, y si todavía no ha escrito a su tía querida,
no ha sido por indiferencia, sino porque su corazón está tan repleto de
cariño y de veneración, que no acierta a traducir sus pensamientos...
Sin embargo, tengo que intentarlo, aun a riesgo de decir a mi tiíta cosa que
van a disgustarla, ¿no sale la verdad de la boca de los niños? Pues bien,
tendrá que perdonarme si digo la verdad, pues soy y quiero ser siempre
una niña...
Voy a darle una leccioncita espiritual y a mostrarle cuán bueno es Dios
conmigo. A mí me gusta mucho leer las vidas de los santos; el relato de
sus acciones heroicas me inflama el ánimo y me impulsa a imitarlos. Pero
confieso que a veces me ha ocurrido envidiar la suerte feliz de sus
parientes, que han tenido la dicha de vivir en su compañía y de gozar de
sus santas conversaciones. Ahora ya no tengo nada que envidiar, pues
estoy en situación de contemplar de cerca las acciones de los santos y de
observar sus luchas y la generosidad con que se someten a la voluntad de
Dios.
Querida tiíta, sé muy bien que le disgustaría que le dijese que es una
santa. Sin embargo, tengo muchas ganas de hacerlo... Pero si no se lo
digo, puedo decirle una cosa que no hay que decirle a mi tío, pues
entonces ya no me seguiría queriendo. Y esa cosa usted la sabe mejor
que yo, y es que mi tío es un santo como hay pocos en la tierra y que
su fe puede compararse con la de Abraham... ¡Si supiese qué dulce
emoción llenó ayer mi alma al ver a mi tío con su angelical Mariíta...!
Nosotras estábamos sumergidas en un gran dolor a causa de nuestra
pobre Leonia; era una verdadera agonía. Dios, que quería probar nuestra
fe, no nos enviaba ningún consuelo, y yo no podía rezar otra oración que la
de Nuestro Señor en la cruz: «¡Dios mío, Dios mío, por qué nos has
abandonado!», o como en el Huerto de la agonía: «Dios mío, que se haga
tu voluntad y no la nuestra». Por fin, para consolarnos, nuestro divino
Salvador no nos envió al ángel que lo sostuvo a él en Getsemaní, sino a
uno de sus santos, peregrino aún en esta tierra y lleno de su fuerza divina.
Al ver su serenidad y su resignación, nuestras angustias se disiparon y
experimentamos el apoyo de una mano paternal...
Tiíta querida, ¡qué grandes son las misericordias de Dios para con sus
pobres hijas...!Si usted supiese las dulces lágrimas que derramé al
escuchar la conversación celestial de mi santo tío... Me parecía ya
transfigurado, su lenguaje no era ya el de la fe que espera, sino el del
amor que posee. Precisamente cuando la prueba y la humillación venían a
visitarlo, él parecía olvidarlo todo para no pensar más que en bendecir la
mano divina que le arrebataba su tesoro y que, en recompensa, lo probaba
como a un santo... Santa Teresa tenía mucha razón cuando decía a
Nuestro Señor, que la colmaba de cruces cuando emprendía por él
grandes trabajos: «Señor, no me extraña que tengas tan pocos amigos,
¡los tratas tan mal...». Y en otra ocasión decía que a las almas a las
que Dios ama con un amor ordinario les manda algunas pruebas, pero a
las que ama con amor de predilección les prodiga las cruces como la señal
más cierta de su ternura.
21 de julio
Había dejado ayer la carta sin terminar porque llegaron María y Leonia.
Nuestra emoción, al verla, fue muy grande; no logramos hacerle decir una
sola palabra, de tanto como lloraba. Finalmente acabó por mirarnos, y ya
todo fue bien. No le doy más detalles, tiíta, porque ya los sabrá todos por
María, que se portó como una verdadera mujer fuerte en las dolorosas
circunstancias que acaban de producirse. Así se lo dijimos, pero me di
cuenta muy bien de que ese cumplido no le gustaba; entonces la llamé
«angelito» y ella me dijo, riendo, que esto le gustaba más que lo de «mujer
fuerte». Es de un humor, que hace reír hasta a las piedras, y eso distrae a
su pobre compañera. Les servimos en platos de barro, como a las
carmelitas, lo cual les divirtió mucho.
¡Cuánta virtud tiene su Mariíta...!Es asombroso el dominio que tiene de sí
misma. No es precisamente energía lo que le falta para hacerse santa, y
ésa es la virtud más necesaria: con la energía se puede llegar fácilmente a
la cumbre de la perfección. Si pudiese darle un poco a Leonia, todavía le
quedaría bastante a nuestro angelito y no le vendría mal a la otra...
Querida tiíta, me estoy dando cuenta de que mis frases no son claras, me
doy prisa por entregar la carta a María, que no quería que le escribiese,
diciendo que ella cumpliría todos mis encargos o que me daría quince
céntimos para un sello; pero no he querido esperar más tiempo para enviar
a mi tía querida tan sólo «una mirada», que, por expresiva que sea, no
podría verla de tan lejos.
Quería hablarle de Juana y de Francis, pero no tengo tiempo. Todo lo que
puedo decir es que los cuento entre el número de santos que se me ha
concedido contemplar de cerca en la tierra, y que me alegrará verlos
pronto en el cielo en compañía de sus hijos, cuyas resplandecientes
coronas aumentarán su propia gloria...
Querida tiíta, si no logra leerme, la culpa es de María. Déle como castigo
un abrazo de mi parte, y dígale que le dé a usted un abrazo muy fuerte en
lugar mío.
Su hija más pequeña
Teresa del Niño Jesús

Carta 179 A sor Genoveva
Después del 8 de septiembre de 1895
¿La Señorita está contenta...?
El pobre Señor se ha dado mucha prisa en complacerla.

Carta 180 A la señora de La Néele
Jesús + 14-15 y 17 de octubre de 1895
Querida Juana:
Al leer tu carta, me parecía estar viéndote y oyéndote. Me ha producido
una enorme alegría comprobar la agradable enfermedad que mis tíos
fueron a llevarte de Lisieux; espero que aún no te hayas curado de tu crisis
de alegría...; lo cual es muy probable, ya que el célebre miembro de la
Facultad, a pesar de toda su ciencia universal, no puede encontrar ningún
remedio para su querida Juanita. Si por casualidad descubriese alguno,
por favor, que no se olvide de nuestro Carmelo: desde que entró «el
duendecillo que abrió las arrugas y encaneció el cabello» de su querida
Fifine, todo el noviciado sufre ese contagio.
Es un gran consuelo para mí, la vieja decana del noviciado, ver mis últimos
días rodeados de tanta alegría; eso me rejuvenece, y, a pesar de mis siete
años y medio de vida religiosa, muchas veces me falta la gravedad en
presencia de ese gracioso diablillo que alegra a toda la comunidad. ¡Si la
hubieras visto el otro día con tu fotografía y la de Francis, te habrías
divertido mucho...!Nuestra Madre las había traído a la recreación y las
hacía pasar de mano en mano; cuando le llegó el turno a sor María
de la Eucaristía, tomó las fotografías una después de otra, dirigiéndoles
sus más graciosas sonrisas y diciéndoles por turno: «Buenos días, Fifine...
Buenos días, Serafín». Estas expresiones de cariño hicieron reír a todas
las carmelitas, que están muy contentas de tener una postulante tan
simpática. Su hermosa voz constituye nuestra dicha y el encanto de
nuestras recreaciones. Pero, sobre todo, lo que alegra mi corazón mucho
más que todos los talentos y las cualidades exteriores de nuestro ángel
querido, son sus buenas disposiciones para la virtud.
Es muy grande, querida Juana, el sacrificio que Dios acaba de pedirte.
¿Pero no ha prometido «a quien deje por él padre o madre o hermana cien
veces más en esta vida»? Pues bien, ¡por él, tú no has vacilado en
separarte de una hermana a la que quieres mucho más de lo que se puede
decir!¡Y Jesús se va a sentir muy obligado a mantener su promesa...!Yo
sé bien que, normalmente, esas palabras se aplican a las almas religiosas;
sin embargo, en lo hondo de mi corazón, yo siento que han sido
pronunciadas para los padres generosos que hacen el sacrificio de sus
hijos, a quienes quieren más que a sí mismos...
¿Y no has recibido tú ya ese céntuplo que Jesús prometió...? Sí, la paz y la
felicidad de tu Mariíta han traspasado las rejas de la clausura para ir a
derramarse en tu alma... Y tengo la íntima convicción de que pronto
recibirás un céntuplo más abundante: de que un angelito vendrá a alegrar
tu hogar y a recibir tus besos de madre...
Querida hermanita, tendría que haber comenzado agradeciéndote el
regalo que quieres hacerme para mi santo. Me he emocionado mucho, te
lo aseguro; pero perdóname si te digo sinceramente lo que me gustaría.
Ya que deseas darme gusto, preferiría, en vez de pescado, un modelo de
flores. Pensarás que soy una egoísta, pero, ¿sabes?, mi tío mima a sus
queridas carmelitas, que están muy seguras de que no se van a morir de
hambre... A Teresita, a quien nunca le gustaron las cosas de comer, sí que
le gustan mucho las cosas útiles para su comunidad, y sabe que, con los
modelos, podemos ganar dinero para comprar pescado. Esto parece un
poco la historia de la lechera, ¿no? En fin, si me regalas un ramo de
agavanzos, estaré muy contenta. Si no los hay, mándame vincapervincas
o capullos de oro, incluso cualquier otra flor corriente me gustaría igual.
Temo pecar de indelicadeza. Si es así, no hagas caso a mi petición y
recibiré muy agradecida el pescado que me regales, sobre todo si quieres
añadirle las perlas de que me hablaste el otro día...
Ya ves, querida Juana, cómo he cambiado y que, lejos de guardar silencio,
hablo como una cotorra y soy demasiado atrevida al pedir... ¡Es tan difícil
guardar el justo medio...!Por suerte, una hermana lo perdona todo, incluso
las inoportunidades del pequeño benjamín...
He interrumpido tantas veces la carta, que no tiene ilación. Había pensado
muchas cosas hermosas acerca del ciento por uno de que te hablaba al
principio, pero me veo obligada a guardar esas cosas hermosas en lo
hondo de mi corazón y a pedir a Dios que las haga realidad en ti, pues no
tengo tiempo de enumerártelas. Tengo que ir «al lavado», a escuchar,
mientras froto la ropa, a mi querido diablillo que seguramente cantará que
«Este lavado nos llevará a la ribera sin tempestad...».
Nuestras dos Madres y todas tus hermanitas te mandan un millón de
recuerdos cariñosos, lo mismo que a Francis. No me olvido que mañana
se celebra la fiesta de san Lucas, uno de sus patronos, así que ofreceré
por él la sagrada comunión y pediré a Jesús que lo recompense por las
molestias que se tomó en encontrarme las medicinas...
Un abrazo de corazón, querida Juanita, y cuenta con el afecto y la gratitud
de tu más pequeña hermanita
Teresa del Niño Jesús 

Carta 181 A la señora de Guérin
Jesús + 16 de noviembre de 1895
Querida tiíta:
La más pequeñita de sus hijas quiere unir su débil voz al maravilloso
concierto que sus hermanas mayores le harán oír con ocasión de su santo.
¿Qué me queda por desearle, querida tía...? Pienso que, después de
todas las felicitaciones que le habrán sido dirigidas, a mí no que queda
más que decir con todo el corazón: «¡Así sea...!»
Todos los años le repito lo mismo: en la tierra no encuentro palabras que
puedan expresar los sentimientos de mi alma. Por eso, me siento dichosa
de unirme a mis tres hermanas mayores, y sobre todo a nuestro
querido benjamín, para ofrecerle mi felicitación en el día de su santo.
No tengo tiempo de escribirle más largamente, querida tiíta, pero estoy
muy segura de que usted sabrá adivinar todos los sentimientos de cariño
de que rebosa mi corazón.
El día de su santo ofreceré la comunión por usted y por nuestra querida
abuela.
Le ruego, querida tía, que colme de besos a todos los que amo, en
especial a mi tío querido, y a él le encomiendo que le dé a usted un millón
de besos de parte de su hijita,
Teresa del Niño Jesús 

Carta 182 A sor Genoveva 
Jesús + 23 de febrero de 1896
Querida hermanita:
Me pediste que te dijera lo que va a pasar en el cielo el día de tus bodas.
Voy a intentar de hacerlo, pero siento, de entrada, que no voy ni siquiera a
poder esbozar unas fiestas que no pueden describirse, pues ni el ojo del
hombre vio, ni su oído oyó, ni su corazón puede imaginar lo que Dios tiene
reservado para los que ama...
El 24 de febrero, a medianoche, san Pedro abrirá las puertas del cielo.
Inmediatamente después, saldrán los ángeles y los santos, con una alegría
sin igual, para formar la corte del Rey y de su prometida.
La Virgen Santísima, inmediatamente delante de la adorable Trinidad,
avanzará, llevando el aderezo real de la esposa, su hija querida. Con
delicadeza enteramente maternal, antes de bajar a la tierra, abrirá los
abismos del purgatorio. Inmediatamente, multitudes innumerables de
almas se abalanzarán sobre su liberadora para darle las gracias y para
conocer de sus labios el motivo de su inesperada liberación. La dulce
Reina les responderá: «Hoy es el día de las bodas de mi Hijo. Allá abajo,
en la tierra del exilio, él se ha escogido desde toda la eternidad a un alma
que le fascina y le cautiva entre millones y millones de otras almas que él
ha creado también a su imagen. Esta alma privilegiada me ha dirigido esta
oración: "En el día de mis bodas, yo quisiera que se aleje todo sufrimiento
del reino de mi Esposo". Y en respuesta a su llamada, yo he venido a
liberaros... Ocupad un lugar en nuestro cortejo y cantad con los
bienaventurados las glorias de Jesús y de Celina».
Entonces todo el cielo bajará a la tierra y encontrará a la feliz prometida
postrada ante el sagrario; al acercarse el cortejo, ésta, levantándose,
saludará atentamente a las falanges angélicas y a la multitud de los
santos, y luego, acercándose a María, le presentará su frente para que su
beso maternal la prepare a recibir la señal y el beso del Esposo... Jesús
tomará de la mano a su amada Celina y la conducirá a la pobre celdita del
claustro de San Elías para que descanse allí unas horas. Toda la corte
celestial vendrá a alinearse en ese estrecho recinto, los ángeles querrán
comenzar su concierto, pero Jesús les dirá: «No despertéis a mi amada,
dejadme solo con ella, pues no puedo separarme de ella ni un instante».
La dulce Reina del cielo comprenderá los deseos de su divino Hijo y hará
salir al luminoso cortejo y los llevará hacia la sala de bodas.
Inmediatamente comenzarán los preparativos para la fiesta. Miríadas de
ángeles trenzarán coronas como nunca se han visto en la tierra, los
querubines prepararán blasones más resplandecientes que los diamantes
y sus primorosos pinceles pintarán con trazos imborrables el escudo de
armas de Jesús y de Celina. Lo pondrán por todas partes, en las paredes,
en los arcos de los claustros, en le refectorio, en el coro, etc., y los pintores
serán tan numerosos que muchas obras maestras no habrá dónde
colocarlas; entonces un numeroso ejército de niñitos vendrá a ofrecerse a
sostenerlas durante todo el día ante el Esposo y la esposa. Los ángeles,
sonriendo, se negarán a entregar sus blasones, pues los necesitarán
para adornar a todos los santos y para adornarse a sí mismos y así
demostrar que ellos son los humildes servidores de Jesús y de Celina.
Para consolar a los niñitos, darán a cada uno de ellos un precioso
blasoncito para que también ellos participen de la fiesta; luego los enviarán
a deshojar rosas y lirios y continuarán con los espléndidos preparativos
para la fiesta...
Los pontífices y los doctores tendrán una gran misión que cumplir. A
petición suya, el Cordero abrirá el Libro de la Vida. De este libro, ellos
extraerán preciosos documentos sobre la Vida de Celina, y, para honrar a
su Esposo, escribirán todas las gracias de elección y todos los sacrificios
escondidos que encontrarán escritos en letras de oro por la mano de los
ángeles. Quedará así compuesto, por obra de los doctores, un gran
número de estandartes, que ellos mismos se reservarán el honor de llevar
delante del cortejo real...
Los apóstoles reunirán a todas las almas que Celina ya engendró para la
vida eterna, y reunirán también a todos los hijos espirituales que aún debe
engendrar en el futuro para su divino Esposo.
Los santos mártires se guardarán muy bien de estar ociosos. Palmas sin
igual y flechas inflamadas se dispondrán con conmovedora delicadeza a lo
largo de todo el recorrido del cortejo real. Rendirán así homenaje al
martirio de amor que deberá consumar en poco tiempo la vida de la feliz
esposa...
Necesitaría mucho tiempo para describir las múltiples ocupaciones de los
santos confesores, ermitaños, etc., y de todas las santas mujeres. Baste
con decir que cada uno de ellos desplegará todo su talento y toda su
exquisitez para festejar dignamente tan hermoso día...
Sin embargo, no puedo dejar en el olvido los cánticos de las vírgenes, las
palmas y los lirios que con alegría indecible presentarán a Celina, su
hermana querida. Ya veo a Cecilia, a Genoveva, a Inés, con su compañera
Juana, la pastora, vestida con su traje de guerra. Veo a Celina, la patrona
de nuestra prometida, ofreciéndole un ramo de las flores que llevan su
nombre...
Veo sobre todo a toda la Orden del Carmen, resplandeciente con una
nueva gloria. A la cabeza aparecerán santa Teresa, san Juan de la Cruz y
la madre Genoveva. Estas bodas son verdaderamente su fiesta, ya que
Celina es su hija querida...
¿Y podrá ser ajena a la gloria de un día tan hermoso la alegre multitud de
los niños inocentes...? No, los veo jugando con sus coronas, que no se
han ganado, y que se disponen a colocar sobre la cabeza de la que quiere
parecérseles y no ganar corona alguna. Están orgullosos como reyes y
mueven graciosamente a un lado y a otro sus rubias cabezas, pues se
sienten triunfadores al ver que su hermana mayor los toma por modelo...
De pronto, se acerca una madre de una belleza indecible y se coloca en
medio de ellos, se detiene y, tomando de la mano a cuatro de los
preciosos querubines, los viste con vestidos más blancos que los lirios
y con diamantes que brillan como el rocío al darle el sol... También se
encuentra allí un venerable anciano de cabellos plateados, que los colma
de caricias. Todos los demás niños, al ver esto, se quedan maravillados de
semejante preferencia, y uno de ellos se acerca tímidamente a Teresita y
le pregunta por qué esa hermosa señora los viste con tanta riqueza. «Es responde
Teresita con su voz argentina-, es que nosotros somos las
hermanas y los hermanos de la feliz prometida del Rey Jesús. Elena y yo
vamos a ser las damas de honor junto a los dos pequeños Josés, que nos
llevarán de la mano. Papá y mamá, a quienes veis aquí junto a nosotros,
nos llevarán con nuestras hermanitas que aún están desterradas en la
tierra, y cuando toda la familia se encuentre reunida gozaremos de una
felicidad inigualable». En el colmo de su alegría, la pequeña Teresita se
pondrá a aplaudir con sus lindas manitas más blancas que las alas de los
cisnes, y luego exclamará, saltando al cuello de su papá y de su mamá:
«¡Qué hermosura!¡Sí, qué hermosura, las bodas de nuestra hermana
querida...!Ya hemos venido aquí otras tres veces para fiestas como ésta,
la de María, la de Paulina y la de Teresa (esa ladronzuela que me quitó el
nombre), pero nunca he visto tan grandes preparativos, ¡bien se ve que
Celina es la última...!»
La pequeña Elena y los dos Josés harán también preciosos comentarios
sobre su dicha de pertenecer a la familia de la reina de una fiesta tan
hermosa. Y entonces, otros niñitos que los estaban escuchando, con la
cabeza gravemente apoyada en su manita, se levantarán con mucha
gracia y declararán que también ellos son hermanos de Celina. Y para
demostrarlo, explicarán cómo y por parte de quién les viene este ilustre
parentesco. Y sólo se escucharán gritos de alegría, y la Virgen Santísima
se verá obligada a venir para restablecer la calma entre la tropa infantil.
Acudirán también todos los santos. Y al conocer el motivo de ese
extraordinario alborozo, les parecerá tan fascinante la idea, que se
apresurarán todos ellos a hacer una genealogía con la que demostrar que
son todos parientes cercanos de Celina. Y así, todos los pontífices, los
gloriosos mártires, los guerreros (con san Sebastián a la cabeza), en una
palabra toda la nobleza del cielo se sentirá orgullosa de dar el nombre de
hermana a la esposa de Jesús, y la boda estará formada por una sola y
gran familia.
Pero volvamos al noble anciano, a la hermosa señora y a los cuatro
querubines. Una vez hayan acabado de vestirse, entrarán en la sala
capitular, los ángeles se inclinarán al verlos pasar, y les indicarán los
magníficos tronos preparados para ellos, a ambos lados de la humilde silla
destinada a la querida Madrecita. Entre sus manos, dentro de unas horas,
se formarán los lazos indisolubles que deben unir a Jesús y a Celina. Y
así, esta Madre, pequeña a los ojos de las criaturas pero grande a los ojos
de Dios, cuyo lugar ocupa, recibirá las más abundantes bendiciones de
sus padres queridos para derramarlas sobre la cabeza de su hermana e
hija querida...
Los santos y todos los ángeles vendrán, uno a uno, a felicitar al venerable
patriarca y a su feliz esposa, que resplandecerán con una gloria totalmente
nueva; y sus queridos hijitos exclamarán llenos de asombro: «¡Papá!
¡Mamá!. ¡Qué guapos que estáis!¡Qué pena que Celina no os vea...!
Aunque sólo sea por hoy, mostradle vuestra gloria». «Dejadme actuar a
mí, hijos míos -responderá papá-, vosotros no sabéis que si hoy me
escondo es porque sé cuán gran premio sacará mi valiente de vivir sin
consuelo en el destierro. Hace tiempo yo he sufrido mucho, y entonces
Celina era mi único apoyo; ahora quiero ser yo el suyo. Pero no penséis
que quiero quitarle el mérito del sufrimiento. No. Conozco muy bien el
premio... Dios no se deja vencer en generosidad. Él es ya mi gran
recompensa y pronto será la de mi fiel Celina». «Es cierto -dirá a su vez
mamá-, es mejor no mostrarnos a ella en tierra extranjera, pues Celina tan
sólo está desterrada por un instante, para luchar y morir. Pronto llegará el
día en que Jesús será realmente su Señor y mi hijita la Señora. Así me lo
decía ella cuando pequeñita, y veo que tenía toda la razón».
Esta conversación familiar será interrumpida por los ángeles, que vendrán
a anunciar con gran solemnidad que la novia está ya lista para dirigirse a la
Misa de Bodas. Entonces se formará el cortejo en un orden perfecto, e irán
delante Jesús y Celina, rodeada de su familia del cielo y de la de la tierra.
No puedo describir los transportes de amor de Jesús por Celina y la
belleza radiante de ésta (pues estará vestida con las ropas que la misma
Virgen María preparó para ella). Yo no sé si los habitantes del cielo habrán
visto jamás una fiesta tan hermosa, pero no lo creo. Por lo que a mí
respecta, sí le digo a mi hermana querida que ¡nunca he visto nada tan
dulce para mi corazón...!
No hablaré del momento mismo de la unión, pues las palabras no pueden
expresar este misterio incomprensible que sólo en el cielo nos será
revelado... Yo sólo sé que en ese momento la Trinidad bajará al alma de
mi Celina querida y la poseerá totalmente, confiriéndole un resplandor y
una inocencia superiores a las del bautismo... Yo sé que la Santísima
Virgen se convertirá en la mamá de su hija predilecta de una forma más
íntima y más maternal aún que en el pasado...
Yo sé que la pobre Teresita siente ya en su corazón una alegría tan
grande al pensar en el hermoso día que pronto va a empezar, que se
pregunta qué sentirá cuando llegue de verdad...
Hermanita querida, mi alma ha traducido muy mal sus sentimientos...
Pensaba tantas cosas sobre las fiestas en el cielo, que apenas he podido
esbozar el tema...
Yo no tengo un regalo de bodas que ofrecer a mi Celina; pero mañana
tomaré en mis brazos a los preciosos querubines de los que le hablado, y
ellos serán mi regalo. Puesto que queremos ser siempre niñas, tenemos
que unirnos a ellos, y así yo seré la dama de honor de la señorita y llevaré
un hermoso ramo de lirios.
Todo es nuestro, todo es para nosotras, ¡pues en Jesús lo tenemos todo...!
La hermanita de Celina
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Me olvidé de decir que, al despertar, Celina encontrará a su lado a
Jesús, a María y a san José, a quien tanto ama, con papá, mamá y los
angelitos. Ellos serán quienes la arreglen. Y me olvidé también de hablar
de la alegría de Jesús cuando oiga a Celina pronunciar por vez
primera las palabras del Oficio divino, que ese día serán su oficio, el de
ella, el de la esposa de su alma, la encargada de hechizarle en medio de
los campos...

Carta 183 A sor Genoveva
24 de febrero de 1896
CONTRATO DE ALIANZA DE JESÚS CON CELINA YO, JESÚS, el VERBO ETERNO, el HIJO ÚNICO DE DIOS y de la VIRGEN MARÍA, me desposo hoy con CELINA, princesa desterrada, pobre y sin títulos. Me entrego a ella bajo el nombre de: EL CABALLERO del AMOR, del SUFRIMIENTO y del DESPRECIO.
No es mi intención todavía devolver a mi amada su Patria, ni devolverle
sus títulos y su riqueza. Quiero que comparta conmigo la suerte que quise
elegir para mí en la tierra... Aquí abajo mi rostro está escondido, pero ella
sabe reconocerme cuando que los demás me desprecien. Yo, a cambio,
coloco hoy en su cabeza el yelmo de la salvación y de la gracia, para que
su rostro esté escondido como el mío... Yo quiero que esconda los dones
que ha recibido de mí, dejándome dárselos o quitárselos a mi antojo, sin
apegarse de ninguno de ellos, e incluso olvidando todo lo que puede
engrandecerla a sus ojos o a los de las criaturas.
En adelante, mi amada se llamará GENOVEVA DE SANTA TERESA (su
título más glorioso, el de MARÍA DE LA SANTA FAZ, permanecerá
escondido en la tierra, para brillar en el cielo con incomparable resplandor).
Será pastora del único Cordero que hoy se convierte en su Esposo.
Nuestra unión engendrará almas más numerosas que las estrellas del
firmamento, y la familia de la Seráfica Teresa se alegrará con el nuevo
esplendor que le será dado.
Genoveva soportará pacientemente la ausencia de su Caballero, dejándole
combatir solo para que sólo él tenga el honor de la victoria; ella se
conformará con manejar la espada del amor. Su voz me hechizará, cual
dulce melodía, en medio de los campos de batalla. El más leve de sus
suspiros de amor abrasará con ardor renovado a mis tropas más
escogidas.
El alimento que yo, la Flor de los campos y el Lirio de los valles, quiero dar
a mi amada será el Trigo de los elegidos y el vino que hace germinar a las
vírgenes... Recibirá este alimento de las manos de la Humilde y Gloriosa
Virgen María, Madre de los dos...
Yo quiero vivir en mi amada, y, en prenda de esta vida, le doy mi Nombre,
y ese sello real será la señal de su omnipotencia sobre mí corazón.
mañana, DÍA DE LA ETERNIDAD, me alzaré el casco... Mi amada verá el
resplandor de mi Faz adorable... Oirá el nombre nuevo que le tengo
reservado... ¡Y recibirá, como Gran Recompensa a la BIENAVENTURADA
TRINIDAD!Después de haber compartido la misma Vida escondida,
gozaremos en nuestro Reino de las mismas GLORIAS, del mismo
TRONO, de la misma PALMA y de la misma CORONA... Y nuestros dos
corazones, unidos para toda la eternidad, ¡¡¡se amarán con un mismo
AMOR ETERNO...!!!
Dado en la Montaña del Carmelo, bajo nuestra firma y con el sello de
nuestras armas, en la fiesta de mi Agonía, el día veinticuatro de febrero del
año de gracia de mil ochocientos noventa y seis.
Teresa del Niño Jesús

Carta 184 A sor Genoveva
24 febrero de 1896
A ti, hija mía querida, te ofrezco como regalo de bodas la última lágrima
que derramé en esta tierra de destierro. Llévala sobre tu corazón y
recuerda que para una sor Genoveva de Santa Teresa el camino para
llegar a la santidad es el sufrimiento. No te costará amar la cruz y las
lágrimas de Jesús si piensas frecuentemente en estas palabras: «¡Él me
amó y se entregó por mí!»
Madre Genoveva

Carta 185 A sor Genoveva
24 de febrero-27 de marzo de 1896
(Al recto, en góticas:)
POSUIT SIGNUM IN FACIEM MEAM...!
Santa Inés, v. m.
(Al dorso:)
Recuerdo del más hermoso de los días... Del día que encierra y confirma
todas las gracias de que Jesús y María colmaron a su amada Celina...
Por amor, Celina apretará en adelante contra su corazón las espinas del
sufrimiento y del desprecio. Pero no tiene miedo, pues sabe por
experiencia que María puede cambiar en leche la sangre que se escapa de
las heridas producidas por el amor...
Con la mano izquierda, Celina aprieta las espinas, pero con la derecha no
cesa de abrazar a Jesús, el divino ramillete de mirra que descansa sobre
su corazón.
Sólo para él engendrará Celina almas, regará con sus lágrimas las
semillas y Jesús estará siempre feliz de llevar manojos de lirios en sus
manos...
Los cuatro querubines, cuyas alas apenas rozaron la tierra, acuden y
contemplan embelesados a su hermana querida; acercándose a ella,
esperan participar de los méritos de sus sufrimientos, y, a cambio,
proyectan sobre ella el resplandor inmaculado de la inocencia y de todos
los dones que el Señor les prodigó gratuitamente.
24 de febrero-17 de marzo de 1896.
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

SEPTIMO PERÍODO
NUEVO PRIORATO DE LA MADRE MARÍA DE GONZAGA
(21 de marzo de 1896-30 de septiembre de 1897)

Carta 186 A Leonia
11 de abril de 1896
Querida Leonia:
Tu hermanita más pequeña no puede tampoco dejar de decirte cuánto te
quiere y cómo se acuerda de ti, sobre todo en este día de tu santo.
No tengo nada para regalarte, ni siquiera una estampa. Pero no, digo mal,
te ofreceré mañana la divina Realidad, a Jesús-Hostia, tu esposoy el
mío...
Querida hermanita, ¡qué hermoso es poder las cinco llamar a Jesús
«nuestro Amado»!Pero ¿qué será cuando le veamos en el cielo y le
sigamos a todas partes, cantando el mismo cántico, el que sólo a las
vírgenes les está permitido repetir...? Entonces comprenderemos el
valor del sufrimiento y de las pruebas, y repetiremos como Jesús:
«Verdaderamente, era necesario que nos probase el sufrimiento para
hacernos entrar en la gloria».
Hermanita querida, no puedo decirte todos los profundos pensamientos
referentes a ti que encierra mi corazón. Lo único que quiero repetirte es
esto: «que te quiero mil veces más tiernamente de los que se quieren las
hermanas normales y corrientes, ya que yo puedo amarte con el Corazón
de nuestro Esposo celestial».
En él vivimos de la misma vida, y en él seguiré siendo por toda la eternidad
Tu hermana más pequeña,
Teresa del Niño Jesús 

Carta 187 A sor María de la Trinidad
30 de abril de 1896
Querida hermanita:
Quisiera tener flores inmortales para ofrecerte en recuerdo de este
hermoso día, pero sólo en el cielo nunca se marchitarán las flores... Estas
miosotis, al menos, te dirán que en el corazón de tu hermanita quedará
siempre grabado el recuerdo del día en que Jesús te dio el beso de una
unión que debe terminarse, o, mejor, consumarse en el cielo...
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 188 A sor María de la Trinidad
7 de mayo de 1896
(En el anverso:)
Padecer y ser despreciada por amor
(En el reverso:)
Pensamientos de nuestro Padre san Juan de la Cruz:
Cuando la afición [a las criaturas] es puramente espiritual, creciendo ella,
crece la de Dios, y cuanto más se acuerda de ella, tanto más se acuerda
de Dios y le da gana de Dios, y creciendo en lo uno crece en lo otro.
Tal es el que anda enamorado de Dios, que no pretende ganancia ni
premio, sino sólo perderlo todo y a sí mismo en su voluntad por Dios.
A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser
amado y deja tu condición.
Recuerdo del 7 de mayo, del año de gracia de 1896. Obsequiado a mi
querida hermanita María de la Trinidad y de la Santa Faz.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 189 Al P. Roulland
23 de junio de 1896
Jesús + Carmelo de Lisieux
Reverendo Padre:
He pensado que le daría una alegría a nuestra Madre regalándole para el
21 de junio, que es su santo, un corporal y un purificador con una palia,
para que ella tuviese el gusto de enviárselo a usted para el día 29. A esta
venerada Madre le debo la dicha íntima de estar unida a usted por los
lazos apostólicos de la oración y la mortificación; por eso le pido,
Reverendo Padre, que me ayude en el altar a pagar mi deuda de gratitud.
Me siento muy indigna de estar especialmente asociada a uno de los
misioneros de nuestro adorable Jesús; pero como la obediencia me confía
esta dulce tarea, estoy segura de que mi celestial Esposo suplirá mis
pobres méritos (sobre los que no me apoyo lo más mínimo) y de que
escuchará los deseos de mi corazón, fecundando su apostolado. Me
sentiré verdaderamente feliz de trabajar con usted por la salvación de las
almas. Para eso me hice carmelita: al no poder ser misionera por la acción,
quise serlo por el amor y la penitencia como santa Teresa, mi seráfica
Madre... Le ruego, Reverendo Padre, que pida para mí a Jesús, el día en
que se digne bajar del cielo por vez primera al conjuro de su voz, que le
pida que me abrase con el fuego de su amor para que luego pueda yo
ayudarle a usted a encenderlo en los corazones.
Hace tiempo que deseaba conocer a un apóstol que quisiese pronunciar
mi nombre en el altar el día de su primera Misa... Deseaba prepararle yo
misma los lienzos sagrados y la blanca hostia destinada a ocultar al Rey
del Cielo... Ese Dios de bondad ha querido hacer realidad mi sueño y
mostrarme una vez más cómo le gusta colmar los deseos de las almas que
le aman sólo a él.
Si no temiese ser indiscreta, le pediría también, Reverendo Padre, que
tuviese cada día en el altar un recuerdo para mí... Cuando el océano le
separe de Francia, al mirar la palia que tan gustosamente he pintado,
recuerde que en la montaña del Carmelo un alma ruega sin cesar al divino
Prisionero del amor por el éxito de su gloriosa conquista.
Desearía, Reverendo Padre, que nuestra unión apostólica sólo fuese
conocida por Jesús, y pido una de sus primeras bendiciones para quien se
sentirá feliz de llamarse eternamente
Su indigna hermanita en Jesús-Hostia Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 190 A la madre María de Gonzaga
29 de junio de 1896
Leyenda de un pequeño corderito.
En una risueña y fértil pradera vivía feliz una pastora. Amaba a su rebaño
con toda la ternura de su corazón, y las ovejas y los corderos querían
también a su pastora...
Pero la felicidad perfecta no se encuentra en este valle de lágrimas. Un
día, el hermoso cielo azul de la pradera se cubrió de nubes, y la pastora se
puso triste; ya no encontraba alegría en cuidar a su rebaño y, ¿habrá que
decirlo?, a su espíritu se asomó el pensamiento de alejarse de él para
siempre... Felizmente, amaba todavía a un corderito, muchas veces le
tomaba entre sus brazos, le acariciaba y, como si el cordero fuese su igual,
la pastora le confiaba sus penas y a veces lloraba con él...
El pobrecito, al ver llorar a su pastora, se afligía y buscaba en vano en su
corazoncito la forma de consolar a su pastora, a la que amaba más que a
sí mismo.
Una tarde, el corderito se durmió a los pies de su pastora, y entonces la
pradera... las nubes... todo desapareció de su vista. Se encontró en una
campiña infinitamente más amplia y más hermosa. En medio de un rebaño
más blanco que la nieve divisó a un Pastor resplandeciente de gloria y de
serena majestad... El pobre cordero no se atrevía a acercarse, pero el
buen Pastor, el divino Pastor, vino hacia él, lo sentó en su regazo, lo beso
como antes hacía su dulce pastora..., y le dijo: «Corderito, ¿por qué brillan
las lágrimas en tus ojos? ¿Por qué tu pastora, a quien yo amo, vierte
tantas lágrimas...? Habla, que yo quiero consolaros a los dos».
«Si lloro -respondió el cordero-, es sólo porque veo llorar a mi pastora
querida. Escucha, Pastor divino, el motivo de sus lágrimas. En otro tiempo
ella se creía amada por su querido rebaño y habría dado su vida por
hacerlo feliz; pero un día, por orden tuya, se vio obligada a ausentarse
durante algunos años. A su vuelta, le pareció que ya no reconocía el
mismo espíritu que ella tanto había amado en sus ovejas. Tú sabes,
Señor, que tú mismo has dado al rebaño el poder y la libertad de elegir a
su pastora. Pues bien, en vez de verse elegida por unanimidad como otras
veces, sólo después de siete votaciones fue colocado en sus manos el
cayado... Tú, que antaño lloraste en nuestra tierra, ¿no comprendes cómo
debe de sufrir el corazón de mi pastora querida...?
(El buen Pastor sonrió, e inclinándose sobre el cordero:) «Sí, dijo, lo
comprendo..., pero que se consuele tu pastora. Soy yo quien, no sólo ha
permitido, sino quien ha querido la gran prueba que tanto la ha hecho
sufrir». «¿Es posible, Jesús?, replicó el corderito. Yo pensaba que tú eras
tan bueno, tan dulce... ¿No podías haber dado a otra el cayado, como lo
deseaba mi Madre querida? O si querías volverlo a poner a toda costa en
sus manos, ¿por qué no haberlo hecho a la primera votación...?» «¿Que
por qué, corderito? ¡Porque amo a tu pastora!Durante toda su vida la he
guardado con celoso cuidado, y ella había sufrido ya mucho por mí en su
alma y en su corazón; pero aún le faltaba esta prueba exquisita que acabo
de enviarle después de habérsela preparado desde toda la eternidad».
«Ya veo, Señor, que tú no sabes cuál es la pena mayor de mi pastora..., o
que no quieres confiármela... También tú piensas que el espíritu primitivo
de nuestro rebaño está desapareciendo..., ¿cómo no lo va a pensar mi
pastora...? ¡Son tantas las pastoras que deploran esos mismos desastres
en sus apriscos...!»
«Es cierto, respondió Jesús, el espíritu del mundo se infiltra aun en medio
de las más apartadas praderas, pero es fácil equivocarse en el
discernimiento de las intenciones. Yo, que lo veo todo y que conozco hasta
los pensamientos más secretos, te digo: el rebaño de tu pastora me es
muy querido entre todos los demás, y no ha hecho más que servirme de
instrumento para llevar a cabo mi obra de santificación en el alma de tu
Madre querida».
«Señor, yo te aseguro que mi pastora no comprende todo eso que me
estás diciendo... ¿Y cómo lo va a comprender, si nadie juzga las cosas
de esa forma en que tú me las acabas de mostrar...? Conozco ovejas
que hacen sufrir mucho a mi pastora con sus razonamientos a ras de
tierra... Jesús, ¿por qué no comunicas a esas ovejas los secretos que me
confías a mí? ¿Por qué no hablas tú al corazón de mi pastora...?»
«Si le hablase, su prueba desaparecería, y su corazón se llenaría de una
alegría tan grande, que nunca le habría parecido tan ligero el cayado...
Pero no quiero quitarle su prueba, sólo quiero que comprenda la verdad y
que reconozca que su cruz le viene del cielo y no de la tierra».
«Señor, entonces háblale tú a mi pastora. ¿Cómo quieres que comprenda
la verdad, si a su alrededor sólo escucha la mentira...?»
«Corderito, ¿no eres tú el preferido de tu pastora...? Pues entonces
repítele las palabras que he hablado a tu corazón».
«Lo haré, Jesús. Pero preferiría que dieses ese encargo a una de las
ovejas cuyos razonamientos están a ras de tierra... Yo soy tan pequeño...,
es tan débil mi voz..., ¿cómo me va a creer mi pastora...?»
«Tu pastora sabe bien que a mí me gusta esconder mis secretos a los
sabios y a los entendidos y que se los revelo a los más pequeños, a los
simples corderos, cuya lana blanca no se ha manchado con el polvo del
camino... Ella te creerá, y si todavía corren lágrimas de sus ojos, esas
lágrimas no tendrán ya la misma amargura y embellecerán su alma con el
austero resplandor del sufrimiento amado y recibido con gratitud».
«Te entiendo, Jesús. Pero hay todavía un misterio que quisiera penetrar.
Dime, por favor, por qué has escogido precisamente a las ovejas queridas
de mi pastora para probarla... Si hubieses escogido ovejas extrañas, la
prueba hubiese sido más suave...»
Entonces el buen Pastor, mostrando al cordero sus pies, sus manos y su
corazón hermoseados con luminosas llagas, respondió: «Mira estas llagas,
¡son las que recibí en casa de los que me amaban...!Por eso son tan
bellas y gloriosas, y su resplandor arrobará de alegría a los ángeles y a los
santos por toda la eternidad...
«Tu pastora se pregunta que ha hecho para alejar de sí a sus ovejas. ¿Y
yo?, ¿qué le había hecho yo a mi pueblo? , ¿en qué lo había ofendido...?
«Tu pastora tiene, pues, que alegrarse de tomar parte en mis dolores... Si
le quito los apoyos humanos, ¡es para llenar yo solo su amante corazón...!
«Dichoso el que pone en mí su apoyo; es como si pusiera peldaños en su
corazón para elevarse hasta el cielo. Fíjate bien, corderito..., no digo
separarse por completo de las criaturas, despreciar su amor y sus
atenciones, sino, al contrario, aceptarlas para darme gusto a mí, servirse
de ellas como de otros tantos peldaños, porque alejarse de las criaturas no
serviría más que para una cosa: para caminar y extraviarse por los
senderos de la tierra... Para elevarse, es necesario posar el pie sobre los
peldaños de las criaturas y no apegarse más que a mí... ¿Entiendes,
corderito...?»
«Así lo creo, Señor, pero sobre todo siento que tus palabras son la verdad,
pues ponen paz y alegría en mi pobre corazón. ¡Y ojalá puedan penetrar
suavemente en el gran corazón de mi pastora...!
«Jesús, antes de volver a su lado, tengo que hacerte una súplica... No nos
dejes languidecer mucho tiempo en la tierra del destierro, llámanos a los
gozos de la pradera celestial donde conducirás eternamente a nuestro
querido rebañito a través de senderos floreados.»
«Querido corderito (respondió el buen Pastor), escucharé tu petición.
Pronto, sí, pronto tomaré a la pastora y a su cordero, y entonces
bendeciréis por toda la eternidad el venturoso sufrimiento que os habrá
merecido tan gran felicidad, ¡y yo mismo enjugaré todas las lágrimas de
vuestros ojos...!»

Carta 191 A Leonia 
Jesús + 12 de julio de 1896
Querida Leonia:
Habría respondido a tu preciosa carta el domingo pasado, si me la
hubiesen dado; pero somos cinco, y ya sabes que yo soy la más
pequeña..., por lo que estoy expuesta a no ver las cartas sino mucho
después que las demás, o incluso a no verlas en absoluto... Hasta el
viernes no pude ver tu carta; por eso, querida hermanita, no me he
retrasado por mi culpa...
¡Si supieras lo feliz que me siento de verte con tan buenas disposiciones...
No me sorprende que el pensamiento de la muerte te resulte tan dulce, ya
tú no estás apegada a nada en la tierra.
Te aseguro que Dios es mucho mejor de lo que piensas. El se conforma
con una mirada, con un suspiro de amor... Y creo que la perfección es algo
muy fácil de practicar, pues he comprendido que lo único que hay que
hacer es ganar a Jesús por el corazón... Fíjate en un niñito que acaba de
disgustar a su madre montando en cólera o desobedeciéndola: si se mete
en un rincón con aire enfurruñado y grita por miedo a ser castigado, lo más
seguro es que su mamá no le perdonará su falta; pero si va a tenderle sus
bracitos sonriendo y diciéndole: «Dame un beso, no lo volveré a hacer»,
¿no lo estrechará su madre tiernamente contra su corazón, y olvidará sus
travesuras infantiles...? Sin embargo, ella sabe muy bien que su pequeño
volverá a las andadas en la primera ocasión; pero no importa: si vuelve a
ganarla otra vez por el corazón, nunca será castigado...
Ya en tiempos de la ley del temor, antes de la venida de Nuestro Señor,
decía ya el profeta Isaías, hablando en nombre del Rey del cielo: «¿Podrá
una madre olvidarse de su hijo...? Pues aunque ella se olvide de su hijo, yo
no os olvidaré jamás». ¡Qué encantadora promesa!Y nosotros, que
vivimos en la ley del amor, ¿no vamos a aprovecharnos de los amorosos
anticipos que nos da nuestro Esposo...? ¡Cómo vamos a temer a
quien se deja prender en uno de los cabellos que vuelan sobre nuestro
cuello...!
Sepamos, pues, hacer prisionero a este Dios que se hace mendigo de
nuestro amor. Al decirnos que un solo cabello puede obrar este prodigio,
nos está mostrando que los más pequeños actos, hechos por amor,
cautivan su corazón... Si hubiera que hacer grandes cosas, ¡cuán dignos
de lástima seríamos...!¡Pero qué dichosas somos, ya que Jesús se deja
prendar por las más pequeñas...!
No son pequeños sacrificios lo que te falta, querida Leonia, ¿no está tu
vida tejida de ellos...? Me alegro de verte ante semejante tesoro, y sobre
todo de pensar que sabes aprovecharte de él, no sólo para ti, sino también
para las almas... ¡Es tan hermoso ayudar a Jesús con nuestros pequeños
sacrificios, ayudarle a salvar las almas que él rescató al precio de su
sangre y que sólo esperan nuestra ayuda para no caer en el abismo...!
Me parece que si nuestros sacrificios son cabellos que hechizan a
Jesús, nuestras alegrías lo son también. Para ello, basta con no
encerrarse en una felicidad egoísta, sino ofrecer a nuestro esposo las
pequeñas alegrías que él siembra en el camino de la vida para cautivar
nuestras almas y elevarlas hasta sí...
Pensaba escribir hoy a nuestra tía, pero no tengo tiempo, lo haré el
domingo que viene. Dile, por favor, cuánto la quiero, y a nuestro tío
también. Me acuerdo también mucho de Juana y de Francis.
Me pides noticias acerca de mi salud. Pues bien, querida hermanita, ya no
toso absolutamente nada. ¿Estás contenta...? Pero eso no le impedirá a
Dios tomarme cuando quiera. Como hago todo lo que puedo por ser un
niño pequeñito, no tengo que hacer ningún preparativo. Jesús mismo
deberá pagar todos los gastos del viaje y el precio de la entrada en el
cielo...
Adiós, hermanita querida. Creo que te quiero cada día más...
Tu hermanita
Teresa del Niño Jesús 

Sor Genoveva está muy contenta con tu carta; te contestará la próxima vez. Las cinco te mandamos un abrazo...

Carta 192 A la señora de Guérin
Jesús + 16 de julio de 1896
Querida tía:
Hubiera querido ser la primera en dirigirme a usted; pero ya sólo me queda
el dulce y grato deber de agradecerle la hermosa carta que he recibido.
¡Qué buena es usted, querida tía, al acordarse de su Teresita!Pero le
aseguro que no está tratando con una ingrata...
Quisiera contarle algo nuevo, pero, por más que me devano los sesos, no
me sale absolutamente nada más que el cariño que siento por mis
familiares queridos..., y eso dista mucho de ser nuevo, pues es tan viejo
como yo...
Me pide, querida tía, que le dé noticias de mi salud como a una
mamá, y lo voy a hacer así. Pero si le digo que estoy de maravilla, no me
va a creer; por eso, cederé la palabra al célebre doctor de Cornière, al cual
tuve el insigne honor de ser presentada ayer en el locutorio. Este ilustre
personaje, después de haberme honrado con una mirada, declaró que:
«¡Tenía buena cara...!» Esta declaración no me impidió pensar que pronto
se me permitiría «ir al cielo con los angelitos», no por causa de mi salud,
sino por causa de otra declaración que hoy hizo en la capilla del Carmelo
el señor abate Lechêne... Tras habernos presentado los ilustres orígenes
de nuestra sagrada Orden, y habernos comparado con el profeta Elías
luchando con los profetas de Baal, declaró «que iban a empezar de nuevo
unos tiempos parecidos a los de la persecución de Baal». Nos parecía
estar volando ya hacia el martirio...
¡Qué dicha, tiíta querida, si toda nuestra familia fuese al cielo el
mismo día!Me parece verla sonreír..., tal vez piense que no nos está
reservado este honor... Lo que sí es cierto es que, todos juntos o uno
después de otro, un día dejaremos el desierto por la patria, y entonces nos
alegraremos de todas esas cosas, cuyo premio será el cielo... Tanto de
haber tomado la poción el día de visita, como de haber ido a Maitines a
pesar de nuestra cara triste, o de haber cazado conejos o recogido la
avena...
Con gran pesar de mi parte, me estoy dando cuenta de que esta noche no
logro decir nada que tenga sentido. Seguro que se debe a que deseaba
escribir muchas cosas a mi tiíta, a quien tanto quiero... Gracias a Dios, sor
María de la Eucaristía va a suplir mi pobreza, y esto es lo único que me
consuela en mi extrema indigencia... Seguimos juntas en el mismo oficio
y nos entendemos muy bien. Le aseguro que a ninguna de las dos
nos ataca la melancolía. Tenemos que poner mucho cuidado en no decir
palabras inútiles, porque, después de cada frase útil, se presenta siempre
alguna frasecilla divertida que hay que dejar para la recreación.
Querida tía, salude, por favor, a todos los queridos habitantes de La
Musse, en especial a mi querido tío, a quien le encargo que le dé un
abrazo muy fuerte de mi parte.
Su hijita que la quiere,
Teresa del Niño Jesús 

Carta 193 Al P. Roulland
Carmelo de Lisieux 30 de julio de 1896
Jesús +
Hermano:
¿Verdad que me va a permitir no darle en adelante otro nombre, ya que
Jesús se ha dignado unirnos con los lazos del apostolado? Me encanta
pensar que, desde toda la eternidad, Nuestro Señor ha concebido esta
unión, llamada a salvarle almas, y que me ha creado para ser su
hermana...
Ayer recibimos sus cartas; y nuestra Madre le introdujo a usted con gran
alegría en la clausura. Me ha dado permiso para conservar la fotografía de
mi hermano; lo cual es un privilegio del todo especial, pues una carmelita
no tiene ni siquiera los retratos de sus familiares más cercanos. Pero
nuestra Madre sabe bien que el de usted, lejos de recordarme el mundo y
los afectos terrenos, elevará mi alma a regiones más altas y la hará
olvidarse de sí misma para gloria de Dios y salvación de las almas. De
esta manera, hermano mío, mientras yo atravieso el mar en su compañía,
usted se quedará junto a mí, muy escondido en nuestra pobre celda...
Todo lo que me rodea me evoca su recuerdo. He colocado el mapa de SuTchuen en la pared del lugar donde trabajo, y la estampa que me regaló
descansa siempre sobre mi corazón en el libro de los evangelios que
nunca me abandona. La metí al azar, y cayó en este pasaje: «El que deje
todo por seguirme, recibirá cien veces más en este mundo y en la edad
futura la vida eterna». Estas palabras de Jesús se han realizado ya
en usted, puesto que me dice: «Parto feliz».
Entiendo que esa alegría será totalmente espiritual: es imposible dejar a su
padre, a su madre, a su patria sin sentir los desgarros de la separación...
Yo, hermano mío, sufro con usted, ofrezco con usted su gran sacrificio, y
pido a Jesús que derrame sus abundantes consuelos sobre sus queridos
padres, en espera de la unión celestial donde los veremos alegrarse de su
gloria, la cual, secando para siempre sus lágrimas, los colmará de alegría
por toda una eternidad feliz...
Esta noche, en la oración, he meditado unos pasajes de Isaías que me han
parecido tan apropiados para usted, que no puedo dejar de copiárselos:
«Ensancha el espacio de tus tiendas..., porque te extenderás a derecha e
izquierda, tu descendencia heredará naciones y poblará ciudades
desiertas... Alza la vista y mira a tu alrededor: todos ésos se reúnen y
vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos de todas
partes. Entonces lo verás, radiante de alegría, palpitará y se ensanchará tu
corazón porque volcarán sobre ti las riquezas del mar y te traerán los
tesoros de las naciones».
¿No es ése el céntuplo que Jesús prometió? Usted también puede
exclamar: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha
ungido. Me ha enviado para anunciar su palabra, para curar los corazones
desgarrados, para anunciar la liberación a los cautivos y consolar a los
afligidos... Desbordo de gozo con el Señor, porque me ha vestido un traje
de salvación y me ha cubierto con un manto de liberación. Como la tierra
hace germinar la semilla, así el Señor hará germinar para mí su justicia y
su gloria ante las naciones... Mi pueblo será un pueblo de justos, serán el
renuevo que yo planté... Iré a las islas más remotas, a los que nunca
oyeron hablar del Señor. Y anunciaré su gloria a las naciones y se las
ofreceré como ofrenda a mi Dios».
Si quisiera copiar todos los pasajes que más hondo me han llegado,
necesitaría mucho tiempo. Termino, pero antes quisiera pedirle algo.
Cuando tenga usted un momento libre, me gustaría que me escribiese las
fechas más importantes de su vida; así, podría unirme a usted de manera
más especial para agradecer a Dios las gracias que le ha concedido.
Adiós, hermano mío..., la distancia nunca podrá separar nuestras almas, y
la muerte misma hará más íntima nuestra unión. Si voy pronto al cielo,
pediré permiso a Jesús para ir a visitarlo a Su-tchuen y proseguiremos
juntos nuestro apostolado. Mientras tanto, estaré unida siempre a usted
por la oración, y pido a Nuestro Señor que no me deje nunca gozar
mientras usted esté sufriendo. Incluso quisiera que mi hermano tuviese
siempre los consuelos y yo las pruebas. Tal vez esto sea egoísmo..., pero
creo que no, porque mi única arma es el amor y el sufrimiento, y la espada
de usted es la de la palabra y los trabajos apostólicos.
Adiós una vez más, hermano. Dígnese bendecir a la que Jesús le ha dado
por hermana,
Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz 

Carta 194 A sor María de San José
(Fragmento)
8-17 de septiembre (?) de 1896
(...) Estoy encantada con el niñito, y el que lo lleva en brazos está más
encantado todavía que yo...
¡Qué hermosa es la vocación del niñito!No es sólo una misión la que tiene
que evangelizar, sino todas las misiones. ¿Y cómo lo hará...? Amando,
durmiendo, arrojando flores a Jesús mientras él duerme. Entonces,
Jesús tomará esas flores, y, comunicándoles un valor inapreciable, las
arrojará a su vez, y las hará volar sobre todas las riberas del mundo y
salvará a las almas con las flores, con el amor del niñito, que no verá nada,
¡pero que seguirá sonriendo incluso a través de sus lágrimas...!(Un niño
misionero y guerrero, ¡qué maravilla!)

Carta 195 A sor María de San José
(Fragmentos)
8-17 de septiembre (?) de 1896
El hermanito piensa igual que el niñito...
El martirio más doloroso y el más amoroso es el nuestro, pues sólo Jesús lo ve.
Nunca será revelado a las criaturas en la tierra; pero cuando el Cordero
abra el libro de la vida, ¡cuál no será el asombro en la corte celestial al oír
proclamar, junto al nombre de los misioneros y de los mártires, el de unos
pobres niñitos que nunca hicieron hazañas deslumbrantes...!
(...) Sigo cuidando las tocas, que están muy enfermas.

Carta 196 A sor María del Sagrado Corazón
13 (?) de septiembre de 1896
Jesús +
¡Querida hermana!, me pides que te deje un recuerdo de mis ejercicios
espirituales, unos ejercicios que quizás sean los últimos...
Puesto que nuestra Madre lo permite, me alegro de ponerme a conversar
contigo que eres dos veces mi hermana; contigo, que me prestaste tu voz
cuando yo no podía hablar, prometiendo en mi nombre que no quería
servir más que a Jesús...
Querida madrinita, aquella niña que tú ofreciste al Señor es la que te habla
esta noche, la que te ama como sólo una hija sabe amar a su madre...
Sólo en el cielo conocerás toda la gratitud de que rebosa mi corazón...
Hermana querida, tú querrías escuchar los secretos que Jesús confía a tu
hijita. Yo sé que esos secretos te los confía también a ti, pues fuiste tú
quien me enseñó a acoger las enseñanzas divinas. Sin embargo, trataré
de balbucir algunas palabras, aunque siento que a la palabra humana le
resulta imposible expresar ciertas cosas que el corazón del hombre
apenas si puede vislumbrar...
No creas que estoy nadando entre consuelos. No, mi consuelo es no
tenerlo en la tierra. Sin mostrarse, sin hacerme oír su voz, Jesús me
instruye en secreto; no lo hace sirviéndose de libros, pues no entiendo lo
que leo. Pero a veces viene a consolarme una frase como la que he
encontrado al final de la oración (después de haber aguantado en el
silencio y en la sequedad): «Este es el maestro que te doy, él te enseñará
todo lo que debes hacer. Quiero hacerte leer en el libro de la vida, donde
está contenida la ciencia del Amor».
¡La ciencia del Amor!¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los
oídos de mi alma!No deseo otra ciencia. Después de haber dado por ella
todas mis riquezas, me parece, como a la esposa del Cantar de los
Cantares, que no he dado nada todavía... Comprendo tan bien que, fuera
del amor, no hay nada que pueda hacernos gratos a Dios, que ese amor
es el único bien que ambiciono.
Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa
hoguera divina. Este camino es el abandono del niñito que se duerme sin
miedo en brazos de su padre... «El que sea pequeñito, que venga a mí»,
dijo el Espíritu Santo por boca de Salomón. Y ese mismo Espíritu de amor
dijo también que «a los pequeños se les compadece y perdona». Y, en su
nombre, el profeta Isaías nos revela que en el último día «el Señor
apacentará como un pastor a su rebaño, reunirá a los corderitos y los
estrechará contra su pecho». Y como si todas esas promesas no bastaran,
el mismo profeta, cuya mirada inspirada se hundía ya en las profundidades
de la eternidad, exclama en nombre del Señor: «Como una madre acaricia
a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré en brazos y sobre mis rodillas os
acariciaré».
Sí, madrina querida, ante un lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar
de agradecimiento y de amor... Si todas las almas débiles e
imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas, el
alma de tu Teresita, ni una sola perdería la esperanza de llegar a la cima
de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes hazañas, sino
únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo XLIX: «No
aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños, pues las
fieras de la selva son mías y hay miles de bestias en mis montes; conozco
todos los pájaros del cielo... Si tuviera hambre, no te lo diría, pues el orbe y
cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de
cabritos?... Ofrece a Dios sacrificios de alabanza y de acción de gracias».
He aquí, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de
nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que
declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en
mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir:
«Dame de beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el
amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...
Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los
discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus
propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él
sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!
Hermana querida, ¡dichosas nosotras que comprendemos los íntimos
secretos de nuestro Esposo!Si tú quisieras escribir todo lo que sabes
acerca de ellos, ¡qué bellas páginas podríamos leer!Pero ya lo sé, tú
prefieres guardar «los secretos del Rey» en el fondo de tu corazón,
mientras que a mí me dices «que es bueno publicar las obras del
Altísimo». Creo que tienes razón en guardar silencio, y sólo por
complacerte escribo yo estas líneas, pues siento mi impotencia para
expresar con palabras de la tierra los secretos del cielo; y además, aunque
escribiera páginas y más páginas, seguiría teniendo la impresión de no
haber empezado todavía... Hay tal diversidad de horizontes, matices tan
infinitamente variados, que sólo la paleta del Pintor celestial podrá
proporcionarme, después de la noche de esta vida, los colores apropiados
para pintar las maravillas que él descubre a los ojos de mi alma.
Hermana querida, me pedías que te escribiera mi sueño y mi «doctrinita»,
como tú las llamas... Lo he hecho en las páginas que siguen; pero tan mal,
que me parece imposible que consigas entender nada. Tal vez mis
expresiones te parezcan exageradas... Perdóname, ello se debe a mi estilo
demasiado confuso. Te aseguro que en mi pobre alma no hay exageración
alguna: en ella todo es sereno y reposado...
(Al escribir, me dirijo a Jesús; así me resulta más fácil expresar mis
pensamientos... Lo cual, ¡ay!, no impide que vayan horriblemente
expresados.)

Carta 197 A sor María del Sagrado Corazón
Jesús + 17 de septiembre de 1896
Querida hermana:
No encuentro la menor dificultad en responderte... ¿Cómo puedes
preguntarme si puedes tú amar a Dios como le amo yo...?
Si hubieses entendido la historia de mi pajarillo, no me harías esa
pregunta. Mis deseos de martirio no son nada, no son ellos los que me dan
la confianza ilimitada que siento en mi corazón. A decir verdad, son las
riquezas espirituales las que hacen injusto al hombre cuando se apoya en
ellas con complacencia, creyendo que son algo grande...
Esos deseos son un consuelo que Jesús concede a veces a las almas
débiles como la mía (y de estas almas hay muchas); pero cuando no da
este consuelo, es una gracia privilegiada. Recuerda aquellas palabras del
Padre: «Los mártires sufrieron con alegría, y el Rey de los mártires sufrió
con tristeza». Sí, Jesús dijo: «Padre, aparta de mí este cáliz». Hermana
querida, ¿cómo puedes decir, después de esto, que mis deseos son la
señal de mi amor...? No, yo sé muy bien que no es esto, en modo alguno,
lo que le agrada a Dios en mi pobre alma. Lo que le agrada es verme amar
mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su
misericordia... Este es mi único tesoro. Madrina querida, ¿por qué este
tesoro no va a ser también el tuyo...?
¿No estás dispuesta a sufrir todo lo que Dios quiera? Yo sé muy bien que
sí. Pues entonces, si deseas sentir alegría o atractivo por el sufrimiento, es
tu propio consuelo lo que buscas, pues cuando se ama una cosa
desaparece el dolor. Te aseguro que si fuésemos las dos juntas al martirio
con las disposiciones que hoy tenemos, tú tendrías un gran mérito y yo no
tendría ninguno, a menos que Jesús tuviese a bien cambiar mis
disposiciones.
Hermana querida, comprende a tu hijita, por favor. Comprende que para
amar a Jesús, para ser su víctima de amor, cuanto más débil se es, sin
deseos ni virtudes, más cerca se está de las operaciones de este Amor
consumidor y transformante... Con el solo deseo de ser víctima ya basta;
pero es necesario aceptar ser siempre pobres y sin fuerzas, y eso es
precisamente lo difícil, pues «al verdadero pobre de espíritu ¿quién lo
encontrará? Hay que buscarle muy lejos», dijo el salmista... No dijo que
hay que buscarlo entre las almas grandes, sino «muy lejos», es decir, en la
bajeza, en la nada... Mantengámonos, pues, muy lejos de todo lo que
brilla, amemos nuestra pequeñez, deseemos no sentir nada. Entonces
seremos pobres de espíritu y Jesús irá a, buscarnos, por lejos que nos
encontremos, y nos transformará en llamas de amor... ¡Ay, cómo quisiera
hacerte comprender lo que yo siento...!La confianza, y nada más que la
confianza, puede conducirnos al amor... El temor ¿no conduce a la
justicia...?
Ya que sabemos el camino, corramos juntas. Sí, siento que Jesús quiere
concedernos las mismas gracias a las dos, que quiere darnos
gratuitamente su cielo.
Hermanita querida, si no me comprendes, es que eres un alma demasiado
grande..., o, mejor, es que yo me explico mal, pues estoy segura de que
Dios no te daría el deseo de ser poseida por él, por su Amor
misericordioso, si no te tuviera reservada esa gracia... O mejor dicho, ya te
la ha concedido, puesto que te has entregado a El, puesto que deseas ser
consumida por El, y Dios nunca da deseos que no pueda convertir en
realidad...
Dan las 9 y tengo que dejarte. ¡Cuántas cosas quisiera decirte!Pero Jesús
mismo te hará comprender todo lo que yo no acierto a escribir...
Te quiero con toda la ternura de mi corazoncito de hija agradecida.
Teresa del Niño Jesús 

Carta 198 Al abate Bellière
Jesús + Carmelo de Lisieux,
21 de octubre de 1896
Señor abate:
Como nuestra Reverenda Madre está enferma, me ha confiado a mí la
misión de contestar a su carta. Lamento que usted se vea privado de las
santas palabras que nuestra Madre le habría dirigido, pero me siento feliz
de ser su intérprete y de comunicarle su alegría de saber la obra que
Nuestro Señor acaba de operar en su alma. Ella continuará rezando para
que él lleve en usted a su término su obra divina.
Pienso que es inútil decirle, señor abate, hasta qué punto comparto yo
también la dicha de nuestra Madre. Su carta del mes de julio me había
apenado mucho. Atribuyendo a mi poco fervor los combates que usted
estaba librando, no cesaba de implorar para usted el auxilio maternal de la
dulce Reina de los apóstoles. Por eso, mi consuelo fue muy grande al
recibir, como ramo de flores para mi santo, la certeza de que mis pobres
oraciones habían sido escuchadas...
Ahora que ha pasado la tormenta, doy gracias a Dios por haberle hecho
pasar por ella, pues en los libros sagrados leemos estas hermosas
palabras: «Dichoso el hombre que ha soportado la prueba», y también:
«Quien no ha sido probado, poco sabe...». En efecto, cuando Jesús llama
a un alma a dirigir y a salvar a multitud de otras almas, es muy necesario
que le haga experimentar las tentaciones y las pruebas de la vida. Y ya
que a usted le ha concedido la gracia de salir victorioso de la lucha,
espero, señor abate, que el buen Jesús hará realidad sus grandes deseos.
Yo le pido que usted sea, no solamente un buen misionero, sino un santo
totalmente abrasado de amor a Dios y a las almas. Y le suplico que me
alcance también a mí ese amor, a fin de poder ayudarlo en su labor
apostólica. Usted sabe que una carmelita que no fuese apóstol se
apartaría de la meta de su vocación y dejaría de ser hija de la seráfica
santa Teresa, la cual habría dado con gusto mil vidas por salvar una sola
alma.
No dudo, señor abate, que querrá unir también sus oraciones a las mías
para que Nuestro Señor cure a nuestra venerada Madre.
En los corazones sagrados de Jesús y de María, me sentiré siempre
dichosa de llamarme
Su indigna hermanita
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 199 A sor María de San José
20-30 de octubre de 1896
¿Robar tiempo al sueño, hermanito bribón? ¡No, y mil veces no...!
No me extraño de los combates del hermanito, sino sólo de que
desperdicie sus escasas fuerzas entregando las armas al primer cabo
furriel que encuentre en el camino, y de que hasta lo persiga por las
escaleras del cuartel para obligarle a coger hasta la última pieza de su
armadura.
¿Qué hay, entonces, de extraño en que un fuerte rayo de sol
(normalmente soportado con valentía), al caer sobre el hermanito
desarmado, le abrase y le produzca fiebre...?
Como castigo, su hermanito lo condena a encerrarse en la cárcel del
amor y a dormir como un bendito; pero antes, tendrá que usar, esta noche,
el instrumento de penitencia musical... Si no lo hace, el hermanito sufrirá.
(Y sobre todo, ¡nada de robar tiempo al sueño!¡Mañana trabajaremos de
firme las dos juntas...!

Carta 200 A sor María de San José
Finales de octubre (?) de 1896
Todo va bien, el niñito es un valiente que merece unas charreteras
doradas. Pero que nunca más se rebaje a combatir con piedrezuelas, eso
es indigno de él... Su arma debe ser «la caridad».
Lo demás también va bien, pues el niñito se burla de Don Satanás y sigue
durmiendo sobre el corazón del Gran General... Junto a ese corazón se
aprende a ser valientes, y sobre todo a confiar. La metralla, el ruido del
cañón, ¿qué puede significar todo eso cuando nos conduce el General...?

Carta 201 Al P. Roulland
Carmelo de Lisieux 1 de noviembre de 1896
Hermano:
Su interesante misiva, que llegó bajo el patrocinio de todos los santos, me
ha producido una gran alegría. Le agradezco que me trate como a una
verdadera hermana. Con la gracia de Jesús espero hacerme digna de ese
título que tanto me gusta.
Le agradezco también que nos haya enviado «El alma de un misionero».
Este libro me ha resultado muy interesante y me ha permitido seguirlo a
usted durante su largo viaje. La vida del P. Nempon tiene un título muy
apropiado: revela muy bien el alma de un misionero, o, mejor aún, el alma
de todo apóstol verdaderamente digno de ese nombre.
Me dice (en la carta escrita en Marsella) que pida a Nuestro Señor que
aleje de usted la cruz de que lo nombren director de un seminario, y
también la de volver a Francia. Comprendo que esa perspectiva no sea de
su agrado; pido a Jesús con toda el alma que se digne dejarle desempeñar
su laborioso apostolado tal como su alma siempre lo soñó. Sin embargo,
añado con usted: «Que se haga la voluntad de Dios». Sólo en ella se
encuentra el descanso, y fuera de esa amorosa voluntad no haríamos
nada, ni para Jesús ni para las almas.
No acierto a decirle, hermano mío, lo feliz que me siento al verlo tan
enteramente abandonado en manos de sus superiores. Me parece que eso
es una prueba evidente de que un día mis deseos se verán hechos
realidad, es decir, que usted sea un gran santo.
Permítame confiarle un secreto que acaba de revelarme la hoja en que me
escribió las fechas más memorables de su vida.
El 8 de septiembre de 1890, su vocación misionera fue salvada por María,
la Reina de los apóstoles y los mártires; ese mismo día una humilde
carmelita se convertía en esposa del Rey de los cielos. Al dar al mundo un
eterno adiós, su único objetivo era el de salvar almas, sobre todo almas de
apóstoles. Y pidió muy especialmente a Jesús, su Esposo divino, un alma
apostólica: al no poder ser ella sacerdote, quería que, en su lugar, un
sacerdote recibiese las gracias del Señor, que tuviese las mismas
aspiraciones y los mismos deseos que ella...
Hermano mío, usted conoce a la indigna carmelita que hizo esta oración.
¿No piensa usted, igual que yo, que nuestra unión, confirmada el día de su
ordenación sacerdotal, comenzó el día 8 de septiembre...?
Yo pensaba que sólo en el cielo llegaría a encontrarme con el
apóstol, con el hermano que había pedido a Jesús; pero mi amado
Salvador, levantando un poco el velo misterioso que oculta los secretos de
la eternidad, se ha dignado darme la alegría de conocer, ya desde el
destierro, al hermano de mi alma y de trabajar con él por la salvación de
los pobres infieles.
¡Ah, qué grande es mi gratitud cuando pienso en las delicadezas de
Jesús...!¿Qué nos tendrá reservado en el cielo, si su amor nos dispensa
ya aquí abajo tan deliciosas sorpresas?
Comprendo mejor que nunca que hasta los más pequeños
acontecimientos de nuestra vida están dirigidos por Dios, que es él quien
inspira y quien colma nuestros deseos... Cuando nuestra Madre me
propuso convertirme en su auxiliar, le confieso, hermano, que vacilé.
Pensando en las virtudes de las santas carmelitas que me rodean, me
pareció que nuestra Madre habría servido mejor a sus intereses
espirituales eligiendo para usted a cualquier otra hermana, y no a mí. Sólo
el pensamiento de que Jesús no tendría en cuenta mis obras imperfectas,
sino mi buena voluntad, me hizo aceptar el honor de compartir sus trabajos
apostólicos. Yo no sabía entonces que era Nuestro Señor quien me había
escogido, él que se sirve de los instrumentos más débiles para hacer
maravillas... Yo no sabía que desde hacía seis años tenía un hermano que
se preparaba para ser misionero. Ahora que este hermano es
verdaderamente apóstol suyo, Jesús me revela este misterio, sin duda
para aumentar todavía más en mi corazón el deseo de amarle y de hacerle
amar.
¿Sabe usted, querido hermano, que si el Señor continúa escuchando mi
oración, obtendrá una gracia que su humildad le impide solicitar? Esta
gracia incomparable, usted ya lo adivina, es el martirio... Sí, tengo la
esperanza de que, después de largos años pasados en medio de los
trabajos apostólicos, después de haber dado a Jesús amor por amor,
usted acabará dándole también sangre por sangre...
Mientras escribo estas líneas, me estoy dando cuenta de que le llegarán
en el mes de enero, mes en que la gente se intercambia deseos de
felicidad. Y creo que los de esta su hermanita van a ser únicos en su
género... A decir verdad, al mundo unos deseos como éstos le parecerán
una locura, pero para nosotros el mundo ya no cuenta, «nosotros somos
ciudadanos del cielo» y nuestro único deseo es el de asemejarnos a
nuestro adorable Maestro, a quien el mundo no quiso conocer porque se
anonadó a sí mismo tomando la forma y la condición de esclavo. Hermano
querido, ¡feliz usted que sigue tan de cerca el ejemplo de Jesús...!Al saber
que ha adoptado la forma de vestir de los chinos, pienso espontáneamente
en nuestro Salvador que se revistió de nuestra pobre humanidad y que se
hizo semejante a uno de nosotros a fin de rescatar nuestras almas para la
eternidad.
Tal vez le parezca que soy una niña, pero no importa: le confieso que he
cometido un pecado de envidia al leer que se iba a cortar los cabellos y
sustituirlos por una trenza china. No es ésta última lo que deseo tener, sino
simplemente un mechoncito de esos cabellos que ya no van a servir para
nada. Seguramente, usted me preguntará, riendo, lo que voy a hacer
con él. Pues muy sencillo, esos cabellos serán para mí reliquias cuando
usted esté en el cielo con la palma del martirio en la mano. Sin duda le
parecerá que me adelanto mucho a los acontecimientos; lo que pasa es
que yo sé que ésa es la única manera de lograr mi objetivo, pues a la hora
de repartir sus reliquias su hermanita (sólo conocida como tal por Jesús)
será seguramente olvidada. Estoy completamente segura de se está
riendo de mí, pero no me importa. Si acepta pagar con «los cabellos de un
futuro mártir» esta recreación que le estoy proporcionando, quedaré bien
recompensada.
El 25 de diciembre no dejaré de enviarle a mi ángel de la guarda para que
deposite mis intenciones junto a la hostia que usted consagrará. Le
agradezco desde lo más profundo del corazón ese detalle de ofrecer por
nuestra Madre y por mí su Misa de la aurora; mientras usted está en el
altar, nosotras estaremos cantando los Maitines de Navidad que preceden
inmediatamente a la Misa de Gallo.
Hermano mío, no se ha equivocado al decir que seguramente mis
intenciones serían «agradecerle a Jesús este día de gracias, único entre
todos». Pero no fue ese día cuando recibí la gracia de la vocación
religiosa. Como Nuestro Señor quería para sí solo mi primera mirada, se
dignó pedirme el corazón desde la cuna, si puedo expresarme así.
Es cierto que la noche de Navidad de 1886 fue, realmente, decisiva para
mi vocación; pero si quiero calificarla con mayor claridad, la deberé llamar:
la noche de mi conversión. En esa noche bendita, de la cual está escrito
que esclarece las delicias del mismo Dios, Jesús, que se hacía niño por mi
amor, se dignó sacarme de los pañales y de las imperfecciones de la niñez
y me transformó de tal suerte que ni yo misma me reconocía. Sin este
cambio, yo hubiera seguido todavía muchos años en el mundo. Santa
Teresa, que decía a sus hijas. «Quiero que no seáis mujeres en nada, sino
que en todo igualéis a los hombres fuertes», santa Teresa no hubiera
querido reconocerme por hija suya si el Señor no me hubiese revestido de
su fuerza divina, si no me hubiese armado él mismo para la guerra.
Le prometo, hermano, encomendar a Jesús de manera especial a la joven
de la que me habla y que encuentra obstáculos en su vocación. Me
compadezco sinceramente de su sufrimiento, pues sé por experiencia
cuán amargo es no poder responder inmediatamente a la llamada de Dios.
Le deseo que no se vea obligada, como yo, a ir hasta Roma... Porque
seguramente usted no sepa que su hermana tuvo la audacia de hablar al
Papa... Sin embargo, es verdad, y si no hubiese tenido ese atrevimiento,
tal vez estaría todavía en el mundo.
Jesús ha dicho que «el reino de los cielos sufre violencia y sólo los
violentos lo arrebatan». Lo mismo me ocurrió a mí con el reino del
Carmelo. Antes de ser la prisionera de Jesús, tuve que viajar muy lejos
para conquistar la prisión que yo prefería a todos los palacios de la tierra.
La verdad es que no me apetecía lo más mínimo hacer un viaje para mi
recreo personal, y cuando mi incomparable padre me propuso llevarme a
Jerusalén si quería retrasar dos o tres meses mi entrada en el
Carmelo, no vacilé en escoger el descanso a la sombra de aquel a quien
había deseado (a pesar del atractivo natural que me empujaba a visitar los
lugares santificados por la vida del Salvador). Comprendía que,
verdaderamente, vale más un día pasado en la casa del Señor que mil en
cualquier otra parte.
Tal vez, hermano, desee usted saber cuál era el obstáculo que encontraba
para la realización de mi vocación. El obstáculo no era otro que mi
juventud. Nuestro Padre superior se negó terminantemente a recibirme
antes de los 21 años, diciendo que una niña de 15 años no estaba
capacitada para saber a qué se comprometía. Su forma de actuar era
prudente, y no dudo de que, al probarme, estaba cumpliendo la voluntad
de Dios que quería hacerme conquistar la fortaleza del Carmelo a punta de
espada. Tal vez, también, Jesús permitió al demonio obstaculizar una
vocación que no debía, creo yo, ser del gusto de ese miserable privado de
amor, como lo llamaba nuestra santa Madre.
Gracias a Dios, todos sus ardides se volvieron contra él y no sirvieron más
que para hacer más clamorosa la victoria de una niña. Si fuese a contarle
todos los detalles del combate que tuve que sostener, necesitaría mucho
tiempo, tinta y papel. Contados por una pluma hábil, creo que esos detalles
podrían resultarle interesantes, pero la mía no sabe darle encanto y
atractivo a un relato largo. Le pido, pues, perdón por haberle quizás
aburrido ya.
Me prometió, hermano, seguir diciendo cada mañana en el altar: «Dios
mío, abrasa a mi hermana en tu amor». Le estoy profundamente
agradecida, y no tengo dificultad en asegurarle que acepto y aceptaré
siempre sus condiciones. Todo lo que pido a Jesús para mí, lo pido
también para usted; y cuando ofrezco mi flaco amor al Amado, me permito
la libertad de ofrecerle a la vez también el suyo.
Al igual que Josué, usted combate en la llanura, y yo soy su pequeño
Moisés, y mi corazón está elevado incesantemente hacia el cielo para
alcanzar la victoria. Mas ¡qué digno de compasión sería mi hermano si
Jesús mismo no sostuviese los brazos de su Moisés...!Pero con la ayuda
de la oración que usted dirige por mí a diario al divino Prisionero del Amor,
espero que nunca será digno de compasión, y que, después de esta vida,
durante la cual los dos habremos sembrado juntos con lágrimas, nos
volveremos a encontrar, felices, llevando gavillas en las manos.
Me ha gustado mucho el sermoncito que usted dirige a nuestra Madre
exhortándola a permanecer aún en la tierra; no es largo, pero, como usted
dice, no tiene réplica. Ya veo que no le costará mucho convencer a sus
oyentes cuando predica, y espero que recoja y ofrezca al Señor una
abundante cosecha de almas.
Veo que se me termina el papel, lo cual me obliga a poner fin a mis
garabatos. Quiero, no obstante, decirle que celebraré fielmente todos sus
aniversarios. Le tendré un cariño muy especial al 3 de julio, ya que en ese
día usted recibió a Jesús por primera vez y en esa misma fecha yo recibí a
Jesús de su mano y asistí a su primera Misa en el Carmelo.
Bendiga, hermano, a su indigna hermana,
Teresa del Niño Jesús

Encomiendo a sus oraciones a un joven seminarista que quiere ser
misionero. Su vocación acaba de ser puesta a prueba por causa del
servicio militar.

Carta 202 A la señora de Guérin
Jesús + 16 de noviembre de 1896
Querida tía:
Es muy triste para su hijita tener que confiar a una fría pluma la misión de
expresarle los sentimientos de su corazón... Tal vez me diga, sonriendo:
«Pero, Teresita de mi alma, ¿me los expresarías más fácilmente con
palabras...?» Querida tía, tengo que confesarlo, no, es verdad, no
encuentro palabras que puedan expresar satisfactoriamente los deseos de
mi corazón. El poeta que se atrevió a decir:
«Lo que bien se concibe claramente se enuncia;
para expresarlo,
las palabras acuden fácilmente»,
ese poeta, digo, ¡¡¡no sentía seguramente lo que yo siento en lo
hondo de mi alma...!!!
Por suerte, tengo para consolarme al profundo P. Faber; él comprendía
bien que las palabras y las frases de aquí abajo no son capaces de
expresar los sentimientos del corazón, y que los corazones llenos son los
que se encierran más en sí mismos.
Querida tía, voy a aburrirla con mis citas, tanto más cuanto que las cartas
de mis cuatro hermanas están ahí para desmentir mis palabras. De todas
formas, querida tía, puede estar segura de que, a pesar de toda su
elocuencia, ellas no la quieren más que yo, aunque yo no sepa decírselo
en términos escogidos... Si ahora no me cree, un día, cuando estemos
todos reunidos en el cielo, comprobará cómo la más pequeña de sus hijas
no lo era en cariño y en gratitud y que sólo era la más pequeña en edad y
en sabiduría.
Le ruego, querida tía, que pida a Dios que yo crezca en sabiduría, como
el divino Niño Jesús. No es eso precisamente lo que hago, se lo
aseguro; pregúnteselo, si no, a nuestra querida Mariíta de la Eucaristía, y
ella le dirá que no miento. Cada día que pasa soy más torpe, y eso que
pronto hará ya nueve años que estoy en la casa del Señor. Debería estar,
pues, ya muy avanzada en los caminos de la perfección, pero estoy
todavía al pie de la escalera. Eso no me desalienta, y estoy tan alegre
como la cigarra; estoy siempre cantando, igual que ella, esperando
participar al final de mi vida de las riquezas de mis hermanas, que son
mucho más generosas que la hormiga. Espero también, querida tía,
ocupar un buen sitio en el banquete celestial, y le diré por qué: cuando los
santos y los ángeles sepan que yo tengo el honor de ser su hijita, no
querrán darme el disgusto de colocarme lejos de usted... Así, gracias a sus
virtudes, gozaré de los bienes eternos. La verdad es que nací con buena
estrella y mi corazón se deshace de gratitud hacia Dios, que me ha dado
unos parientes como no hay otros en la tierra.
Y como soy una pobre cigarra, querida tiíta, que no tiene más que sus
cantos (y que, además, por ser su voz muy poco melodiosa, sólo puede
cantar en lo hondo de su corazón), cantaré mi canción más hermosa el día
de su santo, y trataré de hacerlo con un acento tan conmovedor, que los
santos, compadecidos de mi miseria, me darán tesoros de gracias que
estaré encantada de ofrecerle. Tampoco me olvidaré de festejar con las
riquezas de los santos a mi querida abuelita; y ellos serán tan generosos,
que mi corazón no tendrá nada más que desear, y le aseguro, tía, que no
es poco decir, pues mis deseos son muy grandes.
A mi tío le pido que le dé a usted un abrazo muy tierno de mi parte. Si
Francis, Juana y Leonia quieren hacer otro tanto, cantaré una tonadilla
para agradecérselo (y ni que decir tiene que no olvidaré a mi tío en mi
alegre canción).
Perdóneme, tía querida, que le diga tantas cosas sin pies ni cabeza, y
créame que la quiero con todo el corazón.
Teresa del Niño Jesús

Carta 203 A la madre Inés de Jesús
4 de diciembre de 1896
¡Mi Madrecita es todo un encanto...!Si ella no sabe lo que es, yo sí lo sé
muy bien, ¡y la quiero...!Sí, ¡pero qué puro es mi cariño...!Es el de una
hija que admira la humildad de su madre. ¡Tú me haces mayor bien que
todos los libros del mundo...!

Carta 204 A la madre Inés de Jesús
18 de diciembre de 1896
La Santísima Virgen está tan contenta de tener un borriquillo y una criadita,
que los hace correr de derecha a izquierda para divertirse. Por eso, no es
de maravillar que la Madrecita caiga algunas veces...
Sí, pero cuando el Niño Jesús sea mayor y no tenga ya necesidad de
aprender «el humilde oficio de tendero», preparará un lugarcito para la
Madrecita en su reino que no es de este mundo, y entonces será él quien
«irá y vendrá para servirla».
Y más de uno tendrá que levantarse para mirar a la que no tuvo otra
ambición que la de ser el borriquillo del Niño Jesús.

Carta 205 A sor María de San José
Diciembre (?) de 1896
¡Qué lástima pasar el tiempo aburrida como una ostra, en vez de quedarse
dormida sobre el corazón de Jesús...!
Si la noche le da miedo al niñito, si se queja de no ver al que le lleva, que
cierre los ojos, que haga voluntariamente el sacrificio que le piden, y
luego a esperar el sueño... Quedándose así, tranquilo, la noche, a la que
ya no mirará, no podrá asustarlo, y pronto la calma, si no la alegría, 
renacerá en su corazón.
¿Es demasiado pedirle al niñito que cierre los ojos..., que no luche contra
las quimeras de la noche...? No, no es demasiado, y el niñito va a
abandonarse, va a creer que lo lleva Jesús, va a aceptar el no verlo y va a
dejar muy lejos ese miedo estéril a ser infiel (miedo impropio de un niño).
(Un embajador)

Carta 206 A sor María de san José
Diciembre (?) de 1896
El pequeño E. no tiene ganas de saltar de la navecilla, sino que sigue en
ella para mostrar el cielo al niñito. Quiere que todas sus miradas y todas
sus delicadezas sean para Jesús. Por eso estará muy contento si ve que el
niñito se priva de consuelos demasiado infantiles e indignos de un
misionero y de un guerrero... Yo quiero mucho a mi niñito, y Jesús lo
quiere todavía más.

Carta 207 A sor Genoveva
Diciembre (?) de 1896
¡Pobre, pobre, no hay que entristecerse porque el Sr. T. haya caído en la
trampa...!Cuando le salgan alas, por más que le tiendan lazos, no caerá
en ellos, ni tú tampoco, pobre S. El te tenderá la mano, te pegará dos alitas
blancas y las dos juntas volaremos muy alto y muy lejos; iremos incluso
hasta Saigón batiendo nuestras alitas plateadas... Es lo mejor que
podremos [vº] hacer por él, pues Jesús quiere que seamos dos querubines
y no dos fundadoras. En este momento, esto es así; si él cambia de idea,
cambiaremos también nosotras, ¡eso es todo...!

Carta 208 A sor Genoveva
Invierno 1896-1897
Te suplico con toda humildad que dispenses mañana al pobre Sr. de usar
la estufita... Pero también te suplico que procures que se despierte para
las Horas. Teme que su papel no sirva para nada, pues la encargada de
despertar está acostumbrada a ver a la Señorita venir a almohazar al Sr.
todas las mañanas para sacarlo suavemente de sus sueños.
No te aflijas, pobre Señorita, de tener que llevar tacitas a diestro y
siniestro. Un día será Jesús quien «irá y vendrá para servirte» a ti, y ese
día llegará pronto.

Carta 209 A sor Genoveva
Invierno 1896-1897 (?)
No te olvides de despertar mañana al Sr. T., pobre Srta. L. humillada por
todos, pero amada por Jesús y por el Sr. T.

Carta 210 A sor Genoveva
Invierno 1896-1897 (?)
¿Quieres fijarte mañana por la mañana si el Sr. Totó ha oído las tablillas...?

Carta 211 A sor Genoveva
24 de diciembre de 1896
Navidad 1896
Hijita querida:
Si supieras cómo alegras mi corazón y el de mi pequeño Jesús, ¡qué feliz
serías...!
Pero no lo sabes, no lo ves, y tu alma está triste. Quisiera poder consolarte; si no lo hago, es porque conozco el valor del sufrimiento y de la angustia del corazón. Hija mía querida, si supieras qué hundida estaba yo en la amargura al ver a mi tierno esposo san José volver triste hacia mí sin haber encontrado posada...
Si aceptas soportar en paz la prueba de no agradarte a ti misma, me darás
un dulce asilo. Es verdad que sufrirás, pues estarás a la puerta de tu
propia casa; pero no temas, cuanto más pobre seas, más te amará Jesús.
E irá lejos, muy lejos, para buscarte si a veces te extravías un poco. Le
gusta más verte tropezar en la noche con las piedras del camino que
caminar en plano día por una ruta esmaltada de flores que podrían retrasar
tu marcha. Te quiero, Celina mía, te quiero mucho más de lo que puedes
imaginarte...
Me alegro de verte desear grandes cosas y te las estoy preparando
todavía mayores... Un día vendrás con tu Teresa al cielo, te sentarás en el
regazo de mi amado Jesús y yo también te tomaré en mis brazos y te
colmaré de caricias, porque soy tu madre, tu mamá querida.
(María, la Reina de los ángeles)

Carta 212 A sor María de la Trinidad
24 de diciembre de 1896
Noche de Navidad de 1896
Mi querida esposa:
¡Qué contento estoy de ti...!Durante todo el año me has divertido mucho
jugando a los bolos. He disfrutado tanto, que la corte celestial estaba
sorprendida y encantada; más de un querubín llegó a preguntarme por qué
no lo había hecho niño..., y más de uno también me preguntó si la
melodía de su arpa no me agradaba más que tu risa cantarina cuando
haces caer un bolo con la bola de tu amor. Yo les contesté a mis
querubines que no debían apenarse por no ser niños, pues un día podrían
jugar contigo en las praderas del cielo; y les dije que sí, que tu sonrisa era
para mí más dulce que sus melodías, porque tú sólo podías jugar y sonreír
sufriendo y olvidándote de ti misma.
Querida esposa mía, tengo algo que pedirte, ¿me lo negarás...? No, tú me
amas demasiado para eso. Pues bien, voy a confesarte que me gustaría
cambiar de juego. Los bolos me divierten mucho, sí; pero ahora quisiera
jugar al trompo, y, si quieres, tú serás mi trompo. Te doy uno como
modelo; ya ves que no es bonito, quien no sepa usarlo lo rechazará a
puntapiés, pero  un niño saltará de alegría al verlo y dirá: «¡Qué
divertido que es!¡Puede estar girando todo el día sin pararse!»
Yo, el Niño Jesús, te quiero, aunque no tengas encantos, y te pido que
estés siempre girando para divertirme... Pero para hacer que el trompo
gire, hacen falta latigazos... Pues bien, deja que tus hermanas te presten
este servicio, y muéstrate agradecida con las que sean más asiduas en no
dejarte aminorar la marcha. Y cuando me haya divertido ya bastante
contigo, te llevaré allá arriba y allí podremos jugar sin sufrir...
(Tu hermanito Jesús)

Carta 213 Al abate Bellière 

Carmelo de Lisieux 26 de diciembre de 1896
Señor abate:
Hubiese querido contestarle antes, pero la Regla del Carmelo no permite
escribir ni recibir cartas durante el tiempo de adviento. Sin embargo,
nuestra Madre me permitió, por excepción, leer la suya, comprendiendo
que usted necesitaba ser ayudado especialmente con la oración.
Le aseguro, señor abate, que hago todo lo que está en mis manos para
alcanzarle las gracias que necesita; y esas gracias ciertamente le serán
concedidas, pues Nuestro Señor no nos pide nunca sacrificios superiores a
nuestras fuerzas. Es cierto que a veces Nuestro Salvador nos hace sentir
toda la amargura del cáliz que presenta a nuestro espíritu. Y cuando pide
el sacrificio de todo lo que nos es más querido en este mundo, es
imposible, a no ser por una gracia especialísima, no exclamar como él en
el huerto de la agonía: "¡Padre, aparta de mí este cáliz!... Pero que no
se haga mi voluntad, sino la tuya".
Es muy consolador pensar que Jesús, el Dios fuerte, conoció nuestras
debilidades y tembló a la vista del cáliz amargo, ese cáliz que poco antes
había deseado tan ardientemente beber...
Señor abate, verdaderamente es hermosa la parte que le ha tocado, pues
Nuestro Señor la escogió para sí y fue el primero en mojar sus labios en la
copa que a usted le ofrece.
Un santo ha dicho: ¡El mayor honor que Dios puede hacer a un alma no es
darle mucho, sino pedirle mucho!Jesús lo trata, pues, como a un
privilegiado. Quiere que usted comience ya su misión y que por medio del
sufrimiento le salve ya almas. ¿No fue por el sufrimiento y por la muerte
como él mismo redimió al mundo...? Yo sé que usted aspira a sacrificar su
vida por el divino Maestro, pero el martirio del corazón no es menos
fecundo que el derramamiento de sangre, y este martirio es desde ahora
ya el suyo. Tengo, pues, mucha razón al decir que es hermosa la parte
que le ha tocado y que es digna de un apóstol de Cristo.
Señor abate, usted viene a buscar consolaciones junto a la que Jesús le
ha dado por hermana, y tiene derecho a hacerlo. Y ya que nuestra
Reverenda Madre me da permiso para escribirle, quisiera responder a la
grata misión que se me ha confiado; pero siento que el medio más seguro
para lograrlo es orar y sufrir...
Trabajemos juntos en la salvación de las almas, no tenemos más que
el único día de esta vida para salvarlas y dar así al Señor pruebas de
nuestro amor. El mañana de este día será la eternidad, y entonces Jesús
le devolverá centuplicadas las alegrías tan dulces y legítimas que usted
hoy le sacrifica. Él conoce el alcance de su sacrificio, él sabe que el
sufrimiento de sus seres queridos aumenta aún más el suyo propio. Pero
él también sufrió este martirio: por salvar nuestras almas, abandonó a su
Madre, vio a la Virgen Inmaculada de pie junto a la cruz con el corazón
traspasado por una espada de dolor. Pero eso, espero que nuestro divino
Salvador consuele a su madre de usted, y así se lo pido encarecidamente.
Si a quienes usted va a abandonar por su amor, el divino Maestro les
dejase entrever la gloria que le tiene reservada, la multitud de almas que
formarán su cortejo en el cielo, se verían ya recompensados del enorme
sacrificio que su alejamiento les va a producir.
Nuestra Madre sigue enferma, aunque de unos días a esta parte se
encuentra un poco mejor; espero que el divino Niño Jesús le devuelva las
fuerzas, que ella gastará en su servicio. Esta Madre venerada le envía esa
estampa de san Francisco de Asís, que le enseñará la forma de encontrar
la alegría en medio de las pruebas y las luchas de la vida.
Espero, señor abate, que siga rezando por mí, que no soy un ángel,
como usted parece creer, sino un pobre carmelita cargada de
imperfecciones, que, sin embargo, a pesar de su pobreza, tiene igual que
usted el deseo de trabajar por la gloria de Dios.
Sigamos unidos por la oración junto al pesebre de Jesús.
Su indigna hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 214 A sor Genoveva
3 de enero de 1897 (?)
¡¡Feliz día de tu santo..!!
El Sr. Totó desea un feliz onomástico a la Señorita Lilí.

Carta 215 A sor María del Sagrado Corazón
Comienzos de 1897 

¡¡¡Jesús te ama con todo su corazón, y yo también, madrina querida...!
Teresa del Niño Jesús

Carta 216 A la madre Inés de Jesús
Jesús + 9 de enero de 1897
Querida Madrecita, si supieras cómo me emociona ver cuánto me
quieres... Nunca podré demostrarte mi gratitud aquí en la tierra... Espero
irme pronto allá arriba. Y puesto que "Si hay un cielo, es para mí", seré
rica, tendré todos los tesoros de Dios, y él mismo será mi bien, y entonces
podré devolverte centuplicado todo lo que te debo. ¡Qué alegría de sólo
pensarlo...!Me duele mucho recibir siempre y nunca dar.
Hubiera querido no ver correr las lágrimas de mi Madrecita, pero me ha
encantado ver el buen fruto que esas lágrimas produjeron, fue algo
fantástico.
No, yo guardo rencor a nadie cuando miran a mi Madrecita con malos ojos,
pues tengo muy claro que las hermanas no son más que instrumentos
puestos ahí adrede por Jesús para que el camino de la Madrecita (al igual
que el de Teresita) se parezca al que Él escogió para sí cuando fue
peregrino en la tierra de destierro... Entonces su rostro estaba escondido,
, nadie lo reconocía, era objeto de desprecios... Mi Madrecita no es
objeto de desprecios, ¡pero qué pocos la reconocen desde que Jesús ha
escondido su rostro...!
¡Qué hermosa, Madre mía, es la parte que te toca...!Es verdaderamente
digna de ti, la privilegiada de nuestra familia; de ti, que nos muestras el
camino como esa golondrina que vemos siempre a la cabeza de sus
compañeras y que traza en el aire la ruta que debe conducirlas a su nueva
patria.
¡Ojalá sepas comprender el cariño de TU hijita que quisiera decirte tantas
tantas cosas!

Carta 217 A sor María de San José
Enero de 1897 (?)
¡Preciosas las coplillas...!¡Qué mezquindad ir a mendigar a casas de otros
teniendo llena la propia bolsa!
Pero lo que no es mezquindad es dormir, ser amables y alegres; éste el
"humilde oficio del tendero", que nunca puede cerrar la tienda, ni siquiera
los domingos y las fiestas, es decir, los días que Jesús se reserva para
probar nuestras almas...
Canta como un pinzón tus graciosos coplas, que yo, como pobre
gorrioncillo, gimo en mi rincón, cantando como el judío errante: "La muerte
no puede nada contra mí, lo sé muy bien..."
Ya no oigo hablar del famoso mantel, ¿se sigue hablando aún de él?

Carta 218 Al Hermano Simeón
Carmelo de Lisieux, 27 de enero de 1897
Jesús +
Señor Director:
Me siento feliz de unirme a mi hermana sor Genoveva para darle las
gracias por la preciosa gracia que consiguió para nuestro Carmelo.
No sé cómo expresarle mi gratitud; por eso, quiero, a los pies de Nuestro
Señor, mostrarle con mis pobres oraciones cómo me ha conmovido su
bondad para con nosotras...
A mi alegría se ha mezclado un sentimiento de tristeza al saber que su
salud se había quebrantado. Por eso, pido a Jesús con todo el corazón
que prolongue el mayor tiempo posible su vida, tan preciosa para la
Iglesia. Yo sé que nuestro divino Maestro debe de tener prisa por
coronarle en el cielo; pero espero que lo deje todavía en el destierro para
que, trabajando por su gloria como lo ha hecho desde su juventud, el peso
inmenso de sus méritos supla al de otras almas que se presentarán ante
Dios con las manos vacías.
Yo me atrevo a esperar, queridísimo Hermano, ser una de esas almas
afortunadas que participarán de sus méritos. Creo que mi carrera aquí
abajo no va a ser larga... Cuando comparezca ante mi amado Esposo, no
tendré para ofrecerle más que mis deseos; pero si usted me ha precedido
ya en la patria, espero que venga a mi encuentro y que presente en mi
favor el mérito de sus obras, tan fecundas... Ya ve que sus carmelitas
nunca pueden escribirle sin pedirle algún favor y sin apelar su
generosidad...
Señor Director, usted es tan poderoso para nosotras en la tierra, nos ha
obtenido ya tantas veces la bendición del Santo Padre León XIII, que
no puedo dejar de pensar que en el cielo Dios le dará un enorme poder
sobre su corazón. Le suplico que no me olvide ante él si tiene la dicha de
verlo ante que yo... Lo único que le ruego que pida para mi alma es la
gracia de amar a Jesús y de hacerle amar todo lo que pueda.
Si el Señor viene a buscarme a mí primero, le prometo orar por sus
intenciones y por todas las personas que usted ama. De todas formas, yo
no espero a estar en el cielo para hacer esta oración: desde ahora me
siento ya feliz de poder probarle así mi profunda gratitud.
En el Sagrado Corazón de Jesús, me sentiré siempre dichosa, señor
Director, de llamarme
Su humilde y agradecida carmelita,
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 219 A la madre Inés de Jesús
22 de febrero de 1897
Querida Madrecita, te has roto la nariz... Sí, pero ¡La tienes larga...!
Siempre te quedará suficiente, mientras que la mía, si la rompo, no me
quedará nada...
¡Qué felices somos de saber reírnos de todo...!Sí, sí..., en esto no hay
peros...

Carta 220 Al abate Bellière
(Carmelo de Lisieux) Miércoles noche
24 de febrero de 1897
Jesús +
Señor abate:
Antes de entrar en el silencio de la santa cuarentena, quiero añadir unas
letras a la carta de nuestra venerada Madre para darle las gracias por la
que usted me envió el mes pasado.
Si a usted le consuela pensar que en el Carmelo una hermana ora por
usted sin cesar, mi gratitud hacia Nuestro Señor no es menor que la suya,
pues él me ha dado un hermanito destinado por él a ser su sacerdote y su
apóstol... Verdaderamente, sólo en el cielo sabrá usted cuánto le quiero.
Siento que nuestras almas fueron hechas para comprenderse. Esa su
prosa, que usted llama "ruda y pobre", me revela que Jesús ha puesto en
su corazón unas aspiraciones que sólo concede a las almas que él llama a
la más alta santidad. Puesto que él mismo me ha elegido para ser su
hermana, espero que no mirará mi debilidad, o, mejor dicho, que se servirá
de esta misma debilidad para llevar a cabo su obra, pues al Dios fuerte le
gusta mostrar su poder sirviéndose de lo que no es nada.
Unidas a él, nuestras almas podrán salvarle muchas almas, pues el
buen Jesús ha dicho: ""Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra
para pedir algo, mi Padre del cielo se lo concederá". Y lo que nosotros le
pedimos es trabajar por su gloria, amarle y hacerle amar... ¿Cómo no van
a ser bendecidas nuestra unión y nuestra plegaria?
Señor abate, ya que el cántico sobre el amor le ha gustado, nuestra Madre
me ha dicho que le copie algunos más, pero no los recibirá hasta dentro de
algunas semanas, porque tengo pocos momentos libres, incluso los
domingos, debido a mi oficio de sacristana. Estas pobres poesías le
revelarán, no lo que soy, sino lo que quisiera y debiera ser... Al
componerlas, he atendido más al fondo que a la forma. Por eso, no
siempre se respetan las reglas de la versificación, pues lo que buscaba era
expresar mis sentimientos (o, mejor, los sentimientos de una carmelita) a
fin de responder a los deseos de mis hermanas. Esos versos responden
mejor a la sensibilidad de una religiosa que a la de un seminarista; no
obstante, espero que le gusten. ¿No es acaso su alma la prometida del
Cordero de Dios y no será pronto su esposa, el día bendito de su
ordenación de subdiácono?
Le agradezco, señor abate, el haberme escogido para madrina del primer
niño que tenga el gozo de bautizar. Me toca, pues, a mí escoger el nombre
de mi futuro ahijado. Quiero darle por protectores a la Santísima Virgen, a
san José y a san Mauricio, patrono de mi querido hermanito. Es cierto que
ese niño no existe todavía más que en el pensamiento de Dios, pero ya
ruego por él y cumplo por adelantado mis deberes de madrina.
También ruego por todas las almas que le van a ser confiadas, y sobre
todo pido a Jesús que hermosee la suya con toda clase de virtudes, en
especial con su amor.
Me dice usted que reza también mucho por su hermana. Ya que me hace
esta caridad, me gustaría mucho que rezase todos los días esta oración en
la que se encierran todos mis deseos: "Padre misericordioso, en el nombre
de nuestro buen Jesús, de la Virgen María y de los santos, te suplico que
abrases a mi hermana en tu Espíritu de amor y que le concedas la gracia
de hacerte amar mucho..."
Usted me ha prometido rezar por mí durante toda su vida, que, sin duda,
será más larga que la mía, y no le será dado cantar como a mí: "Mi
destierro, lo espero, será breve..."; pero tampoco le estará permitido
olvidarse de su promesa. Si el Señor me lleva pronto con él, le pido que
continúe rezando todos los días esa breve oración, pues en el cielo
desearé lo mismo que deseo ahora en la tierra: amar a Jesús y hacerle
amar.
Señor abate, debo de parecerle muy rara, y quizás hasta lamente tener
una hermana que, al parecer, quiere ir gozar del descanso eterno y dejarlo
a usted solo trabajando... Pero tranquilícese, que lo único que deseo es la
voluntad de Dios, y le confieso que si en el cielo no pudiese seguir
trabajando por su gloria, preferiría el destierro a la patria.
Desconozco el futuro, pero si Jesús convierte en realidad mis
presentimientos, le prometo seguir siendo su hermanita allá en el cielo.
Nuestra unión, lejos de romperse, se hará más estrecha; allí ya no habrá ni
clausura ni rejas, y mi alma podrá volar con usted a las lejanas misiones.
Nuestros papeles seguirán siendo los mismos: el suyo, las armas
apostólicas, el mío, la oración y el amor...
Señor abate, me doy cuenta de que me estoy olvidando del tiempo, es ya
tarde y dentro de unos minutos tocarán al Oficio divino; sin embargo, tengo
que hacerle todavía una petición. Me gustaría que me escribiese las
fechas importantes de su vida, a fin de poderme unir a usted de una
manera muy especial para agradecerle a nuestro Salvador las gracias que
le ha otorgado.
En el Sagrado Corazón de Jesús Hostia, que pronto será expuesto a
nuestra adoración, me siento dichosa de poder llamarme siempre:
Su menor y humilde hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 221 Al P. Roulland
Jesús + 19 de marzo de 1897
Querido hermano:
Nuestra madre acaba de entregarme sus cartas, no obstante estar en
cuaresma (tiempo durante el cual no se escribe en el Carmelo). Y me ha
dado permiso para contestarle hoy, pues mucho nos tememos que nuestra
carta de noviembre haya ido a visitar las profundidades del río Azul. Las de
usted, fechadas en septiembre, hicieron una feliz travesía y vinieron a
alegrar a su Madre y a su hermanita en la fiesta de Todos los Santos. La
del 20 de enero nos llegó bajo la protección de san José. Y ya que usted
sigue mi ejemplo escribiéndome en todas las líneas, no quiero perder yo
esta buena costumbre, que, no obstante, hace que mi mala letra sea
todavía más difícil de descifrar...
¡Ay, cuándo llegará el día en que no tengamos ya necesidad de tinta ni de
papel para comunicarnos nuestros pensamientos...!Usted, hermano, a
punto estuvo de ir a visitar ese país encantado donde es posible hacerse
comprender sin escribir e incluso sin hablar; doy gracias a Dios con toda el
alma por haberle dejado en el campo de batalla para que pueda ganar
para él numerosas victorias. Ya sus sufrimientos han salvado muchas
almas. San Juan de la Cruz dijo: "Es más precioso (...) un poquito de
este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, (...) que todas esas otras
obras juntas". Si eso es así, ¡cuán provechosos para la Iglesia han de ser
sus sufrimientos y sus pruebas, dado que sólo por amor a Jesús usted los
sufre con alegría!
Verdaderamente, hermano, no puedo compadecerlo, pues se cumplen en
usted estas palabras de la Imitación de Cristo: "Cuando el sufrimiento te
parezca dulce y lo ames por amor a Jesucristo, habrás hallado el paraíso
en la tierra". Este paraíso es, en verdad, el del misionero y el de la
carmelita. La alegría que los mundanos buscan en medio de los placeres
no es más que una sombra fugitiva; pero nuestra alegría, la que buscamos
y saboreamos en los trabajos y en los sufrimientos, es una realidad
extremadamente dulce, un disfrute anticipado de la felicidad del cielo.
Su carta, toda ella impregnada de santa alegría, se me ha hecho muy
interesante. Siguiendo su ejemplo, me reí de buena gana a costa de su
cocinero, al que veo desfondando su olla... También su tarjeta de visita me
ha divertido mucho; no sé ni siquiera de qué lado volverla, me parezco a
un niño que quiere leer un libro poniéndolo al revés.
Pero volviendo a su cocinero, ¿creerá que en Carmelo también nosotras
tenemos a veces aventuras divertidas? El Carmelo, al igual que el SuTchuen,
es un país extraño al mundo, donde uno pierde sus costumbres
más primitivas. Lo voy a poner un ejemplo. Una persona caritativa nos
regaló hace poco una pequeña langosta bien atada en una cesta.
Seguramente hacía mucho tiempo que no se había visto en el monasterio
semejante maravilla. Sin embargo, nuestra buena hermana cocinera se
acordó de que había que poner en agua al animalito para cocerlo. Y así lo
hizo, lamentando tener que someter a tamaña crueldad a una inocente
criatura. La inocente criatura parecía dormida y se dejaba manejar a
capricho; pero en cuanto sintió el calor, su dulzura se cambió en furia y,
consciente de su inocencia, no pidió permiso a nadie para saltar en mitad
de la cocina, pues su caritativo verdugo no había puesto la tapa a la olla.
La pobre hermana se arma enseguida de unas tenazas y corre tras la
langosta que da saltos desesperados. La lucha continúa por mucho
tiempo, hasta que la cocinera, cansada de luchar y todavía armada de sus
tenazas, se va toda desconsolada a buscar a nuestra Madre y le declara
que la langosta está endemoniada. Su aspecto era aún más elocuente que
sus palabras (¡pobre criaturilla -parecía decir-, tan dulce y tan inocente
hace un momento, y ahora endemoniada!¡Verdaderamente, no hay que
creer en los cumplidos de las criaturas!). Nuestra Madre no pudo menos de
echarse a reír al escuchar las declaraciones del severo juez que pedía
justicia, se dirigió inmediatamente a la cocina, cogió la langosta -que, al no
haber hecho voto de obediencia, opuso alguna resistencia- y, metiéndola
de nuevo en su prisión, se fue, no sin antes haber cerrado bien la puerta,
es decir la tapa. Por la noche, en la recreación, toda la comunidad rió
hasta las lágrimas a cuenta de la langosta endemoniada, y al día siguiente
todas pudimos saborear un bocado. La persona que quería regalarnos no
erró el blanco, pues la famosa langosta, o. mejor dicho, su historia, nos
servirá más de una vez de festín, no ya en el refectorio, pero sí en la
recreación.
Tal vez mi historieta no le parezca a usted muy divertida, pero puedo
asegurarle que, si hubiese asistido al espectáculo, no habría podido
conservar su gravedad... En fin, hermano, si le aburro, le ruego que me
perdone. Ahora voy a hablar más en serio.
Después de su partida, he leído la vida de varios misioneros (en mi carta,
que quizás no haya recibido, le daba las gracias por la vida del P.
Nempon). He leído, entre otras, la de Teófano Vénard, que me
interesó y me emocionó mucho más de lo que pueda decir. Bajo esta
impresión, he compuesto algunas estrofas, totalmente personales; no
obstante, se las envío, pues nuestra Madre me ha dicho que cree que
estos versos le agradarán a mi hermano de Su-Tchuen. La penúltima
estrofa requiere algunas explicaciones: en ella digo que partiría feliz para
Tonkín si Dios se dignase llamarme allá. Tal vez esto le sorprenda, ¿pues
no es acaso un sueño el que una carmelita piense en partir para Tonkín?
Pues bien, no, no es un sueño, y hasta puedo asegurarle que si Jesús no
viene pronto a buscarme para el Carmelo del cielo, algún día partiré para
el de Hanoi, pues ahora en esa ciudad hay un Carmelo, fundado hace
poco por el de Saigón. Usted ha visitado hace poco este último, y sabe
bien que en Cochinchina una Orden como la nuestra no puede sostenerse
sin vocaciones francesas; pero, por desgracia, las vocaciones son muy
escasas, y con frecuencia las superioras no quieren dejar partir a las
hermanas que a su entender pueden prestar servicios en la propia
comunidad. Así, nuestra Madre, en su juventud, se vio impedida, por la
voluntad de su superior, de ir a ayudar al Carmelo de Saigón. No soy yo
quien deba lamentarlo, antes bien doy gracias a Dios por haber inspirado
tan acertadamente bien a su representante; pero pienso que los deseos de
las madres se realizan a veces en los hijos, y no me sorprendería de ir yo
a la rivera infiel a orar y a sufrir como nuestra Madre hubiese querido
hacerlo... Hay que confesar, no obstante, que las noticias que nos envían
de Tonkín no son nada tranquilizadoras: a finales del año pasado, entraron
unos ladrones en el pobre monasterio y penetraron en la celda de la priora,
que no se despertó, pero a la mañana siguiente no encontró a su lado el
crucifijo (por la noche, el crucifijo de una carmelita descansa siempre junto
a su cabeza, sujeto a la almohada), un pequeño armario estaba roto y el
poco dinero que constituía todo el tesoro material de la comunidad había
desaparecido. Los Carmelos de Francia, conmovidos por la miseria
del de Hanoi, se unieron para proporcionarle los medios de levantar un
muro de clausura lo bastante elevado para impedir que los ladrones entren
en el monasterio.

Carta 222 A la madre Inés de Jesús
19 de marzo de 1897
Gracias, Madrecita. ¡Sí, Jesús te ama y yo también...!El te da pruebas de
ello todos los días, y yo no... Sí, pero cuando yo esté allá arriba, será como
si mi bracito se alargase, y mi Madrecita tendrá noticias de ello.

Carta 222 bis Al señor Guérin

3 de abril de 1897
Teresa del Niño Jesús, que es la más pequeña de todas, ¡¡¡pero no la que
tiene menos amor!!!
Eso no es verdad, es la fiebre que tengo todos los días a las 3, hora militar.
Teresita Nuestro Padre desea que Teresa Pougheol entre aquí en plan de prueba.

Carta 223 A la madre Inés de Jesús
4-5 de abril de 1897
Temo haber hecho sufrir a mi Madrecita. Sin embargo, ¡la quiero!¡Sí!Pero
no puedo decirle todo lo que pienso, tendrá que adivinarlo ella.

Carta 224 Al abate Bellière
25 de abril de 1897
Alleluia
Querido Hermanito:
Mi pluma, o, más bien, mi corazón se niega a llamarle en adelante «señor
abate», y nuestra Madre me ha dicho que, al escribirle, puedo utilizar el
mismo nombre que empleo cuando le hablo de usted a Jesús. Creo parece
que nuestro divino Salvador se ha dignado unir nuestras almas para
trabajar por la salvación de los pecadores, como unió en otro tiempo la del
venerable Padre de la Colombière y la de la beata Margarita María. Hace
poco leía en la vida de esta santa: «Un día, al acercarme a Nuestro Señor
para recibirle en la sagrada comunión, me mostró su Sagrado Corazón
como una hoguera ardiente, y otros dos corazones (el suyo y el del Padre
de la Colombière) que iban a unirse y a abismarse en él, y me dijo: Así es
como mi amor puro une a estos tres corazones para siempre. Me dio a
entender también que esta unión era toda ella para su gloria, y que, por
eso, quería que fuéramos los dos como hermano y hermana, participantes
por igual de los bienes espirituales. Y como yo le representase al Señor mi
pobreza y la desigualdad que había entre un sacerdote de tan gran virtud y
una pobre pecadora como yo, me dijo: Las riquezas infinitas de mi
Corazón lo suplirán todo y lo igualarán todo».
Tal vez, hermano mío, la comparación no le parezca acertada. Es verdad
que usted no es aún un Padre de la Colombière, pero no dudo que algún
día usted será, como él, un verdadero apóstol de Cristo. En cuanto a mí, ni
siquiera me pasa por el pensamiento la idea de compararme con la beata
Margarita María; simplemente, me limito a constatar el hecho de que Jesús
me ha escogido para ser la hermana de uno de sus apóstoles, y las
palabras que aquella santa amante de su Corazón le dirigía por humildad
se las repito yo con toda verdad. Por eso, espero que sus riquezas infinitas
suplirán todo lo que a mí me falta para llevar a cabo la obra que me confía.
Me alegro enormemente de que Dios se haya servido de mis pobres
versos para hacerle un poco de provecho. Me hubiera avergonzado de
enviárselos si no hubiese recordado que una hermana no debe ocultar
nada a su hermano. Y usted los ha acogido y juzgado, ciertamente, con un
corazón fraternal... Seguramente que se habrá sorprendido de volver a
encontrar «Vivir de amor». No era mi intención enviársela dos veces. Ya
había empezado a copiarla cuando me acordé de que usted ya la tenía, y
era demasiado tarde para volverme atrás.
Querido Hermanito, debo confesarle que en su carta hay algo que me ha
apenado, y es que usted no me conoce como soy en realidad. Es cierto
que, para encontrar almas grandes, hay que venir al Carmelo: al igual que
en las selvas vírgenes, germinan en él flores de un aroma y de un brillo
desconocidos para el mundo. Jesús, en su misericordia, ha querido que,
entre esas flores, crezcan otras más pequeñas. Nunca podré
agradecérselo bastante, pues, gracias a esa condescendencia, yo,
pobre flor sin brillo alguno, me encuentro en el mismo jardín que esas
rosas, mis hermanas. Por favor, hermano mío, créame: Dios no le ha dado
por hermana a un alma grande, sino a una muy pequeñita e imperfecta.
No crea que sea humildad lo que me impide reconocer los dones de Dios;
yo sé que él ha hecho en mí grandes cosas, y así lo canto, feliz, todos los
días. Recuerdo con frecuencia que aquel a quien más se le ha perdonado
debe amar más; por eso procuro que mi vida sea un acto de amor, y no me
preocupo en absoluto por ser un alma pequeña, al contrario, me alegro de
serlo. Y ése es el motivo por el que me atrevo a esperar que «mi destierro
será breve». Pero no es porque esté preparada, creo que nunca lo estaré
si el Señor no se digna, él mismo, transformarme. Él puede hacerlo en un
instante, y después de todas las gracias de que me ha colmado, espero
también ésta de su misericordia infinita.
Me dice, hermano mío, que pida para usted la gracia del martirio. Esta
gracia la he pedido muchas veces para mí, pero no soy digna de ella, y
verdaderamente se puede decir con san Pablo: No es cosa del que quiere
o del que corre, sino de Dios que es misericordioso. Y como el Señor
parece no querer concederme otro martirio que el del amor, espero que me
permita recoger, gracias a usted, esa otra palma que los dos
ambicionamos.
Veo, gustosa, que Dios nos ha dado las mismas inclinaciones y los
mismos deseos. Le he hecho sonreír, querido hermanito, con el cántico
«Mis armas». Pues bien, le haré sonreír de nuevo diciéndole que
desde mi niñez he soñado con combatir en los campos de batalla...
Cuando comencé a estudiar la historia de Francia, el relato de las hazañas
de Juana de Arco me entusiasmaba; sentía en mi corazón el deseo y el
ánimo de imitarla; me parecía que el Señor me destinaba a mí también a
grandes cosas. Y no me engañaba. Sólo que, en lugar de una voz del cielo
invitándome al combate, yo escuché en el fondo de mi alma una voz más
suave y más fuerte todavía: la del Esposo de las vírgenes, que me llamaba
a otras hazañas y a conquistas más gloriosas. Y en la soledad del Carmelo
he comprendido que mi misión no era la de hacer coronar a un rey mortal,
sino la de hacer amar al Rey del cielo, la de someterle el reino de los
corazones.
Es hora de terminar, y, sin embargo, todavía tengo que darle las gracias
por las fechas que me ha enviado; me gustaría que añadiese también los
años, pues no sé su edad. Para que disculpe mi simplicidad, le envío las
fechas importantes de mi vida; lo hago también con la intención de que en
esos días benditos estemos más especialmente unidos por medio de la
oración y la acción de gracias.
Si Dios me concede una ahijadita, me sentiré feliz de responder a su
deseo, dándole por protectores a la Santísima Virgen, a san José y a mi
santa patrona.
En fin, querido hermanito, termino pidiéndole que disculpe mis
interminables garabatos y lo deshilvanado de mi carta.
En el Sagrado Corazón de Jesús, soy para toda la eternidad
Su indigna hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

(Quede bien entendido, ¿no?, que nuestras relaciones
permanecerán secretas. Nadie, excepto su director, debe conocer la unión
que Jesús ha establecido entre nuestras almas.)

Carta 225 A sor Ana del Sagrado Corazón 

Jesús + 2 de mayo, Fiesta del Buen Pastor, de 1897
Queridísima hermana:
Seguro que le va a sorprender mucho recibir carta mía. Para que me
perdone que vaya a turbar el silencio de su soledad, le diré a qué se debe
que tenga el gusto de escribirle. La última vez que tuve conferencia
espiritual con nuestra madre, hablamos de usted y de ese querido Carmelo
de Saigón. Y nuestra Madre me dijo que, si quería, podía escribirle. Acepté
esta proposición con alegría y aprovecho la licencia del Buen Pastor para
conversar un momento con usted.
Espero, querida hermana, que no me haya olvidado; yo me acuerdo
mucho de usted, recuerdo feliz los años que pasé en su compañía, y usted
sabe que para una carmelita recordar a una persona a la que ama es orar
por ella. Pido a Dios que la llene de sus gracias y que aumente cada día
en su corazón su santo amor, aunque no dudo que usted posee ya ese
amor en un grado eminente. El ardiente sol de Saigón no es nada en
comparación con el fuego que arde en su alma. Por favor, hermana, pida a
Jesús que yo también le ame y le haga amar. Quisiera amarle, no con un
amor normal y corriente, sino como los santos, que hacían locuras por él.
¡Pero qué lejos estoy de parecerme a ellos...!Pídale también a Jesús que
yo haga siempre su voluntad; por hacerla, estoy dispuesta a atravesar el
mundo..., ¡estoy dispuesta incluso a morir!
El silencio va a terminar de un momento a otro, tengo que poner fin a mi
carta y veo que  aún no le he dicho nada interesante; por suerte, están
ahí las cartas de nuestras Madres, que le darán todas las noticias de este
nuestro Carmelo. Nuestra licencia ha sido muy corta, pero si no le molesta,
ya iré otro día a pasar un rato más largo con usted.
Querida hermana, dé mis filiales y respetuosos saludos a la Reverenda
Madre. No me conoce, pero yo oigo hablar mucho de ella a nuestra Madre,
la quiero y pido a Jesús que la consuele en sus trabajos.
La dejo ya, querida hermana, quedando muy unida a usted en el Corazón
de Jesús. En él me siento feliz de llamarme siempre
Su más pequeña hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 226 Al P. Roulland 
Jesús + 9 de mayo de 1897
Hermano:
He recibido con alegría, o, mejor, con emoción las reliquias que ha tenido a
bien enviarme. Su carta es casi una carta de despedida para el cielo. Al
leerla, me parecía estar escuchando el relato de los sufrimientos de sus
antepasados en el apostolado.
En esta tierra, en la que todo cambia, sólo una cosa se mantiene estable:
el comportamiento del Rey del cielo respecto a sus amigos. Desde que él
levantó el estandarte de la cruz, a su sombra deben todos combatir y
alcanzar la victoria. «La vida de todo misionero es fecunda en cruces»,
decía T. Vénard, y también: «La verdadera felicidad consiste en sufrir. Y
para vivir, tenemos que morir».
Hermano mío, los comienzos de su apostolado están marcados con el
sello de la cruz, el Señor lo trata como a un privilegiado. Él quiere afianzar
su reinado en las almas mucho más por la persecución y el sufrimiento que
por medio de brillantes predicaciones. Usted dice: «Yo soy todavía un
niñito que no sabe hablar». El P. Mazel, que fue ordenado sacerdote el
mismo día que usted, tampoco sabía hablar, y, sin embargo, ya recogió la
palma...
¡Cuán por encima de los nuestros están los pensamientos de Dios...!Al
conocer la muerte de este misionero, al que yo oía nombrar por primera
vez, me sentí movida a invocarle, me parecía verlo en el cielo en el
glorioso coro de los mártires. Sí, lo sé, a los ojos de los hombres su
martirio no lleva nombre de tal; pero a los ojos de Dios, ese sacrificio sin
gloria no es menos fecundo que los de los primeros cristianos que
confesaron su fe ante los tribunales. La persecución ha cambiado de
forma, los apóstoles de Cristo no han cambiado de sentimientos; por eso
su divino Maestro no cambiará tampoco sus recompensas, a menos que
no sea para aumentarlas en comparación con la gloria que se les niega
aquí abajo.
No comprendo, hermano, cómo puede usted dudar de su entrada
inmediata en el cielo si los infieles le quitasen la vida. Yo sé que hay
que estar muy puros para comparecer ante el Dios de toda santidad, pero
sé también que el Señor es infinitamente justo. Y esta justicia, que asusta
a tantas almas, es precisamente lo que constituye el motivo de mi alegría y
de mi confianza. Ser justo no es sólo ejercer la severidad para castigar a
los culpables, es también reconocer las intenciones rectas y recompensar
la virtud. Yo espero tanto de la justicia de Dios como de su misericordia.
Precisamente porque es justo, «es compasivo y misericordioso, lento a la
ira y rico en clemencia. Pues él conoce nuestra masa, se acuerda de que
somos barro. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor
ternura por sus fieles...». Al escuchar, hermano, estas hermosas y
consoladoras palabras del profeta rey, ¿cómo dudar de que Dios pueda
abrir las puertas de su reino a esos hijos suyos que lo han amado hasta
sacrificarlo todo por él, que no sólo han dejado su familia y su patria para
darle a conocer y hacerlo amar, sino que incluso desean entregar su vida
por el que aman...? ¡Jesús tenía mucha razón cuando decía que no hay
amor más grande que ése!
¿Cómo, pues, se va a dejar vencer él en generosidad? ¿Cómo va a
purificar en las llamas del purgatorio a unas almas que viven consumidas
por el fuego del amor divino? Es cierto que ninguna vida humana está
exenta de faltas, que sólo la Virgen Inmaculada se presenta absolutamente
pura delante de la Majestad divina. ¡Y qué alegría pensar que esta Virgen
es nuestra Madre!Puesto que ella nos ama y conoce nuestra debilidad,
¿qué podemos temer?
¡Cuántas frases para expresar mi pensamiento, o, más bien, para no llegar
a hacerlo!Sencillamente quería decir que me parece que todos los
misioneros son mártires de deseo y de voluntad, y que, por consiguiente,
ni uno solo debería ir al purgatorio. Si en el momento de comparecer ante
Dios aún queda en su alma alguna huella de la debilidad humana, la
Santísima Virgen les obtendrá la gracia de hacer una acto de amor
perfecto y después les entregará la palma y la corona que tan bien han
merecido.
Esto es, hermano mío, lo que yo pienso acerca de la justicia de Dios. Mi
camino es todo él de confianza y de amor, y no comprendo a las almas
que tienen miedo de tan tierno amigo. A veces, cuando  leo ciertos
tratados espirituales en los que la perfección se presenta rodeada de mil
estorbos y mil trabas y circundada de una multitud de ilusiones, mi pobre
espíritu se fatiga muy pronto, cierro el docto libro que me quiebra la cabeza
y me diseca el corazón y tomo en mis manos la Sagrada Escritura.
Entonces todo me parece luminoso, una sola palabra abre a mi alma
horizontes infinitos, la perfección me parece fácil: veo que basta con
reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos de
Dios.
Dejando para las grandes almas y para los espíritus elevados esos
brillantes libros que yo no puedo comprender, y menos aún poner en
práctica, me alegro de ser pequeña, pues sólo los niños y los que se hacen
como ellos serán admitidos al banquete celestial. Me alegro enormemente
de que en el reino de Dios haya muchas moradas, porque si no hubiese
más que ésa cuya descripción y cuyo camino me parecen
incomprensibles, yo no podría entrar en él. No obstante, no quisiera estar
muy alejada de la de usted; espero que Dios, en consideración a sus
méritos, me conceda la gracia de participar de su gloria, de igual modo que
aquí en la tierra la hermana de un conquistador, aunque carezca de dones
naturales, participa, a pesar de su pobreza, de los honores tributados a su
hermano.
El primer acto de su ministerio en China me ha parecido encantador. El
alma cuyos despojos mortales usted bendijo ha tenido, ¿cómo no?, que
sonreírle y prometerle su protección, lo mismo que a los suyos. ¡Cuánto le
agradezco que me cuente entre ellos!Estoy también profundamente
emocionada y agradecida por el recuerdo que usted tiene de mis queridos
padres en la santa Misa. Espero que estén ya en posesión del cielo, hacia
el que tendían todos sus actos y deseos. Eso no me impide rezar por ellos,
pues creo que las almas de los bienaventurados reciben gran gloria con
las oraciones que se hacen a su intención y de las que ellas pueden
disponer en favor de otras almas que sufran.
Si, como creo, mi padre y mi madre están el cielo, deben de mirar y
bendecir al hermano que Jesús me ha dado. ¡Habían deseado tanto tener
un hijo misionero...!Me han contado que, antes de nacer yo, mis padres
esperaban que al fin su deseo iba por fin a realizarse. Si hubiesen podido
penetrar el velo del futuro, habrían visto que, en efecto, por medio de mí,
su deseo se haría realidad. Puesto que un misionero se ha convertido en
hermano mío, él es también su hijo, y en sus oraciones ya no pueden
separar al hermano de su indigna hermana.
Usted, hermano, reza por mis padres, que están ya en el cielo, y yo
rezo con frecuencia por los suyos, que están todavía en la tierra. Es éste
un deber muy dulce para mí, y le prometo cumplirlo siempre fielmente,
incluso si dejo el destierro, e incluso entonces tal vez más, pues conoceré
mejor las gracias que necesiten. Y luego, cuando terminen su carrera aquí
en la tierra, yo vendré a buscarlos en nombre de usted y los introduciré en
el cielo. ¡Qué dulce será la vida de familia que gozaremos durante toda la
eternidad!Mientras esperamos esta bienaventurada eternidad, que dentro
de poco tiempo se abrirá para nosotros, pues la vida no es más que un
día, trabajemos juntos por la salvación de las almas. Yo bien poca cosa
puedo hacer, o, mejor, absolutamente nada si estuviese sola. Lo que me
consuela es pensar que a su lado puedo servir para algo. En efecto, el
cero por sí solo no tiene valor, pero colocado junto a la unidad se hace
poderoso, ¡con tal de que se lo coloque en el lugar debido, detrás y no
delante...!Y ahí precisamente es donde Jesús me ha colocado a mí, y
espero estar ahí siempre, siguiéndole a usted de lejos con la oración y el
sacrificio.
Si hiciese caso al corazón, no terminaría hoy la carta; pero van a tocar a
final del silencio y tengo que llevar la carta a nuestra Madre, que la está
esperando. Le ruego, pues, hermano, que envíe su bendición a este cero
que Dios ha colocado a su lado.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 227 A sor Genoveva
13 de mayo de 1897
Jesús está contento de su Celina, a quien se entregó por vez primera hace
13 años. Está más orgulloso de lo que él obra en su alma, de su
pequeñez y de su pobreza, que de haber creado los millones de soles y la
inmensidad de los cielos...

Carta 228 A sor Genoveva
abril-mayo de 1897 (?)
Temo que nuestra Madre no esté contenta, está preocupada con las
fricciones, sobre todo las de la espalda.
Si el Sr. Clodion viene el domingo a agitar en mi espalda su larga
cabellera, se preguntará por que no hemos hecho lo que él dijo... Quizás
fuera preferible esperar al lunes. En fin, Pobre, Pobre, haz lo que te
parezca mejor, mañana todo estará listo. Y sobre todo, no hables a este
pobre Sr. Actúa como creas mejor, y recuerda que debemos ser ricas,
¡muy ricas las dos ...!

Carta 229 A la madre Inés de Jesús
23 de mayo de 1897
Mucho me temo haber hecho sufrir a mi Madrecita... Yo, que quisiera ser
su alegría, veo que soy, por el contrario, su dolor...
Sí, pero... cuando esté lejos de esta triste tierra, donde las flores se
marchitan y los pájaros se van, yo estaré muy cerca de mi Madre querida,
del ángel que Jesús envió delante de mí para prepararme el camino, la
senda que conduce al cielo, el ascensor que debía elevarme sin
cansancios hacia las regiones infinitas del amor... Sí, estaré cerquita de
ella, y sin dejar la Patria, pues no seré yo la que baje, sino que será mi
Madrecita la que suba adonde yo esté... ¡Ah!, si yo supiera expresar como
ella lo que pienso, si supiera decirle cómo rebosa mi corazón de gratitud y
de amor hacia ella, creo que sería ya su alegría aun antes de alejarme de
esta triste tierra.
Madrecita querida, todo el bien que has hecho a mi alma, a Jesús se lo
has hecho, pues él dijo: «Lo que hicisteis al más pequeño de mis
hermanos, a mí me lo hicisteis...» ¡Y el más pequeño soy yo...!

Carta 230 A la madre Inés de Jesús
28 de mayo de 1897
Querida Madrecita:
Tu hijita ha vuelto a derramar hace un momento dulces lágrimas; lágrimas
de arrepentimiento, pero más aún de gratitud y de amor... ¡Sí, esta noche
te he demostrado mi virtud, mis tesoros de paciencia...!¡¡¡Yo, que
predico tan bien a las demás!!!Me alegro de que hayas visto mi
imperfección. ¡Sí, cuánto bien me hace el haber sido mala...!Tú no
reprendiste a tu hijita, y, sin embargo, se lo merecía; pero la niña está ya
acostumbrada a eso, tu dulzura le dice mucho más que las palabras
severas, tú eres para ella la imagen de la misericordia de Dios.
Sí, pero... sor San Juan Bautista es, por el contrario, ordinariamente, la
imagen de la severidad de Dios. Pues bien, acabo de encontrarme con
ella, y, en vez de pasar fríamente a mi lado, me ha abrazado, diciéndome
(exactamente como si yo hubiese sido la criatura más linda del mundo):
«¡Pobre hermanita, me has dado lástima, no quiero cansarte, he obrado
mal, etc., etc.» Yo, que sentía en mi corazón una contrición perfecta, no
acababa de creerme que no me hiciese ningún reproche. Sé muy bien que,
en el fondo, le debo de parecer imperfecta, y si me ha hablado así es
porque cree que me voy a morir; pero no importa, no he oído salir de su
boca más que palabras dulces y tiernas, y por eso he pensado que ella es
muy buena y yo muy mala...
Al volver a mi celda, me preguntaba qué pensaría Jesús de mí, y al
instante me acordé de aquellas palabras que un día dirigió a la mujer
adúltera: «¿Ninguno te ha condenado?» Y yo, con lágrimas en los ojos, le
contesté: «Ninguno, Señor... Ni mi Madrecita, imagen de tu ternura, ni mi
hermana sor San Juan B., imagen de tu justicia, y sé muy bien que puedo
irme en paz ¡porque tú tampoco me condenarás...!»
Madrecita, ¿por qué será Jesús tan bueno conmigo? ¿Por qué no me riñe
nunca...? ¡Sí, verdaderamente es como para morir de gratitud y de amor...!
Estoy mucho más contenta de haber sido imperfecta que si, sostenida
por la gracia, hubiese sido un modelo de bondad... ¡Me hace tanto bien ver
que Jesús es siempre tan dulce y tan tierno conmigo...!Sí, desde ahora lo
reconozco: sí, todas mis esperanzas se verán colmadas; sí, el Señor hará
en nosotras maravillas que rebasarán infinitamente nuestros inmensos
deseos...
Madrecita, Jesús hace bien en esconderse, en no hablarme más que de
tarde en tarde, y esto «a través de las rejas» (Cant. de los Cant.), pues
siento claramente que no podría soportar más, que mi corazón estallaría,
incapaz de contener tanta felicidad... Tú, dulce eco de mi alma, tú
comprenderás que esta noche el vaso de la misericordia divina se ha
desbordado sobre mí..., tú comprenderás que has sido y serás siempre el
ángel encargado de guiarme y de anunciarme las misericordias del
Señor...
Tu insignificante hija,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 231 A la madre Inés de Jesús
30 de mayo de 1897
No sufras, Madrecita querida, porque parezca que tu hijita te haya ocultado
algo. Y digo parezca, porque tú sabes muy bien que si te ha ocultado una
esquinita del sobre, jamás te ocultó una sola línea de la carta, pues ¿quién
conoce mejor que tú esta cartita que tanto amas? A las demás se les
puede perfectamente enseñar el sobre por todos los lados, pues no
pueden ver más que eso, ¡¡¡pero a ti...!!!
Ahora ya sabes, Madrecita, que fue el Viernes Santo cuando Jesús
empezó a rasgar un poco el sobre de tu cartita. ¿¡No estás contenta de
que él se disponga a leer esta carta que tú estás escribiendo desde hace
24 años!? Si supieses qué bien sabrá ella decirle tu amor por toda la
eternidad...

Carta 232 A la madre Inés de Jesús
30 de mayo de 1897
(2º billete)

Deposité mi primer billetito en manos de sor Genoveva a la vez que ella
me daba el tuyo. Ahora lamento haber echado mi misiva al «correo», pues
voy a tener que pagar portes dobles para decirte que comprendo tu pena.
Yo deseaba seguramente más que tú no ocultarte nada, pero me pareció
que era mejor esperar. Si he obrado mal, perdóname, y créeme que nunca
dejé de tener confianza en ti. ¡Te quiero demasiado para eso...!
Me alegro mucho de que lo hayas adivinado tú sola. No recuerdo haber
ocultado ninguna otra cosa del sobre a mi Madrecita, y le suplico que
después de mi muerte no crea lo que puedan decirle.
Sí, Madrecita, la carta es tuya, y te pido por favor que sigas escribiéndola
hasta el día en que Jesús rasgue totalmente el sobrecito que tantos
pesares te ha causado desde que fue formado.

Carta 233 A la madre Inés de Jesús
1 de junio de 1897
¡Es demasiado emocionante, demasiado melodioso...!¡Prefiero callarme a
tratar en vano de cantar lo que está ocurriendo en mi alma...!¡Gracias,
Madrecita...!

Carta 234 A sor María de la Eucaristía
2 de junio de 1897
A mi hermanita querida, recuerdo del hermoso día en que el Esposo de su
alma se dignó poner su señal en la frente que se dispone a coronar un día
ante todos los elegidos...
En otra ocasión, el cielo se reunió el 2 de junio para contemplar este
misterio de amor: Jesús, el dulce Jesús de la Eucaristía, entregándose por
primera vez a María. Hoy está de nuevo ahí ese hermoso cielo, compuesto
de ángeles y de santos, está ahí contemplando, extasiado, cómo María se
entrega a Jesús ante el mundo, extrañado ante un sacrificio que no
entiende. ¡Ah!, si hubiese comprendido la mirada que Jesús posó sobre
María el día de su primera visita, comprendería también la señal misteriosa
que ella quiere recibir hoy de quien la hirió de amor...
Ya no es el velo vaporoso de pliegues nevados el que envolverá a María
de la Eucaristía; es un velo oscuro, que recuerda a la esposa de Jesús que
está desterrada y que su Esposo no es un Esposo que la va a llevar a
fiestas, sino a la montaña del Calvario. De ahora en adelante, María ya no
debe mirar nada aquí abajo, nada más que al Dios misericordioso, al Jesús
de la Eucaristia...
La pequeña Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 235 A sor María de la Eucaristía
2 de junio de 1897
Recuerdo del hermoso día de la imposición de velo a mi hermanita
querida: 2 de junio de 1897.
Que el Niño Jesús de Teresa acaricie siempre a María de la Eucaristía.

Carta 236 A sor María de la Trinidad
2 de junio de 1897
Dios quiere que soportes sola tu prueba, y lo demuestra de muchas
maneras... Pero, querida m., ¡¡¡yo sufro contigo...!!!y te quiero mucho...
No te preocupes, mañana por la mañana iré a verte unos minutos, y al
día siguiente del lavado iré contigo a las hostias.

Carta 237 A la madre Inés de Jesús
2 de junio de 1897
No, la palomita no quiere dejar a su Madrecita. Quiere seguir volando y
descansando en el mundo fascinante de su corazón.
Mañana le daré las gracias a mi Madrecita, no le digo nada esta noche
para no hacerle estallar el corazón y porque es demasiado tarde. El bebé se va a dormir.

Carta 238 A Leonia
3 de junio de 1897
Querida hermanita, ¡qué hermoso es pensar que un día seguiremos juntas al Cordero durante toda la eternidad...!
Recuerdo del 3 de junio de 1897
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 239 A la madre Inés de Jesús
3 de junio (?) de 1897
Tengo que caminar hasta mi último momento, - que marcará el final de mi tormento, -como el pobre judío errante.

Carta 240 A sor María de la Trinidad
3 (?) de junio de 1897
Florecita querida de Jesús, lo he comprendido todo muy bien. No hace
falta que me digas nada más. El ojito que hay en tu cáliz me está indicando
lo que debo pensar de esa florecita que eres tú... Estoy muy contenta y
muy reconfortada, pero ya no hay que tener ganas de comer de la tierra.
Lo que tiene que hacer la miosotis es abrir, o, mejor, elevar su corola para
que el Pan de los ángeles venga, como un rocío divino, a fortalecerla y a
darle todo lo que le falta.
Buenas noches, pobre florecilla, ¡y créeme que te quiero mucho más de lo
que tú te puedes imaginar...!

Carta 241 A sor Marta de Jesús
Junio de 1897 (?)
Querida hermanita, sí, lo he comprendido todo... Pido a Jesús que haga
lucir sobre tu alma el sol de su gracia. No, no temas decirle que le amas,
aun cuando no le sientas. Ese es el modo de obligar a Jesús a socorrerte y
a que te lleve como a un niñito que es demasiado débil para caminar.
Es una prueba muy grande verlo todo negro. Pero eso no depende en
absoluto de ti. Tú haz lo que puedas. Despega tu corazón de las
preocupaciones de la tierra, y sobre todo de las criaturas; y luego ten la
seguridad de que Jesús hará lo demás. El no permitirá que caigas en el
temido lodazal... Consuélate, hermanita querida, que en el cielo ya no lo
verás todo negro, sino todo blanco... Sí, todo estará revestido de la
blancura divina de nuestro Esposo, el Lirio de los valles. Juntas le
seguiremos adondequiera que vaya... Aprovechémonos del breve instante
de la vida..., agrademos juntas a Jesús, salvémosle almas con nuestros
sacrificios... Y sobre todo, seamos pequeñas, tan pequeñas que todo el
mundo pueda pisarnos con sus pies, sin siquiera aparentar que lo notamos
y que sufrimos por ello...
Hasta pronto, hermanita querida, me alegro de verte...

Carta 242 A sor María de la Trinidad
Jesús + 6 de junio de 1897
Querida hermanita:
Tu hermosa cartita me alegró el alma. Ya veo que no me he equivocado al
pensar que Dios te llama a ser una gran santa, aún siendo pequeña y
siéndolo cada día más.
Comprendo muy bien que sientas no poder hablarme, pero puedes estar
segura de que también yo sufro por no poder hacerlo, y que nunca como
ahora he comprendido que tú ocupas un lugar inmenso en mi corazón...
Algo que me alegra mucho es comprobar que la tristeza no te quita el buen
humor: no he podido por menos de reírme al leer el final de tu carta:
¿de modo que así te burlas de mí? ¿Quién te ha hablado de mis escritos?
¿A qué infolios te refieres? Ya veo que sueltas una mentira para sacar la
verdad. Bueno, algún día la sabrás, si no es en la tierra, será en el cielo;
pero seguro que no te preocupará demasiado, pues entonces tendremos
otras cosas en que pensar...
¿Quieres saber si estoy contenta de ir al paraíso? Lo estaría enormemente
si fuese a ir, pero... para ello no cuento con la enfermedad, es una
conductora muy lenta. Sólo cuento ya con el amor. Pídele a Jesús que
todas las oraciones que se hacen por mí sirvan para aumentar el fuego
que ha de consumirme...
Me parece que no vas a poder leerme, lo siento, pero sólo disponía de unos minutos.

Carta 243 A sor Genoveva
7 de junio de 1897
Queridísima hermanita, no busquemos nunca lo que parece grande a los
ojos de las criaturas. Salomón, el rey más sabio que hubo jamás en la
tierra, después de observar todos los afanes que ocupan a los hombres
bajo el sol, la pintura, la escultura y todas las demás artes, comprendió que
todas esas cosas estaban carcomidas por la envidia recíproca, y exclamó
que no eran más que vanidad y aflicción de espíritu...
La sola cosa que nadie envidia es el último lugar. Este último lugar es,
pues lo único que no es vanidad y aflicción de espíritu...
Sin embargo, «el hombre no es dueño de su camino», y a veces
comprobamos con sorpresa que estamos deseando lo que brilla.
Entonces, coloquémonos humildemente entre los imperfectos,
considerémonos almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener a cada
instante. Cuando él nos ve profundamente convencidas de nuestra nada,
nos tiende la mano; pero si seguimos tratando de hacer algo grande,
aunque sea so pretexto de celo, Jesús nos deja solas. «Cuando parece
que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene» (Salmo XCIII). Sí,
basta con humillarse, con soportar serenamente las propias
imperfecciones. ¡He ahí la verdadera santidad!
Cojámonos de la mano, hermanita querida, y corramos al último lugar...
Nadie vendrá a disputárnoslo...

Carta 244 Al Abate Bellière
9 de junio de 1897
Querido hermanito:
Esta mañana recibí su carta, y aprovecho un momento en que la
enfermera está ausente para escribirle unas últimas palabras de adiós;
cuando las reciba, ya habré dejado el destierro... Su hermanita estará
unida a su Jesús para siempre; entonces podrá alcanzarle gracias y volar
con usted a las lejanas misiones.
¡Qué contenta estoy de morir, querido hermanito...!Sí, estoy contenta, no
porque vaya a verme libre de los sufrimientos de aquí abajo (al contrario, el
sufrimiento es la única cosa que me parece deseable en este valle de
lágrimas), sino porque veo muy claro que ésa es la voluntad de Dios.
Nuestra Madre querría retenerme en la tierra. En este momento se está
diciendo por mí un novenario de misas a Nuestra Señora de las Victorias,
que ya me curó una vez en mi niñez; pero creo que el milagro que ahora
haga no va ser otro que el de consolar a nuestra Madre, que me ama
tan tiernamente.
Querido hermanito, en el momento de comparecer delante de Dios,
comprendo mejor que nunca que sólo una cosa es necesaria: trabajar
únicamente por él y no hacer nada por uno mismo ni por las criaturas.
Jesús quiere adueñarse por entero de su corazón, quiere que sea usted un
gran santo. Para ello tendrá que sufrir mucho, pero también ¡qué alegría
inundará su alma cuando llegue al momento feliz de su entrada en la vida
eterna...!
Hermano mío, pronto iré a ofrecer su amor a todos sus amigos del cielo y a
pedirles que le protejan. Quisiera decirle, querido hermanito, un montón de
cosas que comprendo ahora que estoy a las puertas de la eternidad. Pero
no muero: entro en la vida, y todo lo que no puedo decirle aquí abajo se lo
haré entender desde lo alto de los cielos...
Hasta Dios, hermanito, rece por su hermanita que le dice: Hasta pronto,
¡hasta vernos en el cielo...!
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

Carta 245 A la madre Inés de Jesús, sor María del Sgdo. Corazón y sor Genoveva
Junio (?) de 1897
Al verso
arriba: No lloréis por mí, pues estoy en el cielo con el Cordero y las vírgenes santas....
abajo: Veo lo que creí. Poseo lo que esperé. Estoy unida a Aquel a quien amé
con toda mi capacidad de amar.
A ambos lados: Un poquito de este puro amor más provecho hace a la
Iglesia que todas esas otras obras juntas. Por eso es gran negocio para el
alma ejercitar en esta vida los actos de amor, porque, consumándose en
breve, no se detengan mucho acá o allá sin ver a Dios (San Juan de la Cruz).
Al dorso
Nada encuentro en la tierra que me haga feliz; mi corazón es demasiado
grande, nada de lo que en este mundo se llama felicidad puede llenarlo. Mi
pensamiento vuela hacia la eternidad, ¡el tiempo va a terminarse...!Mi
corazón está sosegado, como un lago tranquilo o un cielo sereno. No
añoro la vida de este mundo, mi corazón tiene sed de las aguas de la vida
eterna... Un poco más, y mi alma dejará la tierra, concluirá su destierro,
terminará su lucha... ¡Subo al cielo... llego a la patria..., consigo la
victoria...!Voy a entrar en la morada de los elegidos, voy a ver bellezas
que el ojo del hombre nunca vio, a escuchar armonías que el oído nunca
escuchó, a gozar de alegrías que el corazón nunca gustó... ¡He llegado a
esta hora que todas nosotras tanto hemos deseado...!Es gran verdad que
el Señor escoge a los pequeños para confundir a los grandes de este
mundo... No me apoyo en mis propias fuerzas, sino en las fuerzas de
Aquel que en la cruz venció el poder del infierno. Soy una flor primaveral
que el dueño del jardín corta para recrearse... Todas nosotras somos flores
plantadas en esta tierra y que Dios corta a su tiempo, un poco antes o un
poco después... ¡Yo, pequeño efémero, me voy la primera!Un día, nos
encontraremos en el paraíso y gozaremos de la verdadera felicidad...!
(Teresa del Niño Jesús copió los pensamientos del angelical mártir Teófano Vénard).

Carta 246 A sor María de la Trinidad
13 de junio de 1897
Que el divino Niño Jesús encuentre en tu alma una morada totalmente
perfumada por las rosas del amor; que encuentre también en ella la
lámpara ardiente de la caridad fraterna, que hará entrar en calor a sus
miembrecitos helados y que alegrará su corazoncito haciéndole olvidar la
ingratitud de las almas que no le aman lo suficiente.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 
(13 de junio de 1897)

Carta 247 Al abate Belliére
Carmelo de Lisieux
21 de junio de 1897
Jesús +
Querido hermanito:
He dado gracias a Nuestro Señor con usted por la gracia tan señalada que
se dignó concederle el día de Pentecostés. En esa misma hermosa fiesta
(hace 10 años) obtuve yo, no de mi director sino de mi padre, el permiso
para hacerme apóstol en el Carmelo. Un motivo más de parecido entre
nuestras almas.
Por favor, querido hermanito, ni se le ocurra nunca pensar que «me aburre
o me distrae" hablándome mucho de usted. ¿Cómo iba a ser posible que
una hermana no tuviese interés por todo lo que se refiere a su hermano? Y
en cuanto a distraerme, no tiene nada que temer: sus cartas, por el
contrario, me unen más a Dios al hacerme contemplar de cerca las
maravillas de su misericordia y de su amor.
A veces Jesús quiere «revelar sus secretos a los más pequeños". Prueba
de ello es que, después de haber leído su primera carta del 15 de oct. del
95, yo pensé lo mismo que su director: usted no puede ser un santo a
medias, tendrá que serlo del todo o no serlo en absoluto. Comprendí que
usted debía de tener un alma valiente, y por eso me sentí feliz de ser su
hermana.
No crea que me asusta al hablarme de «sus años más hermosos
desperdiciados". Agradezco a Jesús que lo haya mirado con una mirada
de amor como en otro tiempo miró al joven del Evangelio. Usted, más
afortunado que él, ha respondido fielmente a la llamada del Maestro y lo ha
dejado todo para seguirlo, y en la edad más hermosa de la vida, a los 18
años...
Usted, hermano, igual que yo, puede cantar las misericordias del Señor,
que brillan en usted en todo su esplendor... Usted ama a san Agustín y
santa María Magdalena, esas almas a las que «se les han perdonado
muchos pecados porque amaron mucho". También yo les amo, amo
su arrepentimiento, y sobre todo... ¡su amorosa audacia!Cuando veo a
Magdalena adelantarse, en presencia de los numerosos invitados, y regar
con sus lágrimas los pies de su Maestro adorado, a quien toca por primera
vez, siento que su corazón ha comprendido los abismos de amor y de
misericordia del corazón de Jesús y que, por más pecadora que sea, ese
corazón de amor está dispuesto, no sólo a perdonarla, sino incluso a
prodigarle los favores de su intimidad divina y a elevarla hasta las cumbres
más altas de la contemplación.
Querido hermanito, desde que se me ha concedido a mí también
comprender el amor del corazón de Jesús, le confieso que él ha
desterrado todo temor de mi corazón. El recuerdo de mis faltas me humilla
y me lleva a no apoyarme nunca en mi propia fuerza, que no es más que
debilidad; pero sobre todo, ese recuerdo me habla de misericordia y de
amor. Cuando uno arroja sus faltas, con una confianza enteramente filial,
en la hoguera devoradora del Amor, ¿cómo no van a ser consumidas para siempre?
Sé que ha habido santos que pasaron su vida practicando asombrosas
mortificaciones para expiar sus pecados. Pero, ¿qué quiere?, «en la casa
del Padre celestial hay muchas estancias". Lo dijo Jesús, y por eso yo sigo
el camino que él me traza. Procuro no preocuparme ya de mí misma en
nada y dejar en sus manos lo que él quiera obrar en mi alma, pues no he
elegido una vida de austeridad para expiar mis faltas sino las de los
demás.
Acabo de releer estas líneas, y me pregunto si usted me entenderá,
porque me he explicado muy mal. No crea que censuro el arrepentimiento
que usted tiene de sus faltas y sus deseos de expiarlas. En absoluto,
¡estoy muy lejos de hacerlo!Pero mire, ahora que somos dos, el trabajo se
hará más rápidamente (y a mí, a mi estilo, me cundirá más el trabajo que a
usted); por eso espero que algún día Jesús lo hará caminar por el mismo
camino que a mí.
Perdón, querido hermanito, no sé lo que me pasa hoy, pues realmente
digo lo que no quisiera decir. No me queda ya sitio para contestar a su
carta. Lo haré en otra ocasión. Gracias por las fechas. Ya he festejado sus 23 años. Ruego por sus queridos padres, a los que Dios se
llevó ya de este mundo, y no olvido a la madre a la que tanto ama.
Su indigna hermanita, Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz que él nos invita, sobre la sencillez en las relaciones del alma con nuestro

Carta 248 A Leonia
Finales de junio (?) de 1897
Mi querida Leonia:
Me emocionó a más no poder tu rapidez en complacerme. Te lo agradezco
de todo corazón y estoy encantada de la colcha que me has hecho. Es exactamente como yo la quería...
Mañana ofreceré por ti la comunión...
Te quiero y te abrazo. Tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús

Carta 249 A sor María de la Trinidad
(Fragmentos)
Mediados de julio (?) de 1897
Querida hermanita:
No quiero que estés triste. Sabes bien qué perfección sueño yo para tu
alma,
(...)
Compadezco tu debilidad (...), contigo hay que decir enseguida lo que se
piensa.
(...)
enfermería, debería haberte hecho comprender que te sería más difícil
conseguir permiso para venir después de Maitines
(...)
el demonio se aleja
Ahora no me
(...)
comprendido tu lucha y te habría consolado bondadosamente si no lo
hubieses dicho en voz alta, sino que
(...)
Adiós, pobre m., a quien tendré que llevar muy pronto al cielo. Quiero
tenerlo todo entero

Carta 250 A sor María de San José
Julio (?) de 1897 
Espero que sor Genoveva te haya consolado. El pensamiento de que ya
no estás triste hace desaparecer mi tristeza... ¡Y que felices seremos en el
cielo!Allí participaremos de las perfecciones divinas y podremos dar a todo
el mundo sin vernos obligados a dejar sin nada a nuestros amigos más
queridos...
Dios ha hecho bien en no darnos este poder en la tierra, pues quizás
no hubiéramos querido abandonarla. Y además, ¡nos hace tanto bien
reconocer que sólo él es perfecto, que sólo él debe bastarnos cuando quita
la rama que sostiene al pajarillo!¡El pájaro tiene alas, está hecho para
volar!

Carta 251 A sor Marta de Jesús
Junio-julio (?) de 1897
La pequeña esposa de Jesús no tiene que estar triste, pues Jesús lo
estaría también. Debe cantar siempre en su corazón el cántico del amor.
Tiene que olvidar sus pequeñas penas para consolar las grandes penas de
su Esposo...
Hermanita querida, no seas una chiquilla triste pensando ver que no te
comprenden, que te juzgan mal, que te olvidan, sino ríete de todo el
mundo procurando actuar como las demás, o, mejor, tratándote a ti
misma como dices que te tratan las demás, es decir, olvidándote de todo
lo que no es Jesús y olvidándo te a ti misma por su amor...
Hermanita querida, no me digas que eso es difícil. Si te hablo así, la culpa
es tuya: me has dicho que amas mucho a Jesús, y al alma que ama nada
le parece imposible...
Puedes estar segura de que tu billetito me ha agradado mucho...

Carta 252 A la madre Inés de Jesús
13 de julio de 1897
Te quiero mucho, mamaíta, ¡pronto lo verás!¡Sí, sí...!

Carta 253 Al abate Bellière
Jesús + 13 de julio de 1897
Querido hermanito:
Cuando lea estas letras, quizás yo no esté ya en la tierra, sino en el seno
de las delicias eternas. No conozco el futuro, pero puedo decirle con
seguridad que el Esposo está a la puerta. Se necesitaría un milagro para
retenerme en el destierro, y no creo que Jesús haga ese milagro inútil.
Querido hermanito, ¡qué contenta estoy de morir!Sí, estoy contenta, no
por verme libre de los sufrimientos de aquí abajo (al contrario, el
sufrimiento unido al amor es lo único que me parece deseable en este
valle de lágrimas). Estoy contenta de morir porque veo que ésa es la
voluntad de Dios y porque seré mucho más útil que aquí abajo a las almas
que amo, y muy especialmente a la suya.
En su última carta a nuestra Madre me pedía que le escribiese a menudo
durante las vacaciones. Si el Señor quiere prolongar todavía algunas
semanas más mi peregrinación y nuestra Madre lo permite, podría
garabatearle aún algunas palabras como éstas. Pero lo más probable es
que haga algo más que escribirle a mi querido hermanito, incluso más que
hablarle el lenguaje fastidioso de la tierra: estaré muy cerca de él, veré
todo lo que  necesita y no dejaré en paz a Dios hasta que me conceda
todo lo que quiero... Cuando mi hermanito querido parta para Africa, yo le
seguiré, y no ya con el pensamiento o con la oración: mi alma estará
siempre con él, y su fe le hará descubrir la presencia de una hermanita que
Jesús le dio, no para que le sirviera de apoyo durante apenas dos años,
sino hasta el último día de su vida.
Todas estas promesas, hermano, tal vez puedan parecerle un tanto
quiméricas; sin embargo, debe empezar a saber que Dios siempre me ha
tratado como a una niña mimada. Es verdad que su cruz me ha
acompañado desde la cuna, pero Jesús me ha hecho amar
apasionadamente esa cruz y me ha hecho siempre desear lo que él quería
darme. ¿Va a empezar entonces en el cielo a no colmar ya mis deseos?
La verdad, no puedo creerlo, y le digo: «Pronto, hermanito, estaré cerca de
usted".
Se lo suplico, pida mucho por mí, ¡necesito tanto las oraciones en este
momento!Pero sobre todo, pida por nuestra Madre; ella quisiera
retenerme todavía mucho tiempo aquí abajo, y para conseguirlo esta
venerada Madre ha mandado decir un novenario de Misas a Nuestra
Señora de las Victorias que ya me curó en la niñez; pero yo, sabiendo que
el milagro no se realizará, he pedido y alcanzado de la Santísima Virgen
que ella consuele un poco el corazón de mi Madre, o, mejor, que le haga
consentir en que Jesús me lleve al cielo.
Hasta Dios, hermanito, hasta pronto, hasta que volvamos a vernos
en el hermoso cielo.
Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz

Carta 254 Al P. Roulland
Carmelo de Lisieux
14 de julio de 1897
Jesús +
Hermano:
Me dice en su última carta (que me ha gustado mucho): «Soy como un
bebé que está aprendiendo a hablar". Pues bien, desde hace cinco o seis
semanas, también yo soy como un bebé, pues sólo vivo de leche, pero
pronto iré a sentarme en el banquete celestial, pronto iré a apagar mi sed
en las aguas de la vida eterna. Para cuando usted reciba esta carta,
seguramente yo habré dejado ya la tierra. El Señor, en su infinita
misericordia, me habrá abierto ya su reino y podré disponer de sus tesoros
para prodigarlos a las almas que amo.
Puede estar seguro, hermano, de que su hermanita mantendrá sus
promesas, y que su alma, libre ya del peso de su envoltura mortal, volará
feliz hacia las lejanas regiones que usted está evangelizando. Lo sé,
hermano mío: le voy a ser mucho más útil en el cielo que en la tierra; por
eso vengo, feliz, a anunciarle mi ya próxima entrada en esa
bienaventurada ciudad, segura de que usted compartirá mi alegría y dará
gracias al Señor por darme los medios de ayudarlo a usted más
eficazmente en sus tareas apostólicas.
Tengo la confianza de que no voy a estar inactiva en el cielo. Mi deseo es
seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. Así se lo pido a Dios, y
estoy segura de que me va a escuchar. ¿No están los ángeles
continuamente ocupados de nosotros, sin dejar nunca de contemplar el
rostro de Dios y de abismarse en el océano sin orillas del amor? ¿Por qué
no me va a permitir Jesús a mí imitarlos?
Ya ve, hermano, que si abandono el campo de batalla, no es con el deseo
egoísta de irme a descansar. El pensamiento de la felicidad eterna apenas
si hace estremecerse a mi corazón: desde hace mucho tiempo, el
sufrimiento se ha convertido en mi cielo aquí en la tierra, y realmente me
cuesta entender cómo voy a poder aclimatarme a un país en el que reina
la alegría sin mezcla alguna de tristeza. Será necesario que Jesús
transforme mi alma y le dé capacidad para gozar; de lo contrario, no podré
soportar las delicias eternas.
Lo que me atrae hacia la patria del cielo, es la llamada del Señor, es la
esperanza de poder amarle al fin tanto como he deseado, y el
pensamiento de que podré hacerle amar por una multitud de almas que lo
bendecirán eternamente.
Hermano mío, ya no va a tener tiempo para hacerme sus encargos para el
cielo, pero los adivino. Además, sólo tiene que decírmelos muy bajito, y yo
le escucharé y llevaré fielmente sus mensajes al Señor, a nuestra Madre
Inmaculada, a los ángeles y a los santos que usted ama. Yo pediré para
usted la palma del martirio y estaré cerca de usted sosteniéndole la mano
para que pueda recoger sin esfuerzo esa palma gloriosa, y luego
volaremos juntos jubilosos a la patria celestial, rodeados de todas las
almas que usted ha conquistado.
Adiós, hermano, rece mucho por su hermanita, rece por nuestra Madre, a
cuyo corazón sensible y maternal le cuesta tanto aceptar mi partida.
Cuento con usted para consolarla.
Soy, para toda la eternidad, su hermanita
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 255 A los señores Guérin
Jesús 16 de julio de 1897
Mis queridos tíos:
Me siento enormemente feliz de poder demostrarles que su Teresita no ha
abandonado todavía el destierro, pues sé que esto les llenará de alegría.
Sin embargo, creo, queridos familiares, que su alegría será todavía mucho
mayor cuando, en vez de leer unas pocas líneas trazadas con mano
temblorosa, sientan mi alma cerca de la suya.
Sí, estoy segura de que Dios me permitirá derramar a manos llenas sus
gracias sobre ustedes y sobre mi hermanita Juana y su Francis. Escogeré
para ellos el querubín más hermoso del cielo y pediré a Jesús que se
lo regale a Juana para que llegue a ser «un gran pontífice y un gran
santo". Si no soy escuchada, mi querida hermanita tendrá realmente que
renunciar al deseo de ser madre aquí en la tierra, pero podrá alegrarse
pensando que en el cielo «el Señor le dará el gozo de ver que es madre de
muchos hijos", como lo prometió el Espíritu Santo al cantar por boca del
rey profeta esas palabras que acabo de escribir. Esos hijos serán las
almas que su sacrificio, aceptado con entereza, hará nacer a la vida de la
gracia; pero confío que le podré alcanzar mi querubín, es decir, un alma
que sea su copia fiel, pues un querubín no va a querer desterrarse ni
siquiera para recibir las dulces caricias de una madre...
Me doy cuenta de que no voy a tener espacio en esta carta para decir todo
lo que quisiera. Quería, queridos tíos, contarles detalladamente mi
comunión de esta mañana, que ustedes hicieron que fuese tan
emocionante, o, mejor dicho, tan triunfante, con sus ramos de flores. Dejo
que mi querida hermanita sor M. de la Eucaristía les cuente los detalles, y
sólo quiero decirles que ella cantó antes de la comunión una coplilla que
yo había compuesto para esta mañana. Cuando Jesús estuvo en mi
corazón, volvió a cantar esta estrofa de «Vivir de amor": ¡Morir de amor,
dulcísimo martirio!No acierto a decirles lo digna y hermosa que era su voz.
Me había prometido no llorar por complacerme, y mis esperanzas se
vieron rebasadas. Jesús debió escuchar y comprender perfectamente lo
que espero de él, y eso era justamente lo yo que quería...
Ya sé que mis hermanas les han hablado de mi alegría. Es verdad
que soy como un pinzón, excepto cuando tengo fiebre; por suerte, la fiebre
sólo viene a visitarme al anochecer, a la hora en que los pinzones
duermen, con la cabeza escondida bajo el ala. No estaría tan alegre como
estoy si Dios no me enseñase que la única alegría posible en la tierra es
cumplir su voluntad. Un día creo estar a las puertas del cielo, al ver el aire
consternado del Sr. de Cornière, y al día siguiente se va muy contento,
diciendo: Estás en vías de curación... Lo que pienso yo (pobre niñito de
leche) es que no me curaré, pero que podría ir tirando así todavía mucho
tiempo.
Hasta Dios, queridos tíos, sólo en el cielo podré expresarles todo mi
cariño; mientras vaya tirando, mi lápiz será incapaz de hacerlo.
Su hijita,
Teresa del Niño Jesús

Carta 256 A sor Marta de Jesús
16 (?) de julio de 1897
Querida hermanita:
En este momento me acuerdo de que no te he felicitado el cumpleaños.
Créeme que este olvido me parte el corazón, tenía mucha ilusión por
hacerlo: quería regalarte la oración sobre la humildad. Aún no he
terminado de copiarla, pero pronto la tendrás.
Tu gemela, que no puede dormirse sin enviarte este billete,
Teresa del Niño Jesús

Carta 257 A Leonia
Jesús + 17 de julio de 1897
Querida Leonia:
Me siento feliz de poder conversar contigo una vez más. Hace unos días
no pensaba volver a tener ya este consuelo en la tierra, pero parece que
Dios quiere prolongar un poco más mi destierro. No me aflijo por ello, pues
no quisiera entrar en el cielo ni un minuto antes por mi propia voluntad. La
única felicidad que hay en la tierra es esforzarnos por encontrar siempre
deliciosa la porción que Jesús nos ofrece, y la tuya es muy bella, querida
hermanita: si quieres ser santa, a ti te resultará muy fácil, pues en lo
hondo de tu corazón el mundo no es nada para ti. Tú puedes, por tanto,
igual que nosotras, ocuparte de «la única cosa necesaria", es decir, que,
aun entregándote con entusiasmo a las obras exteriores, tu único objetivo
sea: agradar a Jesús y unirte más íntimamente a él.
Quieres que en el cielo ruegue por ti al Sagrado Corazón. Puedes estar
segura de que no me olvidaré de darle tus encargos y de pedirle
encarecidamente todo lo que necesites para llegar a ser una gran santa.
Hasta Dios, hermana querida. Yo quisiera que el pensamiento de mi
entrada en el cielo te llenase de alegría, ya que allí podré amarte todavía
más.
Tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús

Ya te escribiré más despacio otra vez, ahora no puedo, pues el bebé necesita irse a dormir.

Carta 258 Al abate Bellière
18 de julio de 1897
Jesús +
Mi pobre y querido hermanito:
Su dolor me llega al alma, pero mire qué bueno es Jesús, que permite que
pueda volver a escribirle para tratar de consolarle, y seguro que no será la
última vez. Nuestro buen Salvador escucha sus quejas y sus oraciones, y
por eso me deja todavía en la tierra. No crea que me aflijo por ello. No,
querido hermanito; al contrario, pues en esta forma de obrar de Jesús veo
cuánto le quiere a usted...
No cabe duda que me he explicado mal en mi última cartita, ya que me
dice, queridísimo hermanito, que «no le pida esa alegría que yo siento al
acercarse la Felicidad". Si por unos instantes pudiera usted leer en mi
alma, ¡qué sorprendido quedaría!El pensamiento de la felicidad del cielo
no sólo no me produce ninguna alegría, sino que a veces incluso me
pregunto cómo voy a poder ser feliz sin sufrir. Jesús, sin duda, cambiará
mi naturaleza; de lo contrario, echaré de menos el sufrimiento y este valle
de lágrimas. Nunca he pedido a Dios morir joven, me habría parecido
cobardía; pero él ha querido darme, desde mi más tierna infancia, la íntima
convicción de que mi carrera aquí abajo sería corta. Así pues, lo único que
constituye toda mi alegría es el pensamiento de hacer la voluntad de Dios.
Querido hermanito, ¡cómo me gustaría verter en su alma el bálsamo del
consuelo!Pero lo único que puedo es hacer mías las palabras de Jesús en
la última cena. No creo que se ofenda, pues soy su esposa y, por
consiguiente, sus bienes son míos. Le digo, pues, como él decía a sus
íntimos: «Me voy a mi Padre. Pero por haberos dicho esto, la tristeza os ha
llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene
que yo me vaya. Vosotros ahora sentís tristeza, pero volveré a veros, y se
alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría".
Sí, estoy segura: después de mi entrada en la vida, la tristeza de mi
querido hermanito se cambiará en una alegría serena que ninguna criatura
podrá arrebatarle.
Estoy segura: tenemos que ir al cielo por el mismo camino, por el del
sufrimiento unido al amor. Cuando llegue a puerto, querido hermanito de
mi alma, le enseñaré cómo navegar por el mar tempestuoso del mundo
con el abandono y el amor de un niño que sabe que su Padre lo ama 
y no puede dejarlo solo en la hora del peligro.
¡Cómo me gustaría hacerle comprender la ternura del Corazón de Jesús y
lo que él espera de usted!Su carta del día 14 hizo que mi corazón se
estremeciera de alegría: comprendí mejor que nunca hasta qué punto
nuestras almas son gemelas, pues también la suya está llamada a
elevarse hacia Dios por el ascensor del amor, en vez de tener que subir
la dura escalera del temor... No me extraña en absoluto que el trato
familiar con Jesús le parezca algo difícil de realizar, no se puede llegar a
ello en un día; pero estoy segura de que le ayudaré mucho más a caminar
por este camino deleitoso cuando me vea liberada de mi envoltura mortal,
y que pronto podrá decir con san Agustín: «El amor es el peso que me
arrastra".
Quisiera tratar de hacerle comprender con una comparación muy sencilla
cómo ama Jesús a las almas que confían en él, aun cuando sean
imperfectas. Supongamos que un padre tiene dos hijos traviesos y
desobedientes, y que, al ir a castigarlos, ve que uno de ellos se echa a
temblar y se aleja de él aterrorizado, llevando en el corazón el sentimiento
de que merece ser castigado; y que su hermano, por el contrario, se arroja
en los brazos de su padre diciendo que lamenta haberlo disgustado, que lo
quiere y que, para demostrárselo, será bueno en adelante; si, además,
este hijo pide a su padre que lo castigue con un beso, yo no creo que
el corazón de ese padre afortunado pueda resistirse a la confianza filial de
su hijo, cuya sinceridad y amor conoce. Sin embargo, no ignora que su hijo
volverá a caer más de una vez en las mismas faltas, pero está dispuesto a
perdonarle siempre si su hijo le vuelve a ganar una y otra vez por el
corazón... Sobre el primer hijo, querido hermanito, no le digo nada, usted
mismo comprenderá si su padre podrá amarle tanto y tratarle con la misma
indulgencia que al otro...
¿Pero por qué hablarle de la vida de confianza y de amor? Me explico tan
mal, que tendré que esperar al cielo para hablarle de esta vida tan feliz. Lo
que yo quería hoy hacer era consolarlo. ¡Qué feliz me sentiría si usted
aceptase mi muerte como la acepta la madre Inés de Jesús!Usted
seguramente no sabe que ella es dos veces mi hermana y que es quien
me hizo de madre en mi niñez. Nuestra Madre temía mucho que su
temperamento sensible y el gran cariño que me tiene le hiciesen muy
amarga mi partida. Ha ocurrido lo contrario: habla de mi muerte como de
una fiesta, y eso es un gran consuelo para mí. Por favor, querido
hermanito, trate de convencerse, como ella, de que, en vez de perderme,
me va a encontrar y de que ya nunca lo abandonaré. Y pida esta misma
gracia para la Madre, a quien usted ama y a quien yo amo aún más que
usted, pues es mi Jesús visible.
Le daría gustosa lo que me pide si no hubiese hecho voto de pobreza;
pero, por haberlo hecho, no puedo disponer ni siquiera de una estampa. La
única que puede complacerle es nuestra Madre, y sé que ella 
cumplirá sus deseos. Precisamente en vista de la proximidad de mi
muerte, una hermana me ha hecho una fotografía el día del santo de 
nuestra Madre. Las novicias, al verme, exclamaron que había
adoptado un aire solemne, por lo visto ordinariamente estoy más sonriente.
Pero, créame, hermanito, que si mi foto no le sonríe, mi  alma no
cesará de sonreírle cuando esté cerca de usted.
Hasta Dios, mi querido y muy amado hermano. Esté seguro de que por
toda la eternidad seré su verdadera hermanita,
Teresa del Niño Jesús

Carta 259 A sor Genoveva
22 de julio de 1897
Fiesta de Sta. María Magdalena
Jesús +
«Que el justo me golpee por compasión hacia los pecadores, pero que
ungüento del impío no perfume mi cabeza».
Yo sólo puedo ser golpeada y probada por los justos, pues todas mis
hermanas son gratas a Dios. Es menos amargo ser golpeada por un
pecador que por un justo; pero por compasión hacia los pecadores y para
obtener su conversión, yo te pido, Dios mío, ser golpeada en su favor
por las almas justas que me rodean. Te pido también que el ungüento de
las alabanzas, tan dulce para la naturaleza, no perfume mi cabeza, es
decir, mi espíritu, haciéndome creer que tengo unas virtudes que apenas
he practicado algunas veces.
¡Oh, Jesús!, tu nombre es como ungüento derramado, y en ese divino
perfume quiero yo bañarme toda entera, lejos de la mirada de las
criaturas...

Carta 260 A los señores Guérin
24-25 (?) de julio de 1897
Teresita agradece mucho a su tía querida la preciosa carta que le ha
enviado; y le da gracias también a su tío querido por el deseo que tenía de
escribirle; y a su hermanita Leonia, que la embelesa por su abandono y por
su cariño a toda prueba.
Teresita envía regalos a todos los suyos (¡por desgracia, unas flores tan
efímeras como ella...!)
(Importantísimas explicaciones para la distribución de las flores):
Va un pensamiento para mi tío y otro pensamiento para mi tía (sin contar
todos los que brotan para ellos en el jardincito de mi corazón).
Los dos capullos de rosa son para Juana y Francis, y el que va solo es
para Leonia.
Junto con las flores, Teresita quisiera enviar a sus queridos familiares
todos los frutos del Espíritu Santo, ¡y muy especialmente el de la Alegría!

Carta 261 Al abate Bellière
Jesús + 26 de julio de 1897
Querido hermanito:
¡Cómo me ha gustado su carta!Si Jesús escuchó sus plegarias y por ellas
prolongó mi destierro, también escuchó, en su amor, las mías, puesto que
usted está resignado a perder «mi presencia y mi acción sensible», como
dice.
Déjeme, hermanito, que le diga una cosa: Dios le tiene reservadas a su
alma sorpresas muy agradables. Su alma, así me lo escribe, «está poco
acostumbrada a las cosas sobrenaturales»; pues yo, que para algo soy su
hermanita, le prometo hacerle saborear, después de mi partida para la vida
eterna, la dicha que puede experimentarse al sentir cerca de sí a un alma
amiga. Ya no será esta correspondencia, más o menos espaciada,
siempre demasiado incompleta y que usted parece echar en falta, sino una
conversación fraterna que maravillará a los ángeles, una conversación que
las criaturas no podrán censurar porque estará escondida para ellas.
¡Y qué estupendo me parecerá verme libre de estos despojos mortales que
me harían ver a mi hermanito como a un extraño y como a un indiferente,
si por un imposible me encontrase delante de él entre muchas personas...!
Por favor, hermano, no imite a los hebreos, que añoraban «las cebollas de
Egipto». Demasiado le he servido, de un tiempo acá, esas hortalizas
que hacen llorar si las acercamos sin cocer a los ojos.
Ahora mi sueño es compartir con usted «el maná escondido» (Apocalipsis)
que el Todopoderoso prometió dar «al vencedor». Este maná celestial le
atrae a usted menos que las «cebollas de Egipto» sólo porque está
escondido; pero estoy segura de que, en cuanto yo pueda ofrecerle un
alimento totalmente espiritual, no echará ya más en falta el que le habría
dado si me hubiese quedado todavía mucho tiempo en la tierra.
Sí, su alma es demasiado grande para apegarse a ningún consuelo de
aquí abajo. Tiene que vivir por anticipado en el cielo, pues Jesús nos dijo:
«Donde está tu tesoro, allí está tu corazón». ¿Y no es Jesús su único
tesoro? Pues si él está en el cielo, allí debe morar su corazón. Y se lo digo
con toda sencillez, querido hermanito: me parece que le va a ser más fácil
vivir con Jesús cuando yo esté ya junto a él para siempre.
Muy mal tiene que conocerme para temer que una relación detallada de
sus faltas pueda disminuir el cariño que siento por su alma. Créame,
hermano, que no necesitaré «tapar con la mano la boca a Jesús». Hace ya
mucho tiempo que tiene olvidadas sus infidelidades, y sólo tiene presentes
sus deseos de perfección para alegrar su corazón. Se lo ruego, no se
arrastre a sus pies, siga ese «primer impulso que lo lleva a sus brazos».
Ese es su sitio, y en esta carta he comprobado más aún que en las
demás que le está prohibido ir al cielo por otro camino que no sea el de su
pobre hermanita.
Estoy completamente de acuerdo con usted: «al Corazón de Dios le
entristecen más las mil pequeñas indelicadezas de sus amigos que las
faltas, incluso graves, que cometen las personas del mundo». Pero,
querido hermanito, yo pienso que eso es sólo cuando los suyos, sin darse
cuenta de sus continuas indelicadezas, hacen de ellas una costumbre y no
le piden perdón; sólo entonces Jesús puede decir aquellas palabras
conmovedoras que la Iglesia pone en nuestra boca durante la semana
santa: «Esas llagas que veis en mis manos son las que me hicieron en
casa de mis amigos». Pero cuando sus amigos, después de cada
indelicadeza, vienen a pedirle perdón echándose en sus brazos, Jesús se
estremece de alegría y dice a los ángeles lo que el padre del hijo pródigo
dijo a sus criados: «Sacad enseguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un
anillo en la mano y hagamos una fiesta».
Sí, hermano mío, ¡qué poco conocida es la bondad y el amor
misericordioso de Jesús...!Es cierto que, para gozar de estos tesoros, hay
que humillarse, reconocer la propia nada, y eso es lo que muchas almas
no quieren hacer. Pero, hermanito, ésa no es su manera de actuar. Por
eso el camino de la confianza sencilla y amorosa está hecho a la medida
para usted. Yo quisiera que usted fuese muy llano con Dios, pero
también... conmigo. ¿Le sorprende la frase? Lo digo, querido
hermanito, porque me pide perdón «por su indiscreción», consistente en
desear saber si en el mundo esta su hermana se llamaba Genoveva. A mí
esa pregunta me parece completamente natural, y para demostrárselo voy
a darle algunos detalles acerca de mi familia, pues no ha sido bien
informado.
Dios me dio un padre y una madre más dignos del cielo que [de] la tierra.
Pidieron al Señor que les diese muchos hijos y que los tomara para sí. Su
deseo fue escuchado: cuatro angelitos volaron al cielo, y las 5 hijas que
quedaron en la arena tomaron por esposo a Jesús. Mi padre, como un
nuevo Abraham, subió por tres veces, con un valor heroico, la montaña del
Carmelo para inmolar a Dios lo que tenía de más querido. Primero fueron
las dos mayores; después la tercera de sus hijas, por consejo de su
director y conducida por nuestro incomparable padre, hizo una prueba en
un convento de la Visitación (Dios se contentó con la aceptación; más
tarde volvió al mundo, donde vive como si estuviera en el claustro). Al
Escogido de Dios no le quedaban ya más que dos hijas, una de 18 años y
la otra de 14. Esta «Teresita», le pidió volar al Carmelo, lo que obtuvo sin
dificultad de su buen padre, que llevó su condescendencia hasta
acompañarla primero a Bayeux y después a Roma, con el fin de remover
los obstáculos que retardaban la inmolación de la que él llamaba su reina.
Y una vez que la condujo al puerto, dijo a la única hija que le quedaba: «Si
quieres seguir el ejemplo de tus hermanas, tienes mi consentimiento, no te
preocupes por mí». El ángel que debía sostener la ancianidad de ese
santo le contestó que, después de su partida para el cielo, ella volaría
también hacia el claustro, lo que llenó de alegría a quien no vivía ya más
que para Dios.
Pero una vida tan hermosa debía ser coronada con una prueba digna de
ella. Poco tiempo después de mi partida, el padre a quien tan
merecidamente amábamos sufrió un ataque de parálisis en las piernas,
que se repitió varias veces; pero no podía quedarse todo ahí, pues
entonces la prueba habría sido demasiado suave, ya que aquel heroico
patriarca se había ofrecido a Dios como víctima. Por eso la parálisis
cambió su curso y afectó a la cabeza venerable de la víctima que el Señor
había aceptado...
Ya no me queda espacio para contarle algunos detalles conmovedores.
Sólo quiero decirle que tuvimos que beber el cáliz hasta las heces y
separarnos de nuestro adorado padre durante tres años, confiándole a
manos religiosas, pero extrañas. Él aceptó esta prueba, aun
comprendiendo toda la humillación que entrañaba, y llevó su heroísmo
hasta no querer que pidiésemos su curación.
Hasta Dios, querido hermanito, espero volver a escribirle si el
temblor de mi mano no va en aumento, pues me he visto obligada a
escribir la carta en varias veces.
Su hermanita, no «Genoveva», sino «Teresa» del Niño Jesús de la Santa
Faz.

Carta 262 A sor Genoveva
3 de agosto de 1897
¡Dios mío, qué bueno eres con la pequeña víctima de tu Amor
misericordioso!Ni siquiera ahora que añades el sufrimiento exterior a las
pruebas de mi alma, puedo decir: «Me cercaban olas mortales», sino que
exclamo agradecida: «Aunque camine por las cañadas oscuras de la
muerte, nada temo, porque tú, Señor, vas conmigo».
(A mi queridísima hermanita sor Genoveva de Santa Teresa)
3 de agosto de 1897 - Salmo 22, 4

Carta 263 Al abate Bellière
Carmelo de Lisieux
Jesús + 10 de agosto de 1897
Querido hermanito:
Ahora sí estoy a punto de partir. He recibido mi pasaporte para el cielo, y
ha sido mi padre querido quien me ha alcanzado esta gracia: el 29, me dio
la garantía de que pronto iré a reunirme con él. Al día siguiente, el médico,
extrañado de los progresos que en dos días había hecho la enfermedad, le
dijo a nuestra Madre que había llegado el momento de satisfacer mis
deseos, administrándome la unción de los enfermos. Así pues, el 30 tuve
esa dicha, y también la de ver que Jesús Hostia, a quien recibí en viático
para mi largo viaje, dejaba el sagrario para venir a mí... Ese Pan del cielo
me ha fortalecido: ya ve, parece que mi peregrinación no quiere acabarse;
pero lejos de quejarme, me alegro de que Dios me permita sufrir un poco
más por su amor. ¡Y qué dulce es abandonarse entre sus brazos, sin
temores ni deseos!
Le confieso, hermanito, que usted y yo no entendemos el cielo de la misma
manera. Usted piensa que, al participar yo de justicia y de la santidad de
Dios, no podré disculpar sus faltas, como lo hacía en la tierra. ¿No se está
olvidando de que participaré también de la misericordia infinita del Señor?
Yo creo que los bienaventurados tienen una enorme compasión de
nuestras miserias: se acuerdan de que cuando eran frágiles y mortales
como nosotros, cometieron las mismas faltas que nosotros y sostuvieron
los mismos combates, y su cariño fraternal es todavía mayor que el
que nos tuvieron en la tierra, y por eso no dejan de protegernos y de orar
por nosotros.
Ahora, hermanito querido, voy a hablarle de la herencia que recogerá
después de mi muerte. Esta es la parte que nuestra Madre le dará:
1º. El relicario que recibí el día de mi toma de hábito, y que desde
entonces nunca se ha separado de mí.
2º. Un pequeño crucifijo, al que le tengo un cariño incomparablemente
mayor que al grande, pues el que tengo ahora no es el primero que me
dieron. En el Carmelo nos cambian de vez en cuando los objetos de
piedad, lo cual es una buena medida para impedir que nos apeguemos a
ellos.
Vuelvo al pequeño crucifijo. No es bonito, la cara de Cristo ha
desaparecido casi por completo; no se sorprenderá cuando sepa que,
desde la edad de 13 años, este recuerdo de una de mis hermanas me ha
seguido a todas partes. Sobre todo en mi viaje a Italia ese crucifijo fue
precioso para mí. Lo hice tocar a todas las reliquias insignes que tuve la
dicha de venerar y cuyo número me sería imposible decir; además, fue
bendecido por el Santo Padre. Desde que estoy enferma, tengo casi
siempre entre las manos este querido crucifijo, y cuando lo miro pienso con
gran alegría que, después de recibir mis besos, irá a buscar los de mi
hermanito.
En eso, pues, consistirá su herencia. Además, nuestra Madre le dará la
última estampa que he pintado.
Voy a terminar, querido hermanito, por donde debería haber empezado:
dándole las gracias por el gran placer que me ha dado al enviarme su
fotografía.
Hasta Dios, querido hermanito. Que él nos conceda la gracia de
amarlo y de salvarle almas. Este es el deseo que formula su indigna
hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 

(Me convertí en su hermana por elección.)
Le felicito por su nueva dignidad. El 25, día en que celebro el santo
de mi padre querido, tendré la dicha de festejar también a mi hermano Luis
de Francia.

Carta 264 A sor María de la Trinidad
A mi querida hermanita, en recuerdo de sus 23 años.
12 de agosto de 1897.
Que tu vida sea toda ella de humildad y de amor, para que puedas ir pronto adonde voy yo: ¡a los brazos de Jesús...!
Tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

Carta 265 A sor María de la Eucaristía
22 de agosto de 1897
A mi querida hermanita sor María de la Eucaristía, en recuerdo de sus 27
años.
Teresa del Niño Jesús

Carta 266 Al abate Belliére
25 de agosto de 1897
Anverso:
Yo no puedo tener miedo a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí...
¡Yo lo amo...!¡Pues él es sólo amor y misericordia!
Al dorso:
Ultimo recuerdo de un alma hermana de la suya.
Teresa del Niño Jesus de la Santa Faz